José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 1939-2014)


Casos de la vida real
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales
(México, D.F.: Ediciones Era, 1990, 136 págs.)



El asesinato de Lincoln

      El 14 de abril de 1865, en el teatro Ford de Washington, el presidente Lincoln asistía al estreno de una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln. El escenario del teatro Ford representaba al teatro Ford con todo y plateas, palcos, foso de la orquesta y, desde luego, escenario donde se desarrollaba una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln.
       A punto de terminar la obra el actor John Wilkes Booth, que hacía el papel de John Wilkes Booth, abrió la puerta del palco a la derecha del proscenio y miró a los actores que impersonaban al presidente, a la señora Lincoln, al mayor Rathbone y a su novia. John Wilkes Booth sacó una pistola marca Derringer y disparó una bala que él supuso de salva. El actor que encarnaba a Lincoln se desplomó herido de muerte. John Wilkes Booth se preguntó quién le habría hecho esa broma pesada. Trató de huir. Se interpuso el mayor Rathbone. John Wilkes Booth lo hirió con un puñal y saltó del palco.
       En el teatro Ford se produjo una confusión total. El público ya estaba muy desconcertado por la obra tan extraña que habían puesto. Abraham Lincoln aprovechó la oportunidad para desaparecer. Quedó en la historia como el emancipador de los esclavos, el hombre que hizo la guerra para liberar a los negros, no por los intereses comerciales del norte industrial contra el sur agrícola.
       Ya casi a fines del siglo XIX Lincoln se reía mucho contando esta historia, oculto y viejísimo en su plantación de Fairfax County, Virginia, muy cerca de Washington. Decía que sólo un gobernante asesinado puede preservar su gloria y que si es posible impugnar su genio político nadie nunca podría —si lo supiera— restarle méritos como dramaturgo y director escénico.


La prueba de las promesas

      Contaron del soldado español que estaba en Manila y de repente se halló en la Plaza de Armas de México. Entonces alguien dijo: algo muy parecido sucedió tres siglos después en Buenos Aires. Un tipo rarísimo apareció gritando en la esquina de Charcas y Maipú. Estaba muy asustado ante el tránsito, la gente, los edificios, las maquinas, los olores del aire.
       Al principio pensaron que anunciaba un circo por cómo iba vestido; o era un turista brasileño que hablaba un portugués de lo más raro; o bien, un loco, porque insistía:
       —Yo soy el Papa y antes he sido deán de Santiago y me hallaba en Roma cuando un profesor de artes mágicas me pidió ayuda para volver a Toledo.
       Él no accedió. Amenazó con mandarlo matar por hechicero. Entonces don Illán dijo algo… Y allí estaba el tipo en Buenos Aires, siete u ocho siglos más tarde que, por supuesto, para la eternidad son un instante.
       Pero quién iba a creerle la historia si ya la conocían gracias al infante don Juan Manuel, Ruiz de Alarcón, Azorín, Borges. Lo refundieron en el manicomio porque, después de todo, alguien que se cree Papa castigado por su ingratitud hacia quien lo hizo Papa no será el primer español a quien enloquecen las ficciones y se empeña en vivir lo que ha leído.


En un lugar de la Mancha

      Lo cual me recuerda —dijo un tercero— la historia de aquel porquerizo en un lugar de la Mancha. Había aprendido a leer y mitigaba el tedio de la aldea repasando viejas novelas. A fuerza de rehacer en la imaginación sueños ajenos acabó por creerse un caballero andante que iba de un lado a otro de la España corrompida por el oro de Indias.
       El porquerizo escribió su delirio como pudo. Había conocido gracias a su trabajo a un recolector de provisiones para la Armada Invencible. Al saber que Cervantes se hallaba preso, le regaló su manuscrito. Si lo encontraba digno de la imprenta quizá al dejar la cárcel podría comer gracias al libro. Sentía afecto por el viejo que en años lejanos había intentado ser poeta, novelista, dramaturgo. Cervantes entretuvo las horas de su prisión reescribiendo los papeles de su amigo. Sancho Panza murió en 1599, sin recordar su obra ni al prisionero. Siete años después Cervantes publicó al fin la novela. Noble y honrado como era, la atribuyó a un inexistente historiador árabe, Cide Hamete Benengeli, y dio el nombre de Sancho al escudero del Quijote.


