Sarah Orne Jewett
(South Berwick, Maine, Estados Unidos, 1849 - South Berwick, 1909)


La gemela de la Reina (1899)
(“The Queen’s Twin”)
Originalmente publicado en la revista Atlantic Monthly (febrero de 1899),
Núm. 83, págs. 235-246;
(diciembre de 1890; enero de 1891);
The Queen’s Twin and Other Stories
(Boston y Nueva York: Houghton, Mifflin y Co., 1899, 232 págs.)



      La costa de Maine estuvo en tiempos tan próxima a playas lejanas gracias a su laboriosa flota de barcos, que entre los hombres y mujeres mayores aún se puede hallar una sorprendente proporción de viajeros. Cada lengua de tierra que se adentra en el mar con sus casas elevadas, cada isla con una granja solitaria, ha enviado sus espías para visitar buena parte de la Tierra de Eshcol; en Maine se ven caras sencillas, apacibles, asomadas a las ventanas, caras cuyos ojos han contemplado puertos lejanos y conocido los esplendores del mundo oriental. Ante esas personas se avergüenza el viajero de fáciles travesías por el Atlántico norte y por el Mediterráneo; ellas doblaron el cabo de Buena Esperanza y desafiaron la mar iracunda del Cabo de Hornos en pequeños barcos de madera; ellas criaron a sus robustos chicos y niñas sobre cubiertas estrechas; ellas estuvieron entre los últimos hijos de los hombres nórdicos que se aventuraron en busca de playas desconocidas. No se puede dar más a un Estado joven para su cultivo; los capitanes de mar y las mujeres de los capitanes de mar de Maine sabían algo del vasto mundo, y nunca erraron pensando que su propio pueblo lo era todo en lugar de una mínima parte del total; no sólo conocían Thomaston, Castine y Portland, sino también Londres, Bristol y Burdeos, y las raras costumbres de los muelles del Mar de China.
       Un día de septiembre, cuando estaba a punto de finalizar mi verano en Dunnet Landing, Mrs. Todd regresó a la casa después de un largo y solitario paseo por los prados silvestres, con una mirada impaciente, como si estuviese a punto de iniciar una búsqueda esperanzada, en lugar de volver de ella. Traía una pequeña cesta de zarzamoras, suficientes para la cena, y me la ofreció, de modo que pude ver que también había unas frambuesas tardías esparcidas por encima, pero no hizo comentario alguno sobre su caminata. Yo hubiese podido jurar que ella tenía algo muy importante que decir.
       —No ha traído usted ni una sola hoja —aventuré ante esa experta recolectora de hierbas—. Ayer decía usted que la hamamelis quizá ya esté en flor.
       —Me atrevería a asegurarlo, querida —respondió con un tono casi arrogante—, y no diré que no lo está; pero no me importa mucho lo que ocurra con la hamamelis. La verdad es que he estado de visita; hay una vieja vereda india que baja hacia Back Shore a través del pantano de las garzas, por donde no se puede cruzar en todo el verano. Hay que elegir un día de éstos, cuando las tierras se han secado con el calor, ahora, antes que empiecen las lluvias. No había pensado en eso hasta que estuve lejos de casa, y me dije: “¡Hoy es el día, claro que sí!” y allá subí, lo más deprisa que pude. Sí, he ido de visita. De pronto, antes que pudiese darme cuenta, estaba en un lugar en que tenía agua bajo los pies; espere a que me ponga un par de calcetines secos de lana, no sea que pille un resfriado, y vendré a contárselo todo.
       Mrs. Todd desapareció. Advertí que algo le había interesado muchísimo. Ya podía haberse encontrado con una serpiente marina o con las tribus perdidas de Israel, tan visible era su aire de misterio y satisfacción. Había estado fuera desde poco antes de media mañana; mientras aguardaba sentada junto a mi ventana, vi que los últimos resplandores rojizos del crepúsculo otoñal incendiaban las rocas grisáceas de la playa y las dejaban otra vez frías, al tiempo que tocaban las velas lejanas de barcos de cabotaje, para convertirlos en casas doradas en alta mar.
       Quedé haciéndome preguntas durante un rato más largo de lo que hubiese querido. Mrs. Todd estaba preparando la lumbre de la noche y ponía en marcha la cena; volvió, al cabo, con el aire animado que traía al regresar de su largo paseo.
       —Hay una bonita vista desde la colina donde he estado —me dijo—, sí, un bonito paisaje de tierra y mar. No se puede ver esa colina desde lejos, pero su buena situación es lo que cuenta. Estuve allí un buen rato, y pensé en usted. No, no se me había ocurrido ir esta mañana, al salir —¡como si yo le hubiese reprochado algo de viva voz!—; sólo pensé que era un buen momento para uno de esos paseos, así que cogí mi cesta; lo único que sabía era que tenía que volver a tiempo para poner la cena. Me pareció bien dejarle preparada la comida por si yo no volvía a tiempo. Espero que haya encontrado todo lo que le apeteciera; sí, espero que haya habido bastante.
       —Oh, sí, claro que sí —dije yo. Mi casera siempre se mostraba generosa en materia de vituallas cuando dejaba que me apañase por mí misma, como si se tratara de una ofrenda de paz o de una disculpa afectuosa.
       —¿Ha visto esa colina, la de la casa vieja en la cima, camino arriba del pantano de las garzas? Discúlpeme si insisto —prosiguió Mrs. Todd—, pero no diría yo que a usted se le dé tan bien caminar tierra adentro como ir a pasear por la playa. Ya sabe a qué colina me refiero; para llegar a la cima hay una vereda que ahora apenas si se ve. Era un camino de los indios de tierra adentro, que lo recorrían con sus mercancías, hasta aquí, cuando querían llegar a las islas. Los viejos del lugar cuentan que había una senda en un arrecife donde dejaron una huella profunda con sus mocasines, pero nunca pude encontrarla. Hay tanta maleza en algunas partes que se pierde el camino entre los matojos y hay que buscarlo como se pueda; pero es bastante recto, a pesar del terreno, de modo que fui guiándome por el sol y avancé con la vista puesta en el musgo que crece a un lado de los troncos de los árboles. Algunos arroyos están atascados y el pantano lleva más agua que antes. Sí, ¡me metí en un sitio bastante hondo!
