José
Alcántara Almánzar
(1946—)
Reseña de Presagios de la noche (2006)
Ramón Luis Acevedo Marrero
Universidad de Puerto Rico
Recinto de Río Piedras
Revista de Estudios Hispánicos, U.P.R
(Vol. XXXIII, Núm. 2, 2006, pp. 271-274)
José Alcántara Almánzar, Presagios de la noche. Estudio preliminar de Nivea de Lourdes Torres. San Juan, Santo Domingo: Isla Negra Editores, 2005.
Presagios de la noche es la segunda antología de cuentos del escritor dominicano José Alcántara Almánzar. El libro es una publicación de la Editorial Isla Negra, editorial dominico-boricua con sede en Puerto Rico que ha hecho mucho por acercar literariamente a las Antillas de habla hispánica. Esta antología contiene quince relatos pertenecientes a los cinco libros de cuentos que el autor ha publicado hasta ahora: Viaje al otro mundo (1973), Callejón sin salida (1975), Testimonios y profanaciones (1978), Las máscaras de la seducción (1983) y La carne estremecida (1989). La selección se enriquece con un estudio preliminar de la Dra. Nivea de Lourdes Torres, autora de El enigma de las máscaras, excelente y abarcador estudio de la cuentística de Alcántara publicado por la misma editorial.
La selección ha sido hecha por el propio autor. Se trata, por lo tanto, de una antología personal. De los quince cuentos incluidos, nueve corresponden a sus últimos dos libros, lo cual implica una preferencia por lo más reciente. Nivea Torres ha señalado que su cuentística evoluciona, en términos generales, de la preocupación por lo social hacia lo psicológico, lo existencial, lo fantástico y lo grotesco. La selección se inclina en esta misma dirección.
La primera antología del cuentista dominicano, El sabor de lo prohibido, publicada en 1993 por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico, reúne doce relatos, un ensayo del autor titulado “La aventura del cuento”, y un prólogo del Dr. Efraín Barradas titulado “José Alcántara Almánzar en su contexto caribeño”.
Resulta significativo que ambas antologías hayan sido publicadas en Puerto Rico con prólogos de críticos boricuas. Esto ha convertido a Alcántara en uno de los narradores dominicanos mejor conocido en Puerto Rico, lo cual resulta muy justo, ya que él ha sido de los pioneros en dar a conocer la narrativa puertorriqueña contemporánea en su país.
Las dos antologías son perfectamente complementarias. Ambas son antologías personales y el autor ha tenido el cuidado de no repetir en la segunda los cuentos ya incluidos en la primera. Por suerte, la calidad y la cantidad de los cuentos de Alcántara permiten la creación de dos buenas antologías. Así las cosas, hay excelentes cuentos en la primera —“El zurdo”, “La reina y su secreto”, “La insólita Irene”— y hay también excelentes cuentos en la segunda —“El y ella al final de una tarde”, “Deborah en el recuerdo” e “Inventando que mueres”.
También se complementan los respectivos prólogos, parte muy importante de ambas publicaciones. El de Barradas tiene un carácter más ensayístico, más reflexivo y subjetivo; el de Torres es más informativo, más sistemático y riguroso, y se concentra más en los propios cuentos. El primero reflexiona sobre la falta de difusión y el desconocimiento de la literatura dominicana fuera del país; sobre la voluntad de ser caribeños de los escritores de la región y sobre la necesidad de ver a Alcántara dentro de su contexto regional y nacional. El contexto caribeño y dominicano del que nos habla Barradas es sobre todo literario y la literatura dominicana, en este caso, tiende a concentrarla en el gran maestro del cuento Juan Bosch. De Alcántara, específicamente, destaca el carácter urbano y dominicano de sus relatos, su fascinación con las dimensiones ambiguas de la naturaleza humana y su controlada innovación técnica.
