Susan Sontag
(Ciudad de Nueva York, 1933 - Ciudad de Nueva York, 2004)


Espíritus norteamericanos (1965)
(“American Spirits”)
Originalmente publicado, como “The Will and the Way”, en la revista Partisan Review, 32 (verano 1965), págs. 373-396;
I, etcetera
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1978, 189 págs.);
Debriefing. Collected Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017, 336 págs.)



      La historia comienza en un lugar muy concurrido, algo así como una estación de autocares Greyhound, pero más refinado. La protagonista es una joven intrépida de irreprochable ascendencia protestante blanca y de complexión estándar, normal. Su único defecto visible se reflejaba en su nombre: señorita Carichata.
       Abofeteada por las miradas mecánicas, la señorita Carichata resolvió emprender una carrera de actividades venéreas. Los espíritus de Ben Franklin y Tom Paine susurraron roncamente en sus oídos, convocándola e intimidándola.
       La señorita Carichata se levantó las faldas. Todos y cada uno profirieron una exclamación. “Nada de sexo, nada de sexo —coreó la multitud—. ¿Quién podría inspirar deseo con semejante cara?”
       —Ponedme a prueba —murmuró ella valerosamente, mientras se replegaba contra una pared de azulejos blancos.
       La concurrencia continuó mofándose de ella, sin moverse.
       Entonces el señor Obscenidad irrumpió en el recinto, luciendo pantaloncitos blancos, una camisa a cuadros y un monóculo.
       —Vuestro problema, muchachos —manifestó, mirando a la señorita Carichata con expresión lasciva, y desgarrándole luego la blusa de nailon sin molestarse en desabrochar los botones—, consiste en que tenéis principios. Un exceso de sentido estético, ese es vuestro defecto. —Para dar mayor énfasis a sus palabras propinó un empellón a la señorita Carichata, que lo miraba fijamente, atónita, parpadeando—. Mansa como un corderito —agregó mientras se apoderaba de su pecho izquierdo y apuntaba con él a los fascinados espectadores.
       —Eh, sepa que yo soy su marido —dijo un joven robusto, llamado Jim, separándose de la concurrencia—. Señorita Carichata es solo su nombre de soltera. En casa es simplemente la señora de Jim Johnson, orgullosa esposa y madre de tres criaturas, jefa de distrito de la Asociación de Boy Scouts, vicepresidenta de la Asociación de Padres y Maestros de la escuela Green Grove, a la que van nuestros niños, y secretaria del registro de la Liga Local de Mujeres Votantes. Tiene casi diez cuadernillos de cupones canjeables de King Korn y un Oldsmobile de mil novecientos sesenta y dos. Su madre, o sea, mi suegra, se pondría furiosa si le permitiera a usted salirse con la suya. —Hizo una pausa—. Si le permitiera salirse con la suya, señor Obscenidad, caballero.
       —Así me gusta más —dijo el señor Obscenidad.
       —Jim —exclamó la señorita Carichata enfadada—. Es inútil, Jim. He cambiado. No volveré a casa.
       Algo semejante a un carruaje con un tiro de caballos ruanos se detuvo ante las puertas de vidrio esmerilado. El señor Obscenidad se precipitó sobre su asiento y, con un ademán que no admitía negativas, indicó a la señorita Carichata que ocupara el suyo. Cuando salieron disparados, se oyeron lamentos y risitas por encima del redoble de los cascos.


* * *

      Allí donde vivía, la señorita Carichata —exseñora Johnson— se había hecho célebre porque tenía la basura más limpia de la manzana. Pero en el lugar adonde la transportó el señor Obscenidad, nada parecía ceñirse a las leyes de la higiene tal como ella las había conocido. La gente dejaba caer lánguidamente sobre los suelos de madera blanqueada los melocotones demasiado maduros, a medio comer. En las hojas de papel oficio de color azul celeste garabateaban dibujos de órganos genitales masculinos y femeninos, y después las estrujaban y las arrojaban a un rincón del cuarto. Sobre los manteles de damasco, que nunca cambiaban, florecían manchas de vino. En la cara interior de la puerta del armario estaba clavada con chinchetas una foto desvaída de Marlon Brando, arrancada de una revista y manchada con lápiz de labios; nadie quitaba el polvo del alféizar de las ventanas; la señorita Carichata apenas tenía tiempo para cepillarse los dientes una vez al día, y las condiciones en que se encontraba la cama —particularmente la almohada, erizada de pequeñas plumas— eran increíbles.
       Desde su ventana la señorita Carichata podía ver el océano, un tiovivo y una montaña rusa llamada El Huracán y pequeñas figuras —agrupadas por parejas o en familias— que discurrían por la pasarela de tablas. Era verano y varios ventiladores grasientos distribuidos por la habitación removían el aire sin vencer al calor. La señorita Carichata anhelaba bañarse en el océano, aunque no habría osado lavarse los acres olores corporales que deleitaban al señor Obscenidad. Su apetito por el algodón dulce se satisfacía con más facilidad. Prácticamente no terminaba de enunciar su deseo de ingerirlo, cuando aparecía allí, envuelto en papel de periódico, al pie de su puerta. Pero cuando solo lo había consumido a medias, arrancando alegremente bolas de filamentos rosados con sus dientes superfluos, el señor Obscenidad se abalanzaba sobre la cama y la poseía. El cucurucho de papel impregnado con el mejunje pegajoso rodaba inadvertidamente al suelo, en medio de los quejidos de los muelles del colchón.
       Algunas veces se presentaba gente a la hora de la cena. Mientras el señor Obscenidad presidía la reunión desde un extremo de la mesa de roble, varios individuos morenos conversaban sobre el comunismo, el amor libre, el mestizaje racial. Algunas de las mujeres lucían largos pendientes de oro. Algunos de los hombres calzaban zapatos puntiagudos. La señorita Carichata tenía una idea de los extranjeros sacada de las películas. Lo que no conocía era los modales espantosos de que hacían gala a la mesa, por ejemplo, cuando arrancaban trozos de pan con los dedos. Y no siempre le sentaban bien los suculentos guisos sazonados con ajo y las cremas espumosas. Generalmente después de la cena resonaban salvas de solemnes eructos. La señorita Carichata participaba jubilosamente en la ceremonia.
       Aunque a veces la incomodaban tanto la desagradable confusión de alimentos como la estridencia e ímpetu de la conversación, la señorita Carichata ya confiaba bastante en el señor Obscenidad. Este, cualquiera que fuese el aspecto de sus huéspedes, estaba siempre inmaculada y pulcramente abotonado. Las páginas mimeografiadas que el señor Obscenidad llevaba a menudo en su sujetapapeles y consultaba con frecuencia, incluso a la mesa durante la cena, contribuían a aumentar su confianza. “Esto es de buen augurio —pensaba la señorita Carichata—. Aquí rige algún sistema.”
       Joviales y dispuestos a divertirse a la menor insinuación: así era como la señorita Carichata procuraba imaginar a los huéspedes. Cuando hacían circular por la mesa estatuillas de yeso procaces, podía suceder que su vecino le rozara el bajo vientre con el codo para expresar entusiasmo. De vez en cuando un par de comensales se sumergían bajo la mesa, que se estremecía durante un rato hasta que la pareja reaparecía congestionada y desaliñada.
       Al observar que el señor Obscenidad parecía querer exhibirla ante sus amigos, la señorita Carichata procuraba ser lo más afectuosa posible. Alimentaba la esperanza de que un día no hubiera nada que ella no pudiese hacer de cuanto él le pidiera.
       —Qué linda mujercita tienes aquí —comentó uno de sus compadres negros, un hombre a quien todos llamaban Abe el Honesto.
       Dejó caer la ceniza de su puro en un diafragma chapado en oro que hacía las veces de cenicero, y se repantingó en su silla.
       —Está a tu disposición —respondió el señor Obscenidad con un ademán cordial.
       Después anotó algo en su sujetapapeles.
       —Bueno, no sé… —murmuró Abe el Honesto.
       Se frotó la hilera de barba que le orlaba el mentón, cavilando.
       La señorita Carichata dudó. ¿Este negro corpulento, Abe el Honesto, sentía temor del delgado señor Obscenidad? ¿O la encontraba indeseable?
       —La cara no es gran cosa…
       ¡Eso liquidaba la cuestión! Las lágrimas se agolparon tras los ojos de la señorita Carichata.
       —Y las mujeres blancas no son buenas para mi sangre. Es lo que dice el Profeta.
       —¡Abe! —exclamó el señor Obscenidad, con tono amenazador.
       —Sí, señor Obscenidad. Quiero decir, sí, patrón. Quiero decir, sí, señor.
       Abe el Honesto apartó parsimoniosamente de la mesa su enorme mole, dejó caer la servilleta y dispersó por el suelo las migas de pan acumuladas sobre su regazo.
       —Bueno, mujercita, veamos qué podemos hacer tú y yo. No será peor para ti que para mí. —Soltó una risita.
       La señorita Carichata se levantó ansiosamente. Experimentó un ligero cosquilleo en el estómago. Los espíritus de James Fenimore Cooper y de Betsy Ross le susurraron al oído, convocándola e intimidándola.
       —Es mi deber, ¿verdad? —le preguntó al señor Obscenidad, deseando sofocar los últimos atisbos de duda que maculaban su resolución perfecta—. La voluntad nacional, quiero decir. El objetivo nacional. Y la presencia nacional.
       —Debes hacer lo que debes hacer —sentenció fríamente el señor Obscenidad—. Este es, después de todo, el dilema norteamericano. —Hizo una anotación en su sujetapapeles y se volvió hacia sus invitados.
       Abe el Honesto se quitó cuidadosamente la chaqueta de terciopelo marrón y la colgó sobre el respaldo de su silla, y luego desabrochó el transistor que se alojaba en su axila.
       “De modo que la música provenía de allí”, pensó la señorita Carichata.
       Su unión se consumó en una bañera cuya dura superficie de esmalte blanco había sido tapizada con toallas de baño de alegres colores —azules, púrpuras, marrones y amarillas—, como la tienda de un jeque. Sobre los grifos, alguien había desplegado considerada, quizá incluso reverentemente, la bandera de las barras y las estrellas. La señorita Carichata tuvo la presencia de ánimo necesaria para reflexionar: “Huelen de otra manera. Pero es un olor agradable y fuerte. Me pregunto por qué les temía tanto cuando entré una noche tarde en aquella tienda de golosinas para comprar un paquete de Luckies, o en el palco del cine (entonces era una niña) cuando aquel grandote se sentó a mi lado. Te asusta verlos en los telediarios alborotando y arrojando ladrillos en sus propias calles sórdidas. Parecen ser muchos. Pero de uno en uno no son tan inquietantes cuando los tienes realmente cerca. Se merecen todos los derechos que puedan conquistar”, concluyó.


