Stig Dagerman
(Älvkarleby, Suecia, 1923 - Enebyberg, Suecia, 1954)


Los implacables
(“De obarmhärtiga”)
Nattens lekar. Noveller.
(Stockholm: Norstedts, 1947, 312 págs.)



      Qué buena pareja hacen, qué contrariedad tan excepcional y oportuna que esos dos, precisamente esos dos, acabaran contrayendo matrimonio, con las mismas dotes para protagonizar sensacionales entradas y, según se cuenta, discretas retiradas. La verdad es que a ella no la he visto antes, pero bien me la han pintado tanto Ingrid y Astrid como Pelle y los Källman, en fin, todo el mundo en realidad. Alguien ha dicho que le sientan bien el rosa añejo y el afecto hacia niños y perros, y que está a la espera de una herencia de un tío suyo, arruinado, de Västergötland, o que ya la ha recibido o que es de otro tío, acaso de Blekinge. Además tiene un hermano que regenta una fábrica de soldaditos de plomo. Siempre me la imagino majestuosa, yendo y viniendo en su apartamento del norte de la ciudad, llevando un bebé sonrosado en un brazo y un lindo perrillo faldero en el otro, y se la ve razonablemente guapa, vestida de rosa añejo, a la espera de que le llegue la herencia para poder tumbarse en el diván mientras los soldaditos, que también están a la espera, van y vienen abnegados por el suelo. Alguien más ha añadido que da gusto verlos pasear del brazo por la calle, porque van marcando el mismo paso y caminan sacando pecho como dos acorazados, y todos los que les ven dicen que al andar resultan sencillamente imbatibles; de tener que hacerlo, podrían arrasar solos toda una acera.
       Mientras esperábamos a verles reventar la puerta del restaurante y dar un revolcón al jefe de sala, Georg y yo tomábamos unos combinados, presa ambos de gran curiosidad por no haber visto a Rickard desde antes de la boda, yo por haber estado en el extranjero y Georg por haber tenido paperas, a la vejez viruela, en el momento preciso de su celebración. Mirábamos el fondo de las copas y hablábamos de Rickard entre trago y trago, eso sí, después de habernos cerciorado con implorantes miradas de reojo de la discreción de las dos sillas vacías que están a la espera. Sin embargo no habría sido necesario, puesto que nada más empezar nos dimos cuenta, para sorpresa nuestra, de que en realidad no teníamos sino cosas apreciables que decir de Rickard, un bromista de marca mucho mayor de lo que ninguno de nosotros había imaginado, y ya a la segunda copa los dos nos sentimos en parte conmovidos por el hecho de haber conocido a una personalidad así.
       Entonces es cuando Georg nos delata, sentado frente a mí y parpadeando tras un tenue velo azul de humo de tabaco.
       —Sí, Rickard era un buen muchacho —dice con desenfado, y blande el brazo para indicar un ángel—, un gran muchacho.
       —Era —digo yo, y ahuyento de un soplido el velo de humo y luego nos miramos risueños—, nos reímos de que ambos estemos pensando lo mismo, nos reímos de haber trazado una necrología de Rickard, de nuestro antipático amigo Rickard. Reímos leves y dulces risas y brindamos quedamente en su memoria, y mientras bebemos nos complacemos del grato ambiente de música amortiguada, de pasos amortiguados sobre mullidas alfombras, del amortiguado tintineo de rebosantes copas, de conversaciones delicadamente amortiguadas, del más grato de los ambientes en memoria de Rickard.
       —Le deseo de veras que sea feliz con ella —digo luego, pero Georg resopla y ahuyenta el velo de humo de mi Domino y sonríe irónico—. De repente, mientras apago el cigarrillo, me pongo a reír, en realidad de forma bastante destemplada para lo que se estila en el restaurante, pero me parece tan inusualmente desternillante, una coincidencia tan diabólicamente irrisoria, que mientras yo brindaba a Rickard mi más sincero deseo de que fuera feliz con Maud, creo que así se llama, nosotros dos estuviéramos pensando en clave completamente distinta, al mismo tiempo y con formulaciones casi idénticas: deseo fervientemente que tenga una esposa que tenga la llave del portal a su cargo.
