Stephen Crane
(Newark, Nueva Jersey, 1871 - Badenweiler, Alemania, 1900)


Tres soldados maravillosos (1896)
(“Three Miraculous Soldiers”)
Originalmente sindicado por S. S. McClure (McClure Syndicate), publicado,
abreviado, entre marzo y noviembre de 1896:
Saint Paul Pioneer Press, (15 de marzo de 1896), p. 24;
The English Illustrated Magazine, Vol. 15, Núm. 152 (may 1896), págs. 104-115;
The Little Regiment And Other Episodes of the American Civil War
(Nueva York: D. Appleton and Company, 1896, 196 págs.), págs. 45-105


I

      La muchacha estaba en la habitación delantera del segundo piso, atisbando a través de las persianas. Era “la mejor habitación”. El suelo estaba cubierto por una alfombra nueva. Los bordes de la alfombra habían sido teñidos con franjas alternas rojas y verdes. Sobre la repisa de madera de la chimenea había dos figurillas de arcilla: un pastor y una pastora, probablemente. Un triángulo de lana rosa y blanco colgaba cuidadosamente del borde de la repisa. Sobre la cómoda no había absolutamente nada, a excepción de un periódico extendido, con los bordes doblados para que sirviera de tapete. Las mantas y las sábanas de la cama reposaban en una silla. Las almohadas y el enorme colchón de plumas habían sido mullidos hasta que adquirieron el aspecto de grandes budines. El retrato de un hombre terriblemente delgado colgaba, en un marco ovalado, de una pared blanca, sobre la cómoda.
       A través de las tablillas de la persiana, la muchacha podía divisar una gran extensión de la carretera que serpenteaba hasta el bosque para reaparecer después junto a la falda de la colina, a media milla de distancia, amarilla y cálida bajo el sol estival. Hasta la ventana llegaban los monótonos chirridos de los insectos que pululaban entre la hierba. De cuando en cuando, una rana dejaba oír un sonido peculiar —chug-chug—, como si alguien la estuviera estrangulando. Las hojas de los árboles se agitaban a impulsos de una suave brisa. A través de las ramas verdeoscuras de los pinos que crecían en el patio delantero podían divisarse las montañas, lejos, hacia el sudeste, indeciblemente azules.
       Los ojos de Mary estaban clavados en el pequeño tramo de carretera que aparecía en la distante colina. Su rostro estaba enrojecido por la excitación y la mano que apoyaba en la persiana temblaba a causa del nervioso estremecimiento de la muñeca. Los pinos arrastraban sus verdes agujas contra la casa con un suave sonido sibilante.
       Finalmente, la muchacha se apartó de la ventana y se dirigió al rellano superior de la escalera.
       —Bueno, de todos modos, sé que están a punto de llegar —gritó dialécticamente a las profundidades.
       Una voz procedente de las profundidades replicó en tono furioso:
       —No vendrán. Aún no hemos visto ninguno. No vendrán por estos andurriales. Lo que tienes que hacer es bajar y atender a tu trabajo en vez de espiar si vienen los soldados.
       —Bueno, mamá, sé que están a punto de llegar.
       La voz replicó de nuevo, con la maquinal violencia de las amas de casa ocasionales. La muchacha se sacudió la falda retadoramente y regresó a la ventana.
       Sobre el amarillo tramo de carretera que discurría a lo largo de la falda de la colina había ahora unas cuantas manchas negras: jinetes. En el aire flotaba una nube de polvo. La muchacha voló hacia el rellano y bajó corriendo a la cocina.
       —¡Están llegando! ¡Están llegando!
       Fue como si hubiera gritado: “¡Fuego!”. Su madre había estado mondando patatas, sentada cómodamente ante la mesa. Se puso en pie de un salto.
       —No..., no es posible... ¿Cómo sabes que son ellos? ¿Dónde están?
       El cuchillo cayó de su mano y dos o tres rizos de piel de patata se deslizaron desde su delantal al suelo.
       La muchacha dio media vuelta y subió corriendo la escalera. Su madre la siguió, respirando trabajosamente, pero insistiendo aún en llenar el aire de preguntas, reproches y protestas.
       La muchacha estaba ya en la ventana, señalando ávidamente.
       —¡Allí! ¡Allí! ¡Míralos! ¡Míralos!
       Corriendo hacia la ventana, la madre miró en la dirección que señalaba su hija. Inmediatamente retrocedió, gimiendo.
       —¡Son ellos, desde luego! ¡Son ellos!
       Agitó sus manos, haciendo gestos de desesperación.
       Las manchas negras desaparecieron en el bosque. La muchacha estaba temblando, y sus ojos brillaban como el agua herida por el sol.
       —¡Oh! ¡Están cruzando el bosque! ¡Vienen directamente hacia aquí! —Apartó la persiana y se asomó, con la mirada fija en el verde arco a través del cual penetraba la carretera en el bosque—. Ya están llegando —le susurró a su madre en voz baja.
       La madre se había sentado sobre el colchón y sollozaba silenciosamente.
       Efectivamente, la muchacha podía oír ahora el ruido de los cascos de los caballos. Se apartó de la ventana con repentina aprensión, pero casi inmediatamente volvió a asomarse.
       —¡Aquí están!
       A los ojos de la muchacha, la súbita aparición de aquellos hombres tuvo algo de teatral. Fue como si se hubiera alzado un telón. Aparecieron bruscamente, vomitados por el bosque doce jinetes morenos, con uniformes azules... galopando.
       —¡Oh, mira! —susurró la muchacha.
       Su boca se fruncía en un gesto de rara fascinación, como si esperara ver transformarse a los jinetes en demonios de un momento a otro. Al fin estaba viendo a aquellos extraños seres que procedían del Norte..., aquellos hombres de leyenda.
       La pequeña tropa cabalgaba en silencio. Al frente iba un hombre de aspecto juvenil, con algunos galones amarillos cosidos a la manga de la guerrera. En la mano derecha sostenía la carabina, apuntando hacia arriba, con la culata sobre la rodilla. Estaba absorto escrutando el terreno delante de él.
       Detrás del sargento, el escuadrón cabalgaba en columna de a uno, con crujidos de cuero y tintineos de acero y de latón. La muchacha escrutó los rostros de los jinetes v pareció vagamente asombrada al encontrarlos del tipo que ella conocía.
       El hombre que iba al frente de la tropa reconoció la casa y sus alrededores con un par de ojeadas. No tiró de las riendas de su caballo. Los jinetes desviaron un momento la mirada, como turistas de paso, y luego volvieron a escrutar la región que tenían delante. El repiqueteo de los cascos se hizo menos intenso. Se levantó una columna de polvo...
       Los sollozos de la mujer sentada en la cama se convirtieron en palabras, las cuales, a pesar de su tono horrorizado, expresaban un cierto alivio:
       —Será una suerte para nosotras que no nos hayan degollado mientras dormíamos... Van a robar todos los caballos... Se llevarán al viejo “Santo”... ¿Se lo están llevando ya?
       —Pero, mamá —dijo la muchacha, perpleja y aterrorizada al mismo tiempo—, se han marchado...
       —¡Oh! ¡Volverán! —sollozó la madre—. Volverán, no lo dudes. Y se llevarán los caballos. ¡Oh, John, John! ¿Por qué lo hiciste, por qué lo hiciste? —Bruscamente, dejó de sollozar y se sentó muy rígida, mirando a su hija—. Mary —dijo, en un trágico susurro—. ¡La puerta de la cocina no está cerrada!
       Se había inclinado ya hacia adelante para escuchar, la boca entreabierta, los ojos clavados en su hija.
       —Mamá... —balbuceó la muchacha.
       La madre susurró de nuevo:
       —La puerta de la cocina no está cerrada.
