Tobias Wolff
(Birmingham, Alabama, 1945 –)

En el jardín de los mártires norteamericanos (1980)
(“In the Garden of the North American Martyrs”)
Originalmente publicado en la revista Antaeus (primavera 1980);
In the Garden of the North American Martyrs
(Nueva York: Ecco Press, 1981, 175 págs.)


      Cuando era joven, Mary vio que un hombre brillante y original perdía su puesto por haber expresado ideas que a los fideicomisarios del colegio universitario en el que ambos enseñaban les parecieron insultantes. Ella compartía las opiniones de ese hombre, pero no firmó la carta de protesta. Después de todo, ella también estaba sometida a juicio, como profesora, como mujer, como intérprete de la historia.
       Mary iba con mucho cuidado. Antes de dar una clase la escribía entera, utilizando los argumentos, y a menudo las palabras, de autores aceptados, no fuera a ser que por casualidad dijera algo escandaloso. Sus propias ideas se las guardaba para sí, y las palabras adecuadas para expresarlas se debilitaron con el paso del tiempo; sin desaparecer por completo se encogieron hasta convertirse en puntos remotos y nerviosos, como pájaros que se alejan.
       Cuando el departamento se transformó en un avispero de camarillas, Mary se ocupó únicamente de sus asuntos y fingió no darse cuenta de que la gente se odiaba. Para evitar parecer anodina se volvió excéntrica en cosas inofensivas. Se dedicó a jugar a los bolos —a los que llegó a aficionarse de verdad— y fundó el capítulo del Colegio Mayor Brandon de una sociedad dedicada a restaurar el buen nombre de Ricardo III. Memorizaba diálogos cómicos y chistes que aprendía en discos o libros; la gente se quejaba cuando los soltaba, pero ella no permitía que eso la desanimara, y al cabo de un tiempo la gracia del chiste estaba en esas protestas. Constituían una especie de homenaje a la voluntad de Mary de exponerse al ridículo.
       En realidad ninguna persona estaba más segura en el colegio mayor que ella, porque se estaba convirtiendo en algo institucional, como una costumbre, o una mascota, en parte de la imagen que el colegio tenía de sí mismo.
       De vez en cuando se preguntaba si había sido demasiado precavida. Las cosas que decía y que escribía le parecían planas, secas, como si otra persona les hubiera exprimido el jugo. Y una vez se vio a sí misma reflejada en una ventana cuando estaba hablando con un catedrático mayor: estaba inclinada hacia él y tenía la cabeza vuelta de modo que su oreja quedaba justo delante de la boca del hombre. La imagen le desagradó. Años después, cuando tuvo que comprarse un audífono, Mary sospechó que su sordera era consecuencia de haberse pasado la vida tratando de oír lo que decía todo el mundo.
       En la segunda mitad del decimoquinto año de Mary en Brandon el rector convocó una asamblea de todo el profesorado y el alumnado para anunciarles que el colegio mayor estaba en quiebra y no volvería a abrir sus puertas. Estaba tan sorprendido como ellos; el informe de los fideicomisarios había llegado a su despacho esa misma mañana. Parecía que el director financiero de Brandon había especulado con cierta clase de acciones y lo había perdido todo. El rector había querido comunicarles la noticia personalmente antes de que apareciera en la prensa. Lloró abiertamente y lo mismo les sucedió a los alumnos y los profesores, con pocas excepciones, las de algunos cínicos de clase alta que aseguraban despreciar la educación que habían recibido.
       Mary no podía quitarse de la mente la palabra «especular». Significaba reflexionar y en términos de dinero jugar. ¿Cómo podía un hombre jugarse un colegio mayor? ¿Por qué querría hacerlo y cómo era posible que nadie se lo impidiese? A Mary le parecía cosa de otros tiempos; le hacía pensar en el dueño de la plantación, borracho, jugándose a sus esclavos.
       Solicitó varios puestos y recibió una oferta de un nuevo colegio universitario experimental en Oregón. Fue la única oferta que tuvo, así que la aceptó.