Mutaciones

      En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte.
       Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Consejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.


Ispahan

      En Ispahan hay tres jardines. Uno dedicado a los jóvenes, otro a los viejos y el tercero a los que aún no nacen. Los jovenes juegan al amor, los viejos los observan a distancia. Éstos son torturados por la memoria de su propia juventud; aquéllos por la certeza de lo que les espera. El significado del tercer jardín es un enigma. Resolverlo es tarea del viajero: el lector.

El pozo

      Hasta mediados del siglo XIX existió en San José un pozo cuyas aguas tenían la facultad de borrar la memoria. Quien probaba de este Leteo a los pocos minutos quedaba en blanco, libre de todos sus recuerdos. Como es de suponerse, acudían al pozo hombres y mujeres ansiosos de olvidar una mala experiencia, una obsesión que no les dejaba vivir. Las aguas de San José colmaban siempre sus deseos. Pero no hay bien que por mal no venga: los desmemoriados se libraban de todo recuerdo lacerante, sí, pero también de aquel saber acumulado que hace posible la existencia.
       Olvidaban su nombre, su lenguaje, todas las destrezas adquiridas. Se convertían en recién nacidos, en zombis, en cachorros a quienes era preciso adiestrar desde el principio. Aun a sabiendas de su precio, las aguas milagrosas no dejaban de consumirse. La Iglesia consideró este acto una forma de suicidio y recordó al teólogo para quien el presente se sostiene en el pasado como en los dedos de la mano de Dios: suprimir lo que ha sido equivale a borrarse y atentar contra la voluntad divina, única para la cual no pesan ayeres ni mañanas porque el tiempo enmudece ante su eterno resplandor.
       El obispo de San José mandó cegar el pozo. La fecha nadie la recuerda: antes de que lo taparan el pueblo entero bebió de sus aguas y trasmitió la desmemoria de generación en generación.


El jardín de los gatos

      En el parque más antiguo de la ciudad había un kiosco. De no ser por sus dimensiones, se hubiese dicho pueblerino. Algo de gran aldea quedaba en aquella avenida con sus coronas de flores para los muertos, sus librerías de viejo, sus prostitutas y sus hoteles amarillos. El aire venenoso aún no devoraba los árboles, el drenaje de la ciudad todavía no los despojaba de tierra para sus raíces. Ante los niños de entonces el parque semejaba un bosque en medio de la aridez y la fealdad que ya lo tenían amenazado. Las fuentes neoclásicas estaban sin agua y eran depósitos de basura.
       La magia del kiosco abandonado radicaba en ser el castillo de los gatos. Los había por millares: de todos colores, razas, tamaños, edades, temperamentos. Nadie sabe cómo ni cuando empezaron a refugiarse en ese lugar. Luego corrió la voz y la gente arrojaba allí a sus animales indeseables. La promiscuidad multiplicaba diariamente su número. Al agotarse los basureros escasearon los alimentos, a pesar de la buena voluntad de quienes iban a echarles sobras y pellejos. La crisis se agravó cuando los pájaros, hartos de ser botín para el más fuerte, abandonaron el antiguo parque. Entonces los gatos se devoraron entre sí y no quedó recuerdo de ellos en la ciudad que hoy agoniza.


Minas de arena

      Ya no respiro bien. Tengo los pulmones repletos de arena. Llevo muchos años paleándola, echándola en los camiones que ocho veces al día vienen por ella. De esta arena se ha construido la capital y yo casi no la conozco. Lo más duro de las minas es el calor, pero uno se acostumbra. En cambio, es imposible adaptarse a la picazón en los ojos y el gustito en la boca. Todo me sabe a arena. Ya no como. Es mejor así porque a mi familia le toca algo más de lo poco que hay. Sólo el alcohol me desvanece el sabor de la arena. Pero no tomo mucho porque mil veces he visto cómo acabaron mis compañeros.
       Uno también puede emborracharse con viento. Éste sí no hace daño. Me gusta sentirlo, respirarlo, beberlo. Por la tarde, cuando me subo a la plataforma del último camión, doy grandes tragos de viento. Y al rato hasta se me figura que, en vez de la choza de hojalata y cartones, vivo en una de esas enormes casas de allá arriba, tan lindas que parecen de otro mundo, con su césped tan bien cuidado (nunca les falta el agua como a nosotros), sus ventanas limpísimas, sus criados de uniforme, su clima artificial, sus cuatro o cinco coches.
       Los que viven allá respiran el aire fresco de la montaña. Sólo por los escapes de los camiones y las polvaredas que se alzan a veces, se dan cuenta de que abajo de sus casas hay minas de arena. No saben que ya somos tantos que nos acabamos las galerías inferiores y estamos cavando más y más alto. Cuando menos lo piensen sus casas se irán como por un tubo y caerán aquí adentro para siempre y las sepultarán las minas de arena.


