Tommaso Landolfi
(Pico, Italia, 1908 - Ronciglione, Italia, 1979)


La verdadera historia de Maria Giuseppa (1954)
(“La vera storia di Maria Giuseppa”)
Ombre
(Florencia: Vallecchi, 1954, 232 págs.)


      “Yo, cuando alguna vez voy a pasear por la parte alta, como se dice en mi pueblo, o cuando paso junto a la cancela del camposanto, siempre pienso en Maria Giuseppa.” Bueno, está claro que no puedo pretender que también otros la recuerden ni siquiera bajo las falsas apariencias de personaje del viejísimo y olvidado cuento (¡mi primer cuento!), que comienza precisamente con las palabras que acabo de transcribir. ¿Falsas? No tanto, como verán. Y precisamente porque acontecimientos posteriores han conferido al desenlace de ese cuento un carácter siniestramente profético es por lo que he decidido referirme a ellas.
       Comencemos por los antecedentes, es decir, por el propio cuento. En él un inútil o psicópata, o las dos cosas en una, habla de su irritante y vacía existencia y de sus relaciones con una casta y beata criada campesina, fea y de edad avanzada, hacia la cual se supone que nutre sentimientos que van de la atracción a la repulsión y que es su víctima, pero en cierto sentido su verdugo —situación corriente hoy en la literatura narrativa—. Los dos viven solos en una vieja y gran casa de provincias (también ésta, como el tipo del protagonista, en el que cada cual es libre de identificar al autor, inevitable y constante en los escritos de éste), y todos los pequeños episodios sin nombre, cuando no ignominiosos, de los que parece que están hechos exclusivamente los días de este Giacomo, todo su ocio necesario, pero no por ello menos irritado y exasperado, gravitan en torno a la persona de esta Maria Giuseppa como alrededor de su centro natural. La narración, interiorizada (según dicen) y ni siquiera de lejos resumible, se precipita así con andadura divagadora y, por otra parte, concisa, hacia su desenlace, que se podría creer lógico y que en cierta manera lo es, pero que, con razón o sin ella, está concebido como el más absurdo y gratuito, y propuesto casi como una medida de imposibilidad; me refiero al estupro de Maria Giuseppa. El cual parecer tener para ella consecuencias mortales. Al menos, el narrador, sin más explicaciones, se confiesa más o menos culpable de su muerte.
       Pasemos ahora de esta fantasía turbia y de bajo vuelo a la realidad. Maria Giuseppa, a la que el cuento fielmente retrata en lo que se refiere a sus atributos y a algunas carencias de su carácter, Maria Giuseppa era una santa. Aquel que decía, “yo busco un corazón y hago de él el lugar de mi reposo” habría podido reposar en el suyo eternamente. Cuando le decía que era fea respondía sin turbarse: “Soy como Dios me hizo”. Su fe era igualmente cándida y carente de todo cálculo, aunque a veces repitiera los argumentos de los curas, ajena a aquellas partidas de debe y haber que hacen odiosa la religión católica. Es más: ella podía creer en los espíritus de los muertos, en las almas sin descanso, en los espectros, en el “fantasma de las veintitrés” y en las demás bromas gastadas a cualquier hora para reírse de ella. No me gustaría que se me entendiera mal: aunque inocente como el cordero celestial, ella no era una inocente en el sentido ruso de la expresión. La hacían así no su falta de sentido común o su excesiva simplicidad, al contrario; en ella vivía una virtud semejante a la que se atribuye al poeta y lo hace risible a los ojos del vulgo, y para ella la vida era un tejido de mágicas imágenes; el mundo, un mundo donde todo es posible. Tan puro era su corazón que había dado pretexto a los espíritus fuertes de su parentela para una de sus tétricas antonomasias. Marias Giuseppas eran para ellos las criaturas dominadas por su propio confesor, cerradas a toda “luz”, ciegos instrumentos, por tanto, en manos de quien “tiene todo el interés en mantener al pueblo en la ignorancia”, impedimentos a la “marcha del progreso”, a la “libre expansión de la civilización” (y quizá de la higiene) y a no sé qué otras desgarradoras cosas; en resumen, tontas criaturas pávidas del infierno e incapaces hasta de la mínima concepción racional. Pero no, mis lagrimeantes amigos, ella no seguía más que su íntima ley y, por lo que se refiere a la estupidez, nunca vi, con alegría todavía indistinta, además de la vuestra, la razón más triunfalmente confundida y convencida (sin que ni siquiera os dierais cuenta) por el simple esplendor de su hermosa alma.
