Sherwood Anderson
(Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941)

Aventura
(“Adventure”)
Winesburg, Ohio
(Nueva York: B. W. Huebsch, 1919, 303 págs.)


      Alice Hindman, que tenía veintisiete años cuando George Willard era sólo un niño, había pasado toda su vida en Winesburg. Trabajaba de dependienta en la tienda de telas de Winney y vivía con su madre, que se había casado en segundas nupcias.
       El padrastro de Alice era pintor de carruajes y tenía inclinación por la bebida. Su historia es muy curiosa. Valdría la pena contarla algún día.
       A los veintisiete, Alice era alta y un poco delgada. La parte que más destacaba de su cuerpo era la cabeza, que era más bien grande. Tenía los hombros encorvados y el cabello y los ojos castaños. Era muy callada, pero por debajo de aquella apariencia tan plácida un fermento hervía sin cesar.
       Cuando era una chica de dieciséis años, y antes de que empezara a trabajar en la tienda, Alice tuvo una aventura con un joven. El joven, llamado Ned Currie, era mayor que Alice. Al igual que George Willard estaba empleado en el Winesburg Eagle y, durante mucho tiempo, fue a buscar a Alice casi cada noche. Juntos paseaban bajo los árboles y hablaban de lo que harían con su vida. En esa época, Alice era muy guapa y Ned Currie la cogía en sus brazos y la besaba. Luego se exaltaba y decía cosas que no quería decir y Alice, traicionada por su deseo de que ocurriera algo hermoso en su gris existencia, también se exaltaba. Ella también hablaba. La corteza exterior de su vida, su timidez y su reserva, desaparecían y se entregaba por completo a las emociones del amor. Y cuando aquel otoño Ned Currie quiso ir a Cleveland, donde esperaba conseguir un puesto en el periódico de la ciudad y ascender en la vida, ella quiso acompañarlo. Con voz trémula le explicó lo que había pensado:
       —Yo trabajaré y tú también puedes hacerlo —dijo—. No quiero ser una carga inútil que te impida progresar. No te cases conmigo todavía. Podemos estar juntos aunque no nos casemos. Aunque vivamos en la misma casa nadie dirá nada. En la ciudad nadie nos conoce y la gente no se fijará en nosotros.
       Ned Currie se quedó boquiabierto ante la determinación y la entrega de su enamorada y también profundamente conmovido. Al principio había querido convertir a la chica en su amante, pero ahora cambió de opinión. Quería protegerla y cuidarla.
       —No sabes lo que dices —le respondió secamente—, puedes estar segura de que no lo consentiré. En cuanto consiga un buen trabajo volveré. Pero, de momento, tendrás que quedarte aquí. No podemos hacer otra cosa.
       La noche antes de que se marchara a emprender una nueva vida en la ciudad, Ned Currie fue a ver a Alice. Estuvieron una hora paseando por las calles y luego alquilaron un calesín en el establo de Wesley Moyer y fueron a dar una vuelta por el campo. Salió la luna y ninguno de los dos supo qué decir. Llevado por la tristeza, el joven olvidó la resolución que había tomado respecto a su comportamiento con la chica.
       Se apearon del carricoche en un lugar donde un extenso prado descendía en pendiente hasta la orilla del arroyo Wine y allí, bajo la luz tenue, se hicieron amantes. A medianoche, cuando volvieron al pueblo, los dos estaban felices. Pensaron que nada podría empañar en el futuro la belleza y la maravilla de lo que había ocurrido.
       —Ahora tendremos que estar juntos, pase lo que pase tendremos que estar juntos —dijo Ned Currie cuando dejó a la chica delante de la casa de su padre.
