Susan Sontag
(Ciudad de Nueva York, 1933 - Ciudad de Nueva York, 2004)


Declaración (1973)
(Debriefing”)
Originalmente publicado en la revista American Review, Núm 18 (septiembre de 1973), págs. 68–85;
I, etcetera
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1978, 189 págs.);
Debriefing. Collected Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017, 336 págs.)



      … Larga y delicada cabellera, castaña con reflejos rojizos, de aspecto artificial, cabellera de actriz, la que tenía a los veintitrés años cuando la conocí (yo tenía diecinueve), cabellera entonces demasiado juvenil para necesitar teñido, pero ahora demasiado vieja para tener exactamente el mismo color; un cuerpo fatigado, refinado, con muñecas gruesas, busto tímido, hombros de anchos omóplatos, huesos pelvianos semejantes a alas de gaviota; un cuerpo ausente que uno podría resistirse a imaginar desnudo, lo que tal vez explica por qué sus ropas son siempre, cuando menos, afectadas y, a menudo, regias; un marido con oscuro bigote falócrata; propietario inesperadamente próspero de un restaurante del East Side con dudoso patrocinio de la Mafia, del cual se separó y después se divorció en circunstancias delicadas; dos criaturas de pelo tan rubio que parecían descender de otros padres, prudentemente evacuadas a internados en el campo. “Por el aire fresco”, según ella.

       Otoño en Central Park, hace varios años. Mientras yacíamos bajo un sicomoro con nuestras bicicletas apoyadas, una al lado de la otra, en su tronco —la de Julia era de su propiedad (antaño había pedaleado con regularidad), la mía era alquilada—, confesó que últimamente encontraba menos tiempo para hacer las cosas: asistir a un curso de aikido, preparar una comida, telefonear a los niños, tener aventuras amorosas. Pero para fantasear parecía tener todo el tiempo del mundo: horas, días enteros.
       ¿Fantasear?
       —Sobre… —dijo ella, mirando al suelo—. Oh, es posible que empiece a fantasear sobre la relación entre esta hoja —señalando una— y aquella otra —indicando una hoja contigua, también amarillenta, con la punta ajada casi perpendicular al nervio principal de la primera—. ¿Por qué descansan precisamente en esa posición? ¿Por qué no en otra?
       —Participaré en el juego. Porque fue así como cayeron del árbol.
       —Pero existe una relación, una conexión…
       Julia, hermana, pobre huérfana acaudalada, estás loca. (Una pregunta loca: aquella que no se debería formular). Pero no dije eso. Dije:
       —No deberías hacerte preguntas que no puedes contestar.
       No obtuve respuesta.
       —Aunque pudieras contestar una pregunta como esa, no sabrías que lo habías hecho.

       Mira, Julia. Escucha, Peter Pan. En lugar de ocuparte de hojas —cosa demencial—, ocúpate de personas. Seguro que, entre las dos y las cinco de esta tarde, ochenta y cuatro amargados veteranos de Vietnam hacen cola para recoger cheques de la Seguridad Social en una oficina sin ventanas ubicada en el centro, mientras diecisiete mujeres están sentadas en sillas de cuero sintético malva en la guarida de un cirujano de Park Avenue esperando que las examinen para verificar si tienen cáncer de pecho. Pero es absurdo empeñarse en relacionar estos dos hechos.
       ¿O no lo es?

       Julia no me preguntó sobre qué fantaseo yo. Por ejemplo:


Lo que está mal

       Una espesa sustancia pardo-amarillenta se ha instalado en los pulmones de toda la gente: es producto del exceso de cigarrillos y de la historia. Una opresión en el pecho, náuseas después de cada comida.

       Julia, delgada por naturaleza, se las ha apañado últimamente para perder más peso. La semana pasada me dijo que sólo el pan y el café no la enferman. “¡Oh, no!”, lamenté. Hablábamos por teléfono. Esa noche fui a inspeccionar su hedionda nevera despoblada. Quise tirar a la basura la hamburguesa mustia que descansaba en el fondo envuelta en un paquete de plástico, pero no me lo permitió. “Ya ni siquiera el pollo es barato”, murmuró.
       Preparó un poco de Nescafé y nos sentamos con las piernas cruzadas sobre el tatami del cuarto de estar. Después de las historias de su actual amante, ese bruto, nos pusimos a discutir sobre Lévi-Strauss y la agonía de la historia. Yo, devota hasta el fin, defendí la historia. Aunque Julia todavía usa caftanes suntuosos y regala sus pulmones con Sobranies de los Balcanes, la otra razón por la que no come es que es demasiado tacaña.

