Shirley Jackson
(San Francisco, California, 1916 - North Bennington, Vermont, 1965)


El diente (1949)
(“The Tooth”)
Originalmente publicado en la revista The Hudson Review,
Vol. 1, Núm. 4 (1949);
The Lottery and Other Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Company, 1949, 306 págs.)



      El autobús esperaba, ronroneando pesadamente, estacionado ante la pequeña estación de autobuses. Su mole azul y plata brillaba a la luz de la luna. Sólo había un puñado de personas interesadas en el autobús y a aquella hora de la noche no había nadie paseando por la acera. La única sala de cine del pueblo había cerrado sus puertas una hora antes y todos los espectadores habían pasado ya por la cafetería a tomarse un helado y se habían marchado a casa; ahora, la cafetería estaba cerrada y era otra puerta oscura y silenciosa más en la larga calle dormida. Las únicas luces del pueblo eran los semáforos, los rótulos de neón del barucho del otro lado de la calle, que permanecía abierto toda la noche, y la solitaria lámpara que quedaba encendida en el mostrador de la estación de autobuses, donde la chica del despacho de billetes estaba sentada con el abrigo y el sombrero puestos, esperando únicamente a que se marchara el autobús de Nueva York para volver a casa y acostarse.
       En la acera, junto a la puerta abierta del autobús, Clara Spencer se agarraba al brazo de su marido con gesto nervioso.
       —Me siento muy rara —murmuró.
       —¿Te encuentras bien? —preguntó él—. ¿Crees que debería ir contigo?
       —No, claro que no. Ya me pasará —a la mujer le costaba hablar con la mandíbula hinchada; con una mano apretó el pañuelo sobre la zona dolorida y con la otra se sujetó con fuerza a su marido—. ¿Estás seguro de que podrás arreglártelas? —le preguntó—. Estaré de vuelta mañana por la noche, a más tardar. De lo contrario, llamaré.
       —Todo irá bien —le aseguró él, animándola—. Mañana al mediodía te habrá pasado el dolor. Dile al dentista que si sucede cualquier cosa, iré enseguida.
       —Me siento muy rara —repitió la mujer—. Aturdida y un poco mareada.
       —Es por la medicina. Tanta codeína, y ese whisky y sin comer nada en todo el día...
       —Me temblaba tanto la mano que no me pude peinar —explicó ella con una risilla nerviosa—. Menos mal que todo está oscuro.
       —Procura dormir en el autobús. ¿Tomaste la píldora para dormir?
       La mujer asintió. Estaban esperando a que el conductor del autobús terminara su café en el bar; podían verlo a través de la cristalera, sentado ante el mostrador, tomándose su tiempo.
       —Me siento muy rara...
       —¿Sabes una cosa, Clara? —el hombre habló en tono grave, como si poniéndose serio pudiera dar más fuerza a sus palabras y, por tanto, resultar más reconfortante—: ¿Sabes?, me alegro de que vayas a Nueva York a que
       Zimmerman se ocupe de esto. No me perdonaría nunca si resultase ser algo importante y te hubiera dejado ir con ese carnicero del pueblo.
       —No es más que un dolor de muelas —replicó Clara, inquieta—. Un dolor de muelas no tiene nada de importante.
       —Nunca se sabe —dijo él—. Puede haber un absceso o algo así; estoy seguro de que tendrá que sacarla.
       —¡Ni se te ocurra volver a decirlo! —murmuró ella con un escalofrío.
       —Bueno, tiene un aspecto bastante malo —aseguró él, serio como antes—. Con la cara tan hinchada y demás. Pero no te preocupes.
       —No estoy preocupada —aseguró Clara—. Es sólo que me siento como si fuera toda muelas, eso es todo.
       El conductor del autobús se levantó del taburete y se dirigió a la caja para pagar. Clara avanzó hasta el vehículo y su marido le dijo:
       —Tienes tiempo; tienes mucho tiempo todavía.
       —Es que me siento rara.
       —Escucha; esa muela te viene molestando por temporadas desde hace años; desde que te conozco, al menos te ha dado problemas seis o siete veces. Es hora de hacer algo. Si hasta te dolieron las muelas durante la luna de miel —añadió en tono acusador.
       —¿De verdad? —replicó Clara—. ¿Sabes una cosa? — continuó diciendo, con una risilla—, me di tanta prisa que no me vestí como era debido. Llevo unas medias viejas y lo metí todo de cualquier manera en el bolso bueno.
       —¿Seguro que llevas suficiente dinero? —preguntó él.
       —Casi veinticinco dólares —asintió Clara—. Mañana estaré de vuelta.
       —Manda un telegrama si necesitas más —le recordó el hombre. El chofer apareció a la puerta del bar—. No te preocupes.
       —Escucha —dijo Clara de pronto—, ¿seguro que podrás arreglártelas? La señora Lang vendrá por la mañana a tiempo de preparar el desayuno y no es preciso que Johnny vaya a la escuela si las cosas se complican demasiado.
       —Ya lo sé.
       —La señora Lang —insistió ella, tanteándose la cara con los dedos—. Le dije a la señora Lang que dejé el pedido de la tienda en la mesa, puedes comerte la lengua fría para almorzar y, en caso de que no esté de vuelta, la señora Lang te dará de cenar. El chico de la lavandería tiene que venir sobre las cuatro; yo no habré llegado, así que dale tu traje marrón y no importa que te olvides, pero acuérdate de vaciar los bolsillos.
