Rudyard Kipling
(Bombay, India, 1865 - Londres, 1936)
Mrs. Bathurst (1904)
[Otro título en español: La señora Bathurst]
(“Mrs Bathurst”)
Originalmente publicado en Windsor Magazine (septiembre de 1904), en Inglaterra;
y Metropolitan Magazine (septiembre de 1904), en Estados Unidos;
Traffics and Discoveries
(Londres: Macmillan & Co., 1904, 393 págs.)
El día elegido por mí para visitar el H.M.S. Peridot en la Bahía de Simon fue
el mismo día que el Almirante había elegido para destinarlo al norte. Acababa de
zarpar cuando mi tren llegó y, dado que el resto de la Flota se hallaba reponiendo
las carboneras o practicando en los campos de tiro a unos mil pies de distancia,
me vi atrapado en el malecón y con el estómago vacío, sin posibilidad alguna de
regresar a Ciudad del Cabo antes de las cinco. Aun cuando mi situación era
crítica, tuve la suerte de dar con mi amigo el inspector Hooper, de Ferrocarriles del
Cabo, que en ese momento se encontraba al mando de una locomotora y de un
furgón de cola marcado con tiza para su reparación.
—Si consigues algo para comer —me dijo—, te llevo al apartadero de Glengariff
hasta que llegue la mercancía. Allí se está más fresco que aquí.
Como me aprovisionase de comida y bebida en la tienda de los griegos,
donde se vende de todo, la locomotora nos trasladó un par de millas hasta una
bahía de arena y un andén de tablas semienterrado a apenas cien yardas de la
orilla. Dunas moldeadas, más blancas que la nieve, se extendían tierra adentro a
través de un valle púrpura y marrón de rocas astilladas y matorral seco. Una
muchedumbre de malayos jalaba una red en la playa junto a dos botes pintados de
azul y verde; un grupo de excursionistas chillaban y bailaban descalzos allá donde
un pequeño río fluía a través del llano; y un círculo de áridas colinas, cuyos pies se
erigían sobre arenas plateadas, nos encerraba frente a un mar de siete colores. En
cada cuerno de la ensenada la línea de ferrocarril, que transcurría sobre el nivel de
la pleamar, se extendía a lo largo de un arcén de rocas apiladas y luego
desaparecía.
—Como puedes comprobar aquí siempre sopla la brisa —dijo Hooper abriendo
la puerta de la locomotora una vez hubimos alcanzado el apartadero, en tanto las
violentas sacudidas que el viento del sureste ejerce bajo el Pico de Elsie iban
depositando arena sobre nuestras cervezas.
Acto seguido tomó asiento para
ocuparse sin demora de un archivador repleto de documentos ensartados.
Acababa de regresar de un largo viaje por el interior que le había llevado hasta
Rodesia, donde había estado informando sobre el material rodante deteriorado. El
peso del viento apacible sobre mis párpados; su balada sonando bajo el techo del
vagón y allá en lo alto, entre las rocas; los finos granos de arena que se persiguen
musicalmente unos a otros en dirección a la orilla; el fatigoso discurrir del oleaje;
las voces de los excursionistas; el crujido del archivador de Hooper y la presencia
asegurada del sol, todo ello se aliaba con la cerveza para precipitarme en un
duermevela mágico. En el momento preciso en que las colinas de Bahía Falsa
estaban fundiéndose con las del país de las hadas escuché un ruido de pasos
procedentes del exterior y el tintineo de los ensamblajes.
—¡Parad! —espetó Hooper sin alzar la cabeza de la tarea que lo ocupaba—. Son
esos molestos chicos malayos, que siempre andan jugando con los vagones…
—No seas cruel con ellos. El ferrocarril es un refugio habitual en África —repliqué.
—Ciertamente lo es. Al menos, en el interior. Eso me recuerda —decía
mientras palpaba en el bolsillo de su chaleco—, que te traje algo de Wankie, al norte
de Bulawayo. Es más un souvenir que…
—El viejo hotel está habitado —se oyó una fuerte voz—. Hombres blancos que
hablan nuestro idioma. Marines destinados al frente. Vamos, Pritch. Ese es tu
Belmont. ¡Viva!.
La última palabra se deslizó como una soga mientras el señor Pyecroft rodeaba
la puerta abierta y examinaba atentamente mi rostro. Tras él, un Sargento de
Marines de porte inmenso seguía el rastro de un tallo de alga desecada a la par
que se limpiaba nerviosamente la arena de los dedos.
—¿Qué hacéis aquí? —pregunté—. Pensaba que el Hierofante estaría en algún
lugar apartado de la costa.
—Llegamos el martes pasado de Tristan D’Acunha para revisar las placas de
sujeción de las calderas y nos quedaremos un par de meses en el astillero.
—Suban y siéntense —los invitó Hooper apartando a un lado el archivador.
—Este es el señor Hooper, del Ferrocarril —exclamé al tiempo que Pyecroft se
giraba para tirar del sargento de oscuros mostachos.
—Este es el Sargento Pritchard, del Agárico, un viejo compañero de
tripulación —dijo él—. Estábamos dando una vuelta por la playa.
El monstruo se
sonrojó y asintió con la cabeza. Solamente él ocupaba un lado entero del furgón
una vez se hubo sentado.
—Y este es mi amigo, el señor —anuncié a Hooper, quien andaba ya
afanado con la cerveza extra que mi instinto profético había decidido comprar a los
griegos.
—Moi aussi —indicó Pyecroft, y extrajo del interior de su casaca una botella
etiquetada de dos pintas.
—¡Pero si es Bass! —aulló Hooper.
—Fue cosa de Pritchard —dijo Pyecroft—. No se le resisten.
—Eso no es así —replicó Pritchard con delicadeza.
—Quizá no al pie de la letra, pero los ojos nunca engañan.
—¿Dónde la conseguisteis? —quise saber.
