Sherwood Anderson
(Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941)

El pensador
(“The Thinker”)
Winesburg, Ohio
(Nueva York: B. W. Huebsch, 1919, 303 págs.)


      La casa en la que Seth Richmond, de Winesburg, vivía con su madre había sido en su tiempo el orgullo del pueblo, pero su gloria se había oscurecido bastante cuando el joven Seth vivió en ella. La enorme casa de ladrillo que el banquero White se había construido en Buckeye Street la había superado. La residencia de los Richmond estaba en un vallecito mucho más allá de la calle Mayor. Los granjeros que llegaban al pueblo por un camino polvoriento desde el sur pasaban junto a un bosquecillo de castaños, bordeaban los terrenos de la feria rodeados de altas vallas cubiertas de anuncios, y trotaban con sus caballos por el valle donde estaba la residencia Richmond, camino del pueblo. Como la mayoría de los campos al norte y al sur de Winesburg estaban dedicados al cultivo de la fresa y los frutales, por las mañanas Seth veía pasar las carretas cargadas de recolectores —chicos, chicas y mujeres— y luego las veía regresar cubiertas de polvo por las tardes. Aquellos grupos parlanchines, y las bromas groseras que se gritaban de una carreta a otra, le irritaban a veces profundamente. Lamentaba no poder reírse también él, gritar bromas absurdas y participar de la interminable corriente de risueña actividad que iba arriba y abajo por el camino.
       La casa de los Richmond era de piedra caliza, y aunque en el pueblo se decía que estaba en mal estado, lo cierto es que se había vuelto más bella con el paso de los años. El tiempo había empezado ya a colorear la piedra y a prestarle un tono dorado a su superficie y por las tardes, o en los días nublados, se apreciaban matices de negros y marrones en los lugares umbríos por debajo de los aleros.
       La había construido el abuelo de Seth, un cantero que se la había dejado en herencia, junto con las canteras de piedra del lago Erie, a unos veinticinco kilómetros al norte, a su hijo Clarence Richmond, el padre de Seth. Clarence Richmond, un hombre silencioso y apasionado, muy admirado por sus vecinos, había muerto en una reyerta con el director de un periódico en Toledo, Ohio. La disputa había sido a propósito de la publicación del nombre de Clarence Richmond asociado al de una maestra de escuela, y como el muerto había iniciado la pelea disparando contra el director, los esfuerzos para castigar a su asesino fueron inútiles. Tras la muerte del cantero, se descubrió que había malgastado la mayoría del dinero de la herencia al dedicarlo a la especulación e invertirlo en empresas poco seguras que le habían recomendado sus amigos.
       Virginia Richmond se quedó con una renta muy pequeña y se instaló en el pueblo para llevar una vida apartada y criar a su retoño. Le entristeció mucho la muerte del marido y padre de su hijo, pero no dio crédito a los rumores que circularon a propósito de su muerte. Para ella, el hombre sensible e infantil a quien había amado instintivamente, no era más que un ser desdichado y demasiado bueno para este mundo. “Oirás toda clase de historias, pero no debes creerlas —le decía a su hijo—. Era un buen hombre, amable con todos y no debería haberse metido en negocios. Por mucho que yo pueda hacer planes y soñar sobre tu futuro, no se me ocurre nada mejor que el que llegues a ser un hombre tan bueno como tu padre”.
       Varios años después de la muerte de su marido, Virginia Richmond, alarmada ante unos gastos cada vez más cuantiosos, se esforzó en aumentar sus ingresos. Aprendió estenografía y, gracias a la influencia de los amigos de su marido, consiguió un empleo como estenógrafa en los juzgados de la capital. Iba allí en tren cada mañana cuando había juicios y, cuando no los había, pasaba el día cuidando sus rosales en el jardín. Era una mujer alta y erguida, de rostro franco y tenía una gran mata de pelo castaño.
