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José Emilio Pacheco El asesinato de Lincoln El 14 de abril de 1865, en el teatro Ford de Washington, el presidente Lincoln asistía al estreno de una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln. El escenario del teatro Ford representaba al teatro Ford con todo y plateas, palcos, foso de la orquesta y, desde luego, escenario donde se desarrollaba una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln. La prueba de las promesas Contaron del soldado español que estaba en Manila y de repente se halló en la Plaza de Armas de México. Entonces alguien dijo: algo muy parecido sucedió tres siglos después en Buenos Aires. Un tipo rarísimo apareció gritando en la esquina de Charcas y Maipú. Estaba muy asustado ante el tránsito, la gente, los edificios, las maquinas, los olores del aire. En un lugar de la Mancha Lo cual me recuerda —dijo un tercero— la historia de aquel porquerizo en un lugar de la Mancha. Había aprendido a leer y mitigaba el tedio de la aldea repasando viejas novelas. A fuerza de rehacer en la imaginación sueños ajenos acabó por creerse un caballero andante que iba de un lado a otro de la España corrompida por el oro de Indias. Mutaciones En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte. Ispahan En Ispahan hay tres jardines. Uno dedicado a los jóvenes, otro a los viejos y el tercero a los que aún no nacen. Los jovenes juegan al amor, los viejos los observan a distancia. Éstos son torturados por la memoria de su propia juventud; aquéllos por la certeza de lo que les espera. El significado del tercer jardín es un enigma. Resolverlo es tarea del viajero: el lector. El pozo Hasta mediados del siglo XIX existió en San José un pozo cuyas aguas tenían la facultad de borrar la memoria. Quien probaba de este Leteo a los pocos minutos quedaba en blanco, libre de todos sus recuerdos. Como es de suponerse, acudían al pozo hombres y mujeres ansiosos de olvidar una mala experiencia, una obsesión que no les dejaba vivir. Las aguas de San José colmaban siempre sus deseos. Pero no hay bien que por mal no venga: los desmemoriados se libraban de todo recuerdo lacerante, sí, pero también de aquel saber acumulado que hace posible la existencia. El jardín de los gatos En el parque más antiguo de la ciudad había un kiosco. De no ser por sus dimensiones, se hubiese dicho pueblerino. Algo de gran aldea quedaba en aquella avenida con sus coronas de flores para los muertos, sus librerías de viejo, sus prostitutas y sus hoteles amarillos. El aire venenoso aún no devoraba los árboles, el drenaje de la ciudad todavía no los despojaba de tierra para sus raíces. Ante los niños de entonces el parque semejaba un bosque en medio de la aridez y la fealdad que ya lo tenían amenazado. Las fuentes neoclásicas estaban sin agua y eran depósitos de basura. Minas de arena Ya no respiro bien. Tengo los pulmones repletos de arena. Llevo muchos años paleándola, echándola en los camiones que ocho veces al día vienen por ella. De esta arena se ha construido la capital y yo casi no la conozco. Lo más duro de las minas es el calor, pero uno se acostumbra. En cambio, es imposible adaptarse a la picazón en los ojos y el gustito en la boca. Todo me sabe a arena. Ya no como. Es mejor así porque a mi familia le toca algo más de lo poco que hay. Sólo el alcohol me desvanece el sabor de la arena. Pero no tomo mucho porque mil veces he visto cómo acabaron mis compañeros. El visionario En Viterbo encontraron grabados desconocidos de Giambattista Piranesi. El inventor de laberintos, hipogeos, prisiones, murallas oníricas describe en estas imágenes de hace doscientos años nuestro presente: Venecia hundida en el fango y carcomida por la contaminación; París y Roma destruidas por máquinas infernales muy semejantes a los automóviles; México, inmensa ruina de fealdad y desastre. Las metamorfosis Pigmalión, gran escultor de Chipre, creó una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Calatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galalea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua, Galalea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galalea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra. Teleguía