Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


Premio para fastidiar (1968)
(“Premio a dispetto”)
Un paniere di chiocciole
(Florencia: Vallecchi, 1968, 296 págs.)



      Michele es pintor y también jugador de azar. Dos actividades que no cuadrarían ni aunque fuera un buen pintor, por la sencilla razón de que la segunda no cuadra con ninguna otra y de que inutiliza a todas. Dicho a la pata la llana: Michele es un miserable que vive a salto de mata. Ahora bien, un día en que se lamentaba de su propia condición con un amigo, éste le dijo:
       —¿Necesitas dinero? Nada más fácil: una instancia y dentro de un par de meses todo resuelto.
       Siguieron las explicaciones. La instancia era necesario hacerla a alguna solemne junta, tal vez incluso a la presidencia del Consejo de Ministros, y Michele no quería saber nada de todo aquello; le parecía un esfuerzo inútil. Pero el amigo se ofreció como gerente de todo y Michele consideró que, de hecho, su amigo era sobrino de un ministro.
       —¿Qué te crees? —añadió el amigo—. Tienen un fondo aposta para esto, para los artistas, aunque no todos lo sepan. ¡Sería de tontos! Vamos, déjate de cuentos. Yo te ayudo a hacer la instancia y, como tengo que ir a Roma, yo mismo la presento. Ya verás, dentro de un par de meses…

