José María Arguedas
(Andahuaylas, Perú 1911 - Lima, 1969)

Yawar fiesta (1941)
[Carátula de Alicia Bustamante]
(Lima: C. I. P., 1941, 156 págs.)



I.
Pueblo indio


      Entre alfalfares, chacras de trigo, de habas y cebada, sobre una lomada desigual, está el pueblo.
       Desde el abra de Sillanayok’ se ven tres riachuelos que corren, acercándose poco a poco, a medida que van llegando a la quebrada del río grande. Los riachuelos bajan de las punas corriendo por un cauce brusco, pero se tienden después en una pampa desigual donde hay hasta una lagunita; termina la pampa y el cauce de los ríos se quiebra otra vez y el agua va saltando de catarata en catarata hasta llegar al fondo de la quebrada.
       El pueblo se ve grande, sobre el cerro, siguiendo la lomada; los techos de teja suben desde la orilla de un riachuelo, donde crecen algunos eucaliptus, hasta la cumbre; en la cumbre se acaban, porque en el filo de la lomada está el jirón [cada cuadra de las calles de Lima, según nomenclatura colonial, llevaba su propio nombre; el conjunto de estas cuadras en línea recta, a mediados del siglo XIX, tomó el nombre de jirón; dicho uso se generalizó para todo el país; el jirón es urbano y de magnitud intermedia entre la avenida y la calle.] Bolívar, donde viven los vecinos principales, y allí los techos son blancos, de calamina. En las faldas del cerro, casi sin calles, entre chacras de cebada, con grandes corrales y patios donde se levantan yaretas y molles frondosos, las casas de los comuneros, los ayllus [barrio, comunidad indígena] de Puquio, se ven como pueblo indio. Pueblo indio, sobre la lomada, junto a un riachuelo.
       Desde el abra de Sillanayok’ se ven tres ayllus: Pichk’achuri, K’ayau, Chaupi.
       —¡Pueblo indio! —dicen los viajeros cuando llegan a esta cumbre y divisan Puquio. Unos hablan con desprecio; tiritan de frío en la cumbre los costeños, y hablan:
       —¡Pueblo indio!
       Pero en la costa no hay abras, ellos no conocen sus pueblos desde lejos. Apenas si en las carreteras los presienten, porque los caminos se hacen más anchos cuando la ciudad está cerca, o por la fachada de una hacienda próxima, por la alegría del corazón que conoce las distancias. ¡Ver a nuestro pueblo desde un abra, desde una cumbre donde hay saywas [montículo mágico] de piedra, y tocar en quena o charango, o en rondín, un huayno [canción indígena] de llegada! Ver a nuestro pueblo desde arriba, mirar su torre blanca de cal y canto, mirar el techo rojo de las casas, sobre la ladera, en la loma o en la quebrada, los techos donde brillan anchas rayas de cal; mirar en el cielo del pueblo, volando, a los killinchos y a los gavilanes negros, a veces al cóndor que tiende sus alas grandes en el viento; oír el canto de los gallos y el ladrido de los perros que cuidan los corrales. Y sentarse un rato en la cumbre para cantar de alegría. Eso no pueden hacer los que viven en los pueblos de la costa.

       Tres ayllus se ven desde Sillanayok’: Pichk’achuri, K’ayau, Chaupi. Tres torres, tres plazas, tres barrios indios. Los chaupis, de pretenciosos, techaron la capilla de su ayllu con calamina. Desde Sillanayok’ se ve la capilla de Chaupi, junto a una piedra grande, se ve brillante y larga, con su torre blanca y chata.
       —¡Atatao! [interjección de asco] —dicen los comuneros de los otros barrios—. Parece iglesia de misti.
       Pero los chaupis están orgullosos de su capilla.
       —Mejor que de misti —dicen ellos.
       Entrando por el camino de Sillanayok’, el pueblo empieza a las orillas del riachuelo Chullahora, ayllu de Pichk’achuri. No hay calles verdaderas en ningún sitio; los comuneros han levantado sus casas, según su interés, en cualquier parte, sobre la laderita, en buen sitio, con su corral cuadrado o redondo, pero con seña, para conocerla bien desde los cerros. Hacia afuera, una pared blanqueada, una puerta baja, una o dos ventanas, a veces un poyo pegado a la pared; por dentro, un corredor de pilares bajos que se apoyan sobre bases de piedra blanca; en un extremo del corredor una división de pared, para la cocina. Junto a la pared del corral, junto a la casa, o al centro del patio, un molle frondoso que hace sombra por las mañanas y en las tardes; sobre el molle suben las gallinas al mediodía y dormitan, espulgándose. El techo de la casa, siempre de teja, teja de los k’ollanas y k’ayaus; sobre el tejado rayas de cal, y en la cima, al medio, una cruz de acero. Así es el barrio de Pichk’achuri y K’ayau, del jirón Bolívar al río Chullahora. Llegando de la costa se entra al pueblo por estos ayllus.
       —¡Pueblo indio!