       El joven periodista no consiguió empleo en el periódico de Cleveland y fue al oeste hacia Chicago. Durante una temporada se sintió solo y escribió a Alice casi a diario. Luego lo arrastró el ritmo de la ciudad: empezó a conocer gente y descubrió nuevos intereses en la vida. En Chicago se alojó en una casa donde vivían varias mujeres. Una de ellas atrajo su atención y olvidó a Alice en Winesburg. A finales de año había dejado de escribirle y sólo pensaba en ella muy de tanto en tanto, cuando se sentía solo o iba a pasear por alguno de los parques de la ciudad y veía la luna brillando en la hierba, igual que aquella noche en el prado junto al arroyo Wine.
       En Winesburg, la chiquilla a la que había amado se convirtió en una mujer. Cuando tenía veintidós años, su padre, que era propietario de una guarnicionería, murió de repente. El guarnicionero había sido soldado y, al cabo de unos meses, su mujer recibió una pensión de viudedad. El primer dinero que cobró lo invirtió en comprar un telar y se hizo tejedora de alfombras. Alice, por su parte, consiguió una colocación en la tienda de Winney. Hasta pasados varios años no hubo forma de convencerla de que Ned Currie no iría a buscarla.
       Le gustaba aquel empleo porque la rutina diaria del trabajo en la tienda hacía la espera menos larga y aburrida. Empezó a ahorrar con la esperanza de reunir doscientos o trescientos dólares e ir a ver a su amante a la ciudad y tratar de recuperar su afecto.
       Alice no culpaba a Ned Currie de lo ocurrido en aquel campo a la luz de la luna, pero sentía que nunca podría casarse con ningún otro hombre. La idea de darle a otro lo que, a su entender, pertenecía sólo a Ned le parecía monstruosa. Cuando otros jóvenes trataban de despertar su interés, ella no sabía qué decirles. “Soy su mujer y seguiré siéndolo tanto si vuelve como si no”, musitaba para sí, y pese a estar totalmente dispuesta a mantenerse a sí misma, no habría podido entender la idea, hoy cada vez más extendida, de que las mujeres son dueñas de sus actos y pueden perseguir sus propios fines en la vida.
       Alice trabajaba en la tienda de telas de ocho de la mañana a seis de la tarde y tres días a la semana volvía a la tienda para quedarse de siete a nueve. A medida que fue pasando el tiempo y se volvió más y más solitaria, empezó a adquirir las manías típicas de la gente solitaria. Cuando subía de noche a su habitación, se arrodillaba a rezar en el suelo y en sus oraciones susurraba las cosas que quería decirle a su amante. Tomó afecto a los objetos inanimados, y como eran suyos, no permitía que nadie tocara los muebles de su habitación. Siguió ahorrando dinero, aun después de haber abandonado su proyecto de ir a la ciudad en busca de Ned Currie. Se convirtió en una costumbre y cuando necesitaba ropa nueva no la compraba. A veces, en las tardes lluviosas que pasaba en la tienda, sacaba su cartilla del banco, la dejaba abierta en el mostrador y pasaba horas urdiendo sueños imposibles en los que ahorraba suficiente dinero para que ella y su marido pudieran vivir de los intereses.
       “A Ned siempre le gustó viajar —pensaba—. Le daré ocasión de hacerlo. Y un día, cuando nos casemos y pueda ahorrar mi dinero y el suyo, seremos ricos. Luego viajaremos juntos por todo el mundo”.
       En la tienda de telas las semanas se convirtieron en meses y los meses en años, mientras Alice esperaba y soñaba con el regreso de su enamorado. Su patrón, un viejo de cabello entrecano que tenía dentadura postiza y un fino bigote gris que le tapaba la boca, no era muy dado a la conversación y en ocasiones, en los días lluviosos y en invierno cuando diluviaba sobre la calle Mayor, pasaban horas sin que entrara ningún cliente. Alice se ponía a ordenar y reorganizar el género. Se quedaba junto al escaparate desde donde se veía la calle vacía y pensaba en las tardes en que había paseado por ella con Ned Currie y en lo que éste le había dicho. “Ahora tenemos que estar juntos”. El eco de sus palabras resonaba en su imaginación de mujer madura. Los ojos se le llenaban de lágrimas. A veces, cuando su patrón había salido y estaba sola en la tienda, apoyaba la cabeza en el mostrador y lloraba. “¡Oh, Ned!, te espero”, susurraba una y otra vez, y todo el tiempo crecía su temor de que no regresara nunca.
