José Alcántara Almánzar
(1946—)


Viaje al otro mundo
Viaje al otro mundo
(Santo Domingo: Editora Taller, 1973, 131 págs.)

       “La Pan Am Airlines anuncia la salida de su vuelo 305 con destino a Nueva York...”, había dicho la estereotipada voz del altavoz. Bernardo Balbuena agarró firmemente el maletín con la mano izquierda, se arregló torpemente el saco con la diestra y pasó de la sala de espera a la puerta de salida, donde los empleados verificaban los documentos de los pasajeros. La gente se amontonó frente al mostr ador de los empleados, pugnando por salir adelante, haciendo pequeños ruidos con el roce de paquetes, dejando oir susurros, tomando a los niños de la mano, arreglándose el pelo, poniéndose espejuelos, sacando los documentos necesarios. Bernardo se colocó en la fila pensando que sólo se sentiría tranquilo cuando llegara a Nueva York y estuviera sentado en la sala de la señora O’Donnell. conversando amistosamente. Del otro lado de la sala de espera, familiares y amigos de los viajeros comenzaban a desplazarse, a tomar posiciones para ver salir a sus parientes y decirles adiós antes de que el Boeing de la Pan Am despegara del Aeropuerto de Las Américas. Ana siguió alli, pegada del vidrio, sin moverse. Bernardo la miró y sintió que la muchacha estaba triste aunque forraba sus temores en una sonrisa apagada. Ana casi se habia opuesto al viaje. Ella sabia que existía un porqué pero decía que era innecesario gastarse tanto dinero en un viaje así, cuando, a pesar de todo, se contaba con otros medios de seguridad. El hecho de que Bernardo pudiera salir del aeopuerto sin ser detenido por las autoridades de Migración demostraba, al menos, que parte de sus temores eran infundados. Eso la tranquilizaba, aunque no del todo. No estaría satisfecha hasta ver partir el avión. Bernardo llegó por fin a la escalerilla del avión, no sin antes sufrir el chequeo de los empleados de la terminal aérea. Subió despacio, alisándose el pelo, procurando estar lo más natural posible. Allí lo recibió una azafata chiquita que le mostró con remilgo el asiento que debía ocupar. En el edificio del aeropuerto la gente se arremolinaba tras los vidrios ahumados de la segunda planta, haciendo olas con los pañuelos, con los dientes al aire, moviéndose como ratoncitos en una caja, excitados ante un fenómeno singular. Bernardo ya no podia distinguir a Ana; sabía, sí, que dondequiera que se hallara estaría quieta, comiéndose las uñas, con sus tacones juntos, dejando ver las piernas carnosas, su mejor atractivo en esa parte del cuerpo. El avión comenzó un ruido infernal, que dentro del aparato era percibido en tono de creciente silbido pertinaz. Las escalerillas se alejaron, tiradas por empleados en overol, la esbelta aeromoza de la cabina concluía ya su ajústense-los-cinturones-no-levantarse-de-sus-asientos-y-favor-de-no-fumar-gracias. Era agradable sentirse hundido en el mullido asiento del avión, sin más compañía que la de un anciano que no tenia pinta de parlanchín. La expectación y el silencio se dejaron sentir cuando el despegue se hizo inminente. Por la ventanilla Bernardo veía empequeñecer la vegetación, las palmeras, y cómo aparecía el mar, verde pantanoso primero, azul añil después, con líneas blanquísimas que se encendían fugazmente en la superficie marina. Ahora se dejaba oír desigual cuchicheo entre los pasajeros, ya podían fumar y desabrocharse los cinturones. Las azafatas trajinaban por el pasillo, ofreciendo tragos a los pasajeros, pasándoles taijetas que debían llenar antes del aterrizaje, contestando las preguntas de los niños. Ya tengo más de un cincuenta por ciento de probabilidades de llegar a Nueva York, pensó Bernardo, y comenzó a estirar los músculos, a sentir una flojedad reconfortante en todo el cuerpo.
       —Hay que operar sin demora, señorita.
       —No hay luz, doctor. Hemos llamado al Dr. Campos y nos dijeron en su casa que no estaba pero que regresaría en media hora.
       —Que preparen el quirófano. Este hombre está muy mal. Me temo que la operación será larga. Siga llamando al Dr. Campos y en cuanto llegue comenzamos. Que vayan preparando la planta, por si acaso.
       —Sí, doctor.