       Toda la ladera llena de casas y corrales; a ratos el viajero se encuentra con calles torcidas, anchas en un sitio, angostas en otro; la calle desaparece cortada por un canchón de habas o cebada y vuelve a aparecer más allá. El viajero sube la lomada, saltando de trecho en trecho acequias de agua orilladas por romazales y pasto verde. Ya junto a la cumbre de la lomada hay callecitas angostas, empedradas y con aceras de piedra blanca; tiendecitas, con mostradores montados sobre poyos de barro; y en los mostradores, botellas de cañazo, pilas de panes, monillos multicolores para indias, botones blancos de camisa, velas, jabones, a veces piezas de tocuyo y casinete. Es el sitio de los mestizos; ni comuneros ni principales, allí viven los chalos, las tiendas son de las mestizas que visten percala y se ponen sombrero de paja.
       Casi de repente, llegando a la cima de la lomada, se entra al jirón Bolívar.
       —¿Qué? —dicen los forasteros. Se sorprenden.
       Es, pues, la calle de los vecinos, de los principales. Calle larga, angosta, bien cuidada, con aceras de piedra pulida. El jirón Bolívar comienza en la plaza de armas, sigue derecho tres o cuatro cuadras, cae después de una quebrada ancha, y termina en la plaza del ayllu de Chaupi. En el remate del jirón Bolívar hay una pila grande de cuatro caños; después está la plaza del ayllu de Chaupi, la capilla de calamina. “Alberto”, estatua india de piedra alaymosca; Makulirumi, la gran piedra, seña del barrio; y más allá, en toda la pampa, el pueblo indio de Chaupi. De una esquina de la plaza de Chaupi comienza la Calle Derecha, es como prolongación del jirón Bolívar, pero la Calle Derecha es calle de los indios.
       Al otro lado del jirón Bolívar, en la otra ladera de la lomada, está el ayllu de K’ollana. K’ollana no se puede ver de Sillanayok’; la lomada lo oculta. Igual que Pichk’achuri, K’ollana termina en un riachuelo, Yallpu. El pueblo comienza y termina en riachuelos.
       El jirón Bolívar es la residencia de los principales; allí viven todo el año. En el jirón Bolívar están las casas de los vecinos; allí están las cantinas donde se emborrachan; allí está el billar, la botica; las tiendas de comercio.
       —¿Qué? —dicen los forasteros entrando al jirón Bolívar.
       Es, pues, para el gusto de los mistis. Las puertas son verdes, azules, amarillas; las casas son casi todas de dos pisos, con balcones de corredor que dan sombra a las aceras. Las calles son angostas; por las noches, los gatos, cuando se persiguen, saltan por lo alto, de techo a techo. Pero las calles son derechas, las que están en cuesta y en plano, todas son derechas; y la acequia que hay al medio de las calles está bien empedrada; de todos los zaguanes corren pequeños canales a esta acequia.
       La plaza de armas es también de los principales, más todavía que el jirón Bolívar. Pero la plaza de armas no está al centro del pueblo. En un extremo del jirón Bolívar está la plaza de Chaupi; en el otro, la plaza de armas; más allá de la plaza de armas, ya no hay pueblo. En la plaza de armas están las mejores casas de Puquio; allí viven las familias de mistis que tienen amistades en Lima —“extranguero” dicen los comuneros—, las niñas más vistosas y blanquitas; en la plaza de armas está la iglesia principal, con su torre mocha de piedra blanca; la subprefectura, el puesto de la Guardia Civil, el Juzgado de Primera Instancia, la Escuela Fiscal de Varones, la Municipalidad, la cárcel, el coso para encerrar a los “daños”; todas las autoridades que sirven a los vecinos principales; todas las casas, todas las gentes con que se hacen respetar, con que mandan.
       En el centro de la plaza hay una pila de cemento; y rodeando a la pila, un jardín redondo, con hierba, algunas flores amarillas y linaza verde. Frente a las gradas de la Municipalidad hay otra pila de agua.
       Más allá de la plaza de armas ya no hay pueblo, en la plaza remata el jirón Bolívar.
       Por eso, el jirón Bolívar es como culebra que parte en dos al pueblo: la plaza de armas es como cabeza de la culebra, allí están los dientes, los ojos, la cabeza, la lengua —cárcel, coso, subprefectura, juzgado—; el cuerpo de la culebra es el jirón Bolívar.
       Durante el día y por las noches, los principales viven en el jirón Bolívar; allí se buscan entre ellos, se pasean, se miran frente a frente, se enamoran, se emborrachan, se odian y pelean. En el jirón Bolívar gritan los vecinos cuando hay elecciones; allí andan en tropa echando ajos contra sus enemigos políticos; a veces rabian mucho y se patean en la calle, hasta arrancan las piedras del suelo y se rompen la cabeza. Cuando los jóvenes estrenan ropa, cuando están alegres, se pasean a caballo de largo a largo en el jirón Bolívar; con el cuerpo derecho, con la cabeza alta, tirando fuerte de las riendas y dando sentadas al caballo en cada esquina.
       Al jirón Bolívar también llegan primero los principales de los distritos. De canto a canto recorren el jirón, haciendo sonar sus roncadoras de plata, luciendo el zapateo de sus caballos costeños. Después de llevar algún regalo al subprefecto y al juez, los principales de los distritos se emborrachan con licores “finos” en el billar y en las tiendas de las niñas.
       En el billar se juntan los mistis por las noches; allí juegan casino, rocambor, siete y medio; conversan hasta medianoche; se emborrachan.
       En esa calle corretean, rabian y engordan los mistis, desde que nacen hasta que mueren.
       Puquio es pueblo nuevo para los mistis. Quizá hace trescientos años, quizá menos, llegaron a Puquio los mistis de otros pueblos donde negociaban en minas. Antes, Puquio entero era indio. En los cuatro ayllus puros indios no más vivían. Llegaban allí los mistis, de vez en vez, buscando peones para las minas, buscando provisiones y mujeres.