       —Manda un telegrama si necesitas más dinero —dijo él—. O llama. Mañana me quedaré en casa, así que puedes llamar.
       —La señora Lang se ocupará del bebé.
       —O pon un telegrama —insistió el marido.
       El chofer cruzó la calle y se detuvo junto a la puerta del autobús.
       —¿Nos vamos? —preguntó.
       —Adiós —dijo Clara a su esposo.
       —Mañana te sentirás bien —le aseguró él—. Sólo es un dolor de muelas.
       —Me encuentro bien —dijo Clara—. No te preocupes —empezó a subir al autobús y se detuvo de pronto, con el conductor esperando detrás de ella—. El lechero — recordó a su esposo—. Déjale una nota para que nos traiga huevos.
       —Lo haré —dijo él—. Adiós.
       —Adiós —repitió Clara. Terminó de subir al autobús y, detrás de ella, el conductor se colocó al volante. El autobús iba casi vacío y la mujer se acomodó en la parte de atrás, junto a la ventanilla tras la cual esperaba su marido—. Adiós —le dijo a través del cristal—, cuídate.
       —Adiós —dijo él, agitando la mano enérgicamente.
       El autobús se desperezó, gruñó y empezó a avanzar. Clara volvió la cabeza para decir adiós con la mano una vez más y, por fin, se acomodó en el asiento, amplio y mullido. ¡Dios santo, las cosas que hay que hacer!, se dijo. Tras la ventanilla, la calle familiar se deslizó ante sus ojos, extraña y oscura y vista, inesperadamente, desde la perspectiva única de una persona que abandonaba el pueblo a bordo de un autobús. No era como si fuese la primera vez que iba a Nueva York, pensó Clara con indignación; era el efecto del whisky, la codeína, la píldora para dormir y el dolor de muelas. Se apresuró a comprobar que llevaba las pastillas de codeína en el bolso; normalmente, tenía el frasco en el bufete de la sala de estar, con las aspirinas y un vaso de agua, pero debía haberlo tomado en algún momento de su alocada salida de la casa, porque lo encontró en el bolso, junto a los veintiún dólares y la polvera y el peine y el lápiz de labios. Por el tacto, la mujer advirtió que se había traído el lápiz de labios viejo, que estaba casi terminado, y no el nuevo, que era de un tono más oscuro y le había costado dos cincuenta. Tenía la media corrida y un agujero en la punta, que no había advertido en casa con sus cómodos zapatos viejos pero que ahora, de pronto, resultaba desagradablemente visible con sus mejores zapatos de paseo. Bueno, se dijo, ya compraré unas medias nuevas en Nueva York mañana, cuando tenga arreglada la muela y vuelva a sentirme bien. Se llevó la lengua a la muela con mucho cuidado y fue recompensada con una punzada de dolor durante una fracción de segundo.
       El autobús se detuvo ante un semáforo y el chofer abandonó su asiento, recorrió el pasillo del vehículo hasta llegar a la altura de Clara y dijo:
       —Me olvidé de pedirle el boleto, señora.
       —Supongo que estaba demasiado atolondrada en el último momento —respondió ella. Encontró el boleto en el bolsillo del abrigo y lo entregó al hombre—. ¿A qué hora llegaremos a Nueva York?
       —A las cinco y cuarto —informó el chofer—. Tendrá mucho tiempo para desayunar. ¿Sólo ida?
       —Sí, volveré en tren —explicó Clara, sin entender por qué razón se lo contaba, salvo que era de madrugada y la gente que compartía el aislamiento en una prisión extraña como aquel autobús tenía que mostrarse más amistosa y comunicativa que a otras horas.
       —Yo volveré en autobús —contestó el hombre, y los dos se echaron a reír (Clara, dolorosamente debido a la hinchazón del rostro). Cuando el chofer volvió a su asiento en la parte delantera del vehículo, ella se recostó apaciblemente en el respaldo del asiento, percibiendo el efecto del somnífero. Ahora, el latido de la muela resultaba distante y se mezclaba con el movimiento del autobús en un traqueteo uniforme como las palpitaciones de su corazón, que escuchaba cada vez más fuertes, incansables en la noche. Echó la cabeza hacia atrás, puso los pies en el asiento contiguo, discretamente cubiertos con la falda, y cayó dormida sin haber dicho adiós al pueblo.
       Abrió los ojos en una ocasión y vio que el autobús avanzaba a través de la oscuridad casi en silencio. La muela le latía uniformemente y volvió la mejilla hacia el frío respaldo del asiento con cansina resignación. Las únicas luces eran la serie de bombillas mortecinas a lo largo del techo del vehículo. En la parte delantera del autobús, lejos de su asiento, vio sentados a los demás pasajeros; el chofer, tan distante como si fuera una pequeña silueta al extremo de un telescopio, estaba al volante muy derecho, perfectamente despierto al parecer. Clara volvió a sumirse en su extraño sueño.
       Un rato después, despertó de nuevo porque el autobús se había detenido. La interrupción de aquel movimiento silencioso a través de la oscuridad fue un sobresalto tan rotundo que la despertó aturdida y pasó un minuto antes de que la muela empezara a dolerle de nuevo. Los pasajeros ocupaban el pasillo del vehículo y el conductor, volviendo la cabeza, anunció: “¡Quince minutos!” Clara se incorporó y salió tras los demás, completamente dormida salvo los ojos y moviendo los pies sin darse cuenta de lo que hacía. Se habían detenido frente a un restaurante abierto toda la noche, solitario e iluminado junto a la carretera desierta. El lugar estaba caldeado y lleno de gente y de bullicio. Vio un asiento libre al fondo del mostrador y lo ocupó, sin darse cuenta de que había vuelto a quedarse dormida hasta que alguien se sentó junto a ella y le tocó el brazo. Cuando Clara miró a su alrededor nebulosamente, el hombre preguntó:
       —¿Va muy lejos?