       El colegio estaba en un solo edificio. Los timbres sonaban continuamente, las paredes de los vestíbulos estaban cubiertas de armarios metálicos y en cada rincón había una fuente de agua que emitía un zumbido. La revista de los estudiantes salía dos veces al mes en un papel mimeografiado que parecía húmedo al tacto. La biblioteca, que estaba junto a la sala de música, no tenía bibliotecario ni libros.
       El paisaje era hermoso, sin embargo, y Mary podría haberlo disfrutado si la lluvia no le hubiera causado tantos problemas. Algo le ocurría a sus pulmones respecto a lo cual los médicos no se ponían de acuerdo y tampoco eran capaces de curarlo; fuese lo que fuese, la humedad lo empeoraba. En los días lluviosos se formaba una condensación en su audífono y lo cortocircuitaba. Empezó a temer el hablar con la gente, porque nunca sabía cuándo tendría que sacar la cajita de control y sacudirla contra el muslo.
       Llovía casi todos los días. Cuando no estaba lloviendo, se estaba preparando para llover o estaba aclarando. La tierra centelleaba bajo la hierba y la luz tenía un tono amarillento que se volvía más encendido durante las tormentas.
       En el sótano de Mary había agua. Sus paredes rezumaban y había encontrado hongos venenosos detrás del frigorífico. Se sentía como si se estuviera oxidando, igual que uno de esos coches viejos que la gente de por allí tenía en sus jardines sobre tacos de madera. Mary sabía que todo el mundo se estaba muriendo, pero le parecía que ella se estaba muriendo más rápido que la mayoría.
       Continuó buscando otro trabajo, pero sin éxito. Luego, en el otoño de su tercer año en Oregón, recibió una carta de una mujer llamada Louise que en otro tiempo había trabajado en Brandon. Louise se había apuntado un gran éxito con un libro sobre Benedict Arnold y ahora formaba parte del profesorado de una famosa universidad al norte de Nueva York. En la carta decía que uno de sus compañeros iba a retirarse a final de año y le preguntaba si le interesaría el puesto.
       Esta carta sorprendió a Mary. Louise se consideraba una gran historiadora y a casi todos los demás unos inútiles; Mary no sabía que tuviera una opinión diferente respecto a ella. Además, el entusiasmo por las causas ajenas no era algo connatural a Louise, la cual tenía cierta forma de contener el aliento cuando le mencionaban nombres conocidos, sugiriendo que sabía cosas que sólo la amistad le impedía revelar.
       Mary no esperaba nada, pero envió un resumen y ejemplares de sus dos libros. Poco después Louise la llamó para decirle que el comité de selección, del cual era presidenta, había decidido concederle una entrevista a principios de noviembre.
       —Pero no te hagas demasiadas ilusiones —dijo Louise.
       —Oh, no —contestó Mary.
       Pero pensó: ¿Por qué no voy a hacérmelas? No se tomarían la molestia ni harían el gasto de pagarle el viaje hasta la universidad si la cosa no fuera en serio. Y estaba segura de que la entrevista iría bien. Conseguiría agradarles o por lo menos no desagradarles.
       Leyó libros acerca de la región con una extraña sensación de familiaridad, como si ya conociera esa tierra y su historia. Y cuando su avión despegó de Portland y se elevó hasta las nubes en dirección Este, Mary sintió que se dirigía a casa. Esa impresión se mantuvo, y se hizo más fuerte cuando aterrizó. Trató de describírsela a Louise cuando salieron del aeropuerto de Syracuse camino de la universidad a una hora de coche más o menos.
       —Es como déjà vu —dijo.
       —Déjà vu es una trampa —dijo Louise—. No es más que un desequilibrio químico de algún tipo.
       —Puede —contestó Mary—, pero sigo teniendo esa sensación.
       —No te me pongas seria —dijo Louise—. No es tu estilo. Limítate a ser tan graciosa y bromista como siempre. Ahora dime, con franqueza, ¿cómo me encuentras?
