Shirley Jackson
(San Francisco, California, 1916 - North Bennington, Vermont, 1965)


Hombres con zapatones (1947)
(“Men with Their Big Shoes”)
Originalmente publicado en la revista The Yale Review (marzo de 1947);
The Lottery and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Company, 1949, 306 págs.)



      Era el primer verano que la joven señora Hart pasaba en el campo y era su primer año de casada y ama de casa; iba a tener pronto su primer hijo y era la primera vez en su vida que tenía, o creía tener, a alguien que podía responder remotamente a la descripción de una sirvienta. Cada día, mientras hacía reposo tal como le había indicado el médico, la señora Hart pasaba casi horas enteras felicitándose apaciblemente. Sentada en la mecedora en el porche de la casa, podía contemplar la calle tranquila con sus árboles y jardines y su gente amable que la saludaba con una sonrisa al pasar, o podía volver la cabeza y admirar la casa a través de los amplios ventanales que dejaban a la vista la bonita sala de estar con las cortinas de calicó y las fundas de los cojines a juego y el mobiliario de madera de arce, y también podía levantar un poco la vista hacia las cortinas blancas con volantes de las ventanas de los dormitorios. Era una casa de verdad; el lechero dejaba sus botellas en la puerta cada mañana, las macetas de brillantes colores alineadas a lo largo del pasamanos del porche tenían plantas de verdad que crecían y necesitaban un riego regular, el horno de la cocina se podía utilizar de verdad y la señora Anderson
       siempre andaba quejándose de las marcas de los zapatos en los pisos recién limpios, como una auténtica sirvienta.
       —Son los hombres quienes ensucian el piso —decía la señora Anderson, observando la huella de un tacón—. Las mujeres, si se fija, siempre dejan quietos los pies. Los hombres y sus zapatones...
       Y, tras esto, restregaba sin esmero la mancha con el trapo del polvo.
       Aunque la señora Hart le tenía un miedo irracional a la señora Anderson, había oído y leído tantas cosas acerca de si todas las amas de casa de la época se sentían intimidadas por sus empleadas de hogar que, al principio, ni siquiera le sorprendió la inquietud y la timidez que sentía ante ella. Además, el aire belicoso y autoritario de la señora Anderson parecía surgir espontáneamente de sus conocimientos de cómo preparar conservas y azúcar quemado, y de cómo hacer la masa con levadura para que subiera. La primera vez que la señora Anderson se había presentado en la puerta trasera de la casa para ofrecer sus servicios, brazos en jarras y con su rostro enrojecido y el cabello recogido y desagradablemente aplastado hacia atrás, la señora Hart había accedido a ciegas, atrapada entre las ventanas sin limpiar y un revoltijo de polvo y paquetes por desembalar. La señora Anderson había tenido el acierto de empezar por la cocina y, antes de nada, había preparado una taza de té a la señora Hart.
       —No debe usted fatigarse en exceso —comentó, mirando la cintura de la señora Hart—. Ahora tiene que andarse con cuidado.
       Para cuando la señora Hart descubrió que la señora Anderson nunca dejaba nada totalmente limpio y nunca
       acertaba a colocar de nuevo las cosas donde debía, era impensable hacer nada al respecto. Las huellas de los dedos de la señora Anderson estaban en todas las ventanas y el té matinal de la señora Hart era una costumbre establecida; la señora Hart ponía a hervir el agua justo después del desayuno y la señora Anderson preparaba una taza de té para cada una cuando llegaba, a las nueve.
       —Se necesita una taza de té caliente para empezar el día como es debido —comentaba amigablemente cada mañana—. Le prepara a una el estómago para la jornada.
       La señora Hart nunca se permitía pensar en la señora Anderson más que para sentir la reconfortante satisfacción de que le hicieran todas las tareas domésticas (“un verdadero tesoro”, les escribió a sus amigas de Nueva York, “y se preocupa por mí como una auténtica madre”), y no fue hasta que la señora Anderson llevaba ya más de un mes acudiendo diligentemente cada mañana, cuando la señora Hart aceptó la deprimente certeza de que su leve inquietud estaba justificada.
