(Praga,
1875 - Suiza, 1926)
LAS ELEGIAS DE DUINO (1922)
Versión y notas de José Joaquín
Blanco
Publicado en La iguana del ojete (Invierno,
1993)
(Propiedad de la princesa Marie
von
Thurn und Taxis-Hohenlohe) [1]
La primera elegía
¿Quién, si yo
gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel [2]
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es
nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos
apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque
serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Así que me contengo, y me ahogo el clamor de la
garganta
tenebrosa. Ay, ¿quién de veras podría ayudarnos?
No
los ángeles, no los hombres, y ya saben los astutos
animales que no nos sentimos muy seguros en casa,
dentro del mundo interpretado. Nos queda quizás
algún árbol en la loma, al cual mirar todos los
días;
nos queda la calle de ayer y la demorada lealtad
de una costumbre, a la que le gustamos, y
permaneció,
y no se fue. Oh, y la noche, y la noche, cuando el
viento
lleno de espacio cósmico nos roe la cara:
¿Para quién no permanecería aquélla, la
anhelada,
la tierna desengañadora, ahí, dolorosamente
próxima
al corazón solitario? ¿Es más suave con los
amantes?
Ay, ellos sólo se ocultan uno a otro su suerte.
¿Todavía no lo sabes? Arroja el espacio que
abarquen
tus brazos hacia los espacios que respiramos; quizá
los pájaros sientan el aire ensanchado con un vuelo
más íntimo.
Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de
cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza,
como
si todo ello te anunciara a una amada? (¿Dónde
intentas
alojarla, si en ti los grandes pensamientos
extraños
entran y salen, y con frecuencia se quedan durante
la noche?).
Pero si sientes anhelos, canta pues a las amantes;
no es,
en absoluto, suficientemente inmortal su famoso
sentimiento. Aquéllas que casi envidias, las
abandonadas,
las encuentras mucho más amantes que las saciadas.
Empieza siempre de nuevo la alabanza siempre
inalcanzable.
Piensa: el héroe sigue en pie, aun el ocaso fue
para él
sólo un pretexto para ser: su último nacimiento.
Pero a las amantes la exhausta naturaleza las recoge
en su seno, como si no hubiera fuerzas para lograr
esto
dos veces. ¿Has pensado lo suficiente en Gaspara
Stampa, [3]
y lo que puede sentir cualquier chica a quien el
amado
abandonó, frente a tan elevado ejemplo de mujer
amante:
¿Llegaré a ser como ella? ¿Estos, los más
antiguos
dolores, no deberán, por fin, darnos fruto? ¿No es
tiempo ya de que, al amar, nos liberemos del amado
y,
temblorosos, resistamos, como la flecha resiste al
arco,
para ser, unidos en el salto, algo más que
la sola
flecha? Porque el permanecer está en ninguna parte.
Voces, voces. Corazón mío, escucha, como sólo los
santos
escuchaban; la enorme llamada los alzaba del suelo;
pero ellos seguían de rodillas, de modo imposible,
sin darse cuenta: de tal manera escuchaban.
No
que pudieras soportar la voz de Dios, lejos de eso,
pero
escucha el soplo, las noticia incesante que se forma
del silencio. Murmura hasta ti desde aquellos que
han
muerto jóvenes. ¿Acaso su destino no se dirigió
siempre
tranquilamente a ti, en Roma y Nápoles, cuando
entrabas
en alguna iglesia? O una inscripción sublime se
grababa
para ti, como hace poco la lápida de Santa María
Formosa? [4]
¿Qué quieren de mí? Debo apartar en silencio
la apariencia de injusticia que a veces estorba un
poco
el puro movimiento de sus espíritus.
Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas;
a las rosas, y a otras cosas particularmente
promisorias,
ya no darles el significado del futuro humano; ya no
ser
aquél que uno fue en interminables manos
angustiadas
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un
juguete
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos.
Extraño,
ver todo lo que tenía sus propias relaciones,
aletear
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es
doloroso,
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los
vivos
cometen el mismo error de diferenciar demasiado
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia
no
sabrían si andan entre los vivos o entre los
muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena
sobre ambas.
Finalmente ya no nos necesitan, los que partieron
temprano, uno se desteta dulcemente de lo terrestre,
como
uno se emancipa con ternura de los senos de la
madre.
Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos,
nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo
progresos dichosos, ¿podríamos existir sin
ellos?
¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad,
durante
las lamentaciones fúnebres por Linos, [5]
una atrevida música primitiva se abrió paso en la
árida materia
inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio
sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de
pronto
se perdió para siempre, el vacío produjo esa
vibración
que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?
La segunda elegía
Todo ángel es terrible. Y
sin embargo, ay, los invoco
a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma, sé
quiénes
son ustedes. Los días de Tobías, ¿dónde
quedaron?,
cuando uno de los más radiantes apareció en el
umbral
sencillo de la casa un poco disfrazado para el
viaje,
ya no tremendo (muchacho para el muchacho,
que se asomó, curioso). Si ahora avanzara el
arcángel,
el peligroso, desde atrás de las estrellas, un solo
paso,
que bajara y se acercara: el propio corazón,
batiendo
alto, nos mataría. ¿Quién es usted?
Tempranos afortunados, ustedes, los mimados
de la creación, cadena de cumbres, cordillera roja
del amanecer de todo lo creado -polen de la
divinidad
floreciente, coyunturas de la luz, corredores,
escalones, tronos, espacios del ser, escudos
deliciosos, tumultos del sentimiento tormentosamente
arrebatado, y de pronto, individualizados, espejos,
ustedes, los que recogen nuevamente en sus propios
rostros, la propia belleza que han irradiado.
Porque nosotros, siempre que sentimos, nos
evaporamos;
ay, nosotros nos exhalamos a nosotros mismos,
nos disipamos; de ascua en ascua soltamos un olor
cada
vez más débil. Probablemente alguien nos diga:
Sí,
entras en mi sangre; este cuarto, la primavera se
llena
de ti..., ¿de qué sirve? Él no puede retenernos,
nos desvanecemos en él y en torno suyo.
Y aquellos que son hermosos, oh, ¿quién los
retiene?
Incesantemente la apariencia llega y se va de sus
rostros. Como rocío de la hierba matinal se esfuma
de nosotros lo que es nuestro, como el calor
de un plato caliente. Oh, sonrisa ¿a dónde? Oh,
mirada a lo alto: nueva, cálida, fugitiva
ola del corazón; sin embargo, ay, somos eso.
¿Entonces
el firmamento, en el que nos disolvemos, sabe
a nosotros? ¿De veras los ángeles recapturan
solamente
lo suyo, lo que han irradiado, o a veces, como
por descuido, hay algo nuestro en todo ello?
¿Estamos
tan entremezclados en sus facciones, como la vaga
expresión en los rostros de las mujeres preñadas?
Ellos no lo advierten en el torbellino de su regreso
a sí mismos. (¿Cómo habrían de advertirlo?).
Los amantes podrían, si lo comprendieran,
hablar extrañamente en el aire nocturno. Pues
parece
que todo nos oculta. Mira, los árboles son;
las casas
que habitamos permanecen todavía. Sólo nosotros
pasamos
de largo sobre todas las cosas como un cambio
de vientos. Y todo se une para acallarnos, mitad
por vergüenza quizás, y mitad por esperanza
indecible.