       Era de noche y estaba demasiado oscuro para que pudiera verle bien la cara a Louise, pero en el aeropuerto le había parecido que estaba flaca, pálida e intensa. Le recordó la descripción que había leído en un libro acerca de cómo los guerreros iroqueses se provocaban visiones por medio del ayuno. Ése era el aspecto que tenía. Pero no le agradaría oírlo.
       —Estás estupendamente —dijo Mary.
       —Hay una razón —dijo Louise—. Tengo un amante. Mi capacidad de concentración ha mejorado, mi nivel de energía está alto y he perdido cinco kilos. También tengo algo de color en las mejillas, aunque puede que eso sea debido al tiempo. Recomiendo la experiencia. Pero probablemente tú la desapruebas.
       Mary no sabía qué decir. Afirmó que estaba segura de que Louise sabía lo que hacía, pero eso no parecía suficiente.
       —El matrimonio es una gran institución —añadió—, pero ¿quién quiere vivir en una institución?
       Louise gimió.
       —Te conozco —dijo— y sé que ahora mismo estás pensando: «¿Qué pasa con Ted? ¿Y los niños?». La verdad es que no lo han encajado nada bien, Mary. Ted se pasa el día protestando —le alargó su bolso a Mary—. Sé buena y enciéndeme un pitillo, ¿quieres? Ya sé que te dije que lo había dejado, pero toda esta historia me está resultando muy dura y, desgraciadamente, he vuelto a empezar.
       Ahora iban por las montañas, dirigiéndose hacia el Norte por una carretera estrecha. Los altos árboles formaban una bóveda sobre sus cabezas. Cuando subieron una loma Mary vio el bosque todo alrededor, de un negro profundo bajo el cielo color ciruela. Había algunas luces y éstas hacían que la oscuridad pareciera aún más intensa.
       —Ted ha logrado poner a los niños completamente en contra mía —iba diciendo Louise—. No hay manera de razonar con ninguno de ellos. De hecho, se niegan en redondo a discutir el asunto, lo cual es sumamente irónico, porque durante años he tratado de enseñarles a ver las cosas desde el punto de vista de la otra persona. Si aceptaran conocer a Jonathan sé que cambiarían de opinión. Pero no quieren ni oír hablar de ello. Jonathan es mi amante.
       —Comprendo —dijo Mary y asintió.
       Al tomar una curva la luz de los faros dio sobre dos ciervos. Sus ojos se iluminaron y sus cuartos traseros se tensaron; Mary les vio temblar cuando el coche pasó junto a ellos.
       —Ciervos —dijo.
       —No sé —continuó Louise—, no sé qué hacer. Hago todo lo que puedo pero nunca les parece suficiente. Pero ya está bien de hablar de mí, hablemos de ti. ¿Qué te ha parecido mi último libro? —lanzó una risa aguda y golpeó el volante con las palmas de las manos—. Me encanta ese chiste. Pero, en serio, ¿qué me cuentas? Debió ser un verdadero golpe cuando el viejo Brandon quebró.
       —Fue duro. Las cosas no me han ido muy bien desde entonces, pero mejorarán mucho si consigo este puesto.
       —Por lo menos tienes trabajo —dijo Louise—. Debes ver las cosas desde el lado positivo.
       —Lo intento.
       —Pareces muy deprimida. Espero que no estés preocupada por la entrevista o por la clase. Preocuparte no te ayudará nada. Anímate.
       —¿Clase? ¿Qué clase?
       —La clase que tienes que dar mañana, después de la entrevista. ¿No te lo dije? Mea culpa, mea maxima culpa. Últimamente he estado muy olvidadiza, lo cual es raro en mí.
       —¿Pero qué voy a hacer?
       —Tranquilízate —dijo Louise—. Eliges un tema y te lanzas.
       —¿Lanzarme?
       —Ya sabes, abres la boca y a ver qué sale. Improvisas.
       —Pero yo siempre trabajo partiendo de un texto preparado.
       Louise suspiró.
       —Está bien. Te diré lo que vamos a hacer. El año pasado escribí un artículo sobre el Plan Marshall, pero luego me aburrí del tema y no lo publiqué. Puedes leer eso.
