Shirley Jackson
(San Francisco, California, 1916 - North Bennington, Vermont, 1965)


Coloquio (1949)
(“Colloquy”)
Originalmente publicado en la revista The New Yorker (5 de agosto de 1944);
The Lottery and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Company, 1949, 306 págs.)



      El doctor tenía un aire respetable y competente. La señora Arnold se sintió vagamente aliviada con su presencia y su agitación remitió un poco. Notó que el hombre advertía el temblor de su mano cuando se inclinó hacia adelante para pedirle lumbre y le dirigió una sonrisa de disculpa, pero el doctor le replicó con una mirada muy seria.
       —Parece usted trastornada —declaró en tono grave.
       —Lo estoy, y mucho —asintió la señora Arnold, esforzándose por hablar con voz pausada e inteligible—. Por eso he venido a verlo a usted en lugar de acudir con el doctor Murphy, nuestro médico habitual —el doctor frunció ligeramente el ceño—. Es por mi esposo —continuó la señora Arnold—. No quiero que sepa que estoy preocupada y, probablemente, el doctor Murphy consideraría necesario ponerlo al corriente.
       La señora Arnold advirtió que el médico asentía sin comprometerse.
       —¿Cuál parece ser el problema?
       La señora Arnold aspiró profundamente e inquirió:
       —Doctor, ¿cómo sabe una persona si se está volviendo loca?
       El médico alzó la vista.
       —No es tan absurdo —continuó la señora Arnold—. No pretendía decirlo de esa manera pero, de todos modos, resulta bastante difícil explicarlo sin hacer que parezca tan dramático.
       —La locura es más complicada de lo que usted cree —declaró el doctor.
       —Ya sé que es complicada —replicó la señora Arnold—. Eso es lo único de lo que estoy realmente segura. La locura es una de las cosas a las que me refiero.
       —Disculpe, ¿cómo dice?
       —Ése es mi problema, doctor.
       La señora Arnold se acomodó en la silla y sacó los guantes de debajo del bolso y los colocó cuidadosamente encima del mismo. Después, volvió a agarrarlos y los puso debajo otra vez.
       —Veamos si me lo cuenta usted todo —dijo el doctor.
       La señora Arnold emitió un suspiro y explicó:
       —Todos los demás parecen entenderlo, y yo no. Verá... —adelantó el cuerpo e hizo un ademán con la mano mientras hablaba—. No entiendo cómo vive la gente. Antes era todo muy sencillo. Cuando era niña, vivía en un mundo donde también vivía un montón de gente más, y todos vivían juntos y las cosas transcurrían sin agitaciones —miró al doctor, que volvía a observarla con el ceño fruncido. Luego, alzando un poco más la voz, la señora Arnold prosiguió—: Verá, ayer por la mañana, mi marido se detuvo a comprar el periódico camino de la oficina. Siempre compra el Times y siempre lo compra al mismo vendedor; pues bien, ayer el hombre no tenía ningún Times para mi marido, y cuando volvió a casa por la noche, dijo que el pescado estaba quemado y el postre demasiado dulce y se pasó toda la velada murmurando entre dientes.
       —Podría haber probado a encontrar el periódico en otra parte —dijo el doctor—. Muchas veces, a los vendedores del centro les quedan ejemplares más tarde que a los de barrio.
       —No —replicó la señora Arnold, pausada y nítidamente—, supongo que será mejor que empiece desde el principio. Cuando era niña... —comenzó a decir, pero se detuvo —. Verá —continuó—, ¿había entonces términos como “medicina psicosomàtica”, o “cárteles internacionales”, o “centralización burocrática”?
       —Bien... —balbuceó el doctor.
       —¿Qué significan? —insistió la señora Arnold.
       —En un periodo de crisis internacional —dijo el doctor en tono conciliador—, cuando se produce, por ejemplo, una rápida disgregación de los patrones culturales...
       —Crisis internacional... —murmuró la señora Arnold—. Patrones... —se echó a llorar en silencio—. Decía que el vendedor no tenía derecho a no guardarle un Times — añadió con voz histérica, revolviendo el monedero en busca de un pañuelo—, y luego se puso a hablar de planificación social a nivel local y de ingresos netos de recargos tributarios y de conceptos geopolíticos y de inflación deflacionaria —la voz de la señora Arnold se alzó hasta convertirse en un lamento—: ¡De veras lo dijo! ¡Inflación deflacionaria!
       —Señora Arnold —dijo el doctor, saliendo de detrás del escritorio—, así no vamos a conseguir que las cosas mejoren.
       —¿Y cómo vamos a conseguirlo? —replicó la señora Arnold—. ¿De veras todo el mundo menos yo se ha vuelto loco?
       —Señora —insistió el médico con severidad—, le ruego que se controle. En un mundo desorientado como el actual, la alienación de la realidad suele...
       —Desorientado... —repitió la señora Arnold, y se puso en pie—. Alienación... Realidad... —antes de que el doctor pudiera detenerla, llegó hasta la puerta y la abrió —. Realidad... —murmuró, y salió.




Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar