Aleksandr Pushkin
(Moscú, 1799 - San Petersburgo, 1837)


Noches egipcias (1837)
(“Египетские ночи”)
Originalmente publicado en en la revista
Современник [El Contemporáneo], Núm. 8 (1837);
Пушкин, Сочинения, т. I, изд. П. В. Анненкова, СПб., 1855
[Works, vol. I,
ed. P. V. Annenkova
(San Petersburgo, 1855)]



I

—Quel est cet homme?
—Ha, c’est un bien grand talent, il fait de sa voix tout ce qu’il veut.
—Il devrait bien, madame, s’en faire une culotte.

[“—¿Quién es ese hombre?
—Es un gran talento, hace con su voz todo lo que quiere.
—Señora, debería hacerse con ella unos pantalones].
[Almanach de calembours (1771), Georges Mareschal Prièvre]


      Charsky era natural de San Petersburgo. Tenía menos de treinta años; no estaba casado; el servicio no le pesaba. Su difunto tío, que había sido vicegobernador en los buenos tiempos, le dejó una considerable fortuna. Su vida podía haber sido muy agradable; pero tenía la desgracia de escribir y publicar versos. En las revistas lo llamaban poeta, y en las habitaciones de los lacayos, escribidor.
       Pese a las enormes ventajas de que gozan los versificadores (a decir verdad, además del privilegio de usar el acusativo en lugar del genitivo y alguna que otra de las llamadas licencias poéticas, no conocemos ventaja alguna que tengan los versificadores rusos), sea como fuere, pese a las numerosas ventajas, estas personas padecen grandes perjuicios y contrariedades. El mal más amargo, más insoportable para un poeta es su título, su apodo, que le marca y que nunca se despega de él. El público lo considera propiedad suya: cree que el poeta ha nacido para su beneficio y placer. Si el poeta vuelve del campo, la primera persona que se encuentra le pregunta: ¿no nos habrá traído algo nuevo? Si se queda pensando en sus precarias finanzas o en la enfermedad de algún ser querido, inmediatamente una sonrisa inane acompaña una exclamación inane: ¡seguro que está usted componiendo algo! Si se enamora, la bella dama ya está comprando un álbum en la tienda inglesa y espera una elegía. Si va a ver a una persona que apenas conoce para hablarle de un asunto importante, ésta ya está llamando a su hijito y lo obliga a recitar el poema; y el mocoso deleita al poeta con sus propios versos mutilados. ¡Y éstos son los laureles de su profesión! ¿Qué no serán sus males? Charsky reconocía que estaba tan harto de los saludos, las preguntas, los álbumes y los muchachos que tenía que contenerse a cada instante para no decir una grosería.
       Charsky recurría a toda clase de ardides para liberarse del insoportable sobrenombre. Evitaba la compañía de sus cofrades los literatos y prefería a los hombres de mundo, incluso a los más superficiales. Su conversación era de lo más banal y nunca trataba de literatura. En su vestimenta seguía la última moda con la timidez y veneración de un joven moscovita que llega a Petersburgo por primera vez. Su despacho, decorado como la alcoba de una dama, no recordaba para nada a un escritor; los libros no se amontonaban en las mesas ni debajo de ellas; el diván no estaba salpicado de tinta; no se percibía el desorden que delata la presencia de la musa y la ausencia de la escoba y el cepillo. Charsky se desesperaba cuando alguno de sus amigos de mundo lo encontraba con la pluma en la mano. Resulta difícil imaginarse a qué fruslerías recurría un hombre, dotado, por otra parte, de talento y corazón. Se hacía pasar ora por un amante apasionado de los caballos, ora por un jugador empedernido, ora por un fino gastrónomo; aunque era incapaz de distinguir a un caballo montañés de un caballo árabe, nunca se acordaba del triunfo y prefería en secreto la patata asada a todos los inventos de la cocina francesa. Llevaba una vida totalmente disipada; aparecía en todos los bailes, comía con exceso en todas las cenas diplomáticas y en todas las recepciones era tan inevitable como el helado de Rezanov [famosa heladería y confitería de Petersburgo].
       Sin embargo, era poeta y su pasión era invencible: cuando le sobrevenía la tontería (así llamaba Charsky la inspiración), se encerraba en su despacho y escribía desde la mañana hasta altas horas de la noche. Confesaba a sus amigos íntimos que era el único momento en que conocía la verdadera felicidad. El resto del tiempo no hacía gran cosa, pretendiendo y fingiendo, y escuchaba a cada instante la famosa pregunta: ¿ha escrito algo nuevo?
       Una mañana Charsky se encontraba en aquel feliz estado de ánimo en que las ensoñaciones se dibujan nítidamente ante los ojos y se encuentran palabras vivas e inesperadas para encarnar las visiones, cuando los versos se deslizan fácilmente bajo la pluma y las rimas sonoras corren al encuentro de una idea clara. Charsky estaba sumergido en el dulce olvido… y la sociedad, la opinión de la gente y sus propias rarezas no existían para él. Estaba escribiendo un poema.
       De pronto chirrió la puerta de su despacho y asomó la cabeza de un desconocido. Charsky se sobresaltó y frunció el ceño.
       —¿Quién es? —preguntó contrariado, maldiciendo para sí a sus criados, que nunca estaban en la entrada de su casa.
