Sherwood Anderson
(Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941)

Muerte en el bosque (1926)
(“Death in the Woods”)
Originalmente publicado en The American Mercury,
Vol. 9, Núm. 33 (septiembre de 1926), págs. 7-13;
Tar: A Midwest Childhood
(Nueva York: Liveright, Inc., 1926, 346 págs.);
Death in the Woods and Other Stories
(con modificaciones)
(Nueva York: Liveright, Inc., 1933, 296 págs.)


I

      Era una anciana y vivía en una granja cerca de mi ciudad. Cualquier persona del campo o de una ciudad pequeña ha visto a ancianas así, pero nadie sabe demasiado de ellas. Una anciana de esas llega a la ciudad a lomos de un caballo viejo o a pie, trajinando un cesto. Puede que traiga unas pocas gallinas y huevos para vender. Los lleva en un cesto y se los muestra al tendero. Allí negocia con él. Le saca algo de cerdo salado y unas cuantas alubias. Además, consigue una libra o dos de azúcar y un poco de harina.
       Después se dirige al carnicero y le pide un poco de carne para perro. Se gastará unos diez o quince centavos, pero cuando lo hace, pide algo a cambio. Antes los carniceros regalaban hígado a quien quisiera llevárselo. En nuestra familia siempre comíamos hígado. Una vez uno de mis hermanos se hizo con un hígado de vaca entero en el matadero que había cerca de la feria de nuestra ciudad. Nos lo comimos hasta no poder más. No nos costó un centavo. Desde entonces no puedo verlo ni en pintura.
       La anciana de la granja se llevó el hígado y un hueso para caldo. Nunca trataba con nadie, y en cuanto tenía lo que quería, se largaba a su casa. La carga era considerable para un cuerpo con tantos años. Nadie le echaba una mano. La gente hace su vida y jamás se fija en una anciana así.
       Había una que solía pasar por delante de nuestra casa para ir a la ciudad. Lo hizo durante todo un verano y un otoño en los que yo era solo un muchacho y padecía lo que se llamaba reumatismo inflamatorio. Luego regresaba a su casa con un pesado paquete a las espaldas. Dos o tres perros, grandes y escuálidos, la seguían pegados a sus talones.
       La anciana no tenía nada de especial. Era una de tantas sin nombre a las que casi nadie conoce, pero se quedó grabada en mi cabeza. Y no ha sido hasta ahora, de repente, después de todos estos años, cuando la he recordado, a ella y a lo que le sucedió. Es una historia muy buena. Se llamaba Grimes, y vivía con su marido y su hijo en una pequeña casa sin pintar a orillas de un riachuelo a cuatro millas de la ciudad.
       Con el marido y el hijo le había caído en suerte una dura prueba. Aunque el joven solo tenía veintiún años, ya había cumplido condena en la cárcel. Se decía que el marido de esa mujer robaba caballos y cruzaba con ellos a otros condados. De vez en cuando ocurría que se perdía algún caballo y que aquel hombre también desaparecía. Nunca lo atrapó nadie. Una vez que yo estaba holgazaneando en el almacén de Tom Whitehead, aquel hombre llegó y se sentó en el banco de enfrente. Había allí dos o tres tipos más, pero nadie le dijo nada. Se quedó sentado durante unos minutos y luego se levantó y se fue. Mientras se iba, se volvió y miró a los demás. Sus ojos eran desafiantes. “Está bien, he intentado ser amable. No queréis hablar conmigo. Pasa lo mismo en cada lugar de esta ciudad al que voy. Y si un día de estos desaparece alguno de vuestros hermosos caballos, entonces, ¿qué?” En realidad no dijo nada. “Me gustaría partirle la cara a alguno de vosotros”, era más o menos lo que expresaban sus ojos. Recuerdo que su mirada hizo que me estremeciera.
       El anciano pertenecía a una familia que había tenido dinero. Su nombre era Jake Grimes. Todo me vuelve ahora con claridad a la memoria. Su padre, John Grimes, fue propietario de un aserradero cuando apenas acababan de fundar la ciudad, e hizo dinero. Pero empezó a beber y a andar detrás de las mujeres. Cuando murió ya no quedaba gran cosa.
       Jake se pulió el resto. Muy pronto ya no hubo más madera que cortar y sus tierras se esfumaron.
