Aleksandr Pushkin
(Moscú, 1799 - San Petersburgo, 1837)


Dubrovsky (1841)
(“Дубровский”)



LIBRO PRIMERO
I


      Hace algunos años vivía en una de sus haciendas un señor ruso a la antigua usanza, Kirila Petróvich Troyekúrov. Su riqueza, su rancio abolengo y sus amistades le daban gran peso en las provincias donde se hallaban sus posesiones. Los vecinos se complacían en satisfacer sus menores caprichos; los funcionarios de la provincia temblaban al oír su nombre; Kirila Petróvich recibía las muestras de servilismo como un tributo que se le debía; su casa siempre estaba llena de invitados dispuestos a amenizar el ocio del gran señor, compartiendo sus ruidosas y a veces desenfrenadas diversiones. Nadie se atrevía a rechazar una invitación de Troyekúrov o a no comparecer en los días señalados, con los debidos respetos, en el pueblo de Pokróvskoye. En su vida doméstica Kirila Petróvich mostraba todos los vicios de un hombre inculto. Siempre consentido por su entorno, estaba acostumbrado a dar rienda suelta a todos los impulsos de su violento carácter y a todas las ocurrencias de su inteligencia bastante limitada. Pese a la extraordinaria fuerza de su constitución física, un par de veces por semana sufría los efectos de su glotonería y todas las tardes solía estar borracho. En una de las dependencias de su casa vivían dieciséis doncellas dedicadas a las labores propias de su sexo. Las ventanas de la vivienda estaban protegidas por una reja de madera; las puertas se cerraban con candados y las llaves las guardaba Kirila Petróvich. Las jóvenes reclusas bajaban a horas fijas al jardín y paseaban vigiladas por dos viejas. De vez en cuando Kirila Petróvich casaba a alguna de ellas, sustituyéndola por otra. Trataba a los campesinos y a los criados de manera severa y arbitraria; a pesar de ello le eran fieles: estaban orgullosos de la riqueza y la fama de su señor y a su vez se permitían muchas cosas con sus vecinos, confiando en la poderosa protección de Troyekúrov.
       Las ocupaciones habituales de Troyekúrov consistían en viajar por sus vastas posesiones, en interminables festines y jugarretas, que se tramaban a diario y cuya víctima solía ser algún invitado nuevo; sin embargo, los viejos amigos no siempre se veían libres de ellas, a excepción de Andrey Gavrílovich Dubrovsky. El tal Dubrovsky, un teniente de la guardia retirado, era su vecino más próximo y poseía setenta siervos. Troyekúrov, arrogante con las personas más encumbradas, respetaba a Dubrovsky pese a su humilde situación. En tiempos habían servido juntos y Troyekúrov conocía por experiencia el carácter impaciente y decidido de Dubrovsky. Durante muchos años estuvieron alejados por las circunstancias. Dubrovsky, arruinado, no tuvo más remedio que pedir el retiro y se marchó a vivir a la última aldea que le quedaba. Al enterarse, Troyekúrov le ofreció su protección, que Dubrovsky agradeció pero prefirió ser pobre e independiente. Pasados varios años Troyekúrov, general en jefe retirado, volvió a su propiedad; el encuentro alegró a ambos. Desde entonces se veían a diario, y Kirila Petróvich, que no solía honrar a nadie con sus visitas, iba a la modesta casa de su viejo amigo sin gastar cumplidos. Ambos tenían la misma edad, pertenecían a la misma clase y habían tenido una educación similar, lo cual explicaba ciertas semejanzas de carácter e inclinaciones. Sus vidas también tenían cierto parecido: los dos se casaron por amor, pronto enviudaron y tenían un vástago. El hijo de Dubrovsky estudiaba en Petersburgo, la hija de Troyekúrov crecía junto a su padre, quien decía con frecuencia a Dubrovsky: “Te digo una cosa, Andrey Gavrílovich, si tu Volodka es un hombre como Dios manda, dejaré que mi Masha se case con él, no me importa que sea tan pobre”. Andrey Gavrílovich movía la cabeza y solía contestar: “No, Kirila Petróvich, mi Volodka no es un partido para María Kirílovna. Los nobles menesterosos como mi hijo deben casarse con mujeres nobles y pobres para poder mandar en la casa, si no se convierten en administradores de una mujer mimada”.
       Todos envidiaban la concordia que reinaba entre el arrogante Troyekúrov y su indigente vecino y admiraban la valentía de este último, quien, sentado a la mesa de Kirila Petróvich, expresaba libremente su opinión sin preocuparse por contradecir al dueño de la casa. Algunos intentaron imitarle, saliéndose de los límites de la debida obediencia, pero Kirila Petróvich les dio un susto tan considerable que les quitó para siempre las ganas de repetir semejantes tentativas, y Dubrovsky siguió siendo el único que escapaba a la ley general. Un acontecimiento inesperado trastocó y cambió todo.
       Un día, al principio del otoño, Kirila Petróvich se disponía a ir a cazar a un campo alejado. La víspera se ordenó a los monteros y los mozos de caballos que estuvieran listos para las cinco de la mañana. Previamente mandaron la tienda y la cocina al lugar donde iba a almorzar Kirila Petróvich. El anfitrión y los invitados fueron a las perreras, donde más de quinientos galgos y lebreles vivían en la abundancia, alabando la generosidad de Kirila Petróvich en su lenguaje canino. Allí mismo se encontraba el hospital para perros enfermos, dirigido por el médico mayor Timoshka, y una dependencia donde las nobles perras parían y amamantaban a sus crías. Kirila Petróvich estaba muy orgulloso de su magnífica institución y no perdía ocasión de presumir de ella ante sus invitados, quienes ya la habían admirado por lo menos veinte veces. Paseaba por las perreras rodeado de sus invitados y acompañado por Timoshka y los monteros principales; se detenía ante algunas casetas, inquiría por la salud de los enfermos y hacía observaciones, más o menos severas y acertadas, o bien llamaba a los perros conocidos y los hablaba cariñosamente. Los invitados se sentían en la obligación de elogiar las perreras de Kirila Petróvich. El único que callaba con aire sombrío era Dubrovsky. La caza le gustaba con pasión. Su situación no le permitía tener más que dos lebreles y una jauría de galgos; no podía evitar cierta envidia al ver aquella maravillosa institución.
       —¿Por qué estás tan serio, amigo? —le preguntó Kirila Petróvich—. ¿No te gustan mis perreras?
       —No es eso —contestó Dubrovsky secamente—, las perreras son magníficas, dudo que tus hombres vivan tan bien como los perros.
       Uno de los monteros se ofendió.
       —Gracias a Dios y al señor —dijo—, no podemos quejarnos; bien es verdad que algún señor podría cambiar su casa por una de las perreras. Comería mejor y pasaría menos frío.
       Al oír la impertinencia de su siervo, Kirila Petróvich rió estrepitosamente, los invitados lo acompañaron con carcajadas, aun sabiendo que la broma del montero podía referirse a ellos. Dubrovsky se puso pálido y no dijo ni una palabra.
       En ese momento acercaron a Kirila Petróvich una cesta con cachorros recién nacidos; se puso a examinarlos, eligió dos y mandó que ahogaran a los demás. Entretanto Andrey Gabrílovich desapareció sin que nadie reparara en ello.
       Al volver de las perreras con los invitados Kirila Petróvich se sentó a la mesa para cenar, y sólo entonces, no viendo a Dubrovsky, se acordó de él. Los criados le dijeron que Andrey Gavrílovich se había marchado a su casa. Troyekúrov ordenó inmediatamente que lo alcanzaran y lo hicieran volver. Nunca había ido a cazar sin Dubrovsky, fino y experimentado conocedor de las cualidades caninas y árbitro infalible de toda clase de discusiones de las cacerías. El criado que fue a buscarlo regresó cuando todos estaban todavía sentados a la mesa, comunicando a su señor que Dubrovsky no le había hecho caso y no había querido volver. Kirila Petróvich, acalorado por los licores como era su costumbre, se enfadó y mandó al mismo criado por segunda vez con el recado de que, si Andrey Gavrílovich no venía inmediatamente a dormir a Pokróvskoye, él, Troyekúrov, reñiría con él para siempre. El criado volvió a marcharse, Kirila Petróvich se levantó de la mesa, despidió a los invitados y se marchó a dormir.
       A la mañana siguiente su primera pregunta fue si había venido Andrey Gavrílovich. En lugar de contestarle le dieron una carta doblada en forma de triángulo; Kirila Petróvich ordenó a su escribiente que la leyera en voz alta y oyó lo siguiente:

     Muy señor mío,
     No tengo la intención de volver a Pokróvskoye hasta que Vd. no me envíe al montero Paramoshka con disculpas; estará en mis manos el perdón o el castigo, pero no pienso aguantar las bromas de sus criados y tampoco las de Vd., ya que no soy un bufón, sino que pertenezco a familia noble y antigua. Su seguro servidor

ANDREY DUBROVSKY

       Esta carta resultaría bastante inadmisible según los actuales cánones de la etiqueta, pero lo que indignó a Kirila Petróvich no fue el extraño estilo y la composición, sino su propia esencia:
       —¡Cómo! —vociferó Troyekúrov saltando de la cama descalzo—. ¡Mandarle a mis hombres para que él los perdone o los castigue! ¿Qué se ha creído? ¿No sabe con quién está tratando? ¡Ya le enseñaré yo, se va a enterar de lo que es enfrentarse con Troyekúrov!
       Kirila Petróvich se vistió y partió a cazar con la pompa habitual, pero la caza resultó un fracaso. En todo el día no vieron más que una liebre y, además, se les escapó. La comida en el campo, bajo la tienda, tampoco resultó; al menos, no le agradó a Kirila Petróvich, quien pegó al cocinero, se enfadó con los invitados y a la vuelta pasó adrede con toda la comitiva por los campos de Dubrovsky.
       Pasaron varios días, pero la enemistad entre los vecinos no disminuía. Andrey Gavrílovich no volvió a Pokróvskoye, Kirila Petróvich se aburría sin él, y su despecho se expresaba en las expresiones más ofensivas, las cuales, gracias al empeño de los vecinos del lugar, llegaban hasta Dubrovsky corregidas y ampliadas. Una nueva circunstancia eliminó la última esperanza de reconciliación.
       Un día Dubrovsky decidió recorrer sus escasas tierras; al acercarse al bosque de abedules oyó unos hachazos y al segundo el crujir de un árbol derribado. Se precipitó al bosque y se encontró con unos muzhiks de Pokróvskoye que le estaban robando tranquilamente sus árboles. Al verle echaron a correr. Dubrovsky, ayudado por el cochero, alcanzó a dos de ellos y los llevó maniatados a su casa. Los tres caballos enemigos constituyeron el botín del vencedor. Dubrovsky estaba muy enfadado: los hombres de Troyekúrov, famosos bribones, nunca se habían atrevido a hacer de las suyas en las tierras de Dubrovsky conociendo la amistad que unía a los dos vecinos. Dubrovsky se dio cuenta de que se estaban aprovechando de la ruptura y decidió, en contra de todas las reglas de la guerra, castigar a sus prisioneros con las varas que ellos mismos habían recogido en su bosque y apropiarse de los caballos, dedicándolos a los trabajos del campo.
       La noticia del incidente llegó a oídos de Kirila Petróvich aquel mismo día. Completamente fuera de sí se dispuso en el primer arrebato de ira a asaltar Kistenevka (así se llamaba la aldea de su vecino) con todos sus hombres, asolándola por completo y cercando a su propietario en su propia casa. Esta clase de hazañas no era nueva para él. Sin embargo, pronto sus ideas fueron por otros derroteros.
       Mientras recorría la sala de arriba abajo con fuertes pisadas, miró sin querer por la ventana y vio junto a la puerta una troika que se acababa de detener; un hombre de baja estatura con gorra de cuero y abrigo de frisa bajó del carro y se dirigió a la casa del administrador. Troyekúrov reconoció al asesor [los asesores eran ayudantes de los jueces en los tribunales locales; eran elegidos por un plazo determinado] Shabashkin y mandó que lo llamaran. Al minuto Shabashkin estaba ante Kirila Petróvich, haciendo reverencia tras reverencia y esperando órdenes con aire beatífico.
       —Hola, tú, como te llamen —dijo Troyekúrov—. ¿A qué has venido?
       —Iba a la ciudad, excelencia —contestó Shabashkin—, y quería preguntar a Iván Demiánov si su excelencia tenía alguna orden que darme.
       —Vienes a tiempo; te necesito, toma un trago de vodka y escucha lo que te digo.
       El cariñoso recibimiento sorprendió agradablemente al asesor. Rechazó el vodka y se puso a escuchar a Kirila Petróvich con la mayor atención posible.
       —Tengo un vecino —dijo Troyekúrov—, un grosero con unas pocas propiedades; quiero quedarme con sus tierras, ¿qué me dices?
       —Excelencia, si hubiera documentos o…
       —Tonterías, qué documentos ni qué nada. Para eso están los ukases. Se trata precisamente de quitarle las tierras sin ningún derecho. Espera un momento. Estas tierras nos pertenecieron en tiempos; fueron compradas a un tal Spitsyn y se vendieron al padre de Dubrovsky. ¿Nos podríamos agarrar a eso?
       —No sería fácil, excelencia; seguramente la compra se efectuaría de manera legal.
       —Piensa bien, amigo, rebusca algo.
       —Si por ejemplo su excelencia pudiera conseguir de alguna manera la escritura por la cual su vecino es propietario de las tierras, entonces, claro está…
       —Entiendo, lo malo es que todos sus papeles se quemaron en un incendio.
       —¡Qué dice usted, excelencia! Conque se quemaron… ¿Qué más se puede pedir? En tal caso puede usted proceder según la ley y sin duda alguna recibirá una completa satisfacción.
       —¿Tú crees? Bueno, me fío de tu interés y puedes estar seguro de que te lo voy a agradecer.
       Shabashkin hizo una reverencia casi hasta el suelo, salió a la calle y desde aquel mismo día empezó a tramitar el asunto; gracias a su habilidad al cabo de dos semanas Dubrovsky recibió de la ciudad un aviso conminándole a presentar inmediatamente las explicaciones necesarias referentes a su propiedad de Kistenevka.
       Andrey Gavrílovich, sorprendido por la inesperada demanda, aquel mismo día contestó con una nota bastante grosera donde anunciaba que había recibido la aldea de Kistenevka a raíz de la muerte de su difunto progenitor, que la aldea era de su propiedad según el derecho de herencia, que Troyekúrov no tenía nada que ver con aquello y que cualquier pretensión con respecto a su propiedad no era más que fraude y calumnia.
       La carta causó una impresión muy grata al asesor Shabashkin. Vio claramente que primero: Dubrovsky entendía poco de negocios, y segundo: resultaría bastante fácil poner en situación de desventaja a un hombre tan apasionado e imprudente.
       Después de haber estudiado fríamente las preguntas del asesor, Andrey Gavrílovich comprendió la necesidad de contestar con más detalle. Escribió un documento bastante razonable que, sin embargo, con el tiempo resultó insuficiente.
       El asunto se prolongaba. Andrey Gavrílovich, seguro de que llevaba razón, no se preocupaba demasiado y no tenía ganas ni posibilidad de sembrar dinero a su alrededor, y, aunque siempre había sido el primero en burlarse de la venalidad de la tribu de los tinterillos, no se le ocurría que podía convertirse en la víctima de una trapacería. Por su parte, Troyekúrov tampoco se preocupaba por ganar el asunto que había iniciado: Shabashkin se encargaba de ello actuando en su nombre, asustando y sobornando a los jueces e interpretando según su conveniencia diversos ukases. Sea como fuere, el día 9 de febrero del año 18… Dubrovsky recibió por medio de la policía de la ciudad una citación al juzgado del distrito para escuchar la sentencia de éste sobre la propiedad en litigio entre el teniente Dubrovsky y el general en jefe Troyekúrov y para firmar su conformidad o disconformidad. Aquel mismo día Dubrovsky se dirigió a la ciudad; por el camino le alcanzó Troyekúrov. Se lanzaron una mirada de desafío y Dubrovsky se fijó en la sonrisa maliciosa que tenía su adversario.


II

      Una vez en la ciudad, Dubrovsky se hospedó en casa de un comerciante que conocía; pasó allí la noche y a la mañana siguiente se presentó en las oficinas del juzgado. Nadie le hizo caso. Poco después llegó Troyekúrov. Los escribientes se pusieron en pie guardando las plumas detrás de la oreja. Los miembros del tribunal le recibieron con expresiones de profundo servilismo, acercándole un sillón como homenaje a su rango, edad y corpulencia; Troyekúrov se sentó dejando las puertas abiertas y Dubrovsky permaneció de pie, apoyado en la pared. Se hizo un profundo silencio y el secretario empezó a leer con voz sonora el fallo del tribunal.
       A continuación incluimos el documento entero, suponiendo que a todos les agradará conocer uno de los métodos por los cuales en Rusia podemos perder una propiedad, a la cual tenemos derecho indiscutible.