       El desconocido entró.
       Era alto, enjuto y aparentaba tener unos treinta años. Los rasgos de su rostro moreno eran expresivos: la frente alta y pálida rodeada de mechones negros de pelo, los ojos negros y brillantes, la nariz aguileña y la poblada barba que bordeaba sus mejillas hundidas y amarillentas revelaban a un extranjero. Vestía frac negro, con las costuras ya blanquecinas; pantalón de verano (aunque ya estaba muy entrado el otoño); debajo de la corbata negra y gastada, en la pechera amarillenta, brillaba un diamante falso; el sombrero raído claramente había conocido el sol y la lluvia. En un bosque lo habrían tomado por un bandido, en sociedad, por un conspirador político, y en el vestíbulo de una casa, por un charlatán, vendedor de elixires y arsénico.
       —¿Qué desea? —le preguntó Charsky en francés.
       —Signor —contestó el extranjero con una profunda reverencia—. Lei voglia perdonarmi se…
       Charsky no le ofreció que se sentara y se levantó; la conversación continuó en italiano.
       —Soy artista napolitano —decía el desconocido—, las circunstancias me han obligado a marcharme de mi patria. He venido a Rusia confiando en mi talento.
       Charsky pensó que el napolitano tenía la intención de dar varios conciertos de violonchelo y estaba llevando entradas a las casas. Cuando se disponía a darle sus veinticinco rublos y librarse de él lo antes posible, el desconocido añadió:
       —Espero, signor, que esté dispuesto a prestar ayuda fraternal a un colega y me introduzca en las casas a que usted tiene acceso.
       Era imposible herir la vanidad de Charsky de una manera más dura. Miró con arrogancia al que lo llamaba colega.
       —Permítame que le pregunte quién es usted y por quién me toma —preguntó conteniendo su indignación a duras penas.
       El napolitano se dio cuenta de su irritación.
       —Signor —titubeó—… ho creduto… ho sentito… la vostra Eccelenza mi perdonera
       —¿Qué desea? —repitió secamente Charsky.
       —Me han hablado mucho de su extraordinario talento; estoy seguro de que las personas de alto linaje consideran un honor patrocinar a un poeta tan excelente —contestó el italiano—, y por eso he tenido la osadía de venir a verle…
       —Se equivoca usted, signor —le interrumpió Charsky—. El título de poeta no existe por estas tierras. Nuestros poetas no gozan de la protección de los grandes señores; ellos mismos son grandes señores, y si nuestros mecenas (¡que se vayan al diablo!) no lo saben, peor para ellos. No tenemos abates harapientos que los músicos recojan en la calle para que les escriban el libreto. Nuestros poetas no van andando de casa en casa pidiendo ayuda. Por otra parte, creo que quien le dijo que yo era un gran poeta le gastó una broma. Es cierto que hace años escribí varios epigramas deplorables, pero, gracias a Dios, no tengo nada que ver con los señores poetas ni quiero tenerlo.
       El pobre italiano estaba aturdido. Miró a su alrededor. Los cuadros, las estatuas de mármol, los bronces, los costosos bibelots colocados sobre anaqueles góticos lo dejaron sorprendido. Comprendió que entre el arrogante dandy que tenía delante, con gorrito de brocado con borla, una bata china bordada en oro, sujeta en la cintura con un chal turco, y él, un músico nómada e indigente, con corbata raída y frac gastado, no había nada en común. Profirió varias excusas incoherentes, hizo una reverencia y se dispuso a marcharse. Su aire patético conmovió a Charsky, quien, a pesar de las mezquindades de su carácter, tenía un corazón bondadoso y noble. Sintió vergüenza de la susceptibilidad de su amor propio.
       —Pero ¿adónde va usted? —dijo al italiano—. Espere… Me he visto obligado a rechazar un título inmerecido y confesarle que no soy poeta. Ahora hablemos de sus asuntos. Estoy dispuesto a ayudarle en todo lo que pueda. ¿Es usted músico?
       —No, Eccelenza —contestó el italiano—. Soy un improvisador pobre.
       —¡Improvisador! —exclamó Charsky comprendiendo toda la crueldad de su trato—. ¿Por qué no me dijo antes que era improvisador? —y Charsky le estrechó la mano sinceramente arrepentido.
       Su aire amistoso alentó al italiano. Habló de sus proyectos con candor. Su aspecto no engañaba: necesitaba dinero; tenía la esperanza de arreglar en Rusia sus asuntos. Charsky lo escuchó con atención.
       —Espero —dijo al necesitado artista— que tenga éxito: la sociedad de esta ciudad nunca ha escuchado a un improvisador. Despertará la curiosidad; es cierto que aquí no usamos el italiano, no lo entenderán, pero eso tampoco importa, lo principal es que se ponga de moda.
       —Pero si nadie entiende italiano —dijo pensativo el improvisador—, ¿quién vendrá a escucharme?
       —Ya vendrán, no se preocupe: algunos, por curiosidad; otros, para pasar la tarde, y otros, para demostrar que entienden italiano; repito que lo único que importa es que se ponga usted de moda; y eso va a ocurrir, se lo prometo.
       Charsky se despidió del improvisador afablemente, habiendo apuntado su dirección, y aquella misma tarde empezó a organizar la velada.