       A su mujer la arrancó de un granjero alemán para el que había ido a trabajar un día de junio, durante la cosecha de trigo. Ella era entonces una muchacha joven y estaba muerta de miedo. Ya ven, el granjero tenía algo con la muchacha; imagino que era una chica acogida, y la esposa tenía ciertas sospechas. La tomaba con la muchacha cuando el marido no andaba cerca. Luego, cuando la mujer iba a la ciudad a buscar provisiones, el granjero la perseguía. Ella le dijo al joven Jake que nunca había ocurrido nada, pero el muchacho no sabía si creerla o no.
       Él mismo la conquistó sin demasiada dificultad la primera vez que salió con ella. No se habría casado con ella si el granjero alemán no le hubiera mostrado el camino de salida. Se la había llevado a dar una vuelta con su carro una noche cuando estaba trillando en el lugar, y luego volvió a buscarla al domingo siguiente.
       Ella consiguió salir de la casa sin que la vieran los jefes, pero cuando se subía al carro, apareció el alemán. Ya casi había oscurecido, y el tipo surgió de repente junto a la cabeza del caballo. Cogió el animal por la brida y Jake sacó el látigo del carro.
       Ajustaron las cuentas allí mismo. El alemán era un tipo duro. Puede que no le importara si su mujer se enteraba o no. Jake le hirió en la cara y en los hombros con el látigo, pero el caballo se puso nervioso y tuvo que saltar.
       Entonces los dos se las vieron cara a cara. La muchacha no lo vio. El caballo echó a correr y se alejó casi dos kilómetros antes de que la chica consiguiera detenerlo. Luego se las arregló para atarlo a un árbol junto a la carretera. (Me pregunto cómo sé todo esto. Me lo habrán metido en la cabeza las historias del pueblo que escuché de niño.) Después de librarse del alemán, Jake la encontró allí. Estaba hecha un ovillo en el asiento del carro, llorando, muerta de miedo. Le contó un montón de cosas a Jake, cómo el alemán había intentado abusar de ella, cómo la persiguió una vez hasta el granero, cómo en otra ocasión, estando solos en casa, le había rasgado toda la parte delantera del vestido. El alemán, dijo ella, se habría salido con la suya aquella vez si no hubiese oído el ruido de la vieja esposa que llegaba a caballo. Pues bien, la mujer guardó el caballo en el establo. El alemán consiguió escabullirse hasta el campo sin que lo viera su esposa. Le dijo a la muchacha que la mataría si se lo contaba. ¿Qué podía hacer? Mintió y dijo que se había roto el vestido en el establo cuando estaba dando de comer al ganado. Ahora recuerdo que la habían abandonado y que no sabía dónde estaban su padre ni su madre. Quizá no tuviera padre. Ya saben a qué me refiero.
       A menudo, a los muchachos abandonados como ella se los trataba con bastante crueldad. Eran chicos sin padres, esclavos, de hecho. Había muy pocos hospicios entonces. Legalmente, estaban adscritos a alguna casa. Era una cuestión de pura suerte cómo resultara.


II

      Se casó con Jake y tuvo un niño y una niña, pero la niña murió.
       Luego se dedicó a alimentar ganado. Ese era su trabajo. En casa del alemán cocinaba para él y su esposa. Esta era una mujer fuerte de caderas anchas y la mayor parte del tiempo trabajaba en el campo con su marido. Ella les hacía la comida y daba de comer a las vacas del establo, a los cerdos, a los caballos y a los pollos. Cada momento de cada uno de sus días de juventud lo pasó dando de comer a alguien.
       Después se casó con Jake Grimes y hubo que darle de comer a él. Ella era muy delgadita, y después de tres o cuatro años de matrimonio, y de dar a luz dos veces, aquellos hombros esbeltos se encorvaron.
       Jake siempre tenía un montón de perros merodeando alrededor de la casa que se alzaba cerca del aserradero abandonado, a orillas del arroyo. Cuando no estaba robando algo, andaba vendiendo caballos y tenía además cierto número propio de huesudos ejemplares. Mantenía también a tres o cuatro cerdos y una vaca. A todos los alimentaba con los pocos acres que quedaban del terreno de los Grimes, así que no trabajaba demasiado.
