Shirley Jackson
(San Francisco, California, 1916 - North Bennington, Vermont, 1965)


Charles (1948)
(“Charles”)
Originalmente publicado en la revista Mademoiselle (julio de 1948);
The Lottery and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Company, 1949, 306 págs.)



      El día que mi hijo Laurie empezó a ir a la escuela de párvulos renunció a los pantalones de pana con peto y empezó a llevar vaqueros con cinturón. La primera mañana, lo vi salir con la niña mayor de la casa de al lado y me di cuenta de que había terminado una época de mi vida: mi pequeñín de voz dulce que iba al jardín de infancia se había convertido en un hombrecito orgulloso de sus pantalones largos que se olvidó de detenerse en la esquina para decirme adiós con la manita.
       Ese día, volvió a casa de la misma manera: la puerta principal se abrió de golpe, la gorra rodó por el suelo y la vocecilla estridente gritó de pronto:
       —¿No hay nadie en casa?
       Durante el almuerzo, le respondió con insolencia a su padre, derramó la leche de su hermanita y comentó que la maestra les había dicho que no debían usar el nombre de Dios en vano.
       —¿Qué tal te fue en la escuela? —le pregunté con estudiada despreocupación.
       —Muy bien.
       —¿Aprendiste algo? —quiso saber su padre.
       —No aprendí nada —declaró Laurie, mirando a su padre con frialdad.
       —¿Nada? —intervine yo—. ¿No aprendiste nada?
       —Pero la maestra le dio unos azotes a un niño —explicó Laurie, hablándole a su pan con mantequilla—. Por descarado —añadió con la boca llena.
       —¿Quién era? —pregunté—. ¿Qué hizo?
       Laurie permaneció pensativo por unos instantes.
       —Se llama Charles. Es un descarado. La maestra le dio un azote y lo castigó de pie en un rincón. Es un niño muy descarado.
       —¿Pero qué hizo? —volví a preguntar, pero Laurie se bajó de la silla, agarró una galleta y se marchó sin hacer caso a su padre, que le ordenaba:
       —Vuelve aquí, jovencito.
       Al día siguiente, a la hora de comer, Laurie comentó, tan pronto como se hubo sentado a la mesa:
       —Hoy, Charles se volvió a portar mal —y, con una sonrisa enorme, añadió—: Hoy le pegó a la maestra.
       —¡Cielo santo! —exclamé, procurando no usar el nombre de Dios en vano—. Supongo que habrá recibido de nuevo unos azotes, ¿no?
       —Claro que sí —respondió Laurie—. ¡Mira aquí! —le dijo a su padre.
       —¿Qué? —dijo éste, volviendo la vista hacia él.
       —¡Mira aquí! ¡Mira allá! —exclamó Laurie—. ¡Jo, papá, qué tonto eres! —y se echó a reír como un loco.
       —¿Por qué le pegó a la maestra ese Charles? —me apresuré a preguntar.
       —Porque lo quería hacer pintar con lápices rojos. Charles quería pintar con los verdes, y por eso le pegó a la maestra y ella le dio un azote y dijo que nadie jugara con él, pero todos lo hicieron.
       El tercer día, el miércoles de la primera semana de escuela, Charles le dio con el columpio en la cabeza a una niña y la hizo sangrar, y la maestra lo castigó a quedarse en la clase durante todo el recreo. El jueves, Charles tuvo que pasarse en el rincón toda la hora de los cuentos porque no dejaba de patalear. El viernes, Charles fue privado del privilegio de borrar el pizarrón porque se dedicó a arrojar gises.
       El sábado le comenté a mi esposo:
       —¿No crees que la escuela alteró a Laurie? Está muy alborotado, muy respondón, y ese Charles parece una mala influencia.
       —No le pasará nada —respondió mi marido, con aire tranquilizador—. En el mundo tiene que haber gente como ese Charles y da lo mismo que Laurie los conozca ahora o más tarde.
       El lunes, Laurie volvió a casa tarde, cargado de noticias.