       La enfermera salió de la habitación con un trotecito silencioso, sin volver la cara. El doctor Eleazar, cirujano y director del hospital, se quedó observando al hombre, pensando que debía hacerse lo posible por salvarle la vida pues coligió que sería desastroso que volviera a repetirse otro caso. La opinión pública es irresistible, la gente está enterada y la prensa en los últimos días no cesa de insistir en lo mismo. Este hombre está tan mal, que no me explico cómo pueden llegar a una salvajada como ésta, es increíble. Y aún se imaginan que eso los fortalece. Al doctor Eleazar le avisaron a las diez de la mañana que un enfermo requería urgente intervención quirúrgica, y aunque tenia el día libre, voló al hospital en seguida. Al principio pensó que cualquier otro médico podría operar, pero no era la primera vez que se presentaba un caso de ese tipo y no tenía intención de dejar que el hospital se echara otro fracaso encima siendo él su director y más importante cirujano. No hay remedio, pensó, si no se le opera, morirá, y Dios quiera que la operación no sea demasiado tardía. Dirigió un vistazo al enfermo, zambulló las manos en la bata, y pensó que la operación no debía tardar en realizarse. Cuando se marchaba, la enfermera irrumpió en la habitación.
       —Doctor, el Dr. Campos fue localizado; ya viene camino al hospital. Dijo que estaría aquí en diez minutos. Están habilitando la planta eléctrica por si la luz no llega a tiempo.
       —Muy bien, señorita. ¿Ya prepararon el quirófano?
       —Sí, doctor.
       —Vamos, entonces; hemos perdido demasiado tiempo.
       Un fresquito, cada vez más álgido, comenzó a azotarle la cara a Bernardo cuando descendía del avión. El Aeropuerto Kennedy. Primavera. Nueva York en primavera, en la época en que es una delicia irse al Parque Central resuelto a escapar de la polución de la ciudad, sentarse en un banco y fumarse un cigarrillo y ver cómo se desprenden pavesas del cigarrillo y se desvanecen las espirales de humo. Pensar en Ana. Sólo podía pensar en Ana porque la extrañaba; era difícil que ella hiciera también el viaje en esas condiciones. Sintió que el aire se enrareció de repente cuando se colocó en fila en las oficinas de migración. Cuatro filas, filas rectas, filas de la más heterogénea composición: orientales, europeos, africanos, latinoamericanos; debia haber de todos los continentes y latitudes. Así le pareció a Bernardo al prestar atención a varias conversaciones. Sin embargo, no había ruido en el salón, la gente hablaba quedamente o permanecía en silencio. Era natural ahora estaban en la patria de Washington la patria que los norteamericanos habían promovido como la cuna del respeto a la ley y al orden en todo el mundo ahora estaban en las aduanas del país de Lincoln el país en que la ley es respetada aunque se baleen presidentes en los teatros y en los desfiles ahora les atendían empleados bien entrenados del país de Roosevelt el país que guerreó contra países vecinos e invadió medias islas y naciones para preservarles la guerra y escamotearles la materia prima ahora en el país de Truman el país que aniquiló a decenas de miles de asiáticos indefensos en el cuarenta y cinco el país de Eisenhower el país que llevó la guerra a Corea en el cincuenta el país de Kennedy el país que quiso estrangular a Cuba el país de Johnson el país que ocupó la República Dominicana en el sesenta y cinco y llevó cuarenta y dos mil marines el país de Nixon el país que mandó su juventud al Viet Nam a morir en una guerra cruel el país. Bernardo no tuvo tiempo de indignarse. Al llegarle su turno lo que hizo fue sonreírle a la muchacha nibia que revisaba los pasaportes.
       —¿Cuánto tiempo piensa pasar en territorio norteamericano, señor? —dijo la empleada sin mirar a Bernardo.
       —¿Crees que la operación será difícil, Rómulo?
       —Tres meses —falseó Bernardo en su mejor inglés.
       —Eso me temo, Campos.
       —¿Tiene parientes aquí, señor?
       —Señorita, ayúdeme con esto, por favor.
       —No, señorita.
       —¿Cuánto tiempo crees que dure?
       —¿Dónde va a residir, señor?
       —De tres a cuatro horas. Gracias, señorita.
       —Porel momento en la 550 W. 36th St.
       —De nada, doctor.
       —Muy bien, señor, gracias.
