Sarah Orne Jewett
(South Berwick, Maine, Estados Unidos, 1849 - South Berwick, 1909)


Cortejo de invierno (1889)
(“A Winter Courtship”)
Originalmente publicado en la revista Atlantic Monthly,
Vol. 63 (febrero de 1889), págs. 145-150;
Strangers and Wayfarers
(Boston: Houghton, Mifflin y Co., 1890, 280 págs.), págs. 1-17.



      El transporte de correo y pasajeros entre las poblaciones de North Kilby y Sanscrit Pond corría a cargo del señor Jefferson Briley, cuyo carromato de dos plazas resultaba demasiado grande para los requisitos del negocio. Tanto los habitantes de Sanscrit Pond como los de North Kilby eran personas caseras, y el señor Briley a menudo hacía el viaje de once kilómetros en completa soledad, exceptuando la saca del correo, de cuero blando, que sujetaba al suelo del carromato con el zapatón de su pie izquierdo. Llevaba tantos años con aquella saca que casi le atribuía personalidad propia. El señor Briley tenía una apariencia tímida y dócil, pero tras ella se escondía un alma guerrera que alimentaba leyendo relatos estremecedores de crímenes y derramamientos de sangre en el Lejano Oeste. Familiarizado como estaba con los robos a diligencias, los asaltos a trenes y la muerte de mensajeros en el desempeño de su trabajo, se había preparado para cualquier cosa; y, aunque había confiado todos esos años en su fuerza y su valentía, llevaba una pistola grande debajo del cojín de su asiento delantero para defenderse mejor. Sus pasajeros habituales conocían bien la existencia de esa arma terrible, y a los desconocidos, por lo general, se la enseñaba cuando habían cubierto tres de los once kilómetros de la ruta. No estaba cargada; nadie (al menos no el señor Briley) dudaba que la sola visión de un arma así haría dar media vuelta al más osado aventurero.
       Protegida por este hombre y esta pistola, una gris mañana de viernes, a las puertas del invierno, la señora Fanny Tobin viajaba de Sanscrit Pond a North Kilby. Era una mujer mayor y de apariencia débil, pero con un brillo de inteligencia en los ojos, y estaba preocupada por su abundante equipaje y su propia seguridad. Iba envuelta en muchos mantones y envolturas más pequeñas, pero, como no las llevaba bien ajustadas, se aflojaban y se le caían continuamente, así que el frío glacial de diciembre parecía forzar de vez en cuando la cerradura y entrar sigilosamente para arrebatarle el poco calor que conseguía generar. El señor Briley también tenía frío, y lo único que lo consolaba era pensar en el valor de aquellos jinetes del Pony Express de los tiempos anteriores al ferrocarril, quienes tenían que atravesar las montañas Rocosas por la gran ruta de California. Le habló largo y tendido de los peligros que corrían aquellos intrépidos jinetes a la sufriente pasajera, que no sintió ni una pizca más de calor y acabó gruñiendo de hastío.
       —Cuánto dice que nos queda para llegar?
       —No creo habérselo dicho, señora Tobin —respondió el cochero, con una risa glacial—. ¿Ve esos pinos grandes y el lateral de ese granero, con los carteles amarillos anunciando el circo? Esa es mi señal de cinco kilómetros.
       —Y ¿nos quedan seis más para llegar? ¡Santo Cielo! —se lamentó la señora Tobin—. Azuce a ese animal, ¿quiere, Jefferson? No estoy acostumbrada a andar por ahí con este tiempo inhóspito. Hasta diría que me cuesta respirar. Estoy temblando de pies a cabeza. De nada sirve dejar que el caballo vaya pasito a pasito como va.
       —Oh, ¡por Dios! —exclamó el ofendido cochero—. No entiendo por qué espera la gente que compita con el tren. Todo el que sube quiere que haga correr al caballo hasta reventarlo. Mi tiempo promedio es bueno, y es cuanto puedo hacer. Si usted tuviera que ir de acá para allá todos los días menos los domingos durante dieciocho años, le aseguro que querría tomárselo con la mayor calma posible y dejar vía libre a quienes prefieran ir desempedrando calles. North Kilby, lunes, miércoles y viernes; Sanscrit Pond, martes, jueves y sábados. El caballo y yo llevamos haciéndolo juntos dieciocho años, y el animal no era precisamente joven cuando empezó, ni yo tampoco. Si le digo la verdad, no sé cómo ha podido aguantar tanto tiempo. ¡Vamos, espabila, vieja yegua! —gritó cuando la bestia de carga frenó en seco.