       —¡Charles! —empezó a gritar nada más aparecer por la cuesta. Yo lo esperaba inquieta en la escalera de entrada—. ¡Charles! —continuó gritando mientras corría cuesta arriba —. ¡Charles volvió a portarse mal!
       —Entra enseguida —dije yo cuando estuvo lo bastante cerca—. Tienes la comida en la mesa.
       —¿Sabes qué hizo Charles? —preguntó, entrando en casa detrás de mí—. Se puso a chillar tan fuerte que enviaron a un niño de primer curso a decirle a la maestra que lo obligara a callarse, y la maestra lo castigó a quedarse después de clase. Y todos los demás niños se quedaron a hacerle compañía.
       —¿Qué hizo entonces? —le pregunté.
       —Nada. Esperar sentado —explicó Laurie, encaramándose a su silla—. Hola, papá, tienes un pelo que parece un cepillo.
       —Hoy castigaron a Charles a quedarse después de clase —le conté a mi marido—. Y todos los niños se quedaron a acompañarlo.
       —¿Qué aspecto tiene ese Charles? —preguntó mi esposo a Laurie—. ¿Cuál es su apellido?
       —Es más alto y fuerte que yo. Y no tiene zapatos de goma y nunca lleva chaqueta.
       El lunes por la noche se celebraba la primera reunión de padres y maestros y sólo me impidió acudir el hecho de que la pequeña estaba resfriada. Ardía en deseos de conocer a la madre de Charles. El martes, Laurie comentó de improviso:
       —Hoy, la maestra recibió una visita en la escuela.
       —¿La madre de Charles? —preguntamos al unísono mi marido y yo.
       —Naaaa —respondió Laurie en tono despectivo—. Era un hombre que vino para enseñarnos a hacer unos ejercicios físicos. Nos hizo tocarnos las puntas de los pies con las manos. Miren —saltó de la silla y se puso en cuclillas y se tocó las puntas de los pies —. Así —indicó. Volvió a su sitio en la mesa con aire solemne, asió el tenedor y añadió —: Pero Charles no hizo ni un solo ejercicio.
       —Es estupendo que hagan gimnasia —respondí con alegría—. ¿Así que Charles no quiso hacer los ejercicios?
       —Naaaa —repitió Laurie—. Fue tan descarado con el amigo de la maestra que no lo dejaron hacer gimnasia con los demás.
       —¿Descarado? ¿Otra vez?
       —Hasta le dio una patada al amigo de la maestra —informó Laurie—. Le dijo que se tocara la punta de los pies como yo lo acabo de hacer, y Charles le dio una patada.
       —¿Qué crees que van a hacer con Charles? —le preguntó su padre. Laurie se encogió de hombros en un gesto estudiado.
       —Supongo que lo echarán de la escuela.
       El miércoles y el jueves pasaron sin novedad; Charles se puso a chillar durante la hora de los cuentos y le pegó a un niño en el estómago y lo hizo llorar. El viernes, volvió a quedarse castigado después de clase y los demás niños le hicieron compañía otra vez. A la tercera semana de escuela, Charles era ya una institución en nuestra familia: cuando la niña se pasaba la tarde llorando, decían que estaba en plan Charles; cuando Laurie llenó de tierra el carrito y lo paseó por toda la cocina, le llamamos Charles. Hasta mi marido, cuando se enganchó el codo con el cable del teléfono y tiró al suelo el teléfono, el cenicero y un jarrón de flores, murmuró, pasado el primer momento: “Parece obra de Charles”.
       Durante la tercera y la cuarta semana, pareció que Charles empezaba a reformarse. El jueves de la tercera semana, Laurie informó con voz lúgubre a la hora del almuerzo:
       —Hoy, Charles se portó tan bien que la maestra le dio una manzana.
       —¿Qué? —respondí incrédula, y mi marido añadió cautelosamente.
       —¿Dijiste Charles?
       —Sí, Charles —asintió Laurie—. Se encargó de repartir los lápices de colores y de recoger las libretas con los dibujos y la maestra le dijo que había sido un buen ayudante.
       —¿Y qué más sucedió? —pregunté, incrédula.
