Rubem Fonseca
(Juiz de Fora, Minas Gerais, Brazil, 1925-)


El amor de Jesús en el corazón (1997)
(“O amor de Jesus no coração”)
Histórias de amor
(São Paulo: Companhia das Letras, 1997, 135 págs.)


      Una niña de doce años de edad fue encontrada muerta por excursionistas en el bosque de Tijuca, en un lugar no muy alejado del Alto de Boa Vista. Había sido estrangulada, se encontraron vestigios de semen en su ropa, su braguita había desaparecido, pero no había ocurrido estupro. Los peritos de la policía calcularon que la niña había muerto alrededor de cuarenta y ocho horas antes. A unos dos kilómetros del lugar donde fue encontrado el cuerpo había un colegio para niñas pobres, mantenido por monjas. Los detectives Leitão y Guedes fueron al colegio y supieron que una alumna había desaparecido dos días antes. María de Lurdes Gomes, o Lurdinha, como era conocida la muerta entre sus compañeras, estudiaba y vivía en el colegio. Era una alumna rebelde, a quien no gustaba la disciplina exigida por las monjas, se negaba a trabajar en la cocina, en la huerta o en el taller de costura. Las monjas creían que habría huido, como siempre amenazaba que lo haría. Su ausencia había sido notada a la hora de la comida.
       “¿Tienen ustedes alguna foto de la niña?”, preguntó Leitão.
       Las monjas trajeron una fotografía, que los policías miraron durante algún tiempo.
       “¿Dónde está la capilla?”, preguntó Leitão.
       Una monja llevó a los dos policías a la capilla del colegio. El recinto tenía algunas hileras de bancos toscos de madera y un altar con la figura de Cristo en una cruz. Leitão fue hasta el altar, hizo la señal de la cruz y se arrodilló. Guedes quedó de pie, mirando las paredes sucias y descascaradas de la capilla, mientras su colega rezaba. Al fondo, la monja asustada espiaba en silencio a los policías.
       Leitão rezó algún tiempo, se levantó, volvió a persignarse. Los dos policías salieron de la capilla.
       “Le pedí a Jesús por el alma de la víctima y que me iluminara y me diera fuerzas para atrapar al asesino”, dijo Leitão a la monja. La monja intentó decir alguna cosa, pero no consiguió hacerlo.
       “Nos gustaría hablar con la encargada”, dijo Guedes.
       “Madre superiora”, corrigió Leitão.
       Los policías fueron llevados a la oficina de la madre superiora, una mujer vieja y ligeramente sorda a quien dieron la noticia de que María de Lourdes había sido asesinada. La madre superiora respondió molesta las preguntas de los dos tiras. La niña no tenía parientes, una institución con la cual las monjas mantenían un convenio la había encaminado, al colegio; todo el trabajo era realizado por las alumnas y por las monjas; los abastecimientos eran comprados en un supermercado de Tijuca y entregados por un empleado de nombre Eleutério. Era el único hombre que entraba al colegio.
       “¿Plomero? ¿Electricista? ¿Carpintero?”, preguntó Guedes.
       Las mismas monjas hacían esos trabajos.
       “¿Pintor?”
       Hacía años que las paredes no se pintaban. No había dinero para eso.
       Leitão y Guedes escribieron en un papel sus nombres y el teléfono de la delegación y pidieron a la madre superiora que telefoneara en caso de que notara cualquier cosa extraña que ocurriera en el colegio; agregaron que volverían en otra ocasión.
       Fueron al supermercado. Eleutério había salido a hacer una entrega. Los policías esperaron. Un moreno fuerte, de unos cuarenta años, llegó en el triciclo de las entregas. El gerente les dijo que aquél era el hombre que buscaban.
       “Somos de la policía. Acompáñanos a la delegación”, dijo Leitão.
       “¿Hizo alguna cosa?”, preguntó el gerente.
       “Sólo queremos conversar con él”, dijo Leitão. Subieron al carro de la policía.
