Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


Un concepto abstruso (1966)
(“Un concetto astruso”)
Racconti impossibili
(Florencia: Vallecchi, 1966, 142 págs.)



Nageurs morts suivrons-nous d’ahan
Ton cours vers d’autres nébuleuses…


      Queridos muchachos, en este curso hemos llegado a un punto un poco difícil. Las luminarias de la ciencia en este punto están más perplejas que nunca. Será mejor que hablemos a la pata la llana; que cada cual hable cuando lo crea oportuno y que haga todas las preguntas que quiera. Sólo, hablad uno a la vez.
       —Bien, nos gustan las cosas difíciles. Adelante, profesor.
       —Eh, despacio; ésta es la cosa más difícil de todas. Pero ánimo y comencemos sin más. Bueno, queridos jóvenes míos, ahora debo hablaros de la muerte.
       —Mu-er-te. ¿Y eso qué es?
       —Despacio, despacio. Yo no lo sé y tal vez no pueda saberlo.
       —¿Entonces?
       —Pero ellos lo deben o lo debían saber, desde el momento en que tienen o tenían una palabra para designarla, y eso ya es algo.
       —¿Quiénes son ellos?
       —¡Demonios! Los seres de los que hemos estado discurriendo.
       —¿Los habitantes de esos mundos remotos que…?
       —Precisamente, ellos. También os hice ver o entrever por el telescopio dónde viven, es decir, su galaxia.
       —¿La última, justamente la última allá abajo, como una manchita pálida?
       —Sí, pero no perdamos tiempo en ociosas repeticiones. Así, pues, la muerte.
       —Pero, profesor, si esa… muerte ellos saben lo que es y usted no lo sabe, no vemos…
       —Despacio, yo no he afirmado taxativamente que ellos lo sepan ni que lo supieran.
       —Pues mejor aún. ¿En qué términos se desarrollará entonces nuestra investigación?
       —¡Pero qué términos ni términos! Oídme, muchachos, así no podemos ir adelante. Dejémonos de preliminares y de cumplidos. En resumen, intentaremos precisar juntos el concepto de muerte o aproximarnos a él. Por supuesto, os ayudaré en vuestras hipótesis y vosotros me ayudaréis en las mías y, a lo mejor, a fuerza de darle vueltas a esta palabra lleguemos a obtener algún resultado. En el fondo, no debéis olvidar que si una cosa la comprende uno también puede comprenderla otro, aunque viva a miles de millones de años luz de distancia. Bueno, intentémoslo y cuando al final todo falle sabréis lo poco que sé yo.
       —Intentémoslo.
       —Así me gusta. Ahora bien, conviene tomarse esta cuestión muy a la larga, si no no nos entenderemos. Está claro que si yo pudiera referirme al concepto de vida me sería fácil daros una idea de la muerte, pero lo malo es que vosotros tampoco sabéis qué es eso, la vida, y no puedo explicároslo sino recurriendo al concepto de muerte. Es como decir que, para los fines de nuestro razonamiento, vida y muerte vuelven a lo mismo.
       —¿Vi-da?
       —Ya, ya, pero dejémoslo estar, por amor de Dios… No, así no vamos bien. Habría que ayudarse con algún concepto, por así decir anterior, si es que existe, a los de muerte o de vida… Veamos: ¿El otro profesor no os ha dicho…? Bueno, ¿sabéis lo que es el tiempo?
       —¿El tiempo? No.
       —¿Y el espacio?
       —¿El espacio?
       —¿Entonces tampoco qué es el espacio o tiempo, si los asimilamos los dos y los reducimos a una única dimensión conceptual?
       —¿Pero qué dice?
       —Nada, nada.
       —Espacio, tiempo, ¡qué palabras tan ridículas! ¿Qué son?
       —No es que sean algo. Os preguntaba si sabíais qué se entiende por tiempo y espacio, o por tiempo o espacio, allí, en aquella última nebulosa. Pero ya veo que no lo sabéis y no hablemos ya del concepto de duración, etcétera, etcétera. Bueno, pues decidme vosotros cómo debo hacerlo.
       —¿Hacer qué?
       —¡Dios mío! Daros una idea de la muerte.
       —¿Por qué no se puede tener una idea de la muerte si antes no se tiene una idea de esos espacio y tiempo?
       —Diría que es el mínimo.
       —Entonces explíquenos qué son el espacio y el tiempo.
       —Hum… El caso es que, pensándolo mejor… Veamos, creo que ya lo tengo. Para hablaros del espacio o tiempo, que además son la misma cosa, tal vez debería hablaros necesariamente de la muerte, o sea, suponer que tenéis esa noción. ¿Sabéis si es el concepto de espacio o tiempo el que genera el de muerte o si es el concepto de muerte el que genera el de espacio o tiempo?
       —Nosotros no.
       —Ni yo tampoco. En realidad, podría ser que se tratase de dos conceptos paralelos o, mejor dicho, del mismo concepto articulado de modo distinto.
       —¿Y entonces qué hacemos?
       —¿Que qué hacemos? Antes de perder todos la cabeza se vuelve a empezar todo desde el principio y se acabó la fiesta. Bueno, decidme, ¿sabéis qué es el ser?
       —¡Sí!
       —¡Sí!
       —¡Sí!
       —¡Cuántos síes! Adelante, que hable uno. ¿Qué es el ser?
       —El ser es nuestra conciencia.
       —Hum… ya. En efecto, ésta es la definición de nuestros manuales. De modo que el ser sería una especie de sentimiento o, por lo menos, una relación subjetiva; ahora os pregunto: ¿con qué?
       —¿Cómo que con qué? ¡Ésta sí que es buena! Con la actividad de nuestro pensamiento y con nuestros propios sentimientos; en suma, con todo lo que hace que seamos como somos.
       —O sea, que sería la conciencia del contenido de nuestra conciencia. ¿Creéis que esto encaja u os parece un juego?
       —Pues… tal como lo dice usted, claro…
       —Yo he dicho exactamente lo que vosotros habéis dicho. Pero escuchad, yo creo, en cambio, que se necesita una mediación. Dicho de otra manera, que nuestra conciencia debe ser relativa a algo y no únicamente a sí misma… Por otra parte, siguiendo así probablemente no salgamos de la cuestión y, tal vez, esto supere vuestra preparación. Quiero decir: ¿nunca se os pasó por la cabeza que esta relación que hemos definido como subjetiva pueda al menos tender a un valor objetivo? Dicho de otro modo, ¿que el ser, en lugar de nuestra imagen, pueda figurar un estado nuestro?
       —¿Un estado?
       —El concepto de estado lo conocemos más o menos, pero…
       —Ya, ya sabía que protestaríais. ¿Seguro que queréis decir que como nuestro estado es constante y eterno no es un estado?
       —¡Claro! El concepto de estado o condición presupone la posibilidad de un cambio.
       —Eso estaría por ver: el hecho mismo de que podamos decir “estado inmutable”…
       —¿Cómo?
       —¿Pero qué argumentos son éstos? ¿Acaso nos está tomando el pelo?
       —Y, además, ¿qué se deduciría de ello?
       —Calma, calma. Está bien, tenéis razón. Vamos a darle la vuelta al problema. Decidme, ¿sabéis lo que es el no ser?
       —No.
       —Me lo creo, porque toda nuestra especulación se basa en conceptos positivos. Pero, bendito sea Dios, también hay conceptos negativos, o debemos suponerlo considerando las noticias, es decir, las ideas, que nos llegan de aquella lejana nebulosa.
       —¿Conceptos negativos? ¿Qué son?
       —Conceptos que se refieren a cosas que no son respecto a cosas que son.
       —Perdone usted, profesor, pero eso no está nada claro.
       —Y no me maravilla. Digamos que se refieren a cosas que son de otro modo respecto a las cosas consideradas.
       —¿De otro modo? ¿Qué significa eso?
       —¡Dios! Se refieren a otra posible condición de una cosa cualquiera.
       —O sea, a una imposible condición de esa cosa.
       —Como queráis… Pero, en suma, por ejemplo, el no ser sería lo que no es ser.
       —Pero lo que no es ser no existe.
       —De acuerdo, pero podéis pensarlo.
       —Tampoco, porque lo que no fuera ser podría significar infinitas otras cosas.
       —No, no, en eso os equivocáis. También lo que es ser significa infinitas cosas pero, en la medida en que se puede asumir como concepto único, está bien definido y se basta a sí mismo. Análogamente, no hay más que un modo de no ser, o sea, el concepto de no ser es un concepto suficiente, una idea precisa.
       —Perdone, seguimos sin entenderlo. Usted dice análogamente, pero para que la analogía fuera, no digamos completa, sino apenas aceptable, se necesitaría que ese no ser pudiera figurar en sí, en su propio ámbito, infinitas cosas, como las figura el ser, y no presentarse simplemente como configurable en infinitos modos… Me expreso mal y no sé si me he explicado, pero, a fin de cuentas, nuestra objeción no era como usted nos hace creer. Y lo cierto es, dicho sea sin ánimo de ofender, que usted nos está haciendo trucos. Por una parte, nos da un concepto único, sí, pero en última instancia, resumido, mientras que, por otra, nos da un concepto igualmente único pero que, por desgracia, no resume nada y no se refiere a nada.
