José
Alcántara Almánzar
(1946—)
Con papá en casa de Madame Sophie
Testimonios y profanaciones
(Santo Domingo: Editora Taller, 1978, 131 págs.)
—Te llevo a conocer el mundo.
Fueron sus primeras
palabras después de largo silencio. Puso el auto en marcha con
inusitado entusiasmo. Parecía un adolescente vestido con esa camisa
extravagante. Ensayaba gestos impetuosos y juveniles, sonreía,
chisteaba. Ahora no puedo evitar que las escenas se repitan una y otra
vez con persistencia malsana: retomo el hilo de los hechos, contemplo su
cara iluminada por una alegría poco convincente, evoco los momentos de
aquel día en que me llevó a conocer el mundo, su mundo secreto y
sórdido.
Hoy está bien muerto y
es sincero como nunca, lo dice su rostro tieso bajo la máscara
funeraria. Hoy puedo recordarlo sin rencor, porque esa fue la única
ocasión en que dijo adiós a las fórmulas.
—Tienes que aprender a
vivir la vida.
Repetía sus frases
prefabricadas cada cierto tiempo, para que yo pudiese reflexionar sobre
la anterior y me hiciese una idea aproximada del propósito del viaje.
Lo hacía maliciosamente, sin mirarme. No me sentía obligado a
contestar. Sus palabras intentaban producir efectos precisos y creo que
lo lograba. De ahí el estilo sentencioso y rotundo que delataba su
amplia experiencia. Yo me dejaba llevar, ajeno a sus planes. Lo único
trascendente en ese momento era mantener mi identidad, acaso la mejor
manifestación de cierta soterrada rebeldía. El no hablaba conmigo, lo
hacía para sí, con ese aire despreocupado y jovial que constituía la
forma más refinada de su carácter solitario. Yo no estaba contento;
tampoco disgustado. Miraba los meteoritos que nos rebasaban en la
autopista y olvidaba que papá existía, que iba junto a mí, guiándome
hacia su gloria, que debía sentirme agradecido de su benignidad.
Llegan compañeros y
amigos. Silenciosos, van hasta el féretro, miran la cara pétrea de
papá, tal vez examinen el impecable traje negro, la vieja corbata de
apariencia nueva recogida dignamente en el pecho por ún alfiler de oro.
Algunos de los que vienen me dan fuertes abrazos, se compadecen de mí
(lo adivino en los semblantes); las mujeres, llorosas, me besan;.otros
me dicen expresiones que no entiendo porque son apenas susurros emitidos
con prisa y desgana. Mi esposa Laura se seca las lágrimas y me mira
apenada porque sin duda calcula las proporciones del escándalo. Soy el
centro de la ceremonia (papá es ún punto de referencia sin vida) y
puedo darme el lujo de enmudecer. Por supuesto, aunque conservo el
empaque de ún hombre adolorido, me resisto a mirar de nuevo el rostro
pálido de papá. Aborrezco sú expresión rígida, sus ojos
aplastados, sus labios morados, la dureza de sus pómulos, resecos.
Cuando salimos de la
ciudad, papá encendió el tocacintas. Hab íamos oído la grabación
cientos de veces, pero él no se hastiaba de esa horrible voz azucarada
(por más que trato no recuerdo el nombre de la artista) que despachaba,
una tras otra, absurdas canciones de amor. Pero a él le encantaban. Iba
embelesado con el mágico ritmo de aquellos boleros insensatos,
tarareaba trozos y golpeaba el guía con el anillo de sú anular
izquierdo. Me provocaban náusea las vaharadas de Varón Dandy
que despedía sú cuerpo cercano. Hubo instantes en que quise pedirle
que me dejase bajar del auto, irritado por los ramos escandalosos de sú
guayabera. No me atreví, nunca pude rebelarme, ni siquiera aquel día
de aventura y vejamen. Siempre tuve miedo de sus manos velludas, sú voz
cortante, sú mirada escrutadora, sus órdenes implacables. Por eso
aquel día me dejé llevar. Acompañaba a alquien que me costaba trabajo
identificar, pues de pronto habían desaparecido la actitud grave de las
mañanas en que leía el diario en sú sillón de plumas, la distancia
que nos separaba a la hora de las comidas, el maletín, la presumida
camisa blanca, la corbata oscura, la americana a cuadros, la pipa
groseramente eficaz.
—Vas a gozar de lo
lindo.
