José María Arguedas
(Andahuaylas, Perú 1911 - Lima, 1969)

El vengativo (1934)
Originalmente publicado en Suplemento dominical de La Prensa
[Lima] (9 de diciembre de 1934);
Relatos completos
[compilación de Jorge Lafforgue]
(Buenos Aires: Editorial Losada, 1975, 237 págs.)



Para Héctor Araujo Álvarez, mi amigo

      Voy a faltar a mi palabra, voy a romper la promesa más solemne que he hecho en mi vida; me siento demasiado humano, no puedo guardar por más tiempo esa tremenda historia. Durante tres años he envejecido por respetar un juramento que ha caducado ahora. ¡Tres años! Reprimiendo el deseo impetuoso que sentía por declarar, resondrando con todas mis fuerzas al impulso, que en mil circunstancias propicias, me obligaba a salvarme de un sufrimiento injusto.
       Tres años ha sido mi conciencia un escenario de lucha: por una parte la voz autoritaria y desgarrada de él, su ruego, acompañado siempre de la imagen que me hacía de su rostro en aquel supremo momento; y por otra, la súplica de ella, aquel grito desesperado con que pidió justicia, grito que él mismo se sintió débil para omitirlo en su carta. Estoy seguro que él me escribió obedeciendo como un abúlico a ese horrible grito; fue tan intenso, tan grande, que a través de las disculpas del criminal, a pesar de todos sus esfuerzos por atenuarlo, aún lo he sentido en toda su desgracia, con todo su insoportable dolor. Pero entre la justicia y él, no he dudado; preferí a Silvestre y me callé porque en su tragedia hay un salvajismo que atropella e impone silencio. No sólo, pues, fue mi promesa solemne; tras del juramento que hice, estuvo siempre la autoridad de él, la influencia impositiva de su salvajismo.
       Pero hoy quiero declarar y salvarme. Voy a descubriros la carta de Silvestre, es preferible que ustedes oigan esa historia tal cual la recibí; la rapidez y pasión con que está escrita, no podría yo reemplazarlas con ninguna otra cualidad literaria, que borrándole su demasiado tono sanguinario y su franqueza la hiciera igualmente interesante.


       Hermano:
       Fue a eso de las once y media de la noche. Había llovido y hacía frío. La calle estaba sembrada de charcos y tenía que caminar saltando los pozos de agua. Como siempre, a esa hora el pueblo estaba en silencio. A pesar de la neblina había un poco de claridad y podían distinguirse las puertas de las casas. Es que era luna llena.
       Iba a llegar al final de la cuadra, pero me detuve: oí que en la esquina alguien pronunciaba mi nombre.
       Eran dos comuneros los que hablaban; yo no los distinguía, pero comprendí que conversaban sentados en el corredor de la cárcel, mirando hacia la plaza. Estaba a pocos metros de ellos y oía muy bien sus voces:
       —¿Don Silvestre? ¡Ah, caraya! [exclamación más suave que caracho o carajo] Es sonso como los novillos.
       Era Tomascha el que me insultaba, el amansador de mis potros.
       —No digas, Tomascha. Don Silvestre es buen patrón.
       —Yo no digo; pero don Silvestre cree que ha sido él solito.
       —¿Acaso?
       —¡Mentira! Él, como los animales, la ha conocido en los retamales de Sullkaray y ahora también se ven en los corrales no más, o en la cueva de Santa Bárbara.
       —¡Claro, pues! Los mistis con las blancas hacen eso.
       —¡Ja, ja, ja! ¿Y yo? ¡Buen mak’ta! Yo entré en su mediagua. Como gente, en el blanco de su cama, bajo el azul de su cortinita. Yo, Tomascha, pobre amansador de potrancas y padrillos, indio de la pampa de Koñani. ¡Ja, ja, ja! Primero he sido yo, antes que el patrón don Silvestre, principal de San Juan. ¿Qué dices, Camilo?