       Otros pueblos que hay cerca de Puquio están en cerros llenos de bocaminas; junto a los riachuelos que dan agua a esos pueblos, se derrumban ahora trapiches viejos; allí molían plata los antiguos. Esos pueblos tienen nombres de santos, sus calles son anchas; la plaza de armas, bien cuadrada, está al medio del pueblo; la iglesia es grande con puerta de arco; el altar mayor de las iglesias es, a veces, de madera tallada, y el dorado se ve todavía. En los cerros de Puquio no había minas; por eso los mistis llegaban de repente, hacían su fiesta con las indias, reclutaban gente, de grado o por fuerza, para las minas; y se volvían, hasta tiempo.
       Pero las minas se acabaron; el negocio del mineral ya no valía; entonces los mistis se repartieron por todos los pueblos indios de la provincia. Dejaron casi vacíos de señores a sus pueblos con nombres de santos. Ahora esos pueblitos se derrumban como los trapiches viejos; las calles se borran, las iglesias también se derrumban, los altares pierden su dorado, se cubren de polvo.
       Los más de los mistis cayeron sobre Puquio, porque era pueblo grande, con muchos indios para la servidumbre; con cuatro acequias de agua, una por ayllu, para regar las sementeras. Pueblo grande, en buen sitio.
       Los mistis fueron con su cura, con su Niño Dios “extranguero”, hicieron su plaza de armas en el canto del pueblo; mandaron hacer su iglesia, con puerta de arco y altar dorado; y de ahí, desde su plaza, como quien abre acequia, fueron levantando su calle, sin respetar la pertenencia de los ayllus.
       —¡Qué ni qué!
       Había que ir recto. Calle de mistis es siempre derecha.
       En poco tiempo, cuando ya había casas de balcones en el jirón Bolívar, cuando pudieron acomodar algunas calles, a un lado y a otro del jirón Bolívar, trasladaron la capital de la provincia a su nuevo pueblo.
       Y comenzó el despojo a los ayllus. Con el apoyo de las autoridades, los mistis empezaron por el barrio de K’ollana. K’ollana tenía buenas chacras de maíz, de cebada, de trigo. Los jueces y los notarios firmaron papeles de toda laya; eso era suficiente. Después de K’ollana, K’ayau. De esos barrios eran las tierras con más agua, y estaban junto al pueblo. Enseguida Chaupi y Pichk’achuri. Por eso ahora Chaupi y Pichk’achuri son más dueños. En otros tiempos era al revés.
       De tanto entrar a los despachos, de tanto corretear por causa de los papeles con que les quitaban las chacras, los puquios aprendieron a defender los pleitos, comprando a los jueces, a los escribanos y a los notarios. Cada ayllu se levantaba, entero, para defender a sus comuneros. Todos los domingos había cabildo en los ayllus; todos los domingos se juntaban los comuneros para tomar acuerdos. Y pusieron atajo a los despojos de la quebrada. Cuando los mistis ya eran dueños de casi todas las tierras de sembrío, cuando los k’ollanas y los k’ayaus habían quedado para jornaleros de los principales.
       Pero el agua no soltaron los ayllus.
       Igual que en otros tiempos, los varayok’s [envarado, alcalde indio] reparten los turnos de riego, cada cual en su ayllu.
       Por eso, al amanecer, los días de reparto, los mistis de Puquio entran a los ayllus a pedir agua para regar sus sementeras. Tiritando todavía con el frío, ocultando la quijada en las bufandas, los principales se entropan con los indios del barrio, y gritan levantando el brazo:
       —¡Don Gregorio! ¡Para mi maicito!
       En la madrugada, los abrigos negros, azules, los sombreros de paja, los sombreros “extrangueros” de paño, parecen ropa de forastero entre los ponchos puquios, verdes, rojos y amarillos, entre tanto lok’o [sombrero] color vicuña.
       A veces llega el sol a la cumbre de los cerros, y todavía el varayok’ repartidor está oyendo:
       —¡Para mi triguito de K’ellok’ello, para mi maizal de K’orek’ocha, para mi cebadal de Chullahora! ¡Don Gregorio!
       ¡Cuántas veces fueron los mistis al sitio de los repartos y llevaron, a fuete limpio, a los varayok’s alcaldes, y los encerraron en la cárcel! Pero mientras el varayok’ alcalde pujaba en la barra, los cuatro ayllus se revolvían; indios de K’ayau, de K’ollana, de Pichk’achuri, de Chaupi, andaban notificando a todas las casas. Desde Makulirumi tocaban corneta, wakawak’ras. Puquio quedaba tranquilo, silencioso, como en noche oscura.
       Reventaban su balita los mistis en todas las calles; en todas las calles se emborrachaban y amenazaban a los comuneros. Entraban a una casa, a otra; pateaban a las criaturas, sacaban sangre de la boca, de la nariz, de la frente de los indios.
       —¡No empurta!
       ¿Acaso misti sabe regar? ¿Acaso misti sabe levantar cerco? ¿Acaso misti sabe deshierbar los trigales? ¿Acaso misti arregla camino, hace tejas, adobes, degüella carnero? ¿Quién, pues, levantaría las tomas de agua, quién abriría las acequias, quién remendaría los relejes, quién arreglaría las compuertas, cuando los repuntes de enero y febrero, cuando las avenidas que bajan de todos los cerros tumbaran las acequias y llenaran de piedras, de champa y arena las tomas?
       —¡Jajayllas!
       Ni a bala, ni a zurriago, ni aun con los ruegos del taita (padre) vicario, los comuneros salían de los ayllus.
       —¡Mi ojo premero sacará! ¡Como killincho (cernícalo) ladrón, mi ojo premero comerá! ¡Cúmun yaku [agua comunal] jajayllas!
       Los puquios sabían eso.
       Entonces los mistis se humillaban primero. Lloraban de rabia en su conciencia, pero sacaban cañazo de todas las tiendas y rogaban con eso a los varayok’s, a los taitas. Iban a los ayllus, cada cual según su pertenencia, y entraban a las casas hablando en voz dulce, ofreciendo amistad.

