Susan Sontag
(Ciudad de Nueva York, 1933 - Ciudad de Nueva York, 2004)


Doctor Jekyll (1974)
(“Doctor Jekyll”)
Originalmente publicado en la revista The Partisan Review
(inviernoo 1974), págs. 539-552, 586-603;
I, etcetera
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1978, 189 págs.);
Debriefing. Collected Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017, 336 págs.)



       Jekyll medita. En alguna otra parte, Gabriel Utterson examina el expediente de Jekyll, un cartapacio marrón, voluminoso, un poco manchado, con el apellido del doctor, seguido por la inicial H., pulcramente impreso en tinta purpúrea sobre la solapa. Jekyll está tumbado sobre la playa en declive, poco concurrida para un sábado de mayo, y explora su boca con la lengua para expulsar un poco de arena. Su crío da pasitos inseguros al borde del agua. Su esposa ha ido al coche familiar para cambiar su biquini húmedo por otro seco. Con la espalda pegada a la arena calcinada, y el abdomen contraído bajo el sol caluroso, Jekyll piensa en la guerra; Utterson se ha subido a una silla alta y anticuada de arquitecto (que no gira), pensando en Jekyll, y entre estos dos puntos se podría trazar una línea, un vínculo físico entre ambos semejante a un largo hilo de nailon. Podría extenderse en línea recta desde el llamativo cinturón de cowboy que Utterson se ha puesto hoy, para desconcertar a los discípulos exageradamente devotos que tiene en la ciudad, hasta el tobillo derecho de Jekyll, aquí, en East Hampton. Utterson usa gafas bifocales ahumadas. Si Jekyll tirara fuertemente de su extremo, o efectuara un súbito movimiento brusco, podría derribar a Utterson de su silla. Si Utterson cayera, sus gafas podrían romperse.
       Jekyll mira los dedos blancos de sus pies, los flexiona. ¿A lo largo de ese hilo se podrían enviar mensajes compuestos por palabras? En clave, desde luego. ¿O sólo se puede transmitir la violencia? A Jekyll empieza a picarle el tobillo derecho. La idea de enviar mensajes sugiere un problema que Jekyll ha estado rumiando durante meses. Evidentemente Utterson tiene fuentes de información a las que a Jekyll le está vedado el acceso. La hermosa pierna de Jekyll empieza a temblar: le gustaría recibir esos mensajes también. ¿Existe un circuito con el que podría conectarse? Un cangrejo de arena le pellizca el dedo gordo. Jekyll sacude ferozmente el pie derecho.


       Dentro de la cabaña que los Jekyll alquilan en Labrador por todo el mes de junio, el buen doctor, con los nervios crispados por las largas horas que dedica todo el año a la clínica, no aprovecha sus vacaciones para relajarse. Piensa en Utterson. Las paredes son fragantes y ásperas al tacto. Las sábanas de la cama huelen a alcanfor. Los abetos filtran el vigorizante calor septentrional, y las montañas que se alzan a todo su alrededor abrevian los días, los acortan demasiado. El sol no asoma hasta las ocho de la mañana y a las cinco se ha deslizado detrás de un pico nevado.
       A la intemperie, el recuerdo de Utterson aflora a la mente con menos frecuencia. Otros riesgos se vuelven más atractivos. Jekyll pasea por el bosque, alegre y despreocupado como nunca, con el acre sabor de la libertad en la boca. Alrededor de las tres, después de haber transgredido la promesa de no intentar nada peligroso en materia de montañismo, que le formuló de mala gana a su esposa, está casi en la cima de una empinada montaña. Normalmente el ascenso no habría sido una gran proeza para Jekyll, alpinista competente tras un año en Viena como estudiante de medicina en un curso de posgrado. Pero puede suceder una desgracia porque Jekyll lleva consigo a alguien mucho menos experimentado: Richard Enfield, el primo de su esposa, que comparte la cabaña con ellos durante la primera semana.
       Jekyll avanza ágilmente, adelantando una mano por encima de la otra, y Enfield lo sigue, con su descuidado cuerpo suburbano dominado por una tenaz fuerza de voluntad. Al mirar hacia abajo, Jekyll vislumbra a Enfield enfrascado en un duelo con un peñasco, arrastrándose apenas. Jekyll se detiene al instante para mantener el grado justo de laxitud en la cuerda que los une. Seguro de que su primo político no se encuentra en un aprieto grave, Jekyll decide no abochornar a Enfield mostrándole un camino fácil para eludir el obstáculo, y le vuelve la espalda, espléndidamente vertical.
       Jekyll aspira con fruición. Su torso está libre, mientras su codo izquierdo permanece apoyado en una grieta de la roca. Siente los pies tranquilizadoramente pesados, seguros con las suelas de sus botas de montañismo ancladas, casi pegadas, al angosto reborde sobre el que descansa esperando que Enfield pase la otra pierna por encima del peñasco y trepe hasta donde él está. Verifica la tensión de la cuerda que se eleva desde su cintura hasta el lazo que ha arrojado a una cornisa superior, y después tira con fuerza. El lazo resiste. Mira hacia arriba. El sol aún está alto. Con la boca seca, desdeñando su anhelo de fumar un cigarrillo, Jekyll absorbe más aire puro dentro de su cuerpo alto, robusto. No piensa en Utterson. Pensaría en él, sin embargo, si se pudiera realizar una sustitución, si Utterson estuviera en el lugar de Enfield atado a Jekyll de cintura a cintura, igualmente inepto. Porque entonces Jekyll podría imaginarse a sí mismo cortando la cuerda y dejando que Utterson se apañara sólo en el último tramo del ascenso, que también era el más difícil. Pero sería improbable que llegara al extremo de imaginarse a Utterson aterrado, perdiendo apoyo, manoteando en el aire, chillando como un cerdo desollado, rebotando de roca en roca hasta precipitarse en el fiordo de abajo.


       Bronceado y en forma, de regreso de sus vacaciones en Canadá, Jekyll merodea por una calle desierta al pie de la torre norte del World Trade Center. Espera a Hyde, que presuntamente debe traerle un mensaje. Hyde llega casi siempre tarde, pero no tanto. Jekyll no ha comido para poder acudir a su cita con Hyde, quien, al empeñarse en citarlo en el World Trade Center, tan a trasmano, y un domingo, demuestra que no ha perdido su preferencia por los encuentros pintorescos. Utterson, que viajó esta mañana a la ciudad y que no se ha saltado un almuerzo en los últimos treinta años, está a medio terminar el suyo en el Russian Tea Room. Succiona una pipa apagada, con expresión glotona, esperando truculentamente su segunda ronda de borscht y pirojkis. Es posible que una línea se extienda desde la nuca relativamente lisa de Utterson hasta la corbata a rayas de Jekyll o hasta los cordones de sus zapatos nuevos. Pero Jekyll no contempla esa posibilidad. Hyde lo tiene excesivamente preocupado.
       El joven que Jekyll espera que aparezca de un momento a otro ya no viene a menudo a la ciudad; si hoy viene, es como un favor especial a su respetable alter ego en cierne. Además, si viene, no tendrá el aspecto que generalmente le atribuyen. En los viejos tiempos, en los días de su perversidad urbanizada, Hyde se ganó la reputación de ser corpulento y pesado. Pero esa era una fantasía urdida con las pesadillas de la clase media del siglo XIX sobre los inmigrantes pobres de las ciudades, y difundida en nuestro propio siglo por las películas de monstruos filmadas en Hollywood. La verdad, que antaño desconcertó a Jekyll, es que Hyde es menudo, enfermizo y más joven que él. “Por supuesto —ha explicado Utterson—. La parte maligna de tu naturaleza está menos desarrollada que la parte buena”. El enfoque alegórico de Utterson sobre su disparidad física no convence a Jekyll. Para empezar, considera que lo halaga demasiado a él y que subestima demasiado a Hyde. Jekyll no ha sido tan bueno. Y ¿acaso Hyde no ha cometido suficientes delitos? Jekyll sospecha que el enanismo y la debilidad de Hyde son producto de una causa más trivial, sencillamente física: una grave crisis de fiebre reumática infantil que el pediatra de la escuela diagnosticó erróneamente y que sus ignorantes padres descuidaron. Hyde parece más desnutrido que monstruoso. Sus colmillos de fiera no son tan bestiales como defectuosos, a pesar de que, cuando rondaba la veintena, se sometió a un exhaustivo tratamiento odontológico pagado por Jekyll; y aún hoy le sangran las encías. También se han exagerado la exuberancia y distribución de la pelambre corporal de Hyde. Ciertamente Hyde es hirsuto y Jekyll es, hasta donde se puede esperar de un varón de raza caucásica, relativamente lampiño. Sin embargo, en tanto que Jekyll tiene una espesa cabellera castaña pulcramente recortada, donde no asoman canas, y que no ha empezado a replegarse en la frente y las sienes, la negra melena grasienta del más joven, tan larga que le llega a los hombros, ya ha empezado a ralear. Utterson es calvo, totalmente calvo. Jekyll no usa sombrero, porque si lo usara se le volaría.
       Jekyll se afirma sobre las piernas para resistir el intempestivo viento de julio y evitar que este lo empuje contra el muro de la torre. Quizá desde el Caribe sopla un huracán prematuro. En el preciso instante en que se dispone a darse por vencido y volver a casa, vislumbra la figura enclenque de su antiguo protegido, que todavía luce la capa negra que robó hace años de una boutique del East Village, y que avanza cojeando con paso vivo. Jekyll le hace señas. Hyde se aproxima deprisa, acercándose cada vez más, y luego pasa de largo junto a él… como si no lo hubiera visto.
       —¡Espera! —grita Jekyll, agarrando la capa negra ondulante. Hyde echa a andar con grandes zancadas, pero Jekyll lo alcanza en la esquina siguiente.
       —Estoy en un aprieto —gime Hyde—. No puedo detenerme.
       —Debo hablar contigo —dice Jekyll.
       —Entonces ven a mi casa de campo —gruñe Hyde roncamente. Parece agitado—. Ahora me aguarda este petimetre…
       —Se trata de Utterson, ¿verdad?
       —¡Diablos, no! ¡Deja de hostigarme! —Hyde hace una finta, elude el manotazo de Jekyll y dobla impetuosamente la esquina.
       Descorazonado, Jekyll lo deja escapar. Cruza la calzada pensativo, entra en una cafetería, ocupa una mesa junto a la ventana y pide un café helado. Cuando la camarera llega con su pedido, ve a la figura huesuda, envuelta en la capa, que gira nuevamente alrededor de la manzana, jadeando, pero sin modificar su paso vivo. Jekyll enciende un cigarrillo, luego lo aplasta (casi ha dejado de fumar), sorbe su café y espera. El brebaje contiene dos terceras partes de hielo, la mayor parte del cual extrae con los dedos y deja caer en el cenicero. Pocos minutos después, Hyde vuelve a doblar la esquina.
       Jekyll está dispuesto a suponer que Hyde seguirá dando vueltas a la manzana durante toda la tarde y tiene ganas de pasar un poco más de tiempo vigilando. Pero la camarera se ha acercado y le ha entregado la cuenta para que desocupe la mesa. Jekyll le hace notar, indignado, que la cafetería está casi desierta. Ella no se deja disuadir.
       —Una bebida da derecho a quince minutos —dice—. Es una regla de la administración. Aquí yo no dicto las normas.
       —Pero puede transgredirlas —dice Jekyll.
       —¿Cómo podría hacerlo? —replica ella.
       Jekyll vacila, preguntándose si debe ceñirse a sus principios o si debe pedir otro indigesto café helado. Es probable que, con la cuerda que podría extenderse desde el correaje del paracaídas que Jekyll tuviera puesto (en el caso de que fuera tan necio como para caer en la tentación de saltar desde lo alto del World Trade Center) hasta la muñeca izquierda de Utterson, siempre que en ese momento Utterson estuviera en la finca de Oyster Bay (pero no está; está bebiendo ruidosamente su tercer cuenco de borscht y masticando su octavo pirojki en el centro de Manhattan), algo pudiera ocurrir para detener en seco a Hyde. Porque si la cuerda estuviera correctamente atada y Utterson estuviera en el lugar donde está habitualmente, lo cual lo situaría al nornoroeste de la cafetería donde se halla sentado Jekyll, entonces él, Jekyll, podría hacer tropezar a Hyde la próxima vez que este corriera alrededor de la manzana. Pero para ejecutar esta hazaña necesitaría la ayuda de Utterson, y Jekyll nunca sabe con certeza hasta qué punto Utterson está realmente bien predispuesto hacia él.