       Yo no grité, ni siquiera salté a la plaza y le impuse silencio al cholo. Una felicidad venenosa recorría todo mi cuerpo; era el grandioso placer de la rabia.
       —¡Tú no sabes, Camilo! Ahora ya me puedo morir. Después de estar con esa niña, ¿qué más hay para mí en la vida?
       —¡Tomascha!
       El miedo le impidió moverse al indio.
       —¡Tomascha! Por delante, a mi casa. Tú, Camilo, vete. No has oído nada de la niña. ¿Entiendes?
       Los indios me obedecen siempre como esclavos. El amansador saltó del corredor a la plaza; Camilo, a la calle por donde había venido yo.
       —¡Camilo!
       El cholo sacó la cabeza por el ángulo de la pared.
       —No has oído nada de la niña. Callado como la tierra hasta tu muerte. ¿Entiendes?
       —Sí, papay [Padre mío].
       —¡Vete!
       —Nosotros, a mi tienda, Tomascha.
       La fachada de la iglesia se distinguía a través de la neblina; la ventana grande del coro se veía negra. El eucalipto del centro de la plaza estaba como dormido, parecía un indio emponchado defendiéndose del frío. Los romazales tendidos en la pampa también eran negros, como el corazón de ella.
       Marchábamos despacio. Yo iba pisando la sombra de Tomascha. Poco a poco, a cada paso, sentía que me transformaba, que me convertía en hiena o en tigre, que me hacía feroz. Tú no sabes lo dichosa que debe ser la fiera si tiene conciencia de su alma sanguinaria; yo lo aprendí aquella noche, mientras caminaba tras de Tomascha. Sólo sentía cierto temor al ir comprendiendo que tan dichoso puede ser el hombre por el amor como por la rabia. ¡Qué valiente es mi corazón, hermano! Temblaba de felicidad cuando ella me ofrecía su vida, su cuerpo, y esa noche se estremeció de satisfacción cuando pensé en su castigo, y en su sangre.
       Llegamos a la puerta de mi tienda; tú recuerdas que se abre a la calle. El indio parecía sereno, ya no había miedo en su rostro.
       Abrí la puerta. El amansador, sin esperar que le ordenase, entró tranquilamente a la tienda; yo lo seguí. Mi catre está tras de los andamios. Prendí mi lámpara de kerosene y nos vimos otra vez la cara: la mirada del indio seguía impasible.
       —Toma asiento, mak’ta. En la silla, como gente.
       —Yo hombre, tú hombre, Tomascha. Esa mujer ha sido de los dos. La verdad no más para tu patrón.
       Yo me puse frente a él, sentado en la cama. La lámpara nos alumbraba un lado de la cara.
       Con las manos sobre la rodilla, serio y casi triste, el cholo me contó la primera rendición de ella:
       —Don Silvestre, ya sabes: La suerte, pues ha querido; Dios mismo seguro ha querido; fue en la cosecha de maíz, patrón: ese día don Constantino y doña Eloísa durmieron en la era de Utek’pampa. Al atardecer, cuando el Inti amarilleaba en la cabeza del tayta Chitulla, yo aparejé mis burros para cargar el maíz al pueblo; sesenta sacos fue la cosecha. Ayudado del mak’tillo Vicente terminé de cargar al empezar la noche. Salimos de la era cuando los chiwacos acababan sus rezos sobre los retamales. Arreando y gritoneando a los burros subimos la cuesta de Sullu-puquio. Como ahora, llovió en la noche y el agua me entró hasta la carne. Apurando, apurando, llegamos al pueblo bien entrada ya la noche. Los concertados se habían ido a sus casas y Donatacha no más nos abrió el zaguán. Largo rato tardamos para descargar a los burros. Los costales de maíz los amontonamos unos sobre otros en el corredor. Después mandé a Vicenticha con los burros. Nadie había en la casa; la cocinera y Donatacha estaban roncando en la cocina, la pasña se metió en la cama mientras descargábamos a los burros. En la mediagua, la niña tenía su luz prendida. Cuando estaba descansando tirado sobre una jerga, la niña me llamó; miedoso empujé la puerta de su cuarto y entré. La niña estaba sentada sobre su cama, con un librito en las manos.
