Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


Dos duelos (1959)
(“Due veglie”)
Originalmente publicado en el periódico Il Mondo [Roma] (1959);
In società
(Florencia: Vallecchi, 1962, 249 págs.)



      Mujer mía, ¿qué más puedo decirte? Vas a descender a la fría tumba y contigo en ella quedarán encerrados todo mi afecto, todo bien, toda esperanza, todo lo que tenía de casto, de noble, de confiado, y también todo bien terrenal, toda alegría y, en breve, todo cuanto puede hacer bella la solitaria vida del hombre. Yo te amo, criatura gentil, te amo ahora más que nunca, yo, que te había encontrado al cabo de largos años de melancolía, después de un largo camino por árido desierto, y me has sido arrebatada. Yo, que en ti había reconocido todas las perfecciones y todas las delicias y que en ti había cumplido cada voto de mi corazón, cada impulso de mi sangre. Y me has sido tan pronto y tan cruelmente arrebatada, de tal modo que casi se confunden los esponsales y estas fúnebres honras. Y tú también me amabas, y ninguna otra sabría amarme como tú. Así, pues, puedo decir que en tu tumba quedará encerrado no sólo mi amor sino también lo que de amor me venía, mi paraíso. ¿Y qué será de aquí en adelante mi vida si lo que tal la hacía, si su espíritu vital le ha sido arrebatado? ¡Ah! De mil amores daría toda mi sangre, todo menos una gotita para gozarte luego, para que la tuya volviera a licuarse. ¡Ah! De mil amores, al no poder hacer otra cosa, te seguiría en este oscuro viaje si no temiera con ello afligir a la tierna amante que todavía me protegerá de su luz o de su tiniebla. Pero, ¿quién me devolverá a ti, a ti misma? Eres bella y eres buena, pero pobre de mí, que debo decir eras. En ti refulgía altura de ingenio y toda otra prenda del alma, que a gracia y a bondad ceden luz mientras reciben su calor. Y todo eso, todo eso me ha sido arrebatado… Y tú, ratoncito que trepas cauto por la pata de esa butaca, ¿qué buscas en la casa del dolor? ¡Criaturita a la que debería matar o echar, avanza tranquila y hazme compañía! Pero, asustado por mi voz, corres en menudo galope. Y no sé si reprocharte que te apresures, feliz, hacia el secreto agujero donde te espera tu hembra… Y feliz tú también, canoro ruiseñor, cuyos trinos llenan la lejana noche porque, como dijo el poeta, tu pequeña esposa vive contigo en el mismo nido. Vive: dulce, única palabra… ¡Pero qué veo! Sus mejillas se tiñen de un leve rojo… ¡Ah, no, que es cruel engaño de mis ojos cansados!… ¡Ah, sí, que no es engaño! ¡El más alegre de los milagros! ¡Ella revive! ¡Oh, alegría inefable, que también a mí me restituye de la muerte a la vida! Empieza a murmurar algo…
       —Mi bonito jarrón de cristal en esa banqueta cojitranca. Basta el golpe más pequeño para hacerlo caer.
       —Habla con claridad. ¡Oh, quede para siempre abolido, pasada pesadilla horrenda, mi luto!
       —Quítalo en seguida de ahí. ¿Y estos cirios y estas flores?
       —Están aquí para iluminar y celebrar tu despertar. Amadísima mía, estás aquí entre los brazos de tu amado y rendida a la jocunda acogida de toda la naturaleza. Tú…
       —¡Caray! Mañana debe ser día quince. Aparte el pago del plazo de la aspiradora, Dios sabe cómo llegaremos a final de mes. Hoy en día el dinero nunca es bastante. Dime: por ejemplo, ¿sabes a cómo están las espinadlas?
       —Las… La verdad es que yo… se dice espinacas, no espinachas. Pero… Mira por la ventana abierta las estrellas, apenas palidecidas por la luna que empieza a ocultarse. Parecen titilar en esta habitación que hace un momento era la sede de siniestros terrores…
       —Las criadas son una verdadera maldición de Dios. La nuestra nos roba a mansalva; sisa en la compra y sisa en casa, y eso, claro, no ayuda a llegar a fin de mes. No. A veces me siento totalmente desanimada.
       —… como si quisieran ser partícipes de nuestra fiesta de amor.
       —Deberías pillarla con las manos en la masa y darle una buena lección, pero, claro, a ti eso no te importa nada.
       —¡Oh, mi adorada! Aspira los efluvios vivificantes de esta noche de abril y…
       —Además. ¿Cuántas veces le he dicho que la lejía estropea la ropa? Pero ella, con tal de acabar de prisa… Ya se sabe; el látigo es mío y el caballo es de otro.
       —Pero bueno…
       —¿Y qué me dices de Ada? ¿Es que acaso se imagina que me humilla cuando viene por aquí acicalada y emperifollada como una jovencita? ¡Faltaría más! A su edad resulta ridícula. Y para empezar debería buscarse una sastra algo mejor. Como si no supiera de dónde saca el dinero. ¡Ah, pobres maridos! Pero ya sé que es inútil hablarte de esto; ya sé que te cae muy simpática.
