Sherwood Anderson
(Camden, Ohio, 1876 - Colón, Panamá, 1941)
Uña y carne
(“Tandy”)
Winesburg, Ohio
(Nueva York: B. W. Huebsch, 1919, 303 págs.)
Vivió hasta la
edad de siete años en una casa vieja, sin pintar,
junto a un camino abandonado que arrancaba de
Trunion Pike. Su padre no se ocupaba apenas de ella,
y su madre había fallecido. Su padre se pasaba el
tiempo discutiendo y discurriendo sobre religión.
Afirmaba que él era un agnóstico; y de tal manera
vivía absorto en la empresa de echar abajo las
ideas que acerca de Dios se habían deslizado en el
cerebro de sus convecinos, que no alcanzó a ver
cómo se manifestaba Dios en aquella niñita que
vivía tan pronto en un sitio como en otro, casi
olvidada, gracias a la bondad de los parientes de su
fallecida madre.
Llegó a
Winesburgo un forastero que vio en la niña lo que
no había visto su padre. Era un joven de elevada
estatura, de pelo rojizo, que casi siempre estaba
borracho. A veces solía sentarse en una silla
delante de la New Willard House, con el padre de la
niña, Tom Hard. Este hablaba, sosteniendo que no
era posible la existencia de Dios; el extranjero le
oía sonriendo y guiñaba el ojo a los que estaban
cerca de ellos. Se hicieron gran des amigos, él y
Tom, y solían estar juntos muy a menudo.
El forastero era
hijo de un rico negociante de Cleveland y había
venido a Winesburgo con una finalidad. Quería
curarse del hábito de la bebida, y pensó que
tendría mayores probabilidades de luchar con aquel
vicio que estaba aniquilándolo si ponía tierra de
por medio entre él y sus amigos de la ciudad y se
iba a vivir en un pueblo del campo.
Su estancia en
Winesburgo no fue precisamente un éxito. La
monotonía con que transcurrían las horas lo llevó
a darse con más ahinco que nunca a la bebida. Pero
acertó en una cosa. Puso a la hija de Tom Hard un
nombre que encerraba un gran sentido.
Una tarde venía
el forastero haciendo eses por Main Street del
pueblo, todavía con la resaca de una copiosa
borrachera. Tom Hard estaba sentado en una silla,
delante de la New Willard House, y tenía encima de
las rodillas a su hijita, de cinco años entonces.
Sentado en el
andén de madera, se hallaba a su lado George
Willard. El forastero se dejó caer junto a él en
una silla. Todo su cuerpo tiritaba; y cuando habló,
su voz era temblorosa.
Era la hora del
crepúsculo y la oscuridad se cernía sobre la
población y sobre la línea del ferrocarril que
pasaba frente al hotel, al pie de un pequeño
declive. A lo lejos, hacia el oeste, resonaba el
prolongado silbido de la locomotora de un tren de
pasajeros. Un perro, que había estado durmiendo en
mitad de la carretera, se levantó y empezó a
ladrar. El forastero se puso a charlar sin ton ni
son e hizo una profecía acerca de la niña que el
agnóstico tenía en brazos.
“Vine a este
pueblo para apartarme de la bebida”, dijo, y las
lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. No
miraba a Tom Hard, sino que inclinaba el busto hacia
adelante, con la mirada perdida en la oscuridad,
como si estuviese viendo una visión. “Huí al
campo para curarme, pero ha sido inútil. Les diré
por qué.” Se volvió y miró a la niña que estaba
sentada muy tiesa sobre la rodilla de su padre; ella
le devolvió la mirada.
El forastero
puso la mano sobre el brazo de Tom Hard. “No es la
bebida mi única debilidad —dijo—. Tengo otra. Soy
un enamorado y no he dado todavía con un objeto
para mi amor. Esto tiene mucha importancia, y usted
lo comprenderá si tiene suficiente experiencia
para ello. Por esto es inevitable que yo acabe mal.