       —¿Qué ha sucedido con tu confianza en mí?
       El que habla es Utterson. Es la primera vez que le dirige la palabra a Jekyll desde que este se ha sentado ante la larga mesa ovalada del refectorio seudomedieval de Oyster Bay. Utterson agasaja a un tal señor Carew, ambivalente admirador y posible futuro alumno, quien, como director de mayor jerarquía de la colección de libros en rústica de una importante editorial, se está ocupando de la reedición de la obra maestra de Utterson, de mil páginas, El extraño caso de Caín y Abel, agotada hace mucho tiempo, y Jekyll ha sido invitado al almuerzo, junto con tres miembros del profesorado y un puñado de alumnos que residen en el Instituto. Utterson ocupa su silla habitual. Hacia el final del almuerzo, ha estado calculando locuazmente los cuantiosos derechos que va a rendir el libro y se ha estado lamentando de sus deudas. Jekyll ocupa una de las sillas de respaldo recto que Utterson ha diseñado para sus alumnos.
       —Hijo mío, voy a revelarte algo que, realmente, no estás facultado para saber. Sólo quienes están más evolucionados, quienes han progresado más en la Obra, lo saben. —Dos alumnos que se demoran junto a la mesa escudriñan con avidez a Utterson y con envidia a Jekyll. Sin mirar hacia el lado de la mesa donde ambos se encuentran, Utterson le ordena a uno que lo espere en la Casa de Estudios y al otro que recorte el césped de la entrada, y no continúa hasta después de que han apartado cuidadosamente sus sillas, se han levantado y se han ido—. Recibo mensajes del futuro.
       Aun cuando se siente frustrado por el hábito que tiene Utterson de atribuirse un conocimiento previo de todo lo que los demás le dicen, Jekyll no puede ser tan escéptico como le gustaría, porque Utterson ha exhibido muy a menudo serenos e inexplicables poderes de clarividencia. Pero nunca le ha oído a Utterson formular su reivindicación de facultades de una manera tan impúdica.
       —¿Y bien? —dice Utterson.
       —Me siento halagado…
       —Piensas demasiado en el cuerpo, Henry —dictamina Utterson impacientemente—. Es lo natural en un médico, pero es incompleto. Nunca has captado una verdad espiritual.
       Jekyll baja la cabeza al oír el reproche de Utterson, mientras continúa pensando tercamente que es injusto. Esta posición le produce un ligero calambre en los músculos del hombro, así que se endereza.
       —¿Y el secreto? —pregunta.


       Utterson, con las piernas cruzadas, está sentado en la tarima que ocupa en el centro de la circular Casa de Estudios, y se dirige a algunos alumnos.
       —Haced lo que queráis —dice—, y comprobaréis cuán poco podéis desear.
       Al inglés, que no es su idioma natal (así como Utterson no era su apellido), le infunde una entonación solemne y musical.
       —Sólo una pequeña parte de vuestra vida está bajo vuestro control —afirma—. Tal como sois, carecéis de voluntad.
       También dice:
       —Procurad descubrir lo que sentís —se explica—: Observaos, sí. Pero como si fuerais máquinas. No sois nada más que vuestro comportamiento.
       Modificando la metáfora, añade:
       —Y vuestro comportamiento, vuestras palabras son en su totalidad imitaciones.
       Y más tarde:
       —La introspección es nociva. No tenéis nada dentro de lo cual mirar.
       Y más tarde aún:
       —Empezad por el cuerpo. Es la única herramienta que tenéis.
       Entretanto, Jekyll, que ha concluido su turno vespertino en la clínica, ha reducido su indumentaria a unos pantalones de deporte y unas chancletas para ducha, y se ejercita en un gimnasio particular de la avenida Lexington. Desde el otro extremo del recinto, el entrenador nicaragüense lo felicita por la destreza con que aporrea el saco de arena. Al asestar cada puñetazo, Jekyll siente que la sangre circula más jubilosamente por su cuerpo. Piensa en Hyde, que rara vez ha podido doblegar a sus víctimas mediante la pura fuerza física, y que generalmente debía emplear algún arma desagradable; y, aun así, necesitaba debilitarlas antes con la conmoción que les producían su rostro tenso y contrahecho, su figura encorvada y desnutrida, su vestimenta extravagante y neodiabólica. Él siempre había esperado que Hyde engordara, se volviera más robusto, más alto… si no sencillamente con el transcurso del tiempo, entonces mediante la gimnasia (“movimientos”, los llama Utterson) que Hyde realizaba mientras cumplía su breve estancia en el Instituto. Al tiempo que asesta un último gancho feroz de derecha al saco de arena, Jekyll llega —y no por primera vez— a la conclusión de que la gimnasia espiritual no basta. Utterson, cuya ancha cara vira al color rosa ladrillo al cabo de una hora de disertación ininterrumpida en la Casa de Estudios, se agacha un poco, se frota el cuero cabelludo reluciente y duro, y luego se deja mecer por la risa. Él, a su vez, llega a la conclusión de que se está descuidando. Y de que a partir de ahora será mejor que le preste más atención a Jekyll.


       Así como Hyde se desentiende de Jekyll, con la indiferencia del feo por el apuesto, Jekyll envidia a Hyde, con la envidia del casi maduro por el joven. No obstante su organismo confiado, sensible, y un programa arrollador de trabajo, Jekyll se atribuye una escasa vitalidad (“cincuenta vatios”, se burló Utterson en una ocasión a sus espaldas); y, aunque llegue a ser un médico ejemplar, se acusa a sí mismo de una carencia crónica de iniciativa. Hyde opina lo mismo. El Instituto para la Desprogramación de Seres Humanos Potenciales, de Utterson, atrae a demasiadas personas de este tipo.
       Hyde, por supuesto, sería una excepción, en la medida en que se le pudiera incluir entre quienes pasaron por las manos de Utterson. A pesar de su complexión frágil y sus resfriados crónicos, Hyde es un hombre que siempre saca fuerzas de flaqueza. Siempre ha tenido iniciativa. Cuando un psiquiatra de la Escuela Secundaria de Oficios Industriales lo remitió a la clínica porque padecía una enfermedad de la piel, circunstancia en la que atrajo por primera vez la atención de Jekyll, Hyde ya parecía un adulto, aunque entonces sólo robaba coches y apenas estaba reclutando su lucrativo contingente de prostitutas y prostitutos de trece años. Criado en el seno de una familia empobrecida (su padre es portero) con muchos hijos, tuvo que aprender pronto a luchar por todo lo que deseaba. Jekyll proviene de un hogar próspero (su padre aún viaja todos los días de Darien a Wall Street) y tiene una hermana, que es una eminente bioquímica; ningún hermano. Utterson, que cambió hace mucho tiempo su nombre, Gavril Uniades, por Gabriel Utterson, dice haber sido un niño expósito. Niega indignado que pueda tener hermanas o hermanos (exceptuando sus hermanos espirituales del lejano Tíbet, donde estudió Medicina Trascendental hace cuarenta años), pero se jacta de haber engendrado un montón de hijos ilegítimos en el estado de Nueva York. Jekyll sospecha que Poole, el jovencísimo alumno que se estremece al filo de la pubertad, que duerme en un catre en el corredor, frente a la puerta de Utterson, y que le sirve de ayuda de cámara, es en realidad uno de estos bastardos.
       La mayor parte de la jornada de Poole está consagrada a limpiar lo que ensucia Utterson, y dicha jornada empieza cuando, cada mañana, Utterson lo llama a gritos, y Poole entra y encuentra la cama frenéticamente deshecha y húmeda. Hay manchas acres y espesas sobre los otros muebles y la alfombra. Hay excrementos en las paredes de su tocador. ¡Y el baño! Poole tiene visiones de grandes epopeyas fisiológicas involuntarias que se desarrollan todas las noches en el tocador y el baño. O tal vez Utterson se proponga conscientemente destruir estas habitaciones, quizá para poner a prueba la evolución de la voluntad de Poole, su “auténtica voluntad”, como diría Utterson, mientras el chico trabaja a su servicio. Pero, sea como fuere, de nada valdría iniciar la limpieza concreta antes de que Utterson haya terminado su desayuno, que siempre le lleva a la cama porque el solo hecho de tomar café puede producir un holocausto: salpicaduras de café por todo el aposento, así como sobre la cama. Cuando, como hace a veces, Utterson toma su café de las últimas horas de la tarde en su habitación, en presencia de miembros de su personal y unos pocos alumnos, es necesario rehacer la cama por segunda vez con sábanas limpias. Aunque los irreverentes y los curiosos lo interrogan a menudo, Poole —consciente del gran honor de servir a Utterson— se niega a describir el estado exacto de los aposentos de Utterson. Y quién sabe si los detalles aclararían los persistentes rumores de que esos lugares son escenario de mucho más que el consumo de café y el desenlace de los dramas digestivos de Utterson. Lo único que Poole podría atestiguar verazmente —guiándose por la evidencia de cada desbarajuste matutino, por su diversidad, por su densidad— sería que prácticamente cualquier actividad humana podría haberse desarrollado allí la noche anterior.
       A Utterson le sirven huevos, un bistec y café en una bandeja. Alguien yace junto a Utterson bajo una pila de mantas y sábanas pringosas, pero Poole no alcanza a distinguir de quién se trata. Bien adiestrado, no intenta adivinarlo. El chico entra en el tocador y escudriña las paredes para verificar si esa mañana necesitará una escalera. Mientras tanto, Jekyll se levanta delicadamente de la cama para no despertar a su esposa, cruza el dormitorio de puntillas y atraviesa el apartamento rumbo a la cocina para prepararse el desayuno. Camina descalzo, no porque tema molestar a Utterson, que se halla en Oyster Bay, y que de todos modos ya está despierto bebiendo su café a grandes tragos directamente del viejo termo abollado, sino porque a él, a Jekyll, le produce placer sentir la mullida alfombra bajo las plantas de los pies.


