Tobias Wolff
(Birmingham, Alabama, 1945 –)

El hermano rico (1986)
(“The Rich Brother”)
Originalmente publicado en la revista Vanity Fair (junio 1986);
Back in the World
(Nueva York: Houghton Mifflin, 1985, 221 págs.)


      Había dos hermanos, Pete y Donald.
       Pete, el mayor, se dedicaba al negocio inmobiliario. Él y su mujer tenían una franquicia de Siglo
XXI en Santa Cruz. Pete trabajaba mucho y ganaba gran cantidad de dinero, pero no más del que creía merecer. Tenían dos hijas, un barco de vela, una casa desde la que veía un fino trozo de mar, y amigos a los que les iba lo bastante bien en la vida como para no desearle mala suerte. Donald, el hermano menor, todavía estaba soltero. Vivía solo, pintaba casas cuando encontraba trabajo, y se endeudaba con Pete cada vez que no lo tenía.
       Nadie los hubiera tomado por hermanos. Mientras que Pete era corpulento y campechano y estaba cómodo en el mundo, Donald era huesudo, serio y estaba obsesionado con el destino de su alma. Había llevado durante años alrededor del cuello las imágenes de dos maestros perfectos. Por devoción al segundo de ellos había entrado en un ashram de Berkeley, donde casi murió de una hepatitis no diagnosticada. Para cuando Pete terminó de pagar las facturas de los médicos, Donald se había hecho cristiano. Pasó de iglesia en iglesia, luego se unió a la comunidad pentecostal que se reunía en algún sitio del distrito de Mission para cantar en lenguas infusas e intercambiar profecías.
       Pete lo encontraba absurdo. Sus padres habían muerto, pero mientras estuvieron vivos ninguno de los dos consideró necesario creer que dioses y demonios se interesaban personalmente por asegurar su compañía para toda la eternidad. Se las arreglaron para ser personas decentes sin hacer el ridículo, y Pete tenía la misma ambición. Pensaba que todo aquel asunto era una excusa de Donald para tomarse en serio.
       El problema era que Donald no podía contentarse con preocuparse de su propia alma. Tenía que preocuparse de la de los demás, y en especial de la de Pete. Ofrecía sus opiniones de un modo que él consideraba sutil: por medio de significativos silencios, insinuaciones, miradas de moderada desesperación que decían: «Hermano, ¿a qué has llegado?». A lo que Pete había llegado, según lo que él diría, era a la prosperidad. Eso era lo que había en realidad entre ellos. Pete prosperaba y Donald no prosperaba.

       A la edad de cuarenta años Pete se dedicó al paracaidismo. Hizo su primer salto con dos amigos que sólo habían empezado unos meses antes y ya estaban haciendo acrobacias. Pete nunca habría usado la palabra «mística», pero así fue como consideró la experiencia. Más tarde cometió el error de describírsela a Donald, que no pasó de preguntarle cuánto costaba y luego quedó horrorizado cuando Pete se lo dijo.
       —Por lo menos estoy probando algo nuevo —dijo Pete—. Por lo menos estoy rompiendo moldes.
       No mucho después de esa conversación Donald también rompió moldes, yéndose a vivir a una granja de las afueras de Paso Robles. De la granja eran dueños varios miembros de la comunidad de Donald, que la habían comprado con la idea de formar una familia en la fe. Así fue como lo explicó Donald en la primera carta que mandó. Pete se enteraba todas las semanas de lo feliz que era Donald «en el seno del Señor». Le contó a Pete que todos rezaban por él, él y todos los demás hermanos y hermanas de Pete de la granja.
       «Yo sólo tengo un hermano —quiso contestar Pete—, y ya es bastante». Pero se guardó el pensamiento para sí.
       En noviembre las cartas cesaron. A Pete eso no le preocupó al principio, pero cuando llamó a Donald por Acción de Gracias éste estaba destrozado. Intentó sonar animado, pero no lo intentó lo suficiente como para resultar convincente.
       —Escucha —dijo Pete—, no tienes que quedarte en ese sitio si no quieres.
       —Estaré bien —contestó Donald.
       —La cuestión no es ésa. Estar bien no es la cuestión. Si no te gusta lo que está pasando ahí, entonces vete.
       —Estaré bien —repitió Donald con mayor firmeza—. Me va bien.
       Pero llamó a Pete una semana después y su hermano le dijo que se marchaba de la granja. Cuando Pete le preguntó adónde pensaba ir, Donald admitió que no tenía ningún plan. Le habían quitado el coche por no pagar los plazos justo antes de irse de la ciudad, y estaba sin nada de dinero.
       —Supongo que tendrás que quedarte con nosotros —dijo Pete.
       Donald hizo como que se resistía. Luego cedió.
       —Sólo hasta que aterrice.
       —Bien —dijo Pete—. Averigua qué opciones tienes.
