Sarah Orne Jewett
(South Berwick, Maine, Estados Unidos, 1849 - South Berwick, 1909)


La Nochebuena de la señora Parkins (1891)
(“Mrs Parkins’s Christmas Eve”)
Originalmente publicado, en dos números, en la revista Ladies’ Home Journal
(diciembre de 1890; enero de 1891);
The Uncollected Short Stories of Sarah Orne Jewett [póstumo]
Ed. por Richard Cary
(Waterville, Maine: Colby College Press, 1971, 394 págs.)



PRIMERA PARTE (DICIEMBRE 1890)

      El sol invernal empezaba a ponerse, pero iluminaba aún con su resplandor la sala de la señora Lydia Parkins. Hablar de una semejanza entre la desnudez de la sala y el mundo exterior ese 21 de diciembre podría parecer descortés, pero había cierta desnudez e inhospitalidad en ambos escenarios.
       El papel frío y gris que revestía la pared, los deslucidos y escasos muebles, la indescriptible pobreza y falta de comodidades de la sala eran idénticos a la desnudez de la vegetación y a la crudeza e inclemencia de aquel día de principios de invierno, a menos que el sol brillara con un resplandor dorado como lo había hecho al final de la tarde; entonces, tanto la sala como la larga y helada carretera de la ladera y las lejanas montañas de poniente se veían totalmente transformadas.
       La señora Parkins se sentaba muy erguida en una de las seis respetables sillas de madera con asiento de mimbre; estaba arreglando un lúgubre sombrero gris y negro de invierno y tenía el costurero en un extremo de la mesa situada frente a ella, entre las ventanas, y una fila de bobinas sobre el alféizar a su izquierda. El único lujo que se permitía era un escabel, una de esas pequeñas banquetas que se ven en los bancos de las iglesias, con un trozo de tapiz en la parte superior. La señora Parkins era tan bajita que, de no haber sido así, los pies no le habrían llegado al suelo desde su silla con asiento de mimbre; pero le horrorizaban las personas que apoyan los pies en los travesaños de las sillas y desgastan la pintura. Siempre estaba en guardia para reprimir esa deplorable costumbre en los jóvenes. De vez en cuando dirigía una mirada recelosa a la pequeña Lucy, a la que tenía enfrente en otra de las sillas. La niña había visitado a la señora Parkins con anterioridad, y en ese momento hacía tales esfuerzos por portarse bien que se le habían dormido los pies y sentía el cosquilleo de semejante suplicio. Se preguntaba si su madre no estaría casi lista para irse a casa.
       La señora Deems seguía impávida en la mecedora, con el sol dándole de lleno en la cara. Era una mujer menuda, desenfadada, con un rostro ancho casi tan resplandeciente como el mismo sol invernal. Podría pensarse que ambos sostenían un combate con el fin de eclipsarse mutuamente, pero hasta ese momento no era la señora Deems la que pestañeaba y se retiraba de la contienda. Precisamente en ese momento se percató del abatimiento y de las miradas inquietas de la pequeña Lucy, y la animó a salir a corretear un rato y buscar alguna nuez bajo el árbol grande de la señora Parkins.
       La puerta se cerró, y la señora Parkins cortó el hilo de su labor y dijo que allí no encontraría nueces; quizá le daría algunas a Lucy en una cesta cuando se marcharan a casa.
       —¡Oh, da lo mismo! Me daba pena tenerla ahí sentada, en silencio —dijo tranquilamente la señora Deems—; a los niños les encanta corretear un poco.
       —¿No hará ninguna trastada? —preguntó la anfitriona, temerosa.
       —¿Lucy? —rió la madre—. ¡Tendría que conocerla mejor! A veces me gustaría que no fuera tan callada; ha salido a la familia de su padre, todos tan callados y cumplidores, sin la menor idea de cómo divertirse; en mi casa éramos tan alborotadores de niños que me cuesta entender a los Deems.
       —Me habría encantado tener una hija como su Lucy —dijo la señora Parkins con un suspiro. Sostenía su sombrero gris y negro con la mano izquierda y lo miraba con censura—. Siempre llevaré luto por el señor Parkins —añadió—, pero tenía este lazo gris oscuro y me pareció buena idea ponérselo a mi sombrero negro; el fieltro está deslucido y los adornos de seda negra hacen que parezca aún más andrajoso.
       —Tiene razón —reconoció con franqueza la señora Deems—. ¿Por qué no se compra uno para las reuniones, señora Parkins? Los sombreros de fieltro están a buen precio esta temporada, y tendrá éste de repuesto.
       —Tengo uno lo bastante bueno para las grandes ocasiones —contestó la señora Parkins sin inmutarse—. Pienso aprovechar éste un invierno más.
       Siguió recomponiendo el lazo gris, y la señora Deems la miró con un brillo en los ojos; tenía que decirle algo y no sabía cómo empezar; la señora Parkins lo sabía tan bien como ella y trataba de impedirlo, lo que complicaba aún más la situación.
