José María Arguedas
(Andahuaylas, Perú 1911 - Lima, 1969)

La huerta (1967)
Amor mundo
[Carátula: Fernando de Szyslo]
(Montevideo: Arca, 1967, 136 págs.);
Amor mundo y todos los cuentos
(Lima: Francisco Moncloa Editores S.A., 1967, 207 págs.);
Relatos completos
[compilación de Jorge Lafforgue]
(Buenos Aires: Editorial Losada, 1975, 237 págs.)



      —La mujer sufre. Con lo que le hace el hombre, pues, sufre.
       —¿Con qué dices, de lo que el hombre le hace?
       —De noche, en la cama. O en cualquier parte sucia.
       —Eres criatura. Ella goza más que el hombre. Más goza, por eso acepta también quedarse con el hijo sin que el hombre le ayude en nada. Con eso sí sufre, buscando comida para el hijo. Porque siempre la mujer pobre acepta no más que le hagan hijo, porque goza.
       —¡No goza! —gritó Santiago al oído de Ambrosio, el guitarrista—. ¡No goza! Y siendo más que el corazón, teniendo esos ojitos que son mejor que la estrella, mejor que la paloma, mejor que todo. ¿Has conocido a la hija del hacendado de Quebrada Honda?
       —Sí. Es la más linda de estos pueblos. Su padre la tiene como encerrada en esa cárcel de indios que es la hacienda. Los indios pueden irse, escapando o de puro valientes, si son valientes. Ella, la pobre Hercilia, espera no más. Es linda. Pero ¿por qué dices que la mujer es más que el corazón y que es mejor que estrella? A veces son como patada de burro de feas y mejor que Lucifer de malas.
       —¡No son malas, entiende! Si no fuera por ellas, ¿tú tocarías la guitarra? ¿Harías llorar a los cerros con lo triste de tu guitarra? La mujer es, pues, triste.
       —¡Zorro! Hercilia hace años que espera que alguien le “haga el favor”. Yo se lo hice una vez. ¡Sí se lo hice! Y no era ángel, era una yegua retorciéndose de felicidad. Casi me destronca. Corrí peligro de muerte para conseguirla. Me vine de noche por los túneles del camino. Me puse a cantar a la salida del último socavón. Me duraba todavía en la boca la mordedura de los dientes de la hembra. Ese dolorcito es rico…
       Santiago escapó. Ambrosio vio que el rostro del muchacho cambiaba como cuando el cielo se enfurece de repente en los Andes. Se levantan nubes entre rojas y oscuras; aparecen no se sabe dónde, siempre por la espalda de las montañas más altas, y empieza a llover el mundo o, simplemente, las nubes se quedan en el cielo, moviéndose, inquietando a la gente y a los animales.
       “Es loquito, de razón. Criado por ese hombre. Vio a Hercilia hace… tres años… Y no es cierto que yo le hice nada a ella. Le hizo el otro guitarrista, el de San Pedro. Está preñada ahora, y se va a escapar con el guitarrista de San Pedro. Y va a heredar o lo van a matar…”.
       Vio a Santiago correr calle abajo, hacia el cementerio nuevo, es decir, al cementerio de los tiempos actuales, porque el de la época que dicen de los españoles era un campo cercado que rodeaba a la iglesia. Y allí estaban esos dos eucaliptos.
       El muchacho escaló el muro de una huerta de hortalizas y de capulíes que pertenecía a un viejo hacendado borracho. Los niños habían clavado estacas para escalar el muro y robar capulíes en el tiempo de la fruta. El viejo hacendado permitía que robaran la fruta de noche pero no de día. Las estacas no fueron rotas ni desclavadas; un guardián vigilaba la huerta durante el día. Vigilaba a los niños y espantaba a gritos y cantos a los pájaros. Rodeaban la huerta árboles de sauce frondosos; zumbaban con el viento o servían de reposo a los pájaros del pueblo. Un sauce, uno solo había que tenía las ramas hacia el suelo. Le llamaban “llorón” y parecía una mujer rendida, con la cabellera como chorros de lágrimas.
       Santiago se echó bajo el sauce. El suelo estaba cubierto de pequeñas hojas amarillas y rojizas.
