Susan Sontag
(Ciudad de Nueva York, 1933 - Ciudad de Nueva York, 2004)


Repaso de antiguas quejas (1974)
(“Old Complaints Revisited”)
Originalmente publicado en la revista American Review,
Núm. 21 (octubre de 1974), págs. 213-252;
I, etcetera
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1978, 189 págs.);
Debriefing. Collected Stories
(Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2017, 336 págs.)



      Quiero dimitir, pero no puedo. Cada día me despierto y me digo: Hoy escribiré una carta. No, mejor aún: iré y le diré personalmente al organizador que renuncio. Tengo mis argumentos en orden. Los repaso mentalmente. Pero los de él son poderosos, a pesar de que los he oído un centenar de veces. Mientras tanto, cuando se comporta con severidad, aunque sin encolerizarse, se le ponen flácidos los carrillos, transpira, se le enrojecen las uñas de tanto apretar la mesa: una tensión peligrosa para el viejo. Me interrumpo, sin saber muy bien si lo hago porque sus palabras me han convencido o por consideración a su mal estado de salud. El organizador huele a muerte. Y yo soy algo así como su persona favorita, a quien dispensa su protección.


       Es posible que consiga imponerme con mi retórica, obligarlo a entender mi punto de vista.
       Supongamos que realmente pudiera obtener su consentimiento, o que pudiera salir sencillamente de su despacho, mientras él se queda siseando, tosiendo de rabia. Ese solo sería el comienzo de mi suplicio. Aun con la autorización del organizador, debería igualmente enfrentarme a mis compañeros.


       Sus ojos me inspiran más miedo que sus palabras. Conozco muy bien —por haberla exhibido yo también— la expresión característica que aflora en sus rostros cuando tratan con miembros desleales: el semblante sabiamente compuesto que refleja, en este orden, indignación, envidia, desprecio, aflicción, indiferencia. Ningún mérito especial me exime de sus reproches. ¿Por qué mis colegas no habrían de enfurecerse si los abandono? ¿Qué derecho tengo a ser libre si ellos no lo son?
       No, se me ocurre una idea mejor…, siempre la misma idea mejor. Me marcharé al extranjero. Lee, con su flamante ascenso en el hospital, no querrá ir, sobre todo ahora, en plena guerra. Insistiré. Me enfurruñaré. Lloraré. Daré explicaciones. Afortunadamente, ambos renovamos nuestros pasaportes el mes pasado. Cualquier mañana de un día laborable podríamos retirar del banco nuestros modestos ahorros, y una persona con mi profesión (traduzco y soy competente en idiomas) y otra doctorada en medicina pueden encontrar trabajo en cualquier parte. Pero entonces (esta es la idea que se me ocurre de inmediato), si me marcho, ¿cómo podría enfrentarme a ellos? Ahora no me refiero a los miembros locales —aquí existe una filial respetable, mientras que en el país tropical adonde me propongo emigrar con Lee y nuestra hija, los consocios son escasos y carecen de dirigente—, sino a los difuntos: a aquellos con los que podría encontrarme cuando muera y vaya a donde sea que va la gente.
       (No sonriáis cuando digo que creo en algún tipo de existencia en el más allá.)

       Se congregarían en torno a mí cuando yo entrara tímidamente, tal como me hubieran dejado después de lavarme y vestirme pulcramente para mi funeral, sin lesiones de gas en los pulmones, sin marcas de balas, azotes o quemaduras; y desfilarían delante de mí sus rostros implacables y sus cuerpos mutilados. El martirio es una herencia de la que resulta difícil renegar. ¡Hermanas y hermanos!, grito. Me hinco de rodillas y tiendo los brazos, suplicándoles perdón, explicando que no ha sido su sacrificio el que he repudiado. Pero se negarían a disculparme. ¿Cómo has podido?, me preguntarían. Cuando nosotros nos mantuvimos firmes hasta la muerte, ¿cómo te atreviste a abandonar?
       Vosotros me interrumpiréis con impaciencia. Entonces es el miedo lo que te detiene. El miedo a sus argumentos, a su desdén, a sus reproches, a su aire conmovedor. El miedo a sus bocas grises; el miedo a los ojos legañosos e inseguros del organizador, que enfocan dubitativamente, que se desvían, que vuelven a enfocar, que vienen a apoyar la hoja filosa del remordimiento contra tu cuello. Confiesa que eres cobarde y quédate. Continúa haciendo méritos, dejándote esclavizar por las normas de la circunspección, recibiendo lecciones de virtud, cumpliendo ridículamente con el deber. ¿No has observado que no todos están predestinados a ser libres?
       No os impacientéis. Oh, si solo fuera cobarde. Pero se trata de algo peor. Dejemos de lado a los muertos. Estoy incurriendo en un vicio de retórica, como diría el viejo. En cuanto a los vivos… ¿cómo podría temerles, puesto que disfrutan de tan poco poder, en el sentido en que generalmente se concibe el poder? Quienes no pertenecen a la organización suponen que ejercemos un poder concreto. En verdad, están convencidos de que somos cada día más poderosos. Pero yo sé, todos los que pertenecen a nuestra organización lo saben, cuán débiles somos. Las represalias, ya sea en forma de lesiones físicas o de daños irreparables a mi carrera, van contra los principios de los miembros o están fuera de su alcance. Incluso las ceremonias humillantes de expulsión, que acostumbraban practicarse con aquellos que nos abandonan, han caído en desuso. Y en la improbable eventualidad de que me amenacen u hostiguen, siempre me quedará el recurso de buscar la protección de los no asociados. Me bastará con proceder discretamente y escabullirme con sigilo para estar a salvo. Vaya, si hasta es posible que mi partida pase casi inadvertida (excepto para el organizador, que debería buscarse otro traductor para sus libros), mientras no arme un escándalo público: denunciando a la organización en cartas a los diarios, revelando nuestros secretos en informativos de televisión o en conferencias por las universidades. Lo que me impide desertar no es solo el miedo.
       Se trata, en realidad, de que me han convencido. Mi lealtad resucita, como el Ave Fénix, cada vez que creo haberla matado…, porque no se trata de un asesinato, sino de un suicidio. Y aunque entre los miembros prospere la deplorable idea contraria, lo cierto es que los sentimientos personales no pueden suicidarse. Por mucho que rechace lo que la organización inculca, en el fondo continúo formando parte de ella. Aunque sé que están equivocados, no puedo dejar de sentir que es un privilegio participar de su error. Me parece un error glorioso.
       Es mejor equivocarse con ellos que tener razón con los demás.
       Creo que esta es una cita. (¿“Es mejor equivocarse con nosotros que tener razón con los demás”?) Tengo la cabeza atestada de citas.
       Entended que no creo en esto. No puedo creerlo. Despojado de toda excusa lisonjera y de toda circunstancia atenuante, mi dilema parece absurdo. Y, al igual que vosotros, percibo lo que tiene de absurdo.
       Una salida. (La recompensa de la sinceridad.) Al expresar por escrito mis sentimientos con toda su impúdica irracionalidad, he saltado fuera del círculo embrujado de dichos sentimientos. Al declarar que lo que creo es falso y al pensar realmente lo que digo he roto el hechizo de la credulidad. Me he liberado mediante la magia blanca de la razón. Es posible que sienta lo que he explicado hacia la organización, hacia mi propia persona. Pero ya no puedo creer en lo que siento.
       No, no es tan sencillo. Inténtalo de nuevo.
       La Persona Encargada de las Traducciones Busca un Enfrentamiento con un Viejo Problema. Un mensaje sucinto. O quizá el título de un libro.
       Primer párrafo: el acento del organizador. Nació en el extranjero, y todos sus parientes desaparecieron en una purga o matanza. Yo traduzco sus libros, y vivo entre su idioma y el mío. También me ocupo de otros libros. (Y es sedante traducir libros que no son esenciales, sino meros pasatiempos: novelas, estudios que predicen el futuro.) Por supuesto digo que debo traducirlos para ganarme la vida. Los libros del viejo nunca se han vendido en cantidad suficiente para asegurarle el sustento, así que podéis imaginar que el pequeño porcentaje de sus derechos que me corresponde no pasa de ser una suma minúscula. Mis otras actividades le hacen sonreír con indulgencia. Dice que no dispone de tiempo para la “literatura”. Eso también es para los otros, los que no son miembros de la organización.
       No podéis imaginar cuánto debilita traducir. Pero difícilmente tendría más armas, más lucidez, si hubiera escrito mis propios libros acerca de la organización.
       Atención, las cosas son así. La nuestra es una organización muy antigua. Y, como sabéis, mientras en un sentido se trata de una organización secreta, es igualmente cierto que el grueso del público nos conoce muy bien. Se han escrito muchos libros y artículos sobre nosotros, tanto eruditos como de carácter popular. Aunque cualquier crónica redactada antes de este siglo es, necesariamente, poco fiable, las historias recientes de la organización se inspiran, probablemente al menos, en fuentes fidedignas. Muchos documentos originales fueron rescatados de la Segunda Purga, cuando destruyeron los antiguos archivos: memorandos confeccionados por presidentes anteriores y sus subordinados, actas de consejos plenarios, manifiestos, peticiones, folletos de circulación interna, correspondencia entre filiales y biografías de miembros destacados. En mi condición de persona encargada de las traducciones, con títulos acreditados, puedo obtener autorización para consultar estas arcanas y amarillentas páginas en las cámaras acorazadas de plomo donde están almacenadas. Pero para utilizar esas fuentes no es necesario tener acceso a los nuevos archivos. Hace treinta años, en un arranque de inusitada humildad encaminado a mejorar nuestras tormentosas relaciones con el mundo exterior, la organización reprodujo en microfilm una selección corregida de esos documentos, que es posible consultar en cualquier biblioteca municipal o universitaria bien surtida.
       Un perro ladra en el apartamento contiguo. Sus ladridos son más estentóreos que el aullido de la sirena de la ambulancia que pasa por la calle de abajo. Más estentóreos que los gritos de los niños que están en la escalera.
       A comienzos de siglo, algunos consocios denunciaron que todos esos documentos, tanto los que estaban reservados para ser leídos por los miembros autorizados como los que estaban a disposición del público, eran falsos. (Uno de sus argumentos: los papeles se hallaban demasiado bien conservados, eran demasiado legibles; documentos tan antiguos deberían haber sido parcialmente indescifrables.) Estos disidentes alegaban que ni siquiera los miembros más importantes saben la verdad sobre nuestros orígenes. Pero deben mantener la ficción de que lo saben, porque para nosotros los orígenes son muy importantes. Los orígenes son, en verdad, el orgullo de la organización. Todos los miembros tienden a ufanarse de que hayamos empezado a actuar hace tanto tiempo y bajo tan gloriosos auspicios.
       Esta herejía se ha extinguido en los años recientes, después de la última purga. Ahora pocos creen que valga la pena impugnar la versión recibida de nuestros orígenes. Actualmente parece tener mucha menos importancia que el relato oficial sea una simple conjetura o un embuste. Nuestros miembros han consagrado esta crónica a lo largo de muchas generaciones de creencia ininterrumpida. Si no era auténtica al principio, lo es ahora. Y probablemente se torne más y más auténtica a medida que nuestro punto de partida vaya retrocediendo hacia el pasado. (Ciertamente, se torna más pesada.)
       Una vez se lo dije así al organizador. “De acuerdo —respondió, mientras una sonrisa afable torcía sus facciones ajadas—. Es más auténtica.” Se levantó resollando de su sillón giratorio de roble, vaciló frente a los anaqueles repletos de libros tras su mesa, bajó un antiguo infolio, y leyó en voz alta una glosa —con la cual yo no estaba familiarizado— sobre la glosa del comentarista a la Séptima Lección que se aplicaba exactamente a este caso. (Debo explicar que se ha interpretado que la séptima de las Ocho Lecciones aborda el tema de la verdad retroactiva.)
       Ahora somos más refinados. Incluso los más inteligentes y más beligerantes de entre nosotros aceptan que basta con una verdad retroactiva.
       De hecho, ahora nos preocupamos decididamente menos por nuestros orígenes. Lo que ahora nos obsesiona es nuestra historia… sobre todo, la historia de nuestros padecimientos. Y la veracidad de estos relatos es incontestable. Lo primero que presentamos a los nuevos miembros es la desdichada historia del movimiento. Incluso antes que los Comentarios en cuatro volúmenes y la lectura de la antología de citas Qué se debe hacer.
       Lee no tardará en volver del hospital, y entonces será hora de cenar. Nuestra hija, que tiene la complexión de un pequeño jockey, se afana con sus deberes escolares en el cuarto de estar y ve un partido de baloncesto en la televisión. Menciono estos datos para que podáis imaginar cuán sencilla es mi vida.
       Hay que distinguir una disensión de otra. Yo disiento de manera diferente.
       Lejos de querer discutir los detalles, o de acusar a nuestros líderes de ignorancia o de engaño, deseo impugnar nuestra misma compenetración con la historia. El problema no consiste en que nuestros orígenes sean controvertibles (posiblemente) o remotos (seguramente). Consiste en la pura continuidad de la organización. Me parece que dista mucho de ser suficiente que nuestro movimiento sea tan antiguo, que hayamos sobrevivido a tantas incomprensiones, difamaciones e injusticias.
       Entendedme. No pongo objeción alguna al hecho de que el movimiento no haya tenido más éxito ni postulo que en todo este tiempo debería haber logrado más cosas: debería haber reclutado más miembros, haberse infiltrado en más instituciones, haber conquistado territorios, gobernado ciudades. Nuestros logros, que solo conocen los miembros situados en las altas esferas, no son en absoluto menospreciables. (Esto es algo que la organización tiene la prudencia de minimizar.) Y comprendo que un éxito más visible podría haber puesto en peligro la idea misma del movimiento, que depende de sus reducidas dimensiones y de su fuerte cohesión, cualquiera que sea el grado de dispersión de nuestros miembros. Solo dudo que nuestros éxitos valgan el precio que hemos pagado por ellos… a menos que la organización haya sido creada únicamente para demostrar el poder de la perseverancia humana en la pugna contra obstáculos demoledores. Pero ni siquiera nuestros miembros más mordaces esgrimirían este argumento.