       Los chalos [mestizos], según su interés, unas veces se juntan con los vecinos, otras veces con los ayllus. No viven en el jirón Bolívar, sus casas están en las callecitas que desembocan en la calle de los mistis. Pero ellos también, quieran o no, están clasificados por los vecinos según los ayllus. Son mestizos de Chaupi, k’ollanas, k’ayaus, pichk’achuris. Entre los chalos nombra el prefecto al teniente gobernador del ayllu.
       Por las noches, los mestizos se reúnen a la puerta del billar y de las cantinas, para ver lo que juegan y lo que toman los mistis. A veces entran a las tiendas, se paran apoyándose en la pared, para no estorbar, y miran.
       Cada vecino tiene tres o cuatro chalos de su confianza, y los mandan a cualquier parte, a veces de puro favor. En los días que llueve, los vecinos llaman en la calle a cualquier mestizo amigo de su casa y lo mandan por su abrigo, por su paraguas, cualquier mandato les ordenan. Entre ellos escogen los principales a sus mayordomos. A estos mestizos, que siguen como perros a los principales, los comuneros les llaman “k’anras”, y quizá no hay en el hablar indio palabra más sucia.
       Pero algunos mestizos son trabajadores; hacen negocio con los pueblos de la costa, llevando quesos, carneros, trigo, y trayendo cañazo de contrabando, velas, jabones.
       Muchos de estos mestizos hacen amistad con los ayllus y hablan a favor de los comuneros. En los ayllus les llaman don Norberto, don Leandro, don Aniceto…
       Les hablan con respeto. Pero en las fiestas bailan con ellos, de igual a igual; y cuando hay apuro, el mestizo amigo aconseja bien, defiende a los ayllus.
       Así es el vivir en el jirón Bolívar y en los barrios. Así entraron a Puquio los mistis forasteros.
       Pero cuando los puquios miran desde lo alto, desde Sillanayok’abra, desde la cumbre del taita Pedrork’o; cuando miran el jirón Bolívar, brillando como lomo de culebra entre el tejado de los ayllus, asqueando, dicen:
       —¡Atatauya, Bolívar calle!
       Cuando los indios miran y hablan de ese modo, en sus ojos arde otra esperanza, su verdadera alma brilla. Se ríen fuerte, quizá también rabian.