     El día 27 de febrero del año 18… el juzgado del distrito de K. celebró la vista de la posesión irregular por el teniente de la guardia Andrey Gavrílov, hijo de Dubrovsky, de la propiedad perteneciente al general en jefe Kirila Petrov, hijo de Troyekúrov, situada en la provincia de *** en la aldea de Kistenevka y consistente en *** almas de sexo masculino y *** diesiatinas de tierra con prados y cultivos. De lo cual se desprende: el mencionado general en jefe Troyekúrov se presentó el 9 de junio del pasado año 18… en este juzgado declarando que su difunto padre, el asesor colegiado y caballero Piotr Yefimov, hijo de Troyekúrov, el día 14 de agosto del año 17…, siendo entonces secretario provincial en la oficina del gobernador general de ***, compró al funcionario de familia noble Fadey Yegorov, hijo de Spitsyn, una propiedad, situada en el distrito de *** en el mencionado pueblo de Kistenevka, llamándose éste Caserío de Kistenevka según el censo, y consistente, de acuerdo con el 4.º censo, en *** almas de sexo masculino con todos sus haberes campesinos, jardín, tierra cultivada y sin cultivar, bosques, prados, pesca en el río llamado Kistenevka, y con todas las dependencias de dicha propiedad, así como la casa principal de madera, es decir, todo sin excepción, que le había tocado como herencia de su padre, el sargento de familia noble Yegor Teréntiev, hijo de Spitsyn, constituyendo su hacienda, incluidas todas las almas y las tierras, por el valor de 2500 rublos, como consta en el acta notarial de compra efectuada en el mismo día en las oficinas del juzgado de ***, que testificó el traspaso de la propiedad con derecho a legado el día 26 de dicho mes de agosto a su padre. Considerando que el 6 de septiembre del año 17… su padre falleció cumpliendo la voluntad de Dios, y que el demandante, el general en jefe Troyekúrov, desde el año 17… y casi desde su infancia se encontraba en el servicio militar y mayormente en campañas en el extranjero, no pudo tener noticia ni de la muerte de su padre ni de la propiedad que le había legado. Al encontrarse excedente de aquel servicio y al regresar a las posesiones de su padre, situadas en los distritos *** y *** de las provincias de *** y ***, en aldeas diversas, constituyendo 3000 almas en total, encuentra que entre las mencionadas propiedades *** almas pertenecen (según el censo actual de la aldea consta de *** almas) al mencionado teniente de la guardia Andrey Dubrovsky, junto con las tierras y todas las dependencias, sin que hubiera título de propiedad alguno, por lo cual, presentando junto con la presente demanda la verdadera acta notarial de compra, entregada a su padre por el vendedor Spitsyn, solicita que, una vez expropiado Dubrovsky de la posesión irregular, pase a total disposición del demandante Troyekúrov, y que a Dubrovsky, beneficiario de la apropiación ilegal, se le imponga una sanción con arreglo a la investigación acerca de los beneficios obtenidos, que satisfaga a la ley y al demandante, general en jefe Troyekúrov.
     Las pesquisas realizadas por el juzgado provincial en cumplimiento de la mencionada demanda demostraron: que dicho propietario actual de la propiedad en litigio teniente de la guardia Dubrovsky dio una explicación in situ al asesor consistente en que la propiedad que posee, compuesta de la mencionada aldea de Kistenevka, con *** almas, tierras y dependencias, fue heredada por él a raíz de la muerte de su padre, subteniente de artillería Gavril Yevgráfov, hijo de Dubrovsky, quien la obtuvo por medio de la compra al padre de dicho demandante, antes secretario provincial y posteriormente asesor colegiado Troyekúrov, por un poder dado por él el día 30 de agosto del año 17…, legalizado en el juzgado provincial de ***, al consejero titulado Grigory Vasíliev, hijo de Sóbolev, según el cual debe existir el acta notarial de compra de su padre, ya que consta en la misma que Troyekúrov vendió todo lo que obtuvo a raíz de la compra del funcionario Spitsyn, las *** almas con las tierras, al padre de Dubrovsky, y que el dinero fijado por el trato, a saber 3200 rublos, fue entregado por su padre, solicitando al apoderado Sóbolev que entregara al padre el acta notarial de compra. Entretanto, según el mismo poder, siendo pagada la mencionada suma, que Dubrovsky entrara en posesión de lo adquirido y lo administrara como verdadero y único dueño hasta que se realizara el acta notarial, no pudiendo el vendedor, Troyekúrov, ni nadie pretender dicha propiedad.
     No obstante, cuándo ni en qué juzgado la mencionada acta fue entregada a su padre, es desconocido por Andrey Dubrovsky, ya que por aquel entonces era de muy corta edad, y a la muerte de su padre, no pudiendo encontrar dicha acta, supuso que había desaparecido en el incendio ocurrido en su casa en el año 17…, cosa que atestiguan los habitantes de aquella población. El hecho de que los Dubrovsky fueron dueños incontestables de dichas tierras, desde su venta por Troyekúrov o la entrega de poder a Sóbolev, es decir, desde el año 17…, y después de la muerte de su padre en el año 17… hasta el día de hoy, lo apoya con el testimonio de los vecinos, los cuales —en total 52 hombres— declararon bajo juramento que según recuerdan las tierras en litigio pertenecieron a los mencionados Dubrovsky desde hace 70 años sin discusión alguna, desconociendo sin embargo la existencia de acta notarial o poder alguno. Asimismo desconocen si el mencionado comprador, antiguo secretario provincial Piotr Troyekúrov, fuera o no propietario de dichas tierras. La casa de los Sres. Dubrovsky se quemó en el incendio ocurrido hace 30 años durante la noche, declarando personas desinteresadas que las mencionadas tierras en litigio pueden aportar, calculando en total, un beneficio anual no inferior a los 2000 rublos.
     Contra lo cual el 3 de enero del corriente el general en jefe Kirila Petrov, hijo de Troyekúrov, presentó demanda en el presente juzgado a efectos de que, pese a que el mencionado teniente de la guardia Andrey Dubrovsky presentara al iniciarse dicho pleito el poder dado por su difunto padre Gavrila Dubrovsky al consejero titulado Sóbolev referente a la propiedad que se le había vendido, no existe acta notarial alguna de la misma ni prueba fehaciente de conformidad con el capítulo 19 del reglamento general y el ukaz del 29 de noviembre del año 1752. Resultando que dicho poder, tras la muerte de su dador, padre del demandado, se anula en virtud del ukaz del día *** de mayo del año 1818. Este mismo dispone además que las propiedades en litigio se entreguen con arreglo a las actas notariales de compra y, a falta de éstas, según las pesquisas pertinentes.
     Habiendo presentado el acta notarial referente a la propiedad que perteneciera a su padre, procede, en virtud de las leyes mencionadas, privar a Dubrovsky de la posesión irregular y entregársela al demandante según el derecho de herencia. Considerando que los mencionados terratenientes disfrutaron de unas posesiones que no les pertenecían sin tener ningún documento que lo justificara, apropiándose irregularmente de los beneficios de las mismas, procede asimismo satisfacer a Troyekúrov con la suma que se desprenda de los cálculos correspondientes. Habiendo examinado la mencionada demanda y efectuado extracto de la misma y de las leyes pertinentes el juzgado provincial de *** dispone:
     Considerando que el general en jefe Kirila Petrov, hijo de Troyekúrov, presentara el acta notarial referente a la propiedad en litigio, actualmente en manos del teniente de la guardia Andrey Gavrílov, hijo de Dubrovsky, consistente de la aldea de Kistenevka, que consta según el último censo de *** almas de sexo masculino con tierras y dependencias, testificando dicha acta la venta realizada entre su difunto padre secretario provincial, y posteriormente asesor colegiado, y el funcionario de familia noble Fadey Spitsyn en el año 17…, y que el citado comprador, según consta en dicha acta notarial, entrara en posesión de dicha propiedad, legalizándola en el juzgado provincial el mismo año 17…, con lo cual quedaba fijado el traspaso, y que, por otra parte, el teniente de la guardia Andrey Dubrovsky presentara un poder dado por el fallecido comprador Troyekúrov al consejero titulado Sóbolev para efectuar el acta notarial de compra a nombre de su padre Dubrovsky, y teniendo en cuenta que en virtud del ukaz está prohibido con semejante transacción no solamente legalizar los bienes inmuebles, sino entrar en posesión de ellos temporalmente, y que el mismo poder se anula una vez fallecido su dador; considerando además que por parte de Dubrovsky no se ha presentado prueba alguna desde el comienzo del presente pleito, es decir, desde el año 18… hasta el día de hoy de que se hubiera realizado el acta notarial de compra de la propiedad en litigio siguiendo el mencionado poder, el juzgado dispone:
     Que los bienes inmuebles mencionados, con *** almas, tierras y dependencias, en el estado que se encuentren en el día de hoy, pasen a la propiedad del general en jefe Troyekúrov tras la presentación del acta notarial de compra correspondiente; que el teniente de la guardia Dubrovsky sea privado de la posesión de la misma, entrando en ésta el Sr. Troyekúrov; siendo fijado el cambio de propietario por el juzgado provincial del K. en virtud del derecho de herencia. En lo que respecta a la solicitud del general en jefe Troyekúrov de demandar al teniente de la guardia Dubrovsky por la posesión irregular de su propiedad y la apropiación indebida de sus beneficios, teniendo en cuenta los testimonios de los vecinos que atestiguan que los Sres. Dubrovsky fueron propietarios incontestables de dichos bienes, y que del presente pleito no se desprende que Troyekúrov anteriormente hubiera presentado demanda alguna a efectos de la posesión irregular por parte de Dubrovsky de dichas tierras, considerando además que la ley dispone que si alguien sembrara tierra y vallara propiedad ajena y existiera demanda acerca de la apropiación irregular de las mismas, procede entregar la tierra al verdadero dueño con todos los sembrados, vallados y construcciones, el tribunal decide rechazar la demanda del general en jefe Troyekúrov contra el teniente de la guardia Dubrovsky, ya que la propiedad que le pertenece se le devuelve sin merma alguna. En el caso de que el general Troyekúrov al entrar en posesión de ésta quisiera contestarla, teniendo pruebas claras y legítimas de esta pretensión suya, deberá presentarlas donde proceda. La presente decisión se comunicará tanto al demandante como al demandado, con base legal y derecho de apelación, para lo cual ambos serán convocados en el juzgado con el objeto de escuchar dicha decisión y firmar su conformidad o disconformidad en presencia de la policía.
     Firmado por todos los miembros del presente tribunal.


      El secretario se calló, el asesor se puso en pie y se dirigió a Troyekúrov con una profunda reverencia, invitándole a firmar el documento; el triunfante Troyekúrov cogió la pluma e hizo constar su total conformidad bajo la decisión del tribunal.
       Le tocaba el turno a Dubrovsky. El secretario le llevó el documento. Pero Dubrovsky estaba inmóvil, con la cabeza baja.
       El secretario reiteró su invitación a firmar su conformidad total y completa o su evidente disconformidad en el caso de que considerara que su causa era justa y tuviera la intención de apelar siguiendo los cauces legales. Dubrovsky callaba… De pronto levantó la cabeza, le brillaron los ojos, golpeó el suelo con un pie, empujó al secretario con tanta fuerza que éste se cayó, agarró un tintero y se lo lanzó al asesor. Todos estaban horrorizados.
       —¡Cómo! ¡No respetan la iglesia de Dios! ¡Fuera, villanos! —y volviéndose hacia Kirila Petróvich, continuó—. ¿Habrase visto, señoría? ¡Monteros llevando perros a la iglesia del Señor! Perros corriendo por la iglesia. Ya veréis…
       Al oír los gritos entraron los guardianes, que a duras penas consiguieron reducirle. Se lo llevaron y lo metieron dentro del trineo. Troyekúrov lo siguió, acompañado por todo el tribunal. La locura repentina de Dubrovsky había afectado a su imaginación, envenenando al mismo tiempo su triunfo.
       Los jueces, que esperaban el agradecimiento de Troyekúrov, no fueron premiados ni siquiera con una palabra amable. Aquel mismo día partió para Pokróvskoye. Entretanto Dubrovsky estaba en cama; el médico del distrito, que afortunadamente no era un ignorante total, lo sangró, le aplicó sanguijuelas y sinapismos y hacia la noche el enfermo se sintió mejor, recobrando el conocimiento. Al día siguiente lo llevaron a Kistenevka, que ya casi ni le pertenecía.


III

      Pasó el tiempo, pero la salud de Dubrovsky no llegó a mejorar. Aunque los ataques de locura no volvieron a repetirse, sus fuerzas declinaban visiblemente. Olvidaba sus antiguas ocupaciones, salía rara vez de la habitación y permanecía ensimismado días enteros. Yegórovna, una vieja bondadosa que en tiempos cuidara de su hijo, se había convertido en la enfermera de Dubrovsky. Lo atendía como a un niño, le recordaba la hora de comer y de dormir, lo alimentaba y lo acostaba. Dubrovsky obedecía silenciosamente y no tenía trato con nadie que no fuera ella. No estaba en condiciones de pensar en sus asuntos, en las disposiciones económicas, y Yegórovna comprendió que era imprescindible avisar de todo lo ocurrido al joven Dubrovsky, que servía en un regimiento de infantería de la guardia y se encontraba por aquel entonces en Petersburgo. En vista de lo cual, arrancó una hoja del libro de cuentas y dictó una carta al cocinero Jaritón, el único letrado de Kistenevka, que aquel mismo día se mandó a la ciudad a correos.
       Pero ya es hora de que el lector conozca al verdadero protagonista de nuestra historia.
       Vladímir Dubrovsky estudió en la escuela de cadetes e ingresó en la guardia siendo oficial de caballería; el padre no escatimaba el dinero para que su hijo tuviera una posición decente y el joven recibía de su casa bastante más de lo que podía esperar. Siendo pródigo y ambicioso, se permitía caprichos lujosos; jugaba a las cartas y contraía deudas sin preocuparse por el futuro, esperando encontrar tarde o temprano una novia adinerada, sueño de toda juventud menesterosa.
       Una noche estaba en su casa con varios oficiales, repanchingados en los divanes y fumando sus pipas de ámbar, cuando se le acercó su ayuda de cámara Grisha y le entregó una carta, cuya letra y sello impresionaron inmediatamente al joven. La abrió presuroso y leyó lo siguiente:

     Señor nuestro, Vladímir Andréyevich, tu vieja niñera ha decidido hablarte de la salud del papá. Está muy mal, a veces delira y todo el día está sentado como un niño insensato, y Dios dispone de la vida y la muerte. Ven aquí, hijo de mi alma, te mandaremos caballos a Pesóchnoye, dicen que va a venir el tribunal para entregarnos en manos de Kirila Petróvich Troyekúrov porque dicen que somos de él, pero nosotros siempre fuimos de Vd. y nunca nos dijeron nada. Tú en Petersburgo podrías hablar de esto al zar nuestro señor y él no permitirá que nos ofenda nadie. Tu fiel esclava y niñera

ORINA YEGÓROVNA BUZYREVA

    Mando mi bendición materna a Grishka, ¿te sirve bien? Aquí llueve sin parar dos semanas y el pastor Rodia murió por el día de San Nicolás.

       Vladímir Dubrovsky leyó varias veces estas líneas bastante incoherentes con una extraordinaria emoción. Había perdido a su madre siendo muy niño, lo llevaron a Petersburgo cuando tenía ocho años y apenas conocía a su padre; pese a ello se sentía ligado a él muy románticamente y tanto más apreciaba la vida familiar, cuanto menos había podido disfrutar de sus plácidas alegrías.
       La idea de perder a su padre le oprimía el corazón, y la situación del pobre enfermo, que se desprendía de la carta de la niñera, le horrorizaba. Imaginaba al padre abandonado en una aldea perdida, en manos de una niñera torpe y la servidumbre, amenazado por un peligro, apagándose sin ayuda alguna, padeciendo sufrimientos físicos y morales. Vladímir se reprochaba su negligencia imperdonable. Llevaba mucho tiempo sin recibir noticias de su padre y no se le había ocurrido preguntar por él, ya que suponía que estaría de viaje o absorto por los problemas de la hacienda.
       Decidió ir a verlo e incluso pedir la excedencia si el precario estado de salud de su padre exigiera su presencia. Sus compañeros se marcharon al darse cuenta de su desasosiego. Una vez solo, Dubrovsky escribió una carta solicitando vacaciones, encendió una pipa y se sumió en una profunda meditación.
       Aquel día lo dedicó a conseguir el permiso y al cabo de dos días ya estaba en camino.
       Vladímir Andréyevich se acercaba a la casa de postas donde debía torcer para Kistenevka. Su corazón estaba lleno de tristes presentimientos, temía no encontrar a su padre con vida, se imaginaba la existencia melancólica que le esperaba en el pueblo: alejamiento, soledad, pobreza y multitud de problemas prácticos que no entendía para nada. Al llegar a la casa de postas fue a ver al encargado y le pidió unos caballos. El encargado le preguntó dónde pensaba ir y le dijo que unos caballos enviados desde Kistenevka llevaban cuatro días esperándole. Al poco rato apareció el viejo cochero Antón, que en tiempos llevara a Vladímir Andréyevich a los establos y cuidara de su pequeño caballo. Antón soltó unas lágrimas al verle, hizo una reverencia hasta el suelo, le dijo que el viejo señor todavía estaba vivo y corrió a enjaezar los caballos. Vladímir Andréyevich rechazó el almuerzo que le ofrecieron impaciente por seguir el viaje. Antón lo llevó por caminos vecinales mientras mantenían la siguiente conversación:
       —Dime, Antón, ¿qué es ese asunto de mi padre con Troyekúrov?
       —Dios sabe, Vladímir Andréyevich… Parece que el señor ha reñido con Kirila Petróvich y éste lo ha llevado a juicio, aunque él mismo suele ser el juez de todo lo que quiere. Los siervos no tenemos nada que decir de la voluntad de los señores, pero para mí que tu padre no debía haber ido en contra de Kirila Petróvich, el más fuerte siempre seguirá siéndolo.
       —Entonces, por lo que veo, ¿Kirila Petróvich hace aquí lo que se le antoja?
       —Así es; trata al asesor como quiere, el jefe de policía le hace de recadero y todos los señores del lugar van a presentarle sus respetos; por algo dicen que donde hay comedero siempre habrá cerdos.
       —¿Es verdad que nos quiere quitar la hacienda?
       —Ay, señor, también nos lo han dicho; el otro día el sacristán de Pokróvskoye dijo en el bautizo en casa de nuestro stárosta: ya está bien de juerga, ya os enseñará Kirila Petróvich lo que es bueno, y el herrero Mikita le dice: bueno, Savélich, no amargues al compadre ni a los invitados, Kirila Petróvich es una cosa y Andrey Gavrílovich es otra, y todos somos de Dios y del zar nuestro señor; pero, claro, quién le cose la boca a la gente.
       —Entonces, ¿no queréis estar en manos de Troyekúrov?
       —¡En manos de Kirila Petróvich! Dios nos libre, si hasta los suyos lo pasan mal, no sólo nos quitaría la piel, sino también la carne. No, por lo que más quiera; que Dios le dé salud a Andrey Gavrílovich, y si se lo lleva, sólo queremos estar contigo, señor. No nos entregues, y nosotros ya te defenderemos.
       Con estas palabras Antón agitó el látigo, sacudió las riendas y los caballos fueron al trote.
       Dubrovsky se quedó callado, conmovido por la lealtad del viejo cochero, y se entregó a sus pensamientos. Al cabo de una hora Grisha lo despertó diciendo: “Aquí está Pokróvskoye”. Dubrovsky levantó la cabeza. Estaban bordeando un gran lago del que salía un río que a lo lejos serpenteaba entre unas colinas; en una de ellas, sobre el verdor espeso del bosque, se elevaba un tejado y el mirador de una enorme casa de piedra; en otra colina, una iglesia de cinco cúpulas y un antiguo campanario, rodeadas de isbas de campesinos con sus huertas y pozos. Dubrovsky reconoció el lugar; recordó que en aquella colina había jugado con la pequeña Masha Troyekúrova, que era dos años más joven que él y ya entonces prometía convertirse en una belleza. Quiso preguntar a Antón por ella, pero una especie de timidez se lo impidió.
       Cuando se acercaron a la casa principal vio un vestido blanco entre los árboles del jardín. En ese momento Antón arreó a los caballos y, obedeciendo a la vanidad propia de los cocheros de pueblo y de ciudad, pasó como una exhalación por el puente y la aldea. Al salir del pueblo subieron a un monte y Vladímir vio un bosque de abedules y, a la izquierda, en un lugar abierto, una casita gris con tejado rojo; su corazón empezó a latir con fuerza. Vio ante sí Kistenevka y la humilde casa de su padre.
       Al cabo de diez minutos entraban en el patio de la casa. Dubrovsky miraba a su alrededor con una emoción indescriptible. Llevaba doce años sin ver su casa. Los abedules que plantaron junto a la empalizada cuando era pequeño se habían convertido en grandes y frondosos árboles. El patio, que en tiempos estuvo decorado con tres parterres y un ancho paseo escrupulosamente limpio, era un prado cubierto de hierba sin segar donde pastaba un caballo trabado. Los perros se pusieron a ladrar, pero al reconocer a Antón se callaron y empezaron a mover sus peludos rabos. Los criados salieron de sus casas y rodearon al joven señor con ruidosas expresiones de alegría. A duras penas consiguió atravesar la celosa multitud y subió corriendo por la vieja escalera de entrada. Allí lo esperaba Yegórovna, quien lo abrazó llorando.
       —Hola, aya, hola —repetía Vladímir estrechando a la anciana contra su corazón—, ¿y mi padre? ¿Dónde está? ¿Está bien?
       En aquel momento entró en la sala, arrastrando los pies dificultosamente, un viejo alto, delgado y pálido, vestido con bata y gorro de dormir.
       —Hola, Volodka —dijo con voz débil, y Vladímir abrazó a su padre con gran efusión. La alegría resultó ser una conmoción excesiva para el enfermo; se sintió desfallecer, se le doblaron las piernas y estuvo a punto de caerse de no ser por el apoyo de su hijo.
       —¿Por qué se ha levantado de la cama? —le decía Yegórovna—. No puede tenerse en pie y quiere hacer lo mismo que los demás.
       Llevaron al anciano al dormitorio. Intentaba hablar con su hijo, pero se le mezclaban las ideas y las palabras eran incoherentes. Se quedó callado y pronto se adormiló. Vladímir estaba profundamente impresionado por el estado de su padre. Se instaló en su dormitorio y pidió que le dejaran a solas con él. Los criados le obedecieron y se reunieron alrededor de Grisha, llevándole a las dependencias de la servidumbre, donde lo agasajaron al estilo pueblerino, con toda clase de obsequios, torturándole con preguntas y saludos.


IV

Donde estaba la mesa con manjares
hay un ataúd

[A la muerte del príncipe Meschersky, 1779, poema de G. R. Derzhavin].