       Al principio, a Mary le pareció mal decir como una cotorra lo que Louise había escrito; luego se le ocurrió que llevaba muchos años haciendo más o menos lo mismo, y que éste no era el momento de tener escrúpulos.
       —Gracias —dijo—. Eres muy amable.
       —Ya hemos llegado —dijo Louise.
       Se metió por un camino circular rodeado de varias cabañas. En dos de ellas había luces encendidas y de las chimeneas salía humo.
       —Éste es el centro de los visitantes. La universidad está a tres kilómetros en esa dirección —Louise señaló la carretera—. Te invitaría a quedarte en mi casa, pero voy a pasar la noche con Jonathan y Ted no es una compañía agradable actualmente. Apenas le reconocerías.
       Sacó el equipaje de Mary del maletero y subió los escalones de una cabaña que estaba a oscuras.
       —Mira —dijo—, te han preparado el fuego en la chimenea. No tienes más que encenderlo.
       Se quedó de pie en medio de la habitación con los brazos cruzados, observando a Mary mientras ésta acercaba una cerilla a la leña.
       —Ya está —dijo Louise—. Dentro de nada estarás bien calentita. Me encantaría quedarme y cotillear, pero no puedo. Que duermas bien, te veré por la mañana.
       Mary se quedó en la puerta y agitó la mano cuando Louise puso el coche en marcha, levantando la grava. Se llenó los pulmones para saborear el aire: era ácido y limpio. Veía las estrellas en sus constelaciones y los vagos raudales de luz que corrían entre las estrellas.
       Aún le inquietaba la idea de leer un trabajo de Louise como si fuera suyo. Sería la primera vez que cometiera un plagio total. Esto la cambiaría. La haría menos; cuánto menos, no lo sabía. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? Desde luego no podía «lanzarse». Podrían fallarle las palabras, y entonces ¿qué? Mary tenía miedo al silencio. Cuando pensaba en el silencio le parecía ahogarse, como si fuera una clase de agua en la que no sabía nadar.
       —Quiero este puesto —dijo, y se acurrucó en su abrigo. Era de cachemira y no se lo había puesto desde que se trasladó a Oregón, porque allí la gente pensaba que eras una pretenciosa si llevabas cualquier cosa que no fuera una camisa Pendleton o, naturalmente, un impermeable. Frotó la mejilla contra el cuello levantado del abrigo y pensó en una luna plateada brillando por entre unas ramas desnudas y negras, una casa blanca con persianas verdes, hojas rojas cayendo contra un cielo azul intenso.

       Louise la despertó unas horas después. Estaba sentada en el borde de la cama, sacudiendo a Mary por el hombro y sollozando. Cuando Mary le preguntó qué le pasaba, dijo:
       —Quiero que me des tu opinión sobre algo. Es muy importante. ¿Crees que soy femenina?
       Mary se sentó en la cama.
       —Louise, ¿no puedes esperar hasta mañana?
       —No.
       —¿Femenina?
       Louise asintió.
       —Eres muy guapa —dijo Mary— y sabes arreglarte.
       Louise se levantó y paseó de un lado a otro.
       —Ese hijo de puta —dijo. Se acercó a la cama y se quedó de pie junto a Mary—. Supongamos que alguien dijera que no tengo sentido del humor. ¿Estarías de acuerdo o no?
       —Para algunas cosas lo tienes. Quiero decir, sí, tienes sentido del humor.
       —¿Qué significa «para algunas cosas»? ¿Qué clase de cosas?
       —Bueno, si oyeras que alguien había muerto de una forma insólita, por ejemplo, porque le había estallado un cigarro de broma, eso te parecería gracioso.
       Louise se rió.
       —A eso me refería —dijo Mary.
       Louise siguió riendo.
       —Oh, Dios mío —dijo—. Ahora me toca a mí decirte algo.
       Se sentó al lado de Mary.
       —No, por favor —dijo ésta.
       —Sólo una cosa —dijo Louise.