       Es demasiado tarde para ir al taller de reparaciones a recoger la otra máquina de escribir.
       No alego que la organización sea inmaculada. Se han concertado muchos acuerdos turbios en su nombre: nuestra historia tiene sus capítulos deshonrosos. Y confesaré que algunas de las imputaciones que nos achacan —esnobismo, exclusivismo, fomento deliberado de las diferencias respecto de los demás— son, hasta cierto punto, justas. No son nuestros defectos los que me inquietan. Son nuestras virtudes.
       Considerad las glorias genuinas del movimiento. Las diversas formas en que conserva la lealtad de los miembros. La sutileza y flexibilidad de sus enseñanzas. La naturaleza sublime de sus ideales. Finalmente, todo esto se resume en la creación de un determinado tipo: el miembro. Lejos de conspirar para subvertir la sociedad, como suponen muchas personas, el movimiento opera especialmente sobre sí mismo, no sobre el mundo. Y ¿con qué fin? Para cohesionar aún más estrechamente a quienes lo integran.
       ¿Qué es lo que justifica esta autoperpetuación interminable? ¿El hecho de que poseamos un secreto que los otros, los que no son miembros, ignoran? Pero lo conocen, en parte. Nosotros lo hemos puesto a su alcance. Y ellos han fundado organizaciones mayores y más vastas que imitan la nuestra y se nutren de nuestras doctrinas. ¿Por qué perseveramos, entonces? ¿Por el residuo de nuestra verdad que ellos no han adoptado aún? Pero nunca la adoptarán, nunca. Lo que nos han dejado, sin imitar, es nuestra verdad exclusiva.
       A menudo tengo los dedos manchados de tinta de imprimir. Poseo entre cinco y seis mil libros y periódicos. Lee posee más o menos otros tantos, la tercera parte de los cuales son libros de medicina. A las cucarachas les gusta reproducirse en los libros. A nuestra hija no le gusta leer.
       Alguien golpea la puerta del apartamento contiguo.
       En esta ciudad, podéis determinar la antigüedad exacta de un edificio por el grosor de las paredes. Los golpes se hacen más fuertes.
       Desdeñamos el proselitismo absoluto entre quienes no son miembros, pero los miembros parecen necesitar un readoctrinamiento continuo. (En privado, nuestros dirigentes confiesan que muchos miembros descuidan sus deberes, se desentienden de las eminentes responsabilidades implícitas en el hecho de pertenecer a la organización.) Después del entusiasmo inicial, que normalmente dura varios años, la mayoría de nosotros tiende a utilizar el movimiento sobre todo para entablar contactos sociales y comerciales, cerrar un trato, encontrar un abogado digno de confianza o elegir cónyuge. Nuestros miembros desconfían tradicionalmente de quienes no lo son. Con sobrada razón, admito de buen grado que, en verdad, nos han perseguido cruelmente. Con regularidad, nuestras filas se ven mermadas por matanzas, durante las cuales son tratados con idéntico rigor leales y desleales, fanáticos y negligentes. Los demás no distinguen entre nosotros. Finalmente, nosotros tampoco. Porque no nos adherimos a doctrinas claramente identificables, e incluso a las Ocho Lecciones se las conoce sobre todo por la libertad con que se las interpreta. Lo que nos une es más bien aquello que rechazamos.
       Podría compilar una nueva antología de citas: Lo que no se debe hacer. Quizá el título verdadero fue un error.
       Lo que nos une es cierta especialización del carácter, que ciñe a los miembros con los lazos de la familiaridad. Sabemos qué esperar de los miembros, y aunque podemos ser más implacables entre nosotros, más despiadados que los no miembros a la hora de despreciarnos a nosotros mismos, generalmente terminamos por hacer concesiones. Estas características unificadoras también determinan que los no miembros nos identifiquen fácilmente. En todas partes nos reconocen por nuestras costumbres distintas, por nuestros votos, nuestras energías, nuestros escrúpulos, incluso (dice la gente) por una fisonomía y una postura comunes.
       ¡Cuántos prejuicios demenciales existen aún contra la organización! Obviamente, no podemos tener todos el mismo aspecto… porque nuestros miembros provienen de varias razas y son ciudadanos de muchos países (somos en verdad tenazmente internacionalistas); además, ni siquiera es común que la condición de miembro perdure mucho tiempo dentro de una misma familia. Tomad mi propio caso. Lee es miembro, por supuesto. Pero hasta ahora nuestra hija menor no ha mostrado ni el temperamento ni los gustos que revelan a un futuro miembro. Sinceramente estamos un poco decepcionados: Lee más que yo. Yo, en mi actual estado de ánimo, debería regocijarme de la buena suerte de mi hija.
       Una pequeña gracia. ¡Por lo menos, nadie pertenece a la organización desde que llega al mundo! El hecho de que semejante opción fuera asignada por razones hereditarias, de que la propia infancia quedara paralizada por predilecciones tan morbosas, sería demasiado opresivo. En la severidad por lo demás rigurosa de nuestros dirigentes queda esta pizca de humanitarismo: nos dejan encontrar la organización por nuestra propia iniciativa.
       Hoy Lee se está retrasando. Quizá yo debería empezar a preparar la cena.
       Os preguntaréis qué es lo que induce a la gente a ingresar en la organización. El idealismo… esto se sobreentiende. Y otros motivos que son menos nobles, sin llegar tampoco a ser innobles. En algunos casos, se trata de las ventajas sociales que he mencionado. Un miembro, hombre o mujer, sabe que puede presentar nuestras credenciales a otro miembro en cualquier lugar del mundo y que a cambio de ello le ofrecerán ayuda y hospitalidad, porque los miembros consideran que forman una familia. Puesto que el mundo es, como se sabe, harto peligroso, no es pequeña ventaja contar con familiares serviciales a quienes recurrir en cualquier lugar donde os encontréis. En otros casos, se trata de la cantidad de escritores, estudiosos, científicos, actores, políticos y otros personajes destacados que han sido miembros: quienes se suman a nosotros sienten que están incorporándose a una sociedad selecta. En otros casos, se trata de la historia conmovedora de nuestras penurias: el sufrimiento goza de mucho prestigio entre quienes se sienten atraídos hacia nosotros.
       Creo que a mí me atrajeron todas estas razones. Ya en mi infancia, tenía la predisposición psicológica del miembro en ciernes. Desde los nueve años quería dedicarme a la literatura. Como nunca encontré la libertad necesaria para escribir con mi propia voz, opté por una profesión que me coloca al servicio de otros escritores. Siempre me ha parecido que el servicio, que es útil a la comunidad y a los ideales más sublimes, era lo que hacía que la vida fuera digna de ser vivida. Pero ninguna vocación —ni siquiera la literaria, por muy elevada que fuera la concepción que tenía de ella— parecía agotar mi apetito de veracidad, mi anhelo de vivir una vida no solo correcta sino también marcada por la exaltación moral.
       Según recuerdo, también me fascinaba la idea de ser diferente. Cuando me adormecía en la clase de educación cívica de la escuela primaria, lamentaba no haber nacido en el seno de la comunidad judía; fantaseaba que era una criatura zurda; me imaginaba, en la etapa adulta, en el papel de homosexual, de monje o monja, de revolucionario o revolucionaria tirabombas; soñaba con Robin Hood. Mientras aún era joven, oí hablar vagamente de la organización. (¿A quién no le ha sucedido, aquí, donde hay tantas filiales?) Pero nunca pensé en incorporarme a ella hasta que ya era casi una persona crecida, sobre todo porque nunca había conocido realmente a un miembro: el reclutamiento personal es, desde luego, el método principal del que se vale el movimiento para ganar nuevos adeptos. La gente casi nunca nos solicita asociarse en razón solo de lo que ha leído u oído.
