Rubem Fonseca
(Juiz de Fora, Minas Gerais, Brazil, 1925-)


Idiotas que hablan otra lengua (1994)
(“Idiotas que falam outra língua”)
O buraco na parede: contos
(São Paulo: Companhia das Letras, 1994, 159 págs.)


      Una recámara con un espejo en el techo. Al lado, con la puerta abierta, un baño. En el cuarto, una cama matrimonial, una silla, dos burós, varias botellas grandes de Coca-Cola, dos de ellas vacías, bolsas de papas fritas, paquetes de cigarros. SILVIA está desnuda, acostada en la cama, con una pierna levantada, doblada, el pie apoyado sobre la rodilla. José Roberto está de pie, también desnudo, al lado de la cama, cepillándose los dientes.

       JOSÉ ROBERTO (mientras se cepilla los dientes con un cepillo sin pasta)
       Odio pocas cosas en la vida, y una de ellas es que te cepilles los dientes con mi cepillo. Eso me molesta, no sé cómo puedes confundirte, nuestros cepillos son tan diferentes, ¿ves?, el tuyo es azul, el mío rojo, ¿ves? azul, rojo, y el tuyo tiene el mango más largo, y las cerdas del mío son más blandas y delgadas, y el mío tiene un agujerito en la punta del mango, y el tuyo no. Azul, ¿estás viendo?, rojo, ¿ves?, no eres daltónico, odio esto, lo odio, disculpa que insista, no es que esté molesta contigo, llevamos quince años de casados, pero yo soy, cómo lo diré, convencional, me casé virgen porque soy convencional, me cepillo los dientes con mi cepillo porque soy convencional, soy una esposa fiel porque soy convencional, cuido de la casa cuando sales a trabajar de nueve de la mañana a nueve de la noche porque soy convencional, el hombre trabaja y la mujer cuida la casa y acepto eso porque soy convencional y odio que te cepilles los dientes con mi cepillo porque soy convencional.

       SILVIA
       La imitas perfectamente, sólo falta aquel hum ham que ella hace. Hum, ham.

       JOSÉ ROBERTO
       Habló media hora sin parar sobre eso de que me cepillo los dientes con su cepillo. Fue entonces que lo decidí.

       SILVIA
       ¿Es por eso que te estás cepillando los dientes con mi cepillo? ¿Para vengarte de ella?

       JOSÉ ROBERTO
       Siempre me he cepillado los dientes con tu cepillo.

       SILVIA
       ¿Y qué haces todos los días de nueve de la mañana a nueve de la noche?

       JOSÉ ROBERTO
       Vengo aquí.

       SILVIA
       Lunes, miércoles y viernes. ¿Y los martes y jueves?

       JOSÉ ROBERTO
       Voy al cine. Tengo que mantener un patrón. Para que ella no desconfíe.

       SILVIA
       ¿Y por qué no vienes los miércoles y sábados?

       JOSÉ ROBERTO
       Viernes. No quiero cansarte.

       SILVIA
       Nunca me cansas, eres un cogelón salvaje.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿No quieres saber lo que he decidido?

       SILVIA
       No puedes decidir nada. El dinero es de ella.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Quieres saberlo o no?

       SILVIA
       Ya te cepillaste los dientes. Ven a la cama. Estoy que goteo.

       Silvia abre las piernas y José Roberto se echa sobre ella. Se besan. Movimientos de fornicación.

       SILVIA
       Anda, dime.

       JOSÉ ROBERTO
       Estoy loco por ti.

       SILVIA
       ¿Qué más?

       JOSÉ ROBERTO
       Te quiero, te quiero.

       SILVIA
       ¿Y qué más?

       JOSÉ ROBERTO
       Te adoro.

       SILVIA
       ¡Más! ¡Más!

       JOSÉ ROBERTO
       Eres mi sol, el aire que respiro (aspira ruidosamente el aliento de la boca jadeante de Silvia), mi vida.

       SILVIA
       ¡Habla, habla!

       JOSÉ ROBERTO
       Adoro coger contigo. Mi ángel. ¡Mi luz! ¡Carajo!

       SILVIA
       Más. Ay, ay, más, más, más, estoy a punto de venirme.

       JOSÉ ROBERTO
       Me encanta enterrarte el palo.

       SILVIA
       Me estoy viniendo, muérdeme, goza conmigo.

       JOSÉ ROBERTO
       Voy a matar a Lili.

       SILVIA
       A mí también. ¡Di que me matas!

       JOSÉ ROBERTO
       Te mato.

       SILVIA
       Me estoy viniendo.

       Los dos se abrazan furiosamente. Ruedan en la cama. Finalmente se quedan inmóviles, José Roberto encima de Silvia, los dos con las piernas estiradas. José Roberto aparta su rostro.

       JOSÉ ROBERTO
       Aparecieron tus ojeras. Me gusta tu rostro con ojeras. ¿Oíste lo que dije?

       SILVIA
       Que me amas, que me adoras. Tus espaldas son lindas, llenas de músculos, mira en el espejo. (Coge una botella de Coca-Cola vacía. Abre otra. Llena un vaso. Toma papas de la bolsa. Bebe y come.) ¿Crees en esa historia de que la Coca-Cola produce celulitis?

       JOSÉ ROBERTO
       Voy a matar a Lavínia.

       SILVIA
       ¿Sólo porque no te deja cepillarte los dientes con su cepillo? Pásame un cigarro (Roberto toma el paquete del buró que está a su lado.) Gracias. ¿Dónde está el encendedor? Siempre me dejas con ojeras. El encendedor está en el baño. Espérame, voy por él.
       En el baño, Silvia, con un lápiz de maquillaje, oscurece aun más las ojeras bajo sus ojos. Ya va hacia el cuarto y se acuerda de recoger el encendedor. Vuelve al cuarto.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Oíste lo que te dije?