       Una dosis de dolor a la vez. Es posible que Julia no quiera salir “en absoluto”, pero muchas personas ya no tienen ganas de abandonar sus apartamentos “a menudo”.

      Esta ciudad no es una jungla ni la luna ni el Grand Hotel. En perspectiva lejana: una mancha cósmica, un conglomerado de energías que se desangran. Vista desde cerca, es un circuito impreso bastante legible, un laberinto transistorizado de rastros malditos, un banco de datos para grabaciones de voces asmáticas. Sólo algunos de sus ciudadanos tienen derecho a ser amplificados y a hacerse audibles.

      Una mujer negra que ronda los cincuenta, enfundada en un abrigo de paño marrón más oscuro que la bolsa de la compra de papel de estraza que lleva consigo, monta en un taxi, suspirando. “Calle Ciento cuarenta y tres con Saint Nicholas”. Pausa. “¿Vale?”. Después de que el silencioso, melenudo y joven conductor pone en marcha el taxímetro, la mujer coloca la bolsa de compras entre sus gordas rodillas y se echa a llorar. Esaú la oye desde el otro lado de la maltrecha mampara de plástico.

      Con más gente, hay más voces para excluir de la sintonía.

       Naturalmente, es posible que la mujer negra sea Doris, la criada de Julia (todos los lunes por la mañana), quien, hace una década, mientras se hallaba en Saint Nicholas Avenue comprando una caja de seis botellas de cerveza y un poco de ensalada de macarrones, perdió a sus dos hijos pequeños en un incendio que destruyó parcialmente su apartamento de dos habitaciones. Pero si se trata de Doris, no se hace preguntas sobre por qué se consumieron hasta determinado punto y no más, ni por qué los dos cuerpos yacían el uno junto al otro delante del televisor precisamente en esa posición. Y si se trata de Doris, desde luego no es lunes, el día de la señora Julia, porque la bolsa de papel contiene prendas descartadas por la mujer cuyo apartamento de siete habitaciones acaba de limpiar, y Julia nunca desecha ni regala ninguna de sus ropas.

       No es fácil vestirse. Desde que la boutique de la tercera planta de Bloomingdale’s sufrió un atentado en Pascua, registran en la entrada a los clientes de los grandes almacenes. ¡Ciudad loca!

       Si no se trata de Doris, la Doris de Julia, entonces quizá se trate de Doris II, cuya hija (licenciada en humanidades por el Hunter College, 1965), tras haber sido embrujada, vive ahora con una mujer de la misma edad que su madre, aunque más gorda, musculosamente gorda, y rica: Roberta Jorrell, la Reina de las Artes Negras; monologuista, poetisa, escenógrafa, cineasta, profesora de dicción, inventora del sistema Jorrell de conciencia corporal, movimiento y coordinación funcional, conocida en todo el mundo, y sacerdotisa iniciada de vudú de tercera categoría. Doris II, también empleada de hogar, no tiene noticias de su hija desde hace siete años: este es un cautiverio de duración bíblica que la chica ha venido sobrellevando como directora auxiliar de escena del Instituto Roberta Jorrell de Teatro Negro Total; contable de los consorcios Jorrell de bienes raíces situados en Dakar, Cap-Haitien y Filadelfia; descifradora y mecanógrafa de la correspondencia en dos volúmenes entre R. J. y Bertrand Russell, y servidora permanente de la mujer a quien nadie, ni siquiera su marido, se atreve a abordar si no es llamándola “señorita Jorrell”.

       Después de llevar a Doris, si se trata de Doris, a la calle Ciento cuarenta y tres esquina con Saint Nicholas, el taxista se detiene en un semáforo en rojo en la calle Ciento treinta y uno, entonces tres chicos de tez morena —dos de once años y uno de doce— le ponen un cuchillo en la garganta y él les entrega su dinero. Con el letrero de “fuera de servicio” iluminado, regresa velozmente a su garaje, en la calle Cincuenta y cinco Oeste, y se relaja en un rincón, más allá de la máquina expendedora de Coca-Cola, con un porro.

      Sin embargo, si no es a Doris sino a Doris II a quien ha dejado en la calle Ciento cuarenta y tres esquina con Saint Nicholas, el taxista no es víctima de un atraco sino que inmediatamente recoge a un pasajero que pretende ir a la calle Ciento setenta y tres con Vyse Avenue. Acepta. Pero teme extraviarse, no volver a encontrar el camino de regreso. ¡Qué ciudad convulsionada, incontrolable! En los años transcurridos desde que la ciudad dejó de suministrar el servicio de recogida de basura a Morrisania y Hunts Point, los perros que merodean por las calles se han ido transformando sutilmente en coyotes. Julia no se baña con suficiente frecuencia. El sufrimiento huele mal.