       “Ambrosio animal, Ambrosio chancho que persigue chanchas, que hace chorrear suciedad a las chanchas, montándolas. Ambrosio Anticristo. ¿Cómo te sale música triste de tu dedo si eres bestia?”.
       Contuvo el ansia de seguir insultando. Su pecho le caldeaba la respiración. “La mujer es más que el cielo; llora como el cielo, como el cielo alumbra… No sirve la tierra para ella. Sufre”.
       Había rondado la casa de doña Gudelia todo el día siguiente en que la señora se quitó el monillo en el horno viejo. La había llegado a seguir un rato cuando ella subió por el camino cascajiento que conducía al manantial de donde el pueblo sacaba el agua para beber. Le extrañó que no cojeara, que no gimiera mientras andaba. Pero sus ojos, hundidos cada día entre negrura, se volvieron hacia él. Como siempre, parecían alcanzar distancias que nadie conoce, pero no tenían el filo de antes. “¿Tú también vas por agüita?”, le dijo la señora, a pesar de que Santiago no llevaba ningún cántaro. No era del pueblo ella; su marido, vecino pobre y algo enfermizo, la había traído de Parinacochas, una provincia lejana. Su fama de buenamoza se extendió por los distritos próximos. Hablaban de sus ojeras que, en lugar de disimular la negrura de los ojos de la señora, la hacían más candente. Miraba, como algunas aves carnívoras prisioneras, lejos, pero con intención y no en forma neutra como las aves. Esa intención, seguramente, tocó el alma sucia de don Guadalupe, dueño del horno viejo, amo putativo de Santiago. “No voy por agua, señora”, contestó el muchacho en el camino del manantial, entonces doña Gudelia le preguntó: “Hijito: ¿mi cara está pálida?”. “Sí, señora. Está flaca también”. “¡Adiós, criatura! Si no vas por agua, regrésate. Estoy flaca… ¡maldecida!”.
       “¡Maldecida, no; abusada, pateada, emborrachada. Sólo el hombre asqueroso patea el cielo, también lo emborracha, alcanza con su mano embarrada al ángel… a la niña… a la señora… a la flor…!”. Bajo las ramas del sauce hablaba en voz alta el muchacho, recordando la última queja de doña Gudelia.
       Sintió pasos. Era la gorda Marcelina, lavandera del viejo hacendado; ella se acercaba al árbol, porque había visto a Santiago. No se sabe desde qué hora estaría en la huerta o desde qué tiempo. Avanzó hasta meterse en la sombra del sauce llorón; se levantó la pollera, se puso en cuclillas.
       —Voy a orinar para ti, pues —dijo mirando al muchacho. En su boca verdosa, teñida por el zumo de la coca, apareció algo como una mezcla de sonrisa y de ímpetu—. ¡Ven, ven pues! —volvió a decir, mostrando su parte vergonzosa al chico, que ya se había levantado.
       Él fue, apartando con la mano una rama fresca que le estaba cayendo de la cabeza hacia la espalda; avanzó rápido. Era el mediodía, manchas de jilgueros llegaban a la huerta para reposar y cantar en los sauces.
       La gorda Marcelina lo apretó duro, un buen rato. Luego lo echó con violencia.
       —Corrompido muchacho. Ya sabes —dijo.
       Su cuerpo deforme, su cara rojiza, se hizo enorme ante los ojos de Santiago. Y sintió que todo hedía. La sombra de los sauces, las hojas tristes del árbol que parecía llorar por todas sus ramas. El alto cielo tenía color de hediondez. No quiso mirar al Arayá, la montaña que presidía todo ese universo de cumbres y precipicios, de ríos cristalinos. Escaló el muro, tranquilo. Fue corriendo hacia el arroyo que circundaba al pueblo.
       No pudo lavarse. Se restregaba la mano y la cara con la brillante arena del remanso; alzaba las piedras más transparentes desde el fondo del pequeño remanso y se frotaba con ellas. Esas piedras recibían el viento, el ojo de los pájaros, la nieve más alta del Arayá, el río grande, la flor de k’antu que sangra de alegría en la época de más calor. Pero el muchacho seguía recordando feo la parte vergonzosa de la mujer gorda; el mal olor continuaba cubriendo el mundo.
       Entonces decidió marchar al Arayá.