       —¡Maldición! Sois demasiado inteligentes… y no lo bastante. No lo bastante porque, sin daros cuenta de ello, vosotros estáis alterando abstracción y realidad. O bien, decís que el de ser no es un verdadero concepto, cuando lo es el de no ser. Sí, el de no ser es un concepto puro al que no corresponde nada.
       —Pero usted deberá representárnoslo de alguna manera.
       —Pues no, os lo represento únicamente por exclusión, como mera construcción del intelecto.
       —¿Y nosotros tenemos que tragarnos este concepto y quedarnos tan campantes?
       —Pues algo así, ¡caray!
       —Bueno, chicos, traguémoslo aunque se nos quede en la boca del estómago… Mire, profesor, siga usted adelante a ver si el consecuente aclara el antecedente. Pero bueno, profesor. ¿Le parece que éste es un modo de especular?
       —Nosotros no estamos especulando. Os repito que estoy intentando dar razón de algo en primer lugar a mí mismo. Y, por otra parte, no sería la primera vez que el consecuente arrojase luz sobre el antecedente.
       —Está bien, siga. Y, para empezar, ¿de qué manera se llegaría desde su no ser hasta su espacio o tiempo?
       —¿Y quién demonios lo sabe? A lo mejor, no de una manera directa.
       —¡Animo, profesor!
       —Bueno: ¿la idea de no ser implicaría o no implicaría una idea de limitación?
       —Hum…
       —Hum…
       —No hace falta que gruñáis tanto. Yo creo que la implicaría.
       —¿Y cómo?
       —Pero si existe el no ser, eso significa que el ser no es, ¿cómo lo diría?, total, que no lo cubre todo sino que, por el contrario, deja un cierto margen.
       —¡Eeeeh!
       —¡Pfui!
       —¿Es que ahora nos ponemos a abuchear? Procurad ser más serios.
       —Pero, profesor, ahora es usted el que alterna abstracción y realidad. Pero el no ser no existe: ¿no nos lo acaba de presentar hace un momento como, una mera construcción del intelecto?
       —Vaya, con tal de hacer ruido abrís la boca y habláis. ¡Claro! Precisamente estamos hablando de construcciones del intelecto, y no he citado el no ser sino como abstracción, visto, además, que nuestro eventual punto de llegada o, mejor, nuestra primera etapa, el espacio o tiempo, no es más que una abstracción.
       —Bueno, bueno, esta vez tiene toda la razón. Perdone, pero díganos, ¿qué es la boca?
       —¿La boca? ¿He dicho boca?… Es una cosa de allí abajo. Dejémoslo estar y tal vez también lleguemos a ella.
       —Entonces sigamos.
       —Sí, sigamos. (¿Pero cómo?) Ahora bien, si el ser no es el todo, o sea, si puede ser concebido como limitado por el no ser…
       —¿Y bien?
       —Y bien nada, muchachos. No sé cómo seguir y quizá seáis más listos que yo. Sin embargo, siguiendo mi intención, me parece que, partiendo de semejante premisa, tal vez se podría llegar a una distinción de elementos, elementos conceptuales, por supuesto.
       —¿Qué distinción y qué elementos?
       —Sí… Aquí está el ser, aquí el no ser. Quiero decir que en un determinado momento el ser se convierte en no ser y viceversa, que en un determinado momento el ser llega a su fin y comienza el no ser. ¿O no?
       —Bueno, en cierto modo sí, aunque esta idea de fin no está muy clara. ¿Qué quiere decir que llega a su fin?
       —Sólo quiere decir, por ahora, que el ser es precisamente distinto al no ser. ¿O no?
       —Sobre eso no hay duda por lo que respecta a su nebulosa definición. Pero ocurre, querido profesor, que aquí estamos haciendo juegos de prestidigitación: una palabra dentro de la otra, una palabra explicada con la que debería explicarla, etcétera.
       —Ya, ¿pero qué puedo hacer yo? Por lo demás, sólo parece que estemos jugando al escondite. En realidad, queriéndolo o no, algo queda. Las palabras ya son algo por sí mismas, y luego, a lo mejor, todas ellas se iluminan a la vez.
       —Bueno. Siga usted.
       —Así, pues, el ser y el no ser son distintos. Ahora bien: ¿sois capaces de concebir dos cosas distintas, por así decir, interiores al ser?
       —¿Quiere decir donde precedentemente se haya distinguido el ser del no ser? No mucho.
       —¡Pero cómo! Si precisamente uno de vosotros me habló hace un momento de pensamientos y sentimientos, que son dos cosas, y si todos me habéis reconocido que el ser es infinitas cosas.
       —Pero, aparte el hecho de que si todo estuviera tan claro no se comprendería por qué siente usted la necesidad de interrogarnos, eso… sólo era un modo de hablar: infinitas cosas es lo mismo que una cosa sola. Y pensamientos y sentimientos, o pensamiento y sentimiento, tampoco son dos cosas, sino… dos palabras.
       —De momento me basta. Y os pregunto: ¿podéis imaginar como distinto, o bien como correspondiente a una determinada palabra, algo en el ámbito del ser?
       —¿Pero qué pregunta es ésta? Pues claro. Acabamos de decir que en el ser se pueden encontrar tantas palabras como se quiera.
       —No, no me he explicado bien o me he equivocado. No importa. Quiero decir (¿pero qué quiero decir?), quiero decir… Mirad, por ejemplo… ¿Llegaríais a concebir como distinto de lo demás, a aislar con un esfuerzo de abstracción, algo de lo que en este momento tenéis delante de vosotros?
       —Es una pregunta muy ambigua, profesor, si no es superflua o mal planteada. ¿Quiere decir, por ejemplo, asumir aquella estrella como algo cualitativamente distinto del cielo que la circunda?
       —¡No, no cualitativamente! ¿Asumirla, no sé cómo demonios decirlo y debo por fuerza volver aquí, a asumirla como distinta de lo demás, como entidad, como que es por sí misma?
       —¿Como que es por sí misma?
       —¡Ah!… Otro ejemplo: ¿llegáis a imaginar que esas dos estrellas puedan ser dos términos?
       —¿Términos de qué?
       —Pues del cielo.
       —¡Ah! ¿Quiere decir imaginar que el cielo está comprendido entre esas dos estrellas?
       —En absoluto; al contrario, que en el cielo está ese cielo entre las dos estrellas, que en el grande está el pequeño, en el todo, la parte, o bien que el cielo está hecho de muchos pequeños cielos.
       —Bueno… En el fondo ya empezamos a entender lo que quiere decir.
       —¡Alabado sea Dios! Ya nos estamos acercando al concepto de espacio o tiempo.
       —¿Pero cuál sería la utilidad de semejante fantasía?
       —Olvidad por ahora la utilidad o, mejor, la utilidad estaría precisamente en que vosotros llegaríais a concebir el espacio o tiempo. Para vosotros, para los de allí abajo, ejem, el problema es otro, y ni siquiera sé si para ellos esto sería una fantasía.
       —Pero bueno, en esta hipótesis o imagen o fantasía, ¿cuál sería el espacio o tiempo, qué cosa lo representaría?
       —Calma y resumamos. En el cielo hay muchos pequeños cielos o, y creo que es decir lo mismo, en el ser hay muchos pequeños seres. Infinitos porque infinitos son vuestros posibles puntos de referencia. ¿Hasta aquí me seguís?
       —Más o menos. ¿Y estos cielos menores a los que hemos ido a parar, o estos pequeños seres como usted los llama, es decir, cada uno de ellos, serían el espacio o tiempo?
       —¡No! ¡Cómo lo enredáis todo! Esos algos menores, si bien tan arbitrariamente limitados y por la única vía de la abstracción, también son algo, mientras que el espacio o tiempo es nada; es únicamente un concepto o, todo lo más, un método.
       —¿Cómo un método?
       —¿Método para qué o para hacer qué?
       —Vamos, vamos, no os empecinéis con las palabras. Tal vez comprendáis más adelante lo que quería decir o tal vez no; lo mismo da.
       —En definitiva: ¿qué es el espacio o tiempo? Se lo estamos pasando todo. Ya es hora de que hable claro.
       —Bueno, resumiendo: el espacio o tiempo es ni más ni menos que la posibilidad misma de concebir claramente y sin esfuerzo los pequeños cielos o los pequeños seres.
       —¿Cómo, cómo?
       —Ésa es una definición que se muerde la cola.
       —¡Qué desilusión!
       —No, esperad. Intentaré explicarme: la idea de espacio o tiempo es, en suma, una idea final para ellos.
       —¿Final?
       —En el sentido de que tiende a un límite; no, que positivamente lo contempla; una idea, más que distintiva, limitativa, eso es; ellos la llaman… una idea de… duración.
       —Ellos, pero nosotros aquí seguimos a dos velas.