       —Sí —le respondió.
       El hombre llevaba un traje azul y parecía alto; Clara no pudo concentrar los ojos para distinguir nada más.
       —¿Quiere un café?
       Ella asintió y el hombre señaló con un gesto el mostrador, donde Clara vio una taza humeante frente a ella.
       —Tómeselo enseguida —dijo él.
       Clara dio un sorbo con delicadeza; si por ella hubiera sido habría bajado la boca hasta la taza y habría probado el café sin levantarla del mostrador. El hombre estaba diciendo algo:
       —Más allá incluso de Samarcanda, y las olas tintineando en la orilla como campanillas.
       —Bien, vamos allá —anunció el chofer, y Clara dio otro rápido sorbo al café, suficiente para permitirle regresar al autobús.
       Cuando volvió a ocupar el asiento, el desconocido se instaló en la plaza contigua. El autobús estaba tan a oscuras que la luz del restaurante le resultó insoportable a Clara, que cerró los ojos. Con los párpados entornados, antes de caer dormida de nuevo, se sintió encerrada a solas con el dolor de muelas.
       —Las flautas suenan toda la noche —dijo el desconocido— y las estrellas son grandes como la luna, y la luna es grande como un lago.
       Cuando el autobús reemprendió la marcha, se adentraron de nuevo en la oscuridad y únicamente la fina hilera de luces del techo los mantuvo juntos, uniendo la parte trasera del vehículo, donde ella iba sentada, con la parte delantera donde estaba el chofer y los pasajeros que ocupaban aquellas plazas, tan alejadas de la suya. Las luces los mantuvieron unidos mientras el desconocido sentado junto a ella murmuraba:
       —Nada que hacer en todo el día, sino estar tumbado bajo los árboles.
       Dentro del autobús, en pleno trayecto, Clara no era nada; mientras pasaba ante los árboles y las esporádicas casas dormidas, estaba en el autobús pero estaba en otro mundo, unida al chofer por una tenue hilera de luces y llevada carretera adelante sin esfuerzo por su parte.
       —Me llamo Jim —se presentó el desconocido.
       Ella estaba tan dormida que se agitó, incómoda, sin advertirlo y apoyó la frente en el cristal de la ventanilla, tras la cual seguía reinando la oscuridad.
       Al cabo de un rato, un nuevo sobresalto la despertó y, aturdida, preguntó con voz asustada:
       —¿Qué sucede?
       —No es nada —dijo de inmediato el desconocido, Jim —. Venga.
       Clara lo siguió, bajó del autobús y entró en lo que le pareció el mismo restaurante pero, cuando se dispuso a ocupar el mismo taburete al fondo del mostrador, el hombre la tomó de la mano y la condujo a una mesa.
       —Vaya a lavarse la cara —le dijo—. Después, vuelva aquí. Clara entró en el sanitario de mujeres y encontró allí a una chica empolvándose la nariz. Sin volverse, la chica le dijo:
       —Cuesta diez centavos. Deje la puerta abierta para que la siguiente no tenga que pagar.
       La puerta tenía una calza para impedir que se cerrara y la mitad de una caja de cerillos en la cerradura. Lo dejó todo como lo había encontrado y volvió a la mesa donde la esperaba Jim.
       —¿Qué quiere? —le preguntó, pero él señaló otra taza de café y un bocadillo y murmuró:
       —Adelante.
       Mientras Clara daba cuenta del bocadillo, oyó la voz suave y melodiosa del hombre:
       —Y mientras dejábamos atrás la isla, escuchamos una voz que nos llamaba...
       De nuevo en el autobús, Jim le dijo:
       —Apoye la cabeza en mi hombro y vuélvase a dormir.
       —Estoy bien así —replicó ella.
       —No. Antes llevaba la cabeza traqueteando contra el cristal.
       Una vez más Clara se durmió. Y, una vez más, despertó sobresaltada cuando el vehículo se detuvo. Y una vez más, Jim la condujo a un restaurante y le ofreció otro café. La muela empezó a dolerle de nuevo y, con una mano apretada contra la mejilla, rebuscó en los bolsillos del abrigo y luego en el bolso hasta encontrar el frasquito de píldoras de codeína, y se tomó dos mientras Jim la observaba.
       Estaba terminando el café cuando escuchó el ruido del motor del autobús y se incorporó de inmediato, apresurándose, y subió corriendo al refugio en sombras de su asiento, con Jim sosteniéndola del brazo. El autobús ya estaba en marcha cuando advirtió que había olvidado el frasco de la codeína en la mesa del restaurante; ahora estaba a merced del dolor de muelas. Volvió la vista un momento por la ventanilla hacia las luces del restaurante y luego apoyó la cabeza en el hombro de Jim. Mientras se dormía, lo oyó decir:
       —La arena es tan blanca que parece nieve, pero está caliente; incluso de noche está caliente bajo los pies.
       Se detuvieron por última vez y Jim la ayudó a bajar del autobús y, por un instante, se encontraron juntos en Nueva York. Una mujer que pasaba cerca de ellos en la estación de autobuses dijo al hombre que la seguía con unas maletas:
       —Llegamos puntuales. Las cinco y cuarto.