       Jekyll corre por Central Park, sudoroso, con los labios blancos. Está atardeciendo. Una tenue capa de color arcilloso se posa sobre los árboles, pero el viento rasga y redistribuye sin cesar la niebla cargada de polución, de modo que Jekyll corre acompasadamente a través de muchos matices y tonos de luz crepuscular: algunos negros, otros verde oscuros, otros marrón rojizos, todos difuminados por los cubos de refulgencia eléctrica que se multiplican de minuto en minuto sobre los sólidos muros que bordean la Quinta Avenida. Jekyll sigue corriendo, paralelamente al estanque. La grava cruje bajo sus zapatillas, y sería ridículo pensar que alguien lo sigue. Otras personas también corren por el parque. Es en el parque donde Hyde acostumbraba agazaparse, al acecho de transeúntes, chiflados, niñeras y corredores. Pero Jekyll camina o corre por allí a cualquier hora. No tiene miedo. Jekyll ha aprendido que, en última instancia, uno sólo se teme a sí mismo. Ha dominado el terror a Hyde, se ha dominado a sí mismo. En la agenda de Jekyll, como en la de cualquier habitante espabilado de la gran ciudad, siempre hay un hueco para el peligro. Jekyll continúa corriendo. Entonces la voz le habla.
       ¿Es esta una voz que sale de mi mente?, se pregunta Jekyll.
       Antaño hubo voces que afloraron y lo acusaron, pero Jekyll había resuelto —después de un complejo procedimiento en el que exigió a cada voz que se identificara— que todas esas eran voces interiores. Las desoyó. Se esfumaron. Ahora, respecto de esta otra, no está tan seguro.
       Jekyll afloja el paso. Ha entrevisto un par de pies calzados con tacones altos entre dos arbustos. ¡Corre! No, detente. Vuelve hacia atrás, con un rictus adusto y el pulso acelerado. Una mujer negra vestida con una falda roja muy ceñida y una blusa de satén rosa está tumbada de bruces detrás de los arbustos, gimiendo. Jekyll se arrodilla junto al bolso abierto caído al lado de ella, y la coloca boca arriba. Parece rondar los cuarenta y cinco, exhibe los signos habituales del síndrome de Cushing, y pierde sangre de un corte mellado que tiene en el rostro y de un tajo profundo que tiene en el brazo izquierdo. Jekyll se levanta y vuelve al sendero, mirando alrededor para comprobar si hay alguien que pueda ayudarlo. La mujer gime. La luz crepuscular se convierte lánguidamente en oscuridad. No hay nadie a la vista.
       Jekyll se agacha, recoge a la mujer en sus brazos, cae de rodillas y luego consigue ponerse en pie. Como últimamente ha alzado sin dificultad a pacientes tan pesados como ella, Jekyll se pregunta si está empezando a declinar. Aún se desenvuelve mejor de lo que lo haría Utterson si estuviera allí, agachado detrás de un arbusto, intentando levantar un cuerpo pesado. Utterson parece fuerte, pero esto se debe sobre todo a que es gordo. Y el ántrax maligno que le supura de su lado derecho debe de dolerle de vez en cuando. Si Utterson, al que le gusta fanfarronear, intentara levantar precisamente ahora a uno de sus dóciles alumnos por encima de la cabeza, a buen seguro se desplomaría a, piensa Jekyll con una tensa sensación de placer. Jekyll avanza lentamente hasta la calle con su carga inerte, buscando un coche patrulla o un taxi.


       Jekyll está sentado a un lado de la chimenea de doce pies de altura (bajo el falso escudo heráldico) en el gran salón: el edificio principal de la finca de Oyster Bay es un castillo de estilo Languedoc construido en los años veinte por un millonario de Long Island, fabricante de grifos, y el alquiler de toda la propiedad es una suma que paga anualmente una de las admiradoras más generosas de Utterson, la viuda de un magnate del petróleo tejano, que ahora vive en las Bermudas. Utterson, vestido con traje de etiqueta y camisa almidonada, llena con sus ancas el sillón tapizado que está frente a Jekyll y juega con una pistola de agua. En las sombras lejanas de la habitación, bajo una vidriera de colores art déco que representa la saga del Grial en diez paneles, un alumno toma notas. Jekyll ha ido a quejarse de que lo espían. Tiene la certeza de que su teléfono está intervenido y de que le abren la correspondencia.
       Utterson, que nunca expresa asombro ante nada de lo que le cuentan los demás, y que raramente discrepa, sonríe esta vez con ironía.
       —Quizá has hecho algo que te ha indispuesto con las autoridades civiles. Tus opiniones acerca de la guerra, por ejemplo. O alguna irregularidad en el ejercicio de tu profesión, como prescribir drogas ilegales, o no poner suficiente empeño en prolongar la vida de un paciente con cáncer incurable, o…
       —No. —Jekyll niega con la cabeza—. Nada de eso. Estoy seguro de que lo hace gente del Instituto.
       —¿Acaso yo no lo sabría, si fuera así?
       —¿Lo sabrías? —pregunta Jekyll.
       —Si puedo ver el futuro… —Utterson mira al alumno del rincón inclinado sobre su libreta de anotaciones, y le hace un guiño a Jekyll—, sería razonable suponer que también estoy en condiciones de ver el presente.
       —¿Y no ves ningún peligro, a nadie que me siga, que vigile mis movimientos, que intente asustarme para que renuncie a lo que me gustaría hacer?
       Utterson lanza una de sus célebres miradas despectivas.
       —¿Qué me dices de tu amigo Hyde? Te he advertido que su compañía es peligrosa para ti.
       —Pamplinas —responde Jekyll—. Ya no veo a Hyde. Además, sabes en qué se ha convertido. Vaya, sólo… —hace una pausa—, sólo da vueltas y vueltas en círculo.
       —No sonrías como un idiota. No has dicho nada gracioso.
       —Sí, eso es precisamente lo que he hecho —afirma Jekyll.
       —Yo, yo, yo —ruge Utterson—. ¿Te estás oyendo? —Apunta a Jekyll con la pistola de agua—. ¿Quién tiene derecho a decir “yo”? —La estrella contra el suelo—. ¡Tú, no! ¿Me escuchas? ¡Ese derecho hay que ganárselo!
       Jekyll lo mira a su vez con expresión desafiante.
       —¿Y Ed Hyde? —pregunta—. ¿Ed Hyde puede decir “yo”?
       —¿Por qué no? —replica Utterson—. Mientras continúe dando vueltas y vueltas en redondo, como tú dices. ¿Entiendes ahora?
       Jekyll no entiende. Lo que le ha sucedido es algo mejor que entender. Utterson le ha metido una idea en la cabeza. Pero, como no se trata de una idea que se propusiera meter allí, no aligera en absoluto su gran cabeza calva; sólo incrementa el peso de la de Jekyll. Si Jekyll saltara de su silla, se arrojara sobre el sillón tapizado que ocupa el hombre sentado frente a él y golpeara su dura cabeza contra la de Utterson —pero debería hacerlo en ese mismo instante, ahora que el equilibrio de fuerzas físicas se ha inclinado muy ligeramente en favor de él, de Jekyll— es posible que la cabeza de Utterson se partiera, que todas sus ideas se derramaran, y que Jekyll, y no Utterson, poseyera los secretos del desarrollo armonioso de la humanidad. Pero Jekyll no sabe con certeza si quiere la responsabilidad de tener toda esa sabiduría bajo su custodia. Mirad en qué criatura repulsivamente contradictoria, pagana, ha convertido a Utterson: alguien a la vez taciturno y locuaz, mercenario y ascético, voluble y sabio, plebeyo y principesco, obsceno y puro, indolente y enérgico, taimado e ingenuo, encopetado y democrático, insensible y compasivo, torpe y perspicaz, irritable y paciente, caprichoso y fiable, enfermizo y robusto, joven y viejo, vacío y lleno, pesado como el cemento y liviano como el helio.
       Utterson dijo en una ocasión: “Soy un ser humano sin entrecomillar”. Jekyll no tiene una opinión tan elevada de sí mismo. Basta que Jekyll le haya birlado su nueva idea sobre Hyde; y, a remolque de esta, por si fallara la primera, otra idea. Acerca de Hyde.


       Jekyll visita a su hermana, que trabaja en la Universidad Rockefeller, con su primera idea. Quiere preguntarle si ella y sus colegas pueden dedicar parte de su tiempo libre a perfeccionar una fórmula (que se ingerirá en forma de píldora, cápsula, supositorio o jarabe) capaz de tomar al asalto el bastión de la identidad. Lo que tiene en mente es una fórmula que le permitiría transformarse de cuando en cuando en su joven amigo Hyde. Es decir, convertirse físicamente en Hyde. Porque Jekyll está dispuesto —de vez en cuando, cuando piensa que podría ser útil o estimulante, o simplemente cuando se siente languidecer— a habitar de verdad el cuerpo esmirriado de Hyde. El premio es el aumento de energía: el tipo de energía distinta de la suya que posee Hyde. Y está dispuesto, con el más fraternal de los espíritus, y siempre que la duración del intercambio sea fijada de antemano, a permitir que Hyde tome en préstamo su propio cuerpo inteligente, sólido. Sólo un auténtico trueque sería lo justo, aunque Jekyll no está dispuesto a permitir que Hyde ponga sus manos peludas, con los dedos manchados de nicotina y las uñas roídas hasta la cutícula, sobre su amada esposa.
       Es comprensible que quiera convertirse en el granuja de algunos años atrás: Hyde, el de los crímenes prodigiosos; Hyde, antes de que fuera rehabilitado o perdiera las agallas; Hyde, antes de que fuera domesticado por Utterson; Hyde, antes de que se mudara a un suburbio rural en la parte norte. Ciertamente, Hyde, antes de que se enamorara de una pelirroja exbailarina de cabaret recientemente convertida en una respetable azafata de la Mohawk Airlines y que, dos años más tarde, fatigada por los abusos amorosos de Hyde, lo abandonara por un representante de la firma Volvo, de Great Neck. Jekyll supone que fue el inesperado enamoramiento de Hyde —¡el invulnerable, lascivo, vicioso, despiadado Hyde, enamorado!— lo que acabó por amansarlo, y no los cuidados solícitos de Utterson, como a menudo se alega. Jekyll anhela volver a ver al viejo Hyde, precipitándose por las oscuras calles portuarias de Chelsea en su Harley-Davidson, rechinando los dientes, acelerando el motor, con el bombín de una indígena de los Andes encasquetado sobre la pequeña cabeza, con la ridícula capa negra flameando tras él al viento, soportando contra su espalda enclenque el peso de un aprendiz de forajido enfundado en una chaqueta de cuero y armado con tres navajas automáticas que se sujeta a la cintura, embistiendo viejecitas, distribuyendo droga, arrojando cócteles molotov por las ventanas de organizaciones antibélicas.
       Jekyll explica la magnitud de los trabajos preliminares sobre la poción que ha realizado en su propio laboratorio, por qué no puede llevar hasta el fin sus investigaciones y cuál es exactamente la ayuda que puede prestar su hermana, que tiene a su disposición la mejor y más novedosa tecnología para descifrar el código genético. Su hermana, que usa una bata blanca y que tiene su recta espalda (como la de Jekyll) alineada con el marco de metal de la puerta de su refulgente laboratorio, rechaza cordialmente el pedido. Ahora el equipo está demasiado atareado con el nuevo encargo del Departamento de Defensa. Es guapa, y esto le recuerda a Jekyll que su familia lleva la belleza en la sangre. Él se demora un rato, más disgustado por la naturaleza de su petición que por la negativa de ella, con la esperanza de disimularlo con un chiste.
       —Profesor Guest. Mi hermano, el doctor Jekyll —murmura ella cuando uno de sus ayudantes se escurre entre ellos por el hueco de la puerta, llevando un soporte cargado con tubos de ensayo llenos de líquidos de color rojizo, púrpura oscuro y verde aguado. Mientras estrecha la mano libre de Guest, Jekyll recuerda que ha prometido visitar a Lanyon para someterlo a un examen rápido y aplicarle una inyección antes de volver a la clínica. Treinta minutos más tarde, en el céntrico despacho de Lanyon, inclinado sobre el anciano abogado con su estetoscopio, imagina que el corazón que oye palpitar es el de Utterson.


