Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


Cochinilla de humedad (1978)
(“Porcellino di terra”)
Originalmente publicado en el periódico Corriere della Sera (6 de noviembre de 1976;
Le più belle pagine di Tommaso Landolfi
a cura di Italo Calvino
(Milano: Rizzoli, 1982, 432 págs.)



      La tarde anterior su mujer le había dicho que ya no lo amaba. Y esta mañana temprano partió con los niños. Dentro de pocos días se abrirían las escuelas.
       Bueno, que su mujer ya no lo amase él ya lo sabía. Así como un célebre historiador vislumbró la inminente revolución, según se cuenta, en la mirada de un descargador de muelle que empujaba una carreta, también él había establecido con seguridad el estado de ánimo de su mujer basándose en mínimas, casi insignificantes reacciones y actitudes. Por ejemplo, él solía atusarse los bigotes con el índice humedecido en saliva, y este gesto, que en el tiempo del amor había provocado embelesados o, al menos, divertidos grititos, ahora era recibido por la mujer con un enojado, es más, asqueado, fruncir de párpados…
       Amainadas de golpe, como amaina un viento violento, la protervia de ella y la turbulencia de los niños, la casa parecía singularmente vacía, áfona, indisfrutable. En compensación, el triunfal sol de octubre llenaba el patio y su jardincillo colgante haciendo fulgurar cada hojita, recortando vivazmente cada macolla, recogiéndose en pozas de oro entre la hierba. Y, después de todo, era hermoso estar allí y olvidarse de todo. Incluso se podía dormitar, si bien los viejos lo desaconsejaban. De la calle más allá del jardín subyacente venían de vez en cuando ruidos conciliadores: un sordo martilleo, pisadas de cascos asnales, voces de comadres; hasta el paso de un perro resultaba audible en ocasiones. Sólo raras veces la paz era rota por el desagradable estrépito de un arco de hierro que bulliciosos muchachuelos echaban a rodar por las calles del pueblo y, en general, entre dos pasadas de estos perturbadores de la quietud pública, había tiempo para quedarse traspuesto. Y más allá de los tejados de las casas bajas en las afueras del pueblo, la vasta campiña, y en ella zollipos de pavos (más raramente, ay de mí), graznidos de cornejas (cobrizas).
       Sí, ¿y luego qué? ¿Cómo colmar el intolerable vacío? ¿El vacío dejado por su ausencia, sí, pero en particular y hablando más seriamente, el dejado por su desamor? ¿El vacío de aquel día y de todos los días que vendrían?
       El sol se ponía. Soplos de viento, todavía no fríos pero ya húmedos, le persuadieron a entrar en casa. ¿Y allí?
       Se puso a pasear por la sala de la planta baja y se topó con dos niños dormidos, que eran, por supuesto, dos muñecos. Su hija, antes de partir, los había acostado cuidadosamente en sus camitas hechas por ella misma. Tenían los ojos cerrados (a causa de su postura) y dormían, ¿cómo lo diría?, con entrega y diligencia, si bien la cabeza de uno de los dos se redujera sólo a la cara, destrozo que el gorro de noche ocultaba mal. En cualquier caso, una imagen de tranquilidad, aunque ficticia, que no concordaba de ninguna manera con sus sentimientos.
       Siguió dando vueltas sin meta entre los pocos muebles y los pocos libros esparcidos en la mesa y acabó encendiendo la radio. Pero la radio no consuela a los angustiados. En la hora más difícil, en el funesto anochecer no se sacan de ella más que sonidos discordantes y cantos en lenguas hirsutas a las que, para mayor frustración, siguen noticias del mundo del trabajo. De modo que allí estaba, atontado y casi de nuevo traspuesto, cuando una minúscula sombra atravesó su campo visual, vale decir el suelo. Miró mejor.
       Oniscus lo llaman los naturalistas, adscribiéndolo precisamente a los Oníscidos; cochinilla de humedad (o familiarmente, de San Antón) se le llama en algunas provincias. Se trata, en suma, de ese menudo animalillo que todos conocen, nuestro inevitable compañero, al menos en las viejas casas. Dejando a un lado su graciosa forma elíptica, su andadura esmerada y otras cosas, su principal particularidad consiste en ese gracioso efecto que todos los niños (de las casas auténticas, las de provincias) aprecian en sumo grado. Si para no pisarla se la aparta de en medio de la habitación con la punta del pie (y con toda la delicadeza posible), se la ve, no sin sorpresa, saltar a varios metros de distancia. No sin sorpresa y con mucha perplejidad: tan poco, o mejor dicho, tan excesivamente responde el movimiento al impulso. Pero el verdadero motivo es que el animalito, apenas se le toca, se hace un ovillo, y así, en forma de esferilla o, mejor, de perdigón de escopeta, va a parar más lejos de lo previsto.
       Era una de esas cochinillas la que estaba atravesando el pavimento, pero se percibía algo irregular o singular en su comportamiento. En general, las cochinillas se ocupan de sus asuntos entre el temblor de sus numerosas patitas, y a la primera ocasión trepan por el filo de la pared haciendo siempre gala de una gran seguridad de orientación. Por el contrario, ésta parecía insegura de su propio rumbo. A cada poco se erguía, tanteaba el aire con sus cortas antenas para luego seguir caminando aparentemente caprichosa y, a veces, volvía sobre sus pasos. Dicho de otra manera: en aquella cochinilla había algo de fraternal. O sea, que el insecto y el hombre que lo miraba se hallaban igualmente extraviados, eran igualmente incapaces de trazarse un camino en el mundo… o al menos en estos pomposos términos lo planteó (como un buen hombre, como un buen torturador de sí mismo) el hombre. Y, en consecuencia, sintió una gran curiosidad por saber adónde iría a parar el animalito con su voluble proceder; quién sabe si de todo aquello no le venía, indirectamente, una buena inspiración.