       “¿Eres católico?”, preguntó Leitão.
       “Sí, señor.”
       “Sí señor, ¿qué?”, dijo Leitão.
       “Quiere saber si vas a la iglesia los domingos. Si eres católico practicante”, dijo Guedes.
       “Sí, señor.”
       “Y el viernes vas al candomblé, ¿verdad?”
       “Sí, señor.”
       “Otro católico macumbero”, dijo Leitão. “Escúchame, ciudadano, un católico no va a la macumba.”
       “Leitão, lo estás confundiendo.”
       “¿Te parecen bonitas las niñas del colegio?”
       “Sí, señor.”
       “Leitão, me estás irritando.”
       “Guedes, tú eres otro que se dice católico y no vas a la iglesia.”
       “Si voy o no a la iglesia a ti no te importa.”
       “Entonces no andes diciendo que eres católico.”
       “Nunca te dije que era católico.”
       “¿Entonces no eres católico? Anda, responde.”
       “¿Me estás interrogando? No me fastidies. Soy tira hace más tiempo que tú.”
       “Pero yo no tengo registros desfavorables en mi expediente.”
       “Ve a joder a otra parte, Leitão.”
       Leitão balanceó la cabeza, pensativo, como si estuviera registrando aquello. Leitão jamás decía palabras obscenas y se resentía con el constante lenguaje grosero de su colega. Guedes abrió el vidrio del carro y escupió.
       Llegaron a la delegación.
       “Déjame interrogar al individuo”, dijo Leitão.
       “Yo lo interrogo”, dijo Guedes.
       Guedes se encerró en un cuarto con Eleutério.
       Leitão preguntó al secretario si el excursionista que había encontrado el cuerpo había sido llamado a comparecer a la delegación. El escribano respondió que sí.
       Guedes abrió la puerta del cuarto y mandó llamar a la mujer que vendía café. Se quedó de pie en la puerta, esperando a la mujer. Leitão miró hacia el interior del cuarto y vio a Eleutério sentado en una silla con la cabeza agachada. Guedes tomó los dos cafés, pagó y cerró la puerta.
       “Antiguamente invitabas a un ciudadano para que viniera a la delegación y venía corriendo”, dijo Leitão. “Ya nadie respeta a la policía.”
       “Todavía no se le hace tarde”, dijo el secretario.
       El excursionista llegó, acompañado por una mujer. La mujer explicó que no había sido invitada, pero que había decidido comparecer también pues estaba con su novio haciendo una excursión al pico del Papagayo cuando encontraron el cuerpo. Descendieron corriendo hasta el centro del barrio y telefonearon desde el bar a la policía.
       Guedes abrió la puerta y salió con Eleutério.
       “Puedes irte”, dijo Guedes.
       “¿Le estás pidiendo que se vaya? ¿No va a declarar?, preguntó Leitão.
       “No necesita declarar, no sabe nada, no está enredado en esto. Vete, ¿no te ordené que te fueras? ¿Qué estás esperando?”
       “Ya volveremos a conversar contigo, ¿me oíste?”, amenazó Leitão.
       “Ya vete, carajo”, dijo Guedes empujando a Eleutério. El mandadero salió, mirando asustado al tira.
       “No puedes ir descartando a los sospechosos de esta manera.”
       “No te metas en mi manera de trabajar. Si no estás satisfecho ve a quejarte con el delegado.”
       “Estamos juntos en esto, Guedes. El delegado nos colocó a los dos en el caso. ¿Me estás echando con una patada en el culo?”
       “Ya presioné al tipo. Es inocente.”
       “Tú no presionas a nadie.”
       “No a tu manera.”
       “Teléfono para ti, Guedes”, dijo el secretario.
       Una voz femenina. “Es la hermana Celestina. Tengo una petición que hacerle, señor Guedes.”
       “Escucho.”
