Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


El mar de las cucarachas (1939)
(“Il mar delle blatte”)
Il Mar delle Blatte e altre storie
(Roma : Edizioni della Cometa, 1939, 138 págs.)



Aux amis florentins du temps jadis

      Una tarde de primavera el abogado Coracaglina regresaba a casa con un aire desenvuelto y vivo que su hijo nunca había visto en él. Tenía casi sesenta años y, además, su hijo, algo gandul e incapaz de labrarse una posición, habitualmente le tenía seriamente preocupado. Pero aquél era un día de sol enfermo y bastante templado. El abogado caminaba resuelto y miraba con ojos picaros y penetrantes (la presencia de su hijo no lo reprimía) a las guapas mujeres, cuando oyó que le llamaban.
       Del umbral reluciente de una barbería corrió a su encuentro su hijo en persona, sin chaqueta y con una manga arremangada por encima del codo.
       —Papá, papá, mira qué bonito tajo.
       Y mostraba una herida profunda en el antebrazo, una herida de navaja barbera larga y limpia. La sangre manaba en abundancia pero el joven sonreía contento. Aquella visión llenó de horror al abogado, pero no tuvo tiempo de decir nada porque su hijo, abriendo con decisión los labios de la herida y hurgando dentro de ella con la otra mano, empezó a sacar algo. Primero un largo trozo de cordel, luego un grano de pasta agujereada, y ofrecía estos objetos a su padre, el cual los tomó y también miró dentro.
       Por dentro la herida era más ancha de lo que uno podía imaginarse. Las paredes eran lívidas y en el fondo se entreveía una especie de légamo sangriento en el que afloraban los distintos objetos. Una tachuela de zapato, algunos perdigones, unos granos de arroz. El joven también sacó un moscardón con las alas pegadas y un gusanillo azul y diáfano, pero los tiró lejos con un gesto de asco. Sin embargo, el gusanillo, obstinado, en seguida intentó trepar por los zapatos de charol del abogado, pero el joven volvió a arrojarlo al polvo con el pie.
       —¡Ah! ¿Conque ésas tenemos? —protestó el gusano con voz áspera.
       —¡Que Dios te maldiga! ¿Qué hacías aquí dentro? —le respondió el joven sin dar demasiada importancia al incidente—. Y ahora, en marcha —añadió dirigiéndose a su padre—. No pierdas esto —le entregó los objetos extraídos de la herida y lo arrastró con furia de una manga. Su padre lo siguió trastabillando sin saber dónde guardar el cordel, la tachuela y todo lo demás, con las manos llenas de objetos enfangados y sanguinolentos.
       En el puerto, un viento procedente del mar no favorecía los preparativos de la partida.
       —Sujeta esto —gritó al abogado su hijo entregándole la punta de un grueso cabo—. Tira fuerte.
       El abogado había conseguido, por fin, agarrar con una sola mano los objetos que le habían sido confiados y con la otra pudo sujetar el cabo y tirar de él. Empezaban a caer gruesas gotas de lluvia. Hinchadas olas batían contra la proa de la embarcación, enfilada hacia alta mar, y el abogado ya estaba empapado de sus salpicaduras. Los mástiles, el puente, la quilla, crujían y chirriaban; el cabo se tensaba con violentas sacudidas. Mirando hacia arriba el abogado se dio cuenta de que estaba sujetando una enorme vela totalmente hinchada por el viento. Las fuerzas estaban a punto de abandonarle:
       —¡Eh, usted! —gritaba a cualquiera que pasase cerca de él, pero nadie le hacía caso.
       Si por lo menos hubiera podido ayudarse con la otra mano, pero para ello habría tenido que tirar aquellos objetos. Por fin se le acercó un hombre con una pata de palo.
       —¿Los tiene usted, amigo? —preguntó con aire amenazador. Por su ropa parecía un personaje importante, tal vez el capitán.
       —Yo… yo… —respondía el abogado.
       —Basta de charla. Vamos a empezar. —Y llamó—: ¡El del cordel!
       Avanzó un marinero tuerto con el torso desnudo. El capitán cogió el trozo de cordel de las manos del abogado y se lo entregó. El tuerto lo recibió de muy mala gana y se alejó refunfuñando.
       —¡Al diablo! —exclamó claramente cuando se halló a una cierta distancia y empezó a juguetear rabiosamente con el cordel.
       —¡El de la tachuela!
       Fue el turno de otro y luego de otros dos más. El que recibió los granos de arroz fue a metérselos en el pecho, entre la camiseta y la carne.
       —¡Cuidado con lo que haces, perro! —estalló el capitán alzando el látigo y acariciando la culata de su pistola.
       Llovía a cántaros. Al abogado, que ahora ya podía sujetar el cabo con las dos manos, le parecía que estaba sujetando todo el cielo gris, que quería salir volando. Un resuello vigoroso, saliendo de sus pulmones como por un embudo al aire, encerraba a éste enteramente en un círculo de potencia. Le pareció que habría podido sujetar la vela durante todo el viaje, incluso hasta la isla.
       —¿A qué esperamos? —seguía gritando el contramaestre desde el castillo de proa.
       —A Lucrezia —respondieron desde varios sitios.
       La nave rugía y se encabritaba, deseosa de abandonarse a las olas, pero el abogado la sujetaba, pues el viento soplaba del mar.
       Por fin, Lucrezia. Llegó empujada brutalmente por dos hombres con tricornio, muy musculosos. Iba medio desnuda, con un pecho fuera, de cuya punta, a cada empujón de los hombres, brotaba un chorro de leche.
       —Por aquí, por aquí —el capitán abría paso hacia la cámara de oficiales.
       —¡Deteneos! —gritaba altivamente Lucrezia—. Os digo que os detengáis. Tengo que hacer una necesidad —la dejaron libre un momento. Entonces, acercándose a la borda y tomando entre sus dedos los pezones, orinó en el mar, primero de un pecho y luego del otro, dos largos chorros de leche.
       —Para una virgen no está mal —comentó una voz cínica.
       Anochecía. Se retiró la pasarela. Se levó el ancla. Para inexplicable oprobio del abogado la gran vela se aflojó de golpe y empezó a hincharse ligeramente por la parte contraria. Una ráfaga de viento empujó la nave mar adentro e hizo alejarse en un crepúsculo fumoso las luces del puerto. Alguien llegó y ató el cabo a un gancho. Así, el abogado, liberado, pudo empezar a observar algo mejor lo que pasaba a su alrededor y a sus compañeros de viaje.
       Todos se reunieron en la cámara menos el hijo del abogado.
       —Os digo que esto es una fragata —afirmaba el capitán.
