Willa Cather
(Black Creek Valley, Virginia, Estados Unidos, 1873 - Manhattan, Nueva York, 1947)


La gitanilla (1912)
(“The Bohemian Girl”)
Originalmente publicado en McClure’s Magazine,
39 (agosto de 1912), págs. 420-443.



I

      El expreso transcontinental oscilaba por el serpenteante Sand River Valley; en el asiento trasero del coche panorámico, un hombre joven estaba sentado muy a gusto, para nada perturbado por la intensa luz del sol que le azotaba el rostro moreno, el cuello y la fuerte espalda. Un aire relajado y de gran apatía se percibía en sus amplios hombros, que casi parecían demasiado pesados hasta que se levantó y los cuadró. Vestía una camisa clara de franela y una corbata azul de seda con los extremos sueltos. Sus pantalones, atados con cinturón, eran anchos y su abrigo corto quedaba abierto. Sus robustos zapatos habían recibido un buen servicio. Su cabello castaño rojizo gozaba, al igual que sus ropas, de un corte extranjero. Debajo de unas pobladas cejas rojizas, había unos profundos ojos azul oscuro. Su rostro solo se mantenía limpio con un afeitado apurado, e incluso la cuchilla más afilada dejaba un destello amarillento en el suave marrón de su piel. Los dientes y las palmas de sus manos eran de un blanco muy intenso. Su cabeza, que parecía dura y terca, yacía indolente sobre el cojín verde de la silla de mimbre y, mientras observaba el campo maduro por el verano, una sonrisa libre de crueldad jugueteaba en sus labios. En una ocasión, mientras se deleitaba así de cómodo, un raudo destello de luz cruzó sus ojos, dilatando curiosamente sus pupilas, y su boca se endureció, transformada en una línea fina, hasta relajarse poco a poco en su anterior sonrisa dotada de una mofa bastante amable. Se dijo a sí mismo, por lo visto, que no había ninguna razón para emocionarse; parecía un maestro en el arte de relajarse cuando quisiera. Ni el agudo pitido de la locomotora ni el grito del guardafrenos lo perturbaron. No fue hasta que el tren se hubo detenido, cuando se levantó, se colocó un sombrero de paja, tomó de la rejilla una maleta pequeña y la funda de una flauta y bajó con tranquilidad al andén de la estación. Ya habían descargado su equipaje y el forastero presentó un cheque para un baúl maltrecho de cuero resistente.
       —¿Pueden guardarlo aquí durante un par de días? —le preguntó al jefe de la estación—. Puede que envíe a buscarlo y puede que no.
       —Me imagino que eso dependerá de si le gusta el campo, ¿no? —inquirió el otro en tono desafiante.
       —Así es.
       El jefe de la estación se encogió de hombros, miró con desprecio el baúl pequeño, que iba marcado con las iniciales “N.E.”, y le entregó un recibo sin más comentarios. El forastero lo observó mientras el otro agarraba un extremo del baúl y lo arrastraba hasta la sala del expreso. El comportamiento del hombre pareció recordarle algo gracioso.
       —No parece ser un sitio muy grande —señaló, echando un vistazo a su alrededor.
       —Lo suficiente para nosotros —espetó el jefe al golpear el baúl contra una esquina.
       Ese comentario, al parecer, era lo que Nils Ericson había querido. Soltó una risita en voz baja mientras sacaba una correa de su bolsillo y se colgaba la maleta del hombro. Acto seguido, se aseguró el sombrero sobre la cabeza, se subió los pantalones, se embutió la funda de la flauta debajo del brazo y echó a andar a través de los campos. Dio un gran rodeo, como él habría dicho, a la ciudad y atajó por un gran pastizal vallado para, a continuación, salir, tras pasar por debajo del alambre de espino por el otro extremo, a un camino de tierra blanca que subía directamente desde el valle fluvial hasta las altas praderas, donde el trigo maduro lucía amarillo y los tejados de zinc y las veletas centelleaban bajo la intensa luz del sol. Para cuando Nils hubo recorrido tres millas, el sol se hundía y a su lado no dejaban de pasar carros de camino a casa desde el pueblo, carros que lo cubrían de polvo y lo hacían estornudar. Cuando uno de los granjeros se detuvo y se ofreció a llevarlo, él subió de buen grado. El conductor era un anciano delgado y canoso, con un largo cuello magro y una barba absurda, como la de un chivo.
       —¿Hacia dónde va usté? —le preguntó mientras chasqueaba a los caballos para que comenzaran a andar.
       —¿Pasará por la casa de los Ericson?
       —¿Qué Ericson?
       El anciano tiró de las riendas como si pensara volver a detenerse.
       —El pastor Ericson.
       —¡Ah, la vieja Ericson! —Se giró y miró a Nils—. ¡No me diga! Si va p’allá, debería haberse montao en el automóvil. Qué pena, la verdad. La vieja Ericson estaba en el pueblo con su coche. Lo habría oído en cualquier lado, por correos y la carnicería.
       —¿Tiene coche? —preguntó el forastero sin prestar atención.
       —¡Pues claro que lo tiene! Va al pueblo todos los días sobre esta hora a buscar el correo y carne para la cena. Hay quien dice que tiene miedo de que su coche no haga bastante ejercicio, pero para mí que solo están celosos.
       —¿No hay más coches por aquí?
       —¡Ah, sí! Hay catorce en total. Pero nadie se mueve tanto con ellos como la vieja Ericson. Sale, llueva o haga sol, por todo el condao, llega hasta el pueblo, visita sus granjas y va a casa de sus hijos. ¿Seguro que no se ha equivocao de sitio? —El hombre estiró el cuello y miró la funda de la flauta de Nils con mucha curiosidad—. La anciana no tiene ninguna pianola que yo sepa. Olaf sí, él tiene una grande. Su esposa sabe de música, dio clases en Chicago.
       —Iré allí mañana —respondió Nils, imperturbable. Se dio cuenta de que el conductor le había tomado por un afinador de pianos.
       —Vaya, ya veo. —El anciano entrecerró los ojos, con aire misterioso. Estaba un poco molesto por las pocas ganas de comunicarse del forastero, pero al poco volvió de nuevo a la carga—. Soy uno de los arrendatarios de la señora Ericson. Cuido una de sus casas. Hace un tiempo era mía, pero la perdí en los malos años que siguieron a la Feria Mundial. No pasa na, digo siempre. Así me ahorro pagar los impuestos. La mayor parte del condao pertenece a los Ericson ahora. Recuerdo el texto favorito del viejo pastor. “Y los que tienen, recibirán más”. Se han extendío que da gusto… Se desparraman por este campo como la corregüela. Pero a mí no me parece mal. La gente se merece lo que consiguen los suyos, y son diligentes. Olaf está en la asamblea legislativa y probablemente llegue al Congreso. Mire, precisamente por ahí viene la anciana. ¿Quiere usté que la pare?
       Nils negó con la cabeza. Escuchaba el profundo rugido de un motor que vibraba a un ritmo constante en el claro ocaso a sus espaldas. Las pálidas luces del coche inundaron la colina y el anciano golpeó las riendas y giró para despejar la carretera, escondiendo la cabeza ante el primero de los tres resoplidos furiosos que venían desde atrás. El automóvil funcionaba con potencia, a una velocidad estable, y les pasó sin apartarse ni una pulgada de su camino. La conductora era una mujer robusta que, sentada cómodamente en el asiento delantero, conducía sin cubrirse la cabeza. Dejó una nube de polvo y un rastro de gasolina a su paso. Su arrendatario levantó la cabeza y estornudó.
       —¡Uf! A veces digo que iría tan a gusto ante la señora Ericson como tras ella. ¡Lo supera todo! Casi ha cumplío los setenta y no deja que ni un alma toque ese coche. Lo pone en marcha ella misma cada mañana y así lo mantiene todo el día con la barra. Cada vez que paro de trabajar para tomar un trago de agua, escucho el rugido desde la carretera. Y sus nueras nunca están tranquilas estos días. Nunca saben cuándo va a aparecer por allá. La señorita Otto me dijo: “Tenemos mucho miedo de que esa cosa estalle y haga daño a madre, es demasiado aventurera”. Y le dije: “Yo de usté no me preocuparía, señorita. La vieja llevará ese coche al funeral de todas sus nueras”. Eso fue después de que la anciana saltara por encima de una acequia tremenda.
       El forastero apenas prestó atención a lo que decía el anciano. Lo que experimentaba en ese momento se parecía mucho a la nostalgia y se preguntaba de dónde habría salido aquello. La mención de un par de nombres, tal vez; el traqueteo del carro en una carretera polvorienta; el olor rancio y resinoso de los girasoles y las vernonias que la humedad nocturna acrecentaba de todas las cunetas y lugares profundos o, tal vez, más que ninguna otra cosa, las luces danzarinas del automóvil que acababa de pasar. Cuadró los hombros con una cómoda sensación de fuerza.
       A medida que avanzaban hacia el oeste, el carro subía por una cuesta bastante uniforme y pronunciada. El campo, al alejarse del áspero valle ribereño, crecía cada vez con más suavidad, como si el viento lo hubiera allanado. En uno de los últimos acantilados, al final de una bifurcación, se veía una oscura casa cuadrada con un tejado de hojalata y porches dobles. Detrás de la casa había una ristra de álamos rotos y doblados por el viento y, bajando la colina a la izquierda, se hallaban dispersos los almacenes y los establos. El anciano detuvo a sus caballos donde el camino de los Ericson se adentraba en un arroyo de arena seco que zigzagueaba cerca del pie de la colina.
       —Esa es la casa de la anciana. ¿Quieres que te lleve hasta ella?
       —No, gracias, me bajo aquí. Se lo agradezco mucho. Buenas noches.
       Su pasajero bajó pasando por encima de la rueda delantera y el anciano siguió su camino, a su pesar, volviendo la vista atrás como si quisiera saber cómo sería recibido el forastero.
       Al cruzar el arroyo seco, Nils escuchó los pasos inquietos de un caballo que se le acercaba desde la colina. Se apartó de inmediato de la carretera y se colocó detrás de un matorral de ciruelas silvestres que crecía en el cauce arenoso. A la luz del ocaso, pudo ver un caballo blanco, atado en corto, que bajaba la colina a paso ligero. La jinete era una mujer delgada, apenas visible contra la oscura colina, que llevaba un anticuado bombín y una larga falda de montar. Iba sentada con facilidad en la silla, con la barbilla alta, y parecía estar oteando el horizonte. Cuando pasó por delante de los matorrales, su caballo olfateó el aire y dio un respingo. Ella lo golpeó y tiró de las riendas con fuerza, gritando enfadada en bohemio:
       —¡Blazne!
       Cuando llegó a la carretera principal, dejó que el caballo galopara y pronto llegaron a la cumbre de la meseta, donde se movieron siguiendo el horizonte, perfilados sobre la línea pálida que permanecía al oeste. El caballo y su jinete, con su galope libre y rítmico, eran las únicas cosas a la vista que se movían en aquel campo llano. Parecían, bajo la última triste luz de la tarde, no estar allí por accidente, como si fueran un detalle inevitable del paisaje.