       A Bernardo le hubiera gustado responder algo elegante pero la frase se le enredó en la lengua y no le quedó más recurso que sonreír desganadamente. A la salida tomó un autobús y debió esperar a que se llenara. Llegaría tarde a casa de la señora O’Donnell, pero valía la pena saborear cada momento, sin pensar demasiado en lo que dejaba atrás. De Santo Domingo, Ana era la única persona que de vez en cuando le asaltaba y distraía el pensamiento. Por el pasillo, los enfermeros conducen el carrito con el paciente del Dr. Rómulo Eleazar. El trecho entre la habitación y la sala de operaciones es corto. No hay gente en el hospital. Las visitas han terminado y sólo una que otra enfermera le entorpece el paso. El doctor Eleazar se está preparando. Acaba de ponerse la bata y ahora se ajusta el gorro y la mascarilla, con ayuda de la enfermera, señorita Mateo. Le asistirán dos internos del hospital, la señorita Mateo y otra enfermera, y el Dr. Campos será el anestesista Movimiento. Un autobús cómodo, con aire acondicionado, que rueda velozmente por una supercarretera. La tarde que se obstina extrañamente en no dar paso a la noche. Son las seis y media. En Santo Domingo es ya de noche, piensa Bernardo, pero no en Nueva York. En Nueva York todo es diferente; el aire, la gente, el atardecer; kilómetros y kilómetros de edificios dispersos, de instalaciones y depósitos, de vías férreas que hacen cicatrices a las carreteras, de autopistas que pasan por arriba unas y por debajo otras, de puentes colgantes, de polvo gris, fino, opaco, que cubre Las plantas y enharina los cristales del autobús en que viaja Bernardo. Pero aún no es la ciudad, son sólo los suburbios de la megalópolis. El Dr. Eleazar está algo nervioso, no sabe por qué, se le nota en el sudar copioso. Piensa en el Dr. Rey, un antiguo compañero de facultad. Rey, para los exámenes, llevaba siempre varios pañuelos: uno para el sudor de la cara, otro para el sudor de las manos, otro para que el cuello de la camisa no se le emporcara; le decian “El Pañuelero”. La inseguridad es el peor antagonista del médico, le sentenciaba el profesor de cirugía en las prácticas, hay que hacer cortes firmes, decididos, la vacilación traiciona. Rey nunca tuvo miedo, según juraba, pero un ligero temblor comenzaba escurriéndosele por la cabeza hasta pasarle al resto del cuerpo; después era fácil caer presa de un temblorcillo que a duras penas controlaba. Por suerte no padecía de hematofobia y una vez en el quirófano, sacaba fuerzas para seguir adelante. Rey, usted debió ser ingeniero, le dijo un mal dia el cirujano profesor a quien le tocó asistir en una operación, se corre menos riesgo, créame, y los fracasos, a corto plazo, no son tan peligrosos El doctor Eleazar estaba con ellos y desde entonces la frase ha estado bailándole en la cabeza cada vez que opera Estación de autobuses de la First Avenue. Garaje subterráneo. Terminal número uno. Esta es otra de las ventajas de Nueva York, que se aprovecha el aire, el suelo y el subsuelo. Hay trenes bajo el nivel del mar y rascacielos imponentes que desafian la altura. Las guaguas van llegando a la terminal y en cuanto se detienen los pasajeros descienden. Bernardo llama un taxi. La señorita Mateo avisa que todo está listo y el Dr. Eleazar desaparece tras la puerta del quirófano.
       El apartamento de la señora O’Donnell (la señora O'Donnell usa su apellido de soltera) está situado en una calle céntrica, a cuatro esquinas del Empire State. Es un apartamento decorado con mal gusto, piensa Bernardo, cuando por fin toma asiento en un raido bularon, algo confortable, y la señora no está tan vieja para sus cincuenta y pico de años. Es simpática y habla español, resultado del connubio con un puertorriqueño y de sus viajes por América Latina en su juventud. Ahora vive de una modesta tienda y a veces recibe a los amigos de sus amigos como invitados. A Bernardo lo recomendó un intimo de la neoyorkina que vive en Santo Domingo, quien le dijo que ella lo atendería muy bien y le ayudaría pronto a encontrar un buen lugar para vivir. La operación duró cuatro horas. El Dr. Eleazar se había quedado solo en la habitación después de la intervención quirúrgica. Se lavó las manos y no pudo evitar mirarse en el espejo colocado encima del lavamanos. Lucia agotado, tenía el ceño contraído, como si estuviera malhumorado. Dos marchitas de sangre en la barbilla: se había cortado al afeitarse.