Amantes, a ustedes, satisfechos el uno en el otro,
les pregunto por nosotros. Ustedes, los que se
aferran
a sí mismos. ¿Tienen pruebas? Miren, me ha
ocurrido que
mis manos se reconozcan entre sí, o que mi rostro
ajado
se refugie en ellas. Eso me da cierta sensación.
¿Pero
quién, sólo por eso, se atrevió a creer que de
veras
es? Sin embargo ustedes, los que crecen el uno
en el arrobo del otro, hasta que él suplica,
abrumado:
“Basta”; ustedes, los que crecen, bajo sus
recíprocas
manos, más exuberantes, como años de grandes uvas;
los que mueren a veces, sólo porque el otro se ha
expandido demasiado; a ustedes les pregunto por
nosotros.
Sé que se tocan tan dichosamente porque la caricia
retiene, porque no desaparece el sitio que ustedes,
los tiernos, ocupan; porque, debajo de todo ello,
ustedes
sienten la duración pura. Ustedes, de sus abrazos,
por ello, casi se prometen eternidad. Sin embargo,
cuando
ya se han sostenido el sobresalto de la primera
mirada,
y ya ocurrieron las ansias junto a la ventana
y del primer paseo juntos, una vez, por el
jardín:
Ustedes, amantes, ¿siguen todavía entonces siendo
los mismos? Cuando el uno alza al otro hasta su boca
y se unen —bebida con bebida—: ¡oh, de qué
manera
tan extraña el bebedor entonces se escapa de su
función!
¿No se asombraron ustedes, en las estelas áticas,
[6]
de la prudencia de los gestos humanos? El amor
y la despedida, ¿no fueron puestos demasiado
ligeramente sobre los hombros, como si se tratara
de seres hechos de otra materia que nosotros?
Recuerden las manos, cómo se posan sin presión,
aunque
hay vigor en los torsos. Estos dueños de sí mismos
lo sabían: Hasta aquí, nosotros; esto es lo
nuestro,
tocarnos así; que los dioses nos aprieten
con mayor fuerza. Pero eso es cosa de los dioses.
Si nosotros encontráramos también una pura,
contenida,
estrecha, humana franja de huerto, nuestra, entre
río y roca. Pues nuestro propio corazón nos excede
tanto como a aquéllos. Y ya no podemos mirarlo
a través de imágenes que lo sosieguen, ni a
través
de cuerpos divinos, en los que se contenga más.
La tercera elegía
Una cosa es cantar a la
amada. Otra, ay, ese oculto,
culpable, río dios de la sangre. Aquél a quien
ella
lejanamente conoce, su muchacho, ¿qué sabe él,
realmente, del señor del placer, quien con
frecuencia,
desde su soledad, antes de que la muchacha lo
sosegara,
incluso como si ella no existiera, oh, chorreando
de qué incognoscible, levantaba su cabeza de dios,
convocando a la noche a la revuelta interminable?
Oh, Neptuno de la sangre; oh, su terrible tridente.
Oh, el oscuro viento de su pecho desde la retorcida
caracola. Escucha cómo la noche se ahonda y ahueca.
Ustedes, estrellas, ¿acaso no viene de ustedes, el
placer
del amante en el rostro de su amada? ¿No recibió
el amante su íntima visión del puro rostro de la
amada,
del astro puro?
NI tú, ay, ni su madre, al muchacho,
le tendieron tan expectante arco de las cejas.
No fue junto ti, muchacha que sientes al muchacho,
no
fue junto ti, que sus labios se curvaron
en la expresión más fértil. ¿De veras crees que
tu leve
aparición lo sacudió, tú, la que camina como
brisa
matinal? Le aterraste el corazón, sí, pero
terrores
más antiguos se arrojaron sobre él durante el
choque
en que ustedes se unieron. Llámalo... tu llamado
no lo separará del todo del compañero oscuro.
Cierto,
él quiere, se escapa; aliviado, se acostumbra
a tu corazón secreto, se toma a sí mismo y
empieza.
¿Pero empezó él alguna vez? Madre, tú lo hiciste
pequeño, tu fuiste quien lo empezó; para ti fue
nuevo,
tú doblaste sobre los ojos nuevos el mundo amistoso
y rechazaste el extraño. ¿Dónde, ay, quedaron los
años
cuando tú apartabas de él, con sólo tu delgada
figura,
al bullente caos? Así le escondiste muchas cosas;
el cuarto, sospechoso en las noches, se lo hiciste
inofensivo; con tu corazón lleno de refugio
mezclaste
a su espacio nocturno un espacio más humano.
No en la oscuridad, no, sino dentro de tu ser
más cercano, pusiste la lámpara, que brillaba
como surgida de la amistad. En ningún lugar
ni un crujido que no explicaras sonriendo,
como si desde mucho tiempo atrás supieras, cuándo
las duelas se comportan así...Y él te escuchó
y se sosegó. De tanto era capaz, tiernamente,
cuando se alzaba, tu presencia; detrás del armario
se levantó, en abrigo, su destino, y su intranquilo
futuro fue semejante a los pliegues de la cortina,
que se remueven con facilidad.
Y El, el que ha recibido alivio, acostado, bajo
párpados adormecidos disolviendo tu ligera dulce
figura, mientras saborea su antesueño, parecía
protegido... Pero, dentro: ¿quién defendía,
quién dentro de él impedía las altas mareas del
origen?
Ay, ninguna medida de precaución había ahí,
en el durmiente; durmiendo, pero soñando, pero
enfebrecido: ¡cómo se aventuraba! El, el nuevo,
el medroso, cómo se atascó entre las proliferantes
lianas del acontecimiento interior, enmarañado
hasta
ser algo exótico, una maleza estrangulante,
bestiales
formas que se daban caza. Cómo se entregaba. Amaba.
Amaba su interior, su selva interna, este bosque
originario en él, sobre cuyo mudo ser de derrumbes,
[7]
de un verde luminoso, su corazón se levantaba.
Amaba.
Lo abandonó, siguió adelante por las propias
raíces
hacia el poderoso origen, donde su pequeño
nacimiento
ya había sobrevivido. Amando, descendió a la
sangre
más vieja, a los barrancos donde yace lo terrible,
todavía ahíto de los padres. Y todos los terrores
lo conocieron, le guiñaron, como si estuvieran
de acuerdo. Sí, lo horrible sonrió... Rara vez
has sonreído con tal ternura, madre. Cómo él no
iba
a amar lo que le sonreía. Antes que a ti lo amó a
él,
pues cuando lo concebías, ya estaba disuelto en el
agua,
que aligera el germen.
Mira, nosotros no amamos, como las flores, gestados
durante un solo año; nos sube, cuando amamos,
por los brazos, una savia inmemorial. Oh, muchacha,
esto: que nosotros no amamos dentro en nuestro
adentro,
lo único, ni lo venidero, sino a la fermentación
innumerable; no al niño individual, sino a los
padres,
que como los escombros de la montaña fundamentan
nuestro suelo; sino como el seco lecho del río
de madres antiguas; sino todo el paisaje silencioso
bajo el destino nublado o claro: esto llegó antes
que tú, muchacha. Y tú misma, ¿qué sabes?; tú
conjuraste lo primigenio en el amante. Qué
sentimientos
bulleron, emergiendo de los seres desaparecidos.
