Stig Dagerman
(Älvkarleby, Suecia, 1923 - Enebyberg, Suecia, 1954)


Aguanieve
(“Snöblandat regn”)
Nattens lekar. Noveller.
(Stockholm: Norstedts, 1947, 312 págs.)



      No, una tarde así jamás volvería a repetirse. No podría hacerlo por la sencilla razón de que sólo una vez en la vida tiene uno nueve años, deshoja zanahorias con su cuchillo nuevo de Mora, contempla un aguanieve a mediados de octubre y tiene una tía, una tía de madre mejor dicho, que llega de América a las siete y media. Así que estamos en el cobertizo de la cuadra deshojando hermosas zanahorias terrosas. Si uno lo desea, puede imaginarse fácilmente la mar de cosas, por ejemplo, que no son zanahorias las que pierden sus hojas sino algo completamente distinto, compañeros de clase que no nos gustan o alimañas. Casi nunca hablamos, sólo deshojamos, las hojas verdes caen a nuestros pies y las zanahorias despojadas desaparecen en la canasta describiendo un amplio arco.
       Qué bien huelen las zanahorias recién cosechadas. Las hojas están empapadas y uno se limpia con ellas cuando se ensucia demasiado. Es lo que hace Alvar con Sigrid cuando ella se descuida, se encarama al balde puesto boca abajo, la coge del cuello y le restriega la cara con hojas húmedas hasta que ella se pone a gritar o reír. Pero el abuelo se enfurruña y se dirige a madre, que está sentada a mi lado en la banqueta que usa Alvar cuando calza los caballos:
       —¡Vigila al hermano pequeño, no vaya a ser que nos dé un disgusto con la criada!
       A Sigrid se le suben los colores a la cara y madre no responde. Rara es la vez que responde a los dichos del abuelo. Tal vez por ser tan viejo. Soy yo quien le responde. Si me echa la bronca, madre me consuela. Alvar vuelve a sentarse en el balde.
       —Siga usted ahí, en la segadora, y ocúpese de sus asuntos, que yo me ocupo de los míos —dice Alvar al abuelo.
       Entonces apenas me atrevo a mirarlo, porque a veces el abuelo se acalora tanto que la cara se le pone roja y vuelca su silla y las de los demás, y descuelga su camisa azul del perchero y la arroja al suelo y la pisotea. En cualquier caso me atrevo a mirar un poco. Pero no hay nada especial que ver. Excepto que el abuelo sigue sentado en la segadora. Usted tendrá que sentarse en un cubo como los demás, le dijo Alvar cuando fuimos a pelar las zanahorias, pero entonces el abuelo dijo que si no podía sentarse en la segadora tendríamos que seguir sin él. Conque madre y Alvar le ayudaron a subirse a la segadora. Sigrid se rió tanto que tuvo que entrar en la cuadra y cerrar la puerta a su espalda. Madre se enfadó, no le gusta que Sigrid se ría del abuelo, y se dirigió a él echándole en cara que tuviera que ir por ahí con sus malditas manías, siendo el sempiterno hazmerreír de la gente. Pero entonces el abuelo replicó que, si no podía sentarse en la segadora, la faena no le interesaba y sanseacabó.
       Y ahí sigue. Alvar le ha llenado la pala de zanahorias y le ha puesto un balde abajo, donde pueda echar las zanahorias peladas. Pero el abuelo casi nunca atina. Casi siempre caen fuera. Es lo que le pasa cuando come. Entonces siempre hay que oír a madre decir: No podría usted dejar de echarse la comida encima, capaz que tenga que comprarle un babero como a una criatura de teta. En esas ocasiones resulta difícil contener la risa, pero si uno ríe tiene que levantarse de la mesa. Conque no resulta sencillo. Lo peor es cuando tenemos cuajada, porque la cuajada se le pega a la barba y quitársela resulta prácticamente imposible. Como si fuera cemento, dice madre.
       Pero entonces el abuelo ríe y le replica a madre que ella debiera agradecerle al menos que tuviera un padre. No todos los hijos lo tienen, dice, y me señala a mí haciendo una mueca. Entonces madre da un respingo y vuelca la silla y corre a su alcoba y echa el pestillo y en esas ocasiones resulta imposible hacer nada por ella.