       —Sube ese baúl sobre la silla —me dijo.
       Callado no más obedecí.
       De regreso, al pasar por el lado de la patrona, mi brazo le tocó en la cadera. Su cuarto es, pues, chiquito; entre su catre y la pared un solo hombre puede pasar y la niña estaba parada junto a su cama.
       —¡Tomascha! —me dijo—. ¡Tomascha! ¡Pareces ak’chi [gavilán]!
       De verdad, patrón, en el ojo de la niña estaba el cariño para mí, su carita blanca como la flor de sanky, se reía; clarito oí el cansancio de su corazón. De otro modo me miró; entonces como el de ella, la sangre se alborotó en mi cuerpo. Soy, pues, hombre, como tú, don Silvestre.
       —¡Niñacha! ¡Por ti voy a morir! ¡Como al Inti, como a Chulla-pampa te quiero!
       Eso le dije, patrón… y me quedé en su mediagua.
       A pesar de la pasión con que hablaba, el semblante del indio no se modificó; siguió siendo tranquilo, casi indiferente. Pero al final me miró de frente, con expresión atrevida, algo torpe.
       —¿Acaso, don Silvestre? ¡Ni yo, ni la niña, Satanás tiene la culpa!
       Se paró; su cabeza se puso a la altura de la lámpara y la luz aclaró su rostro. Hasta esa noche no lo había notado: Tomascha era casi hermoso, su cara de gavilán era enérgica; tenía un cerquillo en la frente, como los potros cerriles de las pampas. Sus ojos hundidos eran casi iguales a los de los gavilanes andinos, tenían esa expresión; parecían estar mirando siempre muy lejos y eran claros y profundos. Además, Tomascha era musculoso, tenía las espaldas anchas, como todos los indios de K’oñani.
       —Sí, Tomascha, Satanás es ella. Yo hombre, tú hombre; callado como la tierra hasta tu muerte ¿juras?
       —Sí, patrón.
       —No soy ahora don Silvestre, hombre como tú soy, habla de tu voluntad.
       —Juro, don Silvestre.
       —¿Desde tu adentro me respetas, Tomascha?
       —De verdad te quiero, don Silvestre, porque eres buen principal y haces respetar a los indios contra los mistis abusivos de Puquio.
       —Hasta mañana, Tomascha.
       —Hasta mañana, patrón. Nos apretamos las manos, de igual a igual.
       El indio se fue, con su andar lento y pesado, hacia el centro de la plaza. Daba pasos largos y se mecía al caminar.
       La neblina había subido al cielo; extendida en el espacio era más tenue y dejaba pasar fácilmente a los rayos de la luna. El blanqueo de las paredes se distinguía muy bien en los corredores de la plaza. Tomascha se hacía más pequeño a cada paso, se perdió un momento en la sombra del eucalipto y volvió a aparecer más lejos, como un punto negro; y le seguía con la mirada. Cuando desapareció en la esquina sentí como si algo me faltase, se desprendió de mi cuerpo una especie de alegría, de felicidad pesada e intensa. Me había acostumbrado a verlo; entre él y yo se había establecido una corriente extraña que mantuvo la tensión de mi conciencia; al perderse él en la esquina opuesta, sentí como si se rompiera mi equilibrio. Estuve largo rato parado en la esquina de mi tienda, sentía placer en la inmovilidad; pero el frío me obligó a retirarme.
       Cuando me examiné con calma encontré en mi interior una sola realidad, una sola pasión grande y fuerte: la rabia.