       Nils los observó hasta que se redujeron a una mota contra el cielo, después cruzó el arroyo de arena y ascendió por la colina. Cuando alcanzó la puerta, la parte delantera de la casa estaba a oscuras, pero una luz brillaba desde las ventanas laterales. Los cerdos gruñían en su corral y Nils pudo ver a un chico alto, que cargaba con dos grandes cubos de madera, moverse entre ellos. A medio camino entre el cobertizo y la casa, un molino de viento silbaba con indolencia. Mientras seguía el camino que rodeaba la casa hasta el porche trasero, Nils se detuvo a mirar por la mosquitera de la puerta de la iluminada cocina. Era la habitación más grande de la casa. Nils recordaba que sus hermanos mayores solían celebrar bailes allí cuando él era pequeño. Al lado del fogón había una niña pequeña con dos trenzas rubias y un rostro amplio y sonrosado, que observaba ansiosa una sartén. Más allá, en el comedor, una gran mujer corpulenta y ancha de hombros se movía alrededor de la mesa. Daba unos pasos saltarines con energía. Su rostro era pesado y rubicundo, casi sin arrugas, y su cabello permanecía negro a los setenta. Nils se sintió lleno de orgullo al observar sus acciones prudentes; ni un momento de duda, ni un movimiento que no mostrara su energía. Esperó hasta que la mujer llegó a la cocina y, tras apartar a la niña, atendió al fogón. Llamó entonces a la mosquitera y entró.
       —No es nadie, madre, solo soy Nils. Espero que no me estuviera buscando.
       La señora Ericson se apartó del fogón y se lo quedó mirando.
       —Trae la luz, Hilda, para echarle un vistazo.
       Nils se rio y se descolgó la maleta.
       —¿Qué sucede, madre? ¿No me reconoce?
       La señora Ericson dejó la lámpara.
       —Debes de ser Nils. No tienes un aspecto diferente, la verdad.
       —Usted tampoco, madre. Sigue apañándotelas sola. ¿Aún no lleva gafas?
       —Solo para leer. ¿Dónde está tu baúl, Nils?
       —Oh, lo dejé en el pueblo. Pensé que no sería conveniente hacerle compañía tan cerca de la trilla.
       —No seas idiota, Nils. —La señora Ericson se volvió hacia el fogón—. Ya no trillo. Uní los trigales con la granja cercana y tengo un arrendatario. Hilda, sube agua caliente a la habitación de invitados y avisa al pequeño Eric.
       La niña de las trenzas, que se había quedado muda de asombro, agarró la tetera y salió, dedicándole a Nils una mirada de admiración desde la puerta que daba a las escaleras de la cocina.
       —¿Quién es la jovencita? —preguntó Nils mientras se dejaba caer en el banco tras el fogón de la cocina.
       —Hija de tu primo Henrik.
       —¿Cuánto lleva muerto el primo Henrik?
       —Seis años. Tuvo dos chicos. Uno se queda con Peter y el otro con Anders. Olaf es su tutor.
       Se oyó el entrechocar de unos cubos en el porche y un chico alto y estirado les escudriñó sorprendido a través de la mosquitera. Tenía un rostro pálido y amable con unos grandes ojos grises y se le asomaban algunos mechones rubios por debajo de su gorra. Nils se levantó de un salto y tiró de él hacia el interior de la cocina mientras lo abrazaba y le daba palmadas en los hombros.
       —¡Vaya, aquí está mi chico! ¡Mira cómo has crecido! ¿No me reconoces, Eric?
       La piel bronceada y las pecas del chico ardieron como la yesca y este bajó la cabeza.
       —Supongo que eres Nils —dijo con timidez.
       —¡Qué deducción más buena! —se rio Nils, estrechándole la mano al chaval. Mientras tanto, pensaba: “Por eso la pequeña parecía tan amistosa. Le ha enseñado a tenerme estima. Solo tenía seis años cuando me marché y me ha recordado durante doce años”.
       Eric estaba jugueteando con su gorra sonriendo.
       —Eres exactamente como me imaginaba —se atrevió a decir.
       —Ve a lavarte las manos, Eric —le ordenó la señora Ericson—. Tenemos mazorcas de maíz para la cena, Nils. Antes te gustaban. Supongo que no habrás podido tomarlas demasiado en el Viejo Mundo. Ahí está Hilda, te llevará a tu habitación. Querrás asearte antes de sentarte a comer.
       La señora Ericson fue al comedor a preparar otro plato y la niña se acercó y asintió hacia Nils para que supiera que su habitación estaba preparada. Él le tendió la mano y ella se la tomó, con una mirada sorprendida hacia su rostro. El pequeño Eric soltó la toalla, rodeó con un brazo a Nils y con el otro a Hilda, les dio un torpe abrazo y después salió tambaleándose hacia el porche.
       Durante la cena, Nils se enteró de cuánto terreno trabajaba exactamente cada uno de sus ocho hermanos mayores, de cómo iban sus cosechas y cuánto ganado alimentaban. Su madre lo observaba atentamente mientras hablaba.
       —Tienes mejor aspecto, Nils —le dijo de repente, lo que hizo que él sonriera y los niños se rieran. Eric, aunque tenía dieciocho años y era tan alto como Nils, siempre sería un, al ser el último de tantos hijos. Además, tenía un rostro infantil, pensó Nils, y los ojos abiertos y curiosos de un chavalín. Todos los demás ya se habían convertido en hombres a su edad.
       Después de la cena, Nils salió al porche delantero y se sentó en el escalón para fumar en pipa. La señora Ericson acercó una mecedora y empezó a tejer. Era una de las pocas costumbres del Viejo Mundo que había conservado, pues no soportaba estar sentada ociosa.
       —¿Y el pequeño Eric, madre?
       —Está ayudando a Hilda con los platos. Lo hace por voluntad propia, no me gustan los chicos que ayudan demasiado en la casa.
       —Parece un buen chico.
       —Es muy obediente.
       Nils sonrió un poco en la oscuridad. Sería mejor cambiar el tema de la conversación.
       —¿Qué está tejiendo, madre?
       —Calcetines de bebé. Los chicos me mantienen ocupada.
       La señora Ericson se rio y entrechocó las agujas.
       —¿Cuántos nietos tiene?
       —Solo me quedan treinta y uno. Olaf perdió a sus tres. Eran enfermizos, como su madre.
       —¡Supongo que ya tendrá una segunda cosecha a estas horas!
       —Su segunda mujer no tiene hijos. Es demasiado orgullosa. Monta a caballo a todas horas. Pero ya se pondrá a ello, ya. Tiene las miras muy altas, aunque nadie sabe por qué. Ya ves cómo de humildes eran los bohemios de los que viene. Nunca me gustaron, siempre bebiendo.
       Nils fumó su pipa en silencio y la señora Ericson siguió tejiendo. Un rato después, ella prosiguió, sombría:
       —Vino esta noche, justo antes de que llegaras. Quiere discutir conmigo y meterse entre Olaf y yo, pero no le doy la oportunidad. Supongo que tú traerás una esposa algún día a casa.
       —No lo sé, no le he dado muchas vueltas.
       —Bueno, tal vez sea mejor así —sugirió con esperanza la señora Ericson—. Nunca te ha gustado echar raíces. Había sangre nómada en la familia de tu padre y se ha manifestado en ti. Espero que te guste tu forma de vivir. —La señora Ericson había empezado a hablar con un tono suave y sencillo que Nils recordaba muy bien. Pareció que aquello le hacía gracia y sus dientes blancos se asomaron tras la pipa. Las estratagemas de su madre siempre le habían entretenido, incluso de niño. Eran tan obvias y endebles, tan alejadas de la energía y la fuerza que ostentaba. “Han esperado a ver hacia qué lado tiraba”, pensó. Sentía que la señora Ericson estaba reflexionando profundamente sobre su situación mientras chasqueaba las agujas.
       —Supongo que nunca te acostumbraste al trabajo duro —continuó al cabo de un rato—. Los hombres no valen para eso cuando llevan demasiado tiempo vagabundeando. Es una lástima que no regresaras el año después de la Feria Mundial. Tu padre consiguió bastante tierra barata en ese momento, en los tiempos duros, y esperaba que tal vez te hubiese dado una granja. Es una pena que tardaras tanto en volver, porque siempre pensé que él querría haber hecho algo contigo.
       Nils se rio y sacudió las cenizas de su pipa.
       —Me hubiera perdido mucho si hubiera regresado en ese momento. Pero lamento no haber llegado a tiempo de ver a padre.
       —Supongo que siempre nos perdemos algo, elijamos lo que elijamos. Puede que ahora estés tan satisfecho con tus cosas como lo hubieras estado con una granja —le dijo la señora Ericson en tono conciliador.
       —Tener tierras es bueno —comentó Nils mientras encendía otra cerilla y la protegía con la mano.
       Su madre le miró fijamente a los ojos hasta que la cerilla se apagó.
       —¡Solo cuando estás para disfrutarla! —se apresuró a responder.
       En ese momento, Eric se acercó por el camino tras rodear la casa y Nils se levantó con un bostezo.
       —Madre, si no le importa, Eric y yo vamos a dar una vuelta antes de dormir. Me ayudará a dormir.
       —Muy bien, pero no tardéis mucho. Me quedaré aquí sentada esperándoos. Me gusta cerrar yo misma la puerta.
       Nils apoyó la mano en el hombro de Eric y ambos bajaron la colina y cruzaron el arroyo hasta llegar a la polvorienta carretera. Ninguno de los dos habló. Avanzaron a un paso cómodo, con Nils fumando su pipa. No había luna, aunque la carretera blanca y los amplios campos brillaban con suavidad a la luz de las estrellas. Todo estaba cubierto por la oscuridad, un pesado silencio y el olor a polvo y girasoles. Los hermanos siguieron la carretera durante una milla o más sin encontrar un lugar donde sentarse. Finalmente, Nils se apoyó en un escalón sobre el alambrado y Eric se sentó en el inferior.
       —Empezaba a creer que nunca regresarías, Nils —dijo el chico, con suavidad.
       —¿No te prometí que lo haría?
       —Sí, pero la gente no se preocupa de las promesas que hacen a los niños pequeños. ¿De verdad sabías que te ibas a ir durante un buen tiempo cuando te marchaste a Chicago con el ganado aquella vez?
       —Lo veía muy posible, si todo iba como yo quería.
       —No entiendo cómo lo lograste, Nils. No muchos podrían hacerlo.
       Eric apoyó el hombro en la rodilla de su hermano.
       —Lo difícil fue irme sin padre y sin ti. El resto fue pan comido, cuando dejé atrás Chicago. Claro que sentía nostalgia, solía dormirme entre lágrimas. Pero había agotado todas mis opciones.
       —Siempre habías querido irte, ¿verdad?
       —Siempre. ¿Sigues durmiendo en nuestra diminuta habitación? ¿Sigue ese álamo junto a la ventana?
       Eric asintió con energía y sonrió a su hermano en la oscuridad gris.
       —¿Recuerdas que siempre decíamos que sus hojas parecían susurrar al moverse por la noche? Pues a mí siempre me hablaban del mar. A veces decían nombres sacados de los libros de geografía. Cuando hacía mucho viento, su sonido se tornaba desesperado, como alguien intentando soltarse.
       —Qué divertido, Nils. —dijo Eric, con aire soñador, mientras apoyaba la barbilla en la mano—. Ese árbol sigue hablando así, pero a mí casi siempre me habla de ti.
       Permanecieron un rato sentados, observando las estrellas. Al fin Eric susurró nervioso:
       —¿No deberíamos volver ya? Madre se cansará de esperarnos.
       Se levantaron y tomaron un atajo hacia la casa, atravesando los pastos.