II

Soy zar, soy esclavo, soy gusano, soy dios.
            DERZHAVIN [Oda “Dios”, 1784]


      Al día siguiente Charsky buscó la habitación número 35 en el sucio y oscuro pasillo de la taberna. Se paró ante la puerta y llamó. Le abrió el italiano del día anterior.
       —¡Victoria! —le dijo Charsky—. Ya está todo resuelto. La princesa *** le presta su sala; ayer en una recepción recluté a medio Petersburgo; haga que impriman las entradas y los anuncios. Le garantizo, si no el triunfo, sí una ganancia segura…
       —¡Que es lo principal! —exclamó el italiano, expresando su alegría con vivos gestos propios de su raza meridional—. Sabía que usted me ayudaría. Corpo di Bacco! Es usted poeta, igual que yo; digan lo que digan, los poetas son buena gente. ¿Cómo podré agradecérselo? Espere un momento… ¿no quiere oír una improvisación?
       —¡Una improvisación!… ¿Es que puede actuar sin público, sin música ni ovaciones?
       —Nada, nada. ¿Dónde encontraría un público mejor? Usted es poeta y me comprenderá mejor que ellos, y su aprobación silenciosa vale más para mí que una verdadera tormenta de aplausos… Siéntese donde pueda y dígame el tema.
       Charsky se sentó en una maleta (de las dos sillas que había en el exiguo cuartucho, una estaba rota, y la otra, sepultada por ropa y papeles). El improvisador cogió una guitarra que estaba en la mesa y se colocó de pie delante de Charsky, tocando las cuerdas con sus huesudos dedos en espera del encargo.
       —Aquí tiene un tema —le dijo Charsky—: el poeta es quien elige el tema de sus cantos; el público no tiene derecho a dirigir su inspiración.
       Los ojos del italiano brillaron, tocó varios acordes, alzó la cabeza con orgullo, y unas apasionadas estrofas, expresión de un sentimiento fugaz, fluyeron armoniosas de sus labios… Éstas son, traducidas libremente por uno de nuestros amigos, según las palabras que recordó Charsky:

El poeta camina: los párpados abiertos,
pero no ve a nadie,
entretanto, un transeúnte
le agarra y le tira del traje…
“Di, ¿por qué vagas sin rumbo?
cuando a la altura llegas
miras al suelo
y te empeñas en bajar.
Miras el mundo armonioso con ojos turbios;
te consume un fuego estéril;
sin cesar te atrae y perturba
algo huero y fútil.
El genio debe dirigirse al cielo,
el poeta auténtico debe
hallar inspiración en un tema elevado
para sus versos”.