       Varios días más tarde, una mujer negra de mediana edad que lleva una bolsa de la compra de papel marrón sale del metro en Greenwich Village y aborda a la primera mujer blanca de mediana edad con la que se cruza. “Disculpe, señora, ¿puede indicarme por dónde se va a la penitenciaría de mujeres?”. Esta es Doris III, cuya única hija, de veintidós años, ya ha cumplido buena parte de la tercera sentencia de noventa días que le han impuesto por ser una… etcétera.

       Sabemos más de lo que podemos aprovechar. Observad todo este material que tengo dentro de la cabeza: cohetes espaciales e iglesias venecianas, David Bowie y Diderot, nuoc mam y Big Macs, gafas de sol y orgasmos. ¿Cuántos periódicos y revistas leéis? Para mí, son lo que los caramelos o los Qu¯a¯aludes o la terapia del grito para mis vecinos. Compro mi ración diaria al veterano cascarrabias de la brigada Lincoln que lleva un estanco en la calle Ciento diez, no al vendedor ciego apostado en el quiosco de madera de Broadway, que está más cerca de mi apartamento.

       Y no sabemos ni por asomo lo suficiente.


Lo que la gente intenta hacer

       Por todos lados, hasta donde alcanzo a ver, la gente se empeña en ser vulgar. Eso exige mucho esfuerzo. La vulgaridad, que generalmente pasa por ser más segura, se ha convertido en algo mucho más raro que antes.

       Julia telefoneó ayer para informar de que, una hora antes, había bajado para recoger la ropa de la lavandería. La felicité.
       La gente procura interesarse en las apariencias. Los hombres desarmados se maquillan, resplandecientes, y se pavonean. Todo el mundo viste una especie de disfraz moral.

       La gente intenta no preocuparse, no preocuparse demasiado. No temer.

       La hija de Doris II presenció personalmente cómo Roberta Jorrell metía ambas manos hasta las muñecas —solemnemente, sin vacilar— en aceite hirviendo, cómo extraía tiras de harina de maíz que amasaba para hacer tortitas, y cómo luego volvía a sumergir fugazmente las tortitas y las manos. Sin dolor, sin cicatrices. Se había preparado mediante veinte horas de redobles incesantes de tambor y cánticos, reverencias y aplausos desacompasados. Los presentes hacían circular agua salada bendita en un vaso de hojalata y la sorbían; y a ella le untaron las extremidades con sangre de cabra. Después de la ceremonia la hija de Doris II y otros cuatro prosélitos, entre los que se contaba Henry, el marido de Roberta Jorrell, la escoltaron de nuevo hasta la suite del hotel, en Pétionville. En ese viaje Henry no fue autorizado a alojarse en la misma planta. La señorita Jorrell dio instrucciones para que la dejaran dormir durante veinte horas y no la despertasen por ningún motivo. La hija de Doris II lavó las túnicas ensangrentadas de la señorita J. y se instaló en un taburete de mimbre frente a la puerta de la alcoba, esperando.

       Trato de hacer salir a Julia para que se distraiga conmigo (han transcurrido quince años desde que nos conocimos): que vea la ciudad. En diferentes días y noches la he invitado a la carrera de patinadores en Brooklyn, a una exposición canina, a F. A. O. Schwartz, al Museo Tibetano de Staten Island, a una marcha de mujeres, a un nuevo bar para solteros, a ver películas desde la medianoche hasta la madrugada en el Elgin, a La Marqueta del domingo en la parte alta de Park Avenue, a un recital de poesías, a cualquier cosa. Invariablemente se niega. Una vez conseguí llevarla a una representación de Pelléas et Mélisande en el Old Met, pero tuvimos que irnos en el entreacto. Julia temblaba… de aburrimiento, según dijo. Momentos después de levantarse el telón sobre el decorado de la primera escena, un calvero en un bosque oscuro, comprendí que había cometido un error. “Ne me touchez pas! Ne me touchez pas!”, gime la protagonista, inclinándose peligrosamente sobre el brocal de un pozo profundo. Son sus primeras palabras. El bienintencionado desconocido y salvador en ciernes —igualmente extraviado— retrocede, contemplando con lascivia la larga cabellera de la protagonista. Julia se estremece. Moraleja: No lleves a Mélisande a ver Pelléas et Mélisande.

       Después de salir de la cárcel, la hija de Doris III intenta dejar la mala vida. Pero no puede darse ese lujo: todo se ha encarecido demasiado. Desde el pollo, incluidas las alas y el buche, hasta el biombo de Coromandel, otrora propiedad de un famoso modisto de los años treinta por el cual la madre de Lyle ofrece 18 000 dólares en una subasta de Parke-Bernet.