       Del trato de esta mujer habría podido y debido aprovecharme para intentar ser mejor, para aprender de ella, al menos, la serenidad y la suavidad y para conquistar la paz del corazón. En cambio… Sin duda, sus defectos aparentes ofuscaron mi juicio respecto a sus verdaderas cualidades o, tal vez, mis nervios me ganaron, como siempre, por la mano. Y, sin embargo, en esta historia hay algo más, algo más sucio y pecaminoso: intentaré confesarme de ello. Ella estuvo con nosotros nueve o diez años y al final, debo decirlo sin rodeos como penitencia, fue echada por nosotros, literalmente echada. El pretexto no cuenta, considerando también que las cualidades recíprocas de los hombres se miden, sobre todo, por el resultado de la convivencia, es decir, aunque semejante acción fuera justificada. En resumen, creo recordar que ella descuidaba la casa por la iglesia. Mi padre, se comprende, debía estar pasando uno de sus malos momentos pero el principal responsable fui yo mismo, que soplaba en el fuego. ¿Por qué lo hice? Ésta es la cuestión. Repito que los defectos de Maria Giuseppa podían ser tales, en el momento y en el mismo clima en que había que soportarlos, que llegaban a ser sumamente irritantes: de acuerdo. La situación práctica que creaban podía resultar intolerable: de acuerdo una vez más. Pero hay más, ya lo he dicho, aunque ahora me resulte difícil seguir. En suma, todos conocen, especialmente los muy jóvenes, esos estados de gradual exaltación en los que uno siente que se va exaltando y que, por tanto, forzosamente se deberá perder el control, y, sin embargo, no se hace nada para volver a un estado más normal o, en particular, a un juicio más equitativo; al contrario, se sigue por ese camino con una especie de alegría semejante a la voluptuosidad (pecaminosa, exactamente), así, por el gusto de ver cómo va a acabar, por el gusto de llevar una postura hasta sus extremas consecuencias o a una criatura humana a su punto más vibrante (de ese gusto, si no me equivoco, ya habla Mann), por gusto de la novedad, incluso tal vez para reírse del sentido común, mostrándole, por así decir, que se puede adoptar una resolución incluso para molestarla. Abandonados a una coherencia limitada y totalmente interior, que en apariencia justifica rigurosamente nuestros actos, que se nutre únicamente de sí misma y a la que casi en un reto vamos añadiendo argumentos y justificaciones, alimentando al mismo tiempo nuestra mala fe. Sabemos bien, además, que la intervención de un espíritu ajeno y sereno nos salvaría de nuestra injusticia, no digo hacia los demás, hacia nosotros mismos, pero no hacemos nada para provocarlo, por lo que se puede entrever una fundamental injusticia (de nuevo pecaminosa) hacia lo que es noble, bueno y justo, como si se quisiera sobreentender que el juicio de este espíritu sereno no sería, en cambio, sino el fruto de un nuevo engreimiento. Pues bien, de una naturaleza semejante, con tantas palabras explicada, debió ser el sentimiento que me movió y dominó en aquella ocasión. El hecho es que recuerdo a Maria Giuseppa fuera de la puerta llorando durante horas y a mí mismo exultante y tembloroso a un tiempo. A ella debía parecerle imposible tanta crueldad en los amos a los que había servido fielmente durante tanto tiempo; sólo imposible, pero aceptable a fin de cuentas. Y, además, ella creía en la autoridad de los señores, en la legitimidad de sus prerrogativas. Pero sus cosas se habían quedado dentro y ello debía desorientar completamente a su espíritu ordenado y metódico.