II

      A la mañana siguiente, Nils se levantó con la primera inundación de luz que vino con el amanecer. Las blancas paredes de yeso reflejaban el brillo que entraba por las finas persianas y le resultaba imposible dormir. Se vistió con prisas, bajó al salón y subió las escaleras traseras hasta una habitación en el entresuelo que compartió con su hermano pequeño. Eric, vestido con camisón corto, se hallaba sentado al borde de la cama, restregándose los ojos, con el cabello rubio ceniza alzándose como penachos sobre su cabeza. Al ver a Nils, murmuró algo confuso e introdujo sus largas piernas en los pantalones.
       —No te esperaba despierto a estas horas, Nils —dijo, mientras su cabeza emergía del hueco de su camisa azul.
       —Vaya, ¿acaso creías que era un turista? —Nils le dio un golpecito juguetón que hizo que el chico alto se doblase como un acordeón—. A ver, debería enseñarte a boxear. —Nils se metió las manos en los bolsillos y se puso a pasear—. No has cambiado demasiado el cuarto. ¿Te quedaste con mis viejas trampas? —Agarró una raíz doblada y marchita que colgaba de la cómoda—. ¡Pero si este es el palo con el que se mató Lou Sandberg!
       El chico alzó la vista de sus cordones.
       —Sí, nunca me dejabas jugar con él. ¿Cómo lo hizo, Nils? Estabas con padre cuando encontró a Lou, ¿no?
       —Sí, padre había salido a predicar a algún lado y, mientras íbamos en el carro, vimos que la casa de que parecía un tanto abandonada, así que decidimos detenernos y animarlo. Cuando lo encontramos, padre dijo que llevaba muerto un par de días. Se había atado un trozo de cuerda alrededor del cuello, hizo un nudo en cada extremo, los ató en un palo doblado y dejó que el palo volviera a su posición natural. Se estranguló.
       —¿Por qué decidió matarse de una forma tan estúpida?
       La sencillez de la pregunta del chico despertó las carcajadas de Nils. Le dio una palmada en el hombro.
       —¡Cómo pudo ser tan idiota como para matarse sería una pregunta mejor!
       —Ya, bueno. Sus cerdos enfermaron de cólera y se murieron, ¿no?
       —Claro, pero él no lo pilló. Y hay muchos cerdos en el mundo, ¿no crees?
       —Bueno, pero si no son suyos, ¿de qué le sirven? —preguntó extrañado Eric.
       —¡Demonios! Podría haberse divertido mucho con los de otra gente. Lou Sandberg era imbécil. Matarte por un cerdo, ¡piénsalo!
       Nils siguió carcajeándose mientras bajaba las escaleras y avergonzó al pequeño Eric, que se dedicó a lavarse las manos y la cara en el barreño de hojalata. Mientras se peinaba ante el espejo de la cocina, resonaron unos pasos pesados en las escaleras. El chico dejó el peine.
       —Cielos, esa es madre. Hemos estado demasiado tiempo hablando.
       Se apresuró hacia el almacén, se puso el mono y desapareció con los cubos de ordeñar.
       La señora Ericson entró con un delantal blanco limpio y su negro cabello brillando después de un cepillado húmedo.
       —Buenos días, madre. ¿Le enciendo el fuego?
       —No, gracias, Nils. No me cuesta nada encender el fuego con las mazorcas y prefiero encargarme yo del fogón de la cocina. —La señora Ericson se detuvo con una pala llena de cenizas en la mano—. Supongo que querrás ver a tus hermanos cuanto antes. Hoy por la mañana te llevaré a casa de Anders. Está trillando y la mayoría de nuestros chicos están allí.
       —¿Olaf también?
       La señora Ericson siguió sacando las cenizas y hablando entre paladas.
       —No, el trigo de Olaf ya está guardado en su nuevo granero. Ha conseguido seis mil bushel [la unidad de medida utilizada en los países anglosajones para medir la compraventa de granos, harinas, etc.; equivaldría a unos veinticinco kilogramos de maíz o veintisiete de trigo ]. Va a ir hoy al pueblo a conseguir hombres para techarlo.
       —¿Así que está construyendo un granero nuevo? —preguntó, con tono ausente Nils.
       —El más grande del condado, y ya está casi listo. Probablemente estés aquí cuando lo levanten. Va a preparar una comida y un baile en cuanto todos hayan terminado de trillar. Dice que esas cosas ponen a los votantes de buen humor. Y yo le digo que eso es una tontería, pero Olaf sabe de política.
       —¿Trabaja toda la tierra del primo Henrik?
       La señora Ericson frunció el ceño mientras soplaba las volutas de humo que ascendían desde las mazorcas.
       —Sí, lo tiene en usufructo para los niños, Hilda y sus hermanos. Lleva buena cuenta de todo lo que se planta allí y pone los beneficios con un interés compuesto para ellos.
       Nils sonrió al ver salir las pequeñas llamas. La puerta de la escalera trasera se abrió y apareció Hilda, con los brazos a la espalda, abotonándose el largo mandil a cuadros mientras entraba. Él la saludó alegremente con la cabeza y ella le guiñó con sus pequeños ojos azules, separados como estaban sobre sus amplias mejillas.
       —Vamos, Hilda, muele el café… Y echa un puñado más. Supongo que al primo Nils le gusta fuerte —dijo la señora Ericson mientras salía hacia el cobertizo.
       Nils se giró para mirar a la pequeña, que sostenía el molino de café entre sus rodillas y hacía tanta fuerza que sus dos coletas botaban y su rostro enrojecía bajo la constelación de pecas. Se percató de que en su dedo anular había algo que no había estado allí la noche anterior, y que se había puesto claramente para la audiencia: un pequeño anillo dorado con un granate torpemente engarzado. Mientras su mano hacía el movimiento repetitivo del molino, él toco el anillo con la punta del dedo, sonriendo.
       Hilda lanzó una mirada hacia la puerta del cobertizo por la que había desaparecido la señora Ericson.
       —Me lo dio la prima Clara —susurró con timidez—. La esposa del primo Olaf.