      La gente economiza. Aquellos a quienes les gusta comer bien —una categoría que incluye a la mayoría de las personas, y excluye a Julia— ya no hacen las compras de la semana en una hora, en un supermercado, sino que deben consagrar la mayor parte del día a recorrer diez tiendas para reunir los alimentos que caben en un carrito. Ellos, también, vagan por la ciudad.
       Los ricos, que han invertido en sus calculadoras de bolsillo, buscan ahora en qué usarlas.

       La gente, a menos que ya esté subyugada, como la hija de Doris II, contesta a los anuncios que adivinos y curanderos publican en los periódicos. “No es necesario que espere el reparto del pastel en el cielo después de la muerte. Si quiere el pastel ahora, cubierto de nata, vea y escuche al reverendo Ike por televisión y en persona”. La iglesia del reverendo Ike no está situada, repito, no está situada en Harlem. Las nuevas iglesias desprovistas de edificio están migrando del Oeste al Este: la gente adora al diablo. En la calle Cincuenta y tres, al oeste del Museo de Arte Moderno, un chico rubio con un corte de pelo a trasquilones que se parece a Lyle procura despertar mi interés por la Iglesia del Proceso del Juicio Final. “¿Ha oído hablar del Proceso?”. Cuando contesto que sí, continúa declamando como si hubiera respondido que no. Si me detengo a conversar con él no llegaré a la proyección de las cinco y media, pero le pago un dólar cincuenta por su revista. Y él me sigue los pasos, hablándome de los desayunos gratuitos que el Proceso organiza para los niños pobres, hasta que me introduzco en la puerta giratoria del museo. ¡Desayunos gratuitos, nada menos! Yo pensaba que se comían a los niños.

       La gente graba en vídeo sus hazañas de alcoba, interviene sus propios teléfonos.

      Mi buena acción del 12 de noviembre: telefonear a Julia después de tres semanas. “Hola, ¿cómo estás?”. “Espantosamente”, respondió, riendo. Reí a mi vez y exclamé: “Yo también”, lo cual no era rigurosamente cierto. Reímos un poco más, al unísono. Sentía el auricular resbaladizo y caliente en mi mano. “¿Quieres que nos veamos?”, pregunté. “¿Podrías venir otra vez a mi apartamento? Aborrezco salir en estos días”. Queridísima Julia, eso ya lo sé.

      Procuro no reprochar a Julia el haberse desembarazado de sus hijos.

      Lyle, que ahora tiene diecinueve años, me telefoneó la otra mañana desde una cabina situada entre Broadway y la calle Noventa y seis. Le digo que venga a casa y me trae un relato que acaba de terminar, el primero en años, que yo leo. No es tan perfecto como los que publicó cuando tenía once años y era un chico canijo, pálido, con voz de bebé, el Mozart de la Partisan Review. A los once años Lyle aún no se había metido todo ese ácido, no había quedado temporalmente ciego, no había seguido a los Rolling Stones como fan durante una gira a través del país, no había sido internado dos veces por sus padres, ni había cometido tres intentos de suicidio… todo esto antes de terminar su primer año de estudios en el Instituto de Ciencias del Bronx. Lyle, con mi estímulo, accede a no quemar su relato.

       Taki 183, Pain 145, Turok 137, Charmin 65, Think 160, Snake 128, Hondo II, Stay High 149, Cobra 151, y varios de sus amigos, envían mensajes insolentes a Simone Weil… que no es ninguna princesa judeo-norteamericana. Ella les explica que el sufrimiento no tiene fin. Eso es lo que tú crees, le responden, porque tenías jaquecas. Vosotros también las tenéis, afirma ella con acritud. Sólo que no os dais cuenta de ello.
       También les dice que lo único más aborrecible que el “nosotros” es el “yo”… y ellos continúan garrapateando sus nombres con aerosol en los vagones del metro.


Lo que alivia, consuela, ayuda

       Es un placer compartir los recuerdos. Todo lo recordado es querido, entrañable, conmovedor, precioso. Por lo menos el pasado es seguro… aunque entonces no lo supiéramos. Ahora lo sabemos. Porque pertenece al pasado; porque hemos sobrevivido.

       Doris, la Doris de Julia, ha decorado su sala con fotos, juguetes y ropas de sus dos hijos muertos, y cada vez que alguien la visita debe pasar la primera media hora examinando esos recuerdos. Ella se lo muestra todo, sin lágrimas en los ojos.
       Un viento gélido se abate tiritando sobre la ciudad, la temperatura baja. La gente tiene frío. Pero por lo menos despeja la contaminación. Desde mi azotea en Riverside Drive, alcanzo a ver, escudriñando a través de una atmósfera aceptable, una arista de las montañas Ramapo, del otro lado de Nueva Jersey.