       —No, una goleta; no, un bergantín —respondieron a la vez el contramaestre y el marinero del cordel.
       —No te metas donde no te llaman —contestó furioso el capitán a este último—. Y recuerda que es tu turno de guardia.
       El marinero salió dando un portazo.
       —¡Perdigones, al timón! —ordenó el capitán. El designado también salió. Cada uno de ellos apretaba en su mano izquierda el objeto que lo distinguía.
       —Esto es una fragata.
       —A la orden, capitán —concluyó el contramaestre.
       Entonces el abogado se dio cuenta de que en un rincón yacía Lucrezia con las manos atadas a la espalda y con los pies también atados. La leche seguía manando de sus pechos, ambos desnudos, y formaba en el suelo un charco y un reguero.
       —Esto os costará caro —decía Lucrezia—. Mi padre, el senador Gliuvotto, encontrará el modo de liberarme. ¡Soltadme, cobardes!
       —Es una virgen lactante, de anís, claro, no como los niños —observó el capitán y todos se echaron a reír—. Preciosa, ahora vendrá el Grovio y te las verás con él. Nosotros no tenemos nada que ver en todo esto.
       —Ayudadme al menos. ¿No veis cuánta leche estoy perdiendo? —y la muchacha se debatía con fuerza, presa de un ataque de furia.
       En cubierta se oyó un toque nervioso de corneta. En la cámara todos se pusieron en pie y pusieron cara de gran respeto murmurando: “Ahí viene”. La muchacha se calló un momento angustiadamente. La corneta seguía emitiendo afuera su toque de guerra. Se abrió la puerta en lo alto de la escala y el abogado vio aparecer en la gloria de los sonidos y con la faz indiferente del dominador a su hijo. Éste se detuvo un instante observando a los presentes y luego bajó con paso decidido la escala. Llevaba grandes botas de piel brillante con una enorme hebilla de plata, ensanchadas arriba y que casi le llegaban a la ingle. Entre los pantalones y el revés de estas botas se podía ver una parte del muslo desnudo. Una especie de túnica de seda ligerísima, escotada hasta el ombligo, le cubría los hombros y apenas los tríceps y dejaba desnudo el resto de los brazos. Su cintura estaba ceñida por un ancho cinturón dorado en el que llevaba metidos un estoque y dos pistolas. De la muñeca derecha le colgaba un látigo.
       ¡Qué cambiado estaba su hijo! El abogado no lo reconocía. Le llamaban la atención sus manos fuertes y, sobre todo, su bigotito atusado, así como, la verdad sea dicha, los pendientes de oro que lucía en las orejas y su peinado ligeramente rizado.
       —Gran Grovio —pronunció el capitán inclinándose—, la muchacha…
       —Te he dicho que me llames por mi título —masculló el joven con una cortesía gélida y amenazadora—. ¿No te das cuenta de lo mal que suena?
       —Alto Variago —continuó el capitán—, perdonad mi ignorancia… La muchacha…
       —¡Otra vez! ¿Qué muchacha? —le interrumpió el Variago. Hablaba con una voz tan sorda que su interlocutor debía inclinarse hacia él para oírlo.
       El capitán señaló a Lucrezia, que con una mirada de odio, como una fiera en cautividad, miraba fijamente al recién llegado.
       —Bien, bien —sonrió diabólicamente el Variago y le dijo a Lucrezia:
       —¿Me reconoces, muchacha?
       —¡Roberto! ¡Roberto Coracaglina! ¡Tú! —exclamó de improviso Lucrezia—. ¡Dios mío…!
       Un chorro de leche que le salía del pecho sacudió violentamente su cuerpo y, tosiendo débilmente, cayó golpeándose la mejilla en el suelo. Inmóvil, con los brazos cruzados en medio de la cámara, el Variago prosiguió calmo y sin piedad:
       —¡En persona! ¿Qué opinas de aquel tímido muchacho que te adoraba en silencio y siempre era objeto de tus burlas y de las de tus amigas? Túconocías, siempre conociste sus sentimientos, y te divertías haciéndole sufrir. Pues bien, te aviso que aquí las cosas han cambiado algo y que tu actitud deberá ser más sumisa.
       La muchacha temblaba toda sin responder.
       —Mi padre —estalló al fin—, mi padre, el senador Gliuvotto…
       —Tu padre, el senador Gliuvotto —respondió el Variago—, en este momento está exactamente a trescientas dieciocho millas (a sotavento). Te conviene tomarte las cosas con más filosofía. Si eres buena no te faltará de nada. Así debía ser —añadió como para sí mismo. Luego se inclinó para examinar los pezones de la muchacha, la cual intentó resistirse.
       —¡Quieta! —dijo imperiosamente el Variago—. Las serpientes —añadió dirigiéndose al capitán. Éste se precipitó a un cofre y extrajo de él una cesta—. ¡Rápido! Abre —el capitán vacilaba—. Te he dicho que abras —repitió el Variago bajando la voz. El capitán levantó la tapa de la cesta. Los marineros, vivamente impresionados, corrieron hacia la escala—. ¿Adónde vais, animales? —los dejó clavados el Variago con una furiosa mirada.
       De la cesta se alzaron dos serpientes somnolientas, se deslizaron al suelo cerca de los pies del abogado inmóvil, movieron lentamente sus cabezas a derecha e izquierda, como para orientarse, y luego se dirigieron resueltas hacia la muchacha. Cada una se apoderó de un pezón y empezaron a chupar su leche.
       Pasaron diez largos minutos de silencio. Lucrezia jadeaba, parecía sufrir o gozar terriblemente. Luego se quedó con los labios exangües medio abiertos, volvió a abrir los ojos, miró a su alrededor extraviada, como quien regresa de un sueño, y una profunda respiración hinchó su pecho haciendo deslizarse en el suelo las colas de las serpientes. La crisis había pasado.
       —Tirad a esos animales —ordenó el Variago. El marinero de la pasta agujereada agarró un par de tenazas y se acercó. Los animales no querían separarse. Al final los separó, hinchados como sanguijuelas, monstruosos—. Tíralas al mar.
       Pero alrededor de las puntas de los pechos de Lucrezia quedó, en el tejido delicado de las aréolas, un redondelito, una aureola de un color rojo vivo. Pero el flujo de leche había cesado.
       —¿Estás mejor ahora? —dijo el Variago, casi con ternura, inclinándose.
       —¡Amor! —exclamó la mujer.
       —Desatadla —gritó esta vez el Variago—. ¡Desatadla! Vestidla como una reina y conducidla a la Cámara de los Sargazos.