       En alguna otra parte, en un barrio residencial de Londres, una cantante de ópera, famosa en otro tiempo, le explica a una amiga escéptica cómo es Utterson.
       —Aunque podía hacerte sentir frenética, furiosa y desdichada, cada vez que se establecía un auténtico contacto todo parecía justificado.
       —¡Pero es un cerdo! Dios mío, cuando pienso en esa espantosa historia que me contaste sobre la forma en que te pidió que…
       —Sí, sí —la interrumpe la exalumna—. Sé que es difícil de entender… —suspira—. ¿Cómo podría explicarlo? Desde el comienzo… la primera vez en mi vida que vi al señor Utterson, me sentí unida a él por un vínculo profundo, un vínculo que se reforzó a lo largo de los años. Créeme que nunca fue un nexo hipnótico. Las enseñanzas del señor Utterson te ayudan a librarte de la sugestión. Ese vínculo interior (supongo que se podría llamar vínculo magnético), ese nexo invisible con él, convertía al señor Utterson en la persona más cercana a ti, en el verdadero sentido de la palabra. Esta proximidad era… dolorosa, durante buena parte del tiempo. De cuando en cuando, conseguías ver al “auténtico” señor Utterson, con el que deseabas permanecer eternamente. Ese no era el señor Utterson “de todos los días”, que a veces era afable y a veces era muy desagradable, y de quien a menudo deseabas huir.
       —Un payaso —intercala su amiga—. Un borracho. Un sádico. Un charla…
       —Pero aun entonces —continúa la exalumna— te quedabas con él, porque tu Obra dependía de ello.
       —Pero al fin te fuiste —comenta la amiga.
       —El señor Utterson hizo que me fuera. Dijo que yo ya tenía suficiente energía, y que no era probable que tuviera más.
       —Lo echas de menos.
       —Por supuesto —afirma la exalumna vehementemente—. Pero no quiero volver a verlo mientras viva.
       Mientras tanto, otro día, Utterson está sentado en el gran salón de la finca de Oyster Bay, donde le concede quince minutos a Ron Newcomen, un exmiembro del grupo revolucionario Weathermen que recientemente ha salido de la clandestinidad y que ha hecho autostop con todos sus bienes cargados sobre la espalda, desde la costa hasta el Instituto, con la esperanza de que lo admitan como alumno. Utterson se niega a inscribirlo, y le dice que no es apto para el trabajo:
       —Llegarás sólo hasta determinado punto y entonces desertarás. —Sin darle tiempo a Newcomen a repetir sus protestas y promesas, Utterson prosigue—: No me supliques. Y no me digas que eres desdichado.
       —¡Pero lo soy! Estoy desesperado.
       —Serás mucho más desdichado si inicias la Obra conmigo. En este preciso instante estás sentado en una silla, cómodo.
       —No estoy cómodo —grita Newcomen.
       Utterson hace un ademán de impaciencia.
       —Si te levantas de la silla sin poder realizar la Obra de este método, es mejor que no te levantes. Nunca volverás a esa primera silla después de que la abandones. Pasarás toda tu vida de pie.
       Y otro día, en el mismo aposento majestuoso, un discípulo —un periodista que vive en Washington, D. C.— le explica a Utterson que necesita aplazar el semestre de residencia que tenía programado en el Instituto para poder terminar su libro.
       —Olvida el libro —dice Utterson, frunciendo el entrecejo—. Si no vienes ahora, después será demasiado tarde. La primavera próxima te resultará tan imposible venir como besar tu propio codo.
       Al mismo tiempo, en pleno reconocimiento de un niño sollozante en la sala de tratamientos de emergencia de su clínica del South Bronx, Jekyll siente una fuerte punzada en el codo.


       Jekyll golpea el suelo con los pies descalzos, formando círculo con otros nueve discípulos cerca de una puerta pequeña en un extremo del vasto, desnudo y alto recinto conocido por el nombre de Sala de Ejercicios. Construido con armazones, parece un antiguo hangar. Del otro lado de la puerta hay un cubículo con una cama y una ventanita que permite ver un alegre panorama del huerto, cubículo este donde, años atrás, una muy aplaudida poetisa lituana pasó los últimos meses de su corta vida. Antes de que fuera a vivir a Oyster Bay, en un estado avanzado de la tuberculosis que había contraído durante sus años de cautiverio en Dachau, Utterson la había destinado inicialmente al establo; pero, cuando estuvo demasiado débil para trabajar, la trasladaron allí, y las bienaventuranzas solitarias que experimentó antes de que su boca se llenara completamente de sangre constituyen una de las leyendas más preciosas del Instituto. Utterson, a quien algunos discípulos disidentes atribuyeron la responsabilidad de su muerte, aún la menciona ocasionalmente en sus Charlas del Despertar. “Recordad a nuestras hermanas y nuestros hermanos desaparecidos”, dice. Pero Jekyll carece de medios para saber si su salud física, a diferencia de la espiritual, fue descuidada realmente. Ella murió antes de que él conociera a Utterson o incluso oyera hablar del Instituto.
       Continúan los lentos ritmos de percusión. Jekyll (que realiza un repaso de fin de semana en el Instituto) participa en una pantomima teatral que ha ideado Utterson, La lucha de los Magos, cuyo guión exige que los diez participantes se dividan en cinco Magos Malos y cinco Magos Buenos. Todos trabajan en absoluto silencio. Los movimientos no son extenuantes, no como los ejercicios que Jekyll ejecuta en el gimnasio con el saco de arena y las pesas, ejercicios que Utterson desaprueba. Utterson está sentado en una silla plegable, en el otro extremo del recinto. Usa sus gafas bifocales ahumadas, que expanden el impacto de sus claros ojos azules. ¿Qué clase de mago es él?
       Jekyll, que interpreta el papel de uno de los Magos Buenos, intuye que Utterson se burla de él. Jekyll se pregunta hasta qué punto es bueno. De su bondad dan testimonio todas sus buenas acciones, sus hábitos coherentemente dignos, su abnegación como médico, sus deleites como marido y padre. Su innegable complicidad con Hyde da testimonio de al menos una indignidad indirecta. Dentro de la ciudadela de virtud que Jekyll ha edificado para sí mismo reside un anhelo romántico y trivial de vida emancipada que lo ha llevado al extremo de encubrir los crímenes de Hyde. Jekyll maldice la debilidad que lo ha disuadido de amar su propia virtud y le ha hecho ansiar durante tantos años el canto de la sirena de labios carnosos.
       —Ya basta —exclama Utterson suavemente. Se levanta, se aproxima al grupo y apoya la mano sobre la espalda de Jekyll—. Te esfuerzas demasiado. Sé realista. —Una serenidad misteriosa invade el cuerpo de Jekyll.
       Utterson se encamina hacia una joven rechoncha, solemne, le rodea la cintura con el brazo y murmura unas pocas palabras contra su mejilla. Ella prorrumpe en llanto y sonríe. Mientras Utterson se aleja, los otros ocho se congregan alrededor de ella y la tocan como tanteando. A Jekyll le gustaría que Hyde estuviera allí, para poder estrecharlo en un fuerte y fraternal abrazo. Alzan a la joven sollozante, la transportan al centro de la habitación, la depositan en el suelo y se sientan alrededor de ella. Alguien empieza a tararear. Jekyll mira el rostro radiante de la chica. Perdona a Hyde, se perdona a sí mismo. Utterson se yergue detrás de él.
       Jekyll no se ha sentido siempre tan obsesionado. Empezó a perder el aplomo cuando dejó de trabajar regularmente con Utterson. Tampoco podía emanciparse del todo de Utterson. Pero le horroriza el encierro, y la mayoría de los alumnos de Utterson termina conformándose con vegetar en una habitación. Acuden a Utterson para que este expanda sus energías, pero el viejo los subyuga con algún tipo de hechizo. Jekyll pugna por librarse del hechizo del mago; pero necesita ayuda, necesita amor, necesita contacto.


       En la casa de baños construida recientemente en piedra dentro del recinto de la finca de Oyster Bay, Utterson cuenta chistes verdes, según la costumbre vespertina… y pide que le cuenten otros. Sus turbados discípulos hacen lo que pueden por divertirlo, como siempre. En su apartamento próximo a Lincoln Center, Jekyll contempla con ternura a su esposa. Hunde sus facciones húmedas en la larga cabellera rubia de ella.
       —Te amo —jadea—. ¿Tienes idea de lo mucho que te amo?
       Yacen entrelazados sobre el sofá de la sala. Los niños duermen. En la casa de baños un grupo de alumnos varones, bajo la dirección de Utterson, han terminado de embadurnar sus cuerpos con una arcilla especial importada de Turquía que elimina todo el vello y deja la piel elástica y tersa. Cubiertos sólo por la toalla que les ciñe la cintura, entran en fila a la sala de vapor. Amar significa engordar, piensa Jekyll. Y amar significa adelgazar mucho, mucho.
       Jekyll siente que se le escurre la energía. Entonces esto también es amar. Este escurrimiento lento pero incesante, esta sensación de yacer con las venas abiertas en una bañera llena de agua caliente. Se levanta y se seca. Mientras tanto, Utterson azota a uno de sus alumnos de más edad en las nalgas con su toalla húmeda y suelta una salva de carcajadas cuando el hombre de cabellos grises, fofo, se tambalea hacia atrás bajo los efectos del dolor inesperado. “Eso es lo que nunca has aprendido —vocifera Utterson estentóreamente—. ¡Cómo jugar!”. El hombre, atónito, de temperamento casi siempre confiado, vacila en el rincón saturado de vapor, sin saber con certeza si está a punto de reír o llorar. “¡No seas tan serio! —grita Utterson, haciendo girar la toalla sobre su cabeza calva como si se tratara de un lazo de vaquero—. ¡Juega!”. Jekyll se revuelve inquieto, y después se sienta nuevamente sobre el borde del sofá. Mientras desabrocha la blusa de su esposa con una mano, le gustaría apoderarse de la toalla con la otra, tirar con todas sus fuerzas, y hacer caer a Utterson, de bruces y despatarrado, sobre las tablas calientes.


       Tranquilamente tumbado, en casa, flotando, durmiendo, tocando, resbalando, trepando. La oscuridad, el encandilamiento. Olores cálidos, sábanas ajadas. Pero no dura.
       Una vez en la cama con su esposa, a Jekyll lo ataca una frenética distracción de la mente. Es innecesario aclarar que viene acompañada de una distracción del cuerpo. Su esposa, intrigada al principio por el ritmo menguante de sus abrazos, se adapta, y durante un breve lapso no hay problema. Ella lo sujeta con fuerza, agradecida. Pero Jekyll no parece entender, y actúa con mayor lentitud aún. Ahora su esposa está descorazonada. Suspirando, susurra su nombre y luego le tira del lóbulo de las orejas.
       —¿Dónde estás, cariño?
       Utterson no economiza esfuerzos en las flexiones que realiza, como todas las noches, junto a su enorme cama. Para tratarse de un hombre de su edad y corpulencia, que come y bebe tan desmedidamente como él, se encuentra en mejores condiciones de las previsibles, según ha notado con frecuencia Jekyll. Este no puede imaginar quién yace en la cama recién hecha, esperando a Utterson.
       —¡Cariño!
       Jekyll, ahora apocado, sonríe.
       —Me pareció oír algo —susurra.
       —¿El pequeño?
       —No. Dentro de mi cabeza. No importa. —Sigue sonriendo.
       —Sí que importa.
       —Lo que ocurre es que siempre pienso en ti —dice Jekyll, abatido—. Incluso cuando estoy a tu lado.
       —De eso se trata —responde ella—. No estás cerca de mí.
       Utterson, que experimenta unas súbitas dentelladas de dolor en el costado izquierdo del pecho, trepa de prisa a la cama. La figura oculta por las mantas se da la vuelta, expectante, desenrollando las mantas. Jekyll enciende la lámpara de la mesilla de noche y consulta el reloj.