       Ayuda decir que no. Una tarde, cuando visito el apartamento de Julia para recuperar un libro, telefonea su padre, el psiquiatra. Se supone que yo debo atender la llamada: mientras cubro el micrófono, susurro: “¡Cambridge!” y, desde el otro extremo de la habitación, ella susurra a su vez: “¡Di que no estoy en casa!”. Él sabe que miento: “Sé que Julia no sale nunca”, exclama indignado. “Habría salido —respondo— si hubiera sabido que usted iba a telefonear”. Julia sonríe —una sonrisa infantil, que me destroza el corazón— y muerde una granada que le he traído.

       Lo que ayuda es conservar los mismos sentimientos a lo largo de toda una vida. Durante una fiesta que se celebra en Beekman Place con el fin de recaudar fondos para el candidato a alcalde alternativo de la Nueva Coalición Demócrata, flirteo con un maduro periodista de lengua yiddish que no quiere hablar de cupos de ingreso y de boicoteos a las escuelas en Queens. Me habla de su infancia en un shtetl situado a diez millas de Varsovia (“Por supuesto, nunca has oído hablar de un shtetl. Eres demasiado joven. Era una aldea donde vivían los judíos”). Había sido el compañero inseparable de otro chiquillo. “No podía vivir sin él. Era más importante para mí que mis hermanos. Pero ¿sabes una cosa?, no le tenía aprecio. Lo odiaba. Cada vez que jugábamos juntos me hacía enfurecer. A veces nos tratábamos a palos”. Me cuenta a continuación que, el mes pasado, un anciano desarrapado, con las orejas rígidas y enrojecidas, había entrado en la oficina del Forward, había preguntado por él, se había aproximado a su mesa, se había detenido allí y había dicho: “Walter Abramson, ¿sabes quién soy?”. Y él había sondeado los ojos del anciano, había escudriñado su cabeza calva y su cuerpo semejante a una bolsa de la compra, y había comprendido súbitamente. “Eres Isaac”. Y el anciano había contestado: “Exacto”.
       “Después de cincuenta años, ¿te imaginas? Sinceramente, no sé cómo lo reconocí —comenta el periodista—. No fue por algo que viera en sus ojos. Pero lo reconocí”.
       ¿Qué sucedió? “Entonces nos fundimos en un abrazo. Y le pregunté por su familia, y él me contó que los nazis los habían matado a todos. Y él me preguntó por mi familia, y le conté que los habían matado a todos… Y ¿sabes una cosa? Al cabo de quince minutos, todo lo que decía me irritaba. Ya no me importaba que hubieran matado a toda su familia. No me importaba que fuera un viejo indigente. Lo odiaba. —Se estremeció… de vitalidad—. Tenía ganas de golpearlo. Con un palo”.

       A veces ayuda cambiar drásticamente de sentimientos, como someterte a una transfusión completa de sangre. Convertirse en otra persona. Pero sin artes mágicas. No existe un equivalente moral de la operación que hace felices a los transexuales.

       Ayuda tener sentido del humor. No he explicado que Julia es divertida, jocosa, ingeniosa… que puede hacerme reír. La he descrito como si no fuera más que una carga para mí.

       A veces ayuda ser paranoico. Las conspiraciones tienen el mérito de la coherencia. Es un alivio descubrir a vuestros enemigos, aunque antes debáis inventarlos. Roberta Jorrell, por ejemplo, ha explicado seriamente a la hija de Doris II y a otras personas que tiene a sueldo cuál es la forma precisa de combatir a los enemigos de su Centro Negro de Rehabilitación de Filadelfia del Sur, subvencionado por el gobierno federal —banqueros blancos, psiquiatras de la Asociación Médica Norteamericana, Panteras Negras, polizontes, maoístas y la CIA— con polvos, embrujos y piedras planas sobrenaturalmente lisas bendecidas por una santera cubana en Miami Beach. Julia, sin embargo, no cree tener enemigos. Así, cuando su actual amante se niega nuevamente a abandonar a su esposa, ella sigue sin entender que no la ama. Pero cuando sale a la calle, lo cual sucede cada vez con menor frecuencia, los coches le parecen amenazadoramente imprevisibles.