En su estudio preliminar, “José Alcántara Almánzar: del neorrealismo a lo fantástico grotesco”, Nivea Torres, por su parte, repasa brevemente la crítica sobre el cuentista, lo ubica en forma precisa entre los escritores dominicanos del setenta, marcados por el Boom y la agitación sociopolítica postrujillista, y luego propone la división de su narrativa en tres grandes tendencias que ya había explorado en su libro: neorrealismo social, neorrealismo psicológico y lo fantástico y grotesco. La estudiosa subraya específicamente cómo todas estas tendencias se manifiestan en los cuentos de esta segunda antología. Abundan las atinadas observaciones, no sólo sobre el contenido de los relatos, sino también sobre las estrategias narrativas que potencian su sentido. Sobresalen sus comentarios iluminadores sobre lo fantástico y lo grotesco en estos cuentos, enfocados desde las conceptualizaciones de reconocidos teóricos como Wolfgang Kayser, Tzvetan Todorov y Mijail Bajtin. Aunque este estudio preliminar nos incita y nos prepara muy bien para la lectura de los cuentos, también puede leerse al final como una recapitulación de la antología que nos demuestra su valor.
La selección se inicia con un cuento temprano que muestra la inclinación constante de Alcántara hacia lo fantástico, inclinación que queda ampliamente demostrada por esta antología. El relato, “La muchacha que conocí en Guadalupe”, corresponde a su primer libro, Viaje al otro mundo, publicado en 1973. Se trata de un clásico cuento sobre fantasmas. Un joven estudiante dominicano va a Martinica a tomar un curso intensivo de francés durante un verano. Retraído, solitario, a pesar del nutrido grupo internacional de estudiantes que le rodea, conoce a una joven francesa, de aspecto y conducta extraña, con quien sostiene una intensa relación amorosa. Antes de terminar el curso, ella desaparece y al buscarla desesperadamente, el muchacho se entera de que ha muerto ahogada un año antes. Es la clásica anécdota del cuento fantástico y Alcántara maneja con destreza los trucos del género. Narra el protagonista, narrador poco confiable, quien llega a dudar de la realidad de lo que ha vivido y al final padece de fiebres y delirios. No hay testigos que puedan dar fe de la existencia de la muchacha, quien le confiesa que no tiene futuro y sólo habla del pasado. Además, se muestra extrañamente fría y pálida, a pesar de su atractivo erótico. El cuento, que también es una crónica de la estadía del estudiante en la isla caribeña de cultura francesa, logra crear la atmósfera adecuada y fluye con naturalidad por el seguro manejo del lenguaje. No obstante, sigue demasiado de cerca las convenciones del género y resulta bastante predecible.
En futuros cuentos incluidos en el libro, Alcántara se muestra mucho más original, incluso en otro relato contemporáneo al anterior que resulta enigmático y que evidencia el manejo efectivo de una técnica experimental aplicada al tema de la persecución política en su país: “Viaje al otro mundo”. En “Él y ella al final de una tarde”, se recurre también a la clásica confusión entre dos niveles de la realidad, aquí la vigilia y el sueño. Los personajes al final despiertan sólo para comprobar que la vigilia es idéntica a la pesadilla que han soñado. Sin embargo, la fantasía adquiere un giro original al ser dos deambulantes haitianos los protagonistas del relato que, por su simpatía hacia ellos, recuerda a “Luis Pie” de Juan Bosch. En “Noche de luna gris”, una historia de abuso, violencia y crueldad, lo fantástico está en la ambigüedad de la voz narrativa que sólo hacia el final identificamos como la de una gata. En este cuento, la violencia y el resentimiento se acumulan para estallar con inesperada fuerza vengativa de una manera que nos recuerda “El zurdo”, uno de los relatos mejor logrados y más conocidos del escritor dominicano.
Encarnación del resentimiento y la violencia es también la protagonista y narradora de “Inventando que mueres”. Esta mujer, viuda antes de casarse por un desgraciado accidente automovilístico que sufre su prometido, envejecida y endurecida física y emocionalmente por la desgracia, se convierte en Medusa que fulmina y mata con su feroz mirada. “Estaba convencida”, nos dice, “de haber descubierto el poder aniquilante de mis ojos y, no sé por qué, en lugar de juzgarme miserable, me inundaba una sensación de alegría y un inusitado vigor nutría mis arterias e intensificaba el brillo de mis ojos” (p. 141). Al final, oscilamos entre interpretar lo que ocurre como real o como mera imaginación calenturienta de una mujer frustrada y resentida que ha enloquecido.