       Fue una mañana cálida y soleada, la primera tras una semana de lluvias, y la señora Hart se había puesto una bata de andar por casa especialmente bonita, lavada y planchada por la señora Anderson. Le preparó un huevo duro a su marido para desayunar y lo acompañó hasta la acera para decirle adiós con la mano hasta que dobló la esquina para tomar el autobús que lo llevaba a su trabajo, en un banco del pueblo vecino. Mientras desandaba el sendero del jardín hasta el porche, la señora Hart admiró la luz del sol en las contraventanas verdes y saludó con afecto a su vecina, que ya estaba pasando la escoba por el porche. Muy pronto tendré a mi bebé en su corralito en el jardín, pensó, y dejó la puerta principal abierta tras ella para que el sol entrara e impregnara el piso. Cuando entró en la cocina, la señora Anderson estaba sentada a la mesa y el té estaba servido.
       —Buenos días —dijo la señora Hart—. Qué mañana tan espléndida, ¿verdad?
       —Buenos días —dijo la señora Anderson, y señaló el té con un ademán—. Sabía que estaba usted delante y lo he preparado todo. No se puede empezar el día sin una taza de té.
       —Empezaba a pensar que no volvería a salir el sol — comentó la señora Hart. Tomó asiento y acercó la taza —. Me encanta que vuelva a hacer calor y buen tiempo.
       —El té le prepara a una el estómago, sí, señora. Ya le puse azúcar. Ahora, va a tener usted problemas de estómago.
       —¿Sabe? —continuó la señora Hart, alegremente—, el verano pasado por esta época todavía trabajaba en Nueva York y no pensaba que Bill y yo fuéramos a casarnos nunca. Y, ahora, fíjese.
       Se echó a reír y la señora Anderson replicó:
       —Nunca se sabe lo que le va a pasar a una. Cuando las cosas parecen estar peor, una se muere o sale adelante. Tenía una vecina que siempre me decía eso —con un suspiro, se puso en pie y llevó su taza al fregadero—. Por supuesto, hay quien no encuentra nunca nada bueno — añadió.
       —Y, entonces, todo sucedió en dos semanas. Bill encontró ese empleo en el pueblo y las chicas de la oficina me regalaron una tostadora.
       —Está ahí arriba, en el estante —dijo la señora Anderson, alargando la mano para recoger la taza de la señora Hart—. Usted, siéntese y descanse. No volverá a tener otra oportunidad de estar tan tranquila.
       —Se me olvida que debo quedarme sentada todo el tiempo —se quejó la señora Hart—. Resulta todo tan emocionante...
       —Es por su propio bien. Sólo estoy pensando en usted.
       —Ya ha sido muy amable conmigo —se apresuró a declarar la señora Hart—, viniéndome a ayudar cada mañana. Y ocupándose tan bien de mí.
       —No quiero que me dé las gracias —dijo la señora Anderson—. Lo único que quiero es que lleve bien el embarazo.
       —De veras lo digo, no sé qué haría sin usted —insistió la señora Hart. Con eso hay más que suficiente por hoy, pensó de pronto, y se rio en voz alta ante la idea de una porción de gratitud repartida mañana a mañana, como un extra en el salario por horas de la señora Anderson. Pero es verdad, siguió pensando; cada día tengo que decírselo, tarde o temprano.
       —¿Se ríe usted por alguna razón? —inquirió la señora Anderson, medio vuelta hacia ella con sus manos rollizas y encarnadas apoyadas en el fregadero—. ¿Dije algo gracioso?
       —Sólo estaba pensando... —se apresuró a responder la señora Hart—, pensaba en las chicas que frecuentaba en la oficina. Estarían tan celosas si pudieran verme ahora...
       —Nunca se sabe qué le va a suceder a una —insistió la señora Anderson.
       La señora Hart extendió la mano y tocó la cortina amarilla de la ventana próxima a ella, pensando en los apartamentos neoyorquinos de una habitación y en su antigua y lúgubre oficina.