       Demostré la preocupación que sentía. Mrs. Todd ya no era joven y, a pesar de su robustez y su comportamiento arrojado, yo sabía que ciertas enfermedades podían caer sobre ella, para dejarla algún día inválida y doliente.
       —No se preocupe por mí —insistió—, la inmovilidad es la única forma de que el Maligno me ponga la mano encima. Con mantenerme en movimiento, tengo veinte primaveras y veinte inviernos a la vez. No sé por qué, pero nunca le he hablado de la persona a la que he ido a ver. No sé por qué nunca hablo de Abby Martin, aunque a menudo pienso en ella, pero es que vive en un sitio muy apartado y no la había visto desde hace tres o cuatro años. Es una mujer interesante de verdad y somos buenas amigas; casi podría ser mi madre, pero se mantiene joven. Me sirvió una buena taza de té, y no sé, pero tendría que haber pasado la noche en su casa, si hubiese podido avisarla a usted para que no se inquietara.
       Se produjo un silencio absoluto antes que Mrs. Todd hablara de nuevo para hacer un anuncio formal.
       —Es la gemela de la Reina —y Mrs. Todd me miró fijamente para ver cómo sobrellevaba yo esa gran sorpresa.
       —¿La gemela de la Reina? —repetí.
       —Sí, ha llegado a tener un gran interés por la Reina, y cualquiera puede ver que eso es algo natural. Ambas nacieron el mismísimo día, y le resultaría asombroso comprobar cuántas otras cosas han correspondido en sus vidas. Hoy me estuvo hablando de algunas de ellas, y una pensaría que esa mujer sólo se ha dedicado a leer historia. He visto que de eso estaba más orgullosa que nunca. Muchas veces la he oído referirse a esos hechos, pero ahora se ha vuelto vieja, ya no tiene el agobio del trabajo, y como ha vivido en gran parte con sus pensamientos, que es lo que suele hacer la gente, todo eso le vale como una especie de compañía. Pues bien, si usted quiere saber algo sobre la reina Victoria, Mrs. Abby Martin se lo contará todo. Y la vista desde esa colina que le he dicho es más bella que nada en el mundo, merece la pena que vaya hasta allí a ver a Abby, siquiera sólo por el paisaje.
       —¿Cuándo puede volver usted? —pregunté con ansiedad.
       —Yo diría que mañana —respondió Mrs. Todd—, sí, yo diría que mañana; pero me figuro que sería mejor dejar que pase un día, para descansar. He pensado en eso mientras volvía a casa, pero vine tan deprisa que no hubo mucho tiempo para pensar. El camino es horrorosamente largo si se hace a caballo; hay que ir hasta la casa del viejo Bowden, y girar a la izquierda, por un camino principal muy duro, y después hay que girar a la derecha y volverse tan pronto como se haya llegado, si usted quiere estar de regreso en casa antes de las nueve de la noche, pero si se atraviesa el campo desde aquí, alcanza el tiempo para llegar aunque sea el día más corto del año, y podrá hacer una visita de una o dos horas, además. No son más que unas pocas millas y el trayecto es muy bonito. Por allí vivían algunas buenas familias, pero unos han muerto y otros se han dispersado, así que ella ya no tiene vecinos. O sea que se echó a llorar de veras, estaba muy contenta de ver que alguien iba por allí. Le resultará divertido oírla hablar de la Reina, pero dos o tres veces, mientras estuve en su casa, pensé que ese personaje es toda la compañía que tiene.
       —¿Podríamos ir pasado mañana? —pregunté con ansiedad.
       —A mí me iría muy bien —dijo Mrs. Todd.


       En Nueva Inglaterra no se puede estar tan seguro de que hará buen tiempo como en los días en que una fuerte tormenta de levante se ha llevado las nieblas tibias del final del verano y ha refrescado el aire de tal modo que, por intenso que sea el sol durante el día, las noches se acercan más y más a las heladas. Había un frío casi de hielo en el aire de la mañana en que Mrs. Todd y yo cerramos la puerta de la casa a nuestras espaldas; ese día cogimos en nuestras manos la llave de los campos y nos encaminamos hacia los prados como quien se hace a la mar. Cuando llegamos a la cima del acantilado, detrás del pueblo, daba la impresión de que hubiésemos atravesado, ansiosas, la barra del puerto y, por fin, estuviéramos cómodas en mar abierta.
       —¡Pues aquí estamos! —proclamó Mrs. Todd, respirando hondo—. Ahora me siento a salvo. Hace el tiempo que puede disponer a cualquiera a pasar el día de paseo; desde que me desperté, he tenido la sensación de la cercanía de Mrs. Eider Caplin, de North Point, y no quería que nada estorbase nuestros planes. A ella le encanta ir de visita: desde ahora y hasta el día de Acción de Gracias, se pasará el tiempo haciendo visitas, Pero ella va a muchas casas del embarcadero, o sea que si no me encuentra en la mía, podrá ir a cualquier otra. Pensé que mi madre podría venir también, porque hace muy bueno, pero subí esta mañana, antes que usted se despertara, y no había señales de la barca. Si no han salido a esa hora, ya no lo hacen, según está la marea. Además, he visto a muchos pescadores de caballa saliendo hacia Green Island, y ellos retendrán a William. No, ahora estamos a salvo, y si madre llegase mañana, tendríamos mucho que contarle. Ella y Mrs. Abby Martin son viejas amigas.