       —¡Bueno! —se atrevió a decir al fin—. Supongo que ya sabe para qué he venido; no puedo pasarme la tarde aquí sentada. Me gustaría preguntarle si va a colaborar con algo para el regalo del pastor.
       La señora Parkins tenía la boca llena de alfileres y se los fue quitando lentamente antes de contestar. El sol se ocultaba tras una nube de nieve a ras del horizonte, y la señora Deems seguía brillando con luz propia. No hacía mucho calor en la sala y se echó el chal de lana sobre los hombros, como si fuera a marcharse a casa.
       —No sé si tengo ganas de colaborar hoy, señora Deems —respondió la señora Parkins con tono resuelto—. No conozco mucho a la familia del pastor. Creo que ella ha tomado demasiadas cosas a su cargo; no me gusta mucho esa señora.
       —Para mí es una de las mujeres más bondadosas y afables que hemos tenido en el pueblo —dijo la señora Deems—. El otro día comenté lo cariñosa que es con todo el mundo. Han tenido dificultades y alguna que otra vez pasan estrecheces, pero ella siempre encuentra la manera de ser muy generosa. Nunca han parecido creer que no hiciéramos lo bastante por ellos, siendo él el pastor de nuestra parroquia. Las familias de algunos clérigos esperan tanto de sus feligreses que, cuanto más haces por ellos, más creen que debes hacer; pero eso no ocurre con los Lane. Siempre están pensando qué pueden hacer por los demás, y lo hacen. A usted nunca le han gustado, no entiendo por qué.
       —No es el mejor predicador del mundo —dijo la señora Parkins.
       —Me da igual que no lo sea; las palabras son palabras, pero un hombre que vive como el reverendo Lane es el mejor de los pastores —respondió la señora Deems.
       —Bueno, no estoy en deuda con ellos —exclamó la anfitriona, alzando la vista—. No pienso hacer por esa familia más de lo que he hecho; aunque quizá les mande de vez en cuando unas manzanas o algo por el estilo.
       —Como quiera —dijo la señora Deems, levantándose apresuradamente con aire irritado—. Ignoraba que no estuviera encantada de hacerlo, como todos los demás.
       —No llevan mucho tiempo en el vecindario, y yo les pago mi parte del salario; no hay por qué exagerar.
       —Han tenido gastos extra este otoño, y han sido muy compasivos y amables; se preocupan por todos nosotros, y hacía mucho tiempo que no contábamos con una ayuda como la que prestan a la parroquia. Ha sido muy duro para ellos tener que ingresar a su hijo en el hospital.
       —Bueno, todo el mundo pasa malas épocas, y las familias de los clérigos tampoco se libran. Lo siento por el niño, se lo aseguro —añadió la señora Parkins con generosidad—. No se vaya, señora Deems; hacía tiempo que no venía a verme. Quiero que vea mi sombrero terminado, solo tardaré un minuto.
       —Tengo que pasar por casa de los Dilby y pronto se hará de noche. Me encantaría que se acercara usted a verme. Tengo que ir a buscar a Lucy y andar un buen trecho.
       —Creo que no voy a levantarme para acompañarla hasta la puerta, tengo el regazo lleno de cosas —dijo cortésmente la señora Parkins, y ésa fue su despedida.
       Lucy estaba brincando al lado de la valla delantera para entrar en calor y entretenerse.
       —No ha dicho nada de las nueces, ¿verdad, madre? —preguntó la niña; la señora Deems rió y negó con la cabeza.
       Luego bajaron juntas el camino; la mano grande enfundada en un mitón agarraba con fuerza la mano pequeña, y las cabezas encapuchadas de vez en cuando se inclinaban la una hacia la otra, como si tuvieran una conversación muy animada. La señora Parkins las miró dos o tres veces, con recelo al principio, como si pensara que pudieran estar hablando de ella; después, con cierta tristeza. Ella provenía de una familia ahorradora y se había casado con un hombre ahorrador.
       —Madre, ¿la señora Parkins es muy pobre? —preguntó la pequeña Lucy en tono compasivo.
       La señora Deems sonrió, y le aseguró a la niña que, a excepción del coronel Drummond, no había nadie con tanto dinero como ella; aunque la señora Parkins ponía mucho cuidado en no disfrutar de sus recursos, y en no permitir que nadie lo hiciera. Lucy reflexionó un rato sobre esta extraña respuesta y luego empezó a dar saltos y cabriolas por el accidentado camino, sin soltar la cálida mano de su madre.
       Esto era el 21 de diciembre, y lunes el día de la semana. El martes, la señora Parkins planchó un poco, y el miércoles decidió ir a Haybury para ingresar dinero en el banco y hacer alguna pequeña compra. Las mercancías eran más baratas en algunos de los grandes almacenes de Haybury que en la tienda de la esquina de su pueblo; contaba con su caballo y siempre podía almorzar en casa de su prima. Cierto es que la prima le lanzaba continuas indirectas para que les comprara regalos a ella o a sus hijos, pero la señora Parkins podía soportarlo, y siempre descargaba su conciencia invitando a los chicos en la época de la siega y el secado del heno, aunque su colaboración le saliera más cara por su apetito cada vez mayor y el deterioro de la vivienda. La madre iba a pasar el día con ellos de vez en cuando, aunque todo el trabajo de la casa dependiera de ella, ya que había enviudado muy joven y no tuvo ayuda alguna hasta que los chicos acabaron el colegio. A uno le iba bien en la fábrica de zapatos y al otro en una tienda. La señora Parkins se sentía muy unida a su prima, pero pensaba que, si empezaba a dar, siempre esperarían algo de ella.