       A los pocos días de su llegada el joven Dubrovsky quiso dedicarse a los asuntos de la casa, pero su padre fue incapaz de darle las explicaciones necesarias; además, Andrey Gavrílovich no tenía apoderado. Al examinar los papeles encontró la primera carta del asesor y el borrador de la contestación a la carta, con lo cual no pudo hacerse una idea clara del pleito y decidió esperar las consecuencias, confiando en que la causa fuera justa.
       Entretanto, la salud de Andrey Gavrílovich empeoraba por días. Vladímir preveía su próximo final y no se separaba del anciano, quien había vuelto a la infancia.
       Durante ese tiempo había pasado el plazo requerido sin que se hubiera presentado la apelación. Kistenevka pertenecía a Troyekúrov. Shabashkin apareció en su casa con reverencias y felicitaciones, pidiéndole que anunciara cuándo pensaba tomar posesión de la hacienda recién adquirida y si tenía la intención de hacerlo personalmente o deseaba extender un poder. Troyekúrov se azoró. No era codicioso por naturaleza, el deseo de venganza lo había llevado demasiado lejos y su conciencia se rebelaba. Sabía en qué situación se encontraba su adversario, viejo amigo de su juventud, y la victoria no le alegraba el corazón. Echó una mirada furibunda a Shabashkin buscando algo que pudiera justificar una regañina y, al no encontrar razón suficiente para ello, le dijo malhumorado:
       —Fuera, me estás molestando.
       Viendo su estado de ánimo, Shabashkin se apresuró a hacer una reverencia y a retirarse. Al quedarse solo Kirila Petróvich se puso a andar de arriba abajo por la habitación, silbando entre dientes: Suena el trueno de la victoria [Oda de Derzhavin con música de Koslovsky, escrita con motivo de la toma de Izmail, 1791, durante la guerra contra Turquía], cosa que siempre revelaba en él una gran conmoción.
       Por fin ordenó que le prepararan un coche ligero, se abrigó (era el final de septiembre) y salió de la casa conduciendo él mismo.
       Pronto vio la casa de Andrey Gavrílovich y su alma se llenó de sentimientos encontrados. La sed de venganza y el ansia de poder satisfechas dominaban en cierto modo los sentimientos más nobles, pero al fin triunfaron estos últimos. Decidió reconciliarse con su viejo vecino y borrar toda huella de desacuerdo devolviéndole sus propiedades. Habiendo aliviado su alma con semejante buena intención, Kirila Petróvich se dirigió al trote hacia la casa de su vecino y entró directamente en el patio.
       En aquel momento el enfermo estaba sentado junto a la ventana de su dormitorio. Reconoció a Kirila Petróvich y su rostro expresó una extraordinaria emoción: un oscuro rubor sustituyó la palidez habitual, le brillaron los ojos y profirió unos sonidos ininteligibles. Su hijo, que se encontraba allí mismo estudiando los libros de cuentas, levantó la cabeza, quedándose profundamente impresionado por el estado del padre. El enfermo señalaba al patio con el dedo con una expresión de horror y de ira. Levantaba precipitadamente las faldas de su bata con la intención de ponerse de pie; luego se incorporó y de pronto cayó al suelo. El hijo corrió hacia él; el anciano yacía sin moverse ni respirar, lo había fulminado la parálisis.
       —¡Rápido, a la ciudad, a buscar a un médico! —gritaba Vladímir.
       —Kirila Petróvich pregunta por usted —dijo un criado.
       Vladímir le lanzó una mirada terrible.
       —Dile a Kirila Petróvich que se largue antes de que le haya echado… ¡anda, en marcha!
       El criado, muy satisfecho, corrió a cumplir la orden de su señor. Yegórovna se llevó las manos a la cabeza.
       —Señor —dijo con voz llorona—, te vas a buscar la ruina. Kirila Petróvich nos va a comer vivos.
       —Cállate, aya —dijo Vladímir irritado—, manda ahora mismo a Antón a la ciudad a buscar al médico.
       Yegórovna salió. En la entrada no había nadie: todos habían corrido al patio para mirar a Kirila Petróvich. La mujer cruzó la puerta de entrada y oyó la contestación del criado que transmitía las palabras del joven señor. Kirila Petróvich las escuchó sin bajar del coche; su cara se volvió más oscura que la noche, sonrió con desprecio, echó una mirada amenazadora a los criados y partió a paso lento. También miró a la ventana donde minutos antes había estado Andrey Gavrílovich, quien ya había desaparecido. Yegórovna permanecía en la puerta sin acordarse de la orden de su amo. Los criados comentaban el suceso alborotados. De pronto apareció entre ellos Vladímir que dijo con voz entrecortada:
       —No hace falta médico, mi padre ha muerto.
       Reinó la confusión. Todos corrieron a la habitación del viejo señor. Yacía en la butaca donde lo había llevado Vladímir; su mano derecha colgaba hasta el suelo, la cabeza estaba inclinada sobre el pecho; no quedaba ni rastro de vida en aquel cuerpo todavía templado, pero ya desfigurado por la muerte. Yegórovna sollozó; los criados rodearon el cuerpo, abandonado a sus cuidados, lo lavaron, lo vistieron con el uniforme hecho en el año 1797 y lo colocaron sobre la misma mesa donde habían servido a su amo durante tantos años.


V

      El entierro se celebró al tercer día. El cuerpo del pobre viejo yacía en la mesa, cubierto con un sudario y rodeado de velas. El comedor estaba lleno de criados. Se preparaban a sacar el cuerpo. Vladímir y tres criados levantaron el ataúd. El sacerdote salió el primero acompañado por el diácono, ambos cantando oraciones fúnebres. El dueño de Kistenevka cruzó la puerta de su casa por última vez. Llevaron el ataúd por el bosque. La iglesia estaba detrás de él. Era un día claro y frío. Las hojas de otoño caían de los árboles.
       Al salir del bosque vieron la iglesia de madera de Kistenevka y el cementerio rodeado de viejos tilos. Allí descansaba el cuerpo de la madre de Vladímir; allí, junto a ella, habían hecho la víspera un nuevo foso.
       La iglesia estaba llena de campesinos de Kistenevka que habían venido a rendir los últimos honores a su señor. El joven Dubrovsky se quedó junto a los coros; no lloraba ni rezaba, pero su expresión era terrible. El amargo rito había acabado. Vladímir fue el primero en dar el último adiós al cuerpo; lo siguieron todos los criados; trajeron la tapa del ataúd y la clavaron. Las mujeres lloraban a gritos, los hombres de vez en cuando se secaban una lágrima con el puño. Vladímir y los mismos tres criados llevaron el ataúd al cementerio acompañados de todo el pueblo. Bajaron el ataúd a la fosa, todos los presentes arrojaron un puñado de arena, llenaron el foso, se persignaron y cada cual se marchó por su lado. Vladímir se retiró precipitadamente, adelantándose a todos, y desapareció en el bosque de Kistenevka.
       Yegórovna invitó en nombre de Vladímir al pope y a todo el clero de la iglesia al banquete funerario, diciendo que el joven señor no tenía la intención de asistir, y el padre Antón, su mujer Fedótovna y el diácono se dirigieron a pie a la casa señorial, comentando con Yegórovna las virtudes del fallecido y los acontecimientos que con toda seguridad esperaban a su heredero. (Todo el vecindario ya conocía la visita de Troyekúrov y el recibimiento del que fue objeto, y los políticos del lugar predecían graves consecuencias).
       —Pasará lo que tiene que pasar —dijo la mujer del pope—, pero sería una lástima que Vladímir Andréyevich no fuera nuestro señor. Nadie podrá decir que no es un mozo como Dios manda.
       —¿Y quién si no puede ser nuestro señor? —la interrumpió Yegórovna—. De poco le va a servir a Kirila Petróvich tanto sulfurarse, a buena parte va: mi niño sabe defenderse; además, si Dios quiere, sus protectores no lo dejarán solo. Sí que es altivo Kirila Petróvich, pero mira cómo se metió el rabo entre las piernas cuando mi Grishka le gritó: “¡Fuera, perro viejo! ¡Fuera de esta casa!”.
       —Calla, calla, Yegórovna —dijo el diácono—, no sé ni cómo Grigory fue capaz de hacerlo; antes que mirarle mal a Kirila Petróvich yo preferiría ladrarle al obispo. Si, cuando le veo, el miedo y el terror parece que me tiran hacia el suelo, y la espalda se dobla ella sola.
       —Vanidad de vanidades —dijo el pope—, también a Kirila Petróvich le cantarán los responsos, como hicieron hoy con Andrey Gavrílovich, sólo que el entierro será más lujoso y llamarán a más invitados, pero a Dios todo eso le da igual.
       —Ay, padre, nosotros también queríamos invitar a todo el pueblo, pero Vladímir Andréyevich no quiso. No es que nos falte algo, tenemos con qué convidar a todo el que venga, pero ¡qué le vamos a hacer! Por lo menos, aunque no haya mucha gente, les convidaré a ustedes, mis queridos huéspedes.
       Esta cariñosa invitación y la esperanza de encontrarse con una sabrosa empanada aceleraron los pasos de los interlocutores, y pronto llegaron a la casa señorial, donde la mesa estaba puesta y el vodka servido.
       Entretanto, Vladímir se adentraba en el espesor del bosque, procurando acallar el dolor con el ejercicio y el cansancio. Avanzaba sin elegir camino: las ramas lo rozaban y lo arañaban, los pies se le hundían en el lodo, pero él no se fijaba en nada. Por fin llegó a una pequeña cañada, rodeada de bosque, un riachuelo corría silenciosamente junto a los árboles, deshojados por el otoño. Vladímir se detuvo, se sentó en la hierba fría y los pensamientos, a cual más lúgubre, le llenaron el alma. Intensamente sentía su soledad. El futuro se le presentaba cubierto de nubes amenazadoras. La enemistad con Troyekúrov presagiaba nuevas desgracias. Si sus escasos bienes pasaban a otras manos, lo esperaba la miseria. Estuvo largo rato inmóvil en el mismo sitio, observando el tranquilo movimiento del agua que arrastraba varias hojas marchitas; vivamente se le representaba la imagen de la vida, una imagen tan común. Por fin se dio cuenta de que estaba haciéndose de noche; se levantó y se puso a buscar el camino hacia casa, pero pasó mucho tiempo vagando por el bosque extraño, hasta que encontró un sendero que lo condujo directamente a la puerta de su casa.
       A su encuentro salía el pope con toda la comitiva. La idea del mal presagio cruzó por su pensamiento. No pudo evitar dar un rodeo y se escondió detrás de un árbol. Nadie se fijó en él y siguieron hablando acaloradamente.
       —Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño —decía el pope a su mujer—, no tenemos por qué quedarnos. Pase lo que pase, no es asunto tuyo.
       La mujer le contestó algo, pero Vladímir no lo oyó.
       Al acercarse a la casa vio una gran multitud de gente: campesinos y criados estaban reunidos en el patio. Vladímir oyó de lejos un gran ruido y rumor de voces. Junto al cobertizo había dos troikas. En la puerta varios desconocidos uniformados parecían estar discutiendo algo.
       —¿Qué significa todo esto? —preguntó enfadado a Antón, que corría a su encuentro—. ¿Quiénes son esos y qué quieren?
       —Ay, señor, Vladímir Andréyevich —contestó el viejo jadeando—. Es la justicia. Nos entregan a Troyekúrov, nos quitan a su señoría…
       Vladímir bajó la cabeza; los hombres rodearon a su desdichado dueño.
       —Señor —gritaban besándole las manos—, no queremos otro amo más que tú; una palabra tuya y los metemos en cintura. Estamos dispuestos a morir, pero no te entregaremos.
       Vladímir los miraba, embargado por unos extraños sentimientos.
       —Quietos —les dijo Vladímir—, voy a hablar con los alguaciles.
       —Habla, señor —le gritaron desde la muchedumbre—, hazlos entrar en razón.
       Vladímir se dirigió a los funcionarios. Shabashkin, cubierto con un gorra, estaba en jarras, mirando alrededor con aire altivo. El policía, un hombre alto y grueso de unos cincuenta años, de cara colorada y bigote, al ver a Dubrovsky tosió y pronunció con voz ronca:
       —Os repito lo que acabo de decir: de acuerdo con la decisión del tribunal provincial desde ahora pertenecéis a Kirila Petróvich Troyekúrov, representado aquí por el señor Shabashkin. Obedeced cualquier orden suya, y vosotras, mujeres, amadle y respetadle, que os tiene mucha afición.
       Al pronunciar esta broma tan aguada el policía se echó a reír, acompañado por Shabashkin y el resto de la comitiva. Vladímir estaba fuera de sí de indignación.
       —Permítame que le pregunte qué significa todo esto —dijo al alegre policía con una frialdad fingida.
       —Significa —contestó el ingenioso funcionario— que hemos venido a adjudicar la propiedad a Kirila Petróvich Troyekúrov y a pedir a todos los demás que se vayan por las buenas.
       —Creo que antes que nada debían ustedes dirigirse a mí, antes que a mis campesinos, comunicando la expropiación al terrateniente.
       —¿Y tú quién eres? —le dijo Shabashkin con una mirada insolente—. El antiguo terrateniente, Andrey Gavrílov, hijo de Dubrovsky, ha muerto cumpliendo la voluntad de Dios. No sabemos quién eres ni queremos saberlo.
       —Vladímir Andréyevich es nuestro joven señor —dijo una voz de la multitud.
       —¿Quién se ha atrevido a abrir la boca? —preguntó el policía con aire amenazador—. ¿Qué señor? ¿Qué Vladímir Andréyevich? Vuestro señor es Kirila Petróvich Troyekúrov, ¿no os habéis enterado, estúpidos?
       —¡Lo que faltaba! —dijo la misma voz.
       —¡Pero si esto es un motín! —gritó el policía—. ¡Stárosta, ven aquí!
       El stárosta se dirigió a la muchedumbre preguntando quién había hablado. Todos estaban callados; pronto en las últimas filas se levantó un rumor que empezó a crecer, y se convirtió en terribles alaridos. El policía bajó la voz e intentó calmarlos.
       —¡Ya está bien de mirarlos! —gritaron los criados—. ¡Fuera con ellos! —y la multitud empezó a avanzar.
       Shabashkin y sus acompañantes se precipitaron a esconderse en la casa, cerrando la puerta con llave.
       —¡Vamos, a atarlos! —gritó la misma voz y la gente empezó a empujar la puerta.
       —¡Quietos! —gritó Dubrovsky—. ¿Estáis locos? Estáis buscando la ruina, para vosotros y para mí. Todos a casa y dejadme en paz. No temed, el zar es misericordioso, le pediré por vosotros y no os dejará; todos somos hijos suyos. Pero ¿cómo queréis que os defienda si os amotináis y hacéis locuras?
       El discurso del joven Dubrovsky, su voz sonora y el aire majestuoso causaron el efecto deseado. La gente se calmó, todos se marcharon a sus casas y el patio se quedó desierto. Los representantes de la autoridad seguían en la casa. Por fin Shabashkin abrió la puerta sigilosamente, salió afuera y le agradeció a Dubrovsky su magnánima defensa con reverencias serviles.
       Vladímir lo escuchó con expresión de desprecio y no contestó.
       —Hemos decidido —continuó Shabashkin— quedarnos a dormir con su permiso; ya es de noche y sus hombres podrían atacarnos por el camino. Háganos un favor: diga que nos preparen una cama en el salón, aunque sea de heno; al amanecer nos marcharemos de aquí.
       —Hagan lo que quieran —contestó Dubrovsky secamente—, ya no soy dueño de esta casa.
       Con estas palabras se retiró a la habitación de su padre y cerró la puerta con llave.


VI

      “Todo ha terminado —se dijo a sí mismo—. Esta misma mañana tenía un techo y un pedazo de pan. Mañana tendré que dejar la casa donde he nacido y donde ha muerto mi padre al responsable de su muerte y de mi miseria”. Sus ojos se detuvieron en el retrato de su madre. El pintor la había representado apoyada en una barandilla, con vestido blanco de mañana y una rosa roja en el pelo. “Este retrato también le va a tocar al enemigo de mi familia —pensó Vladímir—. Lo meterán en el desván junto con las sillas rotas, o lo colgarán en el pasillo, haciéndolo objeto de las burlas y observaciones de sus monteros, y en su dormitorio, en la habitación donde murió mi padre, se instalará el administrador o su harén. ¡No, de ninguna manera! Tampoco él disfrutará de la triste casa que me ha quitado”. Vladímir apretó los dientes; ideas terribles surgían en su imaginación. Le llegaban las voces de los funcionarios: se comportaban como los dueños de la casa, continuamente exigían una cosa u otra, y le distraían desagradablemente de su triste meditación. Por fin la casa estuvo en silencio.
       Vladímir abrió las cómodas y los cajones y se dedicó a ordenar los papeles del difunto. La mayor parte eran cuentas y correspondencia sobre diversos asuntos. Vladímir rompió todo sin leerlo. Entre los papeles apareció un paquete con la siguiente inscripción: “Cartas de mi mujer”. Vladímir se puso a leerlas con gran emoción: habían sido escritas durante la campaña turca y enviadas al ejército desde Kistenevka. La mujer describía su vida solitaria, los quehaceres de la casa, se quejaba cariñosamente de la separación y pedía que regresara a casa, a los brazos de su buena compañera. En una de las cartas expresaba cierta preocupación por la salud del pequeño Vladímir; en otra se alegraba de su inteligencia precoz y le predecía un futuro brillante y feliz. Absorto en la lectura, Vladímir se olvidó de todo, sumergido en el mundo de la felicidad familiar, y no se dio cuenta de cómo había pasado el tiempo: el reloj de pared dio las once. Vladímir guardó las cartas en el bolsillo, cogió la vela y salió del despacho. Los funcionarios dormían en el suelo de la sala. En la mesa había vasos, vaciados por ellos, y en toda la habitación se sentía un fuerte olor a ron. Vladímir pasó junto a ellos con sensación de repugnancia y se encontró en el pasillo. Las puertas estaban cerradas. Al no encontrar las llaves Vladímir volvió a la sala: las llaves estaban en la mesa. Abrió las puertas y tropezó con un hombre que estaba acurrucado en un rincón: un hacha brillaba en sus manos. Al acercarse a él con la vela Vladímir reconoció a Arjip el herrero.
       —¿Qué haces tú aquí? —preguntó.
       —Ah, Vladímir Andréyevich, es usted —susurró Arjip—. ¡Gracias a Dios! ¡Menos mal que venía usted con la vela! —Vladímir lo miraba sorprendido.
       —¿Qué haces aquí escondido? —preguntó al herrero.
       —Quería… he venido… a ver si todo estaba bien en la casa —contestó Arjip titubeando.
       —¿Para qué llevas el hacha?
       —¿Para qué? ¿Cómo se puede salir sin hacha ahora? Esta gente son unos pillos, si te descuidas …
       —Estás borracho, deja el hacha y vete a dormir.
       —¿Borracho yo? Vladímir Andréyevich, señor, Dios es testigo de que no he probado ni una gota, y quién puede pensar en emborracharse cuando estos hombres quieren apoderarse de nosotros y echar a nuestros señores de su propia casa. Fíjese en cómo roncan los malditos, podríamos acabar con todos ellos de una vez y escapar.
       Vladímir frunció el ceño.
       —Escucha, Arjip —dijo después de un silencio—. No me gusta lo que dices. Los funcionarios no tienen la culpa. Enciende la linterna y sígueme.
       Arjip cogió la vela de manos de su amo, encontró una linterna que estaba detrás de la estufa, prendió la mecha y ambos bajaron al patio. El guarda empezó a golpear la placa de hierro, ladraron los perros.
       —¿Quién está de guardia? —preguntó Dubrovsky.
       —Somos nosotras —contestó una voz fina—, Nastasia y Lukeria.
       —Podéis ir a casa —les dijo Dubrovsky—, ya no os necesito.
       —A dormir —dijo Arjip.
       —Gracias, señor —contestaron las mujeres y se marcharon en seguida a sus casas.
       Dubrovsky siguió andando. Se le acercaron dos hombres; cuando lo llamaron, Dubrovsky reconoció las voces de Antón y de Grisha.
       —¿Por qué no estáis durmiendo? —les preguntó.
       —¿Cómo quiere que durmamos? —contestó Antón—. A lo que hemos llegado, quién lo iba a decir …
       —¡Calla! —lo interrumpió Dubrovsky—. ¿Dónde está Yegórovna?
       —En la casa principal, en su cuarto —contestó Grisha.
       —Anda, tráela aquí y saca de la casa a todos nuestros hombres, que no quede ninguno salvo los funcionarios; y tú, Antón, prepara el carro.
       Grisha se marchó, volviendo al minuto con su madre. La vieja no se había desnudado aquella noche; nadie, excepto los funcionarios, había dormido.
       —¿Están todos aquí? —preguntó Dubrovsky—. ¿No ha quedado nadie en la casa?
       —Nadie, sólo los oficiales —contestó Grisha.
       —Traed heno o algo de paja —dijo Dubrovsky.
       Los hombres corrieron a los establos y regresaron trayendo montones de heno.
       —Colocadlo aquí, debajo de la escalera de entrada. Y ahora… fuego.
       Arjip abrió la linterna, Dubrovsky encendió una rama.
       —Espera —le dijo a Arjip—, creo que con las prisas cerré la puerta que da al pasillo, ve a abrirla.
       Arjip corrió hacia la casa, las puertas estaban abiertas. Arjip las cerró con llave, diciendo a media voz: “Lo que faltaba, abrirlas”, y volvió junto a Dubrovsky.
       Dubrovsky acercó la rama encendida, el heno ardió y se alzó la llama, iluminando todo el patio.
       —¡Ay, Dios mío! —gritó Yegórovna con voz llorosa—. ¿Qué haces, Vladímir Andréyevich?
       —Calla —dijo Dubrovsky—. Bueno, hijos míos, adiós, me marcho donde me lleve Dios; que seáis felices con vuestro nuevo señor.
       —Señor —contestó la gente—, mejor morir que dejarte, iremos contigo.
       Los caballos estaban listos. Dubrovsky subió al carro junto con Grisha y fijó el lugar del encuentro: el bosque de Kistenevka. Antón arreó los caballos y salieron del patio.
       Se levantó viento. En un minuto toda la casa estaba en llamas. Un humo rojo se levantaba por encima del tejado. Los cristales crujían y estallaban, caían troncos envueltos en llamas; se oyó un alarido y unas voces que gritaban: “¡Fuego, socorro!”.
       —¡Qué más quisierais! —dijo Arjip, que observaba el incendio con una sonrisa llena de rencor.
       —Arjípushka —le decía Yegórovna—, salva a esos malditos, Dios te lo pagará.
       —¡Qué más quisieran! —contestó el herrero.
       En ese momento se vio a los funcionarios intentando romper las dobles ventanas. Pero en seguida se derrumbó el techo con un crujido y cesaron los alaridos.
       Pronto todos los campesinos estaban en el patio. Las mujeres corrían gritando a salvar sus enseres, los niños daban saltos fascinados por el incendio. Las chispas volaron como una nevasca de fuego; las isbas empezaron a arder.
       —Ya está —dijo Arjip—, ¿cómo arde, eh? Seguro que da gusto verlo desde Pokróvskoye.
       En ese momento un nuevo acontecimiento atrajo su atención; un gato corría por el tejado de un cobertizo en llamas, sin comprender dónde podía saltar: estaba rodeado de fuego por todas partes. Con un maullido lastimero el pobre animal pedía ayuda; los chiquillos se morían de risa contemplando su desesperación.
       —¿De qué os reís, diablillos? —dijo el herrero con enfado—. No tenéis temor a Dios: una criatura de Dios se está muriendo, y vosotros os alegráis, como tontos —y apoyando una escalera en el tejado en llamas empezó a subir para recoger al gato. Éste comprendió sus intenciones y con aire de precipitado agradecimiento se agarró a su manga. El herrero chamuscado empezó a bajar con su hallazgo.
       —Bueno, muchachos, adiós —dijo a los aturdidos siervos—, aquí no tengo nada que hacer. Suerte, y acordaos bien de mí.
       El herrero se marchó; el incendio siguió haciendo estragos durante cierto tiempo. Por fin se calmó, y montones de brasas sin llamas ardían vivamente en la oscuridad de la noche y junto a ellas vagaban los habitantes siniestrados de Kistenevka.