—Fue un poco más al norte, en la Bahía de Kalk. La chica estaba sacudiendo
una alfombra en el porche trasero. Pritch no tuvo más que apuntar con sus
cañones para que ella se deslizara al interior y la lanzase por encima del muro.
Pyecroft palmoteó la tibia botella.
—Todo fue un malentendido —dijo Pritchard—. No me sorprendería que me
hubiese confundido con Maclean. Tenemos más o menos la misma corpulencia.
Yo había oído a los residentes en Muizenberg, St. James y la Bahía de Kalk
quejarse acerca de la dificultad de encontrar cerveza y buenos sirvientes en la
costa, y ahora empezaba a darme cuenta del motivo. No obstante la Bass era
excelente, y bebí también a la salud de aquella generosa criada.
—Es el uniforme lo que las atrae y ellas las que, a su vez, atraen al uniforme —dijo Pyecroft—. Mi azul marino simplón es respetable, pero no termina de
encandilarlas. Ahora bien, enfundado en su casaca roja Pritch es todo un Real
Marine –un miembro nato del Cuerpo, diría yo.
—Te digo que ella debió tomarme por Maclean —insistió Pritchard—. Vamos, por
favor, ¡escuchen lo que dice! Si ayer sin ir más lejos no pensabas eso…
—Pritch —dijo Pyecroft—. Te lo advierto con tiempo. Si empezamos a contar lo
que sabemos el uno del otro acabarán echándonos del bar. Por no hablar de
deserción calificada en repetidas ocasiones…
No fueron más que ausencias sin permiso. Te desafío a que demuestres lo
contrario —dijo el Sargento con vehemencia—. Y si llegases a hacerlo, ¿qué me
dices de lo de Vancouver en el ‘87?.
—¿Qué quieres que te diga? ¿Quién remaba a proa en el bote que nos
condujo a tierra? ¿Quién le dijo al Niño Niven…?.
—Supongo que seríais puestos a disposición de un tribunal militar —intervine.
La historia del Niño Niven, que llegó a seducir a siete u ocho marineros e infantes
de marina cualificados para que se adentrasen en los bosques de la Columbia
Británica, era toda una leyenda de la Flota.
—Sí, fuimos sometidos a un consejo de guerra —dijo Pritchard—, pero
habríamos sido juzgados por asesinato si el Niño Niven no hubiese estado más
aguerrido que de costumbre. Nos contó que tenía un tío que nos iba a ceder tierras
de cultivo. Decía que él había nacido en las entrañas de la isla de Vancouver, y a
cada instante se comportaba como un huérfano chiflado del hogar benéfico de
Barnardo.
—Y sin embargo le creímos —dijo Pyecroft—. Yo, tú, Paterson… y ¿quién era el
Marine aquel que acabó casándose con la vendedora de cocos –el de la boca
grande?
—Oh, Jones, Escupidera Jones. Ya no me acordaba de él —dijo Pritchard—. Sí,
Escupidera le creyó, y también George Anstey y Moon. Éramos demasiado
jóvenes e impetuosos.
—Pero afectuosos y confiados en buen grado —dijo Pyecroft.
—¿Recuerdas cuando nos dijo que caminásemos en fila india por miedo a los
osos? ¿Recuerdas, Pye, cuando se arrojó a esa ciénaga llena de helechos y
desde allí olfateaba y decía que era capaz de oler el humo de la granja de su tío?
Aquello no era más que un sucio islote deshabitado. Lo recorrimos en un día y
después regresamos a la playa a por nuestro bote. Un día entero nos tuvo el Niño
Niven caminando en círculos para dar con la granja de su tío. ¡Y no se cansaba de
decir que su tío estaba obligado por la ley de la tierra a cedernos una granja!
—No te acalores, Pritch. Le creímos y ya está —dijo Pyecroft.
—Había estado leyendo libros. Solo lo hizo para conseguir bajar a tierra y que
se hablase de él. Un día y una noche estuvimos ocho de nosotros siguiendo al
Niño Niven por una isla deshabitada del archipiélago de Vancouver. Luego vino
una patrulla naval a por nosotros, feliz hatajo de idiotas.
—¿Qué castigo recibieron ustedes? —preguntó Hooper.
—Una intensa tronada acompañada de relámpagos que no cesaron hasta
pasadas dos horas. A partir de ahí se sucedieron las borrascas de granizo, la mar
confusa y un tiempo frío y hostil hasta el término de la expedición —dijo Pyecroft—.
Todo eso lo esperábamos, pero lo que nos afectaba de verdad –y le aseguro, señor Hooper, que incluso a un hombre de mar puede partírsele el corazón– es que
alguien dijese de nosotros, marineros cualificados y prometedores infantes de
marina, que habíamos engañado al Niño Niven. Que supuestamente nosotros, que
no buscábamos otra cosa que recuperar el cultivo y la explotación de la tierra, lo
habíamos engañado. Él, cómo no, se opuso a nuestra versión y salió absuelto sin
dificultad.
“Exceptuando lo que le dimos en el puente de mando cuando abandonamos
las celdas. ¿Has sabido algo de él últimamente, Pye?
—Creo que el señor L. L. Niven es Contramaestre Señalero en la Flota del
Canal.
—Y Anstey murió de fiebre en Benin —rumió Pritchard—. ¿Qué sería de Moon?
De Escupidera lo sabemos.
—Moon... ¡Moon! ¿Dónde fue la última vez que…? Ah, sí, cuando estaba en el
Paladio. Me encontré con Quigley en la Estación Buncrana. Me dijo que Moon
había desertado tres años atrás cuando el balandro Astrilda navegaba por los
Mares del Sur. Él siempre se había mostrado como un tipo Mormonástico. Sí, se
escabulló silenciosamente y no tuvieron tiempo de perseguirlo por las islas, aun
cuando el oficial de navegación hubiera sido capaz de hacerlo.
—¿No lo hizo? —dijo Hooper.