       En la relación entre Seth Richmond y su madre había una cualidad que, incluso a sus dieciocho años, había empezado a teñir su trato con los demás. Un respeto casi malsano por el joven la impulsaba a guardar silencio la mayor parte de las veces que estaba en su presencia. Cuando ella le hablaba con sequedad, Seth sólo tenía que mirarla fijamente a los ojos para ver allí la expresión confundida que ya había percibido en otros cuando los miraba.
       Lo cierto es que el hijo razonaba con notable claridad y la madre no. Ella esperaba de todo el mundo ciertas reacciones convencionales ante la vida. Una mujer tenía un hijo y, si le reñía, él se ponía a temblar y no despegaba la vista del suelo. Después de regañarle, se echaba a llorar y todo quedaba perdonado. Tras el berrinche, y cuando el crío se había acostado, una se colaba en su habitación y lo besaba.
       Virginia Richmond no podía entender por qué su hijo no hacía esas cosas. Después de una severa reprimenda, nunca temblaba y, en lugar de mirar al suelo, la miraba fijamente y hacía que la invadieran las dudas. En cuanto a lo de colarse en su habitación…, después de que Seth cumpliera los quince años, le habría dado miedo hacer algo parecido.
       Una vez, cuando tenía dieciséis años, Seth se escapó de casa en compañía de otros dos chicos. Los tres muchachos subieron a un vagón de mercancías vacío y recorrieron sesenta kilómetros hasta llegar a un pueblo donde había una feria. Uno de los chicos tenía una botella llena de una mezcla de whisky y licor de arándanos y los tres se sentaron con las piernas asomando por la puerta del vagón y pasándose la botella. Los dos compañeros de Seth cantaban y saludaban con la mano a los ociosos en las estaciones por las que pasaba el tren. Planearon cómo echar mano a las cestas de los granjeros que fuesen con sus familias a la feria. “Viviremos como reyes y no tendremos que gastar ni un centavo para ver la feria y las carreras de caballos”, afirmaban jactanciosos.
       Al reparar en la desaparición de Seth, Virginia Richmond registró la casa de arriba abajo dominada por vagas aprensiones. Aunque, gracias a las averiguaciones del policía del pueblo, supo al día siguiente la aventura en que se habían embarcado los chicos, no logró tranquilizarse. Se pasó toda la noche despierta oyendo el tictac del reloj y diciéndose que Seth, como su padre, tendría un final violento y repentino. Tan decidida estaba a que el chico sintiera esta vez el peso de su cólera que, aunque no quiso que el policía interfiriese en su aventura, cogió lápiz y papel y escribió una serie de reproches secos e hirientes que pensaba dedicarle. Se aprendió los reproches de memoria, mientras daba vueltas por el jardín y los repitió en voz alta, igual que un actor memorizando su papel.
       Y cuando, a finales de esa semana, Seth volvió un poco cansado y con los ojos y los oídos llenos de carbonilla, nuevamente fue incapaz de regañarle. El chico entró en casa, colgó la gorra en el perchero que había junto a la puerta de la cocina y la miró a los ojos.
       —Me entraron ganas de volver una hora después de marcharnos —explicó—. No sabía qué hacer. Sabía que te preocuparías, pero también sabía que, si no me iba, me avergonzaría de mí mismo. Lo hice por mi propio bien. Fue incómodo, tuve que dormir sobre la paja húmeda y dos negros borrachos vinieron a dormir con nosotros. Cuando robé la cesta del almuerzo de la carreta de un granjero no podía dejar de pensar en que sus hijos no tendrían nada que comer en todo el día. Todo me asqueaba, pero resolví no volverme atrás hasta que los otros chicos decidieran regresar.
       —Me alegro de que lo hicieras —replicó la madre con cierto rencor y, después de besarlo en la frente, fingió estar muy ocupada con las tareas de la casa.
       Una tarde de verano, Seth Richmond fue al New Willard House a visitar a su amigo George Willard. Había estado lloviendo toda la tarde, pero mientras subía por la calle Mayor el cielo se había despejado en parte y un resplandor dorado brillaba por el oeste. Después de doblar una esquina, llegó a la puerta del hotel y empezó a subir las escaleras que llevaban a la habitación de su amigo. En el salón del hotel, el propietario y dos viajantes de comercio discutían de política.