* * *

      Mientras días y noches se sucedían invariablemente, todos ocupados por placeres tumultuosos, la señorita Carichata se preguntaba a veces si seguiría mereciendo su nombre. Pero el señor Obscenidad resultó ser un capataz severo. No le permitía acercarse a un espejo. Se negaba a contestar cualquier pregunta acerca de su aspecto, sus talentos o su destino.
       Ella no pensó ni una vez en su madre, la viuda de un maquinista de tren que ahora vivía en Saint Louis, ni siquiera deseó enviarle una tarjeta postal. De vez en cuando, muy de tarde en tarde, pensaba en Jim y los tres niños. Se preguntaba si él habría vendido el Oldsmobile: no necesitaría dos coches. Pero no podía volverse atrás.
       —Tienes cierto poder —le dijo un día al señor Obscenidad—. Pero ¿por qué te teme la gente?
       Los espíritus de Henry Adams y de Stephen Crane le susurraron roncamente al oído, convocándola e intimidándola. ¿Seguro que no estaba prohibido formular preguntas? No en un país libre.
       —Quiero decir, ¿cómo conseguiste que Jim me dejara partir tan fácilmente?
       El señor Obscenidad, intensamente dedicado a la señorita Carichata, no respondió. Se limitó a colocar una almohada sobre su animado rostro.
       Ella arrojó la almohada a un lado.
       —¿Y Abe el Honesto? —preguntó, escudriñando sus ojos serenos y abstraídos—. ¿Por qué te temía él? —Tampoco esta vez obtuvo respuesta—. Él es más grande… quiero decir más alto… que tú.
       El señor Obscenidad continuó hojeando, por así decirlo, su cuerpo. Acababa de desencadenarse un vendaval que presagiaba algo. En algún lugar, un postigo golpeaba contra una pared.
       La atención de la señorita Carichata se extravió. Observó cómo una mosca sorbía el contenido de un charco de café frío, sobre la mesilla de noche. A continuación la etiqueta de los nuevos pantalones de montar marrones del señor Obscenidad, dejados de cualquier manera en el suelo, atrajo su interés. Luego se preguntó si el señor Obscenidad tendría dificultades para figurar en la guía de teléfonos.
       —Presta atención —ladró él, retirándose de la señorita Carichata, girándose un poco y espolvoreando ligeramente el torso de ella con azúcar.
       —La presto.
       —No me contradigas. No la prestas.
       —Bueno, ¿qué importa si pienso en otras cosas? ¿Quién dice que debo pensar constantemente en eso? ¿Acaso el pensar no lo echa a perder, de todos modos?
       —Mira —manifestó él—, este no es un ejercicio de euritmia.
       —Bueno, no sé qué significa eso —contestó ella solemnemente—, pero tampoco se supone que sea un trabajo forzado.
       —¡No te hagas la inocente conmigo! No tengo a toda esa gente apostada aquí por nada.
       Por encima del zumbido de las moscas sobre sus pechos, la señorita Carichata sintonizó un coro de jadeos roncos. En el pasillo, un poco más allá de la puerta abierta, cuatro tenientes del Ejército del Aire parecían estar jugando al bridge.
       —No los había visto —protestó ella.
       El señor Obscenidad gruñó.
       —Te juro que no.
       —Apuesto a que de pequeña eras remilgada para comer —masculló el señor Obscenidad.
       —No, realmente…
       El señor Obscenidad volvió a colocar la almohada. La señorita Carichata se resignó al placer. Formularía sus preguntas en otra ocasión.