       Le dijo a Donald que le mandaría dinero para el billete de autobús, pero cuando estaban a punto de colgar Pete cambió de idea. Sabía que Donald trataría de hacer autostop para ahorrar el billete, y él no quería que estuviera completamente solo en la carretera, donde pudiera recogerle algún tipo siniestro, donde podría pasar cualquier cosa.
       —Mejor todavía —dijo—. Iré a recogerte.
       —No tienes por qué hacerlo. No esperaba que lo hicieras —dijo Donald—. Es un viaje bastante largo.
       —Dime sólo cómo llegar.
       Pero Donald no quería darle indicaciones. Dijo que la granja era demasiado deprimente, que a Pete no le gustaría. Insistió, en cambio, para que se encontraran en una estación de servicio que se llamaba El Emporio Mecánico de Jonathan.
       —Debes de estar bromeando —dijo Pete.
       —Está cerca de la autopista —le explicó Donald—. Yo no le puse el nombre.
       —Eso es digno de recordar —dijo Pete.

       El día antes de que saliera para traer a Donald a casa, Pete recibió una carta de un hombre que se describía a sí mismo como «cabeza de familia» de la granja donde había estado viviendo Donald. Contaba a Pete que Donald no había dejado la granja sino que le habían pedido que se fuera. La carta estaba escrita en el reverso de un formulario multicopiado que pedía a la gente que describiera su reacción a una ceremonia de algún tipo. La última pregunta era:

¿Qué sintió durante la liturgia?
a) Que era
b) Que se transformaba
c) Que era y que se transformaba
d) Nada de eso
e) Todo ello

Pete trató de olvidar la carta, pero, naturalmente, no pudo. Cada vez que pensaba en ella se sentía agobiado y sin aliento, la misma sensación que le invadió cuando llegó a la estación de servicio y vio a su hermano sentado contra una pared con la cabeza en las rodillas. Era a última hora de la tarde. Un vaso de plástico pasó rodando lentamente junto a sus pies, empujado por el viento.
       Pete hizo sonar el claxon y Donald levantó la cabeza. Sonrió a Pete, luego se puso de pie y se estiró. Tenía los brazos largos, delgados y blancos. Llevaba un pañuelo en la frente y una camiseta con una inscripción en el pecho que Pete no pudo leer porque las letras estaban invertidas.
       —A ver si te haces un hombre —gritó Pete—. Consigue un Mercedes.
       Donald se acercó a la ventanilla. Se agachó y dijo:
       —Gracias por venir. Debes de estar totalmente rendido.
       —Podré con ello —Pete señaló la camiseta—. ¿Qué es lo que dice?
       Donald se miró el pecho.
       —PRUEBA CON DIOS. Supongo que me la he puesto al revés. Pete, ¿podrías prestarme un par de dólares? Les debo a esta gente café y sándwiches.
       Pete sacó cinco de veinte de la cartera y se los tendió por la ventanilla.
       Donald retrocedió como horrorizado.
       —No necesito tanto.
       —Me pierdo con todas esas monedas —dijo Pete—. Me lo devuelves cuando nades en la abundancia —agitó los billetes con impaciencia—. Venga… cógelo.
       —Sólo de momento —Donald agarró el dinero y entró en la estación de servicio. Volvió trayendo dos naranjadas, una de las cuales tendió a Pete según entraba en el coche—. Invito yo —dijo.
       —¿No hay maletas?
       —Uau, gracias por recordármelo —Donald dejó en equilibrio su botellín encima del salpicadero, pero el ligero balanceo del coche cuando se apeó hizo que cayera encima del asiento del acompañante, donde soltó de la mitad de su contenido espumoso antes de que Pete pudiera hacerse con él. Donald se quedó mirando mientras Pete mantenía el botellín fuera de la ventanilla, con la espuma corriéndole por los dedos.
       —Límpialo —le dijo Pete—. ¡Rápido!
       —¿Con qué?
       Pete le miró fijamente.
       —Esa camiseta. Usa esa camiseta.
       Donald puso cara larga pero hizo lo que le decía, mientras su pálida piel se le ponía de gallina con el viento.
       —Estupendo, estupendo de verdad —dijo Pete—. Y ni siquiera hemos dejado la estación de servicio todavía.
       Después, en la autopista, Donald dijo:
       —Este coche es nuevo, ¿verdad?
       —Sí, es un coche nuevo.
       —Por eso te molestó tanto lo del asiento.
       —Déjalo, ¿vale? Olvidémonos de eso.
       —Dije que lo sentía.
       —Yo sólo quiero que tengas más cuidado —dijo Pete—. Estos asientos son de cuero. Esa mancha no se quitará, por no mencionar el olor. No sé por qué no puedo tener asientos de cuero que huelan a cuero en lugar de a naranjada.
       —¿Qué le pasaba al otro coche?
       Pete echó una ojeada y vio que Donald se había subido la capucha del chándal azul que se había puesto. La capucha en pico encima de su cara demacrada, vigilante, le daba aspecto de inquisidor.
