José
Alcántara Almánzar
(1946—)
El Zurdo
La carne estremecida
(Santo Domingo: Fundación Cultural Dominicana, 1989, 154 págs.)
De todos los amargos recuerdos de la infancia hay uno que se
impone, como ahora, en los momentos cruciales. Es el tuyo,
Rosario —corpulenta y testaruda, inflexible guardiana del hogar y
las costumbres—, agarrándome la mano izquierda para forzarme a
comer con la derecha, y yo gritando y pateando, sucio de lágrimas
y caldo tibio, con la camiseta salpicada de fideos, el pantalón
mojado, una rabia ciega que me ponía lívido, unas ganas terribles
de quitarme de encima tu cuerpo de lapa sofocante y el deseo no
satisfecho de inmovilizar tus manoplas, que me abofeteaban sin
compasión hasta llenarme de moretones y hacerme sangrar.
Es la noción más remota que conservo de mi desgracia personal,
porque yo, a decir verdad, ignoro cuándo comenzó a gestarse en
mí la inclinación a preferir esta mano inefable para explorar el
mundo circundante, manipular objetos, conocer sus tamaños y
formas, abrirme camino en el complicado ámbito de los seres y las
cosas. Es probable que al principio, igual que muchos, usara las dos
manos indistintamente. Sin embargo, lo desconozco. Trato en
vano de hallar el origen de mi orientación y lo que aflora es tu
arrolladora humanidad, con la cara satánica y los ojos prendidos
en candela, obligándome a tomar la sopa con la derecha, en tu
firme determinación de hacer de mí un muchacho correcto, que
pudiera escribir como Dios manda, comer en público sin pasar
vergüenza y evitar que la gente se burlara al verme maniobrar en
sentido equivocado. Te habías propuesto llevarme al redil de los
diestros para ofrecerle tu trofeo a papá en prueba de lealtad servil
y lo único que conseguiste fue acentuar mi tendencia contraria e
instigarme un odio feroz y prolongado. Durante años no supe cuál
de las dos —la sopa o tú— me producía más aversión. Esta noche, en
cambio, al verte tendida e indefensa, sin respiración, me das pena y me arrepiento de lo que hice. Aunque no lo creas, sufro por ti y
dreno mis recuerdos en busca de alivio, mientras los ecos del
concierto que escuché hace apenas unas horas se convierten en mi
única compañía verdadera.
Mamá había muerto cuando yo tenía cinco años, y papá,
pienso que más por comodidad que por cariño, al año siguiente te
buscó y te trajo a casa un día lluvioso en que, como ya era habitual,
me había dejado solo con la niñera. Entonces no capté la desfachatez
irremisible con que me dijo:
—Esta es Rosario, tu nueva mamá a partir de hoy.
Tú me levantaste, trataste de abrazarme y yo me puse a llorar,
tembloroso y confuso ante una flamante tutora, sorpresiva e
indeseada, distinta por completo a la madre que conocí y amé.
Mamá era alta, delgada, de manos suaves que al acariciar infundían
seguridad. Después de un año sin verla ni saber adónde la habían
llevado, papá me la devolvía convertida en un mujerón rollizo de
ademanes bruscos que no inspiraban confianza. Al verme
reaccionar así no intentaste conquistar mi corazón de niño
asustado ni calmar mi llanto. Me dejaste en el sofá, con el desdén
con que se abandona en cualquier sitio un muñeco de peluche
resobado, papá y tú me dieron la espalda, y tomados del brazo,
caminaron hasta la habitación donde antes no había pisado otra
mujer que mamá.
Agravaste mi soledad al interponerte entre papá y yo,
impidiendo nuestros contactos en esos minutos de camaradería
juguetona cuando él regresaba de la oficina. Impusiste tu férrea
disciplina, articulada en torno a una mecánica de hábitos de
higiene, comidas y descansos que pronto me convirtieron en tu
soldado de plomo, en un robot que se levantaba a la primera voz
de su operadora, que aprendió a lavarse y vestirse en cuestión de
segundos para desayunar temprano y recibir el programa del día.