       SILVIA
       ¿Del cigarro? ¿Da cáncer?

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Oíste lo que dije?

       SILVIA
       ¿Que vas a matar a Lavínia?

       JOSÉ ROBERTO
       No aguanto más.

       SILVIA
       Podríamos hacer un viaje juntos.

       JOSÉ ROBERTO
       Viajar es conocer idiotas que hablan otra lengua.

       SILVIA
       Siempre me dejas con ojeras, eres un cogelón salvaje.

       JOSÉ ROBERTO
       No estoy bromeando. (José Roberto comienza a vestirse.)

       SILVIA
       ¿No vas a bañarte?

       JOSÉ ROBERTO
       Quiero quedarme con tu olor en mi cuerpo. (Coloca cariñosamente la mano en el pubis de SILVIA. Luego pone la misma mano sobre la nariz y aspira profundamente.) ¡El aroma de la vida! ¿Ya te conté que antes de conocerte le tenía horror al coño?

       SILVIA
       Llévale un regalo.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Qué?

       SILVIA
       Chocolates. Para que se ponga aun más gorda.

       Cocina amplia y moderna, llena de gadgets, de la casa de José Roberto y Lavínia. Ella viste un delantal con el borde de encaje sobre un vestido elegante de seda. Usa un collar, aretes, anillos. Prepara la comida mientras consulta un grueso libro de recetas.

       LAVÍNIA (colocando los ingredientes en una ensaladera)
       Ya puse la endibia. Lechuga, rábanos, zanahoria, col-de-bruselas. Unas gotas de vinagre de manzana. Ah, la langosta. Mezclarlo todo.

       José Roberto entra a la cocina con una caja de chocolates en la mano.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Ahora te ha dado por hablar sola?

       LAVÍNIA (esconde el libro de recetas debajo de una servilleta)
       Estoy haciendo una ensalada hum ham para ti. ¿Te gusta mi peinado? Renan es un genio. Quince minutos, hum ham veinte máximo, estaba listo este peinado. ¿No es un genio hum ham?

       JOSÉ ROBERTO
       Es un genio.

       LAVÍNIA
       ¿Cómo te fue hoy?

       JOSÉ ROBERTO
       Como siempre. (Probando algo del plato y haciendo una mueca.) ¿Endibia de nuevo? No soy conejo para comer estas yerbas.

       LAVÍNIA
       Cuando descansa Cilda siempre te hago hum ham una ensalada. Tienes que bajar tu colesterol.

       JOSÉ ROBERTO
       La endibia aumenta el colesterol. El huevo, la manteca, el tocino hacen bajar el colesterol, es el último descubrimiento de los investigadores de una universidad sueca.

       LAVÍNIA
       Sólo creo en las hum ham investigaciones americanas.

       JOSÉ ROBERTO
       Los americanos lo han confirmado. Investigaciones recientes. Lo leí ayer. Hasta lo recorté para ti. Luego te lo enseño.

       LAVÍNIA
       No hum ham creo.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Me estás llamando mentiroso? Sabes que nunca miento.

       LAVÍNIA
       Las investigaciones son mentirosas, principalmente las últimas investigaciones. ¿Qué es eso que tienes en la mano?

       JOSÉ ROBERTO
       Chocolates.

       LAVÍNIA
       ¿Chocolates? No, no, sabes que no puedo comer chocolates. Provocan celulitis, es un hum ham veneno terrible. (Arrebata la caja de chocolates de la mano de José Roberto y la abre ansiosamente.) Más aún estos hum ham chocolates alemanes, son veneno puro, solamente una loca rematada comería esta hum ham porquería, ¿por qué me haces esto, por qué? Sabes que no resisto, eres muy malo, no me resisto hum ham a los chocolates, es mi vicio. (Come vorazmente los chocolates, habla mientras come) Esto es un veneno, hum ham voy hum ham a arrepentirme, qué delicia, una que otra vez (come, come) hum ham esto no hace mal, dicen que una que otra vez hum ham los chocolates no hacen mal. Dicen, dicen, dicen.

       JOSÉ ROBERTO
       Es un veneno. Pero no es el peor de los venenos.

       LAVÍNIA (devorando los chocolates)
       ¿Existe un veneno peor?

       JOSÉ ROBERTO
       Depende.

       LAVÍNIA
       ¿Depende de qué? ¿Cuál es el peor veneno para ti? ¿Ves lo que haces?, me acabé la caja, Dios mío, hum ham qué locura, me los comí todos, hum ham estoy demente. Debería meterme el dedo en la garganta y vomitar esa porquería. ¿Cuál es el peor veneno según tú?

       JOSÉ ROBERTO
       Soñar.

       LAVÍNIA
       Qué cosa más sin pies ni cabeza.

       JOSÉ ROBERTO
       Ciertos sueños son muy venenosos. Todos los sueños son venenosos. Mis sueños son venenosos.

       LAVÍNIA
       Has dicho que nunca sueñas. Vamos a la sala, la mesa ya está lista, hay pan negro, té de jazmín y grapefruit para comer con la ensalada.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Sabes cuál es mi sueño venenoso?

       LAVÍNIA
       Tienes que comer de todo. Una buena esposa tiene que hacerse cargo de su marido.

       JOSÉ ROBERTO
       Mi sueño es matarte.

       LAVÍNIA (riendo, un poco perturbada)
       Tú no tienes coraje ni para matar una hum ham cucaracha.

       JOSÉ ROBERTO
       Una mujer, la mujer propia, es diferente.