       —No le pasaba nada —dijo Pete—. Sólo pasó que me gustó más éste.
       Donald asintió con la cabeza.
       Hubo un largo silencio entre ellos mientras Pete seguía conduciendo y la tarde se oscurecía. A los dos lados de la carretera había campos cubiertos de rastrojos. Una hilera de colinas corría a lo largo del horizonte, coronadas aquí y allá por árboles negros ante el cielo del anochecer. En la fila de coches que venían en sentido contrario un conductor encendió los faros. Pete hizo lo mismo.
       —Entonces ¿qué pasó? —preguntó—. ¿La vida de la granja no es lo tuyo?
       Donald se tomó su tiempo para contestar, y por fin se limitó a decir:
       —Fue culpa mía.
       —¿Qué fue culpa tuya?
       —Todo el asunto. No te hagas el tonto, Pete. Sé que te escribieron —miró a Pete, luego volvió a clavar la vista en el parabrisas.
       —No me estoy haciendo el tonto.
       Donald se encogió de hombros.
       —Todo lo que sé es que te pidieron que te marcharas —siguió Pete—. No sé ninguno de los detalles.
       —La pifié —dijo Donald—. Créeme, no querrás oír los detalles macabros.
       —Claro que quiero —dijo Pete. Añadió—: A todo el mundo le gustan los detalles macabros.
       —Quieres decir que a todo el mundo le gusta saber cómo otro lo estropeó todo.
       —Exacto —dijo Pete—. Así son las cosas aquí en la Nave Espacial Tierra.
       Donald puso una rodilla encima del asiento y se apoyó en la puerta. Pete era consciente de su examen. Esperó. La noche caía con rapidez, llenando los huecos de la tierra. Las largas mejillas y los ojos hundidos de Donald estaban oscurecidos por las sombras. Su frente estaba blanca.
       —¿Sueñas alguna vez conmigo? —quiso saber.
       —¿Que si sueño alguna vez contigo? ¿Qué clase de pregunta es ésa? Claro que no sueño contigo —dijo Pete, falsamente.
       —¿Con qué sueñas?
       —Sexo y dinero. Sobre todo dinero. Una pesadilla es cuando sueño que no tengo nada.
       —Te lo estás inventando —dijo Donald.
       Pete sonrió.
       —A veces me despierto de noche —siguió Donald—, y puedo asegurar que tú estás soñando conmigo.
       —Estábamos hablando de la granja —dijo Pete—. Vamos a terminar esa conversación y luego podemos hablar de nuestras diversas experiencias extracorporales y de las cosas tan interesantes que hicimos en encarnaciones anteriores.
       Durante un momento Donald pareció una calavera sonriente; luego se puso serio otra vez.
       —No hay mucho que contar —dijo—. Sólo que no hice nada bien.
       —Eso es un poco impreciso —dijo Pete.
       —Bien, por ejemplo, las cosas de comer. Siempre que me tocaba comprar las cosas de comer me confundía en algo. Traía las cosas a casa y la mitad de ellas se me habían olvidado, o las traía todas equivocadas, la clase de harina equivocada o la clase de chocolate incorrecta, o lo que fuese. Una vez no llegué a traerlas. No tiene gracia, Pete.
       —¿A quién le diste las cosas de comer? —preguntó Pete.
       —A unos que recogí cuando volvía en coche. Unos jornaleros. Tenían unos ocho niños con ellos y ni siquiera hablaban inglés… sólo asentían con la cabeza. A pesar de eso, no debería haberles dado las cosas de comer. No todas, en cualquier caso. Aprendí de verdad esa lección. Hay que ser práctico. Hay que ser justo con uno mismo —Donald se echó hacia delante, y Pete notó su agitación—. En realidad no hay nada malo en hacer negocios —dijo—. Mientras uno sea justo con los demás puede ser justo consigo mismo. Estoy pensando en dedicarme a los negocios, Pete.
       —Hablaremos de eso —dijo Pete—. Entonces, ¿eso es lo que pasó? ¿No hay nada más aparte de eso?
       —¿Qué te han contado? —preguntó Donald.
       —Nada.
       —Tienen que haberte contado algo.
       Pete negó con la cabeza.
       —¿No te contaron lo del fuego? —cuando Pete volvió a negar con la cabeza, Donald le miró durante un rato, luego cruzó los brazos sobre el pecho y se recostó otra vez en el rincón—. Todo el mundo tenía que hacer turnos para preparar la cena. Normalmente yo hacía un guiso de atún o espaguetis con pan de ajo. Pero esa noche pensé hacer algo distinto, algo interesante de verdad —miró con dureza a Pete—. Para ti todo es motivo de risas, ¿verdad?
       —Lo siento —dijo Pete.
       —No sabes cuándo parar. Sigues dale que te pego.
       —Cuéntame lo del fuego, Donald.
       Donald no dejaba de mirarle.
       —Te ves forzado a hacer que yo parezca ridículo.