Te agradezco la organización que me enseñaste; no así tu
rigidez militar. Mis alimentos cotidianos fueron la norma y el tiempo. En esta casa donde nací y me crié, cautivo entre cuatro
paredes, sin poder quejarme, fui galeote esforzado, autómata por
conveniencia, preso de confianza que guerreó por no doblegarse
o parecer sumiso o cobarde. El maltrato cebaba mi rebeldía y
capacidad de resistencia, dándome el valor que exigían las
circunstancias para no sucumbir a tus golpes. El desamor me
ayudaba a crecer independiente, valiéndome de la astucia para
enfrentar tus castigos y la cachaza de un padre desalmado a quien
le daba un pito lo que hicieras conmigo.
—¡No puedes negar que eres un tauro, cojollo! —ladrabas,
fervorosa creyente del horóscopo, cuando me exigías que agarrase
la cuchara con la derecha.
Todo eso terminó, Rosario. Ya no volveré a padecer tus gritos
destemplados ordenándome hacer cosas, humillándome en público
y en privado. Tú seguirás ahí, pálida, fría, con los ojos abiertos y
vidriosos, las pestañas duras apuntando al cielo raso, hasta que
alguien, tal vez papá, que agoniza su borrachera de hoy roncando
en una cama, te ponga la mortaja. Aún tengo tu sangre pegada a
mi mano. No he corrido a lavarla como hubiera hecho en otras
circunstancias: ella me pone en contacto con la vida que acabas de
perder.
Tu encarnizada lucha disciplinaria duró no sé cuánto tiempo.
Sólo sé que mientras me viste resistir y combatirte, violando el
patrón de conducta que habías diseñado para mí, no cejaste en tu
empeño, no diste a torcer tu voluntad de piedra. En algunas
ocasiones buscaste convencerme con palabras melindrosas que
no enmascaraban lo suficiente tu indignación contenida, y en
otras —por desgracia la mayoría— alzabas el puño amenazando con
reventarme a trompones si no accedía a cumplir tus compulsivos
encargos.
Tampoco podría decir con exactitud cuándo empecé a
defenderme torpemente con la diestra para evitar tus flagelaciones
y regaños. Cambié de táctica para sobrevivir, procurando complacerte aunque manteniendo en secreto mi orientación
esencial. La derecha vino a ser mi mano pública y más débil, la de
los saludos y adioses, las reverencias corteses, la de abrir y cerrar
puertas. La izquierda, que no necesitaba de instrucciones, se
mantuvo activa y fuerte. Con ella me protegía del castigo o
atacaba, comía, cepillaba mis dientes, me enjabonaba y peinaba.
Hasta los catorce años duró el suplicio de la mesa, que me
empujaba a rechazar la comida o tragarla a disgusto, derramándola
sobre manteles que tú te esforzabas en preservar inmaculados.
—¡Cochino! ¿No te da verguenza?— aullabas, dando un puñetazo
en la mesa.
A papá le tenía sin cuidado lo que me ocurriera. Dudo que le
diese importancia al asunto ni se percatara de la magnitud de mi
sufrimiento. Llegaba muy tarde, borracho, y te insultaba a la
menor contrariedad. Las peleas se iniciaban en el comedor y
terminaban en la cama. Era la hora de mi desquite. Yo esperaba
cobrarme tus machacones en la zurra que papá te propinaría con
el garrote de sus puños, pero estaba ebrio y tú solías hallar el modo
de ablandarlo. Me quedaba detrás de la puerta, oyendo los chillidos
provocados por la furia pasajera de aquel oficinista sin porvenir.
Al rato se producía un silencio extraño, más tarde él y tú empezaban
a retozar y reír como si nada hubiera ocurrido y yo, perplejo, iba
a mi cuarto y me dormía después de dar muchas vueltas en la
cama.
Una noche en que pasó lo de siempre entré al aposento sin
llamar. No olvidaré mientras viva la imagen de papá, desnudo,
picando como un tábano la mole de tu carne excitada, ni olvidaré
tu cara de placer, inmensa Rosario, tú, que ajena a mi presencia en
el cuarto permanecías igual que un rumiante lustroso y saludable,
disfrutando del cuerpo que te cubría. Estabas como ahora, boca
arriba, echada sobre tu caparazón, sin decir nada, excepto que la
vida te brotaba por los ojos, había en ellos un fulgor de apetito voraz, muy diferente a la expresión glacial y estática con que miras
sin mirar desde tu último vagido.