       Eran las tres de la mañana; los gallos del pueblo se contestaban de lejos a lejos, con voz sonora; parecían innumerables; cada uno cantaba varias veces, con ese grito largo de los gallos serranos. Yo les oía con atención abstraída. Al poco rato me sentí pendiente de esos cantos nocturnos; desaparecieron lentamente todas mis ideas, todo el bullir de mi rabia; y ya no había en mi interior sino el repercutir del grito placentero de los gallos. Pero también ellos empezaron a guardar silencio; unos tras otros, volvieron a quedarse dormidos. Y en el silencio absoluto, otra vez sentí como si se rompiera mi equilibrio, la tensión que suprimió la voz de mi conciencia. Inmóvil sobre mi cama, durante dos horas fui víctima de la expresión odiosa de dos rostros: ella y Tomascha. Los ojos de ambos vertieron sobre mi alma un chorro continuo de sangre.
       Al amanecer, cuando los chiwacos y las tuyas cantaron sobre los saúcos del cementerio, sentí como un peso en el pecho; mi corazón estaba inmenso de rabia.

       El día empezó con un cielo claro. En las faldas de los cerros se veían nubes blancas en reposo. En Santa Bárbara, sobre los tayales y las ortigas verdes, los pájaros silbaban alegres. Los chanchos mostrencos hociqueaban en los romazales de la plaza. El pueblo, silencioso y humilde, me pareció, más que nunca, un disparate.
       —¡Ramoncha!
       El cholillo corrió desde el zaguán.
       —Ensilla mi caballo.
       Yo estaba en la esquina de mi casa.
       —¡Esta mañana! El día está bueno —exclamé, cuando Ramoncha se dirigió al patio para obedecerme.
       De la tierra húmeda se elevaba un vapor blanco.
       La quebrada del Credo. ¿Recuerdas? El camino se ve de lejos como una línea angular sobre el barranco amarillo. El arroyo corre por el fondo de la quebrada, blanquisco y gritón; de salto en salto se precipita hasta llegar al río grande que avanza, entre los cerros, y se pierde, encajonándose muy lejos, en el corazón de la cordillera. Yo escogí el barranco del Credo para el castigo de ella.
       Eran las doce del día y ya debía estar cerca. El viejo Constantino estaba enfermo y ella fue a ver sus maizales de Chulla-pampa en reemplazo de su padre. Yo y el tordillo cerrábamos el camino por donde era más angosto. Las flores de los sankys enanos del barranco parecían más sanguinolentos a esa hora, en que el sol quemaba el campo e imponía silencio sobre los sembríos. El tordillo dormitaba, vencido por el calor; sólo yo vigilaba el camino, con la cara vuelta hacia el bosque del frente, donde empieza la quebrada. No tenía inquietud, ni sentía miedo, esperaba casi tranquilo.
       Mi rabia había llegado a nivelarse con mi resolución de matarla; si crecía, era colmado inmediatamente con la proximidad cada vez más inminente de la “hora”. Era por eso que en cada minuto me sentía pasionalmente más grande, más alto, más feroz, sin perder mi equilibrio.
       Por encima de los molles que dan sombra al camino en la entrada del Credo, vi avanzar la cabeza de ella; el potro negro que le regalé yo, mi gran potro negro, domado por Tomascha, estiró el cuello y relinchó, reconociendo al tordillo, su hermano de tropa.
       Me estremecí. Era ella que entraba a la quebrada, a su tumba. El corazón me sacudió, como antes, cuando la vi llegar a los retamales de Sullkaray, donde la esperé para gozar de su vida. ¡Qué misterio es el corazón, hermano! Empecé a temblar a pesar de mi valentía. Vi amarillo, todo amarillo, como la tierra del barranco. La tempestad, azuzada durante diez horas, engrandecida en su escondite, apretada en la oscuridad del corazón, me sacudió a la vista de ella, hasta tumbarme. Se oscurecieron mis ojos; una película negra, danzante, cubrió la claridad del cielo, y caí de espaldas sobre el camino.
       Al despertar me encontré en las faldas de ella; mi cabeza reposaba sobre sus muslos y mis ojos se encontraron muy cerca de sus senos que se movían, golpeados por el corazón. El tordillo y el negro nos miraban; parados al filo del barranco, parecían defenderla de la muerte.