       Inmóviles y mudas, se miraron mutuamente a los ojos.
       Finalmente, la muchacha tartamudeó:
       —Será me... mejor... será mejor que va... vayamos a cerrarla.
       La madre asintió. Cogidas del brazo se dirigieron al rellano. Una tabla del piso crujió. Se detuvieron, y cambiaron una mirada de indecible terror.
       Finalmente alcanzaron el rellano. Desde la cocina llegaban los sonidos silbantes de la marmita y los frecuentes chasquidos del fuego. Aquellos ruidos resultaban siniestros. Madre e hija se detuvieron, incapaces de moverse.
       —¡Hay alguien allí abajo! —susurró la madre.
       Finalmente, la muchacha hizo un gesto de resolución. Se soltó del brazo de su madre y descendió un par de peldaños. Gritó, dirigiéndose a la cocina:
       —¿Quién está ahí?
       Su tono pretendía ser intrépido. Cayó de un modo tan dramático en el silencio, que un nuevo pánico se apoderó repentinamente de las dos mujeres, como si la presencia que sospechaban en la cocina les hubiera gritado a ellas.
       Pero la muchacha se aventuró de nuevo:
       —¿Hay alguien ahí?
       No hubo más respuesta que la de la marmita y el fuego.
       Con el corazón en un puño, la muchacha continuó su descenso. Cuando se acercaba al último peldaño, el fuego crujió de un modo explosivo y la muchacha lanzó un grito. Pero la misteriosa presencia no surgió de un rincón para agarrarla; de manera que la muchacha se dejó caer sentada en el peldaño y se echó a reír.
       —No era... no era más que... el fuego —tartamudeó histéricamente.
       Luego se puso en pie con repentina decisión y gritó:
       —¡No hay nadie! ¡Aquí no hay nadie!
       Se dirigió a la cocina. En su rostro había una expresión de terror, como si esperara encontrarse con algo, pero la cocina estaba vacía. La muchacha gritó jubilosamente:
       —¡En la cocina no hay nadie! ¡Baja, mamá!
       A continuación corrió hacia la puerta y la cerró.
       La madre entró en la cocina.
       —¡Oh, querida, qué susto más horrible! Voy a enfermar, sé que voy a enfermar.
       —¡Oh, mamá! —dijo la muchacha.
       —Sé que voy a enfermar... lo sé. ¡Oh! Si por lo menos tu padre estuviera aquí... Él les ajustaría las cuentas a esos yanquis... les ajustaría las cuentas, desde luego. Dos pobres mujeres indefensas...
       —¿Por qué eres así, mamá? Los yanquis no han...
       —¡Oh! Regresarán... regresarán. ¡Dos pobres mujeres indefensas! ¡Tu padre, tu tío Asa y Bill perdiendo el tiempo en hacer la guerra por ahí en vez de defender su propia casa! ¡Vaya unos hombres! ¿No le dije a tu padre, antes de que se fuera...?
       —Mamá —dijo la muchacha, que había estado mirando a través de la ventana—, la puerta del establo está abierta. Me pregunto si se habrán llevado al viejo “Santo”.
       —¡Oh! Desde luego que se lo han llevado... desde luego. Mary, no sé qué vamos a hacer... no sé qué vamos a hacer.
       La muchacha dijo:
       —Mamá, voy a ver si se han llevado al viejo “Santo”.
       —¡Mary! —gritó la madre— ¡No te atrevas a salir!
       —Pero piensa en el pobre “Santo”, mamá.
       —No te preocupes por “Santo”. Hemos sido muy afortunadas al habernos salvado nosotras. No te preocupes por el viejo “Santo”. ¡No te atrevas a ir allí, Mary! ¡Mary!
       La muchacha había abierto la puerta y se encaminaba hacia el porche. La madre gritó desesperadamente:
       —¡Mary!
       —Aquí no hay nadie, mamá —respondió la muchacha desde fuera.
       Se detuvo un momento, con una extraña sonrisa en los labios, como si se sintiera muy satisfecha de su atrevimiento.
       La brisa agitaba las ramas de los manzanos. Un gallo, con un aire petulantemente cortés, precedía a tres gallinas en una excursión de forrajeo. Muy altas en el cielo, unas nubes navegaban hacia el Norte. La muchacha descendió los escalones del porche y echó a correr hacia el establo.
       La puerta estaba abierta, y la estaca, que normalmente ejercía las funciones de cerrojo, aparecía en el suelo. La muchacha no podía ver el interior del establo a causa de la intensa oscuridad. Tendió el oído y oyó a un caballo que masticaba plácidamente. Profirió una exclamación de alegría y cruzó el umbral de un salto. Inmediatamente repitió el salto, esta vez a la inversa. Había visto a tres hombres que llevaban uniformes de color gris [durante la guerra civil norteamericana de 1865, los soldados del norte, o yanquis, lucían uniformes azules y los del sur, grises], sentados en el suelo con las piernas extendidas y la espalda apoyada contra el pesebre de “Santo”. Sus rostros cubiertos de polvo se distendieron en una ancha sonrisa.


II

      Mientras Mary retrocedía, gritando, uno de los hombres, sin dejar de sonreír, anunció:
       —Sabía que se asustaría.
       Cómodamente sentados, los tres soldados la contemplaban con aire divertido.
       Mary se llevó una mano a la garganta, y se quedó inmóvil, temblando.
       —Lo lamentamos, señora, pero no hemos podido evitarlo —dijo alegremente otro de los soldados—. Sabía que se asustaría al vernos, pero no hemos podido evitarlo. Entramos en este establo para echar una siestecita. Y nos despertaron esos yanquis que acaban de pasar.
       —¿De dónde vienen ustedes? ¿Se... se han escapado de... de los yanquis? —tartamudeó la muchacha.
       Los tres soldados se echaron a reír.
       —No, señora. No, señora. No nos han cogido nunca. Estábamos en un jaleo, a unas dos millas de aquí, y a Bill le dieron en el brazo. A mí también me dieron en el brazo. Curioso, ¿verdad? A Sim no le dieron, pero nos estuvieron persiguiendo y perdimos las huellas de nuestros muchachos.
       —Los que les perseguían, ¿eran esos... esos que acaban de pasar?
       Los hombres vestidos de gris se echaron a reír de nuevo.
       —¿Quiénes, ésos? ¡No! Allí había una nube de yanquis y una nube de nuestros muchachos también. ¿Ese pelotón? No, señora.
       La muchacha se había tranquilizado lo suficiente como para examinar con más atención a los tres soldados. Iban cubiertos de polvo de pies a cabeza. Sus uniformes estaban desgarrados. Parecía también que llevaban muchos días sin afeitarse. Mostraban una gran diversidad en sus sombreros. Uno de ellos llevaba la pequeña gorra azul de la infantería norteña, con el emblema del cuerpo y el número del regimiento; otro llevaba un gran chambergo, con un amplio agujero en la copa, y el otro llevaba la cabeza descubierta. La manga derecha de un hombre y la manga izquierda de otro habían sido cortadas, y los brazos aparecían vendados con tela blanca, limpia.
       —Dos simples arañazos sin importancia —explicó uno de ellos—. Nos detuvimos en casa de miss Leavett —así es como dijo que se llamaba—, y ella nos puso estas vendas. Bill tiene mucha sed. Y un poco de fiebre también. Nosotros...
       —¿Has visto a mi padre en el ejército? —preguntó Mary—. Se llama John Hinckson...
       Los tres soldados sonrieron, pero contestaron amablemente:
       —No, señora. No, señora. No le hemos visto. ¿Dónde está? ¿En la caballería?
