José María Arguedas
(Andahuaylas, Perú 1911 - Lima, 1969)

El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971)
(Buenos Aires: Editorial Losada, 1971, 301 págs.)


Primera Parte

Primer diario

Santiago de Chile, 10 de mayo de 1968
      En abril de 1966, hace ya algo más de dos años, intenté suicidarme. En mayo de 1944 hizo crisis una dolencia psíquica contraída en la infancia y estuve casi cinco años neutralizado para escribir. El encuentro con una zamba gorda, joven, prostituta, me devolvió eso que los médicos llaman “tono de vida”. El encuentro con aquella alegre mujer debió ser el toque sutil, complejísimo que mi cuerpo y alma necesitaban, para recuperar el roto vínculo con todas las cosas. Cuando ese vínculo se hacía intenso podía transmitir a la palabra la materia de las cosas. Desde ese momento he vivido con interrupciones, algo mutilado. El encuentro con la zamba no pudo hacer resucitar en mí la capacidad plena para la lectura. En tantos años he leído sólo unos cuantos libros. Y ahora estoy otra vez a las puertas del suicido. Porque, nuevamente, me siento incapaz de luchar bien, de trabajar bien. Y no deseo, como en abril del 66, convertirme en un enfermo inepto, en un testigo lamentable de los acontecimientos.
       En abril del 66 esperé muchos días que llegara el momento más oportuno para matarme. Mi hermano Arístides tiene un sobre que contiene las reflexiones que explican por qué no podía liquidarme tal y cual día. Hoy tengo miedo, no a la muerte misma sino a la manera de encontrarla. El revólver es seguro y rápido, pero no es fácil conseguirlo. Me resulta inaceptable el doloroso veneno que usan los pobres en Lima para suicidarse; no me acuerdo del nombre de ese insecticida en este momento. Soy cobarde para el dolor físico y seguramente para sentir la muerte. Las píldoras —que me dijeron que mataban con toda seguridad— producen una muerte macanuda, cuando matan. Y si no, causan lo que yo tengo, en gentes como yo, una pegazón de la muerte en un cuerpo aún fornido. Y ésta es una sensación indescriptible: se pelean en uno, sensualmente, poéticamente, el anhelo de vivir y el de morir. Porque quien está como yo, mejor es que muera.
       Escribo estas páginas porque se me ha dicho hasta la saciedad que si logro escribir recuperaré la sanidad. Pero como no he podido escribir sobre los temas elegidos, elaborados, pequeños o muy ambiciosos, voy a escribir sobre el único que me atrae: esto de cómo no pude matarme y cómo ahora me devano los sesos buscando una forma de liquidarme con decencia, molestando lo menos posible a quienes lamentarán mi desaparición y a quienes esa desaparición les causará alguna forma de placer. Es maravillosamente inquietante esta preocupación mía, y de muchos, por arreglar el suicidio de modo que ocurra de la mejor forma posible. Creo que es una manifestación natural de la vanidad, de la sana razón y quizá del egoísmo que se presentan bien disfrazados de generosidad, de piedad. Voy a tratar, pues, de mezclar, si puedo, este tema que es el único cuya esencia vivo y siento como para poder transmitirlo a un lector; voy a tratar de mezclarlo y enlazarlo con los motivos elegidos para una novela que, finalmente, decidí bautizarla:
El zorro de arriba y el zorro de abajo; también lo mezclaré con todo lo que en tantísimos medité sobre la gente y sobre el Perú sin que hayan estado específicamente comprendidos dentro del plan de la novela.
       Anoche resolví ahorcarme en Obrajillo, de Canta, o en San Miguel, en caso de no encontrar un revólver. Ha de ser feo para quienes me descubran, pero me he asegurado de que el ahorcamiento produce una muerte rápida. En Obrajillo y San Miguel podré vivir unos días rascándole la cabeza a los chanchos mostrencos, conversando muy bien con los perros y hasta revolcándome en la tierra con algunos de esos perros chuscos que aceptan mi compañía hasta ese extremo. Muchas veces he conseguido jugar con los perros de los pueblos, como perro con perro. Y así la vida es más vida para uno. Sí; no hace quince días que logré rascar la cabeza de un
nionena [denominación que de ciertos animales utilizaba Areguedas, empleando palabras inventadas por él en su infancia] (chancho) algo grande, en San Miguel de Obrajillo. Medio que quiso huir, pero la dicha de la rascada lo hizo detenerse; empezó a gruñir con delicia, luego (¡cuánto me cuesta encontrar los términos necesarios!) se derrumbó a pocos y, ya echado y con los ojos cerrados gemía dulcemente. La alta, la altísima cascada que baja desde la inalcanzable cumbre de rocas, cantaba en el gemido de ese nionena, en sus cerdas duras que se convirtieron en suaves; y el sol tibio que había caldeado las piedras, mi pecho, cada hoja de los árboles y arbustos, caldeando de plenitud, de hermosura, incluso el rostro anguloso y enérgico de mi mujer, ese sol estaba mejor que en ninguna parte en el lenguaje del nionena, en su sueño delicioso. Las cascadas de agua del Perú, como las de San Miguel, que resbalan sobre abismos, centenares de metros en salto casi perpendicular, y regando andenes donde florecen plantas alimenticias, alentarán en mis ojos instantes antes de morir. Ellas retratan el mundo para los que sabemos cantar en quechua; podríamos quedarnos eternamente oyéndolas; ellas existen por causa de esas montañas escapadísimas que se ordenan caprichosamente en quebradas tan hondas como la muerte y nunca más fieras de vida; falderíos bravos en que el hombre ha sembrado, ha fabricado chacras con sus dedos y sus sesos y ha plantado árboles que se estiran al cielo desde los precipicios, se estiran con transparencias. Árboles útiles, tan bárbaros de vida como ese montonal de abismos del cual los hombres son gusanos hermosísimos, poderosos, un tanto menospreciados por los diestros asesinos que hoy nos gobiernan. ¡Querido hermano Pachequito, Teniente en Pinar del Río y tú, Chiqui, de la Casa de las Américas: cuando llegue aquí un socialismo como el de Cuba, se multiplicarán los árboles y los andenes que son tierra buena y paraíso! Felizmente las pastillas —que me dijeron que eran seguras— no me mataron, porque los conocí a ustedes y a ese joven armado de ametralladora que guardaba la entrada del Terminal Pesquero, en La Habana. El muchacho sonrió cuando le dijeron que era un amigo peruano invitado: “Entra, compañero, mira lo que hemos hecho”. Y su rostro tenía la felicidad, la inteligencia, la fuerza, la generosidad natural de estas cascadas que en la luz del mundo y la luz de la sabiduría cantan día y noche. Aunque a mí ya no me cantan con toda la vida porque el cuerpo abatido no arde ya sino temblequeando. ¡Esa es, pues, la muerte, y la muerte también es necesaria, es conveniente! Sí, es tan sencillo, Pachequito, como tu ojo minúsculo en que fulguraba la fuerza con que mataste para construir lo que ahora es para ustedes la vida justa. Para los impacientes son inaceptables los días de cama o de invalidez previos a recibir la muerte. No; no los soportaría. Ni soporto vivir sin pelear, sin hacer algo para dar a los otros lo que uno aprendió a hacer y hacer algo para debilitar a los perversos egoístas que han convertido a millones de cristianos en condicionados bueyes de trabajo. No detesto el sufrimiento. Quizá, inteligente compañero Dorticós, alguna vez el hombre elimine el sufrimiento sin menoscabar su poder. Tú, por ejemplo, en los minutos que te oí hablar parecías un sujeto que sabía de todo, y era inmune al sufrimiento, como tus anteojos. En otros casos no hay generosidad ni lucidez sino como fruto, en gran parte, del sufrimiento. Porque cuando se hace cesar el dolor, cuando se le vence, viene después la plenitud. Quizá el sufrimiento sea como la muerte para la vida. El hombre sufrirá, más tarde, por los esfuerzos que haga por llegar físicamente, que es la única llegada que vale, a las miriadas de estrellas que desde San Miguel podemos contemplar con una serenidad feliz que, aun a los condenados como yo, nos tranquilizan por instantes. Siempre habrá mucho que hacer.


11 de mayo
       Ayer escribí cuatro páginas. Lo hago por terapéutica, pero sin dejar de pensar en que podrán ser leídas. ¡Qué débil es la palabra cuando el ánimo anda mal! Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de todos nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y cómo vibra! Yo me convertí en ignorante desde 1944. He leído muy poco desde entonces. Me acuerdo de Melville, de Capentier, de Brecht, de Onetti, de Rulfo. ¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú? En ese hotel, más muerto que vivo, el Guadalajara Hilton, nos alojábamos juntos ¿de pura casualidad? Me contaste algo de cómo fue tu vida. Te despidieron y volvieron a nombrar algo así como veinte veces en los Ministerios de la Revolución Mexicana. Trabajaste en una fábrica de llantas. Dejaste el puesto porque te quisieron enviar a las oficinas de otro país. Mientras hablabas en tu cama, fumabas mucho. Me hablaste muy mal de Juárez. No debí sorprenderme de la heterodoxia con que ordenabas las causas y efectos de la historia mexicana, de cómo parecía que conocías a fondo, tanto o mejor que tu propia vida, esa historia. Y me hiciste reír describiendo al viejo Juárez como a un sujeto algo nefasto y con facha de mamarracho. Me acordé de la primera vez que te conocí en Berlín, de cómo te llevé del brazo al omnibús, con cuánta felicidad, como cuando, ya profesional, volví a encontrar a don Felipe Maywa, en San Juan de Lucanas y ¡de repente! me sentí igual a ese gran indio al que había mirado en la infancia como a un sabio, como a una montaña condescendiente. ¡Igual a él! Y mientras los otros poblanos me doctoreaban estropeándome hasta la luz del pueblo, él, don Felipe, me permitió que lo tomara del brazo. Y sentí su olor de indio, ese hálito amado de la bayeta sucia de sudor. Y abracé a don Felipe de igual a igual. Don Felipe tiene pequeña estatura —aún vive—. Yo, que soy mediano, le llevo bastante en tamaño. Pero nos miramos de hombre a hombre. Y no era mayor mi asombro justificado, bien contenido y por eso mismo tenso. Nos miramos abrazados, ante el otro tipo de asombro de los poblanos, indios y wiraqochas [el autor emplea ya, para el quechua, las normas gráficas establecidas en el III Congreso Indigenista Interamericano de La Paz (1954)] vecinos notables que estaban respetándome, desconociéndome. ¡Si yo era el mismo, el mismo pequeño que quiso morir en un maizal del otro lado del río Huallpamayo, porque don Pablo me arrojó a la cara el plato de comida que me había servido la Facundacha! Pero, también allí, en el maizal, sólo me quedé dormido hasta la noche. No me quiso la muerte, como no me aceptó en la oficina de la Dirección del Museo Nacional de Historia, de Lima. Y desperté en el Hospital del Empleado. Y vi una luz melosa, luego el rostro muy borroso de gentes. (Una botica no me quiso vender tres píldoras de seconal [nombre farmacéutico de un barbitúrico sedante e hipnótico]; dijo que con tres podría quedarme dormido para no despertar; y yo me tomé treinta y siete. Fueron tan ineficaces como la imploración que le dirigí a la Virgen, llorando, en el maizal de Huallpamayo.) Decía que era el mismo niño a quien don Pablo, el amo del pueblo, gamonalcito de entonces, le arrojó la comida a la cara, pero sin duda al mismo tiempo era bien otro. Ese bien otro y el chico del maizal, sin embargo, eran una sola cosa y don Felipe, bajo de estatura, macizo y nuevo como yo, lo aceptó, lo encontró natural que así fuera. Por eso me trató de igual a igual, como tú, Juan, en Berlín y en Guadalajara y en Lima, también en ese pueblo de Guanajuato, fregaba hasta no más, como el Cuzco. Tú fumabas y hablabas, yo te oía. Y me sentí pleno, contentísimo, de que habláramos los dos como iguales. En cambio a don Alejo Carpentier lo veía como a muy “superior”, algo así como esos poblanos a mí, que me doctoreaban. Sólo había leído El reino de este mundo y un cuento; después he leído Los pasos perdidos. ¡Es bien distinto a nosotros! Su inteligencia penetra las cosas de afuera adentro, como un rayo; es un cerebro que recibe, lúcido y regocijado, la materia de las cosas, y él las domina. Tú también, Juan, pero tú de adentro, muy de adentro, desde el germen mismo; la inteligencia está, trabajó antes y después. .
       Bueno, voy a releer lo que he escrito; estoy bastante confundido, pero, aunque muy agobiado por el dolor a la nuca, algo más confiado que ayer en el hablar. ¿Qué habré dicho, Juan? A Onetti lo vi en México. Andaba con bastón, atendido por algunos que le conocían. Yo no había leído nada de él. Lástima. Le hubiera saludado; a don Alejo no me atrevía a acercarme, me lo presentaron dos veces. Dicen que es tímido, pero lo sentía como a un europeo muy ilustre que hablaba castellano. Muy ilustre, de esos ilustres que aprecian lo indígena americano, medidamente. Dispénseme, don Alejo; no es que me caiga usted muy pesado. Olí en usted a quien considera nuestras cosas indígenas como excelente elemento o material de trabajo. Y usted trabaja como un poeta y un erudito. Difícil hazaña. ¿Cómo maravilla le iluminan a usted y le instrumentan tantas memorizaciones de todos los tiempos? Onetti tiembla en cada palabra, armoniosamente; yo quería llegar a Montevideo —estoy en Santiago— entre otras cosas para saludarlo, para tomarle la mano con que escribe. Así es. Carlos Fuentes es mucho artificio, como sus ademanes. De Cortázar sólo he leído cuentos. Me asustaron las instrucciones que pone para leer
Rayuela. Quedé, pues, merecidamente eliminado, por el momento, de entrar en ese palacio. Lezama Lima se regodea con la esencia de las palabras. Lo vi comer en La Habana como un injerto de picaflor con hipopótamo. Abría la boca; se rociaba líquido antiasmático en la laringe y seguía comiendo. ¡Gordo fabuloso, Cuba que ha devorado y transfigurado la miel y hiel de Europa!


13 de mayo
       Me siento a la muerte. Un amigo peruano me llevó anoche a una boite-teatro fea; le dijeron que presentaban danzas y cantos chilenos. Era cierto, muy entretenido para el público al que vanidosa aunque “objetivamente” llamamos vulgar, frívolo, etc. Entre calatas, cómicos, conjuntos de jazz y de pelucones, todo mediocre, apareció un “ballet” chileno. ¡Maldita sea! No digo que ya no es chileno eso; pero para los que sabemos cómo suena lo que el pueblo hace, estas mijigangas son cosa que nos deja entre iracundos y perplejos. Yo no diría tampoco, como otros sabios, que eso es una pura cacana. Algo sabe a chileno. Los “huasos” aparecen muy adornaditos, amariconados (casi ofensa del huaso) y las muchachas algo achuchumecadas (como no queriendo perturbar la frivolidad de los contertulios que pagan el espectáculo) con la gracia fuerte del macho y de la hembra humanos, encachados, que en el campo o en la ciudad no entran en remilgos cuando cantan y bailan lo suyo y así transmiten el jugo de la tierra. No digo que entre la llamada “aristocracia” y la descuajada clase media de estos pueblos no haya también gente que ha conservado ese jugo. Pero, casi todos se amamarrachan con las “convenciones” sociales, con ese enredo fenomenal en que aparecen estos “huasos” amariconados, estas muchachas achuchumecadas, que así se achuchumecan para convertir los bailes de la gente fuerte en “espectáculo agradable y nacional”. ¡Maldita sea, negro Gastiaburú! Tú eras médico, un doctor. Y maldecíamos juntos estas cosas que son fabricaciones de los “gringos” para ganar plata. Todo eso es para ganar plata. ¿Y cuando ya no haya la imprescindible urgencia de ganar plata? Se desmariconizará lo mariconizado por el comercio, también en la literatura, en la medicina, en la música, hasta en el modo como la mujer se acerca al macho. Pruebas de eso, de lo renovado, de lo desenvilecido encontré en Cuba. Pero lo intocado por la vanidad y el lucro está, como el sol, en algunas fiestas de los pueblos andinos del Perú.
       Y no es que lo diga como que fuera un sectario indigenista. Lo vieron y sintieron, igual que yo, gente que vi llegar de París, de los Estados Unidos, de Italia y gente criada en Lima, de algunos de esos que han crecido en “sociedades” bien cuajadas o descuajándose. ¿No es cierto Gody, E. A. Westpahalen, Jaqueline Weller...? Estoy seguro que a don Alejo también le llegarían mucho esas fiestas, aunque él quizá permanecería serio, poco comunicativo, amasando por dentro quizás cuántas sutilezas, encadenamientos de la fiesta con los griegos, asirios, javaneses y cien nombres más raros y ciertos. En cambio ese Carlos Fuentes no entendería bien, creo. Perdónenme los amigos de Fuentes, entre ellos Mario Vargas Llosa y este Cortázar que aguijonea con su “genialidad”, con sus solemnes convicciones de que mejor se entiende la esencia de lo nacional desde las altas esferas de lo supranacional. Como si yo, criado entre la gente de don Felipe Maywa, metido en el oqllo
[pecho] mismo de los indios durante algunos años de la infancia para luego volver a la esfera “supra-india” de donde había “descendido” entre los quechuas, dijera que mejor, mucho más esencialmente interpreto el espíritu, el apetito de don Felipe, que el propio don Felipe. ¡Falta de respeto y legítima consideración! No se justifica. No hablaría así ese García Márquez que se parece mucho a doña Carmen Tripha, de Maranganí, Cuzco. Carmen le contaba al cura, de quien era criada, cuentos sin fin de zorros, condenados, osos, culebras, lagartos; imitaba a esos animales con la voz y el cuerpo. Los imitaba tanto que el salón del curato se convertía en cuevas, en montes, en punas y quebradas donde sonaban el arrastrarse de la culebra que hace mover despacio las yerbas y charamuscas, el hablar del zorro entre chistoso y cruel, el del oso que tiene como masa de harina en la boca, el del ratón que corta con su filo hasta la sombra; y doña Carmen andaba como zorro y como oso, y movía los brazos como culebra y como puma, hasta el movimiento del rabo lo hacía; y brama igual que los condenados que devoran gente sin saciarse jamás; así, el salón cural era algo semejante a las páginas de los Cien Años [Cien años de soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, publicado en 1967]... aunque en Cien años hay sólo gente muy desanimalizada y en los cuentos de la Taripha los animales transmitían también la naturaleza de los hombres en su principio y en su fin.
       Creo que de puro enfermo del ánimo estoy hablando con “audacia”. Y no porque suponga que estas hojas se publicarán sólo después que me haya ahorcado o me haya destapado el cráneo de un tiro, cosas que, sinceramente creo aún que tendré que hacer. Puede también que me cure aquí, en Santiago, como en 1962, de un mal de la misma laya y origen, aunque menos grave y en edad todavía de merecer. Y si me curo y algún amigo a quien respeto me dice que la publicación de estas hojas serviría de algo, las publico. Porque yo si no escribo y publico, me pego un tiro. En San Miguel de Obrajillo me entró la tentación de seguir viviendo aunque no fuera sino para sentir el sol de ese pueblo y pasar los días acariciando a los perros y a los chanchitos mostrencos. Sin embargo, ese placer no compensaría por mucho tiempo. Aunque con un perro, especialmente de esos de pueblo serrano, que andan por calles y campos pensando bien en lo que hacen, yo me llevo muy bien, no acallaría esa antigua amistad las mil ansias que un individuo tan revuelto como yo, tan impaciente, cultiva y multiplica. ¡Cómo se murió mi amigo Guimaraes Rosa! Cada quien es a su modo. Ese modo de escribir sí que no da lugar a genialidades como las de don Julio, aun cuando sean para utilidad y provecho. Guimaraes me hizo una confidencia en México, mientras yo me sentía más “deprimido” que de cotidiano, a causa de una fiebre pasajera. No he de confesar de qué se trata. Pero, entonces, sentí que ese Embajador tan majestuoso, me hablaba porque había, como yo, “descendido” hasta el cuajo de su pueblo; pero él era más, a mi modo de ver, porque había “descendido” y no lo había hecho “descender”. Luego de contarme su historia, sonrió como un muchacho chico. Ningún amigo citadino me ha tratado tan de igual, tan íntimamente como en aquellos momentos este Guimaraes; me refiero a escritores y artistas; ni Gody Szyszlo, ni E. A. Westphalen, ni Javier Sologuren, menos aún los extranjeros notables. Algo... el Pepe Revueltas, aunque de otro modo. Guimaraes no parecía mordaz, no parecía haber aprendido eso. La mordacidad la he conocido en los escritores inteligentes y enfadados. A esa altura no llegamos, creo, quienes estamos muy amagados por la piedad y la infancia. Pienso en este momento en Nicanor Parra, ¡cuánta sabiduría, cuánta ternura y escepticismo y una fuerte coraza de protección que deja entrar todo pero filtrando, y una especie no de vanidad sino de herida abierta para las opiniones negativas de su obra! ¡Qué modo increíble de ponerse amargo e iracundo por esas cosas! En la ciudad, amigos, en la ciudad yo no he querido creo que a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él. Pero, ¿por qué tengo que decir estas cosas de Nicanor? Mucha ciudad tenía adentro o tiene adentro ese caballero tan mezclado y nacido en pueblo, el más inteligente de cuantos he conocido en las ciudades. ¡Lo que hablaba, sabía y no sabía o no sabe de las mujeres! Su hermano Roberto fue mucho más hermano mío que de él; ¡claro!, porque mi trato con Roberto era todo por el lado bueno. Dispensen que diga que este Roberto se había atacado para siempre de ternura en cientos de los más pobres prostíbulos de Chile donde cantaba y tocaba guitarra, mientras que yo me hice igual a él en los ayllus
[comunidad indígena] de Ayacucho, entre las indias que sufrían y cantaban como picaflores que van al sol, lo beben y vuelven. En el mismo cuarto dormíamos, Roberto y yo, en casa de Nicanor en La Reina, cuando vine enfermo en 1962. Otra vez usaré de la misma cantaleta; pues sí, para mi Roberto era como un Felipe Maywa, más joven, más accesible. Porque mientras que Roberto hablaba con voz de persona resignada, con poco porvenir, bastante triste y muy anheloso de estimación, don Felipe me acariciaba en San Juan de Lucanas, como a un becerro sin madre y él tenía la presencia de un indio que sabe, por largo aprendizaje y herencia, la naturaleza de las montañas inmensísimas, su lenguaje y el de los insectos, cascadas y ríos, chicos y grandes; y si bien era “lacayo” de mi madrastra, o a veces creo que vaquero, se presentaba ante ella como quien puede dispensar protección, como quien de hecho está procurando protección, a pesar de ser sirviente. Todo el porvenir mío y el de mi madrastra, que era patrona de don Felipe, parecía depender de don Felipe Maywa. Así me parecía, no sé por qué; debía ser por algo. Y cuando este hombre me acariciaba la cabeza, en la cocina o en el corral de los becerros, no sólo se calmaban todas mis intranquilidades sino que me sentía con ánimo para vencer a cualquier clase de enemigos, ya fueran demonios o condenados. Y yo era muy tranquilo; estaba solo entre los domésticos indios, frente a las inmensas montañas y abismos de los Andes donde los árboles y flores lastiman con una belleza en que la soledad y silencio del mundo se concentran. Este Roberto, hermano de Nicanor Parra, cantaba con otro tipo de soledad, aunque algo parecida; rasgaba la guitarra en cuecas como desesperadas, de alegría más ansiada que disfrutada. Por eso fuimos tan amigos en La Reina. Me hablaba de un amigo suyo que se había quedado sentado sobre una piedra, con el ojo todo colorado, esperando. ¡Qué estupenda era la vida con Nicanor y Roberto Parra! ¡Cómo han bebido el jugo, tan distintos y diversos jugos del mundo, estos hermanos! Charlaba con Roberto en un estado de confianza, amigos, que es una de las formas más raras de ser feliz. Me contaba cosas de los prostíbulos y yo, cuentos de animales y condenados, que es mi fuerte. Roberto se emborracha hasta la agonía; yo me enfermo de la soledad e ilusión quizá patológicas, y “por puro gusto”, porque soy amado por buena y bella gente, como mi mujer por ejemplo. Pero algo nos hicieron cuando más indefensos éramos; yo recuerdo muchas cosas, pero dicen que más peligrosas son aquellas de las que no nos acordamos. Así será. ¿Y García Márquez? De él creo que estaba diciendo algo. Ése cuenta cosas del ser humano de este Continente, del individuo muy contaminado con los pareceres y modos de ser de Europa, cuenta con la fantasía y certidumbre con que Carmen contaba historias de osos y culebras. Absolutamente cierto y absolutamente imaginado. Carne y hueso y pura ilusión. No conocía a Gabriel. Yo estaba muy apabullado cuando vino a Lima. Y sabía que lo tenían muy atingido los curiosos, los entendidos y los admiradores. Es justo, no puede ser como don Alejo ni como Juan; ¿no será una combinación de Carpentier, Rulfo y Carmen Taripha, en su modo vivo? Dicen que cautiva, ¡que bien! Entonces tendrá también algo del negro Gastiaburú.


15 de mayo
       Hice algo contraindicado anoche, contraindicado por mí. Cada quien toma veneno, a sabiendas, de vez en cuando; y yo siento los efectos en estos instantes. En mi memoria, el sol del alto pueblecito de San Miguel de Obrajillo ha cobrado, de nuevo, un cierto color amarillo, semejante al de esa flor en forma de zapatito de niño de pechos, flor que crece o que prefiere crecer no en los campos sino en los muros de piedra hechos por los hombres, allá en todos los pueblos serranos del Perú. Esa flor afelpada donde el cuerpo de los moscones negrísimos, los huayronqos, se empolva de amarillo y permanece más negro y acerado que sobre los lirios blancos. Porque en esta flor pequeña, el huayronqo enorme, se queda, manotea, aletea, se embute. La superficie de la flor es afelpada, la del moscón es lúcida, azulada de puro negra, como la crin de los potros verdaderamente negros. No sé si por la forma y color de la flor y por el modo así abrasante, medio como a muerte, con que el moscardón se hunde en su corola, moviéndose, devorando con sus extremidades ansiosas, el polvo amarillo; no sé si por eso, en mi pueblo, a esa flor le llaman ayaq sapatillan (zapatilla de muerto) y representa el cadáver. La ponen a ramos en los féretros y en el suelo mortuorio junto a los cadáveres. Haber recordado tan fuertemente al huayronqo y esos ramos de flores y el sol de San Miguel de Obrajillo a medio crepúsculo, es un síntoma negativo. Yo estaba ya aproximándome animadamente a la vida, hasta ayer. Hoy no me siento a la muerte, como decía el lunes 11. Decirlo sería, en cierta forma, afirmar o dar muestras de lo contrario. Ahora, en este momento, el amarillo, no sólo mal presagio sino materia misma de la muerte, ese amarillo del polvo del moscón, al que tan fácilmente se mata en mi pueblo, está asentado en mi memoria, en este dolor ahora lento y feo de la nuca. ¿No podré seguir escribiendo más? ¡Adiós por algunos días, quizá por algunas horas! Había empezado a crecer el torrente del mundo vivo en mi cuerpo. Hoy, anoche, me dejé arrastrar, como los borrachos habituales y culpables, a tomar mi venenito. Y había decidido hablar hoy algo sobre el juicio de Cortázar respecto del escritor profesional. Yo no soy escritor profesional, Juan no es escritor profesional, ese García Márquez no es escritor profesional. ¡No es profesión escribir novelas y poesías! O yo, con mi experiencia nacional, que en ciertos resquicios sigue siendo provincial, entiendo provincialmente el sentido de esta palabra oficio como una técnica que se ha aprendido y se ejerce específicamente, orondamente para ganar plata. Soy en ese sentido un escritor provincial; sí, mi admirado Cortázar; y, errado o no, así entendí que era don João y que es don Juan Rulfo. Porque de no, Juan, que conoce al infinito el oficio, no debería ser pobre. Yo tuve que estudiar etnología como profesión; el Embajador fue médico; Juan se quedó en empleado. Escribamos por amor, por goce y por necesidad, no por oficio. Eso de planear una novela pensando en que con su venta se ha de ganar honorarios, me parece cosa de gente muy metida en las especializaciones. Yo vivo para escribir, y creo que hay que vivir incondicionalmente para interpretar el caos y el orden.
       ¡Ah! La última vez que vi a Carlos Fuentes, lo encontré escribiendo como a un albañil que trabajaba a destajo. Tenía que entregar la novela a plazo fijo. Almorzamos, rápido, en su casa. Él tenía que volver a la máquina. Dicen que eso mismo le sucedía a Balzac y a Dostoievski. Sí, pero como una desgracia, no como una condición de la que se enorgullecen. ¿Que acaso no hubieran escrito lo que escribieron, en otras circunstancias? Quién sabe. ¿Qué otra cosa iban a hacer con lo que tenían en el pecho? Perdonen, amigos Cortázar, Fuentes, tú mismo, Mario, que estás en Londres. Creo que estoy desvariando, pretendiendo lo mismo que ustedes, eso mismo contra lo que me siento como irritado. Puede que ustedes no tengan mejor o más ni menos razón que yo. Hay escritores que empiezan a trabajar cuando la vida los apera, con apero no tan libremente elegido sino condicionado, y están ustedes, que son, podría decirse, más de oficio. Quizás mayor mérito tengan ustedes, pero ¿no es natural que nos irritemos cuando alguien proclama que la profesionalización del novelista es un signo de progreso, de mayor perfección? Vallejo no era profesional, Neruda es profesional; Juan Rulfo no es profesional
[Carlos Fuentes es profesional; Onetti no es profesional]. ¿Es profesional García Márquez? ¿Le gustaría que le llamaran novelista profesional? Puede decirse que Moliére era profesional, pero no Cervantes.
       (Se me fue un poco ese polvo amarillo del moscardón que parecía que se me había asentado en el hueso. No es una desgracia luchar contra la muerte, escribiendo. Creo que tienen razón los médicos. Y los que me atienden a mí no me tratan como profesionales sino como semejantes).


16 de mayo
       Los efectos del veneno continúan. Es como si los ojos estuvieran algo enlodados en ese polvo amarillo que el huayronqo abraza con su cuerpo negro. Yo tengo en el ojo la pesadez de ese insecto volador que manotea con su cabeza mineral, con sus patas que tienen casi microscópicos pelos, y que son lentos pero que, aun así, al extenderse de un cuerpo ancho, acorazado de negrísimo metal brillante, dan la impresión de ansia que se va satisfaciendo, a cada movimiento que parece triunfal, agudo, fruto del máximo esfuerzo, explosión de la vida que hay en estos cuerpos que al ser aplastados suenan como cáscara de huevo, como frágiles armazones de láminas. Por algo este huayronqo empolvado del germen de la flor amarilla, es tenido por los campesinos quechuas como un ánima que goza en el fondo de la bolsita afelpada que es flor de los cadáveres. Y el vuelo del huayronqo es extraño, entre mosca y picaflor. Lo vi hace sólo cuarenta y cinco días, en San Miguel de Obrajillo. Como el helicóptero y el picaflor, y el cernícalo rapaz, puede detenerse en el aire. El huayronqo tiene un cuerpo enorme, casi tan brillante como el del picaflor. Y en San Miguel vuela más alto que en los centenares de pueblos donde, con tanta atención y detenimiento, seguí el curso de su vuelo. Es casi tan ágil como el picaflor, realiza maniobra quebradísima como él. ¡Pero es insecto! Se eleva a diez metros de altura, y quizás veinte, en San Miguel de Obrajillo. Es una mosca, y desde los veinte metros su cuerpo suspendido por un movimiento particularísimo de las alas que no son transparentes, parece que estuviera a una distancia tan grande que el ojo se esfuerza mucho para contemplarlo, para llevar al interior de nuestra vida el intenso significado de sus patas colgantes, manchadas frecuentemente de amarillo, de su cuerpo algo semejante al de una tortuga. Y, de repente, zarpa como un rayo, pero no a tanta velocidad que el ojo de quien lo mira no lo pueda seguir. Lo sigue, cautiva este moscardón acorazado a quienes sabemos lo que es. En este instante lo siento bajo mi frente, lento, regándome su polvo de cementerio, acrecentando mi enfermedad. ¡Pero ya no deseos de suicidio! Al contrario, hay cierta dureza en el cuerpo de mis ojos, un dolor difuso, como de sueño maligno, de muerte temida y no de la deseada. Sí, queridísimo João Guimaraes Rosa, te voy a contar de algún modo en qué consiste ese veneno mío. Es vulgar, sin embargo me recuerda el cuento que escribiste sobre ese hombre que se fue en un bote, por un río selvático y lo estuvieron esperando, esperando tanto... y creo que ya estaba muerto. Debe haber cierta relación entre el vuelo del huayronqo manchado de polen cementerial, la presión que siento en toda la cabeza por causa del veneno y ese cuento de usted, João.

