Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


El mosquito (1978)
(“Il moscerino”)
Del meno. Cinquanta elzeviri
(Milano: Rizzoli, 1978, 221 págs.)



      Llovía a cántaros: una lluvia repentina después de muchos días de calor impropio de la estación. Los familiares cubos en el patio (objetos sin oficio aparente) emitían bajo el chaparrón sonidos variados, y todos tétricos. Él, tal vez precisamente a causa de la lluvia, no podía dormir. Cuando la oscuridad se hizo demasiado corpórea oprimiéndole intolerablemente el pecho, se decidió a encender la lámpara de la mesilla de noche. El cono de luz iluminó un trozo de pared blanca.
       En esta pared un animalito alado y no bien identificado, una especie de mosquito, iba de arriba abajo afanosamente. Ésa fue, al menos, la primera impresión: bien mirado, en realidad sólo se entendía que iba para arriba y que para abajo sólo iba por necesidad o por un destino adverso. Resumiendo, el animalito intentaba trepar por la pared, y hasta lo conseguía, pero, llegado a un cierto punto, y fallándole el pie o la pata, se deslizaba hacia abajo ineluctablemente.
       Ahora bien, aquí se planteaban dos cuestiones, una técnica y otra incluso metafísica. Primera: ¿por qué no se servía de sus alas o es que, acaso, ya había experimentado su inutilidad en casos semejantes? ¿Y por qué quería trepar? Dicho de otro modo: ¿adónde quería ir y qué posición quería alcanzar?… Pregunta ociosa, claro. ¿Podría nunca un hombre evolucionado y consciente, un partícipe de la revolución industrial en marcha en su propio país, entrar en el minúsculo cerebro de un mosquito e identificarse con él? ¡Y, sin embargo!
       Se dice que en el mundo hay desiertos de sal, deslumbrantes bajo el sol, áridos, amargos y hostiles. Bueno: ese animalito, en el ámbito de sus proporciones, estaba perdido en uno de esos desiertos. En efecto, algo semejante debía de ser para él la gran pared blanca y lisa, la cual, además (como precisamente los mentados desiertos), no llevaba a ningún sitio. Eso es, el animalito no podía querer ir a ningún sitio por la sencilla razón de que no había sitio al que ir, y era necesario hacérselo comprender. Así pues, el insomne saltó de la cama, aferró delicadamente al diminuto compañero de vela y lo colocó un poco más arriba en la pared, hacia la meta que parecía querer alcanzar.
       El mosquito se sostuvo un momento en su nueva posición ayudándose con las alitas y luego, puntualmente, resbaló hasta el suelo para reanudar inmediatamente su fatigosa ascensión. ¿Entonces?… Sea como fuere, sus esfuerzos producían congoja. Visto que no había medio de socorrerlo, tanto daba apagar la luz y dejar que se las arreglase él solo.