Esperaba que en la escuela se aliviaran por unas horas diarias
mis tormentos contigo, Rosario. Me gustaron el local espacioso
con su patio de columpios y subibajas a la sombra de las amapolas
florecidas y las aulas donde pensé que haría muchos amigos. La
maestra no hizo sino prolongar el martirio de esta casa forzándome
a escribir y recortar con la derecha, al principio en un tono casi
amable que proclamaba en voz alta los desastres de unas tijeras
manejadas con la zurda, luego por medio de gestos impacientes y
al final con exclamaciones de incredulidad y desaprobación.
Eran tiempos rígidos, lo sé. Vivía en una especie de cepo, sin
poder moverme ni dar rienda suelta a mi imaginación. Pronto
comprendí que no tenía sentido ofuscarme con una terca desviación
que sólo me procuraba castigos y la mofa de mis compañeros. Pero
el impulso era más fuerte que mis razonadas conclusiones y así
siguió profundizándose mi confusión, un poco en volandas,
escindido entre dos manos autónomas que me colocaban en una
encrucijada y me hacían titubear, dos polos contrarios que tenían
vida propia y eran tan desafiantes como el fuego cruzado entre la
casa y la escuela.
Aprendí a escribir y dibujar según los requerimientos de mis
maestras no más para evitar sus ojerizas y reprimendas constantes,
por pavor a convertirme en el ridículo de la clase. Creo que fue
bastante lo que logré, luchando contra mí mismo, suprimiendo la
espontaneidad, pagando mi rendición parcial con una tartamudez
que surgió de improviso y trabucó mi lengua haciéndola estropajosa
e ininteligible. Llegué a conseguir una letra más que aceptable,
aunque la mejor caligrafía, los dibujos más hermosos salían de mi
mano proscrita, aquella mano prohibida que al compararla con la
otra no me parecía distinta ni inferior. Al ponerlas juntas me
lucían semejantes mas no idénticas. Casi iguales por el tamaño
alargado de los dedos, aventureros y soñadores, a primera vista demasiado frágiles para el trabajo manual, y por la morenez de la
piel: un terreno de trazos y pliegues oscuros que cubren los
infinitos nervios que les dan agilidad y posibilidades motoras
inconcebibles. Diferentes por las llamadas líneas de la vida, el
amor y la fortuna, que en cada palma buscan su propio sendero,
mucho más largo y profundo en la izquierda que en la derecha; por
las uñas duras de oblonga superficie, por la fuerza desigual y la
capacidad de inventiva.
Sufría el estigma de ser zurdo en un mundo derecho al que
todo le sale torcido, un mundo chueco que exige rectitud, un
medio cruel que nos aplasta y espera bondades incondicionales,
lleno de gente que todavía ve en la siniestra un símbolo demoníaco,
la representación del pecado. Desde entonces, cada cierto tiempo,
sufro dolores en el cuello que me inhabilitan durante días. Es la
respuesta de mi cuerpo a esas fuerzas que tiran de mí a diestra y
siniestra sin darme tregua. Es un nudo que se inicia con ligeras
molestias y punzadas que van endureciendo los músculos a
medida que transcurren las horas, ganando los hombros y la
espalda, causando fiebres que me dejan sin ánimo. El cuello,
convertido en un espinoso nudo gordiano, tieso y quebradizo a la
vez, rige mis movimientos. Sólo puedo caminar mirando hacia
adelante, como una figura de cristal, inarticulada y vulnerable,
aguantándome el dolor, deseando una almohada mullida para
apoyar la cabeza y olvidarme de cuanto me rodea.
En la intermedia nació mi fama de peleón y de bravo. A la
salida de clases siempre tenía un pleito, y me emburujaba con
cualquier de los carajotes del curso que no encontraban otra
diversión que burlarse de mí con insultos que me ponían a hervir
la sangre y activaban mi mano defensora.
—¡Gago, lengua de trapo! —gritaba el más tiguerón de la
clase—. ¡Aprende a hablar!