VII

      Al día siguiente la noticia del incendio se extendió por toda la comarca. Todos hablaban de ello, haciendo diversas conjeturas y especulaciones. Unos decían que los hombres de Dubrovsky, que se habían emborrachado en el entierro, habían incendiado la casa por imprudencia; otros acusaban a los alguaciles que habían bebido más de la cuenta al tomar posesión de la casa; muchos aseguraban que el propio Dubrovsky había perecido junto con los funcionarios y todos sus siervos. Algunos adivinaban la verdad y aseguraban que el culpable de tan terrible desgracia era el propio Dubrovsky, movido por la ira y la desesperación. Troyekúrov al día siguiente visitó el lugar del incendio y él mismo realizó la investigación. Resultó que el policía, el jurado del tribunal provincial, el empleado y el escribiente, así como Vladímir Dubrovsky, el aya Yegórovna, el siervo Grigory, el cochero Antón y el herrero Arjip habían desaparecido sin dejar rastros. Todos los campesinos declararon que los funcionarios habían perecido en el momento de derrumbarse la techumbre; más adelante se encontraron sus huesos carbonizados. Las mujeres Vasilisa y Lukeria dijeron que habían visto a Dubrovsky y a Arjip el herrero minutos antes de empezar el incendio. Las declaraciones coincidían en que Arjip el herrero estaba vivo y en que era el responsable principal, si no el único, del incendio. Sobre Dubrovsky pesaban graves sospechas. Kirila Petróvich envió al gobernador un informe detallado de todo lo sucedido y se inició un nuevo proceso.
       Pronto otras noticias dieron nuevo alimento a la curiosidad y a las habladurías. En *** aparecieron bandidos que sembraron el terror en toda la comarca. Las medidas tomadas por las autoridades contra ellos resultaron insuficientes. Los robos, a cual más audaz, se sucedían uno tras otro. Ni en los caminos ni en las aldeas había seguridad. Varias troikas, llenas de bandidos, recorrían durante el día toda la provincia: detenían a los viajeros y al correo, irrumpían en los pueblos, robaban las casas de los terratenientes y las prendían fuego. El jefe de la banda era famoso por su inteligencia, su valor y una especie de generosidad. De él se contaban leyendas; el nombre de Dubrovsky estaba en boca de todo el mundo, todos estaban convencidos de que era precisamente Dubrovsky y nadie más quien capitaneaba a los atrevidos malhechores. Una cosa era sorprendente: las propiedades de Troyekúrov habían sido perdonadas, los bandidos no habían robado ni un solo cobertizo, no habían detenido ni un solo carro. Troyekúrov, con su habitual arrogancia, achacaba esta excepción al miedo que había sabido infundir a la provincia, así como a una policía ejemplar que había establecido en sus aldeas. Al principio los vecinos se burlaban de la altanería de Troyekúrov y esperaban todos los días que los huéspedes no invitados visitaran Pokróvskoye, donde encontrarían un rico botín, pero finalmente se vieron obligados a darle la razón y a reconocer que los bandidos mostraban hacia él una especial deferencia… Troyekúrov estaba triunfante y a cada noticia de un nuevo asalto de Dubrovsky se deshacía en sarcasmos dirigidos al gobernador, los alguaciles y los capitanes de brigada, de quienes Dubrovsky siempre escapaba ileso.
       Entretanto llegó el 1.º de octubre, día del patrón de la aldea perteneciente a Troyekúrov. Pero antes de iniciar la descripción de este festejo y de los acontecimientos siguientes debemos dar a conocer al lector algunos personajes que son nuevos para él o que solamente hemos mencionado de pasada al principio de nuestra narración.


VIII

      Seguramente el lector ya habrá adivinado que la hija de Kirila Petróvich, de quien sólo hemos dicho unas pocas palabras, es la heroína de nuestra historia. En la época que describimos tenía diecisiete años y su belleza estaba en pleno esplendor. Su padre la quería con locura, pero la trataba con la arbitrariedad habitual en él, ora procurando satisfacer sus menores caprichos, ora asustándola con un trato frío y a veces cruel. Seguro del afecto de su hija, nunca pudo ganarse su confianza. La joven estaba acostumbrada a ocultarle sus ideas y sentimientos, ya que nunca estaba segura de cómo iban a ser recibidos. No tenía amigas y había crecido en la soledad. Las hijas y las mujeres de los vecinos rara vez visitaban a Kirila Petróvich, cuyas conversaciones y diversiones habituales requerían la camaradería de los hombres y no la presencia de las damas. Rara vez aparecía nuestra hermosa joven entre los invitados a los banquetes de Kirila Petróvich. Una enorme biblioteca, compuesta en su mayor parte por obras de autores franceses del siglo XVIII estaba a su disposición. Su padre, que no leía nada más que La perfecta cocinera, no podía guiarla en la elección de libros, y Masha, después de haber hojeado todo género de obras, prefirió naturalmente las novelas. De esta manera completó su educación, iniciada en tiempos por mademoiselle Mimí, a quien Kirila Petróvich testimoniaba gran confianza y benevolencia y a quien se vio obligado finalmente a enviar en secreto a otros dominios cuando las consecuencias de esa amistad se hicieron demasiado aparentes. Mademoiselle Mimí dejó un recuerdo bastante agradable. Era una buena muchacha y nunca abusó de la influencia que visiblemente ejercía sobre Kirila Petróvich, en lo cual se distinguía de las otras favoritas que éste cambiaba continuamente. El propio Kirila Petróvich parecía quererla más que a las demás, y un niño de unos nueve años, muy travieso y de ojos negros, que recordaba los rasgos meridionales de Mlle Mimí, se educaba en la casa y estaba reconocido como hijo suyo, pese a que una multitud de niños descalzos, parecidos a Kirila Petróvich como dos gotas de agua, corrían bajo sus ventanas y eran considerados como criados. Kirila Petróvich había mandado traer de Moscú para su pequeño Sasha a un maestro francés, que llegó a Pokróvskoye durante los acontecimientos que estamos relatando.
       El preceptor gustó a Kirila Petróvich por su agradable físico y sencillos modales. El francés presentó a Kirila Petróvich sus certificados y una carta de uno de los parientes de Troyekúrov, en cuya casa había estado cuatro años como preceptor. Kirila Petróvich examinó todo ello y sólo quedó descontento de la juventud del francés, no porque considerara que este amable defecto fuera incompatible con la paciencia y experiencia, tan necesarias para el desdichado título de preceptor, sino porque tenía ciertas dudas que decidió aclararle inmediatamente. Para ello mandó llamar a Masha (Kirila Petróvich no hablaba francés y Masha le servía de intérprete).
       —Ven aquí, Masha: dile a este musié que después de todo le voy a tomar, pero con la condición de que no se le ocurra cortejar a mis muchachas, de lo contrario a este hijo de perra… Tradúceselo, Masha.
       Masha se puso colorada y, dirigiéndose al preceptor, le dijo en francés que su padre esperaba de él un comportamiento recatado y decente.
       El francés hizo una reverencia y contestó que confiaba en merecer el respeto aunque se le negase la benevolencia.
       Masha tradujo su respuesta palabra por palabra.
       —Bien, bien —dijo Kirila Petróvich—, no necesita benevolencia ni respeto. Lo suyo es cuidar de Sasha y enseñarle gramática y geografía, díselo.
       María Kirílovna suavizó en su traducción las groseras expresiones de su padre y Kirila Petróvich dejó que el francés se marchara a un ala de la casa principal donde se le había destinado una habitación.
       Masha no prestó ninguna atención al joven francés; educada en los prejuicios aristocráticos, un preceptor era para ella una especie de criado o artesano, y un criado o un artesano no le parecían hombres. Tampoco reparó en la impresión que había causado a M. Desforges, ni en su turbación y azaramiento, ni en el temblor de su voz. En los días siguientes varias veces se cruzó con él, sin prestarle mayor atención. De una manera inesperada se formó de él una idea totalmente nueva.
       En casa de Kirila Petróvich solían crecer varios oseznos, que constituían una de las diversiones principales del dueño de Pokróvskoye. Cuando eran pequeños los llevaban casi todos los días a la sala, donde Kirila Petróvich se entretenía con ellos horas enteras, haciéndolos pelear con gatos y cachorros. Cuando crecían los encadenaban, a la espera de una verdadera caza. A veces los sacaban ante las ventanas de la casa y les acercaban un barril de vino vacío, erizado de clavos; el oso olía el barril, luego lo tocaba suavemente, se pinchaba las patas, irritado empujaba el barril con más fuerza y más intenso se hacía el dolor. El oso se enfurecía, se abalanzaba bramando sobre el barril, hasta que al pobre animal le quitaban el objeto de su inútil furia. A veces enganchaban a un carro a un par de osos, subían al carro a unos invitados, quisiéranlo o no, y los dejaban correr al azar. Pero a juicio de Kirila Petróvich la mejor broma era la siguiente.
       Solían encerrar a un oso hambriento dentro de una habitación vacía, atado con una cuerda a un anillo atornillado a la pared. La cuerda era casi tan larga como la habitación, de manera que solamente el rincón opuesto podía estar a salvo del temible animal. A algún novato lo conducían hasta la puerta de esa habitación, lo empujaban dentro como por casualidad, cerraban la puerta con llave y dejaban a la pobre víctima a solas con el peludo anacoreta. El pobre invitado, con el traje roto y cubierto de arañazos, pronto encontraba el rincón seguro, pero a veces estaba obligado a estar de pie tres horas pegado a la pared, viendo cómo la fiera enardecida rugía a dos pasos, daba saltos, se encabritaba y se esforzaba por alcanzarlo. ¡Éstas eran las nobles distracciones de un gran señor ruso! Unos días después de la llegada del preceptor, Troyekúrov se acordó de él y decidió ofrecerle la diversión del oso; para ello lo llamó una mañana y lo llevó consigo por unos oscuros pasillos; de pronto se abrió una puerta lateral, dos criados empujaron al francés y cerraron la puerta con llave. Al recuperarse de la sorpresa, el preceptor vio al oso atado; el animal respiró ruidosamente, empezó a olfatear de lejos a su huésped y, de pronto, se dirigió hacia él sobre las patas traseras. El francés no se turbó ni echó a correr: esperaba el ataque. El oso se acercó, Desforges sacó del bolsillo una pequeña pistola, la pegó al oído del animal hambriento y disparó. El oso se derrumbó. Todos corrieron, se abrieron las puertas y entró Kirila Petróvich asombrado por el desenlace de su broma. Kirila Petróvich quiso inmediatamente que le dieran explicaciones sobre todo el asunto; quién había advertido a Desforges de la broma que se le había preparado o por qué tenía una pistola cargada en el bolsillo. Mandó llamar a Masha, Masha vino corriendo y tradujo al francés las preguntas de su padre.
       —No había oído hablar del oso —contestó Desforges—, pero siempre llevo pistola porque no tengo la intención de soportar una ofensa por la cual, debido a mi posición, no puedo exigir satisfacción.
       Masha le miraba con sorpresa, y tradujo sus palabras a Kirila Petróvich. Kirila Petróvich no dijo nada, ordenó que retiraran al oso y que le quitaran la piel; luego observó dirigiéndose a sus criados:
       —¡Esto sí que es un valiente! No ha tenido miedo, ¿lo veis?, ni pizca de miedo.
       Desde entonces tomó cariño a Desforges y no se le volvió a ocurrir someterle a pruebas.
       Este hecho, sin embargo, causó todavía mayor impresión a María Kirílovna. Había conmovido su imaginación: Masha había visto al oso muerto y a Desforges, tranquilo, junto a él y hablando tranquilamente con ella. Comprendió que el valor y el orgullo no eran patrimonio exclusivo de una sola clase; desde entonces empezó a mostrarle respeto, que a cada momento se hacía más cordial. Algo semejante a la amistad empezó a surgir entre ellos. Masha tenía una magnífica voz y gran facilidad para la música. Desforges se ofreció a darle clases. Después de todo esto al lector no le costará trabajo adivinar que Masha se había enamorado de él sin confesárselo todavía a sí misma.