       Como se ha dicho, el miércoles era el día señalado para la visita, a pesar de que, cuando llegó, resultó ser un día realmente invernal, frío y ventoso, con esporádicas ráfagas de nieve; como la señora Parkins sufría de neuralgia, desistió de salir hasta el día siguiente. Cuando despertó el jueves por la mañana se alegró de encontrarse con una temperatura cálida y el viento en calma. Sabía lo suficiente del clima para ver las nubes cargadas de nieve, pero solo había doce kilómetros hasta Haybury; podía salir temprano y regresar a casa después de comer. Así que, cuando llegó el muchacho que cuidaba el caballo y recogía la leña todas las mañanas, lo apremió y atosigó hasta dejarlo casi sin aliento; engancharon el caballo al carro y, con inusitada previsión, envolvieron un trozo de cerdo curado y lo colocaron bajo el asiento del carro; después, con una bufanda sobre el sombrero recién arreglado, un chal sobre la capa de los domingos y unos mitones sobre los guantes de lana, la señora Parkins se alejó en su carruaje. Todos los vecinos sabían que se dirigía a Haybury para ingresar en el banco ochenta y cinco dólares que los hermanos Dilby le habían pagado por el centeno plantado y ya medio cosechado. Lo más probable es que llevara bastante más dinero ese día; tenía la mejor granja de aquel yermo municipio y era una reputada administradora.
       La prima era una buena mujer, afable, muy leal a los suyos y siempre dispuesta a recibirla en su casa. Aparte de que, si bien los oídos de Lydia Parkins permanecían sordos a las alusiones sobre sus necesidades y deseos actuales, era más que probable que sus hijos heredaran su granja y sus ahorros; no era una persona a la que se pudiera hablar con brusquedad o a la que fuera posible menospreciar. Es más, ningún corazón verdaderamente piadoso podía dejar de compadecerse de la enjuta, inquieta y severa mujercilla que actuaba como si siempre hubiera de estar a la defensiva contra un mundo usurpador y mendicante.
       Mary Faber, como de costumbre, suplicó a la señora Parkins que se quedara a pasar la noche; la vida parecía depararle tan pocos placeres que el cambio le sentaría bien. No le ocasionaría ningún gasto, excepto el de guardar el caballo en un establo. La señora Faber insistió de corazón y añadió que nadie la estaría esperando en casa. Pero la señora Parkins se negó, como era habitual; temía que el sótano se helara. No se habían reforzado las paredes ese otoño, como ella quería, pues había que pagar a los Dilby un dólar y un cuarto por hacerlo, y no tenía intención de darles ese gusto.
       —¡Válgame Dios! ¿Por qué no aceptas que eres rica y dejas de preocuparte por los gastos pequeños? —preguntó la prima, armándose de valor—. No sé cómo puedes ser cada vez más rica y más pobre al mismo tiempo. —Su carácter bondadoso le impidió reprimir la risa mientras hablaba; ni la misma señora Parkins pudo evitar sonreír—. No sabes cuánto agradezco tu compañía, y has sido muy amable al traer esa deliciosa pieza de cerdo.
       ¡Si hubiera sabido el esfuerzo que su invitada tuvo que hacer para dársela después de llevarla hasta allí! Dos veces había vuelto a meterla debajo del asiento con tenaz indecisión, y solo acabó sacándola por temor a que los chicos pudieran descubrirla curioseando en el carro y se lo contaran a su madre. Cuántas veces había tenido en las manos algo para regalar y lo había vuelto a guardar media docena de veces sin acabar de decidirse a hacerlo. Su corazón albergaba aún impulsos ciegos de generosidad, si bien ella había ido adquiriendo habilidades para tranquilizar su conciencia y encontrar excusas para negarse a dar.
       Los preparativos navideños en la pequeña y concurrida población la hicieron sentirse incómoda; sentía como un reproche la felicidad de la jovial prima pese a su escasez de recursos para el gobierno de la casa. El salario de los muchachos era sumamente bajo el primer año, incluso el segundo; pero su madre se enorgullecía de su sensatez, y seguía cosiendo y alquilando habitaciones y haciendo todo lo que estaba en su mano para ganar dinero. Parecía cansada y prematuramente avejentada; le dijo a la señora Parkins que le gustaría visitarla unos días en la granja el verano siguiente, y que los chicos comieran con unos vecinos.
       —Nunca me permití el más mínimo descanso hasta que acabaron la escuela; ahora podré tomarme las cosas con más calma —afirmó la buena mujer, con un tono melancólico poco común en ella.