       Da gusto sentarse bajo el cobertizo de la cuadra. Crecen y crecen los montones de hojas. La lluvia repica contra la techumbre de aglomerado y Sigrid dice que resulta muy acogedor. Sí, debería tener una casa para mí sola, dice madre, entonces sí que sería acogedora. El gato corretea en lo alto del henil. De repente se lanza hacia abajo, se mete entre la paja bajo la segadora y se tumba. Una vez maté un minino. No creo que le hiciese daño porque fue muy rápido. En la cuadra los caballos mordisquean el pesebre.
       —Tú, Alvar, ve a apaciguar los caballos, ahora están hambrientos —dice el abuelo.
       —Ah, esas bestias —dice Alvar—, se han pasado toda la semana en la cuadra. Además son sus caballos, así que vaya usted y póngales forraje.
       Entonces Sigrid mira al abuelo con la boca abierta, por ver si se acalora y empieza a gritar de nuevo. También lo mira madre. Pero esta vez no hay ningún peligro. El abuelo sigue deshojando zanahorias en la segadora. Ya hace rato que Alvar ha dejado de deshojar y yo hago lo propio y me pongo a mirar lo que hace. Y tampoco deshoja Sigrid, sino que se queda mirando a Alvar. Pero madre sigue deshojando, el cuchillo va y viene como un rayo del montón de zanahorias que tiene en el regazo. Tiene que estar muy enfadada, así es cuando mejor trabaja, y no dice una palabra. Madre está casi siempre enfadada y pendiente de todos nosotros a la vez. Si no existiéramos, dice, no iba a estar pencando en la granja, sino que entonces tendría un buen empleo en cualquier comercio de la ciudad. Por el día siempre se enfada conmigo, pero por la noche, cuando cree que duermo, suele tenderse a mi lado y me enreda los cabellos entre sus dedos. Tengo miedo a que me salgan rizos.
       Alvar tiene una zanahoria en la mano. Bien hermosa es, la ha deshojado y la ha limpiado de tierra. Ahora graba algo en ella con la punta del cuchillo y se lo enseña a Sigrid, que empieza a reír. Quiero ir a verlo pero madre me tira de los pantalones y dice que no me meta en lo que ésos se traen entre manos. Pero Alvar me lo cuenta de todas maneras porque Alvar se porta bien conmigo, Sigrid sólo me pellizca y me hace rabiar. Incluso puedo ver la zanahoria. Ha grabado su nombre y el de Sigrid y también la fecha. ALVAR BERG SIGRID JANSSON 18/10 1937. Le pido que también grabe mi nombre y coge la zanahoria y lo hace. ARNE BERG, pone. Y luego la echa a la canasta. Pero me parece que a Sigrid no le gusta que mi nombre figure en la zanahoria, porque me mira con disgusto. Pero Alvar le hace cosquillas con las hojas bajo barbilla.
       —Imagínate —dice Alvar—, que bajamos a la bodega después de que hayan pasado todo el otoño y el invierno y vamos a recoger zanahorias para las bestias y entonces nos encontramos con ésta y salimos a la nieve y nos la comemos.