Cuántas mujeres te odiaron en él. ¿Qué hombres
tenebrosos excitaste en las venas del muchacho?
Niños muertos trataron de ir hacia ti... Oh, suave,
suavemente, muéstrale una jornada diaria, amorosa
y segura; llévalo al jardín, dale el contrapeso
de las noches,
conténlo...
La cuarta elegía
Oh árboles de vida,
¿cuándo el invierno?
Nosotros no vamos al unísono. No somos sensatos
como las aves migratorias. Retrasados y tardíos,
nos imponemos repentina, forzadamente a los vientos,
y nos derrumbamos sobre un estanque indiferente.
Sabemos al mismo tiempo florecer y marchitarnos.
Y por algún lado andan todavía los leones y no
saben,
mientras siguen siendo majestuosos, de impotencia
alguna.
Pero nosotros, cuando queremos una cosa, siempre,
ya estamos acariciando la otra. La hostilidad
es en nosotros lo primero. ¿Acaso los amantes
no están siempre poniéndose límites, uno a el
otro,
ellos, que se prometían espacios, presa, hogar?
Ahí, para un dibujo instantáneo, se elabora
penosamente un fondo de contradicciones, de modo
que lo veamos; pues somos demasiado claros,
no conocemos por dentro el contorno del sentimiento,
sino
solamente lo que se forma por fuera. ¿Quién no se
sentó
inquieto frente al telón de su corazón? El telón
se levantó: el escenario era de despedida. Fácil
de entender. El jardín conocido, y oscilaba un
poco:
entonces apareció primero el bailarín. No éste.
Basta.
Y aunque sea ligero al actuar, está disfrazado
y se convierte en un burgués, que cruza por su
cocina,
entra a casa. No quiero estas máscaras a medio
llenar,
prefiero la marioneta. Está llena. Quiero soportar
sobre mí su cáscara, el alambre, su rostro
meramente
exterior. Aquí. Ya estoy adelante. Incluso si
apagan
las luces, si me dicen: "Ya se acabó";
incluso si
del escenario llega el vacío con la gris ráfaga de
aire;
incluso si ninguno de mis silenciosos ancestros
continúa
sentado junto a mí, ninguna mujer, ni siquiera
el muchacho de los ojos bizcos, cafés8:
me quedo,
a pesar de todo. Siempre hay algo qué ver.
¿No tengo razón? Tú, a quien en mí la vida
supo tan amarga, cuando probaste la mía, padre,
la primera infusión turbia de mi deber;
conforme yo crecí seguiste probándola, y todavía
ocupado en el regusto de un futuro tan extraño,
examinabas mi mirada empañada; tú, padre mío,
desde
que estás muerto, dentro de mí, en mi esperanza,
con frecuencia tienes miedo, y me envías serenidad,
como la tienen los muertos, reinos de serenidad,
para mi pizca de destino, ¿no tengo razón? Y
ustedes,
¿no tengo razón?, ustedes, las que me amaron
por el pequeño comienzo de amor hacia ustedes,
del que siempre me aparté, porque, para mí, el
espacio
dentro de vuestros rostros, aunque lo amara,
se transformaba en un espacio cósmico
donde ustedes ya no estaban... ¿No tengo razón
en esperar, cuando me siento con ganas de esperar,
frente al teatro de títeres? ¿No la tengo, en
mirarlo
tan intensamente, de modo que, para contrapesar
mi espectáculo, finalmente haya de venir un ángel,
a manera de actor, que ponga en pie los muñecos?
Angel y marioneta: por fin hay espectáculo.
Entonces
se une lo que nosotros siempre desgarramos con solo
estar aquí. Sólo entonces surge de nuestros
propios
cambios de estación el círculo de todo el cambio.
Encima de nosotros y más allá entonces actúa el
ángel.
Mira, los moribundos, ¿no han de sospechar acaso
cómo
todo lo que aquí realizamos es, completamente,
un pretexto? Ninguna cosa es ella misma. Ah, horas
de infancia, cuando detrás de las figuras había
algo más
que el mero pasado, y delante de nosotros, ningún
futuro.
Cierto, crecíamos, y a veces nos empeñábamos en
hacernos
mayores demasiado rápido, en parte por amor a
aquéllos,
que ya no tenían otra cosa que el ser mayores.
Y sin embargo, cuando estábamos en nuestra soledad
nos divertíamos con la permanencia y perdurábamos
ahí,
en la brecha entre el mundo y el juguete, en un
lugar
que desde el principio se había establecido para
un acontecimiento puro.
¿Quién mostrará un niño, tal como existe?
¿Quién
lo colocará en la constelación y le dará en la
mano
la medida de la distancia? ¿Quién hará la muerte
niña
con pan gris, que se endurece? ¿O se la dejará
ahí,
en la boca redonda, como en el corazón de una
hermosa
manzana?... Los asesinos son fáciles de entender.
Pero
esto: la muerte, la muerte total, aun antes de
contener
la vida tan dulcemente, y no ser malo, es
indescriptible.
La quinta elegía
Dedicada a Frau Hertha Koening
[9]
¿Pero quiénes son ellos,
dime, los ambulantes, los que
son un poco más fugaces aún que nosotros mismos,
los urgentemente retorcidos, desde pequeños, por
qué
—¿por amor de quién?— voluntad nunca
satisfecha?
Pero ella los retuerce, los dobla, los entrelaza,
los
hace girar, los arroja y los vuelve a atrapar;
como provenientes de un aire aceitado y más terso,
bajan a la alfombra desgastada, luida por su salto
perpetuo, a esta alfombra perdida en el universo.
Colocada como un parche, como si ahí el cielo
de los suburbios hubiese herido la tierra.
Y apenas ahí,
derecha, presente y revelada: la gran inicial
del Estar-Ahí [10]..., pues incluso a los hombres
más fuertes los aplasta nuevamente, por broma, la
mano
crispada siempre próxima, como a un plato de
estaño
Augusto el Fuerte en la mesa. [11]
Ay, y alrededor de este
centro, la rosa del espectáculo: [12]
florece y se deshoja. Alrededor de este pisón,
este pistilo, reencontrado por su propio polvo
florido,
para volver a fecundar el fruto aparente del tedio,
su tedio nunca consciente —reluciendo con la más
delgada superficie de ligera, aparente sonrisa.
Ahí, el marchito, arrugado levantador de pesos,
[13]
el viejo, el que ya nada más toca el tambor,
contraído dentro de su piel poderosa, como si antes
hubiera contenido dos hombres, y ya uno
yaciera ahora en el panteón, y él sobreviviera al
otro,
sordo y a veces un poco
confundido en la piel viuda.
Pero el joven, el hombre, como si fuera el hijo
de un pescuezo y de una monja: tirante, relleno,
tenso
de músculos y de simpleza.