       Seth se detuvo en las escaleras y escuchó las voces de los hombres de abajo. Estaban exaltados y hablaban con fogosidad. Tom Willard estaba haciendo reproches a los viajantes:
       —Soy demócrata, pero sus palabras me asquean —afirmó—. No comprenden a McKinley. McKinley y Mark Hanna son amigos. Tal vez ustedes no puedan comprender eso. Si alguien les dice que la amistad puede ser mayor y más profunda y valiosa que los dólares y los centavos, o incluso que la política del estado, ustedes se mofan y se ríen.
       Uno de los huéspedes, un hombre alto de bigote gris, que trabajaba para una empresa de venta de verduras al por mayor, interrumpió al dueño del hotel.
       —¿Acaso cree que he vivido en Cleveland todos estos años sin llegar a conocer a Mark Hanna? —preguntó—. Lo que usted dice es un disparate. A Hanna sólo le interesa el dinero. Ese McKinley no es más que un instrumento a su servicio. No olvide que tiene a McKinley bien agarrado.
       El joven no se quedó a oír el resto de la discusión, sino que subió las escaleras hasta llegar a un descansillo oscuro. Algo en las voces de los hombres que hablaban en el salón del hotel inició una sucesión de ideas en su imaginación. Era un chico solitario y había empezado a pensar que la soledad formaba parte de su carácter, algo que llevaría siempre consigo. Avanzó por un pasillo lateral y se detuvo junto a una ventana que daba al callejón. Abner Groff, el panadero del pueblo, estaba en la parte de atrás de su tienda. Sus ojillos enrojecidos miraban a un lado y otro del callejón. Alguien le llamaba desde dentro, pero él hacía oídos sordos. El panadero tenía una botella de leche vacía en la mano y su mirada era hosca y enfadada.
       En Winesburg a Seth Richmond lo llamaban “el pensativo”. “Es igual que su padre —decían los hombres al verlo pasar—. Estallará el día menos pensado. Esperad y veréis”.
       Esas habladurías y el respeto con que lo saludaban instintivamente los hombres y los niños, igual que saluda siempre todo el mundo a las personas silenciosas, habían influido en el modo en que Seth Richmond consideraba la vida y a sí mismo. Como les ocurre a la mayoría de los chicos, era más reflexivo de lo que la gente suponía, pero no era lo que la gente del pueblo o incluso su madre pensaban. Detrás de su silencio no había ningún propósito oculto y no tenía ningún plan definido para su vida. Cuando los chicos con quienes iba se ponían bulliciosos y camorristas, él se apartaba a un lado sin decir nada y observaba con mirada tranquila las figuras gesticulantes y animadas de sus compañeros. No estaba particularmente interesado en lo que ocurría y a veces se preguntaba si alguna vez llegaría a interesarse por algo. Ahora, mientras esperaba en la oscuridad junto a la ventana y observaba al panadero, deseó que algo llegase a conmoverlo, aunque fuese un ataque de ira como aquellos por los que era conocido el panadero Groff. “Sería mejor para mí si pudiera exaltarme y discutir sobre política como el viejo Tom Willard”, pensó mientras se apartaba de la ventana y seguía por el pasillo en dirección al cuarto de su amigo George Willard.
       Éste era mayor que Seth Richmond, pero en la más bien extraña amistad que existía entre ellos, era él quien buscaba al joven, que se limitaba a dejarse querer. El periódico en que trabajaba George tenía una política. Se esforzaba por citar el nombre de tantos habitantes del pueblo como fuese posible. Como si fuera un sabueso, George Willard iba de aquí para allá anotando en su cuaderno quién había ido a la capital por negocios o había vuelto de una visita al pueblo vecino. Se pasaba el día anotando aquellos acontecimientos triviales en su cuaderno. “A. P. Wringlet ha recibido un envío de sombreros de paja. Ed Byerbaum y Tom Marshall estuvieron el viernes en Cleveland. El tío Tom Sinnings está construyendo un nuevo granero en sus tierras de Valley Road”.