       La señora Parkins la escuchó con cierto desasosiego; sabía que regalarle una pequeña cantidad de dinero de tanto en tanto habría supuesto una gran ayuda, si bien nunca podía decidirse a iniciar lo que prometía ser el despilfarro de su cuidadosamente atesorada fortuna. Sería también la ruina de los muchachos si llegaban a pensar que podían recurrir a ella en cada emergencia. A la larga los resarciría; no podía llevarse el dinero al otro mundo, y haría de la necesidad virtud.
       La tarde concluía fría y oscura, y la nieve empezó a caer lentamente antes de que la señora Parkins dejara la calle de Haybury. Había vivido demasiado tiempo en el monte para no conocer bien el clima y, por un momento, mientras el viento le golpeaba la cara y veía el cielo y el horizonte nublados por la tormenta que se avecinaba, pensó en volver a casa de su prima. Si hubiera sido otra época del año, pero ¡en Nochebuena! El viejo caballo reunió todas sus fuerzas y apresuró el paso como si tuviera el suficiente sentido para preocuparse por las inclemencias del tiempo; al poco, el camino dio un viraje y el viento ya no fue tan frío y rápidamente perdieron de vista la población, cruzando el llano que se extendía entre Haybury y las colinas de Holton. La señora Parkins estaba convencida de que llegaría a casa al anochecer, y el jamelgo hacía lo que podía. Abundaban los baches y el hielo en la carretera; el carro traqueteaba y cabeceaba; se estableció una especie de carrera entre la señora Parkins y la tormenta, y durante un tiempo pareció innegable que ella sería la ganadora.
       La fuerza creciente del viento no acabó de imponerse hasta que hubieron recorrido casi la mitad de los doce kilómetros; la nieve, que en un principio solo se adhería como un ligero velo al chal-manta de la señora Perkins, y tamizaba de blanco la hierba helada a través de la llanura, terminó por acumularse encima de la desgastada piel de bisonte y formó una capa tan profunda sobre el camino que las ruedas comenzaron a atascarse. Era sorprendente el grosor de los copos y la rapidez con que caían; de nada le servía intentar protegerse la cara con la bufanda blanca, pues alcanzó tal espesor con la nieve que apenas le dejaba ver y parecía ahogarla. Empezó a oscurecer; la nevada arreciaba, y el caballo, subiendo las sobrecargadas colinas con el viejo carro bloqueado por la nieve, se veía obligado a parar una y otra vez. De repente, se le ocurrió a la señora Parkins la atroz idea de que no podría llegar a casa esa noche, y entonces tuvo que reconocer que no sabía bien dónde se encontraba. Los gruesos copos de nieve la cegaban; se volvió para ver si venía alguien; aunque bien podría encontrarse en medio de las inmensidades del Ártico. Se sintió paralizada y aturdida e intentó fustigar de nuevo al jadeante caballo; la pobre criatura intentaba avanzar desesperadamente. Debían de haberse alejado lo suficiente de la llanura para estar cerca de algunas casas; pero cada vez estaba más oscuro y la nieve caía con más fuerza mientras recorrían lentamente un kilómetro y medio más, hasta que les resultó imposible seguir; el animal se detuvo en seco, dio una sacudida para librarse del montón de nieve acumulada en el pescuezo y volvió la cabeza para mirar inquisitivamente a su dueña.
       La señora Parkins empezó a llorar de frío, de miedo y de tristeza. Había leído relatos sobre terribles y repentinas tormentas en el oeste, y ahí estaba ella en mitad de la noche, sin comida, a la intemperie y desamparada.
       —¡Oh! ¡Daría mil dólares por estar a salvo bajo un techo! —gimió la pobre mujer—. ¡Pobre de mí! ¿Por qué habré salido de esa casa caldeada?
       Un extraño resplandor la deslumbró, y una visión de las tiendas de Haybury brillantemente iluminadas, del trasiego de los alegres clientes y del alborozo y la generosidad contagiosa de la Nochebuena se burló de la tacaña mujercita perdida y sentada allí toda desorientada. Los densos copos de nieve quedaban atrapados en las pestañas, helaban sus mejillas y se derretían entre los cordones de su sombrero gris, sobre el que se amontonaban formando una elevada corona que caía en su regazo cuando se movía. Si intentaba sacudirse la nieve, ésta se acumulaba en su recargada manopla y acrecentaba su torpeza. Era una tormenta terrible y pertinaz; a ese ritmo, caballo y conductora quedarían pronto sepultados y congelados en la carretera. Los copos que se iban acumulando eran malévolos y misteriosos; eran enormes y caían con celeridad del cielo.
       —¡Cielo santo! ¡Qué entumecida estoy! —murmuró la señora Parkins—. Y entonces recordó que el cajero del banco le había dicho esa mañana que era un día en que todos los demás sacaban dinero, que ella era la única que lo ingresaba. —Daría con gusto hasta el último céntimo a cualquiera que viniera y me ayudara a encontrar cobijo —dijo la pobre mujer—. ¡Oh, no sé si he escardado lo suficiente para merecer la salvación! —y una sórdida sensación de vergüenza y fracaso dio al traste con cualquier esperanza que pretendiera brotar en su corazón. ¿Qué había hecho ella por Dios y por los hombres que ahora le otorgara el derecho a pensar en amor y en salvación?
