Stephen Crane
(Newark, Nueva Jersey, 1871 - Badenweiler, Alemania, 1900)


Los cinco ratones blancos (1898)
(“The Five White Mice”)
Originalmente sindicado por American Newspapers, abreviado:
Sunday Supplement del New York World (10 de abril de 1898);
The Open Boat and Other Tales of Adventure
(Nueva York: Doubleday & McClure Co., 1898, 336 págs.), págs. 301-336.


      Freddie preparaba una bebida. El largo agitador en su mano daba vueltas con lentitud, y el hielo, como reloj barato, percutía en el vaso. Un tahúr, un gran potentado, un maquinista y el agente de un enorme sindicato de Estados Unidos jugaban a las cartas al otro lado de la ventana. Freddie los observaba con la mirada irónica de un hombre al preparar un trago.
       A cada rato llegaba con su charola un moreno mesero mexicano, proveniente de los gabinetes posteriores, y voceaba sobre la barra sus órdenes. El ruido del indolente bullicio de la ciudad, al despertar de su siesta, flotaba sobre las persianas que contenían el sol y el paso de las miradas indiscretas. Del fondo de la cocina se alcanzaba a oír el bramido del viejo chef francés al dirigir, pastorear e insultar a sus asistentes mexicanos.
       De pronto, un grupo de hombres apareció en la calle. Se metieron al bar. Hubo gritos de impaciencia.
       —¡Oye, Freddie, ven acá, no te quedes ahí parado como retrato! ¡Muévete!
       Sobre la barra empezaron a correr bebidas de todos colores —ámbar, verde, caoba, fuertes y ligeras— con los complementos de limón, menta y hielo. Freddie, con la ayuda de mexicanos, trabajaba como marinero en la preparación de estos tragos, hablando con desdén por el alcohol y admiración por quienes beben, atributo de un buen cantinero.
       Una partida de dados conmovió a uno de los hombres. Se iniciaba tremenda discusión, y estaba metidísimo en ella, pero al mismo tiempo acariciaba sin prisa los dados. A veces lograba combinaciones espectaculares. —¡No se pierdan esto! —gritaba con orgullo. Los demás no le hacían caso. Aunque de pronto la prisa se adueñó de ellos. Pasó de uno a otro como epidemia y los envolvió a todos. En un instante montaron un carnaval de dados, con castigos monetarios y premios etílicos. El que Freddie también participara en la partida y que a ratos arriesgara el suministro gratuito de bebidas para todo el grupo se transformó ruidosamente en una cuestión de honor. Con las cabezas flexionadas, igual que jugadores de fútbol, seguían los tumbos de los dados, empujándose, gritando y discutiendo agriamente. Uno de los jugadores en el silencioso grupo que en la mesa de la esquina jugaba naipes comentó profanamente que tal escándalo le recordaba una competencia de bolos en un día de campo.
       Tras el aguacero de costumbre, una multitud de carruajes invadió la tranquila calle y lanzó su musical estrépito hasta la Casa Verde. Los escaparates de los negocios relucían con el alumbrado y los paseos se veían llenos de jóvenes, inexpertos y acechantes, vestidos con la vanidad dictada por supuestas modas. Los policías, arropados con sus capas de gnomos, colocaban a media calle sus linternas como obstáculos a los carruajes. La ciudad de México entregaba los hondos tonos naranja de su resurrección vesperal.
       Pero el grupo de amigos seguía tirando los dados en la barra de la Casa Verde. Ya habían agotado las apuestas por la ronda de tragos, por dinero, por la cena, por el vino de la cena. Ya habían dejado atrás inclusive el desglose de puros y cigarrillos de la cuenta de la cena, hasta responsabilizar a uno de ellos. No quedaba nada a la vista de su imaginación que pudiera sugerir una nueva apuesta. Se hizo una pausa para considerar el asunto seriamente.
       —¿Y ahora?
       —¿Y ahora?
       La exuberancia de la creación hizo gritar a uno de los hombres:
       —¡Ya sé! ¡Apostemos la entrada al circo! ¡Una entrada al circo!
