Susan Sontag
(Ciudad de Nueva York, 1933 - Ciudad de Nueva York, 2004)


El muñeco (1963)
(“The Dummy”)
Originalmente publicado en la revista Harper’s Bazaar (septiembre de 1963);
I, etcetera
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1978, 189 págs.);
Debriefing. Collected Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017, 336 págs.)



      Dado que mi situación es intolerable, he decidido tomar medidas para resolverla. Por ello he fabricado un muñeco de tamaño natural utilizando varias marcas de productos plásticos japoneses que simulan la carne, el pelo, las uñas y demás. Un técnico electrónico que conozco montó, a cambio de una suma considerable, el mecanismo interior del muñeco: este podrá hablar, comer, trabajar, caminar y copular. Contraté a un destacado artista de la antigua escuela realista para que pintara las facciones: necesitó doce sesiones para lograr un rostro idéntico al mío. Allí están mi nariz ancha, mi cabello castaño, las arrugas a los lados de la boca. Ni siquiera yo podría distinguir al muñeco de mi persona si no fuese porque desde mi peculiar perspectiva resulta harto evidente que él es él y yo soy yo.
       Lo que falta es instalar al muñeco en el centro de mi vida. Él irá a trabajar en mi lugar, y recibirá la aprobación y la crítica de mi jefe. Él hará reverencias y economizará y será diligente. Lo único que le pediré será que me traiga el cheque cada miércoles. Yo le daré dinero para sus gastos de transporte y sus almuerzos, pero no más. Yo extenderé los cheques para el pago del alquiler y los servicios, y me guardaré el resto. El muñeco también será el que estará casado con mi esposa. Le hará el amor el martes y el sábado por la noche, verá la televisión con ella todas las noches, ingerirá sus saludables cenas, reñirá con ella respecto de la forma de criar a las niñas. (Mi esposa, que también trabaja, paga las provisiones con su sueldo.) También encomendaré al muñeco que juegue a los bolos el lunes por la noche con el equipo de la oficina, que visite a mi madre el viernes por la noche, que lea el periódico todas las mañanas y quizá que compre mi ropa (dos juegos: uno para él, otro para mí). Le asignaré otras tareas a medida que se presenten y que yo desee librarme de ellas. Quiero reservarme solo lo que me produzca placer.
       Diréis que es una empresa ambiciosa. Pero ¿por qué no abordarla? Los problemas de este mundo solo se resuelven de dos maneras: por extinción o por duplicación. Las épocas pasadas solo contaban con la primera alternativa. Pero no veo ningún motivo para no aprovechar las maravillas de la tecnología moderna en aras de la liberación personal. Tengo una opción. Y, puesto que no alimento tendencias suicidas, he resuelto duplicarme.
       Una hermosa mañana de un lunes doy cuerda al muñeco y lo pongo en libertad, después de haberme asegurado de que conoce su deber. O sea, que sabe perfectamente cómo me comportaría yo en cada situación cotidiana. Suena la campanilla del despertador. Se da la vuelta y da un codazo a mi mujer, que se levanta desganadamente de la cama de matrimonio y silencia el despertador. Mi esposa se pone las pantuflas y la bata, y luego entra cojeando, con los tobillos entumecidos, en el baño. Cuando ella sale y se dirige hacia la cocina, él se levanta y ocupa el lugar que ha quedado libre en el baño. Orina, hace gárgaras, se afeita, vuelve al dormitorio y saca su ropa de la cómoda y el armario, regresa al baño, se viste y por fin se reúne con mi esposa en la cocina. Mis hijas ya están sentadas a la mesa. La menor no terminó de hacer sus deberes anoche, y mi esposa escribe una carta de justificación a la maestra. La mayor mastica altivamente la tostada fría. “Buenos días, papá”, dicen al muñeco. Este, a su vez, las besa fugazmente en la mejilla. Observo con alivio que el desayuno transcurre sin problemas. Las niñas se van. No han notado nada. Empiezo a sentirme seguro de que mi plan va a tener éxito y deduzco, de mi excitación, que había temido muchísimo que no lo tuviera: que se produjese alguna avería mecánica, que el muñeco no reconociera las claves para actuar. Pero no, todo marcha sobre ruedas. Incluso su manera de doblar The New York Times es la correcta; reproduce exactamente el tiempo que yo dedicaba a las noticias internacionales y tarda precisamente lo mismo que tardaba yo en leer las páginas de deportes.