Oh, ustedes,
a los que en otro tiempo, una pena, que era pequeña
todavía, los recibió, como juguete, en una
de sus largas convalecencias...
Tú, que caes con el golpe
que sólo las frutas conocen, verde todavía,
diariamente cientos de veces del árbol del
movimiento
construido en común [14] que, más rápido que el
agua,
en escasos minutos tiene primavera, verano y
otoño),
cae y golpea sobre la tumba;
algunas veces, a media pausa, quiere asomar en ti
un amable rostro para tu madre, rara vez tierna,
pero se pierde sobre tu cuerpo, que lo consume
en su superficie, el tímido gesto apenas
intentado...
Y nuevamente el hombre da una palmada anunciando
el salto a tierra, y antes de que, en las cercanías
del corazón siempre encarrerado, se distinga en ti
claramente un dolor, le llega el ardor
de las plantas de los pies a él, su salto
originario:
primero en ti, en los ojos, con un par de lágrimas
fugitivas, físicas. Y sin embargo, a ciegas,
la sonrisa...
¡Angel! Oh, tómala, arráncala, la hierba
curativa,
florida y pequeña. Haz una vasija, ¡guárdala!
Colócala
entre esos goces que todavía no están abiertos
para nosotros; en una urna hermosa alábala
con una inscripción elocuente y florida:
“Subrisio Saltat” [15]
Entonces tú, preciosa,
tú, de los goces más excitantes
muda omisión. Quizás son
tus rizos dichosos para ti;
o sobre los jóvenes
pechos tensos, la seda verde, metálica,
se sienta interminablemente mimada y no le falta
nada.
Tú,
colocada una y otra vez de modo diferente, sobre
todos los oscilantes platillos de la balanza,
fruta de la serenidad, llevada al mercado,
públicamente, entre los hombros.
¿Dónde, oh dónde está el lugar —lo llevo
en el corazón— donde ellos, ni de lejos, podían
desprenderse unos de otros, como encabalgándose,
no exactamente como animales apareados; donde los
pesos
de la balanza todavía tienen gravidez, donde
todavía,
de sus varas inútilmente oscilantes, los platillos
se tambalean...
Y de pronto, en este penoso ningún lado, de pronto,
el inefable sitio donde el puro demasiado-poco
incomprensiblemente se transforma, trocándose
en ese vacío demasiado-mucho.
Donde la cifra de muchos números
se queda sin ninguno.
Plazas, oh plaza en París, teatro interminable,
donde la modista, Madame Lamort,
enlaza, teje los incansables caminos del mundo,
cintas
infinitas, y encuentra nuevas formas de enlazarlas:
volantes, flores, escarapelas, frutas artificiales,
todas falsamente coloreadas, para los baratos
sombreros de invierno del destino.
* * * *
Angel: si hubiera una plaza que no conociéramos, y
ahí,
sobre una alfombra inefable, los amantes mostraran
aquéllas, las que aquí nunca lograron hacer
posibles:
las audaces, altas figuras de los impulsos del
corazón:
sus torres de placer, levantadas desde hace mucho,
donde nunca hubo suelo, solamente escalones
que se apoyan uno en otro, temblorosos —si
pudieran
hacerlo, ante los espectadores en corro, entonces,
¿los innumerables muertos silenciosos, arrojarían
sus últimas, siempre ahorradas, siempre secretas,
desconocidas para nosotros, eternas monedas vigentes
de la felicidad, ante la pareja, por fin
verdaderamente
sonriente, sobre la apaciguada
alfombra?
La sexta elegía
Higuera: desde hace cuánto
tiene sentido para mí
cómo omites las flores casi por completo,
y dentro del fruto tempranamente resuelto,
sin pompa alguna, encajas tu secreto puro.
Como el tubo de la fuente, tu curva rama impulsa
la savia hacia arriba y hacia abajo: y brota del
sueño,
casi sin despertarse, a la dicha de su más dulce
resultado. Mira: como el dios en el cisne.
... Pero nosotros nos demoramos
ay, celebrándonos en el florecer, y ya delatados,
entramos en el meollo retrasado de nuestro fruto
perecedero. En algunos el impulso de la acción
afluye
con tal fuerza, que ya se aprestan y arden
en la abundancia del corazón, cuando la seducción
de florecer, como suave viento nocturno, les roza
la juventud de la boca, los párpados:
son quizás los héroes y los destinados pronto para
el otro lado, aquéllos a quienes la muerte
jardinera
les tuerce las venas de manera diferente.
Estos se arrojan hacia adelante: a su propia sonrisa
preceden, como el grupo de caballos en la imagen
suavemente moldeada en Karnak del rey victorioso.
Pues extrañamente cercano es el héroe a los
jóvenes
muertos. La duración no lo estrecha. Su camino
ascendente es la existencia. Continuamente se
remonta
y entra en la cambiada constelación de su constante
peligro. Ahí lo encontrarían unos cuantos. Pero
el destino, que nos oculta tenebrosamente,
súbitamente
exaltado, lo canta, introduciéndolo en la tormenta
de su mundo rugiente. A nadie escucho como a él.
De un golpe me traspasa, con el aire en ráfagas, su
tonada sombría.
Entonces, con qué gusto me escondería de la
nostalgia:
Oh, si yo fuera, si fuera un muchacho, y pudiera
todavía llegar a serlo, y sentarme, apoyado
en brazos futuros, leyendo sobre Sansón,
cómo su madre parió primero nada, y luego todo.
¿No era ya héroe en ti, oh madre, no empezó
ya ahí, en ti, su elección soberana?
Miles fermentaban en el vientre y querían ser él,
pero mira: él cogió y escogió, eligió y pudo.
Y si derribó las columnas, ello ocurrió cuando
irrumpió
fuera del mundo de tu cuerpo, en el mundo más
estrecho,
donde siguió eligiendo y pudiendo. ¡Oh madres
de héroes! ¡Oh veneros de torrentes impetuosos!
Vuestros barrancos, en los que, desde lo alto del
borde
del corazón, lamentándose, ya las muchachas
precipitadas, víctimas futuras para el hijo.
Pues cuando el héroe llegó atronando, a través
de las estaciones del amor, todo corazón que por
él
latía lo alzó y lo alejó más de sí: ya
apartado,
él permanecía de pie al final de las sonrisas,
vuelto
otro.
La séptima elegía
Ya no cortejar, no hacer la
corte; voz emancipada
sea la naturaleza de tu grito; aunque gritaste
con la pureza del ave, cuando la nueva estación lo
alza,
casi olvidando que es un inquieto animal y no
solamente
un corazón único lo que ella lanza a las alturas,
a los cielos íntimos. Como él, así, nada menos,
seguramente también cortejarías una amiga,
todavía invisible, la silenciosa, que supiera de
ti;
en la que lentamente una respuesta despierta,
se calienta al ser escuchada: para tu osado
sentimiento, la que siente, encendida.
Oh y la primavera comprendería, no hay lugar donde
no se oyera la tonada de la anunciación. Primero
esa pequeña algarabía interrogativa,
a la que con creciente calma rodea, desde la
lejanía,
con su silencio, un día afirmativo, puro.