       Se endeudó para conseguir un equipo de trilla y lo tuvo durante bastantes años, pero no le salían las cuentas. La gente no confiaba en él. Tenían miedo de que les robara el grano por la noche. Tenía que recorrer grandes distancias para conseguir trabajo y le costaba demasiado llegar. Durante el invierno cazaba y cortaba algo de leña para venderla en los pueblos de los alrededores. Cuando el hijo creció, salió igual que el padre. Se emborrachaban juntos. Si no había nada que comer en casa cuando volvían, el viejo amenazaba a su anciana mujer. Ella tenía unas cuantas gallinas de su propiedad, y se apresuraba entonces a matar alguna. Cuando las hubiera matado a todas, ya no tendría huevos para vender en la ciudad, y entonces, ¿qué iba a hacer?
       Tuvo que pasarse toda la vida pensando en alimentar a todo el mundo. En alimentar a los cerdos para que engordaran y se los pudiera matar en otoño. Y cuando ya estaba hecho, su marido se llevaba la mayor parte de la carne a la ciudad y la vendía. Si no lo hacía él primero, lo hacía luego el muchacho. A veces se peleaban, en esas ocasiones la mujer se hacía a un lado temblando.
       De todos modos tenía el hábito del silencio, eso se le había quedado grabado. A veces, cuando empezaba a envejecer —aún no tenía los cuarenta— y su marido y su hijo estaban fuera, vendiendo caballos o bebiendo, cazando o robando, ella se paseaba por la casa y por el corral murmurando para sí.
       ¿Cómo iba a darles de comer a todos? Ese era su problema. Había que dar de comer a los perros. No había suficiente heno en el granero para los caballos y las vacas. Si no daba de comer a las gallinas, ¿cómo iban a poner huevos? Y sin huevos que vender, ¿cómo iba a conseguir cosas en la ciudad, cosas que necesitaba para mantener la vida de la granja? Gracias al cielo, no tenía que darle de comer a su marido, en cierto sentido. El amor no duró mucho después de que se hubieran casado y llegaran los dos bebés. Adónde iba él durante sus largas ausencias, eso ella no lo sabía. A veces se iba de casa durante semanas, y cuando el chico se hizo mayor, se marchaban los dos juntos.
       Dejaban todos los asuntos de la casa a cargo de la mujer, que no tenía dinero. No conocía a nadie. Nadie le dirigía la palabra en la ciudad. Cuando llegaba el invierno, tenía que juntar ramas para hacer fuego y procurar alimentar al ganado con muy poco grano.
       El ganado del establo le gritaba hambriento, los perros la seguían. Durante el invierno, las gallinas daban muy pocos huevos. Se acurrucaban en las esquinas del establo y ella se las quedaba mirando. Si una gallina pone un huevo en el establo durante el invierno y no lo encuentras enseguida, el huevo se congela y se rompe.
       Un día de invierno la anciana se fue a la ciudad con unos pocos huevos y los perros la siguieron. No partió hasta casi las tres y la nevada era intensa. Hacía bastantes días que no se sentía bien, así que avanzaba murmurando, poco abrigada, con los hombros encogidos. Tenía un viejo saco de grano en el que llevaba los huevos, que se juntaban en el fondo. No había muchos, pero en invierno el precio de los huevos sube. Conseguiría un poco de carne a cambio de los huevos, algo de cerdo salado, un poco de azúcar y café, quizá. Podía ser que el carnicero le diera un pedazo de hígado.
       Cuando llegó a la ciudad y mientras vendía los huevos, los perros se quedaron tumbados cerca de la puerta. Se las arregló muy bien, consiguió todo lo que necesitaba, más de lo que esperaba. Luego fue a la carnicería y le dieron un poco de hígado y carne para perros.
       Era la primera vez que alguien le hablaba amistosamente desde hacía mucho tiempo. El carnicero estaba solo en la tienda cuando la mujer entró y le indignó que una anciana con tal aspecto de enferma anduviera por la calle en un día como aquel. El frío era muy intenso, y la nieve, que había amainado durante la tarde, caía de nuevo. El carnicero le dijo algo sobre el marido y el hijo, los maldijo, y la anciana lo miró con ojos de complacida sorpresa. El tipo dijo que antes que su marido o su hijo le echaran la mano a aquel hígado o a los grandes huesos con carne colgando que le había metido en el saco de grano, preferiría verles morir de hambre.