       El muñeco besa a mi esposa, sale por la puerta, entra en el ascensor. (Me pregunto si las máquinas se reconocen entre sí.) Llega al vestíbulo, sale por la puerta, camina por la calle a paso normal —el muñeco ha salido puntualmente, no tiene por qué inquietarse—, baja al metro. Equilibrado, sereno, pulcro (yo mismo lo limpié el domingo por la noche), desenvuelto, realiza los actos estipulados. Será feliz mientras yo esté satisfecho con él. Y lo estaré, haga lo que haga, mientras los otros estén satisfechos con él.
       Tampoco en la oficina nota nadie ningún cambio. La secretaria lo saluda y él le sonríe como yo lo hago siempre; después se encamina hacia mi cubículo, cuelga su abrigo y se sienta frente a mi mesa. La secretaria le trae mi correspondencia. Después de leerla, pide que le tome algunos dictados. A continuación debe ocuparse de una pila de trámites que dejé inconclusos el viernes pasado. Hay llamadas telefónicas, una cita para almorzar con un cliente de fuera. Solo observo una irregularidad: el muñeco fuma siete cigarrillos durante la mañana. Yo fumo generalmente entre diez y quince. Pero eso lo atribuyo al hecho de que es nuevo en su trabajo y no ha tenido tiempo para acumular las tensiones que yo experimento al cabo de seis años en esa oficina. Se me ocurre que probablemente no beberá dos martinis —como yo hago siempre— durante el almuerzo, sino solo uno, y acierto. Pero estos son simples detalles, y será un mérito del muñeco que alguien los note, aunque dudo que eso suceda. Su comportamiento con el cliente de fuera es correcto: quizá exagera un poco su amabilidad, pero eso también lo atribuyo a la inexperiencia. Gracias a Dios, no falla en los pequeños detalles. Sus modales a la mesa son como deben ser. No picotea del plato sino que come con fruición. Y sabe que debe firmar la cuenta en lugar de pagar con la tarjeta de crédito: la empresa tiene una cuenta en ese restaurante.
       Por la tarde se celebra una conferencia de ventas. El vicepresidente explica una nueva campaña de promoción para el Medio Oeste. El muñeco formula sugerencias. El jefe hace ademanes de asentimiento. El muñeco da golpecitos con el lápiz sobre la larga mesa de caoba y tiene un talante pensativo. Observo que fuma un cigarrillo tras otro. ¿Es posible que experimente la presión tan pronto? ¡Qué vida tan difícil ha sido la mía! Después de vivirla durante menos de un día, incluso un muñeco da ya algunas muestras de desgaste y deterioro. El resto de la tarde transcurre sin incidentes. El muñeco vuelve a casa para reunirse con mi esposa e hijas, ingiere mi cena gustosamente, juega al Monopoly con las niñas durante una hora, ve una película del Oeste en la televisión junto con mi esposa, se baña, se prepara un bocadillo de jamón y luego se acuesta. Ignoro con qué sueña, pero deseo que sea con algo reposado y placentero. Si mi aprobación puede suministrarle un sueño tranquilo, ya cuenta con ella. Estoy plenamente satisfecho con mi creación.
 
 
       Hace varios meses que el muñeco está en funcionamiento. ¿Qué puedo decir? ¿Que es más eficiente? Imposible. El primer día se desenvolvió muy bien. No podría parecerse a mí más de lo que se parecía al principio. No es necesario que mejore en su trabajo, basta con que se consagre a él de buena gana sin rebeldías, sin averías mecánicas. Mi esposa es feliz con él… o por lo menos no es más desdichada de lo que era conmigo. Mis hijas lo llaman “papá”, y le piden su paga. Mis compañeros de trabajo y mi jefe continúan confiándole mis tareas.