       —Voy al dentista —explicó a Jim.
       —Ya lo sé —respondió él—. La estaré vigilando.
       El hombre se fue, aunque Clara no lo vio hacerlo. Se le ocurrió buscar a alguien con traje azul saliendo por la puerta, pero no vio a nadie.
       Debería haberle dado las gracias, se dijo medio atontada, y se dirigió lentamente al bar de la estación, donde volvió a pedir café. El hombre del mostrador la miró con la fatigada compasión de quien había pasado una larga noche viendo a gente subir y bajar de los autobuses.
       —¿Tiene sueño? —preguntó.
       —Sí —contestó Clara.
       Al cabo de un rato, descubrió que la estación de autobuses lindaba con la Terminal de Pennsylvania y consiguió llegar al vestíbulo principal y encontrar un hueco en una de las bancas antes de caer dormida de nuevo.
       Alguien la sacudió enérgicamente por el hombro y le dijo:
       —¿Qué tren va a tomar, señora? Son casi las siete.
       Clara se enderezó en el asiento y vio su bolso en el regazo; observó sus pies, elegantemente cruzados, y se fijó en el reloj que tenía ante ella.
       —Gracias —murmuró. Se puso en pie y anduvo a ciegas hasta dejar atrás los bancos y tomar una escalera mecánica. Alguien la tomó inmediatamente detrás de ella y la tocó en el brazo; Clara se volvió y encontró a Jim.
       —La hierba es muy suave y muy verde —dijo él con una sonrisa—, y el agua del río es muy fría.
       Ella lo miró con aire cansado. Cuando llegaron a lo alto de la escalera, Clara saltó y echó a andar hacia la calle que tenía delante. Jim avanzó junto a ella y su voz continuó:
       —El cielo es más azul que nada de cuanto has visto y las canciones...
       Clara se apartó de él rápidamente y le pareció que la gente la miraba al pasar. Se detuvo en la esquina esperando a que cambiara el semáforo y Jim, con movimientos muy rápidos, se acercó a ella, primero, y luego se alejó.
       —Mira —susurró al pasar, y le mostró un puñado de perlas.
       Al otro lado de la calle había un bar que acababa de abrir. Entró y se sentó a una mesa; al instante, descubrió junto a ella a una camarera de expresión malhumorada.
       —Estaba usted dormida —dijo la camarera en tono acusador.
       —Lo siento muchísimo —respondió. Ya era de día—. Huevos escalfados y café, por favor.
       Eran las ocho menos cuarto cuando salió del bar. Si tomo un autobús y voy directamente al centro, ahora puedo meterme en el bar de enfrente de la consulta y tomar más café hasta cerca de las ocho y media; así podré ser la primera cuando llegue el dentista.
       Los autobuses empezaban a ir llenos; tomó el primero que llegó y no encontró asiento. Quería bajar en la calle 23 y sólo pudo sentarse cuando ya estaba cruzando la calle 26; cuando despertó, se encontró en pleno centro, tan lejos que tardó casi media hora en encontrar otro autobús y volver a la calle 23.
       Mientras esperaba a que cambiara el semáforo en la esquina de la calle 23, se vio envuelta en una multitud de peatones, y cuando éstos cruzaron la calle y se dispersaron en varias direcciones, alguien se puso a la altura de Clara. Durante unos instantes, la mujer continuó caminando sin alzar la cabeza, con la vista fija en la acera y un aire enojado, y con la muela ardiéndole; por fin, levantó los ojos y miró a su alrededor, pero no encontró ningún traje azul entre la gente que circulaba a un lado y otro de ella.
       Cuando llegó al edificio de oficinas donde tenía la consulta con el dentista, aún era muy temprano. El conserje del edificio estaba recién afeitado y perfectamente peinado, y sostenía la puerta con gesto enérgico; cuando llegaran las cinco, sus movimientos serían perezosos y llevaría el cabello ligeramente fuera de sitio. Clara cruzó la puerta con una sensación de triunfo; había conseguido ir de un lugar a otro y había alcanzado su objetivo, la meta de su viaje.
       La enfermera, de punta en blanco, estaba sentada tras el escritorio de la consulta; sus ojos observaron la mejilla hinchada y los hombros hundidos de Clara y murmuró:
       —¡Oh, pobrecilla! Parece usted agotada.
       —Me duele una muela.
       La enfermera puso una media sonrisa, como si aún esperara el día en que alguien entrara diciendo: “Me duelen los pies”. Se incorporó bajo la profesional luz del sol.
       —Venga por aquí —dijo—. No la haremos esperar.
       El sol iluminaba el cabezal del sillón del dentista, la mesilla blanca redonda y el taladro con su fina punta de cromo. El dentista sonrió con el mismo aire tolerante de la enfermera; tal vez todas las dolencias humanas estaban contenidas en los dientes y aquel hombre podía arreglarlas, a condición de que una acudiera a verlo a tiempo. La enfermera dijo con voz tranquila:
       —Voy a buscar el historial, doctor. Hemos considerado mejor hacerla pasar enseguida.
       Mientras le hacían una radiografía, Clara pensó que no había nada detrás de su cabeza que detuviera el objetivo malicioso de la cámara, como si la cámara pudiera ver a través de ella y fotografiar los clavos de la pared próxima a ella, o los botones del puño de la camisa del dentista, o los delicados huesecillos de sus instrumentos.