       A veces el primer contacto con un miembro —si este o esta es antipático o estúpido— ahuyenta al candidato en ciernes. Esto casi fue lo que me sucedió a mí, porque el primer miembro que conocí, un hombre de voz plañidera y pelo de color arenoso, con gafas, que se había casado recientemente con la hermana menor de mi padre, pertenecía a la categoría de los asociados más aburridos, los que asisten regularmente a las reuniones y pagan sus cuotas, como si nadie esperara nada más de ellos. La misma predisposición del tío George a entrar por la vía matrimonial en una familia ajena a la organización ya sugería su falta de seriedad. Mis padres, personas acomodadas que vivían en una zona suburbana, y que se jactaban de ser progresistas, capitularon rápidamente cuando mi tía trajo a su novio a casa. Incluso se tragaron los comentarios sobre los modales que exhibía en la mesa y sobre sus camisas deportivas de manga corta. Él creía que nos hacía un honor; la familia creía que era muy moderna y animosa al aceptarlo. La perspectiva de conocer a un miembro me entusiasmaba (yo tenía quince años), y lo asedié con mis preguntas. Las eludió todas con una baladronada vulgar y un encogimiento complaciente de hombros. Resolví que debía de estar comprometido por un voto de silencio, o que temía confiar en mí, pensando que lo espiaba y que mi familia me había encomendado la misión de sonsacarlo. Más tarde comprendí, con un gran desencanto, que la explicación más verosímil de la vaguedad de George consistía en que tomaba a la ligera su condición de miembro.
       Una vez describí al organizador los defectos de George y critiqué la laxitud de una política que permitía la admisión de semejantes personas. Fue una objeción ingenua, típica de la mentalidad de los miembros. Incluso después de pertenecer a la organización durante muchos años, mi orgullo por esta, mi deseo o mi convicción de que los miembros debían ser mejores que otras personas permanecían intactos.
       Tenía casi dieciocho años cuando conocí a mi segundo miembro, profesor de la universidad a la que yo asistía. Cranston me atrajo mucho antes de que supiera nada de él. Usaba ternos con refuerzos de piel en los codos, y en la tribuna desplegaba una actitud peculiarmente arrogante por la que yo, con el ánimo sentimental propio de la juventud, lo admiraba. Estaba perdiendo el pelo. Aunque en aquel entonces debía de tener veintiocho o veintinueve años, parecía frisar por lo menos en la cuarentena. Este experto de fama internacional en su especialidad abstrusa descendía de una familia pobre e ignorante de matarifes, modistas y policías. Los años que había pasado al borde de la inanición mientras trabajaba para costearse los estudios universitarios y de posgrado lo habían dejado tremendamente flaco. Y cuando, por los chismes de un condiscípulo, me enteré de que era miembro de la organización, creí adivinar el secreto de su austeridad y dedicación.
       Por supuesto, no me atrevía a plantear inmediatamente a Cranston mi interés personal por la organización. La timidez me lo impidió. Además, deseaba ofrecerle algo más serio que mi curiosidad. Antes de abordarlo, estudié la historia de la organización. Como no había pasado por la etapa iniciática, entendí muy poco de lo que leí, pero sobre dicha base propuse que el tema del ensayo que me correspondía redactar en aquel semestre fuera la doctrina de la organización a comienzos del siglo xix. El adjunto de Cranston aprobó el tema de mala gana. El paso siguiente consistía en conseguir una entrevista con Cranston en persona, lo cual no era fácil, porque siempre se marchaba deprisa después de dictar sus clases. Procuré imaginar una pregunta apropiada, que luego pudiera formularle… quiero decir, una pregunta que no fuera chocante por su grado de ignorancia ni impertinente por su grado de madurez.
       “¿Estaría de acuerdo en afirmar que los miembros de la organización no se agrupan por razones de esnobismo o tribalismo sino para poder ayudarse recíprocamente en las circunstancias más difíciles?”, le espeté un día a Cranston en el corredor, después de clase. Mi pretexto continuaba siendo aquel ensayo para su curso. “Predicamos la fraternidad universal”, respondió secamente. Me había desairado, y yo lo respetaba por ello. Una semana más tarde lo abordé nuevamente, sin desanimarme. Esta vez había mecanografiado una lista de preguntas, que le coloqué en las manos. “¿Todo esto para el ensayo del semestre?”, inquirió, frunciendo el entrecejo. Tenía dedos largos y delgados, con bellas uñas ahusadas.
       “No precisamente para el ensayo, señor —contesté—. En realidad se trata de un interés más personal. Pensé que, puesto que usted… quiero decir, he oído que usted…”
       Supongo que la organización también me atrajo (debo mencionar todas las razones) porque mi madre se oponía vehementemente a que ingresara en sus filas. Estaba bien que mi tía se casara con George, ella no era intolerante, etcétera, según decía. Yo sabía que la explicación era otra: nunca había querido a ninguno de sus parientes políticos. Convencida de que había bajado de categoría al optar por mi padre, pensaba que era justo que su cuñada se rebajara aún más al elegir a George. Pero no estaba bien que su único retoño —que iba a triunfar en el mundo de la literatura— se mezclara con esa pandilla vulgar, sospechosa, tribal. Y además, era peligroso. ¿Acaso algunas de sus actividades no eran ilegales? Yo me complacía en desafiarla. Por lo menos tenía un motivo para preocuparse por mí. (Yo había sido una criatura demasiado dócil.) Años más tarde, ella también ingresó en la organización. Eso me turbó.
       Descubrí, con sorpresa, que Cranston me había tomado una súbita simpatía. Me cogió desmañadamente por el codo. “¿Cómo te llamas?”
       Cranston me invitó a su apartamento de una habitación, próximo a la universidad, y empezó a preparar un café instantáneo en el hornillo. Entonces la relación se distendió. Aquel día conversamos durante varias horas, y esa fue la primera de muchas conversaciones. Bajó unos raros volúmenes del siglo xvii encuadernados en piel y me los mostró. (Uno se titulaba Oceanía.) ¡Cuánto me halagó su actitud! Allí tenía a un hombre que era tal como había imaginado a los miembros de la organización: majestuoso, coherente, circunspecto, y sin embargo (esto es algo que nadie puede ocultar) inflamado por una gran pasión.
       Aún no había conocido al tipo de miembro, demasiado común, que termina por avergonzarse de pertenecer a la organización, y lo oculta.
       Cranston sonreía… sin que ese fuera un gran mérito. Su cabeza casi hermosa, esquelética, era más bella cuando no sonreía. Cuando lo hacía, saltaba a la vista que tenía problemas con las encías. Empezó a hablarme un poco de la organización. A diferencia de mi tío, Cranston no se ufanaba de estar afiliado al movimiento. Sus comentarios eran fríos, objetivos. Para él, yo seguía siendo una persona desvinculada de la organización, y no le interesaba hacer proselitismo. Yo ocupaba un sillón desvencijado, estaba bajo el hechizo de su consagración a la causa y anhelaba compartir aquello que lo inspiraba.