       Jekyll piensa en la misteriosa facultad de Utterson para transmitir energía de su persona a los demás. Jekyll ha experimentado los efectos de ese famoso poder en varias ocasiones, y también ha presenciado cómo Utterson lo practicaba con otros.
       Escena retrospectiva a tiempos menos atribulados, a tiempos en que la conversación de Utterson le parecía a Jekyll extraordinariamente divertida, en que no era pasmosamente sabia. Una vez, años atrás, cuando Jekyll estaba muy deprimido, puede que al borde del suicidio, fue —sin telefonear antes— a Oyster Bay. Utterson, excepcionalmente afable, paternal aquel día, recibió al visitante en su dormitorio. Al verlo, Jekyll se sintió excitado, con fiebre. La cabeza empezó a retumbarle, como esta noche, mientras yace en la cama con su esposa.
       —Estás enfermo. —Utterson pasó un brazo alrededor del hombro de Jekyll—. No hables. —Depositó a Jekyll en una silla—. Te serviré café —dijo, con toda la ternura imaginable en la voz—. Bébelo lo más caliente que puedas.
       Jekyll recuerda haber estado sentado ante una mesa mientras Utterson vertía en una cacerola café del viejo termo que acostumbraba tener junto a la mesa y colocaba la cacerola sobre un hornillo caliente. Jekyll recuerda que no podía quitarle los ojos de encima a Utterson y que comprendió que Utterson parecía desesperadamente exhausto: nunca había visto a nadie que pareciera tan cansado. Jekyll recuerda que estaba encorvado sobre la mesa sorbiendo el café cuando tomó conciencia de un súbito acceso de energía dentro de sí. Fue como si una violenta luz eléctrica azul hubiera emanado de Utterson y penetrase en él. Pero, a medida que Jekyll sentía desaparecer el cansancio, el cuerpo extravagantemente pesado de Utterson se aflojaba y su rostro viraba al gris como si le estuvieran chupando la sangre. Jekyll lo miraba, perplejo.
       Jekyll recuerda que Utterson masculló, con un tono de urgencia en la voz: “Ya te encuentras bien. Ahora debo irme”. Jekyll recuerda que se puso bruscamente en pie para ayudarlo, y que Utterson lo apartó con un ademán y salió de la habitación bamboleándose lentamente.
       Jekyll recuerda haber esperado a Utterson, saboreando inconscientemente una exquisita sensación de bienestar. Estaba convencido entonces (y lo está ahora) de que cuando Utterson transmite energía de su persona a los demás, sólo puede hacerlo con un gran sacrificio. Pero le resultó obvio que Utterson sabía cómo renovar con rapidez su propia energía, porque Jekyll recuerda que quedó igualmente maravillado por el cambio que se había producido en él cuando volvió al dormitorio quince minutos más tarde. Utterson casi parecía un hombre joven, espabilado, sonriente y desbordante de buen humor. Dijo que ese era un encuentro afortunado, y que, si bien Jekyll lo había obligado a realizar un esfuerzo casi imposible, la experiencia había sido positiva para ambos. Luego anunció que Jekyll y él comerían juntos, a solas: un almuerzo opíparo, para el que descorcharía su mejor botella de excelente Armagnac añejo.
       Jekyll recuerda que, mientras ingerían esa suculenta comida, Utterson le pidió a Jekyll que hablara de lo que lo había estado turbando, fuera lo que fuera. Jekyll recuerda que le resultó difícil empezar, porque en aquel momento le pareció que no tenía absolutamente ningún problema. Nunca en su vida se había sentido mejor. Y Jekyll recuerda que, cuando por fin consiguió explicar su aflicción y sus temores, Utterson lo escuchó sin hacer comentarios y dijo finalmente que lo que Jekyll le había contado carecía de verdadera importancia y no era nada de lo que hubiera que preocuparse. Fin de la escena retrospectiva.
       Ahora Jekyll se siente exhausto, mientras abraza a su esposa. Quizá podría arrojarle un cable a Utterson que fuera desde su plexo solar hasta la robusta mano derecha de Utterson. Tiraría de ese cable, pidiendo auxilio, y Utterson, estuviera donde estuviera —en Oyster Bay o en la ciudad— sentiría la presión, comprendería que Jekyll se encontraba en apuros, activaría esa violenta luz eléctrica azul, cuyos rayos se transmitirían a lo largo del cordón directamente hasta el pecho de Jekyll, y este experimentaría un nuevo y puro repunte de energía, se sentiría maravillosamente, sentiría que sus problemas carecían de importancia. Pero, para que esto sucediera, Utterson no debería hallarse excesivamente ocupado con la actividad —sagrada o profana— que estuviera realizando en ese preciso momento. Y tendría que entender el sentido exacto de la señal de Jekyll, así como de quién provenía, de cuál de sus muchos exalumnos rebeldes. Y Utterson debería estar dispuesto a arriesgar, al menos por un tiempo, sus propias fuerzas. A estar él mismo, al menos por un tiempo, muy, muy cansado.


       Todavía enfundado en su bata de cirujano, Jekyll se reclina hacia atrás en una silla en la sala de personal del tercer piso de la clínica, inmediatamente después de pasar en el quirófano dos horas que han salvado la vida de su paciente. Se concede la libertad de fumar un cigarrillo. Mientras en algún otro lugar se desarrolla una guerra, caen bombas, la carne es perforada y quemada, hospitales con paredes de bambú y techos de paja sirven de blanco a más bombardeos, Jekyll contempla el dorso de sus manos diestras, los pelos cortos de color claro que brotan de cada poro, las minúsculas líneas intrincadas que conectan los poros y forman una red, como si se tratara de un mapa elaborado a partir de una fotografía aérea… o de un juego.
       Mientras una enfermera le trae a Jekyll el último parte sobre el estado (bueno) del paciente y se queda el tiempo suficiente para coquetear con él, la guerra continúa: un dolor sordo en los huesos, un dolor sordo en el vientre, un dolor sordo en el corazón. Para complementar las dosis cotidianas de atrocidades televisadas, ponen a disposición de los civiles excursiones en helicópteros que permiten presenciarlas personalmente. Incontables seres humanos de huesos pequeños y rasgos delicados, los hombres con facciones tersas y lampiñas, las mujeres con cabellos negros que les caen sobre las espaldas, de aspecto aún juvenil en su edad intermedia, pertrechados con rifles y lanzas, son masacrados día tras día. ¿Cómo los reemplazan?
       Jekyll, monógamo como siempre, piensa en las piernas de su esposa y decide que no sólo están mejor torneadas que las de la enfermera sino que quizá sean las piernas más hermosas que haya visto en su vida. La enfermera sale de la habitación con instrucciones para administrar cinco centímetros cúbicos de una nueva medicación al paciente que aún está postrado sin conocimiento en la sala de recuperación.
       Utterson declara que es un derroche de energía preocuparse por la guerra, que la insensatez humana perdurará eternamente; que, puesto que la mayoría de las personas son idiotas que duermen durante toda la vida, el único deber de los pocos que luchan por despertar consiste en cultivarse a sí mismos. Para tratar la melancolía generada por la meditación sobre la guerra, Utterson recomienda varios ejercicios agotadores, espirituales y físicos, y una relectura del capítulo 109 de El extraño caso de Caín y Abel. Jekyll resuelve que está harto de esforzarse por afinar el dolorido instrumento de su personalidad, y también decide que, aunque no pueda ser Hyde, todavía puede buscar su ayuda.


       —¡Eh, mira quién ha venido a explorar los arrabales! —chilla Hyde jubilosamente a través del cristal roto de una ventana cuando el taxi deposita a Jekyll junto al buzón, a la vera del camino, justo en las afueras de Plattsburg, Nueva York. El buzón abierto, con el banderín bajo, está atestado de propaganda y folletos. Jekyll avanza con grandes zancadas a través del amplio cuadrilátero repleto de malas hierbas, llega al porche, y luego pasa por encima de una pila de periódicos mojados, cada uno de los cuales está plegado y sujeto por una anilla de goma, de manera que ahora se pudren apelmazados unos con otros sobre el umbral de la desporticada puerta de entrada. Otra jornada ventosa, y con lluvia en el viento.
       Hyde gira en la puerta abierta (desprovista de timbre o aldaba), cogiendo la gabardina impermeable de Jekyll y arrojándola para que quede colgada de un gancho junto a su capa negra, en el rincón de su cochambrosa guarida. Cuando Hyde cierra violentamente la puerta, Jekyll casi espera oír el repique metálico de un cerrojo y una cadena.
       —Deja que te mire, camarada —gruñe Hyde—. Tan apuesto y remilgado como siempre. ¡No has cambiado nada!
       Jekyll no puede devolver el cumplido, si de un cumplido se trata. En los tres meses que han transcurrido desde que Jekyll vio a Hyde por última vez dando vueltas y vueltas alrededor del World Trade Center, el más joven de los dos ha envejecido espantosamente. Ha seguido perdiendo su pelo ralo y crespo. En ese preciso instante, tras varios días dejándose crecer la barba en su cara macilenta, parece tener tantos años como realmente tiene Jekyll. Este experimenta un ramalazo de preocupación paternal.
       Con extraordinaria rapidez, Hyde empuja a Jekyll hasta sentarlo sobre un cajón de embalar, vierte un poco de zumo de naranja en dos altos vasos azulados, les agrega a ambos algo que Jekyll no tarda en descubrir que es ginebra (proviene de una botella de trementina), y luego se agazapa alegremente sobre otro cajón.
       —¿Qué tal, doctor? —comenta.
       Esos dos vasos azulados que descansan sobre una mesa rota de caña le producen a Jekyll una extraña impresión. Como sabe Jekyll, Hyde ha vivido solo desde que su amiga lo abandonó. Los vasos sugieren que esperaba a alguien. ¿Precisamente a él? Jekyll no le ha escrito ni telegrafiado a Hyde (que no tiene teléfono) para anunciarle su visita de esa tarde. ¿Podría haberle informado alguien a Hyde de su visita?
       Jekyll, que bebe un sorbo de su vaso, le pregunta a Hyde por la casa.
       —¡No has recorrido toda esta distancia para charlar sobre mi roñosa casa!
       Jekyll se pregunta si vivir en el campo aburre a Hyde, después de los cautivantes peligros de la vida ciudadana: la emoción de perseguir a sus víctimas, la excitación de ser acosado por los polis.
       —No me atosigues —dice Jekyll.
       —Lo siento, tío —grazna Hyde—. Supongo que lo que pasa es que me doy de cabeza contra mis desconchadas paredes, resollando de ganas de oír lo que te traes entre manos.
       —Te comportas como si ya supieras de qué se trata —aventura Jekyll… por si Hyde hubiera adquirido una pizca del don de clarividencia de Utterson.
       —Lo sé.
       Jekyll reprime su ansiedad.
       —Entonces no tienes motivos para estar impaciente.
       —Mierda, eso no significa que sepa hasta la última palabra —chilla Hyde con tono quejumbroso.
       —Aún me pregunto por qué sigues aquí —dice Jekyll.
       —No fastidies, hombre. Deberías haber visto esta pocilga cuando me mudé. —Hyde parece casi ansioso—. Hice todo el trabajo por mi cuenta, como en el Instituto. Con mis dos manos.
       —Lo sé —murmura Jekyll, distraído, mientras mira las nervudas manos de Hyde, manos de animal rapaz, con el dorso recubierto por una pelambre oscura, y nota que la tranquilidad de la vida rural no ha bastado para disuadirlo de morderse las uñas.
       —Ves —grazna Hyde, con un brillo triunfal en sus ojillos—. Tú también lo sabes todo.
       —Dada la naturaleza de mi problema —replica Jekyll lúgubremente—, ese sarcasmo es de pésimo gusto.
       —El pésimo gusto… —la voz de Hyde se vuelve estridente— es mi especialidad, tío. —Aprieta sus puños compactos—. ¿Buscas camorra?
       —No —responde Jekyll.
       El mal gusto también es la especialidad de Utterson. Pero mientras que en Hyde parece natural, dados sus antecedentes arrabaleros y su agresiva falta de aspiraciones virtuosas, el caso de Utterson le plantea un problema a Jekyll… se lo plantea, probablemente, a cuantos han estado sujetos a la autoridad de Utterson. El humor procaz y sádico de Utterson debe avenirse con la solemnidad con que reivindica su liderazgo espiritual, así como sus manifiestos olores animales se combinan con el disimulado pero innegable aroma de santidad. Con Hyde no hay problemas. El hecho de que esa sórdida sala apeste a orina no molesta en absoluto a Jekyll, quien, en su condición de médico, no puede darse el lujo de ser remilgado. Hyde es Hyde. Pero Utterson siempre es más que Utterson. O menos. Y Utterson exige que sus admiradores lo acepten íntegramente. No les permite restar ni sumar.
       Lo mismo sucede con las palabras que brotan a raudales de la boca de Utterson, la cual nunca se cierra por completo, ni siquiera cuando no habla. Largas narraciones obscenas. Perogrulladas y trivialidades acerca de la buena vida. Y una sabiduría genuina, sutil, casi inhumana. Pero Utterson no deja que desechéis las dos primeras partes y conservéis la tercera. Debéis retenerlo todo. ¿Es este el secreto del desarrollo armonioso, de la personalidad completa, del triunfo sobre la parcialidad? Si lo es, Jekyll nunca encontrará el camino: es incapaz. Y muy probablemente no sea este el secreto. Utterson nunca estimula a nadie para que lo imite. Por el contrario, la forma sardónica en que ejerce la prepotencia sobre sus discípulos sugiere que las libertades que se otorga a sí mismo no rigen de ninguna manera para ellos. De lo contrario, ¿por qué habría de permanecer Utterson en la cama hasta tarde, regodeándose con su desayuno, cuando en el Instituto todos los demás, alumnos y personal por igual, se levantan a las seis de la mañana y pasan la mayor parte del día podando árboles, cultivando los huertos, ordeñando las vacas, preparando las comidas, cosiendo ropa, recortando el césped, pavimentando los caminos interiores o construyendo nuevos edificios? La “Obra” es el sistema básico de enseñanza de Utterson para ellos; y el poder caprichoso que flota sobre el mar de la libertad para él.
       Jekyll ve un látigo que cuelga de la pared en la desolada habitación, presumiblemente un recuerdo de las travesuras sadomasoquistas de Hyde. Utterson maneja a sus discípulos como si fuese un domador de fieras. Pero Utterson, que no es ajeno al sadismo, físico y mental, desaprueba los látigos. Como ha observado que cada individuo emite radiaciones y emanaciones (que constituyen, según él, la esencia de la persona), Utterson utiliza las emanaciones que es capaz de emitir para sojuzgar, subyugar, hostigar, uncir, y finalmente liberar a cada uno de sus discípulos, próximos y lejanos, transformándolo en una auténtica voluntad. Jekyll preferiría el látigo.


