Rubem Fonseca
(Juiz de Fora, Minas Gerais, Brazil, 1925-)


Crónica de sucesos (1979)
(“Livro de ocorrências”)
O cobrador
(Río de Janeiro: Editora Nova Fronteira, 1979, 182 págs.)



1

      El inspector Miro trajo a la mujer a mi presencia.
       Fue el marido, dijo Miro despreocupadamente. En aquella comisaría de barrio eran comunes los pleitos de marido y mujer.
       Tenía dos dientes de enfrente rotos, sangraba por los labios, el rostro hinchado. Moretones en los brazos y en el cuello.
       ¿Fue su marido quien la puso así?, pregunté.
       Pero no lo hizo con mala intención, señor policía, no quiero presentar denuncia.
       Entonces, ¿por qué ha venido aquí?
       Bueno, entonces estaba rabiosa, pero ahora se me ha pasado ya. ¿Puedo irme?
       No.
       Miro suspiró. Deja que se largue, dijo entre dientes.
       Usted, señora, ha sufrido lesiones corporales, y éste es un delito que se persigue de oficio, presente o no presente denuncia. Voy a pedir que le hagan un examen detenido, dije.
       Ubiratan es un poco nervioso, pero no es malo, dijo la mujer. Por favor, no le hagan nada.
       Vivían cerca. Decidí hablar con Ubiratan. Una vez, estando en Madureira, logré convencer a un sujeto para que no volviera a pegar a su mujer, y cuando trabajaba en la comisaría de Jacarepaguá, logré persuadir también a otros dos tipos de la conveniencia de tratar decentemente a la mujer.
       Abrió la puerta un hombre alto y musculoso. Iba en pantalón corto, sin camisa. En un rincón de la sala había una barra de acero con pesadas anillas y dos pesas pintadas de rojo. Debía estar entrenándose cuando llegué. Sus músculos se notaban hinchados y cubiertos por una gruesa capa de sudor. Exhalaba la fuerza espiritual y el orgullo que la buena salud y un cuerpo lleno de músculos proporciona a ciertos hombres.
       Soy policía, le dije.
       ¡Vaya! ¡Conque esa idiota ha ido a denunciarme!, ¿en?, rezongó Ubiratan. Abrió la nevera, sacó una lata de cerveza, la destapó y empezó a beber.
       Vaya y dígale que o vuelve pronto a casa, o le voy a medir las costillas.
       Tengo la impresión de que usted aún no se ha dado cuenta de qué es lo que realmente he venido a hacer aquí. He venido a invitarle a que me acompañe a la comisaría. Tiene que prestar declaración.
       Ubiratan tiró la lata vacía por la ventana, cogió la barra de acero y la levantó sobre su cabeza diez veces respirando ruidosamente con la boca, como si fuera una máquina de tren.
       ¿Cree usted que a mí me dan miedo los policías?, preguntó mientras se miraba con admiración y cariño los músculos del pecho y de los brazos.
       No se trata de que tenga o no tenga miedo. Usted tiene que ir allí a declarar.
       Ubiratan me agarró de un brazo y me sacudió.
       ¡Largo de aquí! ¿Me oyes, tira de la mierda? ¡Largo de aquí, que empiezo a cansarme!
       Saqué el revólver de la funda. Puedo detenerlo por desacato, pero no lo voy a hacer. No complique las cosas, véngase conmigo a la comisaría. Dentro de media hora estará libre, dije con toda calma y delicadeza.
       Ubiratan se echó a reír. ¿Cuánto mides, enanito?
       Un metro setenta. Venga, vámonos ya.
       Te voy a quitar esa mierda de la mano y a orinar en el cañón, enanito. Ubiratan contrajo todos los músculos del cuerpo, como un animal en actitud de pelea intentado asustar al otro. Tendió el brazo, con la mano abierta para coger mi revólver. Le disparé al muslo. Me miró atónito.
       ¡Mira lo que hiciste con mi sartorio!, gritó Ubiratan mostrándome el muslo. Estás loco, ¡mi sartorio!
       Lo siento mucho, dije, y ahora vámonos o te pego otro tiro en la otra pierna.
       ¿Y adónde me vas a llevar, enanito?
       Primero al hospital. Luego a la comisaría.
       Esto no va a quedar así, enanito. Tengo amigos influyentes.
       Le corría la sangre por la pierna, goteaba en el suelo del automóvil.
       ¡Desgraciado!, ¡mi sartorio! Su voz era más estridente que la sirena que nos iba abriendo camino por las calles.