       En primavera, cuando han pasado las lluvias y antes de que lleguen los largos y bochornosos días estivales, el campo de los alrededores de Winesburg se pone precioso. El pueblo está rodeado de sembrados, pero más allá hay algunas manchas de bosque muy hermosas. En dichos bosques hay muchos rincones apartados donde los enamorados van a pasar la tarde del domingo. A través de los árboles, contemplan los campos y ven a los granjeros trabajando en el granero o a la gente yendo y viniendo por los caminos. En el pueblo suenan las campanas y de vez en cuando pasa algún que otro tren que, en la distancia, casi parece de juguete.
       Hasta transcurridos varios años de la partida de Ned Currie, Alice no fue al bosque con los otros jóvenes, pero un día, dos o tres años después de que él se fuera, y cuando su soledad parecía insoportable, se puso su mejor vestido y salió. Encontró un lugar resguardado desde donde se veía el pueblo y una larga extensión de campos y se sentó. El miedo a envejecer y echar a perder su vida se adueñó de ella. No aguantó allí sentada y se levantó. Mientras contemplaba los campos, algo, tal vez la idea del ciclo incesante de la vida que se expresa con el fluir de las estaciones, hizo que pensara en el paso de los años. Con un escalofrío, comprendió que los años de la belleza y lozanía de su juventud habían quedado atrás. Por primera vez tuvo la sensación de que la habían engañado. No culpó a Ned Currie y tampoco supo a quién culpar. Le invadió la tristeza. Se arrodilló y trató de rezar, pero, en lugar de oraciones, sus labios pronunciaron palabras de queja.
       —No volverá a buscarme. Nunca podré ser feliz. ¿Por qué me engaño? —exclamó y eso le produjo una extraña sensación de alivio. Fue su primer intento valeroso de enfrentarse a algo que se había convertido en una parte de su vida cotidiana.
       El año en que Alice Hindman cumplió los veinticinco, ocurrieron dos cosas que alteraron la gris monotonía de su vida. Su madre se casó con Bush Milton, el pintor de carruajes de Winesburg, y ella misma ingresó en la Iglesia Metodista de Winesburg. Alice se unió a la iglesia porque la soledad de su vida la asustaba. El segundo matrimonio de su madre había subrayado su aislamiento. “Me estoy volviendo vieja y maniática. Si Ned vuelve, no me querrá. En la ciudad donde vive ahora los hombres no envejecen. Suceden tantas cosas que no tienen tiempo de envejecer”, se dijo con una sonrisita triste, y se propuso conocer a otras personas. Cada jueves por la tarde, cuando cerraba la tienda, asistía a una reunión religiosa en el sótano de la iglesia y los domingos por la tarde acudía a las reuniones de una organización llamada la Liga Epworth.
       Cuando Will Hurley, un hombre de mediana edad que trabajaba de dependiente en una farmacia y pertenecía también a la iglesia, se ofreció a acompañarla a casa, ella no se resistió. “Por supuesto, no permitiré que lo tome como costumbre, pero no tiene nada de malo que venga a verme de vez en cuando”, se dijo a sí misma, decidida a seguir siendo fiel a Ned Currie.
       Sin darse cuenta de lo que ocurría, Alice estaba tratando, tímidamente al principio, pero con una determinación cada vez mayor, de cambiar de vida. Caminaba en silencio junto al dependiente de la farmacia, y a veces, en la oscuridad, mientras paseaban impasibles, ella alargaba la mano y rozaba los pliegues del abrigo de su acompañante. Cuando la dejaba junto a la cerca de la casa de su madre, Alice no entraba, sino que se quedaba un momento junto a la puerta. Quería llamar al dependiente de la farmacia y pedirle que se sentara con ella en la oscuridad del porche, pero temía que no la comprendiera. “No es a él a quien quiero —se decía—. Sólo deseo no estar tan sola, si no voy con cuidado acabaré por perder la costumbre de estar con gente”.