       Descendíamos por los amplios pastos de las laderas de la colina en dirección a las tierras bajas, donde los bosques oscuros y densos se dilataban hacia el norte como una tierra virgen e impenetrable; las nieblas de la mañana todavía apagaban buena parte de los colores y hacían que las zonas altas pareciesen una región lejana.
       —No está tan lejos como lo parece desde aquí —dijo mi compañera, con ánimo confortador—, pero aun así no hay tiempo que perder —y se apresuró, avanzando con una especie de aire estimulante en su paso; al cabo de unos momentos desembocamos en la vereda india, que se dibujaba con claridad a través de los suelos sin arar de los pastos, y seguía en medio de los abetos gruesos y poco crecidos. A nuestros pies, el suelo era suave y oscuro y los árboles de troncos delgados nos brindaban un techo oscuro y umbrío. Largo rato anduvimos sin hablar; a veces teníamos que abrirnos paso entre las ramas y a veces caminábamos por una senda amplia, donde había árboles más altos. Era un bosque solitario, sin pájaros ni otros animales, ni siquiera un simple conejo o, allá arriba, un cuervo que rompiese el silencio.
       —No creo que la Reina haya visto alguna vez una senda tan solitaria como ésta —dijo Mrs. Todd, como si hubiese estado siguiendo mis pensamientos. Nuestra visita a Mrs. Abby Martin parecía estar relacionada, de una manera extraña, con los altos asuntos de la realeza. Yo había recordado los paisajes ingleses, y las solemnes montañas de Escocia, con sus fincas solitarias, los rediles vallados con piedras y los rebaños que vagan por las praderas envueltas en nubes. A menudo había despertado en mí una súbita curiosidad la alusión familiar a ciertos miembros de la casa real que se puede encontrar en poblaciones apartadas de Nueva Inglaterra; si algún viejo instinto de lealtad personal había sobrevivido a todos los cambios de los tiempos y las vicisitudes nacionales, o si sólo se trataba de que el propio carácter y la disposición de la Reina le habían granjeado amigos en tan lejano lugar, es algo que no se puede decir. Pero el saber de una hermana gemela era la más sorprendente de las pruebas de intimidad y he de confesar que alentaba algo muy excitante para la imaginación en mi paseo matinal. Pensar en ser presentada en la Corte según las formas habituales parecía algo natural en ese momento.
       Mrs. Todd, como una niña, hacía balancear su cesta mientras andaba y en determinado momento se le deslizó de la mano y rodó por tierra como si estuviese vacía. La cogí y se la di; ella levantó la tapadera y echó una mirada ansiosa.
       —No hay más que unas poquitas cosas, pero no quiero estropearlas —explicó con humildad—. Hubiese sido bueno que usted cogiera otra cesta, por si todo lo que hay en ésta se me cayese. Mrs. Abby Martin me dijo que le hacía falta un poco de seda rosa para terminar uno de sus bordados, y he pensado en traerle un trozo; también le llevo un poco de hilo de oro que tenía en una caja, desde hace veinte años. Nunca se me han dado bien las labores de fantasía, pero todas podemos dejarnos llevar por la moda. Aquí tengo también un paquete de hierbas bien especiales, que he escogido con mucho cuidado; le sentarán bien, le despertarán el apetito cuando llegue la primavera. Me estuvo contando que la época de primavera la debilita y le resulta dura, o sea que ya está pensando en lo mal que lo va a pasar. A mi madre le ocurre igual: si yo lograra que tomase algunas medicinas en el momento adecuado, todo sería muy distinto, pero ella lo tira todo por la ventana antes que yo me entere; después, William va a verme suspirando y quejándose de lo débil que está madre. “¿Por qué no te tomas el trabajo de recordar cuáles son las hierbas que yo le doy?”, no puedo por menos de decirle y allá se marcha él, bastante enfurruñado, en su barca. Después, al tiempo, aparece madre para asistir a las reuniones de la congregación, muy habladora y lozana como una niña. El caso de Mrs. Martin es muy parecido; pero no hay quien cuide de ella; William es un poquitín posma, pero peor es nada cuando llegas a la edad de Mrs. Martin.
       —¿No ha tenido hijos? —pregunté.
       —Muchos —respondió Mrs. Todd con enjundia—, pero algunos han muerto y los demás están casados y establecidos en otros lugares. Ella nunca ha sido muy dada a las visitas. No sé, pero tal vez habría que decir que Mrs. Martin tiene algo de especial. Hasta los suyos han de esforzarse para acompañarla; ella no se mete con nadie y vive con quien sea como si los demás no estuviesen en la casa, incluso cuando va a la de sus hijos. Una de sus nueras decía una vez que preferiría pasar el día con la Reina y no con su suegra, si pudiese elegir entre las dos, pero no creo que Abby sea tan difícil. A mí me gustaba verla llegar; puede que fuese un poco ceremoniosa, pero es muy agradable y jovial si tienes el buen sentido de tratarla con mano izquierda. Siempre he pensado que ella sabría comportarse ante personas importantes, y que se encontraría más a gusto entre ellas y siguiendo sus costumbres. La mujer de su hijo es muy buena para las faenas de la granja, atiende a toda una cuadrilla de hombres en tiempo de cosecha y eso le va de maravilla; sin duda es una buena mujer, y muy lista, pero tal vez algo rústica. Cualquiera que sea tan refinada y puntillosa como Mrs. Martin te cohibiría. Hay toda clase de gente en el campo, igual que en la ciudad —concluyó Mrs. Todd con tanta gravedad como la que yo empleé para asentir.