LIBRO SEGUNDO
IX


      La víspera de la fiesta patronal empezaron a llegar los invitados; algunos se instalaban en la casa principal y en sus dependencias, otros en las casas de los administradores, en la del pope o en las de los campesinos más acomodados. Las cuadras estaban llenas de caballos de tiro, los patios y los cobertizos, repletos de carruajes de toda clase. A las nueve de la mañana tocaron a misa y todos se dirigieron hacia la nueva iglesia de piedra, construida por Kirila Petróvich y decorada todos los años con sus donativos. Se reunió tal cantidad de fieles notables que los simples campesinos no cupieron en la iglesia y tuvieron que quedarse en el pórtico y en el patio. El oficio no empezaba: esperaban a Kirila Petróvich. Llegó en una calesa de seis caballos y se dirigió solemnemente a su lugar, acompañado por María Kirílovna. Los hombres y las mujeres volvieron sus miradas hacia ella: los unos admiraban su belleza, las otras estudiaban con atención su atuendo. Comenzó el oficio; los cantores de la casa cantaban en el coro, acompañados por el propio Kirila Petróvich, quien rezaba sin mirar a la izquierda ni a la derecha y, con humildad arrogante, hizo una reverencia hasta el suelo cuando el diácono mencionó con voz potente al fundador de este templo.
       El servicio terminó. Kirila Petróvich fue el primero en acercarse a la cruz. Todos lo siguieron; después se le acercaron los vecinos a presentarle sus respetos. Las damas rodearon a Masha. Saliendo de la iglesia Kirila Petróvich invitó a todos a almorzar a su casa, montó en su coche y se marchó. Los demás siguieron sus pasos. Las habitaciones se llenaron de invitados. A cada instante aparecían personas nuevas que a duras penas conseguían acercarse al anfitrión. Las señoras se sentaron formando un ceremonioso semicírculo, vestidas según una moda antigua con trajes costosos y usados, cubiertas de perlas y brillantes; los hombres se agolpaban junto al caviar y al vodka, hablando ruidosamente entre ellos. En la sala estaban poniendo la mesa para ochenta personas. Los criados iban y venían, colocaban las botellas y las frascas y empalmaban los manteles. Por fin el mayordomo anunció: “La comida está servida”, y Kirila Petróvich fue a sentarse el primero de todos, lo siguieron las damas, que ocuparon sus sitios con mucha parsimonia, respetando cierta jerarquía; las muchachas se amontonaron como un tímido rebaño de cabritas y se sentaron todas juntas. Los hombres se colocaron enfrente. Al extremo de la mesa se sentó el preceptor junto al pequeño Sasha.
       Los criados empezaron a servir a los invitados por orden de importancia; en caso de duda se dejaban guiar por el sistema de Lavater [Johann Kaspar Lavater, 1741-1801, filósofo y teólogo protestante suizo inventor de la fisonomía], que casi nunca los engañaba. El sonido de los platos y las cucharas se fundió con la ruidosa conversación de los invitados y Kirila Petróvich observaba alegremente su ágape, disfrutando plenamente de la felicidad del anfitrión hospitalario. En aquel instante entró en el patio un coche tirado por seis caballos.
       —¿Quién es ése? —preguntó el dueño de la casa.
       —Es Antón Pafnútich —contestaron varias voces. Se abrieron las puertas, y Antón Pafnútich Spitsyn, un hombre grueso de unos cincuenta años, con una cara redonda picada de viruelas, adornada por una papada de tres pisos, irrumpió en el comedor haciendo reverencias, sonriendo y dispuesto a pedir excusas.
       —Que traigan otro cubierto —gritó Kirila Petróvich—. Adelante, Antón Pafnútich, siéntate y dinos qué significa todo esto: no has estado en la iglesia y llegas tarde a almorzar. No está en tus costumbres: eres piadoso y te gusta comer.
       —Perdona —contestó Antón Pafnútich anudando la servilleta al ojal de su caftán color guisante—, perdona, Kirila Petróvich, me puse en marcha temprano, pero apenas me había alejado unas diez verstas cuando de pronto la llanta de la rueda delantera se partió en dos. ¿Qué le iba a hacer? Felizmente no estábamos lejos de una aldea; pero mientras llegamos, encontramos a un herrero, lo arreglamos todo más o menos, ya habían pasado tres horas. No me atreví a tomar el camino más cercano, el del bosque de Kistenevka, y tuve que dar un rodeo…
       —¡Vaya! —lo interrumpió Kirila Petróvich—. Veo que no eres un valiente, ¿de qué tienes miedo?
       —¿Cómo de qué tengo miedo, Kirila Petróvich? ¿Y Dubrovsky? No cuesta nada caer en sus garras. No tiene un pelo de tonto y no perdona a nadie y a mí sería capaz de desollarme dos veces.
       —¿A qué se deben estos distingos?
       —¿Cómo a qué se deben? Al proceso del difunto Andrey Gavrílovich. ¿No fui yo quien para complacerte, quiero decir, en honor a la verdad y a la justicia, declaré que los Dubrovsky eran propietarios de Kistenevka sin derecho a ello y sólo gracias a tu tolerancia? El difunto (que en paz descanse) prometió que me lo pagaría y el hijo es capaz de cumplir la promesa de su papá. Por ahora Dios me ha salvado. Solamente han robado uno de mis graneros, pero se pueden presentar en mi casa en cualquier momento.
       —Y en tu casa se van a divertir —observó Kirila Petróvich—, juraría que la cajita roja está llena hasta arriba.
       —¡Qué va, Kirila Petróvich! Estuvo llena hace años, ahora está casi vacía.
       —Ya está bien de mentir, Antón Pafnútich. Como si no te conociera; dónde ibas a gastar el dinero si en tu casa vives como un cerdo, no recibes a nadie, robas a tus campesinos y no haces más que ahorrar.
       —Siempre gastando bromas, Kirila Petróvich —masculló Antón Pafnútich con una sonrisa—, de veras que estoy en la ruina —y Antón Pafnútich compensó la broma señorial del anfitrión con un suculento pedazo de empanada.
       Kirila Petróvich le dejó tranquilo y se volvió hacia el nuevo jefe de policía, que lo visitaba por primera vez y se encontraba sentado al otro extremo de la mesa junto al preceptor.
       —¿Qué me dice usted, señor jefe de policía? ¿Van a coger a Dubrovsky?
       El jefe de policía se asustó, saludó, sonrió, tartamudeó y por fin logró decir:
       —Procuraremos, excelencia.
       —Ejem, “procuraremos”. Hace mucho que lo están procurando y como si nada. Por otra parte, ¿para qué cazarlo? Los robos de Dubrovsky son una bendición para un jefe de policía: mientras se viaja, se investiga y se interroga, el bolsillo se va llenando. ¿Quién eliminaría a semejante bienhechor? ¿No le parece, señor jefe de policía?
       —Tiene usted toda la razón, excelencia —contestó el policía, completamente confundido.
       Los invitados rieron a carcajadas.
       —Me gusta la franqueza —dijo Kirila Petróvich—. Qué lástima nuestro difunto jefe de policía, Tarás Alexéyevich: si no lo hubieran quemado, la comarca estaría ahora mucho más tranquila. ¿Qué se sabe de Dubrovsky? ¿Dónde lo han visto por última vez?
       —En mi casa, Kirila Petróvich —contestó una áspera voz de señora—, el martes pasado almorzó en mi casa…
       Todas las miradas se volvieron hacia Anna Sávishna Glóbova, una viuda bastante sencilla a la que todos querían por su bondad y carácter alegre. Los comensales, llenos de curiosidad, se dispusieron a escuchar su relato.
       —Debo deciros que hace unas tres semanas mandé al administrador a correos con dinero para mi Vaniusha. No es que yo mime a mi hijo: no podría aunque quisiera; sin embargo todos ustedes saben que un oficial de la guardia debe vivir decentemente, por eso siempre que puedo comparto con Vaniusha los pocos ingresos que tengo. Pues bien, le mandé 2000 rublos; Dubrovsky se me pasó por la cabeza, pero pensé: la ciudad está cerca, siete verstas nada más, a lo mejor Dios nos libra. Por la noche vuelve mi administrador pálido, hecho un pingajo y sin caballos. Por poco me desmayo. “¿Qué pasa —le digo—, qué te han hecho?”. Y él me dice: “Anna Sávishna, señora mía, me han robado los bandidos, por poco me matan, estaba allí el propio Dubrovsky, quería ahorcarme, pero se apiadó de mí y me dejó marchar, pero me lo quitó todo, hasta el caballo y el carro”. Me quedé sin habla, ¿qué iba a ser de mi Vaniusha? No había nada que hacer: escribí una carta a mi hijo, se lo conté todo y le mandé mi bendición sin nada de dinero.
       ”Pasó una semana, luego otra; un día de pronto veo que en mi patio entra un coche. Un general pide que lo reciba: le digo que pase; entra un hombre de unos treinta y cinco años, de tez morena, pelo negro, bigote y barba, el vivo retrato de Kulniev [El general Y. P. Kulniev, 1763-1812, muerto durante la guerra contra Napoleón, era tan popular que se distribuyeron estampas con su retrato], y se presenta como amigo y compañero de mi difunto esposo Iván Andréyevich; dice que pasaba por allí y que no podía dejar de hacer una visita a su viuda sabiendo que yo vivía cerca. Le ofrecí lo que tenía y nos pusimos a hablar, de todo un poco, hasta que mencionó a Dubrovsky. Le conté mi desgracia y el general se puso muy serio. “Qué extraño —dijo—, me han dicho que Dubrovsky no ataca a cualquiera, sino solamente a ricachones conocidos; aun así nunca les quita todo lo que llevan, sino que lo reparte. Además, nadie le ha acusado de asesinato. ¿A ver si hay trampa? Mande llamar a su administrador”. Fueron a llamar al administrador, éste vino y al ver al general se quedó lívido. “Vamos a ver, amigo, cuéntame cómo fue lo del robo de Dubrovsky y cómo te quiso ahorcar”. Mi administrador se puso a temblar y se tiró a los pies del general. “Es culpa mía, señor, fue el demonio, he mentido”. “Si es así —le dice el general—, haz el favor de contarle a la señora lo que pasó, y yo me quedo aquí escuchando”. El administrador seguía anonadado. “Pues bien —dijo el general—, cuéntanos dónde te encontraste con Dubrovsky”. “Junto a los dos pinos, señor” “¿Qué te dijo?” “Me preguntó de quién era, adónde iba y para qué”. “¿Y luego?” “Luego exigió la carta y el dinero”. “¿Y bien?” “Le di la carta y el dinero”. “¿Qué pasó? Te pregunto que qué pasó”. “El… perdóneme, señor”. “¿Qué hizo?” “Me devolvió la carta y el dinero y me dijo: Vete con Dios y lleva esto al correo”. “¿Y tú qué hiciste?” “Yo… perdóneme, señor”. “Bueno, ya me ocuparé yo de ti —dijo el general con aire amenazador—, y usted, señora, haga que busquen en el baúl de este granuja y entrégueme a este hombre que ya verá lo que es bueno. Sepa usted que Dubrovsky ha sido oficial de la guardia y nunca ofendería a un compañero”. Adiviné quién era su excelencia y no le dije nada. Los cocheros ataron al administrador al pescante de la calesa; el dinero fue encontrado; el general almorzó conmigo, luego se marchó inmediatamente y se llevó al administrador. Al día siguiente encontraron a mi administrador en el bosque, atado a un roble y con la espalda hecha tiras.
       Todos escucharon el relato de Anna Sávishna en silencio, especialmente las señoritas. Muchas de ellas sentían una secreta simpatía por Dubrovsky viendo en él a un héroe romántico, sobre todo María Kirílovna, apasionada soñadora, alimentada con los misteriosos horrores de la Radcliffe [Anne Radcliffe (Anne Ward), 1764-1823, escritora inglesa, autoras de novelas góticas].
       —Entonces, Anna Sávishna, crees que te ha ido a ver el propio Dubrovsky —dijo Kirila Petróvich—. Estás muy equivocada. No sé quién te ha ido a ver, pero no era Dubrovsky.
       —¡Cómo que no era Dubrovsky! ¿Quién si no iba a salir al camino, a detener a los transeúntes y a registrarlos?
       —No sé, pero seguro que no era Dubrovsky. Le recuerdo de niño, no sé si le ha oscurecido el cabello, pero entonces era un niño rubio; de lo que sí estoy seguro es de que Dubrovsky tiene cinco años más que mi Masha, lo que significa que no tiene treinta y cinco años, sino veintitrés.
       —Así es, excelencia —proclamó el jefe de policía—, llevo en el bolsillo la descripción de Dubrovsky, en la que se dice claramente que tiene veintitrés años de edad.
       —¡Ah! —dijo Kirila Petróvich—. Por cierto: léela, a ver si nos enteramos; no nos viene nada mal conocer su descripción, si nos lo encontramos no se nos escapará.
       El jefe sacó del bolsillo una hoja de papel bastante mugrienta, la desdobló con aire importante y se puso a leer con voz cantarina:
       —“Descripción de Vladímir Dubrovsky, compuesta según palabras de sus antiguos campesinos. Tiene veintidós años de edad, estatura media, tez clara, barba afeitada, ojos castaños, cabello rubio, nariz recta. Señas particulares: no tiene”.
       —¿Eso es todo? —preguntó Kirila Petróvich.
       —Eso es todo —respondió el jefe de policía.
       —Le felicito, señor jefe de policía. ¡Vaya papel! No creo que les cueste mucho trabajo encontrar a Dubrovsky. Pero ¿quién no es de estatura media y no tiene el cabello rubio, la nariz recta y los ojos castaños? Apuesto a que a las tres horas de estar hablando con Dubrovsky no lo reconocería nadie. ¡Qué cerebro el de los policías!
       El jefe de policía humildemente guardó el papel en el bolsillo y acometió en silencio el ganso con repollo. Entretanto los criados ya habían recorrido varias veces a los comensales llenándoles las copas. Se descorcharon ruidosamente varias botellas de Górskoye [vino espumoso del Cáucaso] y Tsymliánskoye [vino espumoso de la región del Don], que se acogió con benevolencia bajo el nombre de champaña; las caras empezaron a sonrojarse, las conversaciones subían de tono, se hacían más inconexas y alegres.
       —Nada, nada —seguía Kirila Petróvich—, nunca volveremos a tener a un jefe de policía como el difunto Tarás Alexéyevich. Ése sí que no era un alelado ni un pasmarote. ¡Qué pena que quemaran al hombre! Ni uno de la banda se habría escapado. Habría cogido a todos, hasta el último, ni siquiera Dubrovsky habría podido escapar ni comprarle. Tarás Alexéyevich habría aceptado el dinero, pero tampoco habría soltado a Dubrovsky. Así era el difunto. No hay otro remedio, voy a tener que ocuparme del asunto y mandar a mi gente contra los bandidos. Para empezar podría elegir a unos veinte hombres para que limpiaran el bosque de ladrones; no es gente miedosa: cada uno de ellos va solo a la caza del oso, no creo que los asuste un bandido.
       —¿Y cómo está su oso, Kirila Petróvich? —preguntó Antón Pafnútich, quien al oír esas palabras recordó a su peludo amigo y algunas bromas, de las cuales en tiempos él también fuera víctima.
       —El oso se ha ido para no volver —contestó Kirila Petróvich—. Ha tenido una muerte gloriosa, de manos del enemigo. Ahí está su vencedor —Kirila Petróvich señaló a Desforges—. Deberías hacerte con la imagen del patrón del francés. Se ha vengado de tu… ¿cómo lo diría…? En fin, tú te acuerdas.
       —¿Cómo no me voy a acordar? —dijo rascándose Antón Pafnútich—. Claro que me acuerdo. Se ha muerto entonces, pobre oso, te juro que lo siento. ¡Qué gracioso era! ¡Y qué listo! No creo que se pueda encontrar otro igual. ¿Y por qué lo mataría musié?
       Con una enorme satisfacción Kirila Petróvich empezó a contar la hazaña de su francés, ya que tenía la feliz cualidad de vanagloriarse de todo cuanto lo rodeaba. Los invitados escuchaban atentamente la historia de la muerte del oso y miraban asombrados a Desforges, quien, sin sospechar que la conversación trataba de su valor, estaba tranquilamente en su sitio haciendo observaciones didácticas a su espabilado educando.
       La comida, que duró unas tres horas, concluyó; el anfitrión dejó la servilleta sobre la mesa; todos se pusieron en pie y se dirigieron al salón, donde los esperaban el café, las cartas y la continuación de la borrachera, que se había iniciado tan espléndidamente en el comedor.


X

      A eso de la siete de la tarde algunos invitados quisieron retirarse, pero el anfitrión, animado por el ponche, mandó que cerraran las puertas de la calle con llave y anunció que hasta la mañana siguiente no dejaría marchar a nadie. Pronto sonó la música, se abrieron las puertas de la sala y empezó el baile. El dueño de la casa y su séquito estaban sentados en un rincón, bebiendo un vaso tras otro y observando con satisfacción la alegría de los jóvenes. Las viejas jugaban a las cartas. Como en todas partes donde no hay acuartelada una brigada de ulanos, había menos caballeros que damas, y todos los hombres aptos para el baile estaban movilizados. El preceptor se destacaba entre todos: bailaba más que nadie, todas las señoritas lo elegían y opinaban que bailar el vals con él resultaba muy fácil. Varias veces bailó con María Kirílovna, y ambos fueron observados maliciosamente por las muchachas. Por fin, cerca de medianoche el anfitrión, agotado, cerró el baile, ordenó que sirvieran la cena y se fue a dormir.
       La ausencia de Kirila Petróvich confirió a la concurrencia más libertad y animación; los caballeros se atrevieron a sentarse junto a las damas, las jóvenes se reían y cuchicheaban con sus vecinos, las damas se hablaban en voz alta de un lado al otro de la mesa. Los hombres bebían, discutían y se reían a carcajadas; en una palabra, la cena estuvo extraordinariamente animada y dejó muchos gratos recuerdos.
       Solamente una persona no participaba en la alegría general: Antón Pafnútich estaba sentado en su sitio, callado y cejijunto, comía distraídamente y parecía muy inquieto. La conversación sobre los bandidos había hecho volar su imaginación. Pronto veremos que tenía sobradas razones para temerlos.
       Antón Pafnútich, al invocar al Señor como testigo de que la cajita roja estuviera vacía, no mentía ni pecaba: la cajita roja efectivamente estaba vacía, el dinero que se guardaba en tiempos en la cajita había pasado a una bolsa de cuero que Antón Pafnútich llevaba en el pecho bajo la camisa. Solamente con esta precaución lograba tranquilizar la desconfianza que sentía hacia todos y su eterno temor. Viéndose obligado a pasar la noche en una casa ajena, temía que le destinaran una habitación solitaria donde podrían penetrar fácilmente los ladrones, y buscó con la mirada a un compañero seguro hasta que por fin eligió a Desforges. Su aspecto físico que denotaba fuerza y, más aún, su valentía demostrada en el encuentro con el oso, al que Antón Pafnútich no podía recordar sin estremecerse, fueron decisivos para su elección. Cuando se levantaron de la mesa Antón Pafnútich empezó a dar vueltas alrededor del joven francés, suspirando y tosiendo; por fin se dirigió a él para darle explicaciones:
       —Ejem, no podría, musié, pasar la noche en su casita, es que, sabe usted…
       —Que désire monsieur [“¿Qué desea el señor?”] —preguntó Desforges con un saludo cortés.
       —Ay, qué pena, musié, que todavía no hayas aprendido ruso. Je veux, moi, chez vous coucher [“Quiero dormir yo con usted”], ¿comprendes?
       —Monsieur, très volontiers [“con mucho gusto”] —contestó Desforges—, veuillez donner des ordres en conséquence [“tenga la bondad de dar las órdenes correspondientes”].
       Antón Pafnútich, muy satisfecho de sus conocimientos de la lengua francesa, fue inmediatamente a dar las órdenes oportunas.
       Los invitados empezaron a despedirse, y cada uno se dirigió a la habitación que le habían destinado. Antón Pafnútich fue al ala de la casa con el preceptor. Hacía una noche oscura. Desforges iluminaba el camino con una linterna, Antón Pafnútich lo seguía a paso vivo, de vez en cuando apretando contra su pecho la bolsita oculta para asegurarse de que su dinero todavía estaba con él.
       Al llegar al ala el preceptor encendió una vela y los dos empezaron a desnudarse; entretanto, Antón Pafnútich se paseaba por la habitación, mirando las ventanas y los cerrojos y moviendo la cabeza a causa de este examen tan poco consolador. Las puertas se cerraban con un pestillo y no había dobles ventanas. Intentó quejarse de ello a Desforges, pero sus conocimientos del francés eran demasiado limitados para una explicación tan compleja; el francés no lo entendió y Antón Pafnútich se vio obligado a abandonar sus quejas. Las camas se encontraban una frente a la otra; ambos se acostaron y el francés apagó la vela.
       —Porquoi vous touchez? —gritó Anton Pafnútich conjugando desesperadamente a la francesa el verbo ruso tushit [apagar]—. Je ne peux pas dormir a oscuras.
       Desforges no comprendió su exclamación y le dio las buenas noches.
       —Maldito bárbaro —gruñó Spitsyn arropándose con la manta—, ¿qué necesidad tenía de apagar la vela? Peor para él. No puedo dormir sin una luz. Musié, musié —continúo—, je veux avec vous parler —pero el francés no contestó y pronto empezó a roncar.
       “Está roncando el bestia del francés —pensó Antón Pafnútich—, y yo no voy a poder dormir por mucho que me empeñe. En cualquier momento podrían entrar ladrones por la puerta o meterse por la ventana, y a este animal no habrá quien lo despierte”.
       —¡Musié! ¡Musié! ¡Vete al diablo!
       Antón Pafnutich se quedó callado: el cansancio y los vapores del vino poco a poco vencieron sus temores, empezó a dormitar y pronto un profundo sueño se apoderó de él.
       Lo esperaba un extraño despertar. Sintió en sueños que alguien lo tiraba sigilosamente del cuello de la camisa. Antón Pafnútich abrió los ojos y en la pálida luz de una mañana otoñal vio ante sí a Desforges; el francés tenía en una mano una pistola de bolsillo y con la otra desataba la preciosa bolsa. Antón Pafnútich se sintió desfallecer.
       —Qu’est-ce que c’est, musié, qu’est-ce que c’est? —masculló con voz temblorosa.
       —¡Psst! ¡A callar! —contestó el preceptor en perfecto ruso—. Calle o está perdido. Soy Dubrovsky.