       El grupo se sintió profundamente reconfortado. —¡Eso es! ¡Eso es! ¡Vamos a ver! ¡Una entrada al circo! Una voz portentosa exclamó: —Tres tiros: gana el más alto. Un estadounidense, alto y con la cara del rojo del cobre por los rayos que pegan en la Sierra Madre y queman los cactus del desierto, tomó el pequeño cubilete de cuero .y arrojó los dados sobre la pulida superficie. Fascinada concurrencia observaba desde la barra. El hombre alto levantó el cubilete, con alardes, y realizó sus otras dos tiradas. De ellas obtuvo otro rosado rey. —Ahí está —dijo— ¡Vamos a ver! ¡Cuatro reyes! —Empezó a fanfarronear, si bien provisionalmente.
       El siguiente tomó el cubilete y le sopló por encima. Al ponérselo en la mano, echó una mirada fría a sus acompañantes e hizo una pausa. Todos sabían muy bien que este hombre aplicaba la magia de la premeditación y de la ostentosa indiferencia, pero no esperaron pacientemente la realización de todos estos ritos. —¡órale! ¡Apúrate! Al fin, con gesto singularmente impactante, el hombre tiró los dados. El resto soltó un aullido de júbilo. —¡Ni un par! Vino otra solemne pausa. Los hombres se movían con intranquilidad. —¡órale! ¡Tira! Por último, este hombre inducido y mofado obtuvo algo que fue nada ante los cuatro reyes. El alto se apoyó en el pescante de la barra y se inclinó peligrosamente al frente. —¡Cuatro reyes! Con mis cuatro reyes voy arriba —dijo en medio del grupo; y aunque en un instante pasó a la fabulosa zona de la excepción, siguió vociferando consejos y bromas.
       Los espejos y las enceradas maderas de la Casa Verde ahora cintilaban bajo la luz de una enorme lámpara eléctrica zumbante. Un grupo de tranquilos miembros de la colonia inglesa llegó a tomar un trago antes de cenar. Una atenta persona mostraba a los turistas esta popular cantina de estilo estadounidense. Era una hora prudente y respetable. Freddie les llamó valientemente la atención a los escandalosos jugadores de dados, y a cambio recibió selectisimo consejo vertido en la caterva de siete vocabularios mezclados. Freddie sonrió; tuvo que abandonar la partida, pero la seguía con atenta, si bien furtiva, mirada.
       Al final de la ronda tocó su turno a un muchacho del que todos se burlaban por su mala suerte. Del otro lado de la barra, Freddie decía majaderías a cada rato con una suerte de afectuoso desprecio. —¿Cómo es que este Chamaco no ha tenido suerte en estos días? ¿Se ha visto una mala racha así?
       En cierto momento el torneo se concentró en el Chamaco de Nueva York y en un individuo que se pavoneaba plácidamente sobre un par de piernas que trazaban círculos nefandos. Su sonrisa semejaba una talla en madera. Se tuvo que agachar y parpadear velozmente para certificar los hechos de su lanzamiento y el destino le regaló cinco reinas. Su sonrisa siguió siendo la misma; pero jadeó suavemente, como un hombre después de correr.
       Los otros, al salir intactos de esta parte del conflicto, bromearon con el Chamaco. Le palmeaban en los hombros. —¡Contamos contigo, Chamaco! ¡Eres incapaz de superar ese juego! ¡Cinco reinas!
       Hasta ese momento el Chamaco se había limitado a hacer muestras del temperamento de un jugador; pero las alegres bromas de los apostadores, ahora con el suplemento de una rueda de mirones, le hicieron sentir íntimamente que sería bueno superar a esas cinco reinas. Al interior del cubilete envió una conseja de tahúr:

Cinco ratones blancos de la suerte:
Pantalones de pana y camisas de lana,
Oro y vino, mujeres y farra,
Todo en ustedes irá al fin a parar
Si a la casa de la suerte me dejan entrar.