       —¿Pensabas tú también en la llave del portal? —le pregunto, y bebo.
       —No —responde Georg, y sonríe maliciosamente y bebe—, estoy pensando en la llave de la puerta. Se han comprado un chalet en las afueras de la ciudad, ¿acaso no lo sabías?
       Pero yo había pasado mucho tiempo fuera y no me había enterado de tanto, aunque pienso que si Rickard y Maud se hubieran quedado a vivir en la ciudad, Rickard pertenece decididamente al grupo de amigos a quienes se les desea un matrimonio con una esposa severa, a quien le guste acostarse temprano, contar con una permanente convivencia a solas y tener el poder y la autoridad de llevar a cabo todas sus decisiones. Además puede afirmarse que Rickard pertenece a esa clase de amigos a quienes se les desea, en el mayor secreto y, lógicamente, con toda la discreción imaginable del alma, una muerte temprana, hermosa, que no se haga mucho de rogar, para poder testimoniarle todo el cálido aprecio que, por desgracia, tendría que negarle mientras aún viviera entre nosotros y nos torturase con su amistad. No vale la pena negar que Rickard ha sido, en efecto, un amigo leal y, sin embargo, un mal amigo, un amigo implacable que ha gobernado todo su círculo de amistades a merced de su implacable autoridad, que nos ha manejado con absoluta improbidad, que ha decidido cuándo debíamos vernos, qué hacer cuando nos veíamos, y escogido las diversiones que con mayor frecuencia habíamos preferido evitar. A menudo habíamos reparado en sus manejos para indisponernos entre nosotros, aprovechándose de nuestras ocasionales antipatías, sacando ventaja de nuestras invariables debilidades, aunque hay que reconocer que nosotros nos dejábamos utilizar de buen grado, nos dejábamos soliviantar unos contra otros porque siempre resultaban tan hermosas las reconciliaciones como tomar la comunión una vez a la semana. Tuvo que haber sido emocionante seguirle el juego a Rickard, un día de sibilino intrigante, otro día de noble conciliador, que tiende puentes entre todos los abismos de los celos para arriba. Divide et impera y ¡viva Rickard! No, ciertamente, Rickard no ha sido un buen amigo.
       —Eso abre las más amplias perspectivas —digo, y quiero ser brutal, ya que en ningún caso nos da tiempo a tomar otra copa antes de que lleguen Rickard y Maud.
       —¿Qué cosa? —pregunta Georg, y noto que él también quiere ser brutal durante los cinco minutos que restan de espera—, ¿la sempiterna bomba atómica, la querida vieja bomba atómica, la rusa o la americana, o la gemela siamesa?
       —No, algo mejor —le digo—: personalmente no creo que haya nada que abra perspectivas tan amplias, terribles y aciagas como la amistad.
       Entonces Georg me pregunta si me refiero a la amistad mercenaria y le parece que yo no debo despreciar ese fenómeno específico, ya que él quiere indicar que no se puede decir lo que no se puede decir con dinero, pero yo no me refiero a la amistad mercenaria. Pienso en la amistad honesta, común y corriente, entre personas relacionadas al azar.
       —Hay ciertamente algo que siempre me ha chocado —le digo—, algo que me ha asombrado más que nada, y se trata del fenómeno de los amigos de los implacables. Cada día, a lo largo de toda nuestra vida, nos topamos al menos con una figura antipática, una persona de la que pueda decirse objetiva y subjetivamente que es un implacable, un ser ruin y malvado. A quien le interese la aritmética podría recrearse calculando la cantidad de encuentros antipáticos que se dan en la vida de un hombre, puedes estar seguro de que resultaría una cifra muy elevada.