       —¡Ah! —le contestó con rabia Lucrezia—. ¿Creías que te lo decía a ti? Te equivocas, señor mío. Mi querido Roberto, tienes un aire tan apocado con tu pelo liso, tus pantalones planchados y la caspa en el cuello. ¡Anímate, qué demonios! Mira ese oficial cómo choca los talones. Te aseguro que a Giuseppina no le caías mal, pero tendrías que, no sé, cuidarte un poco las uñas, hablar de cosas divertidas… —la mujer se interrumpió con un estallido de carcajadas histéricas. Parecía delirar.
       —Dejadla donde está. Ya verás cómo cambias de idea —dijo rabioso el Variago. Y salió saludado por la corneta.
       El abogado y los demás también salieron. Dentro sólo se quedaron de guardia los hombres del tricornio.
       La nave, con todas las velas desplegadas, se deslizaba a una velocidad prodigiosa sobre las olas ya en calma. En la proa, sentado en una maraña de jarcias, a la luz de una linterna amarilla, el Variago miraba a lo lejos rodeado de sus hombres. Una ancha luna se alzaba del seno del mar. La noche era tibia.
       —¡Todos aquí! —dijo el Variago saliendo de su ensimismamiento—. La noche es hermosa y hay vino y estrellas. Vino de estrellas, diría yo —añadió complacido.
       —¡Qué manera de hablar! —refunfuñó descontento Trozo de Cordel.
       —Todos aquí. Quiero que se beba y se cante. Traedla aquí afuera. Los dos del tricornio trajeron a Lucrezia al grupo. Se distribuyó vino. Lucrezia, si bien se debatía orgullosamente, aún estaba dominada por los sollozos y murmuraba algo entrecortadamente.
       —Roberto, cuidado conmigo. Yo te odio. La caspa en tu cuello me da asco. Tú no eres azul, no eres transparente. Yo te odio. Yo le amo a él.
       Inclinándose hacia el abogado, Tachuela explicó:
       —¡Creo que se refiere al gusano!
       Pálido de ira, el Variago se levantó. Todos le miraron.
       —Muchacha —dijo fríamente con su habitual tono de voz—. Podría hacer que te pasaran una cuerda entre las piernas y colgarte desnuda en la cruz del trinquete. Podría tirar de la otra punta de la cuerda hasta que te marcase la carne. Debajo de ti yo podría recibir en mi frente las gotas de tu sangre…
       Mientras hablaba, iba recuperando el dominio de sí mismo y al mismo tiempo Lucrezia recuperaba fuerzas y conciencia.
       —¡Pues hazlo! —gritó—. Tenía que decirte que te odio y que lo amo a él. Ya lo sabes.
       —Bien, bien —respondió el Variago—. En cambio, yo prefiero tener dos palabritas contigo, como un amigo. ¿Qué te enseñaron este año en el colegio? ¿Geografía, francés, bordado o esgrima?
       —Estás perdiendo el tiempo.
       —No, escúchame. Apuesto a que ignoras la existencia del Mar de las Cucarachas.
       —No lo ignoro en absoluto —respondió ingenuamente la muchacha.
       —Pues entonces dime lo que es.
       —Es un mar con muchas cucarachas —fue su tajante respuesta.
       —¿Y dónde está?
       —Nadie estuvo nunca allí.
       —Bueno, pero nosotros navegamos hacia el Mar de las Cucarachas. ¿Crees que el senador Gliuvotto será capaz de llegar hasta allí para salvarte?
       —Estoy segura de que él hallará el modo de llegar hasta mí, incluso allí.
       —Claro. Dime, ¿te dan asco las cucarachas?
       —Me son absolutamente indiferentes —pero el temblor de su barbilla ponía en evidencia una violenta emoción en la muchacha.
       —Ya lo veremos.
       —Roberto, escucha…
       —¡Soy el Alto Variago!
       —Roberto Coracaglina, escucha. El sol sale y se pone, el cielo se vuelve gris, negro, destila lluvia. Yo siempre tuve ante mi vista un transparente azul, un tenue azul luminoso. Haz lo que quieras de mi cuerpo —y al decir esto Lucrezia se arrancaba la escasa ropa que le quedaba mostrando un cuerpo esbelto y esplendoroso.
       —¡Momias, marmotas! —gritó el Variago—. Os he dicho que cantéis y bebáis.
       Pasta Agujereada sacó un organillo, se aclaró la voz y cantó con voz ronca:

Vivía en el mundo una cucaracha,
Cucaracha desde su más tierna infancia…

       —¡Perro! ¡Al diablo con tus canciones! Tú, muchacha, cántanos una canción sentimental a la luz de esta luna. Deben haberte enseñado alguna en el colegio.
       —Antes me dejaría arrancar la lengua.
       —Si te lo tomas así te diré unas palabritas que te enseñarán buenos modales —y el Variago murmuró algo al oído de la muchacha.
       —¡Mientes! —gritó Lucrezia.
       —Ya lo verás. Y lo aplastaré bajo mi talón.
       —Él os matará a todos.
       —¿Él? ¿Ese pequeño gusano? Papá, desnúdate.
       Los del tricornio se precipitaron sobre el abogado y lo despojaron de su traje. El abogado se quedó a un lado mortificado, en calzoncillos y en mangas de camisa.
       —¡Los pantalones! —ordenó el Variago.
       Cuando se los entregaron, buscó con cuidado en las vueltas y acabó sacando de ellas un pequeño gusano azul y transparente.
       —Sabía que te esconderías aquí dentro —dijo desdeñoso—. Y ahora escucha, muchacha. Si no cantas lo mato en este instante, lo aplasto entre mis dedos.
       El gusano, entre el pulgar y el índice del Variago, prefirió guardar un altivo silencio. Su pequeña cabeza se erguía amenazadora hacia su enemigo. La mujer hizo ademán de lanzarse en su auxilio.
       —¡Amor! —gritaba—. Te he encontrado. Sé que tú me salvarás…
       —Ponedlo en un vaso boca abajo —ordenó el Variago— en mi camarote. ¡Y ojo! Ahora te toca a ti, muchacha.
       Lucrezia, con voz temblorosa primero y luego, poco a poco, con mayor seguridad, cantó:

Conozco una fontana
Para los sin fortuna
Con una encina enana
Y polvillo de luna

       —¡Bonito principio! —berreó el Perdigones.

En una gruta arcana
Reside una sirena
Cantando vuelve vana
Toda lejana pena.

Y allí en la sabana
Lejos de la marina
La fuente se devana
Hechizo del que camina

Oh, fontana de fruta
De tan suave aroma
En ella toda p…
De c… se corona.

      Siguió un instante de silencio. Todos miraban el mar, brillante bajo la luna.