       Se decía que Jefferson dejaba descansar a esta fiel criatura dos veces por kilómetro, así que le costaba cuatro horas completar el trayecto solo, y más aún si llevaba algún pasajero. Pero, cuando hacía buen tiempo, el camino era muy agradable y estaba lleno de gente con vehículos particulares, y le gustaba detenerse a charlar. No había muchas granjas, y la tercera generación de pinos blancos daba una buena sombra, aunque a Jefferson le gustaba decir que, cuando él empezó a transportar el correo, su ruta atravesaba un campo abierto de tocones y maleza muy escasa allí donde los pinos blancos ahora formaban un arco completo por encima de la carretera.
       Acababan de dejar atrás el granero con los carteles del circo, y sintieron más frío que nunca cuando vieron a los curtidos acróbatas vestidos únicamente con mallas.
       —¡Dios bendito! —exclamó la viuda Tobin—. Esas pobres criaturas tienen un aspecto más triste que el de los abedules pequeños en los temporales de nieve. Espero que vayan más abrigados en esta época del año. ¡Vaya! Mire a ese saltando por el aro pequeño, ve?
       —No podría pasar por ahí si llevara pantalones —respondió el señor Briley—. Supongo que tienen que estar siempre ágiles como anguilas. Cuando era pequeño, pensaba que eso era lo único que haría con gusto para ganarme la vida. Una vez me propuse escaparme y seguir a un artista itinerante, pero madre me necesitaba en casa. No tenía a nadie más que a mis hermanos pequeños y a mí.
       —No es usted el único que ha renunciado a sus sueños —dijo la señora Tobin con tristeza—. Yo tampoco pude ausentarme de casa para aprender el oficio de modista.
       —Pues le habría venido muy bien después, vaya que sí —dijo el comprensivo cochero—, habida cuenta de la tropa de muchachos que tuvo que vestir y alimentar más adelante. En fin, los que le quedan están ahora en una situación acomodada, pero debieron de darle mucho trabajo de pequeños.
       —Sí, señor Briley, pero también fue gratificante —afirmó la viuda, un tanto molesta—. Si bien es cierto que ahora se me hace muy difícil tener que dejar mi propia casa para vivir unos días aquí y otros allí, aunque sea con mis hijos. Ayer Adeline y Susan Ellen discutían preocupadas por ver quién sería la siguiente en alojarme; gracias a Dios, las dos querían acogerme enseguida, pero no me gustó nada oírlas hablar del asunto. Preferiría vivir en mi casa y apañármelas sola.
       —Yo estoy más que acostumbrado a vivir de huésped desde que murió madre —dijo el señor Jefferson—, pero me resultó muy duro al principio, se lo aseguro. Estando en la carretera todo el día como estoy, no podría de ningún modo encargarme de una casa. Me parece necesario pasar tiempo en ella para poder cuidar bien de todo.
       —Por supuesto —respondió la señora Tobin, quien notó cómo le embargaba de pronto una sensación agradable al reconocer la oportunidad que se le presentaba—. Por supuesto, Jefferson. —E, inclinándose hacia el asiento delantero, añadió—: A no ser, claro está, que tuviera a la persona adecuada para hacerlo por usted.
       También Jefferson notó entonces una extraña sensación en todo el cuerpo, así como un placer y un interés inesperados.
       —Escuche, hermana Tobin —exclamó con entusiasmo—, por qué no se toma la molestia de sentarse aquí delante conmigo? Podríamos poner una piel de búfalo encima de la otra —iban los dos mal abrigados— y sentarnos bien juntos; creo yo que así iríamos mejor protegidos contra el frío.
       —Bueno, dudo que tuviera más frío si muriese congelada —respondió la viuda, con una sonrisa amable—. No quisiera retrasarle ni molestarle, señor Briley. No sé si habría salido hoy de haber sabido el frío que haría. Pero ya tenía preparado el equipaje, y no soy de las que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, como dicen las escrituras.