       —Ojalá yo pudiera sentirme igual de alegre y animada, estos días —continuó la señora Anderson. La señora Hart apartó la mano de la cortina rápidamente, y volvió la cara hacia la asistente con una sonrisa de apoyo y comprensión.
       —Ya sé —murmuró.
       —Una nunca sabe lo mal que pueden ponerse las cosas —suspiró la señora Anderson. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a la puerta trasera de la casa y añadió —: Anoche, él volvió a las andadas. Toda la noche.
       Para entonces, la señora Hart ya sabía distinguir si aquel “él” se refería al señor Anderson o al señor Hart: Cuando el gesto de la cabeza de la señora Anderson señalaba hacia la puerta trasera y el sendero por el que llegaba cada mañana, se refería al señor Anderson; el mismo gesto, dirigido hacia la puerta delantera donde la señora Hart recibía cada tarde a su marido, era una referencia al señor Hart.
       —No he podido pegar ojo ni un minuto —continuó la asistente.
       —Cuánto lo siento —dijo la señora Hart, al tiempo que se ponía en pie rápidamente y se dirigía a la puerta trasera—. Los paños para secar los platos están en el tendedero —explicó.
       —Ya me encargaré de eso —replicó la señora Anderson—. Se pasó la noche gritando e insultándome —siguió contando—. Creí que iba a volverme loca. “¿Por qué no te decides a largarte?”, me decía él, con la puerta abierta de par en par y gritando para que todos los vecinos pudieran oírlo. “¿Por qué no te largas de una vez?”, me decía.
       —Terrible —murmuró la señora Hart con la mano en el tirador de la puerta trasera.
       —Treinta y siete años —prosiguió la asistente, sacudiendo la cabeza—. Y ahora quiere que me largue —vio que la señora Hart encendía un cigarrillo y la reprendió—: No debería fumar. Si continúa fumando así, lo lamentará. Por eso no he tenido nunca hijos —prosiguió—. Prefiero eso a que se portara así delante de los niños.
       La señora Hart se acercó a los fogones e inspeccionó la tetera.
       —Creo que tomaré otra taza —dijo—. ¿Quiere usted también?
       —No. Me producirá acidez de estómago —respondió la señora Anderson, al tiempo que volvía a dejar sobre la mesa una taza recién lavada—. Acabo de lavarla —dijo —, pero es su taza. Y su casa. Supongo que puede hacer lo que le plazca.
       La dueña de la casa sonrió y llevó la tetera a la mesa. La señora Anderson la observó mientras se servía el té y luego retiró la tetera.
       —Voy a limpiar esto antes de que decida usted tomarse otra taza. El exceso de líquidos va mal para los riñones.
       —Yo siempre tomo mucho té y café —declaró la señora Hart.
       La asistente observó los platos sucios colocados sobre el desagüe del fregadero y alzó tres vasos en cada una de sus manazas.
       —¡Vaya!, esta mañana hay un buen montón de vasos para lavar.
       —Sí, anoche estaba demasiado cansada para lavarlos —asintió la señora Hart. Además, se dijo, para eso le pagaba: para hacer la limpieza de la casa. Después, en tono jovial, añadió—: Por eso se los dejé a usted.
       —Limpiar las cosas de los demás es mi trabajo — replicó la señora Anderson—. Siempre hay alguien que debe encargarse del trabajo sucio para los demás. ¿Tuvieron mucha compañía?
       —Eran conocidos de mi esposo, del pueblo —explicó la señora Hart—. Seis, en total.
       —Su marido no debería traer a sus amigos a casa, con usted en ese estado...
       Con un profundo suspiro, la señora Hart evocó la agradable charla sobre el teatro neoyorquino y el establecimiento local donde pronto irían todos a bailar, los comentarios elogiosos que había recibido por la casa y el rato que había pasado enseñando las cositas del niño a las otras dos jóvenes esposas. Sus recuerdos la hicieron perder el hilo de lo que estaba diciendo la señora Anderson.