       —Déjalo, Donald. No le des importancia.
       —Sé por qué lo haces. Porque no tienes ningún objetivo en la vida. Te da miedo relacionarte con gente que lo tiene, así que te burlas de ellos.
       —Relacionarse —dijo Pete.
       —Básicamente eres un individuo asustado —dijo Donald—, muy amenazado. Siempre has sido así. ¿Te acuerdas de cuando intentabas matarme?
       —No es que yo me vea forzado a hacer que parezcas ridículo, Donald… lo haces tú sólo. Lo estás haciendo ahora mismo.
       —No me vas a decir que no te acuerdas —dijo Donald—. Fue después de mi operación. De eso te acuerdas.
       —Más o menos —Pete se encogió de hombros—. La verdad es que no.
       —Oh, sí —dijo Donald—. ¿No quieres ver la cicatriz?
       —Recuerdo que te operaron. No recuerdo los detalles, eso es todo. Y seguro del todo que no me acuerdo de intentar matarte.
       —Oh, sí —repitió Donald, fuera de sí—. Puedes apostar tu vida a que lo intentaste. Todo el tiempo. La cuestión era que no podía pasarme nada en el sitio donde me cosieron porque entonces los intestinos se volverían a descomponer y me envenenaría. Eso era muy importante, Pete. A mamá siempre la ponía histérica que yo trepara a los árboles y esas cosas. Y tú me pegabas allí todas las veces que tenías la oportunidad.
       —Mamá se ponía histérica cada vez que eructabas —dijo Pete—. No sé. A lo mejor choqué contigo por casualidad una o dos veces. Nunca lo hice a propósito.
       —Cada oportunidad que tenías —dijo Donald—. Como cuando nuestros padres salían de noche y te dejaban cuidándome. Les oía decir buenas noches, y luego oía arrancar su coche, y en cuanto se habían ido me tumbaba allí, escuchando. Al cabo de un rato te oía venir por el pasillo, y yo cerraba los ojos y me hacía el dormido. Había noches en que te quedabas delante de la puerta, sólo te quedabas allí quieto, y luego te ibas. Pero la mayoría de las noches abrías la puerta y te oía dentro de la habitación conmigo, respirando. Te acercabas y te sentabas a mi lado en la cama… te acuerdas, Pete, tienes que acordarte… te sentabas a mi lado en la cama y apartabas las sábanas. Si yo estaba boca bajo me dabas la vuelta. Luego me levantabas la chaqueta del pijama y empezabas a darme golpes en los puntos. Lo más fuerte que podías, una y otra vez. Yo tenía miedo de que te enfadaras si te enterabas de que estaba despierto. ¿Es eso raro o qué? Tenía miedo de que te enfadaras si te dabas cuenta de que yo sabía que estabas intentando matarme —Donald se rió—. Venga, no puedes decirme que no te acuerdas de eso.
       —Puede que pasara una o dos veces. Los niños hacen esas cosas. Conseguirás que me ponga nervioso por algo que a lo mejor hice hace veinticinco años.
       —«A lo mejor» no. Lo hiciste.
       —Me estás cansando con ese asunto —dijo Pete—. Nos espera un largo viaje, y si no lo dejas pronto no lo vamos a hacer. Por lo menos, tú.
       Donald se apartó.
       —Hago todo lo que puedo —dijo Pete. La autocompasión de su voz hizo que aquello sonara a mentira. ¡Pero no era mentir! Estaba haciendo todo lo que podía.
       El coche llegó a lo alto de una cuesta. Pete vio a lo lejos un grupo de luces que parpadearon cuando empezó a bajar. No había luna. El cielo estaba bajo y negro.
       —Ahora que lo pienso —dijo Pete—. La otra noche tuve un sueño en el que salías. Hace unas pocas noches, en realidad. ¿Tienes hambre?
       —¿Qué tipo de sueño?
       —Fue raro. Tú me cuidabas. Estábamos sólo los dos. No sé dónde debían de estar todos los demás.
       Pete lo dejó allí. No le contó a Donald que en su sueño él estaba ciego.
       —Me pregunto si fue entonces cuando me desperté —dijo Donald—. Mira, siento haber entrado en eso de mi cicatriz. Nunca dejo de intentar olvidarlo pero me parece que nunca lo conseguiré. No del todo. Es muy extraño, tener todo el tiempo cerca a una persona que quiere librarse de mí.
       —Cosas de niños —dijo Pete—. Historias antiguas.

       Cenaron en un Denny’s, al otro lado de King City. Cuando Pete estaba pagando la cuenta, oyó a un hombre detrás de él que decía:
       —Perdone, pero ¿podría preguntarle en qué dirección va?
       —A Santa Cruz —respondió Donald.
       —Perfecto —dijo el hombre.