       —No querría que hiciera los once kilómetros solo, verdad? —dijo el galante Briley en tono sentimental mientras la ayudaba a apearse y a subir de nuevo al asiento delantero.
       Ella era unos años mayor que él, pero habían sido compañeros de colegio, y la lozanía juvenil de la señora Tobin revivió de pronto a los ojos del cochero. La viuda tenía una pequeña granja en la que se había quedado sola, y la había cerrado para pasar el invierno fuera. El propio Jefferson disponía de unos ahorros nada desdeñables.
       Se taparon bien y se sintieron mejor con el cambio, pero una repentina incomodidad se instaló entre los dos; no habían tenido tiempo de prepararse para esta crisis inesperada.
       —Dicen que Elder Bickers, de East Sanscrit, se ha casado en segundas nupcias con una muchacha cuatro años más joven que su hija mayor —comentó la señora Tobin al poco—. Me parece una locura.
       —A mí también me lo parece —coincidió el cochero—. A esa familia le espera un invierno calentito.
       Cuando acabaron de reírse, la señora Tobin, aún con una sonrisa en los labios, dijo:
       —¡Menudo bromista está usted hecho para ser un hombre con tanta responsabilidad! Nunca tiene miedo, llevando el correo y cosas de tanto valor, de que lo ataquen y le roben, sobre todo por la noche?
       Jefferson apoyó los pies en el guardabarros por debajo de la raída piel de búfalo.
       —Da un poco de miedo, o se lo daría a algunos hombres, mejor dicho, pero me gustaría ver al guapo que puede conmigo. Voy armado, y me trae sin cuidado quién lo sepa. Algunos de los arrieros que vienen de Canadá parece que no ponen ningún cuidado en lo que hacen, pero yo los miro fijamente a los ojos cada vez.
       —Los hombres son valientes por naturaleza —dijo la viuda con admiración—. Ya sabe cómo se liaba Tobin a puñetazos con cualquiera que le faltase al respeto. En los plenos municipales, si no le gustaba cómo salían las cosas, le medía las costillas a quien hiciera falta. De no haber pertenecido a la parroquia, habría sido un verdadero pendenciero. Siempre me daba miedo que se enfadara, aunque en casa era un corderito, dócil como no se ha visto otro. Mi Susan Ellen, con solo cuatro años, le daba órdenes igual que al gato.
       —A mí me dejó la nariz un poco torcida cuando íbamos al colegio. No sé si alguna vez se ha dado usted cuenta —dijo el señor Briley—. Fue en una pelea de esas que tienen los muchachos. Nunca le guardé ningún rencor. Lo sentí por usted cuando murió. Se lo digo de corazón, Fanny. Le tenía un gran aprecio a Tobin, lo mismo que a usted. Siempre pensé que era la muchacha más guapa del colegio.
       —Déjeme ver esa nariz. A mí me parece que está recta —dijo la viuda dulcemente, después de echarle una rápida mirada con cierta timidez—. Un poquito curvada, si acaso, pero nada importante. Tiene unas facciones muy bonitas, como la familia de su madre.
       La situación se estaba poniendo acaramelada, y Jefferson Briley tuvo la sensación de que tal vez consiguiese algo más de lo que había imaginado. Apremió a la tambaleante yegua alazana y se puso a hablar del tiempo. Todo apuntaba a que acabaría nevando, y estaba harto de ir dando tumbos por la carretera.
       —No descarto contratar a alguien que me releve aquí el año que viene e irme al oeste para ver el país.
       —Cómo? Pero ¡qué cosas dice! —contestó la viuda.
       —Sí, señora —prosiguió Jefferson—. Esto es más monótono de lo que me gustaría, y ayer mismo decía yo que me conozco demasiado bien esta carretera. Me gustaría marcharme y conducir por las montañas con uno de esos grandes carruajes que van a toda velocidad, sabiendo que en cualquier momento me pueden matar de un disparo. Esos tipos llevan cantidades ingentes de oro de las minas a la ciudad, según tengo entendido.
       —Yo me moriría de miedo —dijo la señora Tobin—. De qué pasta estarán hechos los hombres para que les gusten estas cosas? ¡Dios bendito!
       —Pues sí —explicó el afable hombrecillo—. Multitud de forajidos viven de los sustanciosos botines que sacan persiguiendo esos carruajes, obligándolos a parar y robándoles hasta las riendas. ¡La bolsa o la vida! —gritó, blandiendo el cabo de fusta por encima de la yegua alazana.