       LAVÍNIA
       ¿Y cómo ibas a matarme?

       JOSÉ ROBERTO
       Echando veneno en tu té de jazmín.

       LAVÍNIA
       ¿Dónde está el hum ham veneno?

       JOSÉ ROBERTO
       Aquí, en mi bolsillo.

       LAVÍNIA
       Muéstramelo.

       José Roberto saca del bolsillo un pequeño frasco oscuro.

       JOSÉ ROBERTO
       Míralo.

       LAVÍNIA
       ¿Y, hum ham, vas a echarlo en mi té?

       JOSÉ ROBERTO
       Ahora mismo. Espera aquí. No te muevas.

       Lavínia se queda inmóvil como una estatua. José Roberto va a la cocina cargando dos tazas de té.

       JOSÉ ROBERTO (vuelve, extiende una de las tazas hacia Lavínia)
       Anda, toma.

       LAVÍNIA
       Antes ya me mataste una vez, ¿te acuerdas? Con veneno, hum ham también.

       JOSÉ ROBERTO
       Ahora no es broma.

       LAVÍNIA
       Estás triste. No te pongas hum ham triste, no. No me gustas triste.

       JOSÉ ROBERTO
       Perdóname. Perdóname.

       LAVÍNIA
       Eso le pasa a muchos hombres. De repente, el fuego se apaga. Y tú no quieres hacerte el hum ham tratamiento con aquel médico alemán.

       JOSÉ ROBERTO
       Japonés.

       LAVÍNIA
       Japonés era el del ham hum implante. Yo estaba en contra del implante, te dije ham hum que estaba contra el implante, aquello siempre duro, hum ham qué cosa más extravagante.

       JOSÉ ROBERTO (bebiendo de su taza)
       Bebe el veneno.

       LAVÍNIA (vacía la taza de un solo tragó)
       Eres un niño, ¿sabes?, hum ham, un niño. ¿Y ahora? ¿A qué quieres jugar? ¿Al cauboi? Tú eres el muchacho y yo soy el bandido, ham hum la bandida. Ve a buscar el revólver.

       JOSÉ ROBERTO
       Perdóname, Perdóname. Creo que es mejor que te sientes.

       LAVÍNIA
       Vamos a comer a la mesa.

       JOSÉ ROBERTO
       Siéntate.

       LAVÍNIA
       Es un fenómeno mental, ya lo sabes, hum ham, ¿o no?

       JOSÉ ROBERTO
       Sí.

       LAVÍNIA
       Comenzó cuando empezaste a trabajar con mi padre. Creo que, deja de golpear en la madera (golpea la mesa), cuando mi padre muera te pondrás bien, hum ham.

       JOSÉ ROBERTO
       Es posible. Perdóname, perdóname.

       LAVÍNIA
       No necesitas pedir disculpas. Eso hum ham le ocurre hasta a la gente de la policía. Esos negros fuertes.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Sientes alguna cosa?

       LAVÍNIA
       Un poco de hambre.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Solamente?

       LAVÍNIA
       Y ganas de hacer pipí.

       JOSÉ ROBERTO
       Nada de que vas a hacer pipí; quédate sentada. ¿No empiezas a sentir dolor de estómago?

       LAVÍNIA
       ¿De estómago? No.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Ni siquiera un dolorcito de cabeza?

       LAVÍNIA
       No.

       JOSÉ ROBERTO (pasando la mano por su estómago)
       ¿Habré cambiado las tazas? Carajo, ¡cambié las tazas!

       LAVÍNIA
       Vamos a comer. ¿No dijiste que tenías que salir hoy por la noche? Yo también tengo un hum ham compromiso más tarde.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Qué mugre de veneno es éste que no mata a nadie? El tipo garantizó que una gota mataba un caballo. No se puede confiar en nadie, puta madre, qué infierno, en este momento hasta ganas me dan de morirme.

       LAVÍNIA
       Hazte el implante, querido, un hombre ham hum se vuelve muy desdichado cuando hum ham cuando hum ham no consigue ya cumplir con sus obligaciones.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Vas a morirte o no?

       LAVÍNIA
       Hagamos de cuenta que ham hum he muerto. Listo, me morí. (Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.)

       JOSÉ ROBERTO (arrojándose sobre Lavínia, agarrándola por el pescuezo, haciéndola caer al suelo junto con la silla. Arrodillado, ahorca a Lavínia)
       ¡Ham hum y de veras te moriste ham hum ham hum ham hum haaam huuum!

       Los dos quedan tirados en el suelo, inmóviles.

       JOSÉ ROBERTO (levantándose)
       Veneno de mierda.

       José Roberto camina por la cocina. Toma distraído un pedazo de endibia, se lo lleva a la boca y escupe.

       JOSÉ ROBERTO
       Endibia. ¿Quién inventó esta mierda? (Se arrodilla al lado de Lavínia.) Lavínia ¡Lavínia! (Sacude el cuerpo de Lavínia.) Estás bromeando, ¿verdad? (Coloca la oreja en el pecho de ella.) Caramba, maté a una inocente, ¡maté a una santa! Voy a entregarme. Confesaré todo, merezco ser castigado.

       José Roberto coge el teléfono que está en la mesa y marca.