Eso lo dijo como si
echase abajo una barrera infinita. Desconozco si en algún momento
pensó que estaba violando mi derecho de decisión, si se detuvo a
pensar que quince años eran muchos para tra tarme como a ún niño,
pocos para hablarme como a ún hombre. Estaba obcecado y sólo atinaba a
romper el hielo que había entre nosotros, asegurándose de que sú gozo
coincidiese punto por punto con el mío.
—¿Alguna vez... ? —cortó
la frase ladinamente.
—¿Qué? —dije,
idiotizado.
—Olvídalo, no tiene
importancia. Después de todo, estamos entrando... quiero que lo pases
bien en tú cumpleaños... voy a hacerte un regalo extraordinario... ya
verás.
Entramos por una
carreterita asfaltada que conducía a una casa no visible desde la
autopista. La casa, muy grande, acaso construida diez o quince años
atrás, tenía cuatro columnas jónicas que prece dían a una espaciosa
galería y estaba separada del patio por una balaustrada de caoba
pulida. Daban ganas de tumbarse en la tersa yerba verdísima y quedarse
allí mirando el campo que se extendía detrás. Papá apagó el
tocacinta y la voz azucarada se desvaneció. Metimos el auto en ún
pequeño garaje lateral a la casa. Al bajar observé detenidamente a
papá. Medí de nuevo sú figura y me dije que andaba en compañía de
ún padre muy joven (había cumplido los cuarenticinco en esos días), y
en todo caso, de ún camarada bastante viejo. Tocó el timbre y se
arregló el pelo con sú inseparable peinecíto de concha de carey. Una
mujer entreabrió la puerta. De seguro conocía bien a papá porque en
seguida la abrió de par en par y lanzó una exclamación de júbilo:
—¡Don Octavio, qué
gusto me da verlo pase!
La mujer no había
advertido mi presencia. Yo permanecía rezagado, justo detrás de papá.
Lo que faltaba era que le pidiese protección para entrar a la casa
cobijado por sú sombra. Esa idea me hizo sentir ridículo y me
desprecié.
—Mi hijo Tavito —dijo
él con seriedad fingida.
No sé si la mujer
reprodujo palabras del ritual de presentaciones, quizá me las hiciese
olvidar sú mano regordeta al manosearme. Enrojecido por la sensación
de hormigas bobas que esa caricia inesperada producía en mi piel, bajé
los ojos y balbucí una frase. La mujer nos hizo pasar. Caminaba delante
de nosotros sin decir nada, como si supiese exactamente lo que papá
quería. Había plantas en los rincones y canastas colgando del plafond:
cactus, helechos gigantes, orquideas increíbles, begonias, clepsidras
en ún estanque artificial. Pero todo estaba demasiado oscuro y había
algo que me molestaba: el ambiente general, ciertos objetos, no sé.
La mujer nos acomodó en
una salita y papá y ella secreteaban durante unos segundos. Después
recurrió a una sonrisa de muñeca mecánica al excusarse y subió al
segundo piso. Una luz incierta nos alumbraba; yo, no obstante, acechaba
la cara complacida de papá.
Entra un hombre con una
corona de claveles blancos y la deja junto al cadáver. Desde aquí
puedo leer las letras de escarcha plateada: “Los empleados de la
Compañía de Seguros, a su inolvidable Jefe”. El hombre sale con una
prisa irreverente y a poco comienzo a sentir la fragancia luctuosa de
las flores mezclada con humo de tabaco. Ahora papá no puede aspirar el
odioso perfume de las flores albas (es una suerte), ni su mano tiene
fuerzas para encender un cigarro de los que tanto le gustaban. El está
ahí, roblizo, descansando sin tiempo en un ataud afelpado, cuya tapa
abierta invita a comprobar la lozanía del muerto a pesar de sus
cincuentisiete años, a pesar de las horas que hace que la sangre no le
circula por las venas.
Vistiendo larga bata de
organdí y en medio de singular algazara, la inmensa mujer bajaba la
escalera. Movía el cuerpo ágilmente, reía, decía palabras que al
principio no entendí bien. Madame Sophie descendía de su trono y se
acercaba a nosotros con los brazos abiertos, las manos colmadas de
anillos, las larguísimas uñas pavorosamente rojas, el meneo del cuerpo
hidrópico, la vitalidad alegre del rostro pardo, los labios pintados de
bermellón.