17 de mayo
       Había llegado de Ukuhuay, un pueblo caluroso. Decían que era chichera. Los árboles de la quebrada angosta en cuyo fondo estaban las casitas de Ukuhuay tenían parásitos que florecían y salvajina. La salvajina parece inerte, son hojas largas en forma de hilos gruesos; echan sus raíces en la corteza de los árboles que crecen en los precipios; son de color gris claro; no se sacuden sino con el viento fuerte, porque pesan, están cargadas de esencia vegetal densa. La salvajina cuelga sobre abismos donde al canto de los pájaros, especialmente de los loros viajeros repercute; ima sapra es su nombre quechua en Ukuhuay. El ima sapra se destaca por el color y la forma; los árboles se estiran hacia el cielo y el ima sapra hacia la roca y el agua; cuando llega el viento, el ima sapra se balancea pesadamente o se sacude, asustado, y transmite su espanto a los animales. La sombra es dulcísima en esa quebrada candente. Los patos de cresta roja nadan añorando algo en los remansos, como en pozos de lágrimas, según los cantos de la región. Fidela subió desde el fondo de esa quebrada; llegó al pueblo de altura, de paso, según dijo, a Huamanga. Estaba preñada e iba a la ciudad lejana, sin fiambre y sin auxilios. Permaneció tres días en Lambra; era mestiza y no podía pedir misericordia. La patrona de la casa en que yo servía le obsequió una talega de cecina, cancha [maíz tostado; alimento de gran consumo por el pueblo peruano] y queso duro, y una manta rotosa. Le entregó las dos cosas en el patio empedrado de lajas de la casa, a pleno sol. Unos hilos de su cabellera cruzaban parte de su rostro y le entraban a la boca, en un extremo, y allí los labios rezumaban saliva. Era blancona y sucia; estaba asustada, decidida. Por la noche, en la oscuridad, charlaban en la cocina el “lacayo” y la cocinera; yo los escuchaba desde la gran batea de amasar pan que me servía de cama. La mestiza dormía sobre unos pellejos, junto al fogón, lejos de la batea. Sentí que se arrastraba como una culebra; puso una mano en el borde de la batea. En el sol del patio me había mirado con detención; yo era el becerrero de la señora; tan sucio como la mestiza, y era blanco. Sentí que la mano de la Fidela levantaba el poncho de pako [auquénido obtenido de la hibridación de padre vicuña y madre alpaca, fecundo y doméstico; de alto valor en los mercados] con que me abrigaba. El “lacayo” y doña Fabiana, la cocinera, discutían. Fidela se acercó más hacia donde estaba mi cuerpo; debió llegar hasta la parte media de la batea. Y fue avanzando la mano hacia mi vientre. Sus dedos duros estaban como caldeados. Yo guardé silencio; vi, hermano João. (¿Por qué me dirijo a ti? ¿Será porque has muerto y a mí la muerte me amasa desde que era niño, desde esa tarde solemne en que me dirigí al riachuelo de Huallpamayo rogando al santo patrón del pueblo y a la Virgen que me hicieran morir, y lo único que conseguí fue que la luz del sol me entrara por la cabeza y me empapara la carne, la hiciera arder en ansias todopoderosas e inalcanzables como esas barbas de los árboles que, con el viento fuerte se sacuden causando espanto entre los animales? Hoy ya es 18, João, y desde ayer, desde que empecé a escribir las primeras líneas de ayer, la nuca me oprime hasta desequilibrarme. Estoy haciendo un esfuerzo muy grande para hablar con una mínima limpieza, como para que estas líneas puedan ser leídas. Así somos los escritores de provincias, éstos que de haber sido comidos por los piojos, llegamos a entender a Shakespeare, a Rimbaud, a Poe, a Quevedo, pero no el Ulises. ¿Cómo? Dispénsenme. En esto de escribir del modo como lo hago ahora ¿somos distintos los que fuimos pasto de los piojos en San Juan de Lucanas y el Sexto, distintos de Lezama Lima o Vargas Llosa? No somos diferentes en lo que estaba pensando al hablar de “provincianos”. Todos somos provincianos, don Julio Cortázar. Provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional que es, también, una esfera, un estrato bien cerrado, el del “valor en sí”, como usted con mucha felicidad señala. Y cuando desde San Miguel de Obrajillo contemplamos los mundos celestes, entre los cuales giran y brillan, como yo lo vi, las estrellas fabricadas por el hombre, hasta podemos hablar poéticamente, de ser provincianos de este mundo). No, João: no vi nada cuando Fidela me tocó el vientre y sus dedos, como arañas caldeadas, medio desesperadas, me acariciaban. Sentí como que el aire se ponía sofocado, creí que me mandaban la muerte en forma de aire caliente. Todo mi cuerpo anhelaba. Ella alzó el poncho que me cubría. No nos desnudábamos, en ese frío, los muchachos. Fidela se echó a mi lado. Se había levantado el traje; le toqué el cuerpo con mis manos. A través de la piel de mis manos, cuarteada por la helada, sentí la sofocación de su garganta, mientras mi cuerpo pesaba y mi ánima se encomendaba a los santos, en oraciones quechuas. Ella me levantó sobre su cuerpo. Y el dulce arcano maldecido, João, donde se forma la vida, la hiel del sol que bebes en la oscuridad con cada poro que es como la lengua de huahua... El veneno de los cristianos católicos que nacieron a la sombra de esas barbas de árboles que asustan a los animales, de las oraciones en quechua sobre el juicio final; el rezo de las señoras aprostitutadas mientras el hombre las fuerza delante de un niño para la que la fornicación sea más endemoniada y eche una salpicada de muerte a los ojos del muchacho... Fidela subió la gran cuesta con su talega a la espalda. La acompañamos los sirvientes hasta el andén de las Despedidas, que en esos tiempos había en todos los pueblos hispano- indios. Se despidió, llorando. Siempre tenía esos pelos en la boca humedecida. Le cruzaban a un lado de la cara, y todos los cielos contrastaban en ese arco que hacía rezumar saliva en un extremo de los labios. Las nubes altísimas, constreñidas, el movimiento pequeño del qopayso, yerbita, maromeaban en ese arco; y más cuando Fidela se puso a llorar. Yo estaba detrás de doña Fabiana, me apoyaba en el rebozo de la india. Otra vez, la viajera, esa desconocida, me miró con intención, y se arrodilló delante de la cocinera, le besó un extremo de la falda. Luego empezó a subir el gran cerro, tan escarpado y lajoso. La vimos irse largo rato. Pasó tras el muro de espino que guardaba un potrero de la señora del pueblo, y empezó a subir la cuesta cascajienta. “Va, pues, a parir un huérfano, un forastero; quizá adónde”, dijo doña Fabiana. Ya había subido muy alto; no podía volver.

      el zorro de arriba: La Fidela preñada; sangre; se fue. El muchacho estaba confundido. También era forastero. Bajó a tu terreno.
       el zorro de abajo: Un sexo desconocido confunde a ésos. Las prostitutas carajean, putean, con derecho. Lo distanciaron más al susodicho. A nadie pertenece la “zorra” de la prostituta; es del mundo de aquí, de mi terreno. Flor de fango, les dicen. En su “zorra” aparecen el miedo y la confianza también.
       el zorro de arriba [no hay rameras de esa clase entre nosotros pueblos de altura, chicos]: La confianza, también el miedo, el forasterismo nacen de la Virgen y del ima sapra; y del hierro torcido, retorcido, parado o en movimiento, porque quiere mandar la salida y entrada de todo.
       el zorro de abajo: ¡Ji, ji, ji...! Aquí, la flor de la caña son penachos que danzan cosquilleando la tela que envuelve el corazón de los que pueden hablar; el algodón es ima sapra blanco. Pero la serpiente amaru no se va a acabar. El hierro bota humo, sangrecita, hace arder el seso, también el testículo.
       el zorro de arriba: Así es. Seguimos viendo y conociendo…


I

      Chaucato partió en su bolichera [embarcación] Sanson I, llevando de tripulantes a sus diez pescadores, entre ellos al maricón el Mudo, y como suplementario, a prueba, a un violinista de la boite de copetineras El gato negro.
       Avanza la madrugada. Chaucato habla con el Mudo en el puente:
       —Putamadre Mudo: aquí se trabaja en cosas di’hombre. El hombre se diferencia por el pincho [pene], ¿no? Tú has nacido con pincho, oye Mudo, aunque sea pa’ tu joder. Cuando el hombre agarra cuchillo nu’ es pa’ recibir lapos en el suelo. Pa’ remar la chalana, pa’aguantar el paño, pa’jalar plomo e’boliche, pa’ entrar en la alzada se necesita pincho. Aquí se te va a parar en la mar o te voy a hacer meter una manguera hasta las agallas. ¿Has venido madrugando al puente pa’ confesarte y recibir tu puteada?
       La bolichera Sansón I, de la Compañía Fauna del Mar, aunque matriculada a nombre del armador Fuentes de los Palotes, avanzaba a toda máquina muy lejos de la bahía de Chimbote. Los tripulantes dormían. Chaucato, todo colorado el rostro, miraba al Mudo en el puente, a cielo abierto.
       —“¡Padrazo, padrenuestro!”, me rogabas anoche, mocoseando en el callejón del burdel. Putamadre, maricón Mudo; aquí ti’hago hombre.
       —Yo soy hijo de puta, patrón. Tú sabes.
       —No, güevón. Aquí, carajo, a bordo, todos son putamadre menos el patrón. ¿A ver?, tráeme a ese violinista del Gato. Debe estar mariado, vomitando.
       El Mudo bajó a los camarotes y regresó con el músico. El violinista no vomitaba. Estaba muy decidido.
       —¿No vomitas? Entonces vas derecho a la anchoveta que Braschi, el culemacho, li’ha quitado a los cochos [viejos; por asociación, también pelícanos] alcatraces. Ese, ese qu’está a tu lado, va’olvidar aquí el ojete, porque la mar es la más grande concha chapadora del mundo. La concha exige pincho, ¿no es cierto, Mudo?
       —Sí, Chaucato.
       —¿A ver? Están llamando por la radio. “Anchoveta a una hora isla Corcovado... a una hora isla Corcovado... rumbo 180...” Esa es la voz del Cadete. Hoy, con violinista y maricón, hacemos cien toneladas: mandas a la mierda al violín y el Mudo cierra el ojete, ¿no?
       Como si no hubiera oído bien todo lo que el patrón dijo, el violinista se acercó más hacia él y preguntó:
       —¿Es cierto, Chaucato, que tú te colgabas de rocas bien altas, en las islas, cuando cazabas lobos?
       —¿Y ahora preguntas cabronadas, ahora que el Cadete está hablando pa’ orientar la navegación, técnicamente, a la mancha de las anchovetas?
       “A una hora isla Corcovado... A una hora isla Corcovado... Rumbo 180... Rumbo 180...”, seguía repitiendo la voz por el alto parlante de la radio. Chaucato se acercó al micrófono:
       —Oye, maricón Cadete, maricón Cadete...
       “Tú, maricón. Te llevas al Mudo pa’cabronearlo”, contestó el altoparlante.
       —Oye, Cadete, ¿t’ interesa el Mudo? ¡Te cabreaste! [hacer el quite, escabullirse, fintar, perder la oportunidad] Ya se le paró, güevón...
       —“¿Y cuánto le has bochado [tirar] pa’que te lo mande?”, se oyó otra voz.
       —Ese es el Characato [apodo que se les da a los arequipeños] Pretel —dijo el patrón—. ¿Si’ha metido contigo alguna vez? —y miró al Mudo.
       —No, Chaucato. Ese... Tú sabes.
       —¡Aquí yo no sé nada, oye, Chueca! —nombró al Mudo por su apellido—. Tú, músico, vas a ayudar primero al popero, al cabecero qui’arrea el paño [trozo o pieza del boliche; está compuesto de varios paños de diferente cuerpo] a la mar; dispués vas a ser ayudante del estibador de plomo. ¿Entiendes, cojón de gato...? No; no contestes, concha e’ tu madre. Dispués tienes que entrar en el alzada del paño. Va’ pesar como cagada del diablo. Si hacemos las cien toneladas te cuento lo de los lobos. Yo creí que sólo a las putas les gustaba esa historia...
       —Oye, Chaucato...
       —Habla, músico. Ahístá tuavía el Mudo.
       —Oye, Chaucato. Entendido. El Mudo me ha explicado el trabajo en la lancha. Pero... ¿cómo otros patrones menos antiguos en la pesca, con menos méritos —tú eres cumpa de Braschi, casi su padre, y que has enseñado a casi todos los patrones de lanchar a calar anchoveta— cómo tienes una lancha vieja y de cien cuando a esos otros nuevos, menos maestros, les han dado de doscientas y hasta doscientas cincuenta pa’que ganen el doble que tú? ¡No... Chauco! No es ofensa, al revés, es amistá, gratitud... hermano.
       Al patrón se le desigualó la cara mientras el músico hablaba. Los brazos sueltos, el ojo izquierdo con el párpado bajo, algo caído y rojo; la boca igualmente algo caída por el mismo lado y el pómulo como hinchándose...
       —¡Hijo de puta! —dijo clarísimamente—. Los alcahuetes del Gato ven la cáscara, el forro de los güevos. Cuando’te meta los güevos sabrás, entenderás, como las putas. Estás en la mierda del Gato, ¿no? ¿Y de ahí vienes a hablar aquí, carajo?
       El Mudo tomó del brazo al músico y le hizo bajar la escala que comunicaba el puente con la cubierta de la lancha. “Le metiste el dedo... A otro lo mata” —dijo el Mudo.
       Chaucato empuñó el timón por las orejas. El barquito empezó a cortar las olas y a cabecear firmemente en el mar abierto. El rostro del pescador fue emparejándose lentamente en tanto que hablaba muy bajo, como si lo hiciera con el vientre: “Doscientas toneladas, yo cien; doscientas cincuenta, yo cien. Antes burdeleábamos juntos, aunque la Muda dice que él se ponía al Mudo de jinete... Estos malnacidos, di’uno u otro lado...” Observó los centenares de bolicheras que se lanzaban a toda máquina, como la Sansón I, hacia la dirección señalada por el Cadete. “¡Mudo! ¡Sube, Mudo!”, ordenó. El Mudo se detuvo asustado en la última grada de la escala. El Chaucato le preguntó sin mirarlo: “¿Es cierto que en tiempos se te paraba?” “Es cierto”, contestó el Mudo. “¿Es cierto que la Muda te mandaba montar a otro qu’estaba encima d’ella? “Es cierto; a oscuras, Chaucato”. “¡Lárgate, mierda!” Y siguió hablando con el vientre. (El Mudo bajó a cubierta). “San Pedro, de más güevas que yo, patrón de la mar: estos blanquiñosos tienen mañas de otras layas. Hambrientos por el hueco, hambrientos por el pincho, así también para el negocio. Nunca por nunca llenan su gusto. Fábricas, bolicheras, muelles, fierros, cada año menos obreros y más tragones ellos, pa’comer en la mar. Yo comencé a miar primero en la bahía pa’Braschi; al agua limpita le metimos huevo. ¡Braschi es grande! Tiene más potencia que la dinamita en la cabeza, en el culo, en la firma. Braschi ¡putamadre!, tú has hecho la pesca. Ahora comes gente. Pa’eso formaste la mafia, con los apristas. Yo, putamadre, fui hombre del General, ¿no? Al General también le metieron huevo; con él amarraron más pior la mafia. Ahora Chaucato, hermanón de Braschi, es contras Braschi. Dicen que pa’comer grande hay que elevarse, como pájaro en la mar. A Braschi, que se hacía montar en el burdelito di’antes, ¿quién puta lo ve ahora de Chimbote? Yo era su guardaespaldas, ¿no? Porque me salía de los forros. Miles de miles viven de él; en cambio él les come las huevas. Las huevas de Chaucato como los billetes de Chaucato engordan las cantinas y las putas de la Rosada, con alegría de mi parte. Braschi se lleva mi trabajo; no me va a tocar los forros. No se traga madre, ¿no? A Chaucato nadies no lu’ha jodido tuavía al gratén. No se traga madre, ¿no?”.
       Por primera vez decidió casarse. Ese pensamiento corría como una palpitación debajo de las exclamaciones y reflexiones que le salían de la boca. El cuerpo delgado, el rostro bonito y los ojos chispeantes de su cuñada, hermana de la mujer de su único hermano recientemente muerto y por quien él, Chaucato, había llorado un día entero, le entusiasmaban. “¡Pucha! Le tengo miedo a ella. No me le puedo declarar. ¡Tanta puta!, me pesa como plomo en la lengua cuando a ella quiero hablarle. ¿Cómo mierda le hablo?”.
       Oyó que la tripulación traficaba y echaba maldiciones de alegría en la cubierta, pero no subía nadie al puente. El sol opacado por las altas nubes de la cordillera, hacía resaltar el cogote ancho, un poco rojizo de Chaucato.
       Siguió hablando: “¿Cómo chucha... estos amos de fábrica hacen parir billetes a cada anchovetita, metiéndoles candela a fierro violento? Nosotros, putamadre, les llevamos el material... Yo hago parir a la mar... ¡Listos, carajo! Ahí está la mancha, sombreando. ¡Me cago en la ecosonda! ¡Abajo la chalana, concha’esu madres!”.
       Una fila en ángulo de enormes alcatraces apareció sobre la Sansón I. El cerro El Dorado, cortado a pico sobre el mar, con santuarios preincas en la cima, se elevaba, alto, muy a lo lejos, y separado de la cordillera por una honda garganta. Tutaykire [hijo de Pariacaca “como lluvia roja y lluvia amarilla caminó, fue jefe muy poderoso porque venció a todos”; fue seducido por la hermana de Chuqisuso, lo que le impidió continuar conquistando territorios hacia la zona costeña, desde Huarochirí a Lima] está trenzando allí, durante dos mil quinientos años, una red de plata y oro. Su cabeza brilla lento; su cuerpo duro da sombra, y por eso el cerro altisonoro, con un abismo al mar, vigila a los pescadores, ahora más que nunca. Tutaykire quedó atrapado por una “zorra” dulce y contraria, entre los yungas [habitantes de la zona geográfica que lleva ese nombre]. Desde el cerro El Dorado, ve arriba y abajo.
       Chaucato sintió la sombra de la montaña y examinó con regocijo burlón la economía que dibuja en rayas menudas y densas la mancha de anchovetas. Cuando apareció la fila de alcatraces, se le cayó, enrojeciendo, el parpado bajo del ojo, enfermo desde que era huahua. “Vagos, despatriados, muertos di’hambre, grandazos”, dijo mirando la majestuosa hilera doble y en ángulo cerrado de los pájaros. Empezó a dar órdenes a la tripulación, tranquilo en apariencia, pero con el hígado amargo.
       Media hora después, las lanchas bolicheras habían tendido calas de doscientas y trescientas brazadas de largo sobre la mancha. Las anchovetas fueron embolsadas por las redes: nadaban saltando, boqueando, abriendo las agallas en espacios cada vez más reducidos, chispeando en la superficie. Potas enormes, negras, tragaban todavía anchovetas y se ahogaban en la trampa. Los alcatraces bajaron: pajareaban volando a ras del mar; daban como tarascadas en la hirviente red cargada, nadaban al borde de los corchos del boliche; tropezaban con la gareta de nylon durísimo, estiraban sus flácidos bolsones y los picos largos, aleteando. Saltimbanqueaban y pescaban bocanadas de anchovetas; las embolsaban, alzaban la cabeza y hacían resbalar, como tras un tul frío, docenas de anchovetas, de la bolsa flácida al buche. Ni las moscas de las más sucias chicherías de los barrios de las ciudades andinas hacían tanto negro baile. Algunos grandes alcatraces se enredaban en la gareta y el paño. El chalanero los agarraba del pico, los alzaba y los tiraba al mar. Volvían entonces al ataque.
       La lancha de Chaucato, claro; sí, de Chaucato, no tenía macaco; había que alzar la cala con huinche, chinguillo y pulso. Todos a la faena mientras él vigilaba. Tuvieron que devolver a la mar la mitad de la pesca, cien toneladas, felizmente de pez vivo. Se desemparejó nuevamente la cara del patrón.
       —Oye, violinista, cabrón —gritó desde el puente—. Has trabajado bien, venenoso. Y tú, Mudo, habla. Vas a recibir mucho billete por la cala di’hoy. ¿Quí habrá haciendo ese gringo Maxwell con la puta gorda? Jamás dentraba al burdel. Tú sabes, maricón, por eso quisiste punzarle, sin saber manejar chairo.
       Los tripulantes no entendían si Chaucato hablaba en serio o en broma. La bodega de la lancha estaba repleta. La anchoveta muerta alumbraba; rebosando de la bodega hasta la cubierta, mejoraba la luz opaca del día, hacía resaltar la cara de los tripulantes. Un tremendo chacho de mar, un delfín, que fue atrapado en la red, estaba tendido sobre el coliche ya recogido en la cubierta.
       —Me dijeron, Chaucato —contestó el Mudo.
       —¿Te dijeron qué? ¿Quién?
       —Me dijeron, porque yo era mierda. Desde ahora ya no seré mierda, Chaucato. Tú sabes...
       —¿Cortar a un gringo? Este... Maxwell, buen gringo.
       —Ya soy pescador, pues, Chaucato.
       —¡Ah, huevón, cule’cueva! La mafia, ¿no?
       El Mudo se sentó sobre el boliche, cerca del chancho de mar.
       Chaucato le preguntó:
       —¿El gringo es o nu’es contra el fraile Cardozo? ¿Es gringo, nu’es gringo?
       —Oye, Chaucato —contestó Maxe, un tripulante alto, algo mulato, que caminaba balanceándose como si la fuerza de su cuerpo lo venciera—. Oye, Chauco: tú no eres juez para esos asuntos que suceden en tierra. Tengo hambre. Hemos calado bien. Que el gringo y el Mudo sean o no sean, eso lo veremos en su debido lugar. ¿Ya?
       —Ya mierda ¡a comer! Yo también creo di’hambre mi’amargo por demás.