Luego los escalones ascendentes, escalones sonoros,
hacia el soñado templo del futuro; luego el gorjeo,
el surtidor, que en su chorro impetuoso ya anticipa
la caída en juego promisorio... Y delante, el
verano.
No solamente todas las mañanas del verano, no
solamente
cómo ellas se transforman en día e irradian
comienzo. No solamente los días que son suaves,
alrededor
de flores, y arriba, de árboles bien conformados,
fuertes y poderosos. No sólo el fervor de estas
fuerzas
desplegadas, no sólo los caminos, no sólo los
prados
en la tarde, no sólo, después de la tormenta
tardía,
la claridad respirada. No sólo el sueño próximo y
un
presentimiento, al atardecer... ¡Sino las noches!,
sino las noches altas, las noches de verano.
Sino las estrellas, las estrellas de la tierra.
¡Oh, ya estar muerto, y conocerlas
interminablemente,
todas las estrellas: pues cómo, cómo, cómo
olvidarlas!
Mira, he llamado a la amante. Pero no vendría sólo
ella... De tumbas endebles saldrían
muchachas
y estarían aquí... ¿Pues cómo restringiría,
cómo, la llamada de mi llamado? Los hundidos
siempre
buscan aún la tierra. Ustedes, niños: una cosa
aquí aprendida de una buena vez valdría por
muchas.
No crean ustedes que el destino es más de lo que
cupo
en la infancia; con qué frecuencia ustedes
rebasarían
al amado, jadeando, jadeando por la carrera bendita,
en pos de nada, en campo abierto. Estar aquí
es magnífico. Ustedes lo sabían, chicas, también
ustedes, las al parecer incapaces de hundirse,
ustedes,
en las callejuelas más odiosas de las ciudades,
supurantes, o abiertas a la inmundicia. Pues para
cada
una de ustedes hubo una hora, quizás ni una hora
completa, apenas medible en medidas de tiempo, entre
dos momentos, donde tuvieran realmente existencia.
Toda. Las venas llenas de existencia.
Sólo que olvidamos tan fácilmente lo que el
vecino,
riendo, ni nos confirma ni nos envidia. Visiblemente
queremos alzarlo, mientras que la dicha más
visible,
en realidad, sólo se nos da a conocer cuando
la transformamos interiormente.
En ningún lugar, amada, existirá el mundo sino
adentro.
Nuestra vida avanza transformando. Y decrece cada
vez
más lo de afuera, hasta la insignificancia. Donde
hubo
una casa permanente, se nos propone ahora, de
través,
una figura mental, completamente perteneciente
a la imaginación, como si estuviera del todo aún
en el cerebro. Amplios graneros de fuerza se crea
el espíritu del tiempo, amorfos como el tenso
impulso
que obtiene de todo. Ya no conoce templos. Este
derroche
del corazón lo ahorramos en secreto. Sí, donde
sobrevive
todavía una cosa, una sola cosa a la que en otro
tiempo
se rezaba, se veneraba, o frente a la cual
arrodillarse,
ya se remonta, tal como es, a lo invisible. Muchos
ya no la advierten; carecen de la ventaja de
construirla
ahora, internamente, con columnas y estatuas,
¡más grande!
Cada sorda vuelta del mundo tiene tales
desheredados,
a quienes no pertenece ni lo anterior ni, todavía,
lo venidero. Pues aun lo venidero más cercano está
lejos
de los hombres. Y esto no debe desconcertarnos, sino
fortalecernos en la conservación de la forma aun
reconocida. Esto estuvo en pie alguna vez
entre
los hombres, estuvo en mitad del destino; estuvo
en el aniquilador desconocido, en mitad del hacia
dónde,
como si existiera; y dobló hacia sí las estrellas
de los cielos garantizados. Angel, a ti
también
te lo muestro, ¡ahí! Que en tu mirada se
ponga en pie,
finalmente salvado, ahora finalmente erguido.
Columnas,
pilonos, [16] la esfinge, la ambiciosa resistencia
gris,
en la ciudad que se desvanece, o en la extranjera,
de la catedral.
¿No fue esto un milagro? ¡Maravíllate, oh Angel,
pues eso
somos nosotros, nosotros! ¡Oh tú, el
grande, cuéntalo!:
que nosotros fuimos capaces de algo así, mi aliento
no alcanza para celebrarlo. De modo que, a pesar de
todo,
no hemos desperdiciado los espacios, estos generosos
espacios nuestros. (Qué terriblemente
grandes deben ser,
para que en milenios nuestro sentimiento no los
colmara.)
Pero una torre fue grande, ¿no es cierto? Oh
ángel,
lo fue. ¿Fue grande, aun junto a ti? Chartres fue
grande, y la música llegó más lejos aun y nos
sobrepasó.
Sin embargo, incluso solamente una amante, oh, sola
en la ventana nocturna... ¿te llegaba siquiera
a la rodilla? No creas que estoy cortejando,
ángel,
¡y aun si te cortejara! No vienes. De modo que mi
llamada es siempre totalmente de ida; contra
corriente
tan vigorosa no puedes andar. Como un brazo
extendido
es mi llamada. Y su mano, abierta hacia arriba
para alcanzar, permanece ante ti, abierta,
como defensa y como advertencia,
inasible, lejos allá arriba.
La octava elegía
Dedicada a Rudolf Kassner
Con todos los ojos ve la
criatura
lo abierto. Pero nuestros ojos están
como al revés, y completamente en torno suyo,
la cercan como trampas, alrededor de su libre
salida.
Sólo sabemos lo que hay afuera por la cara
del animal,
pues ya desde el principio volteamos al niño
y lo forzamos a que vea de espaldas la creación,
no lo abierto, que en la mirada animal es tan
profundo.
Libre de la muerte. Sólo nosotros la vemos;
el libre animal tiene su final siempre detrás
y delante de sí a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nunca tenemos, ni siquiera un solo día, el espacio
puro
delante de nosotros, donde las flores se abren
interminablemente. Siempre está el mundo,
y nunca ninguna parte sin no: la pura, la no
vigilada,
la que uno respira e interminablemente conoce
y no
anhela. De niño se pierde uno tranquilamente en
ella
y nos despiertan a sacudidas. O alguien muere y
ya.
Porque cerca de la muerte uno ya no ve a la muerte,
y mira fijamente hacia afuera, quizás con gran
mirada
animal. Los amantes —si no estuviera el otro,
que obstruye la vista— se acercan y se asombran...
Como por equivocación, está abierto para ellos
detrás
del otro... Pero ninguno avanza y el mundo se queda
de nuevo para él. Siempre vueltos hacia la
creación,
vemos solamente sobre ella el reflejo de lo libre,
oscurecido por nosotros. O que un animal, mudo, alza
los ojos tranquilamente y ve a través y a través
de nosotros.
Esto se llama destino. Estar en frente y nada más
que eso,
y siempre en frente.
Si existiera una conciencia como la nuestra en el
seguro
animal que viene hacia nosotros en otra dirección,
nos volcaría con su paso. Pero su ser es para él
infinito, inasible, no tiene vista hacia su
condición; es
puro, tal como su mirada abierta hacia delante. Y
donde
nosotros vemos el futuro, ahí él ve el todo, y a
sí mismo
en el todo, y salvado para siempre.