¿Por qué corre el viento en el barranco,
y levanta hojas y polvo,
mientras un barco, en el agua inmóvil,
ansiosamente espera su aliento?
¿Por qué el águila, terrible y grave,
cumbres esquiva y torres,
y se posa en un tocón reseco? Pregúntale.
¿Por qué la joven Desdémona
como la luna las sombras de la noche,
ama al hombre negro?
Se debe a que no hay ley para el águila ni el viento
ni para el corazón de una doncella.
Así es el poeta: como Aquilón
arrastra cuanto quiere,
como el águila vuela
y, sin preguntar a nadie,
como Desdémona elige
un ídolo para su corazón.

       El italiano se quedó callado… Charsky no decía nada, asombrado y conmovido.
       —¿Qué le parece? —preguntó el improvisador.
       Charsky le agarró de la mano y la apretó con fuerza.
       —¿Qué? —preguntó el improvisador—. ¿Qué le ha parecido?
       —Sorprendente —contestó el poeta—. ¿Cómo es posible? Una idea ajena apenas ha rozado su oído y ya se ha convertido en su propiedad, como si usted hubiera pasado tiempo acariciándola, dándole vueltas y desarrollándola. Entonces, ¿no existe para usted el trabajo, la frialdad de espíritu ni el desasosiego que antecede a la inspiración?… ¡Sorprendente, es sorprendente!
       El improvisador contestó:
       —Todo talento es inexplicable. ¿Cómo es posible que un escultor vea a Júpiter oculto en un trozo de mármol de Carrara y lo saque a la luz deshaciendo con el cincel y el martillo su cubierta? ¿Por qué una idea sale de la mente del poeta armada con cuatro rimas y medida en estrofas armoniosas y uniformes? De la misma manera nadie, con excepción de un improvisador, puede comprender esa rapidez de impresiones, ese estrecho vínculo entre la propia inspiración y una idea ajena y externa; sería inútil que intentara explicárselo. Por otra parte… debemos pensar en mi primera actuación. ¿Qué le parece? ¿Qué precio se podría fijar para la entrada que no resulte demasiado oneroso para el público y al mismo tiempo me dé algún dinero? Dicen que la signora Catalani [Angelica Catalani, 1780-1849, cantante italiana que actuó en San Petersburgo en 1820] llevaba 25 rublos. Parece un buen precio…
       A Charsky le resultaba desagradable caer desde las alturas de la poesía debajo de la mesa de un contable; por otra parte, comprendía bien las necesidades cotidianas, y se sumergió en los cálculos mercantiles del italiano. En esta ocasión el italiano demostró una avaricia tan salvaje y un amor tan candoroso por los beneficios, que Charsky sintió asco y se apresuró a marcharse para no perder definitivamente el sentimiento de admiración que el brillante improvisador había despertado en él. El italiano, preocupado, no reparó en el cambio y lo acompañó por el pasillo y la escalera con profundas reverencias y seguridades de su eterno agradecimiento.


III

Precio del billete: 10 rublos.
Comienzo de la función: 7 de la tarde.
                                                         Cartel