       Pasaron los años y un buen día Michele recibió la carta de un subsecretario, el cual, con el tono seco apropiado a su cargo, le informaba de que le había sido conferido (o tal vez “concedido”) un premio de doscientas mil liras italianas, precisando que dicha suma le sería entregada apenas… y aquí una frase sibilina de la que, en cualquier caso, se deducía que el expediente aún debía pasar por bastantes oficinas.
       Michele era un miserable, sí, pero su primer impulso fue contestar al subsecretario que dispusiera de la suma para su personal beneficencia. No obstante, se contuvo pensando que en el fondo aquel dinero era suyo de verdad, de él, como contribuyente, y que representaba la devolución de una mínima parte de lo que el gobierno le robaba cada día, y pensando, sobre todo, qué en ese momento le venía condenadamente bien. Sólo se dio el gustazo de no contestar en absoluto al subsecretario. Por lo demás —caso singular— la orden de pago no tardó en llegar, pero empezaron otros líos.
       Naturalmente, la orden de pago era contra un banco romano, mientras Michele vivía felizmente en una ciudad muy lejos de la capital. No le convenía desplazarse allí; cobrar a través de cualquier banco resultó imposible porque andaban por medio toda una serie de entes e instituciones estatales. Resumiendo, aconsejado por sus amigos, no quedaba otra solución que pedir con una carta certificada a determinado departamento gubernativo que autorizase a otro determinado departamento igualmente gubernativo para que enviase a un tercer departamento determinado documento de acuerdo con el cual… Una carta certificada que, forzosamente, debía contener un saludo obsequioso.
       Durante los trámites y la espera, se entiende, la irritación de Michele no hizo más que aumentar. Pero, entre un papel y otro, los empleados romanos encontraron el tiempo para “resolver” su expediente y, al final, se le notificó que el dinero se hallaba a su disposición en tal banco de su ciudad. Donde, naturalmente, faltaría más, de las doscientas mil liras sólo le entregaron ciento noventa y cuatro mil, figurando la diferencia no se sabe muy bien en calidad de qué retención, impuesto o tasas. Operación aparentemente ficticia (habría sido más sencillo darle un premio de ciento noventa y cuatro mil liras y sanseacabó, podría razonar el ingenuo), pero, en realidad, no en pura pérdida para el estado, que bien se preocupa, en la vertiginosa cuestión de impuestos sobre impuestos.
       Michele recogió aquel poco dinero pero su irritación llegó al colmo. En cuanto salió del banco se dirigió al casino con intención de jugárselo todo en seguida, para fastidiar. ¿Para fastidiar a quién? ¿A la rapaz burocracia gubernativa? Más bien a sí mismo. ¡Pues peor! Sin embargo, por el camino reflexionó. Recordó que su mujer, desde allí donde la tenía confinada, hacía tiempo que le había pedido dinero (había contraído deudas, pobre mujer) y se puso a estudiar el mejor modo de repartir la suma. Después de muchos cálculos y dudas adoptó como la mejor la siguiente distribución: noventa mil liras para su mujer, cien mil para él, o lo que es lo mismo, para el juego, y cuatro mil para pequeños gastos. Le mandó, pues, a su mujer su parte y se quedó con sus cien mil limpias.
       Pero, llegados a este punto, se imponía alguna consideración técnica. En efecto, jugárselo todo en una sesión significaba renunciar a cualquier posibilidad de desquite en el caso lamentable, pero probabilísimo, de que la suerte le volviera la espalda. Por tanto, ¿no sería mejor y no era buena norma dividir el capital al menos en dos partes para dar mayor posibilidad de apelación a la suerte o, en la peor de las hipótesis, prolongar la diversión y aplazar el final de la partida a mañana? Pues claro, vista la absoluta exigüidad del capital. ¿Pero dónde poner a salvo el dinero para el desquite? Llevarlo a casa no serviría de nada; era fácil precipitarse a buscarlo tomando un taxi. Había que mandarlo fuera, a algún lugar, ni demasiado cerca ni demasiado lejos. Y Michele, localizado tal lugar en un pueblo a dos horas de autobús, mandó cincuenta mil liras por giro telegráfico dirigido a sí mismo.
       Todo estaba previsto. Ya podía ir tranquilamente al casino y perder en dos rondas las primeras cincuenta mil liras, lo que Michele hizo puntualmente. Pero, una vez fuera de allí, miró el reloj y vio que aún era pronto. O sea, que tal vez le fuera posible alcanzar la pueblerina caja fuerte (o de ahorros) todavía abierta, recoger el dinero anteriormente enviado y volver a poner manos a la obra. Es inútil aclarar que había bastado con una breve racha en el juego para que sus propósitos y consideraciones quedasen reducidos a la nada. Aún maldiciéndose por no haber elegido un pueblo más lejano, Michele se fue corriendo a la estación de autobuses y partió.
       La pequeña oficina de correos estaba abierta y había recibido regularmente el giro telegráfico pero, por desgracia, la caja ya estaba cerrada y no consiguió que aquellos buenos empleados se apiadasen de él. Pero podían devolver en seguida el giro a la oficina remitente donde podía cobrarlo al día siguiente por la mañana. En eso quedaron y Michele, tristemente, tomó el camino de su casa. Se consoló pensando que, no por su firmeza sino por la misma fuerza de las circunstancias, el asunto marchaba según el primitivo plan y de ello dedujo buenos auspicios. Mañana será otro día, se dijo; mañana, tal vez… En efecto, a la mañana siguiente encontró el giro en la oficina de correos de su ciudad. El empleado dio a entender que no había entendido nada de todo aquel ir y venir, pero qué podía saber el pobrecillo. Michele agarró el dinero y sin pérdida de tiempo volvió a meterse en el garito.
       Para empezar, en el garito perdió cuarenta mil liras de las segundas y últimas cincuenta. Habiéndole quedado sólo una ficha viuda de diez mil, quiso hacerla durar lo más posible y se puso a apostar sólo a algunas docenas, a quinientas liras cada vez. De ese modo las diez mil liras se redujeron a cinco mil; ya le quedaba poco por intentar, cuando, de repente, Michele oyó claramente una vocecilla sutil que decía: “¡Once!”.
       Tan claramente había hablado la vocecilla a sus espaldas que se volvió asombrado y preguntó: “¿Qué pasa?”. Un joven de pie a su lado balbuceó enrojeciendo: “Perdone, no es culpa mía. Me están empujando”. Se disculpaba por haber chocado con él. Entonces Michele comprendió que la voz no le había llegado de fuera sino de dentro de sí mismo. Y colocó en el número once mil quinientas liras de las cinco mil supervivientes, tres pequeñas fichas blancas. Inmediatamente después pensó que no había ninguna razón en el mundo para que tuviera que salir precisamente el once, pero dejó su apuesta y esperó. “¡Onze!”, anunció el empleado al cabo de unos segundos.
       Un buen pico para alguien que había llegado a sus últimas monedas. ¿Y ahora qué había que hacer? Mantener la apuesta, sin duda, pero, ¿no sería el caso de aumentarla? En ese momento la vocecilla repitió: “¡Once!”. Michele dobló la apuesta y volvió a salir el once.
       Resumiendo: antes de la noche había ganado tres millones ochocientas mil liras. Dejó de jugar y salió al aire libre, bebió una limonada en un bar (porque se acordó de la Dama de picas y de su héroe) y se sentó en un banco a reflexionar.

       Esta vez no se alegraba tanto por haber triunfado sobre o contra la suerte, como por el golpe propinado a las autoridades gubernativas. ¡Qué golpe! ¡Una auténtica burla! (Cada cual es libre de argumentar que el pingüe botín le había alterado un poco la mente.) ¡Ah! ¿A mí, a un hombre como yo, encima jugador, doscientas mil liras? No. A pesar vuestro, ilustrísimos señores, me habéis, queriendo o no, conferido o “concedido” un premio de casi cuatro millones. ¿Qué os parece? ¿Os da rabia, eh? Pues a fastidiarse.
       Pero dejemos a las autoridades gubernativas y su maldita tacañería. El hecho es que puedo decir que he recibido un premio de cuatro millones. No sirve de nada pensar en el antes ni en el después ni en cómo fueron las cosas. De momento la cuestión se plantea en estos términos y hay que empezar desde aquí.
       Bien, he recibido un premio de cuatro millones, imprevisible, inesperado, extraño a mi presupuesto y, hasta diría, superfluo. ¿Y qué hago ahora?
       Está claro. Me lo juego.
       Y volvió a subir las amadas y odiadas escaleras, y cómo acabó no seré yo el que lo cuente: yo no halago la ociosa curiosidad del lector.



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