       JOSÉ ROBERTO (al teléfono)
       Vamos, vamos, contesta. ¿Bueno, bueno? ¡Maté a una santa! ¿No me entiendes? Maté a una santa. El veneno no hizo efecto, la ahorqué. ¿Que cómo la ahorqué? Con las manos, carajo, la agarré por el pescuezo. Antes le di el veneno, pero el veneno no hizo efecto, era un veneno que debía ser instantáneo y matar un caballo, pero quizá sólo matara caballos, cada animal tiene sus enzimas propias y al caer en su estómago no hizo efecto, las mujeres son más fuertes que los caballos, está probado. Estoy hablando en serio. Ella se quedó ham hum ham hum y me dio endibia para comer y todo eso me fue irritando y le di el veneno, pero el veneno no hizo efecto y la agarré por el pescuezo y la ahorqué. Y tú tienes la culpa. Claro que tienes la culpa, te dije que iba a matar a Lavínia y estuviste de acuerdo. Implícitamente. ¿Qué vas a venir a hacer aquí? Te juro que es verdad, ella está tendida aquí frente a mí, la santa, ya empezó a enfriarse. ¡No sé lo que voy a hacer con el cuerpo! Estoy tranquilo, estoy tranquilo, hasta donde un asesino puede mantenerse tranquilo. Entonces ven, entonces ven. ¿Cuánto tiempo? ¿Estás bañándote? Entonces acaba de bañarte y ven. (Cuelga el teléfono.)

       Suena el teléfono. José Roberto lo levanta y escucha.

       JOSÉ ROBERTO (al teléfono. Sorprendido)
       Ham hum. (Escucha.) Hum ham. (Cuelga el teléfono.)

       José Roberto se sienta pensativo.

       Tocan el timbre. Coge a Lavínia y la coloca sentada en la silla. Sonido de pasos.

VOZ DE HOMBRE
       ¿Lavínia? ¿Estás ahí, Lavínia? Traje el material, mi amor.

       Un hombre asoma por la puerta de la cocina.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Quién eres tú?

       HOMBRE
       Silas. Me llamo Silas. Vine a traer un recado para doña Lavínia. (Nota, ahora, a Lavínia, sentada en la silla.) ¿Qué... qué le ocurrió?

       JOSÉ ROBERTO
       Silas. Tú eres el tipo que habló conmigo por teléfono. (Lo imita.) Mi amor, voy para allá con el material.

       SILAS
       Pensé que era ella la que había contestado, que estaba resfriada. Me engañaste con el hum ham. ¿Tú eres el marido?

       JOSÉ ROBERTO
       Sí, soy el marido, ¿y quién eres tú, mi amor?

       SILAS
       ¿No ibas a salir?

       JOSÉ ROBERTO
       Pero no salí.

       SILAS
       ¿Qué le pasa a ella?

       JOSÉ ROBERTO
       Se desmayó.

       Silas se acerca. Mira el cuerpo.

       SILAS
       Lavínia, Lavínia, después vuelvo, chau.

       José Roberto se para frente a él.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Qué material le traías, mi amor?

       SILAS
       Es sólo una manera de decir. A todas mis clientas las trató de mi amor.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Clientas?

       SILAS
       Doctor, doctor, yo soy quien les consigue el polvo.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Polvo? ¿Para nosotros? ¿Estás loco? ¿Polvo? Yo en polvo no tomo ni siquiera pinole.

       SILAS
       Lavínia aspira fuerte.

       JOSÉ ROBERTO
       Yo no sabía nada de eso. Eres un traficante jodido.

       SILAS
       Hay muchas cosas que no sabes.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Como qué, por ejemplo?

       SILAS
       Olvídalo.

       JOSÉ ROBERTO
       Olvídalo, ni madres.

       SILAS
       Y la culpa no es de ella.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Es mía?

       SILAS
       Eso ocurre. Podría ocurrirme a mí, pero te ocurrió a ti.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Qué me ocurrió?

       SILAS
       Ella me contó todo, pero no está bien que yo hable, y me pidió que guardara el secreto. Debiste haber buscado un médico, mi buen. Ella sufrió mucho, tardó mucho hasta, hasta... Y yo siempre la traté con mucho cariño... Dijo que luego que nosotros, tú sabes, que nosotros, tú sabes, nos hicimos íntimos, su relación contigo mejoró mucho. Quiero decir, tú sigues sin darle lo suyo, pero te trata bien, cuida de tu colesterol, pidió a su papá que te aumentara el sueldo, consiguió un remedio para tu caspa. En fin, la vida de ustedes mejoró mucho.

       JOSÉ ROBERTO (hablando para sí)
       Así que me atascaba de endibia mientras me ponía los cuernos. (Protestando.) Nunca tuve caspa.

       SILAS
       Pero ella te trata bien, ¿o no?

       JOSÉ ROBERTO
       Me trataba.

       SILAS
       ¿Sabes por qué? Porque es una mujer satisfecha. Modestia aparte, eso me lo debes a mí. ¿Te trataba? ¿Ya no te trata? (A Lavínia.) Hey, mi bien, trátalo bien.

       JOSÉ ROBERTO
       Debo estar soñando.

       SILAS
       Tiene un color extraño. (Silas toma la mano de Lavínia.) Su mano está fría. (Silas suelta la mano de Lavínia. El brazo de Lavínia se balancea abandonado.) Lavínia. ¡Lavínia! ¿De qué son esas marcas que tiene en el cuello?

       Silas retrocede. Los dos hombres se miran.

       SILAS
       Creo que es mejor que me vaya.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Tienes prisa?

       SILAS
       Tengo que hacer otra entrega.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Cómo era aquello, ustedes dos en la cama?

       SILAS
       Tengo que irme.

       José Roberto le cierra el paso.

       SILAS
       Estoy armado, mi buen.

       JOSÉ ROBERTO
       Enséñame el arma.

       SILAS
       ¡Quítate de enfrente!

       JOSÉ ROBERTO
       Enséñame el arma, quiero verla.

       Silas saca un cuchillo de la cintura.