—No. Según Quigley el Astrilda pasó la mitad de su tiempo de servicio
retozando por la playa como una tortuga hembra, y la otra mitad rompiendo
cascarones de huevo de tortuga en lo alto de numerosos arrecifes. Cuando atracó
en Sydney su casco parecía el tendedero de la Tía María y las cuadernas
maestras habían saltado. El oficial al mando juró que había sido responsabilidad
del astillero al enramar el esqueleto de la nave sobre la grada. Se hacen cosas
muy extrañas en el mar, señor Hooper.
—¡Ah, no! Yo no soy un contribuyente —dijo Hooper abriendo una botella
fresca. El Sargento parecía ser de esos a los que resulta embarazoso cambiar de
tema.
—Cómo acaba uno acordándose de todo, ¿verdad? —dijo—. Ya ves, Moon
debía llevar dieciséis años cumplidos de servicio cuando desertó.
—Les llega a todas las edades. Fíjate en… ya sabes —dijo Pyecroft.
—¿En quién? —pregunté.
—Estás pensando en un hombre que estaba de servicio y a quien faltaban
dieciocho meses para licenciarse —dijo Pritchard—. Un oficial cuyo nombre empieza
por V., ¿no?
—Sin embargo, bien mirado no podemos decir que en realidad desertase —sugirió Pyecroft.
—Oh, no —dijo Pritchard—. Se trató únicamente de ausencia permanente
injustificada en el interior. Eso es todo.
—¿En el interior? —dijo Hooper—. ¿Hicieron circular su descripción?
—¿Para qué? —dijo Pritchard de muy malos modos.
—Porque los desertores son como las columnas en tiempos de guerra. No se
separan de la línea. Sé de un tipo al que capturaron así en Salisbury mientras
intentaba llegar a Nyassa. Una vez me contaron, aunque desde luego no tengo
constancia de ello, que en la Flotilla del Lago Nyassa no hacen preguntas. He oído
hablar de un intendente P. y un O. al mando de una lancha armada por allí.
—¿Piensas que Click pudo haber tomado ese rumbo? —preguntó Pritchard.
—Es imposible preverlo. Fue enviado a Bloemfontein para que se ocupase de
cierta munición naval abandonada en el fuerte. Sabemos que estuvo allí y que la
vio en los vagones. A partir de ahí nada más se supo de Click –ni entonces ni
después. Hace ya cuatro meses de ello y la situación continúa siendo la misma
actualmente —dijo Pyecroft.
—¿Cuáles eran sus marcas? —inquirió Hooper nuevamente.
—¿Acaso ofrece el Ferrocarril una recompensa por traerlos de vuelta? —dijo
Pritchard.
—Si fuese así, ¿cree que hablaría de ello? —replicó Hooper molesto.
—Parece usted muy interesado —dijo Pritchard con la misma sequedad.
—¿Por qué le decían Click? —pregunté con la intención de eludir un incómodo
receso en la conversación. Los dos hombres se miraron fijamente.
—Porque un ascensor de munición —dijo Pyecroft—, le arrebató cuatro de sus
dientes –de la parte inferior de la banda de babor, ¿no, Pritch?–. Las piezas de
recambio que adquirió no estaban bien ajustadas, por así decir. Cuando hablaba
rápido se le levantaban ligeramente de la base. De ahí “Click”. Decían de él que
era un hombre superior, que es como entre los marineros llamamos a un tipo alto,
moreno, mestizo y que habla con elegancia.
—Cuatro dientes falsos en la mandíbula inferior izquierda —dijo Hooper con la
mano hundida en el bolsillo del chaleco—. ¿Tenía tatuajes?
—Mire —se arrancó Pritchard incorporándose—. Le estamos muy agradecidos
por su gentil hospitalidad, pero quizá nos hayamos equivocado al aceptarla.
Miré a Pyecroft en busca de auxilio. A Hooper no tardaron en subírsele los
colores.
—Si el marino gordo que ocupa ahora el castillo de proa fuese tan amable de
echar el ancla una vez más, quizá pudiésemos hablar como caballeros –por no
decir como amigos —sugirió Pyecroft—. Él piensa que usted, señor Hooper, es un
emisario de la Ley.
—Únicamente deseo hacer notar que cuando un caballero exhibe una
curiosidad tan peculiar –o, mejor diría, floreciente– en lo que respecta a las
marcas identificativas como este nuestro amigo…
—Señor Pritchard —intervine—, yo respondo por el señor Hooper.
—Y tú pedirás disculpas a todos —dijo Pyecroft—. Eres un hombrecillo grosero,
Pritch.
—Pero cómo iba yo… —empezó a decir, titubeando.
—Ni lo sé ni me importa. ¡Discúlpate!
El gigante miró alrededor desconcertado y fundió nuestras pequeñas manos
en un enorme apretón, una a una.
—Estaba equivocado —dijo con la mansedumbre
de una oveja—. Mis sospechas eran infundadas. señor Hooper, le ruego acepte mis
disculpas.
—Hizo bien en procurarse un buen final —dijo Hooper—. Yo habría hecho lo
mismo con un desconocido. Si no le importa, me gustaría oír un poco más de su
señor Vickery. Le puedo asegurar que lo que diga estará a salvo conmigo.
—¿Por qué desertó Vickery? —comencé, pero la sonrisa de Pyecroft me
condujo a reformular la pregunta—: ¿quién era ella?.
—Ella tenía un pequeño hotel en Hauraki, cerca de Aukland —dijo Pyecroft.
—¡Dios mío! —rugió Pritchard al tiempo que se daba una manotada en la
pierna—. ¡No me digas que era la señora Bathurst!.
Pyecroft asintió lentamente y el Sargento hubo de convocar a todos los
poderes de la oscuridad para que atestiguasen su desconcierto.
—Hasta donde alcanzo a saber, la señora B. era la dama en cuestión.
—Pero Click estaba casado —aulló Pritchard.
—Y tenía una hija de quince años. Incluso llegó a enseñarme su fotografía.
Aparte de eso, ¿te han importado alguna vez estos pequeños detalles? Porque a
mí no.