* * *

      Será mejor que pase por alto las etapas de mi ingreso en la organización, porque me siento recaer en el ánimo de agradecida veneración que me impulsó a afiliarme a ella. Puesto que trato de compilar los motivos que tengo para abandonarla, estos son los que debería explicar… reforzando quizá mi resolución al referirlos.
      
       Supongo que el motivo capital consiste en que, si bien la afiliación genera una íntima camaradería, experimento una sensación de aislamiento. Es difícil de explicar, porque los miembros me rodean por todas partes, y dentro de la organización he cosechado amistades, amoríos, contactos profesionales y, hace nueve años, un matrimonio. Nunca me falta compañía. Aunque nuestro movimiento es muy pequeño desde el punto de vista numérico y apenas agrupa a una ínfima fracción de la población mundial (en muchos lugares la organización nunca ha logrado establecerse), a menudo me parece que el mundo solo está habitado por miembros. Los encuentro allá adonde voy, y he viajado por tres continentes. Tal vez esta es una ilusión, parte de la mentalidad especial, de la forma singular de contemplar el mundo que adoptamos al convertirnos en miembros: una especie de miopía protectora que nos confiere la iniciación. Me ha sucedido a menudo que, al entablar conversación con un extraño con la presunción de que no es un miembro (nunca, debo confesar, sin la nítida conciencia de que no es uno de nosotros, conciencia que a veces intensifica nuestra intimidad pero que frecuentemente la inhibe), mi flamante conocido resulta serlo. A lo mejor lo oculta, por razones de conveniencia personal, o porque teme que se esté preparando una nueva persecución.
       O quizá se trata de un miembro no activo… por lo menos, de uno que ha dejado de pagar sus cuotas y de asistir a las reuniones. Pero aun así, no puedo dejar de tratarlo como si fuera un miembro de pleno derecho. Porque una de las peculiaridades de nuestro movimiento consiste en que, si bien somos (o decimos ser) escrupulosos a la hora de seleccionar candidatos y de aceptar nuevos miembros, nunca consideramos que uno de ellos se haya desvinculado realmente. Incluso después de decretar la expulsión, seguimos la pista de los miembros estigmatizados. Los vigilamos atentamente y con una cierta solicitud.
       Una vez pregunté al organizador por qué el movimiento permanece tan ligado a sus ex miembros. ¿Por sentimentalismo? “En buena hora nos libramos de los desafectos —dije—, aquellos que ya no nos aportan nada.” Sería mejor, argumenté, tener pautas definidas de mala conducta y procedimientos fiables para la ruptura… así como el matrimonio, otro contrato permanente que compromete a las partes, es compatible con la posibilidad de obtener el divorcio.
       Esta conversación se desarrolló hace cuatro años, antes de que yo tuviera conciencia de sentir algo más que orgullo por la organización. El viejo acababa de recuperarse de su primer ataque cardíaco; yo pulía mi traducción de su tercera colección de polémicas. Ahora se me ocurre pensar que mis preguntas no eran desinteresadas: que yo abogaba, anticipadamente, por mí, por la posibilidad de mi propio mutis.
       No digo que no sea posible que a una persona la expulsen de la organización. Lo es. Pero solo después de que haya perpetrado actos específicos, públicos y atroces. Algunos alegan que el ingreso en otra organización basta para justificar la expulsión. Otros piensan que basta el traslado a un país donde no hay miembros: ni siquiera una pequeña célula, una filial embrionaria. (Una minoría opina que lo segundo equivale a lo primero.) Otros, en fin, expulsarían a cualquiera que denunciara a la organización o que revelara sus secretos a profanos… en tanto que tratarían con llamativa indulgencia las indiscreciones que no trascendieran de las filas del movimiento. Igualmente, nadie puede cometer ninguno de esos actos de traición con la certidumbre de que el resultado será la expulsión. En muchas ocasiones, el organizador ha sorprendido a los miembros rebeldes con su indulgencia. Esta es una de las razones —no la única, desde luego— por las que aún vacilo en seguir una línea de conducta específica. Sería más fácil si los precedentes garantizaran que por lo menos algunas líneas de conducta que yo pudiera seguir tendrían consecuencias.
       Espero que hayáis notado que divago. Las razones por las cuales me resulta difícil desvincularme no son idénticas a las razones que me mueven a desvincularme; y son estas últimas las que deseo explicar.
       He mencionado la sensación de aislamiento que padezco, a pesar de la proximidad estimulante de los miembros que me rodean por todas partes. No se me ocurre una manera de describir este aislamiento en términos más precisos que los siguientes: experimento una aguda sensación de que me han cercenado. Pero ¿de qué? Después de solo doce años de pertenencia al movimiento, apenas recuerdo cómo era el no pertenecer. Entended: no niego ni por un instante las ventajas y los pesados privilegios de la afiliación. Pero sé que al incorporarme perdí algo, algo que probablemente no podría recuperar jamás si me desvinculara, porque la organización nos deja su impronta (proclaman nuestros maestros) y, además, soy doce años mayor, o sea, que ya no soy precisamente joven. Probablemente he dado al movimiento los mejores años de mi vida.
       En honor a la verdad, debo explicar que la organización no oculta los sacrificios que exige a sus miembros (independientemente del riesgo de martirio, que no es muy real para mí, porque nací en un país que afortunadamente no se ha dejado tentar, hasta ahora, por ese crimen). “El mérito a través del sufrimiento” es uno de los lemas del movimiento, y a cada aspirante lo exhortan a rumiarlo. (“Cada vez más y más a fondo en los libros” es otro lema más abstruso, que solo algunos miembros estudian en una etapa más avanzada de la iniciación.) Igualmente, pienso que la organización minimiza algunos de los sacrificios que lleva aparejado el ingreso en ella. Nos inculcan exhaustivamente la hostilidad del mundo y los sublimes deberes morales que las tradiciones de la organización imponen a los miembros. Pero ni una palabra acerca del resto de nuestros sacrificios. ¿Estos han sido omitidos en las discusiones? ¿U ocultados? Creo que no. (Cualesquiera que sean mis otras quejas, no acuso a los líderes de hipocresía o mala fe.) No, pienso que la mayoría de nuestros presidentes, junto con la base, ni siquiera tiene conciencia de ellos. Esta es la más amarga de las verdades.
       Me refiero, por ejemplo, a la forma de vida constreñida fomentada por la condición de miembro. Aunque nuestro movimiento fue fundado por reclusos que vivían en regiones subpobladas, ha atraído casi exclusivamente a habitantes de grandes ciudades. Es como si la seca soledad, propia del desierto, hubiera sido necesaria para formular el ideal o tener las experiencias que engendraron el movimiento, en tanto que el húmedo hacinamiento propio de la vida urbana fuera indispensable para perpetuarlo.
       El ascensor se ha averiado nuevamente, así que Lee deberá subir a pie dieciséis tramos de escalera. El perro ha dejado de ladrar en el apartamento contiguo. Nuestros vecinos están guisando la cena. Cerca, alguien se ejercita con el violín, acompañado por un desconsiderado afinador de piano.
       Nuestros miembros pasan las vacaciones en el campo y, a veces, viven en graneros. Pero raramente se sienten cómodos allí. Les disgusta labrar la tierra o explotar la naturaleza por placer. Es posible que esto se explique, en parte, por la norma de no violencia (en realidad, es más una tradición) que sustenta la organización. Pero los miembros no se niegan solo a cazar y pescar, así como a practicar la agricultura y la cría de ganado. La mayoría de nosotros elude instintivamente, por así decir, todos los deportes, puesto que estos implican un grado intolerable de irreflexión y de concesiones al cuerpo. Los miembros que se aficionan al fútbol, a las cacerías de zorros, a la navegación a vela, al paracaidismo, a las carreras de coches, que bailan el tango o cultivan trigo parecen practicar una especie de laboriosa, asombrosa, nada convincente afectación.
       Y, sin embargo, no se trata de algo instintivo. Porque alguna vez —por lo menos en su infancia— esas mismas personas boxearon y montaron a caballo y jugaron al tenis tan despreocupadamente como las demás. Lo que genera tales aversiones es la idiosincrasia producida por la afiliación (más por obra del ejemplo, mediante el contacto con otros miembros, que por obra de reglas explícitas). La prueba consiste en que incluso nos enorgullecemos de nuestras ineptitudes. Aprendemos a replicar: “Eso es para los demás”.
       Lo mismo vale para las preferencias gastronómicas que comparten muchos de nuestros miembros. Indudablemente, cuando eran pequeños, los futuros miembros comían espinacas, coles de Bruselas y berzas, igual que el resto del mundo. Pero, después de afiliarse, la mayoría de ellos hace una mueca de desdén cuando les colocan delante un plato de estas hortalizas. “Pasto”, comentan sarcásticamente. Puedo atestiguar que esto no es producto de una antigua superstición respecto del color verde, una de las creencias más ridículas que los profanos sustentan acerca de nosotros. Tampoco se trata del resabio de un tabú religioso. La razón por la cual formamos un grupo carnívoro que rehúye las hortalizas consiste en que asociamos la dieta herbívora con el embotamiento intelectual. Y sin embargo, como para compensar esta aversión, los miembros tienden a ser glotones, y a menudo nuestras comidas en común son festivas.


       ¿Habéis notado que los reproches que nos hacen, aun cuando están justificados, son muy contradictorios? Algunos afirman que somos sucios; otros que somos neuróticamente aseados. (Los miembros raramente dejarán un fregadero lleno de platos mugrientos.) Algunos dicen que somos remilgados; otros que somos demasiado sensuales. (Amamos la comida. Loamos el sexo.) Este es el numen de la organización: que estemos a la vez tan dispersos y tan unidos, que seamos tan similares y tan desunidos. Solo así, probablemente, hemos podido sobrevivir a tantas persecuciones.
       Bueno, podéis decir, entonces vete al campo. Túmbate al sol, broncea tu cuerpo pálido, practica la calistenia, comete adulterio, dedícate al submarinismo, monta en motocicleta, cría perros, come lechuga. Pero no es tan sencillo. Hago, sí, hago muchas de estas cosas, sin incurrir en ostentación delante de otros miembros. Pero siguen pareciéndome exóticas. Siento que me falta autorización. Y aunque me la pudiera conceder por mis propios medios, algo falla si la necesito.
       Desgraciadamente, nunca he ido al campo sin llevar la máquina de escribir conmigo. Siempre tengo mucho trabajo atrasado.
       Aún más estúpido que el hecho de no disfrutar sin reservas de lo rural y lo carnal es practicar estas actividades por principio, con esfuerzo. (El esfuerzo debe reservarse para los afanes encaminados a elevar la propia mente y a perfeccionar los propios principios.) De todas maneras, continúo desarrollando discretamente mis patéticos proyectos. He iniciado la explotación de una huerta en la azotea de nuestro edificio de apartamentos, donde, a pesar del aire contaminado, consigo cultivar judías verdes.
       El sábado pasado, cuando llegué al apartamento de mi madre, esta se hallaba absorta en un libro sobre la guerra. Tenía los ojos inyectados en sangre y se los frotaba frecuentemente. Yo experimentaba una sensación de prosperidad, de buena salud y de autocomplacencia. “Siempre has tenido un carácter pomposo —murmuró—. Por eso te atrajo la organización. —Miró sus manos artríticas—. Estamos rodeados de melindrosos con buenas intenciones.” No me molestó que me insultara, si eso hacía que se sintiese mejor. Y tomé nota de ese empleo de la primera persona del plural.
       “Escucha —prosiguió, dejando el libro a un lado—. Existe otra organización.” Creo que hablaba con voz pastosa. “¿Qué dices?”, exclamé. “Ya me has oído”, respondió ella.
       “¿Te refieres a uno de los grupos rivales?”, inquirí cautelosamente. “No, me refiero a otro igual al nuestro —murmuró—. Pero más ilustrado. Ese te gustaría más.” Se recostó contra el respaldo del sillón y cerró los ojos. “No me interesa”, manifesté, casi con alegría. El terror estaba subyacente.
       Con que solo pudiera cometer un crimen y así poner punto final…
       En este país los miembros han empezado a suavizar las normas. Si tiene que haberlas, prefiero que sean más estrictas.