       SILAS
       Quítate de enfrente o te rajo.

       JOSÉ ROBERTO
       Crees que soy impotente, ¿verdad? No lo soy. Puedo echarme dos palos sin sacarla.

       SILAS
       Eso no fue lo que Lavínia me contó.

       JOSÉ ROBERTO
       Para cogerte a mi mujer tenías que llenarte de polvo, raquítico de mierda. ¡Mira mi brazo! ¿Ves el conejo? (José Roberto se quita el saco, se arremanga y muestra el bíceps.) Enséñame tu conejo. Ándale, enséñamelo, miserable, piltrafa, traficante, analfabeto.

       SILAS (blandiendo el cuchillo)
       Aquí está mi conejo, pinche cornudo impotente.

       JOSÉ ROBERTO (abriendo un cajón de la mesa de la cocina y sacando un cuchillo largo para cortar carne. El cajón cae al suelo con un estrépito fuerte, regando tenedores y cuchillos)
       No soy impotente, hijo de puta.

       SILAS
       Yo enseñé a coger a tu mujer. Enseñé a reír a tu mujer.

       José Roberto se arroja sobre Silas y lo golpea en el pecho con el cuchillo.

       SILAS (poniéndose la mano en el pecho y tambaleándose)
       Me diste, me diste feo.

       JOSÉ ROBERTO
       Entonces, ¿eh, eh? ¿Quién es impotente?

       SILAS
       Tú.

       José Roberto levanta el brazo para darle otro golpe.

       SILAS
       Párale, mi buen, (se pone de espaldas a José Roberto y camina lentamente en dirección al fregadero.) Nunca maltraté a nadie. Este cuchillo es sólo para farolear... para impresionar a los tontos... (Suelta el cuchillo, que cae al suelo.) Mi negocio es dar felicidad a los otros. (Vuelve el rostro hacia José Roberto, cansado y melancólico.) A las mujeres, principalmente.

       Silas abre el grifo. Se apoya en el fregadero. Baja la cabeza y cae.

       JOSÉ ROBERTO
       Hey, rata, levántate de ahí. Voy a ponerte un curita en ese rasguño y vas a quedar como nuevo. (José Roberto se inclina sobre Silas.) No vas a morirte y a dejarme la bomba en las manos, eh, nalgas meadas. Eh, eh (José Roberto sacude el cuerpo de Silas con fuerza). Pinche desnutrido de mierda, raquítico escroto, naco apestoso, ¿vas a morirte con una cuchilladita que no mataría ni a una gallina? Esto parece un sueño. El hijo de puta se murió. ¡Carajo!

       Pasos. Una mujer aparece en la puerta.

       JOSÉ ROBERTO
       Carajo, Regina, tardaste mucho y acabé haciendo otra cagada.

       REGINA
       Me estaba bañando cuando telefoneaste. Tardo secándome los cabellos y peinándome. Tú lo sabes.

       JOSÉ ROBERTO
       Ya te he pedido mil veces que te cortes los cabellos.

       REGINA
       Lo dices para que NO me corte el cabello.

       JOSÉ ROBERTO
       La culpa es tuya. Maté a Lavínia por tu culpa. Y ese sujeto apareció y dijo que yo era impotente. ¿Sabías que Lavínia aspiraba cocaína?

       REGINA
       ¿La mataste porque aspiraba cocaína?

       JOSÉ ROBERTO
       No, no. Cuando te dije que iba a abandonar a Lavínia me dijiste que no tendría coraje porque el dinero era de ella.

       REGINA
       ¡¿Dije eso?! ¿Estás loco?

       JOSÉ ROBERTO
       Esto parece un sueño.

       REGINA
       En realidad estás soñando. ¿Cuándo te dije eso?

       JOSÉ ROBERTO
       Ayer. En tu casa.

       REGINA
       Ayer fue miércoles. Nunca vas a mi casa los miércoles. Lunes, miércoles y viernes vas al cine. Para crear un patrón, como tú mismo dices.

       JOSÉ ROBERTO
       Esto parece un sueño.

       REGINA
       ¿Y ahora?

       Suena el teléfono.

       JOSÉ ROBERTO
       Lo que más odio después del dentista y la endibia es el teléfono.

       REGINA
       Contesta.

       JOSÉ ROBERTO
       Hay una cosa que nunca te conté y debí habértela contado.

       REGINA
       Contesta el teléfono.

       José Roberto contesta el teléfono.

       JOSÉ ROBERTO (al teléfono)
       Hay una cosa que nunca te conté y debí habértela contado. Aquello de que iba al cine los lunes, miércoles y viernes... ¿Qué? Claro, me confundí, los martes y jueves; bueno, eso era mentira, no iba al cine los martes y jueves, iba a encontrarme con Regina. ¿Quién es Regina? Mi otra novia. Espera, espera, déjame explicarte, soy un hombre dividido, un hombre puede amar a dos mujeres con el mismo fervor, trata de entender, querida. Otra cosa: ¿fuiste tú quien me dijo que no podría separarme de Lavínia porque ella era la dueña del dinero?

       REGINA (arrancando el teléfono de la mano de José Roberto con violencia)
       Bueno, ¿Cómo te llamas? ¿Silvia? Ven para acá, Silvia, este mentiroso nos engañaba a las dos. Lunes, miércoles y viernes contigo; martes y jueves conmigo, y aquel rollo del cine para crear un patrón. ¿También te pedía a ti que lo llamaras cogelón salvaje? (Regina da varios golpes en el pecho a José Roberto, que no se defiende?) Sí, le estoy pegando. ¿Cómo? Dándole golpes en el pecho al cogelón salvaje. ¿Que le pegue con suavidad? Idiota, te estaba tomando el pelo, me estaba tomando el pelo y ahora inventa que mató a su mujer por nuestra culpa. Sí, como lo escuchas, la mató, mató a su mujer. ¿Tú fuiste quien le dijo que Lavínia era la dueña del dinero, o no?