* * *

      —¿Qué te parece esta vida? —se dignó a preguntar una tarde el señor Obscenidad con voz ahogada mientras hozaba entre las piernas de la señorita Carichata.
       —¡Cielos! —exclamó ella—. ¡Nunca imaginé que la vida podía ser así!
       —¿Quieres seguir viviendo así? —inquirió él.
       —¡Seguro! —Desde su infancia, la señorita Carichata siempre había dicho “¡Seguro!” cuando no estaba segura—. ¿Quién querría vivir de otra manera? Casi no lo puedo imaginar —prosiguió, con un estremecimiento de ansiedad ante tan inoportuna verborrea.
       —Ah, querida mía… —suspiró el señor Obscenidad mientras se sentaba entre las sábanas húmedas y arrugadas, y palmeaba el muslo de la señorita Carichata—. Me temo que todo ha acabado para ti. Nunca hay que pensar que no es posible otra vida distinta de esta. Todas las otras vidas son imaginables, posibles, incluso probables.
       —¿Qué he hecho? —gritó ella, desolada al ver que él se había calado el monóculo en la cuenca del ojo izquierdo. El señor Obscenidad solo se quitaba el monóculo cuando estaba entregado a la más profunda indagación carnal.
       —A menos que estés dispuesta a arriesgar tu vida en una de las proezas más pintorescas que conoce el hombre, a saber, una orgía donde todo vale, te despediré de aquí. Con buenas referencias, por supuesto. Y un poco de dinero para sufragar tus gastos durante la primera semana.
       ¿Una orgía donde todo vale? ¿Drogas? ¿Instrumentos de tortura? ¿Perversiones? ¿Falos artificiales de un metro de largo? Inclinó la cabeza, sumida en sus cavilaciones. Los espíritus de William James y de Fatty Arbuckle le susurraron roncamente al oído, convocándola e intimidándola. El señor Obscenidad tamborileó una melodía indescifrable sobre el vientre de ella, con las yemas de los dedos, esperando que tomara una decisión.
       Era valiente, pero no tanto. El ser humano ambiciona una educación para usarla. No había abandonado a Jim para morir sino para vivir. La señorita Carichata pensaba que existía un límite incluso para la voluptuosidad. Aunque fuera inocente, a pesar de todo lo que había experimentado, tenía cierta conciencia de su propio valor.
       —¿Quieres echarlo a suertes? —preguntó el señor Obscenidad, mientras perfilaba lánguidamente con un suave lápiz de labios de color anaranjado las partes pudendas de la señorita Carichata, en la zona contigua al ombligo.
       —No te molestes. Me iré —respondió ella.
       Alguien echó una moneda en la gramola. “Cualquiera que tuviese corazón —pensó la señorita Carichata— me amaría.” El señor Obscenidad extrajo un espejo de su bolsillo y empezó a acicalarse. Primeramente inspeccionó el interior de sus fosas nasales, y luego se golpeó el abdomen buscando señales de flacidez. Nunca en su vida la señorita Carichata se había sentido tan humillada. De repente se sintió tremendamente, tremendamente sola.


* * *

      Sin embargo, la señorita Carichata sabía que no estaba sola en aquel lugar. Allí había otras jóvenes norteamericanas, bajo la férula de otros educadores semejantes al señor Obscenidad. También existía la ligera posibilidad de que todas estuvieran bajo la batuta del señor Obscenidad. La señorita Carichata prefería no pensar en ello.
       Todas las casas próximas al océano son húmedas, y ya empezaba el invierno. Una legión de obreros desfiló por su habitación. Cubos de pintura, pinceles rígidos y abandonados, rodillos, latas de aguarrás y enormes escaleras toscas con incrustaciones de pintura se hallaban esparcidos por todas partes, aumentando la confusión general. Estaban reparando el edificio. La señorita Carichata se sumió en un profundo abatimiento.
       Pasaron días sin vislumbrar siquiera al señor Obscenidad. La señorita Carichata procuró recordar todo lo que le debía. Al principio supuso que su rabieta era una manifestación de deseo. No lo era. Dado que no tenía un temperamento agradecido, lo que la señorita Carichata experimentaba era sed de venganza. Incluso tenía un plan. Persuadiría a algunas de las otras pupilas para que se fueran con ella. Entonces el señor Obscenidad lamentaría el capricho que lo había impulsado a decretar su expulsión.
       ¿A quién se llevaría? Solo a mujeres, decidió. Andar con hombres a rastras complicaría demasiado las cosas. Anteriormente la señorita Carichata nunca se había considerado feminista: no, desde luego, mientras había sido la esposa de Jim y madre de tres hijos. Pero ahora se sentía arrastrada por la lealtad a su sexo. Los espíritus de Edith Wharton y de Ethel Rosenberg le susurraron roncamente al oído, convocándola e intimidándola.
       ¿O era eso?
       Esa misma noche, un poco desaliñada y con la bata azul floreada ceñida alrededor de su cuerpo, se deslizó por los corredores ventosos, escuchando y espiando, cada vez que podía, por el ojo de las cerraduras. Escenas de torturante deleite le asaltaron los sentidos. ¿Era ese el Edén que perdía? Entonces, nadie más debería disfrutar de él.
       En el pasillo abordó a una morena casquivana vestida solo con una gabardina beige.
       —Pareces digna de confianza —manifestó jubilosamente la señorita Carichata—. Y yo me largo de aquí…, quiero decir que estoy harta. ¿Te gustaría venir conmigo? ¿No quieres bañarte en el océano, o montar en El Huracán? Ya sabes, hacer lo que se te antoje sin tener que bajarte las bragas constantemente.
       Veloz como una centella, la chica metió la mano bajo la gabardina y extrajo un objeto oscuro de metal. ¿Una pistola? La señorita Carichata retrocedió aterrada. No, una cámara fotográfica. La chica acercó el frío dispositivo a su ojo y tomó rápidamente nueve primeros planos de su atónita compañera.
       —Las tendré reveladas mañana por la mañana —anunció la joven—. Te enviaré copias, si quieres.
       —Pero ¿para qué? —chilló la señorita Carichata, al comprender que su conspiración ni siquiera echaba a andar.
       —Son para mi álbum. —Al ver que la señorita Carichata la miraba sin comprender, agregó—: Mi colección.
       —¿Tu colección?
       —Para el curso Sociología 1046, “El matrimonio y la familia” —respondió la joven—. Un proyecto de investigación para mi primer año. Vale por cuatro créditos.
       Aunque perpleja, la señorita Carichata ya había captado lo suficiente para comprender que aquel lugar no era la zona de desgobierno espontáneo que podía parecer. ¿Cómo explicar, si no, la presencia de esa chica, con su fría imagen de secretaria, que probablemente tomaba dictado a una velocidad fenomenal? La señorita Carichata se sintió como si fuera una antigualla.
       La chica descubrió sus grandes dientes blancos al sonreír, y después se alejó precipitadamente por el corredor.
       —Espera —exclamó la señorita Carichata—. Sí me gustaría recibir una copia. Quiero decir, para ver qué aspecto tengo en ella.
       —¿Por qué no? —convino la joven—. Mañana por la mañana. Y no utilizaré tu nombre. Todos son anónimos, ya sabes. Así el proyecto es más científico.
       ¡Científico! ¡Vaya idea! ¿Por qué no se le habría ocurrido antes? Toda institución de grandes dimensiones necesita máquinas enormes, y aquella no podía ser distinta de las otras. Le bastaría con asumir el control de la maquinaria. Así es como se hace una revolución. No sencillamente empleando la fuerza, sino conquistando los instrumentos de poder. La señorita Carichata bajó deprisa a la sala de calderas. El suelo había estado recientemente sumergido bajo el agua, pilas de libros mohosos y empapados se alzaban en precario equilibrio sobre cajones de naranjas, y el hedor de orina distraía la atención. Pero la única maquinaria que encontró fue una hilera de pantallas de televisión, cada una de las cuales reproducía una imagen diferente, y una pantalla solitaria coronando el conjunto que repetía una u otra imagen de la hilera. Debajo de las pantallas había una gran mesa llena de interruptores, botones, controles y palancas; y frente a ella se hallaba sentada una voluminosa figura que manejaba el panel, con un casco de plástico blanco y un par de auriculares.
       —Señor Obscenidad… —susurró ella, que temía lo peor y prefería la reconvención inmediata al suspenso.
       En lugar devolverse, la figura manipuló convulsivamente algunos controles. La imagen reproducida en la pantalla monitora saltó de una carrera de patinadores a una mujer con las piernas abiertas en las últimas fases del parto. La carrera de patinadores, rebajada de categoría, continuó como una de las imágenes de la hilera inferior.
       —Por favor, dime quién eres. Sé que no debería estar aquí.
       La señorita Carichata temió que no le contestaran nunca, dado que debía competir con todas aquellas imágenes. La figura tocada con el casco blanco accionó un interruptor. Un gobernador calvo y dentudo que pronunciaba un discurso ante una convención de Shriners fue ascendido de la hilera a la pantalla gigante, y la parturienta angustiada pareció mucho más tranquila junto a la carrera de patinadores. La arenga política duró poco. La eclipsó la imagen que la señorita Carichata había estado mirando fijamente desde el comienzo: una deliciosa escena erótica entre dos mujeres y un joven niponorteamericano con una erección descomunal.
       La señorita Carichata hizo un esfuerzo y apartó la vista de la pantalla principal.
       —Te amo, señor Obscenidad. —Esta era una mentira torpe.
       El anuncio de un nuevo desodorante con aplicador de bola borró la escena erótica. La figura impasible giró, con su atención fugazmente liberada. La señorita Carichata, temblorosa, abrió su bata azul floreada, con la intención de seducir al hombre. Por el momento todo marchaba bien: ahora tenía exclusivamente reservada para sí la atención de los ojos (que era lo único que podía ver de la cara cubierta por el casco). Una mano se estiró hacia sus muslos pegajosos, una mano que parecía más delgada que la del señor Obscenidad.
       —Sí, sí —gritó ella, inclinándose hacia la mano.
       Pero en ese preciso instante concluyó el anuncio, y el joven niponorteamericano y las dos mujeres reanudaron su gimnasia. La mano delicada del técnico tocado con el casco vaciló en el aire suspendida entre la señorita Carichata y el panel de instrumentos. Pasaron segundos que parecieron horas. Entonces triunfó la máquina: la mano se precipitó sobre un control. Humillada, la señorita Carichata envolvió en la bata sus carnes trémulas y emprendió el retorno a su habitación.