III

      La señora de Olaf Ericson, o Clara Vavrika, como la llamaba mucha gente todavía, se movía inquieta por su gran casa vacía esa mañana. Su marido se había ido a la capital del condado antes de que su mujer saliera de la cama. Esa lentitud en levantarse era una de las muchas cosas que la familia Ericson le echaba en cara. Clara no solía bajar antes de las ocho, y esa mañana había tardado incluso más, ya que se había vestido con un esmero poco habitual en ella. Solo se puso, sin embargo, un vestido negro ceñido, que a la gente del lugar le parecía muy sencillo. Era una mujer alta y morena de treinta años, con una piel algo cetrina y un toque de rojo salmón apagado en las mejillas, donde la sangre parecía arder bajo su tez morena. Su cabello, dividido simétricamente sobre la estrecha frente, era tan negro que se veían reflejos azules en él. Sus cejas negras eran medias lunas delicadas y tenía unas pestañas largas y densas. Sus ojos se achinaban un poco, como si hubiera unas gotas de sangre tártara o gitana en ella, y a veces brillaban con fiera determinación, mientras que otras se volvían apagados y opacos. Su expresión nunca era del todo amigable; de hecho, a veces era marcadamente hosca o, si estaba animada, sarcástica. Su perfil era su característica más atractiva, pues así se podía disfrutar de su pequeña y bien formada cabeza y de sus delicadas orejas, y se podía creer que su personalidad sería muy positiva, o bien directamente agradable.
       De la organización de su hogar se encargaba su tía, Johanna Vavrika, una mujer supersticiosa y generosa en la cincuentena. La madre de Clara murió cuando ella era una niña y Johanna dedicó su vida al servicio de su sobrina, sin remordimiento alguno. Clara, como muchas personas insatisfechas y tenaces, era muy ducha, sin saberlo, a la hora de hacer lo que otra gente le decía, y dejó que inteligencias muy inferiores a la suya propia marcaran su destino. Su tía Johanna la había consentido y malcriado durante su niñez, la había enviado a Chicago a estudiar piano y, finalmente, la convenció de casarse con Olaf Ericson, al considerarlo el mejor partido que iba a conseguir en esa zona del país. A Johanna Vavrika le habían quedado unas profundas cicatrices de la viruela en el Viejo Mundo. Era de baja estatura y corpulenta, poco agraciada, alegre y emotiva. Era tan ancha y daba unos pasos tan pequeños al andar que su hermano, Joe Vavrika, siempre la llamaba su patito. Johanna adoraba a su sobrina por su talento, su belleza y su habilidad, pero, sobre todo, la adoraba por su egoísmo.
       El matrimonio de Clara con Olaf Ericson era el triunfo personal de Johanna. Estaba desmesuradamente orgullosa del estatus de Olaf y había encontrado una vocación bastante emocionante en organizar la casa de Clara, en mantenerla por encima de las críticas de los Ericson, en adular a Olaf para que no viera los fallos de su esposa y en ocultar la infelicidad doméstica de Clara. Mientras Clara dormía durante la mañana, Johanna Vavrika no descansaba. Se aseguraba de que Olaf y los hombres tuvieran desayuno, de que la limpieza, la mantequilla o la colada hubieran comenzado adecuadamente a manos de las dos chicas de la cocina. Después, a eso de las ocho en punto, le llevaba el café a Clara y charlaba con ella mientras se lo bebía, contándole lo que sucedía en la casa. La vieja señora Ericson decía a menudo que su nuera no sabría en qué día de la semana vivía si Johanna no se lo dijera todas las mañanas. Despreciaba y compadecía a Johanna, pero no le caía del todo mal. Lo que más odiaba de su nuera era la imagen que Clara daba a la gente. Le enfurecía que los detalles de casa tan grande como un granero de su hijo fueran tan bien, y solía creer que en este mundo debemos esperar demasiado tiempo para ver a los culpables castigados.
       —Imagínate que Johanna Vavrika muriera o enfermase —le decía a Olaf—. Tu esposa no sabría ni dónde buscar un trapo.
       Olaf se encogía de hombros sin más. Pero Johanna no se murió y, aunque la señora Ericson no dejaba de decirle el mal aspecto que tenía, nunca se puso enferma. Rara vez dejaba la casa y dormía en una diminuta habitación cercana a la cocina. Ningún Ericson podría entrar a buscar fallos, ni de día ni de noche, sin que ella se enterase. Su única debilidad era que hablaba por los codos, y a veces aquello le causaba problemas sin querer.
       Esa mañana, Clara se estaba atando una cinta de color burdeos al cuello cuando Johanna apareció con el café. Tras dejar la bandeja en una mesita, empezó a hacer la cama de Clara, charlando mientras tanto en bohemio.
       —Bueno, Olaf salió pronto y las chicas están horneando. Voy a bajar ahora a preparar pan de semillas de amapola para Olaf. Me pidió conservas de ciruelas pasas durante el desayuno y le dije que se nos habían acabado y que trajera ciruelas pasas, miel y clavo del pueblo.
       Clara se sirvió el café.
       —¡Uf! No entiendo cómo los hombres pueden comer tanto dulce. ¡Y de buena mañana!
       Su tía se rio con complicidad.
       —Atrapa a un oso con miel, como decíamos en nuestra tierra.
       —¿Estaba enfadado? —preguntó su sobrina con indiferencia.
       —¿Olaf? ¡Claro que no! Estaba de muy buen humor. Si sabes cómo tratarlo, nunca se enfada. No he conocido jamás a un hombre al que le preocupasen tan poco las facturas. Le di una lista como una yarda de largo y no me dijo nada, solo la dobló y se la guardó en el bolsillo.
       —Puedo imaginarme perfectamente que no dijera nada —dijo Clara encogiéndose de hombros—. Algún día se olvidará de hablar.
       —Oh, pero dicen que es un gran orador en la asamblea. Sabe cuándo quedarse callado. Por eso tiene tanta influencia en la política. La gente confía en él.
       Johanna golpeó una almohada y la mantuvo bajo su papada mientras la metía en la funda. Su sobrina rio.
       —Tal vez podamos hacer creer a la gente que somos sabias, tía, si contenemos nuestras lenguas. ¿Por qué le contaste a la señora Ericson que Norman me tiró de nuevo el sábado y me torcí el tobillo? Ha estado hablando con Olaf.
       Johanna se sintió muy confundida.
       —Pero, querida, la anciana preguntó por ti y está tan enfadada siempre que no le pude poner una excusa. En cualquier caso, mira quién fue a hablar, ella siempre está rompiendo algo con ese automóvil suyo.
       Cuando su tía bajó traqueteando hasta la cocina, Clara se fue a limpiar el polvo del salón. Como no había mucho que limpiar, tampoco le llevó demasiado tiempo. Olaf había construido la casa nueva para ella antes de su matrimonio, pero su interés en amueblarla había durado poco. De hecho, apenas duró más de lo que tardó en conseguir su bañera y su piano. En cuanto al resto del mobiliario, no se habían puesto de acuerdo y Clara había dicho que prefería que su hogar estuviera vacío antes que lleno de cosas que no quería. La casa estaba ubicada en la ladera de una colina y las ventanas occidentales del salón daban por encima del patio de la cocina, situado a treinta pies por debajo. Las orientales daban directamente al patio delantero. Por una de estas, Clara escuchó un silbido bajo mientras limpiaba. No se giró al momento, sino que escuchó atentamente mientras pasaba el trapo por el asiento de una silla. Sí, ahí estaba.
       —Soñé que habitaba en salones de mármol [versos de “Marble Halls, Marble Halls”, aria de la ópera The Bohemian Girl].
       Se giró y vio a Nils Ericson riendo a la luz del sol, con el sombrero en la mano, al otro lado de la ventana. Mientras atravesaba la habitación, él se apoyó en la mosquitera.
       —¿No te sorprende para nada verme, Clara Vavrika?
       —No, te estaba esperando. Mamá Ericson telefoneó a Olaf anoche para decirle que estabas aquí.
       Nils entrecerró los ojos y lanzó un largo silbido.
       —¿Telefoneó? Debió de ser mientras Eric y yo paseábamos. ¡Qué concienzuda! ¿No vas a levantar la mosquitera?
       Clara la alzó y Nils pasó una pierna sobre el alféizar de la ventana. Cuando entró en la habitación, ella le dijo:
       —¿De verdad creíste que te adelantarías a tu madre?
       Él tiró el sombrero sobre el piano.
       —Oh, a veces lo consigo. Verás, ahora mismo la he aventajado. Se suponía que estaría en el trigal de Anders. Pero, cuando nos íbamos, madre metió el coche en un sitio blando cerca de la carretera y se hundió hasta el fondo. Mientras iban a por caballos para sacarla, me escaqueé por detrás de las pilas de leña y escapé.
       Nils se rio. Los ojos opacos de Clara se iluminaron de admiración mientras lo observaba.
       —Ya les tienes desconcertados. No sé qué le dijo tu madre a Olaf por teléfono, pero volvió como si hubiera visto un fantasma y se quedó despierto hasta horas intempestivas, hasta las diez, creo que fue. Se sentó en el porche en la oscuridad como una estatua. Y eso que había sido uno de sus días habladores.
       Ambos rieron, relajados y tranquilos, como si hubieran reído mucho juntos, pero siguieron de pie.
       —Anders, Otto y Peter también parecían haber visto un fantasma en la trilla. ¿Qué les ocurre?
       Clara le echó un vistazo rápido e incisivo.
       —A ver, siempre han tenido miedo de que tuvieras el otro testamento.
       Esto picó el interés de Nils.
       —¿El otro testamento?
       —Ya sabes, uno posterior. Sabían que tu padre lo había dictado, pero no sabían qué ha pasado con él. Por poco desarman la otra casa en su busca. Siempre sospecharon que mantenía una correspondencia secreta contigo, pues si había algo que siempre hacía era asegurarse de recoger su correo en persona. Pensaron que te lo habría enviado para que lo mantuvieras a buen recaudo. El antiguo, en el que dejaba todo a tu madre, lo hizo mucho antes de que te fueras, y ellos entienden que te quedarás fuera, pues ella dejará todas las propiedades al resto. Tu padre hizo el segundo testamento para evitarlo. Esperaba que lo tuvieras. Me encantaría verles la cara cuando se lo contaras.
       Clara rio feliz, algo que no solía hacer en esos tiempos.
       Nils la reprendió con un gesto de la cabeza.
       —Vamos, vamos, no seas mala.
       —No lo soy. Pero me gustaría que algo les afectara, solo por una vez. Nunca ha habido una familia a la que lo único que le ocurra sea la trilla y la cena. Casi querría morirme, aunque solo fuera para tener un funeral. No lo soportarías ni tres semanas.
       Nils se inclinó sobre el piano y empezó a toquetear las teclas con los dedos de una mano.
       —¿Estás segura de eso? Querida señorita, ¿cómo sabes lo que puedo soportar y lo que no? No te esperaste para descubrirlo.
       Clara se puso como la grana y frunció el ceño.
       —Nunca pensé que volverías… —dijo, con tono desafiante.
       —Eric sí me creyó y no era más que un bebé cuando me fui. Pero bueno, todo ha acabado bien y no he vuelto para ser el esqueleto en el festín. No debemos discutir. Madre vendrá pronto con una orden de busca y captura. —Se dio la vuelta y se situó frente a ella con las manos metidas en los bolsillos—. Vamos, seguro que te alegras de verme, con esa necesidad de que pase algo. Yo soy algo, aunque no tenga el testamento. ¿No podemos divertirnos un poco? ¡Yo creo que sí!
       —¡Yo también lo creo! —repitió ella. Ambos rieron y sus ojos brillaron. Clara Vavrika parecía diez años más joven que cuando se había atado el lazo color burdeos alrededor del cuello esa mañana.
       —¿Sabes? Estoy contento por haber visto a madre —continuó Nils—. No sabía que me sentía tan orgulloso de ella. Es como un martinete. ¿Y la pequeña con las coletas en casa? ¿Está siendo justo Olaf con esos niños?
       Clara frunció el ceño, pensativa.
       —Olaf tiene que hacer algo que parezca lo correcto, ahora que es una figura pública. —Miró jocosa a Nils—. Pero saca una buena tajada. Los domingos se reúnen aquí y lo arreglan. Deja que Peter y Anders preparen unas facturas hinchadas de lo que cuesta mantener a los dos chicos y les paga de la herencia. Siempre están haciendo lo que ellos llaman “las cuentas”. Olaf se lleva algo también. No sé cómo lo hacen exactamente, pero es un asunto de familia, o eso dicen. Y cuando los Ericson dicen algo así… —Clara enarcó las cejas.
       En ese momento, la furiosa bocina de un automóvil que se acercaba llegó desde el camino. Sus ojos se encontraron y se echaron a reír. Rieron como hacen los niños que no pueden contenerse y que no pueden explicar el origen de su algazara a los adultos, pero que la comparten entre sí sin problemas. Cuando Clara Vavrika se sentó al piano después de que él se fuera, sintió que la risa le había quitado doce años de encima. Practicó con el piano como si la casa ardiera a su alrededor.
       Cuando Nils saludó a su madre y se subió a su lado en el asiento delantero, la señora Ericson parecía molesta, pero no hizo ningún comentario sobre sus diabluras hasta que dio la vuelta y el coche avanzó un trecho por el camino que transcurría junto al enorme pasto de Olaf.
       —Si fuera tú —dijo su madre con sequedad— no vería mucho a la esposa de tu hermano mientras estés por aquí. Es el tipo de mujer a la que no le hace falta pasar mucho tiempo con un hombre para que hablen de ella. Y ya hablaron bastante de ella antes de que se casara con él.
       —¿Acaso Olaf no la ha domado? —preguntó Nils con indiferencia.
       La señora Ericson encogió sus grandes hombros.
       —Olaf no parece tener mucha suerte en lo que a las esposas se refiere. La primera era bastante calladita, pero siempre estaba enferma. Y esta se sale demasiado con la suya. Olaf dice que, si se pelea con ella, volverá a casa de su padre y él perderá el voto bohemio. Hay muchos bohemacas en este distrito. Pero cuando encuentras a un hombre que come de la palma de la mano de su esposa, puedes estar seguro de que tiene un punto débil en alguna parte.
       Nils pensó en su propio padre y sonrió.
       —¿Es cierto que vino con una buena dote, aparte del voto bohemio?
       La señora Ericson resopló.
       —Bueno, posee una buena media milla cuadrada a su nombre, pero no veo qué necesidad tiene Olaf de eso. Tendrá una buena herencia, si el viejo Vavrika no se vuelve a casar. Pero no creo que el dinero del dueño de una cantina sea tan bueno como el de otra gente.
       Nils rio a carcajadas.
       —Vamos, madre, deje atrás esos prejuicios. El dinero sigue siendo dinero. Además, el viejo Vavrika es un dueño de cantina decente. No es nada pendenciero.
       La señora Ericson subió el tono de voz, enfadada.
       —¡Oh, ya sé que siempre te has puesto de su parte! Pero ir allí de joven no te hizo ningún bien, Nils, ni a ningún otro chaval que rondara por allí. No hubo muchos que la pretendieran cuando se casó con Olaf, ¿sabes? Pero fue avispada y aprovechó la ocasión que se le presentó.
       Nils se acomodó en el asiento.
       —Claro que me gustaba ir allí, madre, y siempre te enfadaba que lo hiciera. Nunca te molestaste en descubrir que era la única casa alegre del condado a la que podía ir un chaval. Todos os matabais a trabajar y las casas estaban hechas un desastre, llenas de bebés, coladas y moscas. Oh, no era nada malo, lo entiendo, pero solo eres joven una vez y yo lo era entonces. Y Vavrika siempre era alegre. Tocaba el violín y yo solía llevar mi flauta, y Clara tocaba el piano y Johanna cantaba canciones bohemias. Siempre tenía preparada una gran cena para nosotros, con arenques, pepinillos y pan de semillas de amapola, y muchos pasteles y mermeladas. Como el viejo Joe había estado en el ejército en el Viejo Continente, contaba muchas buenas historias. Incluso ahora puedo verlo en la cabecera de la mesa, cortando el pan. No sé lo que habría hecho de niño de no ser por los Vavrika, la verdad.
       —Y se pasó todo ese tiempo apropiándose del dinero de la gente que se lo ganaba honradamente trabajando los campos —observó la señora Ericson.
       —Lo mismo hacen los circos, madre, y son algo bueno. La gente debería divertirse con su dinero. Incluso a padre le caía bien el viejo Joe.
       —A tu padre —respondió con gravedad la señora Ericson—, le caía bien todo el mundo.
       Cuando cruzaron el arroyo de arena y se dirigieron hacia su propia casa, la señora Ericson siguió hablando:
       —Ahí está el calesín de Olaf. Ha parado mientras volvía del pueblo.
       Nils se arregló un poco y se preparó para saludar a su hermano, que les esperaba en el porche.
       Olaf era un noruego grande y pesado, lento de movimiento y de palabras. Tenía la cabeza grande y cuadrada, como un bloque de madera. Cuando Nils, desde la distancia, intentó recordar el aspecto de su hermano, solo pudo recordar su gran cabeza, con una amplia frente, una nariz ancha y unos ojos azul pálido bien separados. Los rasgos de Olaf eran bastos: lo primero que uno veía era el rostro en sí, amplio, llano y pálido, sin expresión alguna, que mostraba sus cincuenta años tan poco como cualquier otra cosa, y poderoso precisamente por su imperturbabilidad. Cuando Olaf le estrechó la mano, lo miró desde debajo de sus cejas claras, pero Nils sintió que nadie podía adivinar qué ocultaba esa mirada pálida. Lo único que siempre le había transmitido Olaf era una dura tenacidad, como la marga húmeda que se pega al arado. Siempre había pensado que Olaf era el más complicado de sus hermanos.
       —¿Qué tal, Nils? ¿Esperas quedarte mucho por aquí?
       —Oh, puede que me quede para siempre —respondió alegremente—. Me gusta más la zona que antes.
       —Hemos trabajado en ella desde que te fuiste.
       —Exacto. Creo que ya se puede vivir aquí… Y estoy casi listo para sentar la cabeza. —Nils vio cómo su hermano bajaba la cabeza (“Igual que un toro”, pensó)—. Madre ha intentado convencerme de que frene un poco y me ponga de granjero —continuó sin darle importancia.
       Olaf gruñó profundamente.
       —A ser granjero no se aprende en un día —soltó, aún con la vista fija en el suelo.
       —¡Oh, lo sé! Pero aprendo rápido. —Nils no pretendía contrariar a su hermano, pero no sabía por qué lo hacía—. Claro, no esperaría tener el mismo éxito que vosotros. Pero vamos, no soy ambicioso. No quiero mucho. Solo un poco de tierra, algo de ganado quizás.
       Olaf seguía mirando el suelo con la cabeza baja. Quería preguntarle a Nils qué había estado haciendo todos esos años, si no tenía algún asunto en algún otro sitio que no pudiera abandonar; cómo tenía la desfachatez de presentarse allí con solo su pequeño baúl de cuero maltrecho y aparecer como la oveja negra de la familia. No hizo ninguna de estas preguntas, pero dejó que colgaran en el aire.
       “¡Vaya!”, pensó Nils. “No me extraña que no hable si puede transmitir así sus ideas sin decir ni una palabra. Seguro que usa esos trucos con su esposa todo el tiempo. Pero supongo que ella tampoco es manca”. Rio y Olaf levantó la mirada.
       —No me hagas caso, Olaf. Rio sin saber por qué, como el pequeño Eric. Otro muchacho alegre.
       —Eric —dijo despacio Olaf— es un niño malcriado. Acaba de conseguir que la mejor vaca de su madre se seque por no saber ordeñarla como es debido. Esperaba que te lo llevaras a algún lado y lo metieras a trabajar en alguna cosa. Si no mejora entre extraños, no servirá para nada.
       Aquel fue un discurso largo para Olaf y, según lo terminó, se subió a su calesín y se marchó.
       Nils se encogió de hombros. “Siempre igual”, pensó. “Puñaladas por la espalda cada vez que puede. ¡Menudo gorila!”. Se giró y fue hacia la cocina, donde la señora Ericson estaba regañando al pequeño Eric por dejar que se agotara la gasolina.