       Últimamente, sin embargo —solo durante la semana pasada, en realidad—, he notado algo que me preocupa. Se trata de la atención que el muñeco presta a la nueva secretaria, la señorita Amor. (Espero que no sea su nombre lo que lo excita en algún recoveco de su compleja maquinaria. Imagino que las máquinas pueden tener una mentalidad literal.) Una ligera demora en la mesa de ella cuando él entra por la mañana, una pausa de un segundo, no más, cuando ella lo saluda; mientras que yo —y él hasta hace poco tiempo— acostumbraba pasar junto a esa mesa sin cambiar el ritmo de la marcha. Y parece dictar más cartas. ¿Acaso eso es producto del mayor celo con que trabaja para la firma? Recuerdo cómo habló el primer día en la sala de conferencias. ¿O acaso se trata del deseo de retener a la señorita Amor? ¿Esas cartas son necesarias? Juraría que él lo cree. Pero también es cierto que nunca se sabe qué es lo que sucede detrás de su imperturbable cara de muñeco. No me atrevo a preguntárselo. ¿Acaso porque no quiero descubrir lo peor? ¿O porque tengo miedo de que lo enfurezca mi intromisión en su intimidad? Sea como fuere, he resuelto esperar a que él me lo diga.
       Hasta que un día aflora… la temida noticia. A las ocho de la mañana el muñeco me acorrala en la ducha, desde donde lo espío mientras se afeita, maravillándome de que se acuerde de cortarse de vez en cuando, como me corto yo. Se desahoga conmigo. Me asombra la magnitud de su emoción… me asombra y me produce un poco de envidia. Nunca había imaginado que un muñeco pudiera ser tan sensible, que vería llorar a un muñeco. Intento serenarlo. Lo amonesto y después lo reprendo. Es inútil. Sus lágrimas se truecan en sollozos. Él, o más exactamente su pasión, cuyo mecanismo no puedo sondear, empieza a repugnarme. También me aterroriza la posibilidad de que mi esposa y mis hijas lo oigan, irrumpan en el baño y encuentren allí a esa criatura enloquecida e incapaz de responder normalmente. (¿Podrían hallarnos a los dos en el baño? Eso también es posible.) Abro la ducha y los dos grifos del lavabo, y hago correr el agua del inodoro para ahogar los ayes de dolor que articula. ¡Todo eso por amor! ¡Todo eso por amor a la señorita Amor! Apenas le ha hablado, excepto por cuestiones de negocios. Ciertamente no se ha acostado con ella: de eso estoy seguro. Y, sin embargo, está locamente, desesperadamente enamorado. Quiere abandonar a mi esposa. Le explico hasta qué punto es imposible. En primer lugar, tiene deberes y responsabilidades. Es el marido de mi esposa y el padre de mis hijas. Dependen de él y su actitud egoísta les destrozaría la vida. Y en segundo lugar, ¿qué sabe acerca de la señorita Amor? Ella es por lo menos diez años menor que él, no le ha dado ninguna muestra de interés, y probablemente tiene un simpático novio de su edad con el que planea casarse.
       El muñeco se niega a escuchar. No hay forma de consolarlo. La señorita Amor será suya o —aquí hace un ademán amenazador— se autodestruirá. Se golpeará la cabeza contra la pared, o saltará por la ventana, para descalabrar irremediablemente su delicada maquinaria. Eso me alarma realmente. Veo arruinado mi maravilloso plan, que me ha dejado tan estupendamente desocupado y en paz durante los últimos meses. Me veo de nuevo en la oficina, haciéndole el amor a mi esposa, disputando el espacio en el metro durante la hora punta, viendo la televisión, dando un azote a las niñas. Si la vida me había resultado intolerable antes, podéis imaginar cuán impensable se ha vuelto ahora. Vaya, si solo supierais cómo he pasado estos últimos meses, mientras el muñeco administraba mi vida… Sin una preocupación en el mundo, exceptuando la ocasional curiosidad respecto de la suerte que corría mi muñeco. Me he deslizado hasta el fondo del mundo. Ahora duermo en cualquier parte: en pensiones de mala muerte, en el metro (que solo cojo muy avanzada la noche), en callejones y portales. Ya no me molesto en ir a pedirle mi cheque al muñeco, porque no hay nada que desee comprar. Casi nunca me afeito. Mis ropas están desgarradas y manchadas.