       Morir de hambre, ¿eh? Bueno, hay que alimentar a todo el mundo. Los hombres tienen que comer, y los caballos, que aunque no son demasiado buenos tal vez se puedan vender, y a la pobre vaca escuálida que no da leche desde hace tres meses.
       Caballos, vacas, cerdos, perros, hombres.


III

      La anciana tenía que regresar antes de que oscureciera, si podía. Los perros la seguían pegados a sus talones, olisqueando el pesado saco de grano que llevaba a la espalda. Cuando llegó al extremo de la ciudad se detuvo al lado de una valla y se ató el saco a la espalda con un pedazo de cuerda que tenía en el bolsillo de su vestido con ese único propósito. Era un modo más cómodo de trajinarlo. Le dolían los brazos. No era fácil tener que pasar por encima de las vallas y en una ocasión cayó y aterrizó sobre la nieve. Los perros se pusieron a husmearlo todo. Le costó volverse a levantar, pero lo consiguió. El motivo por el que tenía que ir saltando vallas era que había un atajo que remontaba una colina y entraba en los bosques. Podría haber dado un rodeo por la carretera, pero eso significaba andar una milla más. Temía no conseguirlo. Y luego, además, había que dar de comer al ganado. Quedaba algo de heno y un poco de maíz. Quizá su marido y su hijo traerían un poco cuando regresaran a casa. Se habían ido en el único carro propiedad de los Grimes, un viejo trasto desvencijado enganchado a un caballo tambaleante y otro par de caballos más, igualmente tambaleantes, que avanzaban tirados del dogal. Iban a vender caballos, a hacer un poco de dinero si podían. Volverían borrachos. Sería bueno que hubiera algo en casa cuando regresaran.
       El hijo salía con una mujer de la capital del condado, que quedaba a unas quince millas de allí. Era una mujer bastante vulgar, ordinaria. Una vez, en verano, el hijo la había llevado a casa. Ambos, el hijo y la mujer, bebieron. Jake Grimes estaba fuera y el hijo y la mujer disponían de la anciana como si fuera una criada. A ella no le importaba demasiado; estaba acostumbrada. Pasara lo que pasase, jamás decía nada. Era su forma de seguir adelante. Le funcionó mientras fue una muchacha en casa del alemán, y después de casarse con Jake. La vez que su hijo llevó a la mujer a casa se quedaron toda la noche, durmiendo juntos como si estuvieran casados. Pero eso no escandalizó a la anciana, no en gran manera. Hacía mucho tiempo que la vida la había curado de espanto.
       Con el saco a la espalda, avanzó penosamente campo a través, chapoteando en la nieve, y llegó a los bosques.
       Había un camino, pero era difícil de seguir. Más allá de la cima de la colina, donde los bosques eran más densos, se abría un pequeño claro. ¿Había pensado alguien, alguna vez, en construirse una casa allí arriba? El claro era grande como el solar de un edificio del pueblo, lo suficiente para albergar una casa con su jardín. El sendero bordeaba el claro, y cuando llegó hasta allí la anciana se sentó a descansar al pie de un árbol.
       Fue una tontería. Cuando se hubo acomodado, con el saco contra el tronco del árbol, estuvo muy bien, pero ¿cómo iba luego a levantarse? Por un momento, aquello la preocupó; luego cerró los ojos tranquilamente.
       Debió de dormirse un momento. Cuando se tiene tanto frío ya no se puede uno enfriar más. El resto de la tarde fue un poco más templada y después la nevada se hizo más intensa que nunca. Finalmente, al cabo de algún rato, el cielo se despejó. Hasta salió la luna.
       Eran cuatro los perros de los Grimes que habían seguido a la señora Grimes, todos altos y macilentos. Los perros de los tipos como su marido y su hijo siempre son así. Les pegan y les maltratan, pero no se marchan. Para no morirse de hambre, los perros de los Grimes tenían que arreglárselas bastante bien por sí mismos, y en esas anduvieron mientras la anciana dormía con la espalda contra un tronco en un lado del claro. Se habían puesto a perseguir conejos por los bosques y los campos adyacentes y en sus andanzas se les habían unido otros tres perros de granja.
       Al cabo de un rato, todos los perros regresaron al claro. Había algo que los ponía nerviosos. Las noches como esa, frías, claras y con luna, alteran a los perros. Tal vez se deba a que renace en su interior algún viejo instinto de los tiempos en que aún eran lobos y recorrían los bosques en manada las noches de invierno.