       Se dice que volar ayuda. Los padres de Lyle, Dean y Shirley, que se retiraron del mercado el año pasado, han comprado un piso en un bloque de apartamentos de Sarasota, Florida, donde, a fin de hacer más atractiva la ciudad a los turistas, los patriarcas locales votaron recientemente una resolución para retirar todos los parquímetros que se habían instalado en el centro cinco años atrás. Los padres de Lyle no saben cuántas semanas al año pueden pasar realmente en la ciudad natal de los hermanos Ringling, pero no ha transcurrido una sola década sin que no hayan subido los precios de la vivienda, ¿no es cierto? Y ese enloquecido niño prodigio, su hijo, siempre tendrá su habitación allí, si la desea.

       Ayuda no tener remordimientos por las propias opciones sexuales, aunque no está claro que muchas personas logren proceder realmente así. Después de hallar finalmente el camino de regreso desde Hunts Point hasta el retículo bien iluminado de los depredadores más conocidos, el taxista que llevó a Doris II a la calle Ciento cuarenta y tres con Saint Nicholas recoge a un muchacho pálido, rubio, con un corte de pelo desigual, que también se parece a Lyle, y que dice, al subir al taxi: “A West Street, esquina con los camiones de la carne, por favor”.

       Últimamente, mi vida sexual se ha vuelto muy pura. No quiero que parezca una película porno. (Puesto que he disfrutado de muchas películas porno, no quiero que sea como ellas).
       Acostémonos juntos, amor, y abracémonos.

       Mientras tanto, el auténtico Lyle ha vuelto a saltarse la clase de las cuatro, Lit. Comp. 203 (“Sade y la tradición anarquista”), y está despatarrado frente al televisor en la sala de la residencia para estudiantes. Cada vez ve más programas de televisión, con preferencia por las telenovelas como Secret Storm y As the World Turns. También ha empezado a ir a las fiestas de estudiantes, en lugar de rechazar las amables pero desganadas invitaciones de su compañero de cuarto. Una buena regla: toda fiesta es deprimente, si lo pensáis. Pero no tenéis por qué pensarlo.

       Soy dichosa cuando bailo.

       Tócame.


Lo que inquieta

       Leer Las últimas cartas de Stalingrado, y llorar por esas voces perdidas, “demasiado” humanas, entre el más demoníaco de los enemigos. Nadie es un demonio si se le escucha con atención.

       Que todos te parezcan locos… Por ejemplo: tanto Lyle como sus padres. Y descubrir que los locos son particularmente audibles.

       Tener miedo.

       Saber que la semana próxima Lyle será presentado a Roberta Jorrell en una elegante fiesta con que la agasajarán en el SoHo después de que pronuncie su discurso en la Universidad de Nueva York; que ella lo reclutará; que abandonará la universidad, y que no se volverá a saber de él durante al menos siete años.

       Percibir lo desesperados que están todos. A Doris, la Doris de Julia, la van a desahuciar de su apartamento. No sólo no tiene dinero para pagar un alquiler más elevado, sino que además quiere seguir viviendo en el lugar donde murieron sus hijos.

       Enterarse de que el gobierno —mediante el uso de información que ahora los bancos, la compañía telefónica, las líneas aéreas, las compañías de tarjetas de crédito deben almacenar en ordenadores porque así se lo exige la ley— puede saber más que yo acerca de mí (acerca de mis actividades más sociales, por lo menos). Si fuera necesario, podría enumerar la mayoría de los viajes que he realizado en avión, y las matrices de mis talonarios de cheques descansan en un cajón… en alguna parte. Pero no recuerdo a quién telefoneé hace exactamente cuatro meses a las once de la mañana, y no lo recordaré jamás. No creo que fuera a Julia.

       Descubrir en mí el deseo de dejar de escuchar las desventuras ajenas.

       No saber con certeza cómo ejercitar los poderes que poseo.
       Julia se dejó subyugar en una ocasión por una exinvestigadora de fenómenos parapsicológicos, entonces especialista en el ocultismo de los indios norteamericanos, quien afirmó saber cómo ayudarla. La mayoría de las personas que conocen a Julia, pasmadas por su vulnerabilidad, intentan ayudarla. El placer de su belleza, que es el único don que Julia ha podido tributar a los demás, también ayuda. La hechicera en cuestión, Martha Wooten, era blanca, nacida en Westchester, vigorosa, una estupenda tenista… más parecida a una profesora de gimnasia. Yo pensé, con ánimo condescendiente, que tal vez podría beneficiar a Julia, hasta que en el curso de un programa encaminado a librarla de sus demonios, la hizo aullar a la luna llena a cuatro patas. Entonces volví a irrumpir en la pobremente pertrechada vida de Julia, ejecuté mis antiguos ritos de contraexorcismo —¡razón!, ¡autoconservación!, ¡pesimismo del intelecto, optimismo de la voluntad!— y Martha Wooten desapareció, o más bien se metamorfoseó en una de las Malvadas Brujas del Oeste, y se instaló en Big Sur con la identidad de Lady Lambda, cabecilla del único culto satánico que practica la respiración profunda y el análisis bioenergético.
       ¿Procedí correctamente al desembrujarla?