       La idea de que George Willard llegaría a ser escritor algún día le había proporcionado cierta distinción en Winesburg y hablaba continuamente de eso con Seth Richmond.
       —Es la profesión más cómoda del mundo —afirmaba excitado y jactancioso—. Vas de aquí para allá y no tienes a nadie que te dé órdenes. Estés en la India o en los Mares del Sur, lo único que tienes que hacer es escribir y ya está. Espera a que me haga famoso y ya verás como me daré la gran vida.
       La habitación de George Willard tenía una ventana que daba a un callejón y otra que daba a la vía del tren y a la casa de comidas de Biff Cárter, justo enfrente de la estación; Seth Richmond se sentó en una silla y se quedó mirando al suelo. George Willard, que llevaba una hora allí sentado jugueteando ocioso con un lápiz, lo saludó muy efusivo.
       —Estaba tratando de escribir una historia de amor —explicó con una risa nerviosa. Encendió una pipa y empezó a dar vueltas por la habitación—. Ya sé lo que voy a hacer. Me voy a enamorar. He estado pensándolo y es lo que voy a hacer.
       Como si le avergonzara aquella declaración, George se acercó a la ventana y, dándole la espalda a su amigo, se asomó.
       —Y también sé de quién me voy a enamorar —afirmó con aspereza—. De Helen White. Es la única del pueblo que tiene algún atractivo.
       Animado por aquella idea, el joven Willard se volvió y se acercó a su visitante.
       —Escucha, tú la conoces mejor que yo. Quiero que le hables de lo que te he dicho. Ve a verla y dile que me he enamorado de ella. A ver qué te responde. Fíjate en cómo se lo toma y luego ven a decírmelo.
       Seth Richmond se puso en pie y fue en dirección a la puerta. Las palabras de su amigo lo habían irritado de un modo insoportable.
       —Bueno, adiós —dijo escuetamente.
       George se quedó perplejo. Corrió hacia él y se detuvo en la penumbra, tratando de mirarle a la cara.
       —¿Qué pasa? ¿Qué vas a hacer? ¡Quédate a hablar conmigo! —le instó.
       Una ola de resentimiento dirigida contra su amigo y los hombres del pueblo que, en su opinión, se pasaban el día hablando de naderías y, en su mayor parte, reprobaban sus costumbres silenciosas, llenó a Seth de desesperación.
       —Habla tú con ella, si quieres —le espetó y luego atravesó rápidamente el umbral y cerró de un portazo en las mismas narices de su amigo. “Iré a buscar a Helen y le hablaré, pero no de él”, murmuró.
       Seth bajó las escaleras y salió por la puerta del hotel refunfuñando de rabia. Cruzó una calle polvorienta, saltó una valla de hierro y fue a sentarse en el césped de la estación. George Willard le parecía un idiota y lamentaba no habérselo dicho con más claridad. Aunque su relación con Helen White, la hija del banquero, fuese aparentemente casual pensaba en ella con frecuencia y tenía la sensación de que le pertenecía como algo suyo. “Menudo imbécil, siempre ocupado con sus historias de amor —murmuró mirando por encima del hombro hacia la habitación de George Willard—, ¿es que no se cansa nunca de tanta cháchara?”.
       Era la época de la recogida de la fresa en Winesburg y en el andén de la estación había hombres y muchachos cargando cajones de fresas rojas y fragantes en dos vagones que estaban en una vía de servicio. A pesar de que se acercaba una tormenta por el oeste, en el cielo brillaba la luna de junio y no habían encendido las farolas. Con aquella luz tan tenue, las figuras de los hombres que recogían los cajones desde la puerta de los vagones apenas resultaban discernibles. Había otros hombres sentados en la reja de hierro que protegía el césped de la estación. Habían encendido la pipa. Estaban intercambiando bromas pueblerinas. Un tren silbó en la distancia y los hombres que cargaban las cajas en los vagones se pusieron a trabajar con nuevos bríos.