       Entretanto, Jekyll ha cambiado tranquilamente el cajón de embalaje por un sofá de plástico malva repleto de quemaduras de cigarrillo situado en el otro extremo de la habitación, mientras Hyde, que tiene grandes dificultades para quedarse quieto y que no puede permanecer sentado durante más de unos minutos, brinca de su cajón. Está sirviendo más zumo de naranja, vertiendo más ginebra: más ginebra que zumo de naranja, esta vez. Al tiempo que toma nota del gusto de Hyde y de lo que este revela sobre su deterioro —de satánico a excéntrico—, Jekyll acepta el zumo de naranja, porque Hyde siempre ha padecido una deficiencia de vitamina C. Con un ademán rechaza el segundo vaso que le ofrece.
       —Maldito sea el amor —gime Hyde.
       —¿Qué has dicho? —pregunta Jekyll.
       —He dicho… —Hyde baja su voz ronca para reducirla a un gruñido—. Maldito sea el amor.
       Hyde vacía su vaso con dos tragos. Hyde no sólo parece haber perdido la mayor parte de su aptitud para la depravación moral, sino que su forma vehemente de beber indica que se está reblandeciendo. Jekyll está desalentado. Cree oírle sisear a Hyde una vez más: “Maldito sea el amor”.
       Hyde parece no poder quedarse quieto y corre de un lado para otro por la sala, desde la botella posada sobre la mesa de caña hasta su cajón y nuevamente en dirección contraria, como un gorila malhumorado. Jekyll se repantiga en el sofá de color malva, cansado de presenciar tanto movimiento. Se siente aletargado, bajo agua. ¿Hasta cuándo deberá seguir persiguiendo a Hyde? ¿Están condenados a dar vueltas y más vueltas, como la greca de una urna? Nunca lo alcanzará. Hyde, a pesar de su extraña manera de andar, es increíblemente ligero, ágil. Sería imposible capturarlo con una cuerda, como uno podría imaginarse capturando a Utterson: un hombre con aspecto de toro, que marcha con pesada lentitud y que prefiere estar entronizado en una silla o, siempre que sea posible, tumbado en la cama. Jekyll imagina cómo podría enganchar a Utterson y arrastrarlo hasta allí, para continuar la conversación. No es con Utterson, sin embargo, sino con ese patán maniático que da vueltas por la habitación, con quien debe tratar de comunicarse.
       Por lo menos el médico que hay en Jekyll se mantiene impertérrito ante las extravagancias corrosivas de Hyde. Jekyll observa que ahora la contextura de Hyde parece menoscabada. Por lo que se puede vislumbrar del pecho raquítico de Hyde a través de su arrugada camisa de trabajo, a la que le faltan dos botones, ha perdido peso, y su tos compite con la de Camille.
       Mediante otro esfuerzo, Jekyll consigue despertar la unidad psíquica del elocuente y abnegado aspirante, y desde el sofá le apunta a Hyde con esa parte de sí mismo como si lo encañonara con un arma de fuego. Inicia un monólogo, dirigiéndose a Hyde. Hyde traga más ginebra mientras Jekyll enumera los puntos capitales del mapa de su descontento, explayándose sobre su sincero deseo de cambiar de vida. Utterson es objeto de un feroz ataque, Utterson y ese contingente variopinto de discípulos y bastardos que acampan en Oyster Bay en el Instituto para la Desprogramación de Seres Humanos Potenciales.
       —Pero la Obra te hizo mucho bien, ¿no es cierto? —murmura Hyde, que sigue deambulando.
       ¿Cómo podría negar Jekyll que la Obra lo ha ayudado? Que, sin la Obra, no se habría convertido en un médico tan talentoso como lo es ahora; que no sería tan sosegado, controlado, equilibrado, atento a sus propios actos; que no podría inspirar confianza e imponer su voluntad tan fácilmente a colegas, subordinados y pacientes.
       —El problema no es Utterson —confiesa Jekyll—. Soy yo.
       —No entiendo —gimotea Hyde, poniéndose bruscamente a cuatro patas y agazapándose en un rincón.
       —Se trata… de que quiero renunciar a todo. Me gustaría ser… ¡No te rías! Me gustaría estar en tu lugar.
       —¡Anda! —Hyde se da una palmada sobre su frente de roedor—. ¡Cuánta mierda burguesa! ¿Te gustaría estar en mi lugar? —Se levanta del suelo, desmañado como siempre—. ¿Te gustaría vivir mi cochina vida? ¡Hombre, estás francamente chalado!
       —Pero —dice Jekyll— si tu vida te deprime ¿por qué no vuelves a la ciudad?
       —¿Para que me metan en chirona? ¡Muchísimas gracias!
       —Pero las cosas se pueden solucionar, tú lo sabes. Se lo diré a Lanyon.
       —¿Ese cretino? —Hyde gira, con la botella en la zarpa—. Está senil.
       —No lo está. Y tú estás borracho.
       —Sólo porque conserves a ese picapleitos con vida mediante tus inyecciones, no es necesario que defiendas su salud —grita Hyde—. Lanyon no podría conseguir que un fiscal le reduzca los cargos a un bebé que ha ido a parar a presidio por el robo de un pañal.
       —No bebas tanto. Aborrezco pensar en el aspecto que tiene tu hígado.
       —¡Tranquilo, tío! —ruge Hyde, e interrumpe su indeciso paseo alrededor de la habitación—. ¿Quieres ver mis huellas? —Maniobra torpemente con la manga izquierda de su camisa de trabajo y la recoge por encima del codo—. ¡Bueno, ahora estoy limpio, mira! Y se lo debo todo… ¡al buen… y viejo… alcohol! —Palmea la botella y luego la deposita violentamente sobre la mesa de caña. Utterson alza su copa de Armagnac, escudriña la larga mesa ovalada del refectorio y propone un brindis. Su motivo favorito para un brindis es un determinado tipo de idiota. Durante una cena desbordante de alegría que se celebró hace varios años, Utterson inventó una taxonomía completa de retraso espiritual; los “idiotas”, como insistía en llamarlos, se podían clasificar en ingeniosas categorías y subcategorías, y la clave consistía en identificar en qué categoría estaba encasillado cada comensal. Todavía se practica el juego, mientras los alumnos se interrogan nerviosamente a sí mismos y Utterson se reserva el derecho de pronunciar el veredicto final. Utterson sorbe el Armagnac y sonríe.