       Pete pudo verle en el espejo de ojo de pez que había encima de la caja registradora: una chaqueta cruzada roja con una especie de emblema en el bolsillo, un bigotito negro, el pelo negro y brillante peinado sobre la frente como el de un emperador romano. «Un bisoñé —pensó Pete—. Decididamente, un bisoñé».
       Recogió el cambio y se dio la vuelta.
       —¿Por qué es perfecto? —preguntó.
       El hombre miró a Pete. Tenía una cara blanda y rubicunda que hacía todo lo posible por expresar una agradable sorpresa, como si aquel nuevo giro fuese lo mejor que podía esperar, pero los ojos de detrás de las gafas de aviador mostraban signos de pesar. Tenía los labios húmedos y brillantes.
       —Supongo que van ustedes juntos —dijo.
       —Acertó —le contestó Pete.
       —Mejor todavía, entonces —siguió el hombre—. Resulta que yo voy a Santa Cruz. Tuve un pequeño problema con el coche. El viejo Cadillac me dejó tirado.
       —¿Qué tipo de problema? —preguntó Pete.
       —Del motor —dijo el hombre—. Me temo que es bastante urgente. Mi hija está enferma. Urgentemente enferma. Tengo un telegrama aquí —se dio unos golpecitos en el bolsillo del pecho de su chaqueta cruzada.
       Antes de que Pete pudiera decir nada, Donald intervino otra vez.
       —No hay problema —dijo—. Tenemos sitio de sobra.
       —No tanto sitio —dijo Pete.
       Donald asintió con la cabeza.
       —Meteré mis cosas en el maletero.
       —El maletero está lleno —le dijo Pete.
       —Resulta que viajo ligero de equipaje —dijo el hombre—. Este tramo del viaje, en cualquier caso. De hecho no llevo nada de equipaje en este momento concreto.
       —Se lo dejó en el viejo Cadillac, ¿verdad?
       —Exacto —dijo el hombre.
       —No hay problema —repitió Donald. Salió, y el hombre fue con él. Pete los siguió a cierta distancia. Cuando llegaron al coche de Pete, Donald alzó la cara al cielo y el hombre hizo lo mismo. Se quedaron allí parados mirando hacia lo alto.
       —Una noche oscura —dijo Donald.
       —Estigia —dijo el hombre.
       Pete todavía pensaba en librarse de él, pero no lo hizo. Abrió la cerradura del coche y luego la puerta de atrás para que entrara el hombre. Quería ver lo que pasaba. Era una aventura, aunque no una aventura peligrosa. El hombre podría robar los ceniceros, pero no le querría matar. Si en la carretera alguien iba a matar a Pete sería una persona espiritual con chándal, alguien con la mirada perdida en el horizonte y una camiseta mojada que decía PRUEBA CON DIOS metida en su bolsa de lona.
       En cuanto salieron del aparcamiento el hombre encendió un puro. Echó una nube de humo sobre el hombro de Pete y suspiró de placer.
       —Apáguelo —le mandó Pete.
       —Claro, claro —dijo el hombre. Pete miró por el espejo retrovisor y vio que el hombre daba una gran chupada antes de tirar el puro por la ventanilla—. Perdone —dijo—. Debería haber preguntado. A propósito, me llamo Webster.
       Donald se dio la vuelta y le miró.
       —¿De nombre o de apellido?
       El hombre titubeó.
       —De apellido —dijo, al fin.
       —Conozco a un Webster —dijo Donald—. Mick Webster.
       —Hay muchos Webster —dijo el hombre.
       —Un tipo grande, con una pata de palo —dijo Pete.
       Donald miró a Pete.
       Webster negó con la cabeza.
       —No me suena nada. Con todo, no negaría cierta relación. Podría ser un primo.
       —¿Qué le pasa a su hija? —preguntó Pete.
       —No está claro —respondió Webster—. Parece ser un trastorno femenino de algún tipo. Pero también podría ser tropical —estuvo callado un momento, y añadió—: Si realmente es tropical, tendré que asumir parte de la culpa. Fue mi tremenda ambición de dinero lo que nos llevó a los trópicos y nos tuvo allí todos esos años, expuestos a cualquier peligro. La verdad es que tengo que responder de muchas cosas. Dejé allí a mi mujer.
       —¿Se refiere a que murió? —preguntó Donald.
       —La enterré con estas manos. La tierra será restituida, oro por oro.
       —¿En qué trópicos? —preguntó Pete.
       —Los trópicos del Perú.
       —¿En qué parte de Perú están?
       —En las tierras bajas —dijo Webster.
       —¿Cómo es aquello? Las tierras bajas.
       —Otro mundo —dijo Webster. Su tono era sepulcral—. Un mundo que es más fácil imaginar que describir.
       —Tremendo —dijo Pete.
       Los tres se quedaron callados durante un rato. Una hilera de camiones pasó en dirección opuesta, los remolques adornados con luces de posición, los motores rugiendo.
       —Sí —dijo al fin Webster—. Tengo mucho de lo que responder.
       Pete sonrió a Donald, pero éste se había vuelto a girar en su asiento y estaba mirando a Webster.
