Autor en español

Experimento sin título

Callejón sin salida (Santo Domingo: Editora Taller, 1975, 136 págs.)

José Alcántara Almánzar (Santo Domingo, República Dominicana, 1946-)

Unos últimos apretones del índice y el pulgar lograron hacer salir Querida Alicia: Vas a creer que te escribo esta vez porque estoy aburrida sólo dos gotas acuosas, insuficientes para cubrir la demanda del sietemesino. y quiero matar el tiempo en algo. Te ruego cambies de idea y perdona que Lengua y labios afanosos pidiendo más, pero tu mamá estaba seca, le escriba tan seguido sin esperar siquiera tu respuesta. Sé que estás completamente fláccida sobre tu pecho negro, brillante de grasa. Hiciste bastante ocupada y no puedes darte el lujo de malgastar tus ratos de un gesto de resignación y dejaste que el niño enchufara la teta en su boca. descanso, pero comprenderás que no tengo otra amiga de tanta confianza como Sabías que no iba a sacar nada y lo dejaste. Con los otros la leche duraba tú con quien pueda hablar las pocas cosas interesantes que ocurren en mi un año, podías alimentar al grande aun cuando ya comía sólidos, y al que vida. Pues resulta que el día de mi cumpleaños Pablo me autorizó comprar no había echado dientes todavía y ya gateaba en el piso de tierra de la y escoger lo que quisiera en las tiendas que nos dan crédito. Siempre voy rancheta. Te llevaste la mano a la greña, la bajaste por la cara arrasando con mamá cuando quiero que lo escogido sea bonito —ya sabes que tiene buen el sebo de la frente, la nariz y los pómulos. La leche se te acaba muy gusto—, pero quise cambiar sólo por ese día y decidí irme sola. A Pablo rápido. Un mes y el calostro no espesa, no se hace leche, no pasa de agua no le agradaba la idea, tú sabes cómo es de anticuado (si supiera lo de de cal turbia que disminuye y se extingue totalmente el día menos pensado. Guillermo cuando él hacía viajes), mas lo convencí, diciéndole que no me Miraste por la ventana, en la calle se alzaba un oleaje de humo, de papeles iba a comer un león a las diez de la mañana en pleno Conde y por fin dijo y hojas secas. No te quedaba otro remedio, habrías de irte a la casa donde que sí. Casi no dormí esa noche, pensando qué haría, dónde encontraría las todas las mañanas reparten comida a los de tu barrio. Era inútil esperarlo cosas mejores. Ya había escrito en un papel lo de las tiendas y no me parecía a él. No llegaría, no vendría. dejaría pasar un tiempo (el necesario para suficiente (soy tan ansiosa). Tú sabes cómo es la mente humana, que que el niño creciera) y volvería después, justo al año, con una nueva vuela y no hay quien la atrape, así que estuve revolviéndome toda la historia de justificación. santa noche en la cama hasta que Pablo se despertó, creyó que estaba con Te lanzaste a la calle y un corro de mujeres descalzas te envolvió. jaqueca y me trajo un vaso de agua y me hizo tomar un calmante. Luego se Te dejaste llevar por el remolino largas cuadras sin decir palabra. Las durmió como un lirón mientras yo, desvelada, lo oía roncar. Quería contarle demás iban también en la búsqueda diaria, para tí era la primera vez que mis planes pero él es de los que les importa un guandullo que una hace, te tirabas a la calle en un acto de cobarde necesidad. El hambre te aguijoneaba, lo mismo le da que oigas la radio o que veas la televisión y como el pobre tu niño abría los ojos ya desorbitados, agarrándose a las tetas trabaja muchísimo, lo dejé roncar —después de años de matrimonio ya eso no caídas. Las mujeres parloteaban casi alegres, despreocupadas, en esta diaria me molesta— y esperé la mañana sentada en la cama, mirando las agujas del peregrinación. A su paso las miraban con recelo desde las puertas reloj y oyendo las campanitas cada hora y el taquetaque de la llave del semiabiertas y los balcones adornados con tiestos de flores, pero los lavamanos. mirones sabían que ustedes se iban a detener en la casa grande donde todas Después que Pablo se fue para el trabajo decidí que era mejor no ir las mañanas reparten. Perdiste por momentos el ritmo de la marcha, las al salón: no vale la pena gastar unos pesos para irse al Conde en día de otras se te adelantaron mientras te recostabas de algún poste a recuperar trabajo, sobre todo en la mañana cuando es difícil que las amigas la vean energías. Tu negrito tiraba de las greñas y se quejaba de vez en cuando; a una. Me vestí y salí tan rápido que olvidé la cartera sobre la cama y tal vez a él también lo acabaría el sarampión, como a los otros. Era muy tuve que devolverme. En el Conde comencé a sudar y a poco noté que había tarde cuando los llevaste al hospital. Complicaciones, dijeron allá, muy elegido una mañana fatal para salir. Me preocupaba que se me corriera el tarde, hay que venir con tiempo. make-up, tú sabes lo palurda que se ve una con el make-up corrido. Me El paso se fue haciendo más suave, las calles iban descendiendo, ahora acerqué a una vitrina donde estaban exhibiendo zapatos monísimos, vino el caminabas por aceras, ahora había árboles, ya no tanto ruido, el aire dependiente a ver qué deseaba y yo no se apure, estoy viendo, y él detrás refrescaba, qué bonito todo; te acordaste de tu niñez, cuando te trajeron de mí que no me soltaba. Al fondo del escaparate había un espejo enorme, a la capital y la guagua pasó por un lugar como éste. De eso hacía tantos de esos en que el cliente ve lo mal calzado o vestido que anda y se anima años, habían ocurrido tantas cosas, pero qué bonito todo. Se oían ladridos a comprar. Me miré casi involuntariamente y no lo vas a creer: parecía de perros, te asustaste y trotaste como yegua vieja, siempre con el negrito como si no me hubiera puesto make-up. Imagínate, sin make-up cuando ya una al hombro. Todavía había que caminar un buen pedazo, era temprano, la hora está en el segundo debut y todo. De cejas se me veían dos rayitas finas, fresca, deseaste que no hubiera mucha gente porque la gente daña todo, se descoloridas, los ojos pelados como una ratona y la cara, en general, de amontona en la puerta, los guardias no dejan pasar y todas tienen que una palidez de muerte. Sospeché que el tipo de la zapatería no paraba de regresarse con las manos peladas. sonreir porque me creía una barragana cualquiera por la cara de enferma Ya había una fila que daba la vuelta a la cuadra, una serpiente se que tenía. Caminé rápido, me metí en La Opera, fui derechito a la cafetería