Una noche los televisores de California trasmitieron un programa emitido en Alemania años antes de que se inventara la videocinta. Acaso todas las imágenes pasadas y futuras flotan sin tiempo en el espacio: basta un leve desperfecto para que se introduzcan en el receptor. El elegido Era en Farsalia, en la llanura griega. César dio la orden. Avanzaron sus legiones. Los hombres de Pompeyo resistieron sin quebrantar sus filas. Intervino la caballería. Hubo una gran matanza. Perdida la guerra civil, Pompeyo escapó, ignorante de que nadie puede huir nunca: la muerte lo esperaba en Alejandría. El fugitivo Alzó un castillo inexpugnable, rodeado de puentes levadizos y fosos que se erizaban de púas. Estableció una guardia permanente en las almenas. Llenó los aljibes y atestó de provisiones las bodegas. Y cuando al fin se creyó libre del miedo, vio que el castillo encerraba todas las cosas de las que había pretendido escapar. Sus cortesanos y sus guardias eran en realidad sus carceleros y sus torturadores. Orillas del Escamandro Atravesaron en hondas naves el mar. Desembarcaron a orillas del Escamandro y durante diez años mantuvieron el sitio de la ciudad. Tras miles de combates y muertes penetraron en Troya mediante un ardid y la tomaron a sagre y fuego. Buscaron por todas partes a Helena. Al no encontrarla comprendieron que la causante de la guerra sólo había existido en la imaginación de un poeta ciego. La isla En medio del Gran Océano hay una isla de la que no se atreve a hablar ningún marino. Nadie sabe su exacta situación ni conoce a ciencia cierta lo que sucede a quienes desembarcan en ella. Unos cuantos han regresado pero al volver ya no son los mismos. Inútil interrogarlos acerca de lo que han visto. Guardan silencio o bromean o juran que todo es mentira: se trata nada más de una leyenda marítima como las sirenas o El Holandés Volador. Sobre las olas La anciana me encargó la compostura del reloj: pagaría el triple si yo lo entregaba en unas horas. Era un mecanismo muy extraño, al parecer del siglo XVIII. En la parte superior un velero de plata navegaba al ritmo de los segundos. No me costó trabajo repararlo. Por la noche toqué en la dirección indicada. La misma anciana salió a abrirme. Tomé asiento en la sala. La mujer le dio cuerda al reloj. Y ante mis ojos su cuerpo retrocedió en el tiempo y en el espacio. Recuperó su belleza —la hermosura de la hechicera condenada siglos atrás por la Inquisición—, subió al barco de plata que zarpó de la noche y se alejó del mundo. Problemas del infierno Una vez cada cien mil años los demonios autorizan ochenta suicidios en el infierno. Nadie sabe quiénes serán los elegidos, y todos los habitantes bullen en adulación para los torturadores, intrigas y mala fe para los demás torturados. El sector radical de los ángeles ha hecho pública su protesta a fin de que Dios, en Su Infinita Bondad, presione a los demonios. Porque no está bien que a la tortura de la infinitud se añada el castigo mediante la esperanza.
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La condena impuesta al marqués de Sade lo obliga a asomarse al cielo por una ventanita. Desde allí ve retozar a los bienaventurados a quienes él ya nunca podrá hacer sufrir. 3
En 1895 la burocracia del otro mundo se enfrentó a un problema insoluble: ¿qué hacer con Leopold von Sacher-Masoch? ¿Enviarlo al infierno a una eternidad de perversos deleites? ¿Confirmarlo en el cielo como castigo y abrir el camino de la salvación sin arrepentimiento a almas como la suya? Dentro de una esmeralda Remota herencia y tradición familiar, allí estaba con sus aristas y sus planos. Opaca, dormida o traslúcida, viva al ponerla a contraluz para que revelase sus abismos, sus mares y espesuras de piedra. Un día, pasados muchos años de no verla, la reencontré al buscar unos papeles en los arcones del desván. Yo estaba solo, mi mujer y mis hijos habían salido. Acaricié la esmeralda, la puse como siempre a contraluz. Vi en su interior la miniatura perfecta de una mujer desnuda que alzaba los brazos para suplicarme que la librase de su prisión. Literatura
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