—Octavio, mon amour,
c'est toi! —exclamó.
Mi oído comenzó a
acostumbrarse al francés de Madame Sophie, originario de un Puerto
Príncipe donde abunda toda clase de prostíbulos. Papá y ella se
abrazaron voluptuosamente. Oí el sonoro beso que dejó una huella en la
afeitada cara de papá y los requiebros que éste le decía en su
francés portuario, agarrándola por la cintura como si fuese a besarla.
En recompensa, ella le decía mil galanteos.
—Mi hijo Tavito,
Sophie —dijo papá, señalándome orgulloso.
—Ah, ton petit fils.
C,a va bien mon petit amour?
Madame Sophie se
sorprendió cuando respondí a su saludo en mi precario francés de
bachillerato. En ese momento se abrió una compuerta de ternura en su
corazón. Me agarró por la nuca y quiso besarme en los labios, pues vi
que su grotesca boca ven la directamente hacia la mía. Sin embargo,
estampó la húmeda caricia en mi frente y luego me dio un abrazo
estremecedor, que me obligó a pensar en mamá. Luego, tomando mi mano y
echándole el brazo a papá, nos condujo a una salita privada. Hizo
sonar una campanilla y vino. Noemí, presuroso, con un meneo de títere
circense.
&nnbsp; —Diga, madán —gorjeó
el sirviente, mirándonos con descaro a través del aleteo de sus largas
pestañas temblorosos.
—Para don Octavio, lo
de siempre, ¿verdad, mon amour?
—Sí, sí... —contestó
papá algo distraído.
—¿Y tú, cher
enfant?
La miré sin saber qué
decir. Ella se dio cuenta de mi desorientación y ordenó:
—Para el joven un Paradis
du Caraibe, bien suave. Te va a gustar, petit, es una bebida
que inventé en Port-au-Prince
Papá, satisfecho de la
intuición de Madame Sophie, sonreía, aprobaba esa maravillosa
iniciación de su hijo único. En ese momento oí ruidos en la planta
alta y miré el cielo raso de la salita. La lámpara oscilaba a
consecuencia del guirigay de pasos y voces que provenía de arriba.
—Son unos bullosos que
están aquí desde temprano —dijo Medame Sophie, disculpándose—. No
hagas caso, petit, ordenaré que los hagan callar.
Sonó la campanilla
nuevamente y vino una mujer.
—Dígale al Licenciado
y al Ingeniero que se controlen. Ah, y haga venir a Nancy y a Tati.
—Sí. madán —respondió
tímidamente la criada.
El sacerdote llena de
humo el salón. Balancea el incensario con oscilaciones isócronas, les
echa el humo en la cara a los presentes. Muchos se levantan, huronean,
hacen reverencia, se persignan. Tam bién yo me pongo de pie y saludo al
ministro con un leve movimiento de cabeza. Esta es una ceremonia inusual
(supongo) pero me satisface porque detesto ir a la iglesia. Prefiero
soportar aquí los latínajos del sacerdote y salir cuanto antes del
asunto. Un grupo nos rodea. Varios se colocan detrás del sacerdote que
rocía con agua bendita el lugar sin fijarse en que arruina los zapatos
de algunas ancianas. Por un instante siento deseos de mirar la cara de
papá. Ahora el sacerdote tartajea su oración fúnebre: le transforma
el rostro una patética expresión que solemniza el acto de despedida.
Algunas mujeres lloran, yo saco mis gafas ahumadas y me las pongo, Laura
estornuda, un desconocido se suena, otro tose al final del salón.
Noemí colocó las
bebidas en la mesa del centro. Sus uñas violeta de gerifalte acicalado
me produjeron un asco inexplicable. Papá levantó su vaso lleno de
whisky y brindó por mi felicidad y la salud de Madame Sophie. Entonces
me vi obligado a beber parte del “paraíso caribeño”. Tenía una
singular propiedad ese preparado de color almagre, mezcla de morapio, Barbancourt
y jugo de cerezas: producía un placer inenarrable. Bebí casi medio
vaso, hechizado por el sabor del líquido. Papá reía, achispado, se
abría la camisa hasta la cintura, daba palmaditas en la rolliza cara de
Madame Sophie.
Nancy y Tati (dos
falenas inquietas y bullangueras) entraron a la salita y se colocaron en
el centro del linóleo para que papá y yo pudiésemos elegir
libremente. Madame Sophie creyó terminado su trabajo y pidió permiso
para retirarse.