       —¡Lucrezia, Lucrezia! —suspiró al fin dulcemente el Variago.
       —No te enternezcas, Roberto Coracaglina. La moraleja es para ti —gritó burlonamente la mujer.
       —¡Vino, vino, canciones! —volvió a gritar el Variago y todos empezaron a agitarse—. Llevadla al camarote, junto a su amor. ¡Y cuidado con que levante el vaso!
       La nave redujo su velocidad. En el horizonte se perfilaban enormes siluetas extrañas, como salvajes escarpes de montañas, como rocas oceánicas.
       —Brandeburgo —dijo el capitán—. ¿Hacemos escala?
       —¿Estás loco? —respondió el Variago—. Izad el foque. ¡A toda vela!
       —Como queráis —el capitán y los hombres parecían descontentos por no parar en aquel puerto.
       El abogado se apoyó en la borda. A la luz de la luna se veía en la costa, como las gradas de un anfiteatro que descendían hacia el mar, una monstruosa ciudad de gigantescos edificios. Se veían casas, plazas, calles, torres, como en cualquier otra parte, pero todo era espantosamente grande y macizo, de proporciones inauditas y terribles. Entre las fachadas solemnes de las construcciones, bañadas por el pálido rayo, se hundían calles negras como la pez, se abrían torbellinos oscuros de plazas, vorágines sin fondo. Todo estaba tranquilo; no se veían criaturas humanas, ni ninguna luz, ni ninguna señal de vida. Algunas anchas fuentes, unidas por canales elevados sobre el suelo en terrazas descendentes, sólo dejaban oír un frío chapoteo. Pero era una calma amenazadora, de la que parecía que debiera restallar en cualquier momento una orden, una palabra intolerable. Como un orgulloso centinela, la ciudad se alzaba en toda su altura sobre el mar.
       El abogado, incapaz de soportar aquellas inauditas proporciones, fue presa de un mareo y de un terror sin límites. El capitán se le acercó:
       —Brandeburgo, el gigante de los mares —murmuró meditabundo—. Los muchachos querían bajar, claro, a causa de las mujeres-armadillo. En los subterráneos de esa ciudad abandonada —explicó— viven mujeres capaces de encerrar en su abrazo todo el cuerpo de un hombre. ¿No lo comprende usted? Imagínese un armadillo o un erizo y una hormiga. El armadillo, si se hace una bola, puede encerrar completamente entre su barriga y su pecho a la hormiga. Pues bien, la hormiga sería el hombre y el armadillo, la mujer, quiero decir la mujer-armadillo. Le aseguro que estar encerrado por todas partes entre la carne mórbida y cálida de una mujer sin poder respirar, en ciertos momentos es una gran ventaja… Sí, cuando era joven yo también… ¡Brandeburgo, el último baluarte hacia el Mar de las Cucarachas! —concluyó volviendo a sumirse en sus pensamientos.
       La luna se cubrió de nubes, la ciudad desapareció en la oscuridad. Los marineros, borrachos, se tumbaron en cubierta; el abogado los imitó; el Variago desapareció por una escotilla, la tranquilidad descendió sobre la nave. Sólo una lucecilla iluminaba en la caña, entre los ronquidos de los hombres, la cara descontenta de Tachuela que iniciaba su turno al timón.
       En la gran cámara Lucrezia no dormía. Vigilada por el contramaestre soñoliento, intentaba comunicarse con el gusanito, que se hallaba sobre una carta de navegación en la mesa del capitán y dentro de un vaso boca abajo. Pero el gusano, con su cabecita erguida, parecía mirar más allá de ella, como si meditase. Lucrezia acariciaba el vaso con toda la palma, acercaba a él su mejilla y dejaba caer en el cristal algunas lágrimas. La actitud viril del gusano estaba, por lo demás, justificada. Ninguna comunicación era posible más allá de las paredes de su prisión y ni siquiera su voz ronca habría podido llegar a su amada.
       —Contramaestre —decía la muchacha—, déjeme que levante el vaso y liberarlo y obtendrá de mí lo que quiera. —Y al decir eso tomaba con su mano un pecho con su redondelito rojo. Pero el contramaestre, ya viejo, no se dejaba ablandar.
       La mañana se levantó sobre un mar liso como un plato de aceite. Largos filamentos de algas afloraban en él. El aire era limpidísimo, empezaba a hacer mucho calor. El mar era tan transparente que a través de la masa verde del agua se podía ver el fondo accidentado a una prodigiosa distancia por debajo de los navegantes. La nave volaba vertiginosamente sobre el abismo, como si lo hiciera en el aire. Y he aquí que el abogado pudo ver un puntito brillante que se separaba del fondo y se dirigía verticalmente hacia él. A mitad de camino, en el minúsculo puntito reconoció una medusa solitaria de proporciones gigantescas, la cual, casi a flor de agua, se quedó atravesada dejándose mecer por la corriente. Pero en aquel mar y en aquel cielo no había otros indicios de vida.
       Podía ser mediodía y, el bochorno había aumentado en desmesura, cuando se avistó una tierra baja, un islote.
       —Hemos llegado. ¡Preparados! —dijo el Variago, que observaba erguido en la proa.
       —Ése islote es la puerta del Mar de las Cucarachas —siguió explicándole el capitán complaciente al abogado—. Ahora verá usted.
       Desde la isla se dirigía hacia la nave una gran canoa historiada llena de hombres desnudos. Su piel, a pesar del sol tropical, conservaba una blancura deslumbradora, pero todos parecían muy débiles, pálidos y esqueléticos y fláccidas sus escasas carnes. Uno, seguramente el jefe, subió a bordo por la escala de popa y avanzó por la cubierta con paso cansino. Por todo indumento llevaba en la cabeza una cresta de tela blanca semejante a las cofias de las doncellas. Su rostro sudoroso difundía una palidez amarillenta. El cabello liso y pegado a las sienes le caía sobre el cuello en una tupida melena. Debajo de sus ojos melancólicos y de mirada apagada se hundían dos profundos surcos negros. Pronunció unas palabras en una lengua desconocida.
       —Dadle los objetos —dijo el Variago a los suyos.
       Los hombres se adelantaron uno a uno y cada uno entregó al recién llegado su objeto: el trozo de cordel, la tachuela, el grano de pasta agujereada… Cada vez que el hombre recibía uno alzaba los brazos al cielo murmurando algo, tal vez a la gloria de su dios. Una vez que los hubo recibido todos, se inclinó profundamente y señaló con amplio gesto el mar, como para indicar que la vía estaba libre. Desde lo alto de la borda, al marcharse, gritó algo a los hombres de la canoa, que manifestaron de súbito una alegría desenfrenada. Cuando el jefe llegó todos quisieron ver y tocar los objetos y luego se entregaron a locas manifestaciones de alegría. Muchos se lanzaron al mar y acompañaron a nado, voceando, la embarcación que regresaba a la costa.