movía sin avanzar, parecía que avanzaba, se plegaba y replegaba y nadie y en lo que me servían un refresco me maquillé. Cuando abrí la polverita movía un paso. Estabas al final de la cola, con el niño guindando del vi mi cara tan normal, apenas un sudorcito en la punta de la nariz; lo brazo, a horcajadas sobre la cadera. El sol se había colocado en arreglé todo con dos motazos: los ojos, las pestañas y las cejas perfectos, un punto alto, empezaban a sentirse tirones, alguien trataba de encajar en la boca como acabada de pintar, todo en regla. La muchacha de la barra me la fila. Por lo menos después de mediodía lograrías entrar en la casa y tranquilizó asegurándome que lucía bien. Como soy de las que no se dan por recibir tu funda con pollo, harina, aceite y leche en polvo. Te habían vencidas a la primera, tomé mi cocacola con calma y cuando me sosegué dicho que estaban haciéndolas muy completas, que para fiestas patrias les volví a la calle llena de confianza en mí misma. ponían manzanas. Tenías que conseguir el tiquete de pase, asegurarte que Me sentí desnuda al salir, te juro. Estuve frente a una tienda de podrías volver. Te habían dicho que había que declararse partidaria, afiliarse artículos para el hogar, pasé por una disquera pop donde tocaban lo último y dijiste que estabas dispuesta a cualquier cosa. El sí que no de la Streisand (¿se escribe así? ), compré una barquilla de leche y volvería; andaría levantando dinero para beber aguardiente. El sudor te entré en el sector de las telas monas. Los maniquíes y el olor de la tela salía de la cabeza y la cara; inútil pasarte la mano: demasiada agua y me hicieron zambullir en una tienda. Creo que ya te he dicho alguna vez sal, bulla, negrito chupando tetas secas, cagándose en medio de la fila, que me fascina acariciar sedas, tocar su fría suavidad, que adoro el mamando bobos y comiendo tierra. jersey, me encantan la crema batida y los crespones. Tocando, mirando, Se veían algunas mujeres con fundas a la cabeza —eran partidarias—, sacando cuentas, me acerqué a una columna. ¡Qué susto cuando choqué contra estaban afiliadas o decían estarlo. La fila no avanzaba mucho, la serpiente ella y al volverme el espejo! No vas a creerlo pero te juro que me vi desnuda se movía llena de tensión, parecía que alguna mujer quería meterse a las de la cintura para arriba. ¡DESNUDA! Mira si lo estaba que podía ver malas. Los policías amenazaban, pedían orden, iban a suspender el reparto. el lunar del pecho y la mancha de nacimiento sobre el pezón izquierdo. Mi Sentías una flojedad terrible en las piernas. Astenia. El negrito tirando primera reacción fue la de cubrirme con una pieza de tela; era un peso del brazo, del cuello, torturándote con manitos que recién acababa de enorme. Una chica de la tienda quiso ayudarme y la rechacé avergonzada, descubrir, parecía que iban a sacarte, no querías decir nada, sabías que luego dejé la pieza en su sitio. Ella me preguntó si ocurría algo al verme ibas a conseguir la funda pero debías ser paciente. Aguantar de pie con tan rara. Reculé unos pasos, miré el espejo, la muchacha me observaba esa debilidad. Un empujón fuerte, la fila se movió, hizo curvas, te agarraste indudablemente sorprendida. Yo no admitía reconocerme normal; todo de la que estaba delante y ella se sacudió, un polvazo rojo salió estaba en orden como al salir de casa: mi blusa de dacrón y encajes, blanca, de la tierra, algunos golpes secos se oyeron, te pareció que cada palo de cuello triangular, las mangas tres cuartas. Compré unos cortes de hacía que quien lo recibía perdiera la cabeza: cada palo cortaba una cabeza seda fría y dejé que se me pasara el susto antes de volver a la calle. dos, tres... todas caían al suelo y rodaban sin sangre, como cabezas Todavía con la boleta de pago frente a la cajera, la tendera me miraba de muñecas de trapo; abrías los ojos, ya no podías sostenerte en pie. Una compadecida. En la calle deseé no encontrarme con conocidos; estaba tan vieja gorda recibió un palo en la pierna y ésta se le desprendió del cuerpo turbada que no habría sabido actuar. Caminé mirando la acera, dudando de y llegó a la cuneta, lo mismo con una prietica y con otras. Brazos. lo que había visto y atribuyéndole la causa del asunto a mi avitaminosis, cabezas, piernas, el molote en el portón, pollos, harina, aceite, autos, cosa que nunca he corregido del todo desde el aborto último, tú recuerdas. negritos. Te quedaste fuera de fila; de hecho la fila había desaparecido Al cruzar la esquina más populosa los silbidos y palabras melosas se y tú permaneciste arrinconada en un pedacito de cuneta, quizás te pisotearan multiplicaron, como si ahora anduviese desnuda de veras; casi sentía que me porque te dolía el cuerpo, el negrito jugaba en la cuneta, engullía manoseaban. que un tipo me agarraba del brazo y otro me embestía al cruzar una cáscara de guineo. Con parsimonia se la quitaste, la arrojaste a la la calle, un verlladero asco. Me acerqué a otra tienda y volví a refugiarme calle, le limpiaste las manos con tu vestido, miraste los carros de la en los escaparates: volví a verme desnuda, estaba desnuda o debía estarlo avenida, escuchaste sus ruidos, viste las caras satisfechas de los guardias frente a un grupo de tipos que gozaba suciamente a costa mía. Llamé a un que custodiaban la casa, caras satisfechas y adormiladas de la hora de la público y le pedí que me trajera a casa. La muchacha abrió, Pablo vino en siesta, el patio de la casa, la acera llena de conos de yum-yum, de barrenderos. seguida de la oficina cuando lo llamé por teléfono y me halló en cama, La puerta de la mansión ya estaba cerrada y hasta mañana no volverían temblando, presa del delirio. He estado reponiéndome durante una semana. a repartir. Si querías ganar un puesto debías quedarte en la puerta, Ahora llevo lentes; he querido mirarme en el espejo, no puedo. Terminé muy junto a la verja para que te vieran, te conocieran, supieran quién con Guillermo, eso no volverá a ocurrir, Pablo es divino. Lo del Conde no eras, que estarías allí por más de veinticuatro horas y tenías necesidad me parece una ilusión, pero dudo que fuera cierto. ¿Quién diablos me creería? de una funda aunque para ello tuvieras que declarar tu fervor y afiliarte Sólo tú, mi amiga. ¿Qué piensas de todas estas idioteces? Besos, Eva. incluso al partido.
Leer seguido sólo el primer texto (el relato en segunda persona)