El visionario

      En Viterbo encontraron grabados desconocidos de Giambattista Piranesi. El inventor de laberintos, hipogeos, prisiones, murallas oníricas describe en estas imágenes de hace doscientos años nuestro presente: Venecia hundida en el fango y carcomida por la contaminación; París y Roma destruidas por máquinas infernales muy semejantes a los automóviles; México, inmensa ruina de fealdad y desastre.

Las metamorfosis

      Pigmalión, gran escultor de Chipre, creó una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Calatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galalea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua, Galalea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galalea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra.

Teleguía

      Una noche los televisores de California trasmitieron un programa emitido en Alemania años antes de que se inventara la videocinta. Acaso todas las imágenes pasadas y futuras flotan sin tiempo en el espacio: basta un leve desperfecto para que se introduzcan en el receptor.
       En la Ciudad de México existe un aparato que sólo recoge programas del porvenir. Hechos aún no ocurridos, objetos inimaginables en este 1975, personajes que todavía están por nacer aparecen con naturalidad en la pantalla. Lo más terrible —dicen— es contemplar los noticieros futuros.
       El dueño ha decidido que nadie más observe lo que cruza por su pantalla. Temeroso ante lo que nos espera dentro de uno o diez años, se ha deshecho del aparato y guarda silencio acerca de sus revelaciones. Basta mirar su rostro para entender que nuestras congojas no han terminado. Tal vez lo peor esté por sucedernos todavía.


El elegido

      Era en Farsalia, en la llanura griega. César dio la orden. Avanzaron sus legiones. Los hombres de Pompeyo resistieron sin quebrantar sus filas. Intervino la caballería. Hubo una gran matanza. Perdida la guerra civil, Pompeyo escapó, ignorante de que nadie puede huir nunca: la muerte lo esperaba en Alejandría.
       César tomó por asalto el campamento enemigo. Entre los que se rindieron estaba Marco Bruto. Por un instante César pensó en ejecutarlo. Sin embargo lo perdonó e incorporó a sus filas. En Farsalia Julio César fue el director que elige entre los comediantes al más adecuado para desempeñar un papel muy preciso en la tragedia. Julio César jamás se equivocaba.


El fugitivo

      Alzó un castillo inexpugnable, rodeado de puentes levadizos y fosos que se erizaban de púas. Estableció una guardia permanente en las almenas. Llenó los aljibes y atestó de provisiones las bodegas. Y cuando al fin se creyó libre del miedo, vio que el castillo encerraba todas las cosas de las que había pretendido escapar. Sus cortesanos y sus guardias eran en realidad sus carceleros y sus torturadores.

Orillas del Escamandro

      Atravesaron en hondas naves el mar. Desembarcaron a orillas del Escamandro y durante diez años mantuvieron el sitio de la ciudad. Tras miles de combates y muertes penetraron en Troya mediante un ardid y la tomaron a sagre y fuego. Buscaron por todas partes a Helena. Al no encontrarla comprendieron que la causante de la guerra sólo había existido en la imaginación de un poeta ciego.

La isla

      En medio del Gran Océano hay una isla de la que no se atreve a hablar ningún marino. Nadie sabe su exacta situación ni conoce a ciencia cierta lo que sucede a quienes desembarcan en ella. Unos cuantos han regresado pero al volver ya no son los mismos. Inútil interrogarlos acerca de lo que han visto. Guardan silencio o bromean o juran que todo es mentira: se trata nada más de una leyenda marítima como las sirenas o El Holandés Volador.
       Tampoco sirve de nada escudriñar antiguas crónicas: no se hallará en ningún idioma la menor referencia a la isla. De ella sólo sabemos lo muy poco que —en la sinceridad de la agonía o la embriaguez o bien en los minutos que suceden al amor— dos o tres sobrevivientes han empezado a decir. Porque callan al darse cuenta de lo que están a punto de revelar y el miedo los sobrecoge. Algunos, intrigados por el misterio, han emprendido expediciones. Pero la isla no se revela a quien la busca. Sólo aparece ante el que no la espera y nunca se ha mostrado dos veces a una misma persona.