       —Extracción —dijo el dentista a la enfermera con voz apenada, y la enfermera contestó:
       —Sí, doctor, ahora mismo les aviso.
       La muela, que había llevado a Clara hasta allá infaliblemente, parecía ahora la única parte de ella que tenía alguna identidad. Daba la impresión de que el resto de ella no hubiera estado presente al hacer la radiografía;
       ahora, la muela era lo importante, lo que merecía ser registrado, examinado y complacido, y ella sólo era su involuntaria portadora (y sólo como tal era objeto del interés del dentista y de la enfermera, sólo como portadora de aquella muela era merecedora de su atención inmediata y experimentada). El dentista le entregó un papel con el dibujo de una dentadura completa; la muela que le dolía estaba marcada con una señal negra y en el encabezamiento se leía: “Molar inferior; extracción”.
       —Con este papel —le indicó el dentista—, vaya a la dirección que indica el membrete. Es un cirujano dentista. Allí se ocuparán de usted.
       —¿Qué harán? —preguntó ella. No era aquélla la pregunta que quería hacer; no, señor. Más bien era: “¿Qué me harán?”, o: “¿Hasta dónde llega la raíz?”
       —Extraerle esa muela —contestó el dentista con irritación, dándole la espalda—. Debería habérsela sacado hace años.
       Me quedé aquí demasiado tiempo y ya se cansó de mi muela, pensó Clara. Se levantó del sillón y dijo:
       —Gracias, doctor. Adiós.
       —Adiós —respondió el dentista y, en el último momento, le dirigió una sonrisa mostrando a la mujer su dentadura blanca y perfecta, toda bajo completo control.
       —¿Se encuentra bien? ¿Le molesta demasiado? —se interesó la enfermera.
       —Sí, me encuentro bien.
       —Puedo darle unas pastillas de codeína —continuó la enfermera—. Sería mejor que no tomara nada ahora mismo, por supuesto, pero puedo administrarle algunas si le duele mucho.
       No —respondió Clara, recordando el frasquito de la codeína olvidado en la mesa de algún restaurante entre allí y el pueblo—. No me molesta demasiado, gracias.
       —Bien... —dijo la enfermera—, buena suerte.
       Bajó las escaleras y salió a la calle, pasando delante del conserje. En el cuarto de hora que había pasado en la consulta, el hombre ya había perdido un poco de prestancia matutina y su reverencia era ligeramente más corta que antes.
       —¿Taxi? —preguntó el conserje y Clara, recordando el autobús de la calle 23, asintió.
       En el preciso instante en que el conserje hacía un gesto desde el bordillo, con una reverencia hacia el taxi que parecía creer que había sacado de la nada, Clara creyó ver una mano que le hacía señales entre la multitud del otro lado de la calle.
       Leyó la dirección de la tarjeta que le había dado el dentista y repitió cuidadosamente las señas al taxista. Con la tarjeta y el papel donde el dentista había escrito “molar inferior”, y donde aparecía tan claramente identificada la muela, Clara permaneció sentada sin moverse, sin soltar aún los papeles y con los ojos casi cerrados. Pensó que debía haberse vuelto a dormir cuando el taxi se detuvo de pronto y el conductor, alargando un brazo hacia atrás para abrir la puerta, la miró con curiosidad antes de anunciar:
       —Ya llegamos, señora.
       —Voy a que me saquen una muela —explicó ella.
       —¡Caramba! —exclamó el taxista. Ella le pagó y el hombre le deseó buena suerte antes de cerrar la puerta con estruendo.
       Estaba ante un edificio extraño, cuya entrada flanqueaban unos símbolos médicos tallados en piedra; allí, el conserje tenía un leve aire profesional, como si fuera capaz de hacerle un diagnóstico en el caso de que ella no quisiera ir más allá. Clara pasó junto a él y siguió adelante hasta que un ascensor abrió sus puertas para ella. Mostró la tarjeta al ascensorista y éste dijo:
       —Séptimo piso.
       Tuvo que retroceder hasta el fondo del ascensor para dejar espacio a una enfermera que conducía a una anciana en una silla de ruedas. La anciana estaba muy tranquila y quieta, sentada en el ascensor con una manta sobre las rodillas: “Buenos días”, saludó al ascensorista, y éste contestó: “Es estupendo ver el sol”, y la anciana se recostó en la silla y la enfermera le arregló la manta en torno a las rodillas y dijo: “Bueno, ahora no nos vamos a preocupar...” y la anciana replicó, irritada: “¿Quién se preocupa?”
       Las dos mujeres bajaron en el cuarto piso. El ascensor prosiguió su camino y el ascensorista anunció por fin: “Séptimo”, y el aparato se detuvo y la puerta se abrió.
       —Recto al fondo del pasillo y a la izquierda —le indicó el ascensorista.
       A ambos lados del pasillo había puertas cerradas, con rótulos. En algunas de ellas se leía “DCD”, en otras decía “Clínica” y en otras, “Rayos X”. Una de ellas, de aspecto sólido y amistoso y, en cierto modo, más comprensible, decía “Damas”. Después, dobló a la izquierda y encontró otra puerta con el nombre de la tarjeta, la abrió y entró. Había una enfermera sentada detrás de una ventanilla, casi como la de un banco, y unas palmeras enanas plantadas en cubetas en los rincones de la sala de espera, y unas revistas recientes y unas sillas cómodas. La enfermera de la ventanilla preguntó: “¿Sí?”, como si Clara tuviera en descubierto la cuenta con el dentista y le debiera todavía un par de muelas.