Unos últimos apretones del índice y el pulgar lograron hacer salir sólo dos gotas acuosas, insuficientes para cubrir la demanda del sietemesino. Lengua y labios afanosos pidiendo más, pero tu mamá estaba seca, completamente fláccida sobre tu pecho negro, brillante de grasa. Hiciste un gesto de resignación y dejaste que el niño enchufara la teta en su boca. Sabías que no iba a sacar nada y lo dejaste. Con los otros la leche duraba un año, podías alimentar al grande aun cuando ya comía sólidos, y al que no había echado dientes todavía y ya gateaba en el piso de tierra de la rancheta. Te llevaste la mano a la greña, la bajaste por la cara arrasando el sebo de la frente, la nariz y los pómulos. La leche se te acaba muy rápido. Un mes y el calostro no espesa, no se hace leche, no pasa de agua de cal turbia que disminuye y se extingue totalmente el día menos pensado. Miraste por la ventana, en la calle se alzaba un oleaje de humo, de papeles y hojas secas. No te quedaba otro remedio, habrías de irte a la casa donde todas las mañanas reparten comida a los de tu barrio. Era inútil esperarlo a él. No llegaría, no vendría. dejaría pasar un tiempo (el necesario para que el niño creciera) y volvería después, justo al año, con una nueva historia de justificación.