       —Ya está. Adelante —ordenó el Variago. El capitán repitió la orden más fuerte.
       —Ojo, que estamos en el Mar de las Cucarachas —añadió el Variago—. ¡La muchacha y el gusano, a cubierta!
       El capitán, sin dejar de vigilar atentamente la maniobra, encendió una larga pipa y se volvió al abogado. Éste, entre aquellos fuertes marineros de torso desnudo atareados en sus faenas, hacía un papel bastante grotesco, ocioso y en calzoncillos como estaba. Pero tal vez precisamente por eso inspiraba una cierta piedad al viejo lobo de mar.
       —Bueno. ¿Qué le parecen los Casposos?
       —¿Cómo?
       —Esos hombres eran de la tribu de los Casposos, que está formada sólo por hombres, ya me entiende, pero no entienda lo que no es; un pecado así lo castigan ellos con la muerte; al contrario… bueno, ya me entiende. Cada treinta años parten y raptan una mujer de las tierras más cercanas, que están a seis días de navegación en sus canoas. La mujer no debe tener más de trece años, ya me entiende, y la respetan mucho. Pero después de que da a luz cuarenta hijos la matan bárbaramente. Pero aún así van a extinguirse, ya que en su última expedición raptaron a una mujer estéril que ya tiene setenta años y, a pesar de ello, todavía esperan hacerla madre y se la disputan —al capitán le pareció que había sido demasiado preciso en sus afirmaciones y se apresuró a zanjar el asunto—. Por lo menos eso dicen. Esta tribu custodia la entrada al Mar de las Cucarachas y con ellos debe entenderse todo el que quiera adentrarse en él, porque —el capitán bajó la voz— ellos poseen el secreto para emborrachar a las cucarachas con infusiones de hierbas que echan al mar y que las vuelven agresivas.
       —¿Usted, usted… —balbuceaba el abogado— no estuvo nunca en el Mar de las Cucarachas?
       —¡Pero qué dice, señor! Muchas veces.
       —¿Es… es… tan espantoso?
       —Para mí no, seguro.
       Pero en ésas al capitán se le desorbitaron los ojos, tragó saliva, tuvo una arcada semejante a un conato de vómito y se quedó con los ojos abiertos de par en par mirando el agua que restallaba contra la quilla de la nave.
       —¡Mire, mire… allí… allí…!
       Mecidas por las ligeras olas que el paso de la nave levantaba, algunas grandes cucarachas de aire soñoliento flotaban en el agua; otras más se veían más allá, y hacia el mar abierto los animales se apretujaban negreando al sol de la tarde tropical.
       El capitán, seguido del abogado, corrió frenético de una borda a la otra. La nave ya estaba casi rodeada de cucarachas. Se dirigieron a proa. Desde allí, ante sus ojos se ofreció un espectáculo muy singular. El mar ilimitado, sin una tierra en el horizonte, bajo la capa ardiente del cielo, se veía negro como la tinta y de un brillo fúnebre. Una cantidad infinita de cucarachas, tan apretujadas que no dejaban ver el agua debajo de ellas, lo cubría en toda su extensión. En el gran silencio se oía claramente el ruido seco de sus caparazones al chocar con la proa. La nave avanzaba lenta y fatigosamente e inmediatamente las cucarachas se cerraban a su paso.
       Como un loco, el capitán corrió a la cubierta inferior para observar de cerca a los animales.
       —¡Aquí, aquí —gritaba a los hombres que se encontraba—, aquí, venid, mirad! ¡Hay que matar a estos asquerosos bichos…!
       Las cucarachas, de tamaño normal, unas más pequeñas, otras más grandes, no se diferenciaban mucho de las terrestres. La parte posterior de su cuerpo, más frágil, estaba marcada de surcos. Al paso de cada ola sus largas antenas se movían débilmente. El capitán se lanzó hacia la cubierta gritando:
       —¡Hijos de perra! Os digo que hay que hacer algo, hay que matarlas…
       Pero el Variago le dio alcance y lo agarró de las muñecas:
       —¡Perro fanfarrón! —rugió sordamente—. ¿Es éste tu valor?
       Los hombres habían acudido. Todos temblaban, a algunos les castañeteaban los dientes.
       —Si pensáis que vamos a seguiros en estas aguas… —empezó uno armándose de valor.
       —¡Bravo, marmotas! ¿Es que pretendéis comer gratis mi pan? ¿Queréis llegar a la isla y os echáis a temblar ante unas pocas miserables cucarachas?
       —Al menos, hagamos algo para alejarlas —propuso otro.
       —¡Qué listos! ¿Queréis que se enfaden y nos ataquen y nos ahoguen bajo sus asquerosas barrigas?
       —Nosotros… nosotros… —dijeron todos— queremos volver atrás, ya no nos importa nada la isla. Queremos salir de aquí. Lo haremos cueste lo que cueste; si es necesario pasaremos por encima de vuestro cadáver.
       —Los hombres avanzaban amenazadores. La nave, cuyo timón nadie gobernaba, daba pavorosos bandazos provocando entre el pueblo de las cucarachas una cierta alarma.
       —¿Conque ésas tenemos? —tronó el Variago, y rápidamente se sacó de la cintura las dos pistolas—. A la isla vamos y a la isla os llevaré, lo queráis o no. A vuestros puestos y andaos con cuidado si apreciáis vuestra piel. Además, volver atrás ahora es lo mismo que seguir.
       En efecto, sobre la superficie del mar ya recorrida las cucarachas se cerraban en filas apretadísimas y el mar ya estaba negro por todas partes, en todo el horizonte.
       En ese momento se oyeron unos pasos precipitados y griterío que venía de popa. Uno de los hombres del tricornio llegó corriendo:
       —¡Alto Variago, el gusano se escapó!
       En efecto, el prisionero, posado en el suelo de la cubierta dentro de su vaso, debió aprovechar la confusión para poner pies en polvorosa pasando entre las comisuras de dos tablas.
       El Variago, seguido de todos los demás, corrió hacia popa. El fugitivo era inencontrable. Por fin, se le vio cruzar corriendo la cubierta intentando llegar a una escotilla. Todos se le echaron encima. El gusano, al ver llegar aquella tempestad, se volvió irguiendo orgullosamente su cabecita. Los hombres, instintivamente, formaron corro y en el medio los dos adversarios quedaron frente a frente.