       —Me alegro de que se sienta bien, señor Balbuena. Nueva York, ya verá, es interesante desde cualquier punto de vista, es una ciudad que tiene de todo; sé que le gustará. Siento no acompañarlo en sus paseos, tengo que trabajar, sabe. Mañana mismo se va usted al Radio City y verá un espectáculo de calidad, con payasos, cantantes japonesas y una película al final por dos o tres dólares, creo que la de esta semana es The Out of Towners, con Jack Lemmon... Ah, también se va al Parque Central y al Museo de Historia Natural, donde hay maravillas, y no le costará ni un centavo.
       —Sí, he pensado en todo eso —le contestó Bernardo, midiendo los cálculos de la señora O'Donnell y percatándose de su peculiar sentido del espectáculo público-. Pero tengo que ambientarme poco a poco, señora.
       —Por supuesto. Y no me llame señora, sabe, llámeme Minnie, me gusta más así. Debe tener cuidado, sabe, Nueva York es una ciudad muy grande. Como le dije tiene de todo, y los tiempos están complicadisimos. Se encuentran maleantes, gente que asalta y sin el menor escrúpulo luego apuñala o dispara contra su victima a plena luz del dia.
       Uno vive matándose cada segundo, pensó el Dr. Eleazar, en los alimentos que ingiere, en la calle cuando maneja el automóvil, en el aseo personal, en todo. Eso al menos se llama autodestrucción. Pero no hay derecho para que lo destruyan a uno sencillamente porque a otros les da la gana.
       —Lo mismo que en mi país, aunque allí por motivaciones generalmente distintas.
       —Sí, he leído algo en los periódicos locales.
       —Pero las agencias de prensa viven ocultando la realidad e interpretando los hechos según sus intereses, asi que no creo que sean tan verídicas las informaciones que se reciben aquí.
       —Pues yo creía que no, sabe, el New York Times me parece serio.
       Somos todos unos insensatos pusilánimes. Ahí está ese hombre, tendido en una cama, al borde de la muerte, y yo tengo que limitarme a cauterizarle las heridas. ¡Bravo, doctor, le salvó usted la vida! ¿Hasta cuándo, me pregunto? ¿Hasta que vuelvan a apresarlo y me lo traigan de nuevo en peores condiciones? ¿De qué me puedo sentir satisfecho, de remendarle un guiñol humano a una pandilla de facinerosos que viven desmoronando todo lo que nosotros nos empeñamos en reconstruir cada momento?
       -Aun asi, señora, digo, Minnie. Aquí no llegan noticias ni de un diez por ciento de las cosas que pasan a diario en nuestro país. Sale uno a la calle una noche cualquiera al cine o de paseo, y en una via donde las Mimbras favorecen el acto, le salen al paso unos bandoleros que después de humillarle le perforan los intestinos con sus sevillanas para no hacer ruido, o le disparan a quemarropa si el ambiente lo permite. Le dejan tendido, agonizante, hasta que alguien le conduce al hospital. Con suerte a veces se salva el herido. Al otro día aparece el suceso en los diarios, en primera plana, pero no el nombre de los victimarios: son desconocidos, nadie sabe nada.
       —Es asombroso. Eso mismo pasa aquí —apuntó la señora O’Donnell llevándose las manos guarnecidas de anillos a la boca
       —Sí, pero lo nuestro es básicamente un problema político; después de la guerra...