* * *

       A la mañana siguiente, unos fuertes golpes en la puerta arrancaron de su sueño a la señorita Carichata, que tenía los ojos enrojecidos por su primer llanto copioso desde que abandonara a Jim.
       —Laura —dijo el hombre desde el hueco de la puerta, que tenía puesto un abrigo gris y un sombrero informal igualmente gris—. ¿Laura? —repitió.
       Nunca nadie había llamado a la señorita Carichata por su nombre de pila en ese lugar.
       —¿La señorita Laura Carichata?
       La señorita Carichata se sintió atemorizada y al mismo tiempo intrigada.
       —Permita que me presente.
       El hombre entregó a la señorita Carichata una tarjeta estampada en relieve. “Inspector Chirona, detective —rezaba—. Solo horas convenidas.”
       —Ahora hablemos claro, Laura —dijo el hombre, dando aparentemente por terminadas las ceremonias. Se había sentado, pero no se había quitado el sombrero.
       —¿Quién lo ha autorizado a llamarme por mi nombre de pila? —chilló la señorita Carichata, indignada.
       —Escúchame bien, Laura —prosiguió el hombre, con tono apaciguador—. No quiero asustarte, pero me han soplado lo que te propones hacer y no cuajará. No, señora, sencillamente no cuajará. Las chicas se quedarán aquí, y los televisores también, y tú deberás largarte. El patrón me llamó para que te lo diga.
       Irritada por el rechazo que había sufrido la noche anterior, la señorita Carichata decidió comprobar si el inspector Chirona era invulnerable a sus encantos.
       —¿Música, inspector? ¿Quizá un poco de vino?
       —No me disgustaría, señora.
       —Puedes llamarme Laura.
       Sin hacer caso de los espíritus de Eddie Duchin y de John Philip Sousa, que le susurraban roncamente al oído convocándola e intimidándola, puso en el tocadiscos una balada pop que trepaba rápidamente a los primeros puestos de los Cuarenta Principales. Las voces de un cuarteto andrógino y las vibraciones de sus guitarras eléctricas resonaban en una cámara de ecos celestial. La señorita Carichata, siempre a tono con lo novedoso, estaba fascinada. Pero el inspector Chirona pertenecía evidentemente a la vieja generación.
       —Quita ese disco —aulló, mientras tironeaba de su corbata—. ¿Cómo puedes soportar esos berridos?
       —Me gustan —respondió la señorita Carichata dulcemente, mientras se le sentaba sobre las rodillas.
       —Eh, qué…
       Precisamente entonces volvieron a golpear la puerta.
       —¡Maldición! —masculló la señorita Carichata.
       Era la chica morena, que, fiel a su palabra, le entregó en silencio un pequeño sobre de papel manila.
       La señorita Carichata lo rasgó y contempló complacida sus propias facciones. Gracias a Dios, las cosas no habían llegado demasiado lejos: no eran indecentemente prominentes. Quizá ni siquiera eran medianamente prominentes. Pero no quedaba la menor duda de que se había producido un cambio perceptible: su rostro se había proyectado nítidamente hacia delante con un aire de rotunda afirmación. Llevada por el júbilo, abrazó a la joven morena y la besó.
       —¿Quién está ahí? —clamó el inspector, que, si bien había rehuido las atenciones de la señorita Carichata, ahora empezaba a sentirse desairado. Aparentemente esa sería una jornada en la que no estaría exclusivamente pendiente de sus deberes profesionales—. ¿Por qué no invitas a entrar a tu amiga? —agregó fingiendo despreocupación.
       Quizá, pensó rápidamente, el señor Obscenidad también podría sacarle provecho a un informe sobre aquella otra.
       —De acuerdo —asintió la chica—. Para mi colección —le explicó a la señorita Carichata, que no sabía si deseaba compartir al inspector Chirona con alguien más.
       —Bueno, bueno —dijo el inspector—. Qué bonito par de damiselas tenemos aquí. Una un poco mayor… —Señaló a la señorita Carichata, que se sintió complacida de que la mencionara en primer lugar—. Otra un poco más joven —añadió, señalando a la alumna de “El matrimonio y la familia”—. Una rubia… —Nuevamente la señorita Carichata—. Y una morena. —La joven—. Una con hoyuelos en las rodillas. —Eran las rodillas de la señorita Carichata las que magreaba. Y una con rodillas de tenista. —El inspector acarició la corva de la joven—. Una con un lunar en su…
       —¡Inspector Chirona!
       ¡Ay!, aquí se interrumpió bruscamente el inventario anatómico del inspector Chirona. Junto a la chimenea se erguía el señor Obscenidad, vestido con una bata negra y con los brazos extendidos como un murciélago de grandes alas. El reflejo de los rayos del sol hacía brillar su monóculo implacablemente como una obsidiana. Sus dientes parecían más largos y su rostro era una máscara de ira atroz. No se veía en él ni un atisbo de sarcasmo o compasión. El inspector Chirona palideció, pero no se echó atrás: no movió las manos, que descansaban sobre las nalgas de ambas mujeres.
       —No puede hablarme en ese tono, señor Obscenidad.
       La joven se zafó de la zarpa del inspector Chirona y se estiró la falda hacia abajo.
       —Usted era el ayudante en quien más confiaba, Chirona —dijo severamente el señor Obscenidad—. Y ha traicionado esa confianza. Ya conoce mi lema: Cada cual a su oficio. Yo sé cuál es mi oficio. Y usted debería saber cuál es el suyo.
       El inspector Chirona comenzaba a acobardarse visiblemente. Al sentir que la mano que le había estrujado las nalgas con tanta avidez aflojaba su presión, mitigada su lascivia, la señorita Carichata se apartó. Experimentó una sensación de frialdad ligeramente desagradable por donde la había sujetado el inspector Chirona.
       El señor Obscenidad avanzó, con las manos como garras.
       —Pero señor Obscenidad… señor…
       Al oír esos balbuceos deferentes, la señorita Carichata comprendió que el juego había terminado. El inspector Chirona era tan incapaz como los otros de desafiar al señor Obscenidad. Llegó a la conclusión de que el rey de la jungla sería siempre el rey.
       —¡Tú! —gritó el señor Obscenidad a la señorita Carichata con tono imperioso—. Quédate donde estás. Quiero tener unas palabras contigo, apenas le haya rebanado un pedazo a este sinvergüenza llorón.
       —No te vayas, Laura —suplicó el inspector Chirona—. Dile con cuánta formalidad te traté cuando entré por esta puerta. No hacía nada malo. Tú puedes decírselo, Laura. ¡Díselo! ¡Por favor!
       El señor Obscenidad hincó sus colmillos en el hombro del inspector Chirona, a través del abrigo y todo lo demás.
       —¿Por dónde se sale de aquí? —preguntó la señorita Carichata dirigiéndose a la joven morena, que estaba agazapada junto a la puerta. La joven hizo una seña, en silencio. La señorita Carichata oyó un ruido de cascos impacientes—. Interpretad esto como una fuga —anunció a los dos hombres.
       —Te pillaré —vociferó el señor Obscenidad—. Nadie se fuga de aquí. Debes ser expulsada. —De las comisuras de su boca chorreaba saliva.
       —¡Yo también! —gritó el inspector Chirona, apretando un pañuelo contra su hombro ensangrentado—. Te pillaré por haberme indispuesto con mi patrón. ¡Bruja! ¡Perra!
       —Yo me quedaré —manifestó la joven morena, dejando caer la falda hasta sus tobillos y quitándose el suéter por encima de la cabeza. Los dos hombres se desentendieron de ella: era el primer acto que realizaban al unísono. Todo su ardiente deseo, tardío como es siempre el deseo más devorador cuando no es prematuro, estaba encauzado hacia la orgullosa figura en retirada de la señorita Carichata.