       El Chamaco sacó tres ases luego de menear sardónicamente el cubilete sobre la barra. De los dos dados de la siguiente tirada sacó otro as. Largo rato sacudió el cubilete para la última tirada. Ya tenía cuatro ases; si sacaba uno más, las cinco reinas estaban perdidas y el lugar en el circo saldría del bolsillo del borracho. Todos los movimientos del Chamaco fueron lentos y elaborados. En el último tiro, el Chamaco colocó el cubilete de cabeza sobre la barra con el dado restante adentro. Luego levantó la vista y encaró a la multitud con el aire de un conjurado o de un tahúr.
       —A lo mejor es un as —comentó con sobrada calma—. A lo mejor es un as.
       En ese instante presidió la escena un pequeño drama que tuvo absortos a todos. El Chamaco recargó la espalda contra la barra y se acodó sobre ella.
       —A lo mejor es un as —repitió.
       Una voz chillona clamó desde el fondo:
       —Sí ¡Tal vez sí!
       Los ojos del Chamaco escudriñaron a la multitud.
       —Apuesto cincuenta dólares a que es un as —dijo.
       Otra voz preguntó:
       —¿Moneda americana?
       —Sí —respondió el Chamaco.
       —¡Oh!
       La sorpresa provocó una carcajada general. Sin embargo, nadie aceptó el desafío del Chamaco y de hecho él regresó al cubilete.
       —Les voy a enseñar.
       El Chamaco alzó el cubilete con la parsimonia de un alcalde al develar una estatua. Apareció un diez. En el rumor que se soltó fue posible distinguir cómo todo el mundo ridiculizaba la cobardía del vecino, y por encima de este parloteo la voz de Freddie burlándose del grupo:
       —¿Qué pasa? No hay un valiente entre cada cinco que dicen serlo. No he visto peor estafa que ésa. El Chamaco, aunque se lo propusiera, no sabría cómo estafar a nadie. él no sabe nada de dados. Me moría de risa cuando los vi desafiados. Nomás les digo que, de haber querido yo ya tendría en la bolsa esos cincuenta dólares. ¡Son unos mensos!
       Pero el grupo que ganó su entrada al circo no abjuró su triunfo. Se le echaron encima al Chamaco con los puños en alto.
       —¡Cinco ratones blancos! —le arremedaron, ahogados de la risa—. ¡Cinco ratones blancos!
       —Pero si no son tan malos —dijo el Chamaco.
       Luego ocurrió con cierta frecuencia que alguno señalara al Chamaco y se burlara: —¡Cinco ratones blancos!
       En el trayecto de la cena al circo, otros miembros del grupo preguntaron al Chamaco si en realidad creía en los ratones. Le recomendaron otros animales: conejos, perros, erizos, víboras, zarigueyas. A estas bromas, el Chamaco respondía con serio semblante sobre su fe en la lealtad y sabiduría de los cinco ratones blancos. El Chamaco expuso un caso sumamente elocuente, aderezado de un fino lenguaje e insultos, en el cual probaba que si había que creer en algo lo mejor era elegir a los cinco ratones blancos. Pero sus acompañantes le señalaron inmediata y unánimemente que su más reciente hazaña no lo convertía en el más convincente de los abogados.
       El Chamaco distinguió un par de figuras en la calle. Le hacían señas imperiosas, pero aguardó hasta tenerlos más cerca, pues en una de las figuras reconoció al Chamaco, al Chamaco de San Francisco, pues había dos Chamacos en la ciudad de México. Con éste de San Francisco venía Benson. Llegaron casi sin aliento. —¿Dónde has estado? —gritó el de San Francisco. Era un acuerdo que, al encontrarse, el primero en hacer esta pregunta podía usar el tono de una ilimitada pena—. ¿Qué has hecho? ¿Adónde vas? Vente con nosotros. Benson y yo tenemos un plan.
       El Chamaco de Nueva York se libró del brazo del otro.
       —No puedo. Tengo que llevarme al circo a estos gañanes. Me fastidiaron con eso jugando con los dados en la cantina de Freddie. No puedo, te digo.
       En un principio los dos no le hicieron caso.
       —Orale, tenemos un plan.