       Mary esperó.
       —Estás temblando —dijo Louise—. Solamente iba a decirte… oh, olvídalo. Escucha, ¿te importa que duerma en el sofá? Estoy muerta.
       —Adelante.
       —¿Estás segura? Mañana es un día importante para ti —se dejó caer en el sofá y se quitó los zapatos de una patada—. Sólo iba a decirte que deberías pintarte un poco las cejas. No se te ven y el efecto es desconcertante.
       Ninguna de las dos durmió. Louise fumó sin parar y Mary observó cómo las brasas se iban apagando. Cuando hubo suficiente luz para poder verse, Louise se levantó.
       —Mandaré a un estudiante a recogerte —dijo—. Buena suerte.
       La universidad tenía el aspecto que debe tener una universidad. Roger, el estudiante encargado de enseñársela, le explicó a Mary que era una copia exacta de una universidad inglesa, hasta las gárgolas y las vidrieras. Era tan idéntica a la imagen clásica de una universidad que a veces los directores de cine la usaban como decorado. Andy Hardy va a la universidad había sido rodada aquí y todos los otoños celebraban el Día de Andy Hardy va a la universidad, con abrigos de mapache y concursos para ver quién se tragaba un pececillo.
       Encima de la puerta del Edificio del Fundador había una frase en latín que, libremente traducida, significaba «Dios ayuda a quienes se ayudan». Mientras Roger recitaba los nombres de ilustres antiguos alumnos a Mary le llamó la atención hasta qué punto se habían tomado a pecho este precepto. Se habían hecho con ferrocarriles, minas, ejércitos, estados; con imperios financieros que tenían sucursales en todo el mundo.
       Roger llevó a Mary a la capilla y le enseñó una placa con los nombres de antiguos alumnos muertos en varias guerras, empezando por la Guerra Civil. No había muchos nombres. También en esto, al parecer, los licenciados se habían ayudado a sí mismos.
       —Ah, se me olvidaba —dijo Roger cuando salían de la capilla—. La barandilla de la comunión procede de una iglesia en Europa a la que solía ir Carlomagno.
       Fueron al gimnasio, a las tres pistas de hockey y a la biblioteca, donde Mary inspeccionó el fichero, como si fuese a rechazar el puesto en caso de que no tuvieran los libros adecuados.
       —Todavía tenemos un poco de tiempo —dijo Roger al salir—. ¿Quiere que vayamos a ver el grupo electrógeno?
       Mary deseaba estar ocupada hasta el último minuto, así que aceptó.
       Roger la condujo a las profundidades del edificio de servicios, explicándole cosas sobre la máquina, que era la más avanzada del país.
       —La gente cree que esta universidad es verdaderamente anticuada —dijo—, pero no es cierto. Ahora dejan matricularse a chicas y hay algunas profesoras. De hecho, hay un estatuto que dice que han de entrevistar por lo menos a una mujer para cada plaza vacante. Ahí lo tiene.
       Estaban de pie en una estrecha pasarela de hierro encima de la máquina más grande que Mary había visto nunca. Roger, que estaba especializándose en Ciencias de la Tierra, dijo que había sido construida partiendo de un diseño iniciado por un profesor de su departamento. Mientras que antes se había mostrado desdeñoso, ahora su actitud era reverente. Estaba claro que para él esta máquina era el alma de la universidad, que ésta existía para proporcionar utilidad a la máquina. Juntos se apoyaron en la barandilla y la miraron zumbar.
       Mary llegó a la sala de juntas a la hora exacta en que la habían citado para la entrevista, pero la habitación estaba vacía. Sus dos libros estaban sobre la mesa, junto con una jarra de agua y unos vasos. Se sentó y cogió uno de los libros. La encuadernación crujió al abrirlo. Las páginas estaban suaves, limpias, intactas. Mary fue al primer capítulo, que empezaba: «Generalmente se cree que…». Qué aburrido, pensó.
       Casi veinte minutos más tarde llegó Louise con varios hombres.