* * *

      Ella nunca lamentó su partida. Su aprendizaje había concluido. En términos estrictos, la carrera de actividades venéreas por la que había optado solo podía practicarse fuera, en el mundo propiamente dicho. Todo había ido a las mil maravillas. Puesto que la vida de una mujer que no es arrastrada a esa profesión por su origen (recordad su impecable ascendencia blanca y protestante) ni por sus antecedentes (Jim, los tres hijos, la Liga Local de Mujeres Votantes, los cupones canjeables) es dura y solitaria, podría haber flaqueado. Tal como estaban las cosas, tenía motivos para necesitar estar sola. Sabía que aquellos dos no cejarían fácilmente.
       Perseguida por el señor Obscenidad y el inspector Chirona, la señorita Carichata atravesó Estados Unidos a lo largo y a lo ancho, llevando su cálido tesoro entre las piernas. Fuese donde fuese, vislumbraba duplicados de su antigua personalidad: mujeres pálidas, voraces, abnegadas, fortalecidas por tostadoras de rayos infrarrojos que despedían automáticamente las rebanadas y por estuches con juegos de cuchillos de acero inoxidable para carne fabricados en Alemania Occidental. La señorita Carichata, que expiaba su vida anterior, viajaba ligera de equipaje. Por supuesto, se vendía por dinero. Los espíritus de William Jennings Bryan y de Leland Stanford la regañaban cuando no obtenía un buen precio.
       Su mentor, el señor Obscenidad, la alcanzó por primera vez en un campamento de leñadores del noroeste, relativamente cerca de la frontera con Canadá. No lucía su monóculo ni sus pantaloncitos. Llevaba una camisa a cuadros remetida descuidadamente en unos vaqueros desteñidos. La señorita Carichata, que ejercía su oficio frente al único cine de la ciudad, al principio no lo reconoció. Sus recientes esfuerzos parecían haberlo envejecido. Había engordado un poco e iba menos arreglado.
       Lo que le refrescó la memoria fue la profunda reverencia burlona que le hizo cuando ella se paseó seductoramente delante de él.
       —Si te acercas, gritaré —replicó la señorita Carichata con sorprendente aplomo.
       —No te asustes. No te violaré. ¿Acaso alguna vez te obligué a hacer algo?
       La señorita Carichata hizo memoria. La respuesta fue negativa.
       —Solo te pido que vuelvas —agregó él—. Olvidaremos todo lo que sucedió.
       —Hablas como Jim —dijo ella.
       Una expresión resentida, un poco coqueta, cruzó por las facciones del señor Obscenidad. Había decidido hacer caso omiso de su último comentario.
       —No soy tan ágil como era —reflexionó en voz alta—. No sé por qué, pero estoy cansado.
       —Yo, no —contestó ella—. Por lo menos, todavía no.
       —Bueno, al menos dime algo. ¿Ya te ha encontrado esa rata que se llama Chirona?
       La señorita Carichata empezó a valorar lentamente el nuevo poder gratuito de que disfrutaba sobre el señor Obscenidad.
       —Porque si te encuentra —bramó él—, y le haces caso, os mataré a los dos. ¡Escúchame! ¿No comprendes que él representa la destrucción de todo lo que tú y yo hemos hecho?
       La señorita Carichata contempló la posibilidad de que fuera así, pero no daría al señor Obscenidad la satisfacción de demostrarle que estaba de acuerdo con él.
       —Bueno —añadió él—, terminemos con esto. Invita la casa, desde luego.
       —De ninguna manera —respondió la señorita Carichata con gran severidad—. No soy una institución benéfica.
       —Yo lo era —sentenció el señor Obscenidad.
       Su sarcasmo, encaminado a despertar compasión, fue contraproducente. La señorita Carichata no pudo contener la risa. Los labios del señor Obscenidad se cubrieron de espuma y su boca dibujó una mueca siniestra que dejó al descubierto una hilera de dientes afilados como navajas. Avanzó feroz, inexorablemente.
       La señorita Carichata se persignó. Fue inútil. Pero, oportunamente, un árbol se desplomó y rozó el cráneo del señor Obscenidad, dejándole a la señorita Carichata tiempo de sobra para escabullirse por un callejón y ponerse a salvo.
       Su suplicante, el inspector Chirona, la abordó por primera vez unos meses más tarde, mientras a ella le ardía el paladar después de haber devorado impetuosamente una porción de pizza con pepperoni. Estaban apretujados el uno junto al otro en una cantina de Times Square que funcionaba durante toda la noche.
       —Hola, Laura —suspiró él, resollando—. Me ha llevado mucho tiempo encontrarte.
       —No tengo nada que decirte —respondió ella, mientras se limpiaba la boca con una servilleta de papel.
       —No tienes que decirme nada. Bastará con que me reconcilies con mi patrón. Ese tío está furioso conmigo.
       —¿Cómo sigue tu hombro? —preguntó la señorita Carichata con rutinaria compasión.
       —Bastante mal, Laura.
       —Bueno, no puedo ayudarte. Debo pensar primero en mí. De todas maneras, deja de cargarme con tus responsabilidades. ¡Compórtate como un hombre! ¿Qué te importa lo que él piense? ¿No sabes que este es un país libre? Tú eres libre. Yo también lo soy. Y me propongo disfrutar de la libertad que me conceden Dios y la Constitución.
       El inspector Chirona quedó visiblemente abatido después de escuchar esta arenga militante.
       —¿Eres sincero? —inquirió la señorita Carichata—. Quiero decir, ¿es esta la auténtica razón, la única razón por la que has estado siguiéndome? Verás, recibí aquel telegrama indecente en Nueva Orleans. Sencillamente, no vi ninguna razón para contestarlo. —Pidió otra porción de pizza.
       —Bueno, muchachita, supongo que no. Realmente me gustas. Por ti misma. Tienes agallas. Pensé más o menos que podríamos asociarnos, Laura, que quizá podríamos montar una pequeña agencia en la que tú serías mi socia a partes iguales. Muchos casos de divorcio y cosas por el estilo. Una mujer detective es aún más eficaz que un hombre. ¿Qué opinas?