IV

      La cantina del viejo Joe no estaba en la capital del condado, donde Olaf y la señora Ericson hacían negocios, sino en un lugar más alegre, en un pequeño asentamiento bohemio situado en el otro extremo del condado, a diez millas al norte de la granja de Olaf. Clara iba allí a caballo para ver a su padre casi todos los días. La casa de Vavrika se hallaba, por así decirlo, en el patio trasero de su cantina. El jardín entre los dos edificios estaba rodeado por una valla alta de tablas tan sólida como un tabique; en verano, Joe ponía mesas de cerveza y bancos de madera entre los arbustos de grosellas bajo su pequeño cerezo. En una de esas mesas, una tarde tres días después de su regreso a casa, estaba sentado Nils Ericson. Joe había entrado a atender a un cliente y Nils se apoyaba en sus codos observando con lástima su jarra medio vacía, cuando oyó una risa al otro lado del pequeño jardín. Clara, con ropas de montar, estaba de pie en la puerta trasera de la casa, bajo la viña que el viejo Joe había plantado tiempo atrás. Nils se levantó.
       —Ven aquí y acompáñanos a tu padre y a mí. Hemos estado de cháchara toda la tarde. Solo nos han molestado las moscas.
       Ella negó con la cabeza.
       —No, ya no salgo ahí fuera. A Olaf no le gusta. Debo vivir acorde a mi estatus, ya sabes.
       —¿Estás diciéndome que ya no vienes aquí a charlar con los chicos? ¡Te ha domado! ¿Quién se encarga de estos parterres entonces?
       —Vengo los domingos, cuando mi padre está solo, para leerle periódicos bohemios. Pero nunca estoy cuando abre el bar. ¿Qué habéis estado tramando?
       —Solo hemos hablado, ya te lo he dicho. Le he contado mis viajes. Resulta que apenas puedo hablar en casa, ni siquiera con Eric.
       Clara levantó las manos y tocó con su látigo de monta la pequeña polilla blanca que revoloteaba a la luz del sol entre las hojas de la vid.
       —Supongo que nunca me hablarás a mí de todas esas cosas.
       —¿Dónde podría hacerlo? En casa de Olaf no, eso seguro. ¿Qué hay de malo en que hablemos aquí?
       Con su sombrero, señaló persuasivamente los arbustos y las mesas verdes, donde las moscas susurraban sobre las jarras vacías de cerveza.
       Clara negó con la cabeza débilmente.
       —No, no sería buena idea. Además, yo me voy ya.
       —Voy en la yegua de Eric. ¿Te enfadarías si te alcanzara?
       Clara lo miró por encima del hombro y se rio.
       —Puedes intentarlo si quieres. Puedo dejarte atrás cuando quiera. La yegua de Eric no es rival para Norman.
       Nils entró en el bar e intentó pagar su cuenta. El bueno de Joe, con sus seis pies de alto por cuatro de ancho y su rizada cabellera rubia, le dio una palmada en el hombro.
       —Tu maldito dinero no quiero ver en mi caja, ¿entiendes? Pero a la otra te traes la flauta, titori toriti —dijo mientras imitaba con los dedos las posiciones de un flautista.
       “Todos los domingos viene mi Clara y toca para mí. No le gusta tocar donde los Ericson. —Sacudió sus rizos rubios y rio—. Nunca hay diversión en los Ericson. Ven domingo. Te gusta divertirte. No te olvides la flauta. —Joe hablaba muy rápido y siempre se trababa al hablar en inglés. Como casi nunca lo hablaba con sus clientes, no había podido practicarlo demasiado.
       Nils se encaramó a la silla de montar y trotó hacia el oeste del pueblo, donde las casas y los jardines dejaban paso a las praderas y la carretera viraba hacia el sur. A lo lejos, en la luz menguante, distinguió la silueta esbelta de Clara Vavrika, entreteniéndose con el caballo. Nils dio un toque con el látigo a su yegua y avanzó por la carretera blanca y llana bajo el cielo que se iba tiñendo de rojo. Cuando alcanzó a la esposa de Olaf, pudo vio que había estado llorando.
       —¿Qué sucede, Clara Vavrika? —preguntó con amabilidad.
       —Oh, a veces me pongo triste. Vivir con mi padre resultaba terriblemente alegre. A veces me pregunto por qué me fui.
       —Eso me llevo preguntando yo todos estos años. —Nils habló con el tono grave y amable que a veces empleaba con las mujeres—. Eres la última chica del condado a quien hubiera elegido como esposa para Olaf. ¿Por qué lo hiciste, Clara?
       —Supongo que para complacer a los vecinos. —Clara alzó la cabeza—. La gente estaba empezando a hacerse preguntas.
       —¿Preguntas?
       —Sí… Sobre por qué no me casaba. Supongo que no me gustaba mantenerles en la incertidumbre. He descubierto que la mayoría de las chicas se casan por consideración con los vecinos.
       Nils inclinó la cabeza hacia ella y sus blancos dientes brillaron.
       —Vaya, me apuesto a que una chica que conozco habría dicho: “A la porra con los vecinos”.
       Clara sacudió la cabeza con pena.
       —Verás, Nils, se burlan de ti si eres mujer. Dicen que se te pasa el arroz. Eso es lo que nos obliga a casarnos: no podemos soportar que ser el hazmerreír.
       Nils la miró de reojo. Nunca la había visto tan cabizbaja. Lo último que hubiera esperado de ella era que se resignara.
       —En tu caso, ¿no había otro motivo?
       —¿Otro motivo?
       —Quiero decir, ¿no lo hiciste para molestar a alguien? ¿Alguien que no regresó?
       Clara se enderezó.
       —Oh, nunca pensé que volverías. No cuando dejé de escribirte. Todo había terminado, mucho antes de casarme con Olaf.
       —Entonces, ¿nunca se te ocurrió que la mejor manera de hacerme daño sería casándote con Olaf?
       Clara rio.
       —Nunca pensé que le tuvieras tanto cariño.
       Nils acarició la crin de su caballo con el guante.
       —¿Sabes una cosa, Clara Vavrika? Nunca vas a poder aguantarlo todo. Lo dejarás todo algún día, así que bien puedes escaparte conmigo.
       Clara levantó la barbilla.
       —Oh, no me conoces tan bien como crees. No lo dejaré todo. A veces, cuando estoy con mi padre, me apetece hacerlo. Pero puedo resistir tanto como los Ericson. Nunca me han derrotado, y una puede vivir mientras no la golpeen. Si vuelvo con padre, se acabó la política para Olaf. Lo sabe, y por eso solo se pone de morros y nada más. Tengo tanto ingenio como cualquier Ericson. No me iré a menos que pueda enseñarles un par de cosas.
       —¿Quieres decir que tienes que quedar por encima de ellos?
       —Sí… A menos que pueda irme con un hombre más listo y más rico que ellos.
       Nils silbó.
       —Pides poca cosa, por lo que veo. Los Ericson, todos juntos, son difíciles de vencer. Pero suponía que, a estas alturas, lo de atormentarlos ya habría dejado de emocionarte.
       —Me temo que así ha sido —admitió Clara con tristeza.
       —Pues entonces ¿por qué no lo dejas todo? En el mundo hay juegos más divertidos que este. Cuando volví a casa, pensé que podría divertirme sacándoles unas cuantas parcelas, pero casi he decidido que puedo divertirme más con mi dinero en otra parte.
       Clara inspiró emocionada.
       —¡Tienes el otro testamento! ¡Por eso volviste!
       —No regresé por eso. Volví para ver cómo te llevabas con Olaf.
       Clara azuzó el caballo con el látigo y, de un salto, se alejó de él. Nils soltó una maldición y azuzó a su yegua para perseguirla, pero ella se inclinó hacia delante en la silla y cabalgó como el viento. Su larga falda de montar revoloteaba tras ella. El sol se ocultaba tras la maleza en el vasto y limpio cielo y las sombras se acercaban por los campos tan rápido que Nils apenas podía distinguir la oscura silueta en la carretera. Cuando la alcanzó, agarró las bridas de su caballo. Norman se alzó y Nils temió por ella, pero Clara consiguió mantenerse en la silla.
       —¡Déjame ir, Nils Ericson! —gritó—. Te odio más que a ninguno de ellos. Os crearon para torturarme. El único afán de toda tu familia es hacerme sufrir de todas las formas imaginables.
       Golpeó de nuevo a su caballo y salió galopando. Nils apretó los dientes y pareció pensativo. Cabalgó lentamente hacia su casa por la carretera desierta mientras observaba cómo aparecían las estrellas en el despejado cielo púrpura.
       Brillaban con suavidad en el cielo claro, como gemas que hubieran caído en un lago límpido. Eran un reproche, sintió, al sórdido mundo. Cuando cruzó el arroyo arenoso, levantó la mirada hacia la Estrella Polar y sonrió, como si hubiera un acuerdo entre ambos. Su madre lo regañó por llegar tarde a la cena.


V

      El domingo por la tarde, Joe Vavrika, en mangas de camisa y zapatillas de andar por casa, se hallaba sentado en su jardín, fumando una larga pipa de porcelana con una escena de caza pintada en la cazoleta. Clara se sentaba bajo el cerezo, leyéndole en voz alta los periódicos semanales bohemios. Llevaba un vestido de muselina blanco bajo su ropa de montar y las hojas del cerezo dejaban una imagen de sombras afiladas sobre su falda. A sus pies, el gato negro dormitaba a la luz del sol y el perro salchicha de Joe escarbaba entre los geranios escarlata y soñaba con tejones. Joe estaba llenando su pipa por tercera vez desde la cena cuando escuchó una llamada desde la valla. Soltó una sonora carcajada y abrió la pequeña puertecilla que daba a la calle. No dijo el nombre de Nils, solo lo agarró del brazo y tiró de él hacia el interior. Clara se envaró y el color de sus oscuras mejillas se oscureció. Nils también se sintió un poco incómodo. No la había visto desde la noche en que ella se fue cabalgando y lo dejó tirado en la aplanada carretera entre los campos. Joe lo arrastró hasta un banco de madera junto a la mesa verde.
       —Traes la flauta —gritó con alegría mientras daba unos toques en la funda de cuero que Nils llevaba bajo el brazo—. Ah, eso está bien. Ahora a divertir nos vamos, como en los viejos tiempos. Tengo algo bueno para ti. —Joe agitó su dedo ante Nils y le guiñó un ojo azul, claro, brillante y lleno de fuego, aunque sus venillas siempre estaban algo enrojecidas—. Tengo algo para ti de… —Se detuvo un momento y agitó las manos— Hungría. ¿Sabes Hungría? ¡Verás!
       Empujó a Nils para que se sentara en el banco y entró a la cantina por la puerta trasera.
       Nils miró a Clara, que estaba sentada tiesa con la falda blanca sujeta con fuerza a su alrededor.
       —No te ha dicho que me pidió que viniera, ¿a que no? Quería una fiesta y lo arregló para tenerla. ¿No es divertido? No te enfades, pasemos un buen rato.
       Clara sonrió y se sacudió la falda.
       —Así es padre. Y se ha pasado el día ahí sentado como si no hubiera roto un plato. Bueno, no haré pucheros. Me alegro de que hayas venido. Últimamente no tiene buenos ratos muy a menudo. Ya van quedando menos de los suyos. La segunda generación está demasiado domada.
       Joe regresó con una botella en una mano y tres copas de vino sujetas por los tallos entre los dedos de la otra. Las colocó en la mesa con aire ceremonial y, tras colocarse detrás de Nils, sostuvo la botella entre él y el sol, entrecerrando los ojos con admiración.
       —¿Conoces Tokaji? Un buen amigo mío que me trajo esto, regalo de Hungría. ¿Sabes el precio? Tanto como el oro. Solo los nobles lo bebían en Bohemia. Lo he guardado muchos, muchos años, este Tokaji. —Joe sacó su sacacorchos oficial y quitó el corcho con delicadeza—. Murió el anciano que me lo trajo, y este vino se quedó sobre su barriga en mi despensa y durmió. —Sirvió el pesado vino amarillo—. ¡Y ahora se despierta y tal vez nos despierte a nosotros también!
       Llevó una de las copas a su hija y se la ofreció con galantería.
       Clara negó con la cabeza, pero, al ver la desazón de su padre, aceptó.
       —Pruébalo tú primero. No quiero tanto.
       Joe lo probó con una expresión beatífica y se giró hacia Nils.
       —Este vino lo bebes con calma. Suave, pero calienta la garganta. ¡Ya verás!
       Después de la segunda copa, Nils declaró que no podía tomar más sin que le entrase sueño.
       —Saca ahora tu violín, Vavrika —dijo mientras abría la funda de su flauta.
       Pero Joe se reclinó en su mecedora de madera y agitó su enorme pantufla.
       —¡No, no, no! Ya no toco violín. Me duelen demasiado los dedos —dijo moviéndolos—. Reuma todo el día. Toca la flauta, tatito tata. Canciones bohemias.
       —Se me han olvidado todas las canciones bohemias que tocaba contigo y con Johanna. Pero hay una que hará que Clara se ponga de morros. ¿Recuerdas cómo le ardían los ojos cuando la llamaban la Gitanilla?
       Nils levantó la flauta y comenzó a tocar When Other Lips and Other Hearts y Joe tarareó con su ronca voz de barítono, moviendo la zapatilla al compás.
       —Oh, oh, qué música más bonita —gritó mientras aplaudía cuando Nils terminó—. ¡Ahora Marble Halls, Marble Hall!, Clara, tú canta.
       Clara sonrió y se reclinó en su silla. Empezó a cantar con suavidad:

    —Soñé que habitaba en salones de mármol, con vasallos y sirvientes a mis pies [versos de “Marble Halls, Marble Halls”, aria de la ópera The Bohemian Girl].

      Y Joe tarareó como un abejorro.
       —Hay otra que siempre tocabas —dijo con tranquilidad Clara—. Esa la recuerdo mejor.
       Unió las manos alrededor de su rodilla y comenzó The Heart Bowed Down y la cantó sin vacilar en la letra. Estaba cantando con mucha calidez cuando llegó al final de la antigua canción.

    —Los recuerdos son los únicos amigos que posee la pena. [“The Heart Bowed Down”, aria de la ópera The Bohemian Girl.