* * *

      El Chaucato miraba regocijado a Maxwell. Tenía a una rubia flaca sobre sus rodillas. Casi todas las parejas habían dejado de bailar. Un zambo, muy ceñido a una joven nariguda, movía su cuerpo caliente sobando a la mujer en un ángulo del extenso salón. El Chaucato lo observó a lo lejos con el rabillo del ojo; “Putamadre”, dijo y siguió mirando a Maxwell.
       Maxwell danzaba un rock and roll con una injerta [hija de persona de raza asiática y blanca o india], delgada, bien achinada. El baile del norteamericano tenía pendientes a todos los contertulios del salón rosado del prostíbulo. En el patio de afuera, un árbol de laurel enclenque, de tronco huesudo, dibujaba media sombra, nítidamente, a la luz del salón que le alcanzaba hasta la mitad del tronco. Otra sombra más débil y completa se extendía del árbol a la tierra regada a baldazos; era por la luz de la luna. Maxwell daba saltos, caía sobre la punta de los pies; alzaba a la China en el aire, la dejaba caer a un paso, la tomaba de la mano para hacerla girar, la volvía a dejar libre; la miraba; el ritmo de su cuerpo contagiaba hasta al arbolito del patio. Como el agua que salta y corre, canalizada por su propia velocidad en las pendientes escarpadas e irregulares, y cambia de color y de sonido, atrae y ahuyenta a ciertos insectos voladores, así el cuerpo de Maxwell templaba el aire en el salón. En poco rato, los contertulios, borrachos y sanos, patrones de lancha, pescadores, comerciantes, mirones ansiosos sin dinero, fueron acercándose al norteamericano y su pareja. Algunas rameras cholas veían a Maxwell como a una candela. El Chaucato dijo: “Todos van a querer arrimarse a la China y las putas al gringo”. La Flaca no lo oyó; miraba a Maxwell. Gerania, la mujer, y Petronila, la hermana de Tinoco, parecían estar arrodilladas a pesar de que dos patrones de lancha las apretaban con los brazos. Alguien silbó desde el patio, mientras Pretel, el Characato, entraba en el salón. Maxwell daba vueltas sobre un pie; al silbido cambió de postura, quedó como en cuclillas, pero algo alzado, mientras la China hacía lo mismo. “Es caucho con tembladera, jebe que tiene sangre”, dijo en voz alta y sin darse cuenta, Gerania, la mujer de Tinoco, “Avispa San Jorge que como araña venenosa, por eso tiene candela”; “Calla, mierda”, le espetó el patrón de lancha, un negro grande que la había tomado de pareja (en las asambleas del sindicato ese negro halaba atropellándose pero con aire solemne y en las ocasiones más riesgosas). Le llamaban Toro Muerto. La Gerania escuchó el silbido y corrió hasta el gringo. “Tú ahora, baila”, le dijo la China, deteniéndose. Maxwell siguió moviendo las rodillas un instante...
       —¡Guarda yanki! —gritó alguien. Maxwell sintió como un aire en la espalda y se lanzó al piso; el Mudo tropezó con él y cayó. No pudo retener el cuchillo. Antes que nadie, la Muda, su madre, a cuatro patas, alcanzó el cuchillo y lo guardó. Era la prostituta más sabia de Chimbote.
       Pretel, el Characato, alzó al Mudo sujetándolo de la camisa, le dio un sopapo medido en la boca. La Muda dejó que lo golpeara. Alzó las manos pidiendo calma. Se agolpaban ya los contertulios del salón iluminado; únicamente el zambo y su pareja seguían sobándose mientras bailaban. Una guaracha había reemplazado al rock. En la puerta del salón aparecieron dos rameras del pabellón blanco; llegaron cansadas; eran gordas y panzonas. Voceó una de ellas: “Gringo maricón, gringo cojudo”. El Chaucato, entonces, aprovechó la atención a los insultos; bajó de su alta silla cargando a la Flaca en una postura inverosímil.
       —Te la cambio —le dijo a Maxwell—. Dame la China.
       Ella estaba de pie junto al gringo.
       —No la cambies, Maxwelcito. Sería ser mierda —se oyó una voz disfrazada.
       —Como ella quiere.
       —Me las llevo a las dos —dijo Chaucato. Soltó a la rubia flaca, abrazó a las dos, a cada una con un brazo, y salió al patio. La China se arremilgó al cuerpo del pescador. Chaucato era como encorvado, parecía grasoso.
       —Pa’eso es solterón, pa’eso saca de la mar putamadre de billetes —dijo alguien.
       El paso del Chaucato causó silencio; en ese instante, Gerania, la serrana, abrazó de sopetón a Maxwell, empezó a revolverle los cabellos rubios. Todos miraron a Toro Muerto, el orador negro, pareja de la serrana. Pero Maxwell alzó a la mujer en una postura idéntica a la que usó Chaucato para cargar a la Flaca. Con sus dedos callosos el gringo apretaba a la Gerania mientras la cargaba. Ella volvió a sentir miedo, “Avispa San Jorge que come araña venenosa”, y permaneció quieta. Maxwell avanzó con paso ceremonioso hacia Toro Muerto.
       —Tu hembra, pues, de esta noche —dijo y soltó a la mujer junto a los pies del patrón de la lancha.
       —Chola borrachienta.
       Toro Muerto la empujó con el pie.
       Maxwell estiró el brazo hacia la prostituta más gorda de las que acababan de llegar del pabellón blanco. Ella dudó un instante y accedió. Agachada, como un boxeador a la defensiva, empezó a moverse al compás de la guaracha; el gringo la imitó y continuó dando los mismos pasos, repitiendo los mismos movimientos del cuerpo, la cabeza y los brazos, como si fuera un desprendimiento de la gorda, una sobra algo deformada. La casi vieja y tremenda prostituta se desplazaba cada vez con más energía; sus senos colgantes, sus hombros y sus mejillas hervían; abría la boca. “¡Un hipopótamo sagrado!”, repetía en inglés Maxwell.
       Otra vez la concurrencia, ésa del salón rosado del prostíbulo del Chimbote, se detuvo para contemplar a una pareja. La gorda se deslizaba a todo lo largo del espacio cercado por los clientes; su piel oscura y sus ojos del mismo color estaban pendientes del gringo; cada aleteo de sus brazos y de su cuello y la tembladera de su barriga y de sus nalgas trasmitían a putas y clientes el ansia de estar en silencio, oyendo, recibiendo, ¿qué? el aire, lleno de la fuerza de la podredumbre que llegaba del humo, de los basurales, de la bocaza agonizante de los alcatraces chimbotanos. La Gerania se movió, sacudiéndose, salió, por fin, hacia el patio; se dirigió al penumbroso callejón rosado. Despacio, la siguieron varios clientes; sin darse cuenta la siguieron como en fila. Su marido y cabrón, Tinoco, la vio salir. Él estaba cerca del tragamonedas tocadiscos. Pretel, el Characato, se le acercó y le dijo: “anda, golpéale la puerta al Chaucato, ha de estar donde la China”.
       El cholo pescador se detuvo un instante, de espaldas, en la puerta del salón, allí se alzó de hombros y salió al patio. De camisa roja y zapatos bien lustrados, una ancha correa en la cintura, se dirigió al “corral”. La brillantina olorosa, Glostora [marca antigua de brillantina, popular desde la década del 40], le hacía salir lustre no sólo de los cabellos peloduros sino también de la cara.
       El Mudo gemía en la pieza de su madre, mientras una corta cola de clientes esperaba en la puerta. Ella gruñía: “Uh, uh, uh!” y hacía como que succionaba algo con sus labios. El Mudo dijo: “Primera vez que rajo cuchillo y me se cae el gringo. A Pretel le tengo miedo, pero voy a comérmelo, putamadre, Muda”. Ella señaló en el aire el tamaño de Pretel, luego describió su figura y entregó al Mudo cuatro billetes de quinientos soles. El Mudo comprendió. Le habían lavado la cara. Como la sangre fue por un sopapo, no tenía hinchazón sino un enrojecimiento en la nariz y en la boca. Se dirigió tranquilo al salón del prostíbulo. Pasó por la puerta del cuarto de la China, se detuvo, puso los labios junto a la rendija y habló. “Chaucato, padrazo, padrenuestro, ya soy pescador...” Pretel lo cogió de los pelos y lo llevó hasta el árbol de laurel. “Quédate ahí, maricón —le dijo—. En una luz, pa’verte la jeta hasta que acaba al zurunga [cualquier bulla que llama la atención, en este caso posiblemente se refiere a la música y el baile] en el salón”.
       La gorda y Maxwell salieron abrazados al patio. El baile se había generalizado. El Mudo se lanzó a la carrera tras de Maxwell y gritó al tiempo que lo golpeaba con una rama de laurel. La Gerania, ya vestida de tul, abandonó al hombre que estaba en su pieza y corrió al patio. Encontró el tumulto en el pasadizo que comunicaba el patio con el callejón rosado. Maxwell había acogotado al Mudo con un brazo. Dos hombres se arrojaron sobre él. La puta gorda empezó a chillar.
       —¡Pescadores maleantes, mierdas, asesinos, serranos!
       Iba a lanzarse sobre el grupo enredado en el suelo. Se oyeron silbatos de policía. Se desarmó el tumulto. La puta tomó del brazo a Maxwell, y salió con él, apurando al gringo.
       El zambo silencioso del salón iluminado seguía meneándose interminablemente al compás de la música. Estaba sola la pareja. Un cabo le dio el alto. “Vas preso”, le dijo: “Por mucho burdel que sea, tú no haces eso aquí, en el salón público”. “Estoy vestido, jefe. Me gusta ensayar, calentar primero, jefe. Me conocen; Mendieta, a sus órdenes, patrón de lancha de la Braschi. Cada cristiano mueve a su modo, propiamente, jefe. La Narizona también está de traje. Mire”.
       —¿Ningún preso? —preguntó el cabo a un guardia que entró al salón.
       —Vamos a llevar a la Gerania. Le ha sacado un pedazo del codo a un pescador inocente. De los ojos está alocada.
       La Gerania tenía ojos grandes muy negros e indiferentes, pero una vez cada tiempo se le encendían, y entonces...
       —¡Dejen esa puta! —ordenó el cabo—. La puta no muerde por gusto. Al pescador maleante lleven preso. ¿Está preso?
       —También, mi cabo. Ahistá, afuera. Un número lo tiene del pescuezo. Creo es inocente. Al Mudo le hemos quitado dos mil soles, mi cabo. Ese no trabaja.
       —Entonces no lo lleven preso. Que se joda. Hay que llevar presos a pescadores maleantes; a ese “inocente...” Y a este putañero zambo.
       —Jefe, cabo, el Mudo pesca ahora en la lancha de Chaucato —dijo el zambo—. ¿No es cierto, Narizona? Llévelo preso; es maleante. Yo soy patrón, putañero, estoy con putas, ¿no? Estoy parao. “¿Ostí?”, ¿quiere?—y cerró un ojo.
       Otro guardia entró al salón. Traía a un pequeño sujeto de cabellos hirsutos.
       —Venía corriendo, mi cabo —lo presentó el guardia—. La Argentina, del rosado, estaba mirando, lo estaba llamando. Este cholo asustado ha confesado ya, pues.
       —M’iquivoqué, jefe —habló el hombrecito, y saludó al zambo.
       —Soy su patrón —dijo Mendieta—. Yo le pago, jefe. ¿Cuánto, la Argentina? ¿Es de cuarenta o de cincuenta?
       —Creía que era pabillón blanco, me’covicado —repetía el hombre. Calzaba zapatos nuevos.
       —Vas preso —ordenó el cabo—. Creías que era el “corral”. Tú eres del “corral”.
       —Pescador, yo, lancha Mendieta; Jefe Planta, caballiro respeto Rincón, Jefe Bahía, caballiro respeto Corosbi; Compañía Braschi, jefe. A “corral” va pión hambriento, chino desgraciado, negro desgraciado...
       El zambo dejó a la Narizona en el extremo del salón, se dirigió enérgicamente hacia el cabo.
       —Eso no es justicia, jefe. ¿Qué saca la puta con que este serrano indio vaya preso? Buen pescador, jefe. Ya no va al “corral”, éste. Las putas cobran de entrada, jefe “Ostí” sabe. ¿Qué ha confesado?
       —Va preso. Tú también, putañero zambo, vas preso también. ¿Por qué dices “ostí”?
       —En la cara; en el hablar se conoce al serrano. Usted serrano.
       El cabo puso la mano en la pistola.
       —¡Fuera! —dijo—. ¡Este gallinazo!
       El zambo hizo una seña con el hombro a la Narizona y salió al patio. Los guardias lo siguieron. Se llevaron detrás al pequeño sujeto extraviado, trinchudo [hirsuto, extraviado].
       Pocos minutos después bailaban en el salón muchas parejas. La Narizona permaneció de pie en el extremo del salón, lejos de los tragamonedas. No aceptó la invitación de varios comerciantes y de patrones de lancha. “Espero al zambo Mendieta”, contestaba. Cuando Pretel insistía regresó al zambo.
       —Bien, Mendieta. ¿Cuánto? —preguntó el Characato.
       —Quinientos por mí, trescientos por el serrano bruto. ¡Tenía plata el serrano! Es nuevo. Estos indios son contra; se aturden con la plata.
       —¡Ochocientos! Así fomentas l’ambicia de esos guardias sarnosos.
       —Sarnosientos, como algunitos conocidos, ¿no? ¡Usted sabe de más, usted sabe! Vamos, Narizona.
       Le dio la espalda a Pretel.
       Otro patrón de lancha detuvo a Mendieta en la puerta del salón, le dijo algo al oído. “¿De mí te habla ese cojudo?”, preguntó la Narizona.
       —Cuando ya estás con otro y en su delante de él, no estás para que hable mal de ti, güevona, con perdón de mi cumpa.
       “Dice que Braschi ha echado otro diario grande en Lima. Que el Blanco y el Rosado y “el corral”, tú también, le pagan a Braschi, tanto por ciento...”, explicaba el zambo en la penumbra roja del cuarto de la Narizona.
       —¡Envidia, envidia, envidia, pues! Zambo de mi vida, por ti la muerte. Ese patrón será alcagüete de Braschi. Braschi es maricón.
       Empezó a lamerle las piernas al pescador, desde el nudo de la rodilla hacia arriba. Con los ojos cerrados avanzaba por el cuerpo; él apretaba los ojos, las manos sobre la cabeza de la mujer. Ella gustaba los vellos ensortijados del hombre en el paladar; ascendía, y cuanto más arriba del cuerpo, apretaba los pechos a la piel del zambo; su lengua se avivaba, hacía llegar sus movimientos hasta los dedos del zambo, a la nuca, al día de su nacimiento. Y mientras el pescador repetía: “Todo se paga a Braschi, todo se paga; de todo lo rico saca tajada en billetes”, se oyeron pasos afuera, los pasos de zapatos con clavos. Los pasos volvieron.
       Quien paseaba afuera era, siempre, Zavala. Meditador, lector y pescador, sindicalista enérgico, no hablaba pendejadas ni en los bares ni en las asambleas, pero no podía mandar una lancha y olisqueaba ansioso los prostíbulos.
       Andaba en la angosta acera del patio del laurel y en el callejón de luz rojiza. A una hora exacta, las vísperas, cuando más gente había, caminaba, primero en el patio y luego junto a la puerta de la Narizona, en el callejón rosado. No hacían cola en esa puerta cuando el zambo Mendieta “cerraba” el cuarto.
       La hediondez que se formaba en el cuello del tronco del laurel, por el agua con jabón que le baldeaban, criaba unos gusanos peludos. “Hijos de los puntos y la tierra”, decía Zavala. Todo el resto del patio era igualmente de tierra baldeada.
       El pabellón blanco no tenía patio ni árbol. Los cuartos daban a callejones más anchos, de piso de cemento, alumbrados con tubos de luz neón blancos. Angostos pasadizos, que estaban en sombra, comunicaban los callejones, y también allí habían cuartos, los más pequeños, de las rameras más baratas. El salón de baile quedaba en uno de los extremos de los vericuetos; tenía la apariencia de un gran depósito o de una pequeña iglesia. Olía a ruda. Las prostitutas no se vestían de tul para mostrarse en la puerta de los cuartos como algunas del Rosado; se exhibían con medio cuerpo calato. El olor de los urinarios se mezclaba con el de la ruda en el piso y en las paredes, y como los callejones eran anchos parecían menos concurridos que el angosto y de luz rojiza del pabellón rosado. Zavala caminaba primero en los callejones del Blanco, solo o acompañado de un pescador tartamudo y muy avariento que era paisano suyo. Luego salía al campo de estacionamiento de vehículos del prostíbulo y se dirigía al “elegante” Rosado. Una irregular fila de pedrones caleados sobresalía en el campo de estacionamiento, todo desigual y empinado. Las prostitutas iban de una a otra sala muy rara vez. Zavala guiaba a su paisano del Blanco al Rosado, y de vez en cuando iban también al “corral”. El tartamudo seguía a su amigo en los paseos frente al cuarto de la Narizona.
       —¿Po–po–por qué a–a–andas? —le preguntó la noche en que bailó Maxwell.
       —Su nariz es chimenea de trasatlántico, binocular. Huele todo el mundo.
       —¡Co–co–cocobolo!
       —Yo paseo, ella me siente a segundos, a milímetros. Es otro placer.
       —¡Mi–ma–mare nostrum!
       —Mare tuya, minilengua. Yo... su nariz ansiosa, aventada; tristeza.
       —¿Y el triste serrano, Za–za–zavala? ¿E–e–ese que–que apresaron?
       Volvió donde la Argentina; le mostró dos billetes de cien soles. “Entra”, le dijo ella. Entró y la Argentina cerró la puerta. “¿Por qué corriste?”, preguntó.
       —Guardías, guardías, pues, asustando a mí.
       Era blanca, alta, de pelo dorado.
       —“Hey cachao [tener relaciones sexuales], graten [gratis], yo pindijazo”, diciendo digo a guardías. Guardías me llevan. Me patrón, zambo Mendieta, soborna guardías. Poco plata. Tú, puta, blancona, huivona. Ahistá, carajo. Toma, carajo. Doscientos soles nada para mí. Puta, putaza.
       Le iba a arrojar los billetes a la cara. Los tiró sobre la cama.
       La Argentina mostraba las piernas suaves tras un tul rosado. No aceptaba compromisos “de por noche”. Cobraba caro. Se acercó al hombre. Él retrocedió. Era como si el cielo se le viniera encima. ¡Rubia, blanca, desnuda!
       —Estás asustado. Hueles a jabón. No digas lo que no sientes. Tú no eres un putamadre pescador...
       —Piscador juerte, machazo... Ochinta toniladas anchovita.
       Retrocedía. La Argentina cambió de dirección. Su pieza, ubicada al final del callejón rosado, era un cuadrilátero irregular, más amplio que las otras celdas. Sonreía y avanzaba; dirigió al hombre hacia la cama. “Tú no eres un putamadre sino una vizcachita; che pibe, huahua”.
       La ramera abrió los brazos, blanquísimos, movió los pechos. Asto se apellidaba ese pescador. “¡Lucero, estrella!”, dijo a locas, cuando ella se inclinó para abrazarlo.
       Asto salió del cuarto de la Argentina al callejón techado en el que caían los haces de luz de unos tubos de neón rojizos. En esa luz los rostros se veían como indefinidos, los trajes oscuros se intensificaban. Asto no percibió las filas de clientes de la Argentina y de las otras. Se fue silbando un huayno, cruzando las otras filas de clientes. Zavala, lo vio irse. “Pisa firme ahora —dijo—. Camina firme, silba firme ese indio. Desnudo, amarrado al muelle, días de días, aprendió a nadar para obtener matrícula de pescador. No hablaba castellano. ¿Cuál generosa puta lo habrá bautizado? Desde mañana fregará a sus paisanos, será un caín, un judas”.
       —Pa–pa–para los se–se–serranos de tierra. La–la mar–i–i– iguala, o–o–oye pa–pa–pa–paseante.
       Aston se dio cuenta que silbaba sólo cuando llegó al final del callejón rosado y se acabó la luz neón. Pasó al campo de arena. “Yu... criollo, carajo; argentino, carajo. ¿Quién serrano, ahura?”, hablando se acercó a uno de los automóviles de plaza.
       —Oe, chofir —le dijo—, a me casa, carajo. Hasta me casa.
       —¿Adónde vas, jefe?
       —Acero, barrio Acero. Pescador lancha zambo Mendieta, yo.
       —Barriada dirás, serrano —le corrigió el chofer.
       Arrancó el coche, cruzó el campo desigual, pedregoso, en el que se estacionaban los automóviles e ingresó al arenal que separaba los prostíbulos de la Carretera Panamericana. El coche se balanceaba en las huellas, sus faros cortaban la luz de la luna. Por las ventanas laterales, Asto sentía la luz.
       —¿Conoces zambo Mendieta? —preguntó al chofer.
       —Sí “conoces”. Es contra, recoge serranos brutos.
       —Yo, Asto, patrón de ti, chofer ladrón.
       El chofer detuvo el coche y volvió la cara hacia el pasajero. Asto le apuntaba con una chaveta.
       —Patrón de ti, ahura. ¡Ricoge, caray, rápido!
       Con la otra mano Asto le arrojó a la cara un billete de cincuenta soles.
       —¡Selincio! —ordenó.
       El chofer sacudió la cabeza, se acomodó y puso en marcha el coche.
       La carretera estaba congestionada de tránsito. Triciclos audazmente pedaleados por mujeres y muchachos rodaban entre las encontradas filas de camiones, volquetes, tanques de gasolina y relucientes automóviles. El taxi del prostíbulo no podía ingresar al pavimento; retrocedió el talud y se detuvo.
       El chofer bajó del coche, abrió la puerta del pasajero.
       —¡Fuera de ahí, cholo serrano desgraciado, chavetero, contramadre! ¡Saca el cuchillo, indio gallina, patrón de la puta e’tu madre!
       Asto sacó el cuchillo; bajó. El chofer le descargó un fierrazo. Asto esquivó el golpe y se echó a correr hacia el prostíbulo. Venía otro coche. Asto salió de la huella; sus zapatos nuevos se hundieron en la arena. La fetidez del mar despezaba el olor denso del humo de las calderas en que millones de anchovetas se desarticulaban, se fundían, exhalaban ese olor como alimenticio, mientras hervían y sudaban aceite. El olor de los desperdicios, de la sangre, de las pequeñas entrañas pisoteadas en las bolicheras y lanzadas sobre el mar a manguerazos, y el olor del agua que borboteaba de las fábricas a la playa hacía brotar de la arena gusanos gelatinosos; esa fetidez avanzaba a ras del suelo y elevándose. Empezó a tragarlo Asto, fuera de la huella.
       —¡Yu, jefe! —dijo—. ¡Fierrazo de chofer ducho, al aire!
       Siguió andando por el arenal suelto, nuevamente hacia el prostíbulo. Empuñaba en la mano derecha un nudo de billetes. Así entró al “corral”, no a los pabellones, al “corral” de las chuchumecas aún más baratas; un conjunto cercado de cuartos construidos sobre la arena suelta.
       Negros, zambos, injertos, borrachos, cholos insolentes o asustados, chinos flacos, viejos; pequeñas tropas de jóvenes, españoles e italianos curiosos, caminaban en el “corral”. Hacían marchas y contramarchas; pasaban por la puerta de los cuartuchos, mirando, deteniéndose un poco. Las prostitutas, vestidas de trajes de algodón, aparecían sentadas en el fondo de los cuartos, sobre cajones bajos. Casi todas permanecían con las piernas abiertas, mostrando el sexo, la “zorra”, afeitada o no. Algunos serranos quedaban paralizados, mirando, y entraban. Ellas les recibían lo que podían darles, desde cinco soles, pero no se quebrantaban ante los ruegos de algunos que se estrujaban las manos delante de las rameras, ni aceptaban prendas, como chaquetas, anillos baratos o sombreros de paja, que les ofrecían. Guardias armados vigilaban las dos filas de cuartos del “corral” y formaban el retén de todo el prostíbulo. En los otros dos lados del “corral” no había sino muros de adobes de cabeza, fuertes, que contenían el viento y la arena.
       El “corral” malamente alumbrado por dos focos altísimos, atornillados en la punta de un poste de madera sin cepillar, algo torcido, recibía directamente el olor de las fábricas y del mar. Se alzaba la arena con el viento, atoraba un poco las narices de los visitantes. La mayor parte de esos clientes venía a pie desde la carretera, y muchos venían a ver. No tenían dinero. Se volvían tropezando en la desigualdad de las culebras de arena que el viento formaba y borraba en la superficie del desierto. El conjunto de los salones y el “corral” estaban a cubierto de la carretera por grandes depósitos de harina de pescado que habían construido junto al camino. Así, la fila de coches y de peatones transitaba al prostíbulo sin ser vistos por los viajeros de la Carretera Panamericana.
       Asto se dirigió a uno de los cuartos de la fila que estaba en dirección del mar, contra los cerros de arena y rocas de los Andes. Zavala y su paisano habían llegado allí unos minutos antes. Zavala “inspeccionaba” casi todos los prostíbulos. Lo reconocían. Acompañado por el tartamudo andaba muy cerca de las filas de cuartuchos del “corral”. Algunas prostitutas criollas lo saludaban desde sus cajones. Él contestaba alzando el brazo o sonriendo, según la distancia. Aspiraba fuerte el aire. El viento se llevaba los olores fugaces; el hedor del mar no cesaba. “E–e– este vicioso hue–huele la–la–la–las “zorras” pestíferas, a–a–así, a–a–abriendo las narices”, pensaba el Tarta. Y él también vio a Asto. También se dio cuenta, él, del apresuramiento del pequeño cuerpo del pescador.
       Zavala vio entrar a Asto a uno de los cuartuchos del extremo de la fila. El Tarta y Zavala pescaban para la misma compañía que Mendieta. Los tres habían visto al indio Asto chapoteando en el mar, días de días, amarrado al muelle, aprendiendo a nadar para matricularse en la Capitanía. Seguido del Tarta, Zavala se encaminó hacia el cuartucho del “corral” al que había entrado Asto. Desde esa esquina del “corral” se podía ver la cadena de islas que cerraban la bahía, las bocanas que separaban las islas y por donde los centenares de barcos pesqueros entraban y salían del puerto.
       Zavala estiró el brazo y señaló la bahía.
       —Esa es la gran “zorra” ahora, mar de Chimbote —dijo—. Era un espejo, ahora es la puta más generosa zorra que huele a podrido. Allí podían caber cómodamente, juntas, las escuadras del Japón y de los gringos, antes de la guerra. Los alcatraces volaban planeando como señores dueños.
       —De–de de’sa “zo–zo–zorra” vives, maricón —le contestó el Tarta— Vi–vi–vive la patria.
       —Vive y suda, Tarta bestia. Asto agoniza, como pez en la arena caliente.
       —No–no–no seas caballo. A–a–asto pe–pe–pelea co–co– con uñas y dientes, en–en–en cualquier parte.
       Lo vieron salir del cuartucho, abrazado de una mujer bajita. Ella cargaba en el brazo derecho una maleta pequeña. Zavala, seguido del Tarta, se dirigió hacia la pareja.
       —Te presento a m’hermana —dijo Asto a Zavala—. Yo... como cabrón Tinoco era. Ahora, ochinta toneladas de diario, tres semanas hey cobrado. Me compleaños es, me santo. Tengo billete para meter al garganta del Tinoco, del Braschi también, se quiere. ¡Adiós prostíbolo “corral”, adiós, adiós ¡ay! mala vida!
       Se fueron. Dejaron abierta la puerta del cuartucho, Zavala y el Tarta los siguieron hasta el campo de estacionamiento de los automóviles.
       —Jefecito, patroncito —le dijo Asto a un chofer—. Llévame barrio Aciro, con coidado.
       —Triste puta te llevas —comentó el chofer.
       —Nu, caballiro, m’hermana es. ¡Santo de mí, ahora!
       A poco de arrancar el automóvil, el chofer oyó que el pasajero hablaba en quechua, fuerte, casi gritando ya. La mujer le contestaba igual. Hablaron, después, juntos, al mismo tiempo. Parecía un dúo alegre y desesperado. “¡Estos serranos! Nadie sabe, nunca”, dijo silabeando, despacio, el chofer.
       —Una paseada más a la Narizona, oye, Tarta —rogó Zavala a su paisano—. Una paseada.
       —Tú solo, güevón. Yo voy a la gran chucha’e tu madre que n–n–nos alimenta, que–que–que parió a Braschi, a Rincón. Chimbote re–re–resplandece hu–hu–humo, llama vi–vi–viva. ¡Chucha vida!
       Se fue rengueando sobre la arena.
       “Poeta tartamudo, avaro; señor de pueblo que era, ése sólo fornica a la gran ‘zorra’ que es la bahía —se quedó reflexionando Zavala—. Antes espejo, ahora sexo millonario de la gran puta, cabroneada por cabrones extranjereados, mafiosos. Y, el indio ése, pendejo, discípulo arrepentido del Tinoco, ¡que se vaya a la mierda!” Luego se echó a andar hacia el salón rosado.
       Con la luz neón su saco azul ennegreció y se encendió un brillo en la superficie; era de tela sintética. “Tirabuzones cabrones, cabronean a Chimbote, cabronean al Perú desde el infierno puto”. Reflexionando ingresó Zavala al callejón rosado. De tres, de cuatro, de a uno, salían hombres apurados. “No tienen cara creo, éstos, o yo tengo los ojos hechos brea...” Y empezó, nuevamente, a dar paseos cortos frente a la misma puerta.
       —Entra, Za–za–zavala —oyó que le decía el zambo Mendieta—. ¡Por los clavos!... de tu taco, entra —lo invitó, manteniendo la puerta abierta—. Ahí, con la Narizona, nu’hay tiempo pa’pensar. Yo me largo ya.
       —Es una “deferencia”, Mendieta. Entro —dijo Zavala.
       Por primera vez pasó ese umbral. Mendieta le cerró la puerta desde afuera. Zavala corrió el cerrojo.
       La Narizona medio se arrodilló sobre la cama. La luz roja del velador, un foquito en forma de lanza, le alumbraba la cara, el filo bravo de la nariz.
       —Tanto tiempo paseas —dijo—. Reloj despertador sin dueño.
       —Mejor es pasear —contestó Zavala, y se volvió hacia la puerta.
       —No. ¡Flaco animal! —saltó de la cama la Narizona—. El zambo me ordena. Yo te hago lo que quieras; por él.
       —Como la gran ‘zorra’ de Chimbote cuando ordenan de New York a Lima y de Lima a Chimbote. ¡Las huevas, cabronas! ¡Finish!
       Zavala abrió la puerta y salió. Una pequeña cola de hombres se formó inmediatamente frente a esa puerta.


* * *

      El “corral” lo cerraban antes que los pabellones. Cuando la Narizona subía a un taxi en el campo de estacionamiento, apagaron los focos del poste en el “corral”, y el arenal pisoteado como por patas de palomas era emparejado por el viento. Un guardián juntó la puerta de madera del cerco, le echó cadena y un candado rojo enmohecido que tenía forma de escudo.
       Mientras, y flameadas por el viento tres chuchumecas subían hacia la barriada de San Pedro, por uno de los caminos que seguían las piaras de burros de los aguateros. Eran putas del “corral”. No aceptaban pagar la costosa tarifa que los taxis de la ciudad pedían de noche para subir hasta la barriada del gran médano. Nunca se estaba seguro de que no se atascarían las ruedas.
       Las tres andaban en fila por el angosto camino que los burros trazaron y afirmaron algo con sus millares de viajes por el cerro de arena.
       —¡Malhaya vida! ¡Putaza vida! —dijo la que iba última.
       —Claro. Como en despeñadero barrancamos. Así también levantaré. ¡Yu, carajo! —contestó la de en medio.
       La que iba primero no hablaba; se adelantó, fatigándose mucho. Hundía los pies en la arena; en los trechos donde los burros encontraron cascajo y siguieron la veta del piso duro, esa mujer picaba menudo los pasos. Llegó a la carretera “marginal” de gruesa arena y basura en que empiezan las calles, todas derechas y en cuadro, de la barriada. Abajo, al pie del médano, el puerto pesquero más grande del mundo ardía como una parrilla. Humo denso, algo llameante, flameaba desde las chimeneas de las fábricas y otro, más alto y con luz rosada, desde la fundición de acero. No alcanzaba al cerro la pestilencia del mar. La chuchumeca corrió, medio encorvada, acezando en la arena suelta; subió algunas cuadras por una calle que las estrellas alumbraban hasta que se perdía en la cima lejanísima del médano, la calle Colombia. Tras un enmohecido volquete despatarrado, con algunos lampos de pintura amarilla, ahí estaba su casa. Interrumpiendo y, a largos trechos, rodeando las llamas, las luces y el humo del puerto, brillaban como metal medio escondido grandes pantanos en que la totora crecía aún, salvaje.
       La mujer que iba última comentó, mientras luchaba con el médano:
       —Esa Orfa va morir, pues. Enjuerma corre cerro, cerro pesao.
       —Ostí no sabes, ostí machorra —contestó la que iba adelante.
       —Va morir. Chuchumeca enjuerma, con hijo, no aguanta —insistió la que iba detrás.
       La mujer que iba adelante se dio vuelta; sus pies empujaron con trabajo la gruesa arena del último trecho de la cuesta, el más empinado.
       —No sabes parir —le dijo la otra—. Mujer con hijo aguanta viento, cerro pesao. Todo aguanta.
       La otra, de espaldas al puerto, al humo y a las llamas que hacían resaltar más la figura de su cuerpo contra la arena blanca, alzó la cabeza.
       —Hijo de chuchumeca es maldición. ¡Ahistá! —gritó. Se dio vuelta también ella y retrocedió un paso para quedar junto a la primera mujer y frente al mar—. ¡Ahistá infierno —y señaló el puerto— cocinando pescado, cacana de pescado también! Ahistá candela. Su hijo de infierno, hijo de Tinoco, es el hijo de Orfa.
       —Hijo de chuchumeca, hijo no más. Tinoco es chancho, con lani demoniado, loco —replicó la primera.
       —¡Tinoco, putamadreéé! ¡Pior que infierno, hijo de candela pestosa! Yo, yo, Virgencita del Carmen, no machorra —empezó como a rezar la otra, después de haber gritado en el cerro—. Cierto es, Virgencita del Carmen, Tinoco candela pestosa, buen mozo, buen mozo... Culebra, barranco, picaflor, asno, macho asno, vergalani, putazo.
       Se arrodilló frente a las luces y el humo. Siguió hablando:
       —Picaflor de puta, Tinoco; de candela, de cacana mierda. Yo, yo, Paula Melchora, ¡Madrecita del Carmen! No machorra; preñada pues, de su maldición del Tinoco preñada, yo. ¡Ay cerro arena, pesao, de me corazón su pecho! Asno macho, culebra.
       Lloraba y hablaba; lloraba y hablaba. La otra chuchumeca se quedó mirando las llamas que salían de las chimeneas. El fuego se atoraba con el humo; el de la Fundición lamía el cielo, formaba sombras contra el agua de la bahía que la luz hacía brillar como grasa. No lloró, se dio vuelta y corrió a la calle Colombia. Llegó al esqueleto amarillo del volquete, torció allí, entró en la casa de Orfa. Había prendido ella una lámpara buena, de luz no muy fuerte. Sentada sobre un catre de madera, cubierto por una colcha brillosa y con flecos, miraba a su hijo que dormía en una cuna de madera. Detrás de ella, una cholita joven, de pie, luchaba con el sueño. La visitante avanzó despacio hacia la madre.
       —¿Hijo de Tinoco es tu huahua, de asno macho? —preguntó visitante.
       —¡De nadie! —dijo la madre—. Mi nombre no es Orfa. Hija de hacendado soy, botada, deshonrada, cajamarquina.
       La ramera chola se acercó al niño. Vio que tenía la frente ancha, los ojos claros. Agachada y sin mirar a la madre, le desabotonó la camisa; vio que tenía el pecho blanquísimo. Se fijó entonces que toda la ropa de la huahua era de tela fina, las orillas del penal estaban bordadas con seda rosada. Se alzó despacio, quitándose el sombrero que se había puesto al pie del médano; saludó con mucho respeto a Orfa y se volvió a cubrir; retrocedió hacia la puerta. Sintió el fuerte aire en las alas del sombrero.
       —Señorita chuchu... ¡Perdón, señorita! —dijo antes de salir.
       Corrió cuesta abajo, buscando el camino de los burros. Encontró aún a la otra mujer en el mismo sitio. Estaba sentada, con la cara hacia el humo y las llamas. Filas de bolicheras se deslizaban ya hacia las islas. La luz de la luna no podía refractarse bien en el agua sucia de la bahía pero las bocanadas de humo candente de las fábricas flameaban en esa agua estancada.
       —Señorita deshonrada, triste señorita botada es chuchumeca Orfa. Su hijo no tiene padre. ¡Seguro! —dijo la mujer, sentándose junto a la otra. Paula Melchora, que miraba fijamente la bahía. Paula extendió el brazo y señaló una aguada que las luces de las fábricas hacían brillar cerca de la playa.
       —Va volar gaviotas. ¡Verás! —dijo.
       Una bandada densa lanzó un coro de chillidos contra el médano. Se alzó mariposeando en las orillas ennegrecidas de la bahía, por el lado del gran barrio de fábricas “27 de Octubre”. Sin bordes netos, angostándose y extendiéndose la mancha de gaviotas parecía indecisa. La luz empezó a cambiar en ese momento. Las islas, cubiertas de guano de alcatraz (nitrógeno y cal), iban a encenderse, a blanquear con la luz de la aurora.
       —Gaviotas; gentil gaviota —volvió a hablar la mujer— de mi ojo, de mi pecho, de mi corazoncito vuela volando. Bendice a putamadre prostíbulo. M’está doliendo me “zorrita”. Lu’han trajinado, gentil gaviota, en maldiciado “corral”, negro borracho, chino borracho. ¡Ay vida! Asno Tinoco mi’ha empreñado, despuecito.
       Se levantó; permaneció un rato de pie. Su compañera, la que estaba a su lado, vio que los ojos de la mujer se achicaban, toda la cavidad de los ojos y parte de la frente se arrugaban, y así, en esa cara apretada, vio que la gran bahía, el más intenso puerto pesquero, se concentraba en las arrugas del ojo de su compañera. La vio irse tranqueando firme sobre la arena gruesa de la cuesta. Ella fue siguiéndola, pensando, mientras chillaban las gaviotas y el viento batía empeñosamente la arena sobre el “corral” prostíbulo. Al llegar a la primera fila de casas de la barriada, al borde de la “carretera de circunvalación”, huella afirmada con ripio y basura, se volvió cara a las fábricas, se sacó el sombrero, enarcó el brazo como para bailar, hizo brillar la cinta del sombrero, moviéndolo, y con la melodía de un carnaval muy antiguo, cantó, bailando:


Culebra Tinoco
culebra Chimbote
culebra asfalto
culebra Zavala
culebra Braschi
cerro arena culebra
juábrica harina culebra
challwa
[pez] pejerrey, anchovita, culebra
carritera culebra
camino de bolichera en la mar, culebra,
fila de alcatraz, fila huanay
[ave Guanera] culebra.


      —¿Bandera piruana culebra? —le interrumpió el hombre—. ¿Puta eres? —Animal, en barriada San Pedro nunca putas. Yo canto en cerro arena:

Bandera peruana
rojo blanco
culebra culebra culebra...


      El hombre le dio un puntapié. —Yo licenciado ejército —dijo.
       La chola cayó al suelo, se levantó simulando mucho esfuerzo y arrojó puñados de arena, con ambas manos, a los ojos del licenciado.
       —Puta, putaza. Mi judiste —aulló el peón.
       La mujer se fue a la carrera. El pequeño círculo de gente que se había formado alrededor de los dos mientras bailaban, le hizo campo. Se dispersaron en seguida.
       El obrero eventual regresó a tientas a su casa. Allí, con el agua guardada en un cilindro gasolinero, se lavó los ojos. Su mujer lo vio entrar y dirigirse tanteando al cilindro; ella, en cuclillas en una esquina del cuarto preparaba el primus para encenderlo; los tres hijos dormían en el suelo sobre sacos vacíos de harina de pescado. Un gallo, tres gallinas, ochos pollos, dos perros y varios cuyes, caminaban ya en el piso endurecido a punta de barro y agua. La mujer vio en la semioscuridad que el hombre tenía los ojos enrojecidos.

       el zorro de abajo: ¿Entiendes bien lo que digo y cuento?
       el zorro de arriba: Confundes un poco las cosas.
       el zorro de abajo: Así es. La palabra, pues, tiene que desmenuzar el mundo. El canto de los patos negros que nadan en los lagos de altura, helados, donde se empoza la nieve derretida, ese canto repercute en los abismos de roca, se hunde en ellos; se arrastra en las punas, hace bailar a las flores de las yerbas duras que se esconden bajo el ichu, ¿no es cierto?
      el zorro de arriba: Sí, el canto de esos patos es grueso,como de ave grande; el silencio y la sombra de las montañas lo convierte en música que se hunde en cuanto hay.
       el zorro de abajo: la palabra es más precisa y por eso puede confundir. El canto del pato de altura nos hace entender todo el ánimo del mundo. Sigamos. Este es nuestro segundo encuentro. Hace dos mil quinientos años nos encontramos en el cerro Latausaco, de Huarochirí; hablamos junto al cuerpo dormido de Huatyacuri, hijo anterior a su padre, hijo artesano del dios Pariacaca. Tú revelaste allí secretos que permitieron a Huatyacuri vencer el reto que le hizo el yerno de Tamtañamca, dios incierto, vanidoso y enfermo. El yerno desafió, primero, a Huatyacuri, a cantar, danzar y beber; y cantó y danzó doscientos bailes distintos con doscientas mujeres; Huatyacuri, acompañado de su esposa, que también era hija del simulador Tamtañamca, hizo danzar a las montañas cantando al compás de una tinya [tamborcillo] fabricada por un zorro. Todas las pruebas las ganó el hijo de Pariacaca: se presentó con un vestido hecho de nieve, fue el mejor traje; construyó en una noche, trabajando con los insectos y los animales mayores, un palacio completo; hizo bramar a un puma de color azul; bramó él, aún con más fuerza, mientras danzaba vestido de blanco y negro; espantó a su rival y lo convirtió en venado, y a la mujer de su rival en milagrosa ramera de piedra. Nuestro mundo estaba dividido entonces, como ahora, en dos partes: la tierra en que no llueve y es cálida, el mundo de abajo, cerca del mar, donde los valles yungas [tierras de mediana altura.] encajonados entre cerros escarpados, secos, de color ocre, al acercarse a la mar se abren como luz, en venas cargadas de gusanos, moscas, insectos, pájaros que hablan; tierra más virgen y paridora que la de tu círculo. Este mundo de abajo es el mío y comienza en el tuyo, abismos y llanos pequeños o desiguales que el hombre hace producir a fuerza de golpes y canciones; acero, felicidad y sangre, son las montañas y precipicios de más profundidad que existen. ¿Suceden ahora, en este tiempo, historias mejor entendidas, arriba y abajo?

       el zorro de arriba: Ahora hablas desde Chimbote; cuentas historias de Chimbote. Hace dos mil quinientos años, Tutaykire (Gran Jefe Herida de la Noche), el guerrero de arriba, hijo de Pariacaca, fue detenido en Urin Allauka, valle yunga del mundo de abajo; fue detenido por una virgen ramera que lo esperó con las piernas desnudas, abiertas, los senos descubiertos y un cántaro de chicha. Lo detuvo para hacerlo dormir y dispersarlo. El agua baja de las montañas que yo habito; corre por los valles yungas encajonados entre montañas secas y ocres y se abre, igual que la luz, cierto, cerca del mar; son venas delgadas en la tierra seca, entre médanos y rocas cansadas, que es la mayor parte de tu mundo. Oye: yo he bajado siempre y tú has subido. Pero ahora es peor y mejor. Hay mundos de más arriba y de más abajo. El individuo que pretendió quitarse la vida y escribe este libro era de arriba; tiene aún ima sapra sacudiéndose bajo su pecho. ¿De dónde, de qué es ahora? Yanawiku hina takiykamuway atispaqa, asllatapas, Chimbotemanta. Chaymantaqa, imaymanata, imaynapas, munasqaykita willanakusun ¡Yaw! yunga atoq. [Como un pato cuénteme de Chimbote, oye, zorro yunga. Canta si puedes, instante. Después hablemos y digamos como sea preciso y cuanto sea preciso].
       el zorro de abajo: Nisiutam kaypi, sumaq, millay qapaykuna, imaymana, runakunamanta, asnasqaña la mar qochamantapas, imaymana uku yakumanta, llasaq wayramanta, hichaq, hichanakuq, tubukunamanta qapaynin, sinqayta, uyariyniyta tutayachin. Ninriyñataqmi, saya sayarispa, huk asnaywan, huk qapaywan, chay nisqay minisqa asnaykunawan, kancharin, tanlinyan, wañuyta, achikyayta, mosoqyayta, poqchiqta, poqchoqta, llanllariqta, kikillanmanta o por la fuerza tasnuqta, qasillaqta, musiaspa. Qawaytaqa qawanipunim. Qam hina imaymana kaq, chay kaqllamanpas tukukuytaqa atinitaq. Chaynam, willanakunsuyá, aypanakunsunyá maykamapas imaynapas. [Muy fuertemente, aquí, los olores repugnantes y las fragancias; los que salen del cuerpo de los hombres tan diferentes, de aguas hondas que no conocíamos, del mar apestado, de los incontables tubos que se descargan unos sobre otros, en el mar y al pesado aire se mezclan, hinchan mi nariz y mis oídos, Pero el filo de mis orejas, empinándose, choca con los hedores y fragancias de que te hablo, y se transparenta; siente, aquí, una mezcolanza del morir y del amanecer, de lo que hierve y salpica, de lo que se cuece y se vuelve ácido, del apaciguarse por la fuerza o a pulso. Todo ese fermento está y lo sé desde las puntas de mis orejas. Y veo, veo; puedo también, como tú, ser lo que sea. Así es. Hablemos, alcancémonos hasta dónde es posible y como sea posible].
Chaucato dormía entre las dos prostitutas; roncaba confiado. La Flaca empezó a vestirse.
       —Cara de lobo tiene —dijo—. Miles de lobos ha matado en las islas, cuando era muchacho. Dile que te cuente. Conmigo no ha estado ahora, propiamente. Así es... De acá se va derecho a la mar.
       —Sin un billete —le contestó la China—. Y tú te llevas la mitad sin que has trabajado.
       —¿Y lo que’ mirado? No me quitaba el ojo arrecho mientras... Todo eso que te’a hecho, pues.
       —Pa’eso trabaja y tiene ñeque. ¿No será que de muchacho, los lobos qui’a matado en las islas lo parieron de nuevo? Mírale bien; parece lobo sin bigotes, de respeto.
       —Puede, puede... Le habrás tocado, ¿no? De veras, tiene los huevos redondos, pa’su desgracia. Ya va dispertar. Un taxi le espera. Lo lleva de frente a la Caleta.