Son pocos los que lo comprenden.”
El forastero se
calló como abrumado de tristeza, pero lo
despertó un nuevo silbido de la locomotora del
tren de pasajeros. “No he perdido la fe. Lo digo
muy alto. Pero he venido a parar a un lugar en el
que nadie comprenderá mi fe”, dijo con voz áspera.
Dirigió una mirada intensa a la niña y empezó a
hablar para ella, sin prestar atención al padre.
“Esa mujer vendrá -dijo, y su voz se hizo ahora
aguda y ansiosa-. Pero cuando llegue ya habré
partido yo. ¿Te das cuenta? Las horas de nuestra
cita no coinciden. Sería cosa del destino que
hubiera dado yo con ella precisamente en una tarde
como ésta, estando yo destrozado por el alcohol.
y siendo ella tan sólo una niña.”
Las espaldas del
forastero empezaron a temblar violentamente;
intentó hacer un cigarrillo, pero se le cavó el
papel de sus dedos temblequeantes. Se puso furioso
y gruñó: “Creen que no tiene mérito el ser mujer
y hacerse amar, pero yo sé muy bien lo que eso
significa -exclamó, y se volvió otra vez hacia la
niña. Yo lo comprendo —dijo—. Tal vez soy yo el
único hombre que lo comprende.”
Su mirada vagó
otra vez por la oscuridad de la calle. “La conozco
aún sin haberla visto nunca -continuó suavemente-.
Conozco sus luchas y sus derrotas. Es precisamente
por esas derrotas por lo que resulta para mí el
único ser amado. Desde ahora las mujeres tendrán
otro rasgo distintivo nacido de sus derrotas. He
discurrido un nombre para esa condición. La llamo
Uña y Carne. Discurrí este nombre cuando yo era un
soñador auténtico y antes que mi cuerpo se
envileciese. Es la condición de ser fuerte para ser
amada. Es algo que los hombres necesitarían
encontrar en las mujeres, pero que no lo
encuentran.”
El forastero se
puso en pie y permaneció frente a Tom Hard. Su
cuerpo se balanceaba atrás y adelante y parecía
que iba a caerse; pero lo que hizo fue arrodillarse
sobre la acera y llevar las manos de la niñita a
sus labios de borracho, besándolas con éxtasis.
“Sé Uña y Carne —díjole ansiosamente—.
Atrévete a ser fuerte y valerosa. Ese es el camino.
Arriésgalo todo. Ten valor suficiente para
atreverte a que te amen. Sé algo más que un hombre
o mujer. Sé Uña y Carne.”
El forastero se
levantó y se alejó tambaleándose por la calle.
Uno o dos días después subió a un tren y regresó
a su casa de Cleveland. Aquella misma noche de
verano, después de la conversación frente al
hotel, llevó Tom Hard la niña a la casa de un
pariente que la había invitado a pasar la noche en
su casa. Caminando por la oscuridad, bajo los
árboles, se olvidó de la charla del forastero y
volvió a concentrar su pensamiento en la búsqueda
de argumentos capaces de destruir la fe cíe los
hombres que creían en Dios. Llamó a su hija por su
nombre y ésta se echó a llorar.
“No quiero que
me llamen así —declaró—. Quiero que me llamen
Uña y Carne, eso es, Uña y Carne Hard.” La niña
lloraba tan desconsoladamente, que Tom Hard se
enterneció y se puso a consolarla. Detúvose bajo
un árbol, la tomó en sus brazos y empezó a
acariciarla. “Vamos, sé buena” —díjole
vivamente, pero ella no se tranquilizó. Se
entregó con abandono infantil a su dolor, y su voz
rompió el sosiego nocturno de la calle. “Quiero
ser Uña y Carne. Quiero ser Uña y Carne. Quiero
ser Uña y Carne Hard”, exclamó, moviendo la
cabeza y sollozando, como si su energía infantil no
pudiese sostener aquella visión que las palabras
del borracho habían despertado en ella.
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