       JOSÉ ROBERTO
       Carajo, parece un sueño.

       REGINA
       Entonces ven. (Cuelga el teléfono?) Viene para acá.

       JOSÉ ROBERTO
       Qué bueno, Silvia es una persona muy práctica.

       REGINA (Golpeando a José Roberto)
       Yo también soy muy práctica, idiota. Vamos a esconder los cuerpos de esos dos infelices.

       JOSÉ ROBERTO
       Te considerarán mi cómplice si lo descubren. Es mejor que te vayas.

       REGINA
       ¿Quién es este sujeto que te llamó impotente?

       JOSÉ ROBERTO
       Un traficante de cocaína.

       REGINA
       Difunto barato. El problema va a ser el cadáver de Lavínia.

       JOSÉ ROBERTO
       Eres un genio. Mayor que Renan.

       REGINA
       ¿Quién es Renan?

       JOSÉ ROBERTO
       Su peluquero.

       REGINA (dándole un golpe a José Roberto)
       Deja de confundir las cosas. Yo soy Regina, la otra es Silvia. ¿Es rubia o morena?

       JOSÉ ROBERTO
       Rubia.

       REGINA
       Una rubia y la otra morena. Para variar, perro.

       JOSÉ ROBERTO
       Ni pensé en eso.

       REGINA
       ¿Ese clóset tiene llave? Vamos a esconder los cuerpos ahí dentro y luego pensamos con calma lo que vamos a hacer. ¿Dónde está su criada?

       JOSÉ ROBERTO
       Hoy es su día de descanso.

       Los dos llevan los cadáveres al clóset. Limpian el piso. Recogen del piso el cajón de los cubiertos, lo colocan en su lugar y ordenan en él las piezas regadas por el piso. Se oye un timbre.

       JOSÉ ROBERTO
       Debe ser Silvia. (Sale.)

       REGINA (enciende un cigarro, camina por la cocina)
       Necesito dejar este vicio maldito, creo que me voy a hacer aquel tratamiento con láser... Por la cocina se puede saber quién es la mujer. Por la cocina y por el baño. Apuesto a que el baño está repleto de perfumes, cremas, champús, pomadas, depiladores, antimicóticos, desodorantes y una báscula. Es el tipo de mujer que se pesa y se mira en el espejo, se pesa y se mira en el espejo. No tiene olor, ni un pelo fuera de su lugar, ni una carnita fuera de lugar. No tenía, ahora murió. Murió, se jodió. (Levanta la servilleta que esconde el libro de recetas de cocina.) Un libro de recetas de cocina... Ahora a las doñas les ha dado por cocinar, se puso de moda... Ya quisiera verlas fregando las cacerolas... Ensalada meridional... tres manzanas, dos tomates, un pimiento rojo, un apio pequeño, jugo de limón, páprica... (hojea el libro.) Ensalada de endibias con aguacates... ensalada de coliflor cruda con manzana... ensalada de zanahoria cruda con berros y pepino... Este libro sólo tiene ensaladas... Eso no es cocinar, cocinar es ensopadiño, feijoada, sopa de entulho, rabada con polenta, carne asada con papas rosadas y salsa de ferrugem, ¡debe de estar en el fuego, carajo!

       Entran Silvia y José Roberto. Las dos mujeres se miran.

       REGINA
       Una rubia y otra morena. Una de cabello corto y otra de cabello largo. Una flaca y otra gorda. ¡Perro diversificador!

       JOSÉ ROBERTO
       Ella es Regina, ella es Silvia.

       SILVIA
       Vamos a lo que nos interesa. ¿Dónde está el cadáver?

       REGINA
       En el clóset.

       Silvia va hasta el clóset, abre la puerta.

       SILVIA
       ¿Son dos? ¿Quién es este hombre?

       REGINA
       Un tipo que lo llamó impotente.

       SILVIA
       ¿Mataste a un hombre porque te llamó impotente?

       JOSÉ ROBERTO
       Su nombre es Silas. Es un traficante. Mantenía una relación con Lavínia.

       REGINA
       Eso no me lo contaste. Entonces la santa las andaba dando por ahí, era comidita de traficante. Y se metía coca. (Se detiene Silvia.) ¿Sabías que se metía coca? ¿La santa?

       SILVIA
       ¿Cómo te atreviste a hacer una cosa como ésta?

       JOSÉ ROBERTO
       Mi bien...

       SILVIA
       No me llames mi bien.

       JOSÉ ROBERTO
       No sé cómo ocurrió. Fue sin querer.

       SILVIA
       Me dijiste que matarías a Lavínia y no lo creí.

       JOSÉ ROBERTO
       No quería, compré un veneno con una fecha de caducidad vencida y luego la agarré por el pescuezo como si la estuviera agarrando por el brazo, y cuando me acerqué a ver ya la había ahorcado.

       REGINA
       ¿Y el hombre?

       JOSÉ ROBERTO
       Él me sacó un cuchillo. (Abre el cajón de los cubiertos.) Carajo, mira, ese es el cuchillo, ¿ves cómo es diferente? Es su cuchillo. No fue porque me haya llamado impotente. Ustedes saben que no soy impotente. ¿O no? ¿No van a responder?

       SILVIA
       ¿Tu carro está en el garaje?

       JOSÉ ROBERTO
       Sí.