       —¿Cómo? Pero si acabamos de decir… Mirad: si yo pongo, postulo, un cielo aquí y otro cielo aquí…
       —¿Quiere usted decir que donde llega a su fin el uno comienza el otro o que, sea como sea, uno debe llegar a su fin para dar lugar a otro?
       —Eso es.
       —Usted dice eso es, pero, ¿cómo se configuran idealmente, hipotéticamente, y prescindiendo del hecho de que los dos supuestos cielos son de la misma naturaleza, cómo se configuran este fin y este principio? ¿Como un cambio de estado o de modalidad?
       —¡No, no!
       —¿Entonces cómo?
       —Únicamente como un fin y un principio, y llegado el caso, también se puede eliminar uno de los dos términos, a elección.
       —No, es demasiado fácil o, para no ofenderle, demasiado difícil. Ésa es una imagen sin contenido. Nos negamos a seguirle por ese camino.
       —¿De modo que no sois capaces de abstraer la idea de fin o la de principio? (¡Qué pregunta tan inteligente! Si fueran capaces ya sabrían lo que es la muerte.)
       —No, no. Ésas sólo son ideas de relación y nada más y, por favor, no siga usted embarullándonos más.
       —¡Encima! (Pero debo reconocer que tienen razón. ¿Es que acaso yo sé lo que es la muerte?)
       —Y, además, hay otra dificultad: que sus pequeños cielos o pequeños seres son infinitos por su misma definición, por lo que, en realidad, no pueden tener ningún fin ni ningún principio.
       —¿Es que vais a rechazar lo que ya habíais admitido?
       —No rechazamos nada, o sí, pero, a fin de cuentas, nos parece que no hay un camino de en medio: o concebir infinitos o uno solo.
       —(También tienen razón en esto aunque no sean muy consecuentes.) Veamos: son infinitos pero vosotros siempre podéis concebir un número limitado de ellos.
       —No. Pensándolo mejor, podemos considerar un número limitado de ellos pero a condición de considerarlos infinitos, que es lo mismo que decir que nuestra ficción se disuelve en el mismo punto en que se forma o en el que debería tomar forma.
       —(¡Nada que objetar, por Dios!… ¿O sí?) Oídme: dejemos a un lado estas puntillosas precisiones. En lugar de eso, podríamos intentar cambiar de punto de vista y, a lo mejor, despacito, llegaríamos a algún sitio. Pero no creo que sea necesario. ¿Sabéis lo que os digo? Que hablando como habláis demostráis que ya poseéis el concepto de espacio o tiempo.
       —Si usted lo dice…
       —Sí, y en cierto modo lo preveía. Los conceptos se hacen por el camino, sólo hablando de ellos, casi sin saber de qué se trata, y no intentando precisarlos frontalmente o agarrándolos por los cuernos.
       —Hum…
       —En cualquier caso, finjamos que sea así: si todavía no tenéis ese bendito concepto, igualmente no nos quedaría más remedio que seguir adelante y esperar al futuro, ya que por este otro camino llegamos a un callejón sin salida.
       —Hum… Finjamos y sigamos adelante. Pero, ¿nos equivocamos o al principio se había hablado de una tal muerte?
       —Ya llegaremos. Más pronto o más tarde llegaremos a ella.
       —Pues adelante.
       —Ahora bien, ¿podríais…? ¡Cielo Santo! Resulta hasta difícil de decir… ¿Podríais imaginaros a vosotros mismos contenidos en uno de estos algos, de estas cantidades postuladas a las que hemos llamado pequeños cielos o pequeños seres? ¿O sea, cada uno de vosotros en una?
       —¿Cómo?
       —¿Cómo?
       —¿Cómo dice?
       —¡No, por supuesto!
       —Profesor, está usted perdiendo los papeles: ¿el ser contenido en una parte de sí? ¿Lo más en lo menos? ¿Lo mayor en lo menor?
       —¡Ja, ja!
       —¡Pfui!
       —¡Calma y silencio! Ante todo, ¿quién ha hablado del ser? Yo he hablado de cada uno de vosotros.
       —El ser, el mismo ser. Cada uno de nosotros es todo el ser.
       —¡Bravo! ¡Qué buenos alumnos de ateneo y de academia! Estoy desolado; más aún, estoy desesperado, pero todavía debo pedir este esfuerzo a vuestra imaginación, a vuestra mente especulativa y a no sé qué; si no, no se puede seguir adelante y más vale cerrar la tienda.
       —¡Pero es imposible concebirse contenidos o encerrados en nada!
       —Eso ya lo sé; además, más imposible aún, si es posible, sería ser, contenidos o encerrados, de modo que de más imposible a menos imposible…
       —¡Caray! Lo embrolla usted todo al azar.
       —Bueno, tal vez haya manera de concebir una cosa así y yo, a fuerza de ingeniármelas, lo he conseguido, aunque malamente. Y en suma, así parece que lo creen los de allí abajo, tengan o no tengan sus buenas razones. Y si se quiere intentar hacerse una idea del asunto, si yo mismo quiero darme cuenta… Bueno, sé muy bien que no tengo derecho a pediros una hipótesis semejante.
       —Venga, chicos, vamos a darle gusto, ¿qué nos cuesta? Si no, se echa a llorar.
       —Dejaos de insolencias y…
       —Sí, sí, está bien: el más en el menos. ¿Ya está contento? Cada uno de nosotros está encerrado en un pedacito de cielo.
       —No sólo sino…
       —Pero, bueno, ¿no le basta con eso?
       —Callaos, y ahora procurad prestar atención.
       —Profesor, profesor, nos ha llevado usted a tal punto que ya admitiríamos incluso que el universo es infinito o que es finito u otro absurdo cualquiera. Estamos descorazonados.
       —Yo también. Pero cuando haya terminado esta especie de insurrección también comprenderéis que no es culpa mía si ellos están efectivamente encerrados en un pedacito de cielo, como decís vosotros, o de… tiempo.
       —¿Cómo, cómo? ¿Ellos? ¿Cómo es posible? ¿Cómo lo hacen? Sigamos escuchando; tal vez entendamos algo si es verdad eso que dice usted de que con el consecuente se comprende el antecedente.
       —Eso está bien. Tened confianza.
       —¿En quién?
       —En primer lugar, en vosotros mismos. Y ahora, como os decía, prestad atención porque ahora viene lo más difícil e inconcebible, de verdad. Hasta aquí ha sido una fruslería. Hace un momento bromeábamos con lo menos imposible y lo más posible y, precisamente ahora, este último se nos pone cara a cara. Así pues, ellos…
       —Anímese. Ya nada puede maravillarnos.
       —Lo que pasa es que a mí me puede maravillar todo.
       —Claro, ya que de todas las fantasías imposibles somos la más imposible y también la más divertida.
       —Pero no sé cómo decirlo. Si supiera cómo decirlo ya sabría bastante, mientras que la verdad es lo contrario. De modo que ahora habrá que proceder por aproximaciones. Bueno, a fin de cuentas yo no puedo hacer más que repetir aquello cuya sombra ya habéis captado: su más, es decir, lo más entre ellos, realmente se desarrolla, es, en el propio menos o, mejor, en tantos menos cuantos son ellos mismos. ¿Está claro?
       —No, señor. No tiene sentido… posible, eso no se puede entender de ninguna manera, ni siquiera como frase.
       —Lo sé y, no obstante, es, y digo eso porque no me atrevo a decir “es verdad”. Dicho de otra manera, nosotros, lo queramos o no, nos encontramos ante una circunstancia de hecho.
       —¿De hecho?
       —Pues sí, en la medida en que puedan admitirse o concebirse las circunstancias de hecho.
       —Por lo menos explíquese un poco mejor. ¿En qué consistiría exactamente esa pretendida circunstancia de hecho? Porque de todo lo que hasta ahora nos ha contado no se obtiene ningún significado.
       —¡Oh, Dios! Ya os lo he dicho, ¿de qué otro modo podría decíroslo? Su más se cumple o realiza o, supongamos, tiene la capacidad de concretarse en lo menos, aunque todavía siga siendo más o aunque no lo siga siendo, ¡yo qué sé! Al expresarse de distinto modo, su ser está como desmenuzado… ¡ah, bueno!, ignoro si desmenuzado o sólo plasmado… en muchos seres menores.
       —Entonces no se trata de más en menos, sino de muchos menos que forman un más.
       —No, o, por lo menos, éste es el punto oscuro. He dicho “como” desmenuzado y sólo para intentar haceros comprender.
       —Pues así tampoco lo hemos comprendido: ¿esta, llamémosla así, división del ser se produce en cada uno de ellos?
       —¡Qué va! (Aunque… es mejor no pensar en ello.) Cada uno de ellos es uno de esos pequeños seres, de esos seres menores y nada más, aunque a lo mejor conserva en sí la totalidad del ser o participa de ella. Resumiendo: de hecho, cada uno de ellos es un algo limitado en el cielo o en el ser que abarca una parte limitada de cielo o de ser.
       —¿Pero cómo? ¿No acaba de decirnos que conserva en sí, que participa, etcétera?
       —Por una parte o, en cierto aspecto, es una porción de ser; por otra, tal vez sea el ser entero; por una parte, empieza y tiene fin; por otra, tal vez no empiece y nunca tenga fin.