       —¿O sea, que me has seguido por todo el país para proponerme un negocio? —Los espíritus de John Brown y de Dashiell Hammett le susurraron roncamente al oído, convocándola e intimidándola.
       —Bueno, quizá no se trate solo de que me sienta atraído por ti, lo confieso. ¿Por qué no vamos ahora a mi hotel y…?
       —Escucha —lo interrumpió la señorita Carichata—. Cuando dije que este es un país libre hablaba en serio. Tardé mucho en descubrir mi libertad y no renunciaré a ella. Por lo menos no lo haré mientras la idea no se me ocurra a mí, y no a otro.
       Y, después de pronunciar estas rotundas palabras, abandonó la segunda porción intacta de pizza y salió a la turbulenta calle. Al mirar hacia atrás, comprobó que el inspector Chirona no la seguía.
       Los valientes términos con que la señorita Carichata se había dirigido al señor Obscenidad y al inspector Chirona habían sido sinceros. Amaba su libertad. Pero ello no significaba que no se sintiera sola de vez en cuando.
       Para aplacar su soledad la señorita Carichata cultivaba una flamante vocación por los desastres. No los desastres políticos (en Times Square raramente levantaba la vista hacia el panel donde se sucedían las noticias luminosas), sino los privados y domésticos. Entre una faena y otra, para las que utilizaba un hotel apropiado de la Décima Avenida, compraba y devoraba todos los semanarios escandalosos, cuyos titulares le resultaban irresistibles. “Mi leche mató a mis nueve bebés.” “Para ayudar a mi marido pasé cuarenta y dos años ciega.” “Esta era mi cara hasta que me sometí a la cirugía plástica.” “¡Cocinada viva!” “Pertenezco al cuarto sexo.” “Mis suegros me incrustaron cuatro clavos en el cráneo.” “No soy fea, solo rara.” “Me sacaron a dormir a la calle durante diecisiete años.” Los artículos eran a menudo menos patéticos que los titulares, pero esto no importaba. Solo de los titulares la señorita Carichata extraía el suficiente placer vicario. Porque había decidido que ella tenía un aspecto perfectamente normal. Sus clientes jamás manifestaban la menor renuencia en razón de su cara chata.
       Pero, aunque generalmente los hombres la encontraban atractiva, ella debía admitir que no la atraían todos los hombres. No siempre le aguardaba una emoción sensual absoluta. Sin embargo, a veces le bastaba ver a alguien a quien confundía al principio con el señor Obscenidad o incluso con el insípido inspector Chirona para que se inflamara su pasión.
       La señorita Carichata procuraba mitigar sus circunstanciales accesos de descontento con continuos traslados. Así llegó a conocer extremadamente bien el país: sus ilimitados recursos humanos, su majestuoso ámbito natural. De vez en cuando se tomaba unas vacaciones y viajaba por el mero placer de viajar (lo cual también la ayudaba a despistar a su mentor y a su suplicante), economizando un poco de dinero y haciendo autostop o montando en un autocar que la llevaba al Gran Cañón o al Parque Nacional de Yosemite o a las cavernas de Carlsbad. Una vez pasó dos semanas enteras en una pequeña cabaña de los Ozarks, leyendo números atrasados de The Saturday Evening Post, durmiendo doce horas al día y accediendo alguna vez a los requerimientos de George, propietario del cercano Friendly Ed Motel.
       Sabía que cualquier otro trabajo sería menos extenuante que la prostitución. Una telefonista, una vendedora de J.  C. Penney’s o una camarera lo pasaban mejor que ella. No se trataba solo del riesgo de caer enferma sino también del hecho de estar de pie y, peor aún, de caminar. Se le hinchaban los pies y era difícil encontrar zapatos atractivos de tacón que no le apretaran los callos. Pero en realidad no habría cambiado su vida por ninguna otra. Esta le había brindado una paz espiritual y una vitalidad que nunca había conocido antes. Ella, que a menudo había flaqueado en sus faenas cotidianas como ama de casa suburbana totalmente mecanizada con solo tres hijos, dos de ellos en edad escolar, ahora se encontraba siempre en movimiento, llena de entusiasmo. Ciertamente, el poder del sexo es mágico, aunque lo descubras en una etapa avanzada de la vida.
       Tanta era su energía que la primera vez que se encontró simultáneamente con el señor Obscenidad y el inspector Chirona —en una calle abierta flanqueada por barracas, en el extremo norte de Chicago— tuvo el ingenio materno de llamar a la policía y hacerlos arrestar con el pretexto de que le habían faltado al respeto. En realidad, aún no habían llegado a ese extremo. El señor Obscenidad, equipado con su monóculo y vestido con anorak, pantalones de pana y botas de goma de caña alta para la nieve, llevaba sujeto al inspector Chirona mediante una especie de correa. Esto es lo que yo llamo una relación patológica, pensó ella.
       La policía de Chicago no se destaca por su coraje ni por su incorruptibilidad, pero no parecía en absoluto desconcertada por la extravagante pareja que la señorita Carichata consignó a su cuidado.
       —Apuesto a que esta no será la última vez —reflexionó la señorita Carichata en voz alta mientras salía de la comisaría, después de que hubieran fichado al indecoroso dúo. Un tono anhelante se mezclaba con la ansiedad de su voz.


* * *

      El señor Obscenidad y el inspector Chirona abordaron a la señorita Carichata no menos de ciento setenta y cuatro veces en los cinco años siguientes, por teléfono, por telegrama y personalmente, casi siempre por separado y raramente en equipo. A menudo la interrupción era embarazosa, y la señorita Carichata perdía la compostura. Sin embargo, gradualmente, la emoción más fuerte que le inspiraba la pareja empezó a ser de condescendencia, matizada con una pizca de alarma. ¿Es que nunca cejarían? ¿No conocían el significado del rechazo? ¿No tenían orgullo?