       —No puedo. éstos ya me fregaron. Tengo que llevarlos al circo.
       Los que ya tenían plan en ese momento no quisieron reconocer la importancia de estas objeciones.
       —¡Llévalos otro día! —¿Qué no los puedes llevar otro día? —Déjalos que se vayan. —Olvídate del circo.
       —¡Escápate!
       —¿Cómo que ya te fregaron?
       —¡Escápate!
       No obstante su lucha, el Chamaco de Nueva York se alejó de ellos.
       —Les digo que no puedo. Ya me fregaron.
       Al dejarlos, éstos le gritaron:
       —Entonces alcánzanos, ¿oíste? En la Casa Verde, al acabar el circo. ¿Lo oyes?
       Luego le regalaron todo tipo de insultos.
       Que un hombre en la ciudad de México vaya al circo no quiere decir que se rebaje a las diversiones de un infante, pues el Circo Teatro Orrín es uno de los mejores del mundo,con mucho superior a cualquiera de su tipo en los Estados Unidos, en donde todo son pistas, cuando las hay, y se engaña al público con la parafernalia comercial. Más aún, el payaso estadounidense que daba saltos y maromas en la arena mexicana es el payaso al que los escritores citan como la dicha de sus infancias y lamentan que haya muerto. En este circo, al Chamaco no le desconcertaba el espectáculo de los apesadumbrados elefantes prisioneros y de los animales cautivos, viejos y enfermizos. Hasta tarde estuvo sentado en su sitio y rió y gritó cuando hubo que reír del cómico, tonto, sabio payaso.
       Al regresar a la Casa Verde ya no encontró ni al Chamaco de San Francisco ni a Benson. Reclinado sobre la barra, Freddie oía la polémica tenaz de cuatro hombres sobre un asunto que no quedaba claro. En el rincón había un juego de cartas, desde luego. De las habitaciones del fondo provenían sonidos de pendencia.
       Freddie pareció enfadarse cuando el Chamaco le preguntó si había visto a su amigo de San Francisco y a Benson.
       —Ah, sí, aquí estaban hace rato, pero no sé a dónde se fueron. Venían tomados ya. —¿En dónde andaban? —Aquí llegaron patinando como dos pequeños dioses dorados. Bromearon un rato y luego el de San Francisco quiso que le mandara seis botellas de vino al cuarto de Benson, pero yo no tenía con quién enviarlas a esa hora de la noche y se enojaron y se fueron. —¿De dónde sacaron dinero?
       Intrigado, el Chamaco hizo una pausa en medio de la penumbra de la calle. Pero de hecho alcanzó a escuchar unas voces trastabillantes:
       —¡Chamaco! ¡Chamaco! ¡Ven acá!
       El Chamaco reconoció dos vagas figuras recargadas en el muro de enfrente. Cruzó la calle y le dijeron:
       —Hola, Chamaco.
       —Di, ¿dónde lo conseguiste? —preguntó con seriedad—. Más valía que ustedes los indios se regresaran a su casa. ¿Para qué quieren que los encierren?
       La virtud iluminó el rostro del Chamaco. Todo lo negaban, balanceándose violentamente de aquí para allá.
       —No traemos nada. No traemos nada. ¡Cabrón! ¡Vente-a-tomar-otro-trago!
       El joven sobrio le dijo a su amigo:
       —¿Qué no te tienes que ir ya a tu casa, Chamaco? Vámonos, que ya es tarde. Ya mejor párenle.
       El Chamaco de San Francisco sacudió con decisión la cabeza.
       —Primero tengo qué llevar a Benson a su casa. En un minuto se va a poner a vomitar. Olvídate de mí. Yo estoy bien.
       —Claro que está bien —dijo Benson, volviendo en sí tras profundo ensimismamiento—. él está bien. Pero mejor llévame a mí a mi casa, mejor. Pero él está bien —miró con compasión a su compañero—. Chamaco, tú eres el que está borracho.
       El Chamaco sobrio le habló abruptamente a su amigo de San Francisco.