       —No —dijo la muchacha—. El, mi tío Asa y mi primo —se llama Bill Parker— están con Longstreet [jefe de un ejército y considerado como uno de los generales más capacitados del ejército del sur]..., creo que se llama así.
       —¡Oh! ¿Longstreet? Están muy lejos de aquí. Hacia el nordeste. Por aquí no hay más que caballería. Ellos están en la infantería, probablemente.
       —Hace mucho tiempo que no sabemos nada de ellos —dijo Mary.
       —¡Oh! En la infantería están estupendamente —dijo uno de los soldados, queriendo tranquilizarla—. La infantería va siempre a remolque de la caballería y tiene muy pocas bajas. Pero si estuvieran en caballería... la caballería...
       Mary le interrumpió.
       —¿Tienen ustedes hambre? —preguntó.
       Los soldados se miraron el uno al otro, asaltados por una súbita y extraña timidez. Inclinaron sus cabezas.
       —No, señora —respondió finalmente uno de ellos.
       “Santo” continuaba masticando tranquilamente. A veces les dirigía una benévola mirada. Era un caballo viejo, y en sus ojos había algo que producía la impresión de que llevaba gafas. Mary se acercó al animal y acarició su hocico.
       —Bueno; si tienen hambre, puedo traerles algo... O si prefieren entrar en casa...
       —No podemos entrar en la casa —dijo uno de ellos—. Aquel escuadrón de yanquis no era más que una patrulla de exploración, seguramente. No tardarán en llegar muchos más.
       —Bueno, puedo traerles algo —insistió la muchacha—. ¿Por qué no dejan que les traiga algo?
       —Bueno —dijo uno de los soldados, con evidente turbación—, la verdad es que no hemos comido mucho. Si pudiera traernos un bocadillo... sólo un bocadillo... nosotros...
       Sin esperar a que terminara de hablar, la muchacha dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta. Pero, antes de llegar a ella, se detuvo bruscamente.
       —¡Escuchen! —susurró.
       Había inclinado el cuerpo hacia adelante, y extendió una mano para que guardaran silencio.
       Pudieron oír débilmente el repiqueteo de los cascos de muchos caballos, el entrechocar de las armas y frecuentes voces de mando.
       —¡Son los yanquis! —exclamó uno de los soldados. Los tres se pusieron en pie de un salto y se acercaron a la puerta—. Ya sabía yo que aquel pelotón no era más que una avanzadilla.
       La muchacha y los tres hombres atisbaron desde las sombras del establo. La vista de la carretera quedaba dificultada por unos troncos y un pequeño gallinero. Sin embargo, pudieron ver a numerosos jinetes que avanzaban hacia el bosque. Los jinetes llevaban uniformes azules.
       —¡Oh! —exclamó la muchacha— ¡Por favor! ¡Escóndanse... escóndanse!
       En su voz había un sollozo.
       —Espere un momento —susurró uno de los soldados, en tono excitado—. Tal vez no se detengan, tal vez pasen de largo... No, no van a pasar de largo... Se están deteniendo. ¡Adentro, muchachos!
       Se deslizaron silenciosamente hacia la parte posterior del establo. La muchacha, de pie junto a la puerta, les oyó andar de un lado para otro. Al cabo de unos instantes, les oyó susurrar entre sí:
       —¿Dónde nos escondemos? ¿Dónde nos escondemos? Aquí no hay ningún lugar para ocultarse...
       La muchacha se volvió y su mirada recorrió el establo. Era verdad. El montón de heno había disminuido de un modo alarmante. El viejo “Santo” no comía demasiado, es cierto, pero de cuando en cuando pasaba algún destacamento de jinetes confederados, y... Las tablas del henil apenas estaban cubiertas, excepto en un rincón, donde había una caja de gran tamaño: la caja donde se guardaba el grano.
       La muchacha tuvo una súbita inspiración. Se acercó a la caja y levantó la tapadera.
       —Aquí! ¡Aquí! —siseó— ¡Métanse aquí!
       Habían estado moviéndose silenciosamente por el interior del establo. Inmediatamente se acercaron y se zambulleron en la caja. Lo hicieron al mismo tiempo, y los heridos lanzaron unas ahogadas exclamaciones de dolor, pero finalmente quedaron sumergidos en la capa de grano que cubría el fondo de la caja.
       Rápida y silenciosamente, la muchacha volvió a dejar caer la tapadera, y luego corrió hacia la puerta.
       Nadie había aparecido por allí, de modo que la muchacha decidió investigar la situación. Los jinetes habían desmontado y estaban de pie, en silencio, junto a sus caballos. Un hombre barbudo, cuyas rojizas mejillas brillaban intensamente debajo de las patillas con que se adornaba, estaba hablando con otros dos militares. Al parecer, el barbudo les estaba dando órdenes, señalando aquí y allí.
       Mary retrocedió y se acercó de puntillas a la caja del grano.
       —Se han apeado todos de sus monturas —murmuró.
       Del interior de la caja salió una voz ahogada:
       —Acérquese un poco más —Mary obedeció, y la voz continuó—: Márchese en seguida a su casa, señora, y, si no volvemos a vernos, muchas gracias por lo que ha hecho por nosotros.
       —Adiós —murmuró Mary.
       Efectuó dos tentativas para salir del establo con aire despreocupado, pero las dos veces fracasó y retrocedió cuando estaba a punto de llegar al lugar donde podía ser vista por los soldados de las casacas azules. Terminó por decidirse y, tras una especie de carrerilla, apareció a la brillante luz del sol.
       El grupo de hombres que conversaba con el barbudo se volvió en redondo hacia ella. El propio barbudo olvidó bajar el brazo que había extendido hacia adelante para dar una orden.
       Mary notó que sus pies tocaban el suelo de un modo completamente anormal. Le pareció que llevaba escrita en el rostro una frase: “Hay tres hombres ocultos en la caja del grano.”
       El barbudo avanzó hacia ella. Mary se detuvo; parecía disponerse a echar a correr. Pero el oficial se inclinó ante ella con una amable expresión.
       —¿Vive usted aquí, supongo? —preguntó.
       —Sí —respondió la muchacha.
       —Bueno, nos vemos obligados a acampar aquí para pasar la noche, y como dos de mis hombres están heridos, supongo que no le importará que los metamos en el establo.
       —¿En... en el establo?
       El oficial se dio cuenta de que estaba asustada. Trató de tranquilizarla con una sonrisa.
       —No tema, muchacha. No vamos a hacerle daño a nadie. Puede confiar en nosotros.
       Mary se balanceó sobre un pie, y luego sobre el otro. Tenía la mirada clavada en el suelo.
       —Pero... pero no creo que a mi madre le guste que... que se metan en el establo.
       El oficial se echó a reír.
       —¿De veras? —dijo—. Bueno, tal vez no le guste. —Meditó unos instantes y luego decidió, jovialmente—: De todos modos, tendremos que preguntárselo. ¿Dónde está? ¿En la casa?
       —Sí —respondió la muchacha—, está en casa. Se... se asustará muchísimo cuando le vea a usted.
       —Bueno, en tal caso, vaya usted a preguntárselo —dijo el oficial, sin dejar de sonreír—. Vaya a preguntárselo y vuelva a comunicarme la respuesta.
       Cuando la muchacha empujó la puerta abierta y entró en la cocina, la encontró vacía.
       —¡Mamá! —llamó en voz baja.
       No hubo ninguna respuesta. La marmita seguía hirviendo. El cuchillo y los rizos de piel de patata continuaban en el suelo.
       Mary se dirigió a la habitación de su madre y entró sin hacer ruido. El nuevo y solitario aspecto de la casa le crispaba los nervios. Sobre la cama había un revoltijo de mantas.
       —¡Mamá! ¡Mamá! —llamó la muchacha, temblando de miedo ante la idea de que su madre no estuviera allí para contestar.