—¡Dios santo, vivo y observante!… La señora Bathurst… —Y con otro rugido—:
puedes decir lo que te plazca, Pye, pero no conseguirás convencerme de que ella
tuvo la culpa de todo. ¡Ella no es así!.
—Si dijese lo que realmente me place, empezaría por llamarte estúpido y
después prepararía tranquilamente el terreno para las altas presiones. Lo único
que pretendo hacer es contar lo que sucedió. Además, por una vez estás en lo
cierto. No fue ella la culpable.
—No me impedirías creerlo así si realmente lo hubiese sido —fue la respuesta.
Tanta fe depositada en un Sargento de Marines me interesó sobremanera.
—No tiene importancia —bramé—. Dime qué aspecto tenía.
—Era viuda —dijo Peycroft—. Enviudó muy joven y no volvió a conocérsele
pareja. Tenía un hotelito cerca de Auckland para oficiales y suboficiales y siempre
vestía de seda negra, y su cuello…
—Usted preguntó por su aspecto —interrumpió Pritchard—. Déjeme darle un
ejemplo. Yo estuve en Auckland por primera vez en el ‘97, al término de la misión
del Marroquin, y como había sido ascendido me uní a los demás. Ella
acostumbraba cuidar de nosotros y nunca perdió un solo penique por hacerlo.
“Puede usted pagarme ahora”, decía, “o más tarde si le viene mejor. Sé que no
permitirá que yo sufra. También puede enviarme el dinero cuando llegue a casa, si
así lo prefiere”. Escuchen, caballeros, les digo que yo he visto a esa mujer
despojarse en el bar de su propio reloj de oro y ofrecérselo a un contramaestre
que había llegado a tierra sin el suyo y tenía que coger el último barco. “No sé
quién es usted”, le dijo ella, “pero cuando ya no necesite el reloj encontrará en el
puerto a muchas personas que me conocen. Devuélvamelo a través de una de
ellas”. Y tanto le daba que valiese treinta libras como media corona. Ese pequeño
reloj dorado, Pye, con el monograma azul en la parte de atrás. Pero, como iba
diciendo, en aquel tiempo ella tenía una cerveza que no me sentaba nada mal –
Slits, se llamaba. Debo haberme bebido unas cuantas botellas de esa cerveza a
destajo mientras estuve en la bahía –bajando a tierra casi todas las noches.
Apurando el bar hasta el final, como quien dice, una vez que nos quedamos a
solas me dirigí a ella: “Señora B., la próxima vez que haga escala aquí quiero que
recuerde que esto es para mi deleite personal –igual que usted es para mi deleite
personal”. (Ella es de las que te dejan llegar tan lejos). “Igual que usted es para mi
deleite personal”, dije. “Oh, gracias, Sargento Pritchard”, dice ella acariciándose
con la mano el rizo que se oculta tras su oreja. ¿Recuerdas esa forma que tenía
de hacerlo, Pye?.
—Creo que sí —responde el marinero.
—Ya lo creo. “Gracias, sargento Pritchard”, dice ella. “Lo menos que puedo
hacer es reservarla para usted aunque luego cambie de opinión. No hay una gran
demanda de ella por parte de la Flota”, dice, “pero para asegurarnos la pondré en
la parte de atrás de la repisa”, y cortó un trozo de su cinta de pelo con aquel viejo
cortapuros que tenía forma de delfín –¿lo recuerdas, Pye?– e hizo un nudo
alrededor de las que quedaban –exactamente cuatro botellas. Eso fue en el ’97 –
no, en el ’96. En el ’98 estuve en el Resiliente, operando en servicio completo en la
Estación China. En mil novecientos uno estuve en el Cartujo, de vuelta otra vez en
la Bahía de Auckland. Ni que decir tiene que me acerqué con los demás al bar de
la Señora B. para ver cómo iban las cosas. Iban igual que siempre. (¿Recuerdas ese
árbol grande que había en la acera junto al bar, Pye?). No dije nada en especial
(había muchos de nosotros hablando con ella), y sin embargo me vio de
inmediato.
—No era difícil —me aventuré.
—Pero espere, que la cosa no acaba ahí. Estaba aproximándome a la barra
cuando escucho cómo ella le dice a su sobrina: “Ada, tráeme lo del Sargento
Pritchard”. Y les aseguro, caballeros, que antes de que pudiese estrecharle la
mano estaban esas cuatro botellas de Slits, anudadas por el cuello con la cinta de
su pelo, puestas ya delante mía, y mientras extraía los tapones me miraba por
debajo de las cejas con esa forma que ella tenía de mirar sin ver, y me dice:
“Sargento Pritchard, espero que no haya cambiado de opinión en lo que respecta a
sus deleites personales”. Ella era de esa clase de mujeres –¡incluso cinco años
después!
—Por alguna razón no soy capaz de imaginármela aún —dijo Hooper en tono
simpático.
—Ella... ella nunca vacilaba cuando se trataba de alimentar una utopía o de
pisotear un escorpión en cualquier momento de su vida —añadió Pritchard con
valentía.
—Eso tampoco me ayuda. Mi madre es así, por ejemplo.
El gigante se estremeció dentro del uniforme y elevó la mirada al techo.
Pyecroft irrumpió de repente:
—¿Con cuántas mujeres de todo el mundo has intimado, Pritch?.
A Pritchard se le pusieron del color de la ciruela hasta los más insignificantes
pelos de los que poblaban las diecisiete pulgadas de su cuello.
—Con cientos —continuó Pyecroft—. Yo también. ¿Y a cuántas de ellas
conservas en la memoria, dejando de lado a la primera y quizás a la última, e
incluso puede que a una más?
—A pocas, a unas maravillosas pocas por las que ahora pago tributo —dijo el
Sargento Pritchard con alivio.
—¿Y cuántas veces puedes haber estado en Aukland?