* * *

      Quizá debería decir algo sobre la estructura de la organización. Tenemos una jerarquía laxa, con un organizador en cada localidad donde hay muchos miembros. En algunos países los miembros utilizan el sistema de comité central; en otros, eligen un presidente. No existe una constitución escrita. Hace muchas generaciones se desistió de crear una sede central permanente para todo el mundo, porque eso era demasiado peligroso, y lo acostumbrado es celebrar la conferencia anual de organizadores en un país distinto cada año. El testimonio más llamativo de nuestra falta de centralización se encuentra en los diversos grupos cismáticos que continúan autodenominándose filiales de la organización, y cuyos adeptos (que insisten en llamarse a sí mismos miembros) envían una respetable contribución anual para el mantenimiento de los archivos centrales. Y hace mucho tiempo que se rumorea sobre la existencia de filiales totalmente secretas, como una secta del sur de India que compiló su propia antología de citas y Comentarios. La única institución regular de cada localidad es, además de la academia para la educación de miembros avanzados, un tribunal. Los estatutos del tribunal (compuesto por diez miembros veteranos) estipulan que debe reunirse cada vez que parece inminente una persecución al movimiento, para confeccionar planes destinados a salvaguardar las vidas y propiedades de los miembros. Cuando el tribunal funciona en el sentido habitual, judicial, no es necesario que tome sus decisiones por unanimidad. Quizá convenga explicar que en la sociedad nunca hay nada unánime.
       El tribunal también selecciona a los aspirantes a miembros y supervisa la educación de los nuevos acólitos. En el tribunal de la rama local, discípulos y no discípulos del viejo acuden a clases sobre nuestra historia y enseñanzas. (Ahora él se halla recluido en su casa, a causa de su enfermedad y porque está preparando otro libro.) Después de cada exposición, se abre un debate en la clase. Tradicionalmente, el movimiento ha depositado mucha fe en las discusiones prolongadas y libres. Los miembros no son gente particularmente beligerante. Por lo menos, las disputas casi nunca degeneran en violencia física. Pero tenemos fama, entre los profanos, de emborracharnos con palabras y de ser locuaces. Nuestras reuniones semanales, que según el programa deberían concluir a medianoche, se prolongan a menudo hasta las tres de la madrugada. Después de levantada la sesión, generalmente unos pocos miembros continúan la discusión fuera del local hasta el amanecer.
       ¿Estas controversias son un recurso mediante el cual nos perpetuamos? No recuerdo que durante los doce años en que he pertenecido a la organización se haya decidido algo en una asamblea. Entre nosotros, las palabras pasan por ser un fin en sí mismas. Malgastamos demasiado tiempo en conversaciones.
       Quizá sea esta la razón por la cual ahora me impresiona lo enclenques que son los cuerpos de la mayoría de los miembros; por la que tantos de nosotros que habitamos en climas septentrionales exhibimos una inusitada sensibilidad al frío, y muchas veces damos la impresión de abrigarnos en forma un poco exagerada en comparación con los profanos. Cuando veo a los miembros congregados fuera del local de reuniones en las primeras horas de la mañana, mientras el vapor brota de las bocas de las alcantarillas en las calles desiertas, debatiendo algún punto sutil del coloquio, casi siempre los imagino vestidos con jerséis de cuello de cisne y largos abrigos… cualquiera que sea la estación.
       Tal vez exagero.
       En el país tropical al que sueño emigrar con Lee, podríamos quejarnos continuamente del calor. Nuestra hija crecería siendo una experta en pirañas. Nadaría desnuda en el río local junto con los niños de la aldea. Dormiría bajo una mosquitera. Yo sudaría sobre mi máquina de escribir. Y cuando esta se averiara, no habría nadie para repararla. Lee estaría en el monte, repartiendo píldoras de quinina, tratando a niños cubiertos de mugre y examinando los pies de los aguadores en busca de infecciones propias de la selva. Cada pocas semanas embarcaría en una balsa que me llevaría aguas abajo hasta la estafeta de correos más próxima, para despachar mis pruebas, recoger el cheque de honorarios por el último libro o recibir un nuevo manuscrito… quizá en un idioma que estudié en la universidad pero del que nunca he traducido nada.
       Últimamente, he estado tratando de adiestrar mi organismo contra el frío. Acabo de abrir la ventana. Los papeles revolotean sobre mi mesa. Esa puede ser la sirena de un camión de bomberos. Los niños de la escalera retozan como lobeznos.
       En el país tropical al que quizá emigremos Lee y yo, la correspondencia tarda tres semanas en llegar y el servicio postal es irregular. Puede que Lee y yo nos enteremos de que en la capital ha habido un golpe de Estado derechista. Ni siquiera nos indignaremos. Seremos extranjeros, y no nos afectará.
       Pero es posible que en esa lejana aldea verde debamos trabajar con más ahínco aún que aquí, para sofocar los sentimientos de alienación. (Yo tendré que traducir más libros. Lee deberá traer al mundo más críos, deberá consolar a más moribundos.) Los miembros tienden a descorazonarse cuando pasan demasiado tiempo lejos unos de otros… del amparo casi familiar de la organización. Aunque hayamos disfrutado de la naturaleza cuando éramos niños, llegamos a sentirnos inquietos en ella. No es algo que nos incumba.
       ¿Ni siquiera una punzada de indignación? Pero ¿nos hemos enterado de lo grave que es realmente la situación? ¿Entre nuestras higueras de Bengala nos llegará la noticia de que diez mil dirigentes sindicales, periodistas, estudiantes y otros partidarios del gobierno anterior fueron encerrados hace diez días sin alimentos en el nuevo y vanguardista estadio de fútbol, y que a seiscientos de ellos los torturaron hasta dejarlos tullidos y después los sacaron del recinto y los alinearon contra el muro de cemento que hay en el parque municipal y los hicieron fusilar por pelotones militares?
       La razón por la que los miembros de la organización tienden a congregarse en ciudades es obvia. Es allí donde pueden prestar mayores servicios. Es en las ciudades donde suceden las cosas, donde (pensamos) nos necesitan. En las ciudades se forja el arte y se ejerce el poder. Las decisiones que afectan a todos, para bien o para mal, se toman en las ciudades. La campiña puede parecernos hermosa, pero también parece vacía desde el punto de vista moral. Es un lugar donde se ejercita la voluntad física, pero no la moral. No es apropiada para cultivar ninguna clase de vehemencia moral. El campo es amoral. La ciudad es inmoral o moral.
       El viento ha hecho caer al suelo parte del manuscrito del nuevo libro del organizador. Cierro la ventana.
       ¿Hace falta que añada algo más sobre la voluntad moral? El verano pasado casi dejé a Lee por otra persona. A veces, cuando decía que tenía una cita con un corrector o que estaba charlando con el viejo, en realidad iba a un taller de pintura situado en la parte baja de la ciudad. En la cama, con Nicky, sufría todos los tormentos del remordimiento. Los miembros respetan la monogamia un poco más estrictamente que los profanos, y somos famosos por la calidez y estabilidad de nuestra vida familiar.
       La Persona Encargada de las Traducciones Está a Punto de Hablar de Sexo.
       En lugar de explayarme sobre la voluntad moral, prefiero hablar de sexo. Pero aquí surge un obstáculo… de mi propia factura. Os he hablado de mi matrimonio. He mencionado un adulterio. Pero no deseo entrar en demasiados detalles. Temo que obviéis que el problema no es solo mío.
       Por eso he tenido la precaución de no dejar claro si soy hombre o mujer. Y no creo que lo haga más adelante… porque, en uno u otro caso, podría restar contundencia a lo que quiero explicar. Pensadlo bien. Si soy hombre, el problema persiste, pero yo me convierto en un paradigma. Soy demasiado representativo, casi una figura alegórica. Si soy mujer, sobrevivo como individuo singular, pero mi dilema se restringe: refleja las inseguridades del segundo sexo. Si os digo que soy mujer, desecharéis mi problema —¡que sigue siendo el mismo problema!— como algo meramente “femenino”.
       Suponed que soy hombre, si así os resulta más fácil entender el problema como algo general. Un hombre, digamos, que ronda la treintena, alto, guapo, pálido, de abdomen cada vez más prominente, etcétera, que normalmente usa traje y corbata. Ahí lo tenéis: el Hombre Común. Y Lee y Nicky son mujeres. Nicky es probablemente rubia, masca chicle y la talla de su sujetador es más grande que la del de Lee. Nicky lee revistas de rock y fuma porros; Lee usa gafas. Pero no tiene que ser necesariamente así. Yo podría ser una mujer de aspecto adolescente de unos treinta años, con larga y lacia cabellera, pechos menudos, tez impecable, que se come las uñas y usa vaqueros y camisas con el cuello abotonado. Si soy mujer, Lee puede ser mi marido, exhausto de tanto trabajar, bien educado, afable al hablar; y Nicky mi amante proletario, salpicado de pintura, aficionado a la cerveza y malhablado. En una u otra versión, supondréis, la vida sexual es más animada con Nicky que con Lee. Desgraciadamente, debo coincidir con vosotros.
       Puesto que me dedico a las traducciones, tengo conciencia de que probablemente este idioma —el inglés— sea el único del mundo que me permita conservar la ambigüedad. (Exceptuando la necesidad de eludir un “él” o “ella” delator, no resultaría demasiado difícil.) Todos los otros idiomas que conozco están saturados de géneros. Un pequeño triunfo. Tengo el placer de escribir, personalmente, algo que no se puede traducir.
       Tampoco es esta la única diferencia entre este idioma y los otros. Pensad de cuántas maneras se podrían traducir las siguientes palabras: pariah, onslaught, inbred, insurgent, fear (“indeseable”, “agresión”, “innato”, “insurgente”, “temor”).
       Me resisto a describirme, por temor a que un exceso de detalles particulares os haga tomar mi problema con menos seriedad. Pero puedo describiros a Nicky, y así también, por inversión, me estaré describiendo a mí. Nicky tiene muchas cualidades que a mí me faltan ostensiblemente: por ejemplo, la renuncia a juzgar a los demás. Nada indigna a Nicky.
       En la cama, durante este bochornoso verano, intenté despertar la comprensión de Nicky por mi anhelo de abandonar la organización. Lo único que obtuve a modo de respuesta fue una sonrisa, aunque no una sonrisa insensible. (Ciertamente no fue la reacción típica de una persona profana, contenta de oír malas noticias acerca de nosotros.)
       En realidad, a lo que aspiraba en mi infancia era a la santidad. Con plena conciencia de que era una aspiración ridícula. Las personas que desean, desesperadamente, a menudo desean ser ángeles o santos. Por desgracia, los ángeles no son santos. Y los santos no son ángeles. Nicky (¿afortunadamente?) pertenecía a la categoría de los ángeles.
       Cierta vez, Nicky me explicó cómo era posible pasar el día entero sin juzgar. El arte consiste en no dejar transcurrir el menor lapso entre los acontecimientos y las propias reacciones. Un juicio, dijo Nicky, es un grito de impotencia. Cuando las personas no pueden hacer nada para modificar una situación, ¿qué otro recurso les queda, como no sea juzgarla? Pero ¿no es necesario juzgar para poder actuar —pregunté— cuando actuamos racionalmente? ¿No existe, en todos nuestros actos, por lo menos un juicio implícito? “No”, respondió Nicky. El juicio no está más implícito en los actos, según Nicky, que la impotencia en la potencia.
       En cuanto a juzgarse a uno mismo, o una misma —una de mis ocupaciones favoritas—, podéis imaginar qué opinaba Nicky de eso.
       El retrato que Nicky empezó a pintar hacia el final de nuestra relación no me juzgaba. Me observaba, me registraba: alrededor de treinta años, alto y bien formado, etcétera, o con cabellos largos, pechos menudos y con las uñas de las manos mordidas, no importa. (Para mí es muy importante ser hombre o mujer. Pero no importa en absoluto que la mayoría de vosotros lo sepáis.) Yo no cesaba de desear que Nicky agregara algo. “¿Qué más quieres?”, preguntaba Nicky. “Es el rostro —respondía yo—. No es tan sereno como lo pintas.”
       “¿Pretendes que refleje duda? —preguntaba Nicky—. ¿Dolor?” Cuando Nicky se apartó del lienzo para ir a buscar una cerveza a la nevera, meneé la cabeza. “Quiero que muestres a una persona en el trance de transformarse en otra. Pero que lo hagas sin que el retrato sea menos lineal y figurativo. No permitas que la pintura chorree, manche o difumine.”
       “No puedes convertirte en alguien distinto de quien eres. Solo en más o menos lo que eres. No puedes pisotearte tus propios pies.”
       “Puedo, Nicky, puedo —murmuré—. Eso es precisamente lo que debo hacer.”
       Nicky tenía razón, por supuesto. Pero ello no impidió que volviera a Lee. No fue el remordimiento lo que me llevó de vuelta. Fue una forma muy peculiar de añoranza: una nostalgia por la palabra. Nicky y yo podíamos mantener un determinado tipo de diálogo lacónico, aforístico. Pero la exuberante unión verbal que tenía con Lee finalmente contaba más. Al volver a Lee, me zambullí nuevamente en el cálido baño de conversación del que nunca podré prescindir.
       No importan los placeres del cuerpo que haya disfrutado con Nicky. Al final, la vida de los miembros se funda sobre la palabra. La conversación se convierte en un vicio, como el alcohol (que los miembros tienden a rehuir) y el trabajo (al que son particularmente adictos).
       Me doy cuenta de lo verborreicos que somos cuando releo lo que he escrito hasta ahora. Pero no veo otra alternativa. Si pudiera permanecer en silencio, quizá podría pisotearme mis propios pies. Tal vez incluso podría volar. Pero en silencio ¿cómo podría razonar? Y si no puedo razonar, ¿cómo podría encontrar una salida? Y si no puedo hablar, ¿cómo podría protestar, acusar, exponer mi alegato? Necesito palabras para eso.