II

      En la primera esquina de la plaza del mercado, de la Modelo, la principal del puerto, cerca de los puestos de ropa, de verduras y mil chucherías que cubrían más de la mitad de la calle, Moncada sentó la cruz que llevaba al hombro. El taco pesado del madero vertical la mantuvo bien puesta. Moncada llevaba en la mano izquierda un trapo rojo. El sol fugaz del tibio invierno enfocaba precisamente ese lado de la ciudad, todo el barrio del mercado hasta más allá de la línea del ferrocarril a Huallanca. Moncada se arrodilló al pie de la cruz, se alzó despacio, sacudió el trapo rojo y levantando el otro brazo empezó a predicar. A esa hora, de gran compra, sólo unos pocos le prestaron atención.
       “Yo soy torero del Dios, soy méndigo de su cariño, falso de las autoridades, de la humanidad también.¡Miren!”
       Gritó con fuerza y empezó a torear junto a la cruz. Era zambo mulato, de nariz perfilada pero sin altura, con las fosas nasales muy abiertas en la base y cerradas hacia arriba en ángulo muy nítido, no como si fueran de carne sino de hueso puro. Esos huecos de la nariz le daban un aire de indiferencia a toda su cara a pesar del arrebato con que hablaba.
       “Miren cómo toreo las perversidades, las pestilencias. Yo soy lunar negro que adorna la cara; el lunar cuando está en la mejilla de la mujer buenamoza o en la frente del hombre, es adorno. ¿Quién dice que no? Yo soy lunar de Dios en la tierra, ante la humanidad. Ustedes saben que la policía me ha querido llevar preso otras veces porque decían que era gato con uñas largazas, de ladrón. Yo no niego que soy gato, pero robo la amistad, el corazón de Dios, así araño yo... Y no es la moneda la que me hace disvariar sino mi estrella...”
       A cada frase se alejaba de la cruz y volvía, alzando las dos manos. Ya se había formado un arco de gente frente a él, porque caminaba largo trecho al término de cada frase y no permitía el círculo. No miraba a nadie. Un pedazo de red y una bolsa negra colgaban del brazo de la cruz en el sol.
       “El general José Luis Orbegozo y Moncada que fue presidente de la República ¡ja, ja, jay! mi pariente ¡ja, ja, jay! A mí están retratándome con televisión de los extranjeros. Yo no voy a salir retratado en todos los periódicos del mundo, de mí se ha de acordar la humanidad. Toreo; no me cornea ninguna de las tentaciones que hacen rico a Braschi, al comerciante Mohana que quiso ser alcalde. Ahora ya los toros no me embisten; todos han sido toreados”.
       —Estamos en estado de sitio —dijo un espectador.
       —Moncada es conocido, nadies lo molesta. Habla la verdad que dicen los locos —le contestó otro.
       Sin mirar a ninguno, con los músculos empaquetados y la voz más aguda a cada instante, descalzo, Moncada seguía hablando y el público aumentaba.
       “Belaúnde, presidente de la República, Víctor Raúl Haya de la Torre, padre madre de presidentes, senador Kennedy muerto; pobrecito madre de Belaúnde, del General Doige, del Almirante Zamoras, del Perú América. ¡Yo, yo, yo! ¿Se acuerdan de la peste bubónica que salió de Talara–Tumbes? Yo soy esa pestilencia, aquí estoy sudando la bubónica de Talara–Tumbes Internacional Petrolium Company, Esso, Lobitos, libra esterlina, dólar”.
       Con el trapo rojo se escurrió el sudor. Dos venas se le saltaron en el cuello, se engrosaron y permanecían sin palpitar, como de caucho. Ya seco, fue hacia la cruz andando despacio, se arrodilló y luego desató la bolsa negra. Sacó de la bolsa un muñeco y con una pita que tenía en el cuello lo dejó colgando del madero vertical, como a medio metro del suelo. El muñeco estaba vestido exactamente como Moncada, tenía un lunar muy grande en la frente, el rostro dibujado en blanco, sobre negro; la nariz con las fosas nasales en ángulo agudo, pintadas al duco, despedía resplandor.
       El loco se puso en cuclillas, el muñeco quedó a un costado de su cabeza.
       “Pobre Moncada, loco Moncada, todos te calumnian —siguió hablando—. El gobierno te calumnia, te hace sudar, flagelar, calafatear con candela, te mete en los podridos del barro, del zancudo; Mohana, el candidato a alcalde, te echa la babita, te enamora, te dice “blanquito, blanquiñosito”, te mete alfiler al corazón. ¡Pobre Moncada, Moncadita, hijo! ¿No ves? Ahí mismo que hablo de ti, hasta el sol se esconde. Ya sabía que era sol de nublado. Pero calcula y se va cuando hablamos de Moncada. ¡El sol sabe quién soy yo, de mí quedará memoria! Braschi me odia; él tiene quijada de mono grande, de monazo grande. Oigan: Braschi ha hecho crecer este puerto; lo ha empreñado a la mar, ustedes son hijos de Braschi, ese Caín al revés, hermanos...”
       Se levantó; si desprender el muñeco, se puso al hombro la cruz y se echó a caminar esquivando los automóviles colectivos que atoraban la calle. Sólo dos personas lo siguieron. El arco de gente tardó en dispersarse. Moncada llegó a la otra esquina, la más próxima a la plaza de armas. Cerca de los puestos de venta que estaban en el suelo; dejando un espacio entre mercadería y calle, volvió a sentar la cruz; se arrodilló y, alzándose, lanzó un verdadero alarido:
       “¡Oh, ah!”.
       “Orbegozo Moncada, presidente del Perú, dueño de la hacienda Moncada. ¡Never! —luego señaló al muñeco—. Este negro calumniado, colgadito, de quien se acordarán los siglos. Dios vino descalzo, como él; como a él lo colgaron, no como a mí. A mí, una vez, de las patas, en la comisaría. ¿Te acuerdas hijo, hijo querido, yo, yo mismito?”.
       No se le afligió la voz. Como las dos venas de su cuello, la voz era tiesa, no seguía el significado del discurso. Se levantó y se dirigió a la fila de gente que se había medio formado delante de él. El resto de la multitud que compraba y vendía, murmuraba hondo; los altoparlantes chillaban propaganda y música bailable; los vendedores de retazos fascinaban a cholos, colitas, jóvenes y viejos, ofreciendo a gritos o con megáfonos, a cien el corte de tela y vendiéndolos después a veinte, y muy contentos todos. No hay engaño.
       Ahora, Moncada hacía de pescador descalzo. La semana anterior paseó y predicó de pije en el centro de la ciudad. Otra vez salió a predicar de comerciante turco, y algunos recordaban aún —de ese suceso habían pasado varios meses— cuando se presentó en los mercados de mujer preñada ya próxima a parir. Había mostrado el vientre, la barriga artificial donde tenía encerrado un gatito que lloraba, y él, el loco Moncada, lloraba también: “Su padre lo niega. Se llama Anacleto Pérez Albertis, su engendrador, patrón de lancha. Pero en Chimbote, los obreros de la fundición Sogesa, ¡único ellos reconocen a sus espúreos! Jornal alto, regular, descontable por ley; ellos viven en el barrio Cuernavaca. Buenazo, fiscal, elegante. Trabajan turnos de noche y ahí fabrican cuernos las señoras, mejor que mejor que la fundición hace verillas de acero. A mí ¡ay, aycito, ay! nadies me quiere reconocer como padre, Anacleto Pérez Albertis. En nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, los otros barrios de Chimbote están pestilenciados de gatos sin padre, como yo ¡hijito!” E hizo gritar al cachorro de gato. Dicen que lo ahogó. Y unos días después caminaba a trancos largos, majestuosos, trajeado con elegancia que nadie podía explicar; porque su ropa no era fina ni limpia, pero estaba muy a la moda; los pantalones angostos, algo cortos; camisa amarilla, abierta, flameante; sombrero, sí, sombrero gacho y pañuelo en el bolsillo alto de la chaqueta, pañuelo blanco en chaqueta verde. Caminaba rapidísimo, la mano derecha en el bolsillo del pantalón.
       Trajeado de elegante, Moncada no predicaba tan formalmente; se paseaba siempre en la calle principal, el jirón Bolognesi; se detenía en alguna esquina, decía frases cortas, continuaba andando y volvía a hablar en la esquina siguiente o junto a la puerta de una tienda principal, de un banco, del Club Social Chimbote: “Aquí, en el Perú que decimos, después de San Martín, don José, no han habido sino forasteros, extranjeros que han mandado. Nosotros no semos sino sirvientes de extranjeros...” Caminaba lento, con la cabeza alzada, despreciativa: “Eso que me digan loco no me interesa. Yo mismo me puse ¿recuerdan? dos letreros, uno adelante y otro atrás, que decía: ‘loco, sonso, borracho’. Hay Virgen de la Puerta, hay gallinazos, hay Moncada...” Así, altisonante, hablaba unas cuantas frases y luego se iba, a paso muy rápido; el cuerpo todo enérgico de tanto menosprecio. Dos o tres cuadras más allá hablaba de nuevo: “Los extranjeros son como los facinerosos engañadores de muchachas. Le ofrecen de todo y después que la han aprovechado, palo y escupe. Pero ahora, las criaturas de las muchachas ya están como para retrucar el palo. ¡Que se vayan los extranjeros! Ahora he aprendido que la enfermedad viene de la inteligencia...” Y siempre con la mano derecha en el bolsillo del pantalón caminaba en la acera, unos pasos, y regresaba a la esquina; no se detenía para hablar: “Os saluda el loco Moncada. ¡Ja, ja, ja! El sol, la luna, las estrellas, el hociquito de la ballena, el tiburón pescadito. ¡Never las anchovetas! Buenos días, padre Cardozo, norteamericano yanki. Cuerpos de Paz ¡arriba las manos! Dios, intranquilidad, Braschi arriba, abajo, a la entrepierna...”
       Pero esta vez que cuento, de la plaza Modelo, Moncada arrancó el mono de trapo colgado que se balanceaba delante de sus ojos, lo metió a la bolsa negra y alzó la cruz. “El pescador pescado va al barrio La Esperanza Baja. El loco ya está en el bolsillo”, dijo y se echó a andar.
       —No ha ido nunca, creo, a las barriadas. La Esperanza está muy lejos, en la arena —comentó un curioso.
       —Más allá del cementerio, pues —dijo otro.
       Ya con la cruz al hombro, Moncada volvió a tomar la apariencia de un trabajador a quien le hubieran encomendado trasladar el madero a algún montículo que necesitaba bendición, o para clavarlo sobre cualquier ruina incaica invadida por los migrantes serranos. Así pasó las cuadras que desembocan en la avenida Gálvez, calles de mercado y de paraderos de automóviles colectivos.
       El loco era jalador de pescado, de los botes cortineros a la playa, en sus días sanos; no era loco continuo. Ganaba buen dinero en sus días sanos. Con la cruz al hombro, sudoroso, descalzo, su andar de transeúnte no inquietó a nadie. Las puertas de las tiendas estaban llenas de compradores; los ambulantes voceaban sus mercaderías; los triciclos manejados por mujeres y hombres esquivaban al cargador de la cruz, sin preocuparse. Llegó Moncada a la avenida Gálvez, de doble vía, donde el mercado continuaba. Los puestos de venta de verduras, frutas, comidas, harinas, panes, jabones, anilinas, plástico, estaban raleados; la mayoría de los vendedores se había ido o estaba yéndose. Moncada iba a paso de camino largo. Debía ir lejos. A la altura de la calle donde el muro de la estación del ferrocarril a Huallanca concluía y la ciudad se abría, a la derecha de la avenida Gálvez, en un laberinto de acequias, calles larguísimas o ciegas, zanjas, depósitos —todo recién hecho, todo sobre tierra— Moncada se desvío hacia el mercado de La Línea donde ese laberinto comenzaba, el barrio y acreditado pero sin luz y sin agua “21 de Abril”.
       El mercado empezaba desde la reja de madera que cerraba la entrada a la estación. Esta reja permitía ver el gran espacio, una isla entre los barrios, que ocupaba la estación. Allí caminaban huachimanes [guardianes.] entorchados y con cascos blancos, que vigilaban la reja y los depósitos. El mercado se extendía de la reja hacia arriba, en dirección de las montañas, por toda la ancha calle Buenos Aires. La línea del ferrocarril partía en dos la calle y el mercado. A un lado quedaba el suelo donde se vendían animales vivos, granos, verduras, alfalfa; centenares de puestos. En la otra orilla, las barracas de esteras, un hormiguero de puestos techados con pasadizos en sombra y una fila alegre de puestos “privilegiados” con mostradores que daban a la línea. La línea del ferrocarril era calle activa del mercado y sobre los rieles había puestos de vendedores de limones, flores, lechugas, jaulitas de cuyes, pequeños cajones de cartón llenos de pollos vivos. Decenas de restaurantes se cobijaban en el laberinto techado. Allí tomaban el almuerzo–desayuno miles de gentes. Cerca del mediodía chillaban de contento, se atrevían a salir algunas ratas; perros mostrencos las perseguían, alborotados. No las cazaban jamás; agitado el rabo, echados, los perros olían los huecos, las grietas del suelo. Los compradores se empujaban en los pasadizos; los dueños de los comedores les retorcían el pescuezo a las gallinas, haciéndolas girar en el aire, mientras charlaban. A excremento, a frutas, a sudor, a yerbas medicinales, olía la parte techada del mercado. Alcatraces tristes sobrevolaban en el aire, pajareando sueltos, o miraban, con los picos colgantes desde los techos bajos de las casas y ramadas. Alguna, alguna mujer les arrojaba tripas de pescado o desperdicios de chancho de mar. Si bajaban, los agarraban a patadas, los perseguían a tropazos, a palos; los perros se banqueteaban con ellos.
       Cuando Moncada llegó a la gran reja de la estación, el mercado raleaba. Un pito de la locomotora llegó desde el confín de la calle. Los dueños de puestos de venta de la línea empezaron a sacar sus talegas y canastas de entre los rieles, las jaulas de conejos y los cajones de cartón; los vendedores de frutas se retiraron, dejando los limones, naranjas, pacaes, pepinos... sobre los durmientes. La locomotora llegó al mercado piteando a cada instante; el maquinista, con medio cuerpo afuera, manejaba el tren, despacio; arrastraba varios coches viejísimos, descoloridos y carcomidos. El último vagón trituró una jaula de cuyes y un gallo de piernas peladas, rojísimas, que llegó corriendo de la sombra de los comedores. Moncada puso su cruz sobre la mezcolanza de sangre, tablas y plumas que quedó pegada en los durmientes y la superficie del riel. El cuerpo del gallo fue recogido, ya cansado, junto a la jaula de cuyes.
       “¡Ah, ah! La vida, la muerte, la pestilencia de harina, de pescado, de fraile norteamericano gentil, caballero que no pronuncia el castellano como es debido. El yanki cura, sacerdocio, oigan, oigan, pues, no va a poder nunca por nunca jamás hablar como es debido el castellano, el español que decimos. ¡Eso no importa! No vienen a imponer. Aquí predican, se peligran, caballeros, entre las pestilencias, como Moncada, imitando a Moncada que predicaría también con obras, si tuviera monis. El gallo ha muerto, los cuyes han muerto; la locomotora mata con inocencia, amigos. Así los yankis de Talara Tumbes Limited, Cerro de Pasco Corporation. No; no son responsables. ¡Oh, ah, padre Cardozo, padre Tadeo, buenos amigos, vengan a resucitar a este gallo...!”.
       Se agachó, se puso de rodillas, recogió la mezcla de sangre, carne, tablas y plumas. Un grupo mayor que en el mercado Modelo y formando un cordón alargado hacia los rieles, le oía y le rodeaba.
       “Yo loco, negro, pescador pescado, voy a alimentarme de esta sangre del gallo de la pasión. ¡A vuestra salud, a vuestros pulmones! ¡Yo soy la salud, yo soy la vida de la vida, sarcófago, tuberculosis, Braschi! En auxilio de los curas extranjeros que andan en jeep llevando muertos cadáveres al hospital de la Caleta. Gracias, padres norteamericanos, sin sotana gallinazo, con pantalón limpio. ¡Abajo los extranjeros! ¡Rica sangre de gallo corredor!”.
       Empezó a masticar los palos ensangrentados, de pie, junto a la cruz.
       —¡Cochino negro! —dijo una negrita.
       —¡Cristiano reventado! —dijo un hombrecito de omóplatos saltados, de ojos hundidos y de pestañas muy gruesas. Moncada pareció reconocerlo e hizo una seña con la cabeza hacia la dirección de donde salió la voz. El hombrecito inclinó el cuerpo hacia el negro. Estaba en el cordón de gente que se había formado frente al loco. Moncada vio que las pestañas hacían sombra en el fuego a muerte que alumbraba en los ojos del hombrecito, su compadre don Esteban de la Cruz. Pero acabó de masticar, con expresión neutra, las astillas ensangrentadas que tenía en la boca; tragó y continuó predicando:
       “También por la salud de Eberto Solano y Teódulo Yauri. ¿Quién ganará el uno al otro en el Sindicato de Pescadores y Anexos de Chimbote? ¡Batalla, venganza, océano Pacífico, mafias! El único que sabe eso es el pobrecito negro que está encostalado en la bolsita de la cruz. ¡Claro que soy negro cochino! Yo hociqueo el suelo, la arena barrosienta, caliente que está en la mar del “27 de Octubre”, fábricas. Hociqueo el aire pestoso, el limpio cielo también. Una nariz, otra nariz. La pestilencia es siempre más fuerte. ¡Os bendigo en La línea nublado, feria, del ferrocarril Huallanca–Chimbote, mata gallo pelao! Yo era el gallo cansao, amigos. ¡Kikirikí! Ya resucité. ¡Ja, ja, ja! Otro poquito y ¡adios!”.
       Alzó de los rieles un trozo más de carne mezclada con tierra y pelos de cuy. “Yo comulgo con usted —dijo—, Monseñor Ilustrísima Obispo yanki de Chimbote, caballero, corazón. Cochino sangre inocente, negro y blanco”. Y en posición militar, cuadrado junto a la cruz, masticó el bocado y lo tragó rápido. Luego alzó la cruz y trazó en el aire, con el madero y la bolsita negra, una cruz delante de su cuerpo y en dirección del mercado que se vaciaba. Se puso al hombro el madero, respirando fuerte por las fosas nasales en ángulo, muy abiertas, y se fue caminando riel arriba. Nadie lo siguió.
       —¡Loco santo, negro, mejor que Fray Martín, que Juan XXIII! ¡Adios! —dijo un yerbatero, vendedor de medicinas, evangélico, que tenía un puesto al final de las callejuelas techadas.
       —Ese mierda es sólo un loco de mierda —dijo un vendedor de borregos, mirando fijamente al evangélico. El yerbatero evangélico le volvió la espalda, algo asustado.
       —El negro es cualquier cosa, a veces el evangélico también, cualquier cosa —comentó despreocupadamente una señora que vendía chicharrones en un triciclo. Estaba cubierta con un inmenso sombrero de paja. Moscas voraces revoloteaban junto a sus piernas llenas de nudos negros de venas varicosas.
       Nadie más dijo nada. Los que formaron el cordón de espectadores del negro se dispersaron. Pero luego de las palabras de la señora se hizo un instante de silencio a plomo y pudo oírse, a lo lejos, la tristísima guitarra del ciego Antolín Crispín. Tres hombres que formaron el cordón de espectadores se orientaron hacia el sonido de la guitarra, sin formar grupo. “Están hambrientos —pensó la señora varicosa—. Han estado parados desde la amanecida”.
       Moncada cargó su madero hasta una bocacalle que daba a la avenida José Gálvez y donde un negro flaco, muy viejo, tenía un puesto “elegante” de venta de limones, con mesa y silla. El negro flaco miró a Moncada detenidamente y sonriendo mientras se acercaba. “Un limón para tu hijo que lo tienes preso en la bolsa, negro”, le dijo. Se levantó de su banquito y le alcanzó un limón grande y reluciente.
       —Pa’la sed del arenal —dijo Moncada y lo recibió.
       El negro flaco dejó de reírse.
       Moncada volvió a ingresar a la avenida Gálvez, a la altura de la cuadra final.
       Desde las tiendas de venta de catres y colchones, de repuestos de automóviles y camines; desde el portón del molino de harinas para los serranos, desde los talleres vulcanizadores de llantas, lo vieron pasar como a cualquier hijo de vecino. Pero cuando cruzó el puente que se alzaba sobre la línea del ferrocarril y se desvió hacia la barriada El Progreso, una mujer salió fuera de la puerta de su casa y dijo:
       —¡Él también, el negrito pobre!


* * *

      ¡Habían amurallado y le habían construido una gran fachada al cementerio! Moncada debía pasar frente al cementerio, por el terral de la carretera a las barriadas altas, para ir a La Esperanza Baja. Dos ángulos rectos de cuarteles de nichos blanquísimos, recién construidos sobre el arenal abierto, cuatrocientos metros por el lado del camino y trescientos reptando un médano, era el cementerio; un cuadrilátero inconcluso. Moncada lo había visto hacía un mes, o dos o seis, a lo más. Las puertas de los nichos daban para el lado del médano, un médano no abrupto. Desde la carretera se veían claramente las filas de ventanas de nichos vacíos en la parte de los cuarteles que subían hacia el cerro. El sector de los pobres ocupaba las faldas y la cima del médano. No había nichos allí, sólo cruces clavadas en desorden, con una leyenda o simples iniciales y una fecha en el madero horizontal. No eran de madera oscura las cruces, pero, por lo blanquísimo de la arena, peinada siempre por el aire, la madera reseca parecía oscura. Las cruces en desorden sombreaban el médano frente a los cuarteles rectos que se protegían en ángulo. Ramos de flores se soasaban en los nichos y unos arbolitos de ciprés, recién plantados, en fila, aleteaban cerca de los cuarteles.
       Moncada caminaba por el borde del terrenal de la carretera; cruzaba el trozo de desierto ventoso, entre el barrio Progreso y el cementerio. Allí le dio un mordisco al limón y lo arrojó a la arena. Cuando alzó la cabeza, no vio los cuarteles de nichos, sólo el arco inmenso de la fachada. Una cruz de piedra reluciente hacía guardia junto a la puerta de arco. Cruz y arco se parecían en algo a los buques altos, cada vez más grandes, que de repente surgían de la neblina, en la bahía de Chimbote, se presentaban navegando lento y hacían resaltar la poca luz de sus cubiertas blanqueadas, más altas que esa fachada repentina del cementerio. Por el arco entraba mucha gente al panteón, algunos vestidos de negro.
       El loco siguió a los visitantes del panteón. Entró al cementerio. Vio que la gente bajaba cruces de lo alto del médano. Arrancaban las cruces de la arena, las sacaban curvando fuerte el espinazo y bajaban el médano hundiendo los pies en la arena. Moncada era el único que llevaba cruz en sentido contrario, hacia adentro del cementerio, y una cruz grande, con un pedazo de red sucia y la bolsita colgando de uno de los brazos.
       La Municipalidad, la Beneficencia, la policía, los párrocos habían ordenado y persuadido a los pobres de las barriadas que su cementerio se trasladara a una pampa–hondonada que había al otro lado del alto médano de San Pedro. Cerca de la pampa– hondonada estaba el basural del puerto, pero pasaban también cerca la Carretera Panamericana y el camino asfaltado que subía a la cumbre donde acababan de instalar la torre transmisora de televisión. En ese campo, vecino a la barriada de San Pedro, al norte del casco urbano y de las veintisiete barriadas, pero en la línea de la carretera principal y no muy al este como el cementerio nuevo, serían enterrados los pobres, gratuitamente, sin costo parroquial, municipal ni de la Beneficencia. Las Asociaciones de Pobladores de cada barriada habían sido notificadas y suplicadas. Nadie les había dicho que se llevaran sus muertos ya sepultados en el médano del cementerio recién amurallado, solemnizado con el arco y la cruz de mármol. No se había cercado aún la parte alta del cerro. En cinco años, en diez años, se habían estirado esos largos y altos cuarteles de nichos blancos; se habían alzado sobre el viejo cementerio que fue chato, con lagartijas, que iban dejando sus huellas en la arena cuando subían y bajaban el médano con lechuzas mudas, color de arena, que pajareaban entre las cruces, como en los cementerios de los puertos menores del Perú que están todos en el desierto.
       Pero aun así, amurallado y con su gran fachada de arco, semblanteado por el humo de las fábricas y el polvo, el nuevo cementerio seguía aún aislado por franjas de desierto, como exprofesamente respetadas por los líderes de barriadas, invasores de tierras para viviendas, hombres que habían conquistado con los serranos recién llegados al puerto, tanto aguadas pestilentes y zancudientas, como médanos y tierras sembradas y, por supuesto y más fácilmente, desiertos, los más próximos al casco urbano, como éstos que rodeaban al cementerio. Esos espacios desiertos dejaban el cementerio al silencio, ahora encerrado, y manchado aún por las cruces que los pobres estaban arrancando en ese momento en la cima del médano.
       Los pobres estaban arrancando las cruces de sus muertos, cuando Moncada ingresó por el arco y siguió de frente.
       —El negro Moncada, el loco —dijo alguien que formaba parte de un grupito que aguardaba o parecía aguardar cerca del arco.
       Las sombras se estiraban hacia el lado de la cordillera. Los pobres no dejaron una sola cruz en el lomo del médano. La gente de las barriadas allí reunidas sacó, primero una cruz, cada quien, y sólo uno que otro sacó más de una cruz. Eran delgadas y cortas, con el madero horizontal plano. Esas cruces las pusieron en fila, con las leyendas de frente, en dirección del arco nuevo de la fachada. Después, arrancaron todas las cruces, comenzando por el este y el oeste, marcados por la cordillera y las islas de la bahía. Dejaron en el suelo sólo las que estaban muy inclinadas sobre la arena, como muertas o abandonadas. Un individuo joven, que exhibía correa con vistosa hebilla, arrancó cinco cruces, y dos sujetos que lo acompañaban, sacaron siete cada uno. Con las cruces al hombro se acercaron todos a la fila de maderos que tenían las leyendas de sus nombres hacia el arco, las alzaron por la cabeza y se las pusieron al otro hombro. Y cada deudo desfilaba, médano abajo, con cruces sobre los dos hombros. Formaron así una comitiva muy grande que bajaba levantando polvo, una masa de gente que avanzaba sin hablar.
       La procesión se detuvo un instante frente al mausoleo de un antiguo comerciante japonés que había sido principal en el puerto cuando fue puerto algodonero. El mausoleo era tan nuevo como el arco y estaba frente a él, reluciendo. Moncada alcanzó allí a la multitud, pero cara al médano; dio media vuelta, militarmente, bajó su cruz, como si fuera una escopeta, la apuntó hacia el mausoleo:
       —Japonés solito —dijo—. Forastero. ¡Te mato a ti, mato a todos!
       Lo iban a arrastrar, pero, otra vez, dio media vuelta y se metió rápidamente y en forma, entre la gente.
       —¡Pobrecito! Se le habrá perdido, pues, la cruz de su muerto y ha traído esa grande, para siempre —dijo una mujer.
       Moncada quedó tranquilo, con la cabeza gacha, sudando del cuello, entre los deudos. Nadie más que él y el chanchero Bazalar llevaban una sola cruz.
       Del pequeño grupo de hombres que estaba junto al arco salió un cura, vestido de civil, con cuello blanco duro. Alzó un megáfono a pilas, como el de los vendedores ambulantes más potentados.
       “Hermanas, hermanos, compañeros... —perifoneó—. No siendo, no siendo disposición que ustedes lleven cruces ni cadáveres de este cementerio a otro cementerio. Solamente nuevos muertos enterrar en otro cementerio, otro lado San Pedro. Ustedes decidir, ilustrísimo obispo Monseñor, respetar. Yo dar nombre ilustrísimo obispo, bendición. Cualquier tierra santo, santo, tierra de Dios para recepción del alma y cuerpo Cristo. Amén”.
       Alzó las manos para bendecir. Moncada se adelantó unos pasos, salió de entre la gente caminando como soldado; bajó su cruz en que el trozo de red flameaba algo; hinchó el pecho como cuando se vestía de pituco elegante y apuntó con el madero al cura.
       —¡Gringo! —le dijo—. Monseñor, gran celestial. ¡Enterrador!
       Y se dirigió a la puerta de arco, a paso rápido, con la cruz al hombro.
       —¡Loco ha de estar de la pena! —dijo alguien.
       La gente se echó a caminar tras de Moncada, sin volver la cara hacia el cura norteamericano y su comitiva. Únicamente Gregorio Bazalar, un chancharo de San Pedro, que encabezaba la procesión, le hizo un adiós ambiguo con el brazo.
       Era ya la tarde. Tenían que caminar lejos. Había que cruzar la carretera y la pampa pesada, entre El Progreso y el inmenso médano San Pedro. Había que cruzar por allí la carretera a las barriadas altas y subir por La Esperanza, el médano grande. Era un camino pesado, pero se había acordado hacerlo a pie y por esa ruta, porque de utilizar la carretera tenían que ingresar a la ciudad y dar un gran rodeo urbano que nadie propuso. “A pie, de frente, subiendo y bajando San Pedro, en procesión formal, fúnebre triste”, había propuesto el chanchero Bazalar en una asamblea y nadie se opuso.
       Detuvieron el tránsito afuera, en la carretera. Los choferes y pasajeros de automóviles colectivos y camiones se quitaron el sombrero.
       —Van los presidentes de las Asociaciones de Barriadas —dijo un chofer—. Esto, como las invasiones, está organizado. Ahora no es contra las autoridades ni dueños ni comunidad indígenas de Chimbote. Nadie sabe contra de quién. Ahí van, encabezando, los presidentes de las barriadas.
       —No —dijo una pasajera—. De nosotros, La Esperanza Baja, nadies va; urbanización ya somos. Ahí, nada más los más pobres serranos están yendo.
       —¿Quién dice que van los presidentes de las barriadas? ¿Quién ha dicho? Yo soy Mansilla, presidente del mismo barriada San Pedro. Van delegados no más, y el chanchero Bazalar que ahora, con los muertos, ha salido de dirigente falso, comodaticio.
       —Hay presidentes —insistió el chofer, mientras los procesionantes seguían cruzando la carretera.
       —No, amigazo —contestó Mansilla—. Para este misión han nombrado delegados entre los más serranos de las barriadas; todos esos que están son como delegados. El chanchero ha dirigido este sublevación pacífico. Ahí está, de vivo, cargando sólo un cruz, cual principal dirigente, de muertos.
       —¿De muertos que interrumpen la carretera? —preguntó el chofer.
       —Oiga usted. Para los más serranos, es decir, los indios, vale la cruz que marca el sitio donde están los muertos, pues. Los acriollados hemos trasladado ya sus huesos de los parientes de cada uno a los nichos de los cuarteles. Así es. El chanchero sabe de más; el muerto nada valía en Chimbote, harina de pescado, puerto; ahora vale. ¡Ahistá!
       “¡Chimbote! ¡Chimbote! ¡Chimbote!”, empezó a gritar en tono de pregón, el negro Moncada, desde bien lejos.
       —Ese es el presidente de presidentes —dijo la mujer de La Esperanza Baja.
       —De ostí será presidente, ostí más serrana —le dijo otra pasajera del mismo colectivo.
       —¡Mierdas! —contestó la señora de La Esperanza.
       El hombre que estaba en medio de las dos y que decía ser presidente de la barriada San Pedro, las apretó contra el asiento, abriendo los brazos.
       —Respeto a la cruz —dijo—. Serrano es serrano, no es pior que nadies.
       La multitud acabó de cruzar en silencio el camino de huellas y ripio.
       —Ahora que si’han ido los pobres pavimentarán quizá el camino al cementerio —dijo un chofer.
       —Quizá, hasta la fachada. El resto es camino pa’las barriadas.


* * *

      Las cruces subieron al inmenso médano, a San Pedro. Llegaron a la “carretera de circunvalación” de la barriada que los vecinos hicieron con ripio y basura. Desfilaron rodeando el cerro. Se les veía, en cordón oscuro, como a un gusano negro, desde casi todas las barriadas del puerto, de los muelles y lanchones. Ellos también, los procesionantes, veían el polvo de las barriadas, el asfalto nuevo, recién tendido, del casco urbano; todos los muelles de las fábricas de harina de pescado, el humo rosado, pesante, de la fundición de acero. Bazalar, encabezando, cargando su cruz “fúnebre” que nada más en la víspera de ese día había clavado en el filo mismo del médano del cementerio, Bazalar medía la extensión de las barriadas que había visto aparecer, crecer a palo y sangre, mientras él, incrédulo, envidioso, cholo todavía aturdido, se iba del puerto a Lima y volvía, perdiendo tiempo. Miró detenidamente el pozo y la bomba que surtía de agua a la barriada y las filas de burros que subían del pozo al médano; fue observándolo todo sin volver ostensiblemente la cabeza a ningún lado, en estado de procesión “fúnebre”.
       Los niños de las barriadas corrieron de las calles, cuesta abajo, hacia la carretera. Sus perros los siguieron, más flacos y más bulliciosos que sus dueños.
       La luz de las islas guaneras de la bahía ya se estaba dorando a esa hora y llegaba, fuerte, a las hondonadas y cumbres de San Pedro. Respiraban esa luz en el hueso del hueso, la gente que había hecho sus casas en el menospreciado cerro de arena que dominaba todos los horizontes de Chimbote.


* * *

      El cura norteamericano fue del cementerio al obispado. Hablaba en inglés con el obispo norteamericano de Chimbote.
       —Monseñor, son mansos y bravos. No se sabe...
       —Lo sabía, hijo. Hay que consultar con el padre Cardozo.