       Desde las cumbres bajan cuatro ríos y pasan cerca del pueblo; en las cascadas, el agua blanca grita, pero los mistis no oyen. En las lomadas, en las pampas, en las cumbres, con el viento bajito, flores amarillas bailan, pero los mistis casi no ven. En el amanecer, sobre el cielo frío, tras del filo de las montañas, aparece el sol; entonces las tuyas y las torcazas cantan, sacudiendo sus alitas; las ovejas y los potros corretean en el pasto, mientras los mistis duermen, o miran, calculando la carne de los novillos. Al atardecer, el taita Inti [el sol] dora el cielo, dora la tierra, pero ellos estornudan, espuelean a los caballos en los caminos, o toman café, toman pisco caliente.
       Pero en el corazón de los puquios está llorando y riendo la quebrada, en sus ojos el cielo y el sol están viviendo; en su adentro está cantando la quebrada, con su voz de la mañana, del mediodía, de la tarde, del oscurecer.


II.
El despojo


      En otros tiempos, todos los cerros y todas las pampas de la puna fueron de los comuneros. Entonces no había mucho ganado en Lucanas; los mistis no ambicionaban tanto los echaderos [campo de pastos naturales que se extiende al borde de una ciénaga o que es constantemente inundado o recibe filtraciones de manantiales; suele ser una pradera comunal con vegetación permanente, lo que permite que allí el ganado medre sin obstáculo]. La puna grande era para todos. No había potreros con cercos de piedra, ni de alambre. La puna grande no tenía dueño. Los indios vivían libremente en cualquier parte: en las cuevas de los rocales, en las chozas que hacían en las hondonadas, al pie de los cerros, cerca de los manantiales. Los mistis subían a la puna de vez en vez, a cazar vicuñas, o a comprar carne en las estancias de los indios. De vez en vez, también se llevaban, de puro hombres, diez, quince ovejas, cuatro o cinco vacas chuscas; pero llegaban a la puna como las granizadas locas, un ratito, hacían su daño, y se iban. De verdad la puna era de los indios; la puna, con sus animales, con sus pastos, con sus vientos fríos y sus aguaceros. Los mistis le tenían miedo a la puna, y dejaban vivir allí a los indios.
       —Para esos salvajes está bien la puna —decían.
       Cada ayllu de Puquio tenía sus echaderos. Ésa era la única división que había en las punas: un riachuelo, la ceja de una montaña, señalaba las pertenencias de cada ayllu; y nunca hubo pleitos entre los barrios por causa de las tierras. Pero los pichk’achuris fueron siempre los verdaderos punarunas [gente de puna], punacumunkuna; ellos tienen hasta pueblitos en las alturas: K’oñek, Puñuy, Tak’ra, veinte o treinta chozas en lo hondo de una quebrada, tras un cerro, junto a los montes negruzcos de los k’eñwales. En la puna alta, bajo el cielo nublado, en el silencio grande; ya sea cuando el aguacero empieza y los truenos y las nubes negras asustan y hacen temblar el corazón; ya sea cuando en el cielo alto y limpio vuelan cantando las k’ellwas y los ojos del viajero miran la lejanía, pensativos ante lo grande del silencio; en cualquier tiempo, esas chukllas [choza] con su humo azul, con el ladrido de sus chaschas [perro pequeño], con el canto de sus gallos, son un consuelo para los que andan de paso en la puna brava. En esos pueblos mandan los varayok’s; allí no hay teniente, no hay gobernador, no hay juez, el varayok’ es suficiente como autoridad. En esos pueblos no hay alborotos. Sólo cuando los mistis subían a las punas en busca de carne, y juntaban a las ovejas a golpe de zurriago y bala, para escoger a los mejores padrillos; entonces no más había alboroto. Porque a veces los punarunas se molestaban y se reunían, llamándose de casa en casa, de estancia a estancia, con silbidos y wakawak’ras; se juntaban rabiando, rodeaban a los principales y a los chalos abusivos; entonces, corrían los mistis, o eran apedreados ahí mismo, junto a la tropa de ovejas. Después venía el escarmiento; cachacos uniformados en la puna, matando a indios viejos, a mujeres y mak’tillos [muchachos]; y el saqueo. Un tiempo quedaban en silencio las estancias y los pueblitos. Pero enseguida volvían los punarunas a sus hondonadas; prendían fuego en el interior de las chukllas y el humo azul revoloteaba sobre los techos: ladraban los perros, al anochecer, en las puertas de las casas; y por las mañanitas, las ovejas balaban, alegres, levantando sus hocicos al cielo, bajo el sol que reverberaba sobre los nevados. Años después, los indios viejos hacían temblar a los niños contando la historia del escarmiento.
       Los pichk’achuris fueron siempre verdaderos punarunas. Los otros ayllus también tenían estancias y comuneros en la puna, pero lo más de su gente vivía en el pueblo; tenían buenas tierras de sembrío junto a Puquio, y no querían las punas, casi les temían, como los mistis. Pichk’achuri era, y ahora sigue siendo, ayllu compartido entre puquianos y punarunas.
       Casi de repente solicitaron ganado en cantidad de la costa, especialmente de Lima; entonces los mistis empezaron a quitar a los indios sus chacras de trigo para sembrar alfalfa. Pero no fue suficiente; de la costa pedían más y más ganado. Los mistis que llevaban reses a la costa regresaban platudos. Y casi se desesperaron los principales; se quitaban a los indios para arrancarles sus terrenos; e hicieron sudar otra vez a los jueces, a los notarios, a los escribanos… Entre ellos también se trompearon y abalearon muchas veces. ¡Fuera trigo! ¡Fuera cebada! ¡Fuera maíz! ¡Alfalfa! ¡Alfalfa! ¡Fuera indios! Como locos corretearon por los pueblos lejanos y vecinos a Puquio, comprando, engañando, robando a veces toros, torillos y becerros. ¡Eso era, pues, plata! ¡Billetes nuevecitos! Y andaban desesperados, del juzgado al coso, a las escribanías, a los potreros. Y por las noches, zurriago en mano, con revólver a la cintura y cinco o seis mayordomos por detrás. Entonces se acordaron de las punas: ¡Pasto! ¡Ganado! Indios brutos, ennegrecidos por el frío. ¡Allá vamos! Y entre todos corrieron, ganándose, ganándose a la puna. Empezaron a barrer para siempre las chukllas, los pueblitos; empezaron a levantar cercos de espinos y de piedras en la puna libre.