       Los bosques cerrados quedaban ahora a nuestras espaldas y el sol brillaba radiante sobre nuestras cabezas, se habían disipado las nieblas de la mañana y un vaho tenue y azul suavizaba la lejanía; mientras subíamos por la montaña desde cuya cima veríamos el paisaje, aquélla parecía una jornada de verano. Arriba, mirando al sur, se alzaba una vieja casa, no más que el esqueleto abandonado de una vivienda vieja, con sus ventanas vacías que semejaban ojos ciegos. La hierba quemada por el hielo crecía alrededor, como una piel castaña, y cerca de la puerta una lila solitaria abría el manojo de sus hojas verdes.
       —Ahora tomaremos un buen trozo de pan con mantequilla —dijo la comandante de la expedición—, después colgaremos la cesta dentro de la casa, fuera del alcance de las ovejas, y así merendaremos al regreso. Cuando lleguemos, Mrs. Martin ya habrá tomado su frugal comida, sí, así será; pero querrá ofrecernos una taza de té y tendremos que emprender la vuelta tan pronto como sean las dos. No quiero cruzar los prados de abajo cuando comience a caer el frío. Y me parece que están por juntarse las nubes esta tarde.
       Ante nuestros ojos se extendía un espléndido universo de mar y playa. Los colores del otoño pintaban ya el paisaje; aquí y allá, en los bordes de un sendero de abetos puntiagudos, una hilera de arces de los pantanos parecían flores de color escarlata. Ni la menor de las brisas turbaba el azul de la mar y de las grandes calas.
       —¡Tierra pobre, ésta! —suspiró Mrs. Todd cuando nos sentamos a descansar en el gastado escalón de la entrada—. He conocido a tres buenas y laboriosas familias que llegaron llenas de esperanza y brío, para tratar de hacer algo con esta granja, pero ninguna lo consiguió. Hay un prado pequeño, excelente para plantar patatas, si se deja que la mitad descanse cada año; pero la tierra siempre está hambrienta. Ya ve usted, ahora esas piceas puntiagudas y esos abetos balsámicos invaden la montaña, verdes, frondosos: ¡se han apoderado de todo! A menudo parece que la naturaleza virgen siente envidia de determinado lugar y quiere hacer allí lo que le parezca. Ya lo ve usted: será la naturaleza quien cave y rastrille con el hielo y las lluvias, para plantar lo que quiera, y esperará sus propias cosechas. El hombre no puede hacer nada, por mucho que lo intente. ¡Yo le prometo que esos arbolillos van en serio!
       Observé la ladera; me sentía como si nosotras mismas fuésemos a vernos sitiadas y vencidas si nos demorábamos demasiado. Había una fuerza germinal, una tenacidad y un vigor, en el interior de esos árboles robustos, que desafiaban sin reparos a la débil naturaleza humana. Se sentía una súbita pena por los hombres y mujeres que habían sido derrotados después de una larga batalla en aquel apartado lugar; se sentía un súbito temor ante lo indomable, ante las fuerzas perentorias de la naturaleza, como en el momento inapelable de una tormenta.
       —Recuerdo la época en que la gente tenía miedo de andar por estos bosques que hemos atravesado —dijo Mrs. Todd con acento grave—. Ni siquiera los hombres se atrevían a aventurarse solos en ellos. Si algún animal se les perdía, buscaban a quien pudiese acompañarlos y entonces salían todos juntos. Se decía que una persona podía extraviarse si iba sin compañía y que en tiempos antiguos muchos desaparecieron. Me figuro que habrá persistido bastante del temor que hubo en los viejos tiempos en que había indios, y en esa época terrible de la brujería; de todos modos yo he visto hombres valientes que se comportaban como si fuesen unos miedicas. Algunas mujeres de la familia de Asa Bowden salieron a coger zarzamoras y frambuesas una tarde, cuando yo era niña, se extraviaron y pasaron toda la noche en el monte; las encontraron a media mañana, al día siguiente, a menos de media milla de su casa; la mayoría se había llevado un susto de muerte, y decían que habían oído aullidos de lobos y de otras fieras suficientes como para devorar a toda una caravana. ¡Pobres muchachas! Se habían salido del camino, para ir a dar a una especie de hondonada donde crecen los alisos, y una de ellas estaba tan abrumada que nunca pudo superarlo: entró en una consunción lenta. Era como si se hubiesen ahogado en un vaso de agua, pero sus mentes sufrieron horrores. Algunas personas ya nacen con miedo a los bosques y a los sitios salvajes, pero no es mi caso, pues a mí siempre me han parecido como mi propio hogar.
       Eché una mirada a la cara firme y tranquila de mi compañera. En ella la vida era algo potente, como si alguna fuerza natural estuviese personificada en esta mujer de corazón sencillo y la revistiese de cierto parentesco con las divinidades de antaño. Podría haber recorrido las tierras primitivas de Sicilia; sus faldas de zaraza en ese mismo instante hubiesen podido estar rozando los tallos gráciles de los asfódelos y oler a tomillo recién arrancado, en lugar de doblegar las hierbas barridas por el viento de Nueva Inglaterra o los nardos mordidos por las heladas. Ella era un alma noble, era Mrs. Todd, y yo su humilde acompañante en nuestra visita a la gemela de la Reina, mientras dejábamos atrás el espectáculo brillante del mar y descendíamos a una campiña llana, a través de pastos y prados secos.
       Todas las granjas tenían un aspecto deslucido, aun cuando el lugar, después de todo, era muy joven. Las vallas ya estaban débiles y daba la sensación de que el primer impulso de las faenas agrícolas se hubiese apagado por sí mismo, sin esperanza de renovación. La mejores edificaciones siempre habían sido las que tuvieron algo que ver con los marineros enriquecidos; una casa que no pudiese mostrar una barca de pesca amarrada en algún fondeadero cercano estaba muy lejos de poder disponer de las necesidades de cada día. La tierra, por sí misma, no era suficiente para sobrevivir en esa comarca pedregosa. Aquella tierra pertenecía Por derecho natural a los bosques y pronto volvía a ellos. Desde la cima de la colina en que descansáramos, habíamos visto la prosperidad en la borrosa lejanía, donde la tierra era buena y el sol lucía sobre graneros opulentos, donde casas acogedoras, con tres o cuatro chimeneas cada una, se elevaban sobre sus cimientos sólidos, por encima de la bahía.