* * *

      Un alegato: “Acuso a la organización de privarme de mi inocencia. De complicar mi voluntad.
       ”(No niego que ha mejorado mi intelecto, que me ha enseñado a ver el mundo con un criterio más veraz, menos cargado de falsas expectativas. Pero ¿de qué sirve la verdad, si te hace despreciar a los demás? Al despreciar a los demás, no hacéis más que despreciaros a vosotros mismos.)
”Acuso a la organización de privarme de mi condición de ser común. De infundirme falso orgullo.
       ”(No niego que todo esto tiene un componente altruista. No alimento ambiciones para mí, sino para gloria de la organización… para ayudar a acreditarla. Pero ¿de qué sirve el altruismo si te hace más vanidoso?)
       ”Acuso a la organización de privarme de mi fuerza. De enseñarme a temer a quienes no son miembros. Acuso a la organización de privarme de mi estupidez. De convertirme en una persona solemne, grave, propensa a juzgar…”
       ¿Me entendéis? ¿Os he sorprendido? ¿Alguien desea soltar un suspiro de admiración? ¿Una breve salva de aplausos?
       Me la merecería si hubiera dicho realmente estas cosas en una de nuestras reuniones semanales. Pero no he hecho nada… excepto mirar a mis cofrades de manera relativamente furtiva cuando estos hablan. Permanezco cada vez más en silencio durante las reuniones, aunque cuando tomo la palabra lo hago con inusitado fervor. Antes tenía dotes oratorias bastante destacadas. Fue sobre todo gracias a este talento por lo que alcancé mi actual rango modesto en la jerarquía de la organización. Pero ahora, cuando me levanto para hablar, siento que se me congestiona el rostro e incluso mis ojos parecen encenderse. Tartamudeo, hago ademanes inoportunos, retengo el uso de la palabra durante demasiado tiempo y el viejo se ve obligado a regañarme afablemente.
       Experimento todo este tumulto interior mientras enuncio sentimientos cuya ortodoxia no podría ser más irreprochable. Pero es la vergüenza la que me induce a ser vehemente, porque entretanto sé que engaño a mis crédulos cofrades, que traiciono la confianza que han depositado en mí. Debería tener coraje para confesar con franqueza mis dudas, en lugar de exponer mi antigua certidumbre en las Ocho Lecciones y otras doctrinas. “¡Miradme! —ansío exclamar—. Ya no os sirvo. En mi boca las verdades se truecan en mentiras. No me escuchéis. Ni yo creo lo que digo. Os contagiaré, vosotros también empezaréis a dudar. Enseñadme. Destituidme. Expulsadme.” Por supuesto, no he dicho nada semejante. Temo las risas con que podrían acoger mis palabras, o las sonrisas de resentimiento, o esos condescendientes ademanes de compasión para las personas momentáneamente enajenadas.
       O quizá temo que los miembros me tomen al pie de la letra, y me expulsen, después de lo cual deberé sufrir todos los tormentos del exilio. Puesto que me he habituado a las batallas, a las polémicas sectarias, el mundo me parecería vacío. Me borrarían de la lista de suscriptores. Ya no recibiría las publicaciones mensuales ni los memorandos privados. No me telefonearían por la noche para convocarme a reuniones de emergencia. Nada de reuniones. La soledad.
       No quiero que esta decisión me sea impuesta por un acto impetuoso, irrevocable, del que sin duda me arrepentiría. Una fanfarronada, un gesto histriónico, sería forzosamente contraproducente. Quiero que mi salida de la organización sea producto de mi decisión, no de la de ellos. Aunque no alimento la esperanza ni la ilusión de que me adulen para que me quede (¿acaso ahora me miento?), me gustaría imponer mi partida a mis cofrades, contra la voluntad de estos.
       Basta de retórica. Solo un acto de gran magnitud podría resolver el problema. Pero existe la posibilidad de que incluso entonces los miembros dirigentes de la filial local se nieguen a admitir que me he ido y continúen tratándome como miembro.
       Una idea: cuando renuncie, conseguiré que algún otro (un miembro igualmente leal y fiable) renuncie conmigo; y quizá, mediante esta duplicación premeditada del agravio, garantice al menos mi propia expulsión.
       Quizá mi descontento personal no baste para provocar ninguna reacción, lo cual casaría muy bien con las doctrinas centrales del movimiento… así como las cualidades y defectos personales del viejo no impugnan y ni siquiera describen su derecho a ser el Viejo. Por ejemplo, sus uñas, su nuca, y así sucesivamente, están mugrientas. De sus orejas y fosas nasales brotan pelillos. Su corbata está manchada a menudo de huevo. Generalmente tiene la bragueta abierta. Cada vez que debo inclinarme sobre él, para mostrarle un pasaje de uno de sus manuscritos que estoy traduciendo, me azota su mal aliento. No puedo mirar los cuadros que cuelgan de las paredes de su apartamento, atroces por su fealdad y falta de gusto. Aborrezco la forma en que hostiga a su esposa. Pero ¿qué importan mis remilgos personales?
       La dignidad de su cargo, los valores que sustenta simbólicamente no tienen nada que ver con el desmesurado lunar de su mentón.
       La última vez que visité al organizador fue el miércoles por la noche, en su apartamento. Lee lo había sometido a su chequeo bimestral el día anterior, y me había dicho que su estado cardíaco parecía mantenerse estable. A decir verdad parecía más robusto que cuando lo vi por última vez, ese mismo mes. Pero con una salud tan frágil como la suya, nunca se sabe. Cuando llegué, empezó a quejarse de su lumbago. Le mostré mi compasión. Se animó y, en mitad de sus elogios a la profesionalidad de Lee, se interrumpió, llamó a su esposa y le pidió que trajera dos vasos de té mezclado con un poco de whisky. Me sorprendí, no solo porque nunca lo había visto beber, sino porque, como es harto sabido, la organización impone una norma de abstinencia total. Lee debería hablar con él.
       Mi madre siempre ha sido una gran bebedora, aunque tal vez no se la podría tildar realmente de alcohólica. Esta es una de las razones por las que nunca creí que le atraería la organización. (Ya tenía cuarenta y un años bien cumplidos cuando ingresó en ella.) Si ahora bebe, como sospecho, tiene que hacerlo en secreto. Debe de estar avergonzada. Pobre mujer desdichada, luchadora. ¡Sentirse aún más culpable de lo que ya se sentía!
       Para coger el vaso de la mano del organizador, debí ponerme al alcance de su hediondo aliento. Parecía estar de un humor particularmente expansivo. Seguimos conversando.
       Yo le daba vueltas a mi tema habitual. Quería que el organizador me explicara y justificara la existencia del movimiento… sin dejarle vislumbrar la gravedad de mis propias dudas e insatisfacciones. Sin embargo, como siempre, me turbaba el hecho de que pareciera estar cuestionando aquello a lo que ese hombre frágil, venerable, había consagrado su vida, la causa por la cual todos sus familiares habían sido ejecutados (antes de que él llegara a este país).
       Otra vez llaman a la puerta del apartamento de al lado.
       En lugar de hablar concretamente de la organización aludí, como quien no quiere la cosa, a mi propio desasosiego. El viejo captó un trasfondo en mis preguntas. Me explicó vehementemente que era necesario desembarazarse de la angustia personal. “Ahora todo eso carece de importancia”, dijo. Desde su punto de vista, tiene razón. Mi problema, evidentemente, es pequeño… cuando se compara con el sufrimiento que la organización conoce: los padecimientos de toda la humanidad, de la historia misma. Este es, en última instancia, nuestro secreto. Merced a él, nos ayudamos tan portentosamente en todo el mundo. Merced a él, estamos dotados de nuestro legendario sentido del humor, de nuestra mordaz alegría. Conocemos el sufrimiento. “¡Guarda el secreto!”, gritó a mis espaldas, cuando me levanté y corrí hacia la puerta.
       ¿Estaba borracho? Eso no puede ser bueno para su corazón. Debo decírselo a Lee.
       ¡El secreto! ¿Qué secreto? ¿Que cada ser humano sufre? Pero esto lo saben todos. Y si hay personas que no lo saben, bendita sea su ignorancia. Y maldito sea mi propio saber, que me conecta con el dolor de tantas personas, vivas y muertas, desde personas que jamás he conocido hasta ese viejo mugriento que me repugna tocar. Malditos sean los recuerdos de siglos de sufrimientos que no son míos, excepto en la medida en que mi temperamento me predispone a tomarlos en consideración. Malditos sean los milenios de aislamiento y lamentación. Malditas sean las cadenas de papel que me sujetan.
       “Cada vez más y más a fondo en los libros.” Echo de menos a Lee.