       —¡Silve! ¡Qué pálido estás! —me dijo.
       Sus ojos pardos, como hojas de k’eru, me alumbraban con luz clara y dulce; pero su mirada no llegó hasta el fondo de mi conciencia, porque no pude perdonarla.
       —Habla, Silve. ¿Por qué desmayaste?
       —¡Tomascha! ¡Tiene ojos de ak’chi y frente de potro cerril! ¿No es cierto? ¡Parece que siempre estuvieran hundiéndose en la lejanía sus ojos de ak’chi! ¡Tomascha! ¡Indio!
       Salté hasta espantar a los caballos. Ella se quedó ahí, aplastada en el suelo. Yo temblé otra vez; la furia de la rabia me vencía, a pesar de que ya estaba en mis manos, de que iba a morir. La “hora” y mi ferocidad habían crecido tanto, que perdía el dominio y parecía que iba a lanzarlo sobre mí, porque el abismo estaba en mi delante, llamándome con su lengua amarilla.
       —¡Perdón, Silve! ¡Soy inocente!
       Me reí, grité a carcajadas. Los caballos huyeron al oír mi risa.
       —¡Inocente! ¡Inocente!
       Arranqué el puñal de mi cinturón y me acerqué a ella con pasos lentos y firmes. Ella se arrastró de espaldas sobre la roca, hacia atrás. Sus ojos parecían dominados por el filo de mi cuchillo, no me miraban ya, seguían el puñal como imantados. Di un paso largo y pisé un extremo de su falda. Cuando sintió que ya no podía moverse, que iba a morir, se arrodilló otra vez y me dijo, con esa voz absurda de los condenados:
       —¡No, Silve! ¡Soy mujer! ¡Perdón!
       Pero en vez de conmoverme, su voz me enardeció más. Sentí en mi brazo el verdadero impulso de la muerte, me curvé con violencia y clavé mi cuchillo en su pecho, sobre el corazón. Al mismo tiempo gritó ella:
       —¡Asesino! ¡Justicia!
       Su sangre saltó en un chorro grueso sobre el barranco. Ella se tambaleó unos segundos en el filo del camino, y rodó después al fondo de la quebrada.
       Cuando desapareció ella y me encontré sólo, con un puñal enrojecido en la mano, temblé por tercera vez; pero entonces sentí espanto. No oí ninguna voz en mi interior, ninguna idea que me dirigiese, que me salvase: un vacío atroz en el corazón y en el cerebro. La nada, frente a ese barranco que me llamaba; la nada, como resultado de una caída horrible desde lo alto de un torbellino de rabia. Y después ya no fui más que la encarnación de un solo sentimiento invencible: el espanto.
       Miré con pavor a un lado y otro del camino. Nadie. El sol grandioso del mediodía seguía imponiendo silencio en el campo. Las flores del sanky enano reían sangre, sangre humana, roja y vengativa.
       Me eché a correr, huyendo de la quebrada, con dirección a los maizales.
       Algo, algo, se rompía en el interior de mi conciencia. De repente, sentí lágrimas sobre mi cara: lloraba.
       El tordillo y el potro miraban un alfalfar, estirando el cuello por encima del muro. Salté sobre el caballo y lo hice galopar sobre la pampa del Utek’: las flores de los retamales pasaban por delante de mis ojos como un mar amarillo; los sauces que bordean la cequia grande, corrían hacia atrás, como un releje verde y alto.
       Tenía miedo, un miedo furioso e indomable.
       El potro negro me seguía, galopaba a mi derecha; le crucé a látigos la cabeza, le grité; no, no obedecía, galopaba con furia; su cerquillo era batido por el viento y la crin del cuello se sacudía como una bandera negra.
       —¡Eh, potro, potro! ¡Maldito!
       Era imposible, me hubiera seguido hasta los infiernos. En el callejón de Rollo, atropelló a un indio. La presencia brusca de un hombre me devolvió el sentido. Del espanto volví a la realidad. Tiré de las riendas con fuerza; vencido por la carrera, el tordillo dio varios saltos antes de pararse.