       A mediodía tenía cita con su novia. Ésta debía esperarlo, y lo esperaba, en la parada del autobús.
       ¡Qué guapa era! Un poco demasiado lozana tal vez, y, tal vez, un poco demasiado sonrosada de cara, blanca y roja, es decir, como una educanda o, más bien, como la reina de la fábula. Se podía jurar que olía a espliego (aunque las muchachas de hoy en día ya no lo usen) y su boca, a vainilla. Iba vestida de azul, pero de un azul cielo, suave, lánguido y (si puede decirse así) languideciente. Llevaba al cuello un chal ligero de color rosa, exactamente color delfín (flor). Parecía dúctil en todas sus fibras, dispuesta a todo para darle gusto.
       —¿Adónde vamos?
       —No sé, donde quieras.
       —¿Comemos fuera, no?
       —Si quieres.
       —¿Dónde? ¿En qué restaurante?
       —No sé. Me da igual. ¿Se te ocurre alguno?
       —La verdad es que no. Decidámoslo juntos.
       —Decide tú. A mí me da lo mismo.
       —¿El Marinero?
       —¿Por qué no?
       —Dime. En primer lugar, ¿qué quieres comer? ¿Carne o pescado?
       —Me es indiferente. No tengo problemas alimenticios.
       —¿Ah, no? Entonces propongo…
       —Me parece muy bien.
       —Pero si aún no he dicho…
       —Me parece muy bien lo mismo.
       Pero al llegar aquí, o tal vez incluso antes, fue presa de una sorda irritación: ¿qué era esta muchacha? ¿Otra pared blanca? En la que, bien se entiende, él habría podido escribir su propio jeroglífico o arabesco o incluso fresco. Condición envidiable, en cierto sentido, y, sin embargo, sumamente gravosa, ya que para hacerlo, al menos en la presente circunstancia, habría sido necesario que de verdad hubiera un restaurante, un lugar del vasto mundo al que ir…
       —Hazme caso, tú no puedes…
       —¿Qué es lo que no puedo? Si tú estás junto a mí, yo lo puedo todo —respondió la muchacha alegremente.
       —No puedes abandonarte así a los acontecimientos, o sea, a mí.
       —¿Está prohibido?
       —Tú debes tener tu propia voluntad.
       —La tengo. Es la tuya.
       —Pues mirémoslo de otro modo —saltó él cada vez más irritado—. ¿Cuántas veces te he dicho que si salimos juntos hay que tener un programa preciso? Por ejemplo, almorzamos felizmente en un restaurante (concedido) elegido por mí. Estamos agradablemente excitados por una botella de… por la botella. Sentimos calorcito en el estómago, nos sentimos reconciliados con la vida. Sí, pero, ¿luego?
       —¿Qué luego? Nos queremos, bajamos al puerto a tomar café, en aquel café todo de cristal, y desde allí dentro, agua azul, veleros, pescadores que van y vienen, jubilados que sestean en los bancos frente al mar… ¿Qué le falta a nuestra felicidad?
       —¡Le falta el tiempo, loca! Le falta, es decir, le sobra. El primer cine abre a las tres.
       —¿Y para qué queremos el cine? Podemos prescindir de él.
       —¡Ilusa! ¿Y de qué modo consumiremos nuestro tiempo o nuestra felicidad?
       —Pues hablamos.
       —Hablamos, ¿y de qué? Ya lo hemos dicho todo; todo ha sido dicho ya.
       —Nuestro amor pide siempre nuevas palabras; es más, es tan grande que contiene toda posible palabra.
       —¡Ah! ¿Y no te das cuenta de que si abriese tanto los brazos o las alas ni siquiera sería un amor? Eso sí, siempre exige nuevas justificaciones. Como la fe.
       —¿Qué dices? ¿No lleva en sí mismo sus propias justificaciones? O, mejor aún, ¿no es capaz de prescindir de cualquier justificación?
       —Buenas noches.
       —¿Qué quieres decir?
       —No, nada. Les deseo buenas noches a tus argumentos escolásticos… En fin, querida, a ti te corresponde decir qué hacemos y adónde vamos. A ti, a ti. ¿Lo entiendes?
       —Hoy estás nervioso.
       —Claro, y con los años será peor… Piensa: años, con la consiguiente huida del tiempo y la consiguiente eternidad. Pero, por suerte, tú estás aquí.
       —Un poco perdida, lo confieso.
       —Vamos, valor, o nunca habrías debido poner tus ojos en mí.
       —Estás nervioso; a lo mejor necesitas estar solo.
       —Al contrario.
       —Podríamos vernos mañana a la misma hora.
       —Mañana, si es que hay un mañana… Dame un beso.
       —¿Aquí, en plena plaza, con viandantes y guardias al acecho?
       —Nos tomarán por extranjeros y nos dejarán tranquilos. Dame un beso.
       —¿Beso, beso?
       —Claro, de novios o de recién casados.
       —Pero no me atrevo…
       —Un beso, un beso, tonta. Es lo único que nos queda. Un beso, por mal que nos vaya, es un pretexto.
       —¿Cómo un pretexto? Tú me despoetizas.
       —No quiero ocultarte nada. Lo que me pasa es que me siento resbalar y si no me agarro a algo corro el riesgo de acabar en el suelo.
       —¡En el suelo! Venga, querido muchachote, reconócelo. No hay mucho que entender en lo que a veces te pasa por la cabeza.



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