       “Nos gustaría recuperar el cordón con la medalla de San Benito que María de Lurdes usaba. Todas nuestras niñas usan un cordón con la medalla de San Benito.”
       “No se preocupe, hermana, yo le llevo la medallita a usted.”
       Guedes llamó al Instituto de Criminalística. Los peritos dijeron que ningún cordón con medalla había sido encontrado en el cuerpo. En seguida Guedes llamó al IML y habló con el perito que había hecho la autopsia. Sí, la muerta tenía una marca en la parte posterior del cuello, podría haber sido causada cuando arrancaron el cordón con violencia.
       “¿Dónde está Leitão?”
       “Conversando con el delegado.”
       “Cuando salga dile que quiero hablar con él.”
       Guedes fue al baño a orinar. El chorro de orina cada vez estaba más delgado. Su próstata no debía estar muy bien. Necesitaba acordar una cita con el médico. Siempre que orinaba se hacía la misma promesa. Encontró a Leitão al salir del baño.
       “El asesino se llevó un cordón con la medalla de San Benito que la niña usaba.”
       Leitão balanceó la cabeza, su quijada casi golpeaba el pecho.
       “Se llevó la braguita también.”
       “Voy a consultar los registros para ver si hay algún loco viviendo en aquella región.”
       Los registros de la policía no proporcionaron ninguna información útil. Los dos tiras trabajaron toda la semana, interrogando personas en el Alto da Boa Vista. Guedes iba diariamente al colegio a conversar con las niñas. Leitão creía que permanecer dentro del colegio era una pérdida de tiempo, era preferible realizar investigaciones entre los vecinos, ir de casa en casa haciendo preguntas, ir a los bares, verdulerías, almacenes, ir a todos los lugares y hacer preguntas cuyas respuestas Leitão anotaba minuciosamente, para examinarlas después. El trabajo de Guedes, por su parte, no era fácil, aunque menos cansado que el de Leitão. Las niñas lo miraban con hostilidad y miedo, muchas de ellas antes de ser llevadas al colegio de monjas habían sido niñas de la calle detenidas por pequeños delitos. Guedes era un soltero, sin hijos, que no había tenido hermanos, y el contacto con las niñas, principalmente con las adolescentes, le resultaba estimulante, física y mentalmente. En ocasiones Leitão iba con Guedes al colegio, pero sólo para rezar en la capilla. Luego se retiraba para hacer lo que llamaba el barrido de la comunidad.
       El fin de semana algunas de las niñas reaccionaban con menos desconfianza a los contactos con Guedes. Era una buena figura paterna, con su barba grisácea mal afeitada y su habla tranquila, y sus preguntas nunca parecían interrogativas.
       “Siempre me gustaron las orquídeas, si tuviera dinero llenaría mi casa con orquídeas. ¿Ésta es tuya?” Guedes entraba por primera vez en el dormitorio de las niñas, acompañado de la hermana Celestina y de Alice, una de las alumnas, en cuya mesa de noche había una orquídea. , “Es mía”, respondió Alice.
       “Es muy linda, azul y roja, ¿no es sorprendente la naturaleza?”, dijo Guedes.
       Alice respondió que adoraba las flores.
       “¿Dónde encontraste ésta?”
       “En el bosque del colegio, la cogí ayer”, respondió Alice, pero el tira percibió una tenue, casi imperceptible vacilación en su voz.
       “Las niñas siempre encuentran orquídeas en los alrededores del colegio, yo nunca he encontrado ninguna, pero tampoco tengo mucho tiempo para buscarlas”, dijo la hermana Celestina.
       “Qué cosa tan bonita, varias de las mesitas de noche tienen macetas con orquídeas. ¿El terreno del colegio es grande?”
       “Enorme. Llega hasta el bosque.”
       “¿Si encuentro una orquídea la madre superiora me dejará quedarme con ella?”
       “Si usted promete que cuidará la orquídea tan bien como las niñas, seguramente la madre le permitirá quedarse con ella. Tratamos de desarrollar en las alumnas una conciencia ecológica.”