       El Variago miraba con aire desdeñoso al pequeño bicho a sus pies. Éste, a su vez, consideraba atentamente a su desmesurado enemigo. Se produjo un instante de silencio. Luego el gusano se decidió a hablar:
       —Roberto Coracaglina —dijo con su habitual voz ronca y sin demostrar la mínima emoción—, si me aplastases con tu pie serías un cobarde. Lo eres también aunque no lo hagas, pues no lo haces porque me tienes miedo. Por tanto, nuestra partida no se acabará nunca. Pero ahora quiero proponerte un pacto, como se usa entre la gente de honor. Escucha, haz que la propia Lucrezia pueda elegir. Ella pertenecerá al que mejor sepa amarla de nosotros dos. ¿Aceptas?
       —De ti —sonó la respuesta, igualmente tranquila—, de ti, gusano, no acepto ni injurias ni propuestas. Volved a ponerlo dentro del vaso o, mejor, encerradlo en una caja de cerillas. Ya no volverá a escapar.
       Los hombres sólo se dispersaron bajo la amenaza de las pistolas del Variago. Ahora su resistencia no se debía sólo a la presencia de las cucarachas. La autoridad del jefe había sido seriamente minada en su ánimo por no haber aceptado el desafío. Además, encerrar a su enemigo en una caja de cerillas les parecía a aquellos rudos aventureros el colmo de la falta de generosidad.
       Por lo demás, necesariamente, toda animosidad cesó. La vía del retorno estaba cerrada. Convenía a toda costa seguir adelante abriéndose paso entre el bullir de los animales flotantes, y esta fatigosa maniobra, así como la extrema tensión de cada cual, pronto agotaron todas las energías.
       Las veinticuatro horas siguientes sometieron a los navegantes a los más duros tormentos. El calor era realmente insoportable y el aire, denso, estaba completamente inmóvil; el sol golpeaba despiadadamente sobre la cubierta con rayos perpendiculares. Además, la reserva de agua a bordo no era mucha. A todos se les racionó y se arrastraban casi desnudos por la cubierta (abajo era literalmente imposible estar) buscando donde podían un rinconcito de sombra.
       La repugnancia de Lucrezia hacia las cucarachas, dijera lo que dijera, era tremenda. A la vista de los animales flotantes, la muchacha, para empezar, se había desmayado de asco. Recobrada la consciencia, había intentado hacerse fuerte en la medida de lo posible y ahora yacía en la popa tapándose los ojos con las manos. Su barbilla temblaba violentamente; sus labios apretados parecían retener a la fuerza sus espíritus vitales y todo su cuerpo era, bajo el sol ardiente, un manojo de intensos escalofríos, como presa de la fiebre. El Variago se le acercó:
       —¿Y bien, muchacha? ¿Qué me dices de las cucarachas?
       —Muy lindas —halló el valor para responder Lucrezia echando llamas por los ojos.
       Alguna cucaracha menos soñolienta que las demás trepaba de vez en cuando por la borda y se paseaba tranquilamente por cubierta, recibida con respeto por toda la tripulación, que temía molestar a sus compañeras. El Variago recogió con delicadeza una que pasaba por allí y se acercó a la muchacha. Su cara enrojeció, y luego, de repente, adquirió una palidez mortal, pero se mordió los labios y no articuló palabra. El Variago le acercó un poco a la cara el animal y luego lo dejó en tierra con cuidado.
       —No me importa… ni… siquiera a… sí lograrás nada —dijo la muchacha castañeteando los dientes—. Roberto Coracaglina, además de tener caspa, eres un cobarde. Escuché cuando él te propuso el desafío y tú… tú… —las palabras se le atropellaban y no pudo continuar.
       El capitán, con el torso desnudo y brillante de sudor, se arrastraba a poca distancia intentando alcanzar el botijo del agua. El Variago se dio cuenta.
       —Ya recibió su ración. ¡Largo! —le regañó.
       —Alto Variago, estoy ardiendo. Moriré si no…
       —¡Largo ahora mismo! —repitió el Variago levantando el látigo que le colgaba de la muñeca.
       —Está bien, me mataréis, pero sabed… debo deciros que… la muchacha tiene razón. Sí, vos no habéis recogido el reto de un gusano, yo… nosotros ya no tenemos ninguna confianza en vos… Nosotros… todos os odian, como yo… —el hombre se desplomó agotado y febril.
       —¡Perro! —exclamó el Variago entre dientes, y empujó con el pie el cuerpo encogido. Pero el capitán parecía muerto—. ¡Perro! —estalló el Variago contra aquel cuerpo inmóvil—. Si vuelves a meterte en estos asuntos… —luego, volviéndose hacia la muchacha, pronunció perplejo:
       —Era por ti. Si tú lo quieres, acepto. He aceptado. Ahora. Ya mismo.
       Lucrezia se rió mofándose de él. El Variago, a empujones sacudió a uno de los hombres con tricornio medio dormido y le ordenó que fuera a buscar la cajita con el gusano. En ese momento se alzó una ligera brisa. Ello, junto con la noticia de un espectáculo extraordinario, pareció, como por encanto, devolver los ánimos a la aturdida chusma. Todos se agolparon hacia popa, escenario de la singular lid.
       —Me gustaría ver —decía el pañolero en tono casi alegre al abogado— cómo se las arreglará el gusano para amarla. ¿Cómo demonios puede hacerle el amor un gusano a una muchacha?
       El gusano fue sacado de la caja de cerillas.
       —¿Y bien? —preguntó desdeñoso.
       —Bien —respondió el Variago—, recojo tu desafío. Empecemos en seguida. ¿Estás listo?
       —Siempre a tus órdenes.
       —¿Y tú, Lucrezia, estás preparada?
       —Sí.
       Se echó a suertes el que debía empezar. Le tocó al Variago.
       Se acercó a la muchacha y la besó, primero delicadamente en los párpados, acariciándole levemente el pelo. Luego sus besos se hicieron más precisos, más ardientes, mejillas abajo buscando su boca. Luego las bocas se unieron largamente y el Variago abrazó con fuerza a la muchacha. Lentamente, con ligereza casi femenina, sus manos fuertes se movían por los hombros de ella, a lo largo del hilo de los riñones, recogiendo las líneas elegantes de aquel cuerpo, buscándolo en cada uno de los lugares de su reposo. Luego la boca del hombre descendió, encontró la cavidad de las axilas, el arranque de los pechos, las caderas y entonces sus manos recorrieron la esbelta rotundidad de los muslos, de las pantorrillas, insistiendo particularmente en los tobillos, en los maléolos, en el revés de los dedos del pequeño pie, en el punto en que se juntan a la planta. Pero durante todo este tiempo Lucrezia yacía inmóvil y fría. Por encima de la cabeza del hombre sus ojos siempre abiertos conservaban algo parecido a una sonrisa, a un relámpago de despectiva ironía.