       SILVIA
       Un traficante puede aparecer muerto en cualquier lugar pues a nadie le importa. Traficante muerto es la cosa más natural que existe.

       REGINA
       No sirve ni para el periódico.

       SILVIA
       ¿Entonces? Lo ponemos en el carro y lo dejamos en un lugar desierto. Luego vemos lo que hacemos con Lavínia.

       JOSÉ ROBERTO
       No es necesario que vayamos todos. Basta con dos.

       REGINA
       Tú y una de nosotras.

       JOSÉ ROBERTO
       O ustedes dos. Me quedo para atender el teléfono.

       Regina da unos golpes a José Roberto.

       SILVIA
       Tú y una de nosotras. ¿Par o impar?

       REGINA
       Par. No, impar. Uno, dos y tres. Ganaste. Yo voy.

       Los tres sacan el cuerpo de Silas del clóset. José Roberto sale por un momento y vuelve con una sábana. Envuelven el cuerpo de Silas en la sábana. Después, Regina y José Roberto, cada quien agarrando un extremo del cuerpo, salen de la cocina.

       SILVIA (abriendo el refrigerador)
       Sólo cosas de dieta. Quien tenía que hacer eso era yo, comer legumbres, beber Coca de dieta, machetear en el gimnasio, dejar de ser gordita. Siempre pasa, si soy nueva, las personas no me encuentran gorda, me encuentran opulenta. Pero esa sibarita me llamó gorda, fingí que no la oía, pero me llamó gorda (imita a Regina), una flaca y otra gorda... Ella es mi rival, los rivales se dan golpes bajos, pero tal vez ella tenga razón, dentro de poco todos me van a encontrar, primero gruesa, luego obesa, después gordita, luego gordota, bomba, barrigona, tísica, lo sé, así las llamo yo a ellas. Aquí en la barriga puedo sentir ya una llantita juguetona, y aquí, aquí, encima del pecho, junto al brazo tengo esta gordura saliente, y aquí en las espaldas basta con que use un sostén apretado para que la manteca aparezca. Soy una mujer pélvica, las mujeres pélvicas engordan más que las mujeres claviculares, como la Regina esa. Abre los ojos, Silvia. (Se detiene en la puerta del clóset.) Soy una desalmada, egoísta, pensando en mis grasas mientras una infeliz está muerta ahí dentro. Muerta, para siempre, y si hay cielo no sé si ella se merece ir al cielo, metiéndose coca y poniéndole los cuernos al marido, aunque él se lo mereciera. Ay Dios mío, qué estoy haciendo aquí, ayudando a un criminal a esconder un cadáver sólo porque es mi novio y lo amo. No lo merece, pero lo amo, tengo que amar a alguien, es mejor amar a un loco que quedar chupándose el dedo. Además de que empiezan a faltar hombres en el mercado. Puta, cómo faltan hombres... en tiempos de mi madre sobraban... Me gustaría tanto oír un poco de música ahora, consumir un sueño de vals, olvidarlo todo e ir a la cama con mi cogelón salvaje. (Enciende un cigarro.) También me gustaría dejar de fumar, pero si dejo de fumar engordo. La vida es dura.

       Sonido de pasos. Regina y José Roberto entran a la cocina.

       REGINA
       Dejamos el cuerpo en un lugar desierto.

       SILVIA
       José Roberto, tengo una cosa muy importante que decirte. Te interesa también a ti, Regina. Es lo siguiente: tienes que escoger entre las dos. Con las dos no se puede. O una o la otra.

       JOSÉ ROBERTO
       Dejemos eso para después.

       REGINA
       Ahora. Tampoco me gusta compartir nada.

       JOSÉ ROBERTO
       Carajo.

       REGINA
       Carajo ni madres.

       SILVIA
       Vamos. Decide.

       JOSÉ ROBERTO
       Un hombre es capaz de amar a dos mujeres al mismo tiempo...

       REGINA
       El rollo de siempre.

       JOSÉ ROBERTO
       Así como puede gustarle la poesía y la música al mismo tiempo...

       SILVIA
       ¿Qué soy yo? ¿Música o poesía?

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Qué eres tú? Poesía.

       REGINA
       ¿Ella es la poesía? ¿Esa gorda? Si hay una cosa que no combina con la poesía es la gordura.

       SILVIA
       No quiero pelear, podría llamarte montón de huesos, comida de perro, pero no quiero pelear. Tú eres la poesía, yo la música, está bien. Pero estudié Letras en la facultad.

       REGINA (gritando)
       ¡Yo también estudié Letras!

       SILVIA
       ¿Y mis ojeras? José Roberto adora mis ojeras. Yo tengo ojeras, tú no.

       REGINA
       Esas ojeras son falsas. (Regina avanza hacia Silvia y con el dedo intenta borrarle las ojeras.) Las rubias no tienen ojeras.

       Las dos se agarran, caen, ruedan por el suelo.

       JOSÉ ROBERTO
       ¡Carajo! Parece un sueño. Estas mujeres enloquecieron. Niñas, ¡niñas! ¡Dejemos eso! Silvia, Regina, deténganse. (Se arroja entre ellas. Grita.) ¡Tenemos que ocultar el cadáver de Lavínia!

       Las mujeres dejan de pelear. Se arreglan las ropas, los cabellos.

       REGINA
       El problema es tuyo. No tengo nada que ver con eso. Finalmente, ¿con quién te vas a quedar? ¿Conmigo o con ella?

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Crees que tengo cabeza para resolver esto ahora? Las amo a las dos. ¡Lo juro por Dios! Después decido.

       REGINA
       Una vez que ocultemos el cuerpo de Lavínia.

       JOSÉ ROBERTO
       Una vez que ocultemos el cuerpo de Lavínia. Lo prometo, lo juro.