       —Chamaco, ya recupérate. No juegues. Vamos a tener que cargar al imbécil de Benson hasta la casa. Tómalo del otro brazo.
       El Chamaco de San Francisco obedeció de inmediato a su camarada, sin decir palabra ni fruncir el ceño. Tomó del brazo a Benson y aguardó la siguiente orden como un soldado. Más adelante, de hecho, aventuró humildemente: —¿No podríamos tomar un carruaje? Pero el Chamaco de Nueva York se sumió en un silencio impasible al ver que no había los carruajes adecuados. Parecía reflexionar sobre su condición sin asombro alguno, sin consternarse o sin mostrar emoción alguna. Se sometió groseramente al rumbo de su amigo.
       Benson protestó cuando lo tomaron por los brazos.
       —¿Qué hacen? —dijo con una nueva voz gutural—. ¿Qué hacen? Yo no estoy borracho. Vamos-a-tomar-otro-trago. Yo...
       —Camina, imbécil —dijo el Chamaco de Nueva York. El de San Francisco reaccionó con estoicismo al llamado de Benson y en silencio lo jaló de un brazo. En ese sitio en particular del pavimento los pies de Benson se hicieron como raíces reticentes. Los tres avanzaron tambaleándose por la calle entre olvidadas chimeneas venidas al suelo. Mientras tanto, Benson exigía ruidosamenté que le dijeran las razones por las que lo llevaban a casa. La punta del pie chocó con la banqueta al llegar al otro lado de la calle y, por un momento, los dos Chamacos lo arrastraron a la vez que el frente de sus zapatos raspaba musicalmente el pavimento. Benson se enderezó de modo formidable al pasar frente a la Casa Verde. —¡No! ¡No! ¡Vamos por otro trago! ¡Otro trago! ¡Uno más!
       Pero el Chamaco de San Francisco obedeció ciegamente la voz de su socio, de manera absoluta, y entre los dos zafaron a Benson de la puerta. Entrelazados, los tres dieron vuelta en una calle oscura. A cada rato el lado que le correspondía al Chamaco sobrio se adelantaba al otro. En esos momentos regañaba acremente al joven de San Francisco, y éste al instante mejoraba con impensada y total obediencia. Benson empezó a recitar una historia de amor —una historia que ni siquiera llegó al segundo acto—. A ratos el Chamaco de Nueva York soltaba majaderías. En el camino los tres se tropezaron como tres comediantes que en el escenario fingieran caer.
       A medianoche, en México, cualquier callecita que se abre camino entre los muros de la ciudad es tan oscura como la boca de una ballena en alta mar. Esta vez, nubes muy pesadas cubrían a la capital y el cielo estaba pálido. Los balcones no proyectaban sombra alguna.
       —Oigan —dijo Benson, librándose repentinamente de su escolta—, ¿por qué se quieren ir a la casa? No estoy borracho. Ustedes quién sabe qué cosa traen en la cabeza; tú, Chamaco de Nueva York. Este otro Chamaco, él está más... más propiamente sobrio. Está borracho aunque esté sobrio.
       —Cállate, Benson —dijo el Chamaco de Nueva York—. Camina. No podemos quedarnos aquí toda la noche.
       Benson se negó a que lo acorralaran y endureció las piernas y se estiró como un derviche bajo la evidente impresión de que se comportaba de la manera más propia. Al poco tiempo llegó a la conclusión que se estaba burlando de los otros.
       —¡Ocho morados perros! ¡Ocho morados perros! Eso va a ser lo que el Chamaco verá mañana. Cuídate. Los perros...
       Al describir el fenómeno canino, Benson giró salvajemente sobre la banqueta al mismo tiempo que tres transeúntes pasaban por ahí discretamente. Benson golpeó con el hombro a uno de ellos.
       Al instante el mexicano se puso en guardia. Su mano fue velozmente a la cadera. Hubo un instante de silencio en el que no se oyó a Benson pedir una disculpa. De los labios del mexicano salió un comentario indescriptible, una palabra quemante.