      La sala de la princesa *** había sido puesta a disposición del improvisador. Fabricaron un tablado; colocaron las sillas en doce filas; a la hora convenida, a las siete de la tarde, iluminaron la sala, y junto a la puerta, detrás una mesa para la venta y entrega de las entradas se sentó una mujer de edad, de nariz larga y un sombrero gris con plumas quebradas y anillos en cada dedo. Junto a la puerta de la casa había gendarmes. El público empezó a congregarse. Charsky fue uno de los primeros en llegar. Había puesto mucho empeño en el éxito del espectáculo y quería ver al improvisador para averiguar si estaba satisfecho con los preparativos. Encontró al italiano en un cuarto lateral, mirando impaciente el reloj. Estaba vestido de forma teatral: de negro de pies a cabeza, el cuello de encaje de la camisa estaba desabrochado, la extraña blancura de su garganta descubierta contrastaba violentamente con la barba negra y poblada, el pelo enmarañado le caía sobre las cejas y la frente. Todo eso no le gustó nada a Charsky, a quien molestaba ver a un poeta vestido como un bufón ambulante. Después de una breve conversación volvió a la sala, cada vez más llena.
       Al poco tiempo todas las filas de butacas estuvieron ocupadas por damas deslumbrantes; los hombres formaban un nutrido marco junto al estrado, a lo largo de las paredes y detrás de la última fila de sillas. Los músicos con sus pupitres ocupaban ambos lados del estrado. En el centro, en una mesa, había una urna de porcelana. El público era numeroso. Todos esperaban con impaciencia el comienzo; al fin, a las siete y media, los músicos empezaron a moverse, prepararon los arcos y tocaron la obertura de Tancredo. Todos se sentaron y se hizo el silencio; sonaron los últimos compases de la obertura… Y el improvisador, recibido con ensordecedores aplausos, se acercó al borde mismo del estrado haciendo una profunda reverencia.
       Charsky esperaba preocupado por cuál sería la impresión del primer momento, pero observó que el traje que le había parecido tan impropio no causó el mismo efecto al público. El mismo Charsky no encontró nada ridículo cuando lo vio en el estrado, su pálido rostro iluminado vivamente por la multitud de lámparas y velas. Terminaron los aplausos; cesó el murmullo… El italiano, hablando en mal francés, pidió a las damas y los caballeros que indicaran varios temas, apuntándolos en papelitos especiales. Al escuchar esta inesperada invitación todos se miraron en silencio y nadie contestó. El italiano, después de una breve espera, repitió su solicitud con voz tímida y humilde. Charsky se encontraba junto al mismo estrado; empezó a inquietarse; tuvo el presentimiento de que su intervención sería inevitable y que tendría que escribir su tema. En efecto, varias señoras volvieron sus cabezas hacia él y empezaron a llamarlo, primero a media voz y después cada vez con más fuerza. Al oír su nombre el improvisador lo buscó con la mirada a sus pies y le tendió un lápiz y un pedazo de papel, sonriéndole amistosamente. A Charsky le resultaba muy desagradable desempeñar un papel en esa comedia, pero no había nada que hacer; agarró el lápiz y el papel que le había dado el italiano y escribió unas palabras; el italiano, levantando la urna de la mesa, bajó del estrado y se la acercó a Charsky, quien echó en la urna su tema. Su ejemplo surtió efecto; dos periodistas, en calidad de literatos, consideraron su obligación escribir un tema cada uno; un secretario de la embajada napolitana y un joven que acababa de volver de viaje y que estaba loco por Florencia colocaron en la urna sus papelitos plegados; al final, una joven poco agraciada, cumpliendo la orden de su madre, escribió varias líneas en italiano y, colorada hasta las orejas, se las entregó al italiano, mientras las damas la miraban en silencio, con una sonrisa apenas perceptible. Una vez en el estrado el italiano empezó a sacar los papeles uno a uno, leyendo en voz alta su contenido:

La famiglia dei Cenci
L’ultimo giorno di Pompeïa
Cleopatra e i suoi amanti
La primavera veduta da una prigione
Il trionfo di Tasso.

       —¿Qué desea el respetable público? —preguntó el humilde italiano—. ¿Desea indicarme alguno de estos temas o quiere que lo decida la suerte?
       —¡La suerte! —dijo una voz de la multitud.
       —¡Echarlo a suertes! —repitió el público.
       El improvisador volvió a bajar del estrado, llevando la urna, y preguntó:
       —¿Quién tendría la bondad de sacar el tema?
       El improvisador recorrió la primera fila de butacas con una mirada implorante. Ni una de las deslumbrantes damas que se sentaban en esa fila hizo el más mínimo ademán de moverse… El improvisador, poco acostumbrado a la indiferencia nórdica, parecía estar sufriendo…, de pronto notó a un lado una mano alzada, enfundada en un pequeño guante blanco; se volvió con viveza y se acercó a una dama joven, bella y majestuosa, sentada al extremo de la segunda fila. Se puso en pie sin azoramiento alguno y con la mayor naturalidad metió en la urna su aristocrática mano y sacó un papel.
       —Tenga la bondad de abrirlo y leerlo —le dijo el improvisador. La bella dama abrió el papel y leyó en voz alta:
       —Cleopatra e i suoi amanti.
       Las palabras fueron pronunciadas en un tono de voz bajo, pero en la sala reinaba un silencio tan profundo que todos las oyeron.
       El improvisador saludó a la hermosa dama con una profunda reverencia, con aire de gran agradecimiento, y regresó al estrado.
       —Señoras y señores —dijo dirigiéndose al público—, la suerte ha elegido como tema de improvisación a Cleopatra y sus amantes. Ruego humildemente a la persona que haya elegido este tema que me aclare su idea: de qué amantes se trata, perchè la grande regina n’aveva molto [“porque la gran reina tuvo muchos”]
       Al oír estas palabras muchos hombres se echaron a reír. El improvisador parecía turbado.
       —Quisiera saber —continuó— a qué rasgo histórico alude la persona que ha elegido el tema… Le estaría muy agradecido si me lo aclarara.
       Nadie tenía prisa en contestar. Varias damas dirigieron sus miradas a la joven poco agraciada que había escrito un tema a instancias de su madre. La pobre joven reparó en esa atención malévola y se azoró hasta tal punto que los ojos se le llenaron de lágrimas… Charsky no pudo soportarlo y, volviéndose al improvisador, dijo en italiano:
       —Yo he propuesto el tema. Me refiero al testimonio de Aurelio Víctor según el cual Cleopatra había fijado la muerte como precio de su amor, y que hubo adoradores que no se asustaron ni encontraron repulsiva tal condición… Creo, por otra parte, que el tema es un tanto difícil… ¿No prefiere elegir otro?
       Pero el improvisador ya estaba sintiendo la proximidad del dios… Hizo una señal a los músicos para que tocaran… Su cara se puso terriblemente pálida, empezó a temblar como preso de una fiebre; un fuego extraño ardió en sus ojos; alisó con la mano su pelo negro, enjugó con un pañuelo la alta frente cubierta de gotas de sudor… y de pronto dio un paso hacia delante, cruzó los brazos en el pecho… la música cesó… Empezó la improvisación.