       SILVIA
       Voy a hacer un cafecito. Te gusta fuerte, ¿o no, amor?

       REGINA
       No muy fuerte. Y usa endulzante artificial. Tres gotas.

       SILVIA
       ¿Piensas que no lo sé? (Abre los armarios, busca.) Todo está mal organizado, no puedes encontrar nada, ah, aquí está el café, los filtros de papel, ahora sólo es cosa de sacar la cafetera, conectarla y listo.

       JOSÉ ROBERTO (mientras toma café)
       ¿Y si emparedamos a Lavínia? Emparedar a una persona no es una cosa envilecedora. Y tal vez los gusanos no se coman al emparedado, tal vez se seque como una momia. (Percibe duda en el rostro de las dos mujeres.) ¿No? Es una pena. A Lavínia le encantaría no ser comida por los gusanos.

       SILVIA
       ¿Aquí en la pared de la cocina?

       JOSÉ ROBERTO
       Tengo una pared muy buena en el área interna que da al patio. El patio está en obras y los albañiles dejaron picos, arena, cemento, todo, y no vuelven sino hasta el lunes. Vengan a ver.

       Salen todos. Silencio. Sólo se ve la cocina vacía durante mucho tiempo, un tiempo irritante, que parece que no pasa, que sugiere que ya nada va a ocurrir, que hace suponer que terminó el espectáculo. Alguien en la platea aplaude. Inmediatamente se oye un ruido fuerte y profundo de impacto, y otro más, aplausos que resuenan en el espacio de la cocina. Luego un estruendo aterrador.

       REGINA (off)
       Echaste al suelo la pared, ¡estás loco!

       Silencio. Treinta segundos. Entran José Roberto, sucio de escombros, cargando un pico, Regina y Silvia.

       JOSÉ ROBERTO (desconsolado)
       Hay cosas que sólo a mí me pasan. En la casa de mi abuelo había una pared que tenía que ser demolida, de ladrillo, sólo ladrillo, y fue necesario un tractor, ¿conocen aquellos que hacen surcos?, fue necesario un tractor para derrumbar la pared.

       REGINA
       ¿Y encontraron a tu abuela emparedada, momificada y feliz?

       JOSÉ ROBERTO
       Voy a agarrar a Lavínia por un brazo y la ahorco, doy una cuchilladita al traficante y mato al tipo ese, doy un golpe con el pico en mi pared y se derrumba. ¡Carajo!

       SILVIA
       Tu ascendente astral no anda bien. Debías tomar un baño de sal gruesa.

       REGINA
       Y debes haber despertado a los vecinos.

       JOSÉ ROBERTO
       La casa más próxima está a más de doscientos metros. Y los árboles amortiguan el ruido. Los vecinos que podrían oír es una pareja de sordos.

       REGINA
       Es. Es una pareja de sordos.

       SILVIA
       Son una pareja de sordos.

       JOSÉ ROBERTO
       No vamos a pelear por eso. Que se joda la concordancia gramatical. Voy a tomar un baño.

       José Roberto sale.

       REGINA
       Así es él. Que se joda la concordancia gramatical, que se joda la lógica, que se joda la fidelidad, que se joda la esposa, que se jodan las novias.

       SILVIA
       Cuatro meses.

       REGINA
       Yo ando con él desde hace ocho. Al principio se veía conmigo los lunes, miércoles y viernes, luego... Espera, hace exactamente cuatro meses que dijo que ya no podría verse conmigo los lunes, miércoles y viernes y empezó a verme solamente los martes y jueves. Fue cuando te conoció. Perro. Su próximo paso será abandonarme, conseguir otra y pasarte a ti a los martes y jueves. Creo que ya hasta sé quién es. Me ha hablado mucho de una muchachita que estudia balet.

       SILVIA
       Luciana. También me habló de ella.

       SILVIA y REGINA (simultáneamente)
       ¡Hijo de puta!

       REGINA
       Somos sus juguetitos. Cuando se harta, nos echa. Dentro de cuatro meses pasará a la joven bailarina a los martes y jueves, que serán tus días, y estarás fuera del esquema. Y luego será el turno de la bailarina, bailará de verdad. Estoy segura de que antes de nosotras, en enero, nueve meses atrás, había otras dos que lo llamaban cogelón salvaje. Y las echó también.

       SILVIA y REGINA
       ¡Hijo de puta!

       SILVIA
       Y nosotras como bobas escondiendo los cadáveres de este traidor.

       REGINA (limpiándose los ojos)
       Amo al tipo este.

       SILVIA
       ¿Estás llorando?

       REGINA
       Sí. ¿Y tú no tienes ganas de llorar?

       Las dos se abrazan llorando.

       REGINA (llorando, coge el teléfono)
       Creo que lo mejor es llamar a la policía. (Marca.) ¿Es la policía?

       José Roberto aparece, desnudo, con el pico en las manos.

       JOSÉ ROBERTO
       ¿Están llamando a la policía? ¿Quieren verme en la cárcel? (Levanta el pico sobre su cabeza.) Voy a matarlas.

       SILVIA (llorando)
       Eres un hombre bueno, dulce, gentil.

       REGINA (llorando)
       Te pedí que mataras una cucaracha y no la mataste. ¿Te acuerdas?

       José Roberto se aproxima a las mujeres con el pico en las manos. Se abrazan. Se besan. Se escucha el timbre.

       JOSÉ ROBERTO (mirando por la ventana de la cocina)
       Es la vecina, la sorda. ¡Carajo! Parece un sueño.

       REGINA
       Ve a vestirte. Yo hablo con ella.

FIN



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