       En el claro, los perros habían cazado dos o tres conejos delante de la anciana, y así habían satisfecho su hambre más imperiosa. Se pusieron a jugar, corriendo en círculos alrededor del claro. Corrían y corrían en círculos, la nariz de cada perro en la cola del siguiente. En el claro, bajo los árboles cargados de nieve y la luna invernal, formaban un cuadro curioso, corriendo tan silenciosos, en el círculo que su carrera había cavado en la nieve blanda. No emitían ningún sonido. Corrían y corrían alrededor del círculo.
       Puede que la mujer les viera hacer eso antes de morir. Debió de despertarse una o dos veces y contemplar la curiosa escena con sus ojos enturbiados y envejecidos.
       Ya no debió de sentir mucho frío entonces, solo sueño. La vida resiste largo tiempo. Quizá la mujer perdió un poco la cabeza. Tal vez soñara con su juventud, en casa del alemán, o antes, cuando no era más que una chiquilla y su madre todavía no se había largado dejándola sola.
       Sus sueños no podían ser muy agradables. No le habían ocurrido demasiadas cosas buenas. De vez en cuando, uno de los perros de los Grímes dejaba de correr y se paraba frente a ella. El animal acercaba su rostro al de la mujer. La lengua roja del perro colgaba por fuera de la boca.
       La carrera de los perros pudo haber sido una especie de ceremonia mortuoria. Quizá el primitivo instinto de lobo, que había nacido en los perros debido a la noche y la carrera, les asustara un poco.
       “Ahora ya no somos lobos. Somos perros, siervos de los hombres. ¡Hombre, sigue con vida! Cuando el hombre muera, volveremos a ser lobos.”
       Uno de los perros se alejó del grupo hasta donde estaba sentada la anciana con la espalda contra el árbol, le acercó el hocico a la cara, dio muestras de satisfacción y regresó a correr con la manada. Todos los perros de los Grimes hicieron lo mismo en algún momento de la noche antes de que la vieja muriera. Lo supe todo luego, cuando ya fui adulto, porque una vez, en un bosque de Illinois, otra noche de invierno, vi una manada de perros haciendo exactamente lo mismo. Los perros esperaban a que yo muriera igual que esperaron a la anciana aquella noche cuando yo era un niño, pero cuando me ocurrió a mí, yo era ya un hombre joven y no tenía la menor intención de morir.
       La anciana murió, tranquila y silenciosamente. En cuanto uno de los perros de los Grimes descubrió que ya estaba muerta, todos los animales dejaron de correr.
       Se reunieron a su alrededor.
       Bien, ya estaba muerta. Mientras estuvo viva, había alimentado a los perros de los Grimes, pero ¿ahora qué?
       Quedaba el saco de su espalda, la bolsa de grano en la que había un pedazo de cerdo salado, el hígado que el carnicero le había dado, la carne para perros, los huesos para caldo. El carnicero del pueblo, súbitamente invadido por un sentimiento de piedad, le había cargado mucho el saco de grano. Para la anciana aquello fue un gran botín.
       Y ahora era un gran botín para los perros.


IV

      Uno de los perros de los Grimes se separó repentinamente del grupo y llamó la atención de la manada sobre la bolsa que la anciana llevaba a la espalda. Si de verdad hubieran sido lobos, ese habría sido el jefe. Lo que él hacía, los demás lo hacían.
       Cada uno de ellos hundió sus dientes en la bolsa de grano que la anciana se había atado a la espalda con un pedazo de cuerda.
       Arrastraron el cuerpo de la anciana hasta el centro del claro. Su vestido roñoso estuvo pronto desgarrado a la altura de los hombros. Cuando la encontraron, uno o dos días después, le habían arrancado la ropa del cuerpo hasta la cintura, pero los perros no la habían tocado. Habían sacado la carne del saco de grano, eso fue todo. Su cuerpo estaba rígido y congelado cuando la encontraron, y los hombros eran tan estrechos y tan delgada su figura, que muerta parecía el cadáver de una muchacha hermosa.