       Pese a todo parecía como si la ayuda tuviera que llegar en cualquier momento y como si esta gran emergencia careciese de gravedad. La vida de la señora Parkins había sido tan monótona, tan carente de emociones y situaciones trágicas que no podía entender, incluso en ese momento, que se encontraba en tan grave peligro. Volvió a pedir auxilio con todas sus fuerzas, y el caballo relinchó aún con mayor energía. Su única esperanza era que los dos hombres con que se había cruzado unos kilómetros antes recordaran que le habían aconsejado apresurarse, y volvieran para buscarla. El pobre y viejo caballo se había arrastrado con el carro hasta el borde de la carretera, al amparo de unos árboles de hoja perenne. La señora Parkins se deslizó bajo la piel de bisonte hasta el fondo de su frío y destartalado carro, y se tapó como pudo. Había muchas probabilidades de que la encontraran congelada bajo un ventisquero la mañana siguiente.
       ¡Por la mañana! ¡La mañana de Navidad!
       ¿Qué le deparaba el advenimiento de la Navidad, sepultada bajo la nieve en una tormenta de diciembre?
       ¿Algo? Sí, aunque lo ignoraba. ¡Qué poco sabía de lo que esa Nochebuena iba a aportar a su vida!


SEGUNDA PARTE (ENERO 1891)

      Lydia Parkins era una mujer menuda y carente de vigor, pero, a medida que entraba en calor bajo su capa de mantas en el fondo del viejo carro, empezó a entrar en razón. Debía salir e intentar caminar por la nieve lo más lejos posible; no tenía sentido morir como un conejo en esa horrible tormenta. Sí, y debía desenganchar al caballo y dejarlo ir; así que bajó con arrojo a la nieve que le llegaba a la rodilla, donde ya se había formado un ventisquero. Se negaba a admitir que quizá estuviera perdida y pudiera morir de frío esa misma noche. No parecía apropiado para la señora de Nathan Parkins, que poseía un montón de dinero en el Banco de Haybury, una buena granja bien dividida entre cultivos y bosques, y que guardaba en su casa un cúmulo de mantas y edredones, leña suficiente y ropa apropiada para el invierno. El viento que arreciaba sin cesar le hizo notar la flacidez y el frío del húmedo sombrero gris y negro en su pobre cabeza, más embotada y pesada que nunca. Perdió un guante y un mitón en la nieve mientras intentaba desenganchar el caballo, y se le entumecieron los dedos desnudos; pero se las arregló para liberar al bueno y vetusto animal, esperando que se las arreglara para avanzar y que alguien lo reconociera por el camino y acudiera a socorrerla; el caballo, sin embargo, se limitó a dar vueltas y más vueltas alrededor de ella y del carro, trastabillando, gimoteando y resistiéndose a que lo espantara.
       —¿Qué clase de tormenta es ésta? —gruñó la señora Parkins, caminando por la nieve y tropezando sin querer con su vestido. El jamelgo la siguió dócilmente, y cuando ella dio un grito débil, áspero y mujeril, el viejo Major relinchó y se sacudió la nieve del lomo. La señora Parkins sabía en el fondo de su corazón que no podría llegar muy lejos con un viento semejante y a través de tales ventisqueros; finalmente sintió flaquear sus fuerzas, se hundió en la nieve al borde de la carretera y el caballo continuó solo. La oscuridad era terrible y el frío le calaba los huesos. Pasados unos minutos se incorporó y reanudó la marcha; en lugar de gritar por haber perdido de vista al caballo, le pareció más oportuno seguir sus huellas.
       De repente, percibió un débil centelleo a su izquierda, y ¡qué dicha fue para sus ojos! La infortunada viandante apretó el paso; sin embargo, el viento arreció como si quisiera obligarla a retroceder. El caballo fue el primero en encontrar refugio; alguien lo había oído y salió de la casa dando un portazo que llegó a oídos de la señora Parkins. Intentó gritar de nuevo, pero apenas emitió un sonido. La luz parecía aún lejana, aunque en ese momento oyó unas voces y vio otra luz que se movía. Estaba tan agotada que tuvo que esperar a que vinieran a socorrerla. ¿Quién vivía en la primera casa a la izquierda después de pasar Oak Ridge? No podían ser los Donnell, porque estaban en Haybury y tenían la casa cerrada; debía de ser la casa del párroco, y ella se había alejado de la carretera que llevaba a su casa. El caballo, desorientado, había tomado el camino de la izquierda.
       “Bueno —pensó la señora Parkins—, preferiría estar en cualquier otro sitio, pero lo único que me preocupa es encontrar cobijo. Estoy agotada y a punto de desmayarme”.
       La luz de la linterna llegó dando saltos rápidos, como si alguien caminara rápido, y oscilando como si estuviera en un barco pesquero que navegara en un mar proceloso. La señora Parkins empezó a acercarse y gritó a su salvador.
       —¡Vaya por Dios, si es el pastor! —exclamó—. Soy la señora Parkins, o lo que queda de ella. He estado a punto de morir congelada no lejos de aquí. En mi vida había visto una tormenta así.