      Joe sacó un pañuelo de seda rojo y se sonó la nariz, negando con la cabeza.
       —¡No, no, no, no, no, no, no! ¡Muy triste, muy triste! No me gusta. Vamos, toca alegre ahora.
       Nils se llevó el instrumento a los labios y Joe se echó hacia atrás en la silla, riendo y cantando Oh, Evelina, Sweet Evelina! [la canción popular, famosa a mediados del siglo XIX] Clara se rio también. Tiempo atrás, cuando Nils y ella iban al instituto, la mejor estudiante de su clase era una chica muy feúcha con gafas gruesas. Se llamaba Evelina Oleson; sus pasos eran largos y joviales y, de alguna forma, les sugerían el ritmo de esa canción, y solían cantársela una y otra vez.
       —Esa fea Oleson enseña ahora en la escuela —dijo Joe— y sigue caminando así, yip, yip, yip, ¡como una camella! Ahora, Nils, vamos a beber un poco. ¡Oh, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí! Ahora tienes que beber y Clara también, para decir que no está celosa. Bebamos a la salud de tu chica. No quieres decir el nombre, ¿eh? No, no, no, no te preocupes. ¿Es bonita? ¿Buena chica? ¡Seguro que sí! —Joe le guiñó el ojo y levantó la copa—. ¿Cuándo os casáis?
       Nils entrecerró los ojos.
       —No lo sé. Cuando ella diga.
       Joe sacó pecho.
       —Así dicen los chicos, no los hombres. Un hombre dice: “Vamos a la iglesia. Y deprisita”. Así habla un hombre.
       —A lo mejor Nils no puede mantener a una esposa —soltó con ironía Clara—. ¿Es eso, Nils? —dijo con sinceridad, como si realmente quisiera saberlo.
       Nils la miró con frialdad, enarcando una ceja.
       —Oh, por eso no te preocupes, claro que puedo mantenerla.
       —¿Como ella quiere?
       —Yo decidiré eso para mi esposa —respondió con calma Nils—. Le daré lo mejor.
       Clara hizo una mueca.
       —Le darás con el cinturón, supongo, como el viejo Peter Oleson a su esposa.
       —Cuando lo necesite —respondió con languidez. Se puso las manos en la nuca y levantó la mirada, entrecerrando los ojos por la luz que atravesaba las hojas del cerezo—. ¿Recuerdas cuando aplasté cerezas por tu vestido limpio y la tía Johanna me dio un capirotazo en las orejas? ¡Dios mío, menudo enfado que te pillaste! Tenías las manos llenas de cerezas y yo las aplasté y te cayó encima todo el jugo. Me gustaba tomarte el pelo, te enfadabas tanto.
       —Sí que nos divertíamos, ¿verdad? El resto de niños no se lo pasaban tan bien. Sabíamos cómo jugar.
       Nils apoyó los codos en la mesa y la miró fijamente.
       —He jugado con muchas chicas desde entonces, pero ninguna ha sido tan divertida.
       Clara se rio. El sol de la tarde le daba directamente en la cara y en las profundidades de sus ojos brillaba algo salvaje, como las gotas doradas del Tokaji en la botella marrón de cristal.
       —¿Puedes jugar o solo finges?
       —Puedo jugar mejor que antes y con más seriedad.
       —Entonces, ¿no trabajas nunca?
       No tenía intención de decirlo, pero se le escapó porque estaba tan confundida como para decir algo así de erróneo.
       —Trabajo de vez en cuando. —La mirada penetrante de Nils seguía fija en ella—. No se preocupe por mi trabajo, señora Ericson. Verá el resultado como el resto. —Alargó su mano morena y cálida por encima de la mesa y la dejó caer sobre el témpano en que se había convertido la de Clara—. ¡Última llamada para salir a jugar, señora Ericson!
       Clara sintió un escalofrío, y sus manos y mejillas ardieron repentinamente. Entrelazó los dedos con los suyos un momento, y los dos se miraron con fervor. Joe Vavrika se había llevado la botella a los labios y estaba disfrutando de las últimas gotas doradas del Tokaji de pie. El sol, a punto de ponerse por detrás de su negocio, refulgió a través del cristal sobre su rostro enrojecido y sus rizos rubios.
       —Mira —susurró Clara—, así es como quiero envejecer.


VI

      El día en que iban a terminar el granero de Olaf Ericson, su esposa, por una vez, se levantó temprano. Johanna Vavrika había estado horneando pasteles y friendo, hirviendo y adobando carnes durante toda la semana anterior, pero no fue hasta el día previo a la misma fiesta cuando Clara se mostró interesada por ello. Le aconteció uno de sus irregulares espasmos de energía y tomó el carromato y al pequeño Eric y pasó el día en Plum Creek, recogiendo enredaderas y varas de oro del pantano para decorar el granero.
       Hacia las cuatro de la tarde, empezaron a llegar calesines y carromatos al gran edificio desnudo frente a la casa de Olaf. Cuando Nils y su madre llegaron a las cinco, ya había más de cincuenta personas en el granero, así como una gran manada de niños. En el primer piso había seis largas mesas, dispuestas con la vajilla de siete prósperas familias Ericson, que las habían prestado para la ocasión. Como centros de mesa, había grandes calabazas amarillas, que habían vaciado y llenado con madreselva. En una esquina del granero, detrás de un montón de sandías con sus rayas verdiblancas, habían montado un círculo de sillas para los ancianos. Los más jóvenes se sentaban en medidas de bushel [la unidad de medida utilizada en los países anglosajones para medir la compraventa de granos, harinas y otros productos] o en carretes de alambre de espinos, mientras que los niños retozaban en el henar. Clara había convertido los establos en casetas. El armazón quedaba oculto por las varas de oro y los fardos de trigo y las separaciones estaban cubiertas por viñas salvajes repletas de fruta. Dentro de una de esas casetas, Johanna Vavrika vigilaba la carne que había cocinado, suficiente para proveer a un ejército, y en la adyacente, las chicas de la cocina habían preparado congeladores con helados y Clara, mientras tanto, cortaba pasteles y tartas porque se acercaba la hora de servirlos. En la tercera caseta, la pequeña Hilda, ataviada con un brillante vestido de verano rosa, servía limonada durante la tarde. Olaf, como figura pública, pensó que sería poco recomendable servir cerveza en su granero, pero Joe Vavrika había llegado con dos garrafones escondidos en su calesín y, tras su llegada, el cobertizo de los carros estuvo mucho más frecuentado por los hombres.
       —¿A que la prima Clara lo ha preparado todo maravillosamente? —susurró la pequeña Hilda cuando Nils se acercó a su puesto a pedirle limonada.
       Nils se apoyó en la caseta, hablando con la emocionada niña, mientras observaba a la gente. El granero daba al oeste y el sol, que entraba por las grandes puertas, llenaba todo el interior con una luz dorada que se reflejaban en las diminutas partículas de polvo del henar, donde los niños se lo estaban pasando en grande. Había mucho parloteo en la caseta donde Johanna Vavrika mostraba a sus admiradoras las bandejas llenas de pollo frito, asados de ternera, lenguas hervidas y jamones con clavo metidos en su crujiente grasa marón y adornados con hierba de Santa María y perejil. Las mujeres mayores, tras asegurarse de que hubiera veinte tipos de pastel, sin contar las galletas, y tres docenas de tartas grandes, se dirigieron a la esquina tras el montón de sandías, se pusieron sus delantales blancos y se dedicaron a tejer y coser. Era un buen grupo de ancianas; a un pintor holandés le hubiera encantado encontrárselas así, donde el sol dejaba zonas brillantes en el suelo y mandaba hilos de oro a través de las pesadas sombras entre las vigas. Había ancianas gordas y sonrosadas que parecían acaloradas en sus mejores vestidos negros, ancianas delgadas y alerta con manos marrones de venas acentuadas y varias ancianas de proporciones casi heroicas, casi equiparables a la anciana señora Ericson. Unas pocas llevaban gafas y la señora Svendsen, una mujer danesa, que estaba bastante calva, llevaba el único gorro del grupo. La señora Oleson, que tenía doce nietos mayores, todavía podía exhibir con orgullo sus dos coletas rubias tan anchas como sus muñecas. Entre todas estas abuelas había más cabezas morenas que blancas. Tenían un aspecto complacido y próspero, como si estuvieran más que satisfechas con ellas mismas y con la vida. Nils, apoyado en la caseta de limonada de Hilda, las observaba mientras cotilleaban en cuatro idiomas, con sus dedos moviéndose a la misma velocidad que sus lenguas.
       —Míralas —le susurró a Clara, a la que detuvo cuando pasó a su lado—. ¿No son como una vieja guardia? He contado treinta manos. Y seguro que han retorcido el pescuezo a más de un pollo y calentado la chaqueta a más de un chaval durante su vida.
       En realidad, se quedó asombrado al pensar en las hercúleas labores que esos quince pares de manos habían llevado a cabo: las vacas que ordeñaron, la mantequilla que prepararon, los huertos que plantaron, los hijos y nietos que cuidaron, las escobas que gastaron, las montañas de comida que cocinaron. Se mareó solo de pensarlo. Clara Vavrika le dirigió una sonrisa dura y enigmática y se alejó con rapidez. Los ojos de Nils siguieron su blanca silueta mientras ella se dirigía hacia la casa. La observó caminar sola a la luz del sol, se fijó en sus delicados y desafiantes hombros y en su cabeza pequeña y firme con sus rizos de cabello negroazulado. “No”, reflexionó. “Ella nunca será como esas señoras, ni aunque viviera un siglo aquí. Solo se amargará. No puedes domar a una criatura salvaje, solo encadenarla. No toda la gente es igual. No debo perder los nervios”. Dio un pequeño tirón de despedida a las coletas de Hilda y salió en busca de Clara.
       —¿Dónde vas? —le preguntó cuando se la encontró en la cocina.
       —Voy a la despensa a por las conservas.
       —Deja que te acompañe. No he pasado ni un momento a solas contigo. ¿Acaso no quieres meterte en mi camino?
       Clara rio.
       —Nunca me meto en el camino de nadie.
       Nils la siguió por las escaleras hasta el rincón más alejado de la despensa, iluminado por un pequeño ventanuco. Del estante que se movía, Clara seleccionó varias jarras de cristal, todas etiquetadas con la cuidadosa caligrafía de Johanna. Nils agarró una botella marrón.
       —¿Qué es esto? Tiene buena pinta.
       —Es bueno. Es un brandy francés que me regaló mi padre por la boda. ¿Quieres un trago? ¿Tienes un sacacorchos? Ahora traigo copas.
       Cuando las trajo, Nils las tomó y las dejó en el alféizar.
       —Clara Vavrika, ¿recuerdas lo loco que estaba por ti?
       Clara se encogió de hombros.
       —Los chicos siempre estáis locos por esta o por aquella. Me atrevería a decir que incluso algún idiota estuvo loco por Evelina Oleson. Se te pasó rápido.
       —¿Lo dices porque no volví? Tenía que vivir, ya sabes, y era complicado al principio. Luego oí que te habías casado con Olaf.
       —Y entonces te alejaste para no tener un corazón roto —rio Clara.
       —Y entonces empecé a pensar en ti más que cuando me fui. Empecé a pensar en si realmente eras como yo creía de chaval. Pensé que querría saberlo. He estado con muchas chicas, pero ninguna me ha enganchado como tú. Cuanto más pensaba en ti, más recordaba cómo era aquello, como escuchar una balada feroz a la que no te puedes resistir, llamándote por la noche. Ha pasado mucho tiempo desde que algo me hizo moverme y me preguntaba si algo lo conseguiría de nuevo. —Nils se metió las manos en los bolsillos de su abrigo y cuadró los hombros, como su madre hacía a veces y como Olaf, torpemente, intentaba cuadrar los suyos—. Así que pensé en volver a ver qué tal iba. Aunque claro, la familia ha intentado engañarme, así que pensé en traer el testamento de padre y armar un escándalo. Pero pueden quedarse con su vieja tierra, le han puesto el sudor suficiente para merecérsela. —Agarró la botella y llenó las dos copas hasta el borde—. He descubierto lo que quiero de los Ericson, Clara. ¡Skoal [palabra escandinava, equivale a “chinchín”], Clara! —Levantó su copa y Clara tomó la suya cabizbaja—. ¡Mírame, Clara, skoal!
       Ella alzó sus ardientes ojos y respondió con fiereza:
       —¡Skoal!
       La cena del granero comenzó a las seis en punto y duró dos hilarantes horas. Yense Nelson había apostado que podía comerse dos pollos fritos enteros, y eso hizo. Eli Swanson se encargó de dos pasteles de crema enteros y Nick Hermanson devoró hasta la última miga de una tarta de chocolate a capas. Incluso hubo un concurso de zampar galletas entre los niños y un chico bohemio, delgado como una tabla de madera, llegó a las dieciséis y ganó el premio: un cerdo de jengibre que Johanna Vavrika había decorado cuidadosamente con caramelos rojos y azúcar quemado. Fritz Sweiheart, el carpintero alemán, ganó el concurso de pepinillos, pero no tardó en desaparecer después de la cena y no volvieron a verlo en toda la noche. Joe Vavrika dijo que Fritz se las habría apañado bien con los pepinillos, pero que había catado demasiado el garrafón que servía en su calesín antes de sentarse a la mesa.
       Mientras despejaban la cena, dos violinistas empezaron a afinar para el baile. Clara debía acompañarlos con su antiguo piano de pie, que habían traído de la casa de su padre. Para entonces, Nils había saludado a todos sus viejos conocidos. Desde su encuentro con Clara en la despensa, se había preocupado de decir a todas las ancianas lo jóvenes que parecían; a todas las jóvenes, lo hermosas que eran y a los hombres, que sus tierras eran las mejores del mundo. Se mostró tan agradable que las amigas de la anciana señora Ericson se acercaron a ella para decirle lo afortunada que era de que hubiera regresado su hijo, el inteligente, y para pedirle que le hiciera tocar la flauta de nuevo. Joe Vavrika, que aún podía tocar perfectamente cuando se olvidaba de su reumatismo, le agarró el violín a Johnny Oleson e interpretó una animada canción bohemia que puso a todos en marcha. Cuando dejó el arco, todos estaban listos para bailar.
       Olaf, ataviado con una levita y una corbata solemne, lideró el grupo con su madre. Clara se había librado de eso ciñéndose al piano. Tocó la marcha con una pomposa ceremonia que divirtió en gran medida al hijo pródigo, que se acercó y se colocó a su espalda.
       —Oh, cómo te estás divirtiendo con ellos, Clara Vavrika. Y qué afortunada eres de tenerme aquí o todas tus pullas se perderían ante ellos.
       —Estoy acostumbrada a ser la única que se entera, es lo que me salva la vida.
       Los violines comenzaron una polca y Nils consiguió que Joe Vavrika se riera al sacar a bailar a Evelina Oleson, la maestra feúcha. Su siguiente compañera de baile fue una chica sueca muy gorda a quien, aunque era una heredera, nadie la había sacado en el primer baile, y se había quedado apoyada en la pared sobre unos zapatos de tacón alto apretados, manoseando nerviosa un pañuelo de encaje. Pronto se quedó sin respiración y Nils la llevó, contenta y jadeante, a su asiento, y se acercó al piano desde donde Clara había estado observando su galantería.
       —Pídeselo a Olena Yenson —le susurró—. Baila el vals maravillosamente.
       Olena también era inconvenientemente regordeta, guapa de una forma rotunda y suave, con buen color y unos ojos amables y soñolientos. Olía a bolsitas de polvo de violetas y tenía unas manos suaves, blancas y cálidas, pero bailaba divinamente; sus movimientos fluían como las mareas.
       —Cielos, eso ha estado bien —le dijo al soltarla—. ¿Me guardarás el siguiente vals? Ahora tengo que ir a bailar con mi primita.
       Hilda se emocionó mucho cuando Nils se acercó a su caseta y extendió el brazo hacia ella. Le brillaban los ojitos, pero declaró que no podía abandonar su limonada. La anciana señora Ericson, que estaba cerca en ese momento, dijo que ella se encargaba, y la pequeña Hilda salió tan sonrosada como su vestido. Iban a bailar un schottische y poco tardó en tener sus coletas rubias de punta.
       —¡Bravo! —la animó Nils—. ¿Dónde has aprendido a bailar así de bien?
       —Me enseñó la prima Clara —jadeó la pequeña.
       Nils encontró a Eric sentado con un grupo de chicos demasiado tímidos o demasiado incómodos para bailar y le dijo que debía bailar el siguiente vals con Hilda.
       El chico se encogió de hombros.
       —Ay, Nils, no puedo bailar. Mis pies son muy grandes, pareceré tonto.
       —No te preocupes por ti. Nadie se fija en los chicos.
       Como Nils nunca le había hablado con tanta brusquedad, Eric se apresuró a salir de su esquina y a limpiarse el heno de la chaqueta.
       Clara asintió con aprobación.
       —Bien hecho, Nils. Llevo un rato intentando convencerlo. Bailan muy bien juntos, a veces toco para ellos.
       —Te estoy agradecido por enseñarle. No hay ningún motivo para que crezca siendo un patán.
       —Nunca lo será. Se parece más a ti que a ninguno de ellos. Lo único que le falta es tu valor.
       Clara le lanzó una de esas miradas únicas con sus ojos rasgados, llena de admiración y, al mismo tiempo, de desafío, que pocas veces mostraba y que parecía decir: “Sí, te admiro, pero soy tu igual”.
       Clara estaba demostrando ser mucho mejor anfitriona que Olaf, quien, tras acabar la cena, parecía no estar interesado en nada más que en las linternas. Hizo que trajeran el faro delantero de una locomotora para iluminar la fiesta y no dejaba de vagar a su alrededor como si temiera que la luz pudiera prender fuego a su nuevo granero. Su esposa, por el contrario, era cordial con todos, estaba animada e incluso se unía al jolgorio. El color salmón oscuro de sus mejillas brillaba con fuerza y sus ojos estaban llenos de vida. Dejó el piano a manos de la gorda heredera sueca, sacó a su padre de la esquina donde estaba cotilleando con sus compinches y le hizo bailar una danza bohemia con ella. En su juventud, Joe había sido un famoso bailarín, y su hija lo animó tanto que todos se sentaron en corro a su alrededor y les aplaudieron. Las ancianas estaban especialmente contentas y les hicieron repetir el baile otra vez. En el rincón desde el que miraban y comentaban, las ancianas llevaban el ritmo con sus pies y manos y, cuando los violines arremetían con una nueva melodía, el gorro blanco de la señora Svendsen empezaba a menearse.
       Clara estaba bailando un vals con el pequeño Eric cuando Nils se acercó, apartó a su hermano y la sacó de entre los bailarines.
       —¿Recuerdas cómo bailábamos valses en patines en la pista de patinaje del pueblo? Supongo que la gente ya no lo hace. Solíamos pasarnos horas así. Nunca tonteamos como el resto de parejas. Siempre fuimos completamente en serio. Cuanto más enamorados estábamos, más nos peleábamos. No dejabas de pellizcar, tus dedos eran como pequeñas pinzas. Una tortuguita mordedora, eso es lo que eras. Dios, ¡cómo te gustaría Estocolmo! Sentarse en las calles frente a cafeterías y hablar toda la noche en verano, igual que en una fiesta… Con oficiales, y damas y divertidos ingleses. La gente más alegre del mundo son los suecos, una vez se ponen a tono. Siempre bebiendo, champán y cerveza negra mezclados, mitad y mitad, servido en grandes cántaros y en abundancia. Tienen el pulso lento, por eso aguantan mucho. Pero cuando se encienden son como luciérnagas, te lo aseguro.
       —Aun así, no te gusta la gente alegre.
       —¿Ah, no?
       —No, lo supe en cuanto miraste a las ancianas esta tarde. Son el tipo de gente que admiras, claro, mujeres como tu madre. Y con alguien así te casarás.
       —¿Ah, sí, señorita Sabelotodo? Ya verás con quién me caso, y no habrá sido bendecida con ninguna virtud doméstica. Será una tortuga con dientes y será perfecta para mí. Pero sí, son un buen grupo de viejas señoras. Tú también las admiras.
       —Para nada, las detesto.
       —No lo harás cuando las recuerdes desde Estocolmo o Budapest. La libertad lo arregla todo. ¡Pero eres una verdadera Gitanilla, Clara Vavrika! —Nils se rio de su repentino ceño fruncido y empezó a cantar jocosamente—: Oh, ¿cómo puede una pobre doncella gitana como yo tener la esperanza de ser la esposa de un futuro barón? [letra de la canción popular].
       Clara le enganchó el hombro.
       —Calla, Nils, que te están mirando todos.
       —No me importa. No podrán cotillear. Todo se queda en familia, como dicen los Ericson mientras se dividen el patrimonio de la pequeña Hilda. Además, les daremos algo de lo que hablar cuando nos pongamos en camino. ¡Dios, qué bendición para ellos! No han tenido nada tan interesante que comentar desde el año de los saltamontes. Así tendrán un nuevo aliciente en la vida. Y Olaf tampoco perderá el voto bohemio. Se reirán de él, así que lo votarán dos veces cada uno. Lo mandarán al Congreso. Nunca olvidarán su fiesta en el granero ni a nosotros. Siempre nos recordarán bailando así. Seremos una leyenda. ¿Dónde está mi vals, chicos? —gritó al pasar cerca de los violinistas.
       Los músicos sonrieron, se miraron, dudaron y comenzaron una nueva melodía. Nils cantó con ellos mientras las parejas mudaban de un rápido vals a deslizarse con lentitud y elegancia.