       —¡Misterio por misterio! Oiga, profesor, nos rendimos.
       —No… (Ahora me doy cuenta de que tal vez se podía prescindir de todo este complicado enfoque; bastaba con apelar a su sentido de personalidad, si es que lo tienen y si lo tienen lo suficientemente diferenciado. Siempre están a tiempo para sentir, pero lo malo es que ya sé lo que me responderán.) Hacedme caso, muchachos. No sé qué veis de extraño en esta disposición: en el fondo, ¿no es nuestro mismo caso? Nosotros también estamos contenidos dentro de un menos en cuanto personalidades distintas o individuales, ¿no?
       —¡Uuuuh!
       —¡Ffff!
       —Pero bueno, ¿aquí sois muchos o sois uno solo?
       —Ni muchos ni uno solo, lo sabe usted bien, y a saber por qué se divierte haciéndonos estas preguntas. Es muy fácil: nosotros somos unos, la singularidad en plural o, mejor aún, la pluralidad singularizada.
       —(Estaba previsto; repleguémonos a toda prisa a las primeras posiciones, si no el asunto se pondrá más feo.) Pues sea. Entonces volvamos al punto anterior. O mejor, dejemos a un lado la cuestión de si ellos participan o no participan del ser entero, cuestión que, en última instancia, está fuera de lugar o es prematura, y vayamos por un momento más atrás aún, o cambiemos apenas un poco el punto de vista…
       —Pero bueno, ¿qué punto de vista quiere cambiar si no hay nada que ver? Oiga, en definitiva, ¿qué significa que ellos son limitados en el cielo o en el ser o donde usted haya dicho? ¿No puede significar nada más que se conciben a sí mismos como limitados?
       —(Habría apostado a que no iban a entender nada: con mis explicaciones…) No y no, eso es lo más gordo… O incluso sí, a fin de cuentas, pero… o, al menos, no significa sólo eso… (¿Y quién sabe cómo hay que decirlo?)
       —Oiga, profesor, si se encuentra usted mal, dejamos la continuación para otra vez.
       —(Tienen razón. ¡Bonita pretensión la mía de dar explicaciones cuando soy el primero que tiene las ideas confusas y que se va por los cerros de Úbeda!)
       —¿Qué hace? ¿Se encierra en un digno silencio?
       —Más bien, encerraos vosotros en él y escuchad. Mirad, yo no sé si la monstruosidad de la que ahora intentaré daros una idea (y de hacérmela) es un efecto o una causa, pero es un hecho que ellos no se limitan —repito— a concebirse limitados, sino que lo son, o lo son al mismo tiempo. (Vaya, me faltan hasta las palabras adecuadas y me veo obligado a repetir estas vagas patrañas.)
       —¡Y dale! ¿Y eso qué significa?
       —Significa nada más que, al ser lo que pueden y saben y el diablo sabe, de cualquier manera están verdaderamente encerrados en un menos como el que vosotros podéis abstraer o postular o idealmente aislar, como hicisteis antes al considerar el cielo. O sea, cada uno de ellos está encerrado y férreamente limitado en ese menos o, digámoslo así si os place, apurando un poco la frase, en el tiempo o espacio.
       —¿Férreamente limitado? O sea, ¿de nuevo limitado según un concepto riguroso?
       —¡No, Dios mío! Quiero decir limitado limitado: cada uno de ellos es algo duro, es un objeto, tiene una consistencia particular, ofrece resistencia a los agentes externos, y así sucesivamente. Cada uno de ellos tiene, como ellos mismos lo llaman, ¡un cuerpo! (¡Oh! ¿Qué va a pasar ahora?)
       —¿Un cuerpo?
       —(Aún no pasa nada. Están demasiado aturdidos. Tal vez el huracán haya amainado.)
       —¡Cuerpo! Nosotros sólo conocemos una acepción de esta palabra: cuerpo celeste.
       —Pues sí, imaginaos algo así, proporciones aparte o, a fin de cuentas, no aparte. Cuerpos de distinta forma.
       —¿Y cada uno de ellos tiene… cómo que tiene? ¿Quería decir es?
       —Sí…, dije tiene porque… Bueno, quería decir es.
       —Cada uno de ellos es un cuerpo celeste.
       —(No vuelven en sí.) No, un cuerpo celeste no, simplemente un cuerpo. Es más, ellos están apegados a los diversos cuerpos celestes y dependen de ellos y no pueden separarse de ellos y, en todo caso, con gran esfuerzo.
       —¿Es que son satélites?
       —Pues no… Pero, en el fondo, ¿por qué no? Podéis imaginarlos como satélites. Sólo que serían unos satélites algo sui generis. No tienen una órbita propia y están justo encima de los cuerpos celestes. Son más bien como garrapatas, parásitos.
       —Bien, ¿y qué más?
       —(Esta calma me pilla desprevenido; aún no han debido entenderlo bien.) ¿Cómo que qué más?
       —Pero… en cualquier caso, ¿en qué relación está ése…? No, profesor, mire; es mejor ser sinceros. A nosotros esta representación suya, en el supuesto de que sea aceptable, esta historia suya, en el supuesto de que haya que creerla, no nos sabe a nada. Más claro; no hemos entendido nada.
       —(Lo sospechaba.)
       —¿Para qué serviría? ¿Cómo se comportaría ese cuerpo? ¿Cómo se justificaría idealmente ese modo suyo de ser?
       —Demasiadas preguntas y demasiada ansiedad. Contentémonos, por ahora, con establecer que aquellos habitantes son, o también son, cuerpos, digamos la palabra, materiales.
       —¿Encima son materiales?
       —Pues así. Además, ¿qué hay de raro en ello? También nosotros, si no cuerpos, somos materiales, cualquier cosa lo es, en cuanto combinación de energías. Todo lo más, en su caso, se tratará de un mayor grado de conexión de la materia o energía.
       —Sí, sí, pero… No, no está claro, no nos damos cuenta de cómo está la cosa. Oiga, intentemos seguir discutiendo pero volviendo al principio. Intente familiarizarnos de alguna manera con semejante absurdo. No sé; por ejemplo, usted nos dijo hace un momento que ignoraba si ese cuerpo o ese ser cuerpo era un efecto o una causa. ¿Qué quería decir exactamente? Explíquese al respecto.
       —Es evidente lo que quería decir: el cuerpo, o su presencia, podrían ser un efecto de su modo de concebir.
       —¿Concebir qué?
       —De su modo de concebir en general; de concebir el ser, el todo.
       —Hum… Bueno, ¿y si no?
       —Si no, podría darse el caso inverso, es decir, podría haber sido la presencia del cuerpo la que originó y, en cierta manera, hizo necesario su modo de concebir.
       —Bien, ¿lo ve? Esto ya está algo más claro; empezamos a entrar en materia.
       —¡Qué listos!
       —Sí, pero, ¿y ahora?
       —¿Ahora qué?
       —¿Qué hacemos con ese cuerpo? En primer lugar, ¿cómo es?
       —O sea, ¿cómo se presenta, qué forma y qué propiedades tiene?
       —No, no: cómo es, de qué modo o a título de qué es, es en el ser, cuáles son sus relaciones con el mismo, etcétera.
       —Hacedme caso. No me atribuyáis más ciencia que la que tengo. Todo lo más podríamos suponer, argumentar, discurrir… aunque sólo sea por discurrir.
       —No; primero nos fulmina con inauditas revelaciones y ahora se pone a columpiarse.
       —Yo… yo os digo lo que sé, y es inútil…
       —Bueno, ¿quiere decidirse de una vez a hablarnos de la muerte? ¿O es que ya se ha olvidado de ella?
       —(Se insolentan otra vez; buena señal, después de todo.) Sí, creo que, llegados a este punto, podemos empezar a hablar de ella; es más, es el momento apropiado para entrar en el fondo de la cuestión.
       —¡Venga!
       —Bueno, pues esos tales son limitados en el espacio…
       —O tiempo, da lo mismo. Eso ya lo tenemos claro.
       —No, un momento. Es cierto que espacio y tiempo vuelven a lo mismo, es cierto que son un único concepto, pero sólo en cuanto concepto o conceptos y no en cuanto…
       —¿En cuanto qué?
       —¡No lo sé!… Mirad, ellos, en cambio, distinguen los dos o, al menos, los han distinguido durante mucho tiempo o, al menos, los han entendido como una especie de concepto doble o gemelo, supongo… No sé qué deciros en concreto. También supongo que al concepto único de espacio o tiempo no se pueda llegar, o que ellos no puedan haber llegado, si no es escindiéndolo previamente en dos conceptos paralelos o, mejor, abstrayéndolo de ellos como concepto de concepto.
       —¡Ay, ay! ¡Vaya lío!
       —No, esperad. Aunque yo, como todos nosotros, me mueva entre las imaginaciones y las suposiciones, personalmente me he hecho una idea de ello y, en definitiva, opino, ateniéndome al hecho, que si se quiere tener una idea o tomar conciencia de la muerte conviene atenerse a esa su, legítima o no, antigua distinción.