       “Nunca en mi vida tuve una orquídea. Y Brasil es el país de las Orquídeas.”
       “Existen en muchas regiones del mundo, pero se encuentran más en los bosques tropicales”, dijo la hermana Celestina.
       “¿Cuál era la cama de María de Lurdes?”
       En la mesita de noche de la cama de la niña asesinada había una orquídea grande, con muchos pétalos.
       “Creo que la única cosa que le gustaba a Lurdinha en el colegio era su orquídea”, dijo la hermana Celestina, con tristeza.
       “Y esas macetas, ¿son hechas por las niñas?”
       “Don Francisco, el alfarero del Alto, nos vende los potes al precio de costo.”
       Durante dos días Guedes recorrió los terrenos del colegio. No encontró ni una sola orquídea. Después fue a buscar al alfarero.
       Al fondo de la casa de Francisco, un hombre de cerca de cincuenta años, viudo, sin hijos, que vivía solo, estaba instalada la pequeña alfarería en la que fabricaba pequeñas piezas de barro y cerámica. Guedes golpeó en la puerta. Dijo que era de la policía. Francisco cojeaba de una pierna. Guedes entró con él en la casa rústica, de suelo de pizarra gastada.
       “¿Qué es lo que quiere usted de mí? No le debo nada a nadie.”
       “Se trata de las macetas de barro que usted vende a las hermanas del colegio.”
       “Le regalo las macetas a las hermanas, son muy pobres y no tengo valor para cobrarles.”
       “¿Las niñas vienen aquí, a recoger las macetas?”
       “Viene una de ellas, con la hermana Celestina. Las monjas no dejan que las muchachas salgan solas. Son como el fuego.”
       “¿Las monjas o las niñas?”
       “Las monjas. Son duras, pero creo que así tiene que ser.”
       “Fue horrible lo que ocurrió con aquella niña”, dijo Guedes.
       “No me gusta pensar en eso.”
       “¿Sabe para qué usan las macetas?”
       “Las macetas son para flores. No sé si las usan para otra cosa. Ni lo quiero saber.”
       “Las niñas ponen orquídeas en las macetas.”
       “¿Orquídeas?”
       “¿Le parece extraño?”
       “¿Dije que me parecía extraño?”
       “Me dio la impresión de que usted se sorprendía. Un poco preocupado, quizás.”
       “No. Ahora, con su permiso, voy a trabajar.”
       Guedes no contó a Leitão la conversación que había tenido con Francisco.


       Un domingo, otra alumna, Celma Rego, trece años, fue encontrada muerta en el bosque. También había sido estrangulada, había vestigios de esperma en la ropa, no fue violada y sus braguitas y su cordón con la medalla no fueron encontrados. El modus operandi indicaba que el asesino debía ser el mismo de María de Lurdes. En la mesita de noche de Celma había una maceta con una orquídea.
       El ambiente en el colegio era ahora de consternación y miedo. Las alumnas y las monjas, asustadas, evitaban a los policías. Leitão se volvió aún más taciturno y piadoso. Rezó en la capilla del colegio por el alma de la muerta y nuevamente pidió a Dios que les diera fuerzas para aprehender al asesino.
       “Necesitamos sentarnos y comparar nuestras anotaciones”, dijo Leitão.
       “Por lo pronto no he descubierto nada”, dijo Guedes.
       “¿Cómo descubrirías algo? Te pasas los días conversando con las niñas.”
       “¿Y tú? ¿Descubriste alguna cosa?”
       “Estoy investigando a un sospechoso. Un individuo llamado Francisco, que vende objetos de cerámica a las monjas.”
       “¿Ya estuviste con él?”
       “Fue uno de los muchos que interrogué”, dijo Leitão enfatizando la palabra muchos.
       “¿Cuándo?”
       “El jueves pasado”, dijo Leitão, luego de consultar las anotaciones hechas en el block.