       Jekyll prosigue:
       —Bueno, si no quieres volver a la ciudad, ¿estudiarías la posibilidad de mudarte a alguna otra parte? Podríamos… —Vacila, y luego arremete—: Podríamos irnos juntos. Quiero decir que yo te acompañaría.
       Eso pone fin a las piruetas de Hyde, al menos momentáneamente.
       —¿Por qué habrías de querer hacer eso? ¡Tío, has perdido realmente la cabeza!
       Jekyll siente, a través de las vigorosas raíces de su pelo, que le cosquillea el cuero cabelludo.
       —Sé que parece demencial… —Jekyll hace una pausa—. Pero no tendríamos por qué quedarnos en un lugar fijo. Podríamos estar en marcha durante la mayor parte del año.
       —Eh, ¿qué es esto? ¿Una declaración de amor? No me digas que después de tantos años de matrimonio feliz has descubierto que eres marica. ¡Tío, eso ya sería demasiado! —Se desploma en el suelo, se revuelca como un perro, y después se estira sobre la espalda, convulsionado por la risa.
       —¡Ya basta, Eddy! —Jekyll, inclinado hacia delante sobre el sofá, está turbado—. Sabes que no se trata de eso. Es que… he descubierto que no tengo suficiente… suficiente imaginación. ¿Entiendes a qué me refiero?
       Hyde agita sus piernas huesudas en el aire, mientras se sujeta las costillas con ambas manos para cortar la risa.
       —¿Y crees que si te hago compañía… —se sienta ahogándose y tosiendo—, te volverás más… imaginativo?
       —Bebe un poco de agua.
       Hyde, que menea la cabeza hoscamente, se levanta tambaleándose.
       —No lo entiendo. —Está resollando—. Quieres arrojar tu carrera a la basura, dejar un apartamento de renta limitada, abandonar a tu mujer…
       —No —lo interrumpe Jekyll—. Me gustaría que mi esposa viniera con nosotros.
       —¡Increíble! —exclama Hyde—. Está bien, quieres arrojar por la borda tu apartamento, alejar a tu esposa de sus amistades, despedirte de Utterson, traicionar a todos esos pobres negros que hacen cola en tu clínica pensando que eres el doctor Schweitzer, abandonar a todas esas enfermeras que nunca jodes… —Jekyll hace un ademán de asentimiento—. ¿Para qué?
       —Porque no soy libre.
       —¡Libre! —estalla Hyde, embriagado—. Eres un crío grande que debe madurar.
       —Pero es cierto. Vivo una vida que está… totalmente programada. No me va a ocurrir nada. Mejor dicho, sé qué es lo que me va a ocurrir. Tengo treinta y ocho años, y con mi salud y mis antecedentes familiares es probable que viva hasta los noventa. Pero ya podría escribir mi propia nota necrológica.
       —¡El gran nene de mamá!
       —Eso ya lo has dicho.
       —¡Libertad! —Hyde se frota el puño contra los ojos—. ¡Tío, qué anticuado eres!
       —Correcto —responde Jekyll—. Por eso me hace bien estar contigo.
       —¡Bueno, no empieces a pensar que puedo ayudarte! ¡Jesús!, tengo mis propios problemas. —Empieza a pasearse nuevamente alrededor de la habitación—. Dentro de un minuto te pondrás a hablar de la felicidad. —Se detiene en seco y mira ferozmente a Jekyll—. O del amor. —Sus ojillos parpadean.
       —Escucha, Eddy, lamento sinceramente la forma en que ella… —Jekyll ve que la aflicción hace palidecer el rostro moreno de Hyde—. Lo… lo que te sucedió.
       —Maldito sea el amor —gime Hyde. Se limpia la nariz con el dorso de la mano izquierda y se sirve otro trago.
       Pero nada, y menos aún la desesperación, parece detener la incesante y desgarbada movilidad de Hyde. A Jekyll se le está durmiendo el pie izquierdo, y empieza a pensar que es muy tarde. Se levanta del sofá y estira los brazos sobre su cabeza.
       —¡No te vayas! —chilla Hyde. Cuando Jekyll deja caer los brazos a los costados del cuerpo, Hyde se abalanza hacia donde él está—. De todos modos, tienes que pasar la noche aquí. —Acerca la esfera compacta de su cara al pecho de Jekyll y susurra, casi farfullando—: Has perdido el último tren.
       Jekyll hace un ademán afirmativo. Pero no se sienta.
       —¿Qué pasa ahora? —pregunta Hyde con tono beligerante.
       —Me gustaría comer algo.
       —¿Cómo es eso? —Hyde lanza una mirada lasciva—. Yo no tengo apetito.
       Jekyll lo empuja a un costado y se encamina hacia el lavabo situado en el pasillo. Cuando se dispone a dejar correr el agua del inodoro, Hyde empieza a aporrear la puerta. Jekyll tira de la cadena, pero no sucede nada.
       Hyde sigue golpeando.
       —¡Eh! —Patea la puerta—. Le pediré a mi madre que prepare algo.
       —¿Tu madre vive aquí contigo? —pregunta Jekyll a través de la puerta.
       —Claro que sí. —Hyde patea nuevamente la puerta—. Desde… desde que se fue aquella fulana.
       —¡Pero si tú odias a tu madre! Recuerdo que me lo dijiste hace muchos años.
       —¿Y qué? —exclama Hyde—. Ella se ocupa de lo suyo. Yo me ocupo de lo mío. No me molesta.
       Jekyll abre la puerta.
       —No debería fastidiarte con mis problemas.
       Hyde está justo fuera.
       —¡No te preocupes! —La boca de Hyde se crispa en una mueca animosa, que pretende ser cordial y que deja al descubierto un montón de dientes cubiertos de sarro—. Me alegra que hayas venido, Hank. Y me gusta que seas tan franco conmigo, aunque estés majareta.
       Jekyll vacila nuevamente, aunque ya ha perdido la esperanza de convencer a Hyde.
       —Intenta ponerte en mi lugar —añade.
       —¿Bromeas? ¿Por qué habría de querer hacerlo? —ladra Hyde, mientras en ese preciso instante Utterson, cualquiera sea la posición en que esté sentado o acostado, le dice a una de sus discípulas que, si escucha atentamente, aprenderá cuán graciosa puede ser la Verdad.


      A la mañana siguiente, la madre de Hyde, de facciones ebúrneas, le sirve a Jekyll en la cama un bollo inglés y una taza de Nescafé. Mientras tanto Poole, con los ojos somnolientos, le sirve el desayuno a Utterson. Jekyll desea preguntar por Hyde —¿está despierto?, ¿siente los efectos de la resaca?—, pero desiste de hacerlo y se coloca deprisa boca abajo, simulando adormecerse nuevamente. Será mejor que no le formule a la anciana ninguna pregunta que ella podría devolverle a él. Jekyll recuerda una regla de la historia militar, perfectamente ilustrada por el caso Pearl Harbour, según la cual es difícil captar las auténticas señales por los ruidos circundantes, o sea, de los otros mensajes.
       Cuando ella sale del desván, Jekyll se levanta de la cama, mordisqueando el bollo. Del otro lado de la ventana, altos sicómoros se alzan por encima del tejado de pizarra desvaída; el canalón está obstruido por las hojas. Vestido con una bata de cachemir, Utterson desemboca en el corredor y le grita a uno de los alumnos que salga a rastrillar las hojas. Entonces Jekyll se pone su pantalón de franela y su chaqueta de pana, baja por la escalera del fondo, atraviesa la cocina (donde la señora Hyde está inmovilizada frente al televisor, contemplando la guerra) y entra en la sala. Hyde está hincado de rodillas en el rincón reparando una bicicleta. Parece extraño imaginar a Hyde con una bicicleta y no con su letal Harley-Davidson.
       —¿Hace mucho que estás despierto?
       Hyde levanta la vista y gruñe convertido en un ser distinto del de la noche anterior: ojos claros, humanoide, más brutal, más juvenil, más alarmante. Se rasca la zona calva con un destornillador.
       —Hace un día hermoso, ¿verdad? —prosigue Jekyll.
       —No seas condescendiente conmigo, camarada —responde Hyde con tono amenazador—. Si se me antoja, puedo hablar en cualquier momento tan bien como lo hacéis vosotros, los monigotes universitarios. —Gira nuevamente hacia la bicicleta y maniobra con los alicates.
       Jekyll se detiene, indeciso, y luego avanza un paso en dirección a Hyde.
       —¿Cuál es el horario de trenes del domingo?
       —Quieres irte, ¿eh?
       —Debo estar en casa a la hora de cenar.
       Hyde da un porrazo con los alicates contra el suelo y apoya las manos sobre sus caderas afiladas como navajas.
       —¿Significa esto que no nos fugaremos y viviremos felices por siempre jamás, atracando bancos juntos como Bonnie y Clyde? —Hyde fuerza la voz y la eleva hasta un falsete.
       —Así es —responde Jekyll—. ¿Qué me dices entonces de los trenes?
       —Hay uno de cercanías a las quince y cuarenta que depositará al maridito en casa justo a tiempo.
       Jekyll le vuelve la espalda, irritado.
       —¡No, espera! —grazna Hyde, que se levanta y salta por encima de su caja de herramientas y de la cadena de la bicicleta—. He estado pensando en nuestra conversación de anoche…
       Jekyll se da la vuelta nuevamente.
       —Escucha, tengo la solución. No me necesitas. Hazlo por tu cuenta.
       —¿A qué te refieres? —pregunta Jekyll.
       —¡Haz algo! Violento —sisea Hyde—. Róbale a un vendedor de periódicos ciego. Viola a una criatura. Dale una paliza a un marica. Estrangula a Utterson. Mete… —Hyde se interrumpe, al ver que las facciones de Jekyll palidecen, y se da palmaditas en los muslos—. Te he pescado, ¿eh? —se burla—. Anda, ese viejo loco calentón te tiene cogido por las pelotas. Deberías quitarle lo que te sirva y largarte. Como hice yo.
       Hyde brinca sobre un pie alrededor de la habitación, como si quisiera ilustrar lo que dice.
       —Eh, tío, ¿es que nunca has cometido un crimen?
       Jekyll no contesta. Piensa en todos los crímenes imaginarios que ha perpetrado, y en todos los crímenes verdaderos que nunca ha imaginado. Si al menos tuviera la fuerza —no la fuerza física, sino la moral— necesaria para colocar las manos sobre el venoso cuello de Utterson…
       —Ya sabes —insiste Hyde con una mueca—. Violencia. V-I-O-L…
       —Sé cómo se deletrea —gruñe Jekyll. Experimenta una dolorosa contracción alrededor del corazón—. ¿Qué violencia?
       —Bueno… —Hyde hace una pausa, con una parodia teatral (o gorilesca) de una persona que piensa—. No tienes cojones para espachurrar a Utterson, eso está claro. ¿Correcto? Entonces… entonces, ¿qué te parece algo fácil para empezar? Incendiar el Instituto, por ejemplo. Siempre podrías alimentar la esperanza de que no muera nadie.
       —¿Crees que soy capaz de hacer eso?
       —Podrías intentarlo. —Hyde ha dejado de moverse, y se hurga la nariz—. Quizá podrías conseguir que alguien te ayude.
       —No necesito ayuda.
       —Así que no, ¿eh? Anoche era otro cantar.
       Jekyll, que desea irse, se encuentra junto al gancho del cual cuelga su gabardina.
       —Supongamos —murmura Hyde, remontado por una nueva corriente de energía—, supongamos que te digo que alguien ya está planeando hacer cisco el Instituto.
       —¿Me lo dices o me lo cuentas?
       —No me crees. —A Hyde se le congestiona el rostro.
       —Tal vez te creería si me explicaras cómo lo sabes.
       —No puedo revelar cuáles son mis fuentes. —Hyde carraspea y escupe en el suelo—. Pero te diré cuándo. Este mes, en la noche del dieciséis de octubre.
       ¿Lo que Jekyll siente es envidia o terror?
       —¿Se… se lo dirás a Utterson?
       Hyde no contesta. Retoza alrededor de su bicicleta.
       —¡Tienes que decírselo!
       —¿Por qué? —brama Hyde—. Es telépata, clarividente y todo lo demás, ¿no es cierto? Que ese crápula lo descubra por sus propios medios.
       Jekyll no tiene una respuesta para eso. Parece un truco barato. ¿Acaso no habitamos todos el mismo espacio? Jekyll piensa en el crimen. Piensa en Utterson.