       No poder cambiar la propia vida. La hija de Doris III está nuevamente en la cárcel.

       Vivir en una atmósfera nociva. Vivir una vida desprovista de aire. Sentir que no existe el suelo: que sólo hay aire.


Nuestras perspectivas

       Aleatorias. Repetitivas. Un lunes, después de llevar a casa a Doris, la Doris de Julia, tras haber limpiado el apartamento de Julia, el taxista se detiene para recoger a tres puertorriqueños de catorce años entre la calle Ciento once y Second Avenue. Si no lo atracan, montarán en el taxi, pedirán que los lleve al bar de zumos del callejón junto al puente de la calle Cincuenta y nueve y le darán una generosa propina.

       Nada bueno. En la esquina de las calles Noventa y Amsterdam, un cartel manuscrito pegado a la altura de la vista, en el muro de ladrillo sin revocar de una urbanización inconclusa, reza plañideramente: Dejad de matar.
       ¡Ciudad herida!
       Aunque ninguna de las reglas para renovarse sea válida, es sano continuar formulándolas.

       He aquí una sólida regla conservadora que transmitió Goethe a Eckermann: “Todo esfuerzo sano está encauzado desde el mundo interior hacia el exterior”. Meted esto en vuestra pipa de hachís y fumáoslo.
       Pero digamos, o supongamos, que no estamos en condiciones de estar sanos. Entonces queda un solo camino para llegar al mundo. Estaríamos satisfechos con el mundo, si voláramos hacia él en busca de refugio.

       En realidad, este mundo no es sólo un mundo… ahora. Así como esta ciudad es realmente una estratificación de ciudades. Detrás de las múltiples capas de dolor, procurad conectaros con el anhelo exclusivo de placer que opera incluso en la violencia de calles y lechos, de cárceles y teatros de ópera.

       Para decirlo con las palabras del reverendo Ike: “Podéis ser felices ahora”. Por una extraordinaria coincidencia, hay un día en que es posible encontrar a Doris, Doris II y Doris III —que no se conocen entre sí— bajo el mismo techo: en la Iglesia Unida e Instituto de la Ciencia de Vivir del reverendo Ike, asistiendo a la Sesión Dominical de Curación y Bendición de las tres de la tarde. En cuanto a las perspectivas de ser feliz: ninguna de las tres Doris queda convencida.

       Julia… ¡cualquiera! Eh, ¿cómo estás? Espantosamente, sí. Pero te reíste.

       Algunos de nosotros flaquearán pero otros serán valientes. Una mujer negra de mediana edad con un abrigo marrón y una maleta marrón sale de un banco y monta en un taxi. “Lléveme a la estación de autobuses Port of Authority, por favor”. Doris II va a coger un autocar rumbo a Filadelfia. Después de siete años, se enfrentará con Roberta Jorrell e intentará recuperar a su hija.

       Algunos se acobardarán aún más. Mientras tanto, la mayoría nunca sabrá lo que está sucediendo.

       Hurguemos en el pasado. Admiremos lo que sea, cada vez que podamos. Pero la gente ahora experimenta una reticente compasión por el pasado.

       Si voy a cenar con mi traje espacial, ¿tú llevarás puesto el tuyo? Quizá pareceremos Dale y Flash Gordon, pero a quién le importa. Lo que ahora piensan todos: sólo se puede concertar una alianza con el futuro.

       Las perspectivas son de reincidir en lo mismo. Como siempre. Pero yo me niego.