—Una o dos —comenzó—. Qué sé yo, no más de tres veces en diez años. Pero
puedo recordar cada una de las veces que vi a la Señora B.
—También yo –y solo he estado en Aukland dos veces– recuerdo cómo se
incorporaba y las palabras que pronunciaba y qué aspecto lucía. Ese es el secreto.
No se trata necesariamente de belleza, digámoslo así, ni de buena conversación.
Es exactamente Eso. Hay mujeres que permanecen en la memoria de un hombre
con solo habérselas cruzado una vez por la calle, a pesar de que con la mayoría
de ellas pudieras vivir un mes entero y en el siguiente servicio cuestionarte si
hablaban o no en sueños, por explicarlo de alguna manera.
—Así es —dijo Hooper—. Yo he conocido solamente a dos mujeres de tal
naturaleza.
—¿Y no fue culpa de ellas? —preguntó Pritchard.
—En absoluto. Se lo aseguro.
—¿Y qué sucede si un hombre es alcanzado por esa clase de mujeres, señor Hooper? —continuó Pritchard.
—Que o bien se vuelve loco o sencillamente se redime —respondió pausado.
—Ha dado en el clavo —dijo el Sargento—. Se nota que ha visto y aprendido
muchas cosas a lo largo de su vida, señor Hooper. ¡Estoy hablando de usted!
Pritchard dejó su botella.
—¿Con qué frecuencia la veía Vickery? —pregunté.
—Ese es el oscuro y maldito misterio —respondió Pyecroft—. Nunca me había
topado con él hasta que coincidimos recientemente a bordo del Hierofante, ni
había nadie en el barco que supiese mucho acerca de su vida. Él era lo que se
dice un hombre superior. Me habló un par de veces sobre Auckland y la Señora B. a
lo largo del viaje de ida. Más adelante se lo recordé. Si queréis saber mi opinión,
creo que debe haber habido mucho entre ellos. Ahora bien, esto es solamente mi
versión de lo acontecido, pues todo lo que sé es de segunda mano o incluso de
más remota procedencia.
—¿Cómo es eso? —dijo Hooper en tono categórico—. Debió usted haberlo visto
u oído.
—Sí —dijo Pyecroft—. Yo solía pensar que la vista y el oído son los únicos
mecanismos reglamentarios para certificar la veracidad de los hechos, pero
conforme nos vamos haciendo mayores nos volvemos cada vez más
acomodadizos. Los cilindros se ralentizan, supongo… ¿Estuvo usted en Ciudad
del Cabo en diciembre, cuando vino el Circo Phyllis?
—No, estaba en el interior —respondió Hooper, algo molesto con el cambio de
escenario.
—Se lo pregunto porque traían un nuevo número de naturaleza científica
llamado “Hogar y Amistad por Tres Peniques”.
—Oh, se refiere al cinematógrafo –esas imágenes de combates de boxeo y
barcos de vapor. Las he visto en el interior.
—En efecto, el biógrafo o cinematógrafo es el invento al que me refiero. El
puente de Londres con los ómnibus, un buque que transporta a las tropas a la
guerra, infantes de marina desfilando en Portsmouth y el Plymouth Express
haciendo su entrada en Paddington.
—Las he visto todas. Las he visto todas —repitió Hooper impacientemente.
—Los del Hierofante llegamos justo antes de la semana de Navidad y
conseguir un permiso fue algo sencillo.
—Yo creo que un hombre se cansa de Ciudad del Cabo más rápidamente que
de cualquier otro lugar en la estación. Vamos, si incluso Durban imita mejor a la
Naturaleza. Estuvimos allí en Navidad —comentó Pritchard.
—Como dijo nuestro Doctor al Sobrecargo, no puedo afirmar con exactitud no
ser un devoto de los peris hindúes. La verdad es que el Circo Phyllis no era una
mala alternativa después de las prácticas de tiro con mosquete en Mozambique.
No pude dormir las dos o tres primeras noches a causa de lo que podríamos
llamar un embrollo con nuestro Teniente de Torpedos en el compartimento
sumergido, donde un ímpetu de arrogancia del Oeste había dado al traste con un
giróscopo; pero recuerdo que Vickery tomó tierra con nuestro Carpintero Rigdon –
el viejo Farero, lo llamábamos. Por regla general el Farero nunca abandonaba el
barco a menos que lo bajasen con un torno, pero cuando se iba solía regresar
cabeceando como un lirio cubierto de rocío. Aquella noche lo contuvimos allá
abajo. Aun así, las cosas que llegó a decir sobre Vickery como digno compañero
para un Oficial de su capacidad cúbica, antes de que consiguiésemos serenarlo,
fueron lo que yo llamo corrosivas.
—Yo he estado con el Farero en el Temible —dijo el Sargento—. Es un
personaje donde los haya.
—La noche siguiente entré en Ciudad del Cabo con Dawson y Pratt, pero justo
en la puerta del Circo me topé con Vickery. “¡Oh!”, dice, “eres el hombre que ando
buscando. Ven y siéntate a mi lado. Es por aquí el acceso a las localidades de un
chelín”. De inmediato me di la vuelta, en protesta porque los asientos de tres
peniques se adaptaban mejor a lo que podrían llamarse mis finanzas. “Vamos”,
insiste Vickery, “que pago yo”. Naturalmente abandoné a Pratt y a Dawson en
previsión de los tragos que intuía emparejados con los asientos. “No”, me dice él
cuando se lo insinúo, “ahora no. Ahora no. Después tantos como desees, pero
ahora te quiero sobrio para la ocasión”. Coincidió justo entonces que su cabeza
quedase atrapada bajo el haz de luz de una farola, y la percepción que de ella tuve
contribuyó a mitigar mi sed en buen grado. No me malinterpretéis. No me
asustaba. Tan solo me inquietaba. No puedo explicar a qué se parecía, pero ese
era el efecto que ejercía sobre mí. Si queréis saber más, me recordaba a esas
cosas embotelladas que venden en las herboristerías de Plymouth, conservadas
en vino. Esas cosas blancas y arrugadas –anteriores a la vida, podría decirse.