       Pues no, nada de eso, no tendría mucha gracia que mi nombre apareciera grabado en la zanahoria. Pero mi nombre aparece grabado en muchos otros sitios: en el establo, en los heniles, en la cuadra y aquí, en el cobertizo. Por cierto, en las paredes del cobertizo están grabados los nombres de todos. También los del abuelo y la abuela, pero su inscripción es tan vieja que apenas puede deletrearse. Gustav y Augusta Berg 10/8 1897. Madre aparece por primera vez en 1914 y Alvar en 1918. Y luego yo, en 1933 por vez primera, y Sigrid en 1936. También ponía Palestina en una viga de la cuadra. Fue el año pasado, poco antes de que muriera la abuela. Un vagabundo había pernoctado en la cuadra pero se había marchado antes de que nadie despertara. La abuela salió a recoger los huevos, como solía hacer todas las mañanas, mientras nosotros tomábamos el café. Y de pronto llega precipitadamente, con el corazón en un puño, y grita: ¿Podéis imaginar quién ha dormido esta noche bajo el techo de la cuadra? Pues bien, Jesús, Nuestro Señor Jesucristo. Pero aquella noche llegó otro vagabundo y yo estuve con él en la cuadra y le mostré dónde estaban las mantas de los caballos para que no tuviera que pasar frío. Quiso darme la mano en gesto de agradecimiento, pero yo tenía tanto miedo de que tuviera piojos que me aparté de él. Entonces pudo ver Palestina en la viga y dijo: Por todos los demonios, si esa loca de Palestina ha pasado aquí la noche, vete tú a saber si las mantas no estarán plagadas de piojos. De modo que no fue Jesús en ningún caso, sino uno de tantos vagabundos. Y para colmo tenía piojos. Y cuando por la noche le contamos la verdad, la abuela se puso a llorar y a decir que yo era demasiado pequeño para entender nada. Pero madre me defendió y dijo que no era eso, que si un vagabundo llegaba y decía llamarse Palestina o Jerusalén o Tierra Santa, no tenía por qué ser necesariamente Cristo ni el apóstol San Pablo.
       Mis zanahorias ya están casi deshojadas, así que me lo tomo con calma. También las de madre, y también las de Alvar y Sigrid. Sólo al abuelo le quedan muchas. Madre está junto a la segadora y quiere echarle una mano, pero entonces el abuelo se enfurece de verdad y le dice que deje en paz sus zanahorias. Él mismo las va a deshojar y punto.
       —Va a seguir usted deshojando zanahorias ahora que viene su hermana —dice madre—, y se hace con un manojo de modo que el abuelo le suelta una cuchillada. Madre lleva una de las camisas de Alvar y le hace un siete en la manga. Ella se pone en pie y mira al abuelo como si se tratara de un loco.
       —Ándese con cuidado, padre —dice—, no vaya a cometer una locura de la que tenga que arrepentirse hasta el día que se muera.
       El abuelo se calma un rato. Reina un gran silencio. Sólo la lluvia repica en la techumbre y los cuchillos cortan hojas. Al final no puedo contenerme más.
       —Alvar —digo—, cuenta cómo es el Atlántico.
       —En el Atlántico —dice Alvar pensativo—, en el Atlántico las olas son tan grandes como casas.
       —Qué tipo de casas —pregunto—. Estas rojas que tenemos nosotros o las amarillas como la villa del maestro.
       Porque pienso que cuando las olas son tan grandes como casas, también tienen que parecerlo. Todo el Atlántico es una sola aldea con olas como casas de una y dos plantas. Y la tía de madre viene cabalgando sobre sus olas. Bueno, en realidad ya no cabalga más, porque recibimos carta el primer día que desembarcó y durante los cuatro días siguientes el abuelo salió al zaguán, diez veces a la hora por lo menos, y miró al camino para ver si ella llegaba, pero tía Maja no acababa de llegar. Pero un día llegó otra carta y en ella decía que debíamos esperarla para dentro de una semana. Su cuñado la traería en coche. Y madre leyó la carta en voz alta después de la comida, cuando el abuelo se metió en su cuarto para tumbarse un rato, y cuando terminó de leerla se enfadó tanto que la rompió en pedazos y gritó que claro, que siendo nosotros los parientes más pobres teníamos que esperar al final. Pero maldita la mano que ella iba a echar en asear y arreglar la casa para recibir a esa arpía.
       Así que nada se ha hecho para que la casa quede aseada a la llegada de tía Maja. Y aun así es de lo único que hemos hablado desde que recibimos la primera carta en primavera, en la cual decía que nos visitaría en otoño. Pensábamos que iba a ser una verdadera fiesta, la gente del pueblo se iba a quedar boquiabierta. Y todo se convierte en agua de borrajas. Tendría que tener valor para cortarme el dedo pulgar y echarlo entre las zanahorias para que en primavera, cuando Sigrid y Alvar lo encontraran, dijesen recuerdas cuándo Arne se cortó el dedo. Fue el mismo día que tía Maja llegó de América.