Sobre las olas

      La anciana me encargó la compostura del reloj: pagaría el triple si yo lo entregaba en unas horas. Era un mecanismo muy extraño, al parecer del siglo XVIII. En la parte superior un velero de plata navegaba al ritmo de los segundos. No me costó trabajo repararlo. Por la noche toqué en la dirección indicada. La misma anciana salió a abrirme. Tomé asiento en la sala. La mujer le dio cuerda al reloj. Y ante mis ojos su cuerpo retrocedió en el tiempo y en el espacio. Recuperó su belleza —la hermosura de la hechicera condenada siglos atrás por la Inquisición—, subió al barco de plata que zarpó de la noche y se alejó del mundo.

Problemas del infierno

1

      Una vez cada cien mil años los demonios autorizan ochenta suicidios en el infierno. Nadie sabe quiénes serán los elegidos, y todos los habitantes bullen en adulación para los torturadores, intrigas y mala fe para los demás torturados. El sector radical de los ángeles ha hecho pública su protesta a fin de que Dios, en Su Infinita Bondad, presione a los demonios. Porque no está bien que a la tortura de la infinitud se añada el castigo mediante la esperanza.

2

       La condena impuesta al marqués de Sade lo obliga a asomarse al cielo por una ventanita. Desde allí ve retozar a los bienaventurados a quienes él ya nunca podrá hacer sufrir.

3

       En 1895 la burocracia del otro mundo se enfrentó a un problema insoluble: ¿qué hacer con Leopold von Sacher-Masoch? ¿Enviarlo al infierno a una eternidad de perversos deleites? ¿Confirmarlo en el cielo como castigo y abrir el camino de la salvación sin arrepentimiento a almas como la suya?
       El papeleo y las consultas a los teólogos ya se prolongan más de sesenta años. Los demonios se niegan a trabajar para alguien que se mostraría agradecido. Mientras el caso se resuelve algunos ángeles, que son toda bondad, cada tercer día se visten de pieles para azotar a Leopold von Sacher-Masoch en un lugar discreto cerca del limbo.


Dentro de una esmeralda

      Remota herencia y tradición familiar, allí estaba con sus aristas y sus planos. Opaca, dormida o traslúcida, viva al ponerla a contraluz para que revelase sus abismos, sus mares y espesuras de piedra. Un día, pasados muchos años de no verla, la reencontré al buscar unos papeles en los arcones del desván. Yo estaba solo, mi mujer y mis hijos habían salido. Acaricié la esmeralda, la puse como siempre a contraluz. Vi en su interior la miniatura perfecta de una mujer desnuda que alzaba los brazos para suplicarme que la librase de su prisión.
       Imposible reducir mi tamaño, descender a su encuentro, escalar los muros y los farallones de roca verde. Sólo podía romper, hendir la esmeralda para rescatar a quien desesperadamente lo suplicaba. Quizá el diamante de mi anillo podría cortar la gema. Al precio de arruinar el engarce, lo desmonté con unas pinzas. Presa de un frenesí cercano a la demencia, hice muchos intentos de penetrar en el abismo de esa piedra. Cuando lo conseguí al fin, la punta agudísima del diamante cortó en dos el cuerpo de la mujer.
       El tajo fue perfecto. No hubo sangre. Se escuchó el lamento más doloroso que se ha oído jamás. Entre llantos y gritos traté en vano de unir las dos mitades frágiles de la muchacha. Regresó mi familia. Al encontrarme en medio de las joyas destruidas, advirtió en mí el estallido de la locura por tanto tiempo enjaulada como dentro de una esmeralda. Al día siguiente me encerraron en esta celda verde traslúcida. Y permaneceré entre sus paredes de piedra hasta que un día alguien venga a librarme con un tajo que divida en dos mitades mi cuerpo.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar