Sherwood Anderson
(Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941)

Respectabilidad (1919)
(“Respectability”)

Winesburg, Ohio
(Nueva York: B. W. Huebsch, 1919, 303 págs.)


      Quien haya vivido en una ciudad y paseado por el parque una tarde de verano, puede que haya visto, parpadeando en un rincón de su jaula de hierro, a un mono enorme y grotesco, una criatura de piel purpúrea y feas bolsas, fláccidas y lampiñas debajo de los ojos. Ese mono es un auténtico monstruo. Su absoluta fealdad le proporciona una especie de belleza perversa. Los niños que se paran delante de su jaula lo miran fascinados, los hombres apartan la mirada asqueados y las mujeres se entretienen un instante, tratando tal vez de recordar con cuál de sus conocidos guarda un vago parecido.
       Si, en los primeros años de su vida, hubiese sido usted ciudadano del pueblo de Winesburg, Ohio, el animal de la jaula no habría ofrecido para usted ningún misterio. Habría dicho usted: “Es clavadito a Wash Williams. Sentado ahí en su rincón, ese animal es idéntico al viejo Wash sentado en el césped del patio de la estación una tarde de verano, después de cerrar la oficina”.
       Wash Williams, el operador del telégrafo de Winesburg, era el hombre más feo del pueblo. Su contorno era inmenso, su cuello delgado y sus piernas débiles. Era sucio y siempre iba cubierto de mugre. Incluso el blanco de sus ojos parecía manchado.
       Me estoy precipitando. No todo en Wash era porquería. Se cuidaba mucho las manos. Tenía los dedos gruesos, pero la mano que posaba sobre el instrumento de la oficina de telégrafos era sensible y bien conformada. En su juventud, a Wash Williams llegó a considerársele el mejor telegrafista del estado y, a pesar de que lo hubieran degradado enviándolo a la olvidada oficina de Winesburg, seguía sintiéndose orgulloso de su pericia.
       Wash Williams no se relacionaba con la gente del pueblo en que vivía. “No quiero tener nada que ver con ellos”, decía mientras dedicaba una turbia mirada a los hombres que pasaban por el andén delante de la oficina de telégrafos. Por las tardes recorría la calle Mayor hasta el bar de Ed Griffith, y tras beber cantidades inconcebibles de cerveza, volvía dando tumbos a su habitación en el New Willard House y se metía en la cama a dormir la mona.
       Wash Williams era un hombre valiente. Le había ocurrido algo que le había hecho odiar la vida y la odiaba de todo corazón, con el abandono de un poeta. En primer lugar, odiaba a las mujeres. “Putas”, las llamaba. Sus sentimientos hacia los hombres eran algo distintos. Los compadecía. “¿Acaso no permiten todos que una puta les organice la vida?”, preguntaba.
       En Winesburg nadie prestaba atención a Wash Williams y su misantropía. En una ocasión la señora White, la mujer del banquero, se quejó a la compañía de telégrafos, diciendo que la oficina de Winesburg estaba sucia y apestaba, pero su reclamación no sirvió de nada. Aquí y allá había quien respetaba al telegrafista. Sentían de forma instintiva su resentimiento por algo que ellos no tenían valor para odiar. Cuando Wash pasaba por las calles, tenían el instinto de rendirle homenaje, de quitarse el sombrero o hacerle una reverencia. El superintendente que tenía a su cargo a los telegrafistas del ferrocarril de Winesburg era uno de ellos. Había colocado a Wash en aquella oscura oficina de Winesburg para no tener que despedirlo y pensaba dejarlo allí. Cuando recibió la carta con la reclamación de la mujer del banquero, la rompió en pedazos y soltó una risa desagradable. Por alguna razón pensó en su propia esposa mientras rasgaba la carta.
       Wash Williams había estado casado. Cuando era todavía joven, contrajo matrimonio con una mujer de Dayton, Ohio. Era una mujer alta y esbelta de ojos azules y cabello rubio. El propio Wash era un joven muy apuesto. Amaba a aquella mujer con un amor tan absorbente como el odio que sintió luego por todas las mujeres.