       —Siento lo de su mujer —dijo Donald.
       —¿De qué murió? —preguntó Pete.
       —Una enfermedad debida al agotamiento —dijo Webster—. Los médicos no tienen nombre para ella, pero yo sí —se echó hacia delante y dijo, con ferocidad—: Avaricia. La mía, no la de ella. Ella no quería saber nada de aquello.
       Pete se mordió el labio. Webster era un hallazgo, y Pete no quería asustarle burlándose de él. En voz baja e inocente, preguntó:
       —¿Qué le llevó allí?
       —Me resulta difícil hablar de ello.
       —Inténtelo —insistió Pete.
       —Un puro me lo haría más fácil.
       Donald se volvió a Pete y dijo:
       —A mí no me importa.
       —De acuerdo —dijo Pete—. Adelante. Pero que la ventanilla esté bajada.
       —Muy agradecido —se encendió una cerilla. Hubo sonidos ansiosos de succión.
       —Vamos a oírlo —dijo Pete.
       —Estudié ingeniería —empezó Webster—. Mi trabajo me ha llevado a todos los continentes menos uno, al desierto, la montaña y la selva, a todos los territorios y climas de la tierra. Hace unos años el gobierno peruano me contrató para buscar tungsteno en los trópicos. Me acompañaron mi mujer y mi hija. Éramos los únicos blancos en mil quinientos kilómetros a la redonda, y no teníamos más elección que vivir como los indios; compartir su comida y su bebida, e incluso su cultura.
       —Sabían la lengua, ¿no? —dijo Pete.
       —La aprendimos —el ascua del puro oscilaba—. Estábamos acostumbrados a aprender según lo dictaba la necesidad. En cualquier caso, al cabo de los años se hizo evidente que no había ningún tungsteno que encontrar. Mi mujer se había puesto mala y rogaba que la trajera a casa. Pero yo estaba sordo a sus ruegos, porque por entonces le seguía la pista a otro metal… un metal mucho más valioso que el tungsteno.
       —Deje que lo adivine —dijo Pete—. ¿Oro?
       Donald miró a Pete, luego de nuevo a Webster.
       —Oro —dijo este último—. Una veta de oro más grande que la mayor imaginable. Después de encontrar los primeros indicios, nada pudo apartarme de la búsqueda; ni la enfermedad de mi mujer ni ninguna otra cosa. Estaba decidido a descubrir la veta, y eso hice, pero no antes de haber enterrado a mi mujer. Como dije, la tierra exige tributo.
       Webster se quedó callado. Luego dijo:
       —Pero la vida debe continuar. En los años desde la muerte de mi mujer he estado haciendo los arreglos necesarios para abrir la mina. Podría haberlo hecho de inmediato, claro, enriqueciéndome sin medida, pero sabía lo que eso significaría: la explotación de nuestros queridos indios, la destrucción brutal de su entorno. Tuve la sensación de que ya había demasiado por expiar —Webster hizo una pausa, y cuando volvió a hablar su voz era apagada y acelerada, como si hubiera perdido todo el interés que tuviera por sus propias palabras—. He pensado en un programa para devolver el grueso de la riqueza a los propios indios. Una especie de fideicomiso. Por sí solos, los intereses les permitirán asegurarse sus antiguas tierras y derechos a perpetuidad. Al mismo tiempo, nuestros inversores serán recompensados con su dinero multiplicado por mil, por dos mil. Todos prosperaremos juntos.
       —Eso es estupendo —dijo Donald—. Así deberían ser las cosas.
       Pete dijo:
       —Estoy dispuesto a apostar que todavía le quedan unas cuantas acciones. ¿Estoy en lo cierto?
       Webster no respondió.
       —¿Entonces? —Pete se daba cuenta de que Webster se había puesto en guardia contra él, pero no le importó. La historia le había aburrido. Esperaba algo distinto, algo original, y Webster le había decepcionado. Ni siquiera lo había intentado. Pete se sentía agrio y rancio. Le picaban los ojos debido al humo del puro y a los faros altos de los camiones.
       —Apague la tagarnina —le dijo a Webster—. Le dije que tuviera la ventanilla bajada.
       —Aquí atrás hacía un poco de frío.
       —Oye, Pete —dijo Donald—. No te sulfures.
       —¡Apáguelo!
       Webster suspiró, luego tiró el puro por la ventanilla.
       —Estoy agotado —le dijo Pete a Donald—. ¿Quieres conducir tú un rato?
       —¡Estupendo! ¡Te lo iba a ofrecer! Lo tenía en la punta de la lengua.
       Pete se detuvo y cambiaron de asiento.
       Webster guardó silencio en el asiento de atrás. Donald tarareaba mientras conducía, hasta que Pete le dijo que parase. Luego todo quedó en silencio.