       Cosas así sucedían en los pueblos del Medio Oeste, en las granjas próximas a esos pueblos, cuando yo era un niño. Un cazador que había salido a buscar conejos encontró el cuerpo de la anciana y no lo tocó. Algo, el rastro circular en el pequeño claro cubierto de nieve, el silencio, el lugar en el que los perros habían zarandeado el cuerpo al intentar arrancarle el saco de grano o abrirlo; algo intimidó a aquel hombre, que se apresuró a regresar al pueblo.
       Yo estaba en la calle principal con uno de mis hermanos, que era el repartidor de periódicos del pueblo, y andaba de tienda en tienda con la edición vespertina. Era casi de noche.
       El cazador entró en el almacén y relató lo sucedido. Luego fue a la ferretería y a la farmacia. La gente empezó a reunirse en las aceras. Pronto partieron carretera arriba, hacia aquel lugar de los bosques.
       Mi hermano debería haber seguido con su trabajo, repartiendo periódicos, pero no lo hizo. Todo el mundo iba a los bosques. Fueron hasta el enterrador y el jefe de policía. Algunos subieron a una carreta y condujeron hacia donde el sendero se separaba de la carretera y entraba en los bosques, pero los caballos no estaban muy bien herrados y patinaban en las partes resbaladizas del camino. No tardaron menos que los que fuimos a pie.
       El jefe de policía del pueblo era un hombretón que había sido herido en una pierna durante la guerra de Secesión. Andaba con un gran bastón y avanzaba por el camino deprisa y cojeando. Mi hermano y yo le seguíamos justo detrás y, conforme avanzábamos, otros hombres y muchachos se unían al grupo.
       Ya había oscurecido cuando llegamos donde la mujer había abandonado el camino, pero salió la luna. El jefe de policía pensó que podría tratarse de un asesinato. Le hizo unas cuantas preguntas al cazador. Y el cazador cooperó con su arma al hombro y un perro pegado a sus talones. No sucede a menudo que un cazador de conejos tenga la oportunidad de ocupar un lugar tan conspicuo. Le sacaba todo el partido que podía, lideraba la expedición junto al jefe de policía. “No vi ninguna herida. Era una muchacha hermosa. Tenía la cara enterrada en la nieve. No, no la conocía.” De hecho, el cazador no había mirado el cadáver de cerca. Se asustó. Tal vez la hubieran asesinado y alguien podía aún salir de detrás de un árbol y asesinarle a él también. En un bosque, al atardecer, cuando los árboles están desnudos y el suelo cubierto de nieve, cuando todo está en silencio, el temor penetra furtivamente en la mente y el cuerpo. Si a tu alrededor sucede algo extraño o misterioso, lo único que se te ocurre es alejarte del lugar tan deprisa como puedas.
       La multitud de hombres y muchachos llegó hasta donde la mujer había cruzado el campo y ascendió, detrás del jefe de policía y del cazador, por la suave pendiente hasta adentrarse en los bosques.
       Mi hermano y yo nos quedamos callados. Él llevaba su montón de periódicos en una bolsa cruzada al hombro. Cuando volviera al pueblo tendría que seguir repartiéndolos antes de ir a casa para cenar. Si yo le seguía, tal y como, sin duda, ya había decidido hacer, los dos llegaríamos tarde. Mamá o alguna hermana mayor se verían obligadas a calentarnos la cena.
       Bueno, al menos tendríamos algo que contar. Un chico no tiene esa oportunidad muy a menudo. Fue una suerte que estuviéramos en el almacén cuando entró el cazador. Era un tipo del campo. Ninguno de nosotros lo había visto antes.
       Ahora la multitud de hombres y muchachos había llegado ya al claro. La oscuridad cae deprisa en esas noches de invierno, pero la luna llena lo iluminaba todo. Mi hermano y yo nos quedamos cerca del árbol bajo el cual había muerto la anciana.
       Tumbada allí, en aquella luz, helada y quieta, no parecía vieja. Uno de los hombres le dio la vuelta en la nieve y lo vi todo. Me estremecí al experimentar un extraño y mítico sentimiento, y lo mismo le sucedió a mi hermano. Tal vez fuera cosa del frío.
       Ninguno de nosotros había visto nunca el cadáver de una mujer. Puede que fuera la nieve pegada a la piel congelada, lo que la hacía parecer tan blanca y atractiva, como de mármol. No había ido ninguna mujer con el grupo; pero uno de los hombres, el herrero del pueblo, se quitó el abrigo y lo extendió sobre el cuerpo. Luego la tomó en brazos e inició el regreso a la ciudad; los demás le siguieron en silencio. En aquel momento nadie sabía quién era.