       El doctor Eleazar mete con violencia la toalla en el aro, limpia los esmerilados cristales de sus anteojos y abandona la habitación. Ya en su oficina, le comunica a la enfermera Mateo que va a encargarse personalmente del paciente. Bernardo no termina su frase, ni la señora O’Donnell agrega nada. Se quedan en silencio un momento. Bernardo escruta entonces los objetos de la sala: jarrones de porcelana decorados, alfombras desteñidas, un televisor Crosley modelo antiguo, cuadros de la ciudad de Nueva York en diferentes estaciones del año. dos butacones gualdos y un sofá negro de piel un retrato de la señora O’Donnell y su esposo; nada sobresaliente. La señora O’Donnell, sin saber qué hacer con sus manos, se contempla las sortijas. Media hora después salió de su consultorio para visitar al enfermo. Le encontró el pulso débil y la señorita Mateo le informó que habia tenido un brusco descenso de temperatura. Esto le preocupó y ordenó inyectarte inmediatamente y mantenerte el suero. Sin duda el hombre había podido resistir por su fortaleza física, de otra manera no se explicaba el Dr. Eleazar que estuviera vivo al momento de la operación. Era un hombre fuerte (se notaba que había rebajado de peso), de seis pies de estatura, que parecía practicar algún deporte rudo. Había que tener mucha reserva para sobrevivir a una pérdida de sangre tan prolongada; cuando lo trajeron al hospital había perdido ya mucha. El segundo caso en quince días. El otro había muerto antes de entrar al quirófano. Bernardo bajó del autobús muy cerca de la calle que le había indicado la señora O’Donnell, pensando que el hombre que había estado mirándolo fijamente desde su asiento no lo seguiría. Parecía un enfermo, tenía la cara retorcida, la mirada palúdica y la expresión siniestra. Con todo, diferente a la de los alcohólicos que Bernardo había visto en un parque de Yorkville. Muchos de ellos, ancianos calvos, de nariz colorada, envueltos en gastadas ropas de color monótono e indefinible. Se asoleaban, tratando de calentarse, huyendo del frío de la mañana primaveral. Se captaba bajo su mirada mongoloide que eran tipos que a nadie podían peijudicar. Vivían del Social Security y se gastaban la mensualidad que recibían en whisky y comida.
       El museo tiene cuatro plantas. Es un edificio viejo en remodelación. La impresión que se lleva Bernardo al entrar al vestíbulo es la de haber ingresado en un recinto de sorpresas. Hay poca gente, es temprano aún. En un ala de la primera planta puede verse el salón dedicado a la Biología del Hombre, una explicación gráfica de la evolución humana que no impresiona gran cosa al visitante. De allí puede pasarse a otros salones y pisos. Bernardo está interesado en animales y curiosidades de las especies. No le interesan —no tiene espíritu de antropólogo o arqueólogo— ni rocas ni fósiles ni minerales que se exhiben en gabinetes semioscuros. Bernardo se ha sentido solo entre tanto objeto inanimado. En otra parte ha visto los nombres de los famosos investigadores al pie de los hallazgos, como el de Martha, la última paloma de su especie, mantenida veintinueve años en cautiverio. Es un museo extraño, con salas en penumbra por un lado y secciones decoradas con escaparates modernos y luces intensas por otro. Ha visto su propia imagen en la de sus ancestros convertidos en huesos para exhibir en cajas de cristal: los fósiles anteriores al Homo Sapiens, el pitecanthropus de Java, el sinanthropus de Pekín, el neanderthalense, y ha huido de la imagen dramático-estática de este montón de huesos. sala del hombre americano le ha traído visiones de indios que habitaban las montañas y llanuras norteamericanas hace cientos de años y la de los buscadores de oro y los regimientos azules de a caballo que en una odiosa carnicería los aplastaron casi por completo en el siglo pasado. Saquen al hombre, sargento, llévenlo al hospital, en seguida, mi comandante, rápido que se nos muere aquí otro y no quiero correr con la responsabilidad porque el capitán Valdez sea un torpe y se la fuera la mano. Los mamíferos. Todo muy artificial. Una manada de elefantes en medio de un salón gigante, que la gente fotografía ensayando poses junto a las patas de los proboscidios. Panteras, lobos, tigres que despiden olor a éter, a bálsamo, viejos leones, pumas, primates, hienas. El hombre, boquiabierto, con los ojos cerrados, descalzo, está algo demacrado, con la camisa rasgada. Lo ponen en la ambulancia militar. I lay una prisa nerviosa. El hombre, de gran estatura, se queda todo el tiempo. Bernardo ha dejado para el final la visita al salón del universo oceánico. Una imitación de ballena azul preside el