       —Está bien, pongámonos a roer también este hueso. Prosiga, si quiere como la gamba, prosiga como le plazca, aunque sea separadamente. El espacio entonces…
       —El espacio es el tiempo y sé que ya sabéis lo bastante sobre ello.
       —Sí, muy bien. ¿Y el tiempo?
       —El tiempo: mirad, ellos, por una razón u otra, han postulado una sucesión de eventos…
       —¿Qué quieres decir?
       —Sí, una sucesión de eventos en el ser.
       —¿Pero qué quiere decir exactamente sucesión? ¿Sistema?
       —Sí y no; algo más que un sistema, llamémoslo un sistema dinámico, como si cada evento procediese espacialmente de otro… (No sé qué demonios me estoy inventando.)
       —Incomprensible, pero sigamos adelante. En cualquier caso, ¿todo esto en nombre de qué y para qué?
       —¿Acaso lo sé yo? A lo mejor por el consabido motivo de que, sobre todo, son cuerpos.
       —En todo caso, hasta aquí el concepto de tiempo aún no se diferencia del de espacio.
       —Tenéis razón, pero mirad… ¡Oh, Dios! ¿A qué santo me encomiendo? Mirad: esa estrella es limitada en el espacio. ¿Podéis seguirme hasta aquí?
       —Hum… Sí.
       —O sea, en determinado punto llega a su fin.
       —No es que llegue a su fin realmente, ya que es de la misma naturaleza que todo lo demás, pero podemos divertirnos imaginándolo.
       —Bueno, pues divertíos también imaginando otra cosa: que esa estrella desaparezca de repente.
       —¿Cómo que desaparezca?
       —Sí. ¿Os acordáis, ya no sé cuándo, de aquella estrella que estalló precisamente delante de nosotros? Bueno, ¿y qué quedó en su lugar?
       —Nada en apariencia, pero sólo en apariencia.
       —Con eso me basta, con eso me basta. Os pregunto: entre los dos fines, el llegar al fin, el terminar de lo que se quiera en el espacio, y el llegar al fin, el estallar, el desaparecer de la estrella en cuestión, ¿no percibís ninguna diferencia? ¿Para vosotros son dos acontecimientos o algo totalmente asimilable?
       —Sí, claro. Pero también… pensándolo bien, creemos entender lo que quiere decir; ¿y ese segundo fin sería el tiempo?
       —El tiempo, no: lo que da lugar, o pudo dar lugar entre esa gente al concepto de tiempo, como el primer fin dio lugar al concepto de espacio. Éste, al menos, es el dato, en absoluto ilusorio en mi opinión, debo decirlo, en el que supongo que ellos basaron su distinción en su origen.
       —¿Entonces el tiempo sería un sistema de fines?
       —De momento, podéis decirlo así.
       —Pero también el espacio, tal como usted nos lo ha presentado, no es más que un sistema de fines.
       —Sí, pero…
       —¡Ah, ah! Está claro: al espacio pertenecerían los fines del primer tipo imaginado y al tiempo los del segundo tipo.
       —Eso es.
       —Pues entonces: entonces ellos tienen, o tenían, estos dos sistemas o conceptos distintos. ¿Y ahora?
       —Despacio con los distintos: yo he distinguido los dos conceptos pero para reunificarlos inmediatamente después. De hecho, ambos parecen confluir en el otro concepto de muerte. Es más, tal vez éste sea precisamente el que mejor muestra su identidad.
       —Esto es como una lotería. ¿Qué necesidad teníamos de machacarnos los sesos con una distinción tan correosa?
       —Los he distinguido por el doble motivo de que no se pueden, como he dicho, asumir como concepto único sino después de haberlos separado y de que la muerte, a pesar de todo y de modo totalmente incomprensible para mí mismo, parecería tener algo de la segunda especie, del segundo aspecto de aquella única idea, más bien que del primero.
       —¿Qué adivinanzas y qué contradicciones son éstas? ¿Quiere decir que la muerte figura más bien un fin en el tiempo que uno en el espacio?
       —Más o menos.
       —Pero, en ese caso, los conceptos son dos.
       —Pues no.
       —Bueno, está usted de broma.
       —No tanto. Sin duda, aquí mi débil doctrina se detiene, y la verdad es que no sé qué contaros ni en qué modo justificar mis… mis impresiones. No obstante… ¿Y si cambiamos de terminología? Por ejemplo, podríamos suponer que el concepto de espacio o tiempo, relativamente comparado con la idea de muerte y sólo en este caso, no sea un concepto propiamente dicho sino una función. De verdad que se puede pensar: el espacio y el tiempo serían en función el uno del otro.
       —Lo que nunca sería una función. ¿Y con eso qué hemos resuelto?
       —¡Oh, Dios! Nada, pero tal vez sería más fácil admitir la preponderancia de uno de los dos.
       —De ninguna manera. ¡Al contrario!
       —¿Y si recurrimos al concepto de función variable?
       —¿Sabe usted que está usando estos términos con mucha desenvoltura? Una función, variable o no, no puede ser relativa a sí misma. Y, además, nos vuelve a echar a los pies los conceptos. Resumiendo: se le está aflojando algún tornillo. Y, por último, nos estamos perdiendo en detalles inútiles, pues se refieren a sus simples impresiones, como usted mismo las ha definido.
       —Es verdad, es verdad. Estoy perdiendo la cabeza.
       —Bueno, profesor. ¿Va a decirnos qué debemos pensar de esta bendita muerte? ¿Es un fin en el tiempo o en el espacio o en los dos o en lo que a los dos unifica y asimila? Y en primer lugar, ¿de veras es un fin? ¿Hemos interpretado bien sus oscuras explicaciones?
       —De verdad, es un fin, o así ellos la conciben, y precisamente un fin en el tiempo y en el espacio, en ambos, o sea, para decirlo mejor, en el tiempo o espacio. Sí, por ahora detengámonos aquí.
       —Bueno, por lo menos ha hablado claro aunque todo siga igual de oscuro. De modo que es un fin, o sea, en sustancia, la idea de un fin. Una idea que, por lo demás, llamaríamos tautológica: si son cuerpos se sobreentiende que lleguen a su fin.
       —Que sean finitos, limitados en el espacio ya, pero…
       —En el espacio o tiempo, acabamos de decirlo.
       —Sí, pero… (¡Oh, santo cielo!) Mirad, ante todo decir que son finitos o limitados no equivale a decir que lleguen a su fin.
       —Correcto, pero la diferencia se refiere, en todo caso, a nuestra consciencia.
       —Bien. Además, independientemente de lo que yo pueda haber dicho hace un momento, ahí es donde el concepto o falso concepto o medio concepto de tiempo puede sernos útil: no llegan a su fin sólo en el espacio sino también en el tiempo, o sea, llegan al fin en el espacio en cuanto espació o tiempo, con evidente preponderancia en el enunciado, diría yo, de este último… ¿Me he explicado?
       —No.
       —Tenéis que volver al ejemplo de la estrella que estalla y ello por un doble motivo. O sea, en el peor de los casos, no se trata de un modo suyo de entenderse a sí mismos, de una abstracción suya sino de algo que acaece, aunque, como dije antes, hubiera sido su modo de concebir lo que les hizo lo que son.
       —Sus nexos se han aflojado un poco: ¿lo que acaece sería la muerte?
       —Sí.
       —Que, por lo tanto, en esta nueva configuración ya no sería un concepto o una idea.
       —¡Pero qué diablos! Sería la idea abstraída de esa cosa y, al mismo tiempo, la cosa misma.
       —¡Qué fácil y qué sencillo! Lo malo es que, y usted mismo lo ha admitido, lo mismo se podría pensar la cosa abstraída de la idea.
       —(¡Caray con éstos!) ¿Y eso qué cambiaría, mis queridos listillos?
       —Corramos un piadoso velo. ¿Entonces pueden estallar como los cuerpos celestes?
       —Estallar, no lo sé; llegar a su fin, seguro; pero si lo queréis así, digamos que estallan.
       —Es decir, que están sujetos a tan rarísima casualidad.
       —No, y ésta es otra cuestión diabólica: según parece, para ellos no se trata de posibilidad sino de necesidad.
       —¡Necesidad! ¿Quiere decir que tienen que estallar forzosamente?
       —Al menos así lo creen ellos. Bien entendido, esto puede ser un simple postulado suyo, pero que parece tener confirmación en un orden de hecho. En otros términos, hasta ahora las cosas han ido exactamente como ellos piensan que deben ir. Ellos son, son, y en un determinado punto ya no son o, exactamente, mueren.
       —Pero es absurdo: lo que es, o sea todo, nunca puede llegar a no ser.
       —Pero puede cambiar de estado. Si no, ¿cómo explicaríais la explosión de una estrella? Ellos dejan de ser respecto a lo que eran antes.
       —Hum… Esto tiene todo el aire de ser un sofisma.
       —¿Cómo un sofisma? ¿Puede, sí o no, una estrella explotar o apagarse o dejar de ser lo que era, aunque sea para convertirse en otra cosa?
       —Claro, pero, precisamente, puede, no es que deba, lo que es una enorme diferencia cualitativa.