—Tienes una mente animal, Pye —comentó el Sargento mientras volvía a
encender su pipa.
—Quizá tengas razón. Estábamos en primera fila y “Hogar y Amistad” no tardó
en dar comienzo. Vickery me tocó en la rodilla cuando arrancó la función. `“Si ves
algo que llame tu atención”, dice, “házmelo saber”; luego continuó chasqueando la
dentadura. Vimos el puente de Londres y todas esas cosas, y resultó ser de lo
más interesante. Nunca antes había visto nada igual. Podía oírse el zumbido de
una pequeña dinamo, pero las imágenes eran reales –vivas y en movimiento.
—Las he visto —dijo Hooper—. Ni que decir tiene que proceden del propio objeto
en sí.
—Después vimos cómo el Correo del Oeste entraba en Paddington sobre la
gran cortina de la linterna mágica. Al principio el andén estaba vacío y los mozos
de maleta esperando. Luego llegó la locomotora, de frente, y las mujeres sentadas
en primera fila dieron un respingo al ver cómo se dirigía directamente hacia ellas.
Entonces se abrieron las puertas y los pasajeros bajaron y los mozos se ocuparon
del equipaje –como la vida misma. Solamente cuando alguien se aproximaba
demasiado a los espectadores acababa saliéndose del cuadro, por así decir. Yo
estaba cada vez más interesado. Todos nosotros lo estábamos. Vi a un anciano
con peluquín recogiendo un libro que había dejado caer cuando, muy lentamente,
desde la retaguardia de un par de mozos de maleta –portando un pequeño retículo
y mirando alternativamente a uno y otro lado– emergió la figura de la Sra.
Bathurst. Reconocería su andar entre el de cien mil mujeres. Ella no dejaba de
avanzar y nos miraba fijamente con esa mirada cegajosa a la que Pritch se refería
antes. Caminó y caminó hasta que desapareció del cuadro, igual que danza una
sombra sobre una vela, y entonces oí a Dawson vocear desde los asientos de
atrás: “¡Jesucristo! ¡Si es la Señora Bathurst!”.
Hooper tragó saliva y se inclinó hacia adelante con determinación.
—Vickery volvió a tocarme en la rodilla. Estaba chasqueando sus cuatro
dientes postizos con la mandíbula descolgada, como si se tratase de un
moribundo al final de su agonía. “¿Estás seguro?” me dice. “Seguro”, le contesto,
“¿no escuchaste a Dawson decirlo? Vamos, que es ella en persona”. “Yo ya estaba
convencido de ello”, dice, “pero te traje para asegurarme. ¿Me acompañarás otra
vez mañana?”.
»“De buena gana”, digo. “Será como un reencuentro con viejos amigos”.
“Sí”, dice abriendo su reloj, “algo parecido. Me faltan veinticuatro horas
menos cuatro minutos para volver a verla. Vayamos a echar un trago”, dice. “Te
vas a reír, pero eso ya no me hace efecto”. Salió meneando la cabeza y
tropezando con los pies de la gente como si estuviese ya borracho. Yo esperaba
tomar algo rápido y regresar sin demora para no perderme el número de los
elefantes amaestrados. En su lugar, Vickery dispuso navegar por la ciudad a todo
trapo visitando un bar cada tres minutos, aproximadamente, según el horario de
Greenwich. Yo no soy un bebedor, aunque aquí los presentes –en este punto me
hizo un guiño inolvidable– puedan haberme sorprendido en alguna ocasión más o
menos imbuido de fragancias alcohólicas. No obstante, cuando bebo me gusta
hacerlo con el ancla echada y no a máxima velocidad. Esa especie de depósito
que hay detrás del gran hotel de la colina –¿cómo lo llaman?»
—El Reservorio Molteno —sugerí, y Hooper asintió con la cabeza.
—Eso fue lo más lejos que él llegó. Caminamos hasta allí y bajamos después
atravesando los Jardines –soplaba viento del sudeste– para terminar junto a los
muelles. Luego tomamos la carretera de Salt River y en cada bar que nos salía al
paso Vickery entraba sudoroso. No se fijaba en lo que bebía ni comprobaba
siquiera el cambio. Únicamente caminaba y bebía y sudaba a mares. Entendí
entonces por qué el viejo Farero había regresado en las condiciones en que lo
hizo, pues a Vickery y a mí nos había llevado dos horas y media completar esa
maniobra errática y cuando estuvimos de vuelta en la estación no quedaba en mí
un solo átomo seco.
—¿Te dijo algo? —preguntó Pritchard.
—La suma total de su conversación entre las 7.45 p.m. y las 11.15 p.m. se
redujo a: “Tomémonos otra”. Y fue la mañana y la tarde un día, como dicen las
Escrituras… Por abreviar la narración, me limitaré a apuntar que estuve yendo a
Ciudad del Cabo durante cinco noches seguidas con Master Vickery. En aquella
época debo haber cubierto unas cincuenta millas alrededor de la zona y haberme
bebido dos galones de cada uno de los peores licores con que se comercia al sur
del Ecuador. El proceso era siempre el mismo. Asientos de un chelín para ambos,
cinco minutos de proyección y puede que cuarenta y cinco segundos de la Señora B.
caminando hacia nosotros con esa mirada cegajosa en sus ojos y el retículo en la
mano. Después nos íbamos y bebíamos hasta que llegaba la hora de tomar el
tren.
—¿Qué pensó usted? —inquirió Hooper mientras sus dedos palpaban el
bolsillo de su chaleco.