       A medida que nos acercábamos a la casa de Mrs. Martin, resultaba penoso ver los campos de malezas pobres y las viviendas míseras y vacías, abandonados por quienes habían elegido esa decepcionante comarca del norte como lugar de morada. Atravesamos el último prado para desembocar en un camino estrecho, cavado por las lluvias; Mrs. Todd tenía un aire ansioso, expectante, al decir que casi habíamos llegado al fin de nuestra jornada.
       —Espero que Mrs. Martin la reciba en su salón, donde guarda todas la fotos de la Reina. Sí, creo que lo hará, pero no se figure que para ella cualquiera sea digno de eso, ¡se lo prometo! —dijo Mrs. Todd en tono de advertencia—. Ha coleccionado esas fotos recortándolas de periódicos y revistas desde hace no sé cuánto tiempo; si le dicen que alguien se embarca hacia algún puerto inglés, se las apaña para hacerle llegar algún dinerito y pedir que le traiga el último retrato que haya aparecido. Ya tiene cubierta casi toda la pared de su salón, y lo mantiene cerrado como si fuese un templo. “Creo que no puedo decir que alguna sea mi favorita”, me dijo el otro día, “porque todas me parecen preciosas”. A todas les ha hecho unos marcos muy bonitos. Ya sabe usted que siempre sale una nueva moda; al principio eran los de conchas, después los de piñas, los ha habido de cuentas, y ahora está muy entusiasmada con los de cartón perforado y recamado de seda. ¡Le aseguro que ese salón es algo digno de verse! Pero no ha de esperar usted un conjunto elegante —prosiguió Mrs. Todd, tras un instante de reflexión—. Mrs. Martin siempre ha vivido con pobreza, en circunstancias duras. Tuvo ambiciones para sus hijos, aunque ellos siguieron el camino del padre y poco han ganado por sí mismos. Ante todo, el suyo no fue un buen matrimonio, por muy dulce que se muestre cuando habla de él; ha sido una mujer paciente y trabajadora durante toda su vida y siempre se ha cuidado muy bien de lamentarse delante de los demás. Espero que todo este asunto de la Reina la haya ayudado a hacerse un lugar en la vida. Sí, se podría decir que Abby ha sido una esclava, pero no hay esclavo que no tenga un poco de libertad.


       Al cabo de unos instantes vi una casa gris, baja, en medio de una loma herbácea, cerca del camino. La puerta estaba a un lado, frente a nosotras, y una maraña de arbustos de vellosilla y de flores de cinamomo crecía hasta los alféizares de las ventanas. En la entrada, de pie, una mujer anciana, de hombros cargados, menuda, nos aguardaba con una actitud de bienvenida; de ella emanaba un inequívoco aire de dignidad.
       —Nos ha visto —exclamó Mrs. Todd en un susurro—. Verá usted, el otro día le dije que quizá volviese por aquí si hacía bueno y que si venía, la traería a usted. Me respondió que le daría mucho gusto recibir su visita y eso me sorprendió, porque ella habitualmente es muy retraída.
       A pesar de esa afirmación, flotaba un débil sentimiento aprensivo por nuestra parte. Había algo decididamente formal en aquel momento y se podía respirar cierto hálito de inoportunidad, que siempre resulta difícil de sobrellevar incluso para el más humilde de los orgullos. Por el camino me había desgarrado el vestido en un encuentro inesperado con una mata de espinos, y pude figurarme lo que se sentía acudiendo a la Corte sin plumas ni cola en el traje de gala.
       La gemela de la Reina no hacía caso de esas minucias; estaba de pie, con la mirada serena, aguardando que nos acercáramos a estrechar su gentil mano. Era una bella anciana, de ojos claros, de porte amable, tranquilo y franco; no había en su comportamiento nada presuntuoso, nada pomposo, como diría Mrs. Todd, comprensivamente. La belleza es rara en la vejez de mujeres que han pasado su vida en faenas duras o trabajando en una granja; pero por muy otoñal y marchitada que se viese esa mujer, sus facciones habían conservado, o más bien adquirido, un gran refinamiento. Nos llevó a su vieja cocina, nos invitó a sentarnos y ella misma ocupó una de las pequeñas sillas de respaldo recto. Se había situado a cierta distancia, como si diese audiencia a un embajador. Tuve la impresión de que hubiésemos debido mantenernos de pie, no podía por menos de sentir que las costumbres de Mrs. Martin eran más ceremoniosas, aunque en ese momento se hubiese hecho cargo de la sencillez de la ocasión.
       Mrs. Todd era siempre Mrs. Todd, un alma demasiado noble y segura de sí como para que una circunstancia cualquiera la turbase. Yo admiraba su calma, y en aquel instante el fluir tranquilo de la charla entre vecinas me arrastró suavemente; conversamos acerca del tiempo, de las pequeñas aventuras de la jornada y después, como si no fuésemos desconocidas, nuestra huésped se volvió hacia mí, para hablarme con afecto.
       —Ahora el tiempo será malo en Londres. Me figuro que usted habrá estado en Londres, querida —dijo.
       —Oh, sí —contesté—. El año pasado.