       —Perdona que lleguemos tarde —dijo—. No tenemos mucho tiempo así que más vale que empecemos.
       Le presentó a Mary a los hombres, pero, con una sola excepción, no pudo retener el nombre que pertenecía a cada cara. La excepción era el Dr. Howells, el jefe de departamento, que tenía una nariz porosa y azulada y los dientes estropeadísimos.
       Un hombre de cara lustrosa sentado a la derecha del Dr. Howell fue el primero en hablar.
       —Tengo entendido que usted enseñaba en el Colegio Mayor Brandon.
       —Fue una pena que el Brandon tuviera que cerrar —dijo un hombre joven que tenía una pipa en la boca—. Hay un lugar para colegios como el Brandon —mientras hablaba la pipa subía y bajaba.
       —Ahora trabaja usted en Oregón —dijo el Dr. Howell—. Nunca he estado allí. ¿Le gusta?
       —No mucho —contestó Mary.
       —¿De veras? —el Dr. Howell se inclinó a ella—. Creí que a todo el mundo le gustaba Oregón. He oído decir que es muy verde.
       —Esto es cierto.
       —Supongo que llueve mucho —dijo él.
       —Casi todos los días.
       —Eso no me gustaría —dijo él, meneando la cabeza—. A mí me gusta el clima seco. Aquí nieva, desde luego, y llueve de vez en cuando, pero es una lluvia seca. ¿Ha estado usted alguna vez en Utah? Ese sí que es un buen estado. El Cañón de Bryce. El Coro del Tabernáculo Mormón.
       —El Dr. Howells se crió en Utah —dijo el joven de la pipa.
       —En aquellos tiempos era completamente diferente —dijo el Dr. Howells—. La señora Howells y yo siempre hemos hablado de volver allí cuando me retire, pero ahora no estoy tan seguro de ello.
       —No tenemos mucho tiempo —dijo Louise.
       —Y aquí estoy yo dale que te pego —dijo el Dr. Howells—. Antes de que demos la entrevista por terminada, ¿quiere usted decirnos algo?
       —Sí. Creo que deberían darme el puesto.
       Mary se rió al decir esto, pero nadie respondió a su risa, ni la miraron siquiera. Todos apartaron los ojos. Mary comprendió que no la estaban considerando seriamente para el puesto. La habían traído hasta aquí sólo para cumplir con una norma. No tenía esperanzas.
       Los hombres recogieron sus papeles, le estrecharon la mano a Mary y le dijeron que estaban deseando oír su lección magistral.
       —No me canso de oír hablar del Plan Marshall —dijo el Dr. Howells.
       —Lamento lo ocurrido —dijo Louise cuando estuvieron solas—. No creí que fuera tan desagradable. Ha sido una verdadera putada.
       —Dime una cosa —dijo Mary—. Tú ya sabías que no iban a contratarme, ¿no es cierto?
       Louise asintió.
       —Entonces, ¿por qué me has hecho venir aquí?
       Louise empezó a explicarle lo del estatuto, pero Mary la interrumpió.
       —Eso ya lo sé. Pero ¿por qué yo? ¿Por qué me has escogido a ?
       Louise se acercó a la ventana. Habló de espaldas a Mary.
       —Las cosas no le han ido muy bien a la vieja Louise —dijo—. Me he sentido desgraciada y pensé que quizá tú me animarías. Solías ser tan divertida… Además estaba segura de que disfrutarías del viaje; no te ha costado nada y en esta época del año esto está muy bonito, con las hojas otoñales y todo eso. Mary, tú no sabes las cosas que me hicieron mis padres. Y Ted tampoco es muy divertido. Ni Jonathan, ese hijo de puta. Merezco algo de amor y amistad, pero no lo recibo —se volvió y miró su reloj—. Es casi la hora de tu clase. Más vale que nos vayamos.
       —Preferiría no darla. Después de todo, no tiene mucho sentido, ¿verdad?
       —Pero tienes que darla. Es parte de la entrevista —Louise le tendió a Mary una carpeta—. Lo único que tienes que hacer es leer esto. No es mucho pedir, teniendo en cuenta el dinero que nos hemos gastado en traerte hasta aquí.