Nada hay realmente fantástico en “Deborah en el recuerdo”, uno de los mejores cuentos de Alcántara. La anécdota es completamente verosímil y podría ser hasta vulgar, si se tratara de otra forma. Sin embargo, Alcántara logra potenciarla y proyectar la sensación inquietante y la atmósfera ambigua que asociamos con el género. El cuento es una reflexión sobre el erotismo, la seducción y el poder destructor del tiempo. El protagonista, después de varios años, se detiene frente a la puerta de la casa de Deborah, la mujer que lo inició sexualmente y que ahora vive solitaria y recluida, constituyendo un enigma para los que la conocieron. Mientras vacila en oprimir el botón, recuerda sus relaciones turbulentas con ella, quien lo sedujo y lo “devoró” cuando apenas tenía dieciséis años y ella podía ser su madre. “Debo insistir en que eras soberbiamente hermosa (creo que eso fue lo que me perdió) a pesar de que podías ser mi madre” (p. 120), reflexiona el hombre. El cuento se desarrolla así en dos tiempos: en el presente, el protagonista está frente a la puerta, debatiéndose entre oprimir o no el botón del timbre y enfrentarse a su pasado. Mientras tanto, evoca la historia de su iniciación sexual que termina abrupta y trágicamente con el escándalo y la separación forzada. Al igual que en “La reina y su secreto”, aquí el adulto tiende sutilmente sus redes para atrapar al inocente e introducirlo en un mundo de placer y perversión, aunque en este caso el seducido nunca es forzado. Aparte de la iniciación en las drogas y el sexo, hay connotaciones incestuosas en la extraña relación entre el adolescente y la mujer madura.
El efecto del relato se acentúa también porque es un cuento a dos voces que, paradójicamente, asume la forma de un monólogo. El hablante es el mismo; lo que cambia es el destinatario. Este oscila entre un narratario impersonal y externo, y la propia Deborah que, aunque no está presente, se le dirige parte del monólogo. El final, sorpresivo, pero bien motivado, unifica los elementos dispersos e ilumina las motivaciones profundas del personaje quien en realidad ha venido para liberarse del hechizo de la “bruja”, para “asesinar un recuerdo” (p. 124) que es al mismo tiempo placentero y doloroso.
Hay otros cuentos que también, por diversas razones, se destacan del conjunto. “Visiones al amanecer” conjuga en forma admirable el efecto fantástico con la intención de presentar críticamente las lacras de la sociedad dominicana. “La forza del destino” resulta excepcional, dentro de la producción de Alcántara, por su acercamiento a la sátira y el humor hiperbólico y carnavalesco. “El día del concierto” es la crónica que hace una hija amorosa y compasiva de la enfermedad y muerte de su padre, y de la indiferencia y dureza de la madre, concertista a quien únicamente preocupa su desempeño como artista. La descripción de fotos del álbum familiar constituye un eficaz contrapunto, cronológicamente invertido, que completa la historia y establece una oposición entre el presente y el pasado.
Concluimos, pues, con palabras de la prologuista, principal estudiosa del autor, que resumen el valor que ella le otorga a la cuentística de José Alcántara Almánzar:
Su narrativa se nutre de las vivencias y experiencias personales, de la voz colectiva de un pueblo que clama por justicia, de los individuos que luchan por sobrevivir ante las crisis interiores y exteriores que los acosan, y de su propia imaginación. En su obra la palabra cobra vida y el lector vive las alegrías y los pesares de los personajes. En toda la cuentística de este excelente escritor dominicano la imaginación y la realidad se confunden para de esta manera transformar y cautivar al lector. Todo esto se logra gracias a su lucidez como escritor, su dominio técnico y estilístico, y su conciencia del oficio del narrador, (p. 26)
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