       —Dentro de tres horas llega su hermana —dice madre al abuelo, y parece enfadada— y ahí sigue usted, en la segadora, y parece que no le importe lo uno ni lo otro. A una le parece que cuando ustedes no se han visto desde hace veinte años lo menos que podía hacer era afeitarse.
       —Si no puedo sentarme en la segadora, acabáramos —dice el abuelo—. Lo uno y lo otro. Si uno tiene una hermana tan refinada que no puede visitar a su hermano en otra cosa que no sea en coche y no aguanta que su hermano se siente en la segadora, que le den por saco. Lo uno y lo otro.
       Sigrid se echa a reír y tiene que meterse de nuevo en la cuadra. El abuelo está tan indignado que se le cae el cuchillo y entonces coge madre todas las zanahorias y las deshoja en un suspiro. Yo meto mi cuchillo en la funda y salgo fuera. Miro el camino para ver si llega el coche pero todavía es muy pronto. Voy a la cerca y grabo mi nombre y la fecha en un puntal. Nunca olvidaré el día en que deshojamos zanahorias mientras llovía, la lluvia se convertía en aguanieve y la tía llegaba de América.
       Me siento en el escaño de la cocina a mirar el mapa del Atlántico, aunque no haya mucho que ver. No se distingue una sola ola. Cualquiera sabe si Alvar sólo miente. Lo que sí se oye es una gran bronca en el patio y cuando me pongo a mirar por la ventana veo venir a madre y a Alvar con el abuelo en medio. Él se resiste, pero de nada le sirve. Trasponen la verja y suben al zaguán, en el umbral de la puerta se resiste y patalea. También lo meten dentro de la cocina y allí lo sueltan.
       —Ahora va usted a bañarse —dice madre—, pero ya mismo.
       Alvar se queda junto a la puerta para que el abuelo no se escabulla. Madre llena el barreño con agua de la cisterna. Alvar va y le quita la camisa al abuelo. Debajo sólo lleva una camiseta de lana que sale con las mismas, la bronca le ha hecho sudar. El abuelo en cueros parece completamente amarillo y flaco. Se resiste, pero aun así lo meten en el barreño.
       —Arne, ven aquí —grita madre, y parece enfadada, va a ser mejor obedecerla—, enjabónale la espalda.
       Y hay que obedecer y hacerlo aunque no resulte grato, el abuelo no huele muy bien que digamos. Le enjabono la espalda hasta que la cubro de espuma. Madre la refriega luego con un paño. Alvar sólo ayuda a sujetarle. Sigrid está riendo en el escaño. Madre coge luego el jabón y le refriega el cuello, la cara y las orejas, y él resopla y se sorbe los mocos, pero no se libra. Al final Alvar le hunde la cabeza en el barreño y él empieza a toser como si se estuviera ahogando.
       —Venga, padre, ahora sólo tiene que afeitarse —dice Alvar, y le seca con una toalla.
       Madre viene con una camiseta limpia y se la mete por la cabeza. Alvar lo lleva a la mesa y lo sienta en una silla. Baja el espejo de la cómoda, saca la cuchilla de afeitar de un cajón y la repasa, coge un vaso de agua caliente y lo coloca en la mesa, le pone una toalla alrededor del cuello para proteger la camiseta nueva.
       —Y haga el favor de no escupir en el suelo mientras esté ella aquí —le dice madre, y espanta una polilla.
       Alvar enjabona al abuelo, coge la cuchilla y empieza a afeitarlo.
       —Estese quieto —grita—, si no lo hace va a tener que afeitarse usted mismo.
       El abuelo se mira finalmente en el espejo y debe de pensar que se ve lamentable, puesto que empieza a hacer pucheros.
       —No la he visto en veinte años —dice de golpe, y gesticula de forma que Alvar le hace un corte en la mejilla.
       —Le dije que se estuviera quieto —le grita.
       —Veinte años —prosigue el abuelo—. Entonces tenía yo cincuenta y tres y ella tenía treinta y tres. La abuela y yo la acompañamos a la estación. Le dimos un ramillete de lilas y una docena de huevos. Y llorar, lloramos los tres hasta que estuvo a punto de perder el tren.