       Del Arayá nacía el amanecer; en el Arayá se detenía la luz, siempre, durante el crepúsculo, así estuviera nublado el cielo. Ese resplandor que ya salía de la nieve misma y de las puntas negras de roca, ese resplandor, pues, llegaba a lo profundo. No quemaba como el sol mismo la superficie de las cosas, no transmitía, seguro, mucha fuerza, mucha ardencia, pero llegaba a lo interno mismo del color de todo lo que hay; a la flor su pensamiento, al hombre su tranquilidad de saber que puede traspasar los cerros, hasta el mismo Arayá; al muchacho, a él, a Santiaguito, saber que la mujer sufre, que ese pensamiento hace que la mujer sea más que la estrella y como la flor amarilla, suave, del sunchu que se desmaya si el dedo pellejudo del hombre sucio la toca. Al Arayá, únicamente los hacendados que habían hecho flagelar a la gente no lo entendían. Así era. Y el muchacho necesitaba tres horas de andar para acercarse hasta las nieves del poderoso: en ese momento el sol ya no estaría en el cielo.
       Veía desde el camino las puntas de las rocas que saltaban del hielo del Arayá como agujas; las miraba cada vez más cerca y se estaba tranquilizando. La boca verde de la lavandera, borracha como su patrón, empezaba a difuminarse en esa oscuridad maciza que volaba en las agujas de la roca del Arayá…
       —Hijito…, estarás cansado. Te hago regresar en el anca de mi caballo —le dijo el cura. Se encontraron en un recodo de la gran cuesta.
       —Quiero confesarme, padre —le dijo el muchacho.
       —Sí, claro. Aquí no se puede, tiene que ser en la iglesia. Llegaremos de nochecita. Te haré entrar, pues, a la sacristía.
       —Quiero confesarme delante del Arayá, padre.
       —¿Delante del Arayá? ¿Eres hijo de brujo? ¿Estás maldecido?
       —Capaz estoy maldecido. ¡Me han malogrado, creo!
       —¡El Arayá te habrá maldecido! —dijo el cura con impaciencia.
       —El horno viejo, padre. La gorda Marcelina. Lo que han rezado dos señoras, delante de mí, a la Virgen, a Nuestro Señor Jesucristo.
       El cura desmontó del caballo.
       —Confiésate —le dijo—. ¡Este cerro que tiene culebras grandes en su interior, que dicen que tiene toros que echan fuego por su boca…! ¿Qué tienen que hacer las santas oraciones con tu maldición? ¡Confiésate de rodillas! ¿Has fornicado con la Marcelina?
       No se arrodilló. Estuvo mirando al sacerdote. Unos vellos rojizos, como los que había visto que temblaban en el rostro de la gorda Marcelina, aparecieron clarísimos en la frente del cura, debajo mismo del borde del sombrero. Pero estos vellos jugaban, no estaban separados uno a uno, feos como en la cara de la borracha.
       —¿Qué cosa es fornicar, padre?
       El cura miró detenidamente al muchacho.
       —No te arrodilles, hijo… ¿Te ha…?
       —Sí, padre, así mismo ha sido. Estoy apestado; estoy sucio…
       —Más de lo que crees, de cuerpo y alma. Esa chola está enferma. ¿Oyes? Está enferma. Yo te lo digo. Por eso nadie quiere con ella. Esos gendarmes que vinieron a buscar indios cuatreros, la agarraron a ella.
       —¡El Arayá me va a limpiar, seguro! Me voy, me voy. Deme su bendición, padrecito —rogó el chico.
       —Sí, cómo no; contra las serpientes del cerro, no contra tu cuerpo sucio: “En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo…”.
       Tarde se dio cuenta el sacerdote de que le había dado la bendición en quechua: “Dios Yaya, Dios Churi, Dios Espíritu Santo…”.
       Santiago continuó subiendo el cerro.
       —Tú también sufres. ¿De qué estarás enferma, pobrecita, triste Marcelina? —se preguntó, mientras la luz del sol se enfriaba en la quebrada.

       Pudo ver la nieve cuando su color rojizo se debilitaba. Porque la cima del Arayá cambiaba tanto como la gran zona del cielo en que el sol desaparecía. Allí la luz jugaba hondo; los hombres no podían reconocer bien los colores que ardían unos como consolando, otros como abriendo precipicios en el corazón mismo tanto de las criaturas cual de los viejos. ¿Cuántos y qué colores? Del negro al amarillo cegador, hasta hundirse en lo que llamamos tiniebla. Así también la nieve del Arayá.