Te lanzaste a la calle y un corro de mujeres descalzas te envolvió. Te dejaste llevar por el remolino largas cuadras sin decir palabra. Las demás iban también en la búsqueda diaria, para tí era la primera vez que te tirabas a la calle en un acto de cobarde necesidad. El hambre te aguijoneaba, tu niño abría los ojos ya desorbitados, agarrándose a las tetas caídas. Las mujeres parloteaban casi alegres, despreocupadas, en esta diaria peregrinación. A su paso las miraban con recelo desde las puertas semiabiertas y los balcones adornados con tiestos de flores, pero los mirones sabían que ustedes se iban a detener en la casa grande donde todas las mañanas reparten. Perdiste por momentos el ritmo de la marcha, las otras se te adelantaron mientras te recostabas de algún poste a recuperar energías. Tu negrito tiraba de las greñas y se quejaba de vez en cuando; tal vez a él también lo acabaría el sarampión, como a los otros. Era muy tarde cuando los llevaste al hospital. Complicaciones, dijeron allá, muy tarde, hay que venir con tiempo.

El paso se fue haciendo más suave, las calles iban descendiendo, ahora caminabas por aceras, ahora había árboles, ya no tanto ruido, el aire refrescaba, qué bonito todo; te acordaste de tu niñez, cuando te trajeron a la capital y la guagua pasó por un lugar como éste. De eso hacía tantos años, habían ocurrido tantas cosas, pero qué bonito todo. Se oían ladridos de perros, te asustaste y trotaste como yegua vieja, siempre con el negrito al hombro. Todavía había que caminar un buen pedazo, era temprano, la hora fresca, deseaste que no hubiera mucha gente porque la gente daña todo, se amontona en la puerta, los guardias no dejan pasar y todas tienen que regresarse con las manos peladas.

Ya había una fila que daba la vuelta a la cuadra, una serpiente se movía sin avanzar, parecía que avanzaba, se plegaba y replegaba y nadie movía un paso. Estabas al final de la cola, con el niño guindando del brazo, a horcajadas sobre la cadera. El sol se había colocado en un punto alto, empezaban a sentirse tirones, alguien trataba de encajar en la fila. Por lo menos después de mediodía lograrías entrar en la casa y recibir tu funda con pollo, harina, aceite y leche en polvo. Te habían dicho que estaban haciéndolas muy completas, que para fiestas patrias les ponían manzanas. Tenías que conseguir el tiquete de pase, asegurarte que podrías volver. Te habían dicho que había que declararse partidaria, afiliarse y dijiste que estabas dispuesta a cualquier cosa. El sí que no volvería; andaría levantando dinero para beber aguardiente. El sudor te salía de la cabeza y la cara; inútil pasarte la mano: demasiada agua y sal, bulla, negrito chupando tetas secas, cagándose en medio de la fila, mamando bobos y comiendo tierra.