       Pero se produjo una repentina agitación debajo de las mantas y su madre asomó la cabeza.
       —¡Mary! —exclamó, en tono asombrado—. Creí... creí...
       —¡Oh, mamá! —le interrumpió la muchacha—. ¡Hay más de mil yanquis en el patio y he ocultado a tres de nuestros hombres en la caja del grano!
       Sin embargo, la madre, ante la aparición de su hija, había empezado a sollozar histéricamente, cubriéndose el rostro con las manos.
       —¡Mamá! —exclamó la muchacha—. ¡Y ahora quieren utilizar el establo... y nuestros hombres están en la caja del grano! ¿Qué haremos, mamá? ¿Qué haremos?
       Su madre no pareció oírla, tan absorta estaba en sus propios lamentos.
       —¡Mamá! —repitió la muchacha—. ¡Mamá!
       Durante unos instantes, Mary permaneció inmóvil, reflexionando en silencio, con los labios entreabiertos y la mirada ausente. Luego se dirigió a la ventana de la cocina y miró al exterior.
       El oficial barbudo y los otros estaban mirando hacia la carretera. Mary se dirigió a otra ventana y vio que lo que estaban mirando era un pequeño grupo de jinetes que se aproximaban al trote, levantando mucho polvo. Súbitamente reconoció en ellos al pelotón que había pasado anteriormente por delante de la casa. Vigilaban estrechamente a un jinete desarmado que llevaba uniforme gris.
       Cuando llegaron cerca de la casa, Mary corrió de nuevo a la primera ventana. El oficial barbudo estaba sonriendo con evidente satisfacción.
       —De modo que le han cogido, ¿eh? —gritó.
       El joven sargento se apeó de un salto de su montura y levantó una mano morena a la altura de su sien. La muchacha no pudo oír su respuesta. Vio que el jinete desarmado llevaba un bigote muy negro y que miraba a su alrededor fríamente y con aire desinteresado. Tenía un aspecto tan indiferente que Mary no se dio cuenta de que era un prisionero hasta que oyó que el oficial barbudo decía:
       —Bueno, métanle en el establo. Allí estará seguro, supongo.
       Un grupo de soldados avanzó con el prisionero hacia el establo.
       La muchacha hizo un repentino gesto de terror al recordar a los tres hombres encerrados en la caja del grano.


III

      Los soldados uniformados de azul iban y venían por entre los trabados caballos. Algunos frotaban con trapos o con manojos de hierba las delgadas piernas de los animales, de cuyo perfecto funcionamiento tanto dependían. Los belfos de los caballos estaban aún húmedos y espumajeantes a causa de las varillas de acero que habían sostenido entre sus dientes todo el día. Por encima de sus lomos y alrededor de sus cabezas discurría la charla de los soldados.
       —¡Cuidado con tu penco, Finerty!
       —¡Es un viejo elefante! Cocea más que un mulo...
       —Para mulo el de Bill. Eso sí que es un animal salvaje.
       —Pero es también el más resistente de todo el ejército. Está fresco como una rosa cuando los otros no se tienen sobre sus patas.
       —Sí, no es una vaca como el tuyo...
       Enfrente del establo había tres soldados sentados, hablando tranquilamente. Sus fusiles estaban apoyados contra la pared. Junto a ellos, y recortándose contra la negrura de la abierta puerta, había un centinela, con el arma descansando en el hueco de su brazo. Cuatro caballos, ensillados y enjaezados, conferenciaban con las cabezas muy juntas. Las cuatro riendas colgaban de un poste.
       Sobre la verde calma del paisaje, típica estampa de paz, la presencia de las tropas ponía una nota incongruente. Mary no experimentaba la sensación de contemplar un escenario familiar. Los antiguos colores verdes y pardos de los campos estaban ahora dominados por nuevos tonos azules y amarillos. Podía oír las voces de los hombres, y por su acento parecía que llevasen años acampados allí.
       Mary había intentado salir y decirle al oficial barbudo que su madre no quería que sus hombres utilizasen el establo, pero se detuvo cuando le oyó hablar con el sargento. En aquel momento le pareció que al oficial le tenía sin cuidado lo que su madre quisiera o dejara de querer, y que cualquier objeción que formulara sería inútil. Vio que los soldados conducían al prisionero confederado hacia el establo, y durante un largo rato contempló a los dos guardianes sentados y al meditabundo centinela. Se estremeció al recordar a los tres hombres encerrados en la caja de grano.
       A Mary le parecía que en un caso como éste tenía la obligación de convertirse en una heroína. En todas las historias que había leído cuando asistió a la escuela en Pennsylvania, los personajes femeninos, enfrentados con dificultades semejantes, invariablemente llevaban a cabo actos heroicos. Sí; por regla general rescataban y recuperaban a sus enamorados, y ni el prisionero de aspecto tranquilo ni ninguno de los tres hombres encerrados en la caja del grano estaban enamorados de ella; pero una verdadera heroína no se pararía en este pequeño detalle. Una verdadera heroína tomaría medidas para rescatar a los cuatro hombres. Si no lo intentaba, al menos falsearía todos aquellos ideales cuidadosamente edificados que eran la acumulación de años enteros de sueños.
       Pero la situación la tenía desconcertada. El establo tenía una sola puerta, con cuatro soldados armados delante de aquella puerta, uno de ellos dando la espalda al resto del mundo, absorto, sin duda, en una constante contemplación del hombre tranquilo y, al mismo tiempo, de la caja del grano. Mary sabía también que en el momento en que abriera la puerta de la cocina tres cabezas, y quizá cuatro, se volverían automáticamente en aquella dirección. Sus oídos eran verdaderos oídos.
       Las heroínas, Mary lo sabía, resolvían aquellos asuntos con infinita precisión y rapidez. Cortaban las ataduras del héroe, pronunciaban una frase dramática y se plantaban entre el héroe y sus enemigos hasta que su huida quedaba asegurada. Sin embargo, Mary se daba cuenta de que, aun en el caso de que consiguiera realizar la hazaña hasta el punto de erguirse gloriosamente entre el fugitivo y sus perseguidores, aquellos inflexibles soldados azules no se detendrían. Correrían alrededor de ella, formando un círculo. Un círculo infranqueable. Tristemente, amargamente, pensó en el hombre tranquilo y en el contenido de la caja del grano.
       El resumen de sus reflexiones fue que podía presentarse al comandante de la caballería azul, confesarle que había tres amigos de ella y enemigos de él ocultos en la caja del grano y rogarle que les dejara marchar sin causarles ningún daño. Pero estaba empezando a creer que el viejo barbudo era un oso. Era poco probable que se mostrara de acuerdo con su plan. Lo más probable era que él y algunos de sus hombres se dirigieran inmediatamente a la caja del grano y detuvieran a sus amigos. Lo malo de la idea era que Mary no podía averiguar si tendría éxito sin ponerla en práctica, y que en caso de fracasar sería demasiado tarde para intentar otra solución. Mary se dijo a sí misma que la guerra convertía a los hombres en unos seres muy poco razonables.
       Lo único que podía hacer era permanecer junto a la ventana y contemplar tristemente el establo. Mary admitió esta verdad con una sensación de profunda humillación. Carecía de la agilidad mental, de la capacidad de inventiva que permite a otras personas ayudar a los desgraciados. Estaba derrotada por un establo con una sola puerta, por cuatro hombres con ocho ojos y ocho orejas: nimiedades que no serían obstáculo para una verdadera heroína.
       La intensa luz del día empezó a palidecer lentamente. Sobre los campos se extendió una gama de tonos grises y las sombras se hicieron plomizas. En aquella atmósfera sombría, las fogatas encendidas por los soldados a la otra parte del pomar se hicieron más brillantes, convirtiéndose gradualmente en manchas de color escarlata contra el fondo gris del horizonte.