       “Estuve con Francisco después de eso y no me dijo que había hablado contigo.”
       “¿Estuviste con ese ciudadano y no me dijiste nada?”
       “Te lo estoy diciendo ahora. Tú también me estás hablando de ello en este momento.”
       “¿El tal Francisco no te dijo que ya había hablado con él? ¿No te parece extraño?”
       “No es muy elocuente”, dijo Guedes.
       “Pero lo normal sería que te dijera que otro policía ya había estado en su casa. No me gustó ese individuo, habla midiendo las palabras, como quien tiene algún delito en su archivo. Creo que tenemos que trabajar más sobre esa pista.”
       “Varias niñas tienen orquídeas en la mesita de noche. Dicen que cogen las flores en el terreno del colegio.”
       “¿Orquídeas? No me gusta esa flor, hay algo de obsceno en ella.”
       “Sin embargo durante dos días recorrí el terreno del colegio y no hallé orquídea alguna. La niñas están mintiendo.”
       “Guedes, ¿por qué habrían de mentir sobre eso? No debes haber buscado bien. ¿Quieres apostar a que encuentro varias orquídeas en el terreno del colegio? Y no voy a necesitar dos días.”
       “Con una que encuentres ganas la apuesta.”
       Leitão informó a la hermana Celestina, elegida por la madre superiora para ayudar a los tiras, que haría solo una larga caminata por el terreno del colegio. Guedes fue a su casa, tomó un libro, se quitó los zapatos y se fue a la cama a leer. Pero todo el tiempo pensaba en mujeres adolescentes y orquídeas.
       Al día siguiente por la mañana los dos tiras se reunieron en la delegación.
       “Perdí la apuesta. Busqué por todas partes hasta el anochecer. En aquel lugar nunca ha crecido una orquídea. Las niñas están mintiendo, tienes razón. Salen sin permiso y van a coger las orquídeas en algún lugar. ¿Crees que eso sea importante para nuestras investigaciones?”
       “Sí. Muy importante.”
       “No veo la razón, pero, si quieres, vamos a conversar con ellas.”
       “Me dejas hacer las preguntas.”
       Cuando llegaron al colegio buscaron a la hermana Celestina.
       “Nos gustaría interrogar a una o dos alumnas”, dijo Leitão.
       “¿Interrogar?”
       “Conversar”, dijo Guedes.
       “Pero no puede ser en su presencia”, agregó Leitão.
       “¿Qué? ¿Van ustedes a golpearlas?”
       ”Nosotros no golpeamos niñas, hermana”, dijo Leitão.
       “Usted puede estar presente, pero le pido que no interfiera en nuestra conversación, por favor”, dijo Guedes.
       “Necesito consultarlo con la madre superiora. ¿Ustedes hablarán en el interrogatorio?”
       “Sólo conversaremos. Otra cosa, nos gustaría que una de ellas fuera Alice, aquella alumna con quien conversé en su presencia el otro día, en el dormitorio, ¿recuerda?”
       La hermana Celestina salió de la sala.
       “Las muchachas no van a contar la verdad enfrente de la hermana Celestina”, dijo Leitão.
       “Lo sé, pero no puede ser de otro modo. Mientras vienen, ve a rezar a la capilla.”
       Leitão balanceó la cabeza, ahora mordiéndose los labios. También toma nota de aquello. “Tu mal, Guedes, es que no amas a Jesús.”
       La hermana Celestina volvió con Alice y otra niña.
       “La madre superiora dijo que tengo que estar presente”, dijo la monja secamente.
       “¿Cómo te va, Alice?”, preguntó Guedes delicadamente.
       “Bien...”
       “Y tu nombre, ¿cuál es?”, preguntó Guedes a la otra alumna.
       “Su nombre es Raimunda”, dijo la hermana Celestina.