Se veían algunas mujeres con fundas a la cabeza —eran partidarias—, estaban afiliadas o decían estarlo. La fila no avanzaba mucho, la serpiente se movía llena de tensión, parecía que alguna mujer quería meterse a las malas. Los policías amenazaban, pedían orden, iban a suspender el reparto. Sentías una flojedad terrible en las piernas. Astenia. El negrito tirando del brazo, del cuello, torturándote con manitos que recién acababa de descubrir, parecía que iban a sacarte, no querías decir nada, sabías que ibas a conseguir la funda pero debías ser paciente. Aguantar de pie con esa debilidad. Un empujón fuerte, la fila se movió, hizo curvas, te agarraste de la que estaba delante y ella se sacudió, un polvazo rojo salió de la tierra, algunos golpes secos se oyeron, te pareció que cada palo hacía que quien lo recibía perdiera la cabeza: cada palo cortaba una cabeza dos, tres... todas caían al suelo y rodaban sin sangre, como cabezas de muñecas de trapo; abrías los ojos, ya no podías sostenerte en pie. Una vieja gorda recibió un palo en la pierna y ésta se le desprendió del cuerpo y llegó a la cuneta, lo mismo con una prietica y con otras. Brazos. cabezas, piernas, el molote en el portón, pollos, harina, aceite, autos, negritos. Te quedaste fuera de fila; de hecho la fila había desaparecido y tú permaneciste arrinconada en un pedacito de cuneta, quizás te pisotearan porque te dolía el cuerpo, el negrito jugaba en la cuneta, engullía una cáscara de guineo. Con parsimonia se la quitaste, la arrojaste a la calle, le limpiaste las manos con tu vestido, miraste los carros de la avenida, escuchaste sus ruidos, viste las caras satisfechas de los guardias que custodiaban la casa, caras satisfechas y adormiladas de la hora de la siesta, el patio de la casa, la acera llena de conos de yum-yum, de barrenderos. La puerta de la mansión ya estaba cerrada y hasta mañana no volverían a repartir. Si querías ganar un puesto debías quedarte en la puerta, muy junto a la verja para que te vieran, te conocieran, supieran quién eras, que estarías allí por más de veinticuatro horas y tenías necesidad de una funda aunque para ello tuvieras que declarar tu fervor y afiliarte incluso al partido.

Leer seguida sólo la carta de Eva a Alicia

Querida Alicia: Vas a creer que te escribo esta vez porque estoy aburrida y quiero matar el tiempo en algo. Te ruego cambies de idea y perdona que le escriba tan seguido sin esperar siquiera tu respuesta. Sé que estás bastante ocupada y no puedes darte el lujo de malgastar tus ratos de descanso, pero comprenderás que no tengo otra amiga de tanta confianza como tú con quien pueda hablar las pocas cosas interesantes que ocurren en mi vida. Pues resulta que el día de mi cumpleaños Pablo me autorizó comprar y escoger lo que quisiera en las tiendas que nos dan crédito. Siempre voy con mamá cuando quiero que lo escogido sea bonito —ya sabes que tiene buen gusto—, pero quise cambiar sólo por ese día y decidí irme sola. A Pablo no le agradaba la idea, tú sabes cómo es de anticuado (si supiera lo de Guillermo cuando él hacía viajes), mas lo convencí, diciéndole que no me iba a comer un león a las diez de la mañana en pleno Conde y por fin dijo que sí. Casi no dormí esa noche, pensando qué haría, dónde encontraría las cosas mejores. Ya había escrito en un papel lo de las tiendas y no me parecía suficiente (soy tan ansiosa). Tú sabes cómo es la mente humana, que vuela y no hay quien la atrape, así que estuve revolviéndome toda la santa noche en la cama hasta que Pablo se despertó, creyó que estaba con jaqueca y me trajo un vaso de agua y me hizo tomar un calmante. Luego se durmió como un lirón mientras yo, desvelada, lo oía roncar. Quería contarle mis planes pero él es de los que les importa un guandullo que una hace, lo mismo le da que oigas la radio o que veas la televisión y como el pobre trabaja muchísimo, lo dejé roncar —después de años de matrimonio ya eso no me molesta— y esperé la mañana sentada en la cama, mirando las agujas del reloj y oyendo las campanitas cada hora y el taquetaque de la llave del lavamanos.