       Deslizó el papel del otro dentista por la ventanilla y la enfermera lo inspeccionó antes de decir:
       —Molar inferior, sí. Llamaron diciendo que venía. ¿Quiere pasar, por favor? La puerta de la izquierda.
       ¿Entrar en el santuario?, estuvo a punto de decir Clara, pero abrió la puerta en silencio y pasó adentro. Allí la esperaba otra enfermera que le sonrió y dio media vuelta esperando que la siguiera sin mostrar la menor duda sobre su derecho a guiarla.
       Pasaron ante otra puerta de rayos X y la enfermera dijo a una colega: “Molar inferior”, y la otra enfermera murmuró: “Venga por aquí, por favor”.
       Recorrieron un laberinto de pasillos que parecían conducir al corazón del edificio de oficinas hasta que, finalmente, llegaron a un cubículo donde había un sofá con una almohada, una palangana y una silla.
       —Espere aquí —murmuró la enfermera—. Y relájese si puede.
       —Lo más probable es que me quede dormida — respondió Clara.
       —Muy bien. No tendrá que esperar mucho rato.
       Aguardó más de una hora, posiblemente, aunque pasó la mitad del tiempo medio dormida, despertando sólo cuando alguien pasaba ante la puerta; de vez en cuando, la enfermera asomaba la cabeza y sonreía. Una de las veces, le repitió que no tendría que esperar mucho. Luego, de pronto, la enfermera reapareció sin la sonrisa, sin hacerse ya la anfitriona amable, sino con aire de eficiencia y rapidez.
       —Vamos allá —dijo, y la sacó de la pequeña habitación y la condujo de nuevo por los pasillos con aire resuelto.
       Después, de pronto, tan deprisa que ni le dio tiempo a verlo, se encontró sentada en el sillón, con una toalla en torno a la cabeza y otra bajo la barbilla, y la enfermera apoyaba una mano sobre su hombro.
       —¿Me hará daño? —preguntó Clara.
       —No —respondió la enfermera con una sonrisa—. Usted sabe que no, ¿verdad?
       —Sí —murmuró.
       Entró el dentista y le sonrió desde encima de su cabeza.
       —Bien... —dijo.
       —¿Me hará daño? —repitió ella.
       —Vamos, vamos —contestó el hombre en tono animado—, si le hiciéramos daño a la gente, no duraríamos en este negocio —mientras hablaba, el médico se afanaba con unos objetos metálicos ocultos bajo un lienzo mientras acercaban al sillón, casi en silencio, una gran máquina sobre ruedas—. No duraríamos nada en el negocio —repitió—. Lo único que debe preocuparle es contarnos algún secreto mientras está dormida. De eso sí que debe estar pendiente, ¿sabe? ¿Molar inferior? — preguntó a la enfermera.
       —Molar inferior, doctor —asintió ésta.
       A continuación, colocaron la máscara de goma de sabor metálico sobre el rostro de Clara y el médico, distraídamente, repitió dos o tres veces: “¿Sabe?”, mientras ella aún lo veía por encima de la máscara. La enfermera le dijo: “Relaje las manos, querida”, y al cabo de un largo rato notó que sus dedos se relajaban.
       Antes de que todo quede tan lejos, pensó, recuerda esto. Y recuerda el sonido y el sabor metálico de todo ello. Y lo ultrajante del asunto.
       Y luego el torbellino de la música, el sonido estridente y confuso de la música que seguía y seguía, girando y girando, y Clara corría cuanto podía por un pasillo largo horrorosamente claro y con puertas a ambos lados, y al fondo del pasillo estaba Jim, con las manos extendidas al frente y riéndose, y diciendo algo que ella no llegaba a oír debido al estruendo de la música, y volvía a correr y luego decía: “No tengo miedo”, y alguien de la puerta próxima a ella la agarraba por el brazo y tiraba de ella y el mundo se fue ensanchando alarmantemente hasta que pareció que nunca se detendría, pero a continuación se detuvo con la cara del doctor mirándola desde encima y la ventana quedó encuadrada delante de ella y la enfermera le estaba sosteniendo el brazo.
       —¿Por qué me jalaba del brazo? —preguntó, y notó la boca llena de sangre—. Yo quería seguir...
       —Yo no la jalaba del brazo... —replicó la enfermera, pero el dentista indicó:
       —Todavía no ha despertado del todo.
       Clara se echó a llorar sin moverse y notó que las lágrimas le rodaban por el rostro y que la enfermera las secaba con una toalla. No había sangre en ninguna parte, salvo en su boca; todo lo demás estaba tan limpio como antes. El dentista se marchó de pronto y la enfermera le tendió el brazo y la ayudó a incorporarse del sillón.
       —¿Dije algo? —preguntó de pronto, con voz nerviosa —. ¿Dije algo?
       —Solamente “No tengo miedo” —la tranquilizó la enfermera—. Justo cuando estaba despertando.
       —No —replicó Clara, deteniéndose para sujetar el brazo que la rodeaba por la cintura—. ¿Dije algo? ¿Dije dónde está él?
       —No dijo usted nada —insistió la enfermera—, el doctor sólo estaba bromeando.
       —¿Dónde está la muela? —quiso saber de pronto; la enfermera soltó una risilla y contestó:
       —Toda fuera. No volverá a molestarla nunca.
       Volvió a encontrarse en el cubículo. Se tendió en el sofá y se echó a llorar, y la enfermera le llevó whisky en un vaso de papel y se lo dejó junto al borde de la palangana.