V

      Lo vi todo, vi el óvalo en la nieve, como una pista de carreras diminuta, por el que corrieron los perros, vi cómo los hombres se engañaron, vi los hombros blancos y desnudos, de aspecto juvenil, oí los comentarios que murmuraban los hombres.
       Los hombres sencillamente se confundieron. Trasladaron el cuerpo al almacén del enterrador, y cuando el herrero, el cazador, el jefe de policía y varios más estuvieron dentro, cerraron la puerta. Si nuestro padre hubiese estado allí, quizá habría podido entrar, pero los muchachos no pudimos.
       Fui con mi hermano a repartir el resto de los periódicos y cuando estuvimos en casa fue él quien contó la historia.
       Me quedé callado y me acosté temprano. Tal vez fue porque no me gustó su modo de contarla.
       Más tarde, en el pueblo, debí de oír otros fragmentos de la vida de la anciana. La reconocieron al día siguiente y hubo una investigación.
       En algún lugar encontraron al marido y al hijo, los llevaron de vuelta al pueblo e intentaron relacionarlos con la muerte de la mujer, pero no pudieron. Sus coartadas eran perfectas.
       Sin embargo, el pueblo estaba en su contra. Y tuvieron que marcharse. Nunca oí decir adónde fueron.
       Sólo recuerdo la escena del bosque, los hombres de pie a su alrededor, el cuerpo infantil boca abajo en la nieve, las marcas de las carreras de los perros y arriba el claro y frío cielo invernal. Había retazos de nubes flotando a la deriva en el cielo. Cruzaban veloces el pequeño espacio abierto entre los árboles.
       La escena del bosque se habia convertido para mí, sin yo saberlo, en la base para la historia real que estoy contando ahora. Los fragmentos, como ven, hubo que reunirlos despacio, mucho tiempo después.
       Pasaron cosas. Cuando yo era un muchacho tabajé en la granja de un alemán. La muchacha que le tenía empleada le tenía miedo al patrón. La mujer del granjero la odiaba.
       Vi cosas en aquel lugar. Tiempo después tuve una aventura mística medio fantástica con perros en un bosque de Illinois un invierno con una noche clara de luna. Un día de verano cuando todavía estaba en el colegio, fui con un amigo por aun arroyo a varias millas del pueblo y llegué a la casa donde había vivido la anciana. Desde su muerte la casa había estado deshabitada. Las puertas se habían descolgado de las bisagras, los cristales de las ventanas estaban todos rotos. Mientras mi amigo y yo estábamos en la carretera, dos perros, sin duda perros vagabundos de las granjas, aparecieron por una esquina de la casa. Los perros eran altos y flacos, se acercaron a la valla y a través de ella nos loanzaron una mirada asesina.
       A medida que me hice mayor, toda aquella historia de la muerte de la anciana se convirtió para mí en una canción que se escucha en la distancia. Las notas había que captarlas despacio, una a una. Había que entenderla.
       La mujer que murió estaba destinada a alimentar la vida animal. De cualquier modo nunca hizo otra cosa. Alimentó la vida animal antes de nacer, de niña, cuando era joven y trabajaba en la granja del alemán, después de casarse, cuando envejeció y cuando murió. Alimentó la vida animal que hay en las vacas, las gallinas, los cerdos, los caballos, los perros y los hombres. Su hija había muerto en la infancia y con su único hijo no se había relacionado con palabras. La noche que murió se apresuraba a volvera a casa llevando a cuestas alimento para la vida animal.
       Murió en un claro en el bosque y hasta después de muerta siguió alimentando la vida animal.
       Ven, probablemente sea eso; cuando mi hermano contó la historia, aquella noche en que llegamos a casa y mi madre y mis hermanas se sentaron a escuchar, me pareció que no captaba la esencia. Era demasiado joven, y yo también. Algo tan completo tiene su propia belleza.
       Procuraré no poner énfasis en ese punto. Lo aclaro simplemente porque no me quedé satisfecho entonces ni tiempo después. Hablo de eso solo para que ustedes comprendan por qué me he sentido impulsado a tratar de contar la historia una vez más.




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