       —Luego me gustaría saber —prosigo— cuántos solitarios, cuántos indefensos hay por ejemplo en este país. Y una vez sabido, quisiera saber negro sobre blanco cuántos de ellos pertenecen en realidad al grupo de los implacables. Cierto es que en este momento no obro con ningún dato en mi poder, pero por lo que he podido averiguar, de forma puramente empírica a lo largo de una existencia de treinta años, la vida no está hecha en modo alguno para que sean los solitarios quienes en realidad merezcan la soledad, sino lo contrario en la mayoría de los casos. Lo que pasa es que existe, lógicamente, una cantidad de personas condescendientes, generosas y compasivas que son amigas de los implacables, que asimismo soportan su implacabilidad y con ello incrementan la del mundo, que los defienden contra los ataques de los rivales y que a voluntad se dejan aterrorizar por motivos de amistad, a voluntad permiten que sus nociones de decoro se subordinen a las de los implacables, quienes en ningún momento bajan la guardia. Eso es precisamente lo que nunca ha dejado de sorprenderme, justamente el fenómeno que me ha convencido, más que ningún otro, de la inmensa inmoralidad del mundo. En cuanto a Rickard…
       —Si vamos a empezar a hablar de la inmoralidad como condición de vida ética —interrumpe Georg en tono de tímida reconvención mientras pide otra copa—, no cabe duda de que deberíamos contar con la eternidad por delante de nosotros. Luego, en lo tocante a Rickard…
       Es entonces cuando Rickard hace su entrada. De súbito nos llega una voz familiar desde la entrada acristalada y Rickard ocupa la puerta. Luego la ocupa su esposa. La mujer de Rickard lleva de la correa un enorme can negro.
       —¡Vaya, vaya! —exclama Rickard en tono triunfal—, ¡ahí están esperándonos los viejos compinches!
       En el restaurante se hace un silencio sepulcral al tiempo que se pone en marcha una búsqueda generalizada en pos de viejos compinches. A Georg y a mí nos descubren en el acto por razón de nuestro engorro y abrigamos la sospecha de que la condición de viejos compinches nos aplasta la cabeza. Alguien ríe a hurtadillas, pero a medida que Rickard, Maud y el perro van pasando entre las mesas cesa el embarazoso silencio de forma tan repentina como había empezado.
       —Como de costumbre da la impresión de que está dispuesto a pagar cien coronas por una revolución —le cuchicheo a Georg al oído.
       —Ciento cincuenta —replica Georg.
       Mientras se van acercando fijamos la vista especialmente en ella, no es tan alta ni fornida como nos habíamos imaginado, sobre todo parece simpática, pero da la impresión de haberse maquillado en el coche y acabado de vestirse en la escalera, magnífica sin embargo su forma de andar. Pasa entre las mesas a velocidad punta y tira del perro de modo que más bien parece una prolongación de su vestido. Eso lo tiene ensayado, pienso. Cuando llegan a nuestra altura el horrible perrazo corre raudo bajo la mesa y se echa sobre mis pies.
       —Mi mujer —dice Rickard, y la adelanta como si fuera un ariete—. Tiene fría la mano derecha, por lo menos al saludar, y nos mira con un aire de reticente estima a la vez que demoledor. “No tratéis de engañarme, chicos, ya sé que pensáis arrebatarme a Rickard”. Sin duda ignora la clase de amigo que ha sido Rickard.
       —Rickard acaba de tener un altercado en el ropero a causa del perro —dice mientras se sienta y se desabrocha la chaqueta—, han sido unos insolentes alegando que no se podía entrar con perro, pero Rickard les ha puesto en su sitio, ¿no es cierto, Rickard? ¿Habéis oído algo tan descarado en vuestra vida?