       —... delante de su propia esposa —terminó de comentar la asistente, moviendo la cabeza hacia la puerta principal con gesto expresivo—. ¿Él bebe mucho?
       —No, no mucho —respondió la señora Hart.
       —Ya sé a qué se refiere —continuó la señora Anderson, con un gesto de asentimiento—. Una los ve tomar una copa tras otra pero no se le ocurre la manera de decirles que paren. Luego, algo los pone furiosos y, antes de que una se dé cuenta, se los encuentra diciéndole que ya puede largarse de casa —asintió de nuevo—. Cuando no queda más remedio que separarse de su hombre, una mujer no puede hacer otra cosa que asegurarse de que tiene algún sitio donde ir.
       —Vamos, señora Anderson —replicó la señora Hart con cautela—, no creo que todos los maridos...
       —Sólo lleva casada un año —insistió la señora Anderson, agorera—, y no tiene a nadie mayor que le hable de estas cosas.
       La señora Hart encendió un segundo cigarrillo con la colilla del primero.
       —De veras, no estoy nada preocupada por mi esposo y la bebida —declaró tajantemente.
       La señora Anderson se detuvo, sosteniendo una pila de platos limpios.
       —¿Otras mujeres? —preguntó—. ¿Es ése el problema?
       —¿Qué le hace suponerlo? —replicó la señora Hart—. Bill ni siquiera miraría...
       —En un estado como el suyo, necesita que alguien se ocupe de usted —apuntó la señora Anderson—. No crea que no lo sé; una sólo quiere contárselo todo a alguien. Supongo que todos los hombres tratan igual a sus mujeres, sólo que algunos son bebedores, otros malgastan el dinero jugando y los demás persiguen a todas las jovencitas que ven —soltó una de sus bruscas carcajadas y añadió—: Y algunas no tan jovencitas, por lo que cuentan las esposas. Si muchas mujeres supieran cómo les va a salir el marido, habría menos matrimonios.
       —Yo opino que el éxito en el matrimonio es responsabilidad de la mujer —replicó la señora Hart.
       —Por ejemplo, el otro día en la tienda, la señora Martin me contaba algunas de las cosas que le hacía su marido antes de morir. Usted jamás imaginaría lo que hacen algunos hombres —volvió la mirada hacia la puerta trasera, pensativa—. Aunque hay algunos peores que otros. La señora Martin dice que es usted un encanto.
       —Muy amable por su parte —murmuró la señora Hart.
       —Yo no le conté nada de él —la señora Anderson ladeó la cabeza hacia la puerta principal—. Nunca digo nombres, para que nadie piense que me refiero a alguien en concreto.
       La señora Hart pensó en la señora Martin, siempre husmeando las compras de los demás con sus ojillos vivarachos y su voz chillona: “¿Dos paquetes de pan integral, señora Hart? ¿Tiene invitados esta noche, tal vez?”
       —La señora Martin me parece una mujer encantadora —declaró, deseando añadir: Dígale que lo he dicho yo.
       —No digo que no lo sea —respondió la señora Anderson con aire sombrío—. Pero no querrá usted que esa mujer imagine que sucede algo malo.
       —Estoy segura de que... —empezó a decir la señora Hart.
       —Yo se lo dije a la señora Martin —prosiguió la asistente—. Le dije que estaba segura de que el señor Hart no se había corrido ninguna juerga, por lo que yo sabía. Y que tampoco bebía como algunos. Le dije que a veces la considero a usted casi como a una hija y que, mientras siga aquí, no permitiré que ningún hombre la trate mal.
       —Me gustaría que... —empezó otra vez, al tiempo que la atenazaba un súbito temor; sus amables vecinas espiándola bajo su aparente cordialidad, observándola en secreto tras las cortinas, ¿vigilando a Bill, tal vez?—.
       Creo que la gente no debería hablar de los demás —dijo por fin—. Quiero decir que no me parece justo que alguien vaya diciendo cosas de las que no puede estar seguro.
       La señora Anderson estalló en otra de sus inesperadas risotadas y fue a abrir el armario de las escobas.