       —No es que deba: ¿y qué sabemos nosotros? ¿Y ésta no podría ser una especie de ley natural y universal?
       —¿La del fin o del cambio de estado? ¡Venga ya!
       —Hablaba por hablar; de todos modos, eso es lo que ellos opinan.
       —¿Y de dónde se deduciría esta ley?
       —Pues… de la experiencia. Sigo, por supuesto, razonando a su modo o, mejor, según sus datos.
       —¡De la experiencia! Pero la experiencia es el método de investigación o el punto de partida menos fiable; de la experiencia siempre se puede obtener una cosa y su contrario; a la experiencia se le puede hacer decir lo que se quiera. Pero cómo, ¿del hecho de que una estrella explote habría que concluir que todas las estrellas antes o después deban estallar? ¿O del hecho, hipotético, de que uno de nosotros llegue a su fin, que todos debamos llegar necesariamente al mismo fin? ¿En qué clase de razonamiento retorcido nos estamos enredando?
       —Eso no quita que, si en cada momento viéramos estallar o apagarse una estrella; si, en general, los casos se multiplicasen, los eventos futuros referibles a estos casos tal vez adquirirían a los ojos de nuestra mente un carácter de probabilidad cada vez mayor y al final nos parecerían casi necesarios.
       —¡Pero qué nos está contando! Perdone, ¿no nos ha enseñado usted mismo a no fiarnos de los hechos, a conservar frente a ellos nuestra frialdad y, como usted decía, nuestra virginidad? Y, además, usted dice: los eventos futuros referibles a esos casos. Pero ningún caso es referible a otro, anterior por añadidura. Y, de todas maneras, mayor probabilidad o casi necesidad aún no son necesidad, al contrario, son exactamente su opuesto. Y por último: se da un primer caso. Bien: ¿el segundo en qué relación ideal está con el primero? ¿Es libre, somos nosotros libres, con respecto a aquél? Quiero decir que nosotros ya podríamos ser determinados o condicionados por ese primer caso, por la fuerza de la idea que nos hemos hecho de él; entonces la necesidad o no del segundo sería siempre opinable y nunca lograríamos demostrarlo. Eso, del segundo; figurémonos en el caso del tercero y siguientes.
       —Ya, ya, pero, mientras tanto, ellos mueren.
       —Pero tal vez sea porque están convencidos de que deben morir. A lo mejor, con una convicción de este tipo lo mismo nos pasaría a nosotros. Fíjese a qué conclusión llego.
       —¿Y no os lo había dicho?
       —Pues no… Deberían tener el valor de decir de una vez por todas: pues peor para los hechos; eso es lo que deberían hacer. De todos modos, sigamos: bueno, ¿mueren o creen que mueren?
       —¿Y no es lo mismo, al menos para los fines de nuestro razonamiento y del concepto que estamos intentando aclarar? Es más, si solamente lo creyesen sin morir de verdad la cosa sería aún peor o mejor; al final tendríamos, si puedo expresarme así, un a fortiori. Pero tal vez no sea tan sencillo como parece. Por ejemplo, os pregunto: ¿estaríais dispuestos a admitir en otro lugar la existencia de otras leyes naturales o lugares particulares en que estuvieran vigentes otras leyes, cuyas gentes estuvieran sometidas a otras leyes, otras distintas a las que nos gobiernan a nosotros?
       —La pregunta, y usted perdone, está bastante mal planteada, ya que no hay ninguna ley que nos gobierne; en todo caso somos nosotros los que gobernamos a las leyes después de habérnoslas inventado. Las leyes son nuestra interpretación de… Pero suponiendo su pregunta formulada más correctamente e intentando entrar en sus intenciones, responderíamos decididamente que no.
       —¿No, eh?
       —¿Cómo y por qué debería haber otras leyes? ¡Demonio! Si el pensamiento renuncia a la unidad todo se va al garete. Nuestra interpretación de… no puede ser más que unívoca y unitaria.
       —¡Bravo, bravo! Habéis aprendido muy bien la lección… de los otros profesores. Pero tímidamente llamo vuestra atención sobre el hecho de que por dos veces habéis dejado en el aire una cierta frase: nuestra interpretación de… ¿De qué?
       —Pues del universo, del todo.
       —¿O sea de algo fuera de nosotros?
       —Vaya… Ahora quiere pillarnos a contrapié.
       —De algo fuera de nosotros, evidentemente. Si no no habría lugar para el término de Interpretación ni de ningún otro asimilable, y la misma palabra Pensamiento perdería todo significado. Dicho a la pata la llana, uno no puede interpretarse a sí mismo ya que para hacerlo debería valerse precisamente de una parte de sí, es decir, dar por interpretado lo que se trata de interpretar o, como mínimo, interpretarse sólo parcialmente.
       —Perfecto. Ahora es usted el que nos repite la lección aunque de forma más astuta.
       —No, esto está en relación con lo que voy a preguntaros y, en cierto modo, introduce mi nueva pregunta: ¿Ni siquiera podéis admitir la existencia de otras leyes o aparentemente distintas?
       —Ejem, ejem. Eso sí, siempre que sean referibles…
       —Sí, sí. Pues bien, ¿consideráis la muerte como una de las muchas posibles apariencias?
       —¡Usted y sus truquitos! Pero bueno, entonces no servía de nada afanarse tanto por… ¿por qué? ¿Es una apariencia o un concepto?
       —Siempre podría ser un concepto engañoso.
       —¡Otro truco genial!
       —Digamos entonces un concepto aparente o una apariencia conceptual; o bien: concepto en cuanto apariencia y apariencia en cuanto concepto.
       —Viva la claridad y, sobre todo, viva la decisión. ¿Y nosotros qué debemos entender y retener?
       —Exactamente lo que habéis entendido y retenido.
       —O sea, nada.
       —No, no. Hace ya media hora que estáis hablando de la muerte y eso quiere decir que he conseguido daros una idea de ella, o, mejor y en honor a la verdad, que vosotros habéis conseguido hacérosla.
       —No se haga ilusiones. Hasta que no lleguemos a una definición…
       —Olvidad las definiciones, que aquí y entre nosotros son imposibles. En efecto, no querría que olvidaseis que yo no estoy o estaba hablando, en su verdadero sentido, de la muerte, sino sólo intentando representárosla como idea de ellos o, o bien, como… no idea de ellos. En otros términos, ¿para vosotros, para nosotros, la muerte es siempre un concepto, incluso cuando no lo sea o fuera en sí?
       —¡Un enésimo jueguecito muy divertido! Y un límpido contexto.
       —No, un bonito juego es la lógica, a la que os estáis aferrando.
       —¿Pero cómo nos la va a representar si ni usted mismo sabe lo que es? Y, por otra parte, un concepto también puede y debe ser definido.
       —Querréis decir como os la representé. Vamos, vamos, más o menos ya sabéis lo que es esa tal muerte. Todos saben qué es la muerte. Y a esto es a lo que queríamos llegar.
       —Lo sabemos sin saberlo.
       —Mejor aún: eso es la verdadera ciencia. Ya veis cuánto y, por otro lado, qué poco pesan las palabras.
       —¿Entonces la muerte es una palabra?
       —Si lo preferís…
       —¡Una palabra que no significa nada!
       —Bien.
       —La muerte, por ahora, sólo es algo que turba nuestra visión del universo…
       —Magnífico.
       —… Sin darnos nada a cambio.
       —Exacto.
       —¡Y déjese de enigmas!
       —Pero la premisa es que eran enigmas. Enigma es la muerte para ellos; imaginaos para mí y para nosotros.
       —Mirad, chicos, a lo mejor el viejo tiene razón y se entiende su postura o la postura a que nos invita.
       —¿Razón? ¡Un cuerno!
       —¡Eh! ¿Qué es eso de viejo y de cuerno? Hago un llamamiento a vuestra dignidad y compostura aunque os hayáis dignado darme la razón… Un enigma sobre el cual, seguro, se podría razonar e incluso presumir de desvelarlo.
       —Pues razonemos.
       —¡Eh, jovencitos! Oídme: a este paso corremos el riesgo de dar la vuelta al universo o de intentarlo. En cambio, debo recordaros que esta lección ya ha durado demasiado. Ya hemos llegado a un determinado punto. Otra vez será.
       —¿Pero qué está diciendo? ¿Es que va a dejarnos así?
       —Nada de otra vez será. Siga y no le eche más cuento.
       —Suéltelo todo.
       —¡Uuuh, uuuh!
       —Avergonzaos. Si no hubiera otros motivos para interrumpir esta lección, el que ahora me dais es magnífico: esto no es una lección, esto es un mitin.
       —¿Un mitin? ¿Qué es eso?
       —Bueno, es algo de por allí abajo, algo muy importante para ellos, según parece.
       —Pero díganos algo más. Bueno, le pedimos perdón, pero díganos alguna cosita más.
       —¿Del mitin o de la muerte?
       —No se haga el gracioso: algo. Así podremos reflexionar sobre ello y la próxima vez estaremos mejor preparados.
       —Ejem… ¿Y qué queréis saber?