—Media vuelta —ordenó
papá, con una voz que me pareció el rebuzno de un garañón.
Eligió a Tati, la
sentó a su lado, le estampó una mordida en un brazo.
—Ajá, así me gustan
las mujeres, que tengan la virtud de las langostas, ja, ja, —dijo y le
pellizcó el trasero de la muchacha.
Nancy se sentó junto a
mí. Yo empezaba a sentir el torpor de la bebida y dejé caer la cabeza
en los senos insomnes de mi compañera. Papá y Tati se dijeron algo que
no entendí. Ella reía y reía, le picaba un ojo a Nancy.
—Mi hijo cumple años,
necesitamos música —dijo papá torpemente. Se puso de pie y echó
los sillones hacia atrás.
Tati se levantó y puso
a funcionar un tocadiscos. Inmediatamente, ella y papá empezaron a
bailar un bolemengue. Estaban muy pegados, unían sus pelvis en
grávido vaivén: él quería horadarla y ella, cachonda, se empujaba
contra el tronco lancinante. Nancy me había abierto la camisa y pasaba
una mano por mis tetillas, besándome también en el cuello. Le había
dicho que no quería bailar y se empeñaba en hacer su trabajo del mejor
modo posible. Por primera vez en mis quince años bebía alcohol en
grande, fumaba en grande, tenia sensaciones colosales. Papá dejó de
ser la figura distante de la infancia, el viudo lejano e insondable que
hacía pocos esfuerzos por comprender mi mundo. Viéndolo así, aferrado
al trasero de Tati, no podía sentirme su hijo ni hacerle reverencias
filiales. Nancy agarró mi mano y la frotó por su cuerpo, deteniéndola
en las zonas erógenas.
—Las manos son para
eso también —me susurró.
Entonces intenté unas
caricias que me salieron muy toscas, aun que puse empeño en
corresponder a los esfuerzos que ella hacía para contentarme. Mis manos
viajaron por las mejillas arreboladas de car m ín, se detuvieron en los
músculos fofos del cuello, exploraron los serios, complaciéndose en
la carnosidad arrugada de los pezones y subieron por Ios muslos
maltratando las medias de seda. También mi boca hacía su trabajo. Era
increíble, yo también podía, participaba, ponía en practica
lecciones aprendidas en mil películas prohibidas, me lanzaba
definitivamente al jolgorio sensual del serrallo de Madame Sophie.
Ya no se oían ruidos en
la planta alta; la algarabía de papá y Tati les cerraba el paso a las
voces jocundas que celebraban la vida en otras habitaciones. Hacía
demasiado calor. Papá se había quitado la camisa, sudada, daba saltos
de coribante o trapecista, según lo requisiese la melodía. Tati se
sorprendía de la vitalidad del viejo y¡ no sabía qué hacer para
detenerlo. Nancy y yo bailábamos, despreocupados, abrazados pese al
calor de la salita. De vez en cuando entraba Noemí con whisky, un Paradis
du Caraibe y dos ponches para las chicas. Noemí las miraba con
desprecio y preguntaba cuanquier cosa, se alisaba su mechón de
Tongolele, buscaba excusas para mirarme.
El salón está repleto.
Laura ha tenido que salir, casi ahogada por la pituita. Siguen entrando
amigos y subalternos a decirme cuánto querían a papá, qué buen jefe
era, y a deplorar, contritos, la pérdida de un hombre bueno y
solidario. No respondo ni me quejo. A veces doy las gracias por pura
cortesía. Todavía quedan trazas de incienso en el ambiente, pero el
vaho dulzón de las flores termina imponiéndose: penetra en la nariz y
viaja hasta el cerebro, le arranca el aliento fétido a las bocas
cerradas, apaga el amargor de los cigarrillos, se confunde con el aroma
del café. Papá sigue indiferente a todo, ya no le importa nada, estos
procedimientos insensatos carecen de sentido para él, bien sé que no
los aprobaría. Sin embargo, nada puede hacer para evitarlo, está
condenado a soportar, pacientemente, que la cáfila de la oficina y el
club le rinda hoy el tributo póstumo, le traiga coronas de gladiolos y
claveles rojos, eche una última ojeada al hombre que odia o estima y a
quien no conviene soslayar en el último instante.
—¡Hay que subir, mi
hijo se estrena hoy! —gritó papá, obviamente encendido por el
whisky.