       —Ahora no debe permitir que nada la asuste —dijo —. En su estado, no debe. ¿Quiere que haga el salón, esta mañana? Podría sacar las alfombras a airear. Es sólo que él —indicó la puerta trasera— me ha sacado de quicio. Ya sabe...
       —Lo siento —murmuró la señora Hart—. Es una verdadera lástima.
       —La señora Martin sugirió que podría venirme a vivir con ustedes —dijo la señora Anderson mientras rebuscaba violentamente en el armario de las escobas. Su voz sonó amortiguada y polvorienta—. La señora Martin comentaba que una mujer joven como usted, que apenas empieza su vida de casada, siempre necesita a una amiga cerca.
       La señora Hart vio cómo sus dedos se cerraban en torno al asa de la taza. Sólo había tomado la mitad del té. Ahora es demasiado tarde para marcharme a otra parte, pensó; siempre puedo decir que Bill no lo permitiría.
       —El otro día vi a la señora Martin en el pueblo — comentó—. Llevaba un abrigo azul precioso —se alisó la bata para andar por casa con la mano y añadió con voz irritada—: No sé cuándo volveré a caber en un vestido presentable.
       —Va y me dice; “¿Por qué no te largas?” —la señora Anderson se incorporó del armario de las escobas con el recogedor en una mano y un trapo de limpiar el polvo en la otra—. Borracho y gritando insultos para que todos los vecinos se enteraran. “¿Por qué no te largas?” Y yo pensaba, seguro que lo habrán oído incluso ahí arriba en casa de los Hart.
       —Estoy convencida de que no lo decía en serio — declaró la señora Hart, tratando de que su voz sonora definitiva.
       —No esté tan segura —replicó la señora Anderson. Dejó el recogedor y el paño del polvo, se acercó a la mesa y tomó asiento frente a la dueña de la casa—. La señora Martin comentó que, si usted quería, podría instalarme en la habitación que queda libre. Me encargaría de toda la comida.
       —Estoy segura —respondió la señora Hart en tono amistoso—, pero voy a utilizar esa habitación para el niño.
       —Podríamos ponerlo en su dormitorio —propuso la señora Anderson. Soltó otra risotada y dio una palmadita en la mano a su interlocutora—. No se preocupe, no los molestaré. Bueno, y si prefiriera dejar al bebé en la habitación conmigo, me encargaría también de darle de comer por la noche. Supongo que podría encargarme de un niño sin problemas.
       La señora Hart le dirigió una sonrisa y le contestó con voz animada:
       —Me encantaría, desde luego. Algún día. Pero ahora, desde luego, Bill no me lo permitiría.
       —Claro que no —asintió la señora Anderson—. Los hombres nunca quieren, ¿verdad? Se lo dije a la señora Martin en la tienda: Esa chica es lo más agradable del mundo, le dije, pero su marido no permitirá que la fregona viva en su casa.
       —¡Vamos, señora Anderson! —replicó la señora Hart con expresión horrorizada—. ¡Qué cosas se le ocurre decir de usted misma!
       —Y si, además, se trata de otra mujer; una mujer que tiene más años y más experiencia —continuó la señora Anderson—. Y que sabría fijarse un poco mejor que su esposa, tal vez.
       La señora Hart, con los dedos rígidos en torno al asa de la taza de té, imaginó por un instante a la señora Martin, apoyada cómodamente en el mostrador (“Veo que tiene una nueva huésped en casa, señora Hart. La señora Anderson se ocupará de que esté usted perfectamente atendida”). E imaginó a sus vecinas, observándola con sus muecas heladas mientras bajaba la calle para recibir a Bill al pie del autobús, y a las chicas de la oficina de Nueva York, leyendo sus cartas y envidiándola (“una verdadera joya... ¡Vendrá a vivir con nosotros y se ocupará de todo el trabajo!”).
       Y cuando alzó la vista y observó la sonrisa perspicaz de la señora Anderson al otro lado de la mesa, la señora Hart se dio cuenta, con una certeza rotunda e imprevista, de que estaba perdida.




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