       Se hundió en la nieve y fue incapaz de ponerse en pie. El clérigo era un hombre fuerte; se inclinó y la levantó como si fuera una niña; la llevó en brazos por el camino con la linterna colgada. Era una mujer menuda y poco dada a sentimentalismos, pero había pasado muchísimo frío y un miedo espantoso y, por fin, estaba a salvo. Era como el buen pastor de la Biblia[Juan, 10, 11], y Lydia Parkins dejó de llorar; pero era como si hubiera perdido el habla y su corazón estuviera a punto de romperse. Parecía inevitable que el pastor la encontrara y la llevase al redil; es decir, a la parroquia; ella se sentía mareada y extraña otra vez, y su sombrero de repuesto gris y negro se desató y cayó en la nieve sin que lo advirtiera.
       Cuando la señora Parkins abrió los ojos una luz brillante la obligó a cerrarlos de inmediato; descubrió acto seguido que se encontraba en el salón de la casa parroquial y que la mujer del clérigo se arrodillaba a su lado con expresión de inquietud; en el extremo opuesto había un árbol de Navidad con bonitos y brillantes adornos y alegres velitas en las ramas. Ella estaba cómodamente envuelta en unas cálidas mantas, pero se sentía muy cansada y débil. La mujer del pastor sonrió encantada:
       —Enseguida se encontrará mejor —exclamó—. ¡Cada vez que pienso que estaba en medio de esta horrible tormenta! ¡No diga nada aún, querida! —añadió cariñosamente—. Voy a traerle una buena taza de té bien caliente. ¿Se encuentra bien? Olvídese de la tormenta. Mi marido se ha ocupado del caballo. Tenga, le pondré encima mi chal rojo, es más bonito que las mantas; su ropa está secándose en la cocina.
       La mujer del pastor tenía un rostro muy dulce, y se quedó unos instantes mirando a su inesperada huésped; algo en el rostro delgado y suplicante del sofá la conmovió, y se inclinó para dar un beso a la señora Parkins. Resulta que llevaba años sin que nadie la besara, y unas lágrimas rodaron por sus mejillas mientras la señora Lane se daba la vuelta.
       La mujer del pastor había pensado a menudo que la señora Parkins tenía un rostro severo y harto desagradable; era la feligresa de la parroquia que menos le gustaba; sin embargo, mientras encendía el fuego de la cocina, empezó a pensar qué podría encontrar para ponerle en el árbol de Navidad, y por qué nunca había advertido la mirada temerosa y tímida de la infortunada mujer.
       “Es tan triste vivir completamente sola en esa granja tan enorme”, pensó la señora Lane, consciente de la felicidad de su hogar y de sus hijos.
       Los tres se acercaron en ese momento y la rodearon; John —cojeando— con su cara pálida de hombrecito, y Mary y la pequeña Bell, las niñas, de lo más sonrientes.
       El clérigo volvió del establo, apagó la linterna de un soplo y la colgó. Envolvieron en mantas al caballo para que entrara en calor, como a su dueña, y le dejaron una buena cena en el pesebre. La casa parroquial estaba habitada por una familia feliz, y la señora Parkins podía oír sus risas tenues y sus susurros en la cocina. Después de todo eran las ocho, y era evidente que los niños ansiaban el comienzo de la celebración demorada. Las dos niñas se quedaron en la puerta y dirigieron su mirada primero a la invitada desconocida y luego al árbol de Navidad; poco después fueron con su madre a preguntar si la señora Parkins tenía fuerzas para celebrar la Navidad con ellos o prefería irse a la cama y dormir para recuperarse.
       La señora Parkins no quería marcharse; empezaba a sentirse bien otra vez y tenía miedo de quedarse sola, sin saber exactamente por qué.
       —Venga conmigo a la habitación —dijo la señora Lane— y póngase mi bata de doble capa, es bonita y cálida; seguro que le quedará bien, y así, en caso de que quiera levantarse más tarde, se encontrará más cómoda que envuelta en unas mantas.
       Aunque aturdida por el pequeño alboroto, sorprendentemente la señora Parkins estaba encantada. El hecho de estar en aquel lugar tan seguro y agradable después del frío y el peligro le procuraba una insólita capacidad de goce y empatía. Se sentía joven y feliz, y se preguntaba qué iba a suceder. Se quedó quieta y dejó que la señora Lane cepillara su pelo cano, enmarañado con la humedad de la nieve, como si fuera una de las niñas; luego volvieron al salón. El fuego ardía con intensidad en la estufa Franklin [se refiere a la estufa cerrada de leña, inventada por Benjamin Franklin, en 1741]; el verano anterior, el pastor había desbrozado un abrupto terreno de la parroquia demostrando una gran energía y, como la señora Parkins advirtió enseguida, allí ardían algunas de las raíces de los pinos. Al enterarse del arduo trabajo que el pastor estaba llevando a cabo, había comentado que mejor haría dedicando ese tiempo a escribir sus sermones, y lo recordó ahora con una punzada en el corazón; admitió para sus adentros que en algunas ocasiones había sido mezquina con los Lane, y era una buena lección para ella estar a su merced ahora. Desde el rincón del viejo sofá, envuelta en la cálida bata, contemplaba sus caras afables, y una nueva sensación de cordialidad y esperanza se coló sigilosamente en su corazón.