       Supongamos, sólo supongamos, alma abatida, que intentas vivir una vida ejemplar. Ser bondadosa, honorable, considerada, justa. ¿En virtud de qué autoridad?
       Y nunca sabrás, así, lo que más anhelas saber. Para alcanzar la sabiduría es preciso vivir una vida que sea singular en otro sentido, que sea perversa. Para saber más, debes invocar todas las vidas que existen, y excluir luego lo que no te place. La sabiduría es una empresa despiadada.
       Pero ¿qué decir de aquellos a quienes amo? Aunque no creo que mis amigos sean incapaces de seguir adelante sin mí, sobrevivir no es tan fácil, y probablemente yo no pueda sobrevivir sin ellos.
       Si no nos ayudamos recíprocamente, desamparados y enloquecidos albañiles que hemos olvidado la ubicación del edificio que estábamos levantando…
       “¡Taxi!”. Paro un taxi durante la hora punta de la tarde del miércoles y pido al conductor que me lleve lo más velozmente posible a la dirección de Julia. Últimamente había algo en su voz cuando me hablaba por teléfono… Pero cuando entro parece estar perfectamente. Incluso había salido el día anterior para llevar a enmarcar un batik (confeccionado un año antes); estará listo dentro de una semana. Y cuando le pido prestado un ejemplar atrasado de una revista feminista que veo bajo una pila de periódicos viejos, en el suelo, comenta tres veces que debo devolvérsela pronto. Prometo pasar por su casa el lunes próximo. Tranquilizada por el testimonio de esas pequeñeces con que se manifiesta a menudo la adhesión de Julia a la vida, me dispongo a partir. Pero entonces me pide que me quede unos minutos más, lo cual significa que las cosas cambian: quiere charlar sobre temas tristes. En el momento preciso, como un viejo actor de vodevil, recito mis parlamentos de encanto ético y secular. Parecen dar buen resultado. Promete intentarlo.


Lo que hago

       Abandono la ciudad a menudo. Pero siempre regreso.

       Conseguí que Lyle me entregara su relato —su único ejemplar, desde luego— segura de que, no obstante su promesa, lo quemaría si se lo devolviese, como ha quemado todo lo que ha estado escribiendo desde que tenía quince años. Se lo he dado a un director de revista que conozco.

       Exhorto, interfiero, me impaciento. Por amor de Dios, no es tan difícil vivir. Uno de los consejos que doy es: No sufras el dolor futuro.
       Y tanto si mi interlocutor escucha el consejo como si no lo escucha, por lo menos yo he aprendido algo de lo dicho. Me doy un consejo bastante bueno a mí misma.
       Aquella tarde del miércoles le dije a Julia que sería muy estúpido que se suicidara. Estuvo de acuerdo conmigo. Creí haber sido convincente. Dos días más tarde salió nuevamente de su apartamento y se mató, demostrándome que no le importaba hacer algo estúpido.

       A mí me importaría. Incluso cuando anuncio a mis amigos que haré algo estúpido, no creo realmente que lo sea.

       Deseo salvar mi alma, ese viento tímido.

       Algunas noches sueño que sujeto a Julia por su larga cabellera, justo cuando se dispone a saltar al río. O sueño que ya está en el río: yo me encuentro plantada en mi azotea, de cara a Nueva Jersey; miro hacia abajo y la veo pasar flotando y salto, cayendo a medias, planeando a medias como un pájaro, y la cojo por el pelo y la saco del agua.
       Julia, querida Julia, no se suponía que debías continuar asomándote al brocal del pozo… desafiando a cualquiera con buenas intenciones para que se aproximara, para que te salvara, para que fuese bondadoso. Se suponía que por lo menos debías morir en una cama tibia… silenciosamente; rodeada por las personas culpables, torpes, que te adoraban, dejándolas frustradas y resentidas contigo hasta el fin.

       No pienso en lo que el arrogante y contaminado Hudson hizo con tu cuerpo antes de que te hallaran.

       Julia, rostro plastificado en el ataúd encerado, ¿cómo podías ser tan vieja como eras? Aún eres la chica de veintitrés años que inició una conversación absurdamente pedante conmigo en la escalinata de la biblioteca Widener… tan delgada; tan deliciosamente rebuscada; tan inquieta; tan ausente; mucho más joven que yo, que tenía cuatro años menos que tú; tan cansada ya; tan exasperante; tan conmovedora. Siento deseos de pegarte.
       Cómo gemí bajo el peso de nuestra amistad. Pero tu muerte es más pesada.

       La razón por la cual te hundiste, mientras otros igualmente ausentes de sus vidas sobreviven, es un misterio para mí.

       Digamos que estamos todos dormidos. ¿Queremos despertar?

       ¿Es justo que yo despierte y vosotros, la mayoría de vosotros, no? ¿Justo?, decís con desdén. ¿Qué tiene que ver la justicia con esto? Que cada alma se apañe como pueda. Pero yo no quise despertar sin vosotros.
       Vosotros sois las lágrimas de las cosas, yo no. Si lloráis por mí, yo lloraré por vosotros. Ayudadme, yo no quiero llorar por mí. No me rindo.

       Yo, Sísifo. Me aferro a mi roca, sin necesidad de que me encadenéis. ¡Quietos! La hago rodar hacia arriba… arriba, arriba. Y… allá vamos. Sabía que sucedería esto. Mirad, estoy nuevamente en pie. Mirad, empiezo a hacerla rodar nuevamente hacia arriba. No intentéis disuadirme. Nada, nada podría arrancarme de esta roca.




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