       Por fin los dos cuerpos se entrelazaron estrechamente, o más bien el del Variago se pegó estrechamente al otro, tembló, vibró, pareció perder su consistencia para, por último, quedar pesadamente sobre el cuerpo delicado y diáfano de la muchacha. Pero también entonces Lucrezia yació gélidamente, con los ojos abiertos, no de par en par, con una mirada y un rostro indiferentes.
       Aquellos ojos sólo se habían cerrado un momento, mientras el Variago acariciaba sus tobillos y se habían vuelto a abrir en seguida, victoriosos.
       El Variago se levantó tristemente, se arregló el pelo con gesto distraído, se pasó una mano por la boca, murmuró algo desconsolado que nadie oyó.
       —Eres una estatua de hielo —dijo en voz alta a Lucrezia, y se apartó de ella.
       —¿Eso crees, señor? —intervino el gusano—. De todas maneras, enhorabuena. Ahora me toca a mí.
       —¡Vaya… vaya! —dijo en voz baja el pañolero—. Esto se pone bueno.
       Los presentes redoblaron su atención. Ahora el espectáculo se ponía verdaderamente interrogante.
       El gusano se arrastró hacia Lucrezia que, sentada, lo esperaba inmóvil y profundamente seria. Subió por el surco del dedo gordo del pie y del otro dedo y subió por el pie; vaciló en el tobillo, dio la vuelta a la nuez del maléolo; prosiguió a lo largo de la pierna hacia la rodilla. Enfiló decididamente el vallecito entre la pantorrilla y la tibia, dio la vuelta al fuste de la pierna y por algunos segundos desapareció a la vista de los espectadores. Debía haberse entretenido en la cavidad de detrás de la rodilla, hacia la corva. Reapareció, trepó a la rótula y por fin se halló en una zona plana. Pero prefirió recorrer a toda prisa los muslos. Parecía un general que se adelantaba lo más posible sin vacilar, como si le apremiara llegar arriba en seguida. En efecto, llegado al hueso de la cadera, siguió subiendo rápidamente. Mientras tanto, la muchacha, con los brazos abandonados a los lados del cuerpo, la cabeza un poco echada hacia atrás y los párpados entreabiertos, jadeaba ligeramente y su jadeo aumentaba a medida que el gusano se aproximaba a su rostro. El animal evitó a propósito el ombligo, pasó entre los pechos, se diría que sin siquiera mirarlos, alcanzó la garganta, caminó invertido por el techo de la barbilla y, por fin, llegó a las mejillas y se dirigió a los ojos.
       Lucrezia apretó más fuertemente los párpados. Debajo se veían sus ojos en blanco:
       —No… no… —murmuró en voz baja.
       El gusano llegó a una órbita y la recorrió lentamente deteniéndose y encajándose en ella:
       —¡Oh, oh! —suspiraba Lucrezia. El gusano daba vueltas, daba vueltas lentamente dentro de las órbitas, salvando la nariz para pasar de la una a la otra. Su movimiento, regular y seguro, tenía fascinados a los espectadores. A todos les pareció oír una especie de zumbido sonoro como cuando se pasa el dedo por el borde mojado de un vaso, y parecía que era aquel movimiento lo que producía aquel sonido. Lucrezia gemía y gañía sumisamente, frunciendo ligeramente las cejas. Por fin, el gusano, deteniéndose, pareció hacerle dulce violencia en los párpados. Lucrezia los entreabrió apenas y el gusano empezó a deslizarse sobre la raíz de las pestañas, forzando su revés, apretando, como si quisiera penetrar entre los párpados y el ojo. El éxtasis de la muchacha duraba y crecía. El gusano abandonó los ojos y alcanzó la boca medio abierta. Desapareció dentro de ella, pero, de vez en cuando, se veía la parte superior de su dorso hasta que se hizo evidente que se deslizaba por la parte interior de los labios, que besaba sus encías. De vez en cuando se detenía acomodándose en las blandas mucosas y entonces Lucrezia deliraba y sus dedos se engarfiaban como invitándole a seguir su camino. El animal volvió a bajar pasando esta vez por detrás de las orejas y deteniéndose en ellas. En el cuello recorrió los tres collares de Venus que lo adornaban orgullosamente, bordeó el omóplato, descendió a los hoyuelos y se dirigió al pecho. Con su cabecita pareció comprobar la sensibilidad de sus puntas. Algo en la actitud de Lucrezia le hizo conceder su preferencia al pecho izquierdo. En él no hizo más que seguir la señal roja dejada por la serpiente lactante, primero con estudiada lentitud, luego más veloz, cada vez más veloz, vertiginosamente. En su carrera desenfrenada parecía una de esas culebritas locas que se muerden la cola.
       Lucrezia, por fin, se apagó y suspiró profundamente, pero el gusano prosiguió su camino hacia abajo…
       —¿Y bien? —dijo cuando todo acabó—. Roberto Coracaglina, me parece inútil pedirle su opinión a Lucrezia. Como leal adversario, ponnos a salvo con esta nave y búscate por los caminos del mundo otro paraíso.
       El Variago estaba sentado, abatido. Había sido ignominiosamente derrotado. ¿Y qué le importaba ya la isla ni todo lo demás, ahora que había perdido a Lucrezia? Permanecía sentado, sumido en los más tristes pensamientos y no sabía qué responder. Pero, de repente, un pensamiento bajo, un vil pensamiento del que, sin embargo, no sabía defenderse, cruzó por su mente. La brisa había cesado, el bochorno era insoportable y los hombres, un momento distraídos, volvieron a padecer los agudos padecimientos de la sed y del sol, excitados, además, hasta el sufrimiento y alucinados por la extraña escena a la que habían asistido. “Es ridículo que me aflija así, pensaba el Variago, cuando me basta con alargar un pie para que este minúscula gusano desaparezca del mundo sin dejar ni rastro.” La tentación era demasiado grande, el sol abrasaba. El gusano, a la espera de una respuesta, estaba allí delante de él en los tablones de la cubierta, con su pequeña cabeza erguida, inerme, frágil y transparente. El Variago no se lo pensó más. Alargando fulmíneamente la pierna, lo aplastó al sesgo, como cuando se pisa un fósforo con intención de encenderlo. En efecto, el gusano estalló bruscamente con una llama sulfúrea y azulada y de él no quedó más que un minúsculo despojo requemado.
       Durante un largo instante Lucrezia no dio crédito a sus ojos. Luego, cayó de rodillas, recogió atolondrada el despojo sin poder hablar.