* * *

      Mientras comía en una cantina de las afueras de Tulsa, Oklahoma, la señorita Carichata acabó enamorándose por primera vez en su vida. Él era un marinero llamado Arthur. Sentado junto a ella frente a la barra, con los pies entrelazados alrededor de la columna del taburete, engullía tres hamburguesas que chorreaban ketchup y salsa. La señorita Carichata ansiaba estirar la mano y tocar su mejilla, suave y tersa. Los espíritus de Warren G. Harding y de John F. Kennedy le susurraron roncamente al oído, convocándola e intimidándola. Porque Arthur se parecía un poco a Jim. Había algo en sus ojos, en la forma de su cabeza, en la manera en que el pelo se rizaba en la nuca. ¡Cuidado!, gritaron los espíritus. Pero no es Jim, se dijo la señorita Carichata. Ni yo soy yo.
       Es un hombre, en ello reside la semejanza, observó la señorita Carichata después de pasar unas pocas noches en los brazos infatigables de Arthur. Al igual que Jim, no demostraba mucho interés por la variación sexual. Pero quién la necesita, se dijo ella, mientras reprimía implacablemente todos los recuerdos del imprevisible señor Obscenidad. Lo más importante es que me ama. Y no se sentará sobre mi cabeza —una metáfora— como lo hacía Jim, porque ahora sé lo que quiero.
       Fue con Arthur a San Diego, donde se celebró una ceremonia nupcial. Alquilaron una habitación en el Magnolia Arms, con derecho al uso de la cocina, pero a la señorita Carichata ya no le gustaba cocinar. Cuando Arthur estaba fuera —salía a navegar a menudo, con intervalos de varias semanas seguidas—, ella vivía de raviolis envasados, que comía fríos, y de sardinas y jamón con especias. Por la mañana, después de bajar a recoger la correspondencia, iba a la bolera. Por la tarde, tenía el bingo. Es superfluo aclarar que era fiel a Arthur y sellaba su fidelidad usando mocasines y calcetines blancos, una moda poco agraciada que se remontaba a sus tiempos de estudiante de bachillerato. Y Arthur, cuando regresaba al hogar, era tan afectuoso como siempre.
       —Laurita mía —gritaba al tiempo que irrumpía por la puerta, con una ancha sonrisa en su rostro bronceado—. ¡Caray, cómo he echado de menos a mi nena! ¡Caraycaraycaray!
       La señorita Carichata amaba al niño que había en Arthur aún más que al amante. Cuando lo desvestía al regreso de un viaje, lo hacía en primer lugar para verificar si tenía nuevos tatuajes. Este era un juego entre ambos. Los antebrazos y los bíceps de Arthur ya estaban ornamentados con diseños multicolores. Ahora procuraba que se los dibujaran en lugares más improbables. Caía en la cama chillando —para colmo sentía cosquillas, lo que constituía otro de sus encantos— mientras la señorita Carichata le examinaba las axilas, el ombligo, los pliegues de la ingle y otras zonas secretas.
       —Espera que yo te pille a ti —mascullaba Arthur con falsa ferocidad, entre risitas.
       La señorita Carichata insistía en continuar buscando minuciosamente los tatuajes. Este juego era un componente delicioso de su júbilo. En el apogeo de su dicha con Arthur, la señorita Carichata empezó a olvidar sus vidas pasadas.
       Recibió una advertencia, sin embargo, después de una noche en la que él estaba de juerga en el puerto con algunos de sus camaradas marineros. En esas circunstancias la señorita Carichata tenía la prudencia de no pretender acompañarlo, pero posteriormente se arrogaba el derecho de interrogar a Arthur.
       —Oh, ya sabes —dijo Arthur aquella noche en concreto—. Bebimos mucho. Y corrimos tras las chicas…, aunque no porque a mí me interese ninguna otra chica cuando tengo a mi nena esperándome en casa. Y conversé con un par de tíos ridículos en el Blue Star.
       —¿Qué tíos?
       —Oh, unos tíos, nada más. —Rio y se palmeó el pecho—. Los bichos más raros que hayas visto en tu vida, cariño. Uno tenía un monóculo y una especie de disfraz absurdo, como si fuera inglés o algo por el estilo. Como uno de esos jugadores de polo. Realmente estirado. Pero el otro tío, ese sí que era afectuoso de verdad. Me hizo hablar de mí. Dije todo lo que tenía que decir de ti, de mi estupenda mujercita. —Frunció los labios con talante satisfecho y después los estampó sobre el cuello de ella.
       —Arthur —chilló estridentemente la señorita Carichata—. No te acerques a esos dos hombres. No me pidas explicaciones. Limítate a eludirlos. ¡Prométemelo! ¿Me oyes?
       —Está bien, está bien, está bien… —Arthur se descorazonó, porque no estaba acostumbrado a que su esposa lo regañara. Una idea mezquina, una de las pocas de esa naturaleza que jamás habían cruzado por su mente, le brotó espontáneamente a los labios—. Creo entender. Sé que tuviste un pasado bastante turbulento…
       —¡Arthur!
       —Oh, lo siento. —Un beso—. Olvidémoslo. Ven, veremos un poco la televisión y después nos meteremos en la cama, ¿vale?
       Durante toda la noche, la señorita Carichata no pudo librarse de la sospecha de que el señor Obscenidad y el inspector Chirona espiaban cómo ella y Arthur hacían el amor, desde ventanas distintas. Estaba ansiosa por levantarse y verificarlo. Pero no quería alarmar a Arthur. Dudaba que su potencia sexual pudiera sobrevivir a semejante interrupción dado que se hallaba aturdido por la cerveza.
       Al amanecer, con Arthur acurrucado en un extremo de la cama, la señorita Carichata se asomó afuera. No se había equivocado. Sus dos perseguidores estaban sentados despreocupadamente en el bordillo, cerca de la parada de autobuses.
       —Pensé que os odiabais el uno al otro —comentó con tono irritado.
       —Nos hemos reconciliado —respondió el inspector Chirona—. Hemos sumado nuestras fuerzas.
       —No le hagas caso —dijo la voz familiar e imperiosa del señor Obscenidad, impregnada de tintineante ironía—. Ya sabes cuál es tu lugar, cariño. Y no está precisamente junto a ese… crío —escupió la palabra con algo menos que desprecio—. ¿Ha sido por este pueril Arthur purpúreo, rojo y verde que te rescaté de Jim, que te enseñé todo lo que sabes? Santo cielo, mujer, ¿te das cuenta de que eres mucho mayor que él? ¿Se da él cuenta?
       —Nunca hemos hablado de eso —replicó la señorita Carichata, llorosa—. Me ama.
       —¿Pero te conoce? —insistió el señor Obscenidad—. ¿Te conoce tanto como yo?
       —Señor Obscenidad… señor… —intervino el siempre compungido inspector Chirona.
       —¡Silencio, cretino!
       —Pero ¿no deberíamos contarle lo que he averiguado acerca de él? Tengo su expediente completo.
       —¿Qué expediente? —aulló la señorita Carichata.
       —Bueno, Laura —empezó a explicar el inspector Chirona en tono confidencial—, tu Arthur no fue siempre marinero. Antes era…
       —¡Mierda, eres una mierda! —vociferó el señor Obscenidad, perdiendo totalmente, por primera vez desde que la señorita Carichata lo conocía, su espléndido autocontrol—. ¿No ves que esta no es manera de recuperarla?
       —No importa —dijo la señorita Carichata, poniéndose más firme en vista del desasosiego del señor Obscenidad—. No podréis echar a perder la imagen que tengo de Arthur. Lo necesito. Y no renunciaré a él.
       —¿Y cuando él tenga treinta años? ¿Te das cuenta de que entonces serás un vejestorio?
       —No importa —dictaminó la señorita Carichata—. Dejadme en paz, los dos. He cumplido con mi deber, he disfrutado de mis placeres. Ahora deseo vivir en paz.
       De pronto los pantaloncitos del señor Obscenidad parecieron arrugados y ridículos bajo el sol brillante. Su monóculo tenía un aspecto grotescamente afectado. Y nadie, pero nadie, usa sombrero en el sur de California. Menos aún a primera hora de una mañana soleada. La señorita Carichata se echó a reír