       La muchacha oyó una enojada voz procedente de la habitación de su madre.
       —¡Mary!
       Obedeció apresuradamente a la llamada. Se dio cuenta de que en medio de su excitación, había olvidado por completo la existencia de su madre.
       La madre seguía tendida en la cama. Tenía el rostro enrojecido y unas gotitas de sudor se deslizaban por los canales de las arrugas de su frente. Dirigiendo aturdidas miradas a uno y otro lado, empezó a gimotear:
       —¡Oh! Estoy enferma... estoy enferma! ¿Se han ido ya esos hombres? ¿Se han ido ya?
       La muchacha mulló cuidadosamente una almohada para la cabeza de su madre.
       —No, mamá. Todavía están aquí. Pero no parece que tengan intención de causar daño alguno. ¿Quieres que te traiga algo para comer?
       Su madre la rechazó con la impaciencia de los enfermos.
       —No... no... no quiero nada. Lo único que quiero es que no me molesten. Tengo un terrible dolor de cabeza, y sabes perfectamente que cuando me da uno de estos arrechuchos nada puede aliviarme. ¿Cuándo van a marcharse esos hombres? No quiero que salgas para nada, ¿oyes? No te muevas de aquí.
       —Está bien, mamá.
       Se sentó en la semioscuridad y escuchó los incesantes lamentos de su madre. En cuanto hacía el menor movimiento, ésta la llamaba. Cuando le preguntó si podía hacer algo para aliviar sus dolores, la interrumpió bruscamente. El permanecer allí sentada, quieta, al alcance de su voz, era el mejor alivio que podía proporcionarle. Mary adoptó una actitud sumisa. De cuando en cuando, su madre le hacía alguna pregunta acerca de la situación local, y a pesar de que se esforzaba en ser gráfica y, al mismo tiempo, tranquilizadora, sus respuestas desagradaban siempre a la enferma y provocaban exclamaciones de furiosa impaciencia.
       Finalmente, la madre pareció quedarse dormida, como alguien que descansa después de un agotador esfuerzo. La muchacha salió de puntillas de la habitación y se dirigió a la cocina. Miró a través de la ventana y vio que los cuatro soldados seguían aún ante la puerta del establo. Hacia el oeste, el cielo estaba amarillo. Los troncos de los árboles que se recortaban contra aquel fondo aparecían negros como manchas de tinta. Los soldados paseaban como sombras azules alrededor del brillante resplandor de las fogatas.
       Mary se sentó en la nueva oscuridad de la cocina, mirando hacia el exterior. Los soldados encendieron un farol y lo colgaron en el interior del establo. A contraluz, la forma del centinela parecía gigantesca. En el pomar relinchaban los caballos. Se oía también un vago murmullo de voces humanas. De cuando en cuando, pequeños destacamentos a caballo pasaban por delante de la casa. La muchacha oía el santo y seña de los centinelas. Se preparó un ligero refrigerio y comió, sin dejar de mirar por la ventana. Temía que pudiera suceder algo mientras estaba ausente de su puesto de observación.
       En su mente flotaba un vivido cuadro del interior del establo. Recordó los agujeros que los nudos de la madera, al desprenderse, habían dejado en las tablas de la parte posterior, pero admitió que los prisioneros no podían fugarse a través de ellos. Recordó algunas goteras del tejado, pero tampoco esto podía ayudarles. Cuanto más pensaba en el problema, más tambaleantes se hacían sus ambiciones y sus ideales.
       En un momento determinado se dio cuenta de que había decidido efectuar un reconocimiento, pasara lo que pasara. Era de noche; el farol del establo y las fogatas convertían todo lo que estaba dentro de su círculo de claridad en masas de misteriosa negrura. Mary dio dos pasos en dirección a la puerta. Pero se detuvo. Innumerables posibilidades de peligro habían asaltado su mente. Regresó a la ventana y se quedó en pie, vacilante. Luego se dirigió rápidamente hacia la puerta, la abrió y se deslizó en silencio hacia la oscuridad exterior.
       Durante unos instantes, contempló las sombras. Más allá del pomar, las fogatas de los soldados semejaban manchas de sangre sobre una tela negra. Las voces de los soldados continuaban murmurando. La muchacha echó a andar lentamente en dirección contraria a la de las fogatas. Mantenía los ojos muy abiertos; antes de dar un paso, estudiaba cuidadosamente la oscuridad que tenía delante.
       Inconscientemente, su garganta estaba preparada para lanzar un repentino grito de terror. En las ramas más altas de los árboles podía oír la voz del viento, una melodía nocturna, susurrante y triste, la queja por un pesar interminable, indecible.
       Su propia angustia, el apuro de los hombres ocultos en el establo... todo era expresado por el suave gemir del viento en los árboles. Al principio, Mary lo interpretó como un sollozo. Y le habló de la impotencia y de la fragilidad humanas. Luego los árboles y el viento enviaron a sus oídos un canto de sacrificio, de intrépido esfuerzo, vio rostros duramente tallados que no palidecían cuando el Deber se presentaba con urgencias a medianoche o a mediodía.
       Mary se volvía a menudo a escrutar las figuras que se movían de cuando en cuando a la luz proyectada por el farol del establo. En un momento determinado tropezó con una rama, y la rama crujió con el insoportable ruido que producen todas las ramas con las que se tropieza por la noche. Sin embargo, los guardianes del establo no prestaron la menor atención a aquel ruido. Finalmente, Mary llegó a su objetivo: los agujeros de las tablas en la parte de atrás del establo. Los agujeros brillaban como círculos metálicos por el efecto de la luz interior. Conteniendo la respiración, la muchacha aplicó un ojo a un agujero.
       Inmediatamente dio un salto atrás, estremeciéndose.
       El inconsciente y alegre centinela estaba utilizando lo más “florido” de su vocabulario para describirle al hombre tranquilo su caballo.
       —Eso sí que es un caballo, y no los indecentes jamelgos que montáis vosotros. En todo vuestro maldito ejército no hay un solo caballo que pueda toserle...
       Cuando Mary se acercaba de nuevo cautelosamente al agujero, los tres guardias que había delante del establo advirtieron en voz baja:
       —¡Cuidado, Pete! Ahí llega el teniente.
       El centinela interrumpió su apasionado elogio de su caballo y adoptó una actitud marcial.
       Un oficial alto y delgado, barbilampiño, entró en el establo. El centinela le saludó, muy rígido. El oficial dirigió una escrutadora mirada a su alrededor.
       —¿Alguna novedad?
       —Sin novedad, mi teniente.
       Los ojos del oficial semejaban las puntas de dos estiletes. Las líneas que descendían de su nariz hasta las comisuras de la boca eran profundas y le conferían un aspecto ligeramente desagradable, pero en su rostro había una expresión pensativa, como la del sabio que se abstrae meditando sobre temas trascendentales, en agudo contraste con la rapacidad y dureza de sus ojos, que lo observaban y lo veían todo.
       Súbitamente, levantó un dedo y señaló:
       —¿Qué es eso?
       —¿Eso? Una caja para guardar el grano, supongo.
       —¿Qué hay en ella?
       —No lo sé. Yo...
       —Tendría usted que saberlo —dijo el oficial en tono brusco. Se acercó a la caja del grano y levantó la tapadera. Inclinándose sobre la caja, introdujo una mano en su interior. Cuando se incorporó, tenía un puñado de grano en la mano y lo dejó caer de nuevo en forma de lluvia—. Cuando tiene prisioneros a su cargo, está obligado a saber lo que hay en todas las cosas...
