Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


Palabras alborotadas (1968)
(“Parole in agitazione”)
Un paniere di chiocciole
(Florencia: Vallecchi, 1968, 296 págs.)



      Por las mañanas, cuando me levanto, me lavo los dientes, naturalmente. Así pues, extendí en el cepillo un gusanillo de dentífrico de un centímetro y medio aproximadamente, me metí el cepillo en la boca frotando vigorosamente y, luego, con la boca aún llena de espuma, sorbí un trago de agua del grifo. Digo esto para decir que, en suma, hice todo como siempre.
       Me enjuagué la boca y escupí. Pero, en lugar de salir la habitual y desagradable mezcla, salieron ellas, las palabras. No sé cómo explicarme: eran palabras, pero estaban vivas y culebreaban de aquí para allá en el lavabo, por suerte vacío. Una resbaló y casi se fue por el agujero del fondo, pero se recuperó y se salvó. Parecían avispadas y alegres, aunque algo locuelas: daban vueltas como a veces hacen los conejitos en la jaula o las jóvenes nutrias en los rápidos. Luego decidieron emprender la escalada del espejo. No exactamente del espejo: querían trepar hasta la repisa del espejo y lo lograron fácilmente, no sé en qué modo. Y entonces me di cuenta de que hablaban o, mejor, gritaban con una vocecita agudísima, aunque siempre debilísima para mis oídos. En la repisa hicieron un montón de pasos de baile, de payasadas y de reverencias, como si estuvieran en un escenario, y luego empezaron a hacer señas, de lo que comprendí que querían hablarme. Agucé el oído y acerqué la cara y así, no sin esfuerzo, no sólo pude oírlas, sino que mi vista se acostumbró a reconocer algunas. En realidad, debería decir a identificarlas o a leer algunas, ya que a muchas sólo las conocía de forma muy aproximada. De todos modos vi las palabras Locupletal, Amasijo, Erario, Martillo y otras.
       —Nosotras somos palabras —empezó a decir Locupletal, que parecía la comandanta.
       —Ya lo veo —respondí.
       —Nosotras somos palabras y tú eres uno de ésos.
       —¿Ésos? ¿Quiénes?
       —Uno de esos que nos trata y maltrata. Razón por la cual es legítimo que, en justicia, nos dirijamos a ti en especial. En estos tiempos de reivindicaciones, de redimensionamientos y semejantes re, sería ridículo que justo nosotras nos quedásemos atrás. Pero si presentásemos todas a la vez nuestras reivindicaciones estaríamos frescas. Resumiendo, pedimos una redistribución.
       —¿Qué redistribución o de qué, tontinas?
       —De los significados, para empezar. Cada una de nosotras significa algo, ¿o no?
       —Yo diría que sí, a pesar de lo que hagan algunos novelistas o periodistas.
       —Pues bien, escucha. Yo, por ejemplo, soy Locupletal, ¿y qué significo?
       —Significas, más o menos, referente a la riqueza.
       —Sí, porque lo sabes, pero, ¿si no lo supieras?
       —¡Vaya pregunta!
       —No, mira, yo significo eso que has dicho, pero, ¿te parece justo? En cambio, debería significar algo referente a arroyuelo o, en general, a agua que fluye.
       —¿Pero por qué?
       —¡Demonio! Lo-cu-ple-tal; ¿es que no tienes oído?
       —Hum… Pero, en primer lugar, tú acaso ni siquiera existes. Yo conozco Locupletar, Locupletación, Locupletísimo, pero a ti… Si existes eres muy poco usada. Entonces, ¿de qué te quejas?
       —Existo, existo, y si soy poco usada eso no quiere decir nada.
       —Veamos —dijo otra—, yo soy Boneta. ¿Qué significo?
       —¡Y yo qué sé!
       —Bravo, entre paréntesis, por ser tú uno de ésos, pero, por otra parte, es mejor así. A cara o cruz, ¿qué te parece que significo yo?
       —No sé… algo para la cabeza.
       —Pues no; eso es porque piensas en Bonete. Olvídate de los parecidos, si no las cosas se complican todavía más. Debes intentar ponerte frente a mí sin ninguna idea especial en la cabeza. Así, a la primera, ¿qué significo?
       —Bueno… yo diría que una especie de tienda o pabellón.
       —¿Lo ves?
       —¿Qué?
       —Pues que significo paño que se añade a algunas velas para aumentar su superficie. ¿Te parece justo?
       —¿Y yo? —intervino una tercera—. ¿Qué dices de mí? Porque también se puede proceder a la inversa. Mira, yo soy Martillo, ¿y no es un verdadero y auténtico abuso?
       —Para mí como si me hablaras en árabe.
       —¿Qué es un martillo? Eso quizá lo sepas. Bueno, el martillo debería llamarse cualquier cosa menos Martillo.
       —¡Vaya! ¿Y cómo debería llamarse?
       —Está claro: Jibia.