gran salón. En los alrededores, enormes peceras semioscuras o iluminadas indirectamente delatan la presencia de los pobladores acuáticos. Un burbujeo constante sube a la superficie de los estanques. Por todas partes, señales DO NOT TOUCH. Bernardo queda electrizado ante el espectáculo. Una infinita variedad de peces multicolores, extrañas criaturas diminutas y temerosas, ágiles, agresivas, poderosas mandíbulas, dientes de navaja, piel escamosa a manera de lorigas, ojos que asoman sorprendidos, aletas que remueven el agua, un pedazo de alga que desaparece, pez globo, pez espada, pez de agua dulce, tiburones; pirañas, el hombre se desangra, no mucho, tiene aún la bala dentro, está botando un líquido incoloro, tiene un tapón de sangre en el vientre, Bernardo se detiene frente a una pecera gigante, al principio no distingue al pez. Una pecera sin pez. qué raro. Espera. Pasa un minuto y nada. Trata de abrir los ojos lo más posible. Alcanza a ver una luz. mortecina al fondo del agua. Y un rostro. La ambulancia da un patinazo y se aleja del hospital. Los enfermeros se llevan al herido. Es el hombre del autobús que esboza una sonrisa siniestra. Es él, tiene la misma mirada palúdica. La luz se va haciendo cada vez más intensa y Bernardo percibe una parte mayor del cuerpo del hombre. No ha tocado el cristal; mira de nuevo el letrerito: DO NOT TOUCH. Siente una curiosidad ansiosa. Mira por todo el salón, ahora se retira la última pareja acompañada de un niño. En el museo han tocado timbre y eso indica que los visitantes deben abandonar el local. Bernardo se vuelve a la pecera. No puede creer lo que ve: el hombre de la cara palúdica está con Ana. No puede ser. Ana está en Santo Domingo. Es imposible. ¡Cómo puede Ana consentirlo! Va a golpear el vidrio para romper la ilusión, esto tiene que ser una ilusión óptica, el agua podría derramarse e iría preso, y él no puede ir preso en Nueva York, se complicaría la situación. Llamando al Dr. Eleazar, es del hospital, hay un caso de emergencia, un hombre muy mal herido. Toca el cristal y nota que sus manos lo traspasan, no lo entiende pero es asi. sus manos traspasan el vidrio y luego sus brazos, sus piernas, su cabeza, puede respirar, no hay ninguna dificultad. Cuando el hombre de la mirada palúdica lo ve acercarse llama a dos hombres uniformados que sujetan a Bernardo por ambos brazos. Bernardo quiere desasirse, forcejea con los hombres; es inútil. El hombre de la cara palúdica se quita el sobretodo y Bernardo puede ahora reconocerlo, por sus insignias, por los botones, por el revólver. Ahora vas a confesar todo, comunista, ¿dónde están los otros, tus compañeros, qué han hecho con el dinero que robaron al banco?, le dice. Hay que operar sin demora, enfermera. Bernardo no sabe qué decir, sólo le preocupa Ana. Quiere pedir auxilio, mira a todos lados y lanza un gemido cuando, a su derecha, alcanza a ver su propia cara en la de un enfermo que yace en una cama blanca, envuelto en una sábana blanca, con una enfermera vestida de blanco a su lado y un hombre en bata blanca, cabizbajo. Que preparen el quirófano, enfermera. ¡Yo no estoy enfermo, grita Bernardo, no estoy herido! ¡Estoy vivo, estoy en Nueva York, en el Museo de Historia Natural, estoy! Este hombre ha sufrido un colapso, está muerto, el suero es inútil, la inyección también, llame al forense, enfermera. El hombre de la cara palúdica, ahora en traje militar, lanza una carcajada, saca su revólver y dispara contra Bernardo, sujeto aún por los hombres. Ana se rebela y recibe un golpe en la cabeza. Proceda doctor, le grita el militar palúdico al hombre de la bata blanca, opérelo inmediatamente, sálvele la vida pero que quede por lo menos inútil, cuide que no sirva para más nada, proceda doctor Eleazar, si muere usted se anotará un fracaso, si vive, aunque quede como un vegetal, de usted será la gloria. El doctor Eleazar les indica a los hombres que acuesten a Bernardo sobre el enfermo y ambos, el enfermo y Bernardo, se confunden en una sola persona, luego le toma el pulso, lo ausculta con el estetoscopio y se vuelve, quitándose los lentes, meditativo, hacia el militar palúdico. Coronel... si no lo sabe, este hombre fue operado hace media hora y acaba de perecer a causa de un colapso post operatorio, no podemos hacer nada. Coronel... No siga, doctor, no me venga con reportes médicos ni lamentaciones a mí. No los necesito. Si está muerto, nada puede hacerse ya, usted hizo todo lo que pudo, magnífico, ya buscaremos las palabras adecuadas para explicar la desaparición de este desgraciado que por fin ha tenido la suerte de iniciar su




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