       Benson, parado ahí como semiausente, observaba sin ver al mexicano, quien echó hacia adelante la cara al mismo tiempo que sus dedos jugueteaban con nerviosismo sobre la cadera. El Chamaco de Nueva York no entendía bien el español, pero sí entendía lo que significaba que un mexicano se pusiera a respirar pausadamente.
       —¿El señor quiere pleito?
       Benson se limitó a observarlo con sorpresa. Había ocurrido algo fuera de lo común pero su atiborrado cerebro se negaba a lidiar con eso. Benson se limitó a mostrar la agitación de un fumador desprovisto temporalmente de lumbre.
       El Chamaco de Nueva York casi al instante cogió a Benson del brazo, y estaba a punto de jalarlo cuando el otro Chamaco, que hasta ahí actuó como autómata, se lanzó intempestivamente hacia adelante, hizo a un lado al fantoche de Benson y dijo:
       —Sí.
       El mundo se privó de luz y sonido. La pared del lado izquierdo era como las de una cárcel: sin puertas, sin ventanas, sin una sola abertura, La humanidad, en su encierro, dormía. Un gusto asqueroso, amargo, como lleno de sangre, subió al paladar del Chamaco. Estaba paralizado, como si tuviera a la vista el filo brillante de la hoja de una navaja.
       Pero la mano del mexicano no se movió en ese instante. Adelantó un poco más la cara y musitó: —Tú dices. El Chamaco sobrio contempló esta cara como si ella y él fueran los únicos en el espacio: una máscara amarilla, con la sonrisa de la ansiosa crueldad, de la satisfacción y, antes que otra cosa, iluminada por siniestra resolución. En cuanto a los rasgos de la cara, ellos recordaban los rasgos de un marginado, de los olvidados, idénticos a los de un hombre que lo afeitó en tres ocasiones en Boston en 1888. Pero la expresión le quemaba la memoria como cera sobre la palma de la mano, y, fascinado, estupefacto, vio la evolución del pensamiento de ese hombre hasta el punto en el que él desenfundaría el cuchillo. La emoción, una suerte de mecánica furia, una brisa hecha de ventiladores eléctricos, un odio construido por la vanidad, golpeó una y otra vez el oscuro semblante.
       El Chamaco de Nueva York dio entonces un paso hacia adelante. él también tenía la mano en la cadera. Ahí tenía cogido un revólver de buen tamaño. Recordó que sobre la negra cacha tenía grabada una escena de caza en la que un tirador de buenos pantalones y gorra en pico apuntaba a una escoria que tenía a menos de un octavo de pulgada.
       Ese paso al frente mostró la inmediata reacción de los mexicanos. Uno de ellos dio otros dos pasos para enfrentarlo. Tras el acomodo general quedaron dos contra dos. El oponente del Chamaco de Nueva York era un hombre alto y bastante encorvado. Traía el sombrero clavado hasta los ojos; del hombro izquierdo le colgaba un sarape; su contrahechura imitaba la de un español de alcurnia. Este caballero cóncavo componía una figura agradable y terrible. El muchacho, impulsado por los espíritus de sus modestos antecesores, tuvo tiempo para sentir el rugido de la sangre a la vista de la pose.
       Él era consciente de que a la izquierda tenía a un tercer mexicano, cara a cara de Benson; y era consciente de que Benson estaba recargado contra la pared, somnoliento y siguiendo serenamente la convención. De modo que estos seis hombres quedaban, frente a frente, cinco de ellos con las manos a la cadera, con los cuerpos en nerviosa tensión, en lo que la pareja central intercambiaba un crescendo de provocaciones. El significado de las palabras iba a la alza. En línea recta hacia una colisión.
       El Chamaco de Nueva York contempló a su español de alcurnia. Levantó un tanto el revólver hasta que el martillo quedó fuera de la funda. Esperó, quieto y observante, en lo que el descompuesto Chamaco de San Francisco gastaba diccionario y medio sobre el mexicano de en medio.