       Al producirse el incidente, la muchacha había estado a punto de desmayarse. Apoyó débilmente las manos en las tablas, buscando algo a que agarrarse. Con la palidez de la muerte había contemplado el movimiento del brazo del oficial al introducirse en la caja, y le había visto soltar el puñado de grano... lo único que, al parecer, había encontrado dentro. Mary quedó estupefacta. Se negaba a dar crédito a sus sentidos ante el espectáculo de tres hombres metamorfoseados en un puñado de grano.


IV

       Resulta curioso que la ausencia de los tres hombres de la caja del grano en el momento de la aparición del teniente en el establo fuera para la muchacha más causa de terror que de alegría. Había estado rezando para que sucediera precisamente aquello. Al parecer, la fuga de aquellos hombres en contra de todas las probabilidades, le había sido concedida, pero su sensación predominante era de espanto. La caja del grano era una máquina misteriosa y terrible, como la trampa de un mago. A Mary no le hubiera extrañado lo más mínimo, en aquellos momentos, ver a los tres fantásticos soldados flotando espectralmente a través del aire. Miró con súbita aprensión detrás de ella y, cuando el deslumbramiento producido por la luz del farol hubo desaparecido de sus ojos, no vio más que el oscuro perfil de la colina extendiéndose en solemne silencio.
       El interior del establo poseía para ella otra fascinación, porque ahora era peligroso. Contenía aquella extraordinaria caja del grano. Cuando volvió a mirar a través del agujero, el prisionero tranquilo estaba sentado encima de la caja, repiqueteando en ella con sus talones, como si la caja no tuviera nada de notable. El centinela estaba también de pie a poca distancia de la caja. Tenía el fusil apoyado en el hueco de su brazo, las piernas muy separadas, y murmuraba algo. Más allá, los otros tres soldados estaban conversando de nuevo en voz baja. El teniente se había retirado.
       La temblorosa luz amarilla del farol extendía detrás de los hombres unas monstruosas sombras oscilantes.
       Había espacios de oscuridad que envolvían las cosas ordinarias en un impresionante atavío. El techo mostraba una inescrutable negrura y, de cuando en cuando, el viejo “Santo” golpeaba estruendosamente el suelo con uno de sus cascos. Los talones del prisionero marcaban en la caja del grano una especie de compás que sonaba como el misterioso tam-tam de los negros en la selva. Cuando los hombres movían sus cabezas, sus ojos brillaban con una blancura fantasmal y sus facciones eran siempre céreas e irreales. Y allí estaba aquella extraña caja del grano, con su carga de fantástico misterio.
       Repentinamente, y procedente de algún lugar próximo a sus pies, la muchacha oyó un leve sonido, una especie de roedura, como si algún silencioso y discreto zorrero estuviera excavando debajo de la hierba. Mary dio un salto hacia atrás. Aquél era, sin duda, otro detalle grotesco de este episodio sobrenatural. No echó a correr, porque físicamente se encontraba en poder de aquellos acontecimientos. Sus pies la encadenaban al suelo, sometiéndola a aquella sucesión de horrores. Mientras miraba hacia el lugar del cual parecía proceder el sonido, flotó a través de su mente una vaga y dulce visión: una visión de su habitación, pequeña y segura, en la cual a esta hora solía estar durmiendo.
       El sonido continuaba produciéndose, débilmente y con frecuentes pausas, como si el zorrero se detuviera a escuchar. Cuando la muchacha había apartado los ojos del agujero, todo lo que la rodeaba apareció envuelto en una aterciopelada negrura; luego, paulatinamente, los objetos empezaron a hacerse visibles. Mary podía ver ahora el lugar donde las copas de los árboles se unían con el cielo, y la forma del establo estaba delante de ella, teñida de oscura púrpura. Estuvo a punto de lanzar un grito, pero ningún sonido salió de su garganta. Se quedó mirando fijamente el suelo a sus pies, con la expresión del que contempla el siniestro ondular de la hierba, anunciando la proximidad de una serpiente.
       Súbitamente, la hierba se movió como si la empujaran desde abajo. En un momento determinado, Mary imaginó que veía unas manos humanas, algo borrosas, pero inequívocamente humanas. Y, de pronto, una idea que iluminó toda la situación llameó en su mente. Los tres hombres, poco antes encerrados en la caja del grano, estaban ahora debajo del piso del establo y se estaban abriendo camino hacia el exterior. No se detuvo a pensar cómo podían estar allí. Eran seres maravillosos. Unos seres de los que cabía esperar lo sobrenatural. Mary ya no temblaba, porque en aquel instante estaba poseída por la más inquebrantable de las convicciones.
       Se inclinó apresuradamente y concentró la mirada en el lugar donde acababa de moverse la hierba. Poco después, un par de manos asomaron por debajo de las tablas. Unas manos humanas, desde luego.
       Mary susurró:
       —¡Eh!
       Las manos desaparecieron rápidamente. La muchacha reflexionó unos instantes. Luego volvió a susurrar:
       —¡Eh! ¡Soy yo!
       Al cabo de un rato, las fantasmales manos reemprendieron su cauteloso trabajo de excavación. Mary esperó. En el interior del establo, el viejo “Santo” se removía perezosamente. El centinela conversaba con el prisionero.
       Finalmente, la muchacha vio una cabeza que asomaba por debajo del establo. Reconoció el rostro de uno de los maravillosos soldados que se habían introducido, por consejo de ella, en la caja del grano. Un par de ojos brillaron y oscilaron de un lado para otro, hasta posarse sobre ella, una pálida estatua de muchacha. Los ojos se iluminaron con una especie de alegre saludo. Un brazo hizo un gesto hacia ella.
       Inclinándose, la muchacha murmuró:
       —Todo va bien; adelante.
       El hombre volvió a esconder la cabeza debajo del granero. Un momento después, el par de manos reanudó su cautelosa tarea. Finalmente, empezaron a surgir de la tierra los brazos y la cabeza del hombre. Estaba tendido sobre su espalda. Mary pensó que sus cabellos quedarían llenos de tierra. Retorciéndose como una culebra, el hombre abrió paso lentamente al resto de su cuerpo. El torso... las caderas... ¡los pies! Lo primero que hizo al recobrar la vertical, junto a la muchacha, fue sacudirse maquinalmente la tierra de su uniforme.
       En el interior del establo, el centinela y el prisionero estaban enzarzados en una disputa, evidentemente.
       La muchacha y el primer soldado maravilloso se saludaron con un gesto. Parecían temer que sus brazos produjeran algún ruido al pasar a través del aire. Sus labios se movieron, transmitiéndose silenciosos mensajes.
       Utilizando aquel lenguaje por señas, la muchacha describió la situación en el establo. Con prudentes movimientos, indicó al soldado la importancia de guardar silencio absoluto. El soldado asintió, y empleando los mismos medios le habló a Mary de sus dos compañeros, informándola de que, heridos como estaban, la empresa de salir de debajo del establo era una hazaña casi imposible para ellos. Contorsionó su rostro, para indicar lo doloridos que tenía los brazos; y sus compañeros tenían las heridas precisamente en los brazos...
       La “conversación” quedó interrumpida por el ruido de un cuerpo que era arrastrado o se arrastraba lentamente debajo del establo. El ruido era demasiado fuerte para lo que convenía a su seguridad. Mary y el soldado se inclinaron sobre el agujero y empezaron a agitar los brazos hacia el oscuro interior del agujero, hasta que apareció una cabeza con los ojos muy abiertos y una sonrisa en el rostro.
       Los frenéticos movimientos de los brazos de la pareja apagaron aquella sonrisa y, con ella, el comprometedor ruido. Con dramáticos gestos, informaron a la cabeza de las terribles consecuencias del atronador ruido. La cabeza asintió y, trabajosamente, pero con sumo cuidado, el segundo hombre fue retorciéndose hasta salir del agujero.