       ¿Os parece esto muy deprimente? No lo es, no lo es en absoluto. Por supuesto, cuando el muñeco me alivió por primera vez de mi propia vida, yo alimentaba planes grandiosos para vivir vidas ajenas. Quería ser explorador del Ártico, concertista de piano, una gran cortesana, un estadista mundial. Intenté ser Alejandro Magno, luego Mozart, luego Bismarck, luego Greta Garbo, luego Elvis Presley… en mi imaginación, claro está. Supuse que, al no ser ninguna de esas personas por mucho tiempo, experimentaría solo sus placeres y ninguno de sus dolores; porque podría evadirme, transformarme, cada vez que lo deseara. Pero el experimento falló, por falta de interés, por extenuación, llamadlo como queráis. He descubierto que estoy cansado de ser persona. No solo cansado de ser la persona que era, sino cualquier persona. Me gusta contemplar a las gentes, pero no conversar con ellas, tratar con ellas, complacerlas u ofenderlas. Ni siquiera me gusta hablar con el muñeco. Estoy cansado. Me gustaría ser una montaña, un árbol, una piedra. Si he de continuar siendo una persona, la vida de la escoria solitaria es la única tolerable. De modo que queda totalmente descartada la posibilidad de permitir al muñeco que se autodestruya, obligándome a ocupar su puesto y a vivir mi vida de antes.
       Persevero en mis esfuerzos de persuasión. Consigo que enjugue sus lágrimas y salga y afronte el desayuno en familia, a cambio de la promesa de que continuaremos nuestra conversación en la oficina, después de que dicte a la señorita Amor su tanda de cartas matutinas. Accede a intentarlo, y se presenta un poco tardíamente en la mesa, con los ojos enrojecidos. “¿Un resfriado, cariño?”, pregunta mi esposa. El muñeco se ruboriza y murmura algo. Ruego que se dé prisa. Temo que sufra otro colapso. Observo alarmado que apenas puede comer y deja las dos terceras partes del café en la taza.
       El muñeco sale tristemente del apartamento, y deja a mi mujer perpleja y recelosa. Veo que hace señas a un taxi en lugar de coger el metro. En la oficina, escucho subrepticiamente cómo dicta sus cartas, suspirando entre una oración y otra. La señorita Amor también lo nota. “Bueno, ¿qué le pasa?”, pregunta jovialmente. Se produce una larga pausa. Espío desde el interior del armario y ¿qué veo? Al muñeco y la señorita Amor que se abrazan apasionadamente. Él le acaricia los pechos, ella tiene los ojos cerrados, se devoran mutuamente con sus bocas. El muñeco me ve fisgar detrás de la puerta del armario. Le hago señas frenéticamente, procurando darle a entender que debemos hablar, que estoy de su parte, que lo ayudaré. “¿Esta noche?”, susurra el muñeco, mientras suelta lentamente a la extasiada señorita Amor. “Te adoro”, susurra ella. “Te adoro —dice el muñeco con una voz un poco más fuerte que un susurro—, y debo verte.” “Esta noche —susurra ella a su vez—. En mi casa. Esta es la dirección.”
       Otro beso y la señorita Amor se va. Salgo del armario y echo la llave a la puerta del pequeño despacho. “Bueno —anuncia el muñeco—, debo elegir entre Amor y muerte.” “Está bien —respondo tristemente—. Ya no intentaré disuadirte. Parece una buena chica. Y es muy atractiva. Quién sabe, si hubiera trabajado aquí cuando estaba yo… —Veo que el muñeco frunce el ceño coléricamente y no termino la frase—. Pero deberás concederme un poco de tiempo.” “¿Qué harás? Hasta donde veo, no puedes hacer nada —dice el muñeco—. Si crees que volveré a reunirme en casa con tu esposa y tus hijas, después de haber encontrado a Amor…” Le imploro que me dé tiempo.
       ¿Qué me propongo hacer? Sencillamente esto. Ahora el muñeco se encuentra en mi situación inicial. Su actual régimen de vida le resulta intolerable. Pero, puesto que su anhelo de vivir una vida auténtica, individual, es mucho mayor que el que yo experimenté jamás, no quiere desaparecer del mundo. Solo desea reemplazar a mi esposa, a todas luces de segunda mano, y a mis dos bulliciosas hijas por la deliciosa señorita Amor, que no tiene descendencia. Pues bien, ¿por qué mi solución —la duplicación— no habría de ser tan eficaz para él como lo fue para mí? Cualquier cosa es mejor que el suicidio. El tiempo que necesito es el indispensable para fabricar otro muñeco, un muñeco que se quedará con mi esposa y mis hijas y que irá a mi oficina mientras este muñeco (el verdadero muñeco, debo llamarlo ahora) se fuga con la señorita Amor.