       —Hace mucho que yo estuve allí, en los años cuarenta —dijo Mrs. Martin—. Fue el único viaje que hice en mi vida. La mayoría de mis vecinos eran grandes viajeros. Mi hermano era patrón de un barco y su mujer navegaba con él; pero aquel año uno de sus niños estaba más delicado de salud que los otros, y ella temía no poder cuidarlo bien en alta mar. Además, mi hermano ofreció a mi marido el puesto de sobrecargo, ya que él era un buen contable y un día vino por aquí para instarle a que lo aceptase. A mi marido no le iba bien la mar, pero tenía problemas de dinero, y yo vi que aquélla era una buena ocasión para mí, de modo que los convencí y me llevaron. En esos tiempos a nadie le parecía mal que a bordo hubiese una mujer para lavar y remendar la ropa, y es que los viajes a veces eran muy largos. Así fue como llegué a ver a la Reina.
       Mrs. Martin me miraba a los ojos, para ver si yo mostraba un interés genuino por la persona más interesante del mundo.
       —Oh, cuánto me alegra que usted haya visto a la Reina —me apresuré a decir—. Mrs. Todd me ha contado que usted y ella nacieron el mismo día.
       —Por cierto que sí, querida —dijo Mrs. Martin mientras se arrellanaba en su silla y sonreía como no lo había hecho antes. Mrs. Todd asintió con la cabeza y dejó ver una mirada satisfecha, como si estuviese diciendo que las cosas iban todo lo bien que era posible en ese momento crucial.
       —Sí —repitió Mrs. Martin, a la vez que acercaba su silla—, es algo notable: nacimos el mismo día y exactamente a la misma hora, si se tiene en cuenta la diferencia horaria. Mi padre lo puso por escrito, a la manera de los marineros. Su Real Majestad y yo abrimos los ojos a este mundo juntas; dígase lo que se diga, existe un lazo entre nosotras.
       Mrs. Todd asintió con un aire de triunfo, desató el lazo de su sombrero y lo echó a su espalda con un gesto elegante.
       —También me casé con un hombre que se llamaba Albert, tal como ella, y fue una casualidad, porque no me enteré de que el marido de ella se llamaba Albert hasta una quincena más tarde. En esa época las noticias tardaban más en llegar que ahora. Mi primer hijo fue una niña y la llamé Victoria en honor de mi par; el segundo niño fue varón y mi marido quiso ser quien eligiera el nombre; le llamó con su propio nombre y con el de su hermano, Edward. Poco después supe por los periódicos que el pequeño Príncipe de Gales había sido bautizado con esos mismos nombres. Después puse toda clase de excusas para esperar a saber cómo llamaba ella a sus hijos. No quería romper esa cadena, de modo que tuve un Alfred y a mi querida Alice, a la que perdí mucho antes que ella a la suya, y allí me quedé. ¡Si hubiese tenido una hija que viviera en casa, conmigo, qué agradecida me habría sentido! Pero si sólo una de nosotras había de tener una pequeña Beatrice, me alegra que fuese la Reina. Ambas hemos pasado penas, pero ella ha sobrellevado la mayor responsabilidad.
       Pregunté a Mrs. Martin si vivía sola todo el año; la respuesta fue que así era, con excepción de alguna que otra visita de una de sus nietas.
       —Es la única a la que le gusta venir a estarse en silencio cerca de su abuela. Siempre había dicho que en cuanto terminara sus estudios se vendría a vivir conmigo, pero es muy guapa y ya ha pensado en otros caminos —dijo Mrs. Martin, con una mezcla de orgullo y melancolía—, y yo no tengo nada que decir al respecto. Sí, he estado sola la mayor parte del tiempo desde que se fue mi Albert, y de eso hace muchos años. Él pasó por una larga enfermedad antes —el pie de Mrs. Todd golpeó el suelo con impaciencia—. Siempre he vivido en esta casa. No se parece a los de Su Majestad la Reina, pero es el único palacio que he tenido —afirmó la encantadora viejecita, mientras volvía a sonreír—. También estoy contenta de eso, no me gusta ir de un lado a otro, nuestras posiciones en la vida son bien distintas. Yo no necesito lo mismo que la Reina, pero a menudo he pensado que me ha tocado hacer las cosas sencillas para las que ella no ha tenido tiempo. Me figuro que es una excelente ama de casa, nadie podría haberlo hecho mejor en su alto cargo y ha sido tan buena madre como buena reina.
       —Me figuro que sí, Abby —asintió Mrs. Todd de inmediato—. ¿Cómo fue que pudo verla tan de cerca? Cuando vine el otro día estuve a punto de pedirle que me lo contase otra vez.