       Seth se levantó de la hierba y pasó junto a los hombres de la verja en dirección a la calle Mayor. Había tomado una decisión. “Tengo que marcharme —se dijo a sí mismo—. ¿De qué sirvo aquí? Me iré a trabajar a alguna ciudad. Mañana se lo diré a mi madre”.
       Seth Richmond recorrió despacio la calle Mayor, pasó junto al estanco de Wacker y junto al Ayuntamiento hasta llegar a la calle Buckeye. Le deprimía la idea de no formar parte de la vida de su propio pueblo, pero la depresión no era demasiado profunda porque no creía que la culpa fuese suya. Se detuvo a la sombra de un árbol muy grande que había enfrente de la casa del doctor Welling y se quedó observando a Turk Smollet, un tipo retrasado, que pasó empujando una carretilla. El hombre, con su absurda mentalidad infantil, llevaba una docena de tablones en la carretilla y, mientras se apresuraba calle abajo, hacía equilibrios para que no se le cayese la carga.
       —¡Despacio, Turk! ¡Despacio, muchacho! —Se gritaba a sí mismo, y se reía haciendo temblar los tablones peligrosamente.
       Seth conocía a Turk Smollet, el viejo leñador atrabiliario cuyas manías daban tanto color a la vida del pueblo. Sabía que cuando Turk llegase a la calle Mayor se convertiría en el centro de un torbellino de gritos y comentarios, así como que, en realidad, el viejo se estaba desviando para pasar por ahí a propósito y hacer exhibición de su habilidad en el manejo de la carretilla. “Si George Willard estuviera aquí, seguro que tendría algo que decir —pensó Seth—. George forma parte del pueblo. Le gritaría algo a Turk, y éste le respondería. Los dos se sentirían secretamente satisfechos de lo que hubieran dicho. Mi caso es diferente. Yo no estoy integrado. No me importa, pero pienso largarme de aquí”.
       Seth siguió dando traspiés en la penumbra sintiéndose un marginado en su propio pueblo. Empezó a compadecerse a sí mismo, pero reparó en lo absurdo de sus ideas y sonrió. Al final, concluyó que simplemente era demasiado maduro para sus años y no podía ser objeto de lástima. “Estoy hecho para trabajar. Tal vez pueda encontrar mi lugar si trabajo de firme y más vale que empiece cuanto antes”, decidió.
       Seth fue a casa del banquero White y se quedó en la penumbra junto a la puerta principal. En la puerta había un pesado llamador de latón, una innovación introducida en el pueblo por la madre de Helen White, que también había organizado un club femenino para el estudio de la poesía. Seth levantó el llamador y lo soltó. El fuerte estrépito resonó como el eco lejano de un cañonazo. “Qué torpe y estúpido soy —pensó—. Como la señora White abra la puerta, no sabré qué decir”.
       La que acudió a abrir y encontró a Seth plantado en el porche fue Helen White. Ruborizándose de alegría, se adelantó, salió y cerró la puerta sin hacer ruido.
       —Voy a irme del pueblo. No sé qué es lo que haré, pero me marcho a trabajar fuera. Creo que iré a Columbus —dijo—. Tal vez me matricule en la Universidad. Pero el caso es que me voy. Esta misma noche se lo diré a mi madre. —Dudó y miró dubitativo en torno suyo—. ¿Te apetece dar un paseo conmigo?
       Seth y Helen pasearon por las calles bajo los árboles. Unas nubes oscuras habían tapado la luna, y por delante de ellos, en la oscuridad, iba un hombre con una escalera al hombro. El hombre se detenía presuroso en cada cruce, apoyaba la escalera contra la farola de madera y encendía las luces del pueblo, de modo que su camino estaba medio iluminado y medio oscurecido por las farolas y por las sombras que arrojaban los árboles de ramas bajas. El viento empezaba a juguetear entre las copas y molestaba a los pájaros adormilados, que echaban a revolotear piando quejosos. En el espacio iluminado por una de las farolas, dos murciélagos daban vueltas y vueltas en persecución de un enjambre de mosquitos.