[Este poema, de 1828, se ha incluido tradicionalmente en “Noches egipcias” por los editores, después de la muerte de Pushkin, por la proximidad con el tema de la novela inconclusa].
El palacio brillaba. Se elevaba el clamor de los coros
al son de flautas y de liras.
La reina, con su voz y sus ojos,
animaba el suntuoso banquete;
todos los corazones iban hacia ella.
De pronto, sobre la copa de oro, se quedó pensativa,
su divina cabeza
inclinada hacia el suelo…

El suntuoso banquete parece dormido,
mudos los invitados, callado el coro.
La reina alza la frente de nuevo
y con gesto sereno dice:
“¿No es mi amor vuestro placer supremo?
Podéis comprar ese placer…
Oídme, pues, esta noche estoy dispuesta a
restablecer nuestra igualdad.
¿Quién se lanza al comercio de la pasión?
Hoy vendo mi amor;
decidme, ¿quién, entre vosotros,
compra con su vida una de mis noches?

Te juro… oh, madre de los goces,
tu sierva más obediente soy,
y tal simple mercenaria
subo al lecho de la tentación voluptuosa.
Escucha, poderosa Cipris,
y vosotros, reyes del averno,
del temible Infierno, dioses,
os juro: hasta el amanecer
apagaré con ardor
y con los secretos todos de las caricias
el deseo de mis dueños
y los saciaré de placer divino.
Mas en cuanto brille la temprana púrpura
de la eterna Aurora,
os juro que bajo el hacha mortal
caerán sus cabezas”.

Ha dicho; el horror invade a todos,
y los corazones vibran de pasión…
La reina con rostro arrogante y frío
escucha el confuso murmullo
y mira con desprecio
al círculo de admiradores…
De pronto, uno se aparta del grupo,
le siguen luego otros dos.
Su paso es firme, la mirada clara.
La reina al verlos se levanta.
El trato está hecho: compradas tres noches.
Y los llama el lecho de la muerte.

Con la bendición de los sacerdotes,
ante los inmóviles huéspedes,
de la fatídica urna
cada uno saca su suerte.
Flavio, valiente guerrero,
encanecido en las batallas de Roma,
no pudo soportar el arrogante desprecio
de una mujer y es el primero
en aceptar el reto del placer,
como aceptaba en tiempos de guerra
el reto de la cruenta batalla.

Tras él, Critón, el joven sabio,
en los bosques de Epicuro nacido.
Critón, admirador y bardo
de las Gracias, de Cipris y el Amor…
Deleite de los ojos y de los corazones,
tal flor primaveral recién abierta.
El tercero no dejó su nombre
para los siglos futuros. Sus mejillas
cubría la primera y suave sombra;
sus ojos ardían de arrebato:
en su joven corazón hervía
la fuerza inexperta de las pasiones…
Y la reina, conmovida,
detuvo en él su mirada.
Ya se ocultó el día,
asoman los cuernos dorados de la luna.
Los palacios de Alejandría
se cubren de dulce sombra.
Brota el agua de las fuentes, arden las luces,
se consume un leve incienso
y un fresco voluptuoso
se dispone para los dioses terrenos.
En la penumbra de una lujosa alcoba,
entre exquisitas maravillas,
a la sombra de cortinajes púrpura,
un lecho de oro resplandece.




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