       —Nuestro barco estaba anclado en el Támesis, justo arriba de Wapping. Estábamos descargando y teníamos órdenes de acabar tan pronto como fuese posible para zarpar hacia Burdeos, donde deberíamos embarcar un cargamento de excelente mercancía francesa —explicó Mrs. Martin de buen grado—. Yo oí decir que la Reina iba a pasar revista a su ejército y que saldría de su palacio de Buckingham a las diez de la mañana, así que fui a popa, a ver a Albert, mi marido, y a mi hermano Horace, porque ambos estaban allí, junto a la escotilla, y les dije que uno de ellos tenía que acompañarme. Se echaron a reír, yo tenía prisa y ellos decían que no podían; comprendí que iban en serio y que se impacientaron cuando empecé a hablar; a mí se me partía el corazón, porque había hecho ese viaje tan duro sólo por aquel motivo. A menudo Albert no podía por menos de reprochármelo, porque a él le sentaba muy mal la mar y yo sabía, antes de partir, cómo le caería aquello. Pero a mí nada me había importado hasta ese momento, de modo que fui casi a rastras al camarote y me eché a llorar. El cocinero del barco no había resultado bueno y yo cociné para los del castillo de proa y para los demás durante todo el tiempo; era un trabajo terrible, sobre todo con mar gruesa; tuvimos vientos contrarios y una travesía de seis semanas. Ellos habían dado a entender que se avergonzaban de mí cuando rogué que me llevasen a tierra, y eso fue lo que me hizo más daño. Pero Albert bajó casi de inmediato; yo jamás en la vida me había descontrolado de esa forma y él empezó a sentir miedo, así que me trató con dulzura, tal como antes de nuestra boda; cuando dejé de llorar subió a cubierta, buscó a Horace y le consultó sobre lo que podía hacerse. Ambos tenían que cumplir con sus tareas en el barco y no podían ausentarse ese día. Horace fue muy bueno cuando comprendió lo que ocurría y bajó a decirme que yo había trabajado más de lo que costaba mi pasaje y que podía hacer lo que quisiera mientras estuviésemos en el puerto. Había contratado un nuevo cocinero, que embarcaría esa misma mañana, y mandaría conmigo al carpintero del barco, un buen hombre de más allá de Thomaston, que ya había ido a cambiarse de ropa. Me preparé y partimos en el bote pequeño, remando río arriba. Tuve miedo de que fuese demasiado tarde, pero la marea entraba con fuerza y así llegamos pronto a tierra; dejamos el bote a un guardia y eché a correr por aquellas calles anchas y atravesé un parque. Era un día de fiesta, con la multitud reunida en todas partes, aunque para mí valían tanto como figuras de cera. Avancé preguntando por el camino, casi corriendo, mientras el carpintero me seguía a duras penas. En el mismo momento en que conseguí llegar a la primera fila de la muchedumbre que estaba ante el palacio, fueron abiertas las puertas de la verja: por allí salía ella, todo eran caballos briosos y oros relucientes, y en un carruaje precioso iba la Reina. En ese instante se abrió el cielo para mí. La vi muy bien y ella me miró a los ojos con tal agrado y felicidad que parecía saber que entre nosotras había algo distinto de lo que hay entre cualesquiera otras personas.
       Hubo un momento en que la gemela de la Reina no pudo continuar y ninguna de sus oyentes fue capaz de formular una sola pregunta.
       —El príncipe Albert iba en el coche, junto a ella —continuó Mrs. Martin—. ¡Qué hombre más guapo! Sí, amigas mías, los vi a los dos juntos, tal como ahora las estoy viendo a ustedes. Al cabo de un minuto ya se habían alejado de mi vista y la multitud se abalanzó entre empujones y gritos. Era un día de fiesta; el carpintero y yo fuimos separados y después nos encontramos, cuando yo ya pensaba que eso no sucedería jamás; el hombre se empeñaba en que ése fuera un día especial para mí y quería mostrarme los lugares principales de Londres, porque él ya había estado en la ciudad, pero a mí no me apetecía ver ninguna otra cosa, y para regresar bajamos hasta el río y cogimos el bote. Recuerdo que esa tarde arreglé, lo mejor que pude, una chaqueta de Albert, en el alcázar de proa, al sol, y que todo me parecía un sueño magnífico. No sé cómo explicarlo, pero desde entonces no ha habido para mí una amiga a la que sintiera más cercana.
       No había mucho que decir, lo único posible era escuchar. Mrs. Todd hizo alguna que otra pregunta sensata y los ojos de Mrs. Martin brillaban más y más a medida que hablaba. ¡Qué hermoso don de imaginación y sentimiento verdadero había en ese corazón tierno y viejo! Eché una mirada a la sencilla cocina típica de Nueva Inglaterra, con sus paredes ennegrecidas por el humo de los leños, las alfombras hechas a mano sobre el suelo gastado y sus enseres modestos. El reloj, con su tictac grave, parecía acompañar nuestra charla; al otro lado de la habitación se veía —recorte de un periódico— un retrato de Su Majestad la Reina de Gran Bretaña e Irlanda. Debajo, sobre un estante, lucían unas flores en un cuenco de cristal, como si estuviesen puestas ante una imagen sagrada.
       —Si hubiese tenido más cosas para leer, lo habría sabido todo acerca de ella —dijo Mrs. Martin con melancolía—. He sacado el mayor provecho de lo que me ha caído entre manos, he reflexionado sobre cada cosa una y otra vez, hasta comprenderlo bien. A veces pienso que la conozco a fondo, como si hubiésemos vivido juntas. A menudo he ido a pasearme por esos bosques sola, para contarle a ella mis penas, y siempre he vuelto con la sensación de que me consolaba y me decía que hay que ser paciente. Tengo ese bonito libro que ha escrito sobre las Highlands. Mi querida Mrs. Todd fue la que se enteró de que lo había publicado y me consiguió un ejemplar, que ha sido un tesoro para mi corazón, como si ella lo hubiese escrito para mí. Ahora lo leo cada domingo, cuando me siento a descansar. Antes estaba obligada a figurarme muchas cosas, pero cuando llegué a leer su libro, supe que todo lo que me había imaginado era verdad. Las dos pensamos de un modo parecido con respecto a muchas cosas —dijo la gemela de la Reina con una certidumbre amorosa—. Vean ustedes: hay algo entre nosotras, porque hemos nacido al mismo tiempo, es lo que suele llamarse derecho de nacimiento. Ella ha tenido que afrontar grandes tareas por ser la Reina, y a mí me ha tocado el lote más humilde. Pero ella lo ha hecho lo mejor que ha podido, y nadie será capaz de decir lo contrario, y existe algo entre nosotras. Ella ha sido el gran modelo según el cual yo he querido vivir. Lo ha sido todo para mí. Cuando celebró su Jubileo, ah, ¡mi corazón estuvo con ella!