       El Chamaco de Nueva York decidió súbitamente que lo iban a matar. Su mente se adelantó y ponderó las consecuencias. El relato sería una joya de concisión al llegar a su distante hogar en Nueva York, escrita con cuidadosa letra sobre un papel barato, flanqueado arriba y abajo y por detrás por las fortificaciones impresas de la compañía de telégrafos. Pero con frecuencia estos mensajes son como piedras contra el espejo, trozos de papel en los que van escritas lacónicamente las más terribles crónicas de la época. El muchacho vio a su madre y su hermana ponerse de pie, y la calma imbatible de su anciano y silencioso padre, quien tal vez se encerrase en su biblioteca a fumar a solas. Luego vendría a México su padre Y lo traerían aquí y dirían: —éste es el sitio. Después, muy probablemente, todos se quitarían el sombrero. Todo el mundo se quedaría de pie con su sombrero en la mano durante el debido minuto. Sintió lástima por su anciano padre: financiero, avaro y millonario; un hombre que al año por lo general cruzaba veintidós palabras con su querido hijo. El Chamaco vio todo esto en ese instante. Si su destino era improrrogable, habría actuado como un hombre y su padre lo habría amado.
       El otro Chamaco lloraría su muerte. Se comportaría con absoluta corrección durante algunas semanas y contaría este acontecimiento sin decir majaderías. Pero no aguantaría. Por la memoria de su camarada muerto se contendría con gusto y contaría el suceso sin decir malas palabras.
       Las imágenes eran perfectamente estereoscópicas, entraban y salían de su cabeza con inconcebible rapidez, hasta que, a fin de cuentas, se transformaron en única, rápida impresión desalentadora. Y he aquí lo real irreal: en el momento expectante de la matanza, ascendió a la nariz del Chamaco el aroma de la paja recién segada, una fragancia proveniente de un campo de hierbas postergadas, un perfume que guardaba rayos del sol, abejas, la paz de los campos y el misterio de un distante arroyo cantarín. Todo esto no tenía el derecho de ser algo fuera de lo común, y el Chamaco aspiró tal aroma en lo que aguardaba el dolor y lo desconocido.
       Pero en ese mismo instante, por así decirlo, sus pensamientos se dirigieron hacia el Chamaco de San Francisco, y supo como en un chispazo que el Chamaco de San Francisco no iba a estar ahí, por ejemplo, para realizar el extraordinario papel de un deudo respetable. La cabeza del otro Chamaco estaba obnubilada, temblorosa la mano, ida su agilidad. El otro Chamaco se enfrentaba al hombre más decidido y feroz entre los adversarios. El Chamaco de Nueva York se hizo a la idea que su amigo estaba perdido. Iba a haber un ruidoso asesinato. Tan seguro estaba de eso que quiso taparse los ojos para no mirar ni el brazo fustigante ni el cuchillo. Esto daba asco, mucho asco. El Chamaco de Nueva York podría estar realizando entonces su primer viaje por mar. La mezcla de honorable virilidad con la torpeza le impidió echarse a correr.
       De pronto supo que era posible que él sacara su propio revólver y que con suave maniobra aplacara a los tres mexicanos. Si era lo suficientemente rápido podía salir victorioso. Si al desenfundar ocurría algún contratiempo terminaría muerto con sus amigos. Era un juego nuevo. Nunca se había visto obligado a enfrentar una situación como ésta en el Beacon Club en Nueva York. En esta prueba los pulmones del Chamaco no dejaron de cumplir con su deber:

Cinco ratones blancos de la suerte:
Pantalones de pana y camisas de lana,
Oro y vino, mujeres y farra,
Todo en ustedes irá al fin a parar
Si a la casa de la suerte me dejan entrar.

      El Chamaco pensó en el peso y el tamaño de su revólver y el desconsuelo se apoderó de él. Temió que para trabajo tan raudo el revólver se volviera en sus manos algo tan ingobernable como una máquina de coser. También imaginó que cierta singular providencia le haría perder el arma al momento de sacarla; o que tal vez se le atorara fatalmente en su saco. El Chamaco sintió en la espalda las frías y húmedas anguilas de la desesperación.
       Pero a la hora de la verdad el revólver salió como engrasado y se levantó como una pluma. La máquina somnolienta, tres meses en reposo, al fin apuntaba hacía el pecho de los hombres.
