José
Alcántara Almánzar
(1946—)
Rumbo al mar
Viaje al otro mundo
(Santo Domingo: Editora Taller, 1973, 131 págs.)
Las aguas del Ozama me han traído hasta aquí. Este viaje
no es el resultado de un acto volitivo; tampoco la forma en que
lo he realizado. Mi recorrido sobre las aguas turbias del río se
ha visto obstaculizado por varios hechos imprevistos. Caí al
agua aventado por una fuerza enorme en una parte fangosa
y fría del río y eso me impidió moverme de inmediato. Allí
estuve clavado, mientras se inundaba mi interior, hasta que
una corriente me impulsó con tanto brío que logró sacarme
del lodo. En esa orilla cenagosa en que me encontraba, casi
totalmente metido en el lodo, no tuve ningún percance, nada
me molestó durante esos interminables minutos, pero hubiera
sido preferible quedarme allí, al amparo de los médanos.
Continué con rapidez por la parda superficie del río. Mi
forzosa salida se produjo en una indeterminada hora. Venía
acompañado de troncos, hojas podridas, cartones deteriorados,
pedazos inservibles de madera y restos de basura que lograron
flotar fácilmente y seguían mi ruta: latas de jugo oxidadas,
botellas de ron vacías, papel periódico, cáscaras de plátano
y no sé cuántas cosas más. No era buena compañía, pero
habíamos partido juntos y yo no podía evitarlo. Ahora estoy
aquí, en el acantilado, quieto, bajo el sol radiante de mayo, un
día en que las gaviotas sobrevuelan cerca de la playa y más
allá, en las proximidades de Sans Souci, las golondrinas están
anunciando que los aguaceros van a seguir esta tarde. Antes
de llegar al pie de este acantilado y que la furia de las olas me
arrojara sobre la playa obligándome a permanecer en espera
de que otras olas me ayudaran a salir del fangal, un aceite negruzco
me pringó el cuerpo a medida que me alejaba del puente.
Ese aceite es tal vez un residuo de los cargueros (por cierto
que no vi ninguno) que vienen al puerto. Del muelle salía una
humareda que se intensificaba de cuando en cuando al menor
golpe de viento. Pude notar que los depósitos habían sido
destruidos casi por completo y que mucha mercancía estaba
definitivamente arruinada. No se veía trabajando a la muchedumbre
de siempre, a pesar de ser día laborable. Hoy es lunes
y el muelle no tiene actividad. Bueno, eso mismo le pasa al
resto de la ciudad, paralizada involuntariamente desde hace
algunas semanas.
Pues cuando llegué al muelle, tropecé con unos maderos
y no pude reanudar inmediatamente mi ruta hacia el mar. Un
soldado que hacía ronda por los alrededores, fatigado por la
espera enojosa que no acaba nunca, me vio. Desconfiado, cuidándose
de no ser visto, ocultándose tras una maquinaria aún
en pie, estuvo observándome un momento, tratando de descubrir
mi identidad. Imposible. Imposible como en todos los
casos hasta el presente: nadie ha podido ayudarme o identificarme.
Repuesto de la sorpresa, quiso darme una manito para
que saliera del agua. Se agachó, tomó la carabina por la culata
y trató inútilmente de sacarme de entre los maderos y llevarme
a tierra. Él estaba muy cerca del agua, expuesto al peligro de
los ojos enemigos, queriendo ofrecer socorro a una yola a la
deriva. Buscó entonces un pedazo de metal entre un montón
de chatarra. Trató de nuevo, esta vez con más éxito. Logró
agarrar parte de mis sogas y casi logra acercarme a la orilla si
la punta del fleje no hubiera cedido a la resistencia que opuse
sin proponérmelo. Por poco cae al agua. Tuvo que ocultarse de
nuevo porque comenzaron a dispararle desde el otro lado del
río. Así pasaron algunos minutos en que intentaba venir en mi
rescate y tenía que volver reptando a su escondite, perseguido
por las balas. En esos minutos vinieron a molestarme decenas
de peces que trataron de comerme boca, pies y manos. ¿Por
qué no iban a la basura que estaba todavía atrapada junto a mí
en los maderos? Me pude dar cuenta de que sólo comían de
ella los peces más pequeños y que los grandes preferían morderme
las extremidades. Fue bastante desagradable y al mismo
tiempo cosquilleante, pero por suerte aquella tortura no duró
mucho. Para aumentar la soledad y el tedio del soldado que
no dejaba de mirarme desoladamente desde la humareda del
muelle, sin poder salir de su escondite, otro golpe de agua favoreció
que yo siguiera desplazándome en una superficie ahora
más clara y menos lodosa. El agua se hacía cada vez más tibia
porque sin duda la proximidad del mar le calentaba las entrañas
a la ría. Al llegar a la confluencia, yo, que había estado
viajando de cara al cielo pálido de la aurora fui zarandeado
por el remolino que me atrapó y que en1112.0seguida dispersó
con bravura a mis acompañantes, dejándome completamente
solo. Fueron vueltas horribles que me recordaron la primera
vez que traté de nadar: tragar agua, sentir un zumbido en los
oídos, un golpe insoportable en el estómago y la sensación de
que todo el mundo está al revés. Así abandoné el muelle, ante
el silencio indiferente del Alcázar de don Diego, es decir, de
sus muros posteriores.