       Santiago quedó tranquilo hablándole a la nieve: “Tú no más eres como yo quiero que todo sea en el alma mía, así como estás, padre Arayá, en este rato. Del color del ayrampo purito. ¡Ahora sí me regreso!”.
       Habló en castellano muy correcto. Y bajó a la carrera la cuesta. Ya tenía zapatos. Su nuevo protector le había comprado zapatos de mestizo, fuertes y bien duros. Levantaba polvo con ellos en el camino, seco en ese mes de agosto. Llegó de noche, silbando, al pueblo. Con él cantaban los gallos. Era la medianoche, seguramente. No sentía hambre ni sed. La voz de los gallos repercutía fuerte en todo su cuerpo.
       Pero a los pocos días regresó a la huerta, a la misma hora. Se echó bajo el mismo sauce, entre la cortina de las ramas que parecían cabelleras de lágrimas. La borracha Marcelina también vino, se alzó la pollera, orinó, llamó al muchacho. Santiago fue hacia ella, casi corriendo. Y se dejó apretar más fuerte y más largamente que la primera vez, se revolcó e, igual que entonces, fue ella quien lo arrojó, y se marchó luego de mirarlo como se mira a los huesos botados. Los vellos esparcidos no se movían con el aire en el rostro de la Marcelina. Parecían estacas. Y de allí brotaba la suciedad sin remedio, más que de otros sitios. De esa parte del cuerpo de la chola gorda.
       El muchacho estuvo mirando al sauce llorón largo rato. “Tú no eres como la Marcelina, tú eres como las otras o…”. Se levantó aturdido; escaló el muro y saltó después hacia la calle. Con el vientre todavía sacudido corrió hacia el pequeño río. La arena de las orillas reverberaba con la luz del sol; bajo la corriente muy lenta del agua, en el remanso, las piedras mostraban sus colores y el de las yerbas que se colgaban jugando sobre ellas. ¡Ahí estaba, pues, la hermosura limpia, la que la gente no podía conseguir para ella! Sin embargo el muchacho ya no se lavó. Le rendía el hedor que todo su cuerpo exhalaba. Al borde de un pequeño barranco, junto al río, descubrió un cúmulo de remilla y otras yerbas de olor fuerte, el chikchinpa, el k’opayso… Santiago arrancó las puntas de las ramas; bajó a la orilla del remanso y se frotó la cara con las yerbas ya mezcladas.
       —Ahora agüita —dijo.
       Pero no se lavó, como quiso, al agacharse a la corriente. Bebió del río. Y luego, ya más calmado, tomó el camino del Arayá.
       ¿Cuántas semanas, cuántos meses, cuántos años estuvo yendo de la huerta al Arayá? No se acordaba. En el camino maldecía, lloraba, prometía y juraba firmemente no revolcarse más sobre el cuerpo grasiento de la Marcelina. Pero la huerta se hacía, en ciertos instantes, más grande que todos los cielos, que los rayos y la lluvia juntos, que el padre Arayá; esa huerta con su sauce llorón, con ese hedor, con los orines de la borracha, más poderosa. Y cada vez le atacaba el anhelo de ir donde el padre Arayá, cuando los pelos de la Marcelina se erizaban y de allí brotaba algo como el asco del mundo. “Será que me sucede esto porque no soy indio verdadero; porque soy un hijo extraviado de la Iglesia, como el cura me dice, rabiando…”. Esas palabras, más o menos, repetía en el camino de ida.
       Y siempre encontraba luz rojiza, algo moribunda en la nieve de la montaña. Regresaba aliviado; creía reconocer mejor las cosas en la oscuridad; durante la marcha al Arayá, en toda la cuesta, las cosas se le confundían: las flores y las grandes piedras, las mariposas y los saltamontes que cruzaban el aire; el mal recuerdo, como brea, cubría feo, no para bien, las diferencias que felizmente existen sobre la tierra. A la vuelta, en la noche, cuando llegaba al pueblo, el canto de los gallos repercutía bajo su pecho, iluminaba la quebrada, ese abismo donde también el sol se enfurecía y enfriaba, en el mismo día.




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