       En todo Winesburg sólo había una persona que supiera lo que había afeado de aquel modo a Wash Williams, tanto en lo físico como en lo moral. Una vez le contó la historia a George Willard porque ocurrió lo siguiente:
       George Willard salió a pasear una tarde con Belle Carpenter, una bordadora de sombreros de señora que trabajaba en la sombrerería de Nate McHugh. El joven no estaba enamorado de la mujer, quien, de hecho, tenía un pretendiente que trabajaba de camarero en el salón de Ed Griffith, pero mientras paseaban bajo los árboles, se besaron un par de veces. La noche y sus propios pensamientos habían despertado algo en su interior. De vuelta hacia la calle Mayor pasaron junto al césped de la estación de ferrocarril y vieron a Wash Williams, que en apariencia estaba dormido sobre la hierba debajo de un árbol. La noche siguiente, el operador y George Willard salieron a dar un paseo. Siguieron la vía y se sentaron en una pila de traviesas medio podridas que había junto a los raíles. Fue entonces cuando el telegrafista le contó al joven reportero su historia de odio.
       Al menos en una docena de ocasiones, George Willard y el hombre extraño e informe que vivía en el hotel de su padre habían estado a punto de hablar. Cada vez que el joven veía el rostro horrible y perverso que lo miraba con ojos fijos en el comedor del hotel, le consumía la curiosidad. Había algo en su mirada que le decía que aquel hombre, que no tenía nada que contar a los demás, tenía, no obstante, algo que contarle a él. Sentado en la pila de traviesas aquella tarde de verano, esperó lleno de expectación. Como el telegrafista siguió en silencio y dio la impresión de no tener intención de decir una palabra, trató de iniciar él mismo la conversación.
       —¿Ha estado casado, señor Williams? —empezó—. Tengo entendido que sí y que su mujer falleció, ¿no es así?
       Wash Williams escupió una retahíla de horribles juramentos.
       —Sí, está muerta —admitió—. Tan muerta como todas las mujeres. Es un muerto viviente que se pasea entre los hombres y mancilla la tierra con su presencia. —Miró al joven a los ojos y se puso rojo de ira—. No vayas a pensar ninguna tontería. Mi mujer está muerta, desde luego. Ya te digo que todas las mujeres lo están, mi madre, la tuya, esa mujer alta y morena que trabaja en la sombrerería y con la que te vi paseando ayer…, todas están muertas. Te aseguro que hay algo podrido en todas ellas. Es cierto que estuve casado. Mi mujer estaba muerta antes de casarse conmigo, era una malvada nacida de una mujer más malvada todavía. Un ser enviado para hacerme la vida insoportable. Y ya ves, yo era tan tonto como tú ahora y me casé con ella. Ojalá los hombres entendieran mínimamente a las mujeres. Su única misión es impedir que hagamos del mundo un lugar tolerable. Son un trampa de la naturaleza. ¡Puaj! Son criaturas rastreras, viles y retorcidas, con sus manos suaves y sus ojos azules. Sólo ver a una mujer me pone enfermo. A veces me entran ganas de matar a todas las que se cruzan en mi camino.
       Asustado, y al mismo tiempo fascinado por el fuego que ardía en los ojos de aquel anciano tan horrible, George Willard le escuchó lleno de curiosidad. A medida que oscurecía se había ido inclinando hacia él para seguir viéndolo mientras hablaba. Cuando en la oscuridad dejó de ver su rostro purpúreo y abotargado y sus ojos encendidos, se le ocurrió algo muy curioso. Wash Williams hablaba en un tono bajo y constante que hacía que sus palabras pareciesen aún más terribles. En la oscuridad, el joven periodista empezó a imaginar que estaba sentado en las traviesas del ferrocarril junto a un joven apuesto de cabello negro y ojos oscuros y encendidos. Había algo casi hermoso en la voz del horrible Wash Williams mientras contaba su historia de odio.
       Sentado en la oscuridad sobre las traviesas del ferrocarril, el telegrafista de Winesburg se había convertido en un poeta. El odio lo había elevado a esas alturas.
       —Si te cuento mi historia es sólo porque te vi besar en la boca a esa Belle Carpenter —dijo—. Lo que me pasó a mí podría pasarte también a ti. Quiero prevenirte. Puede que hayas empezado a llenarte la cabeza de sueños. Quiero destruirlos.