       Mary siguió a Louise por el vestíbulo hasta el aula. Los catedráticos estaban sentados en la primera fila con las piernas cruzadas. Sonrieron y saludaron a Mary con la cabeza. Detrás de ellos el aula estaba llena de estudiantes, algunos de los cuales estaban en los pasillos. Uno de los catedráticos ajustó el micrófono a la altura de Mary, para lo cual subió y bajó de la tarima agachado, como si prefiriera no ser visto.
       Louise pidió silencio. Presentó a Mary y dijo cuál sería el tema de su lección magistral. Pero Mary había decidido lanzarse, después de todo. Había subido a la tarima insegura respecto a lo que iba a decir; segura solamente de que preferiría morirse a leer el artículo de Louise. El sol entraba a raudales por la vidriera de colores, cayendo sobre la gente que la rodeaba y pintando sus caras. Densas volutas de humo se alzaban de la pipa del joven profesor y cruzaban un círculo de luz roja que había a los pies de Mary, volviéndose carmesí y retorciéndose como llamas.
       —Me pregunto cuántos de ustedes saben —comenzó— que estamos en la Casa Larga, el antiguo dominio de las Cinco Naciones de los iroqueses.
       Dos catedráticos se miraron.
       —Los iroqueses eran despiadados —siguió Mary—. Daban caza a la gente con estacas, flechas, lanzas y redes, y con cerbatanas hechas con cañas de saúco. Torturaban a los cautivos, sin perdonar a ninguno, ni siquiera a los niños pequeños. Arrancaban las cabelleras y practicaban el canibalismo y la esclavitud. Como no tenían piedad, se volvieron poderosos, tan poderosos que ninguna otra tribu se atrevía a oponerse a ellos. Obligaban a las otras tribus a pagarles tributos y cuando ya no tenían nada con que pagar, los iroqueses las atacaban.
       Varios catedráticos empezaron a murmurar. El Dr. Howells le dijo algo a Louise y ésta negó con la cabeza.
       —En una de sus incursiones —dijo Mary— capturaron a dos sacerdotes jesuitas, Jean de Brébeuf y Gabriel Lalement. Embadurnaron a Lalement con brea y le prendieron fuego delante de Brébeuf. Cuando Brébeuf les censuró, le cortaron los labios y le metieron un hierro candente por la garganta. Le colgaron en el cuello un collar de hachas pequeñas al rojo vivo y le echaron agua hirviendo por la cabeza. Como él continuaba predicándoles, le cortaron tiras de carne del cuerpo y se las comieron ante sus ojos. Mientras aún estaba vivo le quitaron el cuero cabelludo y le abrieron el pecho y se bebieron su sangre. Luego, el jefe iroqués le arrancó el corazón a Brébeuf y se lo comió, pero justo antes de que hiciera esto, Brébeuf les habló por última vez. Les dijo…
       —¡Basta ya! —gritó el Dr. Howells, levantándose de un salto.
       Louise dejó de menear la cabeza. Tenía los ojos perfectamente redondos.
       A Mary se le habían acabado los datos. No sabía qué había dicho Brébeuf. El silencio se alzó en torno a ella; justo cuando pensaba que iba a hundirse y a perderse en ese silencio, alguien silbó en el vestíbulo, gorjeando las notas como un pájaro, como muchos pájaros.
       —Enderezad vuestras vidas —dijo Mary—. Os habéis engañado por el orgullo de vuestros corazones y la fuerza de vuestros brazos. Aunque voléis tan alto como el águila, aunque hagáis vuestro nido entre las estrellas, desde allí os haré caer, dijo el Señor. Apartaos del poder y volveos hacia el amor. Sed buenos. Haced justicia. Caminad con humildad.
       Louise estaba agitando los brazos.
       —¡Mary! —gritó.
       Pero Mary tenía más que decir, mucho más; contestó a Louise moviendo un brazo y luego desconectó su audífono para que nada la distrajera.



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