       —Tengo tanto calor ahora como frío hace un rato —aseguró al pastor.
       El niño cojo y sus dos hermanas pequeñas se sentaron juntos delante del fuego; la señora Lane, en el sofá con la señora Parkins; y el clérigo empezó a pasar las hojas de una Biblia que había en la mesa. No parecía una reunión envarada y formal celebrada entre la superstición y la reverencia; más bien era como si el buen hombre estuviera contando a su familia la historia de alguien a quien todos querían y llevaban en su corazón. Dijo unas cuantas palabras sobre el nacimiento de Cristo, y que aquella noche “no hubo lugar para ellos en la posada” [Lucas, 2, 7]. Sí lo había para el soldado romano, el sacerdote y el recaudador de impuestos, pero no para Cristo; y habló de cómo culpamos a ese posadero y con frecuencia actuamos de la misma manera en la posada de nuestro corazón.
       —Hay sitio para amigos, placeres y ganancias, y no lo hay para Cristo —dijo el pastor con tristeza, mientras los niños miraban con seriedad el fuego, tratando de entender. Luego escucharon otra vez la historia de los pastores y la estrella [Lucas, 2, 8], y ésta sonó más hermosa que nunca; parecía totalmente nueva y maravillosa; y el reverendo rezó, y dio gracias en especial por la amiga que formaba parte de la familia esa noche, pues había logrado salvarse de un gran peligro. Después la familia Lane cantó su himno de Navidad junto a un viejo órgano que la madre tocaba: Mientras los pastores vigilaban su rebaño por la noche [el himno navideño compuesto por el poeta Nahum Tate, 1652-1715].
       Lo cantaron a coro, como si adorasen el himno, y cuando terminaron y la estancia quedó de nuevo en silencio, la señora Parkins oyó el viento que soplaba afuera, las grandes ramas del olmo que se balanceaban y crujían sobre la pequeña casa, y la nieve que golpeaba afanosamente las ventanas. Notó una rara calidez en su corazón; ya no tenía frío ni se sentía asustada o sola, ni tan siquiera egoísta.
       Encendieron las velas del árbol; los pequeños hacían cabriolas, desbordantes de secretos, y gritaban con gran júbilo, y el árbol refulgía esplendoroso lleno de alegres adornos de nueces recubiertas de papel dorado y plateado, bolsitas cosidas con hilos brillantes, y toda clase de fruslerías caseras. Sin embargo, cuando aparecieron los verdaderos regalos, los regalos fruto de la reflexión, del cariño y de una profunda abnegación, la parte más luminosa de la familia resplandeció de felicidad y amor. Mientras la señora Parkins seguía en el sofá, uno tras otro le llevaron su ración de fruta colgada en el pequeño árbol, hasta que su regazo se colmó. Una de las niñas le dio una bolsa de caramelos, aunque éstos no abundaban en el árbol; la otra le regaló un marcapáginas, y el niño, que había cultivado un bonito geranio, se acercó cojeando para dárselo; la señora Lane le ofreció una bonita capota que su hermana había confeccionado para ella unas semanas antes, pues tenía otra que aún podía usar y no necesitaba dos. El pastor había encontrado para ella un librito de himnos que un amigo le había regalado en la conferencia de otoño, y, cuando la señora Parkins lo abrió, casualmente se topó con estas palabras: “Espacio para negarnos a nosotros mismos” [es el primer poema, “Mañana”, de The Christian Year (1827) de John Keble (1792-1866]. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin saber por qué.
       “Tengo que aprender a no ser mezquina”, pensó casi con rabia.
       Era lo menos que podía hacer, tener un gesto amistoso con esta gente tan amable; ellos la habían rescatado de la tormenta con tanta calidez y cariño; no parecían haberse enterado de que jamás les había dirigido una frase amable desde que llegaran al pueblo; de que solo ella se había mantenido al margen cuando su querido hijo, su único varón, luchaba contra una enfermedad que podría haberlo dejado lisiado de por vida. Había oído decir que existía una posibilidad de curación si su padre lo llevaba a un famoso cirujano de Nueva York. Pero los gastos del largo viaje y de las semanas de tratamiento lo hacían inviable. Los Lane estaban muy agradecidos de que estuviera vivo y pudiera pasar la noche de Navidad con ellos. La señora Parkins podía ver el brillo en los ojos llenos de lágrimas de su madre cuando lo miraba, y la cariñosa mano tendida del padre para sujetarlo cuando cruzaba la habitación cojeando.
       —Me gustaría que Lucy Deems, mi vecina, estuviera aquí, para ayudar a sus niñas a celebrar la Navidad —dijo la señora Parkins, casi sin darse cuenta—. Su madre lo ha pasado muy mal; me gustaría traerla algún día cuando el viaje sea más cómodo.
       —Conocemos a Lucy Deems —respondieron alegremente las niñas.