Después me enfrenté al mar y sus peligros. La agitación de
las aguas impidió que los tiburones se me acercaran al principio,
pero no bien llegué a un punto muerto de la corriente,
vinieron presurosos en mi búsqueda. Unos cuantos cortes me
dejaron las extremidades convertidas en muñones. No sangré
mucho. Unas horas antes de que me arrojaran a la corriente
del río había perdido casi toda la sangre, tendido en el piso de
la improvisada celda. Por eso tal vez los tiburones me dejaron
avanzar navegando mar afuera, sin tocarme otra vez. Por
ahora les bastaba con lo que habían conseguido. Las olas, que
en perenne lucha con el rompeolas semidestruido fuerzan por
quedar completamente libres, me han hecho encallar al pie de
este acantilado, sobre la arena mojada que ya comienza a calentarse.
He permanecido quieto, sin el más ligero movimiento
durante media hora. Una miríada de moscas golosas que sin
duda proviene de los humeantes basureros de la ciudad ha percibido
el olor de mi carne y no cesa de posarse en mi cuerpo.
Me tocan, me lamen, se lanzan contra mi carne húmeda, hacen
toda clase de alocados vuelos y sonidos, bailotean como si
festejaran el festín, parecen alejarse, zumban, vuelven. Es horrible.
Un hombre no vale nada cuando no goza ni siquiera del
respeto de las moscas. Con ellas han venido también, primero
un niño, luego dos más y ahora ya hay ocho o diez personas
que imagino señalándome, llevándose las manos a la boca con
claras muestras de pavor.
—“¡Un cadáver, no tiene manos ni pies!”.
—“¡Tiene los brazos amarrados a la espalda!”.
—“¡Qué horror!”
—“¡Se parece al que vimos en el rompeolas anteayer!”.
Yo voy sintiéndome incómodo, porque no me gustan las
comparaciones ni me siento halagado cuando se me toma
como espectáculo público. Siempre he sido un tipo serio. Aparte
de las moscas que son un verdadero fastidio, ahora está toda
esa gente tratando de ver quién soy y queriendo identificarme
(porque no pueden ver mi cara: estoy tendido de bruces y sólo
puedo oír sus voces, cada instante más cercanas).
—“¡Busquen una soga, vamos a subirlo!”.
Quisiera saber lo que pasará después que lleguen aquí y
vean mi cara y sepan por fin quién soy. Agradezco a las olas
que no puedan hacerlo: ya lo único que deseo es estar solo.
—“¡Dame la soga, rápido!”.
Las olas están llegando con más fuerza, casi me arrastran,
siento que la arena va deshaciéndose bajo mis piernas. Las
moscas se espantan asustadas cuando la espuma salada me
salpica. Oigo gritos distintos a los de hace un momento y pienso
que han llegado a un punto que les obliga a detener el descenso:
si caen sería fatal, las rocas aquí abajo son filosas.
—“¡Sujétame bien… No, así no… Así!”.
Las olas me llevan, primero las piernas y el tronco, después
el tórax y la cabeza. Los gritos crecen.
—“¡HAY UN HUECO AQUÍ ABAAAJOOO, NO PUEDO
SEGUIIIR!”.
Mi improvisado salvador está tan cerca que puedo sentir
su respiración. Si tuviera más imaginación y menos miedo podría
llegar fácilmente. No lo hará. No le teme a la altura sino
a mí. No veo su cara pero puedo adivinar su expresión, una
cara donde saltan unos ojos aterrorizados. Siento de nuevo los
gritos, el hombre parece que sube. Aspaviento general.
—“¡Necesito más ayuda!”.
Otros han sido más inteligentes. Un grupo de chiquillos
baja ahora a la playita. Sólo tienen que salvar un trecho de
agua furiosa y podrán rescatarme entonces. Una ola gigante
me separa considerablemente de la ribera, voy alejándome
acunado por el graznido de las gaviotas hambrientas que empiezan
a acercarse, atraídas por mi cuerpo. Comienzo a desplazarme
en la superficie nuevamente. Los gritos me siguen
por el rompeolas semidestruido. Se detienen allí; no pueden
continuar. He salvado algunos cientos de metros, los disparos
del lado enemigo comienzan de nuevo y las voces se desvanecen
de golpe: todo el mundo busca refugio.
Estoy en alta mar. Mi cuerpo es ahora una yola de pescadores
que navega sin tripulación.
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