       Quiere poner a prueba nuestra lealtad, y Georg y yo nos congratulamos de tener pronto la ocasión de mostrarle nuestra deslealtad. Así que guardamos silencio, pero pienso en lo raro que ha sido no haber oído el altercado desde aquí y que el perro a fin de cuentas, algo menos raro, pudiera acompañarles. Pero tanto Rickard como Maud simulan creer que no hacemos ningún comentario porque estamos atentos a la música. Tocan una especie de vals y los dos se sonríen con el candor de los recién casados. Entonces Rickard dice:
       —Es el perro de mi esposa. Lo ha heredado de una tía suya de Västerås. Es un buen perro.
       La herencia, pensamos Georg y yo, y nos hubiéramos cruzado un guiño de no haber tanta luz. Luego llega el momento espantoso en que Rickard va a hacer el pedido. Es una escena que ha quedado grabada para siempre en la memoria de los amigos de Rickard para que nunca en la vida podamos volver a sentarnos a la mesa de un restaurante sin recordar los peores momentos de nuestra vida, atroces momentos en compañía de Rickard, horribles segundos en que Rickard, con ojos parpadeantes y testuz de alimaña, al acecho de sangre, avizora en derredor del local en busca del camarero. Luego se hincha de aire como quien va a bucear y mientras nosotros nos llevamos las manos a los oídos, en sentido figurado, él emite un feroz alarido de guerra con efecto fulminante. Un jefe de sala viene a toda prisa, pálido aunque contenido, y, horrorizado ante el panorama de otro grito semejante, muestra su más complaciente jeta mientras nosotros, los amigos de Rickard, procuramos pedirle perdón a cuenta de Rickard con nuestro embarazoso silencio y nuestras sumisas sonrisas. La propia escena de la comanda no deja de ser un capítulo menos lamentable. Tras una rápida ojeada a la carta, Rickard decide enseguida lo que vamos a cenar y se lo comunica al jefe de sala en tono arrogante, ostentoso, que proviene, según asegura Georg, de las primeras impresiones perdurables de la infancia que Rickard adquirió en los peores momentos del estraperlo tras la Primera Guerra Mundial.
       —El caballero —dice, y me señala a mí—, va a tomar anguila, cerveza Pilsen y aguardiente OP.
       A Georg, al viejo vegetariano, le asigna un jugoso bistec, pero ni a mí, con mi delicado estómago, ni tampoco a él se nos ocurre protestar, eso sería como arremeter contra un molino de viento. Nos consolamos pensando en que a fin de cuentas se trata de una cena luctuosa en honor de un mal amigo y que nos vamos a divertir más cuando haya pasado esta enojosa escena.
       Entonces es cuando se me ocurre mirar a Maud y una vez que he empezado a mirarla me resulta imposible apartar la mirada de su rostro, porque lo que veo es tan inmoral, tan terriblemente indecoroso, que no recuerdo haber visto antes nada semejante. Lógicamente todo depende de que yo esté especialmente predispuesto a descubrir toda la inmoralidad de su conducta, es evidente que un observador corriente diría: ¡Oh, qué maravillosa lealtad, cómo no va a ser feliz este matrimonio! Mientras nosotros, que aun así siempre hemos sido amigos de Rickard, hemos testimoniado de continuo su antipática conducta con gestos de desaprobación, Maud desprende una auténtica admiración hacia sus groseras maneras; durante toda la escena de la comanda sus bellos ojos brillan de un afecto incurable, se puede adivinar lo que piensa, así es como hay que tratar al servicio, y se siente feliz de estar en posesión de un hombre que conoce al dedillo todas las artes relativas al arte de vivir.