       No puedo quedarme y seguir mirando al abuelo, así que salgo fuera, doy un paseo por la orilla del río, tiro piedras a las ranas, espanto a un pescador furtivo que tiene la barca en nuestro juncar. Es tanta la oscuridad que no le veo la cara y además vuelve la cabeza mientras rema. Al cabo de un rato me entran ganas de cortar, de modo que desenvaino el cuchillo y corro hasta el cobertizo de la cuadra. Cuando desatranco la puerta Sigrid está tendida de espaldas entre las hojas de las zanahorias y Alvar encima de ella, a horcajadas, y le muerde la mano. Alvar se incorpora de un salto y me insulta, así que vuelvo a atrancar la puerta y salgo corriendo.
       Pero no corro a casa. Siento algo tan raro que tengo que quedarme a solas con ello. Por eso corro hasta la fresquera del establo, donde solemos hacer la matanza, y me siento en la cantarera con la cabeza entre las manos. Me empeño en eludir la imagen de Alvar y Sigrid, pero presiento que para conseguirlo tengo que hacer algo muy arriesgado y atrevido, de modo que todo lo demás resulte insignificante. Entro furtivamente en el gallinero, espanto una gallina que está poniendo huevos y busco bajo la paja. El hijo del vecino me dio un cigarrillo y lo tengo allí escondido, junto a una caja de cerillas. Pero me pongo tan nervioso cuando voy a encenderlo que la cerilla, prendida, se me cae al suelo y empieza a arder un poco entre las granzas del gallinero. Vierto un cuenco de leche encima y apago el fuego, pero sigue oliendo a humo.
       Vuelvo al establo y me siento en la cantarera. Aquí estoy totalmente a oscuras, la poca luz que entra a través de las rendijas hace que la trilladora, con sus ruedas y correajes, parezca un desaforado monstruo fantasmal, amparado en la oscuridad de su escondrijo. La lluvia repica levemente contra el techo. Las vacas tascan dentro del establo, suenan casi como la lluvia. Entonces entra Sigrid con las cántaras de la leche y un candil. Cuando me ve deja las cántaras y el candil en el suelo y dirige sus pasos hacia mí. Y la luz que brota del suelo proyecta sobre su rostro sombras tan horrendas que me entra un miedo terrible y grito. Ella me atenaza el brazo y me pellizca, fuerte y mucho.
       —Si vas con el cuento a Tora o al abuelo, te voy a retorcer el pescuezo hasta que no puedas decir ni pío —dice, y entonces me suelta, recoge las cántaras y el candil y se adentra en el establo, donde las vacas apenas se incorporan, mugiendo ruidosas y haciendo chirriar sus cadenas como si fueran grilletes de reos.
       Cuando vuelvo a entrar en casa, el abuelo sigue en el sofá, totalmente ausente. Madre tuvo que ponerle por fin su mejor traje, la última vez que lo llevó fue el año pasado, en el entierro de la abuela, y su rostro parece tan pálido como si se hubiera desangrado del todo, entre las negras prendas de luto. En la mejilla luce un rasguño rojo, como una boca afilada, pero todo lo demás es blanco. También está cansado, no parece que se entere de lo que ocurre a nuestro alrededor. Me pregunto si acaso sabe que en este día, dentro de media hora o así, viene su única hermana, a la cual no ha visto en veinte años.
       Madre está peinándose frente al espejo de la cómoda. Se ha puesto su mejor vestido y ha buscado el reloj de pulsera, que está roto y que fue un regalo de padre, y se lo ha puesto. Voy y pongo la radio en medio del avance meteorológico del tiempo: Este de Svealand y costa sur de Norrland: lluvia diurna. Frío para la época del año. Aguanieve en el norte de la comarca.
       —¿Qué dicen, qué tiempo va a hacer? —dice el abuelo.
       —Aguanieve —respondo.