       ¡Empresa verdaderamente desesperada! ¿Cómo es posible ensimismarse en o con una minúscula, misteriosa criatura como una cochinilla y tratar de comprender sus movimientos? Sin embargo, aquélla manifestaba una ansiedad casi humana. Ahora parecía que había tomado una dirección incontrovertible, una línea ideal férreamente marcada. Y, en cambio, de repente se detenía, volvía la cabeza (o lo que se suponía que lo fuera) a derecha e izquierda, vacilaba, empezaba a retroceder, pataleaba un poco de través y, al final, cambiaba de dirección. Y por último, ¿qué le faltaba? ¿Qué quería?
       Ahora se dirigía con engañosa prosopopeya hacia la gran librería, que no tiene pie y apoya directamente en el suelo. Pero para un animalucho de su clase siempre hay espacio suficiente para meterse debajo…
       Desapareció. Evidentemente, su casa estaba allí debajo… Pero no, reaparece: empolvada pero no menos agitada; tampoco es ésa su meta. ¿Entonces cuál es?
       Ahora da la vuelta concienzudamente a la pata de una silla, como si la olfateara. Luego, de nuevo, se decide a levar anclas, es decir, a separarse de la pared y a prepararse para volver a atravesar el vasto desierto del pavimento… Pero deriva gradualmente (o se sotaventa) y da una gran vuelta que la lleva, más o menos, al punto de partida.
       A fin de cuentas, el suyo no es un itinerario, es un arabesco. ¿Y no estaría en la forma misma de este arabesco la indicación…? Pero ahora se arroja resueltamente en la sombra, debajo de otro mueble (un largo banco)… Pues bien, no, no puede, no tiene derecho a sustraerse así a la mirada. Hay que procurarse una linterna eléctrica y seguir sus movimientos en la sombra…
       Y así, el hombre se sorprendió a sí mismo, rodillas y codos en tierra, escrutando debajo del banco, aguzando la vista hacia el animalito, el cual, por otra parte, al poco rato volvía a salir a la luz por el lado opuesto y reanudaba su ansioso paseo… Esa cochinilla era un alma en pena.
       Él también lo era. Pero si la cochinilla seguía afanándose, demostrando con ello que conservaba alguna esperanza, hacía tiempo que él sabía que era imposible toda esperanza e inútil empeñarse. Se sacudió el polvo de los pantalones y se rió de sí mismo (como aquel santo del Paraíso que, en vida, se había engañado acerca de las jerarquías angélicas).
       Cuando ociosamente buscó con la mirada a su minúscula compañera de una noche, constató que había desaparecido y esta vez sin retorno: ¿había acabado por encontrar su propio agujero… o, tal vez, la desconocida pena de aquella criaturita terrestre era peor que la suya? Tal vez. ¿Y qué? El sufrimiento separa, no une. En el mundo no hay hermanos.
       Y de nuevo, ¿cómo cruzar el desierto de la tarde, de la noche y luego el de todas las otras tardes y noches, aunque estén tachonadas de estrellas, y el de las mañanas, aunque el sol las haga fulgurantes?



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