Seguía mi camino con los libros bajo el brazo, repitiéndome
que no valía la pena hacerle caso a ese idiota, mientras mis orejas
reventaban como granadas y mi zurda temblaba de ira.
—¡Lo suldo se cagan la mano! —exclamaba otro baboso, cuya
principal virtud consistía en haber nacido en un barrio de guapos
de la capital.
Envalentonados por mi silencio, ambos reían, vociferaban sus
groserías en la calle y me tiraban piedrecitas. Sin poder aguantar
más dejaba los libros en la acera y me lanzaba sobre ellos.
Rodábamos por el suelo los tres, en una trabazón furiosa, dándonos
coces y trompadas, mordiéndonos, quitándonos la rabia bajo
aquel solazo embravecido de mediodía. Les hacía tragar los ultrajes
con mi mano poderosa y no dejaba de golpearlos hasta que pedían
perdón. Aquellas frases hicieron su efecto. A partir de entonces no
resisto la suciedad ni el caos. Mantengo mi cuarto ordenado y
limpio y lavo mis manos muchas veces a1 día, creyendo que están
sucias aunque no lo estén, acosado por aquellas palabras malignas
que siguen percutiendo en mi cabeza.
Al llegar aquí me escondía para que tú no pudieras ver en mi
ropa y mi cara las señales de los pleitos. Tú, astuto globo, te las
arreglabas para descubrirme y cobrarte la paliza que papá te había
dado la noche anterior. Ya no tendrás que hacerlo más. Hoy he
resuelto, sin proponérmelo, las pugnas de nuestro pequeño
infierno. Por fin he vencido mis taras de años, Rosario; esta noche
he realizado tu viejo sueño, por el que tanto afanaste y me hiciste
padecer.
—¡Buen rnanganzón! —gritabas al verme—. ¿Para eso me fajo a
lavarte?
Nos mirábamos: tú, colérica, echando espuma por la boca, con
ganas de entrarme a pescozones; yo, erguido y atento, chillándote
con los ojos: «ven, atrévete*; tu mordiéndote los labios, indecisa,
estrujando el delantal con tus manos nerviosas porque sabías que
ya no era un niño indefenso. Después de un momento de
incertidumbre dabas media vuelta y te ibas mascullando un
último agravio. Desde el comedor, ya fuera de mi alcance y
sabiendo el efecto que tus palabras me causarían, voceabas:
—¡Tu sopa está en la mesa, tajalán!
La soberbia daba a mi zurda una violencia que no podía
contener. Era una fuerza destructiva que la hacía agitarse, golpear
las paredes, arrojar al suelo las porcelanas que encontraba a mi
paso. Me asustaba la idea de una extremidad autónoma, rebelde,
que actuara por cuenta propia sin acatar mis mandatos. Pero
también era un modo de desahogar la cólera que mi lengua obtusa
nunca hubiera podido expresar.
Hubo épocas en que estuve a punto de perder mi identidad. Ya
casi nadie me llamaba por mi nombre, sino por un mote ofensivo.
En la escuela era el «zurdo torpe», el «bueno-para-nada», el «gagoabeja-
de-piedra». Tú me calificabas de «bellaco» y «maleante» y te
quejabas con papá de las cosas del «zángano» de tu hijo, el
«tunante» de tu hijo. Sé que hubieras querido arrancarme la
lengua para no oír mi habla defectuosa y desquiciante, mis frases
lerdas que parecían arrastradas por una grúa, cortarme la mano
inservible que sólo resultaba buena para pelear. Aprendí a resistir
y a no quejarme. En las noches me encerraba en el cuarto y lloraba
en silencio, bebiéndome las lágrimas que bajaban a mis labios
resecos, con la lengua en reposo, a salvo de la burla colectiva, con
las manos juntas sobre el pecho, reconciliadas al fin, dos mellizas
pendencieras que deponían las discordias de la jornada para
trabarse en un apretón afectuoso y necesario.
Mi adolescencia transcurrió despacio, entre escarnios y
soledades, burlado por unos e incomprendido por todos. Meses y
años en que se repetían los agudos dolores del cuello, que yo
calmaba con analgésicos y relajantes, escuchando música y leyendo.