       Esa mañana, más tarde, le pido dinero prestado para ir a un baño turco y asearme, para cortarme el pelo y afeitarme en la peluquería, y para comprarme un traje idéntico al que él usa. Por sugerencia suya, nos reunimos para comer en un pequeño restaurante de Greenwich Village, donde es imposible que se encuentre con alguien que pudiera reconocerlo. No sé muy bien qué es lo que teme. ¿Comer solo, y que lo vean conversando consigo mismo? ¿Que lo vean conmigo? Pero ahora estoy perfectamente presentable. Y si nos vieran a los dos juntos, ¿qué podría haber más normal que una pareja de gemelos adultos idénticos, de sexo masculino, vestidos de la misma manera, comiendo juntos y conversando seriamente? Los dos pedimos espaguetis al burro y almejas al horno. Después de beber tres copas, acepta mi punto de vista. Dice que, por consideración a los sentimientos de mi esposa —no a los míos, insiste varias veces con un tono de voz bastante áspero—, esperará. Pero solo unos pocos meses, no más. Le señalo que no le pediré que en el ínterin no se acueste con la señorita Amor, sino solo que sea discreto en su adulterio.
       Es más difícil fabricar el segundo muñeco que el primero. Todos mis ahorros se han agotado. Los precios del plástico humanoide y de los otros materiales, así como los honorarios del técnico y del artista, han aumentado en solo un año. Debería agregar que el sueldo del muñeco no ha aumentado en absoluto, a pesar de que el jefe valora cada vez más los servicios que presta a la firma. Al muñeco le fastidia que insista en que sea él, y no yo, quien pose para el artista cuando este moldea y pinta los rasgos faciales. Pero le señalo que, si sirvo nuevamente de modelo para el segundo muñeco, existe la posibilidad de que la copia resulte borrosa o desvaída. Es indudable que han aparecido algunas diferencias entre el aspecto del primer muñeco y el mío propio, aunque yo no pueda detectarlas. Quiero que el segundo muñeco se parezca a él, allí donde exista la menor disparidad entre él y yo. Deberé correr el riesgo de que en el segundo muñeco también se reproduzca la imprevista pasión humana que despojó al primero del valor que tenía para mí.
       Finalmente, el segundo muñeco está listo. Cediendo a mi insistencia (y de mala gana, porque quería pasar su tiempo libre con la señorita Amor), el primer muñeco se hace cargo de su período de adiestramiento y adoctrinamiento, que dura varias semanas. Entonces llega el gran día. El segundo muñeco es instalado en la vida del primer muñeco en medio de un partido de béisbol que se celebra un sábado por la tarde, durante el descanso del séptimo inning. Ha quedado convenido de que el primer muñeco saldrá a comprar salchichas y Coca-Colas para mi esposa y mis hijas. Es el primer muñeco el que sale, y es el segundo el que vuelve cargado con víveres y bebidas. Entonces el primer muñeco salta dentro de un taxi y sale disparado rumbo a la señorita Amor, que lo espera con los brazos abiertos.


       Esto ocurrió hace nueve años. El segundo muñeco vive con mi esposa en un estado de ánimo ni más entusiasta ni más deprimido que el que yo había tenido. Mi hija mayor va a la universidad, la segunda a la escuela secundaria, y hay un tercer hijo, un varón, que ahora tiene seis años. Se han mudado a un apartamento en Forest Hills, mi esposa ha dejado su empleo, y el segundo muñeco es vicepresidente adjunto de la firma. El primer muñeco reanudó los estudios universitarios por la noche mientras trabajaba como camarero durante el día; la señorita Amor también volvió a la universidad y obtuvo su título de maestra. Ahora él es arquitecto y tiene cada vez más trabajo; ella enseña inglés en la escuela secundaria Julia Richman. Tienen dos hijos —un varón y una niña— y son extraordinariamente dichosos. De tiempo en tiempo visito a ambos muñecos…, pero nunca sin antes acicalarme, entendedme bien. Me considero un pariente y el padrino, a veces el tío, de todos sus hijos. No los hace muy felices verme, quizá por mi aspecto humilde, pero no tienen el coraje de ponerme de patitas en la calle. Nunca me quedo mucho tiempo, pero les deseo lo mejor, y me felicito por haber resuelto de una manera tan equitativa y responsable los problemas de esta pobre vida breve que me ha sido asignada.




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