       —¡Camilo!
       —Casi me has matado, don Silvestre.
       Su voz humilde, obediente, me hizo recordar la autoridad de don Silvestre, principal del pueblo.
       —¡Camilo! ¡Sácala! ¡El potro la ha tumbado en el Credo!
       —¿El potro, taytay?
       —¡El potro! ¡Indio!
       —¡Jesús! ¡Don Silvestre! ¡Ha muerto, entonces!
       —Anda, Camilo; sácala. Si tiene herida en el pecho, dirás que un palo de molle le había entrado hasta el corazón. ¿Entiendes?
       —¿Herida, patrón?
       —Sí, en el pecho. Monta en el potro. Tú solo, Camilo. La traerás hasta el pueblo. Dirás que has visto corcovear al potro en el peligro. Te daré una chacra y dos novillos. Camilo, vas a hacer favor a tu patrón, nunca dirás a nadie que me viste corriéndome del Credo, perseguido por el potro negro. No contestes. ¡Anda!
       La última palabra salió ronca de mi cuello; grité con tono de mando.
       El indio obedeció, saltó al potro, y se lanzó a galope por el callejón. Cuando lo vi, ya lejos, comprendí que me había salvado.
       ¿Dios o Satanás me mandó a Camilo?
       Subí paso a paso la cuesta de Sullu-puquio.
       De los nevados del frente —Chitulla, Ventanilla— se levantaban nubes negras de aguacero; el trueno y el relámpago amenazaban. El cielo oscureció rápidamente, y los campos lejanos se entoldaron de un azul sombrío. Ya no tenía miedo, ni me sacudía ninguna pasión fuerte. Parecía un enfermo, atontado y tembloroso.
       —¡Tomascha! —le dije, cuando lo encontré parado en la esquina de la plaza.
       El indio tembló.
       —Sígueme, Tomascha. Por delante, a mi cuarto.
       Estábamos como aquella noche: mirándonos frente a frente en el interior de mi tienda, tras de los andamios; él sentado en la silla, y yo sobre mi catre. Sus ojos de gavilán no decían nada.
       —¡Vete de aquí, Tomascha! El tordillo está ensillado en el patio; mi apero, mi pellón, llévatelos. En este sobre hay doscientos soles, para que negocies. A Huamanga, Cuzco, Arequipa o Tarma. Pero no regreses. Vete para siempre, ak’chi. ¡Ahora mismo! Aquí te puedo matar, Tomascha.
       El indio se puso de pie; parecía triste.
       —Boyno, patrón. Morir no importa. Yo no tengo padre, mujer, ni hermana; a ti no más te obedezco. Pero tu plata no quiero. ¡Adiós, don Silvestre! Una libra está bien.
       Puso el sobre en la mesa y me tendió la mano.
       —¡Nada, nada! ¡Lárgate! Y no voltees la cabeza hasta diez leguas.
       El amansador tiró la puerta con fuerza y el andamio tembló.
       Al poco rato sentí el golpe de los herrajes de mi tordillo sobre el empedrado.
       Se llevó mi mujer y mi caballo.
       Hermano: todo ha pasado. En el pueblo lloraron por ella. Las mujeres regaron flores de k’antu, de dalia y retama en el camino del panteón. Yo mismo fui por delante del ataúd; casi sereno atravesé los trigales de don Eustaquio guiando a las cholas que gemían y a los indios pálidos de tristeza, porque ella fue buena con la gente del pueblo. Recuerdo que entonces creí ser hombre perdido para el más allá. Pero soy hombre de sierra y tengo alma de mestizo. Hijo de gamonales que tuvieron corazón de piedra, después de haber aprobado todos mis actos, he vuelto con indiferencia mis espaldas al pasado y he dicho:
       —Está bien.
       Ahora, hermano, ponte de pie y jura callar como la tierra.

Silvestre

      Y yo le prometí solemnemente.



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