       —Por ejemplo, usted nos dijo que ellos, en un determinado punto mueren o algo así: ¿en qué punto?
       —A plazo fijo, creo, o casi.
       —¿A plazo fijo?
       —Sí… Bueno, debéis saber que ellos han elaborado un segundo concepto que os resultará claro a la primera: el de vida. Elaborado por decirlo de alguna manera, y no les costó mucho esfuerzo porque realmente no se trata del mismo concepto vuelto del revés. Abreviando: llaman vida a lo que no es muerte. Ahora bien, ellos mueren después de un cierto trecho de vida que es más o menos igual para todos.
       —¡Ésta sí que es buena! ¡Esto es todavía más absurdo! ¿Cómo se explica?
       —Si, además, hay una explicación, vamos a ir demasiado lejos.
       —¿Y qué significa un cierto trecho de vida? Un trecho de todos modos infinito: si no, de una parte —y excuse la expresión—, de otra; si no más allá de la muerte, más acá. O sea, igualmente infinito. O sea, que no es un trecho.
       —Pues no. Comprendo lo que queréis decir, pero olvidáis que ellos son limitados en el tiempo y en el espacio, o se plantean como tales aislando un propio menos. En suma, no sólo llegan a su fin sino que comienzan. Y a este comienzo lo llaman nacimiento.
       —¿Qué presupone un fin, una muerte?
       —Sin duda: de la misma manera que el fin presupone un principio, la muerte presupone un nacimiento. ¿Pero adónde me estáis llevando? No nos emperremos en el antes y en el después; si no, volvemos a empezar.
       —¿Qué son antes y después?
       —Vamos, vamos, por favor.
       —Pero, bueno, ¿se puede apreciar en su ser una especie de ritmo o de periodicidad?
       —Sí, sabihondos, exacto, aunque no se pueda decir exactamente en su ser. Vida no se identifica y no se puede identificar con ser, siempre en su terminología. Dándole vuelta a la frase, no saben lo que eran más acá del nacimiento ni qué serán más allá de la muerte.
       —¡No lo saben!
       —No, ésta es la cuestión.
       —¿Y cómo se las arreglan para ser, para… vivir? ¿Se dice así?
       —También esto lo dejaremos para otra vez. Lo que puedo deciros es que ese ritmo intuido por vosotros se ejemplifica en la vida misma, si son ciertas las noticias.
       —¿De qué modo se ejemplifica?
       —Bueno, ellos tienen en su vida algo así como muchos pequeños o menores nacimientos y muertes, aparentes, claro, o doblemente aparentes. No sé… como pruebas de la muerte final y réplicas del nacimiento inicial. Y, yendo a los hechos, lo más gracioso es que nacen y mueren de esa manera exactamente el mismo número de veces, considerando que el primer nacimiento, para aclararnos, el verdadero, no está precedido de ninguna muerte visible y que la muerte última no va seguida de ningún nacimiento visible, por lo cual su vida es tan sólo a medias y exactamente a medias.
       —No está claro. ¿Entonces se compone de nacimientos y muertes?
       —No se compone, está marcada. O sea, al primer nacimiento le sigue un período de vida interrumpido muy pronto por una muerte, a la que sigue un período de muerte interrumpido a su vez por un nacimiento con su correspondiente período de vida, y así sucesivamente hasta la última muerte.
       —Menos claro que nunca.
       —Esperad. Estos períodos —y esto es lo inaudito— no sólo son iguales periódicamente, sino que también son iguales como valores o como valor; o sea, estos nacimientos y muertes menores tienen lugar, también en este caso, a plazo más o menos fijo.
       —Por fin está claro, pero sólo lo que usted quiere decir… ¿O no? Otra cosa: ¿qué significa período de muerte?
       —El trecho de tiempo —ya podemos llamarlo así— comprendido entre una muerte y un nacimiento de los menores.
       —Muy listo el profesor: eso lo habíamos entendido más o menos. Le estamos preguntando otra cosa, es decir: si la muerte es un fin, sea el que sea, ¿cómo puede ser un período?
       —Es que estoy hablando de apariencias, de muerte aparente.
       —Pero, bueno, ¿ese trecho de tiempo es una laguna?
       —Nada de eso: su existencia no cesa en estos períodos, al contrario, se vuelve más intensa por una parte, mientras que casi se apaga por otra. ¿Habéis comprendido?
       —¡Oh, Señor! ¡Cuántas incongruencias en tan pocas palabras! Pero, evidentemente, su existencia no cesa ni siquiera después de la muerte mayor: y va una. Más bien cesa su vida, lo dijo usted, vida que, por otra parte y ni hecho aposta, sin embargo es existencia, si bien, o, mejor, en cuanto es parte de ella: y van dos. Y podríamos continuar. Pero la verdad es que usted debe haber elegido a propósito este término ambiguo o mediocre de existencia para salir del apuro. Reconózcalo.
       —No pienso reconocerlo.
       —¿No piensa?
       —No reconozco nada. ¿Veis por qué cuando una lección se acaba no quiero añadir nada más? Con tipos como vosotros no hay manera: cada cosa, la mínima palabra, requiere explicaciones y precisiones agotadoras. ¡Basta!
       —Callaos, que si no se va.
       —Está bien. Cálmese. Finjamos que nos hemos entendido y volvamos a la cuestión. Entonces en ese período su… existencia se vuelve más intensa por una parte y casi se apaga por otro: pues bien, ¿por qué parte?
       —Bueno… ¿Qué es lo que caracteriza la existencia según vosotros? ¿La existencia o el ser? (a ver si así os calláis de una vez).
       —Sensaciones, imágenes, pensamientos.
       —Hum… en ese caso no hay duda de que ellos existen o son más en esos períodos de muerte aparente que en aquellos de vida propiamente dicha.
       —¿Por lo cual, aparte de algunas evidentes observaciones sobre su modo de expresarse, su analogía era errónea y convendrá invertir la serie que usted estableció hace un momento? Se comienza con una muerte y se acaba con una vida, según parece.
       —(Estos diablos me están poniendo en un brete.) Pues invertidla, si os place; en el fondo da lo mismo. Pero no tenéis lo suficientemente en cuenta el hecho de que ellos tienen un cuerpo o lo son… En realidad no se sabe cuál es la solución. Esos períodos o estados alternos de muerte aparente y de vida…
       —¿… Aparente?
       —¡No me interrumpáis! Esos estados —que, entre paréntesis, ellos han llamado genérica y respectivamente sueño y vela— se copian recíprocamente y ya no hay manera de saber dónde está lo verdadero y lo falso.
       —¿Verdadero y falso? ¿Y eso qué tiene que ver ahora?
       —(No son nada tontos.) Bueno, no se sabe a qué atenerse y, a veces, uno piensa que aquella gente, según algunos de ellos mismos han pensado, está hecha como de sus mitades, de las que una sería el cuerpo y la otra…
       —¿Y la otra, y la otra?
       —¿Y yo qué sé? Evidentemente, lo que no es cuerpo y, es más, lo que en cierto modo se opone al cuerpo.
       —No, profesor, esto no funciona. No llegamos a concebir dos naturalezas distintas coexistentes. Usted debe decirnos si son cuerpos o no lo son.
       —Oídme, mis queridos jóvenes y petulantísimos amigos, no nos confundamos. Yo no voy más allá con mis nociones y de momento ni siquiera sé en qué términos plantear la cuestión… Hum… pero reflexionemos: ¿dentro de esos cuerpos no podría haber algo, como dentro de los cuerpos celestes, que tienen una corteza dura, hay fuego?
       —¿Y entonces por qué ese algo interior no rompe su propia corteza, es decir, no hace que el cuerpo se vuelva inútil?
       —Buena pregunta, sí señor: ¿y por qué —os pregunto yo ahora— el fuego interior de los cuerpos celestes no sale? Verdaderamente, no sé cómo se os ha pasado por la cabeza el que la libertad tienda a una mayor libertad y que, por ejemplo, el libre elemento que es el fuego deba forzosamente tender a no se sabe qué franquicia para manifestarse. En cambio, gradualmente vuelve a enclaustrarse, y la libertad, bien mirada, tiende más bien a la esclavitud. No es un valor, ni siquiera es una aspiración, sencillamente es un falaz método nuestro y un falso presupuesto nuestro, debido, en suma, a nuestra miopía. Inspirándonos en los procesos parciales de liberación de energías o fuerzas de la naturaleza que cada día vemos y, analogizando, como es nuestro hábito, hemos llegado a convencernos de que la libertad es el fin y el bien supremo así como el mejor medio. Pero no vemos el fin último de todo ello, su destino extremo y, por qué no, benéfico. ¡Faltaría más! Si hay algo de lo que no se sabe qué hacer es precisamente la libertad: ni siquiera es una cosa, sino un soplo, una nada, que espera su calificación y su destino, que es, como ya he dicho, la esclavitud. La libertad no puede ser un fin; al menos, ¡pobres gentes y pobres épocas que se la propongan como tal! O, en palabras más pertinentes, también se podría decir que el principio regulador del universo no es un principio dilatativo, y perdonad tan fea palabra, sino un principio contractivo; no uno, perdonad otra vez, estrictivo, sino uno constrictivo… Pero, bueno chicos, ¿por qué me hacéis dar estas conferencias de escuela nocturna? Estamos divagando de una forma evidente (¡no es verdad!), justo ahora en que esta tranquila lección hace un buen rato que debería haber acabado. Volvamos a ellos, a los de allí abajo. No, no volvamos a nada. Adiós, hasta la próxima vez.