       —Comprendo lo que quieres decir, pero no veo de qué modo eso te afecta a ti, precisamente a ti. Tú eres Martillo y, en cambio, crees que te llamas Jibia; te equivocas porque en ese caso serías precisamente Jibia y no Martillo: tú no eres más que una palabra, desgraciada.
       —No entiendes nada de nada —intervino la propia Jibia. Es sencillo: nosotras dos querríamos cambiar nuestros significados, y, al menos, esta cuestión quedaría resuelta, ¿no es así, Martillo?
       —¡Ni hablar, monina! —gritó Martillo—. ¿Qué te crees? Tú te quedarías perfecta, no hay ni que discutirlo, pero, ¿y yo? ¿Designar yo a esa especie de calamar? ¡Puah! Te engañas, ricura. Martillo no puede significar otra cosa que alguna especie de… de árbol, eso es. Algo vegetal.
       —Calma —dije yo—. Es verdad que dos mujeres y una oca pusieron un mercado en Nápoles.
       —Nada de dos mujeres: tres mujeres, dice el refrán.
       —Y vosotras dos armáis follón como si fuerais tres. Veamos, tú, Martillo, ¿no has dicho tú misma que habrías querido llamarte, mejor dicho, ser Jibia?
       —En absoluto, ¿es que de verdad eres tonto? Sólo dije que el objeto Martillo debería llamarse Jibia, lo que es muy distinto.
       —¡Oh, santo cielo! Me vais a volver loco. ¿Y entonces?
       —Entonces, nada. Naturalmente, yo no puedo cambiar mi significado por el de Jibia aunque Jibia tomase el mío. ¿Está claro?
       —No.
       —Bueno, yo cedo, y es justo que ceda, mi significado a Jibia, pero a cambio no quiero el suyo, ¡ea! Quiero el de otra.
       —Por ejemplo, ¿el de quién?
       —Por ejemplo, el de… mírala allí… el de Abedul.
       —¿Y ella?
       —¿Quién? ¿Abedul? Toma otro de cualquier otra ya que su significado no le cuadra; lo toma, por ejemplo, de Viga.
       —¿Cómo? ¿Cómo? —chilló la mentada Viga al oír aquello—. ¿Estás loca? Ocúpate de tus asuntos que yo ya me ocupo de los míos —y venga a discutir.
       —Yo, Iridio —habló una dándose aires de importancia—, no puedo designar más que a una lima, está claro.
       —¿Y voy a cargar yo con tu significado? —retrucó Lima—. Yo, para que te empapes, no puedo significar otra cosa que algo muy blando, nada de metal, ¡y por añadidura durísimo! Todo lo más, podría cambiar mi significado con Almohada o con Cojín…
       Y gritaban y chillaban todas a la vez. Me parecía tener un puñado de alfileres en los oídos. Perdí la paciencia.
       —¿Pero se puede saber qué es lo que os proponéis, bribonas? —grité—. ¿Queréis ver lo que voy a hacer y así estaremos todos empatados?
       —¿Qué vas a hacer? ¿Qué vas a hacer? —se mofaban.
       —Esperad un poco.
       Cegado por la ira, fui a la cocina y agarré una botella vacía, mientras en el estudio cogí un folio y un lápiz, y volví.
       —Ahora apunto aquí cuidadosamente todos vuestros significados, luego os meto a todas en esta botella y, por último, os hago salir una a una, y a la que le toque le tocó: la primera que salga toma el primer significado, la segunda, el segundo, y así sucesivamente. Lo toma y se conforma, le guste o no. Adelante, empecemos.
       No querían y hacían obstruccionismo intentando embrollarme, pero las obligué a declarar punto por punto su propio ser. Como no querían dejarse atrapar y se escapaban por todas partes, yo, encerrándolas y aplastándolas bajo la palma de mi mano curvada y, posteriormente, agarrándolas con el pulgar y el índice de la otra mano, conseguí embotellarlas a todas. Parecían ratones atrapados, por lo que gritaban allí dentro. Cuando las encerré a todas, empecé a hacerlas salir una a una, según lo había decidido. Y cada una, como digo, tuvo que conformarse con el significado que le tocó. A medida que salían, huían a saber dónde y las perdí de vista. Y así acabó la historia.

       Ya, pero ahora hay un gran problema. Porque cada una de ellas tomó un cierto significado y se quedó con él, de acuerdo; pero, ¿quién tomó ese determinado significado? Ése es el problema. No sé si me explico. ¿Entienden el problema? Todo se hizo a la buena de Dios, de palabra. En la agitación del momento, no me acordé de anotar los varios cambios y las distintas atribuciones de significado. No me quedó nada en la mano, ni un solo documento probatorio. De modo que ahora, abreviemos, ellas saben lo que significan, yo no. Es terrible.
       Además, estoy un tanto preocupado. He contado que, al salir de la botella, huyeron a saber dónde, pero seguro que se quedaron en casa y un día u otro, ya lo verán, volverán a mí.
       Sólo por una cosa estoy satisfecho: que, al menos, por fin, he comprendido el sentido de la expresión “enjuagarse la boca con las palabras”.



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