       Entra Alvar, agarra el calzador, se quita las botas entre jadeos, se pone las alpargatas. Miro el termómetro fuera de la ventana, el que compré al abuelo cuando cumplió setenta años. Él siempre había deseado tener un termómetro en la ventana, pero cuando lo tuvo veía tan mal que nunca pudo descifrarlo. Compraste uno con números demasiado pequeños, decía, una mierda de numeritos. La temperatura es de tres grados. Cada vez hace más viento, bufa en el seto de las lilas, la lluvia repica contra la ventana. Un candil viene flotando por el patio desde el establo. Es Sigrid de vuelta con las cántaras de leche. Tengo un buen moretón en el brazo. Bajo la persiana para no tener que pensar en ella.
       Todos seguimos a la espera mientras el reloj suena, todos excepto Sigrid. Ella está desnatando. Tuc-tuc, suena la desnatadora. Alvar suele ayudarla, pero hoy no. Está sentado a la mesa y me mira extrañado. Quizá quiera también pellizcarme.
       —¿Has oído qué tiempo va a hacer? —dice Alvar, y pone las manos, grandes como mazos, sobre la mesa.
       —Aguanieve —respondo por segunda vez.
       Y parece raro, muy raro. Nada parece habitual. Pero encaja muy bien en todo lo raro que está pasando: el abuelo sentado en lo alto de la segadora, madre y Alvar arrastrándolo por medio del patio, el pescador furtivo que huye de mí, Sigrid tumbada de espaldas entre las hojas de las zanahorias y Alvar encima de ella, Sigrid que me da un pellizco, el incendio que casi armo en el gallinero, el abuelo, mudo y pálido, en el sofá.
       Madre está sentada al lado de Alvar. Ella cruza las manos sobre la mesa al lado de las de él, se las mira y suspira. También suspira la desnatadora, tuc-tuc-tuc. De repente empieza a mirarme para ver si necesito lavarme. Frunce el ceño, qué madre tan guapa. Se inclina sobre la mesa.
       —¿Quién te ha pellizcado tan fuerte en el brazo? —dice.
       La desnatadora aminora la marcha. Alvar me clava la mirada. Me entra un miedo espantoso. A nada le temo tanto como a que me peguen. Desvío la mirada, miro hacia atrás, veo al abuelo sentado en el sofá, aún tan pálido, mirando al frente con ojos quietos, impasibles.
       —El abuelo —digo en voz baja, y miro a madre a los ojos.
       Madre se muerde el labio. Alvar tose. La desnatadora aumenta la velocidad, ahora canta sus suspiros. Miro al abuelo pero no noto nada. Seguro que no me ha oído. El tiempo pasa. El reloj vuelve a sonar. La desnatadora sigue suspirando y no oímos nada cuando llaman a la puerta.
       —¿No han llamado a la puerta? —pregunta madre.
       —Padre —añade—, ya está aquí. ¿Es que no va a salir a recibirla?
       Y todos nos quedamos mirando al abuelo, pero él no se mueve del sofá, sólo mira al frente, al vacío, tampoco a ninguno de nosotros nos da por ir y abrir la puerta. Entreabro la persiana y miro afuera. Un coche sale por la verja y se dirige hacia el pueblo. Después oímos pasos en el zaguán, pasos que se encaminan despacio hacia la puerta de la cocina. Llaman de nuevo a la puerta.
       —Padre —dice madre casi gimoteando—, ahora tiene que…
       Entonces se abre la puerta. La tía de América aparece en el umbral, una mujer desconocida con trazos de maquillaje muy marcados en la cara, ojos cansados y la boca cerrada, como si no le quedasen dientes.
       —Buenas tardes —dice ella en un dialecto raro, y parpadea ante la luz.
       La tía entra en la cocina. La desnatadora se detiene por pura sorpresa. Y ahora todos miramos al abuelo. Queremos verle correr y echarse al cuello de la mujer desconocida y decirle hermana mía, ninguno de nosotros la conoce por ser demasiado jóvenes. Pero el abuelo sigue sentado. De repente la tía de América lo ve, da un respingo como si algo le hubiera asustado y se planta delante de él con las manos abiertas, extendidas.
       —Gustav, ¿eres tú? —dice en voz baja, y ninguno de nosotros entiende que deba hacerle una pregunta tan obvia.