       “Alice, como tú, yo adoro las flores. ¿Recuerdas nuestra conversación sobre las orquídeas? Me dijiste que habías cogido la tuya recientemente en el terreno del colegio. ¿Fue de veras en el terreno del colegio? Si fue en otro lugar del bosque, te pido que por favor me digas dónde fue, la hermana Celestina no te castigará. ¿No es así, hermana Celestina?”
       La monja se mantuvo en silencio.
       “Fue en el terreno del colegio”, dijo Alice con voz casi inaudible.
       “No existen orquídeas en el terreno del colegio, yo y el detective Guedes buscamos y no encontramos nada.”
       “Fue en el terreno del colegio”, repitió Alice en voz baja.
       “¿Y tú, Raimunda? ¿Dónde cogiste la tuya?”
       Raimunda no respondió.
       “¿Dónde fue, Raimunda, que encontraste tu orquídea?”
       “Fue... fue... en el terreno del colegio...”
       “Esta niña está mintiendo, está claro que está mintiendo. No nos mientas, niña, estamos intentando atrapar al demonio que mató a sus amiguitas. ¡No mientas!”, dijo Leitão.
       Raimunda al oír eso abrazó sollozando a la hermana Celestina. Alice hizo lo mismo que Raimunda, pero, aunque evidentemente amedrentada, Guedes percibió que el llanto era falso. Notó también que Alice se llevó la mano al pecho como si intentara tocar una inexistente medallita de san Benito colgando de un cordón. Las blusas sin cuello que las niñas usaban permitían que Guedes viera el cordón en torno al cuello de Raimunda. Pero no había cordón en el cuello de Alice.
       “No pueden tratar a estas niñas como acostumbran lidiar con los bandidos que aprehenden y torturan”, exclamó la monja indignada.
       “No vamos a maltratarlas, les pido disculpas si...”
       La hermana Celestina no dejó que Guedes terminara su frase. “La madre superiora será informada sobre el procedimiento rudo de ustedes. Les pido que se retiren inmediatamente.”
       Los dos tiras subieron al carro de la policía y fueron a beber agua al bar del centro del Alto.
       “Discúlpame, Guedes, perdí la cabeza. Existe un ser diabólico que si continúa suelto seguramente va a matar a otra niña y aquellas dos pirañas tontas diciéndonos mentiras, obstruyendo la acción de la Justicia, me pusieron irritado. Si fueran adultas las detenía.”
       Guedes bebió otro vaso de agua.
       “Vamos a buscar al alfarero Francisco.”
       “¿Crees que fue él?”, preguntó Leitão, excitado.
       “No sé. Pero Francisco nos puede proporcionar una buena información.”
       Entraron al carro y fueron hasta la alfarería de Francisco. Tocaron en la puerta.
       “Es la policía. Abra la puerta”, ordenó Leitão.
       “Vengan mañana. Ahora no puedo hablar con ustedes.”
       “Abra la puerta, ciudadano, de lo contrario lo llevaremos detenido a la delegación”, gritó Leitão.
       Francisco abrió la puerta.
       “Déjame hablar con él”, dijo Guedes, “guarda esa arma.”
       Los dos tiras entraron a la casa del alfarero.
       “No cometí ningún crimen”, dijo Francisco.
       “No nos has contado todo lo que sabías.”
       “¿Contar qué? No sé nada.”
       “Tú sabes dónde consiguen las orquídeas las niñas y no quieres decirme.”
       “Esto es obstrucción de la justicia, puedes ser detenido por eso”, dijo Leitão.
       “No sé nada.”
       “Francisco, dos niñas han muerto, creemos que eso fue hecho por una persona enferma que necesita tratamiento.”
       “Un demonio que debe volver al infierno de donde vino”, dijo Leitão.
       Guedes apretó con fuerza el brazo de Leitão, que se calló.
       “¿Desconfían de mi sobrino? No está loco y no haría una cosa como ésa.”
       “No estamos diciendo que fue tu sobrino. ¿Trabaja contigo?”
       “No, es guardabosques.”