       A principios del otoño del año en que cumplió los veintisiete, se adueñó de Alice un desasosiego febril. No soportaba la compañía del dependiente de la farmacia y cuando iba a buscarla por las tardes para ir a dar un paseo, ella se negaba a recibirlo. Su cerebro trabajaba con mucha intensidad y, cuando volvía a casa agotada después de pasar tantas horas detrás del mostrador y se metía en la cama, no podía conciliar el sueño. Contemplaba la oscuridad con los ojos muy abiertos. Su imaginación, como un niño que se despierta después de un largo sueño, jugueteaba por el cuarto. En lo más profundo de su ser había algo a lo que no podía engañar con fantasías y que exigía de la vida una respuesta definitiva.
       Alice cogía una almohada entre sus brazos y la apretaba contra sus pechos. Salía de la cama, disponía la manta para que en la oscuridad pareciese una forma que yaciera entre las sábanas y, arrodillada en el suelo, la acariciaba susurrando palabras una y otra vez como un estribillo. “¿Por qué no pasa alguna cosa? ¿Por qué me he quedado aquí sola?”, murmuraba. Aunque a veces pensaba en Ned Currie, ya no confiaba en él. Su deseo se había vuelto vago. No quería a Ned Currie ni a ningún otro hombre. Quería que la amaran, que algo respondiese al clamor que cada vez se hacía más ruidoso en su interior.
       Y entonces, una noche lluviosa, Alice vivió una aventura que la dejó asustada y confundida. Volvió de la tienda a las nueve y encontró la casa vacía. Bush Milton no estaba en el pueblo y su madre había ido a visitar a una vecina. Alice subió a su habitación y se desvistió en la oscuridad. Se quedó un momento junto a la ventana oyendo golpear la lluvia contra el cristal y luego la dominó un extraño deseo. Sin pararse a pensar lo que quería hacer, corrió escaleras abajo, atravesó la casa oscura y salió bajo la lluvia. Cuando llegó al jardincito que había delante de la casa y notó la fría lluvia sobre su cuerpo sintió el loco deseo de correr desnuda por las calles.
       Pensó que la lluvia tendría un efecto creador y maravilloso sobre su cuerpo. Hacía años que no se había sentido tan joven y valerosa. Quería correr y saltar, gritar, buscar algún otro ser humano solitario y abrazarlo. Un hombre pasó dando traspiés por la acera de ladrillo de delante de la casa. Alice echó a correr. Se adueñó de ella un impulso indómito y desesperado. “Qué más me da quién pueda ser. Está solo y pienso ir con él”, decidió; y luego, sin detenerse a considerar el posible resultado de su locura, lo llamó en voz baja.
       —¡Espera! —exclamó—. No te vayas. Quienquiera que seas, tienes que esperarme.
       El hombre de la acera se detuvo y se quedó escuchando. Era un anciano y estaba un poco sordo. Se llevó las manos a la boca y gritó:
       —¿Qué? ¿Cómo dice? —preguntó.
       Alice cayó desplomada al suelo y se quedó allí temblando. Estaba tan asustada de pensar en lo que había hecho, que, cuando el hombre siguió su camino, ella no se atrevió a incorporarse, sino que se arrastró a cuatro patas por la hierba hasta llegar a la casa. Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta con llave y apoyó contra ella la mesita del vestidor. Tiritaba como si tuviera escalofríos y le temblaban tanto las manos que tuvo dificultades para ponerse el camisón. Una vez en la cama, enterró el rostro en la almohada y lloró desconsolada. “¿Qué es lo que me ocurre? Como no vaya con cuidado acabaré haciendo alguna barbaridad”, pensó y, volviéndose hacia la pared, trató de afrontar con entereza la idea de que mucha gente se ve obligada a vivir y morir sola, incluso en Winesburg.




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