XI

      Ahora pedimos permiso al lector para explicar los últimos acontecimientos de nuestra narración con circunstancias anteriores que no hemos referido todavía.
       En la estación ***, en casa del maestro de postas, a quien ya hemos mencionado, estaba sentado en un rincón un pasajero con aire humilde y paciente, propio de un burgués o un extranjero, es decir, de alguien que no tiene ninguna autoridad en las postas. Su coche estaba en el patio a la espera de que lo engrasaran. Contenía una pequeña maleta, exigua prueba de una fortuna muy insuficiente. El viajero no pedía té ni café, miraba por la ventana y silbaba, causando gran disgusto a la mujer del maestro de postas que se encontraba detrás de un tabique.
       —¡Qué castigo, Señor! —decía la mujer a media voz—. ¡Qué manera de silbar! ¡A ver si revientas de una vez, maldito bárbaro!
       —¿Qué pasa? —dijo el maestro de postas—. Que silbe si quiere, no hace daño a nadie.
       —¿Que qué pasa? —repuso su malhumorada esposa—. ¿No conoces la superstición?
       —¿Qué superstición? ¿Esa de que silbar espanta al dinero? Vamos, Pajómovna, silbando o sin silbar no tenemos ni cinco.
       —Déjale marchar, Sídorich. Qué ganas de que esté aquí. Dale caballos y a ver si se lo lleva el demonio.
       —Que espere, Pajómovna, hay sólo tres troikas en las caballerizas, la cuarta está descansando. Nunca se sabe, puede llegar un pasajero mejor, no quiero vérmelas en apuros por un francés. ¿No te digo? Ahí están, qué manera de correr. ¿No será un general?
       Un coche se detuvo ante el porche. Un criado saltó del pescante, abrió las puertas, y al cabo de un minuto un joven con capote militar y gorra blanca entró a ver al maestro de postas; detrás de él apareció el criado con un pequeño cofre que colocó en la ventana.
       —Caballos —dijo el oficial con voz imperiosa.
       —Ahora mismo —contestó el maestro de postas—, si me hace el favor, el permiso…
       —No tengo permiso. Voy a… ¿Es que no me conoces?
       El maestro de postas empezó a afanarse y corrió a meterles prisa a los cocheros. El joven se puso a andar por la habitación, fue detrás del tabique y preguntó en voz baja a la mujer quién era el viajero.
       —Dios sabe —contestó ella—, un francés. Lleva cinco horas esperando caballos y no hace más que silbar. Estoy harta del maldito.
       El joven habló al viajero en francés.
       —¿Adónde va usted?
       —A la ciudad más próxima —contestó el francés—, de allí me dirigiré a la casa de un terrateniente que me ha contratado como preceptor sin conocerme. Hoy pensaba haber llegado, pero el señor maestro de postas parece haber dispuesto otra cosa; es muy difícil conseguir caballos por estas tierras, señor oficial.
       —¿Quién lo ha contratado a usted? —preguntó el oficial.
       —El señor Troyekúrov —contestó el francés.
       —¿Troyekúrov? ¿Quién es ese Troyekúrov?
       —Ma foi, mon officier… he oído pocas cosas buenas de él. Dicen que es un señor arrogante y caprichoso, que trata con crueldad a la gente que lo rodea, que nadie puede vivir con él bajo el mismo techo, que todo el mundo se echa a temblar al oír su nombre, que con los preceptores no se anda con bromas y que ya ha azotado a dos hasta matarlos.
       —¡Cómo! ¿Y usted se ha decidido a trabajar para este monstruo?
       —Qué remedio, señor oficial. Me ofrece un buen sueldo, tres mil rublos al año y todos los gastos pagados. Quizá tenga más suerte que otros. Tengo una madre anciana, la mitad del sueldo se lo enviaré para que pueda vivir, y con el dinero restante puedo ahorrar en cinco años un pequeño capital, suficiente para un futuro sin depender de nadie, y entonces —bonsoir— me voy a París y me dedico al comercio.
       —¿Alguien le conoce a usted en casa de Troyekúrov?
       —Nadie —contestó el preceptor—, me ha hecho venir de Moscú a través de un amigo suyo, cuyo cocinero, que es compatriota mío, me recomendó. He de decirle que me preparaba para ser confitero y no preceptor, pero me han dicho que en su tierra ser preceptor trae más cuenta…
       El oficial se quedó pensativo.
       —Escúcheme —dijo dirigiéndose al francés—, ¿y si en lugar de este futuro le ofrecieran diez mil rublos en limpio con la condición de que volviera inmediatamente a París?
       El francés miró al oficial con sorpresa, sonrió y meneó la cabeza.
       —Los caballos están listos —dijo el maestro de postas entrando en la habitación. El criado lo confirmó.
       —Un momento —contestó el oficial—, salgan afuera un instante —el maestro de postas y el criado salieron—. No es una broma —continuó en francés—. Puedo darle los diez mil rublos, lo único que necesito es su ausencia y sus papeles.
       Con estas palabras abrió la caja y sacó varios fajos de billetes.
       El francés desorbitó los ojos. No sabía qué pensar.
       —Mi ausencia… mis papeles… —repetía incrédulo—, aquí están mis papeles, pero todo esto es una broma, ¿para qué quiere usted mis papeles?
       —Eso no es asunto suyo, le pregunto si está de acuerdo o no.
       El francés, todavía sin dar crédito a sus oídos, alargó sus papeles al joven oficial, quien los examinó rápidamente.
       —El pasaporte… bien… las cartas de recomendación, vamos a ver… la partida de nacimiento, perfecto. Aquí tiene usted el dinero, vuelva a su país. Adiós…
       El francés parecía de piedra.
       El oficial se volvió.
       —Se me olvidaba lo más importante: deme su palabra de honor de que todo esto quedará entre nosotros, su palabra de honor.
       —Le doy mi palabra de honor —contestó el francés—. ¿Y mis papeles? ¿Qué voy a hacer sin papeles?
       —En la ciudad más cercana dirá que le ha robado Dubrovsky. Le creerán y le darán los documentos necesarios. Adiós, que tenga usted buen viaje y que quiera Dios que encuentre a su madre con buena salud.
       Dubrovsky salió de la habitación, subió al coche y partió al galope.
       El maestro de postas miraba por la ventana, y cuando el coche se hubo marchado, se dirigió a su mujer:
       —Pajómovna, ¿sabes qué? Era Dubrovsky.
       La mujer corrió hacia la ventana, pero ya era tarde, Dubrovsky ya estaba lejos. La mujer se puso a regañar al marido:
       —No tienes temor de Dios, Sídorich, ¿cómo no me lo has dicho antes? Le habría echado el ojo, por lo menos, y ahora Dios sabe cuándo va a volver por aquí. Eres un sinvergüenza, un sinvergüenza, eso es.
       El francés se había quedado paralizado. El trato con el oficial, el dinero… —todo le parecía un sueño. Pero los fajos de billetes estaban en su bolsillo y probaban elocuentemente la realidad del extraño acontecimiento.
       Decidió alquilar unos caballos para ir a la ciudad. El cochero lo condujo muy lentamente, y lograron llegar a su destino cuando ya era de noche.
       Antes de llegar a las puertas de la ciudad, donde en lugar de un centinela había una garita derruida, el francés dijo al cochero que se parara, salió del coche y siguió a pie, indicándole con gestos al cochero que le dejaba la carretela y la maleta de propina. El cochero estaba tan asombrado por la generosidad del francés, como el propio francés por el ofrecimiento de Dubrovsky. Sin embargo, habiendo llegado a la conclusión de que el alemán estaba loco, el cochero le dio las gracias con una concienzuda reverencia y, al no considerar conveniente entrar en la ciudad, se dirigió a cierto establecimiento de diversión, cuyo dueño era bastante amigo suyo. Allí pasó toda la noche, y a la mañana siguiente se marchó a su casa solo con la troika, sin la carretela ni la maleta y con la cara hinchada y los ojos enrojecidos.
       Al tener en sus manos los documentos del francés, Dubrovsky, como ya hemos visto, apareció valientemente en casa de Troyekúrov y se instaló allí. Cualesquiera que fueran sus intenciones secretas (que descubriremos más adelante) en su conducta no había nada que resultara reprobable. La verdad sea dicha, se ocupaba poco de la educación del pequeño Sasha, lo dejaba totalmente libre para hacer lo que quisiera y no exigía mucho en las lecciones, que daba para guardar las formas; en cambio, seguía con gran atención los éxitos musicales de su alumna y muchas veces pasaba con ella horas enteras junto al piano. Todos querían al joven preceptor: Kirila Petróvich por su audaz habilidad en las cacerías, María Kirílovna por su aplicación ilimitada y sus tímidas atenciones, Sasha por su tolerancia con sus travesuras y los criados por su bondad y generosidad, aparentemente incompatible con su fortuna. Él mismo parecía estar apegado a la familia y se consideraba miembro de ella.
       Entre el día en que Dubrovsky se hiciera preceptor y la memorable fiesta había transcurrido un mes, pero nadie sospechaba que tras el modesto joven francés se ocultaba un temible bandido, cuyo nombre despertaba el terror de todos los hacendados de la región. Durante todo este tiempo Dubrovsky no se había ausentado de Pokróvskoye; sin embargo, los relatos de sus hazañas no cesaban a causa de la exuberante imaginación de los habitantes rurales, o quizá porque su banda seguía con sus incursiones pese a la ausencia del cabecilla.
       Al pasar la noche con una persona a quien podía considerar enemigo personal suyo y uno de los principales culpables de su desdicha, Dubrovsky no pudo resistir la tentación. Conocía la existencia de la bolsa y estaba decidido a apoderarse de ella. Ya hemos visto cómo sorprendió al pobre Antón Pafnútich con su inesperada metamorfosis de preceptor en bandido.
       A las nueve de la mañana los invitados que habían pasado la noche en Pokróvskoye fueron reuniéndose uno a uno en el salón, donde ya hervía el agua en el samovar ante el cual se sentaba María Kirílovna, vistiendo un traje de mañana, y Kirila Petróvich, con chaqueta de franela y pantuflas, bebía de su amplia taza que recordaba un barreño. El último en aparecer fue Antón Pafnútich; estaba tan pálido y parecía tan disgustado que su aspecto sorprendió a todos y Kirila Petróvich inquirió por su salud. Spitsyn contestó sin coherencia alguna, mirando aterrorizado al preceptor, quien se sentaba allí mismo con aire imperturbable. A los pocos minutos entró un criado y anunció a Spitsyn que su coche estaba preparado. Antón Pafnútich se apresuró en despedirse y, a pesar de la insistencia del anfitrión, salió precipitadamente de la habitación y se marchó en seguida. Nadie comprendía qué le había ocurrido, y Kirila Petróvich concluyó que había comido demasiado. Después del té y de un almuerzo de despedida los demás invitados empezaron a retirarse; pronto Pokróvskoye se quedó desierta y se restableció el orden habitual.


XII

      Pasaron varios días sin que ocurriera nada extraordinario. La vida de los habitantes de Pokróvskoye era monótona. Kirila Petróvich salía a cazar todos los días; la lectura, los paseos y las clases de música entretenían a María Kirílovna, especialmente las clases de música. Empezaba a comprender su propio corazón y reconocía, con involuntario enojo, que no era indiferente a las virtudes del joven francés. Él, por su parte, no sobrepasaba los límites del respeto y el más estricto decoro, tranquilizando con ello el orgullo de María Kirílovna y sus temerosas dudas. Ella se entregaba con más y más confianza a la agradable rutina. Se aburría sin Desforges, en su presencia se ocupaba de él a cada instante, quería conocer su opinión acerca de todo y siempre estaba de acuerdo con él. Es posible que todavía no estuviera enamorada, pero la pasión estaba a punto de encenderse en cuanto surgiera el primer obstáculo fortuito o revés inesperado del destino.
       Un día, al entrar en la sala donde la esperaba el preceptor, María Kirílovna observó con sorpresa que la cara pálida de éste parecía confundida. Abrió el piano, cantó varias notas, pero Dubrovsky, pretextando dolor de cabeza se excusó, interrumpió la clase y, al cerrar la partitura, le dio furtivamente una nota. María Kirílovna no tuvo tiempo de reaccionar y aceptó la nota, arrepintiéndose al instante, pero Dubrovsky ya no estaba en la sala. La joven se fue a su habitación, abrió la nota y leyó lo siguiente: “La espero esta noche a las siete en el cenador junto al río. Necesito hablar con usted”.
       La carta excitó sobremanera su curiosidad. Hacía tiempo que esperaba una confesión, que deseaba y temía al mismo tiempo. Le hubiera gustado oír la confirmación de algo que le parecía adivinar; sin embargo, sentía que habría sido impropio escuchar semejante declaración de un hombre que por su posición nunca podría esperar obtener su mano. Decidió ir a la cita, pero solamente tenía una duda: cómo recibiría la confesión del preceptor, con indignación aristocrática, con palabras de amistad, con alegres bromas o con silenciosa compasión. Entretanto, miraba al reloj a cada instante. Estaba anocheciendo, trajeron las velas, Kirila Petróvich se sentó a jugar al boston con unos vecinos. El reloj del comedor dio tres cuartos para las siete y María Kirílovna se dirigió sigilosamente hacia la puerta, miró alrededor y corrió al jardín.
       La noche era oscura, el cielo estaba cubierto de nubes y no se veía nada a dos pasos, pero María Kirílovna caminaba por los senderos conocidos y al minuto se encontró junto al cenador; allí se detuvo para calmar la respiración y aparecer ante Desforges con aire indiferente y sosegado.
       —Le agradezco que no se haya negado a venir —dijo él con voz grave y melancólica—. Si no hubiera accedido, me habría sentido desesperado.
       María Kirílovna contestó con una frase ya preparada:
       —Espero que no me obligue a arrepentirme de mi indulgencia.
       Él permanecía callado y parecía estar haciendo acopio de valor para hablar.
       —Las circunstancias exigen… tendré que marcharme —dijo al fin—, es posible que pronto le lleguen noticias… Pero antes de marcharme tengo que darle una explicación…
       María Kirílovna no decía nada. Veía en sus palabras un prólogo de la esperada confesión.
       —No soy quien se imagina usted —continuó con la cabeza baja—, no soy el francés Desforges, soy Dubrovsky.
       María Kirílovna dio un grito.
       —No tenga miedo, se lo ruego por Dios, no debe temer mi nombre. Sí, soy el desdichado a quien su padre privó del pan, echó de la casa paterna y mandó a robar por los caminos. Pero usted no tiene por qué temerme, no tema por el bienestar suyo ni por el de su padre. Todo ha terminado. Ya lo he perdonado. Escúcheme, a usted le debe su salvación. Su padre iba a ser la víctima de mi primera hazaña sangrienta. Anduve junto a su casa buscando dónde iba a empezar el fuego, por dónde entraría en su dormitorio, cómo cortarle toda posible retirada, pero en ese instante usted pasó junto a mí como una visión celestial, y mi corazón se apaciguó. Comprendí que la casa donde usted vivía era sagrada, que cualquier persona unida a usted por lazos de sangre no podía ser objeto de mi maldición. Renuncié a la venganza como a una locura. He pasado días enteros rondando junto a los jardines de Pokróvskoye con la esperanza de ver de lejos su traje blanco. La he seguido en sus paseos imprudentes, ocultándome detrás de los árboles, feliz al pensar que la estaba protegiendo, que no había peligro para usted gracias a mi presencia secreta. Por fin se presentó la ocasión. Me instalé en su casa. Estas tres semanas han sido para mí días de dicha: su recuerdo será el consuelo de mi triste existencia… Hoy he recibido una noticia que hace imposible que me quede aquí. Me despido de usted hoy… en este instante… Pero antes tenía que descubrirle mi secreto, para que no me maldijera ni me despreciara. Piense alguna vez en Dubrovsky. Sepa que nació para otra vida, que su corazón supo amarla, que nunca…
       Se oyó un ligero silbido y Dubrovsky se quedó callado… Agarró la mano de María Kirílovna y la apretó contra sus labios ardientes. De nuevo sonó el silbido.
       —Perdóneme —dijo Dubrovsky—, me están llamando, un minuto más puede ser mi perdición.
       Se apartó; María Kirílovna seguía inmóvil. Dubrovsky se le acercó y volvió a tomarle la mano.
       —Si algún día —dijo con voz tierna y emocionada—, si algún día le ocurriera una desgracia y no tuviera a quién recurrir en busca de ayuda o protección, ¿me promete que acudiría a mí y exigiría cualquier cosa para su salvación? ¿Me promete que no rechazará mi devoción?
       María Kirílovna lloraba en silencio. El silbido se oyó por tercera vez.
       —¡Esto va a ser mi ruina! —exclamó Dubrovsky—. No me iré hasta que tenga una respuesta, ¿me lo promete?
       —Se lo prometo —murmuró la pobre muchacha.
       Emocionada por el encuentro con Dubrovsky, María Kirílovna se dirigió hacia la casa. Le pareció que todo estaba en movimiento, en la casa había verdadera conmoción, el patio estaba lleno de gente y junto a la puerta había una troika; oyó de lejos la voz de Kirila Petróvich y se apresuró a entrar en sus habitaciones temiendo que repararan en su ausencia. En la sala la recibió Kirila Petróvich, los invitados rodeaban a nuestro conocido el jefe de policía, abrumándole con preguntas. Éste, vestido de viaje y armado de pies a cabeza, contestaba con aire misterioso y atolondrado.
       —¿Dónde has estado, Masha? —preguntó Kirila Petróvich—. ¿No te habrás encontrado a monsieur Desforges?
       Masha apenas tuvo fuerzas para negarlo.
       —Imagínate —continuó Kirila Petróvich—, el jefe de policía ha venido a detenerle y asegura que es Dubrovsky.
       —Coincide con la descripción, excelencia —dijo respetuosamente el jefe de policía.
       —Vamos, hombre —le interrumpió Kirila Petróvich—, ¡qué descripción ni que nada! No te pienso entregar a mi francés hasta que pueda investigar yo mismo el asunto. ¿A quién se le ocurre fiarse de la palabra de Antón Pafnútich, ese cobarde y mentiroso? ¿Por qué no me dijo ni una palabra a la mañana siguiente?
       —El francés le metió miedo, excelencia —contestó el jefe de policía—, y le hizo jurar que no diría nada…
       —Mentiras —decidió Kirila Petróvich—, ahora mismo lo aclaro todo. ¿Dónde está el preceptor? —preguntó a un criado que acababa de entrar.
       —No lo encuentran, señor —contestó el criado.
       —¡Pues que lo encuentren inmediatamente! —gritó Troyekúrov que empezaba a dudar—. Enséñame tus famosos papeles —dijo al jefe de policía, quien se los entregó inmediatamente.
       —Ejem, veintitrés años, etcétera… Eso es cierto, pero no demuestra nada. ¿Y el preceptor?
       —No lo encuentran, señor —volvieron a contestarle.
       Kirila Petróvich empezaba a inquietarse, María Kirílovna estaba ni viva ni muerta.
       —Estás pálida, Masha —observó el padre—, te han asustado.
       —No es eso, papá —contestó Masha—, me duele la cabeza.
       —Ve a tu cuarto, Masha, y no te preocupes.
       Masha le besó la mano al padre y se marchó rápidamente a su habitación; allí se tiró sobre la cama y empezó a sollozar en un ataque de histeria. Acudieron corriendo las criadas, la desnudaron, apenas lograron calmarla con agua fría y toda clase de alcoholes; luego la acostaron y Masha consiguió conciliar el sueño.
       Entretanto seguían sin encontrar al francés. Kirila Petróvich recorría la sala de arriba abajo, silbando con aire feroz Suena el trueno de la victoria. Los invitados cuchicheaban entre ellos, el jefe de policía había quedado como un tonto, el francés no apareció. Seguramente había podido huir avisado por alguien. Pero ¿quién y de qué manera? Seguía el misterio.
       El reloj dio las once, pero nadie pensaba en acostarse. Por fin Kirila Petróvich dijo enfadado al jefe de policía:
       —¿Qué pasa? ¿Vas a quedarte aquí hasta el amanecer? Mi casa no es una posada, y además, no será por tu prontitud que pesquen a Dubrovsky, si verdaderamente es él. Vete a tu casa, y la próxima vez, a ver si te espabilas. También es hora de que os marchéis —continuó volviéndose hacia los invitados—, mandad que os preparen los coches, que tengo sueño.
       De esta forma desabrida se despidió Troyekúrov de sus invitados.