       “Un guardabosques no cometería un crimen como ése”, dijo Guedes, sin dejar de apretar con fuerza el brazo de Leitão. “Él es tu sobrino y lo conoces bien, y si dices que sería incapaz de matar a dos niñas lo creemos, sólo queremos conversar con él, como estamos conversando contigo y con todos los que viven en los alrededores.”
       “Gumercindo tiene un orquidario allá en la cima donde vive, y le da las orquídeas a las niñas. Se las regala, de la misma manera que yo doy las macetas a las monjas, a él le gustan las flores, Gumercindo es un buen muchacho, yo lo crié cuando murió su madre.”
       “Un hombre que gusta de las flores tiene que ser una buena persona, incapaz de matar una mosca. Soy un viejo tira y sé de esas cosas. Don Francisco, ¿usted puede llevarnos a su casa?”
       “No aguanto subir el monte. Mi pierna. Sólo se puede llegar a pie.”
       “Entonces explíquenos dónde queda.”
       Los dos tiras subieron al monte, Leitão al frente, impaciente, pidiéndole a Guedes que se diera prisa.
       Por fin, siguiendo la orientación de Francisco, llegaron a la casa de Gumercindo, paredes de ladrillo blanqueado, puertas y ventanas pintadas de azul. Al lado quedaba el orquidario, un cobertizo con techo de zinc y en los lados telas de alambre delgado.
       Leitão golpeó la puerta. Nadie respondió.
       “Creo que salió”, dijo Guedes.
       Leitão dio una patada a la puerta, derrumbándola.
       “No podemos hacer eso”, dijo Guedes.
       “Ya lo hice.” Leitão entró en la casa, seguido por Guedes. La sala, de piso de tierra desgastada, contenía una mesa, dos sillas y un armario con la puerta de vidrio. En un rincón había una imagen de un orixá de barro.
       “¿Sabes qué es esto? ¿Sabes qué es esto, Guedes?”
       “No.”
       “Exu. Exu es el demonio, Guedes.”
       Eso no me interesa, Leitão.”
       “El diablo existe, Guedes, Dios existe y el Diablo existe. Ese individuo hace culto al diablo.” De la sala, luego de abrir la vitrina e inspeccionar la poca loza que había en su interior, los policías fueron a la pequeña cocina y examinaron la estufa de gas y la pila con una taza con restos de café. Al lado de la estufa, en un armario tosco, probablemente construido por el propio guardabosques, Guedes y Leitão encontraron latas con arroz, frijoles, azúcar, café y sal, en las que metieron las manos buscando las medallas. Abrieron los paquetes de macarrón, pero las dos latas de salchichas los tiras las dejaron cerradas. En el baño de piso de ladrillo, examinaron la ducha y la taza del sanitario. En el pequeño patio metieron la cara en el tanque y después examinaron una a una las ropas colgadas en un tendedero en busca de las bragas. En el cuarto, también de tierra aplanada, fueron revisados la cama, la mesita de noche, el ropero. Los tiras hacían ese trabajo en silencio.
       Encontraron un cordón con la medalla de San Benito en un armario del cuarto, dentro de una cajita de madera.
       “Fue él, ¿te acuerdas de aquel macumbero que mató a un niño en una ceremonia diabólica? Tenemos en las manos un caso igual.”
       “Calma, Leitão.”
       “¿Calma, me pides calma? Vamos a buscar más, en algún lugar escondió la otra medalla y las braguitas.”
       “Ya buscamos.”
       “Más, vamos a buscar más”, dijo Leitão.
       “Busca tú”, dijo Guedes sentándose en una de las sillas de la sala.
       “Voy a decirle al delegado que no estás colaborando.”
       “Dile lo que quieras.”
       Leitão revolvió la casa, parecía desesperado. No encontró lo que buscaba.
       “Necesitamos volver al colegio, quiero platicar con Alice.”
       “¿Estás loco, Guedes? ¿Volver al colegio y dejar que se escape el asesino? Tenemos que quedarnos aquí esperándolo.”