       Donald estaba tarareando otra vez cuando Pete se despertó. Miró sobriamente la carretera, las líneas blancas que se deslizaban junto al coche. Al cabo de unos momentos se volvió y dijo:
       —¿Cuánto he estado dormido?
       Donald le miró.
       —Veinte, veinticinco minutos.
       Pete miró detrás de él y vio que Webster había desaparecido.
       —¿Dónde está nuestro amigo?
       —Lo echas de menos, ¿eh? Se bajó en Soledad. Me dijo que te diera las gracias y me despidiera de ti.
       —¿Soledad? ¿Qué pasa con su hija enferma? ¿Cómo explicó eso?
       —Tiene un hermano que vive allí. Le va a pedir prestado un coche y hará el resto del camino por la mañana.
       —Apuesto lo que sea a que un hermano suyo vive allí —dijo Pete—. Cumpliendo cincuenta condenas a cadena perpetua en la cárcel. Su hermano y su hermana, su padre y su madre.
       —A mí me cayó bien —dijo Donald.
       —Estoy seguro de ello —dijo Pete.
       —Era interesante. Había estado en muchos sitios.
       —Sus puros habían estado en muchos sitios, eso te lo concedo.
       —Venga ya, Pete…
       —Eso te digo yo a ti. Valiente farsante.
       —Eso no lo sabes.
       —Claro que lo sé.
       —¿Cómo? ¿Cómo lo sabes?
       Pete se desperezó.
       —Hermano, hay cosas que uno nace sabiéndolas. ¿Cómo andamos de gasolina?
       —Estamos un poco bajos.
       —Entonces ¿por qué no has puesto más?
       —Me gustaría que no me trataras así —dijo Donald.
       —Entonces ¿por qué no usas la cabeza? ¿Y si nos quedamos sin ella?
       —Llegaremos —dijo Donald—. Estoy bastante seguro de que tenemos suficiente para llegar. No deberías haber sido tan grosero con él.
       —No tengo ganas de quedarme sin gasolina esta noche, ¿vale?
       Donald se detuvo en la siguiente estación de servicio que encontraron y llenó el depósito mientras Pete iba al servicio. Cuando Pete volvió, Donald estaba en el asiento del acompañante. En el momento en que Pete se puso al volante, el empleado se acercó a su ventanilla, se inclinó y dijo:
       —Veintiuno con cincuenta y cinco.
       —Ya le has oído —le dijo Pete a Donald.
       Donald miraba fijamente al frente. No se movió.
       —Explícate —dijo Pete—. Este viaje es por ti.
       —No puedo.
       —Claro que puedes. Recurre a ese fajo.
       —Por favor —dijo Donald—. Pete, ya no lo tengo.
       Pete lo entendió. Asintió y pagó al empleado.
       Donald empezó a hablar cuando salían de la estación de servicio pero Pete le interrumpió. Dijo:
       —Ahora no te quiero oír. Quédate callado o juro por Dios que no respondo de mí.
       Dejaron atrás los campos y entraron en un bosque de altos pinos. Los pinos seguían sin parar.
       —Voy a aclarar esto —dijo al fin Pete—. No tienes el dinero que te di.
       —Le trataste como si fuera una sabandija o algo así —dijo Donald.
       —Tú no tienes el dinero —repitió Pete.
       Donald negó con la cabeza.
       —Como yo pagué la cena, y como no nos hemos parado en ningún sitio del medio, doy por supuesto que se lo diste a Webster. ¿Es así? ¿Es eso lo que hiciste con el dinero?
       —Sí.
       Pete miró a Donald. Su cara estaba oscura bajo la capucha pero con todo conseguía transmitir una sensación de alejamiento, como si nada de aquello tuviera que ver con él.
       —¿Por qué? —preguntó Pete—. ¿Por qué se lo diste? —como Donald no contestó, Pete dijo—: Cien dólares, desaparecidos. Así sin más. Yo trabajé para conseguir ese dinero, Donald.
       —Lo sé, lo sé —dijo Donald.
       —¡No lo sabes! ¿Cómo lo vas a saber? Consigues dinero extendiendo la mano.
       —Yo también trabajo —dijo Donald.
       —¿Tú también trabajas? No te engañes, hermano —Donald se inclinó hacia él, como para decir algo, pero Pete le volvió a interrumpir—. No eres el único que está en la nómina, Donald. No creo que entiendas eso. Yo tengo una familia.
       —Pete, te lo devolveré.
       —¿Cómo demonios vas a hacerlo? ¡Cien dólares! —Pete golpeó el volante con la palma de la mano—. Sólo porque pensaste que había ofendido a un idiota. Dios santo, Donald.
       —Ése no fue el motivo —dijo Donald—. Y no me limité a darle el dinero.
       —¿Cómo llamas entonces a eso? ¿Cómo llamas a lo que hiciste?
       —Lo invertí. Quería una acción, Pete —cuando Pete miró a Donald éste asintió con la cabeza y repitió—: Quería una acción.
       Pete dijo:
       —Supongo que te refieres a la mina de oro del Perú.