Tati echó mano de una
botella a medio consumir y Nancy se apoderó de los cigarrillos y los
fósforos. Papá caminaba tambaleándose, intentaba sin éxito ponerse
la guayabera. Tati lo ayudaba a subir los escalones con gran esfuerzo,
lo agarraba por el cinturón y le hacía apoyar un brazo en su hombro.
Nancy y yo íbamos detrás, tomando precauciones porque temíamos que
papá se desplomase en cualquier momento. Tati señaló una puerta y
ambos entraron con estrépito. Antes de cerrar, papá nos miró con los
ojos vidriosos y aconsejó:
—¡Cójanlo suave,
pero cójanlo!
Estaba borracho, nadie
podía detenerlo en su carrera hacia la pérdida de la conciencia.
Nancy y yo entramos a la
habitación. Ella me abrazó por detrás y apoyó su cabeza en mi
espalda. Así estuvimos un rato: yo mirando la luz del sol que se
apagaba tras unas colinas lejanas, ella sobando y mordisqueando mi
cuerpo. Hasta ahí todo había marchamucho mejor de lo que imaginé
cuando la mujer abrió la puerta de par en par y papá y yo entramos a
la casa. Mis reflejos habían sido excelentes a pesar de la inhibición
que me produjeron las miradas de papá, la conversación banal de Madame
Sophie, la presencia de Tati. Para Nancy no fue difícil desnudarse, su
trabajo se redujo a un simple movimiento descendente del cierre y dos o
tres giros para despojarse de lo que quedaba. El vestido voló hacia un
sillón, las medias de seda quedaron en el espaldar de una silla y lo
otro sobre un ventilador.
—Voy a lavarme —dijo
con una voz inaudible.
Se lavó delante de mí
y luego secó el sexo depilado. Según su código erótico es posible
que esa fuese una escena de gran atractivo para los consumidores, que la
usase como cebo para despertar pasiones dormidas. A mí realmente me
causó extrañeza la imagen de la mujer aseándose en mis narices, e
incluso cierto desagrado que no le manifesté.
Nancy se acercó con
cautela gatuna y comenzó a quitarme la ropa. Ponía cuidado morboso en
ese acto sensual tan frecuente en su trabajo. Debía estar acostumbrada
a las posesiones violentas, a hombres que le sacan provecho a cada
segundo. Yo, en cambio, era un rorro, al que había que enseñar a hacer
las cosas. Y eso atraía su curiosidad, la encandilaba, provocara
ademanes y frases. Sin darme cuenta quedé desnudo sobre la carne. Nancy
contempló mi cuerpo con ojos voraces y pasó su mano por mi carne,
ahora hecha piel de gallina. Sentí vergüenza, giré la cabeza hacia la
pared, me cubrí con la sábana. Ese rechazo exacerbó su ánimo, pues
tiró de la sábana firmemente, aunque sin violencia, y descubrió mi
cuerno rígido. Mis reflejos se precipitaron a un grado cero, me sentía
incapaz de completar el juego que habíamos empezado en la salita, no
sabía cómo enfrentar a la mujer que tenía frente a' mí, que era toda
mía sin la menor reserva. Ella movió los labios inventó un gesto de
compasión y desagrado. Había comprendido que los novatos necesitan
confianza, deben botar la estúpida timidez y acercarse sin vacilaciones
al punto de goce óptimo.
—Si quieres te sobo
—sugirió apenada.
Le dije que sí con un
canijo movimiento de cabeza. Nunca había sentido tanta humillación,
tanto malestar. Nancy afanaba sobre mi cuerpo trasojado, dilaceraba mi
carne con sus dientes, sus manos vapuleaban mi sexo anémico. Yo me
esforzaba también, trataba de concentrarme, fantaseaba, buscaba en mi
memoria algo que pudiese ayudar en la tremenda tarea de apuntalar mi
virilidad, rescatar mi moral a la deriva. Por momentos parecía que los
reflejos empezaban a responder, el miembro se hinchaba, ergu la su
cabeza rojiza, se sostenía. Entonces Nancy se lanzaba contra él,
dispuesta a ser poseída (la enésima vez) por alguien que recién se
iniciaba. El muy cobarde se arqueaba, enflaquecía, se apagaba, quedaba
retorcido bajo el peso de la mujer.