       En un leve susurro, el primer hombre dijo:
       —¿Dónde está Sim?
       El segundo hombre respondió:
       —Ahí, muy cerca.
       Y señaló hacia el agujero.
       Cuando apareció la tercera cabeza, todos los rostros se iluminaron con una sonrisa, y el grupo de sordomudos intercambió expresivas miradas.
       Cuando estuvieron todos en pie, juntos, libres de aquel trágico establo, dejaron escapar un largo suspiro, contemporáneo de otra sonrisa y de otro intercambio de miradas.
       Uno de los hombres se acercó de puntillas a uno de los agujeros de las tablas y atisbo el interior del establo.
       En aquel momento, estaba diciendo el centinela:
       —Sí, les conocemos a todos —estaba diciendo—. No hay una sola casa en esta región que pueda ocultarles sin que nosotros lo sepamos. Les cogeremos muy pronto... como le hemos cogido a usted. Nosotros...
       El hombre se apartó precipitadamente del agujero y volvió a reunirse con los otros. En su rostro había una expresión reveladora de que acababa de efectuar un sorprendente descubrimiento. Los otros le interrogaron con la mirada, pero él se limitó a agitar un brazo para indicar que no podía hablar en aquel lugar. Echaron a andar hacia la colina, avanzando cautelosamente. Cuando estuvieron a una distancia prudencial del establo, y mientras el grupo se reunía ávidamente a su alrededor, el hombre que había estado mirando a través del agujero exclamó, en voz baja pero en tono reconcentrado:
       —¡El... prisionero es el capitán Sawyer!
       —¡El capitán Sawyer! —susurraron los otros hombres con acento de incredulidad.
       Pero la muchacha tenía algo que preguntar.
       —¿Cómo consiguieron salir de la caja del grano?
       El soldado que había salido en primer lugar sonrió.
       —Bueno, cuando usted nos metió, no tardamos ni un minuto en decidir que no era un lugar seguro, y nos permitimos abandonarlo. Empezamos a dar vueltas de un lado para otro, hasta que se nos ocurrió meternos en el pesebre de las vacas. Como usted ya sabe, están pegados a la pared posterior, y su fondo queda al nivel del suelo. La tierra era blanda y empezamos a escarbar... Nos dimos cuenta de que hacían entrar a un prisionero, pero no pudimos reconocer la voz del capitán Sawyer. Le oímos discutir con el centinela, y nos dimos cuenta de que era un hombre cabal, pero no podíamos sospechar que fuera él. No, señora.
       Aquellos tres hombres, recién salidos de una situación peligrosa, parecían haberse olvidado repentinamente de ella. Contemplaban el establo con una expresión de tristeza. No parecían trazar planes para huir a un lugar más seguro. Daban la impresión de haber sido aplastados por una súbita desgracia.
       —¿Cómo crees que le cogieron, Sim? —susurró tristemente uno de ellos.
       —No lo sé —respondió otro en el mismo tono.
       El tercero expresó con dos palabras su opinión sobre los métodos utilizados por el Destino:
       —¡Oh, demonios del infierno!
       Los tres hombres se sobresaltaron, como si alguien acabara de pincharles al mismo tiempo, y miraron a la joven que permanecía silenciosa junto a ellos.
       El hombre que había hablado en último lugar empezó a disculparse.
       —Perdone, señorita. Le juro por mi alma que me había olvidado de su presencia. De no ser así, no hubiera soltado esa maldición. De veras que no.
       La muchacha no pareció oírle. Estaba contemplando fijamente el establo.
       Repentinamente, se volvió y susurró:
       —¿Quién es él?
       —Es el capitán Sawyer, señora —murmuró tristemente uno de los soldados—. Nuestro capitán. Llevamos mucho tiempo a sus órdenes. Tiene parientes cerca de aquí. Seguramente le cogieron cuando estaba visitándolos.
       La muchacha permaneció silenciosa unos instantes, y luego, con voz asustada, preguntó:
       —¿Van a... van a colgarle?
       —No, señora. ¡Oh, no señora! No creo que hagan una cosa así. No, señora.
       El grupo quedó absorto en la contemplación del establo. Durante un largo rato, nadie se movió ni habló. Finalmente, la muchacha se vio arrancada de su abstracción por unos leves sonidos y, al volverse, vio que los tres hombres que acababan de fugarse del establo se dirigían de nuevo hacia él.


V

       Mary, sola en medio de la oscuridad nocturna, esperaba oír de un momento a otro el repentino estallido de una lucha: en cuanto los tres hombres llegaran al establo. Un sudor frío la invadió al pensar en el desastre que aguardaba a una empresa tan desesperada. Impulsivamente, decidió correr hacia ellos para obligarles a retroceder. La hierba ahogó el sonido de sus pasos mientras andaba velozmente hacia el establo.
       Cuando llegó allí, miró a su alrededor, asombrada. Los hombres habían desaparecido. Investigó con la mirada, tratando de localizar algo que se moviera, pero no pudo ver nada.
       La muchacha se sintió sola y empezó a asustarse de la noche. Las grandes extensiones de oscuridad podían ocultar serpenteantes peligros. En su ansiedad por ver a un ser humano, se acercó de nuevo al agujero de las tablas. El centinela, al parecer, se había cansado de hablar, y estaba meditando. El prisionero continuaba sentado en la caja del grano, contemplando el suelo con expresión pensativa. Mary tuvo la impresión de que estaba viendo un grupo fantasmal de figuras de cera. Se sobresaltó cuando el viejo caballo golpeó el suelo con los cascos. Si al menos hablaran... Su silencio aumentaba lo extraño de su aspecto. Podía confundírseles perfectamente con dos hombres muertos.
       De pronto experimentó el impulso de mirar hacia abajo, hacia el pesebre de las vacas. El farol proyectaba muy poca claridad sobre aquel apartado rincón, y de momento la muchacha no pudo ver absolutamente nada. Pero no cejó en sus intentos de horadar las sombras con los ojos, a pesar de lo forzado de su posición, que la obligaba a proyectar la vista hacia abajo a través del pequeño agujero. Finalmente, su paciencia —o su obstinación— se vio recompensada. Acababa de ver algo que se movía. Algo que podía ser tan pequeño como un ratón o tan grande como un hombre. En cualquiera de los dos casos, demostraba que en aquel lugar había algo vivo. En un momento determinado lo veía claramente, y un momento después, debido a que la fijeza de su mirada ponía una cortina borrosa ante sus ojos, se desvanecía. Al final, sin embargo, divisó una cabeza humana. Una cabeza monstruosamente desgreñada. Se movió lentamente hacia adelante, hasta que su mirada pudo caer sobre el prisionero, y luego sobre el centinela. Los oscilantes reflejos del farol hacían que los ojos relucieran como plata. El corazón de Mary empezó a latir de un modo tan impetuoso y a un ritmo tan acelerado que la muchacha se vio obligada a apretar las dos manos contra su pecho, para tratar de contener aquel tumulto.
       El centinela y el prisionero permanecían completamente inmóviles, mientras la cabeza que surgía del suelo les contemplaba con sus plateados ojos.
       Finalmente, el prisionero se deslizó al suelo y, levantando los brazos, bostezó ruidosamente.
       —Bueno —observó—; si os quedáis aquí el tiempo suficiente, os darán un buen repaso. Siempre es un consuelo, aunque yo no pueda presenciarlo. Os darán una lección. —Reflexionó unos instantes, y añadió—: Doy por bien empleada mi captura, si a cambio recibís una buena lección.
       El centinela levantó la mirada y sonrió con aire de superioridad.