       “Necesito aclarar una cosa importante con esa niña. Y aún no sabemos si Gumercindo es el asesino.”
       “¿Aclarar qué? No hay nada más que elucidar. Y las monjas no te dejarán hablar con la niña.”
       “Hagamos los siguiente. Tú te quedas aquí. Si Gumercindo aparece lo detienes, sólo eso, no quiero que aprietes al sujeto, nada, ¿me entiendes?, detienes al sujeto y me esperas. Me esperas, no hagas nada.”
       “¿Le hago un cafecito?”
       “¡No haces ninguna mierda, te lo estoy ordenando! Soy el más viejo y estoy al frente de la investigación. Órdenes del delegado.”
       Leitão balanceó la cabeza, estaba tomando nota otra vez.
       “¿Estamos de acuerdo?”
       Leitão balanceó la cabeza una vez más.
       “Anda, responde, ¿estamos de acuerdo?”
       “Sí.”
       “Esperas a que regrese.”
       “Sí.”
       Guedes descendió del cerro y fue al colegio.
       Fue recibido en la puerta por la hermana Celestina y cuatro monjas más, entre ellas la madre superiora. Las hermanas se apostaron unidas hombro con hombro frente a Guedes, preparadas para impedir que invadiera el colegio.
       “No es usted bienvenido en esta casa”, dijo la madre superiora.
       “Señora madre superiora, hermana Celestina, apreciadas hermanas, vengo aquí como funcionario de la Justicia en misión oficial para pedirles un favor, un simple favor, fácil de ser atendido, y prometo que me retiraré, muy agradecido, en seguida.”
       “Diga cuál es ese favor y sea breve.” La voz de la madre superiora era firme y ronca.
       “Sabemos que las alumnas, desobedeciendo las órdenes, salían de los terrenos del colegio y obtenían las flores en un orquidario que está en lo alto del cerro. El orquidario es de un guardabosques de nombre Gumercindo. Nosotros fuimos allá y encontramos un cordón con una medallita, como los que usan las alumnas del colegio. Sospecho que esa medallita no pertenecía a ninguna de las niñas asesinadas, al contrario de lo que piensa mi colega. Creo que esa medalla era de la alumna Alice, y que ella se la dio voluntariamente al guardabosques. Es muy importante para nosotros averiguar eso”, dijo Guedes apresuradamente, al percibir un gesto de impaciencia en la hermana Celestina, “no queremos acusar a un inocente.”
       Las monjas confabularon en voz baja. La hermana Celestina se retiró. Las monjas que se quedaron, ahora tomadas de las manos, formaron una barrera más compacta frente a Guedes.
       No tardó mucho en volver la hermana Celestina. Susurró al oído de la madre.
       “Cuente eso al policía”, ordenó la madre superiora.
       Con voz titubeante, la hermana Celestina dijo que la alumna Alice había confesado que realmente había entregado el cordón y la medalla al guardabosques. Gumercindo había dado a Alice otra orquídea, pero Alice quería una más bonita y había ofrecido el cordón y la medalla a cambio.
       Guedes dio las gracias y se retiró. Subió al cerro lo más rápido que sus fuerzas le permitían.
       Leitão estaba en la puerta de la casa de Gumercindo.
       “¿Vino el sujeto?”
       “Está ahí dentro”, dijo Leitão.
       Gumercindo estaba tirado en la sala, su camisa empapada de sangre. A un lado la imagen de Exu en pedazos.
       “¡Mierda, lo mataste!”
       “Se resistió.”
       “La medallita se la dio la niña.”
       “Se resistió.”
       “¡No me jodas con que se resistió!”
       “Bienaventurados los que tienen sed y hambre de justicia.”
       “Eres un fanático, Leitão.”
       “Yo estoy en paz con mi conciencia. Estoy en paz con Dios. Llevo el amor de Jesús en el corazón.”




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