2

      Una cálida mañana de diciembre, calle Sao Clemente. Un autobús atropelló a un chiquillo de diez años. Las ruedas le aplastaron la cabeza dejando un rastro, de masa encefálica, de algunos metros. Al lado del cuerpo, una bicicleta nueva, sin un arañazo.
       Un agente de tránsito detuvo en flagrante al conductor. Dos testigos dijeron que el autobús iba a gran velocidad. El lugar del accidente fue cuidadosamente aislado y se desvió el tráfico.
       Una vieja mal vestida, con una vela encendida en la mano, quería atravesar el cordón de aislamiento, “para salvar el alma de ese angelito.” Se lo impidieron. Se quedó contemplando el cuerpo de lejos, junto con otros espectadores. Aislado, en medio de la calle, el cadáver parecía aún más pequeño. Menos mal que hoy es fiesta. ¿Te imaginas si ocurre esto en un día de labor?, dijo un guardia de los que desviaban el tráfico.
       Una mujer irrumpió a gritos y levantó el cuerpo del suelo. Le ordené que lo dejara. La agarré del brazo y se lo retorcí, pero ella no parecía sentir el dolor. Gemía ahogada, sin ceder. Luchamos con ella los otros guardias y yo, hasta conseguir arrancarle el muerto de los brazos y volver a colocarlo en el suelo, donde debía permanecer hasta la llegada del forense. Unos guardias arrastraron lejos a la mujer.
       Esos conductores de autobús son todos unos asesinos, dijo el perito, se la va a cargar, se la va a cargar. El caso es clarísimo.
       Fui hasta el coche patrulla y me senté en el asiento de adelante. Estuve allí un momento. Llevaba la guerrera sucia de los despojos del muerto. Intenté limpiarme con las manos. Llamé a un guardia y le dije que trajera al detenido.
       Camino de la comisaría lo miré con detenimiento. Era un hombre flaco, de unos sesenta años, y parecía cansado, enfermo y con miedo. Un miedo, una enfermedad y un cansancio antiguos, que no eran sólo de aquel día.


3

      Llegué a la casa de la calle de la Cancela y el guardia que estaba en la puerta dijo: primer piso. Está en el baño.
       Subí. En la sala, una mujer con los ojos enrojecidos me miró en silencio. A su lado, un chiquillo flaco, medio encogido, con la boca abierta, respirando con dificultad.
       ¿El baño? Me indicó un corredor oscuro. La casa olía a moho, como si las conducciones de agua vertieran en el interior de las paredes. De algún sitio llegaba un olor a cebolla y ajo fritos.
       La puerta del baño estaba entreabierta. El hombre estaba allí. Volví a la sala. Ya había hecho todas las preguntas a la mujer cuando llegó Azevedo, el forense.
       En el baño, dije.
       Empezaba a anochecer. Encendí la luz de la sala. Azevedo me pidió ayuda. Fuimos al baño.
       Levanta el cuerpo, dijo el perito, tengo que soltar el nudo.
       Sujeté al muerto por el vientre. De su boca salió un gemido.
       Es el aire que había quedado dentro, dijo Azevedo. Es curioso, ¿eh? Reímos sin ganas. Dejamos el cuerpo en el suelo húmedo. Un hombre flacucho, sin afeitar, de rostro ceniciento. Parecía un muñeco de cera.
       No dejó ninguna nota, dije.
       Conozco a esta gente, dijo Azevedo, cuando no aguantan más se matan deprisa, tiene que ser deprisa, si no se arrepienten.
       Azevedo orinó en el retrete. Luego se lavó las manos y se secó en los faldones de la camisa.




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