* * *

      Cruzaron el médano y la barriada entre aburridos e intranquilos, los cargadores de las cruces. Ni un policía. Tuvieron que faldear casi todo el médano San Pedro, donde los antiguos yungas construyeron el adoratorio ahora menos conocido, más grande y señor de la arena. Una cruz con sudario flameaba en la desmochada cumbre de las ruinas. Allí, en el sudario, puro polvo, dicen que se retrata en enero–febrero el muy próximo y caudaloso río Santa.
       Más perros, más niños y mujeres que hombres, orillaban la carretera de circunvalación mientras pasaba la procesión de cruces. La fila de observantes estaba parada sobre la arena, carretera arriba, de espaldas a las primeras casas de la barriada. No se acercaban mucho ni mujeres ni chicos. Ladraban algunos perros mientras pedazos de periódicos y trapos eran zarandeados por el viento sobre las cabezas de los procesionantes y las cruces; los perros, sentados, con belfos salivosos, miraban. Los niños también miraban, solos, sin pegarse a las faldas de nadie, cualquiera que fuese su edad. Miraban la fila de cargadores de cruces, guardando silencio, a pesar de que muchísimos hombres y mujeres se habían echado al hombro hasta diez cruces. No se acercaron, no se manifestaron. Pero tres mujeres estaban como esperando al final de la carretera. “Dios, agua, milagro, santa estrella matutina; pez que sales como flecha de la piedra verde, de la cabellera ondulante que juega en la corriente, yerba del río; sombra de la libélula que prende sus ojos grandes en el agua de los remansos; salvajina que cuelga de los árboles al fondo del aire; tierra sangrienta que haces pesada la corriente del río en enero–febrero, que saltas sobre rocas y árboles y dejas tu polvo para siempre en la vida del que te bebe sin saber o sabiendo...” Rezaba en quechua la preñada prostituta, Paula Melchora, “Cruces santas, de a cinco, de a cuatro, que muera el Tinoco, que se achicharre, que siga detrás de ustedes, que caiga donde van ustedes a quedar, tristes...”
       Estaban algo separadas las tres mujeres, no tanto, pero algo separadas una de la otra, y las palabras las escuchaban. “Amén, sulpay [deformación del castellano: ¡Dios se lo pague! Se usa como expresión de agradecimiento un tanto lastimero.], amén, sulpay”, dijo la otra que sabía quechua. Orfa, la señorita ramera cajamarquina, se retiró unos pasos atrás, y se fue enseguida. “Cholas —dijo—. Ni más con ellas. Se malogró ¡asco! mi castigo.” Apretó el paso y se alejó de la procesión. “¡Asco!”, repitió mientras subía por la arena pesada de la calle. “Asco, asco ¡ay! como no habrá jamás de los jamases. Gracias, cruces santas, errantes, como yo, botadas. A tus luces he mirado el asco de mi vida, como he pisoteado a mi vida”. Enderezó el cuerpo, y la sombra del cuerpo también empezó a cortar de otro modo el aire, al filo. Resolvió ahogar a su hijo cualquier noche o día y tomar ella la estricnina que guardaba en una cajita desde que salió, a escondidas y deshonrada, de la aristocrática ciudad de Cajamarca.
       Llevando sus cruces la gente entró a la parte deshabitada del arenal. El médano se emparejaba muy arriba, con los Andes de roca y luego con la nieve. Enrojecían ya, sombreando, las nubes del lado del mar. Comenzaba el crepúsculo.
       No estaba bien trazado el nuevo cementerio de pobres. Pero el guardián–sacristán del cementerio de Chimbote y el delegado de San Pedro conocían el sitio elegido por la Municipalidad.
       —Aquí es; de aquí comienza. No tiene término —dijo el guardián.
       “Conciudadanos que cargáis las cruces de vuestros muertos —habló don Gregorio Bazalar, de la barriada San Pedro, delegado—. Conciudadanos: aquí hemos llegado, en nombre del Padre, del Hijo, del Monicipio y del subprefecto, pues. ¡A enterrar los cruces que estamos trayendo, fúnebres! En cualquier partecita. Aquí estamos en la hondonada. Aquí nadies nos va a encontrar para que nos llevan al valle de Josafat. De a siempre nos quedamos. A nadies nos ha enteresado, valgan verdades, que cada quien conoce donde, el punto donde, para el eterno, queda el muerto padre, hermano, hermana. Lo que hay en el corazón es el campo donde tranquilo está el muerto, acompañando a su comunidad pueblo. Así es, señor guardián, representante del señor Obispos, Gobiernos. ¿No quieren que esteamos en el cementerio moderno, norteamericano? Gracias sean dadas; para nosotros este hondonada del montaña está bien. La moralla se tumba; la flor, feo se achicharra. El montaña no se acaba, pues. Aquí nadies llora, sea dicho. Amén”.
       Sacó de debajo de su camisa una flor grandaza de magnolia; la amarró en la punta de la cruz que llevaba y alzó el madero. La flor alumbró un trozo de la hondonada. Y cuando estuvo clavada la cruz en el médano, como el cielo estaba enrojeciendo, la magnolia siguió, con su aureola, haciendo estirar en la arena las sombras de los enterradores de cruces. Así le parecía a don Gregorio Bazalar, de San Pedro, conocido chanchero, al tiempo que, de regreso a la barriada, pasó entre varios que clavaban sus cruces en la hondonada.
       Moncada, que había seguido humildemente a Bazalar toda la procesión, arrojó su infúnebre cruz al suelo, sacó el monito de trapo de la bolsa negra y lo enterró a flor de arena. Hizo una cruz con palos de fósforo, la apuntaló y enderezó con unas piedrecitas sobre la tierra manoseada y se echó a correr médano abajo, desgalgándose sin atropellarse en la ya mansa pendiente. El guardián– sacristán del cementerio grande levantó del suelo la cruz de Moncada, que tenía un taco pesado en la base; bendijo con ella la hondonada que ya se veía mosqueada de cruces; dijo unas frases en latín, luego se puso al hombro la cruz y se dirigió hacia la barriadas de San Pedro.
       —Oiga —le dijo una mujer que estaba sentada junto a otra, allí donde empezaba la “carretera de circunvalación” de la barriada—. Nadies ya iba a visitar esos cruces qui’ han llevado. Mejor estarán en la hondonada. Esa pared grande, extranjero, un arco qui’han hecho al cementerio para botar cruces qui’habían en el médano ¿del gobierno es? ¿Dicen?
       —¿Quién eres; qué serrana eres? —le preguntó el guardián– sacristán.
       —¡Yo, pues! El negro ha galgueado por el cerro abajo, dejando su cruz qui’usté está cargando. Grande es. ¿Para leñita llevas?
       —Serrana animal, en Chimbote no se necesita leña. Nadie ha botado las cruces. En procesión santa...
       —Ahurita na más lo han botado del panteón, cemento. El grandecito cruz habrás levantao para leña, pues. De nadies será.
       —¡Concha’e’tu madre!— respondió el guardián–sacristán y siguió carretera adelante, con su cruz.
       —¡Achachau, pestoso! ¡Pestoso de cruz falso! —le gritó una de las serranas. Las dos mujeres siguieron mirando a la gente que clavaba sus cruces en el nuevo cementerio.
       Sólo un hombre se quedó en la hondonada hasta la noche, junto a una cruz gruesa que había calado cerca de la magnolia. Los otros feudos se fueron a la ciudad, por tropas o sueltos. Casi todos bajaron hacia la Carretera Panamericana, pero no como el loco Moncada, a campo traviesa, sino por una senda recién marcada por huella de tractor y orillada de piedras. Los de San Pedro y La Esperanza, Baja y Alta volvieron a subir el médano.
       El sacritán–guardián fue nuevamente atajado por una mujer bajita en la bocacalle del jirón Huaraz, de La Esperanza Baja.
       —Señorcito —le dijo— descansarás en mi casa, con tu cruz, pues, Diosito.
       El sacristán la miró detenidamente.
       —Bueno, vamos un rato. ¿Me convidarás gaseosa?
       —Sí, pues. Hay chichita también.
       —¡No tomo chicha, señora! No soy serrano.
       —¡Ay, caballero, perdona, puese!
       Se inclinó la mujer; se volvió de espaldas y se fue.
       Era la hermana de Asto. El sacristán–guardián la vio irse, algo preocupado. Con el tono de su voz y la luz de sus ojos, la mujercita le produjo como una calentura en la boca; no entendió bien eso y le contestó, ofendiéndola: “No soy serrano.” Así, intranquilo, el guardián se dirigió a una tiendecita próxima de la misma calle Huaraz; pidió una cocacola.
       —Hay helada —le dijo secamente el dueño de la tienda.
       —Así es, la Esperanza Baja progresa. Tiene hasta luz eléctrica ya; de motor ¿no?
       Dame bien helada la coca.
       —Sí, señor; se progresa.
       —Esa cruz es de Moncada, amigo —le dijo el dueño del bar mientras destapaba la botella.
       —¡Quémela, señor! —dijo un hombrecito que estaba sentado sobre un costal de arroz. Yo, pues, soy tricicletero. El negro Moncada, dicen que hacía predicar feo esa cruz, de noche.
       El sacristán–guardián se alzó de hombros. Tomó, pagó, y ya no cargó la cruz al hombro; se la llevó debajo del brazo. “¡Ahura sí!”, dijo el tricicletero.
       —Nadie es nadie, aquí —exclamó el dueño del bar.
       Para el guardián–sacristán habían construido un pequeño departamento cerca de la elegante oficina del administrador del cementerio; lo construyeron en el cementerio mismo, hacia el arenal de afuera, frente a una explanada afirmada con ripio. Un niño aguatero iba a regar las plantas recién brotadas alrededor de la explanada. Llegaba al anochecer montado en un tanque pintado de rojo que era tirado por un gran burro negro. El tanque estaba hecho de dos cilindros gasolineros toscamente soldados; un chasis gracioso de madera sobre dos ruedas enllantadas sostenía el tanque. Cuando el guardián llegó a la explanada, el niño acababa de echar la última lata de agua a las plantas; saltó al carro y, de pie, tiró de las riendas al burro; le hizo dar una vuelta rápida. El burro alzó la cabeza con alegría y se echó a trotar. El niño saludó de paso al guardián: “Mucha cruz para llevarla en el sobaco, patrón”, le dijo. El guardián respiró el aire de las plantas recién regadas y entró a su casa.
       —¿Y esa cruz? —le preguntó su mujer.
       —La voy a clavar en lo más alto del médano del cementerio. Ha sufrido esta cruz; que quede en el médano. No es de nadies.
       —De ti será, hereje hombre. ¿Así, así se trae una cruz? ¿En el sobaco?


* * *

      La hermana de Asto llegó a su casa y encontró a Tinoco en la pieza grande, la sala–tienda. Tinoco estaba sentado en una de las sillas nuevas de totora y sauce. El tubo de luz neón, oblicuamente colgado sobre la puerta que daba a la calle, alumbraba todo el espacio de la sala y hacía resaltar el grueso trapo que servía de cortina a la puerta de entrada al patio interior.
       —Putamadre, has dejado tiempo ya el “corral”. Voy cuchillear a tu hermano.
       Tinoco se paró. La correa ancha, de hule y hebillas brillantes, los pantalones acigarrados, la camisa roja y los cabellos lustrosos, se acercó a Florinda, la hermana de Asto. Ya le iba a poner las manos en los hombros.
       —Tú eres matón de Braschi, ¿no? —le dijo ella—. M’hermano sabe; te va a matar, con Zavala, con Maxe, con...
       —¿Quién más?
       —Con diablo más. Te van a quemar tu lani [pene]. ¡Seguro, ahora sí!
       Tinoco sacó del bolsillo del pantalón una chaveta con funda.
       —¡Caraya! ¡Cuchillito! —Florinda pronunció con lamento las palabras—. Asustará a la Gerania, a La Felicia; a la Paula, que está arriba, en San Pedro, preñada...
       Tinoco sacó la chaveta de la funda. Hizo como que la afilaba en la palma de la mano.
       —De traidor cabrón su cuchillo... Asustará, a nadies.
       —Te voy a montar —abrió la boca el cholo—. Te voy a montar.
       —Anda arriba, a San Pedro; allí montarás, ceniza comerás...
       Cuando Florinda estaba hablando apareció en la puerta que daba al patio, el joven ciego, flaco, de anteojos negros, Antolín Crispín.
       —¡Tinocucha! —dijo—. Oye —la voz le salía no sólo de la boca sino de las lunas bien negras, bien puestas de los anteojos—, oye, has llevado cinco cruces a la hondonada. En vez de golpear con la cruz a los tristes, has apuntalado, mansito, en la arena, uno por uno, cinco cruces. Te falta todavía para ser maldito. En la casa de la Paula te has cambiado tu ropa corriente con tu ropa de cabrón, soplón, homilde de Braschi. Tu criadilla no tiene dinamita; agua de piojo tiene, oye...
       Crispín se acercó más a la grada de la puerta; abrió bien la cortina. Siguió hablando:
       —He bajado cumbres nevadas, pampas, barrancos, sin nadies que me ataje, sin nadies que me haga andar. Tú eres traicionero, maricón, agua–sangre.
       —Ahora tú eres so marido de la Florinda...
       —Ahora tú vas a ir donde Characato Pretel —le interrumpió el ciego—. ¿Qué vas a decirle a tu jefe?
       —No, Crispín. Ahura voy recebir en hotel Florida prostituta elegante que viene de Lima. No, pues, como la Florinda.
       —Tú no vas a recebir eso, Tinocucha. ¿Estás parado, no? Más tarde vas a arrodillar como ante obispo para recebir, más bien, en la cara, el escupe del Characato. Has mariconeado en la hondonada, no has cumplido orden de la mafia. No has podido corretear a los pobres, golpeando en su cabeza, en su cuerpo, con las cruces que llevabas en tu hombro; no has podido alborotar para que la gente digan en Chimbote: “Pescador maleante, anticristo”. A tus ayudantes no has podido ordenar, ¿no? Has clavado más bien cruces sin dueño, asustado...
       —Asimismito es, ¡viejo! En lo oscuro que estás... —Tinoco retrocedió hacia la puerta que daba a la calle—. Agua–sangre seré, piojo–criadilla seré. Oye... en lo escuro conoce el ciego qué es. Asimismo, algún día... yo, maricón cabrón a ostí, Crispín... Mejor toca el guitarra, oye. Ahistá, en el banca. Toca el guitarra, oy Crispín, pa’alma del triste pendejo aguasangre. Yo, oqollo [eenacuajo] negro en arena médano patalea candela mierda, sin ojo; oy Crispín, oy... ¿Dirás...?
       Paró de retroceder porque Antolín Crispín bajó la grada, de la puerta del patio a la sala-tienda. Con el brazo extendido se dirigió a la silla. Sentado empezó a templar las doce cuerdas de la guitarra. Dos primas, dos segundas de alambre y una más de acero para cada cuerda entorchada. Tinoco oía el temple. Duró largo rato; Antolín pulsaba cada alambre y cada entorchada, las hacía llorar una por una. Después tocó la introducción al huayno, acordes y melodías improvisadas que describían para Florinda y el cholo cabrón, las montañas y las cascadas chicas de agua, las arañas que se cuelgan desde las matas de espino a los remansos de los ríos grandes. Tinoco no percibió el paso del afinamiento a los acordes y melodías; oyó, fuerte, el rasgueo de las doce cuerdas y el canto:


En el silencio, en el silencio
me dicen que por otro estás clamando,
que por otro estás clamando.
Que te vaya bien, qué le vamos a hacer,
si ése es tu destino...


      
       Tinoco volteó el cuerpo y se fue caminando hacia la puerta. La abrió despacio, salió a la calle. Volvió a subir el arenal de San Pedro. Estuvo rodeando, a pasos, en la oscuridad, la casita de Paula Melchora. Dio vueltas a la casa mirando a instantes en la dirección de las islas blancas de la bahía. Después se echó a caminar médano abajo; faldeó el cerro hacia el nuevo cementerio de pobres. A tranco largo se acercó a la hondonada. Allí en el cementerio encontró al hombre, que seguía sentado junto a la cruz de palo redondo.
       —De su hija es, ¿no? —preguntó, recordando a Crispín.
       —Hija —dijo el hombre.
       —Ostí no puedes llorar, ¿no?
       Tinoco se sentó junto al hombre.
       —Ostí no puedes llorar.
       —Será, creo —dijo el hombre.
       —Yo, hermano, voy a llorar por ostí. Última vez, con guitarra, por todos las cruces de la hondonada voy gritar.
       Apoyó la cabeza en las rodillas y se puso a llorar; primero en falso y después, en serio, triste, acordándose “un derrepente” del alcatraz “cocho” que, de noche, a la hora de zarpar de las lanchas, volaba, despacio, de la playa al borde de la bolichera Moby Dick en que él, Tinoco, aprendió a pescar. Ese alcatraz viejo se posaba “homilde” en la popa y se hacía llevar a alta mar por la Moby Dick y, nadie, ni Tinoco, lo ahuyentaba. “Llora para adentro”, decía del pájaro el gran patrón de la lancha, don Hilario Caullama, oriundo de las orillas del lago Titicaca, hombre aymara, de altura. “Llora para adentro, el pobrilla”. Tinoco empezó a alzar el tono del llanto en el médano, mientras el hombre, el dueño de la cruz, seguía sentado allí, junto.
       Los perros de la barriada San Pedro ladraban, tantísimos. Cuatro, cinco por cada familia; cuanto más pobres más perros. Ladraban por tropas, peor que en los pueblos medio vacíos de la sierra y de las punas.
       —Felizmente, aquí, no es fuerte el viento. No va a tumbar las cruces. ¡Cállase ustés ya! —le dijo el hombre a Tinoco. El cholo pescador no le oyó. Agitando un poco los brazos, estaba procurando llorar más fuerte que el ladrar de los perros.
       El hombre se levantó para irse. Se dirigió hacia la barriada. Tinoco lo siguió; trató de alcanzarlo, hablándole. La arena del médano pesaba en la cuesta.
       —Al prostíbolo vamos, señor —le dijo—. Tomaremos cerveza mismo en el burdel. ¡Oiga, amigo, oiga, pues! Ahistá me’hermana, me mojir también. Ahora escoges. ¡Gratis para ti, hembra, trago!
       Iba hablando Tinoco tras el hombre que apuraba el paso y no se dejaba alcanzar.
       —“...Ojo de paloma”, le dicen a me mojir en prostíbolo. ¡Oiga, amigo! Estaba preñada. Se quería hacer operación, oiga, pa’abortar. Yo le dije: “No, Gerenia, déjalo, quizás es gringuito, rubio. Los gringos de barcos grandes...”
       El hombre cambió de dirección; se echó a correr médano abajo, como el negro Moncada.
       Tinoco desenfundó la chaveta “¿Cortaré mis hombrías, Gerania? ¿Cortaré mis hombrías, Gerania?”, dijo. “¡No cortaré, putaza madre. Maxe, comonista, Padre Cardozo, comonista, a ti cortaré; pior que a maricón Mudo dejaré!”.
       Subió a la barriada, rápido. Esperó en la “carretera de circunvalación” un buen rato, a oscuras. Tomó, para él solo un automóvil colectivo; bajó el médano y pasó frente al arco y la muralla blanqueada del cementerio.
       —Miles de miles mis hombrías —dijo allí, en voz alta, dentro del coche—. Oye, chofer: anchovetas, mafias, ramera elegante que ahora, viernes noche, están llegando a hotel Florida, miles de miles para yo, jefe. —Inclinó el cuerpo hacia adelante—. ¿Ostí dice que pescador es maleante; ostí, chofer?
       —Yo no sé nada, amigo —le contestó el chofer.
       —¡Ah! Yo pescador con chaveta–funda, elegante. ¡Verás! Cinco cruces hey plantado, de nadies, en la hondonada. ¡Ahí está chaveta!
       El chofer sintió la punta del cuchillo en la nuca. Aceleró.
       —Pescador, siempre maleante, oiga chofer. Sano, borracho, en la mar, en prostíbolo, todo, todo siempre maleante. Tú asustaste, ¿no? Ya; guardamos chaveta, pagamos fuerte a chofer obediente. Llévame hotel Florida.
       El taxi entró al pavimento de doble vía de la avenida del Hospital Obrero. Allí empezaba el alumbrado eléctrico y el “elegante” barrio de los obreros de la Fundición; el chofer detuvo el coche junto a un poste, bajo la luz de las lámparas.
       —¿A la Comisaría, jefe? —le dijo a su pasajero—. Te has emborrachado con aire, temprano. Descansarás en la Comisaría, tranquilo, después en la cárcel.
       —Como quieres, chofercito. Yo “mafia”. Llévame a Comisaría. Ahí quedas, yo no pago. Llévame hotel Florida, puta elegante, pago fuerte.
       —Paga fuerte, jefe.
       El chofer puso en marcha el automóvil; aceleró. Tinoco, con la chaveta enfundada en la mano, vio las conocidas casas, bares y tiendas de la avenida Gálvez; luego el gran hotel Chimú.
       —Temprano es, chofer. Puta elegante llega más tardecito. Llévame al bar de la viuda.
       —Oye, amigo —le dijo Tinoco al chofer—. Yo, con la viuda no puedo. ¡Tanta plata! No puedo.
       —Alto calado, buque, la viuda, amigo.
       Se bajó del taxi, Tinoco; le alcanzó tres billetes de diez soles al chofer.
       —Todo para ti —le dijo.
       “Borracho de aire, de billete anchoveta, ¡Dios que crías!”, el chofer se dirigió a su casa, a otra barriada lejana, próspera, a la misma donde el hotel Florida se destacaba por las enredaderas que escalaban la fachada, en lluvia de oro.


* * *

      Maxe, Zavala, Solano y Haro hablaban con Chaucato en el muelle de las fábricas de harina de pescado de La Caleta. Se citaron en la casa de Haro para tomar acuerdos.
       La Sansón I estaba acoderada al muelle de La Caleta, junto a una de las bombas más potentes. Un chorro de agua disparado desde la cubierta con el pitón de una manguera removió en la bodega de la lancha un pozo plateado de anchovetas. La luz de las escamas empezó a teñirse de sangre, a descuajeringarse. Un chatero [encargado del control de las maquinarias emplazadas en las chatas, balzas de fierro como pequeños muelles en el mar] vestido de anchos pantalones impermeables amarillos, y de botas, miraba el remolino de sangre y azogue que él revolvía con la manguera; lo miraba como a la nada. Otro chatero aprendiz, joven, serrano indio como todos los chateros, alzaba a la cubierta, con un garfio de caña larga, las tablas que separaban los compartimientos de la bodega. Masticaba coca a boca llena; miraba de reojo el derrumbarse de ese metal desconocido, a cada tabla que alzaba; el brillo era amagado por la sangre y el movimiento, y todo era tragado por la boca de un inmenso tubo girador que colgaba de un huinche y aspiraba. El tubo lanzaba la corriente de anchoveta destrozada a las cañerías aéreas del muelle. Las cañerías cruzaban La Caleta bajo tierra, dejaban caer la masa de pez y agua a una cadena de cucharas que elevaban la carga a las tolvas pesadoras de las fábricas. Sobre las cucharas negras, trozos de anchoveta relampagueaban hacia la calle, y relampagueaban todavía al caer en golpes de catarata a los tanques de mil toneladas.
       El humo de las fábricas, el griterío de los vendedores de fruta, comidas, sánguches, maní, que tenían sus puestos en las aceras de las calles o al pie de los muros que cercaban las fábricas; el flujo de los colectivos y triciclos que pasaban y volvían bajo los remolinos de humo; el desfile, en grupos o a solas, de los pescadores que se iban del muelle y montaban en los colectivos o se detenían a devorar anticuchos, sánguches, fruta; el ladrido de los perros en las barriadas, todo eso se constreñía, también como relampagueando, en la guitarra de Crispín Antolín que seguía cantando en su casa de la Esperanza Baja, sentado en la misma silla. Ciego flaco, jovencito, había bajado, cierto, nieves, cumbres, precipicios, desde su pueblo, tras de la Cordillera Blanca, hasta la línea del tren que corre por el endemoniado cañón del río Santa. Tocaba en los mercados y cerca de los muelles. Oía la luz de la isla, el zumbar de la tráquea humana de donde sale el hablar de cada quien, tal como es la vida. Así, su guitarra templaba la corriente que va de los médanos y pantanos en encrespados de barriadas al mar pestilente, de la ecosonda a la caldera, de la cruz de Moncada al obispo gringo, del cementerio al polvo de la carretera. Un círculo apretado de gente escuchaba siempre a Crispín; se quedaban, horas de horas algunos, esperando, junto a la guitarra, bajo el sol o el nublado.
       Florinda no sabía cantar. Esa noche, oías, de pie, a su conviviente que, tras del tapaojos constreñía el pensamiento. Llegó Asto. Abrió la puerta.
       —¡Ciento cencuenta toneladas anchoveta! —dijo—. Ahorita entregamos.
       —El Tinoco ha estado —dijo Florinda—. Ha maldecido. Aquí ha venido. Se ha ido, de oír guitarra no más.
       —¡Ah; jodido está, tiempos ya! ¿Adónde a loquear su maldición habrá ido?
       Asto se sentó en una silla.
       —¿Conoces a un gringo llamado Maxwell? —le preguntó Crispín.
       —Sí.
       —A tocar charango va venir, más tarde.
       —¿Maxwell?


Segundo diario

Museo de Puruchuco Lima, 13 de febrero, 1969
      Desde que empecé a escribir en Santiago el balbuciente diario que aparece como primer capítulo, algo estrambótico, de esta novela, he estado dos veces más en Chile y cinco veces en Chimbote. No puedo comenzar ahora el capítulo III. Me lanzaré, pues, nuevamente, a divagar.
       La última novela que escribí,
Todas las sangres, la hice en dos etapas separadas una de otra por varios años. La he vuelto a leer en estos días, no para buscar nada especial sino por obligación.
       Como en el aire de los abismos andinos en cuyo fondo corre agua cargada de sangre, así está, cierto, en esa novela, el constreñido mundo indohispánico. Está el hombre, libre de amargura y escepticismo, que fue engendrado por la antigüedad peruana y también el que apareció, creció y encontró al demonio en las llanuras de España. Parte de estos diablos se mezclaron en los montes y abismos del Perú, permaneciendo, sin embargo, separados sus gérmenes y naturalezas, dentro de la misma entraña, pretendiendo seguir sus destinos, arrancándose las tripas el uno al otro, en la misma corriente de Dios, excremento y luz. Y esa pelea aparece en la novela como ganada por el yawar mayu, el río sangriento, que así llamamos en quechua al primer repunte de los ríos que cargan los jugos formados en las cumbres y abismos por los insectos, el sol, la luna y la música. Allí, en esa novela, vence el yawar mayu andino, y vence bien. Es mi propia victoria. Pero ahora no puedo empalmar el capítulo III de la nueva novela, porque me enardece pero no entiendo a fondo lo que está pasando en Chimbote y en el mundo.
       Voy a transcribir en seguida —lo haré al margen— las páginas que escribí en Chimbote, cuando igual que hoy, luego de varias noches de completo insomnio, atosigado ya de odios e ilusiones, de impotencia y vacío, decidí, otra vez, suicidarme. Copio al margen, palabra a palabra, la ingenuidad no tan falaz que escribí entonces. Claro que yo no debo ser tan límpido como me describo en esas líneas. Creo tener, como todos los serranos encarnizados, algo de sapo, de calandria, de víbora y de killincho, el pequeño halcón que tanto amamos en la infancia. Pero en este momento recuerdo, siento, añoro mucho más a la pariona o pariwana.
       Es un inmenso pato de las lagunas de altura —cuatro y cinco mil metros—; vive en parejas o por tropas y, de repente, se alzan en cadena, vuelan a más altura que todas las montañas y pasan sobre el aire de los valles profundos como una ilusión inalcanzable color de sangre. (Sus alas son rojo y blanco y dicen que de allí se copió la bandera peruana). Alumbran desde alturas sin consuelo ni alcance; iluminan todos los ojos, hasta el de los piojos que yo tenía de niño, a millares, en la cabeza y en las costuras de mi ropa. Esos piojos se iluminaban, se hacían transparentes, mostraban sus tripitas con la luz de las alas de la pariwana, más íntima y lejana que la del sol. Porque cuando pasaban las pariwanas, el sol no hacía sino resaltar las manchas rojas en el sinfín del cielo, y esa imagen convertía en música toda nuestra vida, los abismos de roca y salvajina, las libélulas ojonas que danzaban sobre las acequias y en las aguas algo podridas de los estanques.
       Sí, en esas líneas que escribí en Chimbote, luego de haber decidido, nuevamente, eliminarme, todo es pureza e impotencia. Entonces agonizaba porque no podía escribir el segundo capítulo; ahora se trata del tercero. El segundo capítulo lo escribí, arrebatado, sin conocer bien Chimbote ni conocer como es debido ninguna otra ciudad de ninguna parte. A través simplemente del temor y la alegría no se pueden conocer bien las cosas.
       Yo siempre he vivido feliz, extrañadísimo y asustado en las ciudades. En New York anduve una semana, tal como si hubiera estado en mi aldea nativa, cuando ella ardía, en las vísperas, entre camaretazos y cohetes disparados desde los castillos de fuego hechos por don Amílcar Astoyuro. El eucalipto de la plaza parecía entonces que iba a cantar un himno con voz de toro. No me asustó esa ciudad en que los edificios se parecían tanto a los castillos, también de cien pisos, que don Amílcar hacía para las vísperas. Pero en New York ¿dónde se puede encontrar un sitio para poner la mano como en la cabeza de una paloma o en las patas rosadas de un gato que has criado desde que empezó a abrir los ojos? ¡No hay dónde! Nunca más extrañado ni más feliz anduve día tras día, una semana, sin descanso, en la Quinta Avenida, en la calle 42, en Greenwich Village, en Harlem, en Broadway... Hasta que cierta noche, en pleno arrebato, me atreví a seguir a una linda negrita y a hablarle. La “conquisté” hablándole en quechua que, en un caso como ése, me nacía y servía mejor que el castellano. La negrita me comprendió porque ella era una “mariposa nocturna”. Me llevó hasta un departamento hermoso metido en un sombrío edificio de fierro. Puro miedo y triunfo. Pero fue lo único íntimo que me traje de los Estados Unidos. Y el recuerdo del Golden Gate, que es demasiado grande para hablar, como sí lo hacen y cantan los puentes de cal y canto del Perú y de España.
       Sí, pues. Creo no conocer bien las ciudades y estoy escribiendo sobre una. Pero ¿qué ciudad? “¡Chimbote, Chimbote, Chimbote!”.
       Parece que se me han acabado los temas que alimenta la infancia, cuando es tremenda y se extiende encarnizadamente hasta la vejez. Una infancia con milenios encima, milenos de historia de gente entremezclada hasta la acidez y la dinamita. Ahora se trata de otra cosa.
       Y creo que el intento de suicidio, primero, y luego las ansias por el suicidio fueron tanto por el agotamiento —estoy luchando en un país de halcones y sapos desde que tenía cinco años— como por el susto ante el miedo de tener que escribir sobre lo que se conoce sólo a través del temor y la alegría adultos, y no en el zumbar de la mosca que uno percibe apenas el oído se forma, a través del morder conviviente del piojo en el cuero cabelludo y en la barriga, y en los millones de mordedura a la raíz y a las ramas todavía tiernas de la suerte, que te dan hombres y ríos, grillos y autoridades hambrientas.
       Pero ¿y todo lo que he pasado en las ciudades durante más de treinta años? Hasta he vivido un año en la prisión ciudadana (arañas, arco iris, semen) de un país del tercer mundo, y escribí una novela sobre esa cárcel. Allí sólo miraba, me incrementaba, sufría con mi infancia anticuada. Y no conozco a la mujer de la ciudad, por ejemplo. Le tengo miedo, como le tuve al remanso del río Pampas, que pasé a caballo, siendo niño, y en invierno, cuando el agua es transparente. Veía cruzar los peces casi rozando las paternalísimas patas del caballo que me cargaba, sus patas queridas. Veía a esos peces en lo profundo, y sentía en los ojos mortales lágrimas de ansia por lo mejor de lo mejor; sí, al pensar que el caballo podía tirarme en la corriente lenta, fuerte, que me transmitía todo el cuerpo del animal que medio temblaba, creo que gozando de muerte, también como yo, mientras braceaba en el río con los mismos pensamientos. Así es.
       ¿Y cómo hago, ahora yo, por eso, para anudar y avivar las ramas que tanteando y anhelante, como un sujeto que despierta de un coma profundo, he extendido tanto en el primer capítulo de esta novela? Ya se ve allí que de tanto temer y estar, entre desconcertado y loco de dicha, en las ciudades, algo conozco de su verdadera pulpa. Allá voy, pues, a como dé lugar, a escribir el capítulo III, con este feroz dolor en la nuca, con este malestar que los insomnios y la fatiga producen.
       “¡Allá voy si no me caigo!”, como gritaba un cavernoso y gran negro viejo que pregonaba tamales, en Lima, allá por el año 34, cuando el negro Gastiburú me hablaba de comunismo, de socialismo inminente, que nos esperaba ya, según él, de allí para el día siguiente: “¡Sin falta, serrano pendejo!”.
       Mañana, o pasado, o el lunes, comienzo el capítulo III, a como dé lugar. He pedido, para escribir este libro, diez meses de licencia sin sueldo de la Universidad, y ya han pasado cuatro y medio. No puedo huevear más tiempo. Y no vuelvo más al puerto hasta terminar el trabajo o reventar. Y no es que pretenda describir precisamente Chimbote. No, ustedes lo saben mejor que yo. Esa es la ciudad que menos entiendo y más me entusiasma. ¡Si ustedes la vieran! ¡Tengo miedo, no puedo comenzar este maldito capítulo III, de veras! ¿Cuantas veces hemos hablado de él, doctora Hoffmann? Pero yo no voy a Chile. Así, aunque no duerma, aunque ese ferrocarril de las 4:30 a.m. que pasa, sin perdonar un solo día, a diez metros de la casita que tengo alquilada en Los Ángeles de Chaclacayo me siga comiendo el sueño, yo sigo. Bueno, ¿y si no puedo? Me tendré, pues, que ir a Santiago, a mi casa de la mamá Angelita. Pero estas páginas, las primeras de Puruchuco, donde Arturo me ha dado una oficina para escribir, yo las incorporo como el estrambótico primer diario. Son parte del libro si ha de existir tal libro. Las ingenuas líneas que escribí en Chimbote —no es un diario; sólo escribía algo cuando estaba decidido a quitarme la vida de puro inútil y deteriorado— esas líneas van al margen, junto con otras que escribí después en Santiago. Y ahora me voy a almorzar al magnífico restaurante Miguel Ángel, de Vitarte.
       Vitarte está, aquí, cerca de Puruchuco, sobre la carretera que va a Cerro de Pasco, al Brasil, al Cuzco, al valle del Mantaro, a Bolivia. En Vitarte se abrió la primera fábrica de tejidos de Lima. Ahora es un distrito apretado de gente de pueblo. Al Miguel Ángel van a comer puros obreros, cholos, pasajeros de camión y uno que otro con cara y traza de comerciante o de viajero de “categoría”. Los profesores de mi Universidad, la Agraria de La Molina, van a veces, en patota, al almorzar al Miguel Ángel. Una feliz y buenamoza señora gorda, es la dueña del negocio. Nos gusta ver cómo atiende y conquista a sus clientes. A los profesores de la Agraria les hace un descuento especial, “para la gasolina”.
       “¡Allá voy si no me caigo!”, negro Gastiaburú. Me refiero no al almuerzo sino a lo que tengo que escribir. Revolución socialista por esos lados sólo en Cuba, negro. Lo vi, lo gocé un mes y, sin embargo, ando en dificultades para comenzar este maldito capítulo III. ¿Tendrás razón, negro? Yo soy “de lana”, como me decías; de “la altura”, que en el Perú quiere decir indio, serrano, y ahora pretendo escribir sobre los que tú llamabas “del pelo”, zambos criollos, costeños civilizados, ciudadanos de la ciudad; los zambos y azambados de todo grado, en largo trabajo de la ciudad. En esa categoría de azambados no considerabas tú a los indios y serranos “incaicos”, recién “amamarrachados” por la ciudad. Según tú, los de “la lana”, los “oriundos”, los del mundo de arriba, que dicen los zorros —¿a qué habré metido estos zorros tan difíciles en la novela?— olemos pero no entendemos a “los del pelo”: la ciudad. Pero así y todo, “oriundo”, y como ya se me acabó la “lana”, me zambullo en tu corazón que era el más zambo y azambado que he conocido. ¡Y bien que te conocía! Tengo testigos, aunque los mejores, dos, se han muerto, igual que tú, negro, Dr. Julio Gastiaburú.

Santiago de Chile, 6 de marzo

      Estoy de nuevo en casa de Angelita Heinecke. Empecé a escribir el capítulo III.