       Luego, la señora Parkins recordó con pesar a su prima y a sus dos hijos, y lamentó que no se encontraran todos en casa del pastor. Parecía haber entrado en una nueva vida; incluso pensó en su inhóspita casa con rechazo, y se avergonzó en su fuero interno de su sótano y su desván llenos de comida y de su dinero en el banco de Haybury. Allí estaba ella con la bata de la señora Lane, como la mujer más pobre del mundo; esa Nochebuena había llegado como una mendiga a la puerta de los Lane, y ellos le habían dado cobijo y la obsequiaban con toda clase de regalos; ¿dónde estaban su independencia y sus riquezas ahora? Era una extraña y la acogían [Mateo, 25, 35]; lo hacían en nombre de Cristo, y éste los bendeciría, pero ¿qué podía decir ella?
       —¡Dios mío, qué pobre soy! —balbuceó Lydia Parkins por segunda vez esa noche.
       No se había desatado una tormenta igual en muchos años. Pasaron varios días hasta que pudieron comunicarse unos con otros a lo largo de las caminos vecinales bloqueados. Los hombres y el ganado estaban muertos de frío; los postes de telégrafos, derribados, y el tranquilo y placentero campo sintió como si hubiera estado en poder de unas fuerzas de la naturaleza implacables y violentas de las que nunca podría volver a fiarse. Pero salió el sol y reaparecieron los arrendajos azules y los cuervos; la nieve blanca se derritió y los granjeros volvieron a ir de acá para allá por los caminos. Concluido el aislamiento, una paz y buena voluntad desconocidas se manifestaron entre los vecinos; si bien la buena voluntad de la señora Parkins eclipsó a las del resto. Volvió a Haybury tan pronto como las carreteras pudieron transitarse; llevó a su prima Faber de visita a casa y, cuando se fue, iba con un carro lleno de víveres. El día de Año Nuevo hizo una visita a Lucy Deems, le regaló una enorme cesta repleta de nueces y le dijo que podía ir a buscar más cuando se le acabaran; y, sobre todo, poco después, el pastor anunció un domingo a los feligreses que estaría ausente los dos domingos siguientes. Una persona bondadosa iba a poner a su alcance una gran bendición, y con voz vacilante añadió que esperaba que todos rezaran por la recuperación de la salud de su querido hijo.
       La señora Parkins, en su banco de la iglesia, no había tenido una expresión tan seria desde antes de Navidad. Nadie podía decir qué secretos arrepentimientos le habrían costado esos regalos y otros parecidos; sin embargo, ella sabía que solo una vida honrosa le permitiría alcanzar la paz de espíritu. Ya no podía seguir en el mundo mezquino y cerrado que ella misma había creado, tenía que aceptarlo como es y sacar el máximo provecho de su vida.
       Algunos se reían y decían que su tacañería había desaparecido con el susto la noche de la tormenta; pero algunas veces se nos enseña y se nos conduce lentamente a un nivel más elevado de la existencia, inconsciente e irremediablemente, y el paso decisivo, una vez dado, rara vez se desanda. La señora Deems no tardó en decirle alegremente a una vecina:
       —Bueno, siempre supe que la señora Parkins no tenía mala intención, solo que no sabía cómo ayudar al prójimo; era como si le diera miedo utilizar su dinero, como si creyera que no tenía derecho a gastarlo. Ahora parece convencida de que tiene toda la responsabilidad, y fíjate en lo bien que se porta. Está empezando a vivir; ayer no se enteró de nada en la primera oración de la mañana; se la ve radiante y no ha dejado de sonreír al hijo del pastor desde que lo vio andar tan derecho como cualquiera. Y he oído que uno de los hijos de su prima se quedará una temporada con ella. Se cansó de trabajar en la fábrica de zapatos de Haybury. Quizá dé la talla y, con el tiempo, ella le deje llevar la granja.
       —Oh, tampoco debemos esperar demasiado de ella —dijo la otra mujer, indulgente—. Estoy segura de que es un cambio maravilloso siempre que esté preparada. Los hábitos son a veces difíciles de corregir; la vida es una lucha continua, ¿no es así?
       —Sí —respondió la señora Deems, con seriedad—. ¡Por allí va la señora Parkins en su viejo carro, con mi Lucy sentada a su lado, tan vivaracha como Nathan! ¿No tiene la señora Parkins una expresión mucho más simpática que antes? Cuánto más hace por los demás, y más se empobrece, más rica parece sentirse.
       —No es muy corriente en una mujer de su edad volver sobre sus pasos. Nos permite creer que el Cielo cuida y ayuda a la gente —dijo la vecina.
       Y las dos se quedaron mirando con grata admiración a la mujer enjuta y menuda que se alejaba por la accidentada carretera. Ya mediaba la primavera, pero la señora Parkins seguía luciendo su mejor sombrero de invierno; el viejo y roñoso, adornado con un lazo gris, lo encontraron las hijas del pastor al derretirse la nieve, y lo escondieron con mucho cuidado para el espantapájaros parroquial cuando llegara la siembra del maíz.




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