       Año tras año, los principales fueron sacando papeles, documentos de toda clase, diciendo que eran dueños de este manantial, de ese echadero, de las pampas más buenas de pasto y más próximas al pueblo. De repente aparecían en la puna, por cualquier camino, en gran cabalgata. Llegaban con arpa, violín y clarinete, entre mujeres y hombres, cantando, tomando vino. Rápidamente mandaban hacer con sus lacayos y concertados una chuklla grande, o se metían en alguna cueva, botando al indio que vivía allí para cuidar su ganado. Con los mistis venían el juez de Primera Instancia, el subprefecto, el capitán jefe provincial y algunos gendarmes. En la chuklla o en la cueva, entre hombres y mujeres, se emborrachaban; bailaban gritando, y golpeando el suelo con furia. Hacían fiesta en la puna.
       Los indios de los echaderos se avisaban, corriendo de estancia en estancia, se reunían asustados; sabían que nunca llegaban para bien los mistis a la puna. E iban los comuneros de la puna a saludar al “ductur” juez, al taita cura, al “gobiernos” de la provincia y a los werak’ochas vecinos principales de Puquio.
       Aprovechando la presencia de los indios, el juez ordenaba la ceremonia de la posesión: el juez entraba al pajonal seguido de los vecinos y autoridades. Sobre el ischu [paja], ante el silencio de indios y mistis, leía un papel. Cuando el juez terminaba de leer, uno de los mistis, el nuevo dueño, echaba tierra al aire, botaba algunas piedras a cualquier parte, se revolcaba sobre el ischu. Enseguida gritaban hombres y mujeres, tiraban piedras y reían. Los comuneros miraban todo eso desde lejos.
       Cuando terminaba la bulla, el juez llamaba a los indios y les decía en quechua:
       —Punacumunkuna: señor Santos es dueño de estos pastos; todo, todo, quebradas, laderas, puquiales, es de él. Si entran animales de otro aquí, de indio o vecino, es “daño”. Si quiere, señor Santos dará en arriendo, o si no traerá aquí su ganado. Conque… ¡indios! Werak’ocha [nombre del Supremo Dios Inca; equivale ahora a “señor”] Santos es dueño de estos pastos.
       Los indios miraban al juez con miedo. “Pastos es ya de don Santos ¡indios!”. Ahí está pues papel, ahí está pues werak’ocha juez, ahí está gendarmes, ahí está niñas; principales con su arpista, con su clarinetero, con sus botellas de “sirwuisa”. ¡Ahí está pues taita cura! “Don Santos es dueño”. Si hay animales de indios en estos pastos, es “daño” y… al coso, al corral de don Santos, a morir de sed, o a aumentar la punta de ganado que llevará don Santos, año tras año, a “extranguero”.
       El cura se ponía en los brazos una faja ancha de seda, como para bautizos, miraba lejos, en todas direcciones, y después, rezaba un rato. Enseguida, como el juez, se dirigía a los indios:
       —Cumunkuna: con la ley ha probado don Santos que estos echaderos son de su pertenencia. Ahora don Santos va a ser respeto; va a ser patrón de indios que viven en estas tierras. Dios del cielo también respeta ley; ley es para todos, igual. Cumunkuna ¡a ver!, besen la mano de don Santos.
       Y los comuneros iban, con el lok’o en la mano, y besaban uno a uno la mano del nuevo dueño. Por respeto al taita cura, por respeto al Taitacha Dios.
       “Con ley ha probado don Santos que es dueño de los echaderos”. “Taitacha del cielo también respeta ley”.
       ¿Y ahora dónde? ¡Dónde pues! La cabalgata se perdía, de regreso, en el abra próxima, tras del pasto amarillo que silbaba con el viento; se perdía entre cohetazos y griterío. Y punacumunkuna parecían extraviados; parecían de repente huérfanos.
       —¡Taitallay taita! ¡Mamallay mama!
       Las indias lloraban agarrándose de las piernas de sus maridos. Ya sabían que poco después de esa cabalgata llegarían tres o cuatro montados a reunir “daños” en esos echaderos. A bala y zurriago, hasta el coso del pueblo. ¿Acaso? No había ya reclamo. El “gobiernos” de la provincia era amigo de los principales y resondraba en su despacho a todos los indios que iban a rescatar su ganado. A veces, más bien, como ladrón, el indio reclamante pujaría de dolor en el cepo o en la barra. En el despacho del subprefecto, el misti es principal, con el pecho salido, con la voz mandona; es dueño.
       —Señor subprefecto; ese indio es ladrón —dice no más.
       Y cuando el principal levanta el dedo y señala al indio, “ladrón” diciendo, ladrón es, ladrón redomado, cuatrero conocido. Y para el cuatrero indio está la barra de la cárcel; para el indio ladrón que viene a rescatar sus “daños” es el cepo.
       Y mientras, el punacomunero sufre en la cárcel; mientras, canta entre lágrimas:


Sapay rikukuni
mana piynillayok’,
puna wayta hiña
llaki llantullayok’.

Tek’o pinkulluypas
chakañas rikukun
nunaypa kirinta
k’apark’achask’ampi.

Imatak kausayniy,
maytatak’ ripusak’
maytak’ tayta mamay
¡lliusi tukukapun!

Qué solo me veo,
sin nadie ni nadie
como flor de la puna
no tengo sino mi sombra triste.