* * *

      Empezaré de nuevo. Aunque aún no sé cómo abandonar la organización, sí sé qué es lo que me ayudaría a encontrar el camino. Necesito a alguien con quien pueda compartir mi perplejidad, alguien que alimente análogas insatisfacciones rebeldes. Sería inútil, desde luego, confiar en un profano. (Qué desilusión recibí en el caso de Nicky.) No supongáis que pienso que un profano no es suficientemente astuto o considerado como para ayudarme a resolver mi problema. En principio, nada me gustaría más que depositar toda mi confianza en un profano, aunque solo fuera para demostrar que no comparto por completo el hábito de los miembros que buscan amigos solo dentro del movimiento, pensando que los miembros son automáticamente más inteligentes, más virtuosos, más espabilados que los profanos. Por desgracia, no puedo. Pero por una razón muy distinta: mi lealtad a la organización. Por mucho que pueda valorar la inteligencia y los sentimientos humanitarios de muchos profanos, no termino de decidirme a confiar en uno de ellos. Si escuchara que un profano secunda mis propias críticas, probablemente desearía defender a la organización. Aunque tengo motivos para querer dimitir, continúo sintiéndome vehementemente leal a ella.
       Sé, sin el menor asomo de duda, que si mañana se desencadenara una nueva persecución, y los miembros de la organización fuesen convocados desde sus modestas viviendas, despachos, bibliotecas, para comparecer en la comisaría, y desde allí fueran enviados a prisión y ejecutados, yo, estuviera donde estuviese, incluso padeciendo una enfermedad, cualesquiera que fuesen mis excusas de disconformidad o no participación en nuestros ritos, me apresuraría a vestirme, bajaría en el ascensor y saldría a la calle sin compañía ni escolta, pero con tanta prisa como si me estuvieran azuzando con la culata de un fusil, para presentarme en esa comisaría, estampar mi firma al pie de la lista y compartir orgullosamente la suerte de mis cofrades.
       No fanfarroneo. Por supuesto, mi conducta es harto previsible. Porque esto es precisamente lo que enseña la organización: cómo morir por ella, y también cómo vivir (segregados).


       ¿Encontraré alguna vez el coraje necesario para cometer una traición? Debería dejar de pensar que soy una persona especial. Debería vencer la necesidad de experimentar esa sensación.
       Por eso necesito abrir mi corazón a un cofrade, a alguien que sienta la llamada del mismo orgullo y la misma lealtad irracional. Solo me conformaré si otro miembro secunda mi propio desencanto. Tengo la obligación de desestimar toda crítica a la organización formulada por profanos, atribuyéndola a prejuicios insensibles.
       Mi hija está en la puerta del estudio, mordisqueando un tallo de apio. Me pregunta cuándo llegará a casa Lee.
       Oh, es muy fácil criticar a la organización desde fuera. Siempre nos atacan: por nuestra obstinación, por nuestra vanidad, por nuestro exclusivismo. Me sobresalto al descubrir que ahora me hago eco de estos juicios. Me digo que cuando yo, en mi condición de miembro, expongo semejantes argumentos, es distinto. Al fin y al cabo, me fascinaron los ideales de la organización, me sometí a su disciplina. A los demás no les cuesta nada formular dichas críticas, mientras que a mí me cuesta mucho. Pero ¿es así en realidad? ¿Qué precio pago, excepto el suplicio de saber que soy una gran hipócrita? Porque aún no he hecho nada… ni siquiera decir lo que pienso.
       Y si alzara la voz, si súbitamente me desahogara en una reunión y denunciara a la organización ¿acaso me dejarían renunciar? Después de todo, uno de los pasatiempos favoritos de los miembros consiste en criticar a la organización. La última vez que vi al viejo, cuando me referí muy superficialmente a los defectos de la organización y de algunos de sus miembros, se manifestó totalmente de acuerdo. “Claro que somos pretenciosos y corruptos”, afirmó.
       El viejo había estado bebiendo té mezclado con whisky. Quizá estaba borracho.
       Aún no veo la salida. La Persona Encargada de las Traducciones Llega a un Punto Muerto.
       Por eso necesito un confidente. Pero ¿quién? No puede ser Lee. Cualquier complicidad conmigo sería rápidamente atribuida a la lealtad conyugal más que a la convicción autónoma. Además, Lee no ha dado nunca señales de haberse arrepentido de ser miembro de la organización ni de estar disconforme con su régimen. La perspectiva de abordar a cualquiera de los amigos que tengo aquí, en la filial local, me llena de aprensión. No me atrevo. Será mejor dejarlo al azar.
       Por eso escribo esto, y mañana lo haré fotocopiar.
       Os aseguro a quienes leéis esto que solo los miembros lo tienen en sus manos. Pamplinas, diréis, interrumpiéndome.
       Admito que lo que he escrito puede parecer destinado a que lo lean los profanos. Si no, ¿qué motivo podría haber tenido para explicar exhaustivamente temas que todos cuantos pertenecen a la organización conocen al dedillo? Pero ¡no os dejéis engañar por las apariencias! ¿Cómo podría haber pensado seriamente en enviar esto a los profanos? (Esta habría sido una traición demasiado descomunal.) No aceptaré ningún confidente que no sea a su vez miembro.
      
       Envío copias a un centenar de miembros que viven aquí y en el exterior. Exceptuando a Lee, que tiene derecho a saber lo que pienso; al estudioso (no se trata de Cranston) que me inició realmente, o sea, el tercer miembro que conocí en mi vida; a mi madre, etcétera; la mayoría de los nombres que figuran en mi lista son los de miembros que no conozco, extraídos aleatoriamente del archivo. Que conteste quien quiera.