Ninguno de los presentes
se atrevería a escupirme una insolencia, ninguno tendrá el coraje de
reírse de papá, alegando las raras circunstancias en que ocurrió su
muerte (papá murió anoche encima de una hembrita, en casa de Madame
Sophie). Sé que muchos comentan el incidente por lo bajo, sé que
durante muchos días el tema será la comidilla de reuniones sociales,
bailes, funerales, corrillos burocráticos. Todos lo saben, murmuran, se
burlan (por impotentes), saben que muy pocos (quizás ninguno) tendrán
la ventura de morir como él murió: en pleno centro de la dicha
pasajera. El muerto azulado que yace desde hace horas en el decoroso
ataud fue un parrandero obstinado para quien la vida tenía forma de
mujer, cara de mujer, voz de mujer.
Otros intentos
resultaron igualmente frustratorios. Nancy oprimió un botón en el
espaldar de la cama. Encendió un cigarrillo y luego me pasó la caja de
Kent. Jugaba con las volutas, me ofrecía una tregua, una
oportunidad de recuperar los puntos que tan ridículamente había
perdido. Yo no quería seguir allí, esperaba la llamada salvadora de
papá, su rescate inminente. Fumé sin deseos, temía la mirada
insidiosa de Nancy, las frases que me harían sentir aún peor. Apretó
de nuevo el botón y masculló algo. Segundos después tocaron. Ella se
levantó y caminó desnuda hasta la puerta. Por la abertura se colocaron
la voz arrogante de Noemí y un ojo enrojecido e intrigante. Nancy
mandó traer bebida y cerró sin darle tiempo para nada a Noemí.
—Animo, hombre, qué
te pasa —me dijo ella, casi maternal.
Yo no sabía dónde
meter la cara, de pronto mis reservas de agotaron y quedaba en manos de
aquella mujer sin poder moverme, sin razón de protestar, sin la menor
posibilidad de abandonar la cama torturante. No cesaba de preguntarme
qué diablos era lo que me pasaba. Nancy no era desagradable, tenía la
piel suave, of la bien, me gustaba. Yo no respondía, cuando llegaba el
momento de penetrarla mi sexo se encogía, negado de plano a ingresar
al túnel húmedo. Lo que me causaba más irritación era mi debilidad,
una debilidad injustificable. Yo creía haberme preparado para ese
momento decisivo, crucial en la vida del hombre. Jamás presentí un
derrumbe tan escandaloso. Es cierto que todos vamos con miedo, pero mi
caso era extraño. Nancy confiaba en su pericia. Es posible que temiese
alguna consecuencia de mi fracaso, tal vez no conseguir plata. A mí no
se me hubiese ocurrido decirle al viejo una palabra, habría sido como
confesarle que tenía lepra y que la virilidad se me caía pedazo a
pedazo. Él no iba a perdonar que le hiciese eso en casa de Madame
Sophie, que se corriese la voz de que su hijo era flojo y hasta cosas
peores.
Noemí trajo dos vasos,
una hielera, una botella chata. Nancy habló de las excelentes
cualidades afrodisíacas del whisky y me sirvió una cantidad enorme.
Bebí como un loco, sin medir los efectos.
—Así no, te vas a
emborrachar y luego nada funciona —dijo, lejana.
Trepó a la cama y
reinició la frotación de mis partes vulnerables. Me entregé,
dispuesto a enmendarme. Yo también sobaba, mordisqueaba, daba besos,
tenaceaba su cuerpo con mis piernas de balon celistas en agraz. Poco a
poco sentía que me volvían las fuerzas, que muy pronto sería capaz de
hacer lo que todo hombre completo hace, de demostrar que no estaba
impedido, que podía disfrutar de la vida como cualquier hijo de vecino;
le haría ver a Nancy que yo no me rendía en esa ciega lucha tenaz de
mi cuerpo contra el suyo. Me coloqué encima, busqué la entrada sin
hallarla. Ella señalaba el sitio exacto, pero yo perdía impulso,
sudaba, me desgarraba torpemente, sentía que el miembro renunciaba
demasiado pronto a su turgencia y rehuía, cobarde, ineficaz, el
contacto sedoso de la vagina.