       —Roberto —prorrumpió al fin—, ¡debí imaginármelo! Has destruido vilmente mi vida. Que sobre tu cabeza caiga la maldición del cielo. El odio de todos los seres vivos te acompañará hasta que…
       Un grito salvaje a espaldas del Variago la interrumpió. Éste apenas tuvo tiempo de mirar atrás y ya cuatro brazos robustos lo agarraban y lo mantenían clavado en su sitio. Toda la tripulación se le echó encima.
       —¡Basta, basta! —gritaban airados—. ¡Basta! Tú no eres el Alto Variago, tú eres Roberto Coracaglina. Tú eres un cobarde, tú matas a traición al enemigo que venció lealmente. Tú eres un hombre despreciable y débil, peor, peor que nosotros. Y no nos importa nada de tu isla. Nosotros sólo queremos volver inmediatamente a casa.
       —Y queremos a la muchacha, ahora, en seguida —añadían los demás—. No dudes que sabremos satisfacerla, sin todos esos mohines tuyos.
       —Y mira lo que me importan a mí tus cucarachas… —gritó Trozo de Cordel. Y al decir esto el desdichado se precipitó sobre una cucaracha que paseaba tan tranquila por el puente y antes de que el capitán, que inmediatamente salió tras él, pudiese retenerlo, la aplastó brutalmente, y de una gran patada envió sus pequeños restos al mar. En el puente quedó un minúsculo charquito de sangre blanca y espesa.
       —¡Loco! ¿Qué has hecho? —gritó el capitán. Los hombres, sin hacerle caso, se abalanzaron sobre Lucrezia y se entregaron a una furibunda pelea por su posesión. El Variago asistía impotente a todo aquello.
       —¿Qué habéis hecho, desgraciados? —decía—. Ahora las cucarachas se enfurecerán y será el final de todos nosotros.
       Nadie le escuchaba.
       Pero entre el pueblo de las cucarachas la llegada en vuelo de su compañera muerta había provocado una gran agitación. Los mismos animales que, perezosos, se dejaban mecer por las olas, ahora se ponían en movimiento desordenadamente, agitaban sus largas antenas, se sacudían, chocaban entre sí y se agolpaban unas encima de otras. Alguien acabó dándose cuenta de ello y entonces, ante la inminencia del peligro, el Variago fue dejado libre y todos le suplicaban que los pusiera a salvo.
       Pero ya era demasiado tarde. Una larga fila de cucarachas, trepando por una maroma que colgaba en el agua, invadió la cubierta. Otras cucarachas despuntaban por las bordas y se unían a las primeras. No había salvación. Por muchas que los hombres, locos de terror, matasen, al menos el doble en número llegaba para sustituir a las primeras.
       —¡Desgraciados, estamos perdidos! —gritó el Variago—. ¡Las cucarachas están furiosas! ¡Sálvese quien pueda!
       En breve todo el puente estuvo completamente cubierto de cucarachas. Tras de los que buscaban su salvación bajo cubierta, una enorme cantidad de ellas se lanzó escotillas abajo. Así, muchos perecieron en la bodega de donde ya no pudieron salir a causa de las cucarachas que obstruían cada abertura, penetrando lentas y amontonándose unas sobre otras hasta sepultar a los hombres. Los de arriba luchaban a brazo partido pero sin obtener el mínimo resultado. Es más, su posición cada vez era más crítica. Los varios estratos de cucarachas ya les llegaban a la rodilla, sin contar con las que trepaban por el cuerpo de los hombres, los cuales, a duras penas, lograban, todavía por poco tiempo, taparse la cara. No había nada que hacer contra aquella infinita progenie. Por cada cucaracha muerta, diez, mil, salían de todas partes. Uno se tiró al mar y pereció así entre las compañeras de las asaltantes. Las cucarachas entraban por doquier, trepaban por doquier, colmaban cada maroma, pendían del cordaje y de las cortinas, ennegrecían las velas.
       Lucrezia, en el castillo de proa, se movía y se protegía como podía pero las fuerzas, ya la estaban abandonando. Además, el asco le provocaba una profunda languidez, un abatimiento sordo que la vaciaba de toda su sangre y ya estaba a punto de abandonarse. Las cucarachas ya le llegaban a las caderas y escalaban sin descanso su pecho y sus hombros, se habían instalado entre sus cabellos y corrían por su frente. Las sentía entre los muslos, le llenaban el hueco de las axilas, forzaban sus labios, pronto las tendría en la boca…
       —¡Basta, basta, por piedad! —gritó de repente Lucrezia cubriéndose el rostro con las manos, y estalló en sollozos y en llanto, temblando como si tuviera frío.
       —¿Cómo que basta? —dijo Roberto, enjugándose el sudor con un pañuelo.
       —¡Basta, te lo suplico! No, tienes razón. He sido mala, malvada, sé generoso. No, yo no amo a Bernardo, te amo a ti, Alto Variago, mi Variago, mi Señor…
       Y la muchacha apoyó la cabeza en el hombro de Roberto y lloró más dulcemente.
       —Perdóname, tómame, seré tu esclava…
       —En primer lugar, para ti soy Roberto y no el Variago —bromeó el joven, loco de felicidad, abrazándola.
       —No, eres mi Variago, mi Señor, Variago… Var, te llamaré Var…
       El abogado en su sillón suspiró profundamente secándose una lágrima con el revés de la mano.
       —Roberto, hace tiempo que te lo quería decir… yo también me equivoqué contigo… Hijo mío, tienes razón. Mira, hace mucho que quería… Mira, haremos esto. Tú recibirás de mí cada mes lo que pueda darte, pero para vivir bien, ¿eh? Y no tendrás que preocuparte por nada, no deberás hacer nada… ¡Qué posición ni qué posición! Sólo deberás ocuparte de tus novelas, bueno, de tus cosas, como te guste y como te dé la gana… ejem, ejem… —el abogado se volvió de espaldas para no se viera que lloraba—. Y en los gastos de la boda… ejem, también en eso te ayudaré como pueda… Vamos, perdóname; yo no podía saber… ¿Eres feliz ahora?
       Roberto se arrojó entre sus brazos. También él estaba conmovido y dijo poniéndose digno:
       —Pero esta historia no me convence nada. No lo dudes, se habrían salvado de alguna manera. Justo ahora que iban a llegar a la isla…
       —¿Qué isla? —preguntó Lucrezia.
       —Es una isla en medio de un mar azul, bajo un cielo azul. Se llega a una tranquila ensenada entre palmeras y naranjos, entre árboles siempre verdes, entre flores siempre abiertas…
       —¿Y no podríamos ir a esa isla? —le interrumpió la muchacha sonrojándose ligeramente y bajando los ojos.



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