       Una cita de Utterson: “Cuando el diablo ha estado enjaulado durante demasiado tiempo, sale rugiendo”. Jekyll tiene la sensación de que algo le llega desde los claros que el cielo nublado le deja ver a través del cristal roto de la ventana, de los ruidos, los olores, la temperatura exterior…, algo que intenta mantener alejado. Entonces se entrega. Una voz le susurra reiteradamente: “¡Libre, libre, libre!”.
       Hay una escena que Jekyll presenció en una ocasión, y que se desarrolla de la manera siguiente. Un anciano de pelo blanco camina por Riverside Drive a una hora avanzada de una tarde estival —probablemente se trata de un estudioso judeoalemán refugiado que enseña en la Universidad de Columbia— y otro hombre, joven, de muy pequeña estatura, enfundado en una cazadora de cuero negro avanza hacia él. Cuando están cerca el uno del otro, el anciano saluda con una inclinación de cabeza majestuosa, anacrónica, y se detiene. Parece pedir que lo orienten: señala con la mano. Tiene un rostro complaciente, hermoso. El joven de baja estatura está frente a él, tamborileando una guitarra que lleva consigo. No responde. Entonces, como la hélice de un viejo avión, gradualmente empieza a vibrar de cólera, a zapatear con sus botas enlodadas, a blandir la guitarra. El anciano retrocede un paso, y su expresión refleja más disgusto que sorpresa o miedo. Debe de haber oído que los locos merodean por las calles, pero quizá confió en no encontrarse nunca con uno de ellos. Retrocede un paso más. El joven de baja estatura le asesta un mazazo con la guitarra y lo derriba sobre la acera. Una lluvia de golpes cae sobre la cabeza, el pecho y las piernas de la víctima. El anciano se queja, se convulsiona una o dos veces y se queda inmóvil. El joven de baja estatura continúa hostigando y maltratando el cuerpo inerte, mientras tararea una melodía nasal.
       Jekyll, que observaba la escena desde un portal situado calle abajo, también sintió que esa canción afloraba a sus labios. “¿Qué importaba?”, dijo la voz. Él, que había visto morir a tantas personas —pobres, desahuciadas—, siempre los recordaba sin escatimar un sentimiento de compasión e indignación; él, que había salvado tantas vidas, que había remendado incontables cuerpos y les había devuelto la salud, podía ser perdonado por haber contemplado una vez, sólo una vez, sin misericordia, sin intervenir —sin ceñirse a la parte mejor de los sentimientos—, como si fuera en un sueño. ¿Quién fracturaba los huesos de ese viejo? Si era Hyde, entonces había que impedírselo.
       Jekyll busca la energía necesaria para dar vida a sus propios actos. Interiormente, empieza a redactar el nuevo testamento que le dictará a Lanyon a la mañana siguiente. Ahora la ayuda de Hyde parece fantasmagórica. Jekyll comprende que está solo en un mundo de monstruos, que la lucha entre los magos buenos y los malos es una distracción, si no una ilusión. Debe echarse encima a su cabecilla, al mago supremo, al que está más allá del bien y del mal, al que lo ha confundido y tentado. Que Utterson le transmita toda su energía, por aquellos conductos que estén abiertos. Esta vez no se la devolverá.


       Mientras Utterson se revuelca en su cama en Oyster Bay, mirando cómo Poole friega la alfombra, y mientras Hyde está nuevamente acuclillado junto a la bicicleta en Plattsburg, Jekyll, también en Plattsburg, introduce sus brazos en la gabardina. Hyde vuelve a levantar la vista.
       —¡Espera! —aúlla—. He cambiado de idea.
       Jekyll, que se concentra en determinadas sensaciones que puede estar experimentando o no en el pecho, que piensa en la luz azul que puede estar emanando o no de Utterson en ese preciso instante, siente un ramalazo de alarma.
       —¿Cómo?
       —Quizá tuvieras razón. Me refiero a lo que dijiste anoche. —En la voz de Hyde hay una insinuación extraña, repulsiva—. Respecto de volver a la ciudad.
       —¿Y tu madre? —Jekyll está desesperado.
       —Que reviente —grita Hyde jubilosamente—. ¡Iré contigo!
       Con las nalgas pegadas a los talones, baila en torno a la bicicleta, al estilo cosaco, estirando primero una pierna huesuda y después la otra, con el brazo izquierdo levantado sobre la cabeza, machacando los guardabarros con el martillo que empuña en la derecha.
       —Sólo tengo que reparar esto. —Hyde le asesta un tremendo martillazo al guardabarros posterior, produciéndole una enorme abolladura—. Y después traeré de arriba mis otros vaqueros y un suéter…
       —¡No vengas! —vocifera Jekyll.
       —Escucha, colega —brama Hyde, mientras coge unos alicates descomunales y arranca uno por uno los radios de la rueda delantera—. Puedo tomar un tren si quiero. Este es un país libre.
       Jekyll arranca la capa negra del gancho y corre en dirección a Hyde, le arroja la capa encima y levanta la cadena de bicicleta que descansa sobre el suelo. Hyde forcejea como una gallina cuando Jekyll le pega una, dos, tres veces —intentando, infructuosamente al parecer, matarlo— mientras, en ese preciso momento, Utterson descuelga el teléfono tirando del largo cordón, en su dormitorio de Oyster Bay, para llamar a la policía.


       Utterson se halla frente a la pizarra en la Casa de Estudios. Jekyll está sentado en el borde de su camastro en una celda húmeda. Ya ha pasado dos meses incomunicado. Jekyll está incomunicado, no porque su delito, la tentativa de asesinato, sea muy grave, sino porque una semana después de haber sido encerrado en la cárcel participó en una huelga de presos que pedían mejor comida; la huelga degeneró en motín, y dos guardianes capturados como rehenes fueron degollados. Jekyll reconoció que tenía el deber de hacer causa común con los presos, en su mayoría negros y puertorriqueños, mucho menos afortunados que él, y ahora se encuentra con que lo han castigado más severamente que a cualquier otro. Los guardianes lo maltratan y sus compañeros de presidio, que lo eligieron portavoz para parlamentar con el intermediario de Albany, sospechan que fue demasiado intransigente, razón por la cual al gobernador le resultó más fácil ordenar que la Guardia Nacional tomara por asalto el pabellón oeste. Durante el ataque fueron masacrados trece presos, entre los que se contaban todos los principales cabecillas de la rebelión, excepto Jekyll.
       Hace mucho frío. Es el enero más frío en muchos años. Jekyll cree que aún es diciembre. De todos modos, sea diciembre o enero, los pronósticos no presagian que vaya a remitir la implacable ola glacial. Desde el punto de vista técnico, se puede decir que la cárcel tiene calefacción. Se reciben regularmente suministros de carbón, y este es arrojado con palas a las calderas. Pero el calor no baja hasta Jekyll ni hasta ninguna de las otras celdas situadas en el piso donde alojan a los presos incomunicados. Lo que más le preocupa es que siempre tiene la nariz fría. También los pies. Cuando los presos llegan a la prisión, les entregan pantuflas… de piel auténtica, observó Jekyll sorprendido, aunque agrietadas, usadas, demasiado holgadas. Pero no los autorizan a usar calcetines. Jekyll, que en otra época fue un fanático del buen estado físico y que ahora pesa sesenta y tres kilos, está extraordinariamente débil. Si Utterson se mueve demasiado por la tarima, Jekyll se desplomará.
       Lo que Utterson le dice al contingente de jóvenes y ávidos discípulos en la Casa de Estudios es lo siguiente: “Recordad a nuestros hermanos y hermanas perdidos”. Jekyll, que cree que ese día es el catorce de diciembre, recuerda que el domingo pasado fue el cumpleaños de su esposa.


       Richard Enfield, el primo de su esposa, visita a Jekyll, que ha sido trasladado del sector de incomunicados al pabellón este, donde alojan a los presos de dos en dos. Jekyll tiene el pie derecho escayolado como consecuencia de un accidente que sufrió el día anterior, al saltar del camastro superior, y ha sido autorizado a recibir visitas ese día en su celda, en lugar de tener que hacerlo en la larga sala rectangular dividida por una reja que va desde el suelo hasta el techo.
       —Fue muy tonto lo que intentaste hacer —dice Enfield, tratando de ser informal. Al principio, Jekyll piensa que se refiere a la forma estúpida en que se desgarró el tendón de Aquiles y se rompió un hueso del talón, y luego comprende que Enfield habla del intento de asesinar a Hyde. Pero no se ofende. Ya ha recibido una tierna visita, a primera hora de esa tarde, de su esposa, quien le ha llevado una caja de bombones y un pollo asado con gelatina. Ha tenido que compartir los bombones con su compañero de celda, un traficante de heroína que degolló a un guardián durante el motín, pero afortunadamente el hombre miró con asco el pollo y Jekyll consiguió devorarlo él solito. Jekyll ya ha aumentado un poco de peso (ha llegado a los sesenta y ocho kilos) y en la celda la calefacción es razonable, pero Enfield piensa que tiene un aspecto horrible.
       Jekyll imagina que está esposado y que una cadena se extiende desde su muñeca hasta el pomo del dormitorio de Utterson. Si flexionara las manos, podría abrir la puerta de Utterson —tomando precauciones para no golpear en la cabeza a Poole, el acólito durmiente de catorce años, cuando la puerta se abra bruscamente— y podría observar realmente qué actos obscenos se consuman en esa habitación en mitad de la noche.
       —¿Hay algo que pueda traerte? —pregunta Enfield.
       —Claro que sí —responde Jekyll—. Podrías traerme la noticia de que alguien ha muerto.
       Enfield le vuelve la espalda con compasión y disgusto, y le pide al guardián que abra la puerta de la celda.
       —Cierra bien la puerta —dice Jekyll—. Hay corriente.
       Su compañero de celda, ahora desterrado al camastro de arriba, aprieta la boca manchada de chocolate contra la almohada y suelta un gruñido desagradable. Utterson, que duerme la siesta, se revuelve en su gran cama cochambrosa, y le grita a Poole que le traiga un poco de café recién hecho. Es hora de que se levante y se reúna con sus alumnos en la Casa de Estudios, para pronunciar otra disertación sobre la disciplina interior y los usos apropiados del egoísmo. Jekyll observa cómo la puerta se cierra violentamente.


       Por fin, es el viejo y frágil Lanyon quien le trae a Jekyll la noticia que este aguarda. Hyde se ha suicidado: se ha ahorcado en su sótano.
       Como ya han transcurrido dos semanas, Jekyll debería estar en condiciones de recibir a Lanyon en la sala de visitas, pero esa mañana ha tropezado con sus muletas mientras cojeaba desde su camastro hasta el cubo de las evacuaciones y se ha fracturado limpiamente un hueso del tobillo izquierdo. El médico de la prisión acaba de irse; la nueva escayola, de color rosado, aún está húmeda.
       —En mi condición de abogado tuyo, ignoro si esto influye o no sobre tus probabilidades de obtener la libertad condicional.
       Ay de mis pies, piensa Jekyll. No, no se trata de mis pies.
       Lanyon continúa hablando:
       —Una tentativa de asesinato sigue siendo una tentativa de asesinato, aunque la víctima elegida muera poco después por cualquier causa.
       —¿Me dejó una nota? —pregunta Jekyll con voz ronca.
       Lanyon le entrega a Jekyll un pequeño sobre que Jekyll desgarra. Dentro hay una hoja de papel rayado arrancada de un cuaderno de escuela, sobre la que está estampada con lápiz de labios la huella de una gran boca. Lanyon trata de espiar por encima del hombro de Jekyll, pero este estruja el papel antes de que el abogado pueda ver, y lo introduce en la abertura superior de su escayola derecha.
       —¿Qué dice? Podría ser útil en el expediente que presentaré a la junta que estudia las solicitudes de libertad condicional.
       Jekyll menea la cabeza.
       —¿Dejó algún otro mensaje? —inquiere fríamente.
       —Para Utterson.
       —¿Qué decía?
       —Confesaba haber sido él quien intentó incendiar el Instituto el dieciséis de octubre.
       —Pobre bastardo pretencioso —dice Jekyll, ocultando su desencanto.
       —¡Calla! ¡Estoy tratando de dormir! —gruñe el asesino que ocupa el camastro de arriba.
       Durante un lapso de silencio, Jekyll mira sus manos bellas, huesudas.
       —¿Y qué dijo Utterson al respecto?
       —Ya conoces a Utterson. —Lanyon ríe, con su risa disonante de viejo—. Dice que no se habría inmutado si Hyde se hubiera salido con la suya. Dice que todo hombre o mujer es libre de hacer lo que se le antoje.
       —Oh, la libertad… —Jekyll mastica un caramelo de vainilla que su esposa le ha llevado esa mañana. Se recuesta cómodamente en su camastro, coloca las piernas, escayoladas hasta la mitad de la pantorrilla y una de ellas con el yeso todavía húmedo, sobre la almohada extra que le han dado y sonríe—. No me hables a mí de libertad.




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