       ”Vaya, en su vida no hubiese tenido la importancia que tuvo en la mía —dijo Mrs. Martin con generosidad, en respuesta a algo que había dicho una de sus interlocutoras—. A veces pienso que, ahora que es vieja, tal vez le daría gusto saber de nosotras dos. Cuando veo qué pocas viejas amigas nos quedan a las personas de nuestra edad, me digo que a ella le ocurrirá lo mismo que a mí. Tal vez le haría gracia saber que las dos llegamos a la vida al mismo tiempo. Pero yo tengo la gran ventaja de haberla visto y siempre me puedo figurar cómo lo está pasando, mientras que ella nada sabe de mí, como no sea que sienta a veces que mi cariño da apoyo a su corazón y no sepa de dónde le viene eso. Yo sueño que estamos juntas en alguna campiña hermosa, jóvenes como alguna vez lo fuimos, paseándonos cogidas de la mano. Me gustaría saber si ella también ha soñado alguna vez con eso. Hubo días en que me creía que la Reina estaba enterada de todo y venía a verme —confesó la narradora con timidez, en tanto el sonrojo subía a sus mejillas—, y entonces ponía lo que tenía para una buena comida, me decía que no iba a permitir que nadie supiese que ella estaba aquí para un largo descanso, aunque siempre me hubiera gustado que usted, Almira Todd, o mi querida amiga Mrs. Blackett se hubiesen dejado caer por aquí, porque ambas saben que yo hablo con ella. Ya lo ven, a ella le gusta subir a Escocia, estar en medio de la naturaleza virgen, que es donde se encuentra mejor que en cualquier otro sitio.
       —Me apetecería de veras que ella fuese a Green Island, a visitar madre —dijo Mrs. Todd, en un impulso súbito.
       —¡Oh, sí! Me encantaría hacerlo con usted —exclamó Mrs. Martin y comenzó a hablar en voz baja—. Un día me puse a pensar en mi querida Reina —dijo—, y todo era tan real en mis pensamientos que empecé a trabajar y a preparar todo para ella, como si fuese a venir de verdad. Nunca he contado esto a nadie, pero siento que ustedes lo comprenderán. Puse en la cama mis mejores sábanas y las mantas de lana que yo misma hilé y tejí; cogí unas flores, muy bonitas, y llené la casa con ellas; trabajé duro y tan contenta todo el día; además guisé la mejor cena que yo podría guisar, mientras me contaba, sin parar, esa historia a mí misma: ella iba a venir y yo la vería de nuevo y así estuve hasta la caída de la noche. Cuando llegó la oscuridad y comprendí que estaba sola, se desvaneció mi sueño, así que me senté en el escalón de la entrada. Me sentía tonta y cansada. Aunque les cueste creerlo, oí unos pasos que se acercaban; era una viejecita, prima mía, que pasaba por aquí, una persona de la que yo solía avergonzarme. No estaba en sus cabales, como se suele decir, pero era inofensiva, apenas un saco de huesos hablador. Salí a recibirla tan pronto como llamó, en lugar de ocultarme como en otras ocasiones, y ella entró de muy buen grado. Nos sentamos juntas a cenar; yo no hubiese sido capaz de comer sola esa cena.
       —Creo que la pobre jamás en su vida lo había pasado tan bien como esa noche. Le oí hablar del asunto tiempo después —exclamó Mrs. Todd compasivamente—. ¡Vaya! Ahora que oigo todo esto me parece como si la Reina lo hubiese sabido y, como no podía venir en persona, envío a esa pobre mujer que siempre estaba tan necesitada.
       Mrs. Martin echó una mirada tímida a Mrs. Todd y después a mí.
       —Fue una niñería por mi parte eso de poner aquella cena —confesó.
       —Me figuro que usted no ha sido la primera que lo ha hecho —dijo Mrs. Todd—. No, me figuro que usted no ha sido la primera en preparar una cena de esa forma, Abby —y por un instante no pudo decir nada más.
       Mrs. Todd y Mrs. Martin habían movido sus sillas, de modo que se enfrentaban y yo, a un lado, las veía a ambas.
       —No, nunca me habló de esto antes, Abby —dijo Mrs. Todd con un tono dulce—. ¿No está claro para las personas que tienen algo de imaginación que esos sueños bonitos forman parte real de la vida? Para la mayoría de la gente las cosas comunes que ocurren fuera de ellos es lo único que existe.
       Mrs. Martin al principio pareció no entender nada, cosa extraña, al oír su secreto expresado en palabras. Después un brillo de placer y comprensión se iluminó en su cara.
       —¡Vaya, creo que tiene razón, Almira! —dijo y se volvió hacia mí—. ¿Le gustaría ver mis fotos de la Reina? —preguntó; nos pusimos de pie y pasamos al salón.
       Nuestra visita de la tarde se hizo breve. Las horas de septiembre lo son para adecuarse a los días que se acortan. El gran tema quedó de lado durante un rato, después de nuestro recorrido ante las fotos de la Reina, y mis compañeras hablaron de personas bastante menos altas hasta que fuimos a tomar la taza de té prevista por Mrs. Todd. Recordé al azar que se decía que la Reina gustaba de una buena taza de té y así surgió la sensación de que Su Majestad se unía benévola a nuestra tan remota y reverente compañía. Las mejillas enflaquecidas de Mrs. Martin se tiñeron de un tono juvenil.
       —Siempre he pensado en ella cuando he preparado un té muy bueno —dijo—. Tenía yo una taza de porcelana auténtica, que fuera de mi abuela, y creo que ahora diré que es de la Reina.
       —¿Por qué no? —respondió Mrs. Todd con calor y una sonrisa deliciosa.
       Más tarde hablaron de una visita prometida que se habría de llevar a cabo durante el verano indio al embarcadero y a Green Island, pero observé que Mrs. Todd le regalaba un pequeño paquete de hierbas secas, con instrucciones completas para una cura de primavera, como si en realidad no fuese posible que se volvieran a ver antes. Cuando desde el recodo del camino miramos hacia atrás, la gemela de la Reina estaba aún de pie en la entrada, viendo cómo nos alejábamos. Mrs. Todd se detuvo y permaneció inmóvil unos momentos, antes de volver a agitar su mano.
       —Una cosa es segura, querida —me dijo con buen criterio—, ¡no la hemos dejado sola!




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