       Tal vez en esta serie de movimientos el Chamaco empleó inconscientemente fuerza nerviosa suficiente para levantar una paca de paja. Antes de que se diera cuenta, ya estaba detrás de su revólver, atisbando por encima del tambor a los mexicanos, amenazándolos alternativamente. El dedo tenso sobre el gatillo. El revólver fulgió en la oscuridad con delgada luz de plata.
       El repugnante de la alcurnia dio un salto hacia atrás a la vez que soltaba una tenue exclamación. El hombre que encaraba al Chamaco de San Francisco retrocedió rápidamente. El bello conjunto de mexicanos se desorganizaba de pronto.
       El grito y los pasos en retirada revelaron algo importantísimo al Chamaco de Nueva York. él nunca imaginó que no tuviera el monopolio absoluto de todas las trepidaciones posibles. El grito del de la alcurnia era el de un hombre que descubre una víbora venenosa. Así fue que el Chamaco pudo darse cuenta tranquilamente que todos ellos eran seres humanos. Fue unánime el no deseo de un combate muy sangriento. Hubo una súbita expresión de igualdad. El Chamaco había creído vagamente que ellos no mostrarían gran consideración por su papel dramático como un factor activo. A ellos quizás hasta les exasperaría que tal papel los aniquilara. En lugar de eso, los mexicanos respetaron el movimiento del Chamaco con un respeto tan grande como una eyaculación de miedo y de pasos hacia atrás. En ese momento, el Chamaco se lanzó hacía adelante y comenzó a insultarlos, soltando rotundas leperadas en inglés, gordas como una soga, con las que les golpeó la cara. El Chamaco estallaba en odio porque estos hombres no le habían dejado ver antes que eran vulnerables. Todo el asunto había sido una absurda imposición. La actitud cóncava del noble lo había obligado a tomar una actitud respetuosa. Y a fin de cuentas ocurrió un empate emotivo: ¡un empate! El Chamaco estaba furioso. Quería quitarle el sarape al noble y enrollarlo en él.
       Los mexicanos recularon con ansioso ardor en la mirada. El Chamaco apuntaba primero a uno y luego a otro. Una vez que lograron cierta distancia, los mexicanos hicieron una pausa y formaron una fila. Entonces reasumieron algo de su viejo estilo esplendente. Una voz ensalzó al Chamaco con tonos de feroz cinismo, como salida de una sonriente mueca burlona:
       — Bueno, señor, ¿ya acabó?
       El Chamaco frunció el ceño mirando hacia la oscuridad, con el revólver a un lado de su cuerpo.
       —Me dan ganas —dijo un momento después.
       Fue extraño poder hablar tras este silencio de años.
       —Buenas noches, señor.
       —Buenas noches.
       Al voltear a ver al Chamaco de San Francisco lo encontró en su posición original, cadera en mano. Perplejo, parpadeaba hacia el rumbo por el que los mexicanos desaparecían.
       —Por fin —dijo con enfado el Chamaco sobrio, ¿ya están listos para irse a casa?
       —¿Para dónde van? —dijo el Chamaco de San Francisco.
       Su voz era serena, pero acusaba preocupación.
       Benson de pronto surgió de su adormilada posición contra la pared.
       —El de San Francisco tiene razón. Aunque esté borrachísimo, tiene razón. Pero tú sí estás sobrio —Benson pasó a un estado de profunda reflexión—. El Chamaco de Nueva York está sobrio porque no vino con nosotros. No vino con nosotros porque se fue al maldito circo. Fue al maldito circo porque perdió en los dados. Perdió en los dados porque... ¿qué te hizo perder en los dados, Chamaco?
       El Chamaco de Nueva York miró al joven senil.
       —No sé. A lo mejor los cinco ratones blancos. A tal grado intrigó a Benson esta respuesta que sus amigos le tuvieron que ayudar a sostenerse en pie. El Chamaco de San Francisco dijo por último:
       —Vámonos a la casa.
       No pasó nada.



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