—Varias cosas —dijo Pyecroft—. En realidad aún no he dejado de pensar en
ello. ¿Loco? El hombre era un maldito lunático –debe haberlo sido durante meses,
quizás años–. Yo algo sé sobre maníacos, como cualquiera en el Servicio. He sido
compañero de tripulación de un patrón loco y de un Teniente Primero lunático –
aunque no a la misma vez, gracias al Cielo–. Podría darle ahora mismo los
nombres de tres capitanes que debieran estar encerrados en un manicomio, pero
no tengo intención de entrometerme con los trastornados a menos que empiecen a
repartir golpes a diestro y siniestro con baquetas y manivelas de cabrestante. Una
sola vez me la jugué con Master Vickery. “Me pregunto qué estará haciendo ella en
Inglaterra”, me dice. “¿No te da la sensación de que pudiese estar buscando a
alguien?”. Esto fue nuevamente en los Jardines, con el viento soplando del
sudeste mientras hacíamos nuestra desesperada ronda. “Me busca a mí”, dice
parándose en seco bajo una farola y tableteando los dientes. Cuando no estaba
bebiendo, en cuyo caso todos sus dientes chasqueaban sobre el vidrio, las cuatro
piezas postizas castañeteaban igual que el telégrafo de Marconi. “Sí, ella me está
esperando”, dijo reanudando la marcha muy sosegada y afectuosamente, como
quien dice. “En adelante, señor Pyecroft –continuó–, le agradecería que restringiese
sus comentarios a los tragos que compartimos. De lo contrario”, dice, “por más que
me doliese al tratarse de usted, podrían declararme culpable de asesinato. ¿Lo
comprende?”, dice. “Perfectamente”, digo, “incluso quizá te tranquilice saber que,
en tal caso, las posibilidades de que te maten son exactamente las mismas de que
yo sea descubierto”. “Claro que no”, dice, “lo que temo es que puedas caer en la
tentación”.
»Nos encontrábamos bajo la farola que hay junto al arco, al final de los
Jardines, por donde pasan los tranvías. Entonces le dije: “Suponiendo que el
asesinato hubiera sido consumado –o incluso cometido en grado de tentativa–,
creo que estarías aún tan terriblemente afectado que tu captura por parte de la
policía –a la que, por cierto, tendrías que dar las oportunas explicaciones– sería en
gran medida inevitable”. “Mejor”, dice pasándose las manos por la frente. “Mucho
mejor”, dice, “porque tal como estoy ahora, Pye, no es tan seguro que pudiese
explicar casi nada”. Aquellas fueron las únicas palabras que recuerdo haberme
cruzado con él durante nuestros paseos.
—¡Vaya paseos! —dijo Hooper—. ¡Oh, Dios mío, vaya paseos!.
—Eran continuos —apuntó Pyecroft en tono serio—, pero no vi acechar el peligro
hasta que el Circo hubo partido. Fue entonces cuando empecé a temer que, al
haber sido despojado de su estimulante, él pudiese reaccionar contra mí con –
pongamos por caso– la ayuda de un hacha. Es por ello que, luego de la última
función y del húmedo paseo que la continuó, intenté mantenerme todo lo apartado
que pude de mi oficial superior a bordo en el ejercicio de su cargo. No es así de
extrañar que me mostrase tan interesado cuando el centinela me informó, mientras
yo atendía mis obligaciones, de que Click había pedido ver al capitán. Por regla
general los suboficiales no suelen abusar del tiempo del capitán, pero Click
permaneció más de una hora detrás de aquella puerta. Lo sé porque durante el
desempeño de mis tareas no perdí contacto visual con ella en ningún momento.
Vickery salió el primero, saludándome con la cabeza y sonriendo. Esto me
sorprendió sobremanera dado que, después de haber visto su cara durante cinco
noches consecutivas, no esperaba ya más cambio en ella que en un condensador
en el infierno, como quien dice. El capitán apareció más tarde. Como ningún signo
podía leerse en su rostro hube de recurrir a su timonel, que llevaba ocho años con
él y lo conocía mejor que a las señales navales. Lamson, que así se llamaba el
timonel, viró un par de veces en la dirección del viento a poca velocidad y se
inclinó hacia mí visiblemente preocupado. “Parece triste”, dice Lamson. “Alguien
acabará en la horca. Solamente una vez antes he visto esa expresión en su cara,
cuando las mirillas fueron arrojadas por la borda del Fantástico”. Lanzar las mirillas
por la borda, señor Hooper, equivale a un motín en estos días de degeneración. Lo
hace generalmente un fogonero para atraer la atención de las autoridades y del
Western Morning News. Naturalmente, la noticia circuló por la cubierta inferior y
nos vimos obligados a dar un repaso en privado a nuestras estrechas conciencias.
No obstante, salvo una camisa de uno de los marineros que, según un fogonero
de segunda clase, había caído por sí sola en su petate, nada decisivo salió a la
luz. El capitán iba por ahí ondeando la señal de “asistencia a ejecución pública”,
por así decir, pero no había cadáver alguno en el penol. Almorzó en la playa y
regresó con la cara reglamentaria de siempre alrededor de las 3 p.m. Así fue como
Lansom perdió toda credibilidad por haber suscitado una falsa alarma. La única
persona que podía haber atado cabos correctamente era un tal Pyecroft, cuando
supo que el Sr. Vickery iría esa misma tarde a ocuparse de cierta munición naval
que había sido abandonada en el Fuerte Bloemfontein después de la guerra.
Ningún destacamento recibió órdenes de acompañar a Master Vickery. Él mismo
se había autodesignado para la misión.
El marinero emitió un silbido penetrante.
—Eso pensé yo —dijo Pyecroft—. Nos hicimos a tierra en el cúter y me pidió que
nos dirigiésemos a la estación. Podía oírse perfectamente cómo castañeteaban
sus dientes, pero por lo demás parecía más bien feliz. “Puede que te guste saber”,
dice, deteniéndose frente a la entrada delantera del Almirantazgo, “que el Circo
Phyllis dará una función en Worcester mañana por la noche, lo que significa que
aún podré verla una vez más. Has tenido mucha paciencia conmigo”, me dice.
»—Mira, Vickery —le repliqué—, esto ya se ha vuelto insoportable para mí.