Mi pinkullo, con nervios apretado,
ahora está ronco,
la herida de mi alma,
de tanto haber llorado.

¡Qué es pues esta vida!
¿Dónde voy a ir?
Sin padre, sin madre,
¡todo se ha acabado!


       Mientras el “cuatrero” canta en la cárcel, don Pedro, don Jesús, don Federico, o cualquier otro, aseguran su sentencia, de acuerdo con el tinterillo defensor de cholos; y arrean en la punta las vacas de los punarunas hasta el “extranguero”, o las invernan en los alfalfares de los k’ollanas para negociarlas después.
       Los punarunas sabían esto muy bien. Año tras año, los principales iban empujando a los comuneros pastores de K’ayau, Chaupi y K’ollana, más arriba, más arriba, junto al K’arwarasu, a las cumbres y a las pampas altas, donde la paja es dura y chiquita, pegada a la tierra como garrapata. Por eso, cuando la cabalgata de los mistis se perdía tras la lomada que oculta la cueva o la chuklla, las indias se abrazaban a las piernas de sus maridos, y lloraban a gritos; los hombres hablaban:
       —¡Taitallaya! ¡Judidus! ¡Judidus!
       La tropa de indios, punarunakuna, buscaría inmediatamente otra cueva, o haría otra choza, más arriba, junto al nevado allí donde el pasto es duro y chiquito; allí llevarían su ganado. Entonces empezaba la pelea: las llamas, las vacas, los caballos lanudos, los carneros, escaparían siempre buscando su querencia de antes, buscando el pasto grande y blando. Pero allí abajo estarían los concertados de don Santos, de don Federico… los empleados del principal, chalos, mestizos hambrientos. Uno por uno, el ganado de los indios iría cayendo de “daño”, para aumentar la punta de reses del patrón.
       Así fueron acabándose, poco a poco, los pastores de los echaderos de Chaupi y K’ollana. Los comuneros, que ya no tenían animales, ni chuklla, ni cueva, bajaron al pueblo. Llegaron a su ayllu como forasteros, cargando sus ollas, sus pellejos y sus mak’tillos. Ellos eran, pues, punarunas, pastores; iban al pueblo sólo para pasar las grandes fiestas. Entonces solían llegar al ayllu con ropa nueva, con las caras alegres, con “harto plata” para el “trago”, para los bizcochos, para comprar géneros de colores en el jirón Bolívar. Entraban a su ayllu con orgullo, y eran festejados. Pero cuando llegaron empobrecidos, corriendo de los mistis, vinieron con la barriga al aire negros de frío y de hambre. Le decían a cualquiera:
       —¡Aquí estamos, papacito! ¡Aquí, pues, hermanito!
       El varayok’, alcalde del ayllu, los recibía en su casa.
       Después llamaban a la faena [trabajos realizados de común acuerdo, para beneficio general, por todos los miembros de una comunidad; generalmente no se refieren al cultivo en sí sino al mantenimiento de caminos, limpieza de acequias, construcción de puentes, iglesias, escuelas, etc.], y los comuneros del barrio levantaban una casa nueva en siete y ocho días para el punaruna.
       Y en Puquio había un jornalero más para las chacras de los principales, o para “engancharse” [sistema tenebroso utilizado, más específicamente, desde fines del siglo XIX para conseguir mano de obra para el duro trabajo minero y agrícola; consistía en imponer con argucias un adelanto de dinero o especies al individuo necesitado que, después de recibido, lo obligaba a trabajar explotado al máximo e imponiéndole “deudas” interminables de modo que el trabajador se veía impedido de volver a su lugar de origen junto a su familia] e ir a Nazca o Acarí, a trabajar en la costa. Allá servían de alimento a los zancudos de la terciana. El hacendado los amarraba cinco o seis meses más fuera del contrato y los metía a los algodonales, temblando de fiebre. A la vuelta, “cansaban” para siempre en los arenales caldeados de sol, en las cuestas, en la puna; o si llegaban todavía al ayllu, andaban por las calles, amarillos y enclenques, dando pena a todos los comuneros; y sus hijos también eran como los tercianientos, sin alma. Pero muchos punarunas, trabajando bien, protegidos por el ayllu, entrando, primero, a servir de “lacayos” y “concertados” en las casas de los mistis, para juntar “poco plata”, y consiguiendo después tierras de sembrío para trabajar al partir, lograban levantar cabeza. De punarunas se hacían comuneros del pueblo. Y ya en Puquio, en el ayllu, seguían odiando con más fuerza al principal que les había quitado sus tierras. En el ayllu había miles y miles de comuneros, todos juntos, todos iguales; allí, ni don Santos, ni don Fermín, ni don Pedro, podían abusar así no más. El punaruna que había llorado en las pampas de ischu, el punaruna que había pujado en el cepo, que había golpeado su cabeza sobre las paredes de la cárcel, ese “endio” que llegó con los ojos asustados, ahora, de comunero chaupi, k’ollana o k’ayau, tenía más valor para mirar frente a frente, con rabia, a los vecinos que entraban a los ayllus a pedir favor.
       Así bajaron hace tiempo los comuneros de las punas de K’ayau, K’ollana y Chaupi. Pocos quedaron. Unos cerca del K’arwarasu, en las cumbres, juntando su ganado y defendiéndolo de los principales; bajo la lluvia, bajo las tempestades con rayos y truenos, bajo las nubes negras de enero y febrero. Y allá, en la puna brava, cuidándose desde el alba hasta el anochecer, recorriendo y contando a cada hora sus ovejas, haciendo ladrar a los perros alrededor de la tropa, se iban poniendo sordos. Y ni para las fiestas ya bajaban al pueblo. En lo alto, junto a las granizadas, envueltos por las nubes oscuras que tapan la cumbre de los cerros, el encanto de la puna los agarraba poco a poco. Y se volvían cerriles.
       Otros, por quedarse en su querencia, junto a sus animales, vendían su ganado al nuevo dueño de los pastales; recibían diez, quince soles por cada vaca; tres, cuatro reales por cada oveja; enterraban el dinero al pie de alguna piedra grande que tenía encanto, o en las cimas de las montañas. Y ya pobres, sin una ovejita que les sirviera de consuelo, se quedaban de vaqueros del patrón; se declaraban hijos huérfanos del principal que había tomado posesión de los echaderos; y lloraban, cada vez que el señor llegaba a visitar sus tierras:
       —¡Aquí estamos, papituy! ¡Taitituy!
       Como chaschas enfermos se arrastraban en la puerta de la chuklla.
       —¡Papituy! ¡Patroncito!
       Se estrujaban las manos y daban vueltas alrededor del patrón; lloriqueando. Mostraban la tropa de ovejas, de vacas y de caballos chuscos y decían:
       —Ahí está tus ovejitas, ahí está tus vacas. Todo, todo, completo, taitay.
       En el crepúsculo, cuando el patrón se alejaba de la estancia, seguido de sus mayordomos; todos los punarunas los miraban irse, todos juntos, reunidos en la puerta de la chuklla. El sol caía sobre sus caras, el sol amarillo. Y temblaban todavía los punarunas; como en una herida, la sangre dolía en sus corazones.
       —¡Ya, señor! ¡Patrón! —decían, cuando el sombrero blanco del ganadero se perdía en el filo de la lomada o tras de los k’eñwales.
       Pero eso no era nada. De vez en vez, el patrón mandaba comisionados a recolectar ganado en las estancias. Los comisionados escogían al toro allk’a, al callejón, o al pillko. Entonces los punarunas, con sus familias, hacían una despedida a los toros que iban a la quebrada, para aumentar la punta de ganado que el patrón llevaría al “extranguero”. Entonces sí, sufrían. Ni con la muerte, ni con la helada, sufrían más los indios de las alturas.
       —¡Allk’a, callejón, pillko, para la punta! —mandaban, al amanecer, los comisionados.
       Los mak’tillos y las mujeres se alborotaban. Los mak’tillos corrían junto a los padrillos, que ese rato dormían en el corral. Con sus brazos les hacían cariño en el hocico lanudo.
       —¡Pillkuchallaya! ¡Dónde te van a llevar, papacito!
       El pillko sacaba su lengua áspera y se hurgaba las narices; se dejaba querer, mirando a los muchachos con sus ojos grandes. Y después lloraban los mak’tillos, lloraban delgadito, con su voz de jilguero.
       —¡Pillkuchallaya! ¡Pillkucha!
       Y en eso no más, llegaban los arreadores; hacían reventar su zurriago sobre las cabezas de los mak’tillos:
       —¡Ya, ya, carago!
       Atropellaban los arreadores; y a golpe de tronadores [látigo de cuero trenzado; al ser restallado produce un fuerte chasquido], separaban de la tropa a los designados.
       Entonces venía la pena grande. La familia se juntaba en la puerta de la chuklla, para cantarles la despedida a los padrillos que se iban. El más viejo tocaba el pinkullo, sus hijos los wakawak’ras [corneta hecha de cuernos de toro] y una de las mujeres la tinya:


Vacallay vaca
turullay turu
vacachallaya
turuchallaya.


       Cantaban a gritos los punarunas; mientras los arreadores rodeaban, a zurriago limpio, al allk’a, al pillko… e iban alejándose de la estancia.

Vacallay vaca
turullay turu…


       El pinkullo silbaba con fuerza en la puna, la cuerda de la tinya roncaba sobre el cuero; y en las hondonadas, en los rocales, sobre las lagunas de la puna, la voz de los comuneros, del pinkullo y de la tinya, lamía el ischu, iba al cielo, regaba su amargo en toda la puna. Los indios de las otras estancias se santiguaban.
       Pero los mak’tillos sufrían más; lloraban como en las noches oscuras, cuando se despertaban solos en la chuklla; como para morirse lloraban; y desde entonces, el odio a los principales crecía en sus corazones, como aumenta la sangre, como crecen los huesos.
       Así fue el despojo de los indios de la puna de K’ayau, Chaupi y K’ollana.


III.
Wakawak’ras, trompetas de la tierra


      En la puna y en los cerros que rodean al pueblo tocaban ya wakawak’ras. Cuando se oía el turupukllay [corrida de toros; también la música especial que tocan en wakawak’ras con motivo de las corridas] en los caminos que van a los distritos y en las chacras de trigo, indios y vecinos hablaban de la corrida de ese año.
       —¡Carago! ¡Pichk’achuri va parar juirme! Siempre año tras año, Pichk’achuri ganando enjualma, dejando viuda en plaza grande —hablaban los comuneros.
       —K’ayau dice va traer Misitu de K’oñani pampa. Se han juramentado, dice, varayok’ alcaldes para Misitu.
       —¡Cojodices! [deformación de la palabra grosera y despectiva “cojudeces” (estupideces)] Con diablo es Misitu. Cuándo carago trayendo Misitu. Nu’hay k’ari (hombre) para Misitu de K’oñani.
       —Aunque moriendo cuántos también, K’ayau dice va soltar Misitu en 28 [el 28 de julio, fiesta nacional del Perú].
       —¿Acaso Pichk’achuri sonso para creer? K’ayau son maulas. ¿Cuándo ganandu en turupukllay? Abuelos también no ha visto K’ayau dejando viuda en vintiuchu. ¡Cojodices!
       —Sigoro. Ahora también Pichk’achuri va a ser hombre en turupukllay.
       En los cuatro ayllus hablaban de la corrida. Pichk’achuri ganaba año tras año; los capeadores de Pichk’achuri regaban con sangre la plaza. ¿Dónde había hombres para los capeadores del ayllu grande? “Honrao” Rojas arañó su chaleco, su camisa, el año pasado no más. El callejón de don Nicolás lo peloteó en el aire. Mientras las niñas temblaban en los balcones y los comuneros y las mujeres del ayllu gritoneaban en las barreras, en los cercos y en los techos de las casas. “Honrao” Rojas se paró firme, de haber estado ya enterrado en el polvo, de haber sido pisoteado en la barriga; arañando, arañando en el suelo, “Honrao” Rojas se enderezó. En su chaleco y en su camisa rezumaba la sangre.
       —¡Turucha carago! —diciendo, se retaceó el chaleco y la camisa; mostró el costillar corneado.
       —¡Atatau yawarcha! —gritó.
       Como de una pila hizo brincar su sangre al suelo.
       —¡Yo Pichk’achuri runakuna, k’alakuna! [nombre despectivo que se da a los señores principales] —dijo.
       Los cuatro ayllus ya lo sabían. No había cotejo para k’aris de Pichk’achuri. Pero ese año, dice, K’ayau quería ser “primero” en la plaza.
       Desde junio tocaban turupukllay en toda la puna y en los cerros que rodean al pueblo. Los wakawak’ras anunciaban ya la corrida. Los mak’tillos oían la música en la puna alta y sentían miedo, como si de los k’eñwales fuera a saltar el callejón o el barroso, que arañó, bramando, la plaza de Pichk’achuri, que hizo temblar las barreras, que sangró el pecho del “Honrao” Rojas. En la puna y en todos los caminos, con sol o con lluvia, al amanecer y anocheciendo, los wakawak’ras presentían el pukllay. En el descampado, el canto del turupukllay encoge el corazón, le vence, como si fuera de criatura; la voz del wakawak’ra suena gruesa y lenta, como voz de hombre, como voz de la puna alta y su viento frío silbando en las abras, sobre las lagunas. Las mujercitas de los cuatro ayllus y de todas las estancias lloriqueaban, oyendo las cornetas:
       —¡Yastá pues vintiuchu! —decían—. ¡Para Misitu es fiesta, dice van llevar a plaza grande; su rabia seguro va llenar tomando sangre de endio puquio!
       —¡Ay, taitallaya! Capricho dice ha tomado K’ayau para botar Misitu de K’oñani en vintiuchu.
       —¡Quién pues será mamitay! ¡Quién pues viuda será! ¡Quién pues en panteón llorando estará vintiuchu!
       Cantaban los wakawak’ras anunciando en todos los cerros el yawar fiesta. Indios de K’ollana, de Pichk’achuri, de Chaupi, de K’ayau, tocaban a la madrugada, al mediodía, y mientras bajando ya al camino, por la tarde. En la noche también, de los barrios subía al jirón Bolívar el cantar de los wakawak’ras. Entraban en competencia los corneteros de los cuatro barrios. Pero don Maywa, de Chaupi, era el mejor cornetero. La casa de don Maywa está junto a Makulirumi, en la plaza. Por las noches, temprano todavía, alcaldes del barrio y algunos comuneros vecinos entraban a la casa de don Maywa. Allí chakchaban coca, y a veces don Maywa sacaba su botella de cañazo para convidar. Un mechero alumbraba el cuarto desde una repisa de cuero de vaca. Entre copa y copa, don Maywa levantaba su wakawak’ra y tocaba el turupukllay. El cuarto se llenaba con la voz del wakawak’ra, retumbaban las paredes. Los comuneros miraban alto, el turupukllay les agarraba, oprimía el pecho; ninguna tonada era para morir como el turupukllay. De rato en rato los otros ayllus contestaban.
       De los cuatro ayllus, comenzando la noche, el turupukllay subía al jirón Bolívar. Desde la plaza de Chaupi, derecho, por el jirón Bolívar, subía con el viento el pukllay de don Maywa. En las tiendas, en el billar, en las casas de los principales, oían las niñas y los vecinos.
       —Por la noche, esa música parece de panteón —decían.
       —Sí, hombre, friega el ánimo.
       —¡Nada de eso! No es la música —explicaba algún señor ilustrado—. Es que asociamos esa tonada con las corridas en que los indios se hacen destrozar con el toro, al compás de esta musiquita.
       —Sí, hombre. Pero friega el ánimo. Debiera prohibirse que a la hora de comer nos molesten de esa manera.
       —¡Maricones! A mí me gusta esa tonada. En un solo cuerno, ¡qué bien tocan estos indios! —replicaba alguien.
       Las niñas y las señoras también se lamentaban.
       —¡Qué música tan penetrante! Es odioso oír esa tonada a esta hora. Se debiera pedir a la Guardia Civil que prohíba tocar esa tonada en las noches.
       —Sí. Y ya tenemos a la Guardia Civil desde hace años.
       —Esos indios se preparan el ánimo desde ahora. ¡Qué feo llora esa corneta!
       —Me hace recordar las corridas.
       —Ese cholo Maywa es el peor. Su música me cala hasta el alma.
       La voz de los wakawak’ras interrumpía la charla de los mistis bajo los faroles de las esquinas del jirón Bolívar; interrumpía la tranquilidad de la comida en la casa de los principales. Los muchachos de los barrios se reunían, cuando don Maywa tocaba.
       —¡Parece corrida ya! —gritaban.
       —¡Toro, toro!
       Y aprovechaban el pukllay de don Maywa para jugar a los toros.
       A veces la corneta de don Maywa se oía en el pueblo cuando el cura estaba en la iglesia, haciendo el rosario con las señoras y las niñas del pueblo, y con algunas indias de los barrios. El turupukllay vencía el ánimo de las devotas; el cura también se detenía un instante cuando llegaba la tonada. Se miraban las niñas y las señoras, como cuidándose, como si el callejón o el barroso fueran a bramar desde la puerta de la iglesia.
       —¡Música del diablo! —decía el vicario.
       Algunas noches, tarde ya, cuando el pueblo quedaba en silencio, desde algún cerro alto tocaban wakawak’ra. Entonces el pukllay sonaba en la quebrada, de canto a canto, de hondonada en hondonada; llegaba al pueblo, a ratos bien claro, a ratos medio apagado, según la fuerza del viento.
       —¿Oyes? —decían en las casas de los mistis—. Como llorar grueso es; como voz de gente.
       —¡Lleno de la quebrada ese turupukllay! ¿Por qué será? Me oprime el corazón —hablaban las niñas.
       —¡Qué música perra! ¡Revienta el alma! —decían los principales.
       En los ayllus, los indios oían, y también comentaban.
       —¡Cómo don Maywa todavía! Eso sí, ¡pukllay!
       —Comunero pichk’achuri será. Seguro toro bravo rabiará, oyendo.
       Con el viento, a esa hora, el turupukllay pasaba las cumbres, daba vuelta a las abras, llegaba a las estancias y a los pueblitos. En noche clara, o en la oscuridad, el turupukllay llegaba como desde lo alto.




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