Me convertí en un anacoreta, rechacé el contacto de los demás por
temor al sarcasmo, busqué asilo en mi habitación, donde dibujaba
y leía sin preocuparme del acontecer callejero, sin tener que
avergonzarme de mi ineptitud. Comenzó así una apasionada
afición por libros que absorbían horas de mi tiempo, llevándome
a otros espacios y realidades en páginas apretadas, hablándome de mil y una noches fabulosas, contándome aventuras increíbles de
exploradores y enamorados, cazadores heridos en la cumbre
nevada de un macizo africano, nidos boxeadores que se ganaban
la vida quebrándose la nariz en los cuadriláteros. Me convertí,
sucesivamente, en fantasma dublinés, gigante egoísta, espectador
que asistía maravillado al cumpleaños de una infanta. En regiones
ignotas busqué escarabajos de oro, resolví complicados problemas
de lógica hasta dar con el autor de unos crímenes horrendos. Me
estremecieron los misteriosos anocheceres de cementerios donde
había fosas violadas y enterrados vivos. Fui vengador ruso a mi
manera, probando en una tienda revólveres que no compraría, y
con humor y gracia desempeñé papeles de burócrata, policía y
funcionario del imperio zarista. Navegué a la deriva en un peligroso
río, muerto de sed, con el veneno de una víbora agarrotándome
una pierna. Anduve por secos parajes mexicanos, convertido en el
espectro de un hijo ilegítimo en busca de su padre. Fui objeto de
persecución y maltrato por el incendio que un magnate, sin
saberlo, había provocado en un cañaveral antillano, y escapé de la
cárcel un día de Nochebuena para caer poco después acribillado
por las balas de la guardia rural. Padecí el holocausto y el fuego; vi
pasar trenes llevándose la inocencia de unas chicas que jugaban
modelando estatuas y terminé en el centro de una gran ciudad del
cono sur, en compañía de un ciego memorioso que me invitó a
reinventar el mundo en paseo interminables.
Tú no comprendías nada de eso, Rosario, como no pudiste
entender mi satisfacción esta noche, al regresar de Bellas Artes.
Había ido lleno de expectativas, buscando, más que razones, un
nuevo modo de conocimiento y aceptación personal. El Palacio se
llenó en cuestión de minutos y fue difícil, entre tantos susurros e
interferencias, dar inicio a la función. Por suerte llegué temprano
y encontré asiento en una de las primeras filas. Después de la
obertura entraron a escena el director —un sudamericano bajito de
gestos imperativos— y el pianista, alto, calvo, esbozando una sonrisa con que trataba de desvanecer sus propias aprensiones. A
los aplausos siguió una romanza de toses y carrasperas. Ya sentado
en la banqueta, listo para tocar, el pianista miró al director. Cerré
los ojos, con inquietud y devoción por el estreno que iba a
presenciar. Esperé. La música estaba suspendida en las manos del
director. Se prolongaba el fastidioso coro de toses y susurros, el
tableteo de sillas metálicas que en el fondo del balciín acomodaban
a los que no tenían donde sentarse. Abrí los ojos. El director, varias
veces, levantó las manos y volvió a bajarlas, todavía indeciso y
bastante incómodo. Buscaba el silencio imprescindible, la
concentración que le negaba el desordenado auditorio y sin la cual
todo se vendría abajo. Fue una pausa desesperante en su brevedad.
Por último, lanzó al público una mirada de fulminante autoridad
y en el precario silencio que se produjo comenzó el concierto. El
pianista tenía la mano derecho en reposo sobre su pierna; yo
sonreí, complacido de ver inactiva la mano triunfadora en todo el
planeta. Cerré los ojos de nuevo, ansioso de penetrar en los
enigmas de la música, con los oídos atentos, pensando que nada
podría cortar la comunicación entre los intérpretes y yo, pero tu
imagen me perturbaba, Rosario, tus reproches y tus sopas me
impedían gozar a plenitud. Cuando sonaron las primeras notas en
el piano sentí un júbilo inexplicable de ser zurdo, inflado por las
maravillas de la diestra zurda que se desplazaba, potente y ágil,
sobre el teclado, una mano que parecía muchas en aquel increíble
torrente de notas. Casi no podía creer que aquello fuera posible.