Y sin embargo hay en el vigilante, cálido animal
el peso y la inquietud de una gran melancolía.
Pues él también siempre lleva consigo lo que a
nosotros
con frecuencia nos abruma, el recuerdo,
como si el sitio hacia donde corremos como
impelidos,
alguna vez hubiera estado más cerca, hubiese sido
más
leal, su contacto infinitamente tierno. Aquí todo
es distancia, allá todo era aliento. Después
de su primer hogar el segundo es para él híbrido
y mudable. Oh, santidad de la criatura pequeña,
que permanece siempre en el vientre que la
parió.
Oh, suerte del mosquito, que aun adentro
retoza,
incluso en sus bodas: pues el vientre es todo.
Y mira, la media seguridad del pájaro que, desde
su origen, casi conoce ambas cosas, como si fuera un
alma
de los etruscos, [17] salida de un muerto, a quien
un espacio acogió, pero con la figura yacente como
tapa.
Y qué perplejo está quien debe volar, y proviene
de un vientre. Como espantado de sí mismo,
zigzaguea
en el aire, como cuando una grieta se abre en una
taza.
Así cruza el rastro del murciélago la porcelana
del anochecer.
Y nosotros: siempre espectadores, en todas partes,
¡vueltos hacia el todo, nunca hacia afuera! El todo
nos colma. Lo ordenamos. Se desintegra. Lo volvemos
a ordenar y nos desintegramos nosotros mismos.
¿Quién nos ha volteado así, que hagamos lo que
hagamos,
mantenemos la actitud de alguien que se va? Como
quien,
desde la última colina, que le muestra una vez más
todo
su valle, voltea, se detiene, permanece un momento,
así vivimos nosotros, y siempre nos estamos
despidiendo.
La novena elegía
¿Por qué, si es posible
llevar el plazo de la existencia
como un laurel, [18] un poco más verde que todo
lo otro verde, con pequeñas ondulaciones en la
orilla
de cada hoja (como una sonrisa del viento): por
qué,
entonces, tener que ser humanos -y, evitando el
destino, anhelar destino?...
Oh, no porque haya felicidad,
esa prematura ganancia de una pérdida cercana...
No por curiosidad, ni como ejercicio del corazón,
que también pudiera estar en el laurel...
Sino porque es mucho estar aquí, y porque al
parecer nos
necesita todo lo de aquí, lo fugaz, de manera
extraña
nos concierne. A nosotros, los más fugaces. Todo una
vez, sólo una. Una vez y nada más. Y
nosotros también
una vez. Nunca otra. Pero este
haber sido una vez, aunque sea una sola:
haber sido terrenal, no parece revocable.
Y así nos urgimos y queremos llevarlo a cabo,
queremos contenerlo en nuestras simples manos,
en nuestra mirada cada vez más colmada y en el
corazón
atónito. Queremos llegar a serlo. ¿Dárselo a
quién? Mejor
consérvalo todo para siempre... Ah, por el otro
lado,
ay, ¿qué se lleva uno más allá? No la mirada, la
aquí
lentamente aprendida, ni nada de lo que ocurrió
aquí.
Ninguna cosa. Entonces, los dolores. Entonces sobre
todo
la pesadumbre, entonces la larga experiencia del
amor;
entonces lo puramente indecible. Pero luego, bajo
las estrellas, ¿qué ha de ser de eso? Ellas
son mejores
inefables. Pues bajando por la falda de la montaña,
el caminante tampoco trae al valle un puñado de
tierra,
la inefable para todos, sino una palabra ganada,
pura,
la genciana [19] amarilla y azul. ¿Acaso estamos aquí
para decir: casa, puente, fuente, puerta, jarra,
árbol
frutal, ventana; a lo más: columna, torre?... Sino
para decir, compréndelo, oh para decirlo así,
como
íntimamente las cosas mismas nunca creyeron serlo.
¿No es
la secreta astucia de esta callada tierra, cuando
impulsa a los amantes, que en su sentimiento, todas
y cada una de las cosas se arroben?
Umbral: ¿qué es para dos
amantes, gastar su propio, viejo umbral de la puerta
un poco, también ellos, después de los muchos
que los precedieron y antes de los venideros...?
Poca cosa.
Aquí está el tiempo de lo decible, aquí
su patria.
Habla y confiesa. Más que nunca
van cayéndose las cosas, las que podemos vivir,
pues
lo que las sustituye, desplazándolas, es un hacer
sin imagen.
Actuar bajo costras, que por sí mismas revientan,
tan pronto por dentro la actividad las rebasa y se
limita
de otra manera. Entre los martillos persiste
nuestro corazón, como entre los dientes
la lengua, que sin embargo
continúa alabando.
Alabe el mundo al ángel. No el mundo inefable. Ante
el ángel no puedes jactarte de tu sentir
esplendoroso;
en el universo, donde él, más sensible, siente,
eres
un novato. Por esto, muéstrale lo sencillo,
lo configurado de generación en generación, lo que
como cosa nuestra vive junto a la mano y en la
mirada.
Dile las cosas. Se quedará más asombrado, como
lo estuviste tú junto al cordelero en Roma o al
alfarero
en el Nilo. Muéstrale qué feliz puede ser una
cosa, qué
libre de culpa y qué nuestra; cómo el propio dolor
que se queja se encamina, puro, hacia la forma,
sirve
como una cosa, o muere en una cosa —y felizmente
escapa
del violín, rumbo al otro lado. Y estas cosas, que
viven
en el camino de salida, entienden que las alabas;
pasajeras, nos creen algo que salva, a nosotros, los
más
pasajeros. Quieren que las transformemos por
completo,
dentro del corazón invisible, ¡en —oh,
infinitamente—
nosotros!, quienesquiera que finalmente seamos.
Tierra, ¿no es esto lo que quieres: invisible
resurgir en nosotros? ¿No es tu sueño
ser alguna vez invisible? ¡Tierra! ¡Invisible!
¿Cuál, si no la transformación, es tu misión
urgente?
Tierra, tú, amada, yo quiero. Oh, créeme: no
necesitas
más de tus primaveras para ganarme para ti, una,
ay, una sola es ya demasiado para la sangre.
Sin palabras estoy por ti decidido, desde hace
mucho.
Siempre tuviste razón, y tu idea santa
es la muerte íntima.
Mira, yo vivo. ¿De dónde? Ni la infancia ni el
futuro
son menos... Existencia de sobra
me mana en el corazón.
La décima elegía
Que un día, a la salida de
esta visión feroz, eleve yo
mi canto de júbilo y gloria hasta los ángeles, que
asentirán.
Que de los claros martillazos [20] del corazón,
ninguno
golpee mal en cuerdas flojas, dudosas o que se
rompan.
Que mi rostro fluido me haga más resplandeciente:
que el llanto imperceptible florezca. Oh, entonces,
cómo
me serán queridas ustedes, noches de aflicción.
Cómo no me arrodillé más ante ustedes, hermanas
inconsolables, para recibirlas; cómo no me
abandoné
a mí mismo, más suelto todavía, en su suelto
cabello.