       —¿Y entonces?
       —¿Entonces qué?
       —¿Así que de todos modos su vida está hecha de los dos, del sueño, como usted lo llama, y de la vela?
       —Ya.
       —¿Y luego mueren de verdad?
       —¿De verdad? ¿Cómo de verdad?
       —¿Cómo, cómo?
       —No, esta vez no me pilláis: la continuación en el próximo episodio.
       —Pero, al menos, ¿cómo se manifiesta esa muerte?
       —¡Diablos! Cesan de ser lo que eran. Por ejemplo, dejan de moverse.
       —¿Por qué? ¿Es que vivos se mueven?
       —Ya lo creo. Para ellos el movimiento es uno de los presupuestos fundamentales de la vida. Y, desde su punto de vista, no andan muy equivocados. ¿Es que los cuerpos celestes se están quietos un momento?
       —Se mueven. ¡Ésta sí que es buena!
       —Sí, y siempre, por ejemplo y como simple ejemplo, pierden su cuerpo.
       —¿Eh? ¿Cómo que por ejemplo y como simple ejemplo? ¿Y cómo “pierden su cuerpo”?
       —Cu-cú, queridos amigos. No terminaríamos nunca.
       —¡Qué lástima! Pues sigamos adelante. Así que mueren, ¿y luego qué ocurre?
       —¿Qué ocurre? Nada.
       —¿Conque no, eh? Donde una cosa acaba forzosamente comienza otra.
       —Volved mañana.
       —Venga, profesor, sea bueno, sólo un momento. Díganos alguna otra tontería.
       —¿Tontería? ¡Eh!
       —No, queremos decir nadería. Profesor, lo bueno acaba de empezar ahora. Hasta aquí no ha hecho otra cosa que exigir ingratos esfuerzos a nuestras mentes y ahora que, por fin, podría empezar a contarnos bien todo…
       —Sed puntuales a la próxima lección.
       —¡Qué rabia!
       —¡Qué jóvenes tan estudiosos y concienzudos! No obstante, tampoco en esto hay que exagerar. Adiós.
       —Sólo un momento. Una duda: ¿usted ha dicho que la vela y el sueño se copian recíprocamente?
       —Sí, el uno o la una es la simulación del otro o de la otra.
       —Pero…
       —Comprendo que no lo entendáis y no sé responderos a ello. En sustancia, ¿queréis saber cuál de los dos prepondera en un orden ideal, si es que prepondera?
       —Sí, sí.
       —Bien: dejando a un lado que no lo sé, imagino que la vela simula más pálidamente el sueño de lo que el sueño simula la vela. Al menos, el sueño es autosuficiente y la vela no.
       —¿Y qué debemos concluir de ello?
       —No lo sé.
       —¿Pero no se da usted cuenta de que un hecho así, si lo es, puede interpretarse de dos maneras?
       —Me doy cuenta.
       —De ello se puede deducir indiferentemente que lo que más importa es la vela, o el sueño.
       —Elegid.
       —Elegimos la segunda interpretación.
       —Muy bien. Enhorabuena.
       —¿Entonces su verdadera vida sería el sueño?
       —Pensadlo así si os parece.
       —¿Sueño en el que el cuerpo no tiene casi ningún papel?
       —Eso parece o, ciertamente, tiene uno menor. (¡Ay! Si no tengo cuidado me obligan a responder de nuevo y, naturalmente, a discutir.)
       —¿Por lo cual qué, quién o cuánto al final muere es este último?
       —¿Qué demonios decís? ¿Qué clase de deducción es ésa?
       —Pues díganos usted: si no tuvieran el cuerpo o no fueran cuerpos, ¿podrían morir?
       —No creo.
       —¿Ve usted cómo el cuerpo es la muerte?
       —Yo no lo he dicho.
       —¿Entonces ya no quiere ayudarnos más?
       —Ahora no. Buenos días.
       —¡No, no, espere! La explicación del estribo: una pequeña explicación de nada, nos bastan dos palabras.
       —Que no sean tres…
       —¿Por qué al hablar de todo esto, usted empezó usando los verbos en presente y en pasado a la vez y luego, en cambio, se limitó al presente?
       —¡Hay que ver qué cosas se os ocurren! Bueno, me limité al presente por sencillez, pero verdaderamente… Sabéis cómo ocurrió, ¿no?
       —No.
       —Bueno… Los que fueron allá abajo nunca más volvieron. Al principio nos mandaron comunicados, aunque no lo bastante claros; luego, cesaron… Resumiendo: ni siquiera se sabe si esa gente, los indígenas, existe aún en aquellos lejanos mundos, o ya no se sabe.
       —O sea, ¿si está muerta o se transformó en otra cosa?
       —Eso es. Digámoslo así.
       —¿Y cuándo fueron los nuestros allí?
       —¡Quién lo sabe! Lo cierto es que la gran estrella de Poniente ha cortado más de cien mil veces el ecuador celeste.
       —¡Oh, profesor! ¡Cuéntenos esa historia!
       —Un par de ceros.
       —¿Qué dice?
       —Parece que era o que fuera una expresión elegante suya para decir que no.
       —¡Oh! ¡Ah! ¿Se mantiene inflexible?
       —Inflexible.
       —¿Entonces esta lección se acabó?
       —Se acabó, gracias a Dios.
       —¿Entonces ésta es la famosa muerte?
       —Ésta. ¿Pero qué? Yo he intentado animaros pero ahora me asaltan las dudas. Dios sabe qué es lo que habéis entendido. De todos modos, resumamos en pocas palabras lo dicho hasta aquí…
       —No, deje que lo resumamos nosotros mismos. Así comprenderá lo que hemos comprendido.
       —Daos prisa.
       —Pues hemos comprendido que no hemos comprendido nada.
       —¡Maravilloso! Es más de lo que me esperaba. Uno de sus sabios decía: “Sólo sé que no sé nada”.
       —No era nada estúpido, para ser alguien sujeto a la muerte.
       —Se acabó el tiempo. ¿Habéis acabado?
       —Mire usted, como última conclusión no se sabe qué es la muerte y, en consecuencia, no existe, y el fantástico concepto de muerte es lo más absurdo e incomprensible que…




       Pero aquí, de repente, sucedió algo que puso fin de verdad a la lección y no sólo a ella sino a todo el curso y a todo. El cielo, todo el cielo, se encendió como en una espantosa aurora boreal y, en menos tiempo del que se tarda en decirlo, todos aquellos drapeados, jirones, flecos, cortinas y espadas de luz adquirieron un violento y maligno color escarlata. El entero universo visible ardía y sangraba. En pocos instantes la temperatura aumentó en millones de grados. Un breve instante más y la tierra sidérea que daba asilo a los tenaces parlanchines estallaba… Ni siquiera se puede decir que fragorosamente porque ya no quedaba nadie que oyera tan descomunal trueno.
       La cual catástrofe cósmica, he de confesarlo, tan extraña como providencialmente, coincidió con el aburrimiento ya intolerable por mi parte, el teleteleteletaquígrafo. Y ahora me pregunto: ¿qué quiso hacer el Eterno? ¿Mostrar que la muerte no sólo se da sino que reina soberana hasta en aquellas remotas galaxias, o simplemente castigar la singular capciosidad de aquella buena gente?
       ¡Qué petulantes! No creo que se les pueda aplicar más que el adjetivo picaño de “chapuceros”. ¡Y qué necios! ¿Cómo es posible discutir tanto de cosas que todos saben? Y tan presuntuosos, y obsesionados por la especulación. Por lo que respecta a esto no se daban descanso, agarraban al vuelo una palabrita cualquiera y venga a manosearla como si fuera, con perdón, un pecho de mujer. Pero de verdad, ¿qué clase de especulación era aquélla? En lugar de bogar en el gran río, se tiraban a los arroyuelos y en ellos chapoteaban felizmente como borrachos sin preocuparse demasiado de los nexos, de las relaciones y de todo lo que hace gloriosa y triunfante nuestra propia especulación. Sí, sí, está bien… ¿Y el desgraciado (como yo) que estaba escuchando?
       Verdad es que más vale ser respetuoso con ellos, y os explico el cómo y el porqué. En una cosa aquella gente tenía razón, sin nada que objetar. Haga lo que haga el Eterno, la muerte no se da y no se da. Por lo cual ellos todavía tienen una posibilidad de ser, aunque ahora vayan vagando; de modo que, y por eso mismo vagan, su espíritu o una parte de su espíritu podría haber entrado en el cuerpo de alguno de nosotros. Y cada cual, excepto precisamente los autores de ciencia ficción especulativa y de galaxiadas o galaxeiadas, se tiene respeto a sí mismo.



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