       —Sí —dijo Donald.
       —¿Tú crees que esa mina de oro existe?
       Donald le miró, y Pete pudo ver que estaba empezando a entenderlo.
       —Te crees cualquier cosa, ¿no? —dijo Pete—. La verdad es que eres capaz de creerte cualquier cosa.
       —Lo siento —dijo Donald, y se giró.
       Pete siguió conduciendo entre los árboles y consideró lo que acababa de decir: que Donald se creería cualquier cosa. Y se le ocurrió que sería totalmente propio de esta injusta vida que al final Donald se adelantase por creer en alguna promesa estrafalaria que resultaba ser verdad y que él, Pete, rechazó de entrada porque era demasiado listo para escuchar las tonterías de nadie, a no ser para reírse de ellas. Valiente broma. Valiente broma sería que hubiera tenido la fortuna al alcance, y la fortuna no llegara al que la merecía, al que hacía todo el trabajo, sino al otro.
       Y como si eso ya hubiera pasado, Pete sintió que sobre él caía una sombra, oscureciendo sus pensamientos. Al cabo de un tiempo, dijo:
       —Veo adónde va todo esto, Donald.
       —Te lo devolveré —dijo Donald.
       —No —dijo Pete—. No me lo devolverás. No sabes cómo. Lo único que has hecho es recibir. Toda tu vida.
       Donald negó con la cabeza.
       —Veo exactamente adónde va esto —siguió Pete—. No sabes trabajar, no sabes cuidar de ti mismo, te crees cualquier cosa que te diga alguien. Tengo que cargar contigo, ¿o no? —miró a Donald—. Tengo que ocuparme de ti para siempre.
       Donald apretó los dedos en el salpicadero como para sujetarse.
       —Me bajo —dijo.
       Pete siguió conduciendo.
       —Deja que me baje —dijo Donald—. Lo digo en serio, Pete.
       —¿De verdad?
       Donald dudó.
       —Sí —dijo.
       —Si estás tan seguro —le dijo Pete—, que así sea. Esto es definitivo.
       —Hablo en serio.
       —Muy bien. Tú has elegido —Pete frenó bruscamente y se metió en el arcén. Apagó el motor y se apeó. Los árboles se elevaban a los dos lados de la carretera, ocultando el cielo. El aire era frío y húmedo. Pete agarró la bolsa de lona de Donald del asiento de atrás y la dejó en el suelo, junto al coche. Se quedó allí de pie, frente a Donald, al resplandor rojo de los pilotos del coche—. Es mejor así —dijo.
       Donald se limitó a mirarlo.
       —Mejor para ti —dijo Pete.
       Donald se abrazó. Estaba temblando.
       —No tienes que decir todo eso —le dijo a Pete—. No te echo la culpa.
       —¿Echarme la culpa? ¿De qué coño estás hablando? Echarme la culpa, ¿de qué?
       —De nada —dijo Donald.
       —Quiero saber qué quieres decir con eso de echarme la culpa.
       —Nada. Nada, Pete. Será mejor que te vayas. Que Dios te acompañe.
       —Eso es —dijo Pete, y dio un paso hacia Donald.
       Donald tocó el hombro de Pete.
       —Será mejor que te vayas —repitió.
       En alguna parte de los árboles de encima Pete oyó partirse una rama. Alzó la vista y notó que tenía las manos apretadas. Abrió sus puños, dio la espalda a Donald, se dirigió al coche y se alejó. Condujo deprisa, encorvado sobre el volante, consciente de que estaba encorvado y de lo poco profunda que era su respiración; negándose a mirar al espejo de encima de su cabeza hasta que a sus espaldas no hubo nada más que oscuridad.
       Luego dijo:
       —Cien dólares —como si hubiera alguien que lo oyese.
       Los árboles dieron paso a campos. Pete condujo entre cercas metálicas llenas de trozos de papel llevados por el viento. Un tul de niebla colgaba sobre las cunetas, derramándose sobre la carretera, apagando las fantasmales luces halógenas encendidas en los patios de las granjas ante las que pasaba. La niebla dejaba gotas de agua que rodaban por el parabrisas.
       Pete rebuscó entre sus casetes. Encontró el Canon de Pachelbel y lo puso. Cuando empezaron a sonar los violines se echó hacia atrás y adoptó una expresión atenta, como si los estuviera escuchando de verdad. Sonrió para sí como un hombre que ha terminado su trabajo y saldado sus deudas, hecho todo lo que debía hacer.
       Y de ese modo, sonriendo, moviendo la cabeza al ritmo de la música, siguió otros dos o tres kilómetros más y fingió que no estaba aminorando ya la marcha, que no iba a dar la vuelta, que sería capaz de seguir conduciendo así, solo, y que tendría la contestación adecuada cuando su mujer se quedara parada delante de él a la puerta de su casa y preguntara: «¿Dónde está? ¿Dónde está tu hermano?».



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