III

      El jefe de planta de la fábrica de harina de pescado Nautilus Fishing, don Ángel Rincón Jaramillo, vio aparecer en la puerta de su oficina a un caballero delgado, de bigotes largos y ralos, cuyos pelos muy separados se estiraban uno a uno, casi horizontalmente, hasta despertar una curiosidad irresistible y risueña.
       —Le traigo un sobre, don Ángel —dijo el joven. Y avanzó hacia el escritorio, caminando sin hacer ruido. Don Ángel observó que el sujeto era pernicorto, pero muy armoniosamente pernicorto, y esa especialidad de su cuerpo quedaba a cubierto y resaltada por una chaqueta sumamente moderna, larga, casi alevitada y de botones dorados. El sujeto tenía en la mano una gorra gris jaspeada que don Ángel había visto usar a los mineros indios de Cerro de Pasco, como primera prenda asimilada de la “civilización”. Además, el visitante calzaba zapatos sumamente angostos, también gris jaspeados, admisiblemente peludos y ajustados con pasadores de cuero crudo. Los pantalones eran de color negro chamuscado. Con una sonrisa que producía agradables cosquillas en toda el alma del señor Rincón, el visitante le alargó un sobre. Algún rasgo especialísimo de la cara del forastero preocupó al jefe, mientras recibía el sobre. El visitante se sentó en un sillón que había, no en frente del escritorio, sino a un costado.
       Las llamas de la fábrica y el humo de las varias chimeneas, el temblor que causaban los generadores caterpillar producían como ondas en la luz blanquísima de un lámpara larga, con vidrios a cuadraditos que estaba colgada en el centro del techo de la oficina. Era casi la medianoche. El visitante observaba un bicho alado que zumbaba sobre el vidrio de la lámpara; el cuerpo del bicho parecía acorazado y azulino, se golpeaba a muerte contra el vidrio; era rechazado como un rayo y volvía.
       —¡Oh, mi amigo! —dijo don Ángel—. Estrécheme la mano.
       El visitante vio que el jefe tenía envuelto un pañuelo de seda en el cuello gordo; sus anteojos de gruesa montura oscura agrandaban unos ojos amarillosos y regocijados.
       —Oiga —siguió hablando—, usted tiene, sea dicho, amigos de confianza, pertenecientes a esferas distintas, de altas consideraciones. Estoy completamente a su disposición, para todo y por todo.
       Le guiñó el ojo. Y el visitante también le guiñó un ojo.
       —Conozco también a la señora Lucinda de El Trapecio —dijo el visitante, y sus dos ojos se cerraron tanto que a don Ángel le entusiasmó hasta el cogote esa luz angostísima, inteligente como una aguja, que brotaba de los ojos así cerrados del joven, sin que se formaran muchas arrugas en la cara, como sí solía ocurrir, y en forma chocante, cuando el Characato Pretel se refería con el mismo gesto a la guapa Lucinda.
       —Oiga —dijo don Ángel—. Usted tiene ojos como de araña casera, puro ojo y no se le ve el ojo, ¿no? Usted sabe. Dígame —y se quebrantó en el sillón reclinable—. ¿Ha estado usted mucho en el extranjero?
       —No, don Ángel. No es siempre necesario haber estado en el extranjero para presentarse con trajes semejantes a los que están en temporada en las Europas y Norteaméricas...
       “Este lee las columnas sociales de los famosos diarios huachafos [que tratan de demostrar algo que no son, siúticos, cursis] de Lima y la columna humorística del periódico de mi patronazo”, pensó enseguida don Ángel. El visitante esperó que el jefe acabara de pensar y don Ángel se dio cuenta, sin remedio, que el flaco pernicorto lo estaba “estofando”.
       —...Hay comunicaciones que vienen por conductos electrónicos —siguió exponiendo el visitante— y antes que todo y nada, hay hombres y mujeres que traen en su cuerpo el reflejo de esos países extranjeros, pero mejor que todo son las armazones computadoras cibernéticas. Así uno se viste a lo Europa, Machu Pikchu, Miami Beach y, valgan verdades, con el gorro éste que tengo en la mano, algunitos nos carcajeamos de nuestras modernidades. Lo que impera es saber gozar a costa de la harina de pescado y apechugar, aconchabando los disímiles. ¿No es cierto? Ajustando, constriñendo en la bahía de Chimbote el Hudson con el Marañón; el Támesis con el Apurimac y una pisquita París, el Sena, Barrio Latino... ¡Que se embarullen los cholos de mierda y los criollos que se las dan de ladinos! ¿A cuánto ha bajado usted este año sus obreros de planta y cuántos son los eventuales, don Ángel?
       El jefe sintió alivio al escuchar la última pregunta.
       —Los obreros fijos de la Nautilus Fishing son desde el término de la última veda grande, exactamente sesenticuatro, treintidós por turnos de ocho horas; antes eran doscientos cincuenta y ocho. No había eventuales en esta planta. Ahora los eventuales son exactamente veinte. Con cincuentidós hombres se mueve la fábrica de harina que ocupa el segundo lugar en Chimbote, es decir, en el Perú, es decir, en el mundo. Esa pregunta última concreta, de usted me ha gustado; lo que no he entendido como es debido es su referencia al constreñimiento del Támesis con el Apurimac, el Hudson con el Marañón; el Barrio Latino, y que se embarullen los cholos. Que les borren las caras... ¿dijo?
       El visitante le dirigió una mirada neutra a don Ángel.
       —Son obsesiones que tenemos los alevitados, amigo. Pero dicen, don Ángel, que aquí, en Chimbote, a todo se les borra la cara, se les asancocha la moral, se les mete en molde.
       —De la moral hablaremos, joven. Ya verá usted. Y métodos hay para manejar pero no para amoldar a tantos de diferentes naturalezas que vienen al puerto. Usted es amigo de los grandes y ellos vuelan alto y no ven las naturalezas. Se han hecho moldes y todos han reventado. ¿Quién, carajo, mete en un molde a una lloqlla? ¿Usted sabe lo que es una lloqlla?
       —La avalancha de agua, de tierra, raíces de árboles, perros muertos, de piedras que bajan bataneando debajo de la corriente cuando los ríos se cargan con las primeras lluvias en estas bestias montañas...
       —Así es ahora Chimbote, oiga usted; y nadies nos conocemos. Le dije que redujimos los obreros de doscientos cincuentiocho a noventiséis, ¿no? Esta lloqlla come hambre. Más obreros largamos de las fábricas más llegan de la sierra. Y las barriadas crecen y crecen, y aparecen plazas de mercado en las barriadas con más moscas que comida.
       —¡Felices, felices, felices los alcatraces con la muerte que les ronda y la avalancha lloqlla con la vida que les ronda!
       “Así es, así es. Lo siento en las huevas. Este alevitado hippi es de confianza, un pituco a medias descuajado ¿hechura de Braschi?”. Y mientras don Ángel pensaba, orgulloso de sus reflexiones, el visitante se levantó; alzó un pie, dio una vuelta bajo la lámpara, pescó de un manotazo al bicho volador que seguía atacando la luz; lo pescó como rayo en la fría luna, lo mordió y puso el cadáver sobre el escritorio de don Ángel.
       —Y así, asicito como este bicho, los serranos de todos los pueblos de las montañas andinas, ¿no es cierto?, siguen bajando a buscar trabajo a Chimbote; también vienen de la selva, atravesando trochas y montes, ríos callados de tan caudalosos. Del Cuzco y Arequipa, ciudades grandes, antigüísimas, ya no vienen indios sino mestizos obreriles, comerciantes; y más aún de Huacho, de Chiclayo, de Pacasmayo, de toda la costa. Oiga usted, don Ángel, conquistador ilustre de la guapa Lucinda a quien nadie antes que usted había tocado ni podido; oiga usted, he visto también unos mendigos ciegos, procedentes de la ilustre ciudad andina de Cajamarca y de la ilustre ciudad del puerto de Paita, los dos tocaban instrumentos en el mercado Modelo. El paiteño tocaba un triste [nombre que toma en el norte del país el yaraví, canción de intensidad dramática que se inspira en el dolor por la pérdida de un ser querido, la distancia o la ingratitud del ser amado, la soledad o las zozobras que ocasionan los azares de la vida; su origen se remonta a los harawi indios], un tristísimo triste, ciego de los dos ojos; el de Cajamarca eran dos, oiga usted, marido y mujer, ciegos también; la india tocaba un tamborcillo, el indio violín; y cantaban feo, a dúo; feo, garraspiando cantaban. Y yo me puse a bailar; el garraspeo había tenido alma; me puse a bailar bonito, con mi chaqueta levita de botones dorados; en delante de los ciegos bailé, dando vueltas como sombra de trompo. Y los dos ciegos mucha plata agarraron. No sabiendo quién había bailado, lloraban agradeciendo al aire pestífero. Chimbote es obra de las armazones cibernéticas, de su patronazo de usted, que es también mi relacionado, por otra cuerda contra contraria, como allí le dicen, creo; porque su patronazo está en vigilancia y coordinación de las fuerzas grandes, ¿no? Lloqlla que quiere llevarse todo, porque está recién desgalgándose. Muéstreme la fábrica, don Ángel o, si no, dígame lo que en su hígado y en su experimentado seso le hayan repercutido mis saltitos y palabras. Ahí está el corpóreo bicho que he ayudado a morir. Porque, oiga, ese oficio quiero, ¿no? Ayudar a morir y a resucitar más fuertemente que morir. ¡Uy, uy, uy...! Así nos entremezclamos los que en el Perú, por gracia de los vericuetos que siguen los negocios del alma y de la carne, estamos muy a buenas con peces y pescados.
       El bicho dio una vuelta ciega en la mesa, produjo un sonido penetrante.
       —Oiga usted, don Ángel, aunque no lo crea ¡ese zumbido es la queja de una laguna que está en lo más dentro del médano San Pedro, donde los serranos han hecho una barriada de calles bien rectas, a imitación del casco urbano de Chimbote que trazó, como usted sabe, el gran yanqui Meiggs! En el médano San Pedro hay una gran ruina de los antiguos; sobre la ruina los invasores han puesto una cruz alta con sudario que está quejándose sobre Chimbote, ¿no? Este bichito se llama “Onquray onquray”, que quiere decir en lengua antigua “Enfermedad de enfermedad” y ha brotado de esa laguna cristalina que hay en la entraña del cerro de arena. De allí viene a curiosear, a conocer; con la luz se emborracha. Ya va a morir, dando otra vueltita más en círculo, llorando como espina...
       El joven empezó a mover la cabeza hacia adelante, balanceando el cuerpo como una rama; se puso el gorro; su cara se afiló, sus mandíbulas se alargaron un poco y sus bigotes se levantaron muy perceptiblemente, ennegreciendo por las puntas. El rostro del joven, así, indujo a la cabeza gordísima de don Ángel a mirar al bicho. Este dio una vuelta lenta sobre el barniz del escritorio y mientras giraba salió de su cuerpo un gemido que don Ángel sintió que le entraba por la oreja y se lo alojaba en lo más íntimo de sus intimidades. Miró al visitante con cierta desconfianza...
       El joven arrojó con la mano al bicho que había quedado inmóvil con las patas azules estiradas a los costados y quieta la cabecita en forma de corazón acinturado, muy llamativa.
       —Feneció el mensajero aciago, don Ángel. ¿Qué me dice? ¿Por qué siguen viniendo serranos a Chimbote? ¿Saben que las fábricas están reduciendo su personal a una quinta parte? ¿Que a la industria no le conviene seguir teniendo obreros fijos con derechos sociales y que pronto eliminarán a todos y no quedarán sino eventuales bajo el sistema de contratistas generales? Así quedarán más a merced, como ese bicho con cabeza de corazón que he machucado en su escritorio, más a merced de los armadores e industriales que los fascinerosos pescadores. Ese Braschi es un genio. ¿Y usted sabe, don Ángel, que Braschi vende harina a cien países y que en esos cien países es el mismo Braschi quien compra?
       —No será a cien países, don Diego...
       El visitante estaba nuevamente sentado en el sillón. Observaba el desorden de muebles de acero y de madera, de cajones abiertos, de papeles algo amontonados que había sobre las máquinas de escribir de carro largo...
       —No. Es un exagerar —dijo el visitante—. ¡Braschi es grande, el más grande capitán de industria que ha dado el Pacífico en estas dos décadas y, como usted sabe, tiene quijada de mono, de monazo fuerte! Pero estoy enredando mi encargo. Usted, don Ángel, ha servido en las fábricas de los puertos, de Ilo, Tambo de Mora y Supe. Aquí está culminando su carrera. ¿Cómo funciona el Characato?
       —Mire, don Diego. ¿Qué le voy a decir si usted, de un modo particular, sabe más que yo por lo que estoy coligiendo de sus preguntas?
       —Mire, don Ángel. Yo estoy informado de los problemas pero no conozco su procedimiento. ¡Ahí está! De ese bicho que he ayudado a morir conozco mucho; sé de dónde viene, qué hay en sus patas, en su cantito de despedida. Los insectos, algunos, se despiden más tristemente de esta vida que la gente. Yo, si usted quiere, le cuento cómo sé esas cosas. Así usted sabe de este puerto, de esta fábrica, de estos indios y de los criollos pescadores, de los grandes y chicos; saber es saber, pues, don Ángel.
       El visitante volvió a cerrar los ojos para concentrar la mirada en el rostro del gordo don Ángel que, valgan verdades, tenía una cabeza como de cerdo, así de inteligente como de astuta; de gustador de cebada, de caldos y sancochados agrios por la mezcla de sus sabores y podredumbres; lo miraba el visitante, inclinando la cabeza, con gracia, a un lado y otro, cariñosamente. Don Ángel sintió la ternura escrutadora, ansiosa de complicidad de don Diego.
       —Este... —dijo—. Mire, amigazo. Usted “me arrima al fogón”, como le digo yo, no a la Lucinda sino a mi querida esposa; porque la guapa es halagadora pero sacre, ricura pero malosa. ¡No hay confianza! Mi esposa, en cambio, es mi socia del alma, madre de mis hijos y oiga usted, Diego, ella conoce a Braschi, a Fullen, a Gildestrer... a los peces grandes. A todos, y me ha guiado bien. ¿Quiere que le diga? Usted me parece del bando mío; herramienta u observador leal y útil a la industria, que es cabeza dinámica de la patria, punta de lanza... ¿No hemos tomado ningún trago, no? Y ese muerto, ese bicho, oiga usted, creo que está oliendo a chicha agria. Bueno; a esta hora ya nadie viene a fregar... Mire... Los serranos de las alturas siguen viniendo a Chimbote, porque hace sólo unos diez años aquí se rogaba para tomar peones, y esa historia, que fue atizada por la llamada “mafia”, sigue corriendo en los pueblos, sigue corriendo y seguirá corriendo... Y eso ya no está bueno, creo, ni para la industria, como yo le he dicho a Braschi, a Fullen, a Gildestrer. ¿Sabe algo de lo que aquí se llama y es la “mafia”?
       —Poco, poquito, poco.
       —Son dos máquinas. La antigua montada a la bruta, sobre la marcha, que ahora es máscara, y la otra, renovada, fina, como las máquinas de las fábricas. Esa, ni yo la conozco a fondo. La montaron y afinaron después de la gran huelga. Con los apuros y hambres que causaron las huelgas y las vedas, se avivaron los pescadores. Las borracheras y las putas, etc., etc., que les metíamos por las narices, por la lengua, por todos los orificios donde el gusto entra pero a cambio de gastos y endiablamientos, los manteníamos con la bola al ajuste. Oiga: los funcionarios de planta de las empresas grandes creemos saber más en muchos términos que los grandes industriales. Verá. Es cierto a medias. Yo les decía: “Se les está pasando la mano, se les está pasando la mano”. Y nada. Les decía eso a los Braschis. De ese primer tiempo de la “mafia” quedó el aspaventero Characato. La “mafia” antigua hizo correr la voz, como pólvora, de que en Chimbote encontraban tierras buenas para hacer casas propias, gratis; que había trabajo en fábricas y en lanchas bolicheras, mercados, ladrilleras, tiendas, bares, restaurantes. Y así fue. La gente “homilde”, como se llaman a sí mismos, bajó de la sierra a cascadas, porque en la sierra, ¡yo he visto!, los hacendados grandes y chicos se mean en la boca y en la conciencia de los indios y les sacan el jugo, un pobre juguito reseco; y se lo sacan fácil, a fuerza de la pura costumbre no más. ¡Claro! —exclamó, al sentir que la mirada del visitante se hizo aguda—. Los balean de vez en cuando y ascienden inmediatamente a los oficiales que ordenan hacer fuego. Más razones para que la llamarada de Chimbote alumbrara lejos, salvadoramente. Esas son las cosas que quiere usted saber, ¿no?
       El visitante movió la cabeza, dando a entender que algo sabía y que por eso necesitaba saber más. Sonrió, alargando la boca, muy exageradamente, a ambos lados del rostro. Don Ángel creyó entender que así expresaba su satisfacción y su interés.
       —Le digo, amigo —continuó—, que en estos lares de la sierra norte a veces es pior, en eso de zurrarse en los indios, que allí donde quedan arraigos del tiempo de los incas; en Cuzco, Apurimac, por ejemplo. Conozco. En las sierras del norte hablan castellano; en la mayor parte de las provincias ya no saben el quechua. Mejor. Así no hay secretos, ¿comprende? Están a la vista, ¿comprende? Y se han convertido en poca cosa, a mi parecer. En Cuzco, Apurimac, Huancavelica, Puno... el indio te mira como de otra orilla. Extraño. Y si les haces meter bala, pior. ¿Comprende? Entonces calculamos...
       —¿Los Braschi?
       —Braschi es águila. Aprende rápido y vuela. Todo este... este plan, se hizo sobre la experiencia del Chimbote atunero, chico. Después vino la anchoveta. ¿Comprende? Entonces “calculamos y dijimos”: los criollos son todavía más ansiosos de vicios que los serranos. Son como yo, pero no tienen frenos. A los pobrecitos serranos les haremos enseñar a nadar, a pescar. Les pagaremos unos cientos y hasta miles de soles y ¡carajete! como no saben tener tanta plata, también les haremos gastar en borracheras y después en putas y también en hacer sus casitas propias que tanto adoran estos pobrecitos. Y aquí, en Chimbote, está la bahía más grande que la propia conciencia de Dios, porque es el reflejo del rostro de nuestro señor Jesucristo. Allí no más, en la bahía, estaban los bancos de atunes y anchovetas. Los cochos alcatraces comen, ¿usted sabe?, veinte kilos de anchovetas, diario, cada uno. Y, ¿cuántos dormían en esas islas que guardan la bahía de Dios, de mi amor? Millones de toneladas tragaban. Nos las tiramos todas en dos o tres años. Los cochos ahora andan mendigando pior que judíos errantes.
       —¿Y el reflejo de la cara de Dios, don Ángel?
       —Ahí lo ve. Turbio. Los alcatraces volando en tristeza. Pero el Perú es ahora el primer país del mundo en pesca. Sigue Dios aquí.
       —Claro, don Ángel. Sigamos con la historia.
       —Bueno. Así es. Entonces trajimos a Chimbote españoles y yugoslavos contratados. Chaucato vino antes. Salía hasta tres veces a la mar en un día. Putamadreaba cada día más fuerte. En ese espejo y en Hilario Caullama que también llegó por ese entonces, Braschi aprendió e hizo crecer una de sus alas; la otra se la hizo crecer en las cosmópolis norteamericanas y europeas. Después llegaron criollos de toda la costa; experimentadas en pesca menor, en comercio y en puñal y chaveta. Eso también era bueno. Pero de la sierra bajaron cascadas de gente, indios que hablaban castellano lloriqueando, o indios que venían del sur con caras algo como de huacos o de santos...
       —Don Hilario Caullama.
       —Como ya le dije, ese gran huaco llegó hecho ya aquí. Llegó de patrón. Él es aymara, del lago Titicaca, cuatro mil metros de altura. De allí bajó a la costa sur; un paisano suyo le enseñó a leer cuando tenía más o menos treinta años. Aprendió en los puertos del sur. Pero otros hambrientos bajaron directamente aquí para trabajar en lo que fuera; en la basura o en la pesca. Se dejaron amarrar por docenas, desnudos, en los fierros del muelle y allí, atorándose, chapoteando, carajeándose unos a otros, aprendiendo a nadar, o se metieron a lavar platos, a barrer, a cargar bultos en los mercados que empezaron a aparecer sin regla ni orden, como el de La Línea que usted habrá visto. Los pantanos donde los zancudos reinan; los desiertos pesados fueron invadidos por esa avalancha. Oiga, los invadieron en orden, mejor que en Lima, militarmente, diría yo; con disciplina castrense trazaron sus calles y plazas, se repartieron sus lotes, aparecieron barrios que ni la conciencia de Dios habría imaginado. Los defendieron con maña y sangre cuando las invasiones alcanzaron a las tierras de la Corporación del Santa que es del gobierno. Las mujeres pelearon con trucos como para engañar a niños y con chicha y cerveza contra la guardia civil; derrotaron a capitanes y tenientes. Ahí las ve; se quedaron. Las casas son chiquitas en los terrenos próximos al casco urbano y en los zancudales, grandes y tranquilas en los médanos...
       —Pero ahora, don Ángel...
       —Sí, ahora se quitan lotes, se roban unos a otros. Pero de ese cuento sé poco. Lo que puedo decirle es que los que entraron a la pesca se embravecieron con la plata que ganaban. Oiga, de un sol diario que agarraban, de vez en cuando en sus pueblos, aquí sacaban hasta cien y hasta trescientos o quinientos diarios. Para ellos se abrieron burdeles y cantinas, hechos a medida de sus apetencias y gustos; eso sale casi solo; después se le ceba. ¿La mafia? Adiestramos a unos cuantos criollos y serranos, hasta indios para que... ¿cómo es la palabra? ¡Para provocadores! Ellos armaban los líos; sacaban chaveta y enseñaron a sacar chaveta, a pasear a las putas; aplaudían la prendida del cigarro con billetes de a diez, de a quinientos, a regar el piso de las cantinas y burdeles con cerveza y hasta con wiski. Un chino de experiencia, seco de cuerpo, abrió el “corral” con nuestra complacencia. Allí desuellan a los chivos pobres, a los más desgraciados. Pero en el salón Rosado y en las cantinas, más en el de la viuda, se regaba el piso hasta con wiski...
       —El Chaucato...
       —Ese gran lobo pendejo que ahora está... No, amigo...
       —Siga no más, don Ángel. Yo del Chaucato voy a saber tantito luego, luego. Está recién casado, viejón; con hijos mellizos, ¿no?
       —Eso. ¡El Chaucato! Pero yo no hablo de particularidades secretísimas; de lo general sí, porque es sabido aunque no proclamado... Y como le iba diciendo, fueron adiestrados, cargándoles buen molido37 para gastos y riesgos, se adoraban a los criollos y cholos, previamente calibrados. A provocadores... Y... ¡ras! Todo salió a lo calculado y aún más. Tanto más burdelero, putareño, timbero, tramposo, cuanto más comprador de refrigeradoras para guardar trapos, calzones de mujer, retratos —¡si no había, pues, electricidad, ni hay tampoco ahora, en las veintisiete barriadas de Chimbote, ciento cincuenta mil habitantes!—, carajo, más trampas y chavetazos, más billetes de quinientos o de cien quemados para prender cigarros, más macho el pescador, más gallo, más famoso, saludo, contento...
       —¿Como los Braschi, los Gildestrer...?
       —Como Braschi... ¡Claro! Pero al revés. En todo. Más bien como el alcatraz de antes.
       —¿De cuando la bahía era la conciencia de Dios?
       —¡Eso! Sí, joven. Igual que un alcatraz de antes, relleno, pico fuerte abajo y ojo insolentón; igual, pero con toda la tripa de Lucifer que el hombre tiene, cualquiera que sea su condición. El cocho de antes volaba en bandas... ¿Cómo se dice...? Armoniosas, eso es, de tal modo lindas, t
       —¿Ahora no es parte?
       —No. ¿No los has visto? Ahora el alcatraz es un gallinazo al revés. El gallinazo tragaba la basura perniciosa; el cocho de hoy aguaita, cual mal ladrón, avergonzado, los mercados de todos los puertos; en Lima es peor. Desde los techos, parados en filas, fríos, o pajareando con su último aliento, miran la tierra, oiga. Están viejos. Mueren a miles; apestan. Los pescadores los compadecen, como a incas convertidos en mendigos sin esperanzas. ¿Comprende? Pero dejemos a los pobres cochos; tomemos el hilo de la historia principal. Sí. Chaucato compraba camisas y pagaba lo que le pedían a primera oferta. Le pedía al tiendero del mercado que contara la plata. Él estiraba no más los billetes.
       —¿Esa era la “mafia” antigua? ¿Nada más eso? ¿Conoce usted, don Ángel, la historia sentimental del patrón de lancha, Guerrero, venido de Sicuani, Cuzco?
       Mientras hacía la pregunta el visitante movió las orejas, aunque no en esa forma, como alanceolando graciosamente hacia arriba las puntas. El jefe estuvo a punto de reírse, a pesar de las cuestiones “trascendentes” de que hablaba; pero vio que en la levita del visitante ondulaba y jugaba sobre los botones dorados una luz jaspeada, como a veces suele moverse la pelusa de ciertos gusanos afelpados que él, don Ángel, había visto en la selva.
       —Ya —contestó don Ángel, pestañeando y observando sin poder evitarlo y sin que su mente se perturbara, el juego de brillos que ondeaba sobre los botones dorados del visitante—. Esa historia de Guerrero es un ejemplo. Claro. Ese patrón de lancha serrano tuvo que presentarse a su enamorada y, después, a los padres de la chica, diciendo que era mecánico de primera. Los padres de la novia eran carniceros acomodados. Si el novio se hubiera presentado, honradamente, como pescador, lo hubieran echado a patadas o quizás sólo a fuerza de maldiciones. Ya aceptado porque gastaba como verdadero mecánico de primera, se casó, a pesar de que hablaba el castellano a lo serrano crudo. Una semana después, Guerrero entregó al suegro su ganancia de seis días, como patrón de lancha; siete mil soles bien documentados; más que un ministro de Estado. Como era cholo analfabeto que sólo sabía firmar, entregó esa plata de rodillas. Estaba por demás enamorado de su mujer. El suegro carnicero le enseñó a leer un poco a su yerno y ahora le lleva las cuentas. El cholo tiene casas, negocios. Fracaso para la “mafia”, mal ejemplo, buen aviso. Había que afinar la maquinaria. Pero la “mafia” hizo gastar a los pescadores en su debido tiempo; cebó sus apetitos de machos brutos. Con buenos trucos los hizo derrochar todo lo que ganaban; los mantuvo en conserva de delincuencia, y esa mancha no se lava fácil. ¿Comprende? ¿Quiere saber más? Teódulo Yauri, el gran dirigente sindical aprista, “era”. ¿Ya? “Era” mafia y contramafia, según casos y conveniencias. Jugaba fino para esos tiempos. Visítelo. Ya ahora es una basura pero en la basura se encuentran los restos de los tiempos idos. ¿Sabe lo que hacía Teódulo cuando quería reunir una asamblea contra los intereses de la industria o a favor de la mafia? Mandaba a Pedro de la Cruz Fierro, al negro Baldomero, a Ciriaco Arce, a Juan de Dios Pablo. Iban éstos a las cantinas, armados de un palo algo en forma de la macana de los ejércitos incas. Entraban a las cantinas y decían: “¡A la asamblea, compañeros, camaradas, putamadres!” y rompían a palos todas las botellas de cerveza que habían en las mesas. Hasta los más amargos de los malditos les tenían pánico a esos cuatro. Las botellas de cerveza volaban en pedazos, caían los trozos sobre las paredes, en la ropa... Los cantineros cerraban las puertas; echaban a los pescadores por las puertas falsas, por las medias puertas. Las asambleas alcanzaban quórum y se realizaban con interrupciones macarrónicas en que los camaradas y compañeros se sacaban la entretripa. Corría sangre. Pero se tomaban acuerdos “contra” las empresas; casi siempre convenidos de antemano con nosotros: ropa de agua, más viáticos de comida, más y más soles por tonelada de pesca. Oiga, bigotudo..., ¿le cuento? Antes, las fábricas, por ejemplo, compraban el atún por docenas. El mismo Braschi se ponía en las manos una sustancia secreta y alzaba uno o dos atunes de cada lanchada, los alzaba por las agallas, llamaba al patrón de la lancha y le decía: “Huele, putamadre, huele”. “Sí, don Eduardo —contestaba cabizbajo, ardiendo de mierda, el pescador—. Sí, patrón, está oliscado. No sé cómo. Es fresco”. “Fresco podrido, puta. Tres soles por docena”. Y lo que costaba treinta lo compraba por tres. Sí...
       Don Ángel se detuvo en seco. Paró de hablar. Verdaderamente como la superficie de esos gusanos afelpados, tornasoles, cuyos casi invisibles pelos se mueven uno a uno, despidiendo resplandor a pleno sol como si el día fuera noche, así el gorro del visitante y los botones de su leva, a la luz potente del foco ultramoderno de la oficina, seguían trasmitiendo movimiento y colores, como seres vivos.
       —¡Teódulo Yauri! Lindo apellido, don Ángel —dijo el visitante—. Bueno para la “mafia”, mejor para los pescadores. ¿Por qué cayó a la basura un hombre tan decidido, tan cholo? Era de la sierra, según me han informado y se entendía perfecto con los criollos de la costa. Los botones de mi leva son de París, don Ángel, de París–Machupikchu, como ahora se estila. ¡Mi gorra es mi gorra! Y este Yauri que ustedes pusieron en un pedestal, ¿por qué cayó a la basura que usted dice?
       El visitante se puso de pie, exactamente bajo la lámpara. Y todo él apareció muy delgado, su rostro, sus manos, sus piernas cortas, sus pies. Y fue la especie de cuero crudo que servía de cordón a los zapatos lo que se hizo transparente. El visitante giró en redondo unas dos veces bajo la luz, y lo atornasolado de la felpa de su leva agradó los ojos del señor Rincón; le agradó mucho. Y cuando el visitante volvió a sentarse en el sillón, el jefe dijo:
       —Teódulo Yauri era un orador fuerte, atarantador. Su palabra era como chicha mejor que la cerveza. Calentaba el ánimo, no aclaraba nada. Por eso se fajaban sus partidarios y contrarios, hasta con chinguillos que son unos cabos con anillos de plomo. Así manejaba a los pescadores que eran y son la más bestia mezcla de mierda y patriotismo, de comunismo inconsciente, de letrados y chaveteros, de aputamadrados y cholos extraviados, o felices como no lo fueron ni en el tiempo de los incas. A esa turba, Teódulo Yauri nos la manejaba pero nunca incondicionalmente. Nos dio también algunos golpecitos. Nos sacaba, a veces, un grano de arena más, y un grano de arena para un millonario vale tanto como una montaña; pelea igual, con el mismo empeño, por un céntimo que por un millón. Y, vea usted, así como los serranos se desgalgaron de las haciendas y de sus comunidades pueblos en que estaban clavados como siervos o como momias, se desgalgaron hasta aquí, al puerto, para coletear cual peces felices en el agua o para boquear como peces en la arena, es decir, pa’gozar o pa’cagar fuego, así también, ¿lo sabía?, se vinieron en bandada los aficionados a industriales, se vinieron con sus capitalitos de mezquinas herencias y de ahorros. Ganaron mucho al principio, pero cuando los grandes empezaron a perfeccionar la industria, a comprar lanchas y maquinarias nuevas, a producir en una hora lo que ellos en un mes y decidieron fijar un precio bajo a la anchoveta, también cagaron fuego. Los barrimos casi a todos. Y también a mi Teódulo, los comunistas, en cinco años de trabajo paciencioso, los comunistas leídos que se metieron después a la pesca, me lo hicieron cagar fuego y ¡ras! a la basura... Se le pasó la mano a Yauri. ¡Vea, usted!
       El visitante movió los brazos hacia adelante como si hubiera estado ensacando en su vientre las palabras de don Ángel y que la luz que expandían su ropa y ahora, algo, algo, muy suavemente, sus uñas, fueran muestra de su aplauso a don Ángel, de su admiración a don Ángel, de su comprensión y afecto. Las manos quedaron en plena fuerza de la lámpara. El jefe también estaba embalado en su historia y perorata.
       —¡Vea, usted! Me acuerdo de un profesor de castellano que tuve en el colegio. Se enredaba un poco al hablar, como yo, pero el entusiasmo o la inspiración con que hablaba se le contagiaba a uno para siempre y creo que el fondo de lo que decía de autores y obras más que en el cerebro se le quedaba a uno en la memoria y en... en... no es la ética, ni la estética, ni la fritanga... Bueno digamos en los riñones. Así es. ¿Por qué se fregó Teódulo Yauri? Por lo mismo que los ansiosos pequeños y medianos empresarios que llegaron a la pesca con la lengua afuera. Aquí, en la industria, “nosotros” operamos con la cabeza fría. No deben propasarse los testículos, no debe propasarse la lengua, no debe propasarse el gaznate. En eso, Braschi es mundial. Yo lo he visto lanzarse en adquisiciones, a crédito que daban escalofríos y... ¡lo he visto comerse a los que pensaron hacerle cagar fuego a él! Ahora mismo, él apuntamadrea todavía, como cuando burdeleaba con Chaucato, aquí, en Chimbote. ¿Ya? Solano, el primer secretario general comunista que tuvo el Sindicato, que ¡ji, ji, ji...! (Don Ángel se dio cuenta que la segunda risa fue a dúo con el visitante, pero la del joven levitudo zumbó como la del coleóptero muerto que aún estaba oliendo a chicha desde el rincón de la oficina. Eso le halagó y entusiasmó a don Ángel y prosiguió). Este Solano, oiga, fue recibido en compañía de Haro, en la oficina de Braschi en Lima. Solano es correcto, moral hasta las tripas. Entendiendo en los asuntos de la pesca como un buen abogado... Le puso las peras de a cuatro a Braschi. Le demostró que el actual contrato de armadores y patrones de lancha, supercombinación jurídica y sabia que convierte al pescador en locatario sin locación y en obrero sin patrón; que separa al armador de la industria, aunque industrial y armador son la misma persona, más unida que la Trinidad; y la entrega del Fondo de Beneficio del Pescador al control de una comisión gobierno–sindicato es una trampa cínica, que, en fin, todo ese abanico legal estaba sostenido por las sucias pezuñas de la fuerza. Y que, por eso, la gran huelga se hacía, huelga total en toda la costa, hasta “las últimas consecuencias”. Braschi le dijo entonces a Solano: “¡Ah, con que eres muy macho y muy sabido, ¿no?, Solanito! ¡Vas a ser mi marido entonces; yo estaba buscando al hombre que se convirtiera en mi marido! ¿Ya? ¡Me montas y me explotas, hijito lindo!”, y mientras decía esto, ¡le juro por mi madre!, movía la cintura y estiraba el brazo atrás del pantalón. Sacó una pistola pavoneada y la puso sobre la mesa. Solano miró la pistola, miró tranquilo a Braschi, y le dijo: “Piense, señor Braschi, en lo que claramente he expuesto aquí. En cuanto a lo otro, a usted le sirven bien negros y blancos, nacionales y extranjeros, mejor que en las fábricas”. Y antes que Braschi reaccionara, Solano alzó la pistola, la empuñó como es debido, se levantó y salió de la oficina. Sí, con la pistola en la mano. Y no era broma, ¡oiga! Estaba cargada. Haro, patrón de lancha, el buenazo de Haro, cholo, fierro de pies a cabeza, siguió a paso medido tras de Solano y, después, esa noche se fue a un elegante burdel de la avenida Colonial y fornicó a tres buenas putas, una tras otra, de pura alegría, para festejar. Braschi al día siguiente ni se acordaba del asunto. Se hizo la huelga. Los huelguistas... Pero, ¡espere! Teódulo no es Braschi. El descuento para asistencia social que el sindicato consiguió que se hiciera a fábricas y pescadores ascendió a cientos de miles. Teódulo, con su sola firma, podía disponer de esa plata. Tenía la chequera del sindicato en el bolsillo. ¿Qué pasa en un caso así con un cholo fogoso, enchichado? Montó una oficina; tomó empleadas y empleados, contrató médicos y dentistas, porque el pescador no es obrero ni es empleado. Y usted lo sabe. Había que organizar la asistencia médica del sindicato. ¿Qué pasó después? En los propios libros de cuentas descubrieron que aparecían pescadores operados de los ovarios, de partos con cesárea... ¡La mar que reventó! Solano, el costeño criollo, se almorzó fácilmente a Yauri. ¿Y quién no conoce el verdadero gran final de la huelga que dirigió, con sabiduría y mano firme, Solano? Es un chiste nacional, cruel y jodido. Con Brasci nos reñimos mucho. Se aumentó la ganancia del pescador en treinta soles por toneladas de anchoveta, se revisaron las tolvas pesadoras de las fábricas; descubrieron que las fábricas robábamos unos milloncitos; se reembolsaron esos milloncitos; sólo la Atahualpa Fishing empresa norteamericana, no reembolsó. Sigue tinterilleando. Le va a parar las lanchas en estos días el Sindicato. Bueno, bueno. Después de tanto aumento, ¡ras! “devaluamos” la moneda, de 27 soles el dólar a 43. Y Solano debe haberse metido la pistola al culo, pero no disparó, porque también tiene a la final la cabeza fría. Ahora el pescador gana 30 por ciento menos que antes de la huelga. ¿Ya? No hay escape; en el Perú y el mundo mandamos unos cuantos. Ya Braschi no viene a Chimbote. La última vez que vino fue hace dos años para entronizar a San Pedro, patrón de los pescadores, en un patio y gruta que mandó hacer a la entrada del muelle de su fábrica más grande. Fue una fiesta de órdago ésa, con dos orquestas. Braschi bebió wiski como con doscientos pescadores. ¿Quién lo iba a diferenciar de un pescador? Putamadre mejor que cualquiera. Con Chaucato se dio un abrazo madre y Chaucato lloró. Es el primer patrón de lancha que tuvo Braschi; Chaucato es, de veras, un poco como el padre de Braschi. Con Haro bebió en silencio. Hilario Caullama fue el único patrón de lancha que no vino a la fiesta. A los segundos y terceros de Braschi nos preocupó que Caullama no viniera; nos agrió, le digo. Braschi aprobó que don Hilario no fuera. “Es Inca”, dijo, “Solo”. Como a las tres de la mañana, las señoras, damas y damitas, salieron corriendo del gran patio de ciclones de la fábrica donde se hacía el baile, porque el Characato se trajo a esa hora, en veinte automóviles, unas cien putas y entró, cantando, a la fábrica. Se encaminó de frente a la gruta de San Pedro, en procesión ordenada. El Patrón San Pedro estaba brillando, con focos que alumbraban en todas partes los colores de su manto y túnica y un pescadazo de plata fabricado en Lima a imitación de los que hacen en los pueblos del lago Titicaca para las bailarinas de la Virgen de la Candelaria; el pescadazo se ondulaba ni más ni menos que un pejerrey vivo, con ojos de esmeralda; colgaba de las manos del Santo. Characato y las putas se arrodillaron, pidieron permiso, mientras los pescadores borrachos miraban desde lejos con respeto, amansando sus penes, a lo disimulado, machucándolos con las manos sobre sus barrigas. Yo lo vi. Braschi ya no estaba. Su avión particular dio una vuelta sobre la fábrica y el muelle, cuando las putas pasaron el límite de la placita del Santo y fueron alcanzadas por los borrachos. Siguió el baile y hubo fornicación general en el patio y los vericuetos de la fábrica. Oiga, amigo, alzaron en hombros, algunos, al Characato. “¡Ojos de paloma, ojos de paloma!”, letanizaba un cholo abestiado que hay en este puerto. Buscaba a su mujer legítima que era machucada ya por uno, ya por otro. Ella es puta. Billetes, relojes, encendedores finos, hasta revólveres sirvieron de moneda esa madrugada. Las orquestas tocaban. Cuando rayaba el día, Characato se paró sobre la escala de un ciclón. Sopló fuerte, tres veces, un silbato. Nadie le hizo caso. Entonces una mujer ya entrada en años, vestida de seda brillante, subió por la escalera al mismo ciclón: “¡Putas, reputas de la cuajada!”, gritó. La oyeron. “A los autos, rechuchas”. Y todas enfilaron a los carros. Los “secretarios” del Characato tuvieron que arrojar como a sacos de harina a algunos pescadores que estaban prendidos de las putas. La “matrona” que hizo desfilar a las chuchumecas está todavía en Chimbote. Vive en el Salón Rosado del prostíbulo. Regenta todo.
       —El Characato es principal de la mafia, ¿no?
       —No, amigo, ése es, como diríamos, el blanco, una tuerquita, la divisa visible. Los pescadores los enseñan como muestra de lo que es un “agente patronal”, como ellos dicen. Y el hombre se ríe de buena gana. Usa gorra de cuero, es blanco, simpático... ¡Ah...! La entronización tuvo cola. El Superintendente de Bahía, Orlando Cabieses Crosby, se propasó. Hubo entonces asamblea de los pescadores de la fábrica y el Superintendente de Bahía tuvo que asistir. “San Pedro —dijo— no es patrón de las fábricas ni de los armadores e industriales; es y ha sido siempre patrón de los pescadores. Ustedes timbean mucho a los dados en el muelle; vienen, a veces, borrachos a las lanchas, caen al agua, a las bodegas; en todo eso hay peligro. No todos los pescadores son correctos. Hemos entronizado a San Pedro para protección de ustedes. Ustedes pagan.” Los pescadores se atoraron, se quedaron callados. Los yugoslavos y españoles no fueron a la asamblea. Entonces, en el silencio, don Hilario Caullama avanzó, con paso calmado, de indio que parece algo como que no aprendido a andar bien en la ciudad y oficinas. Caminó así, patichuequeando hacia la mesa, se paró en un extremo, al costado, frente al intendente, de perfil a los pescadores y dijo: “Oiga usted, señor soperintendente, representante del capital; yo, como antiguo patrón que soy, de los primeros que hemos llegado a este bahía de Chimbote, hablo como representante de los trabajadores. Ostí dices que San Pedro es patrón de los pescadores, ¿no? Cierto. Ahí en local del Sindicato tenemos un anda en forma de bolichera lancha, lindo. En ese trono sacamos en procesión a la mar, en su día, al patrón San Pedrito que está en la iglesia. Ostí sabes que yo soy como analfabeto. Pero a Hilario no le engaña ni cóndor ni zorro, ni víbora, ni soperintendente. Nuestro Patrón de pescadores es San Pedrito, como así le dicen en este Chimbote al Patrón, porque el bulto del santo es chiquito no más, pues, sea dicho. A ese otro bulto grandazo que ostí ha mandado hacer comprando de tienda en Lima, lo ha bautizado, bien, legalmente, el cura párroco; pero en la noche y madrugadasde ese mismo ceremonias ostí y el mismo gran industrial, ojo de águilas, Braschi, lo ha desbautizado feo con las putas. ¡Putas no, amigo soperintendente! Putas tienen su lugar señalado en Chimbote”. Orlando Cabieses Crosby iba a hablar. “¡No! —gritó don Hilario—. Estoy con el uso de las palabras, en nombre del trabajo frente al capital. Tenemos patrón San Pedro consagrado de antiguo por la Santísima Iglesia Católico Romano; está en la iglesia. El bulto con pescadazo falseficado, que el soperintendente ha entronizado en gruta cartón piedra falseficado. Patio muelle y que las chuchumecas han desbautizado, no lo habemos pedido los trabajadores al capital. ¡No pago! Si aquí, en la asamblea hay un sonso pescador descrismado, que pague, pues”. “Se les reintegrará, se les reintegrará. Acepto, en parte, el alegato de don Hilario Caullama”, dijo inmediatamente Cabieses Crosby. “Concluye la asamblea”. “Un momentito, un momentito, señor capital”, dijo Caullama, cuando ya todos los pescadores estaban moviéndose para largarse. “Yo, homilde pescador, Hilario Caullama, soplico que a ese bulto de gruta, ahora mismo, lo vuelva a bendecir el señor Obispo con su alta consideración eclesiástico jerarquía o que lo hagan meter en barro arena fango del playa”. Y el Obispo bendijo de nuevo la imagen. Y la timbeadera siguió fuerte, hasta que en la gran huelga los pescadores se quedaron con la tripa vacía, en la “ultima lona”, como dicen los choferes. Después de empeñar máquinas de coser, refrigeradoras, televisores, se vieron en las negras. Sólo los Caullamas y Haros, que son pocos, desconfiados por instinto o calculadores por experiencia criolla, escaparon. Entonces se vio algo que hemos apuntado en el libro: las placeras de todos los mercados, los comerciantes del Modelo, empezaron a fiar a los pescadores con matrícula; les fiaron desde lechugas y camotes hasta detergentes, perfumes y cortes de seda. “De ellos vivimos, ellos son la sangre de Chimbote”, decían las placeras. “El aguay uno [agua de Dios que produce vida], el yawar mayu [llanto desesperado; primeras aguas de las crecientes de los ríos; momento de las danzas en que los hombres luchan; río de sangre.], llegaron a proclamar algunas verduleras serranas, olvidando su vergüenza por el quechua. Las cantinas también fiaron, aunque con tiento; las putas también fiaron a los conocidos. Pero los pescadores se vieron sin billetes, por primera vez. Los que eran maleantes o fueron maleantes de oficio se largaron, muchos restaurantes y cantinas cerraron. En las barriadas murieron de hambre patos, gallinas, perros y algunos niños también. Entonces se vio que Solano es buen comandante y Maxe buen suboficial, lo mismo que el fino burdelero Zavala. Los pescadores en vez de acobardarse se encojonaron, los líderes convirtieron la amargura en pólvora...
       El visitante asintió con la cabeza, dirigió a Rincón una mirada lúcida; sus dos ojos adquirieron la transparencia más profunda, que no es la del aire o el cielo, sino la circunscrita y viva, sin topes de color, de los lagos de altura o de un remanso, la verdadera transparencia profunda que transmiten al entendimiento y la esperanza los gusanillos que allí bullen, se retuercen, que hacen carreras a lo hondo y a través y los peces de brillo suave que se precipitan a velocidades diferentes según la voluntad o el ansia de los animales. Don Ángel creyó encontrar en esa mirada transparente algún secreto.
       —Venció Solano, como usted sabe —dijo—. Como usted sabe. Venció el honrado, el insobornable, el político que habla para abrir ojos y sesos del pescador, venció a Teódulo que les enchichaba la sangre y les atarantaba el entendimiento. ¡Mejor, oiga, mejor! Más fácil la pelea ahora, creemos. Tiro más fijo, enemigo más claro; tiro más fijo. ¡Ya verá! Teódulo era para encauzar y manejar corrientes lodosientas. Ahora es mejor, más fácil. Usted, usted... algo sabe...
       —¿Recuerda, don Ángel, que los huelguistas, apoyados por los obreros de la Fundición, bloquearon la Carretera Panamericana...?
       —Sí, claro, y allí la guardia civil mató a un obrero, a un pescador y a una mujer...
       —¿Qué más, don Ángel?
       —Hubo discusión sobre los cadáveres, entre apristas que ya estaban muy rebasados y los hombres de Solano. Los de Solano también ganaron. La guardia se replegó al cuartel de la comisaría en la plaza de armas. Los cadáveres fueron llevados al local del sindicato de pescadores. Chimbote hormigueaba de gente furiosa y asustada. Así es. Yo tengo larga experiencia. La sangre, así boqueteada a balazos, enciende rabias pero también..., ¿qué le diré?, agrada ante la mirada la guadaña de la muerte. Eso dijo, creo, Teódulo. Bueno. El velorio era inmenso de gente. Y entonces, recuerdo; el fino putañero Zavala propuso algo temerario. Él se había encargado de los ataúdes. Cuando ya estuvieron los cadáveres en los ataúdes, Zavala dijo: “¡A verlos en la plaza de armas, frente al cuartel de la guardia civil! ¿Quién bagre se opone?”. “¡A la plaza de armas!”, gritaron hombres y mujeres. Porque esa vez, con la mujer muerta, cientos de mujeres alborotaron en el velorio. Solano fue sorprendido y rebasado. Cargaron los tres ataúdes y los pusieron, ni siquiera en el mismo centro de la plaza donde hay una glorieta; los depositaron sobre unas bancas, bastante cerca de la puerta del cuartel, a unos cuarenta metros más o menos. La puerta del cuartel estaba cerrada. En la plaza se impuso silencio. Pero de rato en rato alguien gritaba: “¡Braschi asesino!”, “¡Yanquis asesinos!” Y el mismo epíteto, a gritos, al Presidente, al Ministro de Gobierno, al Prefecto. Pasaron las horas de la noche y la gente fue disminuyendo; los gritos no. Eran cada vez más fuertes y al último puteaban...
       —Sí, don Ángel... Y como a las dos de la mañana, la puerta del cuartel se abrió; salió un pelotón de guardias, armados con garrotes de goma y fusiles.
       —Y cosa rara, amigo Diego; los custodios de los cadáveres corrieron espantados, pero casi todos volvieron en seguida, maldiciendo. La guardia debía avanzar, pero no avanzó. Estuvo en posición de marchar, un rato, mirando el grupo que había quedado junto a los ataúdes. El coro de insultos se hizo más rápido y provocador. La guardia dio media vuelta y se metió al cuartel. Cerraron la puerta. Dicen que Zavala, echandos sapos y culebras por la boca, se puso a llorar.
       —Es que los cajones estaban llenos de dinamita, amigo don Ángel. Los muertos fueron tendidos sobre un empedramiento de cartuchos de dinamita colocados en fila debajo de la seda de los ataúdes. ¿Sabía, usted, eso? Ellos creían que serían atacados. Iban a simular espanto, y unos pocos, los “valientes”, regresarían desafiantes, a defender los cajones. Cuando la guardia se lanzara a recuperar los cadáveres, esos pocos también debían correr y, en el instante en que los guardias empezaran a alzar los cajones, muertos y gendarmes iban a volar a pedazos sobre la plaza.
       —Después lo supimos, Diego. Ahora es ya capitán el subteniente que hizo volver el pelotón al cuartel. ¿Sabía ese subteniente lo de la trampa? Nunca lo hemos descubierto. Se asegura que uno de la “mafia”, de los más chicos, dio el soplo al subteniente. Él sacó el pelotón para muestrear y se dio cuenta que el dato podía ser cierto. Al día siguiente se hizo un entierro imponente, como lo deseábamos también “nosotros”, los industriales y jerarquía superior de las fábricas. Lo deseábamos más quizás que los pescadores. Eso llena a los combatientes obreros, y nada más allí se queda todo, si se toman precauciones. La noche del entierro, ya en calma, me acosté con la Lucinda, Diego. Los obreros y los Solanos felices y yo también, en buena compañía. Dicen que ese soplón chico de la “mafia” recibió fuerte y salió de Chimbote. La dinamita, si hubo, debe estar esperando en el cementerio el día del juicio final. ¿Hubo dinamita, amigo Diego?
       —Los que dicen que hubo aseguran que hubo. En los cerros y arenales dicen que es cuento, cuento que pudo ser verdad...
       —Ahora Maxe y Zavala y Haro, auxiliares que fueron de Solano, son cabezas del Sindicato... ¡Ji, ji, ji...! No hay soborno hay tiro fijo, amigo, tiro fijo. Zavala es Secretario de Asistencia Social. Como en la morgue del hospital de La Caleta, los médicos legistas se apuran para hacer las autopsias de los pescadores muertos en accidentes, Zavala no sólo presencia las autopsias; cuando es menester hasta hace de ayudante... Consuela viudas, acompaña enfermos; ha hecho crecer el policlínico del Sindicato, ha traído aparatos médicos ultramodernos; deja que el pobre ayudante de la morgue, un arrapiezo de catorce años que serrucha cadáveres, se quede con la ropa de los muertos; él, Zavala, viste de nuevo los cadáveres. Está flaco Zavala; va poco, ahora, al salón Blanco, al salón Rosado. Al hotel Florida no ha ido nunca. El “corral” se cierra esta semana... ¡Ji, ji, ji! —Don Ángel se reía imitando ya a don Diego y algo, algo, el zumbido premortal del coleóptero—. ¿Sabe? Un cholo taimadote, Tinoco, auxiliar del Characato, ha aconsejado un lugar fabuloso para el nuevo prostíbulo, se trata de un cerrito de tierra dura, no de arena, que hay a la orilla de un tremedal rodeado de un totoral bien salvaje, lleno de patos, lejos, a diez kilómetros, secreto. Combinación con los choferes y otros... La “mafia” chica actúa…
       El visitante se puso de pie, hizo una reverencia discreta, muy cortés y dio un vuelta casi completa al escritorio, caminando blandito. Con una mano alzada y abierta en dirección de don Ángel, atajaba gentilmente, como un abanico de alas de mariposas, la boca del jefe. Don Ángel seguía con la mirada, la mano. El visitante se agachó sobre el escritorio; aproximó su rostro al de don Ángel; le hizo sentir un aroma como a polen, a viento con aire de flores silvestres serranas, de ése que en abril perfuma los abismos de rocas y alcanza los nidos fríos de las águilas con la misma naturalidad que la luz de la estrella.
       —¿Y Cardozo, don Ángel, ese cura yanki con apellido latino? ¿Y el obispo? ¿Y el Plan de Padrinos?
       —Alta costura —dijo el jefe, poniéndose también de pie—. Alta y baja costura. ¿Cardozo es comunista católico, dicen? Lo compadezco. En Chimbote, de siete congregaciones religiosas cinco son yankis. Sobre el Plan de Padrinos no sé mucho. Es una organización piadosa, creo que internacional que manejan desde los Estados Unidos. Protege a las familias comprobadísimamente pobres. Tiene unos quince empleados y varios vehículos en Chimbote. Ahora protege a unas tres mil familias. Diez dólares mensuales y una muñeca o una ametralladora de plástico el día del santo del ahijado. Un hijo de cada familia numerosa tiene un padrino gringo. La oficina del Plan es ahora semioficial y hierve de mujeres que echan sus babas y sus lágrimas en el gran terral que hay frente al edificio. Y eso, a pesar de que en las barriadas hablaban, no sé si los comunistas o los brujos, que todos los ahijados iban a ser exportados a Norteamérica como ganado, después, cuando estuvieran grandecitos. Esas habladurías asustaron a los pobladores. Pero el hambre vence el susto, y cada semana van más en torrentes al nuevo edificio del Plan. Usted también vaya; vaya usted, amigo, a ver el espectaculillo. Maxe y Zavala vomitan de repugnancia con esto. Yo, yo entiendo a medias esas esferas...
       —Muy claro, don Ángel, y suficiente lo que sabe de tantas esferas, pero, ¿y el panorama? ¿Como ve usted el panorama, el conjunto?
       —Sí, amigo Diego; ese panorama sí lo veo más claro. Espere un instante. El conjunto es así. ¡Ya! Mire bien el mapa o diagrama con nombres que voy a trazar y escribir; voy a ir dibujando. Empiezo. Siga mi mano y oiga mis palabras. Creo que nos va a salir algo; ya, algo objetivo. Vea:



       Siete huevos blancos contra tres rojos. Nosotros, la industria, USA, el Gobierno peruano, la ignorancia del pueblo peruano y la ignorancia de los cardozos sobre el pueblo peruano, somos las fuerzas blancas; Juan XXIII, el comunismo y la rabia lúcida o tuerta de una partecita del pueblo peruano contra USA, la industria y el gobierno, son las fuerzas rojas. Fíjese; así es la cara del Perú, así, con sus tres rayitas rojas. El verdadero color de Cardozo yo no lo pinto. Solano lo quiere de corazón, lo estima. Cardozo y Solano organizaron el Congreso Nacional de Trabajadores de la Pesca en un edificio religioso de la parroquia de San José; Solano pronunció discursos políticos apoyando las manos sobre el altar de la capilla, sobre el ara. Cardozo habló allí de la revolución, en estilo anglocriollo enchichado. Maxe confía en Cardozo, también lo quiere; Teódulo Yauri lo odia; Braschi lo ama; la Embajada Yanqui respira; Chaucato lo abraza; don Hilario Caullama, el indio aymara lo mira con los brazos colgando, dice que no le entiende bien. Para Caullama, capital y yanki es la misma sopa; el trabajador es otra sopa que no se puede mezclar con la sopa yanki. En resumen, amigo Diego, somos siete blancos contra tres rojos. Y uno de los rojos, el comunismo, está ahora, como gusanera de muerto. Sé lo que le digo. Y este mapa no va a variar en jamás de los jamases en contra del capital sino a favor. ¡Tiro seguro! Poquitos mandan en todo el universo, cielo y tierra, agua y mar. La cara del Characato; la cara de ese otro cholímetro [cholo chismoso, vigilante, sin conciencia de clase que se presta a la delación] cabrón que es su ayudante garrote, Tinoco. La cara de Maxe, de Zavala... ¡Ji, ji, ji...!
       —Hay que reírse, don Ángel Rincón, hay que reírse fuerte. Que salga del pulmón el aire guardado; como de un cuerpo alumbrado que salga, como la liendre de la pancita del piojo, como el huevo de sapo que ha de ser oqollo [renacuajo] negro con rabo de cometa... ¡Que salga, que salga!
       El visitante alzó las manos como brazos de candelabro, y con la gorra ladeada, el rostro alargado en que los bigotes, negreando en las puntas, le afilaban más la cara, encandilándola, se puso a bailar dando vueltas en el mismo sitio, como si en las manos sostuviera algo invisible que zumbara con ritmo de melancolía y acero. La sombra del visitante bailaba con más armonía que el cuerpo. Don Ángel no pudo seguir riéndose, por más que lo intentó varias veces. Sus ojos agrandados por los lentes se detuvieron en el cuerpo del visitante que giraba en doble sombra. Sintió al poco rato, mientras seguía la danza, sintió en lo que él llamaba “su oído de oír, no de silbar ni de cantar”, en ese oído, escuchó un sonido melancólico de alas de zancudo, acompañado de campanillas de aurora y fuego; un ritmo muy marcado que pugnaba por aparecer en el pleno, en el lúcido recuerdo. Los ojos de don Ángel, tan verdaderamente agrandados por los lentes, comenzaron a girar, meditando, de la sombra al cuerpo del bailarín, de la cabeza a los pies. Y la apariencia de huevos duros que tenían esos ojos empezó a cambiar de afuera hacia adentro, a tornarse como en vidrios de colores densos y en movimiento. Don Ángel sintió, en lo que él llamaba su “oído de recordar y no de cantar ni de silbar”, porque era desorejado para expresarse, en ese oído escuchó, por fin, un canto que nacía vacilando, muy parecido, de veras, al zumbido de las alas de los zancudos cuando rondan muchos, al unísono, en la noche cerrada; el canto fue aclarándose a golpe de cascabeles que marcaban un ritmo tierno que se fundía con la melodía en una corriente algo como la de la sangre que brota a ondas de una vena de animal grande cortado a tajo limpio. Ritmo y baile le encendieron toda la memoria y el cuerpo, la carne humana viva que tanto apetece estas melodías de compases dulces e imperiosos. El jefe comenzó a mover la cabeza, con pesada gracia, que resaltaba sobre su tan criticada como elogiada barriga, que no le impedía caminar ligero, patear medio en broma, medio en serio a los cholos, cuando era “necesario y debido” y saltar a las veloces pancas que llevaba racimos de pescadores a los barcos.
       —¡Don Diego, amigo! —gritó de pronto—. Esa es la yunsa [danza que se baila en muchas regiones del país en época de carnavales; en círculo, alrededor de un árbol expresamente colocado en un sitio amplio, las parejas danzan y van hachándolo paulatinamente hasta que éste, que está profundamente adornado, cae; quienes botan el árbol lo vuelven a parar al año siguiente] serrana, de Cajabamba, que cantan y bailan ahora los cholos en la hacienda Casa Grande.
       El visitante marcó más airosamente el ritmo, ondeando el cuerpo que giraba entre luces y colores. Así confirmó el entusiasmo de don Ángel.
       —¡Siga, caballero! —exclamó el jefe de la fábrica—. ¡Siga, siga! —Y el gordo del lenguaje comenzó a balancear todo su cuerpo, su barriga y pecho que bailaban hinchándose y vaciándose, tratando ansiosamente de no salirse del ritmo, de encenderse y concentrarse más; pero no movía los pies, no los podía mover; estaba como clavado en el sitio, entonces empezó a hablar, a recitar:
       —Siga, siga, siga la rueda, siga la rueda... Chimbote es el puerto... el puerto pesquero más grande... más grande del universo... y Casa Grande y Casa Grande... que está aquí cerca... a cien, a cien kilómetros... es el ingenio azucarero... el ingenio azucarero... más grande del mundo... toda estadística, toda estadística... así lo prueba... Quien no lo sabe, quien no lo dice... es pobrecito, es pobrecito...


más grande del mundo
más grande del mundo
Chimbote, Casa Grande,
siga, don Diego, siga, don Diego.
La chimenea de Casa Grande
lleva su humo hasta los ríos
hasta los ríos del Amazonas
porque Casa Grande...
Casa Grande comienza en el Pacífico
traga la costa, traga los Andes
tiene puerto propio ¡ay, Chicama!
¡tiene presidente ¡el gerente! ¡lagarto!
llega a la selva, friega a los chunchos,
como yo Braschi, como yo Braschi
ya fregué a Maxe, ya fregué a Maxe
el secretario de los pescadores
y anexos de nada, anexos de nada
pescadores de Chimbote
puerto pesquero grande en el mundo;
aquí no hay nadies, aquí no hay nadies,
señor, los cholos son mierda,
los negros zambos–chinos son mierda,
yo también soy mierda;
el yugoslavo no es mierda
el español no es mierda
Braschi está en todas partes
en todas partes está caballero
freno, estribo, baticola
Maxe secretario no sé si es mierda
no sé si es mierda, no sé si es mierda.
Zavala, Haro, Tinoco, Characato, amigos,
zurramos unos, zurramos otros,
en el totoral zancudal nos cagamos
sin remedio, sin remedio, sin remedio.
El obispo yanki ése no es mierda, ése no es mierda,
Teódulo Yauri no era mierda, no era mierda,
yo lo hice basura, cacanucita,
caballero, yo lo hice mierda de perro.
El Perú costa, cómo me jode, cómo me jode
el Perú sierra, cómo me aburre, cómo me aprieta
el Perú selva chas, chas chas
cómo me pudre, mucho me aprieta
la chimenea de Casa Grande...
“Los hombrecitos de Casa Grande
ya están formados para marchar
todos los días desde las cuatro
van al campo a trabajar”.
“¡Pobres hombres!”.
Así lo mismo, así lo mismo
como en los cochos, bolsa triste arriba,
como en las putas, piernas arriba,
desde la costa al Amazonas se cagan en mí
en Chaucato no, en Caullama no
en Caullama no, en Chaucato sí
ay sí, ay no “¡Pobres hombres!”.


      Don Ángel recitaba y canturreaba algo desigualmente todo, ritmo, melodía y movimiento. Trataba de seguir el baile de Diego; se agachaba hasta apretarse la barriga, se erguía a la manera de los borrachos desafiantes; ponía, luego, ambas manos sobre el escritorio y así, bajaba y alzaba el pecho, como esas lagartijas de los roquedales de la costa peruana, animalejos que corren espantados pero se detienen bruscamente sobre el filo o la aguja de alguna roca erosionada y mueven la cabeza y el busto, energéticamente, en ademanes elocuentemente afirmativos, como si estuviera predicando con energía. “¡Pobres hombres!”, repitió don Ángel, y recordó que esa exclamación la había oído en un disco long play y que lo decía alguien que no era el cantante, mientras el Cholo Cajabambino entonaba la estrofa: “Los hombrecitos de Casa Grande...” Recordó y recordando, muy claramente ya, miró al visitante: su gorro se había convertido en lana de oro cuyos hilos revolvían en el aire; los zapatos, en sandalias transparentes de color azul; la leva llena de espejos pequeños en forma de estrella; los bigotes, en espinos cristalinos en las puntas, muy semejantes al del anku kichka, árbol carnoso que no crece jamás en la costa y que defiende con esas púas, sus rojas flores de sépalos lanudos, blancos como la escarcha. Él, don Ángel, cajabambino de nacimiento e infancia, limeño habituado, recordó en ese instante que los picaflores verde tornasol danzaban sobre esas corolas, largo rato; danzaban felices mientras él, hijo espurio, negado, miraba el temblar del pajarito, con lágrimas en los ojos. Siguió cantando don Ángel, repitiendo palabra a palabra la letra fiel de la yunsa:

La chimenea de Casa Grande
bota humo sin compasión...