       Desde que Seth vestía pantalón corto había habido cierta intimidad, sólo expresada a medias, entre él y la chica que ahora paseaba por primera vez a su lado. La joven había tenido un tiempo la manía de escribir notas dirigidas a Seth. Éste se las encontraba ocultas en sus libros en la escuela, aunque una se la había dado un chico al que se encontró por la calle y otras se las había entregado el cartero local.
       Las notas estaban escritas con letra clara e infantil y reflejaban una imaginación exaltada por la lectura de novelas. Seth no había contestado a ninguna, aunque le habían conmovido y halagado algunas de las frases garrapateadas a lápiz en el papel de carta de la mujer del banquero. Las guardaba en el bolsillo de su abrigo y paseaba por las calles o se quedaba junto a la cerca del patio del colegio con algo que le quemaba en un costado. Le gustaba ser el favorito de la chica más rica y atractiva del pueblo.
       Helen y Seth se detuvieron junto a una valla cerca de un edificio bajo y oscuro cuya fachada daba a la calle. Dicho edificio había sido antiguamente una fábrica de duelas de barril, pero ahora estaba desocupado. Al otro lado de la calle, en el porche de una casa, un hombre y una mujer hablaban de su infancia y sus voces llegaban con claridad hasta los dos jóvenes que las escuchaban un tanto cohibidos. Se oyó el chirrido de unas sillas contra el suelo y el hombre y la mujer bajaron por un sendero de grava hasta llegar a una puertecilla de madera. Desde el otro lado de la puerta, el hombre se inclinó y besó a la mujer. “Por los viejos tiempos”, dijo, y luego se volvió y se marchó a toda prisa por la acera.
       —Ésa es Belle Turner —susurró Helen, y deslizó valientemente su mano en la de Seth—. No sabía que tuviese novio. Pensaba que era demasiado vieja para esas cosas.
       Seth se rió incómodo. La mano de la chica estaba tibia y lo dominó una extraña sensación de mareo. Sintió el deseo de comunicarle algo que había decidido no decir.
       —George Willard está enamorado de ti —dijo, y, a pesar de su nerviosismo, su voz sonó grave y tranquila—. Está escribiendo un cuento y quiere estar enamorado. Quiere saber lo que se siente. Me pidió que te lo dijera para ver qué respondías.
       Nuevamente, Helen y Seth anduvieron en silencio. Llegaron al jardín que rodeaba la vieja casa de los Richmond y, tras pasar por un hueco en el seto, se sentaron en un banco de madera al pie de un arbusto.
       En la calle, mientras paseaba con la chica, a Seth se le habían ocurrido varias ideas nuevas y atrevidas. Empezó a arrepentirse de haber tomado la decisión de marcharse del pueblo. “Sería distinto y muy agradable si me quedara y pudiera pasear a menudo por las calles con Helen White”, pensó. En su imaginación se vio a sí mismo pasándole la mano por la cintura y sintió sus brazos cerrándose en torno a su cuello. Una de esas asociaciones de ideas absurdas le hizo relacionar la idea de cortejar a aquella chica con un lugar que había visitado varios días antes. Había ido a hacer un recado a casa de un granjero que vivía en una colina más allá de los terrenos de la feria y había vuelto por un sendero que pasaba por un campo. Seth se había detenido bajo un sicomoro en la falda de la colina al pie de la casa del granjero y había mirado a su alrededor. Un sonido suave y zumbón le había acariciado los oídos. Por un momento había pensado que el árbol debía de albergar un enjambre de abejas.
       Y luego, al mirar al suelo, Seth había visto las abejas por doquier entre la hierba. Estaba en un herbazal que crecía hasta la altura de su cintura en un campo que se alejaba de la colina. Las hierbas estaban llenas de florecillas purpúreas y exhalaban una fragancia irresistible. Las abejas habían acudido formando huestes y cantaban mientras trabajaban.
       Seth se imaginó a sí mismo tumbado una tarde de verano, oculto entre las hierbas debajo del árbol. A su lado, en la escena creada por su fantasía, estaba Helen White que lo tenía cogido de la mano. Una peculiar reticencia le impedía besarla en los labios, pero sintió que podría haberlo hecho de haber querido. En lugar de eso se quedó muy quieto, contemplándola y escuchando el ejército de abejas que seguía cantando su canción por encima de su cabeza.