Después que Pablo se fue para el trabajo decidí que era mejor no ir al salón: no vale la pena gastar unos pesos para irse al Conde en día de trabajo, sobre todo en la mañana cuando es difícil que las amigas la vean a una. Me vestí y salí tan rápido que olvidé la cartera sobre la cama y tuve que devolverme. En el Conde comencé a sudar y a poco noté que había elegido una mañana fatal para salir. Me preocupaba que se me corriera el make-up, tú sabes lo palurda que se ve una con el make-up corrido. Me acerqué a una vitrina donde estaban exhibiendo zapatos monísimos, vino el dependiente a ver qué deseaba y yo no se apure, estoy viendo, y él detrás de mí que no me soltaba. Al fondo del escaparate había un espejo enorme, de esos en que el cliente ve lo mal calzado o vestido que anda y se anima a comprar. Me miré casi involuntariamente y no lo vas a creer: parecía como si no me hubiera puesto make-up. Imagínate, sin make-up cuando ya una está en el segundo debut y todo. De cejas se me veían dos rayitas finas, descoloridas, los ojos pelados como una ratona y la cara, en general, de una palidez de muerte. Sospeché que el tipo de la zapatería no paraba de sonreir porque me creía una barragana cualquiera por la cara de enferma que tenía. Caminé rápido, me metí en La Opera, fui derechito a la cafetería y en lo que me servían un refresco me maquillé. Cuando abrí la polverita vi mi cara tan normal, apenas un sudorcito en la punta de la nariz; lo arreglé todo con dos motazos: los ojos, las pestañas y las cejas perfectos, la boca como acabada de pintar, todo en regla. La muchacha de la barra me tranquilizó asegurándome que lucía bien. Como soy de las que no se dan por vencidas a la primera, tomé mi cocacola con calma y cuando me sosegué volví a la calle llena de confianza en mí misma.

Me sentí desnuda al salir, te juro. Estuve frente a una tienda de artículos para el hogar, pasé por una disquera pop donde tocaban lo último de la Streisand (¿se escribe así? ), compré una barquilla de leche y entré en el sector de las telas monas. Los maniquíes y el olor de la tela me hicieron zambullir en una tienda. Creo que ya te he dicho alguna vez que me fascina acariciar sedas, tocar su fría suavidad, que adoro el jersey, me encantan la crema batida y los crespones. Tocando, mirando, sacando cuentas, me acerqué a una columna. ¡Qué susto cuando choqué contra ella y al volverme el espejo! No vas a creerlo pero te juro que me vi desnuda de la cintura para arriba. ¡DESNUDA! Mira si lo estaba que podía ver el lunar del pecho y la mancha de nacimiento sobre el pezón izquierdo. Mi primera reacción fue la de cubrirme con una pieza de tela; era un peso enorme. Una chica de la tienda quiso ayudarme y la rechacé avergonzada, luego dejé la pieza en su sitio. Ella me preguntó si ocurría algo al verme tan rara. Reculé unos pasos, miré el espejo, la muchacha me observaba indudablemente sorprendida. Yo no admitía reconocerme normal; todo estaba en orden como al salir de casa: mi blusa de dacrón y encajes, blanca, de cuello triangular, las mangas tres cuartas. Compré unos cortes de seda fría y dejé que se me pasara el susto antes de volver a la calle. Todavía con la boleta de pago frente a la cajera, la tendera me miraba compadecida. En la calle deseé no encontrarme con conocidos; estaba tan turbada que no habría sabido actuar. Caminé mirando la acera, dudando de lo que había visto y atribuyéndole la causa del asunto a mi avitaminosis, cosa que nunca he corregido del todo desde el aborto último, tú recuerdas. Al cruzar la esquina más populosa los silbidos y palabras melosas se multiplicaron, como si ahora anduviese desnuda de veras; casi sentía que me manoseaban. que un tipo me agarraba del brazo y otro me embestía al cruzar la calle, un verlladero asco. Me acerqué a otra tienda y volví a refugiarme en los escaparates: volví a verme desnuda, estaba desnuda o debía estarlo frente a un grupo de tipos que gozaba suciamente a costa mía. Llamé a un público y le pedí que me trajera a casa. La muchacha abrió, Pablo vino en seguida de la oficina cuando lo llamé por teléfono y me halló en cama, temblando, presa del delirio. He estado reponiéndome durante una semana. Ahora llevo lentes; he querido mirarme en el espejo, no puedo. Terminé con Guillermo, eso no volverá a ocurrir, Pablo es divino. Lo del Conde no me parece una ilusión, pero dudo que fuera cierto. ¿Quién diablos me creería? Sólo tú, mi amiga. ¿Qué piensas de todas estas idioteces? Besos, Eva.

En el libro, los dos textos de este cuento se imprimen alternando renglón a renglón: el primero empieza en la primera línea y el segundo en la segunda, y cada uno se lee salteando el otro. Esta página reproduce esa disposición; los dos desplegables anteriores permiten además leer cada texto por separado. Transcrito de las páginas 99-103 de la primera edición.

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