XIII

      Transcurrió cierto tiempo sin que pasara nada digno de mención. Sin embargo, al comienzo del verano siguiente en la vida familiar de Kirila Petróvich se produjeron muchos cambios.
       A treinta verstas se encontraban las tierras del príncipe Vereysky. El príncipe estuvo muchos años en tierras lejanas, y administraba sus bienes un comandante retirado, sin que entre Pokróvskoye y Arbátovo hubiera relación alguna. Pero a finales de mayo el príncipe volvió del extranjero y se instaló en su aldea, que no había visto en su vida. Acostumbrado a la disipación, no podía soportar la soledad, y al tercer día de su llegada fue a visitar a Troyekúrov, a quien había tratado en tiempos.
       El príncipe tenía unos cincuenta años, pero parecía mucho más viejo. Los excesos de toda índole habían minado su salud y habían dejado en él una marca indeleble. A pesar de ello tenía un semblante atractivo, incluso notable, y la costumbre de estar siempre en sociedad hacía que pareciera amable, especialmente con las mujeres. Necesitaba estar siempre distraído y siempre se aburría. Kirila Petróvich se sintió sumamente complacido por la visita, considerándola una muestra de deferencia por parte de un hombre conocedor del gran mundo; decidió agasajarle, como era su costumbre, con una inspección de sus diversos establecimientos, y lo condujo a las perreras. Pero el príncipe estuvo a punto de asfixiarse en la atmósfera canina y se apresuró a salir, tapándose la nariz con un pañuelo perfumado. El antiguo jardín con sus tilos podados, un estanque rectangular y paseos geométricos, no le agradó; le gustaban los jardines ingleses y lo que se suele llamar naturaleza; sin embargo, lo alabó y lo celebró todo. Apareció un criado y anunció que la cena estaba servida. Se dirigieron a cenar. El príncipe cojeaba y ya estaba arrepentido de su visita.
       Pero en la sala los esperaba María Kirílovna, y el viejo conquistador quedó maravillado por su belleza. Troyekúrov sentó al huésped junto a su hija; el príncipe, animado con su presencia, consiguió varias veces atraer la atención de la joven con sus curiosas historias. Después de la cena Kirila Petróvich sugirió un paseo a caballo, pero el príncipe se excusó, mostrando sus botas de terciopelo y haciendo bromas sobre su gota; prefirió un paseo en coche para no separarse de su encantadora vecina. Prepararon el coche. Los viejos y la muchacha subieron a él y emprendieron la marcha. La conversación no cesaba ni un instante. María Kirílovna escuchaba complacida los halagos y cumplidos del hombre de mundo, cuando de pronto Vereysky, dirigiéndose a Kirila Petróvich, le preguntó qué era aquella construcción quemada y si le pertenecía. Kirila Petróvich frunció el ceño; los recuerdos que evocaba la casa quemada eran desagradables. Contestó que la tierra era suya, pero que antes había pertenecido a Dubrovsky.
       —Dubrovsky —repitió Vereysky—, ¿cómo, el noble bandido?
       —Fue de su padre —contestó Troyekúrov—, aunque el padre también era bastante bandido.
       —¿Y dónde está nuestro Rinaldo [protagonista de la novela Rinaldo Rinaldini, des Räuber Hauptmann, 1798, del escritor alemán Christian August Vulpius, 1762-1827; prototipo del noble bandido]? ¿Está vivo? ¿Lo han detenido?
       —Sano y salvo, y, mientras nuestros policías sigan de parte de los ladrones, seguirá en libertad. Por cierto, príncipe, ¿estuvo Dubrovsky en Arbátovo?
       —Sí, el año pasado creo que quemó o desvalijó algo. ¿No le parece, María Kirílovna, que sería muy curioso conocer a ese personaje tan romántico?
       —¡Curioso! —dijo Troyekúrov—. Si lo conoce, estuvo tres semanas enteras dándole clases de música, menos mal que no cobró nada.
       Kirila Petróvich empezó a relatar la historia del preceptor francés, María Kirílovna no sabía dónde mirar; el príncipe escuchó con gran atención, encontró todo muy extraño y cambió de conversación. Al regresar pidió que le prepararan su coche, y a pesar de la insistencia de Kirila Petróvich para que se quedara a pasar la noche, se marchó inmediatamente después del té. Pero antes le pidió que le fuera a visitar con María Kirílovna, y el orgulloso Troyekúrov se lo prometió, ya que, teniendo en cuenta el título de príncipe, las dos estrellas [condecoraciones en forma de estrella] y las 3000 almas de bienes de familia, consideraba que hasta cierto punto el príncipe Vereysky era su igual.
       Dos días después de esta visita Kirila Petróvich se dirigió con su hija a casa del príncipe Vereysky. Al llegar a Arbátovo no pudo menos que admirar la limpieza y alegría de las isbas de los campesinos y la casa de piedra del señor de aquellas tierras, construida imitando un castillo inglés. Ante la casa se extendía un prado color verde oscuro, en el que pacían vacas suizas haciendo sonar sus cencerros. Un amplio parque rodeaba la casa por todos los lados. El dueño de la casa recibió a los invitados junto a la puerta y ofreció la mano a la hermosa joven; entraron en una magnífica sala, donde había una mesa con tres cubiertos. El príncipe condujo a los huéspedes a la ventana, donde se abrió ante ellos una vista encantadora. El Volga corría bajo las ventanas; avanzaban por el río grandes barcas llenas de carga, con todas las velas desplegadas, y las lanchas de los pescadores, que llevan el expresivo nombre de “matavidas”, surcaban la superficie. Detrás del río se extendían campos y montes, y varias aldeas animaban el panorama. Después se dedicaron a mirar las galerías de cuadros comprados por el príncipe en tierras extrañas. El príncipe explicó a María Kirílovna los temas de los cuadros, la historia de los artistas, señalando las virtudes y los defectos de sus obras. Hablaba de los cuadros sin utilizar el lenguaje convencional de un conocedor pedante, sino con sentimiento e imaginación. María Kirílovna lo escuchaba con interés. Se sentaron a la mesa. Troyekúrov hizo justicia a los vinos de su anfitrión y al arte del cocinero; María Kirílovna no sentía la más mínima incomodidad ni azoramiento al conversar con un hombre a quien veía por segunda vez en su vida. Después de comer el dueño de la casa propuso a sus invitados que pasaran al jardín. Tomaron café en un cenador a la orilla de un ancho lago cubierto de islotes. De pronto sonó una música de viento, y una barca de seis remos atracó ante el mismo cenador. Subieron a la barca y pasearon por el lago entre las islas, bajando en algunas de ellas; en una encontraron una estatua de mármol, en otra, una gruta solitaria, en la tercera, un monumento con una misteriosa inscripción, que despertó la curiosidad femenina de María Kirílovna, que las corteses vaguedades del príncipe no lograron satisfacer plenamente. El tiempo pasó sin sentir y empezó a anochecer. El príncipe, so pretexto del fresco y el rocío, tenía prisa por volver a la casa, donde los esperaba el samovar. El príncipe rogó a María Kirílovna que hiciera de dueña de casa del viejo solterón. La joven sirvió el té, escuchando las historias interminables del amable conversador; de pronto se oyó un disparo y un cohete iluminó el cielo. El príncipe ofreció un chal a María Kirílovna y condujo a sus invitados al balcón. Delante de la casa en la oscuridad se encendían fuegos multicolores, que giraban, se elevaban en forma de haces, palmeras, chorros de agua y caían como una lluvia de estrellas, extinguiéndose y encendiéndose de nuevo. María Kirílovna se divertía como una niña pequeña. El príncipe Vereysky se alegraba al verla tan entusiasmada, y Troyekúrov estaba sumamente satisfecho, ya que aceptaba tous les frais [“todos los gastos”] del príncipe como muestras de respeto y deseo de complacerle.
       La cena no desmereció en nada al almuerzo. Los visitantes se retiraron a las habitaciones que les habían preparado, y a la mañana siguiente se despidieron del amable anfitrión con la promesa de volver a verse muy pronto.


XIV

      María Kirílovna estaba en su cuarto bordando en bastidor ante la ventana abierta. No confundía los hilos como la amante de Konrad [un episodio del poema “Konrad Wallenrod”, 1828, del poeta polaco Adam Kickiewicz, 1798-1855], que en su ensimismamiento amoroso bordó una rosa con seda verde. Bajo su aguja el cañamazo reproducía fielmente el dibujo del original, aunque su pensamiento estaba lejos de la labor.
       De pronto en la ventana apareció sigilosamente una mano, dejó una carta en el bastidor y desapareció antes de que ella tuviera tiempo de reaccionar. En ese mismo instante entró un criado y dijo que Kirila Petróvich la esperaba. Escondió temblorosa la carta bajo la toquilla y se apresuró al despacho del padre.
       Kirila Petróvich no estaba solo. Lo acompañaba el príncipe Vereysky. Cuando entró María Kirílovna, el príncipe se levantó y se inclinó en silencio, con un aire un tanto turbado que era poco habitual en él.
       —Ven aquí, Masha —dijo Kirila Petróvich—, te voy a dar una noticia que espero que te alegre. Aquí tienes a tu prometido: el príncipe me ha pedido tu mano.
       Masha se quedó petrificada; una palidez mortal cubrió su rostro. No dijo nada. El príncipe se le acercó, le tomó la mano y le preguntó emocionado si consentía en hacerle dichoso. Masha no contestó.
       —Pues naturalmente que sí —dijo Kirila Petróvich—, pero ya sabes, príncipe, a las jóvenes les cuesta decirlo. Bueno, hijos míos, abrazaos y que seáis felices.
       Masha seguía inmóvil; el viejo príncipe le besó la mano, y de pronto las lágrimas corrieron por el rostro pálido de la joven. El príncipe frunció ligeramente el entrecejo.
       —Anda, sal de aquí —dijo Kirila Petróvich—, sécate las lágrimas y vuelve con buena cara. Todas lloran cuando los esponsales —continuó, dirigiéndose a Vereysky—, es una costumbre… Y ahora, príncipe, hablemos de negocios, es decir, de la dote.
       María Kirílovna aprovechó presurosa la posibilidad de retirarse. Corrió a su habitación, se encerró y lloró desconsoladamente, imaginándose casada con el viejo príncipe; de pronto le pareció repugnante y odioso, el matrimonio le parecía tan temible como el patíbulo, como la tumba… “No, no —repetía—, prefiero morir, prefiero hacerme monja, prefiero casarme con Dubrovsky”. En ese momento se acordó de la carta y se precipitó a leerla, presintiendo que era de él. Efectivamente, estaba escrita por él y no decía más que lo siguiente

     Esta noche a las 10 en el mismo lugar.

XV

      Brillaba la luna, era una tranquila noche de julio, de vez en cuando se levantaba un ligero viento y un leve susurro recorría todo el jardín.
       Como una ligera sombra se acercó la joven al lugar convenido de la cita. Todavía no se veía a nadie; de pronto tras el cenador apareció Dubrovsky y se detuvo ante ella.
       —Lo sé todo —dijo con voz baja y triste—. Acuérdese de su promesa.
       —Me ofrece usted su protección —contestó Masha—; no se enfade, pero me da miedo. ¿De qué manera podría ayudarme?
       —Podría librarle de aquel hombre odioso.
       —Por Dios, no le haga nada, no se le ocurra hacerle daño; si me quiere usted, no quiero ser responsable de una desgracia…
       —No le haré nada, su voluntad es sagrada. Le debe a usted la vida. No se hará ninguna maldad en su nombre. Hasta en mis crímenes debe usted seguir siendo inocente. Pero ¿cómo he de salvarla de un padre cruel?
       —Todavía hay esperanza. Confío en poder conmoverle con mis lágrimas y mi desesperación. Es terco, pero me quiere de verdad.
       —No confíe en vano; en sus lágrimas verá nada más que el temor y la repugnancia comunes a todas las jóvenes que no se casan por amor, sino por un cálculo razonable. ¿Y si se le ocurriera hacerla feliz en contra de su voluntad? ¿Si la llevan al altar a la fuerza entregando para siempre su destino en manos de un viejo marido?
       —En ese caso no habrá nada que hacer, venga a buscarme y seré su mujer.
       Dubrovsky se echó a temblar; unas manchas rojas cubrieron su pálido rostro, que al instante se volvió todavía más blanco. Estuvo callado largo rato, la cabeza baja.
       —Reúna toda las fuerzas que tenga, ruegue a su padre, échese a sus pies; descríbale todo el horror del futuro, cómo su juventud ha de marchitarse junto a un viejo enclenque y vicioso; decídase a una explicación despiadada: dígale que, si sigue incólume, usted buscará una protección terrible… dígale que la riqueza no le proporcionará ni un instante de felicidad; el lujo sólo es un consuelo para la miseria y, además, solamente durante un rato por la novedad; no le deje en paz, no tema su ira ni sus amenazas; mientras quede algo de esperanza, le ruego que insista. Pero si no queda otro remedio…
       Dubrovsky se tapó la cara con las manos, parecía que le faltara el aire; Masha lloraba…
       —¡Qué suerte la mía! —dijo él suspirando con amargura—. Daría mi vida por usted, sólo con verla y tocar su mano sería dichoso. Y ahora, cuando tengo la posibilidad de estrecharla contra mi corazón y decirle: moriremos juntos, ángel mío, ¡pobre de mí! He de temer la dicha y alejarla con todas mis fuerzas… No me atrevo a caer a sus pies ni a dar gracias al cielo por este premio inmerecido e incomprensible. ¡Cómo debería odiar a aquél! Pero siento que en mi corazón no hay lugar para el odio.
       Abrazó suavemente el talle esbelto de la joven y la atrajo con dulzura hacia su corazón. Ella, confiada, apoyó la cabeza sobre el hombro del joven bandido. Los dos callaban.
       Pasaba el tiempo.
       —Ya es hora —dijo al fin Masha. Dubrovsky pareció despertar de un sueño. Cogió la mano de Masha y le puso un anillo.
       —Si decide recurrir a mí —dijo—, traiga aquí el anillo y déjelo en el hueco de este roble, entonces sabré qué he de hacer.
       Dubrovsky le besó la mano y desapareció entre los árboles.


XVI

      La petición de mano del príncipe Vereysky ya no era un secreto para los vecinos; Kirila Petróvich recibía felicitaciones y la boda se estaba preparando. Masha aplazaba todos los días la explicación definitiva. Entretanto, sus relaciones con el vetusto novio eran frías y forzadas. El príncipe no parecía estar preocupado. No pretendía conseguir su amor, se conformaba con la tácita aceptación.
       El tiempo pasaba. Por fin Masha decidió actuar y escribió una carta el príncipe Vereysky; decidió apelar a su magnanimidad, le confesó sinceramente que no sentía por él el menor cariño, le rogó que renunciara a su mano y que la defendiera del poder de su padre. Le entregó la carta sigilosamente; Vereysky leyó la carta cuando estuvo solo y no se sintió conmovido lo más mínimo por la sinceridad de su prometida. Por el contrario, le pareció oportuno adelantar la boda y para ello consideró necesario enseñar la carta a su futuro suegro.
       Kirila Petróvich se enfureció; Vereysky consiguió a duras penas convencerle de que ocultara a Masha que tenía noticias de su carta. Kirila Petróvich convino en no decirle nada, pero decidió no perder más tiempo y fijó la boda para el día siguiente. El príncipe encontró muy sensata la decisión, fue a ver a su prometida, le dijo que la carta le había apenado mucho, pero que confiaba en ganarse su aprecio con el tiempo, que la idea de perderla le resultaba demasiado penosa y que no se sentía con fuerzas para aceptar su sentencia de muerte. A continuación le besó la mano respetuosamente y se marchó, sin decir una palabra de la decisión de Kirila Petróvich.
       Pero en cuanto el príncipe hubo desaparecido, entró el padre de Masha y le dijo sin rodeos que estuviera preparada para el día siguiente. María Kirílovna, emocionada por la conversación con el príncipe Vereysky, se echó a llorar y se postró a los pies de Kirila Petróvich.
       —¡Papá! —gritó con voz desgarradora—. Papá, no me condene a ser desgraciada, no amo al príncipe ni quiero casarme con él…
       —¿Qué significa todo esto? —preguntó amenazador Kirila Petróvich—. Hasta ahora no has dicho nada y parecías aceptarlo todo, y ahora, cuando todo está decidido, se te ocurre ponerte caprichosa y rechazarlo. Deja de hacer tonterías, no vas a conseguir nada.
       —Tenga piedad de mí —repetía la pobre Masha—, ¿por qué me echa de su casa y me entrega a un hombre a quien no amo? ¿Acaso está harto de mí? Quiero quedarme a su lado, como siempre. Papá, se sentirá usted solo sin mí, y más triste aún cuando piense que no soy feliz; no me obligue a casarme, no quiero casarme…
       Kirila Petróvich estaba conmovido, pero ocultó su turbación y, apartándola de sí, dijo con dureza:
       —Todo esto son tonterías. Sé mucho mejor que tú qué necesitas para ser feliz. Las lágrimas no te van a servir de nada, pasado mañana será la boda.
       —¡Pasado mañana! —exclamó Masha—. ¡Dios mío! No, no puede ser. Escúcheme, papá, si está decidido a llevarme a la ruina, buscaré a un defensor, nunca se imaginará quién es, le daría espanto si supiera hacia dónde me está empujando.
       —¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? —dijo Troyekúrov—. ¡Me estás amenazando! ¡Insolente! ¿Sabes que podría hacer algo que ni siquiera te imaginas? Te atreves a amenazarme con un defensor. A ver, ¿quién es ese defensor?
       —Vladímir Dubrovsky —dijo Masha desesperada.
       Kirila Petróvich pensó que se había vuelto loca y la miraba estupefacto.
       —Bien —dijo después de un silencio—, espera que te libere quien quieras, pero mientras tanto te quedarás hasta la boda en esta habitación sin salir.
       Con estas palabras Kirila Petróvich salió de la habitación y cerró la puerta con llave.
       La pobre Masha estuvo un largo rato llorando, imaginándose todo lo que la esperaba, pero la tempestuosa explicación había aliviado su pena, y podía pensar más serenamente en su futuro y en la manera de proceder. Lo más importante era librarse del odioso matrimonio; la suerte de la esposa de un bandido le parecía paradisíaca en comparación con el destino que le estaban preparando. Miró el anillo que le había dejado Dubrovsky. Deseaba ardientemente volver a verle y pedirle consejo una vez más antes del momento decisivo. Un presentimiento le decía que aquella noche encontraría a Dubrovsky en el jardín junto al cenador. Decidió ir a esperarle en cuanto anocheciera. Anochecía. Se dispuso a salir, pero la puerta estaba cerrada con llave. La doncella le dijo a través de la puerta que Kirila Petróvich había ordenado que no la dejaran salir. Estaba presa. Profundamente humillada, se sentó frente a la ventana y se quedó allí sin desvestirse hasta altas horas de la noche, contemplando inmóvil el cielo oscuro. Hacia el amanecer empezó a dormitar, pero su ligero sueño se vio perturbado por tristes visiones, y los primeros rayos del sol la despertaron.