A papá le quedan unos
minitos en este salón de espectáculos. Varios hombres retiran las
coronas y las llevan al carro fúnebre. Queda un vaho de rosas,
claveles, lirios. La atmósfera congestionada se carga de bisbiseos y
llanto de familiares. Unas tías, muy viejas, se aferran del ataúd,
gimen, estridulan con gritos desapacibles y lastimeros. No lloran la
muerte del hermano, sino las suyas. Las abrazo en silencio sin decirles
que no deben acongojarse, que quizás ellas vean a muchos de nosotros
partir al otro barrio antes de que se decidan a abandonar sus activos
panderos, la tibia penumbra de sus casas coloniales, sus sillones de
cordobán, los caldos de las once de la mañana, los novenarios en el
Convento. Sólo espero la llegada de Madame Sophie para dar la orden de
partida. Ella tiene que venir aunque únicamente sea para ver la vieja
cara maquillada de papá y lamentar esta pérdida con ademanes de
veterana actriz. No la he visto en años, pero aguardo su llegada, su
consuelo inefable. Vendrá a darle el pésame al hijo único de uno de
sus mejores clientes, a buscar la cuota de complicidad que tanto espera
de mí. Papá no debe ser retirado sin esas lágrimas postreras de su
amiga y proveedora de siempre. Comprendo que sería una insensatez odiar
a Madame Sophie y al submundo que ella encarna. Lo mismo me ocurre con
papá: hoy lo veo partir como a un viejo compañero al que no
desprecio ni estimo, aunque es posible que mi frialdad esconda una
venganza largo tiempo dormida.
Nos sentamos en el
balconcito que daba al campo. Nancy se había puesto una chilaba; yo
estaba vestido, tenía la cara macilenta de tando esfuerzo. Hablamos
bastante pero no tocamos el tema de mi incapacidad. Le había pagado sus
servicios con los billetes que me entregó papá antes de subir y ella
parecía contenta. Había sido recompensada por su paciencia. Me contó
su vida, tan lineal y folletinesca como la de tantas otras mujeres como
ella, me habló de los deseos de montar su propio local (más lujoso y
confortable que el de su patrona Sophie) y relató las oportunidades y
perjuicios de su trabajo en esta próspera ciudad que consume vorazmente
todo lo que en materia de diversión se le ofrece. Yo respiraba
tranquilamente, embedido en aquella historia, feliz de haberme zafado
del suplicio de la cama. En el fondo, la vergüenza me perseguía.
Los gritos de Tati nos
dieron la señal de alarma. Nancy y yo volamos al corredor y vimos,
azorados, un cuadro penoso: papá, desnudo, tambaleante, gruñía y
amenazaba a Tati con una botella. La había golpeado bastante y ahora
intentaba cortarla. Dos hombres (el licenciado y el ingeniero del
guiriguay) lo disuadían con firmeza, lo agarraban por los brazos, le
gritaban. Papá chillaba, maldecía, súbitamente transformado por no
sé qué causa. Tati no se atrevía a moverse del sitio en que la había
acorralado. Algunos clientes asomaban la cabeza y se quedaban observando
la trifulca, otros se acercaban y recomendaban soluciones estúpidas.
Madame Sophie amenazaba con llamar a la policía y retirarle al viejo su
confianza. Yo me acerqué, le pedí a papá que se calmase. Creo que
entonces se percató de que estaba desnudo y tuvo deseos de cubrirse.
—Llévenlo a mi cuarto
—sugirió Madame Sophie, calculando que había pasado el peligro.
Él se dejó llevar, no
tenía fuerzas, estaba borracho, intoxicado. Lo acostamos y la madame le
echó una sábana encima. Después que quedamos él y yo solos le puse
la ropa. No era una situación nueva, estaba cansado de desvestirlo en
casa, en circunstancias semejantes, pero ahora me sentía raro en aquel
estrafalario burdel.
Noemí trajo café y le
pedí que bebiera unos sorbos mientras le ataba los zapatos. Después
Noemí me ayudó a bajarlo e introducirlo en el auto. En la puerta,
Madame Sophie me dio un beso y me preguntó si tenía permiso de
conducir.
—Ton perè est bon,
mais il est très seul.
De vuelta a casa, papá
durmió todo el tiempo. La frase de Madame Sophie martillaba mis oídos:
“Tu padre es bueno, pero está muy solo”. Manejé con
cuidado, contento de que él no pudiese ver mi vergüenza, mis ojos
llorosos, mis manos vacilantes. Cuando entramos a la casa, me observó
con sus ojos adormecidos y, con voz pastosa y repugnante, dijo:
—Ya eres hombre, te
felicito.
Me encerré en mi cuarto
y no salí en todo el día.
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