       En el banco del jardín, Seth se agitó incómodo. Soltó la mano de la chica y metió las suyas en los bolsillos del pantalón. Había sentido el deseo de impresionar a su compañera con la importancia de la resolución que había tomado e hizo un gesto con la cabeza en dirección a la casa.
       —Imagino que mi madre se llevará un buen disgusto —susurró—. No se le ha ocurrido pensar ni por un momento en lo que voy a hacer en la vida. Cree que me quedaré aquí para siempre y seguiré siendo un niño. —La voz de Seth estaba cargada de seriedad infantil—. Mira, tengo que ponerme manos a la obra cuanto antes. Tengo que trabajar. Es lo único que se me da bien.
       Helen White estaba impresionada. Asintió con la cabeza y la dominó una sensación de admiración. “Así debe ser —pensó—. Este chico no es un chico, sino un hombre fuerte y decidido”. Apartó a un lado ciertos vagos deseos que habían invadido su cuerpo y se sentó en el banco muy erguida. Seguía oyéndose el retumbar de los truenos y los relámpagos iluminaban el cielo por el este. Aquel jardín, que antes le había parecido tan vasto y misterioso y un lugar en el que podía haber vivido extrañas y maravillosas aventuras en compañía de Seth, ahora le parecía idéntico a cualquier otro patio trasero de Winesburg, de contornos claros y bien definidos.
       —¿Qué es lo que harás allí? —susurró.
       Seth se revolvió en el banco, esforzándose por contemplar su rostro en la oscuridad. Le parecía infinitamente más sensible y sincera que George Willard, y se alegraba de haberse alejado de su amigo. Volvió a acometerlo la sensación de impaciencia que le producía el pueblo y trató de explicársela a ella.
       —Aquí todo el mundo se pasa el día hablando —empezó—. Estoy harto. Haré alguna cosa, buscaré un trabajo donde hablar no sea necesario. Tal vez de mecánico en un taller. No sé. Supongo que no me importa demasiado. Sólo quiero trabajar y estar tranquilo. Es lo único que he decidido. —Seth se levantó del banco y sacó la mano del bolsillo. No quería poner fin a su encuentro, pero no se le ocurría nada que decir—. Ésta será la última vez que nos veamos —susurró.
       Helen, arrastrada por un sentimiento de ternura, puso la mano en el hombro de Seth y acercó el rostro del chico hacia el suyo. Fue un acto de puro afecto y de lástima por cierta vaga aventura que había estado presente en el espíritu de la noche y que ahora ya nunca sucedería.
       —Será mejor que me vaya —respondió y su mano cayó pesadamente sobre su costado. Se le ocurrió una idea—. No hace falta que me acompañes, prefiero estar sola. Tú ve a hablar con tu madre. Es mejor que lo hagas cuanto antes.
       Seth dudó y, mientras lo hacía, la chica se dio la vuelta y salió corriendo por el agujero del seto. Él sintió el deseo de seguirla, pero se quedó allí mirando perplejo y confundido por aquella acción, tan perplejo y confundido como lo había dejado siempre la vida del pueblo donde ella había nacido. Anduvo despacio hacia la casa, se detuvo a la sombra de un árbol muy grande y miró a su madre que bordaba junto a la ventana iluminada. La sensación de soledad que había tenido a primeras horas de la tarde regresó y tiñó con sus matices el recuerdo de la aventura que acababa de vivir.
       —¡Bah! —exclamó, volviéndose y mirando hacia donde se había ido Helen—. Así acabará todo. Ella será como los demás. Supongo que ahora empezará a mirarme como si fuese un bicho raro. —Miró al suelo y reflexionó—. Se avergonzará y se sentirá incómoda cada vez que me vea —susurró para sí—. Así será. Así acabará todo. Y, si alguna vez se enamora de alguien, no será de mí. Será de algún otro…, de algún idiota…, alguien que hable sin parar…, alguien como ese George Willard.




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