XVII

      Se despertó, y lo primero que le vino a la mente fue todo el horror de su situación. Llamó, entró una criada y le dijo que Kirila Petróvich había ido la noche anterior a Arbátovo, que había regresado tarde, que había mandado que no se la dejara salir bajo ningún pretexto y vigilar para que nadie hablara con ella, que, por otra parte, no se veía ningún preparativo especial para la boda, salvo que se había dicho al pope que en ningún caso se alejara del pueblo. Después de todas estas noticias, la criada dejó a María Kirílovna y volvió a echar la llave.
       Sus palabras enfurecieron a la joven prisionera; le hirvió la sangre; decidió darle a conocer a Dubrovsky toda la situación y se puso a pensar en la manera de hacer llegar el anillo al escondite secreto. En ese momento una piedrecita dio en su ventana, sonó el cristal, y María Kirílovna se asomó al patio y vio al pequeño Sasha que le estaba haciendo unas señas misteriosas. Masha sabía del cariño que le tenía el niño y se alegró de verle. Abrió la ventana.
       —Hola, Sasha —dijo—, ¿para qué me llamas?
       —He venido, hermana, a preguntarle si necesita algo. Papá está enfadado y ha prohibido a toda la casa que hable con usted, pero dígame lo que quiere y lo haré.
       —Gracias, Sasha, eres un ángel; dime, ¿conoces ese roble viejo que hay junto al cenador?
       —Sí, hermana.
       —Si me quieres, corre allí en seguida y deja este anillo en el hueco del árbol, pero sin que nadie te vea.
       Con estas palabras le tiró el anillo y cerró la ventana.
       El niño recogió el anillo, echó a correr con todas sus fuerzas y a los tres minutos se encontró junto al roble. Allí se detuvo, sofocado, miró alrededor y dejó el anillo dentro del hueco del árbol. Una vez concluida la misión, decidió informar inmediatamente a María Kirílovna, pero de pronto apareció detrás del cenador un muchacho pelirrojo, bizco y harapiento, que se lanzó hacia el roble y metió la mano en el hueco. Sasha, más rápido que una ardilla, corrió hacia él y le agarró con ambas manos.
       —¿Qué estás haciendo? —preguntó amenazador.
       —¿A ti qué te importa? —contestó el muchacho tratando de liberarse.
       —Deja ese anillo, conejo rojo —gritó Sasha—; si no, ya verás lo que es bueno.
       En lugar de una respuesta, el otro le dio un puñetazo en la cara, pero Sasha no le soltó y gritó con todas sus fuerzas:
       —¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Socorro!
       El muchacho trataba de soltarse. Parecía tener unos dos años más que Sasha y era mucho más fuerte, pero Sasha era más ágil. Forcejearon unos minutos, hasta que por fin pudo el pelirrojo. Tiró a Sasha al suelo y le agarró por el cuello.
       Pero en ese instante una mano fuerte le asió por el pelo rojo e hirsuto, y el jardinero Stepán le alzó unas pulgadas del suelo…
       —Bestia pelirroja —decía el jardinero—, ¿cómo te atreves a pegar al señorito?
       Entretanto Sasha se había levantado y recuperado del susto.
       —Si no me hubieras agarrado por los sobacos, nunca habrías podido tirarme —dijo Sasha—. Devuélveme el anillo y lárgate de aquí.
       —¡Qué más quisieras! —contestó el pelirrojo y, de pronto, revolviéndose en el mismo sitio, consiguió desasirse de la mano de Stepán. Echó a correr, pero Sasha lo alcanzó, le dio un empujón por la espalda, y el muchacho cayó todo lo largo que era. El jardinero volvió a agarrarle y le ató con su cinturón.
       —¡Dame el anillo! —gritó Sasha.
       —Espere usted, señorito —dijo Stepán—, le vamos a llevar al administrador para que se entienda con él.
       El jardinero condujo al prisionero al patio de la casa señorial, y Sasha lo acompañó, mirando preocupado su pantalón desgarrado y manchado de verde. De pronto se encontraron ante Kirila Petróvich, que iba a inspeccionar las cuadras.
       —¿Qué pasa? —preguntó a Stepán.
       Stepán describió con breves palabras lo sucedido.
       Kirila Petróvich lo escuchó atentamente.
       —A ver, tú, bribón —dijo volviéndose hacia Sasha—, ¿por qué te has enzarzado con él?
       —Robó el anillo del hueco del árbol, mándele, papá, que lo devuelva.
       —¿Qué anillo? ¿Qué árbol?
       —Es que María Kirílovna… el anillo que…
       Sasha se calló confundido y turbado. Kirila Petróvich frunció el ceño y dijo con aire serio:
       —¿Conque está mezclada María Kirílovna? A ver, confiésalo todo; si no te haré azotar con una vara y ya verás…
       —Le juro, papá, que yo… que María Kirílovna no me ha pedido nada.
       —Anda, Stepán, córtame una buena vara de abedul…
       —Espere, papá, ahora se lo cuento. Hoy estuve corriendo por el patio, y María Kirílovna abrió la ventana… entonces yo corrí… y mi hermana dejó caer el anillo sin querer, y yo lo escondí en el hueco del árbol y… este muchacho pelirrojo lo quiso robar.
       —Lo dejó caer sin querer y tú quisiste esconderlo… Stepán, vete por la vara.
       —Espere, papá, se lo voy a contar todo. Mi hermana María Kirílovna me dijo que corriera hasta el árbol y guardara el anillo en el hueco, entonces yo corrí y escondí el anillo, y este niño malo…
       Kirila Petróvich se volvió hacia el niño malo y le preguntó con aire amenazador:
       —¿Quién eres?
       —Soy siervo de los señores Dubrovsky —contestó el pelirrojo.
       El rostro de Kirila Petróvich se ensombreció.
       —Parece que no me consideras tu señor. Bien —prosiguió—, ¿qué estabas haciendo en mi jardín?
       —Estaba robando frambuesas —contestó el muchacho con total indiferencia.
       —Ajá —dijo Kirila Petróvich—, el siervo ha salido al amo, de tal palo tal astilla; ¿acaso en mis robles crecen frambuesas?
       El muchacho no contestó.
       —Papá, dígale que devuelva el anillo —dijo Sasha.
       —Cállate, Aleksandr —contestó Kirila Petróvich—, no olvides que todavía no he acabado contigo. Vete a tu habitación. Y tú, bizco, pareces muy vivo. Dame el anillo y vete a tu casa.
       El muchacho abrió el puño y mostró que no tenía nada en la mano.
       —Si confiesas, no te haré azotar y te daré cinco kópeks para nueces. Si no, ya verás cómo te hago hablar.
       El muchacho no dijo nada y siguió con la cabeza baja, adoptando un aire totalmente idiota.
       —Bien —dijo Kirila Petróvich—, que lo encierren en algún sitio y que vigilen para que no se escape; de lo contrario os haré desollar a todos.
       Stepán llevó al muchacho al palomar, lo encerró y colocó de guardia a la vieja corralera Agafia.
       —Que vayan a la ciudad a buscar al jefe de policía —dijo Kirila Petróvich siguiendo con la mirada al muchacho—, que sea ahora mismo.
       “No hay duda, ha seguido tratando al maldito Dubrovsky. Pero ¿será posible que le haya pedido ayuda? —pensaba Kirila Petróvich dando grandes pasos por la habitación y silbando irritado Suena el trueno de la victoria—. Quizá ésta sea la pista y ya no pueda escapar. Aprovecharemos la ocasión. Ajá, eso parece el cascabel de un coche, debe de ser el jefe de policía”.
       —Oye, tú, que traigan al chico.
       Entretanto, un carro apareció en el patio y nuestro conocido el jefe de policía entró en la habitación cubierta de polvo.
       —Buenas noticias —le dijo Kirila Petróvich—, he cazado a Dubrovsky.
       —Bendito sea Dios, excelencia —dijo el jefe de policía complacido—. ¿Dónde está?
       —Quiero decir, no al propio Dubrovsky, sino a uno de su banda. Ahora lo van a traer. Nos ayudará a pescar al cabecilla. Aquí está.
       El jefe de policía, que esperaba a un temible bandido, se asombró al ver a un muchacho de trece años, de aspecto bastante endeble. Se volvió sorprendido hacia Kirila Petróvich esperando una explicación. Kirila Petróvich se puso a relatar el suceso de la mañana, sin mencionar, no obstante, a María Kirílovna.
       El jefe de policía lo escuchó con atención, lanzando miradas al pequeño granuja, quien, haciéndose el tonto, parecía no prestar atención a lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
       —Si me permite, excelencia, quisiera hablarle a solas —dijo al fin el jefe de policía.
       Kirila Petróvich lo llevó a otra habitación y cerró la puerta con llave.
       Al cabo de media hora volvieron a la sala, donde el cautivo esperaba a que se decidiera su suerte.
       —El señor quería meterte en la cárcel de la ciudad —le dijo el jefe de policía—, azotarte con un látigo y deportarte, pero he intercedido por ti y he conseguido que te perdone. Que lo desaten.
       Desataron al muchacho.
       —Dale las gracias al señor —le dijo el jefe de policía.
       El muchacho se acercó a Kirila Petróvich y le besó la mano.
       —Vete a tu casa —le dijo Kirila Petróvich—, y no vuelvas a robar frambuesas en los huecos de los árboles.
       El chico salió, saltó alegremente a la calle y echó a correr hacia Kistenevka sin mirar hacia atrás. Al llegar a la aldea se detuvo junto a una isba medio destartalada, la primera de todas, y llamó a la ventana. La ventana se abrió y apareció una vieja.
       —Abuela, dame un pedazo de pan —dijo el chico—, no he comido nada desde esta mañana, me muero de hambre.
       —Ah, eres tú, Mitia. ¿Dónde has estado metido todo el día? —contestó la vieja.
       —Ya te lo contaré, abuela, dame algo que comer.
       —Entra en la casa.
       —No tengo tiempo, abuela, tengo que ir a otro sitio. Dame algo de pan, por lo que más quieras.
       —Qué revoltoso es este niño —gruñó la vieja—, toma, aquí tienes un pedazo —y le alargó por la ventana un trozo de pan negro. El muchacho mordió el pan con avidez y siguió su camino mientras masticaba.
       Estaba anocheciendo. Mitia se dirigía al bosque de Kistenevka atravesando eras y huertos. Al llegar a dos pinos que se erguían como la avanzada del bosque, se detuvo, miró alrededor, lanzó un silbido breve y estridente y se puso a escuchar; le respondió un silbido ligero y largo, alguien salió del bosque y se le acercó.


XVIII

      Kirila Petróvich andaba por la sala silbando su canción con más energía que nunca; toda la casa estaba en movimiento, los criados corrían, las doncellas se afanaban, los cocheros preparaban el coche en el cobertizo, en el patio se amontonaba la gente. En el vestidor de la señorita, ante el espejo, una dama rodeada de criadas arreglaba a María Kirílovna, pálida e inmóvil, con la cabeza inclinada lánguidamente bajo el peso de los brillantes; se estremecía ligeramente cuando sentía el pinchazo de una mano poco cuidadosa, pero no decía nada y miraba fijamente en el espejo.
       —¿Falta mucho? —se oyó la voz de Kirila Petróvich junto a la puerta.
       —Un momento —contestó la dama—, María Kirílovna, póngase de pie y mírese bien. ¿Qué le parece?
       María Kirílovna se levantó, pero no contestó. Se abrió la puerta.
       —La novia ya está lista —dijo la señora a Kirila Petróvich—, puede llamar el coche.
       —Vamos con Dios —dijo Kirila Petróvich y, tomando un icono, se dirigió a su hija, emocionado—. Ven aquí, Masha, te bendigo…
       La joven cayó a sus pies sollozando.
       —Papá… papá… —decía entre sollozos, fallándole la voz.
       Kirila Petróvich la bendijo apresuradamente; la levantaron del suelo y la llevaron al coche casi en volandas. Junto a ella se sentó su madrina y una de las doncellas. Se dirigieron a la iglesia. Allí los esperaba el novio. Salió al encuentro de la novia y se quedó asombrado de su palidez y aire extraño. Entraron juntos en la iglesia fría y vacía; la puerta se cerró tras ellos. El sacerdote apareció ante el altar y empezó inmediatamente la ceremonia. María Kirílovna no oía ni veía nada, sólo podía pensar en una cosa; estuvo esperando a Dubrovsky desde por la mañana, sin abandonar las esperanzas ni por un momento, pero, cuando el sacerdote se dirigió a ella con la pregunta de rigor, se estremeció y se quedó paralizada; sin embargo, estuvo haciendo tiempo, seguía esperando; el sacerdote, al no recibir la respuesta, pronunció la frase irreversible.
       El rito había terminado. Sintió el beso frío del marido no amado, oyó las alegres felicitaciones de la concurrencia, pero todavía no podía creer que estaba encadenada para siempre, que Dubrovsky no había aparecido para salvarla. El príncipe le dirigió unas palabras cariñosas, ella no las entendió; salieron de la iglesia, en el atrio se habían reunido los campesinos de Pokróvskoye. Su mirada los recorrió rápidamente, pero seguía expresando la misma indiferencia. Los recién casados subieron a la carroza y se dirigieron a Arbátovo, adonde ya había partido Kirila Petróvich para recibir a los novios. Al encontrarse a solas con su joven esposa el príncipe no sintió la más mínima turbación por su actitud distante. No intentó abrumarla con explicaciones dulzonas ni ridículos entusiasmos; sus palabras eran sencillas y no exigían respuesta. Así recorrieron cerca de diez verstas, los caballos corrían fácilmente por los baches del camino vecinal, y la carroza apenas se movía gracias a sus resortes ingleses. De pronto se oyeron gritos de alguien que los perseguía, la carroza se paró, rodeada de hombres armados, y un hombre con antifaz, abriendo la portezuela por el lado de la joven princesa, le dijo:
       —Es libre, salga.
       —¿Qué significa todo esto? —exclamó el príncipe—. ¿Quién eres?
       —Es Dubrovsky —dijo la princesa.
       El príncipe, sin perder la presencia de ánimo, sacó una pistola de un bolsillo y disparó al bandido enmascarado. La princesa dio un grito y se tapó la cara con las manos. Dubrovsky estaba herido en un hombro, empezó a sangrar. El príncipe, sin perder un instante, sacó otra pistola, pero no le dieron tiempo a que disparara; se abrieron las puertas y varios brazos fuertes lo sacaron de la carroza y le arrebataron la pistola. Un cuchillo brilló ante el rostro del príncipe.
       —¡No le toquéis! —gritó Dubrovsky, y sus tenebrosos cómplices se apartaron—. Es usted libre —continuó, volviéndose hacia la pálida princesa.
       —No —contestó ella—, ya es tarde, estoy casada, soy la mujer del príncipe Vereysky,
       —¡No diga eso! —gritó Dubrovsky desesperado—. No es su mujer, la han obligado, nunca pudo consentirlo…
       —He dicho que sí, he prestado juramento —dijo ella con firmeza—. El príncipe es mi marido, diga que le suelten y déjeme con él. No he mentido. Estuve esperándole hasta el último momento, pero ahora es demasiado tarde. Suéltenos.
       Dubrovsky no la oía; el dolor de la herida y las emociones lo habían dejado sin fuerzas. Se cayó junto a la rueda, y los bandidos lo rodearon. Tuvo tiempo de decirles unas palabras; lo montaron en un caballo, dos hombres lo sujetaron, el tercero agarró las riendas y echaron a andar, dejando la carroza en medio del camino, a los criados maniatados, los caballos desenganchados, pero sin haber robado nada ni haber vertido una gota de sangre como venganza por la sangre de su cabecilla.


XIX

      En el claro de un bosque impenetrable se alzaba una pequeña fortificación de tierra, que se componía de un terraplén y un foso, tras los que se encontraban varias chozas y cabañas.
       En el patio una multitud de hombres, a quienes por la variedad de sus ropas y armas se reconocía inmediatamente como bandidos, comían sentados alrededor de un rancho común. En el terraplén, junto a un pequeño cañón, estaba sentado con las piernas cruzadas un centinela; remendaba una parte de su vestimenta utilizando la aguja con una desenvoltura que revelaba a un sastre experto, y miraba a cada instante a su alrededor.
       Aunque un jarro había pasado varias veces de mano en mano, entre la multitud reinaba un extraño silencio; los bandidos estaban terminando de comer, se levantaban uno tras otro, rezaban y se dispersaban: unos iban a las cabañas, otros, al bosque o a echarse la siesta, según la costumbre rusa.
       El centinela acabó su labor, sacudió sus harapos, admiró el remiendo, sujetó la aguja a la manga, se sentó a caballo sobre el cañón y se puso a cantar a voz en grito la vieja y melancólica canción:

No murmures, verde robledal,
déjame pensar mi triste pensamiento…


       En ese momento se abrió la puerta de una de las chozas y apareció una vieja con una cofia blanca, vestida con pulcritud y severidad.
       —Ya está bien, Stepka —dijo enfadada—, el señor está dormido y tú te pones a gritar, no tenéis vergüenza ni compasión.
       —Perdona, Yegórovna —contestó Stepka—, no volveré a cantar; a ver si el señor descansa y se repone.
       La vieja se marchó y Stepka se puso a andar por el terraplén. En la choza de la que había salido la vieja, detrás de un tabique, en una cama de campo estaba tumbado Dubrovsky, herido. En una mesa delante de él estaban sus pistolas y en la cabecera colgaba el sable. El suelo y las paredes de la choza estaban cubiertos de hermosas alfombras y en un rincón había un tocador de plata y un espejo. Dubrovsky tenía en la mano un libro abierto, pero sus ojos estaban cerrados. La vieja, que lo miraba asomándose por detrás del tabique, no sabía si estaba dormido o simplemente pensando.
       De pronto Dubrovsky se estremeció: en la fortificación cundió la alarma y Stepka metió la cabeza por la ventana.
       —Señor, Vladímir Andréyevich —gritó—, los nuestros han dado la señal: nos están buscando.
       Dubrovsky se levantó de la cama de un salto, agarró las armas y salió de la choza. Los bandidos, alborotados, estaban reunidos en el patio; cuando apareció Dubrovsky reinó un profundo silencio.
       —¿Están todos? —pregunto Dubrovsky.
       —Todos, menos los centinelas —le contestaron.
       —¡Cada uno a su puesto! —gritó Dubrovsky, y cada uno de los bandidos ocupó un lugar determinado.
       En ese momento tres centinelas se acercaron corriendo a la puerta de la fortificación; Dubrovsky fue a su encuentro.
       —¿Qué pasa? —les preguntó.
       —Hay soldados en el bosque —contestaron—, nos están rodeando.
       Dubrovsky ordenó que cerraran las puertas y fue a inspeccionar el cañón. En el bosque se oyeron voces que se aproximaban; los bandidos esperaban en silencio. De pronto salieron del bosque tres o cuatro soldados, que retrocedieron inmediatamente, avisando con disparos a sus compañeros.
       —Listos para el combate —dijo Dubrovsky, y entre los bandidos se oyó un murmullo que cesó en seguida.
       Entonces se oyó el rumor de una columna que se acercaba, entre los árboles brillaron las armas, unos ciento cincuenta soldados aparecieron del bosque y se lanzaron gritando sobre el baluarte. Dubrovsky encendió la mecha; el disparo fue certero: decapitó a un soldado e hirió a dos. Entre los soldados cundió la confusión, pero el oficial corrió hacia delante y los soldados lo siguieron y bajaron al foso; los bandidos dispararon con fusiles y pistolas y se colocaron para defender armados con hachas al baluarte, al que intentaban subir los enfurecidos soldados, dejando en el foso a unos veinte compañeros heridos. Empezó una lucha cuerpo a cuerpo, los soldados ya estaban en el terraplén, los bandidos empezaron a ceder, pero Dubrovsky, acercándose al oficial, le apuntó al pecho y disparó; el oficial cayó hacia atrás, varios soldados lo agarraron y lo llevaron corriendo al bosque; los demás, al encontrarse sin jefe, se detuvieron. Los bandidos, animados por el éxito, aprovecharon el minuto de desconcierto, rompiendo las filas de los soldados y empujándolos al foso; los asaltantes echaron a correr y los bandidos los persiguieron gritando. La victoria estaba decidida. Dubrovsky, confiando en la confusión total del enemigo, detuvo a sus hombres, cerró las puertas de la fortificación y ordenó que recogieran a los heridos, reforzaran la guardia y que nadie se ausentara.
       Los últimos sucesos obligaron al gobierno a tomarse en serio las audaces proezas de Dubrovsky. Se reunieron datos sobre el lugar de su escondite. Enviaron una compañía de soldados para que lo capturaran vivo o muerto. Detuvieron a varios hombres de su banda y supieron que Dubrovsky ya no estaba entre ellos. Unos días después reunió a sus cómplices y les comunicó que se disponía a abandonarlos para siempre y les aconsejó que cambiaran de modo de vida.
       —Os habéis hecho ricos bajo mi mando; cada uno de vosotros tiene un papel con el que se puede viajar sin peligro a alguna provincia alejada y pasar allí el resto de vuestros días dedicados a un trabajo honrado y sin apuros. Pero sois todos unos bribones y seguramente no querréis abandonar vuestro oficio.
       Después de pronunciar este discurso los abandonó, llevándose solamente a ***. Nadie sabía qué había sido de él. Al principio dudaron de la veracidad de este testimonio: todos conocían la lealtad de los bandidos a su cabecilla. Pensaron que intentaban protegerlo; pero el tiempo demostró que era cierto: las incursiones temibles, los incendios y los robos cesaron. Los caminos volvieron a estar libres. Se supo de otras fuentes que Dubrovsky había huido al extranjero.



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