* * *

      Cuando solo habían transcurrido unos pocos meses más de su segundo matrimonio, la señorita Carichata, todavía en la flor de la feminidad, pilló una enfermedad mortal. Empezó como un envenenamiento de tomaína contraído justo del otro lado de la frontera, en Tijuana. Cuando se aproximó al carrito del anciano vendedor callejero, e incluso mientras masticaba los tacos —un plato que nunca le había gustado especialmente—, los espíritus de Margaret Fuller y Errol Flynn le gritaron advertencias en los oídos. Pero no los escuchó. Siempre sensible al espíritu norteamericano en sus más vastas manifestaciones, nunca había sintonizado particularmente con sus símbolos más directos. Arthur, que nunca oía voces, había optado por una Pepsi.
       Dos semanas después de estrenar su descapotable Castro, mantenida con los mejores cuidados médicos que pudo dispensarle el sindicato de marineros, empezó a delirar. Mientras miraba al hombre desconsolado que se hallaba cabizbajo en una silla próxima, exclamó:
       —¡Jim, no sabía que estabas aquí! —Y luego, con una pizca de hipocresía—: ¡Ha sido estupendo que vinieras!
       Pero no era Jim. Seguía siendo Arthur, que la asistió fielmente durante las horas interminables de orinales, tazas de caldo y paños húmedos desplegados sobre sus facciones, que aún distaban mucho de ser prominentes. Y aunque él era el único amor de su vida, la señorita Carichata apenas se dio por enterada de los cuidados de Arthur. En un intervalo de lucidez entre un delirio y otro, reclamó la presencia de un abogado y le dictó su testamento. Ni siquiera en él mencionó a Arthur. La señorita Carichata no tomaba en consideración para nada el presente. A medida que se aproximaba a la muerte, su mente se adueñaba inesperadamente de efusiones de índole patriótica e imágenes de su anterior marido y sus hijos. Al final todos volvemos a nuestros comienzos.


* * *

      Última Voluntad y Testamento de la señorita Carichata.
       “A Estados Unidos… Os saludo, especialmente a aquellas cosas vuestras que no son hermosas: vuestros nuevos bancos, vuestras tiendas de golosinas, vuestros aparcamientos. Siempre he procurado ver lo mejor de vosotros y de vuestras gentes, que, aunque cordiales y muy divertidas por fuera, son a menudo bastante mezquinas por dentro. Pero no importa. He pasado mi vida descubriéndoos… o sea, descubriéndome. Soy lo que soy porque soy ciudadana de este país y adepta a su forma de vida. Por tanto, que mi cuerpo sea incinerado y que mis restos sean esparcidos entre las cenizas de cigarrillos contiguas a las patatas que dejáis sin comer (porque estáis a dieta) en el plato de la cena.
       ”A la Asociación Nacional de Salud Mental, a Radio Europa Libre (que propala rayos de esperanza allende el Telón de Acero), a la Liga de Mujeres Votantes, a la Asociación Nacional por el Progreso de la Gente de Color (porque ayuda a acelerar la integración de nuestras dos grandes razas), a la Convención Nacional de Cristianos y Judíos, a las Girl Scouts de Estados Unidos, al templo Bahai de Chicago, a la Universidad de Vermont (mi preferida) —no he olvidado a la Comisión para el Desarrollo Económico del Valle de Tennessee ni al Club del Libro del Mes, aunque no necesitan mi ayuda—, a todos los organismos que fomentan la forma de vida típicamente norteamericana, haría una donación generosa y, si pudiera, legaría diez mil dólares a cada uno.
       ”A mis hijos, que ya deben de estar crecidos y que seguramente han olvidado a su madre descarriada —Jim Jr., Mary y el pequeño Willums, el bebé—, les dejo mi bendición de madre y mi acuario, que mi propia madre ha conservado lealmente en mi nombre (o por lo menos eso prometió) desde que dejé el hogar para casarme con el padre de ellos, si no han muerto todos los peces.
       ”A mi exmarido Jim, con la esperanza de que me haya perdonado hace ya mucho tiempo, todas mis pólizas, con cuyo pago estoy totalmente al día, y que han sido contratadas en la Compañía de Seguros de Vida Equitativos.
       ”Al inspector Chirona, mi desprecio, sin ser mi intención hacerlo recaer sobre el honor de los policías y detectives en general.
       ”Al señor Obscenidad, la ingratitud que tanto merece.
       ”(Firmado) Laura Carichata Johnson Anderson.”


* * *

      Anderson era el apellido de Arthur.
       En la Casa de Pompas Fúnebres Así Como Nos Lo Dan Nos Lo Quitan, de Las Madrinas Boulevard, se congregó una multitud de dolientes. Arthur, azorado por la inesperada concurrencia, se escabulló a toda prisa y con disimulo por una puerta lateral, y volvió más tarde con una gran caja de cucuruchos bañados en azúcar y quince litros de helado de vainilla. Llenó los cucuruchos con helado, de tres en tres, y los distribuyó entre los presentes. Un fotógrafo circulaba entre el público. Varios dolientes escondieron sus cucuruchos cuando se percataron de que los fotografiaban.
       Entre los dolientes se podía ver a un sujeto con un monóculo, de talante un poco abatido, que era asistido por un hombre corpulento tocado con un estrujado sombrero de fieltro.
       —Qué pérdida —no cesaba de musitar el hombre del monóculo—. Qué condenada pérdida.
       Cuando Arthur se acercó con un cucurucho para el hombre del monóculo, este lo apartó despectivamente y luego salió de la habitación. El hombre del sombrero de fieltro arrebató de la mano de Arthur el cucurucho ahora chorreante y corrió tras el otro. “Qué bastardos maleducados, ¿no te parece?”, murmuraron algunos de los dolientes, familiares de Arthur que nunca habían aprobado el matrimonio pero que se habían apresurado a acudir al funeral.
       En el fondo del velatorio, un hombre robusto —con las sienes veteadas de gris—, sentado solo, se enjugaba las lágrimas con un gran pañuelo amarillo.
       En el preciso instante en que iba a empezar la cremación, el hombre lloroso se precipitó hacia la barandilla y cogió a Arthur por el cuello.
       —Soy Jim Johnson, ¿sabes? Su primer marido. —Entonces se desquició por completo—. Es suyo —agregó, con las palabras entrecortadas por sollozos y ahogadas por el pañuelo que le cubría la cara y al que se refería—. ¿Te enteraste alguna vez de que le gustaba el amarillo?
       —No —respondió Arthur tristemente. Quizá Arthur se habría sentido un poco menos apenado de haberse enterado de que esa afición por el amarillo era un detalle vinculado a la señorita Carichata que ni siquiera el señor Obscenidad, cortés y sensualmente perspicaz como era, había adivinado.
       Con un ademán tiernamente viril, Arthur ciñó a Jim en un abrazo. Se arrodillaron juntos en silencio mientras el cuerpo era incinerado. Desde el cielo, la señorita Carichata observaba complacida. Que la perdonen si disfrutó un poco con el mal ajeno. Es posible que a ninguno de nosotros se nos conozca nunca a fondo. Pero ¿quién de nosotros ha sido tan amado?




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