Nosotros, derrochadores de dolores. Cómo por
anticipado
los divisamos en la triste duración: por si tal vez
tienen final. Pero ellos son, desde luego, nuestro
follaje de invierno, nuestro oscuro verde perenne,
—uno de los tiempos del año secreto, no
sólo tiempo—;
son lugar, asentamiento, lecho, suelo, domicilio.
Por cierto, ay, qué extrañas son las callejuelas
de la Ciudad del Dolor, donde en el falso silencio,
fuerte, hecho de gritería, lo que ha sido vertido
del molde del vacío alardea: el dorado estrépito,
el monumento estallante. Oh, cómo un ángel
les aniquilaría, sin dejar rastro, el mercado
de consuelos, al que la iglesia rodea, la que
compraron
prefabricada: limpia, cerrada y desengañada como
una oficina de correos en domingo. Fuera, en cambio,
cómo
se encrespan las orillas de la feria. ¡Columpios
de la libertad! ¡Buzos y malabaristas del afán!
Y el tiro al blanco de la felicidad acicalada,
con figuritas, donde los blancos se tambalean
como de hojalata cuando son alcanzados por un
tirador
más atinado. Del aplauso hacia el azar, sigue él,
a traspiés; pues se anuncian puestos de todo tipo
de curiosidades, tocan al tambor y chillan. Pero hay
para los adultos algo más especial que ver: cómo
se multiplica el dinero, anatómicamente, no sólo
por diversión: el órgano genital del dinero, todo,
el conjunto, el procedimiento, esto instruye y hace
fértil...
...Oh, pero ahí junto, afuera, detrás de
las últimas palizadas, tapizadas de anuncios
de "Sin Muerte", de esa amarga cerveza,
que parece dulce
a sus bebedores, siempre y cuando mastiquen con ella
diversiones frescas..., exactamente a espaldas
de las palizadas, exactamente detrás, está lo
real.
Los niños juegan, los amantes se toman uno al otro,
apartados, con seriedad, en la pobre hierba, y los
perros
tienen la naturaleza. El muchacho es atraído más
allá;
quizás ama a una joven Lamentación... Tras ella va
por praderas. Ella dice: —Lejos. Vivimos allá
afuera.
—¿Dónde? Y el muchacho sigue. Ella lo conmueve
con su
actitud. El hombro, el cuello... quizás ella es de
noble
origen. Pero la deja, se da la vuelta, mira en
torno,
hace una seña... ¿Qué se ha de hacer? Ella es una
Lamentación.
Sólo los muertos jóvenes, en la primera condición
de serenidad atemporal, la deshabituación, la
siguen
con amor. Ella aguarda a las chicas y se hace amiga
de ellas. Silenciosamente les muestra lo que lleva
consigo. Perlas de dolor y los finos velos
de la tolerancia. Con los muchachos camina
en silencio.
Pero ahí, donde viven, en el valle, una
Lamentación,
una de las más ancianas, se encarga del muchacho,
cuando
él pregunta: —Nosotras éramos, dice ella, una
gran familia, nosotras, las lamentaciones. Los
padres
trabajaban en la minería, ahí en la gran montaña:
entre los hombres, a veces encuentras un pedazo
de dolor original, pulimentado, o lascas de ira
petrificada del viejo volcán. Sí, esto venía de
ahí.
Alguna vez fuimos ricas.
Y ella lo conduce ligeramente a través del amplio
paisaje
de las lamentaciones, le muestra las columnas
de los templos y las ruinas de los castillos, desde
donde
antiguamente, los príncipes de las lamentaciones
con sabiduría gobernaban el país. Le muestra los
altos
árboles de las lágrimas y los campos de la florida
melancolía. (Los vivos sólo la conocen como
follaje
tierno.) Le muestra los animales del duelo,
paciendo,
y a veces, un pájaro se espanta, y traza en el
espacio,
volando bajo, frente a ellos, de través, al ras
de su mirada, la imagen escrita de su grito
solitario.
Al atardecer lo lleva a las tumbas de los ancianos
de la familia de las lamentaciones, las sibilas
y los señores del consejo. Pero se acerca la noche,
así que caminan más quedo, y pronto se levanta,
lleno
de luna, el monumento funerario, que vela sobre
todas
las cosas. Es hermano de aquélla del Nilo, la
sublime
esfinge: rostro de la cámara callada. Y se asombran
ante
la cabeza coronada, que para siempre,
silenciosamente,
ha puesto el rostro de los hombres sobre la balanza
de las estrellas.
Los ojos del muchacho no la aprehenden, todavía
en el vértigo de la muerte temprana. Pero la mirada
de la esfinge, desde detrás del borde del pschent,
[21]
espanta al búho. [22] Y rozándola en lento
frotamiento
a lo largo de la mejilla, la de redondez más
madura,
el búho dibuja suavemente en su nuevo oído de
muerto,
sobre una hoja doble, abierta, el contorno
indescriptible.
Y más arriba, las estrellas. Nuevas. Las estrellas
del país del dolor. Lentamente las nombra la
Lamentación:
"Mira, aquí: el Jinete, el Bastón,
y a la constelación
más llena la llaman: Corona de Frutos.
Luego, más allá,
hacia el polo: Cuna, Camino, el Libro Ardiente,
Títere,
Ventana. Pero en el cielo del sur, pura como en
la palma
de una mano bendita, la clara M
resplandeciente,
que significa las Madres...
Pero el muerto debe avanzar, y en silencio la
anciana
Lamentación lo lleva hasta el barranco
donde resplandece la luna:
la Fuente de la Alegría. Con veneración
ella la nombra, dice: "Entre los hombres
es una corriente que arrastra".
Están al pie de la montaña
y ahí ella lo abraza, llorando.
Sube él, solitario, hacia los montes del dolor
original.
Y ni siquiera una vez su paso resuena desde el
destino mudo.
Pero si despertaran en nosotros un símbolo, ellos,
los interminablemente muertos, mira, señalarían
quizás
los amentos [23] de los avellanos vacíos,
colgantes,
o pensarían en la lluvia, que cae sobre el suelo
oscuro en primavera.
Y nosotros, que pensamos en la dicha creciente,
sentiríamos la emoción
que casi nos consterna
cuando algo dichoso cae.
Notas
[1]
Propietaria del castillo de Duino, sobre un
acantilado del mar Adriático, cercano a Trieste (en
esa época, parte del imperio austriaco), donde el
poeta austriaco Rainer María Rilke (n. Praga, 1875,
y m. Valmont, Suiza, 1926) empezó sus elegías en
1912.
Las elegías
de Duino tardaron diez años en escribirse, en
diversos sitios, y se publicaron en 1923. El
castillo de Duino fue destruido en la primera guerra
mundial. Cf. Hans Egon Holthusen, Rainer María
Rilke, Madrid, Alianza Editorial, 1968.
Aunque
difíciles de conseguir en el mercado, hay varias
traducciones castellanas de la poesía de Rilke;
entre otras, las de Gerardo Diego, Gabriel Celaya,
Carlos Barral, José María Valverde, Luis Felipe
Vivanco y Gonzalo Torrente Ballester; aparecieron en
México las de Eduardo García Máynez, Juan José
Domenchina, Horacio Quiñones y Juan Carvajal. La
más asequible, la de Eustaquio Barjau (Madrid,
Cátedra, 1990).