       —Una lección, ¿eh? ¡Qué más quisiera usted, amigo! ¿Por qué no nos la dieron en...? ¿Y en...? ¿Y en...?
       Citó algunas de las grandes batallas.
       El cautivo le miró con expresión asombrada.
       —¡Cómo! ¿Acaso no lo hicimos?
       La sonrisa del centinela se hizo más irónica.
       —Sí, desde luego. Nos dieron una lección, ¿verdad? Nos enseñaron a correr... detrás de ustedes. Nosotros...
       Se interrumpió bruscamente, alarmado por un sonido que rompió el silencio nocturno: el estallido de un disparo lejano, que despertó centenares de ecos entre las colinas, seguido inmediatamente por el grito de una voz humana, un grito de advertencia, mezcla de sorpresa y de miedo a la muerte. Un momento después se oyó un lejano crepitar de disparos. El centinela y el prisionero permanecieron en pie, uno enfrente del otro, con los labios entreabiertos, escuchando.
       A continuación, los alrededores del establo se convirtieron en un infierno de juramentos, voces de mando, movimientos frenéticos, entrechocar de armas... Un caballo cruzó el pomar a un furioso galope. Una voz gritó imperiosa: “¿Qué sucede, Ferguson?” Otra voz aulló algo ininteligible.
       El prisionero dio un paso hacia adelante. Inmediatamente, los ojos del centinela centellearon y ordenó en un tono que sonó como un trallazo:
       —¡No se mueva!
       El prisionero temblaba de excitación. A sus labios asomaron expresiones de júbilo y de triunfo.
       —¡Lo que yo decía, amigo! Ahora... ahora vais a saber lo que es bueno...
       El centinela levantó el fusil y apoyó la culata en su hombro. El cañón del arma apuntaba directamente a la cabeza del prisionero.
       —Bueno, de todos modos, le tenemos a usted. ¡Recuerde esto: no se mueva!
       El prisionero no pudo evitar la nerviosa agitación de sus brazos.
       —No me moveré —dijo—. Pero...
       —¡Y cierre el pico!
       Los tres compañeros del centinela entraron precipitadamente en el establo.
       —¡Pete! ¿Puedes...?
       —Lo tengo a buen recaudo —dijo el centinela tranquilamente y sin moverse. Era como si el cañón del fusil descansara sobre un trípode de hierro. Los tres compañeros dieron media vuelta y se hundieron en la oscuridad.
       El prisionero y su guardián se contemplaron mutuamente en silencio.
       En cuanto a la muchacha, el firmamento se había desplomado encima de ella al comienzo de aquel fragor. No le hubiera asombrado ver caer a las estrellas y desaparecer la vegetación, el establo, todo... Era el fin de todas las cosas, el gran asesinato universal. Cuando dos de los tres maravillosos soldados surgieron del agujero practicado debajo del establo y desaparecieron en la oscuridad, Mary apenas les miró.
       Repentinamente, recordó la cabeza de ojos plateados. Se inclinó hacia adelante, y volvió a aplicar sus ojos al agujero de las tablas. A pesar del estrépito procedente del pomar, del tramo superior y del tramo inferior de la carretera, de los cielos y de las entrañas de la tierra, la fascinación principal era la misteriosa cabeza. Allí, para ella, estaba el dios oscuro de la tragedia.
       En aquel momento, el prisionero estalló en una carcajada que no era más que un histérico gorgoteo.
       —Bueno, no podrá usted sostener ese fusil indefinidamente. No tardará en bajarlo...
       La voz del centinela sonó ligeramente ahogada, ya que su mejilla estaba apretada contra la culata del arma.
       —Puedo resistir aún durante algún tiempo.
       La muchacha vio que la cabeza se alzaba lentamente, con los ojos clavados en el rostro del centinela. Una figura alta y negra surgió del pesebre de las vacas y se desvaneció detrás del comedero del viejo “Santo”. Mary sabía lo que iba a suceder. Sabía que aquella figura estaba allí con una terrible misión, y que reaparecería pegada a la pared que quedaba detrás del centinela; y, sin embargo, cuando vio una especie de sombra agazapada allí estuvo a punto de dejar escapar un grito.
       Los brazos del centinela, al fin y al cabo, no eran de hierro. Se movió con impaciencia. Finalmente, murmuró:
       —Bueno, creo que tendrá que meterse usted en esa caja del grano. Retroceda y levante la tapadera.
       —No estoy dispuesto a...
       —¡Retroceda!
       La muchacha notó que un grito de advertencia subía a sus labios mientras contemplaba al centinela. Observó cada uno de los detalles de su expresión facial. Vio, además, su masa de pelo castaño arracimada descuidadamente alrededor de sus orejas, sus ojos claros iluminados ahora por una luz fría y dura, el anillo que llevaba en el tercer dedo de la mano izquierda.
       —¡Oh, no van a matarle! ¡No van a matarle!
       El ruido de la lucha en el pomar era la música de fondo, el trueno y el relámpago, el rugir de la tormenta que le gusta oír a la gente durante la escena culminante de una tragedia.
       Cuando el prisionero retrocedía, obedeciendo a regañadientes miró durante una fracción de segundo a la pared que se extendía detrás del centinela, y lo que vio allí debió de quedar impreso en sus ojos. En aquella fracción de segundo, cierta información pasó de la figura alta y negra al prisionero, y del prisionero al centinela. Pero en aquel mismo instante la figura alta y negra se irguió, amenazadora, y saltó hacia adelante.
       En cuanto a la muchacha, cuando recobró el sentido se encontró a sí misma de pie, con las manos entrelazadas y gritando con todas sus fuerzas.
       Como si hubiera perdido la razón, echó a correr, dio la vuelta al establo, cruzó la puerta y se arrodilló, sollozando, junto al cuerpo del soldado uniformado de azul.
       En el exterior, el ruido de la lucha fue haciéndose menos intenso, hasta apagarse del todo.
       De repente, se oyeron pasos precipitados que se acercaban al establo. Entró un grupo de soldados, los cuales se detuvieron inmediatamente, en actitudes de sorpresa y de rabia, para rugir luego a coro:
       —¡Ha desaparecido!
       La muchacha, que estaba arrodillada junto al cuerpo caído en el suelo, volvió hacia ellos sus llorosos ojos y exclamó:
       —No está muerto, ¿verdad? No puede estar muerto.
       Los soldados se acercaron. El teniente de rostro pensativo se arrodilló al lado de la muchacha y apoyó su cabeza en el pecho del soldado caído.
       —No —dijo, incorporándose—. Está perfectamente. ¡A ver, muchachos! Traigan un cubo de agua y refrésquenle un poco.
       —¿Está usted seguro? —preguntó la muchacha, en tono anhelante.
       —¡Desde luego! Dentro de un rato se sentirá como nuevo.
       —¡Oh! —suspiró la muchacha, y luego miró de nuevo al centinela.
       Empezó a incorporarse, y el teniente la ayudó cogiéndola del brazo con evidente timidez.
       —No tiene por qué preocuparse, señorita. Está perfectamente.
       Mary volvió de nuevo sus ojos hacia el inconsciente soldado caído en el suelo. A continuación echó a andar hacia la puerta. El teniente se inclinó, los soldados formaron un pasillo, la muchacha desapareció.
       —¡Qué cosa más rara! —dijo un joven oficial—. Esa muchacha es una rebelde, sin duda alguna, y, sin embargo, llora desconsoladamente por uno de sus enemigos. Apostaría cualquier cosa a que vuelve a presentarse con toda clase de remedios caseros... ¡Qué cosa más rara!
       El teniente se encogió de hombros. Después de meditar unos instantes, volvió a encogerse de hombros. Dijo:
       —La guerra cambia muchas cosas; pero, afortunadamente, no las cambia todas.



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