       Pero el abuelo no responde, no mueve una pestaña, como si aún no hubiera notado nada. Entonces la tía de América se arrodilla ante él, ¡cuidado al arrodillarse con sus finas prendas en el suelo! Rodea el cuello del abuelo con sus brazos y trata de arrimar su cabeza a la suya. Pero no puede.
       —Gustav —susurra—, soy yo. Yo, Maja. Seguro que te acuerdas de Maja.
       Entonces, sin apenas mirarla, dice el abuelo:
       —Apáñatelas como puedas. Mañana va a caer aguanieve.
       Entonces la tía de América suelta el cuello del abuelo, se levanta, saca un largo collar por encima del abrigo y lo toquetea desesperadamente mientras las lágrimas le recorren toda la cara. Se parece a una de esas muñecas de cuerda.
       Al final se da la vuelta y se dirige a la puerta:
       —Perdonadme un momento —dice antes de que la ahoguen los sollozos.
       Cojo el candil de la cuadra y corro tras ella. Pienso que debo alumbrarla para que no vaya a caer al río. Ella ya está en el patio bajo el aguanieve, y llora. Cuando llego con el candil ella me toma del brazo y tira de mí. Habla un poco raro y no le entiendo todo.
       —Eres tú el chico sin padre —dice entre otras cosas, y me mira detenidamente a la cara.
       Durante un instante cierro los ojos y aprieto los dientes. Bien puedo entender que en la escuela sepan que no tengo padre, pero que lo sepan en toda la inconmensurable América me parece tan horrible que no comprendo cómo podría sobrellevarlo. En fin. Nos ponemos a caminar y al cabo estamos ante la puerta de la cuadra. Y ya que llegamos allí, abro la puerta y entramos. Dentro hace calor y se está bien, huele a cuadra, a heno y zanahorias. Cuelgo el candil del cerrojo de la puerta y la tía de América, cosa rara sin duda, avanza pisando las hojas de las zanahorias, se adentra en la cuadra y se encarama a lo alto de la segadora, en el sitio exacto donde se había sentado el abuelo.
       —Esta antigualla sigue aquí —dice, y la acaricia.
       Trepo a lo alto de la segadora y me siento a su lado. Luego empieza de nuevo a llorar. Me coge la mano y mientras la acaricia llora todo el tiempo en americano y me dice palabras incomprensibles en sueco. Las hojas de las zanahorias están a nuestros pies, verdes y relucientes, y las zanahorias rojas brillan en sus cestos.
       —Hemos estado deshojando zanahorias todo el rato —le digo por decir algo—, hemos pasado todo el día deshojando zanahorias. Pero ya hemos acabado la faena.
       La tía de América me abraza y no me hace el daño que me hace madre al abrazarme. La siento cálida y acogedora.
       —Pobre muchachito, sin padre —dice. Y cuando pienso que toda América, al otro lado del Atlántico, sabe que Arne Berg de Mjuksund, en Suecia, nunca ha visto a su padre, no lo puedo remediar y de repente no dejo de ver el verdor de las hojas de las zanahorias. Las lágrimas caen lentamente de la segadora al suelo.
       —Cuando la abuela vivía lo pasaba mejor —le digo—, entonces, al menos, tenía dos madres. Pero murió el año pasado. Salía todas las mañanas a recoger los huevos y un día de abril no volvió. Estábamos tomando el café y salimos a buscarla, y aquí la encontramos, de rodillas, junto a la segadora.
       —Pur litel boi —dijo la tía de América. A saber qué significaba, y me estrechó fuertemente entre sus brazos.
       —Pero si la tía quiere dormir aquí —le digo—, no tenga ningún miedo porque en la pared ponga Palestina. No es Jesús quien ha estado aquí. ¿Quiere que grabe el nombre de la tía en la pared?
       —Ahora no —dice ella—, pero pronto.
       Pasa su mano pequeña y suave por mi rostro.
       —Estás llorando —dice.
       —No, es sólo un poco de aguanieve —digo, y enjugo mis lágrimas una y otra vez hasta que vuelven a brillar las hojas verdes y recién cortadas a la luz del candil.




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