       Salvo un breve período, más que de reserva, de embarazo, ella no nos guardó rencor de forma natural (a veces la veíamos con unos parientes que inmediatamente la habían acogido), y acabó por aceptar un pequeño regalo que le hicimos con motivo de una Navidad. Por último, se retiró a la vida privada para poder dedicarse más libremente a sus prácticas religiosas. Entre ellas hay que referirse a una peregrinación a la Virgen de Canneto, de la que renuncio a hablar porque no dispongo de sus palabras: la narración de la peregrinación con sus propias palabras era más bella que cualquier texto religioso antiguo y, al mismo tiempo, que la más bella fábula. Y también quiero hablar de un sueño genéricamente premonitorio que tuvo una vez y que la turbó profundamente. En él aparecía, en circunstancias que lamentablemente han huido de mi memoria, un diablillo que reía y estaba “alegre porque le estaban despuntando los cuernos”.
       Pero vayamos al desenlace de esta vida, éste sí, inesperado y cruel hasta el punto de que ninguna sangre podría rescatarlo. Llegó la guerra con sus marroquíes, que ya se sabe cómo actuaron. Y Maria Giuseppa fue “marroquinizada”. Debieron hacerlo bastantes de ellos. La sublime frase con la que comentó esta inmensa desgracia suya, sin revolverse contra su creador, sin blasfemar, sin desesperarse, fue: “¡Si al menos hubieran sido guapos!”. Y no querría ni debería comentarla si desde hace tiempo no hubiera perdido toda confianza en la atención de mis semejantes. Digo, pues, que en ella no hay sólo un relámpago de feminidad, que centellea en ella desde su última Thule, sino como una implícita aceptación de semejante acontecimiento en cuanto tal o de su posibilidad, como si quisiera, además, implicar la necesidad de condiciones morales y hasta estéticas en tutela, digámoslo así, de su acaecimiento y de verdad entender que en lugar de supremo ultraje podría ser legítimo, dulce y bendecido por Dios.
       Y con esto podría haber acabado por lo que a mí respecta. Después de lo que se ha dicho, Maria Giuseppa aguantó algún tiempo desganada y enfermiza, y luego murió. Y otros tendrán que asumir la responsabilidad de esta muerte atroz, o bien nadie, y todos tan contentos. Sobre su tumba, que está en la tierra desnuda y que encontré gracias a la memoria del guardián, ninguna mano piadosa había puesto una cruz ni escrito un nombre. Me encargué de que se hiciera: el carpintero se lo tomó con calma y me fui de allí dejando el túmulo desolado. Más tarde, alguien plantó en él una tosca cruz que todavía hoy se puede ver. Pero seguía desnudo entre los otros, cubiertos de humildes flores. Al final, una de estas plantas, de la familia de las campánulas, trepadora, se alargó espontánea y, primero, tímidamente (por casualidad pude seguir su progreso), y ahora campea frondosa en él.
       ¿Pero es verdad que yo no tengo ninguna responsabilidad en esta historia? En suma, ¿creéis que quiero alardear de mi difícil presagio de este destino? ¡Al contrario! Si es verdad que la naturaleza, la ciega naturaleza “se puso a imitar al arte” (o como suene esa frase), y aunque no sea verdad, yo no sé hasta qué punto un cuento, bello o feo, pueda influir en la suerte de una criatura. Claro que, dicho así, resulta vulgar y estrafalario. Sin embargo, no consigo liberarme de un sutil, de un vago remordimiento, y si no acabo el presente escrito completando la cita con que lo comencé (“Quién sabe, tal vez Maria Giuseppa murió por mi causa…”), poco me falta. (¿Pero es verdad? ¿No será una salida literaria? Debo confesarlo desesperadamente: tal vez lo sea. Cuanto más fuerte es el sentido común de nuestro corazón, tanto mejor nos protege de las molestias.)
       Y ahora dejadme decir que si el Papa hiciera santa a esta humilde criatura, no digo que me dejaría engañar pero seguro que, de momento, le diría ¡bravo! con todo mi corazón. Tal como están las cosas, Maria Giuseppa no puede concederme especiales gracias, pero ella, su recuerdo al menos, sigue nutriendo mi perenne y vana nostalgia de una vida mejor.



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