Entreabría los ojos y observaba por unos segundos la mano del
pianista saltando sobre las teclas, transformada por la velocidad
en varias manos que surgían de un solo brazo, creando una
simultánea ilusión Óptica y sonora. Los dedos de mi zurda también
se movían, furtivamente, libres y confiados, sobre el brazo de la
butaca, reproduciendo mi exaltación interior, mientras lloraba
emocionado, orgulloso, indiferente al público que no hubiera
podido comprender jamás el motivo de mis lágrimas. Pasé todo el concierto en vilo, con el corazón agitado y un nudo en la garganta,
redimido por la música de Ravel.
Cuando terminó el concierto, aún en medio de los aplausos,
no pude resistir la tentación de ir a pedirle su autógrafo al solista.
Me consideraba testigo privilegiado de la proeza que él acababa de
ejecutar. Me deslicé hacia los camerinos, donde cruzaban músicos
y curiosos y algunos cazadores de autógrafos igual que yo, que
burlaban la vigilancia de los porteros. Había un gentío y se oían
saludos y congratulaciones mezclados con risas de amigos y
admiradores del pianista, que se imponía por su tamaño y su
vozarrón. No habían podido esperar el final de la noche para
aclamarlo en privado. Me quedé fuera del camerino, con el
programa en un bolsillo del saco, temeroso, sin atreverme a dar un
paso. Poco después el solista salió y cruzó junto a mí, riendo y
hablando, escoltado por el enjambre que lo seguía con ramos de
flores y comentarios triviales.
Salí del Palacio de Bellas Artes antes de que comenzara la
segunda parte del concierto, poseído por la música que una sola
mano, precisamente la izquierda, acababa de producir. Vine a pie,
disfrutando de la noche clara y tibia, del aroma de ilang ilang de
los jardines de Gazcue, abstraído, inmerso totalmente en una
vivencia que no podré olvidar.
Tenía hambre y al llegar aquí, sin hacer ruido, busqué algo de
comer. Pensé que papá y tú estarían ya dormidos. Las luces estaban
apagadas, se oían los latidos del reloj de péndulo, el ronquido de
la nevera en la cocina. Estaba transgrediendo una de tus normas
principales y debí suponer que eras capaz de esperarme despierta
y agredirme por un refresco, pan y un trozo de queso que acababa
de cortar. Casi me aturdiste con los primeros golpes en la cabeza
y la espalda. Traté de detenerte, de impedir que continuaras un
ataque que no probaba nada, excepto tu ofuscación y tu disgusto.
Iba a decirte que estoy harto de peleas y que pienso mudarme
pronto. Sabes bien que luché por no hacerte daño, Rosario. Ultimamente me das más pena que rabia, estoy cansado de este
tedioso juego de la gata y el ratón. Por eso te agarré las manos. Tú
blasfemabas igual que siempre, ciega de ira. Yo, por mi parte, no
podía oírte, seguía sumergido en la música de Ravel. Forcejeamos,
pudiste zafarte y me golpeaste de nuevo con un palo, transfigurada
por el encono. La sangre me corría por la cara, nublándome la
vista. Te pedí que te calmaras, no con mi habla estropajosa y lenta,
sino con frases muy claras y fluidas que salían de mis labios
sorprendiéndome. Me agarraba de ti para no caer y entonces
ocurrió lo inesperado: mi mano derecha —la que nunca había
sabido defenderme o agredir—, en un impulso veloz cogió el
cuchillo que había en la mesa y lo hundió hasta el cabo en tu panza
fofa. Abriste los ojos, me abrazaste como no lo habías hecho nunca
desde que llegaste a esta casa, un abrazo tierno de madre que
emprende un largo viaje y se despide, y un gemido sordo salió de
tu boca, una queja leve, un adiós simple y angustiado.
Ahora sé, Rosario, que gracias a ti, al fin he podido vencer mis
limitaciones. A partir de hoy podré hablar sin tropiezos, con
palabras seguras y articuladas que expresen mis ideas y sentimientos
claramente, sin avergonzarme. A partir de hoy mi mano derecha,
tanto tiempo dormida en su letargo de flojera e inutilidad, será una
mano fuerte, una mano redentora.
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