       —No. Yo te juro que…
       —Este verano necesito un vestido playero nuevo: el viejo está estropeado y, además, ya no se llevan así.
       —¡Oh! ¡Si Dios quiere esta vez estás muerta de verdad! Han pasado muchos años desde aquel mi primer duelo, cuando tú, de improviso, reviviste. Entonces yo “de mil amores habría dado toda mi sangre”, etcétera. Y, “respondiendo a mis ardientes votos, el cielo quiso que te despertases de tu letargo mortal”, etcétera, etcétera (pues en términos semejantes solía expresarme e incluso pensar). ¿Por cierto, qué fue? Ya: una catalepsia o como se llamara. Además, no es eso lo que importa… Largos años. ¡Qué imagen luminosa me dejabas, me habrías dejado entonces! ¿Qué quieres que te diga ahora? Bueno, no hay que exagerar. Tú, como todos, en el fondo no tienes la culpa, así que tu alma descanse en paz. Está bien. Pero… pero, ¿qué me han dado todos estos años? (o si quieres, digamos qué nos han dado, porque, a fin de cuentas, al razonamiento se le puede dar la vuelta). Te creía dulce, bella, buena, inteligente y más cosas y me tuve que convencer de que también eras ruda, mala, estúpida, vulgar y también fea. La verdad es que sí y no, pero, a fin de cuentas, teníamos lo suficiente. Pero tú, en lugar de dar, me quitaste algo, o sea (para ser exactos), lo que podías haberme dado antes y un poco más: una pequeñez, la posibilidad misma de esperar y de ser feliz, ya que no puede volver a ilusionarse quien fue desilusionado una vez. Hum… Lo mismo que me quitabas podía y a lo mejor debía hacer que te quisiera más, lo comprendo. O, mejor dicho, comprendo que habría debido comprenderlo, pero en realidad no lo comprendo en absoluto. ¿Cómo? ¿Más amada acaso que el primer día, que cuando moriste la primera vez? No, nadie conseguirá convencerme de semejante sandez: son una triste humanidad y tristes afectos los que nacen de la desilusión y no se alimentan sólo de satisfacción, de felicidad. Afectos enfermos, una triquiñuela de nuestra desesperación, una confesión de nuestra vulgaridad, que engreídamente quieren ennoblecer, como tantas otras cosas enfermas y abyectas, como, por ejemplo, nuestro asqueroso dolor de criaturas humanas, etcétera. “Era una mujer, nada más que una mujer, y porque lo era yo la amaba.” Así hablan una cierta retórica… y nuestra impotencia. Pero, dejando aparte las consideraciones, ¿qué fue, en sustancia, nuestra vida (aunque sólo fuera por el simple hecho de que era en común, o sea que con dos la vida no puede ser otra por sí misma) sino una especie de discurso (cuando no disputa) sin fin, mejor dicho, sin pies ni cabeza, agobiante, obstinado y hasta torvo, sólo Dios sabe con qué argumento? ¿Qué fue sino una sórdida secuencia de inútiles preocupaciones carentes de toda luz? Y, a mi vez, por supuesto, yo sin querer he “ignorado tus más maravillosas melancolías”, con todo lo demás. Iré al grano, ¿acaso no tengo razón al desear retrospectivamente… ¡demonio de frase!, al lamentarme de que no te hubieras muerto a tiempo, es decir, cuando hiciste aquella finta? Sí. Feliz aquel cuya mujer muera, a ser posible, el mismo día de la boda, porque le queda una imagen pura que cualquier cosa que ocurra después sólo puede ensuciar. ¡Ah! Aquella primera noche, si hubiera tenido tanto así de sentido común, en lugar de desesperarme, debía haber gritado: ¡Qué suerte que te hayas muerto! Y luego, en lugar de alegrarme, debí ponerle luto al sombrero. Sí, tú reviviste y entre el antes y el después hubo, justamente, la diferencia que hay entre la vida y la muerte, pero, por supuesto, muerte era ésta, ésta de ahora. Tanto es así que no podemos esperar vida sino de la muerte, siempre que ésta no nos traicione; o, dicho de otro modo, que nuestra única enemiga es la vida misma… ¡Vaya! Ya volvemos a empezar con los razonamientos… ¡Eh, tú, ratón que te asomas detrás del aparador! ¿Será posible que no consiga liberar esta casa de vosotros? Sí, sí, huye, que ya te agarraré. Lo intentaré con trigo envenenado… Y tú, petulante y condenado ruiseñor que, aprovechando este trozo de jardín, has venido ahora bajo mis ventanas con tus cascadas de oro en cuencos de plata o lo que hayan inventado los poetas. ¿Cuándo te vas a callar? Lo que necesitas, aunque sólo sea para espantarte, es un buen escopetazo.



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