       —Dios me ha dado a beber sangre —dijo a la enfermera, y ésta le respondió:
       —No se enjuague la boca o no se coagulará.
       Al cabo de un largo rato, la enfermera volvió a asomar la cabeza y le dijo desde la puerta, con una sonrisa:
       —Veo que ya vuelve a estar despierta.
       —¿Por qué lo dice? —preguntó Clara.
       —Se quedó dormida y no quise despertarla.
       Clara se incorporó en el sofá; se sentía mareada y como si llevara toda la vida en aquel cubículo.
       —¿Desea acompañarme ya? —preguntó la enfermera, de nuevo toda amabilidad, ofreciéndole el mismo brazo, lo bastante fuerte como para guiar cualquier paso inseguro. Esta vez volvieron a recorrer el largo pasillo hasta donde estaba la primera enfermera, sentada bajo la ventanilla de banco.
       —¿Todo listo? —preguntó esta enfermera, con voz animada—. Siéntese ahí un minuto, entonces —señaló una silla junto a la ventanilla y se volvió para anotar algo afanosamente—. No se enjuague la boca en un par de horas —indicó, sin dirigirle la vista—. Esta noche tome un laxante, y un par de aspirinas si le duele. Si sufre muchos dolores o tiene una hemorragia excesiva, póngase en contacto enseguida con este consultorio. ¿Lo ha entendido todo? —preguntó, con otra de sus animadas sonrisas.
       Clara se encontró con otro pequeño papel en la mano; éste decía: “Extracción”, y debajo: “No se enjuague la boca. Tome un laxante suave, tome un par de aspirinas para el dolor. Si el dolor es excesivo o se presenta alguna hemorragia, avise al consultorio”.
       —Adiós —la despidió la enfermera con amabilidad.
       —Adiós —respondió Clara.
       Con la nota en la mano, salió por la puerta de cristal y, casi dormida todavía, dobló la esquina y echó a andar por el pasillo. Cuando abrió un poco los ojos y vio que estaba en un largo corredor con puertas a ambos lados, se detuvo ante una de ellas, donde se leía “Damas”, y entró. Se encontró en una amplia sala con ventanas y asientos de mimbre y relucientes baldosas blancas y brillantes grifos plateados; en torno a los lavamanos había cuatro o cinco mujeres peinándose o poniéndose carmín en los labios. Avanzó directamente hasta el lavamanos más próximo, tomó una toallita de papel, dejó el bolso y la hojita de papel en el suelo, a su lado, y abrió el grifo, donde procedió a mojar la toallita hasta que estuvo empapada. A continuación, se la aplicó sobre el rostro con gesto enérgico. Se le aclaró la vista y se sintió más despierta, de modo que empapó otra toallita y la mujer que estaba más cerca de ella le pasó una, soltando una risilla que Clara captó perfectamente, aunque no podía ver debido al agua que tenía en los ojos. Luego, oyó decir a una de las mujeres: “¿Dónde vamos a almorzar?”, y a otra que respondía: “En el bar de abajo, probablemente. Ese viejo estúpido quiere que esté de vuelta en media hora”.
       Comprendió que estaba estorbando a aquellas mujeres, que tenían los minutos contados para asearse y bajar a almorzar, y se apresuró a secarse la cara y apartarse del lavamanos un par de pasos y levantar la cara y mirarse al espejo, cuando se dio cuenta, con una leve punzada de desconcierto, de que no tenía la menor idea de cuál de aquellos rostros era el suyo.
       Observó las imágenes del espejo como si tuviera delante un grupo de desconocidas, todas las cuales la miraban o la rodeaban; ninguna de las caras le resultaba familiar, ninguna le sonreía ni daba la menor muestra de reconocerla. Siempre había pensado que mi propio rostro me reconocería, se dijo con un extraño entumecimiento en la garganta. Ante ella había una cara mantecosa sin barbilla y con el cabello rubio brillante, otra cara de facciones enjutas bajo un sombrero rojo con velo, otro rostro descolorido y nervioso con el cabello castaño aplastado y recogido en la nuca, otro de líneas angulosas bajo una melena también cuadrada y dos o tres caras más que disputaban por acercarse al espejo, haciendo muecas y estudiándose con mirada crítica. Tal vez no es un espejo, pensó; tal vez es una ventana y estoy viendo a unas mujeres que se acicalan al otro lado. Pero no: aquellas mujeres estaban peinándose y mirándose en el espejo; decididamente, el grupo estaba de su lado. Ojalá no sea esa rubia, se dijo, y levantó la mano llevándosela a la mejilla.
       Comprobó que la suya era la cara pálida y nerviosa con el cabello recogido hacia atrás y, al advertirlo, se sintió indignada y retrocedió apresuradamente, abriéndose paso entre el grupo de mujeres mientras se decía: No es justo. ¿Por qué tengo esa cara tan descolorida? En ese espejo había algunas caras bonitas; ¿por qué no escogí una de ellas? No tuve tiempo, se respondió malhumorada; no me dieron tiempo de pensar. Si lo hubiera tenido, habría podido escoger otro más bonito. Incluso el de la rubia habría sido mejor.
       Retrocedió hasta el fondo del baño, y se sentó en una de las sillas de mimbre. Es vulgar, seguía pensando. Alzó la mano y se tanteó el cabello; estaba algo despeinado después de haber dormido pero, decididamente, así era como lo llevaba peinado, aplastado hacia atrás y recogido en la nuca con un broche ancho. Como una estudiante, se dijo, sólo que... (añadió, recordando la cara pálida del espejo), sólo que ya tengo bastantes más años. Desabrochó la hebilla del pelo con dificultad y la colocó donde pudiera verla. El cabello le cayó suavemente en torno al rostro, cálido y largo hasta los hombros. El broche era de plata y llevaba grabado un nombre: “Clara”.