Guárdate tus secretos. Por lo que a mí respecta, no quiero saber más.
“¡Oye!”, dijo, “¿de qué puedes quejarte? Lo único que has tenido que hacer
es observar. Que se trate de mí”, dice, “no tiene nada que ver. Tengo una última
cosa que añadir antes de que nos estrechemos la mano. Recuerda”, dice –
estábamos entonces junto a la puerta del Almirante que daba al jardín–, “recuerda
que no soy un asesino, pues mi legítima mujer murió durante el puerperio seis
semanas después de que yo partiese. Al menos de ese cargo debo quedar libre”,
dice.
»—¿Qué es entonces lo que has hecho? —pregunté—. ¿Qué hay del resto?
“El resto”, dice, “es silencio”, y me estrechó la mano y entró tableteando los
dientes en la estación de Ciudad de Simon.»
—¿Llegó a detenerse en Worcester para ver a la Señora Bathurst? —pregunté.
—Nadie lo sabe. Se presentó en Bloemfontein, vio la munición en los vagones
y luego desapareció. Se largó –o desertó, si prefieres decirlo así– a dieciocho
meses de licenciarse y, si no me mintió acerca de su esposa, era un auténtico
hombre libre. ¿Qué te parece?
—¡Pobre diablo! —dijo Hooper—. ¡Verla de ese modo cada noche! Me pregunto
qué habrá sido de él.
—Esa idea me ha torturado durante muchas e interminables noches.
—Aun así, yo juraría que la Señora B. nada tuvo que ver con este asunto —dijo el
Sargento, impasible.
—No. Cualquiera que fuese el error o el engaño, él fue el responsable, de eso
estoy seguro. Estuve mirándolo a los ojos durante cinco noches seguidas. La
verdad es que no me entusiasma navegar por Ciudad del Cabo con el viento del
sudeste que sopla estos días. Aún puedo oír el chasquido de aquellos dientes.
—Ah, aquellos dientes —dijo Hooper, y su mano se hundió en el bolsillo del
chaleco una vez más—. Los dientes postizos duran toda la vida. Puede uno
informarse de ello en cualquier juicio por asesinato.
—¿Qué crees que sabía o que hizo el capitán? —pregunté.
—Nunca apunté en esa dirección —respondió Pyecroft desvergonzadamente.
Todos nos paramos a reflexionar y tamborileamos los dedos sobre las
botellas vacías de cerveza mientras los excursionistas, quemados por el sol,
mojados y cubiertos de arena, pasaron por delante de la puerta cantando “La
madreselva y la abeja”.
—Es guapa la chica de la capellina —dijo Pyecroft.
—¿Nunca circuló su descripción? —intervino Pritchard.
—Te preguntaba antes de que llegasen estos caballeros —me dijo Hooper—, si
conocías Wankies, de camino al Zambesi, al norte de Buluwayo.
—¿Pasaría él por allí, intentando alcanzar ese lago —cómo se llama? —dijo
Pritchard.
Hooper sacudió la cabeza y continuó:
—Hay un tramo peculiar de línea en esa
zona. Transcurre a través de un espeso bosque de teca —una variedad de caoba,
realmente— a lo largo de setenta y dos millas en las que no hay una sola curva. He
tenido un tren descarrilado allí veintitrés veces en cuarenta millas. Estuve hace un
mes relevando a un inspector enfermo. Me dijo que vigilase a una pareja de
vagabundos en el bosque.
—¿Dos? —dijo Pyecroft—. No envidio entonces a ese otro hombre si…
—Tenemos montones de vagabundos allí desde la guerra. El inspector me dijo
que los encontraría en el apartadero de M’Bindwe esperando para ir al norte. Él les
había dado algo de comida y quinina. Yo subí a un tren de reparación. Estuve
pendiente de ellos. Los vi varias millas adelante, esperando en el bosque. Uno de
ellos estaba de pie junto a la vía muerta y el otro lo observaba acuclillado.
—¿Qué hizo con ellos? —dijo Pritchard.
—No había mucho que pudiese hacer salvo enterrarlos. Se había
desencadenado una tormenta en la teca y ambos estaban tiesos y más negros
que el carbón. Como lo está oyendo: puro carbón. Se desintegraron cuando
intentamos moverlos. El hombre que permanecía de pie tenía la dentadura
postiza. La vi refulgir entre la negrura. También él se desmoronó, igual que el
amigo que lo observaba en cuclillas, ambos empapándose bajo la lluvia. Ambos
carbonizados. Y –de ahí que pregunte por las marcas justo ahora– el de la
dentadura postiza tenía tatuados en los brazos y en el pecho una corona y el ancla
de la Marina Real con las letras M. V. encima.
—Yo lo he visto —replicó Pyecroft velozmente—. Es como él dice.
—Pero, ¿no estaba carbonizado? —dijo Pritchard estremeciéndose.
—¿Han visto alguna vez cómo aflora, blanca, la escritura en una carta
quemada? Bien, pues así fue. Los enterramos en la teca y yo me quedé con…
Pero él era amigo de ustedes dos, caballeros.
El señor Hooper sacó la mano del bolsillo del chaleco. Estaba vacía.
Pritchard se cubrió la cara con las manos durante un momento, como un niño
que quisiera protegerse de la amenaza de lo desagradable.
—¡Y pensar en ella en Hauraki! —murmuró— con su cinta del pelo sujetando
mis cervezas. “Ada”, le decía a su sobrina… ¡Oh, Dios mío!
“En una tarde veraniega, cuando florece la madreselva
y la Naturaleza entera parece en reposo,
bajo el celador, al dulce aroma de la flor,
se sentó una señorita a la vera de su esposo—
cantaban los excursionistas mientras esperaban en Glengariff a que llegase su
tren.
—Bueno, no sé qué opináis vosotros —dijo Pyecroft—, pero después de haber
visto su cara durante cinco noches consecutivas, yo me inclino a terminar lo que
nos queda de cerveza y agradecer a Dios que esté muerto.
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