       Luego, mientras esperamos fumando y elogiamos la música en virtud de su calidad, aunque de hecho sea su ruido lo que imposibilita la larga charla que más nos agradaría, estoy pensando en que muchos de los que la han conocido antes, especialmente los Källman, han elogiado sobre todo la buena educación de Maud, y si bien es cierto que tiene un hermano que fabrica soldaditos de plomo, no es menos cierto que ella está en posesión de un consumado tacto y que a Rickard le va a venir bien el trato diario con ella. Por cuestión de principios, pienso, Maud tiene pues que desaprobar esos modales groseros en la conducta de Rickard, vejadores y de mal gusto, pero porque le gusta, por una razón u otra, ella también acepta su brutalidad, su inclemencia y, lo que es peor, lo que es más inmoral: por lealtad, por amor, deja que su admiración por la persona de Rickard también incluya sus lamentables atributos, toma partido por el Rickard que ofende y no por el ofendido, permite que toda su anterior noción de justicia y decoro se vaya a freír espárragos, toda su concepción ética tiene que resultar sesgada y asimétrica. De ese modo, pienso, las esposas de los hombres repugnantes abren probablemente perspectivas de maldad humana más terribles aún que sus amigos.
       Entonces deja de sonar la música, pero qué más da, porque en ese mismo instante llegan la comida y la bebida. Bebemos con frecuencia y brindamos por el matrimonio recién constituido, y Georg y yo también tenemos presente la llave de la puerta en nuestros brindis. Rickard y esposa se ponen dicharacheros, sueltan amarras y nos cuentan los pormenores de su boda, un magnífico bizcocho con niños que llevan las arras, corona nupcial de oro y diamantes, repique de campanas, granos de arroz y landós, bollería, los semanarios Husmodern y Vecko-Journalen, siete tipos de vino, cien invitados entre diversas autoridades locales, párrocos y concejales, y mil doscientos telegramas si no fueron doscientos. Rickard y esposa difieren de la cifra entre arrumacos. Georg y yo nos acordamos del entierro casi a la hora del cierre, y Georg, que con su consumado cinismo tiene más facilidad que yo para ser cortés, pronuncia el discurso conmemorativo en honor de Rickard.
       Empieza evocando la amistad, larga y leal, que nos ha unido y lamenta que esa amistad, por lo que le toca a Rickard, vaya a pasar ahora de caso crónico, por así decirlo, a fase de urgencia, una fase en la que los viejos amigos se ven cada vez con menor frecuencia para dejar de verse poco a poco. Pero cuando a cambio surgen los recuerdos, dice Georg, la vieja amistad se vive entonces en un plano íntimo, por así decirlo, y ¿quién quiere afirmar que esa forma de amistad sea en realidad peor, menos sólida, menos importante que la vieja?
       Ninguno de nosotros quiere afirmarlo y Rickard se siente conmovido y estrecha incesantemente nuestras manos, también la esposa se siente conmovida y dice a Rickard que puede estar orgulloso de tener amigos así. Sí, todo acaba de maravilla, incluso llego a sentir aprecio por el perro negro cuando nos vamos retirando entre mesas vacías, me agacho, aun sintiendo temblor en las rodillas, y lo acaricio, y entonces la señora dice que nunca serán demasiados los amigos de los perros en este país. Pero cuando Georg y yo nos quedamos solos en el vestíbulo esperando a la pareja, Georg se aparta el cigarrillo de la comisura de los labios y susurra:
       —Oye, éste ha sido el mejor entierro desde hacía tiempo.
       Poco después salimos a la calle y nos quedamos mirando los coches, los tranvías, el asfalto que brilla bajo la lluvia y todas las fachadas inyectadas en neón de la calle de St. Eriksgatan. Georg se despide de nosotros y luego Rickard, dicharachero, dice que Georg es un buen muchacho aunque suela ponerse muy raro cuando bebe. Cree que es homosexual cuando está ebrio y que estando sobrio es demasiado tímido para vivir su homosexualidad, pero cree, por lo que le toca, que Georg es un tipo completamente normal y que sólo esa ilusoria sensación de fuerza que siente el ebrio es lo que le hace creer que dilapide algo cuando está sobrio y sin fuerzas. Es un análisis lógicamente muy correcto que no se presta a broma alguna, aunque Rickard y su señora se tronchen de risa.