       —Le hizo de ayudante, nada más —respondió Laurie, y se encogió de hombros.
       Esa noche, le pregunté a mi marido si era posible una cosa así de Charles.
       —¿Puede ser cierto que haya cambiado?
       —Esperemos a ver —respondió mi marido con ironía—. Cuando tratas con una buena pieza como Charles, puede que eso signifique que está tramando alguna.
       Sin embargo, dio la impresión de que se equivocaba en su juicio. Charles fue ayudante de la maestra más de una semana. Cada día, se encargó de repartir el material y volver a recogerlo. Y nadie tuvo que quedarse después de clase para hacerle compañía.
       —La semana que viene vuelve a haber reunión de padres y maestros —le dije una tarde a mi marido—. Por fin conoceré a la madre de Charles.
       —Pregúntale qué le pasó a su hijo —apuntó mi esposo—. Me gustaría saberlo.
       —A mí también me gustaría —respondí.
       El viernes de esa semana, volvió la normalidad.
       —¿Saben qué hizo hoy Charles? —preguntó Laurie durante la comida, casi con admiración—. Le dijo a una niña que dijera una palabra, y la niña la dijo y la maestra le lavó la boca con jabón y Charles se echó a reír.
       —¿Qué palabra? —tuvo la imprudencia de preguntar su padre, y Laurie respondió:
       —Tendré que decírtela al oído porque es feísima.
       Saltó de la silla y rodeó la mesa hasta llegar a su padre. Mi marido inclinó la cabeza hacia él y Laurie le cuchicheó algo con alborozo. Su padre abrió los ojos como platos.
       —¿Charles le dijo a la niña que dijera eso? —preguntó asombrado.
       —Y ella lo dijo dos veces —asintió Laurie—. Charles le dijo que la repitiera dos veces.
       —¿Qué le sucedió a Charles? —quiso saber mi marido.
       —Nada —respondió Laurie—. Él estaba repartiendo los lápices de colores.
       El lunes por la mañana, Charles dejó en paz a la niña y pronunció él mismo la palabrota tres o cuatro veces, y en cada ocasión la maestra le lavó la boca con jabón. También estuvo aventando gises.
       Esa tarde, mi marido me acompañó hasta la puerta cuando salía hacia la reunión de padres y maestros.
       —Invita a la madre de Charles a tomar una taza de té con nosotros después de la reunión —me dijo—. Tengo ganas de ver qué aspecto tiene.
       —Eso, si aparece —respondí, casi como una súplica.
       —Aparecerá —aseguró mi marido—. No veo cómo van a hacer una reunión de padres y maestros sin la madre de ese chico.
       Me pasé la reunión muy inquieta, estudiando uno por uno los rostros afables y dignos de las asistentes y tratando de determinar cuál de ellos ocultaba el secreto de Charles, pero ninguno me pareció lo bastante demacrado. Nadie se levantó en la reunión para disculparse por el comportamiento de su hijo. Y nadie mencionó a Charles.
       Al término de la reunión, identifiqué a la maestra de Laurie y fui a hablar con ella. Ella tenía un plato con una taza de té y un pedazo de pastel de chocolate; en el mío había otra taza de té y pastel con merengue. Nos acercamos la una a la otra con cierta cautela y una sonrisa.
       —Tenía muchas ganas de conocerla —le dije—. Soy la madre de Laurie.
       —¡Ah! Todas estamos muy interesadas en Laurie —respondió ella.
       —A mi hijo le encanta la escuela —declaré—. Siempre está hablando de ella.
       —Durante la primera semana, más o menos, tuvimos ligeros problemas de adaptación con su hijo —me informó la maestra—, pero ahora es un buen ayudante en clase. Con alguna que otra excepción, por supuesto.
       —Laurie suele adaptarse muy deprisa —respondí—. Supongo que esta vez es la influencia de Charles.
       —¿Charles?
       —Sí —dije, con una risilla—. Con ese Charles en la clase, supongo que todo el mundo en la escuela debe estar de cabeza.
       —¿Charles? —repitió ella—. No tenemos ningún Charles en la escuela.




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