       —¡Santo Cielo! Ha conseguido que se me hiele la sangre. En un día tan frío, mejor sería que dijera algo alentador. Voy a pasarme toda la noche con pesadillas.
       —Ocultan su cara detrás de un pañuelo negro —dijo el cochero con aire misterioso—. Es muy probable que algunos de esos tipos provengan de buenas familias. Son tantos que paran el tren y lo recorren con toda la desfachatez del mundo. Podría contarle cosas que le pondrían los pelos de punta, señora Tobin, ¡ya lo creo que sí!
       —Solo espero que no nos salga al paso ninguno —dijo Fanny Tobin—. Lo último que quiero es ver a uno de esos persiguiéndome con el pañuelo en la cara.
       —No dejaré que nadie le toque un pelo —la tranquilizó el señor Briley.
       Se acercó un poco más a ella y se tapó con las pieles de búfalo otra vez.
       —Tengo mucho menos frío que antes —dijo la viuda a modo de recompensa.
       —Verá, yo antes tenía algo de miedo —prosiguió el señor Briley, con el presentimiento de que no llegaría soltero a la casa de postas de North Kilby—. Pero, claro, no tengo a nadie de quien preocuparme más que a mí mismo. Tengo primos, como ya sabe, pero nada más cercano, y la huella que haya podido dejar pronto desaparecerá; y... bueno, supongo que algunas personas pensarían en mí si algo me ocurriese.
       La señora Tobin tenía la cara tapada por una bufanda —el viento era cortante en ese tramo de carretera—, pero emitió un sonido alentador, a medio camino entre un gemido y un gorjeo.
       —A mí no me sería indiferente dejar de verlo pasar con su carromato —dijo al cabo de un minuto—. No sabría en qué día de la semana estoy. La semana pasada le dije a Susan Ellen que estaba segura de que era viernes, y ella dijo que no, que era jueves; pero entonces pasó usted conduciendo rumbo a North Kilby, y así supimos que yo tenía razón.
       —Me he convertido en parte del paisaje —dijo el señor Briley en tono lastimero—. Y es algo que nos va desgastando a la vieja yegua y a mí; nos gustaría dejarlo y establecernos en algún sitio cómodamente. Llevo mucho tiempo madurando la idea, mientras voy conduciendo de acá para allá, y ya he elegido una parcela de terreno dos o tres veces. Pero no soporto la idea de construir; acabaría conmigo; y tanto la hermana Peak, en North Kilby, como la señorita Deacon, en Ash to the Pond, compiten por ver quién me trata mejor, por miedo a que prefiera hacer parada en casa de la otra.
       —No me gustaría a mí vivir mucho tiempo con ninguna de las dos —contestó la pasajera resueltamente—. En una ocasión, cuando me encontraba visitando a los hijos de Susan Ellen, vi lo que la señora Peak había cocinado para una cena de granjeros, y dije: “¡Que el Señor me libre de tener que comerme alguna vez unas alubias tan blancuzcas como estas!”, a lo que ella respondió con una especie de graznido. Estaba sentada a mi izquierda y, por supuesto, me oyó. De haberlo sabido, me habría callado, pero ella no tenía por qué aclarar que las alubias eran suyas y crear así una situación incómoda. “Supongo que son unas alubias tan buenas como las que prepara cualquier otra”, dijo, y no me ha vuelto a dirigir la palabra desde entonces.
       —Creo que puedo llegar a entender su reacción —se atrevió a decir el señor Briley—. Las mujeres son muy susceptibles con las cosas de su cocina. Siempre he oído que es usted una de las mejores cocineras, señora Tobin. Me acuerdo de las rosquillas y de otras cosas que me daba antes, cuando pasaba con el carromato por delante de su casa. Ojalá tuviera una ahora. Nunca se me ocurriría decírselo a ellas, pero la señora Ash es la que mejor cocina de las dos con diferencia. La señora Peak tiene buena mano para algunas cosas, y se ocupa de zurcirme la ropa cuando hace falta.
       —Me parece a mí que un hombre de su edad y con un temperamento tranquilo como el suyo debería tener su propia casa —sugirió la pasajera—. No me gusta imaginármelo alojándose aquí y allá, abusando de la hospitalidad de una anciana que le arregla la ropa y de otra que le prepara unas comidas que no le serviría yo ni a mi peor enemigo.