Entre los
estudiosos de Rilke en lengua española, están Luis
Cernuda, José Bergamín, Antonio Marichalar,
Guillermo de Torre y Jaime Ferreiro Alemparte.
Aprovecho la
traducción, la introducción y los comentarios de
J. B. Leishmann a la versión inglesa que hizo
conjuntamente con Stephen Spender: The Duino
Elegies, Londres, The Hogarth Press, 1939 y
1948, y las notas y comentarios de Barjau a su
versión castellana (1993).
[2] “El ‘ángel’
de las Elegías, escribió el propio Rilke en
carta a Witold Hulewicz en 1925, no tiene nada que
ver con el ángel del cielo cristiano (antes más
bien con las representaciones angélicas del Islam)”.
Tampoco es una
figura meramente estética o erótica, a la manera
de muchos motivos angélicos-efébicos del arte
moderno, como los de Cocteau. Rilke se imagina
ángeles viriles y con barba, no púberes ni
andróginos; dice en Los cuadernos de Malte
Laurids Brigge: “Si es cierto que los ángeles
son machos, se puede decir que tenía un acento
macho en la voz: una virilidad resplandeciente”.
[3] Amante
veneciana del Renacimiento, poetisa del amor
trágico (1523-1554); una de esas "amantes
inauditas", como la Monja Portuguesa, que
"crecían y se elevaban en su amor... hasta que
su tortura se había cambiado en un esplendor
amargo, helado, que ya nadie podía detener",
de las que se habla detenidamente en Los cuadernos
de Malte Laurids Brigge.
[4] En 1911
Rilke vio en esa iglesia de Venecia un altivo
epitafio desengañado de un tal Hermann Wilhelm o
Hermanus Gulielmus, de 1593: entre otras cosas dice:
“En vida viví para los demás; ahora, después de
la muerte, no he perecido, sino que vivo en mármol
frío para mí mismo”.
[5] Mito griego
semejante en unos aspectos al de Adonis, y en otros
al de Orfeo, pero relativo a la música fúnebre.
Linos es el semidiós de la lamentación, la música
y la elegía fúnebres. Murió de muerte terrible
—asesinado por Apolo o por Hércules, o destrozado
por perros, según varias leyendas—; al morir, su
terrible lamentación dio nacimiento a la música; o
bien, la naturaleza entera, al llorar su muerte,
creó la música (Iliada, XVIII, 570).
[6] Una estela
funeraria en la que Eurídice se despide de Orfeo:
ella apenas le roza el hombro, él apenas le toca la
mano con la punta de los dedos; las expresiones de
ambos, a pesar de la tragedia, son contenidas y
serenas. Rilke la vio en Nápoles.
[7] Las
innumerables capas de árboles caídos y
desintegrados que cubren el suelo originario de la
selva primitiva.
[8] Este chico
tiene algún sentido autobiográfico, pero sobre
todo refiere al personaje Erik Brahe, de Los
cuadernos de Malte Laurids Brigge.
[9] Propietaria
(en 1915) del cuadro de Picasso Les Saltinbanques
(pintado en 1905) al que Rilke alude varias veces en
esta elegía. Ver notas 10, 12, 13 y 14.
[10] La gran
inicial es la letra D de “Dastehen” y de “Dasein”,
existir (muchas metáforas e ideas poéticas de
Rilke fueron retomadas por la filosofía de
Heidegger); según Eudo C. Mason, las figuras de los
saltimbanquis en el cuadro de Picasso conforman una
especie de letra D, de la que el arlequín
constituiría la línea vertical y el niño más
chico el final de la curva. (La mujer del extremo
está fuera del grupo de los saltimbanquis, y más
bien representa al espectador).
[11] Príncipe
elector de Sajonia, se divertía deformando platos
de estaño con la mano (Barjau).
[12] Glosa de
toda la estrofa —resumida del comentario de
Leishmann: los saltimbanquis configuran la flor del
espectáculo, su centro, su pistilo; con sus saltos
sobre la tierra, como manos de mortero o triturador,
o pisones (“Stampfer”), levantan polvo florido,
que a manera de polen los refertiliza. Así surge la
rosa del espectáculo, aparente o falsa flor del
tedio, que provoca la sonrisa igualmente
superficial, ligera y luminosa, del tedio de los
propios saltimbanquis.
[13] En el
cuadro de Picasso, el ex-hombre fuerte, el
saltimbanqui gordo, con gorro. Se describen luego
otras figuras: el "Hijo de un pescuezo y de una
monja" es el arlequín; quien cae "con el
golpe que sólo las frutas conocen", el niño
más pequeño; la mujer del extremo es acaso su
madre "rara vez tierna"; del adolescente
del tambor no se hace mayor mención; la muchacha es
la “fruta de la serenidad, llevada al mercado”.
[14] El árbol
humano —en gimnasia, pirámide— que construyen,
montados unos sobre otros, los saltimbanquis.
[15]
Abreviación de una frase latina: “Subrisio
Saltatoris”, la sonrisa de los saltimbanquis.
Inscripción a manera de los membretes de los
herbolarios y las farmacopeas medievales para las
sustancias curativas y mágicas.
[16] Las
fachadas de los templos egipcios.
[17] El etrusco
muerto tiene doble morada: el cadáver dentro, y su
representación gráfica sobre la tapa del
sarcófago (Leishmann).
[18] El castillo
de Duino tenía laureles. Dafne se convirtió en
laurel para escapar de Apolo: símbolo de la fuga
del destino humano, rumbo a la serenidad vegetal.
[19] En algunas
regiones de Europa se atribuye propiedades mágicas,
contra la muerte, a la genciana, que tiene
variedades azules y amarillas (Barjau).
[20] En el
piano, el sonido se produce por mazos que golpean en
cuerdas.
[21] La doble
corona de los faraones, que representaba la unión
del sur y del norte, del alto y del bajo Egipto; la
llevó también la esfinge de Gizeh (actualmente,
sólo conserva un fragmento).
[22] Anécdota
autobiográfica, recogida en una carta a Magda
Hattinberg (1 de febrero de 1914), sobre el viaje de
Rilke a Egipto a finales de 1910, en el cual creyó escuchar
cómo un búho, con el sonido de su vuelo, dibujaba
la mejilla de la esfinge:
“Detrás del
saliente del gorro real que lleva la esfinge en la
cabeza, salió volando un búho, y lentamente, con
un sonido que se oía de modo indescriptible en la
limpia profundidad de la noche, con su suave vuelo
fue rozando su rostro: y en aquel momento, en mi
oído, que por el hecho de haber estado horas y
horas en el silencio de la noche había adquirido
una agudeza muy especial, surgió el dibujo del
perfil de aquella mejilla, como por un milagro.”
Sin embargo,
Rilke escribió a Muzot sobre la imaginería egipcia
de esta elegía, que “el país de las
lamentaciones, por el que la anciana Lamentación
guía al joven muerto, no debe identificarse con
Egipto, sino verse como sólo una especie de reflejo
del país del Nilo en la claridad de desierto de la
conciencia del muerto.”
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