      El visitante fue atemperando el ritmo, bajó los brazos, sus bigotes empezaron a apagarse así como los espejos de la leva y el color de los zapatos. La danza ya más definitivamente cajabambina fue como diluyéndose en todo el cuerpo de don Ángel; sintió que se le extinguía yéndose hacia la nariz, la cabeza y los cartílagos externos de las orejas.
       —¿Recorremos la fábrica, señor don Ángel Rincón? —oyó que le preguntó el visitante, gorro en mano, inclinándose hacia el jefe con una finura de “verdadera gentileza”.
       —En seguida, señor visitante —contestó el jefe de la Planta—. La fábrica marcha a todo ful. Nuestras lanchas han pescado hoy dos mil trescientas toneladas de anchoveta.
       Don Ángel alzó del respaldo de su silla una casaca de naylón forrada con rica lana de angora; se la puso, se dirigió a la puerta, la abrió e invitó a salir al visitante. Cinco enormes cilindros giraban en el centro de un espacio con piso de cemento y cruzado de tubos y canales aéreos, eran los ciclones que giraban respirando fuego y lanzando humo por cinco chimeneas no muy altas. El visitante se detuvo. El fuego blanquísimo alenguaba en el interior del cilindro, no salía por el gran ojo que tenía hacia afuera; algo hacía que el fuego se concentrara encarcelado, “peligrándose” y sin querer ni poder salir.
       —Empecemos por el principio —dijo don Ángel—, esos cinco ciclones los maneja un solo cholo.
       —¿Sabe leer? —preguntó el visitante, mientras seguía al jefe, en dirección del mar.
       —No sabía cuando llegó. Don Hilario le ha enseñado.
       —¿Don Hilario?
       —Es decir, don Hilario y su hijo. Don Hilario dice: “El trabajo vencerá algún día al capital con el educación...”
       Pasaron debajo de poleas y tanques, de cadenas, de cucharas giradoras. El ruido apagó la voz de don Ángel. El jefe se detuvo al pie de una escalera de fierro húmeda y mugrienta.
       —Sígame. Veremos el trommel que Solano impugna y Teódulo recordará afligido. Za–za–zabala putea. ¡Ah! ¿Conoce al Tarta, al tartamudo “poeta”? —preguntó el jefe mientras subía la escala.
       —No, no lo conozco.
       —Sé que Maxe me compara con él. Dice que sabemos más de lo que podemos hablar. Que tenemos seso de esponja y lengua pedante, más pedante aún la del Tarta, aunque por motivos inversos. Yo lo he oído decir eso. Un enredo calculado de ese pescador intelectual, simpático. Ya llegamos, amigo Diego. Llegamos al trommel. El Tarta preocupa, llama la atención. Pero mire esto.
       Humo y arcos de luces acordonaban la bahía por el lado sur. El casco urbano se veía, desde lo alto del trommel, como una parrilla pequeña y muy iluminada; al norte de esa parrilla otro arco de luz y humo menos extenso que el del sur; entre los dos arcos dos o tres castillos de focos, pequeños campos iluminados de los que salía humo que se quebraba a baja altura; y al este de los muelles del puerto, el humo rosado de la Fundición tenía luz por sí mismo, alcanzaba a alumbrar las faldas y las cimas de las bajas montañas que separaban la gran bahía del valle del río Santa. El humo de la Fundición se elevaba mucho más alto que el de las fábricas de harina de pescado; se alzaba como una nube de crepúsculo, moviéndose pesadamente...
       —Ese humo parece la lengua del puerto, su verdadera lengua —dijo el visitante—; tiene y no tiene luz, tiene y no tiene bordes, no se apaga jamás. Se levanta de esas galerías largas, de todo ese laberinto de torres, minerales, sudores y luz eléctrica, de las tripas más escondidas de tanta maquinaria; le cuesta levantarse pero parece que nadie, ni las manos de los dioses que existen y no existen podrían atajarlo. ¿Qué dice usted, don Ángel?
       —No preocupa mucho en Chimbote la Fundición. Eso está en orden, amigo Diego. Mire: el humo rosado está en línea recta entre los dos grandes muelles del puerto. ¿Ve los muelles? Son en la oscuridad como unas armazones de luces bien ordenadas que entran al mar. La más recta y que más luce es de la Corporación del Santa. No sirve todavía, es pura fachada. Ha costado millones. Ese humo que usted le impresiona tanto es de la Corporación; se lleva millones y no deja sino miles. El gobierno pierde allí millones día a día. Pero tiene fachada de poder. Nuestros muelles de harina casi no se ven y desembarcan millones cada noche. En la Corporación todo está “en orden”; hay tres empleados por cada escritorio, aunque cada empleado tenga su escritorio. Perdón, don Diego, más o menos así habla usted. ¿Quién se preocupa en Chimbote de la Fundición? Poca gente. El sindicato de empleados, el sindicato de obreros están ensamblados. Moncada, el loco, los conoce... Yo, mi amigo, desprecio al gobierno como empresario... Pero no le he traído aquí para...
       —¡Ese humo parece, sin embargo, como que saliera del pecho de usted, don Ángel! Del pecho de todos nosotros. Es rosado, se eleva contra todo, como si tuviera sangrecita en su incierta forma. Sale también de la garganta del ciego que cantaba con voz como de carnero, sin alegría ni tristeza, pero con fuerte ritmo. Me hizo bailar la voz de ese carnero ciego, botado, allí en el mercado, pero cantando como fierro desde el suelo. Yo he bailado mejor que un picaflor siwar43, de esos que se elevan hasta las estrellas para afilar su pico y regresan a las quebradas y meten su lancetita en lo hondo de las flores, echando chispas de color mundo entero. Estamos apoyados en esta baranda sucia...
       Don Ángel vio que el brazo del visitante era muy corto, que sus manos eran peludas y sus dedos sumamente delgados, de uñas largas...
       —He bailado y nadie ha hecho curiosidad, escándalo. Me han mirado más bien tristes la mayoría de los que hicieron rueda junto al ciego que estaba botado contra la pared y después, han hecho llover moneditas al tarro viejo de la ciega. Yo me he ido. Ese humo también, no estaba menos rosado en el sol grande que ahora en la noche. Las fábricas, ¿cómo es no? ¿Y qué es ese campo de tanta luz blanca, fina, que está allá lejos, en dirección de la carretera a Lima?
       Don Diego hizo la pregunta en un instante justo cuando don Ángel empezaba a sentir una especie de menosprecio hacia su visitante. La pregunta fue hecha en tono casi autoritario.
       —Vea, amigo. Esa es la elegante urbanización residencial Buenos Aires que los ejecutivos de las empresas, menos yo, se empeñaron en que se construyera para la alta clase del puerto. Yo vivo en el valle, tras de esas montañas que el humo que a usted le impresiona hace aparecer ante nuestra vista. Buenos Aires se ahoga en arena y viento y han plantado allí árboles que, oiga usted, están creciendo en la arena y contra el viento. Los ejecutivos viven muy lejos del humo y la pestilencia, pero también en un médano. Y esas luces que se ven más cerca del puerto son del barrio fiscal de la clase “obrera”, El Trapecio. Allí se han mudado Chaucato, Solano, Zavala, Maxe... Teódulo no. Él ha hecho una casa y tienda en una barriada próxima al casco urbano. Ya sabe; así es la cosa: Buenos Aires, después viene la oscuridad, varios kilómetros. En esa oscuridad están cinco barriadas, entre totorales, agua salada y viento; luego, nuevamente la oscuridad; después El Trapecio, el Casco Urbano, la Fundición y su barrio, los muelles y más oscuridad hacia los médanos y el mar. Digamos, treinta mil personas en los campos iluminados que vemos desde aquí; el resto, unas... digamos treinta barriadas, doscientos mil, viven en la basura y bajo la luz de las estrellas. Así tiene que ser. Pero yo, don Diego, le quería decir algo importantísimo. —¿De la oscuridad?
       —Sí, amigo. Le he mostrado este inmenso arco de luz que orilla la parte sur de la bahía que es casi la mitad de toda la playa sin igual de Chimbote. Mírela bien, amigo. Es obra de Braschi. Lo llamaron loco cuando él hizo su primera gran fábrica aquí que era un desierto puro: arena limpia, mar sin olas, sitio salvaje. Ahora hay veinte fábricas, cada una con su muelle. En el muelle de Braschi fondean barcos de diez mil toneladas. “Águila” dice de él Caullama, “Águila sin detención, ojo del capital”.
       —Ahora, don Ángel, Braschi produce, Braschi compra; está aquí en el Japón y Rusia; fabrica harina y fabrica locos también, ciegos también y él y su tropa de águilas sin detención se han alzado hasta donde no hay ni sol ni luna.
       —Cierto, amigo Diego. Le he dicho que exagera usted. Pero ha volado muy alto..., ¿hasta dónde dijo usted?
       —Hasta donde no hay sol ni luna...
       —¡Eso, por las huevas del cangrejo, sea dicho en buen romance! Sólo desde esas alturas se manda, se dispone, se arregla, se pone en vereda a mezcolanzas tan peores que mierda de chancho de barriada, como es esta... país.
       —¿Qué iba a decir en vez de país, don Ángel?
       El jefe se rió. Una luz fuerte que llegaba de la tolva automática, un poco más arriba y en frente el trommel, hizo resaltar la mirada de los ojos grandazos y blancos de don Ángel.
       —Iba a decir una mala palabra, don Diego.
       —¡Patria! ¿No es cierto?
       —Sí. ¿Cómo lo adivinó usted?
       —No era muy difícil.
       —¡Claro! Usted es algo especial, oiga, en esto y en lo otro. Ningún indio tiene patria, ¿no? Me consta. No saben pronunciar ni el nombre de su provincia. Ningún cholo, ningún negro verdadero, zambo o injerto tienen concierto entre ellos. Son peores que los indios en eso. ¿Dónde está la patria, amigo? Ni en el corazón ni en la saliva. “¡A la mierda!”, es el juramento de los cholos, injertos y negros; y los indios son una manada. ¡Ahí están! En los médanos y zancudales, robándose los unos a los otros. “A la mierda”. Pero... oiga, usted esto; desde este barandal se lo digo: No saben pronunciar el nombre de su provincia los unos; los otros maldicen a su padre y a su madre; todos se emborrachan como gusanos, pero, sin embargo, cuando se les enseña a manejar máquinas y, más todavía, cuando los ingenieros les explican el funcionamiento de las piezas difíciles, maestras, de las máquinas y de todo el conjunto, estos bestias aprenden, algo despacio, pero yo diría que más a fondo que los mismos gringos. ¿Me oye usted, don Diego? Mejor que los extranjeros, pero no tienen concierto, disciplina, orientación verdadera; su alma navega sin rumbo, como cargamento de mierda. Así y todo, a carajo limpio y a corazón, que tengo, he formado mi maestranza con indios y cholos. Desconfío de los negros y zambos. Ya verá usted; los indios me dicen padrino, los cholos y negros tío. He mandado construir verdaderos complejos de maquinarias con estos cholos. Los ingenieros se quedan con los ojos sin pestañear al ver cómo aciertan estos “nativos”. A veces, oiga usted, se encantan con los tubos, los engranajes, las agujas, los vericuetos de las piezas; adivinan más que aprenden su funcionamiento; se quedan horas sin pretender sobretiempo y miran el encadenamiento de las piezas, su efecto; se alegran, festejan a las máquinas. No tienen remedio. No entienden; lo que se llama verdaderamente entender, no entienden. ¿Comprende usted?
       El visitante, erguido, atento, en el pequeño espacio del pasadizo de acero del trommel, movió las orejas muy visiblemente, como una señal de asentimiento. Ahora parecía más alto que don Ángel.
       —Comprende, claro —continuó el jefe—. No sé si es para mejor o para peor. Pero yo a esos “maestros” los hago y manejo. Y no los puedo tomar sino a contrato, porque la revisión y montaje de maquinarias los hacemos durante la veda grande. Tres meses. Después se van a vender papas, a comer basura en las barriadas. Quedan sólo un mecánico y su ayudante. Así es... Pero no hemos subido aquí al trommel a seguir discurseando sino para que usted conozca y vea lo que es una gran fábrica, cómo, ahora que es más grande, la manejan un cuarto de obreros que antes. Y lo que Chimbote es de noche. Chimbote de noche somos nosotros, las fábricas de harina de pescado y aceite. Yo me carcajeo del humo rosado de la Fundición que a usted lo impresiona. De noche, estas máquinas, nuestros muelles y las bolicheras tragan anchovetas y defecan oro, eso es vida, ¿no? Los otros, los comerciantes y los miles de hambrientos duermen en la oscuridad natural o en la oscuridad apagada. Aquí, en mi fábrica todo está prendido y no encontrará aquí ni un gringo, ni uno solo...
       —Están donde no hay ni sol ni luna, don Ángel...
       —Bueno, donde usted quiera, pero aquí ya no los necesitamos. Y ahora al grano. Hablo mucho ahora, no sé por qué. Al grano. Vea: el trommel, este cilindro, gira y gira y deja limpia la anchoveta hasta de la última gota de agua; los pescadores ya no se llevan en billetes el peso del agua. Allá, en frente, está la tolva automática. Sigamos a la tolva; de allí recorreremos el complejo que fabrica la harina y el que fabrica el aceite. Todos hablan de la harina, nadie habla del aceite; sin embargo... Vamos, amigo.
       El visitante dejó avanzar a don Ángel por la escala, luego bajó él. Era una escala angosta y larga. Don Diego pasó al jefe por el espacio inverosímil que dejaba ese cuerpo grueso en las gradas, por el lado izquierdo, donde no apoyaba la mano en la pasarela. “La oscuridad yo, la luz eléctrica tú. Yo voy a despertar. No se despierta de la luz. Se matan zancudos y nunca por nunca mueren”. Don Diego iba hablando y saltando las gradas. Un hombre abrió la puerta de la tolva automática al oír la voz. “¡Extraño pendejo éste que me han mandado de Lima; extraño hippi “incaico”! ¡Y gracioso, carajo, y simpático, carajo! Muy extraño. Este Braschi se consigue auxiliares de toda laya”, pensaba don Ángel, mientras bajaba las gradas aceitosas del trommel y subía a otra, la de la tolva que don Diego escaló verdaderamente como a cuatro patas.
       —Es un visitante de Lima, de la Empresa —dijo al llegar a la puerta de la caseta—. Es enviado especial del señor Braschi; ustedes saben que él tiene toda clase de auxiliares. El señor no ha trabajado jamás en circos.
       —Jamás, todo el tiempo —dijo don Diego.
       Sus bigotes largos, gruesos, sumamente separados, su rostro alargado hasta terminar en una punta que acariciaba la curiosidad de los obreros, y el cuerpo tan desigual, la levita, nuevamente brillante de don Diego, fueron bien recibidos por los dos hombres. Lo saludaron familiarmente, casi sin darse cuenta.
       —Esta pesadora trabaja con sonar —dijo don Ángel—. La inventó un ingeniero peruano. Cuando la tolva se ha llenado y ha registrado el peso, anuncia la operación con sonido y luz. El obrero aprieta un botón, la anchoveta cae y la tolva se vuelve a llenar. La maneja un solo hombre. El otro es el pescador que controla la pesada de la carga de su lancha. ¿De dónde eres? —le preguntó al obrero.
       —De Pataz, padrino, departamento Cajamarca.
       —¿Sabes leer?
       —Poco no más. Segundo primaria.
       —¿Y tú? —le preguntó al pescador.
       —De Buldibuyo; quinto año de primaria, don Ángel.
       —Yo soy de toda la costa, arenales, ríos, pueblos, Lima. Ahora soy de arriba y abajo, entiendo de montañas y costa, porque hablo con un hermano que tengo desde antiguo en la sierra. De la selva no entiendo nada. ¿Cuántas toneladas ha sacado su lancha hoy, don Policarpo? —preguntó el visitante.
       —Doscientas cincuenta.
       —Buena plata.
       —Más, mucho más para don Ángel y la Nautilus. ¿Le dijo don Ángel que mi nombre es Policarpo?
       —No. Hay correspondencia entre el nombre, la voz y el corazón, ¿no es cierto?
       —No, señor. No es cierto. Aquí, en la flota de la Nautilus había un zambo Policarpo que era chavetero.
       El visitante sonrió. Se oyó un ruido sordo; el obrero apretó un botón rojo.
       —Ese chavetero tenía otra voz distinta que la suya, amigo Policarpo.
       —¡Qué gracia!
       —Así es la gracia, ¿no es cierto?
       —Quizás, amigo —le dijo Policarpo en tono completamente familiar—. La gracia es, pues, de cada quien.
       —Yo vivo en la barriada La Esperanza y don Policarpo en El Trapecio —le dijo el obrero.
       —No te hemos preguntado eso, Juan. Nos vamos.
       Don Ángel tomó del brazo al visitante.
       —No baje a saltos la escala. Me ha indignado un poco el modo con que Policarpo le ha dirigido la última frase.
       —Pero era correcta e irreprochable.
       —Y usted no le da la misma importancia a la forma que un ejecutivo de Empresa.
       —Claro, don Ángel; yo soy ejecutor oyente, no ejecutivo.
       Llegaron a la orilla de las inmensas pozas de mil toneladas. Allí caía la anchoveta en golpes e instantes exactos.
       Una de las pozas estaba vacía. En el centro mismo de las paredes muy inclinadas del fondo, dos gusanos enormes, de acero, giraban, dirigiendo hacia la compuerta sus tornillos sin fin. Bajo la luz de un foco bastante lejano y alto que alumbraba las ocho pozas, en el eje de ese embudo de cemento opaco, cuadrado, los dos tornillos brillaban comiéndose el aire. Don Diego se apoyó en un brazo del jefe.
       —Están girando en vano, están girando en el vacío. Es una demostración. No se preocupe, amigo. Mire: así, en cada curva hueca del tornillo, el gusano lleva la anchoveta a las rastras de abastecimiento. Para los visitantes especiales, si hay alguna poza vacía, yo ordeno que se haga funcionar el gusano. Basta con uno. El otro es de emergencia.
       —Me asustó, de veras, el gusano. Parece que comiera aire en una sepultura vacía.
       Don Ángel quedó muy complacido al oír esta declaración de su visitante, quedó muy complacido. —Usted llama sepultura a una verdadera boca–mina. Cómo se ve que no entiende...
       —Amigo, no siempre entender halaga, más bien, otras veces, asusta, un ratito.
       —¡Usted, don Diego! Alégrese ahora, mire hacia la izquierda, vea esas cucharas de las rastras, esas cucharas que suben de las pozas llenas y llevan la anchoveta a las tolvas de abastecimiento general. La anchoveta no pierde todo su brillo en los tubos que la succionan y destrozan, ni en cucharas ni rastras; no lo pierde hasta que entra a las prensas...
       —¡Eso, don Ángel! Parece mercurio. No. Tampoco plata. Sólo la vida produce un brillo como ése que está viendo mi ojo. Y en esta poca luz, el mar nos manda su resplandor que nosotros apagamos y convertimos en otra vida; pero la muerte es como ese gusano que está en el vacío de cemento. Alguien lo dirige y él como aire; el aire que le dan para comer, ¿no es cierto?
       —Cierto, don Diego. Pez grande se come al chico. Nada nuevo, mi amigo, si es que bien le entiendo.
       —Entiendo y adelante. Sigamos. Yo voy tras de usted.
       —¡Éste es! Nunca he hablado tanto. Pero, valgan verdades, se me ha aclarado mejor el panorama de todo y por todo. Ahora va a entender bien a la fábrica porque hasta yo, amigo Diego, la entiendo más a fondo. Y..., oiga, ¿sabía usted que en los cuentos de indios, cholos y zambos que aquí en la “patria” se cuentan, se llama Diego al zorro?
       Ya don Ángel había bajado de las pozas, hablaba andando.
       —Lo sabía, don Ángel.
       Así recorrieron pasadizos de metal, subieron y bajaron pequeñas escaleras; caminaron bajo goterones de agua fría y caliente que caían de los altos depósitos o tuberías, saltaron sobre manchas de agua aceitosa; se detuvieron más en unos sitios que en otros, volvieron a subir...
       —¿Comprendió? —dijo, al fin, don Ángel.
       —Sí, todo está claro.
       —Bueno. Pero, yo tengo que hacerle un resumen previo; sí, amigo, un resumen previo: el gusano colector de pozas lleva la anchoveta a las rastras de abastecimiento, éstas llenan las tolvas de abastecimiento general de las cocinas, o sea, los ciclones. De estas tolvas, la anchoveta pasa por los coladores a las prensas que aprietan. El caldo pasa de las prensas a la separadora de líquidos y sólidos. El queque, o sea el sólido que sale de la prensa, la carne y huesos apretados del pez, pasa a los secadores o quemadores que son los ciclones. Allí empieza el proceso de fabricación de la harina. Ya vio usted los ciclones, giran con temperatura interior de mil grados. Del ciclón, el queque sale convertido en scrap, completamente seco que va a los molinos. De los molinos, la harina, ya la harina, es ensacada por un solo hombre que maneja un tubo automático, luego, el obrero cosedor, cierra la boca de la bolsa y la bolsa va por una polea hasta la plataforma de donde dos obreros la echan al camión. Los ciclones tienen chimeneas, producen humo, hacen ruido y parece como si fueran el fuelle central de la fábrica. Pero nadie ha observado el proceso del aceite. Vamos a encaminarnos a las centrífugas. Lo guiaré allá, en seguida.
       Los dos estaban frente a los inmensos cilindros que lanzaban luz pero no calor hacia el patio de cemento. Esa luz y el humo marcaban la figura de Ángel y Diego, desiguales y atentas. Las piernas muy cortas del visitante se destacaban mucho, así como su leva que parecía que iba a ser alcanzada por las llamaradas que se revolvían en el interior de los ciclones. Don Diego retrocedió un paso.
       —Es que su leva, amigo, tiene apariencia de cisco de carbón. Vámonos de una vez. Nunca los ciclones han quemado gente, pero a lo mejor...
       —Sí, don Ángel, a lo mejor. Yo le sigo.
       Cruzaron el patio, el espacio abierto en que los ciclones giraban; entraron a un pasadizo ancho en cuyo aire tubos delgados corrían hacia un edificio largo, de puerta muy cuadrada. Llegaron a esa puerta y entraron a una galería que trepidaba con la fuerza que constreñían ocho aparatos raros, como de cobre, fierro, láminas, cucharas, alambres, aire feroz comprimido, todo bajo un techo no muy alto. El visitante quedó detenido a pocos pasos de haber entrado. Respiraba no con su pecho sino con el de las ocho máquinas; el ambiente estaba muy iluminado. Don Diego se puso a girar con los brazos extendidos; de su nariz empezó a salir una especie de vaho algo azulado; el brillo de sus zapatos peludos reflejaba todas las luces y compresiones que había en ese interior. Una alegría musical, algo como la de las olas más encrespadas que ruedan en las playas no defendidas por islas, sin amenazar a nadie, desarrollándose solas, cayendo a la arena en cascadas más poderosas y felices que las cataratas de los ríos y torrentes andinas, de esas torrenteras a cuyas orillas delgados penachos de paja florida tiemblan; una alegría así giraba en el cuerpo del visitante, giraba en silencio y por eso mismo, don Ángel, y los muchos obreros que estaban sentados allí, tomando caldo de anchoveta, apoyados en los muros de la galería, sintieron que la fuerza del mundo, tan centrada en la danza y en esas ocho máquinas, les alcanzaba, los hacía transparentes:
       —¡Por tuberías aéreas viene el líquido a estas centrífugas! ¡Estas centrífugas separan el aceite del líquido! ¡Mire el agua espumosa que sale de las centrífugas al canal conductor de cemento! ¡Mire cómo el canal se lleva un quince por ciento de cola, de materiales ricos! ¡Se van al mar, pero la otra fábrica de Braschi las recoge! Mire, don Diego, cómo gotea aceite de las centrífugas a los tubos; los tubos son de cristal. Se ve gotear el aceite. Ese aceite es oro que chorrea las veinticuatro horas del día, sin parar, sin parar nunca. De ese aceite se hacen cosméticos, pintura, manteca, lubricantes finísimos, don Diego. El agua espumosa cae del canal a la playa, cría gusanos algo tibios de vida precaria. No sirven para nada.
       El cuerpo tan desigual del visitante giraba casi en el mismo sitio, no se desplazaba sino unos centímetros; pero como era desigual y la velocidad de las vueltas no era regular sino destemplada, la forma del visitante cambiaba, y también la extensión y el color de su leva. El vaho azul que brotaba de su nariz empezó a abrillantarse y se apagó, luego, de golpe. Don Ángel vio que los obreros palmeaban todos, ya de pie. Palmearon apenas el vaho se hubo apagado, y el cuerpo de don Ángel, desde ese momento cambió algo su música que ya no era oída hacia afuera sino hacia adentro, del aire hacia el interior del cuerpo, porque en el silencio de la galería sólo el palmotear de los cholos se escuchaba; en ese mismo silencio empezó a cambiar el color del gorro del bailarín, rojo primero, luego morado, luego verde, luego amarillo y finalmente blanco, igual que esas piedras, en milenios pulidas debajo de los pequeños ríos constantes que sólo saben conservar e intensificar el color blanco, el verdoso y el gris de pequeñas piedras inamovibles de sus cauces en que todo se precipita.
       —¡Están tomando caldo de anchoveta los obreros! ¿Quiere probar, don Diego?¿Quiere probar? Estamos contentos —se oyó la voz del jefe.
       —Sí, un poquito de caldo...
       El visitante quedó de pie, frente a la pequeña fila de obreros. Nuevamente las centrífugas hicieron sentir la presión de su fuerza, se oyó el ruido. Don Diego se acercó a un obrero que le alcanzaba una taza enorme, de fierro aporcelanado.
       —Es bueno, amigo —le dijo el obrero.
       Don Diego sorbió el caldo, lo tomó de largo, todo. Los obreros aplaudieron.
       —Así me gusta —dijo don Ángel—. Este joven es un amigo de la Empresa...
       —¡Qué va a ser! —gritó casi un obrero.
       —Un amigo de Braschi...
       —Puede...
       —Que sí o que no...
       —Es la alegría, don Ángel. La alegría —habló el visitante.
       —Cuando hay trabajito, don —dijo otro obrero.
       —Aquí está un tercio de los obreros que mueven la fábrica. Les gusta tomar caldo de anchoveta en esta galería.
       —¿A quién no, don Ángel?
       —Terminó el recorrido, nos vamos. Dígales adiós a los cholos.
       —Yo, para qué les voy a decir adiós, ¿no es cierto?
       —¡Claro! —contestaron en coro los obreros.
       Don Diego se quitó el gorro y su pequeña cabeza alargada, sus orejas algo puntiagudas y como afelpadas volvieron a silenciar la galería. Una punta de la lengua del visitante apareció fuera de los labios, su humedad se convirtió en un vapor apenas visible; el color azul de la humedad que todos veían y que sentían también en el aire refrescó la galería. Los obreros salieron tras don Ángel y don Diego. En la galería quedó un solo hombre. Afuera, por encima del humo de la Nautilus, una columna ascendente rosada, sin bordes, como la danza de don Diego, se alzaba en el cielo.
       —Yo le he dicho a don Ángel que ese humo de la Fundición parece como el aliento de Chimbote. Pesa, tiene color rosado, garraspiento, que alumbra —dijo don Diego, volviéndose hacia la fila de los obreros. Llevaba aún el gorro en la mano.
       —Quién sabe, don —contestó la misma voz que se refirió al trabajito y la alegría.


* * *

      El ruido de la fábrica se escuchaba más intensamente algo lejos de ella que en su propio centro.
       —¿Verdaderamente no quiere ir al Gato Negro? —preguntó don Ángel al visitante, ya cerca de la puerta de la Nautilus—. Mire; son las dos de la mañana; eso debe estar que arde. Como acaba de cerrarse la veda grande y los pescadores han cobrado tres semanas fuertes de pesca, a esta hora van al Gato muchos, antes de embarcarse. Recuerde que los pescadores de Chimbote no son menos de cinco mil. ¿Cuántos de esos cinco mil irán esta noche a ver a La Caprichosa, como en la guerra, sin poder largarse después, inmediatamente, a un burdel o a un hotelito? La Caprichosa acaba de llegar, al cierre de la veda; es una desnudista que ha entusiasmado a cojos, mancos y viejos. Los pescadores la ven y se largan a embarcar. Se masturban en el cerebro y se aguantan hasta el viernes, y no sólo los solteros, oiga. A veces, más, mucho más, los casados, que no se pueden revolcar con sus mujeres como lo hacen con las chuchumecas. No están peor que los soldados norteamericanos de Vietnam, con la Raquel Welch que el Estado yanki les envía. La diferencia consiste en que los pobres marines no tienen allá más burdeles, creo, que las trampas de bambú... Todo lo contrario que una chuchumeca del salón Rosado o una gran puta del hotel Florida de Chimbote. ¿No? ¡Usted, de aquí, debería ir al Gato conmigo, amigo Diego!
       —Ya, don Ángel. Lléveme al Gato. Pero...
       —No, Diego. Todo por mi cuenta. El recorrido ha de ser completo.
       —Entendido, aceptado y agradecido, señor don Ángel.
       No le preguntó el jefe cómo había llegado el visitante hasta la fábrica. Volvieron hacia el campo de parqueo que estaba junto a las oficinas. Don Ángel prendió los faros del jeep, la luz alta, y ésta alumbró un extremo de la pampa, donde la fábrica depositaba la harina, las últimas filas de sacos que se perdían en la oscuridad, muy lejos de las columnas de humo.
       —¿Hasta dónde llega el depósito, esta pampa, y de dónde empieza, don Ángel? Última pregunta. No veo el fin de esta ruma de sacos.
       —Llega hasta el mar; comienza en el muro que limita esta fábrica con la que queda más hacia el sur. El depósito corre paralelo al mar, es su parte larga. Digamos, quinientos metros por doscientos de ancho. No está ocupado ni un tercio del campo, unas sesenta mil toneladas. Por eso Braschi hizo aquí su fábrica. Mire: el faro del jeep no alcanza bien el extremo de la ruma de sacos. No está en línea recta. Hay todavía entre El Trapecio y el casco urbano depósitos en peligro de ser invadidos o expropiados. En esta pampa cercada, que excita, porque nunca se llena toda con sacos de harina, puede usted ver, amigo, otra cara de “Águila sin detención”.
       —De las águilas...
       El huachimán de casco blanco bajó la cadena de la puerta y saludó. Los faros del jeep iluminaron la carretera irregular, llena de baches, cubierta de ripio polvoriento que bordeaba el arco de luces de las fábricas del sur de la bahía.
       —Tenemos que ir despacio por esta fea carretera. Sé por qué no la pavimentan, pero no hay tiempo para contar más historias. Cuando lleguemos al asfalto meteré el fierro a fondo. Tengo que volver a la oficina.
       En la puerta de cada fábrica se repetía el mismo conjunto de ramadas, donde ofrecían café, fruta, cerveza, sánguches, y una pequeña fila de hombres sentados a cierta distancia de la luz.
       —Eso esperan en vano un trabajito —dijo don Ángel—. Esperan a sus paisanos y “primos” que son obreros. Rara vez consiguen que les avisen que alguien ha de faltar y que pueden trabajar una noche, ocho horas, a veces dieciséis... El caldo de anchoveta... Mis obreros hacen dos turnos alternados de ocho horas, es decir, dieciséis por día... Estos pobres...
       —Están, ¿algo peor que los yankis en Vietnam?
       —Son comparaciones disparejas. Estos mueren más y de a despacio... El yanki patea duro, ¿no? No es igual muerte natural que muerte a punta de bambú o a balazos.
       Pasaron junto a las orillas de un extenso totoral. Había chozas construidas muy cerca del agua.
       —Increíble, amigo Diego —dijo don Ángel—. Viven mejor, allí, es decir, mejor que una conjunción de patos y zancudos, allí vive gente, cholos, indios; hay hasta tiendas, corralitos de chanchos, de cuyes y patos, entre la champa [material compacto formado por la tierra, el pasto y sus raíces] de falsa solidez de las orillas de esos fangales tan extraños en este desierto. Allí bailan, ciertos días, se emborrachan, levantan hasta banderas peruanas, sin saber.
       —Así es. El hombre aguanta...
       —Es rey —dijo don Ángel, lanzando una carcajada—. De la carretera hacia el mar y en los médanos, hay barriadas mejores, mucho mejores. Pero éstas de la aguada, oiga, no son tan tristes, no sé por qué porquería de razones. No son tristes.
       —Es rey, dijo usted, ¿no?
       —Oiga, amigo. Nadie sabe jalar la lengua tan alegre y jodidamente como usted.
       —Es que yo no jalo. Yo entro.
       —¡Eso! Nos hemos metido, usted en mí y yo en usted. ¡Ahora verá el Gato! Buen fin de fiesta.
       Llegaron a la Carretera Panamericana y cruzaron a gran velocidad el iluminado barrio El Trapecio. Colectivos automóviles, que iban y venían por la pista asfaltada, muy negra, formaban un cordón de dobles faros casi continuo...
       —Los burdeles y las fábricas están por este lado. Al norte de la bahía no hay sino un núcleo industrial pesquero, el de La Caleta.
       —Y también están allí el hospital público, llamado de La Caleta, y la morgue oficial, ¿no?
       —Allí están. Aquí, enfrente, el Gato. Caleta y Gato… ¿Recuerda?
       Una corta fila de taxis estacionados hacía guardia cerca del night club. Sobre un muro rosado estaba pintada la cabeza de un gato negro entre dos palmeras. Una especie de cortina hecha de cañas de bambú protegía la puerta de entrada al salón.
       Llegaron a tiempo. La Caprichosa acababa de quitarse la última prenda, un calzón de naylón transparente pero cuyos bordes se marcaban en el cuerpo muy blanco de la bailarina.
       —Le han hecho un tabladillo al fondo de la sala; el ring de baile queda al centro. Debe estar lleno de borrachos —dijo don Ángel—. Un tabladillo especial de dos gradas.
       La mujer no tenía las nalgas ni los pechos ni las caderas tan groseramente opulentos como las figuras que aparecían en los carteles y fotografías de propaganda que el mismo night club exponía en las vitrinas de su parte. Protegiéndose el sexo, muy calculadamente, con una de sus piernas; algo agachada, con los cabellos caídos sobre unos de los pechos, mirándose los brazos que movía lentamente, La Caprichosa exhibía un cuerpo más bien delgado. Ondulaba la cintura con lujuria bien contenida y dirigida. La sala estaba bastante oscura y en silencio. Don Ángel y su visitante, de pie, muy cerca de la puerta, vieron a un hombre flaco acercarse, reptando, hasta el tabladillo: las luces directas que daban sobre el cuerpo de la bailarina permitieron a ellos, que estaban de pie, ver la figura del hombre que se arrastraba bajo el nivel del escenario hacia las gradas que estaban a un costado del salón. El hombre llegó a la gradas, se puso de pie y subió de un salto al escenario. Tenía un fajo de billetes en la mano. Era joven pero algo calvo.
       —¡Dejen al Tarta! —gritó alguien desde la oscuridad.
       Le hicieron caso. Hacia el fondo del tabladillo aparecieron dos hombres altos, gruesos; se quedaron junto al muro, con las manos atrás.
       El Tarta avanzó respetuosamente hacia la bailarina. Estiró el brazó y mostró en el puño un fajo de los billetes de quinientos soles, sellado. La luz hizo resaltar el color de los billetes.
       —Cin–cin–cinco mil soles... P–p–por un beso... en la–la–la chu–chu–meca. A–a–ahorita.
       Habló y siguió avanzando despacio, como si temiera asustarse él, él mismo. La mujer lo miró; no volvió los ojos a ninguna otra parte. La luz hacía resaltar la boca abierta del Tarta, que no era demente sino, por el contrario, como de quien va acercándose a una fuente de agua florida, con ansia caldeada, de lanzarse, ni a herir ni a escandalizar, sino a prender un rayo, a tomarlo en la boca.
       Depositó el fajo de billetes en el suelo. Se arrodilló. La mujer se alzó un poco con el mismo movimiento ondulante; la pierna con la que se protegía la hizo girar, abriéndola, y se puso de costado al público. El Tarta avanzó de rodillas; tomó con cada mano una pierna de la mujer. Quienes estaban al costado del escenario hacia donde la bailarina dirigió la cara, pudieron ver los pelos algo rubios en el pubis de la mujer y hundir allí los labios al Tarta, con los ojos cerrados. Luego de un largo instante, de puro silencio, retrocedió, sin ponerse de pie. Los dos hombres que estaban al fondo del escenario corrieron hacia la desnuda; ella levantó el fajo de billetes y su ropa, y se hizo alzar por los dos hombres, así desnuda. Desapareció tras una pequeña puerta que la mujer abrió con el pie. En la oscuridad ya bramaban los hombres.
       —Ese es el Tarta. Lengua de bestia y lengua de ese que en la antigüedad llamaban Platón o Diógenes, o mierda, don Diego, amigo. No, no es bestia. Usted lo ha visto.
       Nadie contestó a don Ángel. Ni nadie podía prender las luces.
       —¡Las luces, carajo! ¡Conchae’su madres, las luces! ¡Prendan, carajo!
       El Tarta bajó las gradas, se agachó. Sintió que una mano áspera y angosta lo jalaba de su mano derecha y se la apretaba. Él se dejó llevar. Don Ángel avanzó más hacia dentro del salón y también empezó a gritar que prendieran la luz. El Tarta apareció fuera de la cortina de bambú, en la calle. Un hombre pequeño, de hocico largo, le sonreía; un vaho azulino salía de su boca.
       —Tú, tú’eres un “zorro” —le dijo el Tarta sin atracarse—. ¿Vienes de arriba de los cerros o del fondo del Totoral de la Calzada? ¿O yo soy tú y por eso no tartamudeo? Nadie hace lo que he hecho yo con sólo cinco mil soles en el puño. Nadie, amigo Tarta, entre esas fieras y con la más desnaturalizada fiera. Eso se hace cuando hay fuego en el corazón, fuego de vida, aunque revuelta, como la de ese hongo maldito de humo rosado que se eleva de Chimbote, que sí es una chucha [sexo femenino; tal vez provenga de la palabra quechua chukcha: pelo, cabello] en la que estoy metido hasta el cuello pero sin pudrirme. Vida entre cholos disparejos, criollos chaveteros y chimpancés internacionales chupadores de toda sangre, de mar, aire y tierra, amigo, amigo Tarta. Cuídese de Ángel Rincón. Es el oído del oído de los chimpancés. Usted no necesita que yo me despida. Yo soy el Tarta.
       Subió la rampa sin tambalearse; luego, desde allí, llamó a un taxi. Diego se puso la gorra, vaciló un instante. Ya con luz, el Gato se colmaba más y más de bramidos. Todos los choferes corrieron hacia la puerta. Don Diego se echó a galopar hacia el campo cerrado de la estación del Ferrocarril Huallanca–Chimbote. Para eso tuvo que escalar los muros de un depósito de bolsas de harina de pescado, del último que áun quedaba tan cerca del casco urbano. Estuvo corriendo varios minutos sobre las rumas de bolsas de a diez en alto. Llegó a La Línea y allí se perdió en la oscuridad de la densa barriada 21 de Abril.
       —Conté veinte mil sacos de harina —dijo—. ¿Me oyes?




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