       —Por Dios, señora Tobin, no nos andemos con más rodeos —dijo el señor Briley con impaciencia—. Sabe que tiene tanto interés por mí como yo por usted.
       —Yo no sé nada. No vaya a decir insensateces de las que pueda arrepentirse.
       —Llevo esperando la oportunidad de hablar con usted desde... En fin, di por supuesto que querría dejar pasar un tiempo para que se atemperasen sus sentimientos tras el fallecimiento de Tobin.
       —Nadie puede ocupar su lugar —dijo la viuda.
       —Lo sé, pero podría defenderla en los plenos municipales, si fuera necesario —insistió Jefferson con arrojo.
       —Nunca entenderé esta afición de los hombres a pegarse —dijo la señora Tobin riéndose—. No voy a dejarme engatusar por usted, estando la mitad del tiempo fuera de casa como está, que si ahora con la señora Peak, que si ahora con la señora Ash. Apuesto a que les ha pedido matrimonio una veintena de veces.
       —¡Que me caiga un rayo si alguna vez le he dicho una palabra a alguna de ellas! —protestó el enamorado—. Y no habrá sido por falta de oportunidades.
       Después de estas palabras, guardó silencio astutamente, como si se hubiera declarado en firme y esperase una respuesta definitiva.
       La dama elegida estaba, por expresarlo como podría haberlo hecho ella, un tanto abrumada. Sopesándolo con serenidad, los años no pasaban en balde, y vivir los que le quedaban con Jefferson no le parecía la peor de las ideas. Parecía poco probable que tuviera alguna vez otra oportunidad de elegir, aunque se consideraba una mujer a la que le gustaba la variedad.
       Jefferson no destacaba por su apostura, pero era un hombre afable y de apariencia juvenil.
       —No sé si podría conseguir algo mejor —dijo inconscientemente y medio en voz alta—. Bueno, está bien, Jefferson, acepto porque es usted.
       —¡Hurra! —exclamó Jefferson—. Empezaba a pensar que me tendría aquí sufriendo media hora. Vaya, estoy más contento de lo que me esperaba. Hasta hace solo un rato, creía que moriría soltero.
       —Habría sido una verdadera pena; es antinatural —reconoció la señora Tobin—. No entiendo cómo ha aguantado solo tanto tiempo.
       —Contrataré a alguien que conduzca por mí, y pasaremos un invierno la mar de agradable, usted y yo, y también la vieja yegua. Hace tiempo que vengo prometiéndole un descanso.
       —Más vale que no la deje acomodarse —le recomendó la señora Tobin—, o se le atrofiarán los músculos y le fallará cuando llegue la primavera.
       —Se casará conmigo, ¿verdad? —le suplicó Jefferson, para asegurarse—. ¿No será una de esas mujeres que juegan con los sentimientos de los hombres? Diga aquí y ahora que se casará conmigo.
       —Supongo que no me queda otro remedio —respondió la señora Tobin con cierta tristeza—. Lo siento por la señora Peak y la señora Ash, pobres criaturas. Creo que va a ser un trago amargo para ellas. Se han pasado la vida matándose a trabajar, y puede que estuvieran esperando un pequeño descanso. Aunque, al fin y al cabo, una de las dos habría salido escaldada.
       Soltó una risita infantil. Cierto porte victorioso animó su figura. Se sentía como una joven de veinticinco años. Se propuso entonces cortarle el pelo a Briley y darle un aire más elegante y ambicioso. A continuación pensó que le habría gustado saber con certeza cuánto dinero tenía él en el banco, si bien es cierto que eso no iba a cambiar las cosas. “No necesita fanfarronear delante de mí —pensó alegremente—. Es inofensivo como una mosca.”
       —Quién iba a pensar cuando empezamos el viaje que nos entenderíamos tan bien? —dijo la prenda del señor Briley cuando este la ayudó a apearse en casa de Susan Ellen.
       —Lo que es a nosotros dos, ni se nos pasaba por la cabeza —respondió el galán—. Ahora deme un buen beso, tierna criatura.
       Y con esto se despidieron. Al señor Briley, a pesar de su pistola, lo habían asaltado por el camino.




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