* * *

      Preveo cuáles serán las respuestas.
       Alguien, quizá Cranston, me escribirá: “Tu problema es mediocre y, por tanto, no tiene solución. Es el problema de una persona mediocre. La libertad que buscas es mediocre, como también lo es el concepto de la servidumbre de la que intentas zafarte. ¿A quién demonios le interesan tus minúsculos problemas? ¿Qué entiendes por sabiduría?”.
       ¿Qué haré entonces? Quizá sea cierto que no entiendo mucho de sabiduría. Pero reconocedme, al menos, este mérito: el amor a la sabiduría fue una de las razones que me indujeron a incorporarme a la organización y a ser, durante la mayor parte de estos doce años, un miembro tan ferviente y entusiasta.
       Y si mi concepto de la coacción y de la libertad es mediocre, no por eso deja de crear un problema concreto, un problema que millones de personas intuyen por lo menos vagamente: la invención de la libertad.
       Varias personas me escribirán para acusarme en términos mucho menos elocuentes, de desertor, cobarde, blandengue. Quizá una de esas cartas provenga de mi madre.
       “¿Qué te ha metido semejante idea en la cabeza, al fin y al cabo? —comenzará así otra carta—. No me cuentes que ha sido el descontento gradual que maduró a lo largo de los años. Debió de ser algo específico, una experiencia, una conversación con alguien, lo que te activó.”
       “Sí —responderé yo—. Hubo… una suerte de experiencia. Pero no quiero hablar de ella.” ¿Por qué no? “Porque es asunto mío —responderé categóricamente—. Porque no podría describirla —añadiré—. Porque —concluiré— no es una razón para abandonar la organización. Solo un acicate.”
       Alguien, un funcionario de bastante jerarquía dentro de la organización, que tal vez resultará ser George, me escribirá: “Nunca me entendiste. Pensaste que solo era un ejecutivo de publicidad aficionado a mascar chicle, con treinta pares de mocasines, que se casó con tu tía. En realidad, estaba cumpliendo una importante misión secreta en tu ignara comunidad, y debí adoptar esta personalidad como disfraz. Ahora te toca el turno a ti. Nunca has entendido nada, a pesar de todas las confidencias de las que fuiste copartícipe. Nunca se te ocurrió pensar que la organización, tal como tú las has descrito, es solo una fachada. Deja de protestar, deja de lloriquear, deja de pensar solo en ti. Créeme, esta es una causa noble, la mejor que existe. Y en este preciso momento corre un grave peligro”. La carta vendrá acompañada de instrucciones que me ordenarán asesinar a un ministro del gabinete de un país vecino dispuesto a desencadenar una persecución mortífera contra nuestra cofradía local, utilizando turbas de patriotas ignorantes. Hay, adjuntos, un billete de avión y un pasaporte falso. Se supone que debo emprender la peligrosa misión al día siguiente, llevando conmigo credenciales del supremo consejo internacional de la organización.
       ¿Qué haré entonces?
       Alguien, tal vez una colega de Lee, me escribirá: “Has entendido todo al revés. Para ti, la organización no es más que un cúmulo engorroso de obligaciones. Pero puedo atestiguar que es una valiosa fuente de consuelo. En primer lugar, en la historia. En segundo lugar, en lo personal”. La carta pasa a relatar la historia de su matrimonio, y la forma en que su marido abusa de ella y la descuida. “¿Cómo puedes querer renunciar —añade—, una vez que has invertido sufrimiento en la organización?”
       Alguien, quizá el organizador de una filial de otra ciudad, escribirá: “He enviado instrucciones al comité central designándote mi sucesor. Tú ocuparás mi puesto”.
       Una respuesta podría provenir de Morgan, una amiga de la escuela a quien no he vuelto a ver desde que éramos adolescentes, y que ingresó dos años después que yo. (He consultado el legajo de Morgan en el archivo de la organización: el hecho de que viva en el campo me parece un buen presagio. Pero lo que ignoro es que Morgan fue expulsada en una ceremonia secreta hace dieciocho meses, y que fue solo después de su ignominia cuando compró la granja abandonada y la restauró.) Lo que recibiré de Morgan no es una respuesta directa, sino la imagen refleja de lo que he escrito aquí. Empieza así: “Quiero volver. Pero no puedo”.
       Y así sucesivamente. Intento imaginar la diversidad de respuestas que podría recibir. El resultado es imprevisible, porque no todas las contestaciones son cáusticas. Algunas denotan comprensión.
       ¿No sería extraño descubrir que no soy un caso insólito… que el confidente que busco, lejos de estar ilocalizable, existe en todas partes? Quizá el deseo de abandonar la organización no sea un rasgo inusitado en un miembro y por todo el mundo circulen miles de quejas semejantes a la mía. Si así fuera, ¿debería quedarme?
       No, a menos que venga del organizador en persona. (A quien le enviaré también una copia de esto.) Tal vez parezca improbable, pero ¿quién sabe qué puede suceder? De su boca, todo es posible.
       Se cuenta la historia de un organizador de otro país, que juzga un caso en presencia de un discípulo favorito. Primeramente escucha a una de las partes, reflexiona un momento y le dice a la litigante: “Tiene razón”. La mujer sale y entra su adversaria. El organizador escucha solemnemente su versión de la querella, hace una pausa y luego dictamina: “Tiene razón”. La segunda litigante se va, igualmente convencida de que el veredicto ha sido justo. Apenas el organizador y el joven discípulo se quedan a solas, este exclama: “Pero, señor, las dos versiones son completamente contradictorias, y usted les dijo a ambas mujeres que tenían razón. Eso no es correcto, es imposible. Usted se ha equivocado”. El organizador cavila un momento, y luego le dice al discípulo: “Tienes razón”.
       Recuerdo el brillante ensayo del viejo sobre el principio de contradicción, tema de la Tercera Lección. Aunque me resulta más fácil imaginar que me reprende, que me regaña por mi insolencia y superficialidad, también puedo imaginar que coincide conmigo.
       Acaso reciba una carta del organizador, en la que me informa de que él también desea renunciar. Siempre ha querido renunciar, y nunca se ha atrevido a hacerlo. Al demonio con sus parientes asesinados. Al demonio con sus responsabilidades. Aunque es muy viejo, desea divertirse: bailar, correr detrás de las chicas, practicar surf y tocar el saxo alto. Me sugiere que renunciemos juntos.
       Si descubro que ese es su propósito, me quedaré en la organización.


* * *

      Acabo de releer lo que he escrito hasta ahora. Considerad que soy consciente de sus limitaciones. (Puesto que me dedico a traducir, tengo cierto conocimiento de los textos.) Me revuelvo al releerlo. Porque me doy cuenta de que soy incapaz de investigar mi dilema sin corporeizarlo. ¡Ese tono plomizo, exangüe, del miembro indiscutible! Sea como fuere, otros miembros reconocerán mi voz. Es mi certificado de identidad, como una huella dactilar.
       Oh, si pudiera cambiar mi estilo. (Entonces no tendría que pensar en cambiar de país.) Desprenderme de mi propia piel. Cuando Nicky dijo: “No puedes convertirte en una persona distinta de la que eres”, yo murmuré: “Sí puedo, sí puedo, Nicky. Eso es precisamente lo que debo hacer”. Si pudiera quedarme… con el puntal del compromiso. O irme realmente.
       Quizá si reescribiera lo que he escrito aquí, sería más convincente. ¡Si pudiera adoptar un tono lírico! ¡Imprevisible! ¡Conciso! ¡Enamorado de las cosas tal como son! Pero ¡ay!, esta voz chillona, exageradamente escrupulosa, es la mía. Y si pudiera cambiar mi voz, escribir esto de otra manera, no sería la persona que soy. No tendría el problema que tengo.
       La Persona Encargada de las Traducciones Incurre en Algunas Generalizaciones.
       Mi problema es idéntico a mi lenguaje. O sea, si no tuviera este lenguaje, no tendría este problema. Si no tuviera este problema, no tendría este lenguaje. No necesitaría vuestra ayuda.
       Por pertenecer a la categoría de personas que solo tienen acceso a este lenguaje, debo suplicar vuestra ayuda y comprensión. Pero es posible que este mismo lenguaje no sirva para inspirar comprensión… por lo menos, no para inspirársela a alguien que yo pueda respetar.
       Deberíais ser sinceros conmigo. ¿Mi manera de escribir me ha privado de todo derecho a vuestra comprensión? ¿Me habéis descalificado por considerarme una persona fría? ¿Una persona desprovista de espontaneidad? ¿Demasiado poco específica? ¿Incorpórea? Pero tengo cuerpo, os lo aseguro. Si no os digo más acerca de mi propia persona y del tipo de cuerpo que tengo, es solo porque sé que el problema no es solo mío.
       Procuro no perder la serenidad. Procuro no caer en la histeria.
       Esta trama, este fragmento de lenguaje, ¿a quién pertenece? A mí, es verdad. Pero reniego de él. Soy más que mi voz. Si he escrito acerca de mi dilema con este enfoque arbitrario de los detalles y esta falta de concreción, ocultándome detrás de una voz rígida, un poco anticuada, es porque me embargan la turbación, la timidez… y el miedo. Porque no soy libre. Porque soy lo que soy. Porque soy miembro. Pero incluso siendo lo que soy, puedo querer ser diferente. Imagino que esto lo admitiréis.
       Quizá mi profesión también ha contribuido a deformar mi lenguaje. Trabajo entre dos (o más) lenguas. Pero esto parece justo, de alguna manera, porque mi problema reside entre dos (o más) problemas. Si la estructura sintáctica y la dicción que afloran de manera natural en la redacción de este texto no descansan totalmente en un idioma —mi propio idioma bello, rico, natal, que ofrece infinidad de palabras y ritmos que no he utilizado— y contienen en cambio ecos de otros idiomas, es correcto que así sea, porque mi problema contiene ecos de otros problemas.
       El lenguaje en que os narro todo esto es un lenguaje que flota unos centímetros por encima del suelo. Así como mi problema (el que os he relatado) es un problema situado unos centímetros por encima del suelo. Es posible que el lenguaje sea pobre. No me esforzaré por defenderlo. Pero el problema es real, aunque se trate de una historia conocida. Una Antigua Queja. Nostalgia de Hereje. Disculpa de Disidente. Congoja de Apóstata.
       Puesto que sé que mi dilema quizá es despreciable, imaginad cómo me siento. Imaginad cómo influye esto sobre mi estilo: cómo deforma mi lenguaje e inhibe mi voz. Por favor, no os apresuréis demasiado a juzgarme.
       Si empezara de nuevo desde el principio, ¿me entenderíais mejor? No os riais.
       He oído decir que hay miembros de la organización que nunca abren su correspondencia. Están demasiado atareados hablando o leyendo. O suspirando. O haciendo aspavientos. O criando hijos con la esperanza de que sean futuros miembros. O perfeccionándose y mejorando el mundo. O acariciándose la barba. O huyendo de sus posibles asesinos. O quedándose y dejándose matar. O escribiendo libros. O ganando dinero. O mirando irónicamente en torno a ellos con ojos expresivos, melancólicos, de párpados pesados. Ninguna de estas es una solución. Yo también puedo hacer esas cosas.
       ¡Habladme! ¡Contestadme!
       Esperaré vuestras respuestas.




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