       —Clara —dijo en voz alta. “¿Clara?” Dos de las mujeres volvieron la cabeza para dirigirle una sonrisa mientras salían del baño. Casi todas las mujeres salían ya perfectamente peinadas y maquilladas, y se alejaban apresuradamente sin dejar de parlotear. En cuestión de un segundo, como pajarillos abandonando las ramas de un árbol, todas desaparecieron y ella se quedó sentada a solas en la estancia. Dejó caer el broche en el cenicero colocado junto al asiento; el cenicero era hondo y metálico y el broche produjo un agradable estrépito al caer. Con el cabello suelto sobre los hombros, abrió el bolso y empezó a sacar cosas, que fue colocando en su regazo conforme aparecían. Un pañuelo liso, blanco y sin desdoblar. Una polvera cuadrada y parda de plástico imitación de concha, con un compartimento para el colorete y otro para el rouge; era evidente que el primero no se había utilizado, aunque el rouge estaba casi acabado. Por eso estoy tan pálida, pensó mientras dejaba la polvera. Un lápiz de labios, de un tono rosa, casi acabado también. Un peine, un paquete abierto de cigarrillos y una caja de cerillos, un monedero y una billetera. El monedero era rojo, de imitación de cuero, con una cremallera en la parte superior; lo abrió y vació su contenido en la mano. Monedas de diez centavos; de cinco, de uno, de cuarto de dólar. Noventa y siete centavos, en total. Con eso no podía ir muy lejos, se dijo, y abrió la billetera de piel marrón; contenía dinero, pero primero buscó otros papeles y no encontró ninguno. Lo único que había dentro eran billetes. Los contó: diecinueve dólares. Con eso podía ir un poco más lejos, pensó.
       El bolso no contenía absolutamente nada más. Ni llaves (¿no debería tener unas llaves?, se preguntó), ni papeles, ni agendas ni documentos de identidad. El bolso era también de imitación de cuero, de color gris claro, y se miró y observó que llevaba un traje gris oscuro de franela y una blusa rosa salmón con un volante en torno al cuello. Sus zapatos eran negros y sólidos, de tacón discreto y con cordones, uno de los cuales estaba desatado. Llevaba medias beige y advirtió una carrera en la rodilla derecha y otra, escandalosamente grande, que le bajaba por la pantorrilla y terminaba en un agujero en el dedo gordo del pie, que podía apreciar al tacto dentro del zapato. En la solapa de la chaqueta llevaba un prendedor y, cuando le dio la vuelta para verlo, comprobó que era una letra C de plástico azul. Se lo quitó y lo arrojó al cenicero, donde resonó contra el fondo, arrancando un tintineo metálico al chocar con el broche para el cabello. Sus manos eran menudas, con los dedos rechonchos y las uñas sin pintar, y la única joya que lucía era una fina alianza de oro en la mano izquierda.
       Sentada a solas en la silla de mimbre del baño de damas, pensó: Lo menos que puedo hacer es librarme de estas medias. Como no había nadie a la vista, se quitó los zapatos y se despojó de las medias con una sensación de alivio cuando el dedo gordo quedó libre del agujero en la puntera. ¿Dónde las escondo?, se preguntó; en la papelera de las toallitas usadas. Cuando se puso en pie, pudo verse mejor en el espejo. Su aspecto era aún más espantoso de lo que pensaba: el traje gris le hacía bolsas en las posaderas, sus piernas eran huesudas y tenía los hombros hundidos. Tengo aspecto de cincuentona, pensó; pero no puedo tener más de treinta, añadió luego, al estudiarse el rostro. El cabello le colgaba desordenado en torno a sus pálidas facciones y, en un arrebato furioso, rebuscó en el bolso hasta encontrar el lápiz de labios. Trazó una marcada boca rosa en el rostro blanquecino y, mientras lo hacía, se dio cuenta de que no era muy experta en maquillarse. De todos modos, con los labios encendidos, la cara que tenía delante le pareció un poco más aceptable, de modo que abrió la polvera y se ruborizó las mejillas con el colorete. Le quedaron desiguales y demasiado marcadas, igual que los labios, pero al menos el rostro ya no se veía tan demacrado y nervioso.
       Echó las medias a la papelera y salió de nuevo al pasillo con las piernas desnudas, dirigiéndose resueltamente hacia el ascensor. “¿Abajo?”, preguntó el ascensorista al verla, y ella entró y el aparato la transportó silenciosamente hasta la planta baja. Volvió a pasar ante el conserje con su aire grave y profesional, y salió a la calle, concurrida de gente. Se detuvo delante del edificio y esperó. Al cabo de unos minutos, entre la multitud de transeúntes apareció Jim, que llegó hasta ella y la tomó de la mano.
       En alguna parte, entre un mundo y otro, había quedado su frasco de codeína y arriba, en el suelo del baño de damas, había dejado la hojita de papel que empezaba diciendo: “Extracción”. Siete pisos más abajo, sin pensar en la gente que avanzaba decidida por la acera, sin advertir las esporádicas miradas curiosas, con su mano en la de Jim y el cabello cayéndole sobre los hombros, corría descalza por la arena caliente.




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