    —Cuando otros labios y otros corazones cuenten su balada de amor en idiomas cuyo exceso los dote de ese poder que tan bien sienta [versos de “Then You’ll Remember Me” de la ópera The Bohemian Girl].

      Las ancianas aplaudieron con energía.
       —¡Qué alegre es este Nils!
       Y el gorro de la señora Svendsen se inclinaba con aire soñador de un lado a otro al compás del baile.
       —En días que considero felices, me recordarás [versos de “Then You’ll Remember Me” de la ópera The Bohemian Girl].


VII

      La luz de la luna inundaba la vasta y silenciosa tierra. Los campos ya recogidos brillaban amarillos. Los montones de paja y los álamos que bloqueaban el viento lanzaban oscuras sombras afiladas. Las carreteras eran blancos ríos de polvo. El cielo tenía un color azul profundo y cristalino donde resplandecían suavemente unas pocas estrellas. Todo parecía haber sucumbido, haberse hundido en un sueño, bajo la gran luna dorada de verano. Su resplandor parecía trascender la vida y el destino de los humanos. Los sentidos eran demasiado pequeños para disfrutarlo por completo y cada vez que una persona alzaba los ojos al cielo, se sentía diminuta, como si estuviera sorda bajo las olas de un gran río de melodía. Cerca de la carretera, Nils Ericson se apoyaba en un montón de paja del campo de trigo de Olaf. Su vida le parecía ajena y extraña, como si fuera algo sobre lo que había leído, o quizá soñado, y luego olvidado. Estaba muy quieto, observando la carretera blanca ante él, que se perdía entre los campos para luego, a cierta distancia, reaparecer en una pequeña colina. Al fin, contra esa blanca línea, vio algo que se movía a gran velocidad, por lo que se levantó y caminó hasta el límite del campo. “Acaba de sobrepasar la fila de álamos”, pensó. Escuchó el golpeteo acallado de las pezuñas sobre la carretera polvorienta y, cuando ella apareció, Nils salió a la vista y agitó los brazos. Después, por miedo a asustar al caballo, se apartó y esperó. Clara lo había visto y se acercaba hacia él al paso. Nils agarró al caballo del bocado y le acarició el cuello.
       —¿Qué haces tan tarde de paseo, Clara Vavrika? Fui a tu casa, pero Johanna me dijo que habías salido a ver a tu padre.
       —¿Quién puede quedarse en casa una noche como esta? ¿No estás tú también de paseo?
       —Ah, pero eso es distinto.
       Nils giró al caballo hacia el campo.
       —¿Qué haces? ¿Dónde llevas a Norman?
       —No muy lejos, pero quiero hablar contigo esta noche. Tengo algo que decirte. No podemos hablar en tu casa, con Olaf sentado en el porche, pesando mil toneladas.
       Clara rio.
       —Ahora no estará allí sentado. Ya se habrá ido a la cama y estará dormido, con el mismo peso.
       Nils avanzó entre los rastrojos.
       —¿De verdad te vas a pasar toda la vida así, noche tras noche, verano tras verano? ¿No tienes nada mejor que hacer esta noche que agotaros a ti y a Norman avanzando por el campo hasta casa de tu padre y de vuelta? Además, tu padre no vivirá para siempre. Cerrará o venderá su pequeño bar y solo te quedarán los Ericson. Entonces tendrás que cerrar las compuertas para el invierno.
       Clara negó con la cabeza, inquieta.
       —No hables de eso. Intento no pensar nunca en ello. Si perdiera a padre, lo perdería todo, incluso las bazas que tengo con los Ericson.
       —¡Va! Perderías mucho más que eso. Perderías tu raza, todo lo que te hace única. Ya has renunciado a bastante.
       —¿A qué?
       —A tu amor por la vida, tu capacidad de asombro.
       Clara se llevó las manos a la cara.
       —¡No, Nils Ericson, no! Di cualquier otra cosa sobre mí, menos eso. No lo acepto —dijo con vehemencia.
       Nils condujo al caballo hasta un montón de paja, se giró hacia Clara y la miró intensamente, de la misma forma la había mirado la tarde del domingo en casa de los Vavrika.
       —Pero ¿por qué luchas por ello? ¿De qué te sirve poder disfrutar si nunca disfrutas? Tus manos vuelven a estar frías. ¿De qué tienes miedo? Ah, tienes miedo de perder esa capacidad, eso es lo que te pasa. ¡Lo harás, Clara Vavrika, no lo dudes! Cuando te conocía… Escucha, ¿alguna vez has atrapado a un pájaro salvaje en tu mano y has sentido su corazón latir tan fuerte que temías que su cuerpo se hiciera añicos? Bien, pues tú eras así, una cosita delgada e intensa con un placer salvaje en tu interior. Así era como te recordaba. Y vengo y me encuentro con… una mujer amargada. Es como una lucha de hurones perfecta: vives mordiendo y soportando los mordiscos. ¿No recuerdas cómo era la vida antes? ¿Ese placer de antaño? Yo nunca lo he olvidado, ni he conocido igual, ni en tierra ni en mar.
       Acercó al caballo a la sombra del montón de paja. Clara notó que le sacaba el pie del estribo y se deslizó lentamente entre sus brazos. Nils la besó con lentitud. Era un hombre decidido, pero sus nervios se volvían de acero cuando quería algo. En él había un brillo como una navaja fuera de su funda. Clara sintió que todo se le escapaba, que la noche de verano la llenaba. Nils se llevó la mano al bolsillo y luego sostuvo algo con el brazo extendido.
       —Mira —dijo. La sombra del montón de paja atravesó su muñeca y en la palma de su mano pudo ver brillar un dólar de plata—. Esta es mi fortuna —murmuró—. ¿Te vienes conmigo?
       Clara asintió y apoyó la frente en su hombro.
       Nils inspiró profundamente.
       —¿Esta noche?
       —¿Dónde? —susurró ella con suavidad.
       —Al pueblo, a subir en el tren de medianoche.
       Clara levantó el rostro y se tranquilizó.
       —¿Estás loco, Nils? No podemos irnos así.
       —Es la única manera que tendremos de irnos. No puedes sentarte en un banco para pensar en ello. Lánzate. Es como lo he hecho siempre y es la forma adecuada para personas como nosotros. No hay nada tan peligroso como quedarse quieto. Solo tienes una vida, una juventud, y puedes dejar que se escurra entre tus dedos; mira lo fácil que es. La mayor parte de la gente lo hace. Estarías mejor vagando por la carretera conmigo que aquí. —Nick le sujetó la cabeza y la miró a los ojos—. Pero no soy ese estilo de vagabundo, Clara. No tendrás que ponerte a coser. Trabajo con una empresa de transporte noruega, vine de negocios a las oficinas de Nueva York y ahora vuelvo directo a Bergen. Creo que tengo tanto dinero como los Ericson. Padre me mandó un poco para arrancar. Nunca se enteraron de eso. A ver, no pensaba decírtelo porque quería que vinieras por ti misma.
       Clara miró a los campos.
       —No es eso, Nils, pero algo me detiene. Me da miedo enfrentarme a ello. Surge de la tierra, creo.
       —Lo entiendo. Uno tiene que liberarse. No te necesitan. Tu padre lo entendería, es como nosotros. En cuanto a Olaf, Johanna lo cuidará mejor que tú. Es ahora o nunca, Clara Vavrika. Mi bolsa está en la estación, la llevé a escondidas ayer.
       Clara se aferró a él y escondió su rostro en su hombro
       —Esta noche no —susurró—. Siéntate y habla conmigo esta noche. No quiero ir a ninguna parte esta noche. Puede que nunca te ame tanto como hoy.
       Nils rio entre dientes.
       —No puedes pedirme eso. Esa no es mi forma de ser, Clara Vavrika. La yegua de Eric está detrás del montón y me voy a medianoche. O nos despedimos o te vienes conmigo a conocer el mundo. Mi carruaje no esperará. He escrito una carta a Olaf y se la mandaré desde el pueblo. Cuando la lea no nos molestará… No si lo conozco bien. Preferirá quedarse con las tierras. Además, podría pedir una investigación de su administración de la herencia del primo Henrik, y eso sería malo para una figura pública. No tienes ropas, lo sé, pero puedes ir vestida así esta noche y por el camino conseguiremos de todo. ¿Dónde está esa antigua energía, Clara Vavrika? ¿Y tu sangre bohemia? Pensaba que te atrevías con todo. ¿Dónde está tu valor? ¿A qué estás esperando?
       Clara apartó la cabeza y Nils vio los rescoldos del fuego en sus ojos.
       —A que digas una sola cosa, Nils Ericson.
       —Nunca digo eso a ninguna mujer, Clara Vavrika. —Se echó hacia atrás, la levantó con suavidad del suelo y susurró entre dientes—: ¡Pero nunca, nunca te dejaré ir con ningún otro hombre que no sea yo! ¿Me entiendes? Ahora espera aquí.
       Clara se hundió en un montón de trigo y se cubrió el rostro con las manos. No sabía qué hacer… Si irse o quedarse. El vasto campo silencioso parecía haberla hechizado. La tierra parecía sujetarla como si tuviera raíces. Sus rodillas no la sostenían. Sentía que no podría soportar separarse de sus antiguas penas, de su antigua insatisfacción. Les tenía cariño, la habían mantenido con vida, eran parte de ella. No le quedaría nada si se apartaba de ellas. Nunca podría superar ese horizonte contra el que su inquietud la había lanzado tantas veces. Sentía que su alma había construido un nido en ese horizonte al que miraba cada mañana y cada tarde, y le tenía cariño, un cariño inexplicable. A su lado, escuchó el trote de los caballos sobre la suave tierra. Nils no le dijo nada. Le puso las manos bajo los brazos y la levantó con delicadeza hasta su silla. Después se subió a la suya.
       —Tendremos que cabalgar rápido para llegar al tren de medianoche. Una última galopada, Clara Vavrika. ¡Vamos!
       Hubo un salto, un golpe de pezuñas por la carretera iluminada por la luna, dos sombras oscuras superando la colina, y luego la vasta tierra se extendió sin obstáculos bajo la noche azul. Dos sombras habían pasado.