       Luego Rickard quiere tomar un taxi hasta la Estación del Este y dejarme a mí a la altura de la calle de Sveavägen, pero entonces la señora replica que lo mismo da ir en tranvía y Rickard, obediente, le sigue la corriente. Me parece que fue Pelle quien dijo que Maud era tacaña, y lógicamente se ha vuelto aún más tacaña desde que sólo heredó un perro, y Rickard, que antes era generoso, también se ha vuelto tacaño. La clave de un matrimonio bien avenido parece consistir en que las partes asuman las peores cualidades de cada cual.
       En el tranvía ocurre un percance muy dramático. Nos subimos a la plataforma posterior del último vagón y el tranvía arranca tan de repente que a Rickard no le da tiempo a subir al perro consigo. La parada está llena de gente y cuando el perro trata de saltar al estribo derriba como bolos a los que esperan más cerca de las vías y muchos profieren sonoros improperios contra Rickard y el perro. No obstante, el tranvía incrementa la velocidad y le grito a Rickard que suelte la correa para que el perro pueda darnos alcance en la parada de la explanada de St. Eriksplan, pero Rickard me grita que el maldito chucho debe aprender a saltar. Sólo somos nosotros tres los que estamos en la plataforma y no he visto al cobrador y entonces pregunto a Rickard si quiere que tire del cable para que el tranvía se detenga, pero Rickard me aúlla que el maldito can tiene que aprender a saltar. Se agacha en el estribo y grita al perro:
       —¡Salta, Björn, salta Björn, salta Björn!
       El tranvía sigue aumentando la velocidad y al final tengo la impresión de que el perro no puede seguirnos, empieza a quedarse lejos del tranvía. Entonces, desesperado, me vuelvo contra la amiga de niños y perros y le pregunto:
       —¿Es que no vamos a detener el tranvía?
       —El perro debe aprender a saltar —me responde, y mira a su marido, mira con admiración a su enérgico marido. La implacable mira admirada al implacable, pero ¿quién es el más implacable? Lógicamente yo mismo podría detener el tranvía si lo quisiera, pero por otra parte es su perro y no es mi tranvía.
       La señal de stop suena entonces de forma repentina y el tranvía se detiene en seco, en medio del puente de St. Erik. El cobrador debe de haber observado el incidente desde el vagón delantero. Rickard se tambalea con la brusca sacudida del frenazo, cae y da varios vuelcos en el asfalto. Pero no se hace ningún daño, se incorpora rápidamente y viene hacia nosotros a pasos resueltos y con el perro a su zaga. Cuando se dispone de nuevo a subir se nos acerca a toda prisa el cobrador y dice que Rickard está demasiado borracho para abordar el tranvía. Entonces reparo en el gran parecido que guardan Rickard y el perro cuando se quedan ahí parados, mirándonos a nosotros con bobalicones ojos vacuos. Pero ahí no queda la cosa: en el mismo instante en que el cobrador va a dar la señal de arranque, Maud le da un leve empujón y se apea en el puente.
       —Yo voy con mi marido —anuncia mayestática y propina al cobrador una mirada rebosante de escarnio y altanería.
       Mientras el tranvía se pone en marcha los veo parados en medio del puente, esperando a que yo salte del tranvía y refuerce el efecto espectacular del plante de Maud. Pero me quedo en el tranvía y les despido con una mano más que fría. “Buenas noches, buenas noches”. Pero ellos no se despiden de mí. Luego veo cómo toma Rickard a su mujer del brazo y los tres suben a la acera, los dos buques acorazados y el pequeño crucero a su estela. La flotilla del consumado matrimonio avanza incontenible por el puente de St. Erik. ¿Una acera? No, qué va, podrían arrasar toda una barriada. Llegado el caso.




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