       Wash Williams empezó a contarle la historia de su vida de casado con la chica alta y rubia de ojos azules a quien había conocido cuando era un joven telegrafista en Dayton, Ohio. Aquí y allá, su relato tenía toques muy bellos mezclados con un rosario de terribles maldiciones. El telegrafista se había casado con la hija de un dentista que era la menor de tres hermanas. El día de su boda, debido a sus méritos, lo ascendieron a expedidor, le subieron el sueldo y lo destinaron a una oficina de Columbus, Ohio. Allí se instaló con su joven mujer y compró una casa a plazos.
       El joven telegrafista estaba locamente enamorado. Con una especie de fervor religioso, se las había arreglado para sortear los peligros de la juventud y llegar virgen al matrimonio. Trazó para George Willard un cuadro de su vida en la casa de Columbus, Ohio, con su joven esposa.
       —Plantamos verduras en el jardín trasero —dijo—, ya sabes, guisantes, maíz y cosas así. Llegamos a Columbus a principios de marzo y, en cuanto empezó el buen tiempo, me puse a trabajar en el jardín. Volteé la tierra negra con la pala mientras ella iba por ahí riendo y fingiendo asustarse de las lombrices que yo desenterraba. A finales de abril llegó el momento de sembrar. Ella se quedaba entre los surcos con una bolsita de papel en la mano. La bolsa estaba llena de semillas. Me las iba dando a puñaditos para que yo las echara sobre la tierra cálida y suave.
       Por un momento la voz del hombre que hablaba en la oscuridad pareció atragantarse.
       —Yo la quería —dijo—. Ya sé que soy un idiota. La quiero todavía. Allí en el crepúsculo de aquella tarde primaveral me arrastré por la negra tierra a sus pies y me prosterné ante ella. Le besé los zapatos y los tobillos. El dobladillo de su vestido me rozó la frente y yo me eché a temblar. Cuando, dos años después, descubrí que se las había arreglado para tener otros tres amantes que iban con regularidad a nuestra casa cuando yo estaba trabajando, no quise hacerles nada a ellos ni a ella. Me limité a enviarla de vuelta con su madre y no dije nada. No había nada que decir. Tenía cuatrocientos dólares en el banco y se los di. No le pregunté sus motivos. No dije nada. Cuando se marchó, lloré como un niño estúpido. Poco después, encontré un comprador para la casa y le envié el dinero.
       Wash Williams y George Willard se levantaron de la pila de traviesas de ferrocarril y echaron a andar por la vía hacia el pueblo. El telegrafista concluyó su historia rápidamente, casi sin aliento.
       —Su madre me mandó llamar —dijo—. Me escribió una carta y me pidió que fuese a su casa de Dayton. Cuando llegué, era más o menos esta misma hora.
       La voz de Wash Williams se convirtió casi en un grito.
       —Pasé dos horas sentado en el salón de aquella casa. Su madre me hizo pasar allí y se marchó. La casa era muy elegante. Eran eso que se llama gente respetable. En la habitación había varias sillas tapizadas de felpa y un sofá. Yo temblaba de pies a cabeza. Odiaba a los hombres que, según creía, la habían engañado. Me asqueaba vivir solo y quería que volviese conmigo. Cuanto más esperaba más conmovido me sentía. Pensé que, si entraba y me rozaba con la mano, me desmayaría. Ansiaba perdonarla y olvidar.
       Wash Williams se detuvo y se quedó mirando a George Willard. El cuerpo del muchacho se estremeció con un escalofrío. De nuevo su voz se volvió suave y baja.
       —Entró desnuda en la habitación. Su madre la obligó. Mientras yo esperaba allí sentado, ella le estaba quitando la ropa, tal vez con algún engaño. Primero oí voces en la puerta que daba al pasillo y luego vi cómo se abría muy despacio. La chica se avergonzó y se quedó inmóvil mirando al suelo. La madre no entró en la habitación. Empujó a la chica y se quedó en el pasillo esperando, con la esperanza de que…, bueno, ya sabes, esperando…
       George Willard y el telegrafista llegaron a la calle Mayor de Winesburg. Las luces de los escaparates iluminaban las aceras. La gente iba y venía charlando y riendo. El joven periodista se sintió débil y enfermo. En su imaginación, él también se sintió viejo e informe.
       —No maté a la madre —dijo Wash Williams mirando a un lado y otro de la calle—. La golpeé una vez con una silla y luego llegaron los vecinos y se la llevaron. Había que oír sus gritos. Ahora ya nunca podré matarla. Murió un mes después, de un ataque de fiebre.




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