VIII

      Un año después de la huida de la esposa de Olaf Ericson, el tren nocturno echaba vapor por las planicies de Iowa. El conductor se apresuraba a través de uno de los vagones de día, con la linterna en su brazo, cuando un chico desgarbado de pelo claro se levantó de uno de los asientos afelpados y tiró de su chaqueta.
       —¿Cuál es la próxima parada, señor?
       —Red Oak, Iowa. Pero usted va a Chicago, ¿no? —Lo miró y se dio cuenta de que sus ojos estaban rojos y su rostro compungido, como si tuviera problemas.
       —Sí, pero me preguntaba si podría bajar allí y tomar un tren de vuelta a Omaha.
       —Bueno, supongo que podría. ¿Vive en Omaha?
       —No, en la parte occidental del Estado. ¿Cuánto tardaremos en llegar a Red Oak?
       —Cuarenta minutos. Será mejor que se decida, para que pueda decirle al hombre de los equipajes que saque el suyo.
       —¡Por eso no se preocupe! Me refiero a que no llevo equipaje —añadió, sonrojándose.
       “Se ha escapado de casa”, pensó el conductor al cerrar la puerta del vagón tras de sí.
       Eric Ericson se dejó caer en su asiento y se llevó la mano morena a la frente. Había estado llorando y no había cenado y le dolía mucho la cabeza. “¿Qué voy a hacer?”, pensó mientras se miraba atontado sus grandes zapatos. “Nils se avergonzará de mí. No tengo valor”.
       Desde que Nils había huido con la esposa de su hermano, la vida se había vuelto complicada para el pequeño Eric. Su madre y Olaf sospechaban que había sido cómplice. La señora Ericson, dura e hiriente, atacaba de forma constante el orgullo del chico mientras que Olaf siempre la azuzaba en su contra.
       Joe Vavrika había recibido noticias de su hija de forma habitual. Clara siempre había querido a su padre y la felicidad la había vuelto más atenta. Le escribió una carta larga sobre su viaje a Bergen y del viaje que Nils y ella hicieron a través de Bohemia hasta el pequeño pueblo donde su padre había crecido y donde ella había nacido. Visitó a todos sus familiares del lugar y le mandó a su padre nuevas de su hermano, que era sacerdote, y de su hermana, que se había casado con un criador de caballos, con su gran granja y sus muchos hijos. Joe siempre se las apañaba para leerle esas cartas al pequeño Eric. Contenían mensajes para él y para Hilda. Clara también les enviaba regalos, que Eric nunca se había atrevido a llevar a casa y que la pobrecita Hilda nunca llegó a ver, pero le encantaba escuchar a Eric hablar de ellos cuando estaban fuera recogiendo juntos los huevos. Pero Olaf vio en una ocasión a Eric salir de casa de los Vavrika, y como el anciano nunca le había pedido que fuera a la cantina, Olaf acudió directamente a su madre a contárselo. Esa noche, la señora Ericson entró en la habitación de Eric después de que este se acostara y le montó una escena horrenda. Podía resultar aterradora cuando se enfadaba de verdad. Le prohibió volver a hablar con Vavrika y, después de aquella noche, no le permitió ir solo al pueblo. Eric tardó en recibir más noticias de su hermano. Pero el viejo Joe sospechaba lo que había pasado y llevaba las cartas de Clara en el bolsillo. Un domingo, se acercó a ver a un amigo alemán suyo y se dio la casualidad de que vio a Eric, sentado cerca del bebedero de ganado en el pasto. Se fueron juntos al granero de Fritz Oberlies, leyeron las cartas y hablaron de lo que ocurría. Eric admitió que cada vez era más difícil vivir en aquella casa. Esa misma noche, Joe Vavrika se sentó y expuso a su hija la situación con todo lujo de detalle en una carta.
       Las cosas no mejoraron para Eric. Su madre y Olaf sentían que, por más que lo vigilaran, él seguía, como ellos decían, “enterándose”. La señora Ericson no podía admitir la neutralidad. Había devuelto a Johanna Vavrika a casa de su hermano, aunque Olaf hubiera preferido conservarla antes que a la hija mayor de Anders, a quien la señora Ericson puso en su lugar. No era tan despótico como su madre, y una vez le dijo, molesto, que podía haber enseñado a su nieta a cocinar antes de echar a Johanna. Olaf habría aguantado lo que fuera a cambio de las pasas a la miel de Johanna, cuya receta esta se había llevado consigo.
       Al cabo de un tiempo, le llegaron dos cartas a Joe Vavrika: una de Nils, con un giro postal con el valor del pasaje de Eric hasta Bergen, y otra de Clara, que decía que Nils tenía un lugar para Eric en las oficinas de su empresa, que viviría con ellos y que lo esperaban. Debería partir de Nueva York en uno de los barcos de la empresa de Nils, el capitán era amigo suyo y Eric tenía que decir que iba de su parte.
       Las órdenes de Nils eran tan claras que hasta un bebé podría haberlas seguido, en opinión de Eric. Y ahí estaba, acercándose a Red Oak, Iowa, balanceándose desesperado. Nunca había querido tanto a su hermano y nunca había sentido la llamada del ancho mundo con tanta fuerza. Pero tenía un nudo en la garganta que no se aflojaba. Desde el ocaso, le había atormentado pensar en su madre, sola en esa casa de la que habían salido tantos hombres. Su dureza parecía poca en la distancia y su soledad muy grande en comparación. Recordó todo lo que había hecho por él: lo asustada que había estado cuando Eric se cortó la mano en la desgranadora de maíz y cómo impidió que Olaf lo regañara. Cuando Nils se fue, no había dejado a su madre sola, o de lo contrario nunca se habría ido. Eric estaba seguro de aquello.
       El tren silbó. El conductor entró, con una sonrisa amable.
       —¿Y bien, joven, qué va a hacer? Paramos en Red Oak dentro de tres minutos.
       —Gracias. Ahora se lo digo.
       El conductor salió y el chico se dobló sobre sí mismo, lleno de pena. No podía dejar escapar esta oportunidad. Se llevó la mano al bolsillo del pecho y el crujido de la carta de Nils le dio valor. No quería que Nils se avergonzara de él. El tren se detuvo. En ese momento, recordó los amables y brillantes ojos de su hermano, que siempre lo miraban desde lejos. El nudo de su garganta se deshizo. “¡Pero Nils lo habría comprendido!”, pensó. “Así es Nils, él siempre lo entiende todo”.
       Un chico desgarbado con una bolsa bajó trastabillando del tren en Red Oak, justo cuando el conductor gritaba:
       —¡Todos a bordo!
       A la noche siguiente, la señora Ericson estaba sentada sola en su mecedora de madera del porche delantero. Había mandado a la cama a la pequeña Hilda y esta había llorado hasta dormirse. Las labores de la anciana permanecían sobre su regazo, pero sus manos estaban paradas encima. Durante más de una hora, no movió ni un músculo. Se quedó sentada sin más, como solo los Ericson y las montañas saben hacerlo. La casa estaba a oscuras y solo se escuchaba el croar de las ranas del lago en el pasto cercano.
       Eric no llegó a la casa por la carretera, sino atravesando los campos, por donde nadie pudiera verlo. Dejó su bolsa con suavidad en el almacén de la cocina y se acercó sin hacer ruido por el camino hacia el porche delantero. Se sentó en el escalón sin decir nada. La señora Ericson no hizo ningún gesto y las ranas siguieron croando. Al cabo de un rato, el chico habló con timidez.
       —He vuelto, madre.
       —Muy bien —respondió la señora Ericson.
       Eric se inclinó y agarró un palito del césped.
       —¿Hay que ordeñar? —titubeó.
       —Ya se ha hecho, hace horas.
       —¿Quién lo hizo?
       —¿Quién? Pues yo misma. Ordeño tan bien como cualquiera de vosotros.
       Eric subió al escalón más cercano a ella.
       —Oh, madre. ¿Por qué lo ha hecho? —preguntó, lleno de preocupación—. ¿Por qué no se lo pidió a alguno de los chicos de Otto?
       —No quería que nadie supiera que necesitaba a un chico —dijo con amargura la señora Ericson. Miró directamente al frente y su boca se endureció—. Siempre había pensado en dejarte la granja familiar.
       El chico la miró y se acercó con suavidad.
       —Oh, madre —dijo—. No me importa la granja. He vuelto porque pensé que tal vez me necesitaría.
       Agachó la cabeza y no dijo nada más.
       —Muy bien —dijo la señora Ericson. Su mano se levantó de repente y se aposentó en su cabeza. Sus dedos se entrelazaron con el suave y pálido cabello. Las lágrimas del chico llegaron a las tablas. La felicidad llenó su corazón.




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